domingo, 13 de noviembre de 2016

La precesión y los ciclos de la conciencia



Hay que reconocer que una de las grandes aportaciones de la arqueología alternativa ha sido el impulso de la arqueoastronomía, la ciencia que estudia los conocimientos astronómicos del pasado más remoto. Estos esfuerzos, a veces basados en la pura mitología y otras en las observaciones sobre el terreno, tienen como fin demostrar que los antiguos tenían altos conocimientos astronómicos, incluso muy superiores a los que tradicionalmente se les ha atribuido. Dichos conocimientos, además, no sólo se vieron reflejados en tradiciones, rituales o aplicaciones prácticas, sino también en observaciones propiamente científicas, y sobre todo en monumentos, ya fuera para observar los astros y los fenómenos celestes o para representar el firmamento sobre la tierra, según la máxima hermética (“así como es arriba, así es abajo”).

Uno de los aspectos más llamativos de la arqueoastronomía ha sido sin duda el reconocimiento de una antigua obsesión por la observación del movimiento de balanceo de la Tierra sobre su eje, lo que técnicamente se llama precesión de los equinoccios, y que representa el paso de la Tierra por todas las constelaciones del Zodíaco, con una duración completa de más 25.000 años[1]. La historia convencional nos dice que la precesión no fue descubierta hasta el siglo II a. C. por el griego Hiparco de Nicea. Sin embargo, muchos autores alternativos han aportado indicios de que la precesión ya era conocida por las primeras civilizaciones e incluso por los constructores de los megalitos. ¿Pero por qué era tan importante para los antiguos determinar la precesión?

En el artículo que presento seguidamente, el astrónomo amateur e investigador independiente Walter Cruttenden nos introduce en el fenómeno de la precesión, no sólo ofreciendo una teoría astronómica para su razón de ser sino también interpretando el sentido último de este movimiento, que –según consideraban los antiguos– estaba relacionado con grandes ciclos de la conciencia que afectaban directamente al desarrollo y evolución de la Humanidad. De este modo, la precesión sería como un marcador de las sucesivas etapas alternas de oscuridad (materialismo) e iluminación (espiritualidad), lo cual ha dado pie a las teorías que afirman que la historia no es lineal sino cíclica. 

 

Un antiguo mensaje para el futuro



Todos conocemos los dos movimientos celestes que tienen un profundo efecto sobre la vida y la conciencia. El diurno, la rotación de la Tierra sobre su eje, hace que los seres humanos se desplacen de un estado de vigilia a un estado subconsciente o de sueño cada veinticuatro horas. Nuestros cuerpos se han adaptado tan bien a la rotación de la Tierra que apenas consideramos este proceso de cambios regulares en la conciencia como algo notable. La revolución de la Tierra alrededor del Sol –el segundo movimiento celeste, identificado por Copérnico– tiene un efecto igualmente significativo, que hace que miles de millones de formas de vida broten del suelo, florezcan, fructifiquen y luego se descompongan mientras miles de millones de otras especies hibernan, engendran o migran en masa. Nuestro mundo visible brota literalmente a la vida, cambia completamente de color y de ritmo, y luego se invierte con cada crecimiento y descenso del segundo movimiento celeste.


El tercer movimiento celeste, la precesión de los equinoccios, es menos entendido que los dos primeros, pero si hemos de creer el mensaje de las culturas antiguas de todo el mundo, su efecto es igualmente transformador. Lo que disimula el impacto de este movimiento es su escala de tiempo. Al igual que la efímera[2], que vive sólo un día al año y no sabe nada de las estaciones, el ser humano tiene una vida promedio que comprende sólo 1/360 del ciclo de precesional de aproximadamente 24.000 años. Y así como la efímera nacida en un día nublado y sin viento no tiene idea de que hay algo tan espléndido como el sol o la brisa, también nosotros, nacidos en una era de racionalidad materialista, tenemos poca conciencia de una Edad de Oro o de estados más altos de conciencia, pues ese es el mensaje ancestral.


