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martes, 2 de mayo de 2017

Herejías evolutivas


A estas alturas, y después de largos años de creencia en una teoría (el evolucionismo) que tiene mucho de ideología y más bien poco de ciencia, tengo que admitir que cuanto más me he adentrado en el estudio del origen de ser humano, menos certezas he obtenido. Sé que podría parecer un contrasentido, pero la acumulación de datos y hechos, y el contraste entre la ortodoxia darwinista y los postulados alternativos no me han aportado más luz, sino más duda y confusión. Pero, en fin, no es que desde posiciones disidentes se vean las lagunas y contradicciones, es que ya los propios científicos ortodoxos –defensores a ultranza del evolucionismo como hecho científico indiscutible– están empezando a reconocer que están perdidos en un laberinto de pruebas contradictorias y conjeturas del que no tienen la menor idea de cómo van a salir.

¿Y todo esto por qué? Básicamente porque desde los tiempos de Charles Darwin se ha ido construyendo un complejo edificio teórico fundamentado en una ideología racista, ultraliberal y competitiva, tal y como algunos científicos heterodoxos, como el profesor Máximo Sandín, han señalado oportunamente. Y lo que es más llamativo es que ya desde el siglo XIX se pudo observar que había una evidente falta de pruebas que el propio Darwin achacó al aún insuficiente conocimiento del registro fósil de especies vegetales y animales. Con el tiempo, no obstante, fueron apareciendo algunas pruebas físicas que parecían ratificar la teoría, aunque se seguía sin obtener un registro completo que mostrara la esperada gradualidad o uniformidad de la evolución de las especies a lo largo de millones de años, tal como reconoció un científico tan prestigioso como Stephen Jay Gould hace no muchas décadas.

S. J. Gould
La solución para este problema la sugirió el propio Gould –junto con Niles Eldredge– al plantear la posibilidad de un cierto equilibrio puntuado, según el cual en ciertos momentos, y debido a factores ambientales, las especies experimentarían saltos o discontinuidades bruscas que romperían el ritmo uniforme (o lento) de los cambios. De este modo, la evolución no sería siempre un proceso gradual o regular, sino que a veces se producirían cambios rápidos en poco tiempo sobre poblaciones muy localizadas y de escaso número de individuos, lo que a su vez explicaría la ausencia en el registro fósil de diversas formas transicionales entre las especies más arcaicas y las más modernas. Por cierto, que todo esto como planteamiento teórico está muy bien pero no ha habido forma humana de demostrarlo con pruebas fehacientes y se han tenido que violentar los propios fundamentos de la ciencia biológica para hacer que la teoría triunfase sobre la observación de la realidad.

De hecho, según el científico del CSIC Emilio Cervantes: 
Si se mira desde un punto de vista estrictamente científico, experimental, entonces la Teoría de Evolución por Selección Natural de Darwin no es una teoría científica, porque no es demostrable mediante experimentación y no es refutable. [...] La biología es la ciencia experimental poderosa y predominante en nuestro tiempo. Por lo tanto, la biología no puede someterse a las teorías especulativas de la evolución, sino al contrario.”[1]
Pero vayamos al origen del ser humano, siguiendo unos patrones “evolutivos”. Como es obvio para la ciencia actual que los homínidos no surgieron por arte de magia o por la obra de un creador, debe haber una causa natural que marcara el arranque de una línea evolutiva avanzada dentro de los primates y que luego fuera a desembocar al género Homo, cuyo último representante somos nosotros, el Homo sapiens. A este respecto, se han ido proponiendo teorías o escenarios en que podría haber tenido este desarrollo evolutivo, siendo la propuesta más aceptada la del investigador francés Yves Coppens, la llamada East Side Story. Y todo ello dentro de los márgenes de la citada gradualidad o uniformidad, yendo de los especímenes más primitivos a los más modernos, en un largo y lento progreso tanto de los rasgos físicos como de los intelectuales.

