Hay que reconocer que una de las
grandes aportaciones de la arqueología alternativa ha sido el impulso de la arqueoastronomía,
la ciencia que estudia los conocimientos astronómicos del pasado más remoto.
Estos esfuerzos, a veces basados en la pura mitología y otras en las
observaciones sobre el terreno, tienen como fin demostrar que los antiguos
tenían altos conocimientos astronómicos, incluso muy superiores a los que
tradicionalmente se les ha atribuido. Dichos conocimientos, además, no sólo se
vieron reflejados en tradiciones, rituales o aplicaciones prácticas, sino
también en observaciones propiamente científicas, y sobre todo en monumentos,
ya fuera para observar los astros y los fenómenos celestes o para representar
el firmamento sobre la tierra, según la máxima hermética (“así como es arriba,
así es abajo”).
Uno de los aspectos más
llamativos de la arqueoastronomía ha sido sin duda el reconocimiento de una
antigua obsesión por la observación del movimiento de balanceo de la Tierra
sobre su eje, lo que técnicamente se llama precesión de los equinoccios,
y que representa el paso de la Tierra por todas las constelaciones del Zodíaco,
con una duración completa de más 25.000 años.
La historia convencional nos dice que la precesión no fue descubierta hasta el
siglo II a. C. por el griego Hiparco de Nicea. Sin embargo, muchos autores
alternativos han aportado indicios de que la precesión ya era conocida por las
primeras civilizaciones e incluso por los constructores de los megalitos. ¿Pero
por qué era tan importante para los antiguos determinar la precesión?
En el artículo que presento
seguidamente, el astrónomo amateur e investigador independiente Walter
Cruttenden nos introduce en el fenómeno de la precesión, no sólo ofreciendo una
teoría astronómica para su razón de ser sino también interpretando el sentido
último de este movimiento, que –según consideraban los antiguos– estaba
relacionado con grandes ciclos de la conciencia que afectaban directamente al desarrollo
y evolución de la Humanidad. De este modo, la precesión sería como un marcador
de las sucesivas etapas alternas de oscuridad (materialismo) e iluminación
(espiritualidad), lo cual ha dado pie a las teorías que afirman que la historia
no es lineal sino cíclica.
Un antiguo mensaje para el futuro
Todos conocemos los dos movimientos celestes que tienen un profundo efecto
sobre la vida y la conciencia. El diurno, la rotación de la Tierra sobre su
eje, hace que los seres humanos se desplacen de un estado de vigilia a un
estado subconsciente o de sueño cada veinticuatro horas. Nuestros cuerpos se
han adaptado tan bien a la rotación de la Tierra que apenas consideramos este
proceso de cambios regulares en la conciencia como algo notable. La revolución
de la Tierra alrededor del Sol –el segundo movimiento celeste, identificado por
Copérnico– tiene un efecto igualmente significativo, que hace que miles de
millones de formas de vida broten del suelo, florezcan, fructifiquen y luego se
descompongan mientras miles de millones de otras especies hibernan, engendran o
migran en masa. Nuestro mundo visible brota literalmente a la vida, cambia
completamente de color y de ritmo, y luego se invierte con cada crecimiento y
descenso del segundo movimiento celeste.
El tercer movimiento celeste, la precesión de los equinoccios, es menos
entendido que los dos primeros, pero si hemos de creer el mensaje de las
culturas antiguas de todo el mundo, su efecto es igualmente transformador. Lo
que disimula el impacto de este movimiento es su escala de tiempo. Al igual que
la efímera,
que vive sólo un día al año y no sabe nada de las estaciones, el ser humano
tiene una vida promedio que comprende sólo 1/360 del ciclo de precesional de
aproximadamente 24.000 años. Y así como la efímera nacida en un día nublado y
sin viento no tiene idea de que hay algo tan espléndido como el sol o la brisa,
también nosotros, nacidos en una era de racionalidad materialista, tenemos poca
conciencia de una Edad de Oro o de estados más altos de conciencia, pues ese es
el mensaje ancestral.
