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miércoles, 8 de marzo de 2017

El megalitismo como legado de una conciencia superior


Ya he tratado en varios artículos de este blog el tema del megalitismo, que aún encierra múltiples incógnitas y que en mi opinión no ha sido correctamente interpretado por la arqueología ortodoxa, por no decir que sigue siendo un enigma en su última razón de ser. Lo que voy a presentar a continuación es una breve reflexión que procede de mis conversaciones con el periodista científico e investigador independiente Guillermo Caba Serra, autor de dos notables obras, Conciencia: el enigma desvelado y La arqueología de la conciencia.

La teoría de Guillermo Caba nace de su interés sobre el pasado más remoto y su conexión con un alto conocimiento que hoy hemos perdido, y que no sería otro que un estado de conciencia superior –perdido tras el Diluvio[1]– que permitía ver el cosmos y la propia existencia humana desde una perspectiva espiritual o trascendente, bien alejada del actual paradigma materialista. Lo que Caba quiere destacar es que en estos grandes monumentos megalíticos dispersos por el planeta no hallamos inscripciones o atribuciones a un rey, jefe, emperador o a una comunidad determinada. Esta obvia característica convierte a estas enormes estructuras en testigos completamente mudos y anónimos de su época. ¿Quién había detrás de un esfuerzo tan colosal? ¿Qué monarca encargó edificar tal monumento? ¿Quiénes fueron los arquitectos o maestros de obra? ¿Qué pueblos se movilizaron para realizar tales empresas? Lo cierto es que no hay rastro físico directo en los propios monumentos que nos permita salir de dudas, aunque sí es cierto que se conservan numerosas leyendas, mitos e incluso referencias históricas que de algún modo tratan de identificar a los autores de estas magnas obras, que no podían pasar desapercibidas para las personas que las contemplaron a lo largo de los siglos.

Túmulo de Newgrange (Irlanda)
Si repasamos un poco la casuística, tenemos por ejemplo el megalitismo atlántico y mediterráneo, con estructuras simples y otras más complejas, y con acabados diversos, de lo relativamente basto a lo más preciso. De cualquier modo, no hay ninguna escritura o marca que nos permita identificar a los autores[2]. En el mejor de los casos existen algunos grabados o decoraciones, como las típicas espirales, que se repiten en lugares tan distantes geográficamente como Irlanda o Malta. La arqueología académica atribuye estos monumentos a las comunidades neolíticas de las diferentes regiones, con unas cronologías que van por encima del 5.000 a. C. hasta prácticamente adentrarse en la Edad del Bronce, en segundo milenio antes de Cristo. No obstante, algunos autores alternativos consideran que tal vez estas cronologías estén equivocadas y que podrían ser bastante más antiguas, tema que luego analizaremos con un poco más de detalle.

En segundo lugar cabe citar el megalitismo de Sudamérica, representado básicamente en la región andina y en la amplia zona de influencia alrededor de la ciudad de Tiahuanaco, que destaca por los imponentes muros del patio de Kalasasaya y los restos no menos impresionantes de Puma Punku, con bloques de 100-150 toneladas o incluso más. Luego tenemos todo el sobresaliente megalitismo de enclaves como Ollantaytambo, Cuzco y Sacsayhuamán, con piedras enormes e irregulares que encajan unas con otras como en un perfecto puzzle y sin necesidad de mortero. Y una vez más, ni una sola inscripción, ni un solo nombre; tan solo disponemos de antiguas tradiciones que hablan de constructores de un remoto tiempo de dioses y gigantes. Entretanto, la arqueología convencional ha atribuido todos estos monumentos a la civilización inca, pese a que algunos autores alternativos han señalado que las típicas estructuras y formas de construcción de los incas (con piedra pequeña) se superpusieron a las grandes estructuras, que podrían ser muy anteriores[3].

Trilito de Ha'amonga (Tonga)
Después podemos mencionar varias estructuras megalíticas de todo tipo diseminadas por otros rincones del planeta, como por ejemplo en Asia y el Pacífico, donde se encuentran restos diversos que las tribus nativas atribuyen a sus ancestros más lejanos, en forma de gigantes y semidioses. Este megalitismo es muy poco conocido, con excepciones, pero contiene ejemplos tan notables como los moais de la isla de Pascua, las ruinas de Nan Madol (Ponape), la Casa de Taga[4] (Tianan, islas Marianas), el trilito de Ha’amonga (Tonga) o la estructura Masuda no iwafune (Nara, Japón), realizada con gigantescos monolitos de granito de entre 300 y 500 toneladas y de función indefinida. Y tampoco en este megalitismo encontramos nombre alguno...

Trilithon de Baalbek
Finalmente, nos podemos referir al megalitismo atribuido a las civilizaciones de África y Oriente Medio, desde Turquía hasta Egipto pasando por el levante mediterráneo. Precisamente, en Turquía se alza el complejo de Gobleki Tepe, un posible lugar ceremonial, aunque nadie sabe exactamente qué era. Este singular yacimiento ha roto muchos moldes en arqueología pues por primera vez –disponiendo de dataciones fiables por radiocarbono– se ha reconocido que constituye un horizonte muy anterior a las primeras civilizaciones e incluso al periodo neolítico. Y en sus famosos pilares monolíticos hallamos decoración diversa, pero ningún rastro de escritura, ninguna pista de los constructores. Igualmente no tenemos ninguna marca en los bloques gigantescos del santuario de Baalbek (Líbano), de unos 20 metros de largo y estimados en un peso que va desde las 800 toneladas del Trilithon hasta las 1.650 de un bloque recientemente descubierto en la cantera, junto a la llamada Piedra del Sur, de poco más de 1.200 toneladas[5]. Y la arqueología convencional aún sigue atribuyendo absurdamente el basamento de esta obra a los romanos, los cuales ni de lejos trabajaban con piedras de ese peso y tamaño.