No obstante, el resultado de 150 años de estudios y hallazgos paleontológicos no ha sido precisamente una perfecta cadena de seres que van gradualmente desde el simio hasta el hombre moderno y en la que debía haber sus correspondientes y bien identificados eslabones de transición (incluido el famosísimo “eslabón perdido”). Antes bien, los hallazgos, que han sido escasos y relativamente incompletos, han ofrecido un panorama muy diverso en forma de arbusto, con varias líneas o ramas que los expertos tratan de relacionar y casar para aclarar las continuidades, discontinuidades o vías muertas que llevarían de los homínidos más primitivos hasta nosotros mismos.

El clásico esquema evolutivo humano
Y en este contexto, todo el edificio de la selección natural y la “mejora” de las especies debe funcionar en una escala lineal de tiempo, según la cual lo más arcaico y menos “adaptado” debe ser anterior a lo más moderno y avanzado, y así pues las formas primitivas y deficientes deben desaparecer en beneficio de las especies más capaces para subsistir y reproducirse. Siguiendo este modelo pensamiento, sólo nosotros estamos aquí, en el mundo actual, como representantes máximos de esa línea evolutiva; todos los demás desaparecieron hace muchos miles de años.

Sin embargo, las propias pruebas paleoantropológicas obtenidas durante el siglo XX y principios del XXI nos muestran un escenario más bien confuso, incluyendo datos contradictorios o heréticos, que son aparcados o explicados según el filtro cognitivo del paradigma imperante. De esta manera, se intenta salir airosamente de los apuros a base de suposiciones y de confianza en futuros descubrimientos que acabarán por despejar definitivamente la vía evolutiva humana. Pero pasemos ahora a explorar algunos ejemplos de estas “herejías”.

Como es bien sabido, la ortodoxia evolucionista da por hecho que los antecesores directos del género Homo son los llamados australopitecinos, una familia de homínidos arcaicos que ya tendría las primeras características “humanas”[2] y que sólo se ha localizado en África, con una datación de unos pocos millones de años. A grandes rasgos se dividen en gráciles y robustos, aunque los paleontólogos no tienen demasiado claro qué línea concreta fue la que condujo al género Homo. E incluso, yendo un poco más allá, ya se habla de pre-australopitecinos, los que habrían estado antes que los primeros australopitecos, también en África por supuesto. Pues bien, en 2002 se halló en el Chad un cráneo bastante completo de un pequeño homínido, y se dató en 6-7 millones años. Este nuevo homínido, un supuesto pre-australopitecino que fue denominado científicamente Sahelantropus chadensis, mostraba unas características muy especiales, con una combinación de rasgos claramente simiescos con otros bastante similares a los humanos.

Sahelantropus chadensis
En primer lugar, lo más simiesco era el propio tamaño y forma del cráneo, pequeño y alargado, el rostro prognato y los arcos supraciliares muy marcados. Pero. por otro lado, sus pequeños caninos eran similares a los humanos, así como la posición del foramen mágnum (enlace del cráneo con la columna vertebral), situado más hacia el centro del cráneo en vez de la parte trasera, rasgo típico de los simios. En cuanto a su posible bipedalismo, los expertos no se ponían de acuerdo y más bien lo dejaban en entredicho. No obstante, sumando todos sus rasgos, se consideró que el Sahelantropus podría haber sido antecesor de los humanos y que también podría tener relación con los modernos chimpancés y gorilas.

Llegados a este punto, cabe destacar que el fuerte arco supraciliar es muy típico del Homo erectus (y también de los neandertales)[3], pero aquí saltan las alarmas, pues la amplia familia de los australopitecinos –datada entre 4,5 y 1 millón de años aproximadamente– carece de esta característica... con lo cual aparece en escena la terrible sospecha de que todos nuestros queridos australopitecos no sean precursores directos del ser humano, echando por tierra los cimientos del discurso aceptado sobre la evolución humana[4]. Ahí es nada.

