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martes, 5 de marzo de 2019

Homo sapiens en épocas “imposibles”: se sigue negando la evidencia


¿Nos podemos creer las propuestas de la ciencia oficial sobre la evolución de los humanos (si es que hubo tal) cuando sabemos que se han ocultado o tergiversado pruebas significativas desde hace más de un siglo? En varias ocasiones me he referido a esta polémica y a las pruebas presentadas por varios investigadores alternativos –como en particular Michael Cremo– que abren un enorme interrogante sobre la teoría de la evolución aplicada la especie humana, pues recordemos que bastaría la confirmación de un solo fallo o anomalía para desmoronar la teoría, de acuerdo al principio de la falsabilidad. 

El agravante es que no hablamos de una sola prueba, sino de varias, que ya surgieron durante el siglo XIX y que siguen apareciendo en el siglo XXI. El estamento académico, empero, prefiere mirar para otro lado y rechaza estas observaciones anómalas, simplemente ignorándolas o bien aduciendo que se trata de errores, falsificaciones o malas interpretaciones que han sido empleadas por los autores alternativos sólo para apuntalar unas posturas claramente creacionistas.

Pleistocene Coalition News
A este respecto, quisiera destacar un notable artículo del investigador independiente Richard Dullum, publicado recientemente en el boletín de la Pleistocene Coalition[1]. En este documento, Dullum pone el dedo en la llaga sobre la antigüedad del Homo sapiens con una serie de hallazgos –algunos de ellos bastante modernos– que llaman la atención por la manera en que han sido interpretados por la arqueología ortodoxa. El punto de partida de Dullum fue el cuestionamiento que se hizo en 2016 sobre la “paternidad” de ciertos huesos de manos de homínidos que habían sido datados en fechas muy remotas. En concreto, Dullum se fijó en un tercer metacarpiano de aspecto moderno hallado en África por Carol V. Ward, en un estrato de origen volcánico datado en 1,42 millones de años. El Dr. Rick Potts, un conservador del Smithsonian Institution, le dio una explicación: se trataba de un hueso más robusto que el de un humano moderno (sapiens) y además era bien sabido que en la zona se habían encontrado numerosos restos de H. erectus, lo que venía a cerrar las supuestas dudas. No obstante, Richard Dullum no resultó convencido por esos argumentos, pues según los pocos restos disponibles de manos de erectus, el ejemplar en cuestión parecía más grácil, más propio de humanos modernos.

Cuatro vistas de la falange del OH 86
Con estos antecedentes, Dullum saca ahora a la palestra un dato proporcionado por Michael Cremo en sus recientes investigaciones sobre otro hueso de mano harto sospechoso. En este caso se trata de un hueso desenterrado cerca de Olduvai (Tanzania) que formaría parte un espécimen de homínido clasificado como OH 86, con una antigüedad de 1,84 millones de años. Esta pieza, una 3ª falange de la mano izquierda, fue objeto de una publicación científica[2] en 2015 en la cual se reconocía que era el espécimen fósil más antiguo dentro de la variación humana (o sea, el género Homo) y se decía en concreto lo siguiente:

“Tomados en conjunto, estos resultados llevan a la conclusión que el OH 86 representa una especie de homínino diferente del taxón representado por el OH 7 (Homo habilis), y cuyas afinidades morfológicas más próximas son con el moderno Homo sapiens. Sin embargo, la edad geológica del OH 86 obviamente precede su asignación al Homo sapiens.”

A partir de aquí, Dullum realiza una serie de agudas observaciones. En primer lugar, remarca que es un hueso aún más antiguo que el citado anteriormente, que ya tenía un aspecto muy semejante a los huesos de los humanos modernos. En este caso específico del OH 86, Dullum aprecia que –a la vista de las fotografías– esta falange es prácticamente equiparable a la de un humano actual. No obstante, los autores del artículo evitan expresamente hablar de un hueso humano moderno (en su morfología) y recurren a la expresión citada: “especie diferente del taxón de H. habilis”.

Paisaje de la Garganta de Olduvai
En segundo lugar, Rick Dullum toma como referencia comparativa el propio contexto de otros hallazgos de la misma región de África, como el caso de una serie de huellas identificadas en Illeret, cerca del lago Turkana (Kenya). Estas huellas de pisadas se han datado –en base a la estratigrafía– en un margen de entre 1,50 y 1,54 millones de años, y muestran un pie de clara morfología humana moderna y que por su tamaño podrían corresponder a un Homo ergaster (o erectus), lo que encajaría en el habitual marco cronológico evolutivo que aplican los paleontólogos. Sin embargo, Dullum apunta acertadamente que –al igual que lo sucedido con las famosas huellas de Laetoli (Tanzania)– ante la evidencia de unas huellas de aspecto moderno simplemente se las adjudica, por puro prejuicio, al homínido que “debía estar allí en aquella época”, descartando de pleno la posibilidad de que hubieran sido realizadas por humanos anatómicamente modernos.

Cráneo de Homo erectus
En tercer lugar, Dullum pone de manifiesto que hasta la fecha no se han encontrado suficientes restos óseos de Homo erectus (más allá de cráneos) que permitan realizar con garantías estas asignaciones. De hecho, no hay disponibles huesos de manos o de pies completos asignados a esta especie que puedan sustentar comparaciones válidas con los mencionados restos hallados en África. El pariente más cercano al H. erectus que se movería en las cronologías tan antiguas antes citadas es el Homo habilis, y lo que sabemos hasta ahora por los restos de sus extremidades es que posiblemente tenía un tipo de vida arborícola y una locomoción ayudada por las manos (sobre nudillos), todo lo cual es típico de los simios. Además, según la propia ortodoxia paleontológica, el H. habilis es considerado actualmente una vía evolutiva muerta.

En cuarto lugar, se plantea el tema de la improbable involución de rasgos avanzados en la anatomía de pies y manos. Dullum saca a colación el famoso espécimen del hobbit (Homo floresiensis) de la isla de Flores, que tenía unas manos y unos pies bastante simiescos. Si se quiere aceptar –tomando las evidencias africanas– que el H. erectus ya tenía un pie prácticamente igual al nuestro y también que el H. floresiensis descendería de un H. erectus asiático, ¿cómo se explica una involución anatómica tan marcada en esas características (aparte de la más que notable disminución en la talla)? ¿Es que la evolución va para atrás? Lógicamente, hay muchas cosas que no cuadran y en realidad muchos expertos admiten estar perdidos en cuanto al origen evolutivo del hobbit, más allá de las meras especulaciones.

Pero aún hay más. Dullum finalmente nos recuerda que existen unos pocos hallazgos paleontológicos africanos muy llamativos –por disonantes– que han pasado a mejor vida. Se trata, en efecto, de antiguos descubrimientos que en su día fueron descartados, marginados o menospreciados en el ámbito del debate científico, dando por hecho que en el pasado los errores y las confusiones eran bastante más habituales (aunque tal vez deberíamos pensar que perdieron su validez o interés por no coincidir con el dogma imperante). Por ejemplo, tenemos el llamado esqueleto Reck, hallado en 1913 en la misma zona de la Garganta de Olduvai por el alemán Hans Reck. Se trataba de un esqueleto de humano anatómicamente moderno que estaba incrustado en bloque de dura caliza, hasta el punto de tener que ser extraído a golpe de cincel[3]. La datación geológica se iba a los 1,15 millones de años. En este punto, cabe resaltar que Reck era un paleontólogo y geólogo competente y que no observó ningún tipo de intrusión de capas superiores, lo que hubiera podido justificar la presencia de un humano moderno en un estrato extremadamente antiguo. Además, el prestigioso Louis Leakey –que colaboró intensamente con Reck– estuvo presente en 1931 en el lugar donde tuvo lugar la extracción del fósil y tampoco observó ninguna irregularidad geológica, confirmado la datación de Reck. 

El paleontólogo Louis Leakey
De hecho, como destaca Dullum, el propio Louis Leakey halló en sus excavaciones algunos huesos humanos de aspecto moderno, como el descubrimiento de la mandíbula de Kanam en 1932, que tenía un mentón muy similar al del Homo sapiens, pero con una datación de 1,9 millones de años. En realidad, esa mandíbula se podía equiparar perfectamente a la encontrada en Cave of Hearths (Sudáfrica), de una antigüedad estimada en unos 200.000 años, y que se considera de la época en que supuestamente apareció el H. sapiens en África[4]. Todo esto configura un escenario en que el H. sapiens se sale de su camino evolutivo prefijado por los paleontólogos y aparece mezclado o solapado en el tiempo con sus presuntos ancestros. Por otro lado, esta enorme antigüedad de restos de (supuestos) sapiens en África podría explicar también –a juicio de Dullum– las huellas de pisadas humanas en Happisburgh (Gran Bretaña) de aspecto anatómicamente moderno con una cronología de alrededor de un millón de años, así como la presencia de un esqueleto “moderno” en Ipswich, tal como fue hallado por J. R. Moir a inicios del siglo XX con una datación similar.

