Mostrando entradas con la etiqueta Schwaller de Lubicz. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Schwaller de Lubicz. Mostrar todas las entradas

sábado, 12 de enero de 2019

Guía alternativa al antiguo Egipto


Tanto si hablamos de arqueología ortodoxa como de arqueología alternativa, el antiguo Egipto es sin duda uno de los temas estrella que más atraen a los investigadores y al público en general. El Egipto faraónico lleva siglos fascinando a los occidentales y ha dado pie a dos corrientes o enfoques de estudio. Por un lado, tenemos la Egiptología, que nació como ciencia hace unos 200 años y que pretende ser la vía científica rigurosa y objetiva para acceder al conocimiento del antiguo Egipto. Por otro lado, está la arqueología alternativa, que ha buscado otros caminos que van desde lo esotérico a lo especulativo o fantástico, pasando por múltiples visiones más o menos heterodoxas, o bien reinterpretaciones en claves científicas bastante distintas a las empleadas por los egiptólogos.

De todo ello he escrito ampliamente en este blog, pero he creído oportuno dar ahora una visión holística de la bibliografía alternativa sobre el antiguo Egipto, a fin de que los aficionados tengan referencias claras y directas de los autores más destacados y las teorías y cuestiones más debatidas, y dispongan de una guía de lectura completa sobre esta materia, teniendo en cuenta que la bibliografía alternativa sobre este tema es enorme y  muy diversa y que es muy difícil conocer y abarcar todas las obras más o menos específicas. Por ello, necesariamente me centraré en las obras que a mi juicio son las más representativas y que en la medida de lo posible estén disponibles en lengua castellana, si bien la gran mayoría de éstas han sido escritas originalmente en inglés (y algunas en francés).

Para empezar por los inicios de la arqueología alternativa en Egipto es obligado citar dos obras de mediados del siglo XIX que pusieron los cimientos de lo que luego se llamó piramidología, centrada básicamente en el estudio de la Gran Pirámide de Guiza desde perspectivas heterodoxas (o pseudocientíficas, según los académicos). Me refiero al libro del matemático británico John Taylor The Great Pyramid: Why was it built? & Who built it? (“La Gran Pirámide: ¿por qué se construyó? y ¿quién la construyó?”) y al del astrónomo escocés Charles Piazzi Smyth Our Inheritance in the Great Pyramid (“Nuestra herencia en la Gran Pirámide”). Para todos aquellos que deseen saber de dónde proceden las obsesiones por las medidas de la Gran Pirámide, sus relaciones matemáticas y geométricas y las referencias a una civilización distinta de la egipcia como constructora de este monumento, estas son las genuinas fuentes, de las que luego han bebido muchos autores del siglo XX y aún del XXI.

Ya entrados en el siglo XX hasta inicios del XXI, se han escrito numerosas obras alternativas de todo tipo, pero para introducirnos en el Egipto alternativo de forma genérica, podríamos citar algunos libros destacados:

BAUVAL, Robert. Código Egipto. Martínez Roca, 2007. El libro desarrolla la tesis arqueoastronómica del autor según la cual los egipcios dispusieron sus monumentos sobre la tierra a imagen del firmamento, por la máxima esotérica de “como es arriba, así es abajo”.

BAUVAL, Robert; GILBERT, Adrian. El misterio de Orión. Salamandra. Barcelona, 1996. Libro fundamental que plantea la ya famosa “teoría de la correlación de Orión”, y aunque está basada en las pirámides de Guiza, contiene toda una nueva lectura de la civilización egipcia en base a la astronomía, los Textos de las pirámides, la mitología y una cierta religión estelar.

HANCOCK, Graham. Las huellas de los dioses. Ediciones B. Barcelona, 1996. Obra general de referencia sobre arqueología alternativa que contiene varios capítulos de interés sobre la civilización egipcia, en particular sobre sus orígenes míticos. También destaca por sacar a la palestra el tema de la antigüedad de los monumentos y sus métodos de construcción.

SCHWALLER DE LUBICZ, René. El templo en el hombre: arquitectura sagrada y el hombre perfecto. Edaf. Madrid, 2007. Un clásico sobre la interpretación herética del antiguo Egipto –a partir del templo de Luxor– en función de un simbolismo sagrado y unos altos conocimientos científicos y esotéricos.

SLOSMAN, Albert. Y Dios resucitó en Dendera. Ed. Luciérnaga, 2002. Toda la obra de este investigador francés vale la pena por su visión heterodoxa sobre los orígenes de la civilización egipcia y sus conexiones con el mito de la Atlántida.

WEST, John Anthony. La serpiente celeste. Grijalbo, Barcelona, 2000. Obra esencial, continuación en parte de Schwaller, y que plantea una fuerte oposición a los principios aceptados por la Egiptología. Asimismo, introduce el polémico tema de la antigüedad de la Esfinge.

