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martes, 25 de febrero de 2020

Asombrosa teoría sobre las líneas de Nazca


Sobre las famosas líneas y geoglifos de Nazca (Perú), redescubiertas hace casi un siglo, se ha dicho ya prácticamente todo, habiendo sido objeto de múltiples propuestas y teorías (académicas y alternativas), incluyendo algunas bastante radicales o fantasiosas, como la inevitable intervención extraterrestre, según Erich Von Däniken. Para los interesados en repasar el tema, en este mismo blog pueden consultar dos artículos anteriores en los cuales ya desgrané los argumentos más debatidos.

Ahora quisiera referirme a una nueva y asombrosa teoría que ha sido recientemente difundida en el sitio web de Graham Hancock, a cargo de tres investigadores independientes: Frank Maglione Nicholson, Ken Phungrasamee y David Grimason. Estos investigadores, que configuran un equipo de trabajo llamado “The Nazca Group”, afirman haber dado por fin la clave definitiva de las líneas y los geoglifos, aunque –con buen criterio– han bautizado a su propuesta como una mera hipótesis: la hipótesis del gran mapa circular de Nazca... si bien el concepto de mapa debe tomarse aquí de forma bastante abierta. Vamos pues a exponerla y analizarla brevemente a partir del extenso documento original en inglés[1].

Toda la propuesta está basada en dar un nuevo sentido al enorme despliegue de líneas rectas y figuras geométricas que se pueden observar sobre el terreno, y que durante décadas han sugerido todo tipo de interpretaciones, siendo las más comunes las referidas a alineaciones de estrellas o constelaciones o bien a la indicación de una serie de rutas sagradas. Aparte queda, por supuesto, la presencia de numerosos geoglifos (la mayoría en forma de animales), cuyo sentido y relación con las líneas aún se muestra –cuando menos– confuso. Sin embargo, para el Nazca Group no hay duda de que existió una relación directa entre ambos elementos. En su opinión, todo el conjunto de líneas tiene una coherencia interna pues formaría nada menos que una proyección gnomónica con el centro de la Tierra como su punto de vista cartográfico. Dicho de otro modo, se trataría de un inmenso mapa global en 2D que proyectaría en 3D una serie de grandes círculos que recorrerían la superficie del planeta. 

Según los autores, existen hasta cinco centros radiales o focos de proyección de donde salen multitud de líneas, y cada uno de estos centros representa un lugar específico de la Tierra. En cuatro casos han podido reconocer concretamente las ubicaciones: el río Amazonas, la isla de Pascua, Tiwanaku y el cabo Agulhas (en el extremo sur de África). Quedaría un punto en el Pacífico sin un referente específico. Para situar u orientar el mapa completo, se han fijado en un punto concreto marcado por el geoglifo de unas llamas, que vendría a identificar la propia región andina de Nazca. De hecho, creen que todos los geoglifos ejercen una función de marcadores eco-geográficos, esto es, que cada figura tiene una vinculación natural con el entorno geográfico donde su ubica. Es, por decirlo así, como si un antiguo cartógrafo se hubiera dedicado a dibujar los animales propios de cada región descrita en el mapa.

Geoglifo del llamado perro
A partir de esta premisa, el Nazca Group se ha dedicado a situar e identificar cada geoglifo según patrones geográficos. Así, afirman que –de acuerdo con su posición y orientación– los animales en cuestión se ajustan a su contexto sobre el mapa. Por ejemplo, el famoso mono-araña se corresponde con una región muy concreta del Amazonas. O el llamado colibrí también encajaría con la región norte de Sudamérica y Centroamérica. En otros casos, empero, los autores entran en el terreno de la interpretación y sugieren que algunas identificaciones clásicas de ciertas figuras han errado en la diana. Así, consideran que el perro no es tal, sino un mamífero arborícola de nombre tamandúa, exclusivo de Sudamérica. Del mismo modo, no ven ningún cóndor, sino un pájaro costero llamado willet, de la fachada atlántica americana. Pero, puestos a sorprender, opinan que en la representación de África aparece claramente un cocodrilo, pero la figura adjunta (considerada como un árbol) no sería más que la forma aproximada del delta del río Okavango, una gran rareza natural, pues se trata de un río que “muere” en el interior del continente.

No obstante, el argumento principal de la teoría se centra en la citada red de líneas radiales. ¿Qué sentido tendrían dichas líneas? ¿De qué modo podemos hablar de “mapa”? En este punto, los autores exponen un estudio basado en un extenso trabajo matemático-estadístico a base de repasar coordenadas, orientaciones y coincidencias. En primer lugar, asumen que determinadas formas geométricas representan áreas geográficas concretas, como ríos, corrientes de agua o mares. En cuanto a las líneas radiales, distinguen entre líneas primarias y secundarias en función de su relación directa con los cinco focos básicos. No quiero extenderme en detalles, pero lo que se quiere demostrar es que las líneas no fueron trazadas al azar sino con la intención de marcar o “capturar” en su proyección una serie de elementos característicos distribuidos sobre la superficie terrestre; a saber: antiguos monumentos (incluyendo algunos sumergidos), volcanes y cráteres de impacto de meteoritos.

