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domingo, 11 de noviembre de 2018

La paleoantropología, en caída libre (2ª parte)



En la primera parte de este artículo expuse dos investigaciones que saltaron a la prensa como grandes hallazgos y avances en la ciencia de la Prehistoria, pero ya razoné argumentadamente que más bien estamos ante una continua sobredosis de noticias científicas que o bien no aportan nada sustancial o bien siguen apuntalando los viejos dogmas y prejuicios científicos sobre el origen del hombre, el evolucionismo o la Prehistoria en general.

No obstante, estoy convencido de que tanta investigación sólidamente patrocinada y publicitada contiene unas sutiles intenciones que van más allá de las meras propuestas científicas. En este sentido, considero que muchas investigaciones actuales son promocionadas y difundidas en la prensa de todo el mundo por razones que quizá no tengan que ver nada con el estudio del remoto pasado, sino con la ingeniería social del presente. Hace no mucho incidí en esta visión en el artículo sobre “civilizaciones desaparecidas y mensajes subliminales”, un estudio especulativo que a mi juicio tenía más bien poco –por no decir nada– de arqueología y sí mucho de maniobra pseudocientífica para extender las consabidas amenazas del cambio climático. Esto es, se utiliza el pasado para lanzar un mensaje de alarma en el presente. En suma, no sólo estamos ante una ciencia de baja calidad, que construye castillos en el aire y los sustenta con grandes dosis de parafernalia tecnológica o estadística, sino ante proyectos pseudocientíficos que tratan de utilizar torticeramente ciertos aspectos del pasado para vender e implantar determinadas ideas o tendencias sociales.

Bueno, ahora se podría decir que veo fantasmas donde no los hay y que apelo a oscuras conspiraciones, pero lo cierto es que cuando el hecho se repite una y otra vez y con el mismo modus operandi, no puede ser casualidad. Siendo generosos y escépticos podríamos admitir que haya uno, dos o tres artículos que apuesten por este tipo de ciencia, pero lo que llama la atención es que la mayoría de noticias de arqueología que llegan al gran público están cortadas por el mismo patrón, la misma carga ideológica moderna y el mismo tratamiento periodístico simple y sensacionalista. Y si uno rasca un poco sobre la superficie llena de datos y análisis verá la repetición de conclusiones vagas que apenas resisten una crítica razonada, pero que incitan a sutiles comparaciones entre el pasado y el presente para extraer consecuencias amenazantes. Esto sí que es “arqueología alternativa” y no lo que escriben Hancock y compañía... En fin, cada vez siento más respeto por los prehistoriadores del siglo XIX e inicios del XX.

El trabajo ennoblece... y asegura la supervivencia



Uno de los pilares de la sociedad actual es la cultura del trabajo, la competitividad y el esfuerzo, lo cual está muy bien siempre que nos dejaran decidir cómo enfocar nuestro trabajo o actividad y qué hacer con nuestras vidas para ser personas en vez de máquinas de producción. Sobre esta visión, se ha dicho en tono humorístico que la esclavitud típica de la Antigüedad no desapareció; fue sustituida en tiempos modernos por la jornada de 8 horas... o más. Este tipo de planteamiento social y económico raramente ha sido trasladado a la prehistoria, porque las condiciones de vida de los homínidos en tiempos arcaicos se regían por otros parámetros que poco o nada tienen que ver con nuestra civilizada concepción del trabajo y del rendimiento.

Reconstrucción de Homo erectus
Sin embargo, hace no mucho la publicación científica PloS ONE[1] me sorprendió con un artículo sobre una extraña teoría acerca de las causas de la extinción del Homo erectus. Y dicho sea de paso, cabe resaltar que al pobre erectus se lo había “liquidado” tradicionalmente en una fecha cercana a los 300.000 años, pero desde épocas recientes se acepta que sobrevivió residualmente en pequeñas comunidades hasta unas pocas decenas de miles de años, lo que una vez más pondría de manifiesto que las diversas “especies” de Homo se solaparon en el tiempo y no aparecieron y desaparecieron de golpe –y de forma encadenada– en función de selecciones, luchas o competencias evolutivas. Pero vayamos al grano de la teoría en cuestión.

Un equipo de investigadores de la Universidad Nacional de Australia (ANU), liderado por el arqueólogo Ceri Shipton, ha lanzado una propuesta cuando menos curiosa sobre el devenir del Homo erectus. A partir de los resultados de unas excavaciones realizadas en el yacimiento de Saffaqah, cercano a la población de Dawadmi (en el centro de la Península Arábiga), Shipton ha concluido que el Homo erectus se extinguió –al menos parcialmente– a causa de una actitud poco laboriosa en sus estrategias de supervivencia; esto es, desapareció “por vago”, por optar por la ley del mínimo esfuerzo. En principio todo esto nos puede sonar un poco raro o categórico, pero vamos a explicar en que se basa tal afirmación.

Lo que pudo apreciar el equipo de Shipton es que los restos sobre el terreno delataban que los individuos erectus de aquel lugar no habían hecho grandes esfuerzos ni en la elaboración de herramientas ni en la búsqueda de recursos. Así, se pudo comprobar que en los diferentes estratos –correspondientes a una sucesión de épocas– las herramientas de piedra, clasificadas técnicamente como la típica industria achelense de piezas bifaces,  permanecían invariables. Se trataba de simples  herramientas obtenidas a partir de los cantos rodados del lecho del río cercano. Esto es, no se mataban a la hora de procurarse el sustento ni se esmeraban en la fabricación de los medios –los utensilios– para procesar dicho sustento.

Lo que también parece demostrado es que esa región, mucho más húmeda hace miles de años, era la confluencia de varias corrientes de agua y que por eso estuvo densamente poblada durante el Paleolítico inferior. En ese contexto, los homínidos de aquella época parece que se acomodaron a la abundancia de recursos de todo tipo. Esto les llevó a ser relativamente conservadores en la elaboración y mejora de sus artefactos, y siempre emplearon los guijarros que tenían más a mano, junto a sus campamentos, para realizar sus toscas herramientas.

Esta estrategia podría ser eficaz a corto plazo pero no con vistas a crecientes cambios y adversidades, sobre todo de tipo climático, con una progresiva desertización del paisaje. Así, frente a la capacidad de los neandertales y los sapiens arcaicos para realizar herramientas de mejor calidad, quizá los erectus se quedaron estancados y no supieron reaccionar hasta que fue demasiado tarde. Esta falta de esfuerzo se vería refrendada por la presencia de un cercano yacimiento de roca de mayor calidad que no fue utilizado. De hecho, no se ha detectado allí ningún resto de herramienta o de cantera incipiente. Shipton se pregunta por qué no hicieron nada y e interpreta que –aunque los erectus sabían bien que el yacimiento estaba ahí mismo– no vieron ninguna necesidad de molestarse en explotarlo.

A este respecto, Shipton ha declarado en los medios lo siguiente: “Lo cierto es que no parece que se esforzaran demasiado. No tengo la sensación de que fueran exploradores mirando por encima del horizonte. No creo que tuvieran la misma capacidad de maravillarse que tenemos nosotros.”

Artefactos de H. erectus hallados en Saffaqah (Arabia Saudí). Fuente: artículo original en PloS ONE

El escenario final que se plantea es que, a la vista de la continuidad de las herramientas, la falta de progreso y la “comodidad” de vivir junto a ricas fuentes de agua por parte de los erectus, tuvo lugar un cierto colapso tecnológico cuando las condiciones de vida se hicieron desfavorables, principalmente debido a la progresiva aridez del medio natural. Y como resultado de tal colapso los erectus desaparecieron del lugar, lo cual podría extrapolarse a una extinción a una escala mayor en las diversas regiones habitadas por este homínido. En fin, estaríamos en la línea del más puro evolucionismo por selección natural: los que no se adaptan a entornos cambiantes y hostiles acaban por extinguirse, dando paso a especies más evolucionadas que sí luchan, se esfuerzan y se adaptan de una forma competitiva.

En fin, lo primero que cabe decir ante esta propuesta es que es sólo una hipótesis y que está restringida a una zona muy concreta del planeta. De hecho, la ciencia no tiene ninguna explicación probada de por qué se extinguieron las diversas “especies” de homínidos que nos precedieron. En efecto, hay teorías más o menos fundadas pero ninguna certeza. Es algo similar a lo que ocurre con la famosa desaparición de los dinosaurios hace 65 millones de años, con la teoría del impacto de un gran meteorito. Es plausible, pero no podemos asegurar nada. Y de paso, véase que en dicho escenario no habría existido ningún proceso de selección natural sino un evento cósmico catastrófico que se habría llevado por delante a “los más fuertes y adaptados”.

Otro hecho que llama la atención es que se pueda especular con el poco esfuerzo del Homo erectus y su capacidad de supervivencia. Se compara negativamente al erectus con otros homínidos “más evolucionados” como el neandertal o el sapiens, pero si tomamos los propios estudios aceptados por la ciencia de la Prehistoria veremos que el erectus vivió sobre nuestro planeta alrededor de 1,8 millones de años, mientras que el neandertal estaría sobre los 300.000 años y el sapiens (hasta la fecha) unos 200.000, si bien muy recientes investigaciones ampliarían bastante dicha cronología. Además, el erectus es el primer homínido que encontramos extendido por todo el planeta (en África toma el nombre de Homo ergaster), con excepción de América[2]. Esto quiere decir que, pese a tratarse de un humano “tosco y primitivo”, fue capaz de viajar a grandes distancias, ocupar territorios con climas y paisajes bien distintos y adaptarse a los cambios climáticos producidos a lo largo de cientos de miles de años.