Si nos desplazamos a Egipto, cabe decir que existe un megalitismo poco reconocido como tal, pero muy evidente en forma de estructuras como el Osireion (en Abydos), los enormes sarcófagos del Serapeum (en Saqqara), o los templos de la Esfinge y de Khafre (en Guiza), por no hablar de la propia Gran Esfinge, la escultura más grande del mundo, que fue excavada sobre la roca caliza del terreno. En estas grandes obras es visible el uso de enormes bloques de gran peso, así como un trabajo de máxima precisión, como en los citados sarcófagos[6]. Asimismo, Guillermo Caba hace referencia a las antiguas pirámides, las primeras y más colosales, como ejemplo de ese megalitismo anónimo. Y en efecto, tales obras más arcaicas no poseen inscripciones, pese a que los egipcios llenaban literalmente sus monumentos de jeroglíficos, incluyendo claras referencias al faraón o al noble responsable de la construcción.

cartucho de Khufu
Por supuesto, para sustentar esta visión hay que asumir que las famosas inscripciones de las cámaras de descarga de la pirámide de Khufu no eran originales, ya fueran pintadas allí en la época de la IV dinastía (lo que implica que la pirámide sería mucho más antigua), ya fueran falsificadas en 1837 por el egiptólogo Howard-Vyse, un personaje de dudosa reputación[7]. Así pues, es fundamental reconocer que en algunos casos, aunque hallemos textos en ciertos monumentos, se trataría de añadidos posteriores a la época de la construcción, como se puede comprobar fácilmente, por ejemplo, en la Gran Esfinge y la famosa Estela del Sueño. Otra cosa sería hablar de las pirámides de finales del Imperio Antiguo y más adelante, con conocidas inscripciones en su interior (como los famosos Textos de las Pirámides), pero que fueron erigidas de manera más basta y pobre –sin recurrir a grandes y perfectos bloques de piedra– y que actualmente son prácticamente una pila de escombros y ruina.

Así llegaríamos a admitir la hipótesis de que posiblemente estas estructuras megalíticas no fueron construidas en la época dinástica sino que eran muy anteriores y que fueron remodeladas, restauradas o reivindicadas por los gobernantes de las épocas históricas conocidas. A este respecto, es oportuno recordar que los propios antiguos egipcios reconocieron en diversos documentos –empezando por las famosas listas de Manetón– que antes de las primeras dinastías “históricas” habían existido otras muchas dinastías de reyes que se remontaban a varios miles de años atrás, y que incluían a dioses, semidioses y héroes. Ahora bien, para la egiptología todo esto es pura mitología.

Ruinas del Osireion
Sin embargo, no se pueden dejar a un lado las dataciones extremadamente antiguas de Gobleki Tepe, ni los datos “heréticos” procedentes de la geología sobre la Gran Esfinge y sus templos adjuntos, que muestran una marcada erosión por agua y una antigüedad enorme que no encaja con la cronología tradicional. También resulta del todo evidente que el Osirerion, atribuido al faraón Seti I, del Imperio Nuevo, no puede ser de esa época porque es de un estilo arquitectónico totalmente distinto al del templo adjunto de Seti, no contiene ninguna inscripción y está situado varios metros por debajo del mencionado templo, en un nivel estratigráfico mucho más antiguo.

Recapitulando todo este escenario, podemos afirmar que existen muchas similitudes formales y técnicas en las estructuras de este megalitismo disperso por varias regiones del planeta, pese a que los expertos académicos no quieren ni oír hablar de un origen común o difusionismo de este fenómeno. El caso es que nos enfrentamos a grandes obras realizadas principalmente con enormes bloques regulares o irregulares, unidos a la perfección[8] y sin mortero, en una época indefinida muy anterior a las primeras civilizaciones. Frente a esto, la arqueología académica nos sitúa estas proezas en el Neolítico o en la Edad del Bronce, un tiempo en que los métodos y los recursos técnicos eran –según las propias pruebas arqueológicas– relativamente precarios para tallar, mover, levantar y colocar con tanta precisión esas piedras gigantescas, aunque fuera disponiendo de miles de trabajadores. Desde luego, no se trata de considerar a esas culturas antiguas como primitivas e incapaces, pues su ingenio y sus habilidades están fuera de toda duda, dados sus logros bien contrastados en arquitectura e ingeniería, pero hay cosas que superan la lógica y el sentido común, se miren como se miren.

Hoy en día estas obras megalíticas anónimas están todavía en pie en su mayor parte, si bien algunas muestran más desgaste por el paso del tiempo y la acción de los elementos. En cualquier caso, es bien evidente que nos transmiten una sensación de durabilidad y sobre todo de eternidad, habiendo resistido durante milenios a toda clase de catástrofes naturales (especialmente terremotos), aparte de la erosión de los agentes naturales y de la intervención destructiva del hombre. Y siendo como son unas obras que a menudo  empequeñecen a nuestras más modernas construcciones, nos podríamos preguntar ahora por qué no tenemos la “firma” de sus autores, que deberían estar bien orgullosos de haber erigido tales gestas arquitectónicas[9]. Ahí es donde vuelvo a la visión de Guillermo Caba para cerrar el argumento.

Guillermo Caba Serra
Según él, no tenemos ninguna referencia directa de los autores porque dichas obras no fueron construidas bajo nuestro actual estado de conciencia, sino en una remota era con un estado de conciencia mucho más elevado, en el cual todavía reinaba la concepción de formar parte de un todo por encima de la separación o la dualidad. En otras palabras, prevalecería la identidad colectiva o el nosotros frente al yo, o más exactamente el ego. De este modo, sería impensable que una persona (o incluso un grupo de ellas) tuviera el más mínimo afán por dejar huella y atribuirse con orgullo y vanidad un determinado logro. De esta idea se podría deducir que existía una espiritualidad latente en toda la comunidad que permitía crear obras fabulosas pero no para la vanidad sino para la iniciación y la iluminación[10] o bien para una finalidad práctica comunitaria. Es de suponer también que en ese estado de conciencia los seres humanos dispusieran de unas capacidades más grandes para manipular la materia (¿una ciencia metafísica?) y de ahí la relativa facilidad para construir de esa manera, que todavía en la actualidad nos parece una barbaridad por los pesos y tamaños manejados.

No obstante, a esta teoría se le podrían objetar al menos dos hechos evidentes. Por un lado, es patente que existen muchos monumentos de la Prehistoria y del Mundo Antiguo que también son anónimos y que no son estrictamente megalíticos. Por otro lado, está el tema del uso de la escritura, que arrancó en el cuarto milenio antes de Cristo en Mesopotamia y luego en Egipto como consecuencia directa del proceso de civilización de las sociedades neolíticas más avanzadas[11].  Esta invención vendría a dar respuesta a la creciente necesidad de registrar los intercambios o relaciones comerciales, a ordenar la actividad económica y a fijar y difundir los mandatos establecidos por los primeros estados; en suma, a regular y administrar el mundo material. Así pues, lógicamente, si las sociedades artífices de los monumentos megalíticos no habían llegado a este estadio de civilización, no es de suponer que escribiesen nada sobre sus obras.