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| El clásico de Santillana y Dechend |
Giorgio de Santillana, ex profesor de historia de la ciencia en el MIT, nos
dice que la mayoría de las antiguas culturas creían que la conciencia y la
historia no eran lineales sino cíclicas, esto es, ascendían y decaían durante
largos períodos de tiempo. En su obra emblemática, Hamlet’s Mill (“El
molino de Hamlet”), Santillana y su coautora Hertha von Dechend muestran que el
mito y el folklore de más de treinta antiguas culturas hablaban de un vasto
ciclo de tiempo que abarcaba épocas oscuras y doradas alternativamente, las cuales se movían con la precesión de los
equinoccios. Platón llamó a este vasto ciclo el Gran Año.
Aunque la idea de un gran ciclo, visto en el cielo como la lenta precesión de los
equinoccios, era común a numerosas culturas anteriores a la era cristiana, a la
mayoría de nosotros no se nos enseñó nada sobre ésta, o –si era mencionada– se
describía como un cuento de hadas de culturas primitivas. Bajo este paradigma
del siglo XX no podía existir una Edad de Oro. Sin embargo, un creciente
número de nuevas pruebas astronómicas y arqueológicas sugiere que este ciclo,
de hecho, puede tener una base. Más importante aún, la comprensión de este ciclo
podría proporcionarnos una visión de la dirección de la civilización en este
momento y dar crédito a la opinión de que la conciencia puede expandirse a una
tasa exponencial en un futuro no muy lejano. Comprender la causa de la
precesión es clave.
La precesión observada
La observación de los tres movimientos de la Tierra es bastante simple. En la primera,
la rotación, vemos el Sol levantarse en el este y ponerse en el oeste cada
veinticuatro horas. Y si tuviéramos que mirar las estrellas sólo una vez al
día, veríamos un patrón similar durante un año: las estrellas se elevan en el
este y se ponen en el oeste. Las doce constelaciones del Zodíaco –los antiguos
marcadores del tiempo que se encuentran a lo largo de la eclíptica, el sendero
del Sol– pasan sobre nosotros a razón de una al mes y regresan al punto de
partida de nuestra observación celestial al final del año. Y si nos fijáramos
una vez al año, digamos en el equinoccio de otoño, notaríamos que las estrellas
se mueven de forma retrógrada (frente a los dos primeros movimientos) a razón
de aproximadamente un grado cada setenta años. A este ritmo, el equinoccio cae
sobre una constelación diferente aproximadamente una vez cada 2.000 años, lo
que lleva alrededor de 24.000 años para completar su ciclo a través de las doce
constelaciones. A esto se llama la precesión (el movimiento hacia atrás)
de los equinoccios en relación con las estrellas fijas.
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| Movimiento de precesión |
La teoría convencional sobre la
precesión afirma que la causa principal de la orientación cambiante de la
Tierra hacia el espacio inercial –o sea, la “precesión”– debe ser la acción de
la gravedad de la Luna sobre la Tierra oblata. Sin embargo, esta teoría fue
desarrollada antes de que los astrónomos aceptaran que el sistema solar se
podía mover; así pues, esta teoría ha sido considerada por la Unión Astronómica
Internacional como “inconsistente con la teoría dinámica”. La antigua
astronomía oriental, tal como la describe el sabio indio Yukteswar en su libro La
Ciencia Sagrada (1894), enseña que un equinoccio que se mueve lentamente o
“precediendo” a través de las doce constelaciones del Zodíaco es simplemente
debido al movimiento del Sol curvándose a través del espacio alrededor de otra
estrella, que cambia nuestro punto de vista de las estrellas de la Tierra. En
el Binary Research Institute (Instituto de Investigación Binaria), hemos
modelado un sistema solar en movimiento y encontramos que de hecho tal modelo
reproduce mejor la precesión observable, al tiempo que resuelve una serie de
anomalías del sistema solar. Esto sugiere fuertemente que la explicación
antigua puede ser la más plausible, si bien los astrónomos todavía no han
descubierto una estrella compañera al Sol de la Tierra.