Figuración de H. erectus haciendo fuego
Los restos que nos han llegado del erectus nos muestran que era un homínido de talla similar a la nuestra pero más fuerte y robusto que nosotros, aunque con un cerebro más pequeño. Este homínido era hábil con las manos y aprendió a usar el fuego. Cazaba y recolectaba y ejerció un cierto dominio sobre los territorios –y sobre las especies competidoras– en los que se asentó. Sus herramientas de piedra bifaces eran ciertamente simples, pero cumplieron bien su labor durante cientos de miles de años. Cuando una cosa funciona bien, ¿qué necesidad hay de cambiarla? Lo que Shipton propone como “falta de evolución” es la constatación de que una estrategia exitosa no provoca cambios sustanciales. Por otro lado, es muy arriesgado afirmar que un cambio tecnológico hubiera comportado necesariamente la supervivencia de esas comunidades. No veo cómo unas herramientas más avanzadas (o realizadas con piedra de mayor calidad) hubieran podido contrarrestar los cambios ambientales más duros. Posiblemente, las condiciones de vida se hicieron tan extremas que la natalidad bajó progresivamente y finalmente los erectus tuvieron que buscarse la vida en otras zonas con más recursos.

Véase también que las actuales tribus que aún mantienen un estilo de vida paleolítico (cazador-recolector) han sobrevivido durante decenas de miles de años sin necesidad de cambiar apenas su primitiva tecnología y sus técnicas de caza y recolección. Sólo la presencia del hombre moderno y de la civilización han supuesto una grave amenaza para su supervivencia. Lo que ocurrió durante la colonización española en América, así como en otros lugares, es que estas personas fueron esclavizadas a un modo de vida productor y de trabajo extenuante (por ejemplo, en las minas), y no estaban preparadas para tales labores. Su forma de vida requería ciertamente de esfuerzo, pero no como el que supone una economía productiva avanzada, enfocada a tener cada vez más recursos y riquezas. De ahí que, a ojos de los europeos, los indígenas pudieran parecer “vagos”.

Y aquí cerramos la reflexión sobre esta visión del Homo erectus. Siendo suspicaz, veo que desde una interpretación ideológica de la Prehistoria se está lanzando un mensaje sesgado al mundo de hoy en día en forma de aviso a navegantes. Ellos (los erectus) “no eran  como nosotros”, “no tenían la capacidad de maravillarse como nosotros”, “recurrían al mínimo esfuerzo”, etc. Esto no cuadra con nuestra actual visión de que “hay que ser competitivos, trabajar muy duro, renunciar al mínimo esfuerzo, seguir avanzando, buscar nuevas metas, no contentarnos con lo que tenemos, etc.” Este es el ideal del mundo moderno, inmerso en la adoración (o sumisión) al trabajo, a la carrera profesional, al dinero, a la tecnología, a los bienes materiales, etc., todo lo cual provoca una continua insatisfacción porque nada nunca es suficiente. Es el progreso por el progreso, que nos lleva... ¿a dónde?

Los neandertales no eran buenos veganos... y lo pagaron



Cráneo de neandertal
Otra noticia reciente que me ha causado cierto estupor se basa en un estudio sobre los neandertales y la enésima teoría sobre su extinción, que ya parece un concurso de “a ver quién da más”, a la espera de hallar la respuesta definitiva, lo cual permitiría agrandar el ego del científico afortunado. Recordemos, sólo como contexto básico, que los neandertales aparecen en el Levante mediterráneo y Eurasia hace unos 300.000 años[3] y que desaparecen hace unos 40.000-30.000 años, supuestamente por la presión o competencia del Homo sapiens. No obstante, se ha constatado la presencia de algunas comunidades residuales de neandertales en la Península Ibérica que pervivieron hasta hace unos 14.000 años.

Este caso particular nace de un estudio publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS)[4] a cargo del equipo científico encabezado por el alemán Michael Staubwasser, de la Universidad de Colonia. La tesis de este equipo es que los neandertales fueron incapaces de adaptarse a los cambios climáticos sucedidos durante la última Edad del Hielo, en particular cuando las temperaturas bajaron en extremo y la fauna se resintió de forma notable, lo que a su vez impactó gravemente en su dieta. Ya se puede imaginar uno por dónde van los tiros...

La investigación de Staubwasser se centra en aspectos paleoclimáticos de Europa (principalmente central y oriental) durante el Paleolítico medio y superior. Lo que su equipo ha tratado de demostrar es que determinados cambios climáticos abruptos hicieron descender drásticamente las temperaturas (hasta una media de 2º C bajo cero) en zonas como el valle del Danubio, lo que supuso un descalabro en los grandes mamíferos –sobre todo renos– que cazaban entonces los neandertales. Esto se tradujo en un grave descenso de los recursos alimenticios y, en consecuencia, en un progresivo declive de la especie.

Lo que los científicos apreciaron en los registros paleoclimáticos de hace unos 40.000 años –extraídos principalmente de las estalagmitas en cuevas– es que las temperaturas cayeron tan fuertemente que la población humana vio en peligro su propia subsistencia en unas condiciones tan gélidas. Estos registros se compararon con los estratos arqueológicos en que se habían hallado artefactos, y resultó que en los estratos correspondientes a las épocas más frías no se detectaron las típicas herramientas de los neandertales. De ahí se dedujo que los neandertales sufrieron especialmente durante esos periodos, ya próximos al momento de su extinción, puesto que su dieta era fundamentalmente carnívora y al no disponer de piezas para consumir debieron sufrir una fuerte recesión demográfica, lo que daría paso a la decisiva expansión en Europa del Homo sapiens, cuyas estrategias de supervivencia eran más amplias, empezando por una dieta más vegetariana. En resumidas cuentas, quien no reacciona frente al cambio climático y además come mucha carne, tiene todos los números para extinguirse. ¿A qué me suena todo esto?

Realmente, es de agradecer que en esta nueva hipótesis los sapiens no aparezcan como “eliminadores” directos de los neandertales, pero es evidente que en el trasfondo está el concepto de una mejor adaptación “a los cambios ambientales” lo que nos lleva a los clásicos postulados darwinistas. Sin embargo, estamos una vez más ante conclusiones generales extraídas a partir de datos parciales y posiblemente sesgados. Pasemos a analizar algunos hechos relevantes.

Área de poblamiento neandertal
Que los neandertales abandonaran una determinada área en un determinado tiempo no indica necesariamente que se extinguieran de forma global. La realidad es que durante el Pleistoceno –un largo periodo geológico y ambiental– se sucedieron varias etapas muy frías y los neandertales superaron todas ellas hasta hace 30.000 años, si bien está probado que fueron capaces de sobrevivir en regímenes climáticos bien distintos. Cabe recordar que ellos ya estaban en Eurasia por lo menos desde hace 250.000 años, mucho antes que los sapiens, pues la propia ciencia ortodoxa nos dice que la migración masiva de sapiens hacia Eurasia no tuvo lugar antes de unos 70.000 años. Por lo tanto, si había una especie autóctona y bien adaptada al medio natural esa era la de los neandertales, que por otra parte eran mucho más fuertes y robustos que los humanos modernos, que presumiblemente procedían de la cálida África (un dogma científico que nadie se atreve a discutir). Tampoco los neandertales eran tan brutos ni primitivos como se les pintó durante décadas, pues los estudios más recientes han demostrado que su inteligencia y habilidad estaba a la par que la de los sapiens.

Si nos adentramos ahora en el núcleo de la propuesta de Staubwasser, los datos parecen muy sólidos y convincentes, pero hay que tener en cuenta que la población de neandertales estaba muy dispersa por toda Europa y que podía haber zonas casi deshabitadas o abandonadas, en favor de otras más pobladas, donde el acceso a los recursos era más fácil. Existe, aparte, un dato clave que no debemos pasar por alto: en el Paleolítico superior la población humana era excepcionalmente baja en Europa. Según estimaciones arqueológicas, hace unos 15.000 años la población europea rondaba apenas ¡los 30.000 individuos! (Y en todo el mundo no habría más de medio millón de habitantes humanos.) Si retrocedemos unos cuantos miles de años, cuando coincidieron sapiens y neandertales en el continente, podemos pensar que las cifras eran bastante similares. En fin, muy poca gente para tanto espacio. Por consiguiente, el problema de los recursos podía ser superado si los humanos eran capaces de moverse y de buscar fuentes de alimentación diversas.

Y aquí viene otro importante prejuicio. Se nos dice que los rudos neandertales eran básicamente carnívoros. Esto no es cierto. Existen varios rigurosos estudios[5] de este siglo XXI que apuntan a que su dieta habitual era mixta e incorporaba numerosos vegetales (frutos secos, raíces, tubérculos, bulbos, legumbres, granos de cereal, etc.), bien consumidos en crudo, bien cocinados al fuego. Además, también se comprobó que consumían determinadas plantas como remedios medicinales, lo cual implica que su dominio del medio natural era mucho más amplio que “ir a cazar renos”. Es evidente que tanto los sapiens como los neandertales eran omnívoros –como lo somos hoy en día– y que según las necesidades y las condiciones ambientales se inclinarían por una mayor o menor proporción de carne en su dieta.

Por tanto, es muy forzado afirmar que los neandertales se extinguieron por comer casi exclusivamente carne, mientras que los sapiens eran básicamente vegetarianos y gracias a ello pervivieron. De hecho, algunos expertos creen que esos hombres primitivos en realidad comían mucho mejor que nosotros, al acceder a una alimentación fresca y variada (frutas, vegetales, raíces, carne, pescado, etc.) completamente natural. Los restos óseos dejan lugar a poca duda: individuos sanos, robustos y poco afectados por enfermedades degenerativas o pérdida de dientes.