El clásico de Santillana y Dechend
Giorgio de Santillana, ex profesor de historia de la ciencia en el MIT, nos dice que la mayoría de las antiguas culturas creían que la conciencia y la historia no eran lineales sino cíclicas, esto es, ascendían y decaían durante largos períodos de tiempo. En su obra emblemática, Hamlet’s Mill (“El molino de Hamlet”), Santillana y su coautora Hertha von Dechend muestran que el mito y el folklore de más de treinta antiguas culturas hablaban de un vasto ciclo de tiempo que abarcaba épocas oscuras y doradas alternativamente,  las cuales se movían con la precesión de los equinoccios. Platón llamó a este vasto ciclo el Gran Año.


Aunque la idea de un gran ciclo, visto en el cielo como la lenta precesión de los equinoccios, era común a numerosas culturas anteriores a la era cristiana, a la mayoría de nosotros no se nos enseñó nada sobre ésta, o –si era mencionada– se describía como un cuento de hadas de culturas primitivas. Bajo este paradigma del siglo XX no podía existir una Edad de Oro. Sin embargo, un creciente número de nuevas pruebas astronómicas y arqueológicas sugiere que este ciclo, de hecho, puede tener una base. Más importante aún, la comprensión de este ciclo podría proporcionarnos una visión de la dirección de la civilización en este momento y dar crédito a la opinión de que la conciencia puede expandirse a una tasa exponencial en un futuro no muy lejano. Comprender la causa de la precesión es clave.


La precesión observada


La observación de los tres movimientos de la Tierra es bastante simple. En la primera, la rotación, vemos el Sol levantarse en el este y ponerse en el oeste cada veinticuatro horas. Y si tuviéramos que mirar las estrellas sólo una vez al día, veríamos un patrón similar durante un año: las estrellas se elevan en el este y se ponen en el oeste. Las doce constelaciones del Zodíaco –los antiguos marcadores del tiempo que se encuentran a lo largo de la eclíptica, el sendero del Sol– pasan sobre nosotros a razón de una al mes y regresan al punto de partida de nuestra observación celestial al final del año. Y si nos fijáramos una vez al año, digamos en el equinoccio de otoño, notaríamos que las estrellas se mueven de forma retrógrada (frente a los dos primeros movimientos) a razón de aproximadamente un grado cada setenta años. A este ritmo, el equinoccio cae sobre una constelación diferente aproximadamente una vez cada 2.000 años, lo que lleva alrededor de 24.000 años para completar su ciclo a través de las doce constelaciones. A esto se llama la precesión (el movimiento hacia atrás) de los equinoccios en relación con las estrellas fijas.

Movimiento de precesión
La teoría convencional sobre la precesión afirma que la causa principal de la orientación cambiante de la Tierra hacia el espacio inercial –o sea, la “precesión”– debe ser la acción de la gravedad de la Luna sobre la Tierra oblata. Sin embargo, esta teoría fue desarrollada antes de que los astrónomos aceptaran que el sistema solar se podía mover; así pues, esta teoría ha sido considerada por la Unión Astronómica Internacional como “inconsistente con la teoría dinámica”. La antigua astronomía oriental, tal como la describe el sabio indio Yukteswar en su libro La Ciencia Sagrada (1894), enseña que un equinoccio que se mueve lentamente o “precediendo” a través de las doce constelaciones del Zodíaco es simplemente debido al movimiento del Sol curvándose a través del espacio alrededor de otra estrella, que cambia nuestro punto de vista de las estrellas de la Tierra. En el Binary Research Institute (Instituto de Investigación Binaria), hemos modelado un sistema solar en movimiento y encontramos que de hecho tal modelo reproduce mejor la precesión observable, al tiempo que resuelve una serie de anomalías del sistema solar. Esto sugiere fuertemente que la explicación antigua puede ser la más plausible, si bien los astrónomos todavía no han descubierto una estrella compañera al Sol de la Tierra.

Más allá de las consideraciones técnicas, un sistema solar en movimiento parece proporcionar una razón lógica para que podamos tener un Gran Año –usando el término de Platón– que alterna las edades oscuras y doradas. Es decir, si el sistema solar que transporta la Tierra se mueve realmente en una enorme órbita, sometiendo a la Tierra al espectro electromagnético (EM) de otra estrella o fuente de EM a lo largo del camino, podríamos esperar que esto afectase a nuestra magnetosfera, a la ionosfera y muy probablemente a toda la vida en un patrón proporcional a esa órbita. Así como los movimientos diurnos y anuales más pequeños de la Tierra producen los ciclos de día y de noche y las estaciones del año (ambos debido a la posición cambiante de la Tierra en relación con el espectro electromagnético del Sol), también se podría esperar que el movimiento celeste produjese un ciclo que afectase a la vida y a la conciencia a gran escala. 