Si nos centramos exclusivamente en la bibliografía sobre la Gran Pirámide (o las tres grandes pirámides de Guiza, y en menor medida el resto de pirámides), tenemos un amplio abanico de autores y enfoques. Para tener una idea global de las diversas visiones, recomiendo los siguiente libros:

ÁLVAREZ, José. El enigma de las pirámides. Ed. Kier. Buenos Aires, 1965. Es una brillante aproximación científica heterodoxa del físico y químico argentino que aborda varios elementos de las pirámides y de la antigua tecnología egipcia que la ciencia oficial no ha abordado o lo ha hecho de forma errónea.

ARES, Nacho. El enigma de la gran pirámide: un viaje a la primera maravilla del mundo. Oberón. Madrid, 2004. Análisis histórico-arqueológico bien documentado de la Gran Pirámide, según un egiptólogo de carrera pero abierto a las teorías alternativas.

BRABIN, Stephen. The incomplete pyramids. Manchester, 2010. Estudio heterodoxo de las pirámides sobre todo con relación a los Textos de las Pirámides y ciertas peculiaridades estructurales y astronómicas.

Scott Creighton
CREIGHTON, Scott. The secret chamber of Osiris. Bear & Company, 2014. La propuesta del autor, a partir de ciertas fuentes árabes, es que las antiguas pirámides fueron construidas como enormes silos para almacenar bienes ante la eventualidad de un gran cataclismo natural[1].  

DAVIDOVITS, Joseph. The Pyramids: An Enigma Solved. Hippocrene Books, 1988. Obra de referencia sobre la posible artificialidad de los bloques que componen la Gran Pirámide, a partir de una especie de “cemento”, lo que explicaría una mayor facilidad para construir el monumento.

DELGADO, Manuel J. El secreto de la gran pirámide. Edaf. Madrid, 2002. Posiblemente Delgado es el más notable piramidólogo español y si bien su libro no aporta muchas novedades es una guía completa de las cuestiones más polémicas y ofrece algunas reflexiones interesantes a partir de su propia investigación.

DUNN, Christopher. Tecnologías del antiguo Egipto. Ed. Urano. Barcelona, 2000. El autor cree que los egipcios disponían de una alta tecnología con unos estándares superiores a los nuestros y su propuesta principal es que la Gran Pirámide era en realidad una compleja máquina para generar energía a partir de la propia vibración terrestre.  

MOREUX, T. La ciencia misteriosa de los faraones. Ed. Safián. Buenos Aires, 1956. Obra quizá poco conocida pero que realiza un buen compendio de toda la Piramidología más clásica hasta mediados del siglo XX.

POCHAN, André. El enigma de la gran pirámide. Plaza & Janés. Barcelona, 1976. Libro de gran interés que navega entre la ortodoxia y la herejía, con muchos datos, amplio contexto histórico de fuentes antiguas, hallazgos notables (el bloqueo del corredor ascendente o el efecto relámpago[2]) y otras propuestas más o menos audaces.

SCHMITZ, Eckhart. The Great Pyramid of Giza: decoding the measure of a monument. Friesens, 2012. Se trata de uno de los últimos estudios a fondo sobre la estructura, geometría y medidas de la Gran Pirámide.

Robert Schoch
SCHOCH, Robert. El misterio de la pirámide de Keops. Edaf. Madrid, 2007. Visión científica en clave alternativa sobre la construcción y el propósito de la Gran Pirámide y análisis de buena parte de las propuestas alternativas que se han hecho hasta la fecha.

TOMPKINS, Peter. Secretos de la Gran Pirámide. Diana, 1990. Un clásico que repasa todas las investigaciones e incógnitas que se han ido acumulando en el estudio de la Gran Pirámide.

TOTH, M.; NIELSEN, G. El poder mágico de las pirámides. Martínez Roca. Barcelona, 1977. Obra que se centra en el estudio de las propiedades energéticas de las pirámides en varios campos, negadas por el estamento académico.

En cuanto a la no menos famosa Gran Esfinge, también se han ha publicado bastantes libros, entre los cuales destacaría estos tres:

HANCOCK, G.; BAUVAL, R. Guardián del Génesis: la búsqueda del legado oculto de la humanidad. Seix Barral, Barcelona, 1997. Posiblemente la obra más completa sobre la Esfinge, su datación y su significado simbólico y astronómico.

SCHOCH, Robert; BAUVAL, Robert. Origins of the Sphinx: Celestial Guardian of Pre-Pharaonic Civilization. Inner Traditions, 2017. Colaboración entre Schoch y Bauval, dos investigadores que han aportado mucho en la visión alternativa de la Gran Esfinge desde diferentes enfoques, sobre todo el geológico y el astronómico.

TEMPLE, Robert. The Sphynx Mystery. Inner Traditions Bear and Company, 2009. Una visión alternativa sobre el origen y sentido de la Esfinge que se desmarca de la ortodoxia pero también de las tesis de West y Schoch.