Huella de Laetoli
Puestos a plantear más dudas sobre los australopitecinos, cabe mencionar las muy conocidas pisadas o huellas de Laetoli (Tanzania)[5], localizadas en 1979 y que también se atribuyeron a un grupo de australopitecos, por la sencilla razón de que –dada la datación geológica de unos 3,7 millones de años– no había más homínidos supuestamente bípedos sobre el planeta que los australopitecos. Sin embargo, la propia descubridora, Mary Leakey (esposa de Louis), reconoció que dichas huellas eran prácticamente indistinguibles de las del humano moderno. El grave problema, que aún persiste, es que disponemos de huesos de pie de australopiteco –bastante más simiesco que humano– y de algunas de sus pisadas, y no coinciden con lo que se puede ver en Laetoli. Luego, o bien estamos quizá ante un homínido desconocido (pariente o no de los australopitecinos) o bien se trata de pisadas de un Homo, en una época aparentemente “imposible”[6].

Y sin salir de África, tenemos otro ejemplar descubierto por el equipo de Louis Leakey que generó gran controversia en su momento y que a día de hoy sigue aparcado en un cierto limbo científico, pues los expertos no han sabido clasificarlo o relacionarlo con otros homínidos anteriores o posteriores. Me estoy refiriendo al llamado cráneo “ER 1470” hallado en Kenya en 1972, y que luego fue bautizado con el nombre técnico de Homo rudolfensis. En un principio se le dató en unos 3 millones de años y se le concedió una capacidad craneal de nada menos que 700 cm3.

Homo rudolfensis
Realmente, este hallazgo supuso un dolor de cabeza para los expertos porque dadas sus características físicas parecía de la familia del Homo habilis pero tenía características distintas, con un aspecto más “humano”, lo que podría hacerle candidato a ancestro directo del hombre moderno, aunque algunos expertos se salieron por la tangente y lo clasificaron como un australopiteco más grácil (y recordemos que las cronologías ejercen de potente prejuicio a la hora de clasificar los hallazgos). Pero la polémica persistía y no era poca cosa, pues este cráneo era notablemente más grande y más antiguo que el del habilis (datado entre 2,5 y 1,4 millones de años). Sin embargo, las aguas volvieron a su cauce cuando pocos años después el H. rudolfensis fue redatado en 1,9 millones de años y se rebajó su capacidad craneal a unos 500 cm3, lo cual encajaba mucho mejor en una escala evolutiva Asimismo, hubo cierta discusión por la manera en que se reconstruyó el cráneo, para darle un aspecto más simiesco. De hecho, no pocos especialistas lamentan que las reconstrucciones de antiguos homínidos (a veces de cuerpo entero) están teñidas de sesgos y prejuicios para hacerlas más “simiescas” o “humanas” según lo que le interese demostrar al investigador.

Después tenemos otro conjunto de herejías que ya he citado ampliamente en este blog, y que se refiere a los restos de homínidos en el continente americano. Allí, la ortodoxia académica sigue sin moverse de su horizonte Clovis (o pre-Clovis), que asegura que los humanos (se entiende el Homo sapiens) no se establecieron en el continente americano antes de 25.000 a. C. como fecha máxima[7]. No obstante, desde hace décadas se viene acumulando una irrefutable evidencia en forma de pruebas arqueológicas de una presencia humana en América que se puede remontar en algunos casos a cientos de miles de años, sin que quede claro si esa presencia pudiera incluir homínidos más arcaicos, como el propio Homo erectus.  Así, la lista de yacimientos polémicos desde Alaska a la Patagonia se ha ido ampliando desde hace al menos medio siglo: Monte Verde (Chile) con 33.000 años; Sheguiandah (Canadá), entre 65.000 y 125.000 años; Texas Street (EE UU), entre 80.000 y 90.000 años; Calico (EE UU), unos 200.000 años; Toca da Esperança (Brasil), entre 200.000 y 290.000 años; y Hueyatlaco (México), entre 250.000 y 400.000 años.