Cráneos de sapiens (izq.) y neandertal (der.)
En suma, estamos ante una teoría más de dudosa consistencia para intentar explicar el declive y posterior desaparición de los neandertales. Y por cierto, cabe destacar que esta propuesta choca de frente con la visión defendida por la prestigiosa antropóloga Pat Shipman, según la cual los sapiens forzaron a la extinción a los neandertales al ser más eficaces en sus técnicas de caza, esto es, en el acceso a más y mejores recursos cárnicos... A ver, pónganse de acuerdo, para empezar.

Con todo, veo en este material otro mensaje subliminal para este desquiciado presente en que el ecologismo se ha convertido en una auténtica religión indiscutible. No hay que insistir mucho en la intimidación constante sobre la amenaza del cambio climático –que se achaca falsamente a la actividad humana– y en la presión, a veces muy intolerante y dogmática, realizada por veganos y animalistas en contra de la alimentación a base de carne, aunque sea parcialmente, y para ello se ha dicho incluso que la crianza de vacas es un factor clave en las emisiones nocivas de CO2. Vamos a dejarlo ahí...

No quisiera acabar, empero, sin mencionar otro pesado fardo que se ha cargado a espaldas de los pobres neandertales. En pleno auge de los estudios paleogenéticos y microbiológicos, ha aparecido un artículo en que se culpa a los neandertales de traspasarnos genéticamente un agresivo virus, el del papiloma humano, causante del cáncer de cuello de útero. Así, según una investigación conjunta de la Universidad de Honk Kong y de la Facultad de Medicina Albert Einstein (EE UU), este virus, que se contagia por relación sexual, ha estado evolucionando conjuntamente con su huésped –o sea, el ser humano– durante cientos de miles de años, pero que en concreto fue traspasado –en su subtipo HPV16– por los neandertales a los humanos modernos hace unos 80.000 años.

Pues bien, dado que este virus llega a matar anualmente a unas 250.000 personas en todo el mundo en diversos tipos de cáncer relacionados con los genitales, ya ven que nada bueno se podía esperar de la hibridación entre sapiens y neandertales, que al parecer también fue el origen de algunas enfermedades y deficiencias de los seres humanos actuales. Por lo tanto, de cara al bienestar del planeta y de la raza humana, mejor que no coman carne y que no practiquen sexo, por lo que pueda pasar...

© Xavier Bartlett 2018

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] Fuente: https://journals.plos.org/plosone/article?id=10.1371/journal.pone.0200497

[2] No obstante, y dado que se han hallado yacimientos en América de gran antigüedad (de hasta 300.000 años) –aunque no reconocidos por el estamento académico–, se ha especulado con la presencia de comunidades de erectus en dicho continente, pero hasta la fecha no se han hallado huesos humanos atribuibles al H. erectus. 

[3] Los estudios tradicionales apuntaban a unos 250.000 años pero las investigaciones más modernas retrasan tal fecha a unos 300.000 años o incluso más, según estudios paleogenéticos.

[4] Fuente: http://www.pnas.org/content/115/37/9116


[5] Por ejemplo : HARDY, K. et alii. Neanderthal medics? Evidence for food, cooking and medicinal plants entrapped in dental calculus. Naturwissenschaften, DOI 10.1007/s00114-012-0942-0, 2012.

lunes, 29 de octubre de 2018

La paleoantropología, en caída libre (1ª parte)


En los últimos tiempos he ido comentando una serie de novedades del mundo de la arqueología y la paleoantropología para mostrar que, si bien la arqueología alternativa especula, divaga y patina a menudo, los defensores del paradigma no se lucen precisamente a la hora de proponernos alternativas o avances significativos para despejar las muchas incógnitas sobre el origen del hombre que aún quedan pendientes. Antes bien, considero que la ciencia de la prehistoria se ha sumergido en una mezcla de espectáculo, divismo y autocomplacencia, y bañada muy a menudo en un cierto barniz bio-tecnológico, por no hablar de las manipulaciones de tipo ideológico que subyacen en muchos planteamientos.

Y, naturalmente, todo ello se mueve en los límites del marco de la sacrosanta religión evolucionista, que es un dogma de fe que no puede tocarse ni cuestionarse o criticarse. En efecto, cualquier propuesta debe encajar en términos “evolutivos”, aunque rascando un poco se vea que los principios científicos más elementales son vulnerados para poder mantener el edificio creado por Darwin y sus secuaces. En el presente artículo –dividido en dos partes dada su extensión– voy a presentar cuatro temas del ámbito de la Prehistoria que recientemente han sido presentados por científicos de varios países con la intención de impresionar a sus colegas y al público en general, pues todos ellos han saltado a las páginas de la prensa generalista, cada vez más llena de propaganda ideológica pseudocientífica (perdón, obviamente quise decir “divulgación científica”).

Un cerebro salido de la chistera

 

La ciencia paleoantropológica lleva muchas décadas insistiendo en el papel decisivo del desarrollo del cerebro humano como factor clave en el proceso de hominización que ha producido las mejoras evolutivas hasta llegar a nosotros, el Homo sapiens. En efecto, no cabe duda de que nuestro cerebro es más grande y más complejo que el de nuestros parientes primates, y ello nos ha permitido adquirir una serie de indiscutibles ventajas en términos de dominio del medio y expansión por todo el planeta. Otra cosa distinta sería dilucidar si realmente somos inteligentes o si dicha inteligencia sirve realmente para algo positivo, pero ello nos llevaría a discusiones que ahora no vienen a cuento.

 

Cráneo de australopiteco

El caso es que la ortodoxia nos dice que en algún momento de un lejano pasado, quizá hace unos tres millones de años, algunos primates –seguramente australopitecinos–empezaron a experimentar una serie de cambios profundos en su cerebro, lo que sería el pistoletazo de salida de una cierta evolución imparable en nuestro avance intelectual. Ahora bien, a la hora de justificar el motivo último de estos cambios, que se enmarcarían en el proceso de selección natural, la ciencia debe recurrir al terreno de las conjeturas e hipótesis, pues no hay forma humana de replicar, experimentar y contrastar tales cambios biológicos sucedidos durante extensísimos periodos de tiempo en un laboratorio moderno. Es algo parecido al tema de las enfermedades mentales, que son diagnosticadas (en realidad etiquetadas) mediante una mera descripción de síntomas y atribuidas luego a un desequilibrio electro-químico en el cerebro. ¡Y todo ello sin la más mínima prueba científica fehaciente!

 

Sea como fuere, la ciencia actual es incapaz de responder a la pregunta de por qué nuestra inteligencia es bastante superior a la de nuestros parientes más próximos, si estuvimos expuestos a unas condiciones ambientales muy semejantes, por no decir idénticas. Y, desde luego, tampoco tiene la menor idea de cómo se produjo ese proceso supuestamente gradual, si es que hemos de creer que los diferentes Homo descubiertos hasta la fecha encajan en una perfecta cadena evolutiva en que se produjeron pequeños cambios genéticos a lo largo de millones o cientos de miles de años. Ello por no hablar de la enfermiza obsesión por el tamaño del cerebro y el aspecto físico en general de los humanos que todavía arrastra el prejuicio racista con el que nació el darwinismo. Así, los científicos tuercen el gesto cuando ven que un individuo muy pequeño y de rasgos simiescos como el llamado hobbit (de la isla de Flores, Indonesia), con una capacidad craneal poco mayor que la de un chimpancé, era capaz de realizar utensilios de piedra tan buenos como los del Homo sapiens europeo.

 

En fin, ahora alguien parece haber descubierto la piedra filosofal de esos cambios en el cerebro, o al menos una pista por la cual empezar a tirar del hilo[1]. En concreto, el científico belga Pierre Vanderhaeghenat, del Instituto Biotecnológico de Flandes, ha identificado recientemente –como parte del proyecto GENDEVOCORTEX– hasta 35 secuencias genéticas que se activan en el feto del ser humano y de algunos simios, pero no en el chimpancé, lo cual llama la atención por ser éste considerado nuestro pariente más semejante (compartimos hasta un 98% del ADN).

 

¿cambios mágicos en el cerebro por error?
De esas secuencias, Vanderhaeghenat se ha fijado en tres que ha bautizado como NOTCH 2NL, que a su juicio se crearon en realidad no por un mecanismo normal de replicación genética sino por un error de copia y pega de una secuencia denominada NOTCH. Dicho de otro modo, esas tres secuencias fueron copias defectuosas de un proceso normal que había funcionado inalterado durante millones y millones de años. Sin embargo, esta feliz circunstancia provocó el nacimiento de nuevas proteínas que a su vez facilitaron un cambio en la manera en que las neuronas se enviaban mensajes entre ellas y de ahí se produjo una evolución en córtex cerebral. Finalmente, este proceso de expansión impactó directamente en el desarrollo del lenguaje, la imaginación y la capacidad de resolver problemas, lo que nos hace bien distintos de los otros primates.

En principio, todo parece cuadrar, pues es precisamente en el feto cuando se dan los mayores cambios en el crecimiento de los órganos (el cerebro incluido, por supuesto). Así, el investigador belga ha constatado que estos genes NOTCH 2NL permitieron un aumento en el crecimiento y diferenciación de las células troncales que dan lugar a las neuronas de nuestro cerebro. Además, estos genes están presentes en nosotros –los humanos modernos– pero también en los neandertales y en los misteriosos denisovanos, los cuales aparecieron antes que los sapiens. En cambio, los pobres chimpancés –por alguna razón desconocida– se quedaron sin su fallo de copia y pega y se quedaron estancados en su actual estado.