Aparte de las obras citadas, otros autores alternativos han escrito sobre aspectos puntuales del antiguo Egipto y en algunas ocasiones sus propuestas han creado escuela o han generado nuevas controversias. Aquí podríamos citar al clásico El misterio de Sirio de Robert Temple u otras obras menores, como la de Collins y Ogilvie-Herald Tutankhamun: The Exodus Conspiracy (“Tutankhamon: la conspiración del Éxodo”), de 2002. Pero para grandes polémicas cabe mencionar el caso de Zecharia Sitchin con su libro Stairway to Heaven (“La escalera al cielo”), de 1980, en el cual el autor leía el Egipto faraónico en clave Anunnaki (extraterrestre) y consideraba que las pirámides habían sido construidas como grandes balizas aeroespaciales. Incluso llegó a interpretar los “viajes al más allá” de los faraones –narrados en los Textos de la Pirámides– como auténticos viajes espaciales. Pero sin duda el aspecto que más revuelo causó fue su argumentario sobre el hipotético fraude realizado por el egiptólogo Howard-Vyse en las cámaras de descarga de la Gran Pirámide. Dicha teoría hizo correr nuevos ríos de tinta, y en particular cabe citar la aportación reciente de Scott Creighton y su libro de 2016 The Great Pyramid Hoax  (“El fraude de la gran Pirámide”).

Otro autor que vale la pena leer es el ya fallecido científico norteamericano Clesson Harvey, cuya interpretación herética de los Textos de las Pirámides es toda una revolución, al presentar la evidencia de que los antiguos egipcios poseían altos conocimientos esotéricos y científicos que les permitían alcanzar estados superiores de conciencia, entre otras cosas. Su libro más destacado es Opening the door to immortality (Abriendo la puerta a la inmortalidad), publicado en 2012.

Para finalizar, una recomendación bibliográfica para los que prefieran experimentar la arqueología egipcia sobre el terreno. Así, para realizar un viaje real por las ruinas del antiguo Egipto, sugiero la lectura del muy ameno libro de Fernando Jiménez (hijo del mítico profesor Jiménez del Oso) titulado Un viaje mágico por Egipto, publicado en 2007, con una serie de rutas bien explicadas e ilustradas, y con muchos guiños a las propuestas alternativas.

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] No obstante, Creighton es más conocido por defender ardorosamente la tesis del fraude de los cartuchos de Khufu a cargo de Howard-Vyse.
[2] Dicho efecto lumínico tiene lugar gracias a que la Gran Pirámide, según descubrió Pochan, tiene en realidad ocho caras y no cuatro.

martes, 2 de febrero de 2016

Conciencia, Física cuántica y antigua simbología



¿Qué conocimientos del universo y de la realidad tenían los antiguos? ¿Carecían realmente de una visión científica de las cuestiones más trascendentales? Estas preguntas han sido objeto de reflexión e investigación por parte de varios autores alternativos, y sus conclusiones les han llevado más de una vez a plantear escenarios “imposibles” para la ciencia ortodoxa. Así, investigadores como Schwaller de Lubicz, J.A. West o Clesson Harvey han puesto de manifiesto que los antiguos egipcios tenían una ciencia sagrada muy desarrollada que enlazaba lo físico con lo metafísico y que de alguna manera había quedado oculta bajo un manto simbólico o religioso.

Con relación a estos temas, me es grato presentar el siguiente artículo de un autor norteamericano, Edward F. Malkowski, que sigue esta línea de descubrir una ciencia insospechada en el arte, el simbolismo o la tecnología de los antiguos egipcios, que podría conectarse con las antiguas escuelas mistéricas de altos saberes reservados a unos pocos iniciados. Malkowski escribió hace pocos años un libro (The Spiritual Technology of Ancient Egypt: Sacred Science and the Mystery of Consciousness: “La tecnología espiritual del antiguo Egipto: ciencia sagrada y el misterio de la conciencia”) sobre esta cuestión y defendió la tesis de que los egipcios ya tenían un conocimiento preciso de los principios de la física cuántica, del cosmos y de la naturaleza de la conciencia. De este modo, y tomando como referencia la visión de Schwaller, Malkowski cree que el antiguo Egipto ha sido malinterpretado como un mundo de mito y superstición, cuando en realidad disponía de una cosmovisión tan avanzada como la más moderna ciencia de nuestro tiempo.  




Filosofía cuántica y la antigua escuela mistérica




La Física cuántica, responsable de la tecnología microelectrónica que nos trajo el teléfono móvil, el ordenador (o computadora) e Internet, ha demostrado ser la teoría científica de más éxito de la historia. La Física cuántica es también la fuente de una nueva comprensión del mundo que nos rodea.

Aunque los principios fundamentales de la física cuántica se desarrollaron en los años 20 y 30 del siglo pasado, no fue hasta 1970 en que su influencia se filtró en nuestra visión del mundo cultural. En 1975, con el respaldo de uno de los creadores de la Física cuántica, el Premio Nobel Werner Heisenberg, Fritjof Capra exploró las similitudes entre la Física cuántica y la tradición mística oriental en su obra El Tao de la Física. Y cuatro años después se publicó otro libro de referencia: La danza de los maestros de Wu Li: una visión general de la nueva Física, de Gary Zukav. Con estos libros, y muchos otros que siguieron, comenzó a surgir una nueva visión del mundo que abordaba la interconexión entre el Hombre y la Naturaleza.