Sobre todo este argumentario hay que ser muy cauto, teniendo en cuenta la escasez de restos fósiles completos, lo que deja en suspenso muchas de las interpretaciones que pudiéramos hacer sobre aspectos parciales. Ahora bien, no podemos negar la relevancia de las pruebas y datos disponibles ni tampoco podemos cerrar la puerta a todas las opciones mientras no se pueda demostrar su falsabilidad, tal como marca el método científico. Así, tenemos el problema de no disponer ni de manos ni pies completos de especímenes tan importantes como el H. ergaster/erectus, el H. antecessor o el H. heilderbergensis, lo que dificulta las comparaciones con la anatomía de los humanos modernos. En cambio, lo que sí tenemos, como recalca Dullum, son huesos de manos y pies de australopitecos, H. habilis, y neandertales, lo que permite realizar comparaciones precisas con el H. sapiens. En estos casos vemos muy claras diferencias anatómicas, y sobre todo se constata que sólo los neandertales y los humanos modernos muestran una apófisis estiloides en el tercer hueso metacarpiano. Es el mismo rasgo apreciado en los huesos hallados en África con una antigüedad de 1,42 millones de años, lo que una vez más podría ser indicativo de la existencia de humanos modernos en el Pleistoceno, lo que para el estamento académico sigue siendo un anatema.

Sólo a modo de conclusión, me debo referir a una serie de elementos que ya he comentado ampliamente en anteriores artículos sobre el origen y supuesta evolución del ser humano a partir de las no menos supuestas mutaciones aleatorias. Así, es evidente que cada vez se van acumulando más hallazgos que confirman que muchos homínidos que se creían ancestros del sapiens resulta que convivieron con él, y el propio sapiens podría ser mucho más antiguo de lo que se reconoce hasta ahora. Estamos quizá en un escenario de solapamiento y convivencia de diversas variedades de humanos –con rasgos más o menos arcaicos o modernos– en épocas muy extensas, y además ya existe evidencia genética de que hubo cruce entre dichas variedades, incluso entre algunas que navegan en un limbo de pruebas físicas, como los famosos denisovanos.

Huella de Laetoli
Frente a este complejo panorama que –como mínimo– invita a la duda y la revisión de los principios hasta ahora sostenidos por la ciencia oficial, los académicos no están por la labor de moverse apenas del dogma establecido por Darwin y consolidado por las corrientes neodarwinistas durante más de un siglo. Como hemos visto, los expertos prefieren hablar de una nueva especie humana desconocida antes que reconocer que los restos son prácticamente idénticos a los del H. sapiens. Con todo, lo que ya es más difícil de sostener es la aparición de rasgos claramente modernos en homínidos muy arcaicos, si es que hemos de creer que hubo una evolución progresiva. Esto cae por su propio peso, y todavía se ve mejor en el asunto de las huellas de Laetoli, porque el pie simiesco de un australopiteco nunca pudo haber realizado pisadas de aspecto “moderno”, a menos que el tal australopiteco fuera un espécimen anómalo. Claro que si empezáramos a echar mano de las anomalías como algo aceptable que no niega ni perturba la teoría, podríamos excluir prácticamente cualquier problema que pudiera afectar a la validez de la propia teoría.

En definitiva, la cuestión no es poco grave para el pensamiento único oficial. Si aceptamos la presencia de humanos perfectamente modernos y “evolucionados” como nosotros en una cronología tan remota (más de un millón de años), y conviviendo además con otros homínidos más “primitivos”, entonces podríamos sugerir que no hubo “evolución”, sino una diversidad de humanos con sus características y capacidades, cuyo origen es todavía incierto. Esto implicaría, de algún modo, que no hubo mejora ni avance ni progreso por selección natural u otros mecanismos. Admitir esta premisa sería sin duda el primer paso para demoler el edificio evolucionista, pero el dogma establecido obliga a sus acólitos a rehusar frontalmente esta herejía, a pesar de las pruebas. Por consiguiente, mucho me temo que no estamos ante verdadera ciencia, sino ante una religión como la que ellos dicen rechazar.

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons / artículo original


[1] Fuente: DULLUM, R. 1.84 million-year old “modern human” bone being promoted as “not” H. sapiens. Pleistocene Coalition News. January-february 2019. Vol. II Issue I
[2] Domínguez-Rodrigo, Manuel et al (2015): Earliest modern human-like hand bone from a new >1.84-million-year-old site at Olduvai in Tanzania. Nature Communications
[3] Este esqueleto fósil fue trasladado a Alemania, pero resultó en gran parte destruido por las bombas durante la 2ª Guerra Mundial.
[4] Actualmente, nuevos restos, como los hallados en Argelia, han retrasado oficialmente las cronologías admitidas para el H. sapiens. Asimismo, la dispersión de hallazgos ha hecho que los expertos ya hablen de un origen múltiple del sapiens en diversas regiones de África y en fechas más antiguas a las comúnmente aceptadas.

jueves, 5 de octubre de 2017

El bipedalismo y el origen de humanos y simios


Introducción


“No es el hombre el que desciende del simio, sino que es el simio el que desciende del hombre”. Esta frase la escuché hace ya algunos años y me causó una cierta hilaridad, sobre todo como contraposición jocosa al bien establecido evolucionismo darwinista. Sin embargo, con el tiempo y las nuevas investigaciones, esta especie de broma ha empezado a cobrar cierto sentido desde el punto de vista científico, aunque todavía se mantiene dentro de la heterodoxia más radical.

Antes de proseguir, empero, hay que aclarar que no debemos tomar esta afirmación literalmente, sino que hay que enfocarla como un cuestionamiento de la evolución humana desde nuevos planteamientos teóricos y desde las pruebas físicas disponibles, con un punto central de debate: el bipedalismo de los homínidos. Precisamente, dicho debate nos lleva a una doble hipótesis: o bien que el ser humano anatómicamente moderno es muchísimo más antiguo de lo que nos han explicado hasta ahora o bien que los ancestros comunes tanto de humanos como de simios modernos no eran como nos los han pintado[1]. O quizá ambas cosas sean ciertas...

En todo caso, los nuevos hallazgos aportan complejos escenarios y más dolores de cabeza a los evolucionistas, que una vez más se esfuerzan por encajar las pruebas sobre el terreno en su intocable marco teórico (iba a poner “su religión”), lo que a menudo les deja desconcertados o les obliga a realizar complicados malabarismos para mantener  las verdades y los dogmas que el paradigma darwinista lleva imponiendo desde hace más de un siglo. Pero empecemos por el principio.

¿Una propuesta disparatada?


H. P. Blavatsky
Si retrocedemos al siglo XIX, la famosa ocultista Madame Blavatsky ya planteó un panorama totalmente distinto para el origen del hombre, que se desmarcaba tanto de las escrituras bíblicas como de la entonces reciente teoría de la evolución de Darwin[2], que se estaba consolidando entre la comunidad científica. Blavatsky, basándose en textos esotérico-mitológicos, hablaba de una humanidad que se remontaría a muchos millones de años y que habría involucionado a través de una serie de eras, desde unas razas prácticamente etéricas hasta el moderno hombre, “pequeño”, material y mortal. Pero la visión de Blavatsky incluía además un origen bien heterodoxo para los primates, los cuales habrían surgido de la hibridación de los humanos arcaicos con otras criaturas inferiores, con lo cual se daría un respaldo a la propuesta de que los primates no eran los ancestros del hombre sino que más bien constituirían una degeneración de éstos[3].

Así, según la teosofía, los primeros primates se parecían bastante a los humanos, aunque con el paso de los milenios se fueron haciendo más y más distintos. Ahora bien, los atlantes (una raza anterior a la nuestra), al ver la gran degeneración que ellos mismos habían creado, se habrían dedicado a exterminar a los simios más parecidos a los humanos, dejando sólo a los menos avanzados, que serían en definitiva los ancestros de los actuales simios. Asimismo, la mitología hindú recoge un escenario muy similar, pues en el poema épico Ramayana se muestra a los simios como muy próximos a los humanos, y se les atribuía incluso la capacidad de hablar y de tener leyes y gobiernos.