Finalmente, cabría citar otro aspecto que resulta especialmente herético y molesto, que no es otro que la aparición de homínidos supuestamente muy arcaicos en épocas recientes. Este hecho resulta particularmente embarazoso porque violenta el principio de que las especies más antiguas acaban por desaparecer y son sustituidas por especies más modernas, más capaces y mejor adaptadas, esto es, más “evolucionadas”. Y lo que es peor, tales especies se superponen unas con otras durante largos periodos de tiempo sin que haya “sustitución”, aparte de no mostrar apenas ningún signo de cambio anatómico a lo largo de cientos de miles o millones de años de existencia. Por ejemplo, el Homo erectus (datado entre 2 y 0,3 millones de años) cada vez tiene una mayor extensión cronológica, sobre todo hacia adelante, pues se le suponía extinguido hace 300.000 años pero se han identificado restos de erectus en Java de hace 50.000 años y otros de apenas unos 6.000 años, si bien estos últimos han sido rechazados por gran parte del estamento académico.

Hombre de la cueva del ciervo
Pero, para desconcierto de muchos, las “rarezas” siguen apareciendo en el registro arqueológico, como el llamado Hombre de la cueva del ciervo rojo, un homínido hallado en 1989 en China[8]. Se trataba de un homínido de aspecto tosco o arcaico, con marcados rasgos físicos atribuibles al Homo erectus o incluso al Homo habilis, como por ejemplo su moderado tamaño craneal, su prominente arco supraciliar, su ancha nariz, su fuerte mandíbula sin mentón o sus grandes dientes molares. No obstante, la sorpresa saltó cuando se obtuvieron las dataciones por radiocarbono a partir de unos restos de carbón, que arrojaron unas fechas extremadamente modernas, entre 14.500 y 11.500 años de antigüedad. Por supuesto, el hallazgo de estos peculiares restos humanos provocó el consiguiente debate evolutivo, en el cual se propusieron soluciones para todos los gustos: desde que era una nueva especie –tal vez procedente de África– que se debía clasificar a que era el resultado de la hibridación de humanos modernos y denisovianos[9], pasando por un escenario de supervivencia de una población marginal de homínidos primitivos.

Imagen de Azzo Bassou
A todo esto, la ortodoxia científica no quiere saber nada de posibles homínidos arcaicos (¿parientes nuestros?) todavía vivos en la actualidad, como los legendarios yeti, bigfoot, almas, etc. que según varios investigadores alternativos –y algún académico disidente– son especímenes bien reales que comparten determinados rasgos plenamente humanos con otros más simiescos. Así, se suelen citar los múltiples informes de huellas y avistamientos, e incluso algún caso de captura de uno de estos seres, como la llamada Zana, una supuesta hembra almas encontrada en Siberia y de aspecto neandertal, que vivió en el siglo XIX. Pero aún hay más, pues se tiene constancia –con testimonios y pruebas fotográficas– de la existencia en los años 30 del siglo pasado de un ser humano que bien podríamos calificar de neandertaloide, según su marcada fisonomía, si bien su pequeño cráneo se asemejaría más al de un Homo erectus. Era un individuo llamado Azzo Bassou, originario del valle de Dadès (Marruecos), de aspecto y comportamiento muy primitivos. Y por cierto, la comunidad científica no pareció estar demasiado interesada en este caso.

Sin embargo, el ejemplo arquetípico de las herejías evolutivas es el muy reciente Homo floresiensis (de la isla de Flores, en Indonesia), descubierto en 2003 en la cueva de Liang Bua. Se trata de una especie de humano anatómicamente moderno en muchos aspectos pero de talla muy reducida –alrededor de 1 metro– por lo cual recibió el apodo de “hobbit”. En cuanto a su cronología, según las pruebas radiométricas, se estima que vivió entre el 90000 a. C y el 13000 a. C., que resultan ser unas dataciones considerablemente modernas para un homínido tan pequeño y primitivo, y que parece aislado de cualquier relación evolutiva con los homínidos contemporáneos o inmediatamente anteriores.