Todo está conectado a través de un campo universal de partículas virtuales, y todos somos parte de un solo sistema viviente. Lo que esta nueva visión del mundo sugiere es que la forma física como conciencia biológica es una expresión local de un fenómeno universal comúnmente conocido como Conciencia. El ciclo de la vida y de la evolución de la forma son procesos naturales que crean un marco para la experiencia en la que la conciencia es un aspecto fundamental de la realidad, tanto como las dimensiones espaciales. La Conciencia, que antaño fue concebida sólo como el producto de la química del cerebro, es vista ahora como la fuerza impulsora eterna para todo lo que existe, y se manifiesta por medio de la forma física con el fin de experimentar.

Erwin Schrödinger
Aunque la mente es en gran medida un concepto enigmático y muy debatible, esta nueva visión del mundo también sugiere que la mente del individuo es un proceso de este fenómeno universal de experiencia, en vez de ser una entidad separada. Otro creador de la Física cuántica y Premio Nobel, Erwin Schrödinger, ve este problema entre una Mente y la mente de muchos como un problema de aritmética. Para Schrödinger, nuestra percepción es científicamente indescriptible porque la mente es en sí misma esa imagen del mundo. Por lo tanto, la mente individual es idéntica a toda la Mente y por consiguiente no puede ser contenida en ella como parte de ella. Esto crea un problema, porque hay una multitud de individuos que experimentan la conciencia, pero sólo hay un mundo.

Una respuesta a esta paradoja es que cada uno de nosotros experimenta un mundo único, lo que Schrödinger descarta sumariamente. Sólo hay una alternativa. La multiplicidad de las mentes es sólo aparente; en realidad sólo existe una única Mente. Tal concepto comporta consecuencias complejas para la definición y la naturaleza del conocimiento.


Sabiduría Secreta - Ciencia Sagrada



Se podría pensar que, dado que la física cuántica es una rama relativamente nueva de la ciencia, esta floreciente filosofía de la Nueva Ciencia también es nueva. Pero no lo es. Estas nuevas visiones sobre la naturaleza y la realidad son muy antiguas, pero han sido enmascaradas por los modernos intentos de presentar la antigua cultura y religión egipcia como algo primitivo. Los conceptos de mente y conciencia, así como reencarnación y evolución, se expresaron hace mucho tiempo en lo que los historiadores han llamado la Antigua Escuela Mistérica, o lo que Schwaller de Lubicz denomina ciencia sagrada. Aunque fue ocultada por el secretismo del templo y los ritos de iniciación, las antiguas escuelas egipcias enseñaron esta sabiduría secreta a través del mito y del simbolismo, un enfoque que lleva a una comprensión del mundo que es prácticamente idéntica a la filosofía de la Nueva Ciencia de hoy.

De hecho, la ciencia sagrada de los antiguos egipcios, mejor descrita como una filosofía de los principios de la Naturaleza, inspiró a los hebreos, a los griegos, a los romanos y a los cristianos, lo que llevó a la aparición de lo que llamamos civilización occidental. Pero para nosotros, miles de años después, el conocimiento fundacional de nuestra civilización se ha perdido del todo. Sin embargo, siempre ha habido un grupo de personas que han transmitido la sabiduría secreta y la ciencia sagrada de los antiguos egipcios: cabalistas, herméticos, gnósticos, sufíes, budistas y alquimistas. Y es secreta sólo en el sentido de que esta sabiduría debe ser entendida a través del esoterismo y del símbolo, y es sagrada sólo en el sentido de que la investigación científica conduce inevitablemente a una comprensión del hombre y de la Divinidad y a un conocimiento único del “yo mismo”.

Dejando atrás los prejuicios modernos y mirando profundamente la civilización del antiguo Egipto, hallamos una brillantez y una comprensión que rivaliza con nuestro conocimiento actual. Sus dioses eran de un orden diferente de nuestro concepto occidental de Dios. No eran dioses en absoluto, sino los principios de la naturaleza que representaban conceptos tales como la digestión y la respiración. También representaban cualidades intangibles que se encuentran en la humanidad como el conocimiento y la personalidad. Esta antigua visión de la naturaleza ha sido confundida como religiosa y de culto, pero es, de hecho, técnica y filosófica.

Por ejemplo, la diadema del rey con la serpiente y el buitre simboliza los principios de la vida y la forma. La serpiente representa el concepto de la fuente de todo lo que existe y su manifestación como el cosmos; y el buitre, la inmortalidad espiritual del hombre. Al igual que un espíritu, el buitre, volando alto en el cielo, se escapa de este mundo a una existencia más allá de los límites de la Tierra. Por lo tanto, la diadema de Faraón simboliza la realeza del hombre en un sentido cósmico y el misterio de la esencia de la vida, donde el misterio es la realidad de Causa y Efecto. Este misterio, que define la experiencia humana es abstracto, pero opera a través de la corte de concreto de tres dimensiones para crear otra abstracción: lo que experimentamos como conciencia y auto-percepción.

De qué modo los antiguos egipcios desarrollaron una filosofía tan refinada es un misterio en sí mismo. Para estudiosos como Samuel Mercer, que tradujo los Textos de las Pirámides de Sakkara durante la década de 1950, los principios de esta filosofía parecen haber surgido totalmente formados hace casi 5.000 años sin un precedente histórico. Es irónico que las capacidades técnicas del antiguo Egipto, tan ambiciosas, tan precisas, también parecen haber surgido completamente formadas y sin precedentes. Sin embargo, esto no nos debe sorprender, ya que el desarrollo de una filosofía sofisticada no se da sin una tecnología sofisticada.