La polémica obra de B. Kurtén
Pero si dejamos ahora el confuso terreno del ocultismo y saltamos a finales del siglo XX, algunos científicos –nada sospechosos de ser esotéricos– empezaron a descubrir numerosas pegas en los axiomas evolucionistas con respecto al origen del hombre y su supuesta procedencia de un cierto primate, antecesor común de humanos, chimpancés, gorilas, etc. Así, ya en 1971 el antropólogo finlandés Bjorn Kurtén en su obra Not from the apes (“No de los simios”) afirmaba que el origen de las grandes diferencias entre simios y humanos debía remontarse a una antigüedad enorme, por lo menos hasta unos 35 millones de años y que de hecho sería la rama de los simios modernos la que habría derivado de un tronco humano. Según su visión, a partir del estudio de los fósiles, el ser humano no podía descender de ninguna criatura simiesca, sino que más bien los actuales simios descendían de una línea humana muy arcaica. Para Kurtén, un pequeño simio de rasgos humanos llamado Propliopithecus (del Oligoceno) habría sido el antecesor del Ramapithecus y homínidos posteriores, como los australopitecinos. Por otra parte, el Dryopithecus, una criatura más simiesca, habría dado origen a la línea ancestral de los primates actuales

Años más tarde, en 1981, los investigadores John Gribbin y Jeremy Cherfas retomaron esta hipótesis y sugirieron un escenario distinto de la evolución humana, planteando la posibilidad de que los simios descendieran de los humanos y no al revés, si bien su propuesta no era tan radical como se podría esperar. Así, admitían que el ser humano podía descender de una línea de australopitecinos, pero que éstos no se habían extinguido en la línea evolutiva sino que habrían dado lugar a los actuales chimpancés y gorilas, cuyos antepasados nunca han sido hallados por los paleontólogos (¡mira por dónde!). Según Gribbin y Cherfas, las mutaciones podrían ir en un sentido u otro y revertir anteriores avances. De este modo, los australopitecos, en tanto que homínidos erguidos[4], fueron los antecesores del género Homo, pero luego algunos de ellos habrían revertido este paso y habrían vuelto a la vida arborícola.

La cuestión del bipedalismo


El estereotipo de la evolución del bipedalismo
Sea como fuere, prácticamente todos los especialistas en paleontología consideran el bipedalismo como una señal inequívoca del avance fisiológico hacia el ser humano (de ahí el famoso Homo erectus: “hombre erguido”). Así pues, se da por hecho que esta característica es propia de los humanos y que marcó importantes desarrollos tanto físicos como intelectuales en el transcurso de la evolución. No obstante, esta cuestión todavía no está cerrada y se mantiene sujeta a múltiples interpretaciones, que giran en torno a la controversia sobre cómo, cuándo y por qué se produjo el salto al bipedalismo, si bien la teoría East side story del francés Yves Coppens es la más aceptada y todavía mantiene su prestigio y validez entre muchos paleontólogos. En todo caso, para la gran mayoría del estamento académico, los australopitecinos ya caminaban erguidos, y este sería un rasgo propiamente humano que comportaría la posterior aparición del género Homo. Sin embargo, no todos los expertos comparten la idea de que los australopitecos estén en la línea directa evolutiva de los humanos e incluso ponen en duda que los australopitecinos caminaran habitualmente erguidos. Asimismo, algunos especialistas cuestionan el hecho de que el bipedalismo sea un rasgo relativamente moderno (en términos evolutivos), y proponen visiones heterodoxas que afectan tanto a la evolución de los humanos como a la del resto de los primates.

Y aquí es cuando aparecen varias teorías bien alejadas de la ortodoxia darwinista. Por ejemplo, el zoólogo franco-alemán François de Sarre opinaba a finales del pasado siglo  que en modo alguno la transición al bipedalismo fue un rasgo “reciente” que tuvo lugar en unas criaturas simiescas hace unos pocos millones de años. De Sarre cree que el escenario evolutivo humano ha sido fabricado a partir de observaciones erróneas y de muchos prejuicios. Desde su punto de vista, la estructura anatómica humana no indica una maduración desde simios “fetales”, sino todo lo contrario: los simios muestran un evidente avance anatómico allá donde la evolución de los humanos se detuvo.

Para sustentar este concepto, de Sarre se fija sobre todo en la embriología y la anatomía comparativa, dada la gran precariedad del registro paleontológico. Así, los embriones humanos comparten con los de otros mamíferos una posición bastante centrada del foramen mágnum[5] (en unos 90º grados con relación al plano de la cara). Ahora bien, en el resto de animales –según avanza el desarrollo del embrión– el foramen se va retrasando y el ángulo se va abriendo hasta 140º en los primates y hasta 180º en el caso de los animales totalmente cuadrúpedos. En cambio, en los humanos el ángulo se queda en unos 120º, que es lo que permite nuestra locomoción bípeda. Y si se analizan los pies de los humanos, que muestran diferencias bien apreciables respecto a los del resto de los primates, se puede deducir que nunca pertenecieron a un cuadrúpedo o a una criatura arborícola. Y una vez más, en los embriones de primates se aprecia que los pies tienen una estructura muy similar a los humanos, pero según progresa su desarrollo van tomando la típica forma prensil que les permite moverse con facilidad en los árboles. En cuanto a las manos de los primates, son semejantes a las humanas, pero ellos las utilizan para caminar sobre los nudillos.

Bigfoot: ¿criatura deshumanizada?
En suma, de Sarre asegura que los australopitecinos no fueron los ancestros de los humanos, sino más bien los precursores de los actuales simios, si bien los antepasados de los propios australopitecinos habrían sido bípedos, que fueron perdiendo esta característica, evolucionando hacia criaturas cuadrúpedas. Este proceso sería una especie de deshumanización, que habría dejado al margen a unas pocas criaturas en un estado intermedio, dando lugar a poblaciones de los llamados “hombres salvajes”, como el bigfoot, el yeti, el almas, etc. (todos ellos bípedos), que son negados por la ciencia actual, que los califica de simples invenciones, fraudes o confusiones[6].

En una línea semejante, la paleontóloga del CNRS Yvette Deloison ya expuso hace unos años que la primitiva estructura de la mano humana es la prueba inequívoca de la existencia –hace unos 15 millones de años– de un ancestro común de humanos, australopitecos y grandes simios actuales, que de ningún modo pudo ser una criatura arborícola o cuadrúpeda. Deloison sostiene que el pie humano está claramente adaptado al bipedalismo, y si damos por hecho que la evolución “no retrocede”, ese antepasado común bípedo no tenía manos o pies especializados. Dicho de otro modo, de un ser arborícola no puede derivarse un ser bípedo. En todo caso, fue más tarde cuando una rama de esas criaturas se adaptó plenamente a la vida arborícola y desarrolló esos característicos pies prensiles. Por lo tanto, en algún momento se produjo una bifurcación definitiva entre la criatura completamente bípeda (la raíz del género Homo) y el animal cuadrúpedo-arborícola.

Este mismo concepto ha sido retomado recientemente por Aaron Filler, biólogo evolucionista de la Universidad de Harvard y autor del libro The upright ape (“el simio erguido”), cuya investigación apunta a que los antepasados de los humanos arcaicos, así como los de los grandes simios, caminaron erguidos y no sobre nudillos, como los actuales simios. Para llegar a esta conclusión, Filler ha estudiado las columnas vertebrales de unos 250 mamíferos, algunos de ellos ya extinguidos y con antigüedades que se remontarían hasta los 220 millones de años. Filler alude a una serie de cambios fisiológicos –relacionados con la espina dorsal y un tejido llamado septum horizontal[7]– que surgieron posiblemente por un defecto genético de nacimiento, los cuales habrían creado a un primer ser “hominiforme”. Y dadas estas anomalías anatómicas, este mamífero sólo habría podido sentirse cómodo caminando erguido.

Stephen J. Gould
Para Filler, este paso sucedió hace mucho tiempo y de forma abrupta (algo que nos recordaría al equilibrio puntuado de Jay Gould) con unos pocos y rápidos cambios genéticos. De esta manera, se deberían revisar los orígenes del bipedalismo, que ahora se sitúan como muy pronto hace unos 6 millones de años, y se deberían retrasar por lo menos hasta los 21 millones de años, época en la que vivió el supuesto primer primate bípedo, el Morotopithecus bishopi, hallado en Uganda (África). En otras palabras, Filler pone a este desconocido primate bípedo como el verdadero primer ancestro humano (y de los grandes simios).