En un principio se barajó la hipótesis de que fuera una comunidad aislada de sapiens (o incluso erectus) afectada por la enfermedad del enanismo, aunque era muy forzado imaginar un proceso de fuerte enanismo a partir de homínidos de talla y peso muy superiores. Así pues, se acabó por imponer la visión de que estamos ante una nueva –y desconcertante– especie, que a pesar de mostrar algunos rasgos arcaicos no sería muy distinta de los humanos modernos. Con todo, esta especie de “pigmeo” destaca por tener un cráneo muy pequeño (alrededor de 400 cc.), con una capacidad semejante a la de los australopitecos o incluso a los actuales chimpancés.

Cráneo de un Homo floresiensis
No obstante, según las pruebas arqueológicas, los hobbits eran capaces de realizar herramientas líticas de una factura y calidad similar a las realizadas por los neandertales y los sapiens. De hecho, según se pudo observar al estudiar su endocráneo, la estructura del cerebro del floresiensis sería bastante semejante a la de los humanos modernos, con un lóbulo frontal y unos temporales muy desarrollados, que son zonas asociadas al lenguaje y a las habilidades racionales. Pero, claro, dada la escasa estatura y ciertos rasgos arcaicos del floresiensis, los especialistas trataron de buscarle unos ancestros evolutivos adecuados, descartando lógicamente al sapiens. Así pues, propusieron en primer lugar al Homo erectus por ser la especie que cronológica y geográficamente podría casar como antecesor directo, aunque en contra de esta teoría cabe decir que a día de hoy no hay pruebas físicas de su presencia en la isla y su semejanza es bastante discutible.

Cráneo de un australopiteco
De este modo, surgieron otros candidatos más afines en términos de fisonomía como el conocido Homo habilis o bien algún tipo de nuestros socorridos australopitecinos, e incluso una especie recientemente identificada con el nombre de Homo georgicus[10]. Con todo, dichas propuestas tenían el grave inconveniente de plantear que estos homínidos tan primitivos habrían recorrido enormes distancias desde la lejana África o desde Asia y habrían perdurado mucho más de lo aceptado, pues ninguno de estos aspirantes seguía vivo hace un millón de años (según la ortodoxia). Y luego no faltaron los que –en un acto de humildad científica– reconocieron que el ancestro del pequeño hobbit tal vez sería una especie diferente y aún desconocida.

Y para acabar de rematar las incógnitas, en Mata Menge (otra cueva de Flores) se encontraron unos utensilios líticos –no muy distintos de los realizados por el hobbit– con una increíble antigüedad de 840.000 años, pero sin ningún resto óseo humano, aunque a falta de más datos dichos artefactos se atribuyeron –nuevamente por prejuicio cronológico– a los erectus. Pero esto obliga a suponer que los erectus ya estaban allí en tan remota fecha y que además habrían tenido que navegar para alcanzar la isla, pues Flores, a diferencia de otras islas de Indonesia, no estaba conectada a la masa continental asiática en esa remota era.  O sea, si la datación es correcta[11], nadie sabe qué homínido estaba allí por aquella época y sobre todo cómo pudo llegar, pues la población humana de las islas del Pacífico se remonta a unas decenas de miles de años, pero no a cientos de miles.

De momento, nadie sabe con certeza de dónde salió el Homo floresiensis, por qué sólo lo encontramos ahí, o cómo acabó por extinguirse, sabiendo que convivió bastantes miles de años con el Homo sapiens. Entretanto, la ortodoxia evolucionista sigue rompiéndose la cabeza para hacer encajar las múltiples pruebas en su brillante e indiscutible teoría.