Escritura jeroglíca egipcia
Frente a esta obviedad, podríamos admitir que muchos monumentos megalíticos estaban lejos –tanto en el espacio como en el tiempo– de la civilización, pero en cambio otros, como la Gran Pirámide de Guiza, eran claras muestras de la más alta “civilización” y tendríamos que preguntarnos por qué no se escribió nada en ellos. Y todavía nos quedaría una última vuelta de tuerca, pues podemos especular con la hipótesis de que en un estado superior de conciencia, los seres humanos fueran capaces de comunicarse telepáticamente y de almacenar y compartir información en un campo energético de información común, algo similar al concepto de los campos morfogenéticos planteados por Rupert Sheldrake. De este modo no precisarían para nada de un sistema de escritura, que en realidad sería un síntoma evidente de la involución de nuestras capacidades congénitas hacia un estado de conciencia inferior (en el que vivimos actualmente).

En conclusión, el enfoque de Guillermo Caba –aun con todos sus elementos discutibles o especulativos– aporta un interesante argumento sobre la oscura identidad de los autores de esas grandes obras, que no sólo dispondrían de unas notables capacidades técnicas sino que posiblemente también veían su realidad de una forma bastante distinta a la nuestra, poniendo por delante valores espirituales por encima de los materiales o personales. Pero sin duda quedan todavía muchas preguntas por contestar sobre el propósito del megalitismo, y en este empeño será preciso abrir la mente a nuevos escenarios e ideas que forzosamente habrán de ir más allá del modelo de pensamiento del actual paradigma científico.

© Xavier Bartlett 2017
 
Fuente imágenes: Wikimedia Commons / archivo del autor





[1] Para Caba, el Diluvio no habría sido en realidad una gran catástrofe natural, sino el impacto de una especie de ola electromagnética cósmica, que cambió nuestra visión y percepción de la realidad.
[2] Sin embargo, según la arqueóloga Marija Gimbutas, existiría una especie de meta-lenguaje encarnado en esas decoraciones y motivos propios de las comunidades neolíticas-megalíticas, que ella atribuyó a una sociedad matriarcal.
[3] Alfredo y Jesús Gamarra, investigadores peruanos, señalaron que habían identificado tres estilos de construcción, dos megalíticos –muy antiguos– y otro “normal”, que debía asignarse a los incas.
[4] No es realmente una “casa”, sino dos enormes columnas con capiteles semiesféricos, aunque originalmente se dice que había hasta diez, en dos hileras. Se han identificado restos similares en otras islas del Pacífico.
[5] Estas cifras nos pueden parecer exorbitantes, pero no serían los megalitos más grandes jamás tallados por el hombre si se confirma la artificialidad de las formaciones pétreas del Monte Shoria (Rusia), con bloques que podrían alcanzar las 3.000 toneladas o incluso más.
[6] Al menos la egiptología los califica como tal, para servir de enterramiento a los bueyes Apis, aunque algunos autores no lo creen viable ni creíble, con cajas de granito pulidas con una perfección propia de la maquinaria actual y de muchas toneladas de peso (entre 60 y 80, más unas 15 toneladas de la tapa).
[7] Cabe señalar que también en la Gran Pirámide existe una breve inscripción, el tetragrámaton, cuatro signos desconocidos que fueron grabados sobre la entrada original de la pirámide y que nadie sabe qué significan y en qué época fueron inscritos.
[8] En prácticamente todos estos monumentos es imposible introducir el filo de una navaja o un papel entre las juntas de las piedras.
[9] A este respecto, es oportuno citar que algunas obras muy posteriores fueron del máximo orgullo de sus artífices, como el caso del ingeniero romano Gaius Iulius Lacer (s. II d. C.) que construyó el puente de Alcántara (Cáceres, España) y que en un templete anexo dejó escrito, aparte de su nombre, que el puente “duraría tanto como duraran los siglos del mundo”. Y en efecto, el puente sigue allí, con pocas reformas.
[10] Guillermo Caba opina que tanto el santuario de Gobekli Tepe como la Gran Pirámide de Guiza eran precisamente lugares de iniciación mística.

[11] Cabe señalar, empero, que para muchos autores ya habían existido previamente sistemas primitivos de escritura (“protoescritura”) en forma de signos y símbolos y que podían remontarse incluso al Paleolítico.

domingo, 26 de febrero de 2017

René Guénon y la historia cíclica



René Guénon (1886-1951) fue un matemático francés, miembro de la Masonería, que expandió su conocimiento hacia otras áreas como la espiritualidad, la filosofía y el esoterismo, llegando a escribir numerosos libros que se han vuelto obras de referencia para muchas personas que buscan la iniciación, el misticismo y la recuperación de la tradición, entendida como la sabiduría ancestral. Asimismo, Guénon trató de construir puentes de diálogo entre la tradición oriental (especialmente de la India y del Islam) y el pensamiento occidental.

Sobre la validez de sus aportaciones se ha escrito y debatido mucho, pero en lo que aquí nos ocupa –el campo de la arqueología y la historia– he creído interesante adjuntar un breve artículo de la autora norteamericana Susan Ferguson, estudiosa de la metafísica y de las antiguas escrituras védicas, que glosa la visión de Guénon acerca de la llamada “historia cíclica”. Este es precisamente un concepto muy arraigado en Oriente (así como en muchas culturas primitivas de todo el mundo), pero que es ignorado o rechazado por la ciencia occidental, probablemente a causa de la influencia ideológica judeo-cristiana.

En este documento, Ferguson nos introduce en una interpretación del todo heterodoxa sobre la historia de la Humanidad, que –tal como la veía Guénon– sería fruto de una evolución de la conciencia, con características bien diferenciadas en cada etapa y que afectaría tanto a la materialización como a la desmaterialización de los restos físicos que observan los arqueólogos. Pero sin duda lo más destacado sería la constatación de que no hay realmente “evolución” sino “involución”, o sea, un retroceso de un estadio superior a otro inferior, más limitado o restringido, que se traduce en una visión errónea del pasado como una era primitiva y carente de altos conocimientos. En fin, una vez más estamos ante un texto que se debe leer con la mente abierta y sin prejuicios, pues de otro modo resultaría del todo absurdo o confuso. 