Aparte, Aaron Filler cita que se han hallado vértebras fósiles de otros tres posibles primates bípedos, lo que confirmaría ese inicio de locomoción bípeda que luego “degeneraría” hacia la vida arborícola y el desplazamiento a cuatro patas, apoyándose en los nudillos. En este sentido, Filler se refiere a los actuales siamangs, un simio arborícola de la familia de los gibones, cuyas crías son capaces de caminar erguidas de forma innata sobre las ramas de los árboles, sin usar para nada la locomoción con nudillos. Así, Filler complica un poco las cosas al sugerir que el bipedalismo no se desarrolló sobre el suelo sino sobre las ramas de los árboles, que debían ser muy numerosos hace 20 millones de años. A su vez, los ancestros de chimpancés y gorilas tal vez evolucionaron hacia la locomoción con nudillos porque este era un modo más rápido de desplazarse.

Huellas incómodas


Para añadir más leña al fuego en esta controversia, está la cuestión de las huellas de pisadas humanas realizadas hace cientos de miles o millones de años. Su importancia no es poca, pues por ejemplo gracias al descubrimiento de un conjunto de unas huellas en Happisburgh (Norfolk, Inglaterra), que se remontan al menos a 950.000 años, se ha podido demostrar que el ser humano ya estaba en las Islas Británicas hace casi un millón de años, lo que hasta hace poco era prácticamente un anatema. Pero en el asunto de locomoción bípeda las pisadas cobran un extraordinario interés, pues pueden ser el testimonio de que el ser humano, aún en sus versiones más arcaicas, es mucho más antiguo de lo que se ha venido defendiendo hasta hace escasos años. Sin embargo, hay que puntualizar que, a falta de más restos (huesos, herramientas, etc.), siempre puede quedar la duda de si tales criaturas bípedas eran humanas o pre-humanas, como ahora se califica a los australopitecinos y otros primates que figuran como ancestros del género Homo.

Huella humana de Laetoli
El caso más llamativo –que ya he citado varias veces en este blog– es el de las pisadas de Laetoli (Tanzania), descubiertas por Mary Leakey hace unos 40 años. No voy a extenderme pues en comentarios, pero sí recordaré los argumentos principales: las huellas, atribuidas a varios individuos de corta estatura, eran indistinguibles de las pisadas de los humanos modernos, y según la datación geológica de los estratos de lava en que se localizaron (si la podemos dar por fiable), se situarían en los 3,7 millones de años. Lo que ocurre es que tales pisadas se atribuyeron a unos australopitecos, pues en aquella remota época no había –supuestamente– más homínidos capaces de realizar tales huellas. Sin embargo, a partir de los huesos de un australopiteco hallado en Sterkfontein (Sudáfrica) a finales del siglo XX por Ron Clark y datado en los mismos 3,7 millones de años, se pudo apreciar que mostraba un pie más bien simiesco, incapaz de realizar tal huella sobre el suelo.

Y en efecto, la paleontología nos quiere hacer creer que los australopitecos tenían un pie muy similar al humano moderno y que caminaban erguidos, pero las pruebas son muy escasas y confusas, y algunos expertos han afirmado que –a partir de meros prejuicios– se han realizado reconstrucciones anatómicas incorrectas y deducciones demasiado atrevidas. Sin ir más lejos, el ejemplar de Australopithecus afarensis (la famosa “Lucy”) fue hallado incompleto, sin sus pies, y sin embargo en las reconstrucciones museísticas se le representa con unos pies sospechosamente humanos, e incluso en la configuración del rostro se han realzado los rasgos humanos (por ejemplo, los ojos) para rebajar el aspecto simiesco.

Sea como fuere, en Laetoli nos encontramos con una criatura humana o humanoide de gran antigüedad que ya caminaba erguida sobre sus extremidades inferiores, siendo ese su medio locomoción habitual. Después ya tendríamos que referirnos a unas pisadas atribuidas a un Homo ergaster (el erectus africano) descubiertas hace diez años en Ileret (Kenya), con una antigüedad de 1,5 millones de años. Dichas huellas serían prácticamente iguales a las que realizamos nosotros, el Homo sapiens. (Por supuesto, tal atribución se basa solamente en las convenciones cronólogicas de la paleontología, como en el caso de Laetoli.)

No obstante, un reciente hallazgo paleontológico podría hacer retroceder el bipedalismo hasta una época todavía más lejana. Me refiero a las 29 huellas que se han descubierto en Trachilos (Creta), que se han atribuido a criaturas humanoides y que se remontan a nada menos que ¡casi 6 millones de años![8], en el periodo geológico denominado Mioceno. En este caso ha ocurrido algo muy similar a lo que se pudo ver en Laetoli: las pisadas tienen un tamaño y aspecto anatómico humano moderno y no pueden ser atribuidas de ninguna manera a un simio. 

Dientes del Graecopithecus
De rebote, este descubrimiento, unido al de otro espécimen, localizado en los Balcanes y bautizado como Graecopithecus freybergi, ha permitido lanzar nuevas especulaciones y teorías sobre la cuna de la Humanidad, con la intención de destronar la clásica teoría “out-of-Africa”, que aún es defendida por la mayoría del  estamento académico. Cabe señalar que precisamente los pocos restos que se han hallado de este nuevo homínido se han datado en unos 7 millones de años, no muy lejos de la cronología de Creta, lo que le hace firme candidato a autor de las huellas cretenses. Además, el estudio de una pieza dental de El Graeco (como se le ha apodado) revela que posiblemente estaba más próximo a los humanos que a los simios. Naturalmente, este hallazgo y las altisonantes declaraciones posteriores han puesto en guardia a los científicos escépticos, que se muestran muy reacios a plantear la existencia de humanos en épocas tan remotas, sobre todo porque ellos necesitan sostener su idea de la transición evolutiva más o menos gradual de un simio cuadrúpedo a un humano (o pre-humano) plenamente bípedo. 

Así pues, algunos rechazan la idea de que El Graeco fuera una criatura humana y prefieren referirse a un simio desconocido hasta la fecha que caminaba erguido, e incluso unos pocos rechazan que se trate realmente de huellas de pisadas. Sea como fuere, los científicos que descubrieron las huellas no encontraron muchas facilidades para publicar sus resultados, sino más bien todo lo contrario, lo cual no me sorprende en absoluto. Y por cierto, muy recientemente se ha confirmado la sustracción in situ de algunas de estas pisadas...

Conclusiones


Cráneo de australopiteco
Por supuesto que el hombre no desciende del mono, y los propios evolucionistas han usado este argumento hasta la saciedad para acallar las mofas de los creacionistas y otros críticos contumaces. Lo correcto, según la teoría darwinista, es afirmar que los monos y los humanos tenemos un antepasado común que vivió hace millones de años. No obstante, aun dando por buena esta afirmación, está claro –como hemos visto a través de las opiniones de los expertos– que dicho antepasado nunca ha sido identificado con certeza, puesto que han ido apareciendo diversos restos de homínidos cuya forma de locomoción es objeto de polémica.

En este contexto, hasta las personas de trayectoria académica irreprochable y más próximas a la ortodoxia, como Yvette Deloison, ya ven la imposibilidad de que un cuadrúpedo “evolucionase” hacia un ser perfectamente bípedo como es el hombre. Además, los hallazgos paleontológicos nos empujan cada vez más a reconocer la existencia de criaturas bípedas en épocas extremadamente antiguas, lo que incomoda a los defensores de una evolución gradual del primate que caminaba sobre nudillos al humano que camina erguido. Claro que los evolucionistas suelen recurrir a sus mágicas mutaciones aleatorias como prueba y aquí cierran la discusión...

En fin, lo que parecía una locura quizá ya no lo sea tanto. Nuestros queridos chimpancés y gorilas actuales podrían ser una derivación (no me atrevo a escribir “involución”) de unos homínidos bípedos que vivieron hace muchos millones de años. Pero, ¿cómo eran tales homínidos? ¿Podemos creer en la fantástica historia de Blavatsky y la degeneración de una raza humana hasta convertirse en primates inferiores? Tal vez los tiros vayan por otro lado, pero da la impresión de que, a pesar de ir acumulando pruebas paleontológicas, los prejuicios y los sesgos –en uno u otro sentido– nos impiden ver el bosque.  