R. Schwaller de Lubicz
Tal visión de las tradiciones más antiguas del antiguo Egipto alimenta las semillas de la duda sobre el modelo lineal de la historia del hombre y la civilización. Especialmente, cuando la filosofía de la emergente Nueva Ciencia es paralela a conceptos delineados hace mucho tiempo en el Templo de Rameses de Amón-Mut-Khonsu, que fue tan meticulosamente descrito por Schwaller de Lubicz en sus dos volúmenes de El Templo del Hombre. En 1937, el alquimista y filósofo hermético René A. Schwaller de Lubicz fue atraído a Egipto por una inscripción en la tumba de Rameses en la cual el Faraón estaba representado como el lado de un triángulo recto (3:4:5). Para Schwaller de Lubicz, esto significaba que los antiguos egipcios entendieron la geometría del Teorema de Pitágoras mucho antes del nacimiento de Pitágoras. Así, intrigado, se trasladó a Luxor y estudió el arte y la arquitectura del antiguo Egipto durante trece años, y llegó a la conclusión de que la arquitectura del templo era un ejercicio deliberado de proporción. El templo, en su detalle, era descrito como una ciencia de la naturaleza del hombre, una filosofía que Schwaller de Lubicz denominó Antropocosmos, o el Hombre-Cosmos.

Filosofía del Antropocosmos



Quiénes somos y por qué estamos aquí, el último misterio, probablemente seguirá siendo un misterio científico. Intuitivamente, no obstante, este misterio se puede entender sobre la comprensión de que nuestra existencia como forma biológica consciente se puede remontar a los acontecimientos cósmicos, y que las condiciones para nuestra existencia se pueden remontar a un estado universal. Nuestra Tierra depende del Sol y del Sistema Solar en que está atrapada gravitacionalmente. Éste a su vez depende de la Vía Láctea, en el que está atrapado gravitacionalmente; que a su vez también se mantiene en su lugar por otras fuerzas, incluyendo (pero no limitándose a) nuestras galaxias vecinas. Cualquier interrupción en esta línea de dependencia cósmica probablemente resultaría en el cese de nuestra existencia. Por lo tanto, se puede decir que el cosmos es la verdadera naturaleza del hombre, y la forma es el único medio de su expresión.

El hombre transforma la energía en la realidad percibida.
Aunque parezca que somos insignificantemente pequeños en comparación con el resto del universo, hay una sola verdad de nuestra existencia que no puede  negarse y que le da credibilidad a la naturaleza abstracta del hombre: la realidad del observador. Nosotros observamos y percibimos una disposición de energía ordenada –aunque dinámica– que, de modo natural, transformamos en vista, oído, olfato, gusto y tacto. Eliminar las medidas de esta realidad representa la destrucción de la realidad, lo que sugiere que el universo nunca fue concreto en primera instancia. Sólo percibimos que está. Por lo tanto, al igual que Platón en su cueva, se puede concluir que la concreción y la forma en que vivimos son realmente sólo el conocimiento de tales cosas. Einstein lo aceptó implícitamente en una de sus famosas declaraciones: “La realidad es una ilusión, aunque sea muy persistente”.

La pregunta más interesante es: ¿de dónde viene nuestra capacidad para observar y percibir? Según los físicos, se trata de un evento llamado colapso del vector de estado, donde todos los estados posibles del sistema (el universo) colapsan en un solo estado observado.

Durante la década de 1920, mientras Heisenberg y Bohr estaban desarrollando la teoría cuántica, se dieron cuenta de que tenía que crearse un nuevo punto de vista para lograr una adecuada comprensión del mundo cuántico. La visión clásica de un mundo discreto simplemente no funcionaría. Para lograr esto, adoptaron la idea de que el mundo no es fundamentalmente una colección de objetos discretos, sino un mundo unificado e indistinto de energía en el cual, a veces, se perciben objetos discretos. Para explicar sus puntos de vista, Heisenberg desarrolló su teoría de la matriz de ondas, y Schrödinger su mecánica ondulatoria. Aunque son ligeramente diferentes en su enfoque, estas dos teorías ofrecen una descripción más precisa de la estructura atómica que la formulada por la física clásica.

Lo que sus teorías establecen es que toda la materia existe como una estructura de onda que no podemos ver directamente. Lo que vemos es la localización de la estructura de onda con su liberación de energía, que es una forma sencilla de explicar el colapso del vector de estado. La energía liberada es lo que los físicos llaman un fotón (una partícula de luz). Percibimos la energía liberada como una partícula, a pesar de que en realidad es una onda; esto es así porque es de este modo como funciona el cerebro humano.