Amit Goswami
El trabajo de la Dra. Valerie Hunt, ex profesora de fisiología en la UCLA (Universidad de California-Los Ángeles), nos ofrece una hipótesis sobre cómo podría verse afectada la conciencia por tal ciclo celestial. En varios estudios ha descubierto que los cambios en el campo EM ambiental –que nos rodea todo el tiempo– pueden afectar drásticamente a la cognición y el comportamiento humanos. En resumen, la conciencia parece estar afectada por campos sutiles de luz, o como dice el físico cuántico, el Dr. Amit Goswami: “La conciencia parece preferir la luz”. De acuerdo con el mito y el folclore, el concepto detrás del Gran Año o el modelo cíclico de la historia está basado en el movimiento del Sol a través del espacio, sometiendo a la Tierra al aumento y disminución de los campos estelares (todas las estrellas son enormes generadores de espectros EM), resultando en el legendario ascenso y caída de edades durante grandes periodos de tiempo.

Una perspectiva histórica


Las teorías actuales de la historia ignoran por lo general los mitos y el folclore y no consideran que exista ninguna gran influencia externa sobre la conciencia. En su mayor parte, la teoría de la historia moderna defiende que la conciencia (o la historia) se mueve en un patrón lineal desde lo primitivo a lo moderno, con pocas excepciones, e incluye los siguientes principios:
  • La humanidad evolucionó desde África [hacia el resto del planeta].
  • Los humanos fueron cazadores-recolectores hasta hace unos 5.000 años.
  • Las tribus se unieron primeramente para protegerse de otras comunidades agresoras.
  • La comunicación escrita precedió a las grandes estructuras de ingeniería o a las  populosas civilizaciones.

Pirámides de Caral
El problema con este paradigma ampliamente aceptado es que no es consistente con la evolución de la interpretación de antiguas culturas y artefactos anómalos recientemente descubiertos. En los últimos cien años, se han realizado importantes descubrimientos en Mesopotamia, en el Valle del Indo, en América del Sur y en muchas otras regiones que rompen las reglas de la teoría de la historia y hacen retroceder en el tiempo el desarrollo humano avanzado. 


Específicamente, muestran que los pueblos antiguos eran, en muchos sentidos, mucho más competentes y civilizados hace casi cinco mil años que durante las más recientes edades oscuras de hace sólo quinientos a mil años. En Caral, un antiguo complejo de origen desconocido en la costa oeste del Perú, encontramos seis pirámides que datan del 2700 a. C., una fecha contemporánea con las pirámides egipcias y que rivaliza con el tiempo de las primeras grandes estructuras encontradas en la llamada Cuna de la civilización en Mesopotamia. Caral está a un océano de distancia de esa Cuna. Allí no encontramos restos de escritura o de armamento, dos de los llamados requisitos de la civilización, pero sí encontramos hermosos instrumentos musicales, estructuras alineadas astronómicamente y pruebas de comercio con tierras lejanas, todo ello signo de una cultura pacífica y próspera.

Göbekli Tepe presenta un desafío aún mayor a los discursos convencionales de la historia. Datado aproximadamente hacia el 9000 a. C., este yacimiento en Turquía contiene una arquitectura impresionante, incluyendo muchos pilares tallados de grandes proporciones, y eso que sólo se ha excavado cerca del 10% (de todo el complejo). Descubrir que algo tan grande y complejo existió mucho antes de las fechas aceptadas para la invención de la agricultura y la cerámica es un enigma arqueológico. Estos yacimientos desafían el paradigma histórico convencional. Y lo que es más extraño es que muchas de estas civilizaciones parecieron decaer masivamente. En la antigua Mesopotamia, Pakistán, Jiroft[3] y las tierras adyacentes, encontramos conocimientos de astronomía, geometría, técnicas avanzadas de construcción, sofisticados sistemas de conducción de agua, un arte increíble, tintes y tejidos, cirugía, medicina y muchos otros refinamientos de una cultura civilizada que parecen haber surgido de la nada y que se perdieron por completo en los siguientes miles de años.