Arqueología y Percepción Cíclica


El tema de los Ciclos del Tiempo nos ofrece una amplia perspectiva de la variedad de teorías, a menudo desconcertantes, acerca de las civilizaciones antiguas y perdidas. ¿Cómo es posible que tantos investigadores lleguen a conclusiones tan diversas? ¿Por qué la mente “moderna” ha estado tan cerrada a la idea de que las civilizaciones anteriores eran más avanzadas que las nuestras? René Guénon, el genial autor metafísico francés, arroja luz sobre nuestra capacidad de comprender el pasado en su libro “El reino de la cantidad y los signos de los tiempos” (1945).

En “Los límites de la Historia y la Geografía” (capítulo 19), Guénon afirma que hay diferencias cualitativas en los cuatro ciclos del tiempo. Estas diferencias cualitativas son expresiones de un amplio espectro de frecuencias siempre cambiantes, que reflejan diferentes estados de conciencia. Incluso dentro de cada ciclo hay ciclos dentro de ciclos que producen variaciones cualitativas, tanto en las apariencias manifestadas como en la percepción. 

Según la teoría de los Ciclos del Tiempo hallada en los antiguos textos sánscritos, comenzamos en los estados superiores de la conciencia y luego involucionamos. Contrariamente a la opinión científica actual, no estamos evolucionando, sino que estamos experimentando procesos de aumento de la limitación en la percepción, a medida que descendemos a través de las etapas de la Solidificación de la Materia.
Los Ciclos del Tiempo en la tradición hindú
 

A partir del 3.606 a. C., hemos estado viviendo en el último y más denso ciclo, el Kali Yuga, la Era de Confusión y del Conflicto. Por lo tanto, nuestras percepciones están atrofiadas y son más limitadas que nunca. En los ciclos previos no estábamos atrapados y limitados a la percepción diferenciada de los cinco sentidos. En los yugas anteriores, la visión remota, la telepatía y otras capacidades paranormales, por así decirlo, eran “normales” y en sánscrito ya se conocían con el nombre de Siddhis.

Quizás nuestra más absurda limitación es imaginar que los antiguos poseían una mentalidad similar a la nuestra. Juzgamos al pasado y a la gente de la antigüedad a través de nuestro moderno condicionamiento occidental filtrado por la ciencia. Asumimos que nuestra mentalidad es superior, avanzada, y de esta falsa premisa juzgamos y descartamos lo que de hecho somos incapaces de entender. Puesto que existimos dentro de un ciclo de densidad y confusión, un período avanzado en la solidificación de la materia, conferimos a todas nuestras percepciones apariencias correspondientes “según conceptos cuantitativos, mecanicistas o materialistas”. Guénon señala que si bien esto permite que las aplicaciones prácticas de la ciencia moderna tengan éxito, tan estrecha visión da lugar, sin embargo, a conclusiones equivocadas y a un enajenamiento cegador.


El mundo es conciencia


En los ciclos temporales anteriores, el mundo antiguo no era tan “sólido” como ha llegado a ser hoy y nuestra percepción condicionada de la separación entre lo que es corpóreo y lo que es “sutil” (bajo el umbral de cada átomo) aún no se había atrofiado tan completamente. “No fue sólo que el hombre, cuyas facultades estaban entonces mucho menos limitadas, no viera el mundo con los mismos ojos de hoy y que percibiera cosas que desde entonces se le han escapado por completo, sino que también, y correlativamente, el mundo en sí mismo –como entidad cósmica– era de hecho cualitativamente diferente...”

¿Monumentos solidificados en nuestra era?
Guénon afirma que incluso los restos arqueológicos de las antiguas civilizaciones se vieron afectados por la solidificación de la materia cuando descendimos a través de los Ciclos del Tiempo. Si, como él mismo dice, estos “vestigios” no habían sido parte de la solidificación en curso, simplemente habrían desaparecido de manera completa. De hecho, muchas estructuras antiguas desaparecieron, pero sólo para nuestros defectuosos ojos modernos. Esta comprensión va más allá de la capacidad de la mayoría de los arqueólogos e investigadores, que no tienen una comprensión de la metafísica tradicional y por lo tanto no tienen la conciencia necesaria para percibir a través de los velos del tiempo y, como un maestro ha dicho, “¡los oídos para oír!”

Según Guénon, cuando nos remontamos al Mundo Antiguo, surgen las barreras. Los intentos de establecer una cronología antes del siglo VI a. C. divergen en una plétora de estimaciones, “hasta tal punto que las divergencias en la estimación de las fechas de los objetos y de los acontecimientos ascienden a siglos y a veces incluso a milenios enteros...” Abundan las teorías contradictorias y recientemente hasta las dataciones por radiocarbono han caído bajo sospecha.


Miasma y desengaño


La reacción típica del pensamiento científico moderno es negar todo lo que pueda estar más allá de ellos, y por consiguiente se acusa a los antiguos de ser primitivos y carentes de procedimientos y tecnologías científicas modernas. Sin embargo, sólo nuestras propias facultades de percepción, continuamente debilitadas, nos permiten “sostener los relatos de los antiguos con sarcasmo”. A medida que nuestro mundo ha profundizado en la solidificación, “nuestras facultades de concepción y percepción –que permitieron al hombre alcanzar algo más que el modo más basto e inferior de la realidad– quedaron totalmente atrofiadas...”

Guénon también aporta pruebas de conceptos equivocados similares en geografía y afirma que hay una geografía “sagrada”, que es la base para el establecimiento de centros sagrados tradicionales. Guénon concluye ese capítulo con el entendimiento de que no podemos esperar mucho si no se da un cambio en el pensamiento y la erudición modernos: “...naturalmente se mantendrán en esta actitud negativa hasta que algunos cambios en la cara del mundo vengan a destruir de una vez por todas su engañosa seguridad.”


En un reciente artículo on-line que describe el fracaso y la influencia destructiva de los “elaborados modelos econométricos” utilizados por la Reserva Federal para predecir los eventos y los comportamientos humanos, el autor D. Devine cita a F. A. Hayek, Premio Nobel. Hayek predijo que la gente en el futuro miraría hacia atrás y “descubriría que las ideas más extendidas que dominaron el siglo XX (como la planificación científica) se basaban en supersticiones... una estimación excesiva de lo que la ciencia ha logrado.”