Sin el colapso del vector de estado no habría ninguna percepción de la separación, ninguna forma de experimentar y, en consecuencia, ninguna expresión. El cosmos se mantendría en un estado indefinido de carácter absoluto, un potencial de todas las posibilidades cósmicas. Toda la materia que conforma el cosmos es en realidad energía configura que ahora existe como resultado de la nucleosíntesis estelar y supernovas. El carbono, el nitrógeno, el oxígeno y otros elementos pesados –los ladrillos que forman el edificio de la vida– se crearon como resultado del colapso de grandes estrellas a causa de su propio peso y de la posterior explosión de un calor tremendo, extendiendo así los elementos recién creados en el espacio vacío para formar nubes interestelares. Las recientes investigaciones sugieren que incluso los aminoácidos, importantes para la síntesis de proteínas, se formaron en las nubes interestelares. Por lo tanto, los científicos argumentan que, dado que los elementos que componen nuestros cuerpos son el resultado de un proceso cósmico, entonces estamos hechos de polvo de estrellas y somos, literalmente, hijos de las estrellas.

El Big Bang como origen del universo ha sido el modelo elegido por los cosmólogos durante muchas décadas, pero siempre ha sido una paradoja científica. Nuestras leyes conocidas de la física no son válidas hasta después del momento del Big Bang. Así que, ¿cómo se llega a un universo que experimentamos, que surgió de la nada? Tal vez el Big Bang es sólo una perspectiva para explicar el actual cuerpo de datos científicos, y no representa con precisión los acontecimientos reales. Así como la naturaleza, tal vez el universo sea cíclico y oscile entre la destrucción sin fin y la creación de las galaxias. Nadie lo sabe realmente.

Sin embargo, lo que sí sabemos, y podemos estar seguros de ello, es nuestra experiencia consciente. Es la única cosa en la que los seis mil millones de humanos podemos estar de acuerdo, y es la clave para la comprensión de la naturaleza. Según el Antropocosmos, la Conciencia crea un lugar con el fin de tener una experiencia, y lo hace a través de la cuantificación única de sus cualidades. Esta comprensión cósmica y antrópica de la Nueva Ciencia del hombre presenta los mismos principios que fueron conformados en la arquitectura del templo de Amón-Mut-Khonsu de Luxor.

El templo no era sobre la piedad de un hombre, sino sobre nuestro legado solar en tanto que Hombre Divino filosófico retratado en las grandes estatuas de Rameses: el nacimiento del sol. El templo era (y es) una forma de comunicación, una lección, y en su esencia hallamos la filosofía de sus constructores grabada en piedra. Amón, Mut y Khonsu no eran “dioses” en el sentido religioso occidental, sino principios que forman y explican la naturaleza de la humanidad, tan coherentemente como se puede explicar un tema tan abstracto.



La definición del hombre y de la historia de la experiencia humana fueron construidas en la arquitectura del templo. Físicamente, el templo describe la estructura del hombre, desde la importancia del fémur en la creación de células de la sangre hasta la función de la glándula pineal en el cerebro. Espiritualmente, el templo transmite el drama cósmico de la vida y la inmortalidad espiritual del hombre. Amón era “el Oculto” o “el Invisible”, mejor descrito hoy como el concepto occidental de Dios, omnipotente y omnipresente, o, desde un punto de vista científico, el campo de energía que impregna todo lo que existe. Desde el punto de vista del antiguo Egipto, Amón se autocreó como poder creador y fuente de todo lo que existe. Mut, que significa “madre”, era la esposa cósmica de Amón y la madre del “Hijo” Khonsu que representaba al Rey.

Sin embargo, la Realeza de Khonsu no era una realeza física, sino que más bien se refiere a un gobernante cósmico (o espiritual) que se encarnó a través de los principios de la naturaleza. Por lo tanto, Khonsu el Rey representa la esencia de la humanidad –el “Hombre” arquetípico– y la esencia de todos los que alguna vez vivieron, los que están vivos ahora y los que van a vivir en el futuro. Khonsu, al estar asociado con Re y Thoth, representaba la esencia de la energía de la vida y la sabiduría del hombre y el conocimiento, donde la humanidad es una consecuencia de la evolución del universo que culminó con la dotación física de la auto-percepción del universo. En el mito, Khonsu era un amante de los juegos, pero también era el principio de la sanación, la concepción y el parto. Literalmente, era “el rey-placenta”.

Tal como simboliza el antiguo Uroboros, la serpiente circular que se muerde la cola, hemos llegado al punto de partida en la comprensión de nosotros mismos a través de nuestros modernos esfuerzos científicos. Nadie sabe a ciencia cierta en qué cultura o en qué momento se plasmó el Uroboros como símbolo, pero sin duda es uno de los símbolos más antiguos de la humanidad.

Representación del Uroboros
Platón nos dice en el Timeo que esta serpiente era autosuficiente, ya que nada existía fuera de ésta. El movimiento era el adecuado para su estructura esférica, dado que se hizo para moverse de forma circular. Por lo tanto, como resultado de sus propias limitaciones, da vueltas en círculo, y a partir de este movimiento fue creado el universo. Desde el período del Egipto ptolemaico, el artista que dibujó la Chrysopoeia (orfebrería) de Kleopatra escribió dentro de la serpiente circular: “El todo es uno”. Por lo tanto, la serpiente es el antiguo símbolo egipcio que representa la auto-creación y la fuente de la vida: “Se mata, se casa, y se fecunda a sí mismo”, escribe Erich Neumann en El origen y la historia de la conciencia; “es el hombre y la mujer, el principio y la concepción, la depredación y el nacimiento, lo activo y lo pasivo, lo que está arriba y abajo, a la vez.”