El antiguo Egipto en ruinas
En el tiempo de las edades oscuras mundiales, todas estas civilizaciones, incluyendo las grandes como Egipto y el Valle del Indo, se habían convertido en polvo o en formas de vida nómadas. Casi en las profundidades de la recesión cíclica, había ruinas y poco más, y la población local no sabía nada de los constructores, a excepción de lo que contaban las leyendas. En algunas zonas donde aún quedaban grandes poblaciones, como en algunas partes de Europa, la pobreza, la peste y la enfermedad campaban a sus anchas, y la capacidad de leer, escribir o replicar cualquiera de las hazañas anteriores en ingeniería o ciencia básicamente había desaparecido. ¿Qué ocurrió?

Si bien los registros de este período siguen siendo irregulares, la evidencia arqueológica indica que la conciencia, reflejada en el ingenio humano y su capacidad, se redujo considerablemente. La Humanidad parecía haber perdido la capacidad de hacer las cosas que solía hacer. Curiosamente, esto es lo que predijeron muchas culturas antiguas. Stefan Maul, el más destacado asiriólogo del mundo, arrojó luz sobre este fenómeno en su serie de Conferencias Presidenciales de Stanford de 1997. Maul dijo que los acadios sabían que estaban viviendo en una era en declive. Veneraban el pasado como un tiempo más alto y trataban de aferrarse a él, pero al mismo tiempo, predijeron y lamentaron las edades oscuras que iban a suceder. Sus estudios etimológicos de las tablillas cuneiformes muestran que las antiguas palabras para designar el “pasado” se han convertido en nuestras palabras para el “futuro” y que las antiguas palabras para el “futuro” se han convertido en nuestras palabras para el “pasado”, dependiendo de si nos acercamos a una Edad de Oro o nos alejamos de ésta.

Este principio de las épocas de aumento y disminución también se representa en numerosos bajorrelieves encontrados en templos antiguos de las “escuelas mistéricas” mitraicas. La famosa Tauroctonía, o escena de dar muerte a un toro, suele estar rodeada por dos muchachos, Cautes y Cautópates. Uno sostiene una antorcha en el lado ascendente del Zodíaco, indicando un tiempo de luz, y el otro sostiene una antorcha en el lado descendente del Zodíaco, indicando un tiempo de oscuridad. Estos períodos de tiempo se corresponden con la descripción de los griegos del movimiento de la Tierra a través de períodos de conciencia ascendente y descendente.

Mitra sacrificando al toro; véase a los lados a Cautes y Cautópates con sus antorchas invertidas

Jarred Diamond, célebre historiador y antropólogo y autor de Guns, Germs and Steel, nos demuestra que son principalmente las ventajas locales –geográficas y ambientales– las que determinan que un grupo de seres humanos tenga éxito o fracase frente a otro. Aquellos que tienen el acero, las armas y los gérmenes nocivos ganan. Aunque esto ayuda a explicar muchas diferencias regionales de los últimos miles de años, no aborda las grandes tendencias que parecen haber afectado a todas las culturas, incluyendo China y las Américas, que se sumergieron conjuntamente en la última edad oscura mundial. El modelo cíclico del Gran Año supera y amplía las observaciones de Diamond, ofreciendo una explicación para la recesión generalizada. Esto implica que no sólo la geografía y el ambiente de la Tierra determinan el éxito relativo de un pueblo, sino que también la geografía y el medio ambiente de la Tierra en el espacio afectan a la humanidad a una escala macroscópica. Así como los pequeños movimientos celestiales afectan decisivamente a la vida a corto plazo, igualmente parece que los grandes movimientos celestes modifican la vida a largo plazo, lo que resulta en las estaciones de un Gran Año.