Más allá de las consideraciones
técnicas, un sistema solar en movimiento parece proporcionar una razón lógica
para que podamos tener un Gran Año –usando el término de Platón– que alterna
las edades oscuras y doradas. Es decir, si el sistema solar que transporta la
Tierra se mueve realmente en una enorme órbita, sometiendo a la Tierra al
espectro electromagnético (EM) de otra estrella o fuente de EM a lo largo del
camino, podríamos esperar que esto afectase a nuestra magnetosfera, a la ionosfera
y muy probablemente a toda la vida en un patrón proporcional a esa órbita. Así
como los movimientos diurnos y anuales más pequeños de la Tierra producen los
ciclos de día y de noche y las estaciones del año (ambos debido a la posición
cambiante de la Tierra en relación con el espectro electromagnético del Sol),
también se podría esperar que el movimiento celeste produjese un ciclo que
afectase a la vida y a la conciencia a gran escala.
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| Amit Goswami |
El trabajo de la Dra. Valerie
Hunt, ex profesora de fisiología en la UCLA (Universidad de California-Los Ángeles),
nos ofrece una hipótesis sobre cómo podría verse afectada la conciencia por tal
ciclo celestial. En varios estudios ha descubierto que los cambios en el campo
EM ambiental –que nos rodea todo el tiempo– pueden afectar drásticamente a la
cognición y el comportamiento humanos. En resumen, la conciencia parece estar
afectada por campos sutiles de luz, o como dice el físico cuántico, el Dr. Amit
Goswami: “La conciencia parece preferir la luz”. De acuerdo con el mito y el
folclore, el concepto detrás del Gran Año o el modelo cíclico de la historia
está basado en el movimiento del Sol a través del espacio, sometiendo a la
Tierra al aumento y disminución de los campos estelares (todas las estrellas
son enormes generadores de espectros EM), resultando en el legendario ascenso y
caída de edades durante grandes periodos de tiempo.
Una perspectiva histórica
Las teorías actuales de la historia ignoran por lo general los mitos y el
folclore y no consideran que exista ninguna gran influencia externa sobre la
conciencia. En su mayor parte, la teoría de la historia moderna defiende que la
conciencia (o la historia) se mueve en un patrón lineal desde lo primitivo a lo
moderno, con pocas excepciones, e incluye los siguientes principios:
- La humanidad evolucionó desde África [hacia el resto
del planeta].
- Los humanos fueron cazadores-recolectores hasta hace
unos 5.000 años.
- Las tribus se unieron primeramente para protegerse de
otras comunidades agresoras.
- La comunicación escrita precedió a las grandes
estructuras de ingeniería o a las
populosas civilizaciones.
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| Pirámides de Caral |
El problema con este paradigma ampliamente aceptado es que no es consistente con
la evolución de la interpretación de antiguas culturas y artefactos anómalos recientemente
descubiertos. En los últimos cien años, se han realizado importantes
descubrimientos en Mesopotamia, en el Valle del Indo, en América del Sur y en muchas
otras regiones que rompen las reglas de la teoría de la historia y hacen
retroceder en el tiempo el desarrollo humano avanzado.
Específicamente,
muestran que los pueblos antiguos eran, en muchos sentidos, mucho más
competentes y civilizados hace casi cinco mil años que durante las más
recientes edades oscuras de hace sólo quinientos a mil años. En Caral, un
antiguo complejo de origen desconocido en la costa oeste del Perú, encontramos
seis pirámides que datan del 2700 a. C., una fecha contemporánea con las pirámides
egipcias y que rivaliza con el tiempo de las primeras grandes estructuras
encontradas en la llamada Cuna de la civilización en Mesopotamia. Caral
está a un océano de distancia de esa Cuna. Allí no encontramos restos de
escritura o de armamento, dos de los llamados requisitos de la civilización,
pero sí encontramos hermosos instrumentos musicales, estructuras alineadas
astronómicamente y pruebas de comercio con tierras lejanas, todo ello signo de
una cultura pacífica y próspera.
Göbekli Tepe presenta un desafío
aún mayor a los discursos convencionales de la historia. Datado aproximadamente
hacia el 9000 a. C., este yacimiento en Turquía contiene una arquitectura impresionante,
incluyendo muchos pilares tallados de grandes proporciones, y eso que sólo se
ha excavado cerca del 10% (de todo el complejo). Descubrir que algo tan grande
y complejo existió mucho antes de las fechas aceptadas para la invención de la
agricultura y la cerámica es un enigma arqueológico. Estos yacimientos desafían
el paradigma histórico convencional. Y lo que es más extraño es que muchas de
estas civilizaciones parecieron decaer masivamente. En la antigua Mesopotamia,
Pakistán, Jiroft y las
tierras adyacentes, encontramos conocimientos de astronomía, geometría,
técnicas avanzadas de construcción, sofisticados sistemas de conducción de
agua, un arte increíble, tintes y tejidos, cirugía, medicina y muchos otros
refinamientos de una cultura civilizada que parecen haber surgido de la nada y que
se perdieron por completo en los siguientes miles de años.