Para los antiguos egipcios, el Uroboros –la serpiente– representa el principio creador del cosmos, así como el cosmos mismo. Dado que la forma de la serpiente es singular, sin apéndices, pero tiene una lengua bífida y el pene bifurcado, su forma es un símbolo apropiado del movimiento inicial de la creación de un estado indiferenciado a un mundo de multiplicidad; un movimiento de Uno a Dos. Lo que Schwaller define como “escisión primordial”.

El Uroboros, sin embargo, no es sólo un antiguo símbolo mítico, ni es la imagen fabricada de la mente primitiva. Más bien es la identificación del hombre con el constante estado eterno de Unidad, cuya esencia es un profundo recuerdo de un origen que las palabras no pueden explicar y que tiene que ser entendido a través de esoterismo. Como tal, el esoterismo del Uroboros es hoy tan válido como lo era en los albores del hombre, como el físico Joel Primack y su esposa Nancy Ellen Abrams demostraron en La visión desde el centro del universo, un tratado cosmológico moderno en el que el Uroboros se retrata como la representación de la unidad cuántica de todo lo que existe dentro de las vastas dimensiones de la escala cósmica.

La tecnología espiritual del Antiguo Egipto



La visión del mundo occidental tiene una larga tradición de separar lo físico de lo conceptual; lo científico de lo religioso. Así que, al juntarse espiritualidad y tecnología, parecen contradictorias. Esta contradicción, sin embargo, se basa en una visión ingenua y exotérica de los conceptos de espíritu y tecnología.
 
El espíritu no es algo inconmensurable, metafísico. Más bien, el espíritu es la fuerza impulsora que está detrás de la experiencia humana, la búsqueda del conocimiento, y el poder constructivo de la civilización que se puede medir mediante el logro. La tecnología es la aplicación
del conocimiento, que ofrece bienestar a la civilización. Igualmente, la tecnología, al ser la aplicación de la ciencia en los aspectos prácticos civiles, es también el poder constructivo de la civilización.

A pesar de que el producto final de la tecnología es del todo evidente, es el espíritu del hombre el que transforma las ideas en conceptos y los conceptos en conocimiento, el cual –a través de la deslumbrante ingeniería– convierte la ciencia en tecnología y hace que la vida sea más eficiente y cómoda. Todo producto comenzó alguna vez gracias a la inspiración y la creatividad de alguien. Así, el espíritu y la tecnología son diferentes aspectos de la misma actividad humana.

El deseo de saber nos inspira, y el siempre creciente nivel de conocimiento y tecnología nos ha permitido alcanzar nuevas cotas en la comprensión de nuestro estado de existencia. ¿Pero qué podría haber inspirado a los antiguos egipcios? Schwaller de Lubicz cree que el antiguo Egipto fue el legado de una civilización técnica de la cual no hay antecedentes o conocimiento en el mundo actual, una civilización para la que el espíritu y la tecnología estaban integradas en una cosmovisión que abarcaba el misterio de la vida. Para mí, este es legado técnico y espiritual que es tan evidente en el arte y la cultura del antiguo Egipto. 

© E. F. Malkowski 2008




Fuente original (en inglés): http://grahamhancock.com/malkowskie1/

sábado, 16 de noviembre de 2013

"La serpiente celeste", de John Anthony West


(Reseña del libro "La serpiente celeste", aparecida en el n.º 2 de la revista Dogmacero)

La serpiente celeste es sin duda uno de esos libros que permiten al lector abrir el pensamiento a nuevas maneras de ver la ciencia y en este caso podemos decir sin exageración que es además una de las obras de referencia y lectura obligada para todos aquellos interesados en la llamada arqueología alternativa.


Frente a la imagen del Antiguo Egipto que nos ofrece la egiptología oficial, el escritor y egiptólogo amateur norteamericano John Anthony West presenta en este libro un Egipto completamente distinto, que exige una lectura pausada y reflexiva para superar prejuicios y visiones estereotipadas y así poder vislumbrar esa otra realidad.



Lo que West propone en La serpiente celeste (publicada originalmente en 1993) es la existencia de un Egipto simbolista, que debe ser estudiado e interpretado con un modelo de pensamiento bastante distinto del patrón científico convencional. Este concepto no es en realidad nada estrictamente nuevo; su obra es un homenaje y reivindicación del trabajo previo del filósofo y matemático francés René Schwaller de Lubicz (1887-1961), que estudió la civilización del antiguo Egipto durante muchos años pero desde un ángulo completamente heterodoxo. Concretamente, Schwaller realizó múltiples investigaciones en el templo de Luxor durante 15 años, que constituyeron la base de su libro Le temple de l’homme (“El templo del hombre”), una referencia obligada para muchos investigadores alternativos.