La pila de Bagdad
Entender que la conciencia, de hecho, puede subir y bajar con los movimientos de los cielos da sentido a los antiguos mitos y al folclore y sitúa a las culturas y artefactos anómalos, como el dispositivo de Antikythera y la pila de Babilonia[4], en un contexto histórico que tiene sentido. Ello también explica por qué tantas culturas antiguas parecen haber estado fascinadas con las estrellas y nos proporciona un paradigma viable para entender la historia. También podría ayudarnos a identificar las fuerzas que propulsaron el Renacimiento y que pueden acelerar la conciencia en nuestra era actual. El mito y el folclore, el lenguaje científico de antaño, proporcionan una mirada más profunda a la conciencia a través de las edades.

Una mirada antigua hacia el futuro


El historiador griego Hesíodo habló de la maravillosa naturaleza de la última Edad de Oro, cuando abundó la “paz y la opulencia”, y los mitos Hopi nos hablan de las ciudades en el fondo del mar. Los pueblos antiguos suelen partir el gran ciclo en una fase ascendente y otra descendente, cada una con cuatro períodos. De acuerdo con las escrituras védicas, cuando el equinoccio otoñal se desplaza de Virgo a Aries, la humanidad se mueve a través de los yugas ascendentes, Kali, Dwapara, Treta y Satya, antes de declinar lentamente en orden inverso a medida que el equinoccio completa su viaje (el Satya Yuga marca una Era Dorada). Los griegos y otras civilizaciones mediterráneas tempranas describieron períodos similares y los llamaron Era del Hierro, del Bronce, de la Plata, y del Oro. A su vez, los antiguos mayas y los hopi usaron términos como “mundos” y “soles” y los numeraron para identificar épocas específicas. 


El paso cíclico de los yugas a través de los tiempos
Cualquiera que sea el lenguaje utilizado, el concepto es el mismo. En su libro, Sri Yukteswar explica que cuando nuestro sistema solar está en un punto más alejado de su estrella compañera, la conciencia de la humanidad está en su punto más bajo (lo que ocurrió alrededor del 500 d. C.) y cuando el Sol está en su punto más cercano (lo que tendrá lugar en el 12500 d. C.), la conciencia alcanza su punto más alto en este ciclo. Estos puntos celestes están situados en la intersección del Sol del equinoccio otoñal y en una de las doce constelaciones del Zodíaco, y así pues el equinoccio y las constelaciones conforman un reloj celestial, del mismo modo que nuestra hora y doce números conforman un reloj mecánico. Cuando el Sol del equinoccio otoñal está en Aries, que casi siempre se coloca en la posición de las doce en punto del Zodíaco, la Tierra está en el mejor ambiente estelar posible, facilitando que mucha gente experimente un estado de conciencia despierto. Cuando el Sol del equinoccio otoñal está en la constelación de Libra, las condiciones están en su peor momento, y entonces prevalece una edad oscura, un período de conciencia ilusoria.

En la actualidad, estamos sólo en unos cientos de años de la edad ascendente, cruzando lo que los griegos llamarían la Edad del Hombre (Hierro) hacia la Edad del Héroe (Bronce), aún muy lejos de la Edad de los Semidioses (Plata) y la Edad de los Dioses (Oro), que son totalmente inconcebibles para nosotros en este momento. Esto significa que ahora estamos despertando de una época en que la conciencia individual se percibía como una forma puramente física, viviendo en un universo estrictamente físico, a un tiempo en que comenzamos a vernos a nosotros mismos y al universo como más transparentes y mayormente compuestos de energía sutil. Esto comenzó con los descubrimientos del Renacimiento (principios de la electricidad, leyes de la gravitación, microscopios, telescopios, y otras invenciones que ampliaron nuestra conciencia) y se ha acelerado desde entonces con la aparición de la física cuántica, que nos muestra que la materia y la energía son intercambiables y que confirma los conceptos de Einstein acerca de la relatividad del tiempo y el espacio. En resumen, estamos de vuelta en el ascenso, apenas comenzando a recordarnos a nosotros mismos como conciencia pura que vive en un mundo de posibilidades no soñadas.

Según Paramahansa Yogananda, autor de la Autobiografía de un yogui, para el año 4100 d. C. (cuando crucemos el Treta Yuga propiamente dicho), “la telepatía y la clarividencia volverán a ser de conocimiento común”. Puede parecer estrambótico, pero según los mitos y el folclore, tal vez ya se dio antes en la Tierra tal época, alrededor del 3100 a. C., el último Treta Yuga. El Génesis designaría al Treta Yuga como la era pre-Babel, cuando la humanidad se comunicaba libremente con la naturaleza antes de que Dios “confundiera las lenguas”.