© Xavier Bartlett 2017

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] CERVANTES, E. El Traje Nuevo de Darwin: Una opinión personal y otros puntos de vista sobre la Teoría de Evolución por Selección Natural. Digital CSIC handle/10261/6161
[2] Especialmente, la postura erguida y la locomoción bípeda.
[3] En cambio, nosotros, los sapiens, “perdimos” esta característica facial de nuestros supuestos antepasados sin que haya ningún motivo especial que explique ese salto evolutivo.
[4] Para la visión académica, el primer Homo, el Homo habilis, debe descender sin duda de alguna línea de australopitecinos. De todas formas, es de justicia puntualizar que algunos investigadores, incluido el famoso Louis Leakey, nunca creyeron que los autralopitecinos –dadas sus claras formas simiescas– estuvieran en la línea evolutiva principal de los humanos
[5] Véase el artículo específico sobre el tema en este mismo blog.
[6] Para Michael Cremo, creacionista hindú, no se debe excluir la posibilidad de que se trate de un humano anatómicamente moderno, u Homo sapiens, ya que –según las escrituras védicas– el ser humano es muchísimo más antiguo de lo que defiende la teoría darwinista.
[7] De hecho, a la cultura Clovis (de New México, EE UU) se le concedía una antigüedad de pocos más de 12.000 años.
[8] Concretamente en la cueva Maludong, en la provincia de Yunnan. El descubrimiento corrió a cargo de un equipo internacional chino-australiano.
[9] Hipótesis planteada por el paleontólogo británico Chris Stinger. Los denisovianos son una especie de reciente identificación a partir de unos escasos restos óseos hallados en Siberia. Sin embargo, los investigadores han localizado trazas genéticas de este ser casi desconocido en varios ejemplares de homínidos, sugiriendo que se cruzó tanto con el neandertal como con el sapiens.
[10] Homínido descubierto en Dmanisi (Georgia) y de talla no superior a 1,50 metros, con rasgos arcaicos semejantes al Homo habilis. Su datación se sitúa alrededor de 1,8 millones de años.
[11] Cabe señalar que algún experto ha negado que estos artefactos puedan ser tan antiguos, considerando que se produjo un error metodológico en la datación. Así, los artefactos serían mucho más modernos (unos 20.000 años) y se deberían atribuir al Homo sapiens.

sábado, 10 de octubre de 2015

El Homo naledi: ¿uno más de los “eslabones perdidos”?




Hace muy poco asistimos al espectacular descubrimiento de un nuevo homínido, el Homo naledi, que ha sido presentado a bombo y platillo ante todo el mundo como una pieza esencial para entender el origen y la evolución del ser humano. Pero... ¿hay realmente para tanto, o es uno más de los fuegos artificiales que usa el estamento académico para apuntalar socialmente la teoría de la evolución, ahora que cada vez más científicos se atreven a discutirla? Vayamos por partes y expongamos los hechos principales para luego entrar en el terreno del análisis.

Reconstrucción del rostro del Homo naledi
Esta nueva especie fue hallada en 2013 en una cueva llamada Rising Star, cerca de Johannesburgo (Sudáfrica), la cual venía siendo explorada por espeleólogos y paleontólogos desde hace décadas. De hecho, el profesor Lee Berger, de la Universidad de Witwatersrand ya había encontrado allí algunos destacados restos de homínidos muy antiguos[1]. No obstante, Berger creía que este lugar tenía más potencial paleontológico. Y en efecto, aunque esta vez fue preciso deslizarse con gran dificultad hasta una pequeña cámara de acceso muy estrecho, se pudieron identificar allí los restos de otro homínido, que sería llamado posteriormente Homo naledi[2]. Primero se encontró un cráneo y gran parte de un esqueleto, en un estado de conservación bastante bueno. Más adelante, irían apareciendo muchos más huesos confirmando que había varios individuos en la misma cavidad. Al final, se recuperaron más de 1.500 piezas óseas correspondientes a unos 15 individuos de diferentes edades. Sin embargo, no se hallaron restos de artefactos ni de huesos de animales o cualquier otro signo de actividad humana.

Tras examinar diversas partes sueltas y reconstruir algunos esqueletos, lo que enseguida llamó la atención al equipo de investigación es que este espécimen tenía diversas características más próximas al género Homo que a los australopitecinos. Su aspecto físico corresponde a un homínido de alrededor de 1,50 de altura media y un peso de unos 45-50 kilos. Algunos de sus rasgos son más bien primitivos, como sus hombros, tórax, caderas y manos, las cuales se parecen mucho a las típicas manos con dedos curvados de los simios que trepan a los árboles. En cambio, el cráneo, pese a ser bastante pequeño (500 cm3), no es muy simiesco en su forma, y muestra unos dientes semejantes a los del erectus o el neandertal. Su estructura ósea general sería más bien grácil y la esbeltez de los huesos de las piernas y la forma relativamente moderna del pie serían indicio de que esta especie caminaba erguida la mayor parte del tiempo.