No voy a entrar a valorar los resultados del terreno biológico, para los cuales me limito a  realizar un acto de fe y suponer que la investigación se ha realizado de forma correcta y ajustada al método científico. Ahora bien, hay varios elementos en esta historia que me llaman la atención y que a mi entender ponen en evidencia la clase de “ciencia” que nos tratan de vender a bombo y platillo. Lo primero que debemos poner de manifiesto es que, una vez más, se presenta un hecho biológico como un hecho evolutivo, sin que podamos comprobar –como ya se ha insistido previamente– de qué modo tuvo lugar un proceso evolutivo concreto a partir de mutaciones genéticas a lo largo de millones de años. Esto es, se está suponiendo que una determinada secuencia genética “errónea” provocó necesariamente un determinado resultado gradual en un tiempo y lugar indefinidos. Tampoco se explica por qué este cambio repentino afectó a unos determinados australopitecos (los supuestos ancestros del ser humano) y a otros simios, pero no, por ejemplo, a los chimpancés. Igualmente, queda en el limbo la cuestión de por qué motivo los otros simios no desarrollaron el mismo camino evolutivo intelectual que los humanos. 

A continuación, como ya es habitual en el argumentario evolucionista, nos encontramos ante el factor del error –se supone que aleatorio– en una copia genética, que por sorpresa y contra toda lógica conduce a una mejora sustancial en el cerebro. Esto es, el orden natural es roto y, en vez de provocar empeoramiento, deficiencias o carencias, resulta ser una “ventaja evolutiva” que permite un espectacular desarrollo del cerebro en unas determinadas direcciones (lenguaje, imaginación, etc.). En fin, la ortodoxia nos dice que se trata del aprovechamiento de un hecho fortuito que permite que la selección natural avance hacia formas más complejas, más capacitadas y más competitivas.

¿Respuestas en el laboratorio?
No obstante, lo que de verdad violenta todos los principios de la razón es la actuación de ese caprichoso azar que provoca cambios a través de mutaciones y que guía la evolución de las especies. En este punto, cabría preguntar al señor Vanderhaeghenat por la causa de ese inesperado error de copia y pega genético en las secuencias NOTCH 2NL. ¿Recurrirá al habitual azar o caos presente en la naturaleza y el cosmos? ¿Todavía nos quieren hacer creer que determinados cambios ocurren porque sí, por la presión de las condiciones ambientales u otros mecanismos mágicos? Digan mejor que no tienen ni idea de por qué se dan esos cambios o la variedad enorme del mundo natural, en que es tan complicado definir exactamente el concepto de “especie”.

El caso es no se quiere admitir que el azar o el caos no explican realmente nada, pero eso es mejor que reconocer la existencia de un diseño inteligente, detrás del cual debe haber algún tipo de conciencia que crea la materia y rige sobre ella. No señores, esto no es religión; es la ciencia que ustedes quieren ocultar celosamente mientras nos venden un cuento chino.

Por cierto, el cerebro humano –más allá de una mera descripción funcional y operativa– sigue siendo un gran misterio para los científicos, y ya no digamos cuando se quiere profundizar en el tema de la mente, la creación de la realidad y la conciencia.

¡Los homínidos se mezclaron entre ellos!


Hace no mucho apareció una noticia científica en la prensa generalista que destacaba que por primera vez se había hallado a un descendiente directo de dos especies humanas distintas. El artículo de referencia[2], firmado por varios científicos entre los cuales sobresale el finlandés Svante Pääbo, difundía el hallazgo de un hueso humano –datado en unos 120.000 años de antigüedad– denominado Denisova-11 (de la cueva siberiana donde se hizo el descubrimiento de los primeros denisovianos), que pertenecería a un ser humano híbrido de dos especies distintas, los neandertales y los denisovanos. En realidad, dicho hueso se halló en 2012, pero los largos estudios realizados han retrasado la publicación hasta hace escasas fechas.

Cráneo de neandertal
Esta investigación ha sido llevada a cabo por el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva (Alemania) y ha podido confirmar mediante un análisis del genoma del mencionado individuo que se trata de una joven de unos 13 años y que sus progenitores directos pertenecían a dos especies de homínidos diferentes, siendo la madre neandertal y el padre denisovano. Este descubrimiento vendría a confirmar lo que ya se sostenía desde hace poco tiempo: que ambas especies coincidieron durante muchos miles de años en ciertas regiones de Eurasia. Además, según los resultados genéticos, sus progenitores tampoco serían puros, pues al menos en el padre denisovano se ha identificado un marcado rastro genético neandertal.

Mi reflexión ahora es: ¿no se habrá hecho demasiado ruido para tan pocas nueces? Mucho me temo que sí. El caso es que en plena era bio-tecnológica se está dando en arqueología un valor enorme a estos estudios paleogenéticos por encima incluso de la importancia de los restos físicos hallados. A partir de aquí se han producido más y más análisis de este tipo tratando de identificar las relaciones filogenéticas entre los diversos especimenes de homínidos reconocidos. Sin embargo, en vez de avanzar, parece que los prejuicios y la obsesión por la tecnología impiden ver el bosque. Sin ir más lejos, la investigadora Viviane Slon, encargada de realizar los análisis genéticos, tuvo que repetir hasta seis veces las pruebas porque no se acababa de creer los resultados: ¡un descendiente directo de denisovano y neandertal! ¡Vaya notición!

El prestigioso profesor finés Pääbo, que en 2010 fue el primer científico en secuenciar el genoma completo de un Homo neanderthalensis, incidía en este factor sorpresa sexual con las siguientes declaraciones:

“Resulta sorprendente que, entre los pocos individuos antiguos cuyos genomas han sido secuenciados, nos encontremos precisamente con esta niña Neandertal/Denisovana. Neandertales y Denisovanos pueden no haber tenido muchas oportunidades de encontrarse. Pero cuando lo hicieron, debieron aparearse con frecuencia, mucho más de lo que pensábamos hasta ahora.”

A partir de aquí se me ocurre una serie de consideraciones para dejar en evidencia a los ilustres académicos que han promovido toda esta investigación y que están del todo enfrascados en el estudio de genes y cromosomas como la vía que ha desentrañar definitivamente los orígenes y (supuesta) evolución del ser humano.

¿Dónde ponemos aquí a los denisovanos?
En primer lugar, no entiendo por qué motivo en cuestión de pocos años los llamados denisovanos son mencionados como pieza clave de la evolución humana en muchísimos estudios antropológicos, cuando en realidad parece que toda esta cuestión está muy sobredimensionada, como ya ocurrió con el famoso Homo naledi. Para empezar, hay que constatar que la aparición de los denisovanos en escena apenas tiene unos 10 años, a partir de un solo yacimiento en el mundo (la cueva Denisova, en las montañas Altai de Siberia). Realmente, las pruebas físicas son escasas, apenas unos dientes y unos pocos fragmentos de huesos, pero los modernos análisis del ADN mitocondrial permitieron diferenciarlos como especie frente a neandertales y sapiens, con los cuales sin duda convivieron. De hecho, la investigación genética de los datos disponibles indica que los denisovanos y los neandertales se separaron “evolutivamente” de un ancestro común hace unos 390.000 años y que ambas especies decayeron hasta desaparecer hace unos 40.000 años. Por lo demás, nadie sabe qué aspecto tenían al no disponer de un espécimen mínimamente completo. En realidad se ha montado una gran entelequia a partir de unos análisis genéticos, y no sabemos hasta qué punto estamos ante una “especie” distinta o simplemente una comunidad humana relativamente aislada, al menos durante un importante periodo de tiempo.

En segundo lugar, resulta desconcertante el hecho de remarcar que los homínidos de distintas “especies” tuvieran sexo entre ellos, como si fuera algo inaudito. (Claro que con la reciente ingeniería social contra la heterosexualidad, tales afirmaciones no me sorprenden demasiado...) En fin, parece más que evidente que el contacto entre comunidades distintas a lo largo de la historia –y prehistoria– se tradujo habitualmente en apareamiento y mestizaje, como ocurrió en América a partir de finales del siglo XV. Si los grupos de homínidos distintos entraron en contacto en un tiempo y un espacio comunes no parece nada descabellado identificar la progenie directa de estas uniones. Además, este rebombo no está justificado en absoluto porque ya se sabía desde hace tiempo que el sapiens y el neandertal “se fusionaron” hace decenas de miles de años en diversas regiones. Ahora se sabe que también los misteriosos denisovanos participaron del mestizaje à trois y que por lo tanto estaríamos hablando de grupos humanos interrelacionados.

En tercer lugar, y como consecuencia de lo anterior, la ciencia de la Prehistoria ya tiene que ir admitiendo que los diversos homínidos identificados como especies se cruzaron y compartieron su genética, quizá desde los tiempos del Homo heilderbergensis o del Homo antecesor (por no citar al viejo erectus), y ello sería factible porque estaríamos hablando más propiamente de razas y no de especies. Recordemos como punto crucial que el evolucionismo defiende la evolución de las especies por el mágico proceso de selección natural, en el cual interviene decisivamente el factor de las mutaciones genéticas aleatorias. Asimismo, se ha insistido durante mucho tiempo que los más adaptados al medio, los más fuertes, los más competitivos sobrevivían porque su descendencia progresaba mientras que la de los débiles o inadaptados entraba en recesión y acababa por desaparecer.

Pues bueno, parece obvio que los homínidos no fueron ajenos a la hibridación y que hubo mezcla genética y que a lo mejor tal mezcla no fue decisiva para el avance o retroceso de las comunidades en términos de “mejora”. Desde esta perspectiva, tal vez la diversidad anatómica que observamos no se debió a ningún proceso de “evolución”, sino a un proceso de hibridación a lo largo de extensísimos periodos[3]. De todos modos, en según qué circunstancias, la progresiva mezcla de comunidades muy grandes numéricamente frente a otras más pequeñas haría factible que la genética de un grupo se fuera apagando y diluyendo a través de las generaciones (estamos hablando de muchos miles de años). Esta podría ser una explicación perfectamente razonable para entender por qué los neandertales “puros” se extinguieron hace unos 30.000 años, si bien quedaron algunos reductos locales que pervivieron hasta finales de la última Edad de Hielo.