Panorámica de una amplia porción de las líneas de Nazca visibles desde el aire
Para probar su teoría, el Nazca Group ha echado mano de ordenadores y de Google Maps para poner de manifiesto que las líneas de Nazca –al ser proyectadas sobre el globo terráqueo– pasan por una multitud de esos puntos. En su artículo, podemos observar toda una serie de imágenes de docenas de circunferencias que pasan inevitablemente por esos lugares señalados. Sólo por citar algunos de los monumentos arqueológicos, están el Osireon de Abydos, el complejo de Baalbek, las pirámides de Guiza, Stonehenge, los alineamientos de Carnac, la ciudad de Derinkuyu, Gobekli Tepe, Harappa, Knossos, Angkor Wat, Machu Picchu, Nabta Playa, Chitchén Itzá, Yonaguni, etc. Como vemos, se nos ofrece un amplio muestrario de arqueología mundial, de épocas y culturas muy diversas.

Sobre los volcanes y cráteres, hay también largos listados con muchos nombres conocidos, y también repartidos por todo el mundo. Cabe añadir que los autores, para demostrar que su enfoque es válido, han sometido a una sesuda prueba estadística su teoría de la proyección de líneas, y concluyen que tal agrupación de elementos en torno a las líneas por la acción del mero azar es prácticamente imposible. Ello implicaría un conocimiento e intencionalidad a la hora de trazar las líneas, con el propósito de crear un mapa sobre Nazca capaz de recoger una visión determinada de la Tierra hace miles de años. Dicho esto, los tres investigadores se quedan en este estudio meramente descriptivo –un punto de partida– y no ofrecen más pistas sobre quiénes realizaron las líneas, ni cómo ni cuándo.

Hasta aquí los datos, que nos presentan un panorama bastante impactante y espectacular, sugiriendo –aunque sin mencionarla– la existencia de una remota civilización situada en los Andes tenía altos conocimientos geográficos y cartográficos, que luego acabó plasmando en forma de líneas y geoglifos que sólo pueden ser observados correctamente desde una cierta altura, no lo olvidemos. Los autores eluden cualquier comentario sobre esta circunstancia, quizá para no meterse en viejos callejones sin salida. Por supuesto, todo esto se enmarca en las diversas conjeturas sobre esa visibilidad aérea de los trazados y las figuras, que ha dado mucho que hablar, pero sin llegar a conclusiones sólidas. Lo cierto es que, más allá de la acumulación de números, coordenadas y orientaciones, esta nueva propuesta no parece aportar nada realmente fiable o contrastable por otros medios, y se queda en un puro ejercicio teórico con bastantes cabos sueltos. Así pues, cabría realizar una serie de objeciones fundamentadas en el sentido común y la experiencia arqueológica.

El perro sería en realidad... ¿un tamandúa?
En primer lugar, los autores han tomado unos puntos básicos de referencia (los “focos radiales”) y les han dado una ubicación geográfica concreta, creando un mapa a partir de tales identificaciones, suponiendo que existe una relación directa “eco-geográfica” entre la posición de ciertos geoglifos y su entorno “lineal”. Las posiciones parecen cuadrar en algunos casos, pero los autores no explican otros muchos y además juegan con fuego al interpretar la “verdadera” identidad de algunos animales para que cuadren con su tesis. 

Por ejemplo, pueden decir que el estilizado perro es un perro muy discutible, de acuerdo, pero el mamífero tamandúa no es que tenga precisamente un parecido mucho más claro con la figura del geoglifo en cuestión. En otros casos, los autores han ido bastante lejos, como afirmar que el raro delta africano del Okovango es en verdad el geoglifo en forma de “árbol”. Igualmente, aquí podemos decir que han arrimado el ascua a su sardina para que todo encaje (dejando a más de uno con la boca abierta…).

En segundo lugar, sobre el asunto de las líneas, estamos en la misma situación que otros muchos investigadores que han relacionado las líneas y las figuras con múltiples temas: estrellas, constelaciones, caminos rituales, vías de agua subterránea, mensajes en clave, pistas de aterrizaje, etc. El caso es que, al haber tantas líneas que se proyectan en forma de círculos (o circunferencias, para ser más exactos), al final resulta que tenemos una inmensa red o entramado terrestre que acaba pasando por cientos de lugares destacados, como antiguos yacimientos arqueológicos, volcanes y cráteres. Y uno se puede preguntar: ¿Por qué los autores escogieron tales elementos? Cabe suponer porque “lanzaron” sus proyecciones y vieron que pasaban por allí, y los consideraron “relevantes” por algún motivo. ¿Qué trataban pues de representar en tal mapa? Es obvio que las coincidencias son múltiples, pero no son significativas por sí mismas ni indican ninguna intencionalidad. Tal vez se podrían haber buscado –o encontrado– otros elementos que hubieran dado también numerosas coincidencias.