© Xavier Bartlett 2017

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] Por supuesto, dando por buena la teoría de la evolución humana dentro del marco general de la evolución de las especies, según el darwinismo ortodoxo, lo que ya es un acto de fe. En este sentido, gran parte de los argumentos expuestos en este artículo presuponen que hubo algún tipo de evolución.
[2] Blavatsky consideraba que la propuesta de que descendemos de primates era “la teoría más extravagante de todas las épocas”
[3] En concreto, Blavatsky afirmaba que los simios inferiores procedían de la hibridación de un grupo de humanos de la tercera raza, inconscientes y de aspecto simiesco. Por otro lado, los simios antropoides procederían de la unión de humanos poco avanzados de la cuarta raza y los descendientes de la anterior hibridación. Por tanto, los primates tendrían en mayor o menor medida sangre humana, pero no al revés.
[4] Cabe señalar que bastantes expertos ponen en duda que los australopitecos mantuvieran una postura erguida, dando a entender que caminarían principalmente a cuatro patas (sobre los nudillos de la mano) y que todavía tendrían una importante actividad arborícola.
[5] Punto de unión entre el cráneo y la espina dorsal.
[6] Precisamente, de Sarre fue amigo del creador de la criptozoología, el francés Bernard Heuvelmans (fallecido en 2001), que creía firmemente en la existencia de tales seres antropoides.
[7] Es un tejido que separa el cuerpo en dos mitades, la ventral y la dorsal.
[8] La datación se hizo combinando el estudio geológico de las rocas sedimentarias y el análisis de los fósiles de unos microorganismos microscópicos llamados foraminíferos.

viernes, 21 de julio de 2017

Sobre el origen del hombre (2ª parte)


El registro fósil humano: cada experto con su especie


Los datos paleontológicos, cada día más abundantes e informativos, aunque, obviamente, no “completos” (Foote y Sepkoski, 1999; Benton et al., 2000) parecen resultar progresivamente más coherentes (por fin) con los datos neontológicos, es decir, los que nos indican cómo y porqué cambian los organismos. Cada vez resulta más claro que los cambios de organización biológica a gran escala, los grandes cambios de fauna y flora que han dado nombre a los principales períodos geológicos, están asociados afenómenos catastróficos de dimensiones globales que se han producido en nuestro planeta a lo largo de la historia de la Vida: caídas de enormes asteroides que han producido crisis ecológicas y climáticas a gran escala, acompañadas a veces de inversiones del campo magnético terrestre, que han dejado a la Tierra sometida a un violento bombardeo de radiaciones (Erickson, 1992), han provocado extinciones masivas seguidas de súbitas remodelaciones en las formas preexistentes. Según el prestigioso paleontólogo T. S. Kemp (1999): “Niveles muy altos de evolución morfológica, ocurren de forma característica a continuación de una extinción masiva.” Esta aparición de nuevas morfologías, necesariamente brusca, porque ha de producirse mediante cambios en el desarrollo embrionario, y esta situación de entorno prácticamente vacío, tiran por tierra, por otra parte, la visión competitiva implícita en el supuesto mecanismo de la selección natural.

Stephen Jay Gould
En palabras de S. J. Gould (uno de los más brillantes paleontólogos de los últimos tiempos), “La esperanza darviniana de una extrapolación suave de acontecimientos a pequeña escala (que pueden estudiarse directamente) al gran panorama geológico se viene abajo, y debemos reconocer el carácter distintivo que las extinciones masivas imponen a la historia de la Vida. [...] Si la mayor parte del tiempo se consume en períodos de recuperación, los modelos competitivos se vienen abajo...” Y estos hechos no sólo cuentan para los notables cambios morfológicos que se observan tras las extinciones masivas, sino también para las diferenciaciones a niveles taxonómicos inferiores. La Teoría del equilibrio puntuado, elaborada en 1972 por S. J. Gould y N. Eldredge (que en realidad no es una teoría, porque no propone una explicación, sino que se limita a describir lo que se observa en el registro fósil), ha puesto de manifiesto unos hechos, también sistemáticos, y que ya eran reconocidos por los paleontólogos predarwinistas: 1º En cualquier área local una especie no surge gradualmente por transformación constante de sus antecesores, sino que aparece de una vez y plenamente formada. 2º Las especies aparecen en el registro fósil con una apariencia muy similar a cuando desaparecen. Es lo que se conoce como estasis, período que puede durar entre uno y diez millones de años. Estos fenómenos se han podido constatar de una forma indiscutible cuando el registro fósil ha permitido estudiar especies durante largos períodos sin solución de continuidad (Williamson, 1983; Kerr, 1995). Desde luego, la forma en que estos cambios bruscos se han de producir resulta difícil de visualizar, y muy especialmente para los biólogos, tras 150 años de adiestramiento mental en la extrapolación con el tiempo de los pequeños cambios graduales a los cambios de organización, pero estas remodelaciones bruscas, producidas en una generación por cambios en el desarrollo embrionario se han podido verificar experimentalmente en artrópodos (Morata, 98; Ronshaugen et al., 2002). Puede resultar misterioso o difícilmente concebible el modo en que estos cambios de organización se han tenido que producir en medio de grandes disturbios ecológicos, pero precisamente son los misterios (y no las explicaciones simplistas) los estímulos de la investigación científica.

Todos estos datos (sobre la complejidad de la información genética, sobre la integridad y la plasticidad de los genomas, sobre la interconexión de todas las características durante el desarrollo embrionario que conducen a remodelaciones globales, sobre los “saltos” en el registro fósil...) habrán de ser incorporados, algún día, por los paleontólogos para su interpretación de la evolución humana. Desgraciadamente, no parece que el momento esté próximo. Las obras más recientes sobre evolución humana comienzan sistemáticamente por una introducción compuesta por una declaración de fe darvinista y una base teórica estructurada sobre las fórmulas, hipótesis y asunciones de la Genética de poblaciones. Y con semejantes cimientos no cabe esperar una gran solidez en el edificio.

Huella de Laetoli (Tanzania)
Para comenzar por la base, los fósiles más antiguos de lo que se considera –aunque no por todos los expertos– un homínido son unos restos extremadamente fragmentarios (un fragmento de húmero, algunos dientes y pequeños trozos de huesos) bautizados como Orrorin tungenensis y datados en, aproximadamente, seis millones de años de antigüedad, a finales del Mioceno. La pista de sus antepasados directos y lineales se pierde en el Mioceno, en el que restos de características simiescas, escasos y extremadamente fragmentarios, dada la dificultad que para la fosilización ofrece la selva tropical, han recibido, por parte de sus descubridores, los nombres de Keniapithecus, Heliopithecus, Ouranopithecus, Otavipithecus... Naturalmente, cada investigador los introduce, voluntariosamente, en el linaje humano. Pero, aunque es evidente que de algún antiguo primate hemos de descender, junto con nuestros parientes, los póngidos, sólo tenemos unas primeras pruebas que nos hablan claramente de la historia de nuestros antecesores aunque, desgraciadamente, son indirectas. Se trata de las huellas fósiles de Laetoli, en Tanzania, que indican una evidente marcha bípeda y una morfología del pie típicamente humanas. Descubiertas por el equipo de Mary Leakey en 1977, son impresiones que, sobre fina ceniza volcánica humedecida por la lluvia, dejaron dos homínidos, uno más grande y otro de menor tamaño que atravesaron la llanura sobre la que se habían depositado en dirección Sur-Norte. La descripción de Mary Leakey y la observación de las fotografías revelan una marcha claramente humana. El ritmo de la marcha, la firme pisada con el talón, el arco plantar y el dedo gordo paralelo a los demás indican, como han reconocido numerosos expertos (Lovejoy, 1981; Robbins, 1987; Tuttle et al., 1991, etc.), que el pie que dejó esas huellas era anatómica y funcionalmente como el humano, y que ya existía hace 3,6 millones de años.

El problema surge a la hora de asignarle un propietario. Los restos fósiles de que se dispone, pertenecen a los que la versión oficial, es decir, la comúnmente admitida, considera nuestros antecesores directos: los conocidos genéricamente como Australopitecinos. En este “cajón de sastre” se incluyen (con discrepancias entre distintos autores) desde Ardipithecus ramidus hasta los Australopithecus africanus y robustus (estos últimos con sus “versiones” Paranthropus y boisei), pasando por los Australopithecus anamensis, playtiops, y garhi, en la línea de los africanus, y bahrelgazhali y aethiopicus en la de los robustus, además de los que, para muchos, son los responsables (por ser coetáneos) de las huellas de Laetoli: los Australopithecus afarensis.

La situación de cada ejemplar fósil en la línea evolutiva humana es objeto de ardorosos y, en ocasiones, agrios debates en los que cada investigador (y especialmente si es el descubridor) tiene su propia versión, pero la idea generalmente admitida es que algún tipo de australopitecino es nuestro antecesor, con excepción de los robustus, caracterizados por una cresta ósea sagital que recorre la parte superior del cráneo, y que se consideran una “rama abortiva” de la evolución humana, es decir, extinguidos, bien por la competencia con “homínidos mas aptos”, bien por su propia “ineptitud”.