Las personas a menudo olvidan lo que era el mundo hace apenas quinientos años, cuando todas las naciones estaban en guerra, las plagas y la pobreza diezmaban grandes poblaciones, la vida era la mitad de lo que es hoy, los derechos individuales eran inexistentes y la justicia se impartía mediante la tortura, la inquisición, o la quema en la hoguera. Sí, el mundo todavía tiene problemas, pero la conciencia se está expandiendo rápidamente, manifestándose de muchas maneras; En los Estados Unidos, millones de personas están meditando, haciendo yoga y empleando prácticas de curación “no tradicionales” para mantener su bienestar. Desde la perspectiva de la tecnología, muchos creen que ahora estamos acercándonos al “punto de singularidad” que exploró Ray Kurzweil en su libro The Singularity Is Near, una aceleración de la inteligencia que borrará la distinción entre el hombre y la máquina. Pero es mucho más. ¿Puede haber alguna duda de que las mejoras en todas las áreas de la sociedad durante los próximos quinientos años serán indescriptibles en comparación con las de los últimos quinientos?

El Codex Dresden, famoso documento astronómico maya
Algunos investigadores y astrónomos utilizan el equinoccio vernal (EV), que ahora está en Piscis, en el “amanecer de la era de Acuario”, para contar el tiempo precesional. Por lo tanto, hay un núcleo de verdad en la popular canción de los años 60 “Aquarius”. Otras culturas utilizaron los solsticios, que sería una línea dibujada en perpendicular a la de los equinoccios. En la actualidad, el solsticio de invierno cruza el Centro Galáctico en Sagitario. Dado que esto ocurre en el ciclo precesional en apenas una década antes y después del 2012 (la fecha de finalización del calendario maya), el académico en cultura mesoamericana John Major Jenkins cree que esta cultura lo usó para delinear un “nuevo tiempo”, como un despertar o una primavera en un Gran Año. Cualquiera que sea el marcador solar (equinoccio o solsticio), el reloj celestial es una forma sencilla de dar la hora dentro de un Gran Año. Su importancia se puede ver en el sistema de tiempo que utilizamos hasta hoy: 24 horas en un día, con 12 horas de luz ascendente (a. m.), y 12 horas de luz descendente (p. m.), Es un microcosmos perfecto de un Gran Año, con sus 24.000 años, 12.000 ascendentes y 12.000 descendientes.


Los primeros días de la primavera


Hay un mensaje más profundo que dar la hora en un Gran Año, y es reconocer que existe un gran ciclo a la vida que nos afecta a todos. Habiendo perdido este conocimiento, somos una sociedad que ha perdido la comprensión de su lugar en la historia cósmica. Como un individuo con amnesia, tenemos una angustia profunda sobre el futuro. Pero cuando recordamos nuestra rica y hermosa historia, redescubrimos nuestro increíble potencial y empezamos a ver y actuar con claridad. La hora actual es similar a los últimos días del invierno: ¡las cosas se están descongelando y algo maravilloso está por suceder! No todas las flores florecen el primer día de la primavera; sin embargo, comprender nuestro lugar en el Gran Año nos asegura que pronto será más brillante y más bello de lo que nos hemos atrevido a imaginar. Nuestros antepasados ​​nos lo dicen.

© Walter Cruttenden 2012

Para aquellos que deseen profundizar en el trabajo de W. Cruttenden sobre la precesión, les remito a los siguientes enlaces (en inglés): www.BinaryResearchInstitute.org  y  www.The GreatYear.com


Fuente original (en inglés): https://grahamhancock.com/cruttendenw2/

Fuente imágenes: Wikimedia Commons





[1] La cifra exacta es 25.776 años, lo que se conoce como el “Gran Año” (n. del t.).

[2] Insecto parecido a la libélula (n. del t.)

[3] Civilización de Jiroft: antigua cultura de la Edad del Bronce, situada entre Irán y Afganistán. (n del t.) 