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| El antiguo Egipto en ruinas |
En el tiempo de las edades oscuras mundiales, todas estas civilizaciones,
incluyendo las grandes como Egipto y el Valle del Indo, se habían convertido en
polvo o en formas de vida nómadas. Casi en las profundidades de la recesión
cíclica, había ruinas y poco más, y la población local no sabía nada de los
constructores, a excepción de lo que contaban las leyendas. En algunas zonas
donde aún quedaban grandes poblaciones, como en algunas partes de Europa, la
pobreza, la peste y la enfermedad campaban a sus anchas, y la capacidad de
leer, escribir o replicar cualquiera de las hazañas anteriores en ingeniería o
ciencia básicamente había desaparecido. ¿Qué ocurrió?
Si bien los registros de este período siguen siendo
irregulares, la evidencia arqueológica indica que la conciencia, reflejada en
el ingenio humano y su capacidad, se redujo considerablemente. La Humanidad
parecía haber perdido la capacidad de hacer las cosas que solía hacer.
Curiosamente, esto es lo que predijeron muchas culturas antiguas. Stefan Maul,
el más destacado asiriólogo del mundo, arrojó luz sobre este fenómeno en su
serie de Conferencias Presidenciales de Stanford de 1997. Maul dijo que los acadios
sabían que estaban viviendo en una era en declive. Veneraban el pasado como un
tiempo más alto y trataban de aferrarse a él, pero al mismo tiempo, predijeron
y lamentaron las edades oscuras que iban a suceder. Sus estudios etimológicos
de las tablillas cuneiformes muestran que las antiguas palabras para designar
el “pasado” se han convertido en nuestras palabras para el “futuro” y que las
antiguas palabras para el “futuro” se han convertido en nuestras palabras para
el “pasado”, dependiendo de si nos acercamos a una Edad de Oro o nos alejamos
de ésta.
Este principio de las épocas de aumento
y disminución también se representa en numerosos bajorrelieves encontrados en
templos antiguos de las “escuelas mistéricas” mitraicas. La famosa Tauroctonía,
o escena de dar muerte a un toro, suele estar rodeada por dos muchachos, Cautes
y Cautópates. Uno sostiene una antorcha en el lado ascendente del Zodíaco,
indicando un tiempo de luz, y el otro sostiene una antorcha en el lado
descendente del Zodíaco, indicando un tiempo de oscuridad. Estos períodos de
tiempo se corresponden con la descripción de los griegos del movimiento de la
Tierra a través de períodos de conciencia ascendente y descendente.
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| Mitra sacrificando al toro; véase a los lados a Cautes y Cautópates con sus antorchas invertidas |
Jarred Diamond, célebre
historiador y antropólogo y autor de Guns, Germs and Steel, nos demuestra
que son principalmente las ventajas locales –geográficas y ambientales– las que
determinan que un grupo de seres humanos tenga éxito o fracase frente a otro.
Aquellos que tienen el acero, las armas y los gérmenes nocivos ganan. Aunque
esto ayuda a explicar muchas diferencias regionales de los últimos miles de
años, no aborda las grandes tendencias que parecen haber afectado a todas las
culturas, incluyendo China y las Américas, que se sumergieron conjuntamente en
la última edad oscura mundial. El modelo cíclico del Gran Año supera y amplía
las observaciones de Diamond, ofreciendo una explicación para la recesión
generalizada. Esto implica que no sólo la geografía y el ambiente de la Tierra
determinan el éxito relativo de un pueblo, sino que también la geografía y el
medio ambiente de la Tierra en el espacio afectan a la humanidad a una escala
macroscópica. Así como los pequeños movimientos celestiales afectan decisivamente
a la vida a corto plazo, igualmente parece que los grandes movimientos celestes
modifican la vida a largo plazo, lo que resulta en las estaciones de un Gran
Año.