Hayek fue bastante presciente y correcto, sólo que no llegó a concebir la visión más amplia de que este proceso ha estado en curso durante los últimos 6.000 años, a lo largo del actual Kali Yuga, la Era de la Confusión. El planeta Neptuno ha estado en Piscis desde 2012 y lo seguirá estando hasta 2025. Neptuno en Piscis puede llevar al mundo a una mayor conciencia expandida, o hacia un tsunami de engaño tanto religioso como escolástico.

© Susan Ferguson 2013

Fuente: http://metaphysicalmusing.com/articles/2013/archeology.htm

Fuente imágenes: Wikimedia Commons

domingo, 13 de noviembre de 2016

La precesión y los ciclos de la conciencia



Hay que reconocer que una de las grandes aportaciones de la arqueología alternativa ha sido el impulso de la arqueoastronomía, la ciencia que estudia los conocimientos astronómicos del pasado más remoto. Estos esfuerzos, a veces basados en la pura mitología y otras en las observaciones sobre el terreno, tienen como fin demostrar que los antiguos tenían altos conocimientos astronómicos, incluso muy superiores a los que tradicionalmente se les ha atribuido. Dichos conocimientos, además, no sólo se vieron reflejados en tradiciones, rituales o aplicaciones prácticas, sino también en observaciones propiamente científicas, y sobre todo en monumentos, ya fuera para observar los astros y los fenómenos celestes o para representar el firmamento sobre la tierra, según la máxima hermética (“así como es arriba, así es abajo”).

Uno de los aspectos más llamativos de la arqueoastronomía ha sido sin duda el reconocimiento de una antigua obsesión por la observación del movimiento de balanceo de la Tierra sobre su eje, lo que técnicamente se llama precesión de los equinoccios, y que representa el paso de la Tierra por todas las constelaciones del Zodíaco, con una duración completa de más 25.000 años[1]. La historia convencional nos dice que la precesión no fue descubierta hasta el siglo II a. C. por el griego Hiparco de Nicea. Sin embargo, muchos autores alternativos han aportado indicios de que la precesión ya era conocida por las primeras civilizaciones e incluso por los constructores de los megalitos. ¿Pero por qué era tan importante para los antiguos determinar la precesión?

En el artículo que presento seguidamente, el astrónomo amateur e investigador independiente Walter Cruttenden nos introduce en el fenómeno de la precesión, no sólo ofreciendo una teoría astronómica para su razón de ser sino también interpretando el sentido último de este movimiento, que –según consideraban los antiguos– estaba relacionado con grandes ciclos de la conciencia que afectaban directamente al desarrollo y evolución de la Humanidad. De este modo, la precesión sería como un marcador de las sucesivas etapas alternas de oscuridad (materialismo) e iluminación (espiritualidad), lo cual ha dado pie a las teorías que afirman que la historia no es lineal sino cíclica. 

 

Un antiguo mensaje para el futuro



Todos conocemos los dos movimientos celestes que tienen un profundo efecto sobre la vida y la conciencia. El diurno, la rotación de la Tierra sobre su eje, hace que los seres humanos se desplacen de un estado de vigilia a un estado subconsciente o de sueño cada veinticuatro horas. Nuestros cuerpos se han adaptado tan bien a la rotación de la Tierra que apenas consideramos este proceso de cambios regulares en la conciencia como algo notable. La revolución de la Tierra alrededor del Sol –el segundo movimiento celeste, identificado por Copérnico– tiene un efecto igualmente significativo, que hace que miles de millones de formas de vida broten del suelo, florezcan, fructifiquen y luego se descompongan mientras miles de millones de otras especies hibernan, engendran o migran en masa. Nuestro mundo visible brota literalmente a la vida, cambia completamente de color y de ritmo, y luego se invierte con cada crecimiento y descenso del segundo movimiento celeste.


El tercer movimiento celeste, la precesión de los equinoccios, es menos entendido que los dos primeros, pero si hemos de creer el mensaje de las culturas antiguas de todo el mundo, su efecto es igualmente transformador. Lo que disimula el impacto de este movimiento es su escala de tiempo. Al igual que la efímera[2], que vive sólo un día al año y no sabe nada de las estaciones, el ser humano tiene una vida promedio que comprende sólo 1/360 del ciclo de precesional de aproximadamente 24.000 años. Y así como la efímera nacida en un día nublado y sin viento no tiene idea de que hay algo tan espléndido como el sol o la brisa, también nosotros, nacidos en una era de racionalidad materialista, tenemos poca conciencia de una Edad de Oro o de estados más altos de conciencia, pues ese es el mensaje ancestral.


El clásico de Santillana y Dechend
Giorgio de Santillana, ex profesor de historia de la ciencia en el MIT, nos dice que la mayoría de las antiguas culturas creían que la conciencia y la historia no eran lineales sino cíclicas, esto es, ascendían y decaían durante largos períodos de tiempo. En su obra emblemática, Hamlet’s Mill (“El molino de Hamlet”), Santillana y su coautora Hertha von Dechend muestran que el mito y el folklore de más de treinta antiguas culturas hablaban de un vasto ciclo de tiempo que abarcaba épocas oscuras y doradas alternativamente,  las cuales se movían con la precesión de los equinoccios. Platón llamó a este vasto ciclo el Gran Año.


Aunque la idea de un gran ciclo, visto en el cielo como la lenta precesión de los equinoccios, era común a numerosas culturas anteriores a la era cristiana, a la mayoría de nosotros no se nos enseñó nada sobre ésta, o –si era mencionada– se describía como un cuento de hadas de culturas primitivas. Bajo este paradigma del siglo XX no podía existir una Edad de Oro. Sin embargo, un creciente número de nuevas pruebas astronómicas y arqueológicas sugiere que este ciclo, de hecho, puede tener una base. Más importante aún, la comprensión de este ciclo podría proporcionarnos una visión de la dirección de la civilización en este momento y dar crédito a la opinión de que la conciencia puede expandirse a una tasa exponencial en un futuro no muy lejano. Comprender la causa de la precesión es clave.