¿Dónde están los restos de los antecesores de chimpancés y gorilas?
Sin embargo, resulta extraño que entre la abundancia de fragmentos de homínidos rescatados de lo que antes fueron frondosas selvas africanas (Rayner y Masters, 1994), no se encuentre el más pequeño vestigio de nuestros parientes evolutivos más próximos: los chimpancés y los gorilas. Pero eso no parece tener la más mínima importancia para un darvinista convencido, y así nos lo explica Juan Luis Arsuaga (1999): “Obsérvese que en el dendrograma no aparece ninguna especie fósil de de chimpancé. La razón es que no se conoce ninguna. Sin embargo, no cabe esperar que los chimpancés fósiles vengan a rellenar el foso que nos separa de sus descendientes vivos, por lo que no son importantes en esta discusión: nadie cree que haya habido en el pasado chimpancés más bípedos o más inteligentes que los actuales. Lo que se necesita [el subrayado es mío] son formas de algún modo intermedias, eslabones perdidos en la retórica tradicional, o dicho aún más crudamente: hombres-mono.” Éste se puede considerar un típico ejemplo de cómo las firmes convicciones pueden despojar cualquier argumento del más mínimo carácter científico. Porque desde un punto de vista científico, es decir, desde el análisis reflexivo y crítico de las distintas posibilidades, el razonamiento debería ser de este tipo: ¿Cómo es posible que se hayan encontrado cientos de fragmentos fósiles de homínidos y no exista un solo resto de póngidos con los que, al menos inicialmente compartían hábitat? Y, seguramente, la respuesta esté en que una gran cantidad de fósiles atribuidos al linaje humano sean, en realidad, de antecesores de chimpancé y gorila.

Para no enfrascarnos en una estéril especulación sobre los extremadamente fragmentarios y discutidos restos previos a las pruebas más sugerentes, las huellas de Laetoli, vamos a enfrentarnos a sus contemporáneos: los Australopithecus afarensis de África de Este. El estudio de los huesos de pies y manos, bien conservados, denotan unas curvaturas en las falanges típicas de los póngidos. Los cráneos, extremadamente fragmentarios, muestran una morfología simiesca, y sus mandíbulas y maxilas unos grandes caninos con el diastema característico de los póngidos. Incluso el fósil más completo de esta “especie”, la famosa Lucy de El Afar, está resultando menos humana de lo que sus descubridores (Johanson y White) pretendían. La reconstrucción de su cadera, diferente según distintos expertos, presenta una cresta ilíaca más humana (Lovejoy, 1981) o más simiesca (Schmid, 1983; Stern y Susman, 1983). De hecho, Richard Leakey, siempre ha sostenido que en los restos dispersos y fragmentarios de los afarensis de Tanzania se encontraban mezclados restos de australopitecinos y de Homo que, para él, es muy antiguo.



Recreación museística del Australopithecus afarensis

Para complicar más si cabe la ceremonia de confusión en que se han convertido los debates sobre las fases iniciales de la evolución humana, un estudio llevado a cabo por Richmond y Strait (2000) sobre los huesos de la muñeca de Australopithecus anamensis de Kenia y Australopithecus afarensis (la ya famosa Lucy) de Etiopía, datados entre 3 y 4 millones de años, ha llevado a la conclusión de que su estructura y proporciones son las típicas de los póngidos que caminan apoyados en los nudillos. La conclusión es: “Los humanos evolucionaron de antecesores que caminaban apoyados sobre los nudillos.” Ahora bien, si tenemos en cuenta la forma característica en que los pies se apoyan sobre su borde externo en el suelo en esta forma de desplazamiento, incluso cuando caminan erguidos, la pregunta que surge es: ¿A qué antecesor pertenecen las huellas de Laetoli? Y esto nos lleva a los australopitecinos más clásicos, los africanus y robustus sudafricanos, los primeros tradicionalmente incluidos en la línea evolutiva humana, y los segundos excluidos de ella. El descubrimiento, en África del Sur de cuatro huesos del mismo pie de un australopitecino sin determinar muestra unas proporciones y curvaturas que revelan, sin posible discusión, una morfología típica de los actuales póngidos (Deloison, 1996). Todo esto conduce, inevitablemente, a una conjetura, al parecer, inimaginable para los especialistas en la evolución humana: Si la morfología de muchos de estos restos es característica de póngidos, si su forma de desplazarse es la típica de los póngidos y su hábitat es el de los actuales póngidos, ¿no es posible que muchos de estos homínidos fueran en realidad póngidos?

Una “investigación de laboratorio” tan accesible para un no especialista, como revolucionaria en su metodología, puede ser observar los moldes de Australopithecus africanus (Sterkfontein, member 4) y de Zinjanthropus (Olduvai, H 5), y compararlos con cráneos de machos de chimpancé y gorila actuales. Las características superestructuras óseas de estos últimos (la cresta sagital, los arcos superciliares, la morfología facial) sin duda más significativos desde el punto de vista de la organización embriológica que sus matices o dimensiones, se pueden identificar, una por una, más acentuadas, y explicables por heterocronías, (aceleraciones o retardos en el proceso embrionario) en los gorilas machos. En cuanto a las semejanzas entre el cráneo de Australopithecus africanus y el de chimpancé, son tan llamativamente estrechas que resulta sorprendente que los paleontólogos humanos, que se enzarzan en prolijos debates sobre las diferencias “específicas” entre restos humanos basadas en matices morfológicos, a veces irrelevantes, no se hayan planteado jamás estas espectaculares semejanzas. Pero quizás no sea este el problema, porque, lógicamente, algún científico se lo ha planteado: M. Verhaegen (1994), ha revisado una gran cantidad de datos correspondientes a la morfología y dimensiones craneodentales de los australoptecinos y los ha comparado con las de chimpancés, gorilas y humanos, adultos e inmaduros. Los grandes australopitecinos de África del Este resultan más próximos a los gorilas, mientras que los del Sur de África se aproximan a chimpancés y humanos. La conclusión es que la relación de los diferentes australopitecinos con humanos, chimpancés y gorilas debe ser reevaluada. El verdadero problema es que este tipo de planteamientos hacen tambalearse el paradigma dominante, por lo que son sistemáticamente ignorados, devaluados o relegados al ostracismo por las “jerarquías del evolucionismo”.

Cráneo del Sahelantropus tchadensis
Todo parece indicar que la supuesta ausencia de restos de póngidos en el registro fósil es más un resultado de la idea prevaleciente de la evolución humana y del deseo de los investigadores de encontrar su ejemplar de gran trascendencia, que de la realidad. Y así se ha puesto de manifiesto recientemente, cuando un póngido (y para colmo, hembra), ha pasado a formar parte (aunque, naturalmente, con discrepancias) del registro paleontológico. El descubrimiento, en Etiopía, este mismo verano, del denominado por sus descubridores (Brunet et al., 2002) Sahelanthropus tchadensis, el más antiguo miembro de nuestra familia, un cráneo muy completo, pero fragmentado y sujeto, por tanto, a diferentes reconstrucciones en función de las ideas previas sobre su condición, bautizado como Toumaï, y datado entre 6 y 7 millones de años, ha sido recalificado por Milford Wolpoff, uno de los más brillantes paleoantropólogos actuales, como perteneciente a un gorila hembra ancestral en función, fundamentalmente, de las características de la base del cráneo (Wolpoff et al., 2002). No obstante, tanto sus descubridores como otros expertos, siguen negándose a conceder a los pobres póngidos un lugar en el registro fósil.

La sensación que produce esta situación, que se está convirtiendo en absurda, es que, antes o después habrá que rehacer toda la filogenia humana. Pero, para ello, parece necesario un difícil ejercicio de renovación conceptual (en función de los nuevos conocimientos) en la comunidad de los paleoantropólogos, en la que las interpretaciones darwinistas sobre la condición y la evolución humanas parecen estar tan arraigadas. Una renovación que haga posible desprenderse de la ya obsoleta visión de un cambio gradual y (aunque pretendan negarlo), progresivo, dirigido por supuestas ventajas de los “más aptos” en una permanente competencia entre sí mismos, con los demás, con el entorno... y sustituirla por otra más coherente con lo que nos revelan los actuales datos genéticos, embriológicos, ecológicos y paleontológicos sobre los procesos evolutivos. Entre los primeros, unos muy recientes y muy significativos nos pueden dar algunas pistas sobre los procesos implicados en la adquisición de la morfología humana. El equipo de Kelly Frazer, en California, mediante la utilización de biochips de ADN, en chimpancés, cuyas diferencias genéticas con el hombre, basadas en el simple recuento de bases distintas (polimorfismos de nucleótidos), han estado consideradas durante los últimos treinta años en un 1,5 %, han identificado inserciones y delecciones que cubren un rango desde 200 a 10.000 bases de longitud y que, en conjunto, comprenden unas 150.000 bases (Pennisi, 2002). Sin duda, estas reorganizaciones genéticas han de tener alguna relación con los hechos que comentaremos a continuación.