Dicho esto, y en honor a la verdad, se debe admitir que desde hace tiempo algunos autores alternativos han llamado la atención sobre la posición de muchos enclaves arqueológicos de cierta importancia y de las relaciones entre ellos, dando a entender que no estaban distribuidos al azar sobre el planeta, sino que se asentaban en puntos específicos sobre una trama o patrón global de coordenadas y distancias cuya finalidad se nos escapa. Esta especie de red global podría estar organizada a partir de ciertas líneas o corrientes de energía telúrica, tal y como defiende la teoría de las llamadas ley-lines, sobre las cuales se sitúan determinados lugares monumentales y sagrados, y las vías que las comunican entre ellas. Ahora bien, asegurar que las líneas de Nazca pretendían reflejar esa supuesta red de forma precisa sería, como poco, muy aventurado. 

En tercer y último lugar, podemos observar que el estudio cartográfico y estadístico basado en la proyección de las líneas es más bien pobre en términos arqueológicos, pues no nos dice nada de la sociedad que supuestamente construyó ese “mapa”. ¿Qué sentido o mensaje habría detrás de tal enorme esfuerzo? ¿Cómo podían conocer tan perfectamente la geografía global? Y si así fuera, ¿por qué lo hicieron de forma tan complicada y confusa? Evidentemente, si no fue la antigua cultura local nazca la que realizó tal proeza, los autores deberían ofrecer alguna explicación sobre quién, cuándo y cómo emprendió la tarea. Por desgracia, todo aparece fuera de la historia y de un contexto razonable. Más bien da la impresión de que se han tomado coincidencias y datos parciales y a partir de ahí se ha construido un enorme edificio basado en números y coordenadas, pero que realmente carece de solidez argumental.

Concluyendo, como hipótesis es un intento loable de ver las cosas de otro modo y de abrir la mente a todas las posibilidades, pero a la hora de conjuntar todas las piezas y darles un sentido creo que el Nazca Group se ha quedado en el limbo. Se pueden desplegar muchas tecnologías de la información, análisis estadísticos, diagramas y largos listados de datos, pero si se parte del sesgo o prejuicio y se tiende a cuadrar los datos a la tesis prestablecida, entonces no se está llevando a cabo ciencia rigurosa sino más bien juegos de manos o fuegos artificiales. Lo que parece evidente es que, en cierta medida, tanto la arqueología académica como la alternativa han sucumbido a esa fiebre hipertecnológica y se dedican a avasallar por la mera potencia del despliegue de datos, cuando en realidad lo que falla de principio es la carencia de una verdadera mentalidad científica.

© Xavier Bartlett 2020

Fuente imágenes: Wikimedia Commons / archivo del autor




[1] Puede consultarse en: https://grahamhancock.com/maglionegrimason1/

miércoles, 22 de mayo de 2019

Iconografía de los antiguos astronautas

Introducción

Uno de los grandes pilares de la arqueología alternativa ha sido sin duda la Teoría del Antiguo Astronauta (en adelante, TAA), que fue difundida hace ya más de 40 años entre el gran público por Erich Von Däniken, si bien esta propuesta ya había sido esbozada ampliamente por varios autores anteriores al fenómeno literario del escritor suizo. Básicamente, lo que la TAA viene a proponer es que el planeta Tierra fue visitado en tiempos inmemoriales por una civilización extraterrestre y que de algún modo tuvo un papel decisivo en la evolución de la Humanidad, e incluso en su propio origen (lo que sería la hipótesis intervencionista, que se opone al evolucionismo académico).

Esta obsesiva búsqueda de extraterrestres en nuestra historia no se debió a un repentino arrebato de algunos autores con mucha imaginación, sino que vino marcada por la coincidencia de una serie de hechos que facilitaron la aparición de estas ideas. Por un lado, está el nacimiento de la ufología a partir del famoso incidente de Roswell (EE UU) en 1947. Por otro lado, más o menos en esas fechas, se inició la carrera espacial y la exploración del Sistema Solar por parte de las grandes superpotencias. En esta misma línea, cabe destacar que el siglo XX vio crecer el interés popular por la ciencia-ficción como género literario abierto a todo tipo de especulaciones sobre razas inteligentes en el Universo. Finalmente, tampoco debemos menospreciar la influencia de determinadas corrientes contraculturales o espiritualistas de las últimas décadas, que a veces han resultado en una crítica directa a la ciencia establecida.

El caso es que, llegados a los inicios de los años 60, el llamado realismo fantástico puso los cimientos definitivos de la TAA, que Von Däniken luego difundió exitosamente a través de su libro “Recuerdos del futuro” y de su correspondiente documental. Para resumir su enfoque muy brevemente, diremos que Von Däniken defendía la supuesta presencia de estos astronautas de otros planetas a partir de las formas y conceptos de carácter divino que produjeron los hombres primitivos como consecuencia del contacto o influencia de estos seres. Esta sería la razón de hallar en antiguas culturas de todo el globo numerosas manifestaciones artísticas o rituales que parecen representar astronautas, naves espaciales, objetos de avanzada tecnología, etc. y que habían sido malinterpretados por la ciencia ortodoxa.