La precesión observada


La observación de los tres movimientos de la Tierra es bastante simple. En la primera, la rotación, vemos el Sol levantarse en el este y ponerse en el oeste cada veinticuatro horas. Y si tuviéramos que mirar las estrellas sólo una vez al día, veríamos un patrón similar durante un año: las estrellas se elevan en el este y se ponen en el oeste. Las doce constelaciones del Zodíaco –los antiguos marcadores del tiempo que se encuentran a lo largo de la eclíptica, el sendero del Sol– pasan sobre nosotros a razón de una al mes y regresan al punto de partida de nuestra observación celestial al final del año. Y si nos fijáramos una vez al año, digamos en el equinoccio de otoño, notaríamos que las estrellas se mueven de forma retrógrada (frente a los dos primeros movimientos) a razón de aproximadamente un grado cada setenta años. A este ritmo, el equinoccio cae sobre una constelación diferente aproximadamente una vez cada 2.000 años, lo que lleva alrededor de 24.000 años para completar su ciclo a través de las doce constelaciones. A esto se llama la precesión (el movimiento hacia atrás) de los equinoccios en relación con las estrellas fijas.

Movimiento de precesión
La teoría convencional sobre la precesión afirma que la causa principal de la orientación cambiante de la Tierra hacia el espacio inercial –o sea, la “precesión”– debe ser la acción de la gravedad de la Luna sobre la Tierra oblata. Sin embargo, esta teoría fue desarrollada antes de que los astrónomos aceptaran que el sistema solar se podía mover; así pues, esta teoría ha sido considerada por la Unión Astronómica Internacional como “inconsistente con la teoría dinámica”. La antigua astronomía oriental, tal como la describe el sabio indio Yukteswar en su libro La Ciencia Sagrada (1894), enseña que un equinoccio que se mueve lentamente o “precediendo” a través de las doce constelaciones del Zodíaco es simplemente debido al movimiento del Sol curvándose a través del espacio alrededor de otra estrella, que cambia nuestro punto de vista de las estrellas de la Tierra. En el Binary Research Institute (Instituto de Investigación Binaria), hemos modelado un sistema solar en movimiento y encontramos que de hecho tal modelo reproduce mejor la precesión observable, al tiempo que resuelve una serie de anomalías del sistema solar. Esto sugiere fuertemente que la explicación antigua puede ser la más plausible, si bien los astrónomos todavía no han descubierto una estrella compañera al Sol de la Tierra.

Más allá de las consideraciones técnicas, un sistema solar en movimiento parece proporcionar una razón lógica para que podamos tener un Gran Año –usando el término de Platón– que alterna las edades oscuras y doradas. Es decir, si el sistema solar que transporta la Tierra se mueve realmente en una enorme órbita, sometiendo a la Tierra al espectro electromagnético (EM) de otra estrella o fuente de EM a lo largo del camino, podríamos esperar que esto afectase a nuestra magnetosfera, a la ionosfera y muy probablemente a toda la vida en un patrón proporcional a esa órbita. Así como los movimientos diurnos y anuales más pequeños de la Tierra producen los ciclos de día y de noche y las estaciones del año (ambos debido a la posición cambiante de la Tierra en relación con el espectro electromagnético del Sol), también se podría esperar que el movimiento celeste produjese un ciclo que afectase a la vida y a la conciencia a gran escala. 

Amit Goswami
El trabajo de la Dra. Valerie Hunt, ex profesora de fisiología en la UCLA (Universidad de California-Los Ángeles), nos ofrece una hipótesis sobre cómo podría verse afectada la conciencia por tal ciclo celestial. En varios estudios ha descubierto que los cambios en el campo EM ambiental –que nos rodea todo el tiempo– pueden afectar drásticamente a la cognición y el comportamiento humanos. En resumen, la conciencia parece estar afectada por campos sutiles de luz, o como dice el físico cuántico, el Dr. Amit Goswami: “La conciencia parece preferir la luz”. De acuerdo con el mito y el folclore, el concepto detrás del Gran Año o el modelo cíclico de la historia está basado en el movimiento del Sol a través del espacio, sometiendo a la Tierra al aumento y disminución de los campos estelares (todas las estrellas son enormes generadores de espectros EM), resultando en el legendario ascenso y caída de edades durante grandes periodos de tiempo.

Una perspectiva histórica


Las teorías actuales de la historia ignoran por lo general los mitos y el folclore y no consideran que exista ninguna gran influencia externa sobre la conciencia. En su mayor parte, la teoría de la historia moderna defiende que la conciencia (o la historia) se mueve en un patrón lineal desde lo primitivo a lo moderno, con pocas excepciones, e incluye los siguientes principios:
  • La humanidad evolucionó desde África [hacia el resto del planeta].
  • Los humanos fueron cazadores-recolectores hasta hace unos 5.000 años.
  • Las tribus se unieron primeramente para protegerse de otras comunidades agresoras.
  • La comunicación escrita precedió a las grandes estructuras de ingeniería o a las  populosas civilizaciones.

Pirámides de Caral
El problema con este paradigma ampliamente aceptado es que no es consistente con la evolución de la interpretación de antiguas culturas y artefactos anómalos recientemente descubiertos. En los últimos cien años, se han realizado importantes descubrimientos en Mesopotamia, en el Valle del Indo, en América del Sur y en muchas otras regiones que rompen las reglas de la teoría de la historia y hacen retroceder en el tiempo el desarrollo humano avanzado. 


Específicamente, muestran que los pueblos antiguos eran, en muchos sentidos, mucho más competentes y civilizados hace casi cinco mil años que durante las más recientes edades oscuras de hace sólo quinientos a mil años. En Caral, un antiguo complejo de origen desconocido en la costa oeste del Perú, encontramos seis pirámides que datan del 2700 a. C., una fecha contemporánea con las pirámides egipcias y que rivaliza con el tiempo de las primeras grandes estructuras encontradas en la llamada Cuna de la civilización en Mesopotamia. Caral está a un océano de distancia de esa Cuna. Allí no encontramos restos de escritura o de armamento, dos de los llamados requisitos de la civilización, pero sí encontramos hermosos instrumentos musicales, estructuras alineadas astronómicamente y pruebas de comercio con tierras lejanas, todo ello signo de una cultura pacífica y próspera.

Göbekli Tepe presenta un desafío aún mayor a los discursos convencionales de la historia. Datado aproximadamente hacia el 9000 a. C., este yacimiento en Turquía contiene una arquitectura impresionante, incluyendo muchos pilares tallados de grandes proporciones, y eso que sólo se ha excavado cerca del 10% (de todo el complejo). Descubrir que algo tan grande y complejo existió mucho antes de las fechas aceptadas para la invención de la agricultura y la cerámica es un enigma arqueológico. Estos yacimientos desafían el paradigma histórico convencional. Y lo que es más extraño es que muchas de estas civilizaciones parecieron decaer masivamente. En la antigua Mesopotamia, Pakistán, Jiroft[3] y las tierras adyacentes, encontramos conocimientos de astronomía, geometría, técnicas avanzadas de construcción, sofisticados sistemas de conducción de agua, un arte increíble, tintes y tejidos, cirugía, medicina y muchos otros refinamientos de una cultura civilizada que parecen haber surgido de la nada y que se perdieron por completo en los siguientes miles de años.