Elisabeth Vrba
La prestigiosa paleontóloga Elisabeth Vrba, coautora junto a S. J. Gould de brillantes trabajos sobre evolución, ha identificado dos períodos de grandes cambios climáticos en la Tierra. Uno de ellos se produjo entre 7 y 4,5 millones de años (África estaba unida a Europa, y el Mediterráneo, antes Mar de Tetis, había quedado reducido a unos cuantos lagos salados). Otro, entre 3 y 2 millones de años. Ambos se caracterizan por un notable descenso de la temperatura, grandes transformaciones orogénicas y cambios evolutivos masivos –una vez más– en todo el planeta (Vrba, 1999). Estos “cambios evolutivos”, es decir, remodelaciones bruscas sistemáticamente observadas en todos los taxones animales (Kemp, 1999) y vegetales (Moreno, 2002), han de tener alguna correspondencia con la evolución humana (a no ser que se la considere “un caso aparte”). El conjunto de características anatómicas estrechamente interrelacionadas subyacentes al bipedismo humano es considerable, e incluye desde el orificio occipital y las curvaturas cervical y lumbar de la columna vertebral, hasta la pelvis más corta y ancha y un fémur inclinado conectados por una musculatura reorganizada, extremidades inferiores largas y con la superficies articulares ampliadas, la articulación de la rodilla modificada para su extensión y un pie de apoyo plano en el que el dedo gordo, aumentado en tamaño, es paralelo al resto. Resulta poco menos que absurdo pensar que cada una de estas modificaciones se pudiera conseguir independientemente, gradualmente y al azar, a partir de una morfología propia del cuadrupedismo sobre los nudillos.

Un árbol con una rama


Aunque los primeros indicios de un patrón morfológico humano se remontan, indirectamente, a las huellas de Laetoli de hace 3,6 millones de años, los restos fósiles más indiscutibles datan de unos dos millones de años –las supuestas dos especies Homo habilis y Homo rudolfensis– caracterizados no sólo por su morfología, sino por estar asociados a una industria lítica sencilla (Oldovaica), que ha llevado a los paleoantropólogos a concederles la consideración de Homo. Pero esta condición no sólo se desprende del hecho de su capacidad de elaborar (de preconcebir) herramientas, por simples que sean (lo que, por otra parte, es lógico por ser las primeras, además de que no se dispone de información sobre el uso de herramientas perecederas), tampoco del volumen cerebral, un lastre de la antropología decimonónica profundamente arraigado.

El carácter distintivo del cerebro humano no es su tamaño, sino su organización y, a falta de datos paleontológicos fiables sobre ésta, sólo podemos guiarnos por un comportamiento distintivamente humano. En Koobi Fora, en Kenia, se han encontrado (Isaac, 1997) los restos de una actividad de planificación y cooperación que sólo así se puede considerar. Hace 2,5 millones de años, los restos de un hipopótamo encontrado, probablemente muerto, fueron meticulosamente destazados, como señalan las muescas dejadas por las herramientas en los huesos. En su proximidad se encontraron las pruebas de la existencia de una fábrica de herramientas en los bloques de piedra llevados allí ex profeso, y unos claros indicios (herramientas y fragmentos de huesos) de un troceo y reparto de alimentos. Estos datos nos informan de unas actividades (de cuyo origen y precedentes no se dispone, por el momento, de documentación) claramente humanas.

Llegados aquí, quizás sea conveniente un inciso para una breve reflexión: Un argumento profundamente arraigado y muy utilizado en las interpretaciones darwinistas de la evolución humana (y con un evidente componente etnocéntrico) es la pretendida relación entre complejidad tecnológica y capacidad mental. Supuestamente, la sencillez o la uniformidad de las herramientas líticas primitivas indicarían una escasa inteligencia en sus autores (Tattersall, 2000). Sin embargo, cabe plantearse si el verdadero mérito es de los que producen las mejoras o de los primeros que fabricaron (que concibieron) esas herramientas. De igual modo, no es mayor el mérito de los técnicos que mejoran las prestaciones de un automóvil que el del que ideó la primera máquina “automóvil”. Si alguien afirmase que la simpleza y la poca eficacia de la primera máquina de James Watt reflejan su escasa inteligencia, lo razonable sería dudar de la del emisor de tal juicio.

Artefactos líticos prehistóricos (Valsequillo, México)
Pues bien, a partir de estas pruebas tan significativas y de los fósiles de los homínidos asociados a esta misma cultura lítica, lo que se observa en el registro paleontológico son matices (variaciones morfológicas irrelevantes y lógicas mejoras en la tecnología) de un mismo tema básico: la organización anatómica y de comportamiento inherente a la condición humana. Los distintos restos humanos datados en fechas posteriores y prácticamente continuos en el tiempo, han sido analizados, medidos, comparados y clasificados por sus diferentes descubridores con una meticulosidad infinitamente superior a la mostrada con los restos de los australopitecinos. Desde lo que se admite como la aparición del “género” Homo, es decir, fósiles asociados a una morfología y/o a una cultura claramente humanas, se han propuesto un número variable de especies diferentes (por lo que, según el concepto de especie, no deberían ser interfecundas entre sí): Homo habilis, H. rudolfensis, H. ergaster, H. erectus, H. antecessor, H. heidelbergensis, H. neanderthalensis y, finalmente, Homo sapiens. Las “especies paleontológicas”, es decir las basadas en restos casi siempre muy fragmentarios son, en muchas ocasiones, artefactos con una base real poco sólida o, al menos, inverificable. Pero en el caso de la evolución humana, la “compartimentación” específica de unas variaciones morfológicas cuya traducción en términos genéticos se desconoce, pero cuya comparación con la variabilidad actual (existente tras milenos de intercambio genético), hace pensar que no resulta muy superior, es casi un acto de fe. La amplísima distribución temporal (una estasis de más de dos millones de años) y espacial (desde África y Europa hasta Extremo Oriente y Oceanía) de una especie formada por grupos no muy numerosos, de una extremada movilidad, y muy susceptibles, por ello, a fenómenos demográficos (que no evolutivos) de deriva genética (aislamientos reproductivos, mortalidad diferencial aleatoria, etc.), justificarían más que sobradamente la variabilidad encontrada a lo largo del tiempo.

Cráneo de Homo erectus europeo
Y esta posibilidad se ha visto reforzada con el reciente descubrimiento en Etiopía (Asfaw et al., 2002) de un cráneo datado en un millón de años de antigüedad, con unos rasgos morfológicos característicos de la supuesta especie Homo erectus de China. La consecuencia que deriva de este hallazgo es que “Homo erectus era un grupo casi tan variado y ampliamente distribuido como los humanos actuales” (Clarke, 2002). Y, por si este descubrimiento no fuera suficiente para derribar los tópicos árboles filogenéticos cargados de especies que se extinguen o que ascienden gradualmente en status humano a medida que cambia ligeramente su aspecto o progresa su tecnología, un también reciente hallazgo, ha sorprendido (cabe suponer que desagradablemente) a los paleoantropólogos constructores de dichos árboles. Se trata de tres pequeños cráneos, acompañados de industria lítica muy primitiva encontrados en Dmanisi, en el Cáucaso y datados, nada menos, que en ¡un millón setecientos cincuenta mil años! (Balter y Gibbons, 2002). “En algunas características los diminutos nuevos cráneos se asemejan a H. habilis, un homínido africano que algunos consideran ancestral a Homo erectus. [...] Estos especimenes subrayan la necesidad de un profundo replanteamiento de la diversidad del temprano... Homo.”

Estos son sólo algunos de los descubrimientos que están derribando viejos tópicos darvinistas sobre la relación entre diferencias morfológicas y grado de evolución. La simplista y arraigada extrapolación que liga progreso tecnológico con progreso en inteligencia (según la cual Bill Gates debería ser infinitamente superior en inteligencia a Platón, por poner un ejemplo de nuestra cultura), llega, a veces, a extremos próximos a lo grotesco: La simplicidad de las primeras herramientas líticas conocidas (la primera gran innovación) es al parecer, un indicio de una capacidad mental tan escasa, que se podría calificar de inexistente: “Los harían sin darse cuenta, lo que no quiere decir que no pudieran entrañar cierta dificultad (es sorprendente la cantidad de operaciones muy complejas que cualquiera de nosotros realiza cada día de forma automática, y es seguro que no somos conscientes de todo lo que pasa por nuestra cabeza)” (Arsuaga, 1999). Es decir, la búsqueda de piedras adecuadas, la elaboración de las herramientas e, incluso, el troceo y reparto de la carne de un animal se identifican con las acciones que hoy hemos incorporado a nuestras rutinas y realizamos de forma mecánica, para concluir que las distintas actividades efectuadas para conseguir alimento hubieron de ser realizados por una especie de “autómatas” que no tenían conciencia de sus actos... Un verdadero acto de fe.