Sin embargo, pese a la gran cantidad de huesos hallados y la notable apariencia “mixta” de éstos, persisten aún importantes incógnitas, empezando por la imperiosa necesidad de disponer de una datación fiable[3], lo que sería un elemento fundamental para colocar esta especie en el árbol genealógico humano. Berger, basándose sólo en aspectos morfológicos, ha asignado al naledi una antigüedad de unos 2,5-2,8 millones de años, en el inicio de lo que sería el género Homo, si bien no hay obstáculo alguno que impida postular una datación muy posterior, por debajo de un millón de años e incluso de cientos de miles de años. Sea como fuere, mientras no se tengan datos concretos en este campo[4], se mantendrá la especulación y su incierta posición en el esquema evolutivo humano, pues la teoría necesita especies intermedias que “ilustren” todo el proceso gradual de evolución, pero sobre todo que casen en términos cronológicos, porque si no se desmonta todo el edificio.

Pero sin duda la principal discusión es la propia denominación de estos restos, pues aunque Berger los ha asignado al género Homo, también es cierto que varios expertos internacionales se han mostrado escépticos y han señalado que se asemejan bastante a otros fósiles previos de australopitecos de tipo grácil. Con todo, Berger cree que lo que sería definitivo para asociar estos esqueletos al género Homo sería su propia localización. Así, dado que la cavidad era muy pequeña y de difícil acceso y que no había restos que denotaran ninguna actividad, él considera que los cuerpos (ya cadáveres) fueron depositados allí de forma ritual –o sea, a modo de cripta funeraria– en una época en que quizás era un poco más fácil llegar a la diminuta cámara. Por tanto, Berger alega que tal comportamiento relacionado con la creencia en el más allá sólo puede ser propio de los humanos. Otros expertos, sin embargo, rechazan esta interpretación y creen que es una hipótesis muy forzada, a la vista de las escasas pruebas disponibles.

La tópica imagen de la evolución humana
Una vez expuesto el caso, vale la pena realizar algunas reflexiones para centrar la controversia. Lo que podemos decir es que a estas alturas del siglo XXI, la ciencia paleoantropológica sigue a la búsqueda de los ejemplares de homínidos que de alguna manera vayan cerrando el enigma evolutivo propuesto por Darwin sobre el origen del hombre. Así, una vez abandonado el creacionismo religioso hace siglo y medio, la ciencia ha ido encontrando restos fósiles de homínidos, calificando a unos como propiamente humanos (el género Homo) y a otros como posibles ancestros, procedentes de una rama común que en su día compartimos con los primates que hoy conocemos bien, como el chimpancé, el gorila, el orangután, etc.

Lo cierto es que esa pieza intermedia entre primate y humano –o eslabón perdido, según la terminología más popular– nunca ha aparecido después de muchas décadas de investigación, porque en sí era un concepto teórico derivado de la necesidad de encontrar un perfecto ser “intermedio” para justificar la validez de la teoría darwinista. De hecho, hoy en día el concepto de eslabón perdido se considera una antigualla científica del todo obsoleta y se prefiere hablar de un arbusto evolutivo con muchas ramas interconectadas en vez de una cadena lineal con eslabones bien identificados. Este enfoque permite no tener que señalar a una especie o ejemplar en concreto como candidato a primate humanoide, y propone un estudio más flexible de todos los homínidos hallados, tratando de situarlos en una secuencia evolutiva temporal, con múltiples ramificaciones que deben conectarse –o no– hasta llegar a la cima, que sería nuestra propia especie, el Homo sapiens.