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| La pila de Bagdad |
Entender que la conciencia, de
hecho, puede subir y bajar con los movimientos de los cielos da sentido a los
antiguos mitos y al folclore y sitúa a las culturas y artefactos anómalos, como
el dispositivo de Antikythera y la pila de Babilonia,
en un contexto histórico que tiene sentido. Ello también explica por qué tantas
culturas antiguas parecen haber estado fascinadas con las estrellas y nos
proporciona un paradigma viable para entender la historia. También podría
ayudarnos a identificar las fuerzas que propulsaron el Renacimiento y que
pueden acelerar la conciencia en nuestra era actual. El mito y el folclore, el
lenguaje científico de antaño, proporcionan una mirada más profunda a la
conciencia a través de las edades.
Una mirada antigua hacia el futuro
El historiador griego Hesíodo habló de la maravillosa naturaleza de la última Edad
de Oro, cuando abundó la “paz y la opulencia”, y los mitos Hopi nos hablan de
las ciudades en el fondo del mar. Los pueblos antiguos suelen partir el gran
ciclo en una fase ascendente y otra descendente, cada una con cuatro períodos.
De acuerdo con las escrituras védicas, cuando el equinoccio otoñal se desplaza
de Virgo a Aries, la humanidad se mueve a través de los yugas ascendentes,
Kali, Dwapara, Treta y Satya, antes de declinar lentamente en
orden inverso a medida que el equinoccio completa su viaje (el Satya Yuga marca
una Era Dorada). Los griegos y otras civilizaciones mediterráneas tempranas
describieron períodos similares y los llamaron Era del Hierro, del Bronce, de la
Plata, y del Oro. A su vez, los antiguos mayas y los hopi usaron términos como “mundos”
y “soles” y los numeraron para identificar épocas específicas.
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| El paso cíclico de los yugas a través de los tiempos |
Cualquiera que sea el lenguaje utilizado, el concepto es el mismo. En su libro,
Sri Yukteswar explica que cuando nuestro sistema solar está en un punto más
alejado de su estrella compañera, la conciencia de la humanidad está en su punto
más bajo (lo que ocurrió alrededor del 500 d. C.) y cuando el Sol está en su
punto más cercano (lo que tendrá lugar en el 12500 d. C.), la conciencia
alcanza su punto más alto en este ciclo. Estos puntos celestes están situados
en la intersección del Sol del equinoccio otoñal y en una de las doce
constelaciones del Zodíaco, y así pues el equinoccio y las constelaciones conforman
un reloj celestial, del mismo modo que nuestra hora y doce números conforman un
reloj mecánico. Cuando el Sol del equinoccio otoñal está en Aries, que casi
siempre se coloca en la posición de las doce en punto del Zodíaco, la Tierra
está en el mejor ambiente estelar posible, facilitando que mucha gente
experimente un estado de conciencia despierto. Cuando el Sol del equinoccio
otoñal está en la constelación de Libra, las condiciones están en su peor
momento, y entonces prevalece una edad oscura, un período de conciencia ilusoria.
En la actualidad, estamos sólo en
unos cientos de años de la edad ascendente, cruzando lo que los griegos
llamarían la Edad del Hombre (Hierro) hacia la Edad del Héroe (Bronce), aún muy
lejos de la Edad de los Semidioses (Plata) y la Edad de los Dioses (Oro), que
son totalmente inconcebibles para nosotros en este momento. Esto significa que
ahora estamos despertando de una época en que la conciencia individual se
percibía como una forma puramente física, viviendo en un universo estrictamente
físico, a un tiempo en que comenzamos a vernos a nosotros mismos y al universo
como más transparentes y mayormente compuestos de energía sutil. Esto comenzó
con los descubrimientos del Renacimiento (principios de la electricidad, leyes
de la gravitación, microscopios, telescopios, y otras invenciones que ampliaron
nuestra conciencia) y se ha acelerado desde entonces con la aparición de la
física cuántica, que nos muestra que la materia y la energía son intercambiables
y que confirma los conceptos de Einstein acerca de la relatividad del tiempo y
el espacio. En resumen, estamos de vuelta en el ascenso, apenas comenzando a recordarnos
a nosotros mismos como conciencia pura que vive en un mundo de posibilidades no
soñadas.