Así pues, si nos centramos en lo que serían ciertas figuras humanas o humanoides de difícil identificación, la TAA nos ofrece una extensa iconografía de los antiguos astronautas, esto es, la representación en tiempos remotos de esos supuestos seres extraterrestres en forma de pinturas, grabados, relieves o estatuas. Estas imágenes han sido objeto de observación y análisis por parte de muchos autores alternativos, los cuales están convencidos de que –como mínimo–­ tales figuras resultan muy extrañas o sospechosas. En este artículo vamos a adentrarnos en dicha iconografía para ver qué podemos sacar de ella, y veremos que una vez más los terrenos de la especulación dan para mucho, mientras que las certezas son realmente mínimas.

Tipologías del antiguo astronauta 

El primer paso para reconocer esta iconografía es, según la visión alternativa, transmutar a hombres, dioses, espíritus u otros seres mágicos o mitológicos en astronautas, siguiendo un patrón de analogía. Así, esas múltiples estatuillas o representaciones gráficas serían en realidad retratos –que van de lo más figurativo a lo casi simbólico– de lo que los antiguos humanos vieron con sus propios ojos: seres venidos de otros planetas. A este respecto, es harto conocida la comparación que hizo Von Däniken al aparejar la fotografía de una antigua estatuilla con la imagen de un moderno astronauta para evidenciar ciertos rasgos comunes.

La lápida de la tumba del rey Pacal
Cabe destacar que esta comparación es la más típica, pero lo cierto es que hay otros individuos muy poco “tecnológicos”. Por ejemplo, el famoso astronauta de Palenque, pese a pilotar una especie de cápsula-cohete (según Von Däniken), no presenta la indumentaria espacial correspondiente –al menos no la ortodoxa– y más bien viste como un antiguo maya. Quedaría pues en el aire la cuestión de qué tipo de indumentaria o aspecto podemos considerar como dudoso, pues lógicamente los defensores de la TAA tienen en mente las imágenes de astronautas actuales, pero un astronauta de otro planeta no tendría por qué llevar una escafandra similar, o incluso tal vez ni siquiera precisara de una escafandra. En este caso estaríamos haciendo una analogía cuando menos peligrosa.

No obstante, si tratamos de clasificar las representaciones de estos supuestos astronautas que nos presenta la literatura alternativa, llegaremos básicamente a dos grandes grupos de imágenes: 1) las figuras que tienen una vaga semejanza con la indumentaria más o menos compleja de un astronauta, y 2) las que simplemente muestran seres humanoides de un aspecto –digamos– extraño, categoría que puede llegar a ser un inmenso cajón de sastre si incluimos cualquier figura que se salga de “lo normal”.

Seres extraños ¿de otros mundos?
Con respecto a estas últimas, tengamos en cuenta que desde tiempos antiguos existe una extensísima iconografía de seres fantásticos, entre los cuales están las divinidades con una mezcla de rasgos animales y humanos, como el Anubis egipcio, el Oannes mesopotámico o el centauro griego, por poner sólo unos clásicos ejemplos. También podríamos incluir aquí la gran cantidad de seres mágicos representados desde la Prehistoria en las pinturas del arte cavernario o en petroglifos, sobre cuyo sentido o identidad se ha especulado mucho. De hecho, muchas representaciones de seres divinos o mitológicos de diversas civilizaciones o de pueblos primitivos han sido asociadas a entes extraterrestres por la simple razón de que su aspecto contiene características, rasgos o vestimentas que, al no ser naturalistas, presentan flancos abiertos a todo tipo de especulaciones.

Por ejemplo, tenemos figuras con tres o seis dedos, con grandes ojos o lentes, o con algo parecido a cascos, o que portan extraños objetos (sobre todo se habla de los seres que trasportan en la mano una especie de bolsa o cesta), o que irradian luz o algo parecido... sin olvidar la representación de algunos objetos flotantes que tienen una cierta semejanza con los famosos platillos volantes. Esta idea de ingravidez o vuelo también la encontramos en múltiples figuras aladas, que podrían indicar que estaríamos hablando de seres divinos o semidivinos con la capacidad de volar (o que proceden del cielo). Asimismo, existen otras figuras de gran tamaño de diseño más o menos esquemático o simbólico trazadas sobre la tierra –los geoglifos– que por su aspecto también se han relacionado con seres venidos del espacio. 

Astronauta de Kiev
De ambos tipos podríamos aportar aquí docenas de ejemplos que han salido a la palestra desde la época del realismo fantástico y que anteriormente habían estado recluidas en su contexto antropológico o arqueológico. Muchas de estas figuras han sido estudiadas desde hace décadas y algunas de ellas están expuestas en museos. La mayoría han podido ser datadas fiablemente, y aquí comprobamos que se presentan en un amplio espectro temporal, que se remonta a muchos miles de años, prácticamente desde el Paleolítico, hasta hace unos pocos siglos. En cuanto a su ubicación, las podemos encontrar en diversas regiones del mundo, si bien un buen número de ellas son originarias de las antiguas culturas precolombinas americanas. De unas pocas se tiene escasa información y, aunque están presentes en Internet en forma de fotografía, se hace complicado hallar información fiable sobre su localización, origen e interpretación, como por ejemplo el llamado astronauta de Kiev. Además, no nos engañemos, sobre algunas piezas específicas “demasiado bonitas para ser verdad” planea la sombra del fraude como la llamada nave de Toprakkale (hallada en Turquía en los años 70 del pasado siglo), una especie de cápsula espacial que incorporaría un tripulante con escafandra[1].