El antiguo Egipto en ruinas
En el tiempo de las edades oscuras mundiales, todas estas civilizaciones, incluyendo las grandes como Egipto y el Valle del Indo, se habían convertido en polvo o en formas de vida nómadas. Casi en las profundidades de la recesión cíclica, había ruinas y poco más, y la población local no sabía nada de los constructores, a excepción de lo que contaban las leyendas. En algunas zonas donde aún quedaban grandes poblaciones, como en algunas partes de Europa, la pobreza, la peste y la enfermedad campaban a sus anchas, y la capacidad de leer, escribir o replicar cualquiera de las hazañas anteriores en ingeniería o ciencia básicamente había desaparecido. ¿Qué ocurrió?

Si bien los registros de este período siguen siendo irregulares, la evidencia arqueológica indica que la conciencia, reflejada en el ingenio humano y su capacidad, se redujo considerablemente. La Humanidad parecía haber perdido la capacidad de hacer las cosas que solía hacer. Curiosamente, esto es lo que predijeron muchas culturas antiguas. Stefan Maul, el más destacado asiriólogo del mundo, arrojó luz sobre este fenómeno en su serie de Conferencias Presidenciales de Stanford de 1997. Maul dijo que los acadios sabían que estaban viviendo en una era en declive. Veneraban el pasado como un tiempo más alto y trataban de aferrarse a él, pero al mismo tiempo, predijeron y lamentaron las edades oscuras que iban a suceder. Sus estudios etimológicos de las tablillas cuneiformes muestran que las antiguas palabras para designar el “pasado” se han convertido en nuestras palabras para el “futuro” y que las antiguas palabras para el “futuro” se han convertido en nuestras palabras para el “pasado”, dependiendo de si nos acercamos a una Edad de Oro o nos alejamos de ésta.

Este principio de las épocas de aumento y disminución también se representa en numerosos bajorrelieves encontrados en templos antiguos de las “escuelas mistéricas” mitraicas. La famosa Tauroctonía, o escena de dar muerte a un toro, suele estar rodeada por dos muchachos, Cautes y Cautópates. Uno sostiene una antorcha en el lado ascendente del Zodíaco, indicando un tiempo de luz, y el otro sostiene una antorcha en el lado descendente del Zodíaco, indicando un tiempo de oscuridad. Estos períodos de tiempo se corresponden con la descripción de los griegos del movimiento de la Tierra a través de períodos de conciencia ascendente y descendente.

Mitra sacrificando al toro; véase a los lados a Cautes y Cautópates con sus antorchas invertidas

Jarred Diamond, célebre historiador y antropólogo y autor de Guns, Germs and Steel, nos demuestra que son principalmente las ventajas locales –geográficas y ambientales– las que determinan que un grupo de seres humanos tenga éxito o fracase frente a otro. Aquellos que tienen el acero, las armas y los gérmenes nocivos ganan. Aunque esto ayuda a explicar muchas diferencias regionales de los últimos miles de años, no aborda las grandes tendencias que parecen haber afectado a todas las culturas, incluyendo China y las Américas, que se sumergieron conjuntamente en la última edad oscura mundial. El modelo cíclico del Gran Año supera y amplía las observaciones de Diamond, ofreciendo una explicación para la recesión generalizada. Esto implica que no sólo la geografía y el ambiente de la Tierra determinan el éxito relativo de un pueblo, sino que también la geografía y el medio ambiente de la Tierra en el espacio afectan a la humanidad a una escala macroscópica. Así como los pequeños movimientos celestiales afectan decisivamente a la vida a corto plazo, igualmente parece que los grandes movimientos celestes modifican la vida a largo plazo, lo que resulta en las estaciones de un Gran Año.

La pila de Bagdad
Entender que la conciencia, de hecho, puede subir y bajar con los movimientos de los cielos da sentido a los antiguos mitos y al folclore y sitúa a las culturas y artefactos anómalos, como el dispositivo de Antikythera y la pila de Babilonia[4], en un contexto histórico que tiene sentido. Ello también explica por qué tantas culturas antiguas parecen haber estado fascinadas con las estrellas y nos proporciona un paradigma viable para entender la historia. También podría ayudarnos a identificar las fuerzas que propulsaron el Renacimiento y que pueden acelerar la conciencia en nuestra era actual. El mito y el folclore, el lenguaje científico de antaño, proporcionan una mirada más profunda a la conciencia a través de las edades.

Una mirada antigua hacia el futuro


El historiador griego Hesíodo habló de la maravillosa naturaleza de la última Edad de Oro, cuando abundó la “paz y la opulencia”, y los mitos Hopi nos hablan de las ciudades en el fondo del mar. Los pueblos antiguos suelen partir el gran ciclo en una fase ascendente y otra descendente, cada una con cuatro períodos. De acuerdo con las escrituras védicas, cuando el equinoccio otoñal se desplaza de Virgo a Aries, la humanidad se mueve a través de los yugas ascendentes, Kali, Dwapara, Treta y Satya, antes de declinar lentamente en orden inverso a medida que el equinoccio completa su viaje (el Satya Yuga marca una Era Dorada). Los griegos y otras civilizaciones mediterráneas tempranas describieron períodos similares y los llamaron Era del Hierro, del Bronce, de la Plata, y del Oro. A su vez, los antiguos mayas y los hopi usaron términos como “mundos” y “soles” y los numeraron para identificar épocas específicas. 