Según Paramahansa Yogananda, autor de la Autobiografía de un yogui, para
el año 4100 d. C. (cuando crucemos el Treta Yuga propiamente dicho), “la
telepatía y la clarividencia volverán a ser de conocimiento común”. Puede
parecer estrambótico, pero según los mitos y el folclore, tal vez ya se dio
antes en la Tierra tal época, alrededor del 3100 a. C., el último Treta Yuga. El
Génesis designaría al Treta Yuga como la era pre-Babel, cuando la humanidad se comunicaba
libremente con la naturaleza antes de que Dios “confundiera las lenguas”.
Las personas a menudo olvidan lo que era el mundo hace apenas quinientos años,
cuando todas las naciones estaban en guerra, las plagas y la pobreza diezmaban
grandes poblaciones, la vida era la mitad de lo que es hoy, los derechos
individuales eran inexistentes y la justicia se impartía mediante la tortura,
la inquisición, o la quema en la hoguera. Sí, el mundo todavía tiene problemas,
pero la conciencia se está expandiendo rápidamente, manifestándose de muchas
maneras; En los Estados Unidos, millones de personas están meditando, haciendo
yoga y empleando prácticas de curación “no tradicionales” para mantener su
bienestar. Desde la perspectiva de la tecnología, muchos creen que ahora
estamos acercándonos al “punto de singularidad” que exploró Ray Kurzweil en su
libro The Singularity Is Near, una aceleración de la inteligencia que
borrará la distinción entre el hombre y la máquina. Pero es mucho más. ¿Puede
haber alguna duda de que las mejoras en todas las áreas de la sociedad durante
los próximos quinientos años serán indescriptibles en comparación con las de
los últimos quinientos?
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| El Codex Dresden, famoso documento astronómico maya |
Algunos investigadores y astrónomos utilizan el equinoccio vernal (EV), que
ahora está en Piscis, en el “amanecer de la era de Acuario”, para contar el
tiempo precesional. Por lo tanto, hay un núcleo de verdad en la popular canción
de los años 60 “Aquarius”. Otras culturas utilizaron los solsticios, que sería
una línea dibujada en perpendicular a la de los equinoccios. En la actualidad,
el solsticio de invierno cruza el Centro Galáctico en Sagitario. Dado que esto
ocurre en el ciclo precesional en apenas una década antes y después del 2012
(la fecha de finalización del calendario maya), el académico en cultura mesoamericana
John Major Jenkins cree que esta cultura lo usó para delinear un “nuevo tiempo”,
como un despertar o una primavera en un Gran Año. Cualquiera que sea el
marcador solar (equinoccio o solsticio), el reloj celestial es una forma
sencilla de dar la hora dentro de un Gran Año. Su importancia se puede ver en
el sistema de tiempo que utilizamos hasta hoy: 24 horas en un día, con 12 horas
de luz ascendente (a. m.), y 12 horas de luz descendente (p. m.), Es un
microcosmos perfecto de un Gran Año, con sus 24.000 años, 12.000 ascendentes y
12.000 descendientes.
Los primeros días de la primavera
Hay un mensaje más profundo que dar la hora en un Gran Año, y es reconocer que existe
un gran ciclo a la vida que nos afecta a todos. Habiendo perdido este
conocimiento, somos una sociedad que ha perdido la comprensión de su lugar en
la historia cósmica. Como un individuo con amnesia, tenemos una angustia
profunda sobre el futuro. Pero cuando recordamos nuestra rica y hermosa
historia, redescubrimos nuestro increíble potencial y empezamos a ver y actuar
con claridad. La hora actual es similar a los últimos días del invierno: ¡las
cosas se están descongelando y algo maravilloso está por suceder! No todas las
flores florecen el primer día de la primavera; sin embargo, comprender nuestro
lugar en el Gran Año nos asegura que pronto será más brillante y más bello de
lo que nos hemos atrevido a imaginar. Nuestros antepasados nos lo dicen.
© Walter Cruttenden 2012
Fuente original (en inglés): https://grahamhancock.com/cruttendenw2/
Fuente imágenes: Wikimedia Commons