Esqueleto y figuración de neandertal
Ahora bien, para ser exactos, deberíamos decir que no hubo tal extinción: nosotros somos neandertales. La realidad, reconocida por los propios científicos, es que gran parte de la población europea es de origen neandertal; eso sí, en un porcentaje genético muy reducido frente a la mayor aportación de los sapiens. En suma, mientras aún se siguen lanzando múltiples teorías competitivas para explicar cómo los sapiens “eliminaron” completamente a sus rivales neandertales, es bien posible que la historia fuera muy distinta y se fundamentase en la unión, la cooperación y el mestizaje, en vez de la lucha despiadada por los recursos, que siempre me ha parecido un argumento muy flojo en un continente prácticamente despoblado de humanos.

Para finalizar, debo admitir que al menos una afirmación de Svante Pääbo en este asunto me ha parecido muy honesta y bien encaminada, al aceptar la difícil lógica exacta que permite identificar o separar especies, tanto en los humanos como en otros seres vivos:

“Es una discusión académica estéril hablar de si los neandertales y los humanos modernos o los denisovanos son especies separadas o no. Para el experto esta cuestión no tendría sentido puesto que no existe una definición universal de especie.”

Dicho todo esto, y enlazando con la primera cuestión tratada en este artículo, reconozco no tener explicaciones para esa diversidad anatómica en los humanos desde los distantes tiempos del H. habilis (si es que realmente fue “Homo”, lo que no veo muy claro) y sobre todo para la disparidad en el volumen craneal –y en consecuencia de tamaño del cerebro– que va desde los 600 cm.3 del habilis hasta los 1.500 del neandertal, quedando nosotros alrededor de los 1.400 cm.3  Puesto que no creo en el caos y el azar, pienso que debió existir algún diseño inteligente de por medio, pero su origen último y su forma de actuación se me escapan completamente.

© Xavier Bartlett 2018

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] Fuente: https://phys.org/news/2018-08-genetic-error-humans-evolve-bigger.html
[2] Fuente: https://www.nature.com/articles/s41586-018-0455-x
[3] En este blog ya comenté la teoría de la antropóloga Susan Martínez sobre la hibridación de los homínidos como contrapunto a la diversidad explicada por evolución. También hay autores alternativos como Michael Cremo que defienden que el hombre anatómicamente moderno y otros homínidos más “primitivos” convivieron desde tiempo extraordinariamente remotos.

viernes, 4 de agosto de 2017

Sobre el origen del hombre (3ª parte)

 

El origen de la población española: ¿genocidio o mestizaje?



Los indicios más antiguos –por el momento– de la presencia humana en España datan de entre 1,6 y 0,9 millones de años. El yacimiento de Orce en Venta Micena (Granada) arrojó una calota (parte superior del cráneo) que se describió como de un individuo infantil y que fue objeto de una vergonzosa polémica entre especialistas, algunos de los cuales ridiculizaron a sus descubridores (Martinez-Navarro y cols., 1997), al afirmar que se trataba de un cráneo de asno. Lo cierto es que, aunque el fragmento craneal no presenta caracteres anatómicos que resulten claramente significativos (aunque, finalmente, parece haber sido aceptado como humano), la presencia del hombre en España pudo ser tan antigua como entre 1,6 y 1,4 millones de años, como atestiguan los restos de cultura oldovaica dispersos por yacimientos del Sur y Este peninsular.

Excavaciones en Atapuerca
Pero, sin duda, el yacimiento más informativo es el espectacular (y probablemente único en el Mundo) sitio de Atapuerca. Su historia paleontológica es antigua, pero la más fecunda comienza en 1976 con el redescubrimiento de la “Sima de los huesos” por el ingeniero de minas Trinidad Torres, que encontró restos humanos cuando buscaba fósiles de osos para su tesis doctoral. Su director de tesis era el paleontólogo Emiliano Aguirre, que dirigió la excavación sistemática llevada a cabo por José Maria Bermúdez de Castro y Juan Luis Arsuaga. Pero quizás sea más informativo comentar los hallazgos por su cronología paleontológica. La disposición geográfica de la Sierra de Atapuerca nos puede ofrecer un indicio de la visión estratégica de sus (sin duda abundantes) pobladores a lo largo del tiempo.

Es una colina que se extiende de Noroeste a Sudoeste en el valle del río Arlanzón, en la provincia de Burgos. Desde ella se domina la salida del Corredor de la Bureba, el valle que conecta las cuencas del Duero y el Ebro, un punto de paso obligado entre el Norte y el Sur, bañado por el río Arlanzón y que siempre ha mantenido una gran riqueza de fauna y flora. La naturaleza caliza de la sierra ha posibilitado que la erosión del agua haya excavado en ella numerosas cuevas (complejos kársticos), a veces enormes, que desde hace más de un millón de años ofrecían magníficos refugios. Aunque la extensión del yacimiento es enorme y, probablemente, nos depare todavía mayores sorpresas, los restos humanos más antiguos (más de 780.000 años) y completos encontrados hasta la fecha aparecieron en “la trinchera del ferrocarril”. Pertenecen a un individuo juvenil, probablemente no mayor de catorce años. Son un fragmento de hueso frontal con el inicio de la cara, dientes y un trozo de mandíbula con el tercer molar sin salir. Además han aparecido 36 fragmentos de huesos pertenecientes a unos seis individuos y más de 100 piezas de herramientas líticas de tipo oldovaico.

La morfología del fragmento de cara –de aspecto “moderno”– asociada a un frontal prominente llevó a los descubridores a atribuir al resto la condición de nueva especie de “homínido”: Homo antecessor, situándole en el punto exacto de la bifurcación entre el linaje humano actual y el (supuesto) callejón sin salida evolutiva representado por los Neandertales. Aunque tal propuesta no ha sido aceptada por diversos especialistas sobre la base de que, según la más estricta ortodoxia paleontológica, no se puede crear una “nueva especie humana” a partir de un individuo juvenil que no ha finalizado el crecimiento, cabe suponer que los recientes hallazgos de Homo erectus en África y los Homo de Dmanisi, y el reconocimiento de su gran polimorfismo y amplia distribución, habrá zanjado la polémica.

Pero, quizás, la interpretación más merecedora de una (humilde) reconvención porque es la que más resonancia ha obtenido de este hallazgo, (y no sólo por causa de las típicas exageraciones periodísticas, sino por el énfasis puesto en ello por los investigadores), es la calificación de “caníbales” con que se ha publicitado el hallazgo: La mezcla de fragmentos humanos con herramientas de piedra, junto con que en, al menos, en dos falanges y en un fragmento de cráneo se hayan encontrado marcas que indican una descarnación, les ha llevado a la conclusión de que los primeros europeos eran caníbales, llegando a afirmar que para ellos la diferencia entre un cadáver de ciervo y otro humano no existía aún (Atapuerca. Página web, UCM). Si tenemos en cuenta que la diferencia entre un cadáver de la propia especie y de otra existe para un buen número de mamíferos (y probablemente, en otros taxones), esto equivaldría a atribuir a estos hombres la condición, no ya de “prehumano”, sino de “premamífero”. 
Reconstrucción del rostro de Homo antecessor

Teniendo en consideración el amplio eco social que han adquirido estos hallazgos, que han descubierto para muchos ciudadanos el hecho de la evolución humana, no parece éste el mensaje más adecuado para transmitir. Desconocemos las circunstancias o los motivos que llevaron a ello (desde luego, como en cualquier depredador, no sería un modo preferente de alimentarse), ni si era algo frecuente o si podría tener algún otro sentido que no fuera el gastronómico. No puede caracterizarse a todo un grupo por un hecho que puede ser ocasional o producido en circunstancias dramáticas, del mismo modo que no se puede extrapolar a una nacionalidad los hechos derivados de un accidente aéreo o de un naufragio. Tampoco podemos calificar o juzgar a estos hombres basándonos en nuestras actuales creencias o principios. Lo cierto es que vivieron en condiciones, a veces muy duras, que imponían las glaciaciones que en aquella época cubrieron de hielo gran parte de Europa (con sólo que los inviernos fueran tan duros como lo son en la actualidad, se puede tener una idea), y su simple supervivencia indica una gran capacidad cultural para hacer frente a un clima muy adverso, a pesar de que el organismo humano sólo está naturalmente capacitado para la vida en zonas cálidas (sólo podemos sobrevivir en zonas frías gracias al recurso de vestuario, refugios y alguna fuente de calor).

La continuidad de la ocupación de Atapuerca por el hombre está representada (por el momento) por los yacimientos de “La Sima de los huesos”, junto con otros contemporáneos de “La Trinchera” asociados con industria lítica de tipo Acheulense y datados en torno a los 400.000 años. En la Sima se han encontrado un número mínimo de treinta y dos individuos, hombres y mujeres de diversas edades, pero que no parecen representar la distribución de edades de una banda completa. Eran individuos muy corpulentos y la morfología de sus cráneos presentaba características que se encontrarán, más acentuadas, en sus sucesores, los Neandertales. Entre la amplia gama de denominaciones específicas atribuidas a restos fragmentarios, a estos se les ha incluido dentro de una “especie” establecida, en este caso, a partir de un solo hueso: Homo heidelbergensis, que corresponde a la mandíbula de Mauer, datada entre 500.000 y 400.000 años. En “La Sima de los huesos” no se han encontrado instrumentos líticos ni restos de herbívoros (presas habituales), lo que indica que no era un lugar de habitación. La hipótesis más admitida y razonable es que la acumulación de estos restos tenga un origen humano (lo que constituiría algún tipo de enterramiento), y que las marcas de mordeduras que presentan más de la mitad de los restos sean debidas a carroñeros posteriores, aunque no se puede descartar que sean la causa de su muerte –es decir, muertos por carnívoros– lo que podría justificar, incluso, un enterramiento selectivo.
Esqueleto y recreación de un neandertal
En lo que respecta a sus sucesores, los Neandertales, sus singulares características morfológicas les han convertido, siempre en función del esquema mental darwinista, en la última “rama lateral” de la evolución humana. Para los paleoantropólogos representantes de la versión “dura” del darwinismo eran una especie de autómatas grotescos si el menor rastro de humanidad. Según Ian Tattersall, del Museo Americano de Historia Natural, les faltaban las conexiones necesarias en el cerebro para pensar y hablar (desconocemos el origen de su documentación “neurológica”). Para él, un Neandertal representaría la máxima expresión del instinto, es decir, el límite de las cosas que se pueden hacer inconscientemente, automáticamente. Y esta es una concepción que, desgraciadamente, resulta difícil de refutar, porque, más o menos acentuada, es la que se transmite a la sociedad en libros divulgativos, documentales científicos y películas comerciales. Al parecer, es necesaria una justificación argumentada “científicamente” para su extinción (total, sin dejar el menor rastro) ante el avance de los hombres “más evolucionados”.