El paso cíclico de los yugas a través de los tiempos
Cualquiera que sea el lenguaje utilizado, el concepto es el mismo. En su libro, Sri Yukteswar explica que cuando nuestro sistema solar está en un punto más alejado de su estrella compañera, la conciencia de la humanidad está en su punto más bajo (lo que ocurrió alrededor del 500 d. C.) y cuando el Sol está en su punto más cercano (lo que tendrá lugar en el 12500 d. C.), la conciencia alcanza su punto más alto en este ciclo. Estos puntos celestes están situados en la intersección del Sol del equinoccio otoñal y en una de las doce constelaciones del Zodíaco, y así pues el equinoccio y las constelaciones conforman un reloj celestial, del mismo modo que nuestra hora y doce números conforman un reloj mecánico. Cuando el Sol del equinoccio otoñal está en Aries, que casi siempre se coloca en la posición de las doce en punto del Zodíaco, la Tierra está en el mejor ambiente estelar posible, facilitando que mucha gente experimente un estado de conciencia despierto. Cuando el Sol del equinoccio otoñal está en la constelación de Libra, las condiciones están en su peor momento, y entonces prevalece una edad oscura, un período de conciencia ilusoria.

En la actualidad, estamos sólo en unos cientos de años de la edad ascendente, cruzando lo que los griegos llamarían la Edad del Hombre (Hierro) hacia la Edad del Héroe (Bronce), aún muy lejos de la Edad de los Semidioses (Plata) y la Edad de los Dioses (Oro), que son totalmente inconcebibles para nosotros en este momento. Esto significa que ahora estamos despertando de una época en que la conciencia individual se percibía como una forma puramente física, viviendo en un universo estrictamente físico, a un tiempo en que comenzamos a vernos a nosotros mismos y al universo como más transparentes y mayormente compuestos de energía sutil. Esto comenzó con los descubrimientos del Renacimiento (principios de la electricidad, leyes de la gravitación, microscopios, telescopios, y otras invenciones que ampliaron nuestra conciencia) y se ha acelerado desde entonces con la aparición de la física cuántica, que nos muestra que la materia y la energía son intercambiables y que confirma los conceptos de Einstein acerca de la relatividad del tiempo y el espacio. En resumen, estamos de vuelta en el ascenso, apenas comenzando a recordarnos a nosotros mismos como conciencia pura que vive en un mundo de posibilidades no soñadas.

Según Paramahansa Yogananda, autor de la Autobiografía de un yogui, para el año 4100 d. C. (cuando crucemos el Treta Yuga propiamente dicho), “la telepatía y la clarividencia volverán a ser de conocimiento común”. Puede parecer estrambótico, pero según los mitos y el folclore, tal vez ya se dio antes en la Tierra tal época, alrededor del 3100 a. C., el último Treta Yuga. El Génesis designaría al Treta Yuga como la era pre-Babel, cuando la humanidad se comunicaba libremente con la naturaleza antes de que Dios “confundiera las lenguas”.

Las personas a menudo olvidan lo que era el mundo hace apenas quinientos años, cuando todas las naciones estaban en guerra, las plagas y la pobreza diezmaban grandes poblaciones, la vida era la mitad de lo que es hoy, los derechos individuales eran inexistentes y la justicia se impartía mediante la tortura, la inquisición, o la quema en la hoguera. Sí, el mundo todavía tiene problemas, pero la conciencia se está expandiendo rápidamente, manifestándose de muchas maneras; En los Estados Unidos, millones de personas están meditando, haciendo yoga y empleando prácticas de curación “no tradicionales” para mantener su bienestar. Desde la perspectiva de la tecnología, muchos creen que ahora estamos acercándonos al “punto de singularidad” que exploró Ray Kurzweil en su libro The Singularity Is Near, una aceleración de la inteligencia que borrará la distinción entre el hombre y la máquina. Pero es mucho más. ¿Puede haber alguna duda de que las mejoras en todas las áreas de la sociedad durante los próximos quinientos años serán indescriptibles en comparación con las de los últimos quinientos?

El Codex Dresden, famoso documento astronómico maya
Algunos investigadores y astrónomos utilizan el equinoccio vernal (EV), que ahora está en Piscis, en el “amanecer de la era de Acuario”, para contar el tiempo precesional. Por lo tanto, hay un núcleo de verdad en la popular canción de los años 60 “Aquarius”. Otras culturas utilizaron los solsticios, que sería una línea dibujada en perpendicular a la de los equinoccios. En la actualidad, el solsticio de invierno cruza el Centro Galáctico en Sagitario. Dado que esto ocurre en el ciclo precesional en apenas una década antes y después del 2012 (la fecha de finalización del calendario maya), el académico en cultura mesoamericana John Major Jenkins cree que esta cultura lo usó para delinear un “nuevo tiempo”, como un despertar o una primavera en un Gran Año. Cualquiera que sea el marcador solar (equinoccio o solsticio), el reloj celestial es una forma sencilla de dar la hora dentro de un Gran Año. Su importancia se puede ver en el sistema de tiempo que utilizamos hasta hoy: 24 horas en un día, con 12 horas de luz ascendente (a. m.), y 12 horas de luz descendente (p. m.), Es un microcosmos perfecto de un Gran Año, con sus 24.000 años, 12.000 ascendentes y 12.000 descendientes.


Los primeros días de la primavera


Hay un mensaje más profundo que dar la hora en un Gran Año, y es reconocer que existe un gran ciclo a la vida que nos afecta a todos. Habiendo perdido este conocimiento, somos una sociedad que ha perdido la comprensión de su lugar en la historia cósmica. Como un individuo con amnesia, tenemos una angustia profunda sobre el futuro. Pero cuando recordamos nuestra rica y hermosa historia, redescubrimos nuestro increíble potencial y empezamos a ver y actuar con claridad. La hora actual es similar a los últimos días del invierno: ¡las cosas se están descongelando y algo maravilloso está por suceder! No todas las flores florecen el primer día de la primavera; sin embargo, comprender nuestro lugar en el Gran Año nos asegura que pronto será más brillante y más bello de lo que nos hemos atrevido a imaginar. Nuestros antepasados ​​nos lo dicen.

© Walter Cruttenden 2012

Para aquellos que deseen profundizar en el trabajo de W. Cruttenden sobre la precesión, les remito a los siguientes enlaces (en inglés): www.BinaryResearchInstitute.org  y  www.The GreatYear.com


Fuente original (en inglés): https://grahamhancock.com/cruttendenw2/

Fuente imágenes: Wikimedia Commons





[1] La cifra exacta es 25.776 años, lo que se conoce como el “Gran Año” (n. del t.).

[2] Insecto parecido a la libélula (n. del t.)

[3] Civilización de Jiroft: antigua cultura de la Edad del Bronce, situada entre Irán y Afganistán. (n del t.) 

[4] Más conocida como “pila de Bagdad” (n. del t.)