Bifaz achelense
Pero, al parecer, las capacidades de estos autómatas inconscientes y primitivos eran sorprendentes (según la explicación antes expuesta, los más sorprendidos de los resultados serían ellos mismos). La industria lítica conocida como Acheulense, por el lugar de su primer descubrimiento, en Saint Acheul, (Francia), ha estado considerada durante mucho tiempo originaria de Europa, donde (¡cómo no!) se habrían producido las innovaciones culturales fundamentales (hubo toda una teoría basada en el “impulso del frío” al progreso cultural). Esta industria se caracteriza –entre otras cosas– por el hacha de mano en la que, además de una mayor zona de corte que las herramientas previas, se puede apreciar una búsqueda premeditada de la simetría (se podría aventurar: de la belleza). Pues bien, en 1992, en unos sedimentos de Konso Gardula (Etiopía) que cubren un período de entre 1,3 y 1,9 millones de años, se encontraron las más antiguas herramientas típicamente acheulenses conocidas por el momento (Asfaw et al., 1992).

Pero también hay que hablar de un detalle aparentemente trivial, pero que nos informa de unos hábitos, tal vez no muy elegantes, pero muy humanos: se encontró una mandíbula izquierda característica de Homo erectus (para algunos ergaster) con evidentes muestras en todos los dientes de haber sido marcados por el uso habitual de mondadientes.

Resulta muy revelador del espíritu que subyace a las interpretaciones darvinistas de la evolución humana, el marcado contraste entre la gran importancia que dan a las diferencias en el aspecto físico de los hombres y la poca valoración que conceden a las pruebas que reflejan una gran inteligencia en los homínidos primitivos. De ahí, la escasa relevancia que se da a datos obtenidos en investigaciones muy bien fundamentadas con revelaciones extraordinarias sobre la conducta de nuestros antecesores. En Marzo de 1998, se publicó en Nature el artículo: Edades por trazas de fisión de herramientas líticas y fósiles en la isla de Flores, Este de Indonesia (Morwood et al., 1998): Hace 800.000 años, los hombres (los homínidos pertenecientes a la “especie” Homo erectus) ¡eran capaces de navegar! y cruzar repetidamente distancias que, en los períodos de menor nivel de las aguas, superaban los 19 kilómetros. Ésta es la distancia mínima que separaba la isla de Flores del archipiélago de Sonda (próximo, por cierto, a Australia), donde llegaron a extinguir mediante la caza, perfectamente documentada, tortugas gigantes y Stegodon enanos. La conclusión del artículo es que “las capacidades cognitivas de esta especie deben ser reconsideradas.” Efectivamente, la construcción o la utilización de algún tipo de balsa, necesaria para una travesía semejante, y la repetición del hecho, implican una capacidad de previsión y de comunicación, imprescindibles para actuar en grupo, que descalifican a la concepción ortodoxa de estos homínidos como seres inconscientes dirigidos por el instinto. Por eso, unas pruebas paleontológicas que serían aceptadas como indiscutibles para apoyar alguna tesis oficial son consideradas “débiles” por los darvinistas más ortodoxos.

A medida que aumentan los conocimientos biológicos y los datos del registro fósil, resulta más patente la necesidad de reconsiderar muchos viejos tópicos. Pero, sobre todo, el aparentemente más arraigado y, con toda seguridad, el más distorsionado (y distorsionador) de la concepción de la naturaleza humana, porque constituye la base de la rancia visión victoriana de la realidad que impregna las interpretaciones darvinistas: la idea de que unos hombres son por naturaleza superiores a otros, lo que justifica que en la feroz competencia en la que se desarrollan las relaciones entre los seres vivos, sólo triunfen los “más aptos”. Y esta es la explicación de la historia evolutiva de la Humanidad: la sustitución sistemática y total (en palabras de Darwin, el “reemplazo”) de los hombres más primitivos por los que tuvieran alguna ventaja –siempre relacionada con una mayor inteligencia– sobre ellos. La extrapolación de esta concepción (que, desgraciadamente, es la que mayor difusión tiene en los medios de comunicación por ser la versión oficial) a las relaciones entre los pequeños grupos de cazadores-recolectores en que se desenvolvían nuestros antecesores es, a todas luces, absurda.

De los datos históricos sobre grupos humanos con esta forma de vida (y también de los actuales aunque, por desgracia, cada día más escasos y aculturados), la primera característica a destacar es la carencia del sentimiento de posesión de la tierra. La conciencia de que es ella la que ofrece sus dones les hace considerarse como pertenecientes a la tierra. La segunda, es la fácil disposición para la movilidad: cada individuo, cada grupo familiar, no dispone de otros bienes que los necesarios para realizar sus actividades de caza y recolección. Para un modo de vida así, la acumulación de objetos sería absurda, porque habría que transportarlos en cada desplazamiento. Y la tercera, es la cooperación en las cacerías y en la labor de recolección y el reparto de los alimentos obtenidos entre el grupo. Estos hechos, documentados con pocas variantes en distintos grupos africanos, asiáticos, australianos, americanos... no responden a una “idealización” del bucólico modo de vida nómada. Son conductas elaboradas a partir de la experiencia que las ha hecho necesarias porque resultan más eficaces para la supervivencia del grupo que la actitud contraria. Naturalmente, esto no quiere decir que los actos ocasionales de violencia estuviesen ausentes en la vida de estos grupos. De hecho, a veces aparecen en restos fósiles humanos pruebas claras de heridas causadas por actos de violencia interpersonal que suelen ser resaltados como una prueba del carácter violento de estos homínidos, cuando lo que muchas veces nos revelan es que la frecuente curación de estas heridas, en ocasiones graves, indica los cuidados eficaces que estas personas se dispensaban. En suma, tanto lo uno como lo otro, una clara prueba de su condición humana.

Distintos homínidos: ¿competidores o colaboradores?
En este contexto, es decir, en un mundo poblado por bandas nómadas de cazadores-recolectores, la sustitución de unos grupos por otros se hace prácticamente –se podría afirmar que totalmente– imposible: Si tenemos en cuenta que de la superficie total de la Tierra, 510 millones de Kilómetros cuadrados, aproximadamente 149 millones, (con pequeñas fluctuaciones en función de los ascensos y descensos del nivel del mar causados por las glaciaciones) estaban libres de las aguas, e incluso considerando sólo una tercera parte de esta superficie (unos 50 millones de kilómetros cuadrados) como la que reuniría las óptimas condiciones para la vida, ¿tiene sentido pensar que unos grupos dispersos y móviles compuestos por no mucho mas de 50 personas (límite aproximado impuesto a este tipo de grupos por la cantidad de terreno necesario para su aprovisionamiento), con unas herramientas y armas semejantes, básicamente de piedra y madera, tengan la más mínima posibilidad de eliminar totalmente a grupos semejantes, por otra parte, perfectamente adaptados a su entorno a lo largo de milenios? La población humana total, ya en el Paleolítico superior, se ha estimado en unos 5 millones de personas. Aún siendo el doble, tendrían todo el espacio imaginable para escapar, incluso en el extremadamente improbable caso de que los recién llegados, a pesar de su cultura cazadora-recolectora, dispusieran de alguna supuesta superioridad producida por alguna mutación darwinista responsable de una conducta colonialista. En base a estos argumentos, (o más concretamente, a estos datos), y haciendo uso de una mínima capacidad de imaginación, parece más razonable pensar que, a lo largo de milenios (hay que resaltar: milenios) de vida móvil, de encuentros y de compartir hábitat y modo de vida, se estableciese un inevitable “flujo génico” entre ellos.

De hecho, otra característica muy habitual entre los grupos nómadas históricos es el intercambio de jóvenes entre distintos grupos, consecuencia probable de la observación de los problemas derivados de un exceso de endogamia, y que se realizaba –y aún se realiza– mediante grandes reuniones periódicas de varios grupos o, incluso, menos diplomáticamente, por medio del secuestro (más o menos ritualizado) de muchachas por los jóvenes de otros grupos. Desde luego que, dada la inmensidad del territorio disponible, es muy posible que algunos grupos hayan permanecido aislados durante mucho tiempo, como se ha documentado en Java y, últimamente, en Australia (Thorne y Wolpoff, 1992) que, a la luz de las precoces capacidades marineras de sus posibles pobladores, fue colonizada, con toda seguridad, mucho antes de lo que generalmente se cree. Una colonización consciente y llevada a cabo por una “especie” muy polimórfica y ampliamente distribuida, casi como la Humanidad actual.
 
© Máximo Sandín 2002

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