Sin embargo, lo que parece más próximo a la realidad es que, aunque el estereotipo de los neandertales que ha quedado grabado en el imaginario social como una especie de brutos encorvados y patizambos, se debe a la reconstrucción elaborada, a principios del siglo pasado, por el belga Marcelin Boule sobre los restos de La Chapelle-aux- Saints que pertenecían ¡a un anciano con artrosis!, los neandertales eran individuos con una morfología y un comportamiento absolutamente humanos. (Lo que pone de manifiesto, una vez más, que son las interpretaciones más sensacionalistas o llamativas las que más profundamente calan en la sociedad). Sus características especiales, su robustez y su cara prominente son, simplemente, una acentuación de las de sus predecesores locales, impulsadas por el aislamiento en unas condiciones climáticas extremas.

Durante las glaciaciones precedentes (Günz, Mindel y Riss), los animales y los hombres que vivían en Europa descenderían paulatinamente hacia tierras más meridionales, empujados por el avance de los hielos. Forzosamente, la Península Ibérica se debió convertir muchas veces en centro de confluencia e intercambio genético y cultural de distintos grupos humanos (los lugares privilegiados, como la Sierra de Atapuerca, debieron llegar a ser “el no va más” del cosmopolitismo de la época). Sin embargo, cuando hace unos 140.000 años se comenzó a producir la última gran glaciación, la conocida como Würm, los hombres que habitaban Europa Occidental y Central, que habían conseguido una magnífica adaptación cultural a climas muy fríos, no emigraron, por lo que permanecieron con un alto grado de aislamiento del resto de la Humanidad durante casi 100.000 años. Su supervivencia durante todo este tiempo en unas condiciones ambientales que, aunque en ocasiones (los períodos interestadiales) eran más soportables, en general eran extremadamente rigurosas, implica, forzosamente, un perfecto conocimiento y control del entorno. Su magnífica cultura lítica “Musteriense”, elaborada mediante la degradación de nódulos discoidales de sílex de los que extraían lascas a las que daban diferentes formas utilizando percutores blandos era extremadamente eficaz para fabricar punzones, cuchillos, raspadores… hasta sesenta tipos de utensilios diferentes.

Distribución geográfica de los neandertales
Asimismo, eran hábiles curtidores de pieles, como atestiguan los numerosos raspadores, y en cuanto al uso de otros instrumentos, como los de madera, de difícil fosilización, se puede deducir del hecho de que sus antecesores de hace 400.000 años utilizaron unas lanzas de maderas de picea, encontradas fosilizadas en turba en el yacimiento de Binzingsleben (Alemania). Eran tres lanzas perfectamente pulidas y equilibradas para ser lanzadas con precisión. Dominaban perfectamente el fuego, lo cual es lógico, porque sin la capacidad de encenderlo (es decir, dependiendo de su conservación a partir de combustiones espontáneas de nafta o de rayos, como muchos sostienen), su larga supervivencia habría sido imposible. De hecho, se han encontrado, por ejemplo, en Pech de l’Azé (Francia), hogares formados por piedras bien colocadas y muy usadas. También en Francia, en la gruta de Lazaret, se ha comprobado que construían tiendas en su interior. Las piedras que sujetaban la base de las tiendas atestiguan que las construían con la entrada en dirección opuesta a la de la cueva, para mejorar la protección. En definitiva, si estas actividades eran “inconscientes” los paleoantropólogos habrán de inventarse el concepto de “inconsciencia inteligente”.

Su presencia en la Península Ibérica queda atestiguada por restos como la mandíbula de Bañolas, el reciente hallazgo de la Gruta del Sidrón (Asturias), compuesto, por el momento, por más de 120 fragmentos de, al menos, tres individuos (Rosas y Aguirre, 1999), los indicios de su presencia en Atapuerca, el cráneo de Gibraltar, los restos infantiles de Portugal… pero, sobre todo, por los fósiles de Zafarraya (Málaga) datados en torno a los 30.000 años y considerados como “los últimos neandertales”. Porque, según la “versión oficial”, los neandertales se extinguieron, arrollados por la superioridad cultural pero, sobre todo, intelectual, del “hombre moderno”: Desde el punto de vista de la Historia con mayúsculas podemos decir que sabemos lo que pasó. Los neandertales fueron sustituidos por los humanos modernos. Tal vez hubo casos de mestizaje, pero no se dieron en una cantidad suficiente para que sus genes hayan llegado hasta nosotros. Nada me haría tanta ilusión como llevar en mi sangre una gota siquiera de sangre neandertal, que me conectara con esos poderosos europeos de otro tiempo, pero temo que mi relación con ellos es sólo sentimental”, (Arsuaga, 1999).

Si tenemos en cuenta que, por ejemplo, se ha estimado que compartimos con el ratón el 99% de los genes (Gunter y Dhand, 2002), lo que pone de manifiesto definitivamente que la “información genética” no está sólo en el ADN, y se sabe que compartimos gran cantidad de secuencias con todo el mundo viviente (animal y vegetal), hasta llegar a las bacterias, hay que decir que no se sabe de donde puede salir el fundamento genético que permite afirmar que “sus genes no han llegado hasta nosotros”.

Herramientas del Homo sapiens (paleolítico superior)
La realidad es que no existen pruebas fiables de esta “sustitución” y, a falta de estas pruebas, intervienen las “firmes convicciones”. Los datos de que disponemos son que hace unos 40.000 años comienzan a aparecer en Europa un tipo de herramientas y utensilios denominados genéricamente “Auriñacienses”. Asociados a estos aparecen restos humanos con morfología parecida a la “moderna”, que han recibido la denominación de “cromañones” por los restos del “viejo” de Cro-Magnon (Francia) datado, por cierto, en unos 25.000 años de antigüedad. Tras un período de unos 10.000 años (resulta difícil de imaginar: 10.000 años) durante el que los vestigios de ambos tipos de morfologías y de culturas se encuentran intercalados por diferentes puntos de Europa, la morfología y la cultura características de los neandertales desaparecen del registro fósil.

Pero, antes de continuar, puede ser conveniente una breve consideración sobre qué es la “morfología moderna” ¿tal vez la parecida a la de los actuales europeos? Porque morfología moderna es la de los esquimales, con las proporciones corporales exactamente iguales a las de los neandertales y la de los esbeltísimos nilótidos o los pequeños bosquimanos y pigmeos. Morfología moderna es la de los aborígenes australianos, muchos con su gran torus supraorbitario y un acentuado prognatismo, con todo el aspecto, apoyado por la continuidad del registro fósil (Wolpoff y Thorne, 1992), de ser herencia directa de los “marineros” de la isla de Flores...

Estos 10.000 años de más que posible contacto entre diferentes culturas cuentan con interpretaciones muy distintas que, aunque dentro de la inercia explicativa de la ortodoxia darwinista, parecen distinguirse por distintas concepciones de lo que es “inherente a la condición humana” en las que pueden ser detectables ciertos componentes culturales. El inicio de lo que se denomina Paleolítico Superior, asociado (cómo no) con la industria Auriñaciense, caracterizada por láminas de piedra alargadas, como “cuchillos de dorso”, el uso de hueso y marfil y dientes de animales para hacer agujas, puntas de azagayas y adornos, se relacionaba con la “irrupción en Europa del “hombre anatómicamente moderno”. Sin embargo, una variante de la industria Auriñaciense, caracterizada por utensilios semejantes, la industria Chatelperroniense, ha aparecido asociada a restos indiscutiblemente neandertales, en los yacimientos franceses de Arcy-sur-Cure y Saint Cesaire. Este tipo de industria se ha encontrado distribuido por Francia, norte de España y con variantes, también asociadas con neandertales, en Italia y Europa Central y del Este. La explicación “dura”, es decir, más estrictamente darwinista es que los neandertales adquirieron estos utensilios del “hombre moderno”, bien mediante la imitación o incluso el robo.

Arte rupestre (paleolítico superior)
Para Richard Klein no se puede hablar de una mente moderna hasta que no aparecen las primeras manifestaciones de adorno personal y de arte (éste último asociado sólo con cromañones). Ian Tattersall lo explica con más datos científicos: La mente humana moderna surgió como todas las grandes novedades biológicas: por evolución, y como decía Darwin, sin intervención divina (que, al parecer, es la única alternativa posible al darwinismo), pero en este caso “golpe", y en un "hombre moderno". Para Tattersall, las habilidades de los neandertales en la talla de la piedra, aunque sorprendentes, eran algo estereotipadas; muy pocas veces, si alguna, elaboraban instrumentos utilizando otras materias primas. Muchos paleontólogos ponen en cuestión su grado de especialización venatoria.