Hecha esta exposición sobre la tipología general, podemos pasar a profundizar ahora en algunas de las figuras más clásicas de la TAA, a fin de entender el origen de todas las especulaciones y contrastar las lecturas académica y alternativa.

Iconos clásicos de los antiguos astronautas

Para empezar con los típicos seres voladores, podemos citar las pinturas prehistóricas de Valcamonica (Italia) que muestran unas esquemáticas figuras humanas flotantes que destacan por poseer una especie de halo con radios (o rayos) en la cabeza. En lo referente a los grandes geoglifos que representan figuras humanoides cabe destacar el famosísimo astronauta de Nazca (de aspecto más bien robótico), algunas figuras de Palpa –ambas en Perú– o el Gigante de Atacama (Chile). Para los seguidores más entusiastas de la TAA no habría prueba más evidente que la representación de unos seres humanoides realizados para ser vistos desde el cielo, esto es, la morada de los supuestos dioses-astronautas.

Estatuilla dogu
Si hablamos ahora de la tipología “escafandra”, podríamos destacar unas pequeñas estatuillas procedentes del Japón prehistórico llamadas dogu, a las cuales se ha querido relacionar con figuras de astronautas. Según lo que nos dice la arqueología, dichas esculturas antropomorfas de terracota se han encontrado principalmente en la zona oriental del Japón, y datan del llamado periodo Jomon[2]. Su tamaño es variable, pero la de mayor altura que se ha encontrado entera es de 42 cm. En cuanto a las formas, exhiben una figura humana distorsionada y compacta, con cabezas de diversas formas (apuntada, triangular, en forma de corazón...), con pequeñas manos y pies. A veces presentan una decoración de trazos geométricos y en algunos casos estuvieron pintadas. Sobre su significado, se han propuesto varias teorías, pero no se sabe nada con certeza. Se ha dicho que podrían ser representaciones de diosas-madre o símbolos de fertilidad. También se ha barajado la posibilidad de que fueran representaciones de espíritus o guías para el más allá, dado que generalmente se han encontrado en contextos funerarios. Y otra hipótesis es que se tratase de un tipo de figuras personales a las cuales se podría transferir mágicamente alguna dolencia o adversidad.

Ya en el campo alternativo, la lectura personal de Von Däniken y de otros autores se ha centrado en un tipo en particular de figuras: las Shakōkidogū o estatuillas de anteojos. Así, donde los arqueólogos no vieron nada particular, los seguidores de la TAA observaron algo similar a un traje espacial, un posible casco, una especie de correaje y unas grandes gafas que destacan poderosamente. La arqueología ha sugerido que tales gafas o anteojos podrían ser una especie de primitivas gafas solares que usaban los inuit (esquimales), una especie de ojeras opacas con una estrecha abertura en el medio para facilitar la visión. Pero no existen mejores explicaciones.

Lo cierto es que muchos autores alternativos no han tardado en hacer notar que en diferentes partes del mundo se reproducían figuras con grandes ojos o anteojos. Por ejemplo, si volvemos al campo de los seres extraños, tendríamos las estatuillas estilizadas de dioses con grandes ojos en la antigua Sumeria o las famosas pinturas de wandjina de Australia. Precisamente, estas pinturas presentan otro frente de interpretación en la TAA, por lo que vale la pena comentar algunas de sus características. Los wandjina (o wondjina) aparecen en la mitología de los aborígenes australianos como una especie de espíritus o seres sabios procedentes de la Vía Láctea, que habrían creado el mar, la tierra y sus criaturas durante el llamado Dreamtime (“Tiempo de los Sueños”). Se suponía que los wandjina, que tenían enormes poderes, llevaron al hombre a un estadio de desarrollo y prosperidad. No obstante, también podían causar desastres naturales si eran ofendidos por los humanos. Su símbolo era una serpiente, similar a la de otros pueblos de la Antigüedad.

Figura wandjina
Estos wandjina fueron representados en pinturas rupestres polícromas –a las que se atribuye una antigüedad de decenas de miles de años– como figuras antropomórficas, con grandes cabezas (generalmente rodeadas por una especie de halo), grandes ojos negros y una nariz casi esquemática, pero en ningún caso con boca. Existen algunas figuras de gran tamaño, que aparecen de cuerpo entero, vestidas con una túnica o similar y calzadas con sandalias. La cabeza aparece rodeada de un doble halo y el rostro blanco sólo contiene dos ojos oscuros; asimismo, sus manos presentan de tres a siete dedos, tanto en manos como en pies. Los propios aborígenes confesaban que ellos no habían sido los autores de tales pinturas, sino que eran obra de unos seres que descendieron del cielo en una época muy lejana. Para los aborígenes estas pinturas tienen un especial significado místico o mágico de unión con sus ancestros y las tratan con gran respeto. Sea como fuere, en este caso nadie ha apreciado escafandras espaciales ni otros objetos sospechosos; simplemente se ha asociado una imagen antropomorfa a cierto estereotipo de alienígena.