Esta propuesta simbolista se fundamenta en la idea de que la cultura egipcia estaba enormemente avanzada y que su conocimiento procedía de una cultura anterior que se remontaría al tiempo de los dioses. Según West, toda la civilización egipcia destilaba una sabiduría ancestral y sofisticada, llena de armonía y proporción, que impregnaba todos los aspectos de la vida, desde la arquitectura a la ciencia y el arte, pasando por la escritura, la literatura, las matemáticas, la medicina, la astronomía... En suma, la gran cultura egipcia debería estudiarse como un todo simbólico interrelacionado, como una ciencia sagrada holística, y no sólo como una suma de partes.



Para West, existen algunos principios clásicos de la historia y arqueología que falsean o tergiversan la auténtica realidad de las antiguas civilizaciones. En resumen, estos principios se sustentan en la idea de que el hombre “progresa” y que la evolución es consustancial con todo lo humano. Asimismo, la civilización implica progreso, y a mayor grado de civilización, mayor grado de progreso, y en consecuencia, no hay nada que los antiguos supieran y que nosotros no sepamos o comprendamos mejor. La obra de West trata de refutar esta concepción y comienza por plantear un concepto de civilización bastante distinto al que se enseña en universidades y escuelas. En sus propias palabras: “Por civilización entiendo una sociedad organizada sobre la convicción de que la humanidad está en la Tierra con un propósito. En una civilización, los hombres están más preocupados por la vida interior que por las condiciones de la existencia cotidiana.” Y West todavía va más allá, cuando afirma que la la egiptología ha malinterpretado completamente la esencia del Egipto faraónico:



«Según la explicación habitual, Egipto es una civilización de arquitectura asombrosa, reyes egocéntricos y populacho serviI y supersticioso. La visión simbolista ve Egipto de forma bastante diferente, como una civilización filosófica y espiritualmente (y en ciertas áreas, incluso científicamente) más avanzada que la nuestra, de la cual tenemos mucho que aprender.»



Para construir su discurso, West combina su propia interpretación de Schwaller con lo que afirma la egiptología ortodoxa y trata de ofrecernos una visión distinta de la civilización egipcia, una sabiduría o ciencia sagrada que trasciende de lo material y se insinúa en todos los órdenes de la vida, con una magnífica expresión en las representaciones artísticas. En el camino, West fustiga a la egiptología clásica por su falta de respuestas y por sus ideas preconcebidas y se acoge a numerosos ejemplos de perfección matemática y técnica de los egipcios, como expresiones inequívocas de armonía, proporción y equilibrio de esta antigua sabiduría. Esto nos conduce a la inevitable referencia a un arte sagrado (en especial, la arquitectura) que –gracias a una minoría de iniciados– se perpetuó en Egipto durante muchos siglos sin apenas cambios, y que tuvo su continuación a lo largo de la historia con altas dosis de simbolismo y esoterismo.



Desde este punto de vista, se nos hace difícil adentrarnos en esta civilización con una mentalidad racional, dado que los símbolos nos conducen inexorablemente por una vía mística, en consonancia con el alma profundamente religiosa –o mágica– de los antiguos egipcios. West enfatiza precisamente el carácter mágico del arte egipcio, que es una parte indivisible del todo (la sabiduría o el conocimiento), siendo la expresión artística la muestra genuina de esa sabiduría sagrada, la cual apenas se plasmó explícitamente por escrito. Así pues, West desgrana a lo largo del libro numerosos ejemplos de las manifestaciones de esa sabiduría holística en diversas facetas de la ciencia y la cultura egipcias, como la astronomía, las matemáticas, la medicina o la escritura jeroglífica. En todos estos casos, West se apoya en las investigaciones de Schwaller para mostrarnos que los egipcios tenían una forma de pensar y actuar sobre el mundo distinta a la actual, pero sorprendentemente avanzada en algunos aspectos, como se puede apreciar a través de algunos textos que se han conservado (por ejemplo, los papiros Rhind y Smith).



Para finalizar su obra, West lanza un órdago completo a la egiptología, ya que presenta la teoría de que la civilización egipcia, que arrancó perfectamente formada en casi todas sus características, no fue más que el legado de una civilización previa, la Atlántida. Entre otras observaciones, West menciona la famosa controversia de la datación de la Esfinge de Guiza, que ya fue insinuada por Schwaller, y que se basa en el patrón de erosión por agua que presenta el propio monumento y la cubeta donde se encuentra. Así, dado que en la época dinástica Egipto tenía un clima muy seco, parecido al actual, la erosión sólo pudo darse en épocas anteriores, cuando el norte de África tenía un mayor régimen de lluvias. Además, tanto la esfinge como su templo anexo no tienen parangón en tamaño y estilo con estructuras posteriores.



En definitiva, La serpiente celeste no es un libro fácil de digerir ni aceptar si se lee exclusivamente con los ojos del paradigma científico imperante. Sea como fuere, y sin necesidad de coincidir con todos los planteamientos de West, esta obra puede aportar fructíferas reflexiones que nos permitan avanzar hacia una comprensión global de la civilización egipcia. De hecho, para muchos investigadores procedentes del campo alternativo, el auténtico Antiguo Egipto todavía está por descubrir.



© Xavier Bartlett 2013