[4] Más conocida como “pila de Bagdad” (n. del t.)

5 comentarios:

Piedra dijo...

Tendría que dar mucho que pensar el que todas las civilizaciones antiguas hayan tenido conocimiento de las civilizaciones que les precedieron y que la historia solo las haya aceptado como mitos y leyendas.

TODAS las civilizaciones antiguas, en todos los continentes, sin conocimiento unas de otras, nos hablan de un pasado glorioso en el que los dioses habitaban la tierra, o mejor dicho, éramos dioses (o semejantes a ellos). Como nos hablan de guerras entre civilizaciones muy avanzadas y desastres planetarios, demasiadas coincidencias para tomarlo solo por mitos, leyendas e imaginación.

Sobre el tiempo que vivimos, aun no ha terminado la era más oscura, como señalan todos los mitos de todas las grandes civilizaciones, aun debe haber una gran última guerra, la del "anticristo" tras la que el ser humano volverá a evolucionar.

Un saludo.

Xavier Bartlett dijo...

Gracias por el comentario Piedra

En efecto, es bien cierto lo que dices; las civilizaciones antiguas hablaron repetidamente de la Edad de Oro y de los ciclos, en que "había dioses" o "éramos dioses" (yo me inclino por lo segundo, aunque en el fondo, ambas propuestas vienen a ser lo mismo). Al parecer la precesión tenía un significado cósmico-energético que ellos conocían bien, pero con nuestra astronomía materialista todo se ha ido al garete. Y bueno, está bien claro que aún estamos en el llamado Kali Yuga...

Saludos,
X.

Anónimo dijo...

Hola Xavier;

Si admites una petición de un anónimo pero fiel seguidor, me gustaría saber qué conoces de Nan Madol (hay en Youtube una interesantísima conferencia de Carlos Canales sobre el tema); un misterio que me resulta alucinante en tanto en cuanto no parece saberse aún quienes, cuándo, cómo y por qué motivo construyeron algo así.

Muchas gracias por compartir tus conocimientos. Es un placer leerte y escucharte. Por cierto, en tu conferencia "La historia cíclica y los ooparts" (que tantas veces he visto y que recomiendo encarecidamente) haces un par de referencias a otra charla anterior... ¿también la grabasteis? Y, si es así, ¿podrías indicarme cómo/dónde encontrarla?

Gracias de nuevo. Un saludo;

Jabi

Xavier Bartlett dijo...

Amigo Jabi

Primero, gracias por seguirme y por tus amables comentarios. Con respecto a la charla que menciono en aquel vídeo, lamentablemente no se grabó. Se trataba de la primera parte de un curso sobre "arqueología alternativa", en el cual toqué diversos temas que también aparecen en mi libro.

En cuanto a Nan Madol, sí tengo algunas referencias, pero existe un libro de Andreas Faber-Kaiser dedicado en exclusiva a la isla de Ponape y a estas ruinas titulado "Sobre el secreto", que es muy recomendable, pero difícil de encontrar. De todos modos, en la famosa web de biblioteca pléyades puedes encontrar amplia información sobre Nan Madol, en gran parte procedente de Faber-Kaiser. Mi impresión es que estamos ante un enclave megalítico muy antiguo, tal vez construido por la misma civilización global megalítica anterior a las primeras civilizaciones conocidas y que fue responsable de tantos monumentos asombrosos que a mi entender han sido mal datados.

Saludos,
X.

Anónimo dijo...

El Gran año es la mitad de ese ciclo de 25920, es analogo a la cupula celeste que es una semiesfera y analogo al movimiento solar. Los antiguos ( los que descubrierin ese ciclo), eran unos grandes ciclotologos, los grandes ciclos se derivaban de los mas pequeños del Sol y La Luna sonre todo. El Gran Año tiene que ver con la precesion equinocial del sol, potque es medio ciclo y no el ciclo entero, primero el sol , para ellos, se movia de Este a Oeste formando un arco ( como si fuera un semicirculo), un dia 1 semicirculo por la semiesfera celeste. En un año 356 semicirculos y un retraso de 50 "" en la llegada al equinocio ( esta es la precesion), pero siempre atendiendo a los semicirculos ( del movimiento solar en parabola y la semicupula celeste).