Otro escenario clásico de representaciones de antiguos astronautas se encuentra en el macizo de Tassili N’Ajjer (Argelia), una región montañosa en pleno desierto del Sahara, pero que antiguamente fue una región húmeda y frondosa, bañada por ríos. Allí podemos observar un destacado conjunto de pinturas rupestres polícromas realizadas a lo largo de miles de años. Las numerosísimas pinturas y grabados (han sido catalogadas alrededor de unas 15.000 muestras) se han datado entre finales del Paleolítico y el periodo Neolítico. Las pinturas ya eran conocidas por los occidentales desde la década de 1930, pero fue el arqueólogo francés Henri Lothe quien en 1957 difundió a gran escala la existencia de estas pinturas, tras largos meses de estudio in situ. Lothe fue el primero en realizar un estudio exhaustivo de las imágenes, incluyendo una amplia clasificación temática en doce grupos o tipologías. Entre ellos encontramos figuras humanas estilizadas, figuras de cabeza redonda, escenas de caza, carros, animales, seres fantásticos, etc.

El dios marciano
Y en toda esta gran diversidad, los autores alternativos han visto diversas figuras que por lo menos inducen a la reflexión. Se trata de los seres de cabeza redonda, que no presentan rasgos faciales aparentes y que parecen estar embutidos en algo similar a escafandras. Especialmente destaca una gran figura de unos seis metros de altura que presenta una cabeza redonda con unas estrías en la parte superior y dos ojos descentrados. Lothe bautizó a este ser como el gran dios marciano, lo que dio aún más alas a los partidarios de la TAA. Asimismo, hay otras figuras de tipo fantástico que no tienen una fácil explicación. Por otro lado, se ha remarcado la presencia de una escena en que varias mujeres parecen ser invitadas o impelidas a introducirse en una especie de forma oval por una figura humanoide[3]. Este tipo de representaciones de grandes figuras se halló en el macizo de Yabbaren, que significa “gigantes” en la lengua de los tuareg. Para Lothe, estas pinturas serían de las más antiguas (alrededor de 8000 - 7500 a. C.). No obstante, estas extrañas figuras de cabeza redonda también aparecen en otras zonas y en diversos contextos.

El sentido de las representaciones de astronautas

Una vez vista la casuística, podemos hacernos la inevitable pregunta: ¿Por qué –o para qué– los hombres primitivos iban a realizar estas representaciones? Entre otros argumentos, Von Däniken echó mano de un fenómeno antropológico observado en los siglos XIX y XX llamado cargo cult o “culto a la carga”. Se trata de la peculiar reacción que experimentan comunidades muy primitivas ante el primer contacto con culturas desarrolladas. En la práctica funciona como un rito religioso consistente en reproducir una determinada conducta para obtener determinados bienes proporcionados por sus dioses o ancestros (representados por la cultura superior).

Cargo cult en el siglo XX
Los ejemplos más significativos de este fenómeno se dieron durante la Segunda Guerra Mundial en las islas del Pacífico. Allí, algunos nativos, que no habían visto nunca hombres civilizados, observaron cómo llegaban por el aire enormes cantidades de equipamiento militar, comida enlatada, medicinas, etc. Pero cuando acabó la guerra, toda esa carga lanzada en paracaídas o descargada en bases militares mediante aviones dejó de llegar. Ya no había aviones, ni soldados, ni instalaciones... Entonces, para atraer de nuevo los bienes deseados, los nativos reprodujeron las conductas de los hombres modernos. De este modo, llamaron a sus dioses mediante una simulación mágica de lo que habían observado: realizaron fogatas, construyeron réplicas de aviones, hicieron señales de aterrizaje en las antiguas pistas, tallaron auriculares en madera, fabricaron puestos de control... Lógicamente, hicieron esto con la esperanza de volver a ver los aviones, sin conocer el mecanismo causal que había justificado la presencia de esos aviones.

Parece claro que Von Däniken aprovechó el culto a la carga para explicar por qué los antiguos humanos representaron imágenes de sus dioses, aquellos que supuestamente les aportaron multitud de bienes y adelantos. No obstante, puestos a generalizar, la creación de estas peculiares figuras se podría deber a los mismos motivos que justifican la existencia de imágenes religiosas o mágicas en forma de dioses, ángeles, santos, héroes, espíritus, profetas, etc. y que están relacionadas con las creencias o con ciertos rituales. Así pues, podrían ser objetos de adoración, exvotos, estatuillas funerarias, efigies de antepasados, etc. En la misma línea, podríamos apelar a la posibilidad de que fuesen fetiches o figuras totémicas. Recordemos que un tótem es un ser, animal u objeto que tiene un significado ritual para los pueblos primitivos por cuanto constituye su emblema, vínculo o símbolo de un origen común. Finalmente, y aunque pueda parecer algo fuera de lugar, las figuras también podrían ser muñecos o juguetes para los niños.