Sin embargo, hay una forma muy distinta de valorar las capacidades de los neandertales y que, curiosamente –casi sorprendentemente– no se basa en las “firmes creencias”, sino en la investigación científica. Francesco d'Errico del Instituto de Prehistoria de Burdeos, Joâo Zilhao del Instituto Arqueológico de Portugal y otros investigadores franceses que han trabajado en el yacimiento de “la Cueva del Reno” de Arcy, han desmontado la teoría de la recogida: el material de adornos y utensilios óseos de los neandertales estaba rodeado de restos y esquirlas que indicaban que habían sido hechos allí mismo (Bahn, 1998).

Pero no importan las pruebas. Los darwinistas “duros” parecen ser inasequibles al desaliento. Los neandertales debían tener alguna inferioridad, y hay que encontrarla aunque se tenga que recurrir a los argumentos más pintorescos. He aquí los de Wesley Niewoehner, de la Universidad de Nuevo México en Alburquerque y comentados así en la revista Nature (Clarke, 2001): Los neandertales, macizos y bien musculados, probablemente tenían unos dedos demasiado gruesos para hacer uso efectivo de tecnología avanzada de la Edad de Piedra o para realizar tareas de destreza como grabar. [...] Esto da peso a la idea de que los humanos modernos recientes sustituyeron a los neandertales por su superior uso del mismo tipo de herramientas. [...] Así, aunque los neandertales pudieron probablemente fabricar y usar herramientas complejas, no pudieron hacerlo muy a menudo o muy cuidadosamente, (?) y no fueron capaces de tareas mas sofisticadas como grabar o pintar, que fueron desarrolladas por los humanos modernos.

Cráneos de sapiens (izq.) y de neandertal (der.)
Como no parece que estos despropósitos merezcan un comentario, volvamos a los datos del registro fósil: La cronología de las dos culturas apoyan el carácter autóctono de la Chatelperroniense. Para Anne-Marie Tiller y Dominique Gambier existe un vacío antropológico durante el período Auriñaciense europeo entre hace 40 y 35.000 años o, al menos, un problema para identificar los escasos fósiles disponibles. Pero parece claro que el nacimiento del Chatelperroniense fue anterior al Auriñaciense. En cuanto a la “discontinuidad” morfológica, no parece tan clara. Para Tillier y Gambier (2000) los restos humanos auriñacienses presentan cierta robustez y conservan caracteres “arcaicos” (Porque “el viejo” de Cro-Magnon, no era de morfología estrictamente “moderna”). Por otra parte, los últimos neandertales eran más gráciles que los primeros, de modo que el cráneo de Saint Cesaire tiene más semejanzas con el de un hombre moderno que el neandertal de La Chapelle-aux-Saints, 15.000 años más antiguo... En definitiva, es más que posible que el hombre de Neanderthal no haya sido “sustituido”, sino que sus características se habrían diluido, a lo largo de más de 10.000 años de contacto e intercambio, en una población de morfología más grácil muy superior en número. Muy probablemente, “la sangre” de los neandertales continúa entre nosotros.

Las pruebas de “características intermedias” y los indicios de mestizajes se encuentran repartidos en restos fragmentarios por Europa central y del este (Predmost y Brno en Moravia, Vindija en Yugoslavia…) y un discutido ejemplar (por ser infantil) en Portugal, pero mucho más evidentes en fósiles muy abundantes y completos de Oriente próximo, donde los neandertales han coexistido, se han mezclado y compartido cultura, modo de vida y rituales con hombres de aspecto parecido a la morfología “moderna”, es decir, de cráneos más redondeados, entre hace 100.000 y 35.000 años. Entre estos, el hallazgo en Kebara (Arensburg y Tillier,1990) de un enterramiento neandertal de hace 60.000 años, en el que encontró un hueso hioides, de difícil fosilización por su fragilidad, es un indicio tan indiscutible como innecesario, (dadas las pruebas tan antiguas de un comportamiento dirigido por la planificación y la coordinación) de la existencia de un lenguaje articulado, porque sobre él se sitúan las cuerdas vocales. Pero ni esta prueba parece ser suficiente.

¿Cómo se demuestran las mejoras en el cerebro?
Para Richard Klein (1989) de la Universidad de Chicago, todavía era necesaria una evolución neurológica para llegar a la modernidad completa. Este absurdo dogmatismo que lleva a inventarse unas supuestas “mejoras” progresivas en la organización cerebral de las que no existen las menores pruebas no tiene, en realidad, ningún contenido científico y sí mucho de prejuicio sobre la lógica de la “sustitución” de los menos “aptos” justificada por una supuesta superioridad intelectual, como refleja claramente la frase con que Ian Tattersall (2000) finaliza su argumentación sobre este tema: Aunque los lingüistas le han dedicado muchas horas de especulación, se nos escapa cómo surgió el lenguaje. Pero sabemos que un ser equipado por capacidades simbólicas es un rival extraordinario…
 

El mensaje del ADN y la manipulación de la información



El estudio de ADN rescatado de fósiles de neandertales como el histórico “Feldhofer” encontrado en Alemania en 1856 o el de un resto infantil del norte del Cáucaso apoya la ampliamente admitida pero todavía controvertida visión de que los humanos modernos tuvieron poca o ninguna mezcla con los Neandertales, según William Goodwin de la Universidad de Glasgow y sus colegas (Gee, 2000). Esta aparente confianza en los datos contrasta con el espíritu crítico con que se acogen pruebas mucho menos frágiles (en el más estricto sentido). Porque el ADN es extremadamente frágil y degradable tras decenas de miles de años de fosilización de los huesos. Por otra parte, las probabilidades de “contaminación” en estos huesos son enormes, tanto por la manipulación como por ADN del entorno (en un puñado de tierra hay millones de bacterias y virus). Pero, incluso en el caso, extremadamente improbable, de que estos fenómenos no se hubieran producido, la comparación de la variabilidad (polimorfismos) del ADN humano de hace 30.000 años, en poblaciones que habían sufrido un largo aislamiento, con la población actual, no sería especialmente informativa.

Y esto pone de manifiesto, una vez más, que en el campo de la evolución –pero muy especialmente en el de la evolución humana– los resultados obtenidos mediante metodologías, técnicas o materiales limitados o discutibles se pueden interpretar a gusto del investigador en función de lo que se quiere demostrar. Y lo que se quiere demostrar queda claro en la frase con que Paul Mellars (1998) zanja el debate sobre “El destino de los Neandertales”: La vehemencia de algunos científicos en reclamar la cercana relación con los Neandertales puede estar cercana a negar que la evolución humana está teniendo lugar en la actualidad. Es decir, que “la supervivencia de los más aptos” continúa.

Origen del H. sapiens (teoría de la Eva mitocondrial)
Pero la manipulación de los datos puede ir más lejos que la consistente en la interpretación sesgada de datos discutibles. La hipótesis de la “Eva mitocondrial” de Wilson y Caan (1992) que ya ha sido incorporada a los libros de texto, parece haber arraigado firmemente en la comunidad “oficial” de paleoantropólogos aparentemente deslumbrados por su aureola de “ciencia dura”, es decir, basada nada menos que en datos moleculares. Según tal hipótesis, el hombre moderno desciende, en su totalidad, de una “Eva” que habría vivido en África hace unos 200.000 años. Sus descendientes se habrían extendido por el Mundo y habrían sustituido, o lo que es igual, exterminado, a todos los hombres (homínidos, en su terminología) previamente existentes desde África a Siberia, desde Europa hasta Extremo Oriente...

Para esta, al parecer, extendida concepción se trataría, no ya de un extermino total como el de los pobres neandertales aplastados por una población muy superior en número, sino del caso contrario: la “sustitución” total de poblaciones adaptadas biológica y culturalmente a entornos muy variados –y algunos muy duros– por pequeños grupos inconexos procedentes de un medio tropical. Aunque tal proceso resulta totalmente irreconciliable con el más elemental sentido común, está basado en datos “rigurosamente científicos”: De las primeras comparaciones entre proteínas de especies diferentes brotaron dos nuevas ideas: la de las mutaciones neutras y la del reloj molecular. Con respecto a la primera, la evolución molecular parece dominada por esas mutaciones fútiles que se acumulan con una cadencia sorprendentemente regular en los linajes supervivientes. [...] La segunda idea, la de los relojes moleculares, surgió de la observación de que el ritmo de cambio genético según mutaciones puntuales (cambios en determinados pares de bases de ADN) es tan regular, en largos períodos, que se las podría usar para datar divergencias de troncos comunes. [...] El ADN que estudiamos reside en las mitocondrias, orgánulos celulares que convierten alimentos en energía disponible para el resto de la célula. [...] A diferencia del ADN nuclear, el de la mitocondria se hereda sólo de la madre, sin más cambio que las eventuales mutaciones. La contribución paterna acaba en la papelera, como quien dice, de los recortes. [...] De ello se infiere, en pura lógica, que todo el ADN mitocondrial humano debe de haber tenido una última antecesora común.