Dogu con aspecto de buzo
En todo caso, no debemos menospreciar la conexión de las antiguas tradiciones, leyendas o mitos que han pervivido hasta nuestros días con las representaciones de estas figuras. Hemos visto el caso de los wandjina que tienen un indudable respaldo de tipo mitológico, que ofrece una justificación de su propia existencia. También para las estatuillas dogu se estableció un vínculo con la antigua leyenda japonesa de los kappas, según un estudio del arqueólogo japonés Komatsu Kitamura (citado por Peter Kolosimo en su libro El planeta incógnito). Se trataría de unos seres bípedos deformes que vivían en entornos acuáticos, y que entre otros rasgos tenían “ojos extrañamente grandes y triangulares”. Además, “parecían idénticos a los buzos desnudos de nuestros tiempos. Su piel morena y brillante podría ser una cubierta impermeable; las manos y los pies palmeados podrían formar parte el equipo (los ganchos servían probablemente para realizar cualquier maniobra habitual) y la trompa terminada en una joroba sería en el fondo, igual a los aparatos para respirar alimentados por tanques de oxígeno, que tan bien conocemos.” [4]

Y para cerrar esta vinculación entre mito y objeto, hay que destacar que en algunas ocasiones la iconografía se transforma en un ritual completo de recuerdo de supuestos seres procedentes de otro mundo, como en el caso de cierta danza de los indios kayapós del Brasil, estudiadas por el antropólogo brasileño João Americo Peret, en que un nativo, disfrazado con un traje ceremonial hecho de paja trenzada denominado bo –con un lejano parecido a una escafandra– representaría a un ser visitante divino llamado Bep-Kororoti (literalmente, “vengo del universo”).

¿Seres míticos o reales?
Ahora bien, para la ciencia académica todo esto no es más que un fenómeno cultural propio de las comunidades primitivas que debe interpretarse en un contexto mítico, no histórico. Por tanto, desde una visión ortodoxa, el mito no sería historia real, aunque admitamos que puede contener elementos extraídos de experiencias vividas en tiempos muy distantes. Se trataría más bien de un artificio cultural producto de la mente del hombre antiguo para explicar su origen y su entorno, a falta de una verdadera ciencia, tal y como la entendemos actualmente.

Así pues, los estudios académicos realizados sobre estas figuras suelen descansar en el terreno de la antropología, muy particularmente en las creencias de los pueblos primitivos, cuya mentalidad y cosmología están muy alejadas de la perspectiva racional del hombre moderno. No hay pues astronautas, sino símbolos o recreaciones de la realidad que cumplen una determinada función, que a veces puede resultar confusa o indeterminada. Sin ir más lejos, las célebres pinturas rupestres del Paleolítico europeo (sin “astronautas” de ningún tipo) han sido objeto de numerosos intentos de interpretación en esta clave antropológica-mágica –como los de Breuil, Laming-Emperaire o Leroi-Gourhan– pero pese a lo exhaustivo de estos trabajos no pasan de ser conjeturas más o menos fundamentadas.

Conclusiones

Ya ha quedado claro que la TAA presupone que los hipotéticos visitantes del espacio interaccionaron con las comunidades humanas primitivas y que dejaron tal impronta que fueron tomados por dioses o seres superiores que debían ser honrados o recordados, lo que motivaría la creación de su correspondiente iconografía. Esto es fundamentalmente lo que Von Däniken y sus seguidores trataron de argumentar, apelando a los relatos míticos –en los casos en que se podía vincular una tradición conocida a ciertos restos físicos– que reforzaban la interpretación de la presencia de seres no terrestres. ¿Pero de qué manera podríamos comprobar la veracidad literal de los mitos? Existe una enorme dificultad a la hora de trasladar el mundo mitológico al mundo empírico.

Una fácil analogía
Por otra parte, si repasamos someramente todas las pruebas que aportan los seguidores de la TAA, veremos que hay una más que diversa tipología de astronautas, que va desde los modelos más o menos realistas a las figuras más esquemáticas o simbólicas. ¿Cómo separar pues lo que es humano de lo que no lo es? Si todo aquello que se sale de una representación naturalista es susceptible de etiquetarse como “extraterrestre”, entonces entramos en la dialéctica del “todo vale”. Por ejemplo, imaginemos que un arqueólogo del futuro encontrara un retrato de estilo cubista; con estos razonamientos, tal vez podría pensar que aquel ser extraño no sería de ningún modo humano, sino “otra cosa”.

Todo esto nos lleva a pensar que la definición de extraterrestre es tremendamente problemática en el sentido de “ser-venido-de-otro-planeta-en-su-nave-espacial”. Siendo justos, e incluso dejando a un lado el mito, esas extrañas figuras también podrían corresponder a seres humanos de civilizaciones superiores muy apartadas, o tal vez a ignotas civilizaciones submarinas o intraterrenas. ¿Hasta qué punto nuestros posibles prejuicios, fruto de vivir en una era espacial y bajo la influencia de ciertos referentes ufológicos, nos pueden condicionar a ver todas estas figuras de una cierta manera, e incluso de manipular su contexto?

En efecto, los defensores de la TAA quieren ver extraterrestres o escenas sospechosas en las figuras que no podemos identificar claramente pero también incluso en algunas representaciones que tienen un contexto cultural bien identificado. Este sería el caso de la tumba del rey Pacal, de Palenque, en que los elementos conocidos de la mitología maya han sido aparcados para ser sustituidos por una visión tecnológica que cuadra con la hipótesis de la TAA. Obviamente, en este caso, para dar alguna oportunidad a la iconografía del antiguo astronauta, deberíamos revisar completamente la validez de los estudios sobre la mitología maya. Dicho coloquialmente, “romper la baraja” y jugar a otra cosa. En resumen, no hay que desestimar los indicios que inclinan a la duda razonable, pero para sostener todo el edificio se necesitan otros cimientos, pues los existentes hoy por hoy no parecen muy sólidos.

¿Experiencias chamanísticas?
Llegados a este punto final, nos podríamos preguntar si hay otras posibles explicaciones a esta extraña iconografía. En este sentido, la única vía que veo digna de explorar es la que han propuesto algunos autores acerca de las experiencias chamanísticas. Se trataría de contactos con seres humanoides de otras dimensiones que los chamanes tienen durante sus periodos de trance, a menudo provocados por la ingestión de sustancias alucinógenas, pero también mediante otras técnicas. Luego, al volver al “mundo físico”, los chamanes representarían a esos seres de forma más o menos realista o simbólica.

Por supuesto, la ciencia establecida ve aquí alguna argumentación para justificar las rarezas de esa iconografía, si bien descarta que tales seres sean reales, y se remite al conocido campo de las alucinaciones producidas en el estado de trance. A este respecto, podemos rescatar estas palabras de Christopher Chippindale, conservador del Museo de la Universidad de Cambridge sobre determinadas pinturas de los pueblos primitivos:
“La interpretación visionaria (que incluye el trance, además del conocimiento y de las habilidades especiales de los chamanes) es común en las sociedades de cazadores-recolectores modernas, o sea que es razonable esperar que también fuera así en las sociedades cazadoras-recolectoras del pasado. Un énfasis reiterado de una especie animal puede ser el signo de estas creencias, al igual que otras formas de expresar, mediante metáforas visuales, los sentimientos de trance (la ingravidez, la idea de flotar, volar y de otredad como la muerte).”[5]

Las figuras flotantes de Valcamonica (Italia)
En este escenario no sería pues descabellado aventurar que las representaciones de seres fantásticos, tomados por dioses o astronautas, no serían en realidad ni una ni otra cosa. La clave estaría en dilucidar si esas figuras constituyen una mera deformación de la realidad como resultado de procesos bioquímicos de la mente, como opina el estamento académico, o bien si son un intento de dar una apariencia a estos seres en nuestro universo físico después de haberlos percibido en otra realidad. De momento, hemos de aceptar que esta hipótesis interdimensional es una línea de investigación que se sigue moviendo en el ámbito de las conjeturas.

Concluyendo, en un elevado porcentaje de esta iconografía continuamos en las sombras y sólo podemos recurrir al consabido mundo ritual, espiritual o mágico para aportar alguna explicación. Ahora bien, dando esto por hecho, quedarían todavía muchos cabos por atar, a la vista de cierta casuística que resulta cuando menos desconcertante, frente a la cual las argumentaciones convencionales –que no suelen ir más allá del clásico campo de la mitología o la religión– están lejos de ser satisfactorias. Es posible, pues, que para avanzar en la comprensión de este fenómeno debamos cambiar de chip, ensanchar nuestras fronteras mentales y plantear nuevos intentos de interpretación en clave genuinamente científica, aunque se sitúen fuera del paradigma actual.

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons

[1] Esta estatuilla fue estudiada a conciencia por el famoso autor Zecharia Sitchin, que estaba convencido de que era auténtica. Sus argumentos son como poco discutibles, pero al menos consiguió que las autoridades culturales expusieran la pieza en un museo para que el público “juzgase por sí mismo”.
[2] La cronología varía según las fuentes consultadas. Como inicios se citan fechas entre el 14000 y el 10000 a.C. y como final las fechas se concentran alrededor del 400-300 a.C.
[3] En efecto, aquí se ha querido realizar una interpretación del tipo: “ser alienígena abduce a un grupo de mujeres y se las lleva a la nave con intención de realizar algún tipo de experimentación o manipulación”.
[4] KOLOSIMO, Peter. El planeta incógnito. Plaza & Janés. Barcelona, 1971.
[5] FAGAN, Brian M. (ed.). Los setenta misterios del mundo antiguo. Blume. Barcelona, 2002.