Espiral de ADN
La asunción de todos estos postulados derivó en la construcción de un espectacular árbol filogenético que, si bien presentaba individuos de distinta procedencia intercalados en diferentes poblaciones, tuvo una gran resonancia, tanto científica como en los medios de comunicación: El origen del hombre moderno estaba en África, y el “reloj molecular” era concluyente: la “Eva mitocondrial”, la primera mujer moderna, había vivido hace unos 200.000 años. El problema fundamental de estas conclusiones es que todos los postulados en los que se basa son absolutamente falsos. Las mitocondrias no son sólo la "central de energía" de la célula. Su ADN participa en procesos tan importantes como el control de la apoptosis (muerte celular programada) fundamental, por ejemplo, en el desarrollo embrionario. Esto descalifica la supuesta neutralidad de sus mutaciones, pero también el hecho de que algunas de ellas pueden causar graves enfermedades neurológicas. En cuanto a la transmisión únicamente por vía materna, está desmentida por la comprobación de la transmisión de una enfermedad de éste origen por parte del padre. Pero, muy especialmente, la existencia de los supuestos “relojes moleculares”, una entelequia totalmente contradictoria con la base teórica de la evolución por mutaciones puntuales y al azar, pero sorprendentemente asumida como un hecho constatado, ha sido abordada, finalmente, de una forma rigurosa (Rodríguez-Trelles et al., 2001) analizando tres proteínas utilizadas habitualmente como “relojes moleculares”: La glicerol-3-fosfato deshidrogenasa (GPDH), la superóxido dismutasa (SOD) y la xantina deshidrogenasa (XDH). El estudio se llevó a cabo en 78 especies representativas de los tres Reinos multicelulares: hongos, plantas y animales. Las conclusiones son: Hemos observado que: (1) Las tres proteínas evolucionan erráticamente en el tiempo y entre los linajes y (2) Los patrones erráticos de aceleración y deceleración difieren de locus a locus. La constatación de estos hechos ha sacado a la luz la cuestión de cuán real es el reloj molecular o, más aún, si existen los relojes moleculares.

Datos verificables experimentalmente como estos, dispersos en distintas publicaciones, se acumulan continuamente sin tener, al parecer, la menor repercusión en la rutina habitual de la elaboración de árboles basados en la evolución “por cambios graduales y aleatorios” que siguen haciendo uso de los supuestos “relojes moleculares” para confirmar sus hipótesis. Pero eso no es todo: Otras críticas a los resultados de Wilson tienen que ver con el número de árboles obtenidos. Es bastante frecuente que los autores no den el número total de árboles igualmente parsimoniosos, sino que se limitan a seleccionar algunos para su publicación (Barriel, 1995). De hecho, utilizando los mismos datos, pero con una versión más reciente del programa de parsimonia, el norteamericano David R. Madison de Harvard, obtiene hasta 10.000 árboles más parsimoniosos.

Revelaciones de este tipo ponen de manifiesto que las ideas preconcebidas de una evolución humana dirigida por competencias y “sustituciones” y dominada, al parecer, por una tal repugnancia por la idea del mestizaje, que éste no cabe en sus esquemas mentales, pueden conducir, no sólo a interpretaciones descabelladas, sino a auténticos fraudes en la práctica científica. Sin embargo, la “Eva mitocondrial”, cuya antigüedad se ha “precisado” últimamente en 143.000 años, (Caan, 2002), parece ser tan real para muchos científicos como su contrapartida masculina, el “Adán” del cromosoma Y. Según Peter Underhill y sus colegas de la Universidad de Stanford, (Underhill et al., 2000) que han estudiado la variabilidad genética del cromosoma Y en más de 1.000 hombres de 22 áreas geográficas, todos los hombres actuales descienden de un “Adán” que vivió en África hace, exactamente, 59.000 años, según su “reloj molecular”. Esto plantea un problema, no despreciable, de un período de “desajuste matrimonial” de nada menos que 84.000 años. Pero todo se puede explicar: Según Underhill, las “tribus dominantes” se quedaron con todas las mujeres (descendientes, a su vez, de “Eva”). Es más, el 95% de los hombres europeos descienden de unos 10 “Adanes” procedentes de distintas oleadas. Aunque estas afirmaciones emitidas con tal seguridad puedan sonar a broma, sus trabajos han sido publicados (es decir, “aceptados”) por las más prestigiosas revistas científicas.

Difusión de los homínidos según la teoría "out-of-Africa"
Sin embargo, y dentro de los mismos esquemas conceptuales y metodológicos de la evolución darwinista, las conclusiones pueden ser muy diferentes. Alan Templeton de la Universidad de St. Louis ha estudiado la variabilidad del ADN en varones y mujeres de muy diversas poblaciones. Para intentar clarificar los resultados, muchas veces contradictorios, de los estudios de secuencias individuales, ha estudiado diez regiones de cromosomas autosómicos, además de cromosomas sexuales y mitocondrias. Sus resultados son que, tras la primera emigración de Homo erectus, hubo una segunda entre 400.000 y 800.000 años, otra hace unos 100.000 años y otra más reciente desde África hasta Asia, con gran cantidad de intercambio genético entre grupos. Según Templeton: África ha tenido un gran impacto genético en la Humanidad, pero mi análisis no es compatible con un reemplazamiento completo (Templeton, 2002). Aunque estas conclusiones (por cierto, muy criticadas por los partidarios de la “sustitución”) parecen mejor fundamentadas y más razonables que las anteriores, el problema sigue estando en la base conceptual. En la idea de una evolución gradual, continua y “progresiva” en la que se fundan los falsos “relojes moleculares”. Es cierto que existe una variabilidad genética, por cierto, mínima, en polimorfismos del ADN que son neutrales, es decir, irrelevantes en el contexto de la evolución, y es (o parece) cierto que en las poblaciones africanas existe una mayor variabilidad en algunos marcadores de este tipo que en el resto de la Humanidad, pero esto es sólo un indicio más de un remoto origen africano.

Las impresionantes semejanzas genéticas de toda la Humanidad (King y Motulsky, 2002) son, sin duda, un reflejo de una larga historia de encuentros e intercambio genético que seguramente ha caracterizado a la especie humana desde su nacimiento, y no de un origen reciente del hombre “moderno”, porque, muy posiblemente, la evolución humana acabó, al menos por el momento, con la aparición de los primeros hombres, hace más de tres millones de años.

La ley del más fuerte


Las “firmes creencias” darwinistas no responden sólo a las de una concepción científica caduca y ya obsoleta de la Naturaleza, porque en sus premisas y en sus argumentos se pueden identificar, más o menos disfrazados de “objetivos” o de “políticamente correctos”, todos y cada uno de los rancios prejuicios culturales y sociales que alumbraron su nacimiento. La idea de que las cualidades humanas, las virtudes y los defectos, son innatas, se pueden encontrar hoy disfrazadas de disciplina científica bajo la denominación de “Genética del comportamiento humano”, un artificio totalmente rebatido por los conocimientos actuales sobre la expresión génica en la que ni siquiera existe la ya anticuada creencia de una relación directa entre un gen y una simple proteína y en la que el ambiente juega un papel primordial. Cuánto menor aún será la supuesta relación entre “los genes” y algo tan complejo, tan circunstancial y tan influido por el ambiente (por el aprendizaje) como es el comportamiento humano.

Sin embargo, esta pretendida disciplina científica parece contar con una consideración creciente en nuestro entorno cultural, aún cuando las aplicaciones de sus imaginarios descubrimientos sólo pueden ser negativas: No se pueden sustituir, en todos los marginados o inadaptados sus supuestos “genes defectuosos” por genes de triunfador o de “políticamente correcto”, pero sí puede resultar una causa de discriminación más grave, más injusta y más falsa que cualquier otra, la consideración de que ciertos individuos sean portadores de estos falsos genes “inadecuados”.

Detrás de la ciencia está el prejuicio
Desgraciadamente, las informaciones sobre la extremada complejidad y de lo (mucho) que desconocemos de los fenómenos biológicos no resultan tan “periodísticas” como las simplificaciones dogmáticas de los científicos darwinistas o las noticias sobre descubrimientos espectaculares como los de “los genes del miedo” o de la homosexualidad o, incluso, de la base genética de la marginalidad. Y lo realmente dramático es que esta concepción de la naturaleza humana está calando profundamente en la sociedad porque confiere un carácter científico a muy viejos y muy nefastos prejuicios. Y así, se extiende a pueblos o culturas enteras la condición de “intrínsecamente perversos”, fanáticos o delincuentes, por naturaleza, porque lo llevan en sus genes. La hipocresía de afirmar que las diferencias creadas en el Mundo por unas circunstancias históricas concretas y acentuadas por un modelo económico aberrante (el modelo del que surgieron las bases conceptuales del darwinismo) son “naturales”, oculta en realidad una cínica justificación de la situación y transmite una estúpida creencia en la propia superioridad. Porque la competencia “está en la naturaleza humana” (Arsuaga, 2002), y los que triunfan son los mejores. Al parecer, la única posibilidad, no ya de éxito, sino de simple supervivencia, está en una competencia permanente, y del mismo modo que en la teoría darwinista la supervivencia del “más apto” pretende justificar “con el tiempo” lo injustificable, la “libre competencia” será beneficiosa para todos “con el tiempo” como se puede comprobar observando la situación, cada día más dramática, en que se encuentra la mayor parte de la Humanidad.

La desalentadora sensación que produce la aceptación de estos argumentos cargados de conceptos vacíos, es de que estamos asistiendo a una crisis, no sólo ética (que es muy evidente), sino también intelectual. De que se ha extendido una especie de “pereza mental” que impide profundizar, no sólo en la comprensión de los fenómenos naturales, sino también en las causas (en la raíz) de los graves problemas a los que se enfrenta la Humanidad y afrontarlos de una manera coherente. Porque, como hasta la persona más sencilla (o más “primitiva”) puede comprender, en toda competencia hay pocos ganadores y muchos perdedores. Y, de seguir por este camino, el premio para los vencedores no va a ser, precisamente, envidiable.

© Máximo Sandín 2002

Agradecimientos: A mi colega Armando González por las siempre enriquecedoras conversaciones sobre osteología humana y por sus aportaciones de documentación. (María está “muy ocupada”). 

Nota: Este artículo contiene una extensísima bibliografía de varias páginas que por razones de espacio no puedo reproducir aquí. Para los interesados en consultar dicha bibliografía, les remito a la fuente original o a la revista digital  Dogmacero, nº 4 (2013).

Fuente:  www.somosbacteriasyvirus.com/articulos

Fuente imágenes: Wikimedia Commons