En todo caso, desde que Raymond Dart descubriera el primer australopiteco hace casi un siglo, la ciencia ha tratado por todos los medios de dibujar el camino evolutivo desde un antepasado primate hasta nosotros, a través de ciertos hallazgos que han sido convenientemente etiquetados para asignarlos a la extensa familia de australopitecinos (no propiamente humanos aún) o bien para atribuirlos a especies humanas, desde el llamado Homo habilis hasta el sapiens. En este largo camino de millones de años, y siguiendo la ortodoxia uniformista, no se habrían producido saltos enormes sino ligeros y constantes progresos evolutivos[5] a través del tiempo que habrían ido “humanizando” a los primates (o a una línea de ellos, para ser más precisos) hasta alcanzar nuestro actual estadio de desarrollo físico e intelectual.

Pero las cosas no son tan simples como pudieran parecer, e incluso muchos brillantes paleontólogos han tenido que reconocer que el registro fósil es todavía relativamente escaso y que cada nuevo hallazgo comporta más dudas e interrogantes. Además, dada la diversidad morfológica de los restos hallados, no es nada fácil establecer los criterios de “qué es humano (o semihumano) y qué no”, y de qué modo se produjeron los cambios[6]. Por ello, ahora existe una obsesión por determinar las relaciones filogenéticas entre las especies identificadas para aclarar de un modo más “objetivo” quién es pariente de quién y quién desciende de quién, más allá de la pura comparación anatómica. Pero no cabe duda de que en el fondo subyace la convicción de que el árbol genealógico humano, por muchas ramas que tenga –algunas divergentes y otras convergentes– debe contener una clara línea de especimenes que muestren esa evolución gradual en el tiempo, de lo más primitivo o animal a lo más avanzado o humano.

Cráneo ER 1470
Sin embargo, en la práctica, los restos arqueológicos superan con mucho a la teoría y se muestran a veces muy desconcertantes, como es el caso de ciertos especímenes que tienen rasgos teóricamente más humanos pero que son extremadamente antiguos, como por ejemplo el Homo rudolfensis. Este homínido, representado por un cráneo llamado “ER 1470”, al cual se le concedió una capacidad craneal de unos 700 cm3, fue hallado por el equipo del Dr. Louis Leakey en Kenya en 1972 y se dató en unos 3 millones de años. Su aparición supuso un dolor de cabeza para los expertos porque parecía de la familia del habilis pero tenía características distintas, con un aspecto más humano, lo que podría hacerle candidato a ancestro directo del hombre moderno, aunque algunos expertos lo clasificaron como un australopiteco más grácil. Pero el problema real –y más grave– es que era más antiguo que el Homo habilis y con un cráneo más grande, si bien las aguas parecieron volver a su cauce cuando años más tarde fue redatado en 1,9 millones de años y se le rebajó su capacidad craneal a unos 500 cm3.

Muchísimo más flagrante es el caso del Homo floresiensis (de la isla de Flores, en Indonesia), que bien podría ser la situación inversa: un homínido más cercano al australopiteco –al menos en apariencia– pero tremendamente reciente, pues su cronología se ha fijado entre 90000 a. C y 13000 a. C. Se trata de una especie con muchos rasgos de humano anatómicamente moderno pero de talla muy reducida (alrededor de 1 metro), lo cual justificó su apodo de hobbit. A pesar de que algunos expertos creen que podría descender del Homo erectus, tanto su tamaño como su peso y capacidad craneal (apenas unos 380 cm3) recuerdan a los de los australopitecos más antiguos o incluso a los chimpancés. No obstante, como se pudo demostrar mediante estudios antropológicos y arqueológicos, esta especie era ciertamente inteligente y capaz de realizar artefactos líticos de buena factura, muy parecidos a los fabricados por el hombre de Cro-Magnon europeo hace 30.000 años.

Reconstrucción de mujer "hobbit"
Bastantes paleontólogos opinan que el hobbit es realmente una nueva especie de homínido, mientras que unos pocos consideran que la adaptación a unas condiciones de vida extremas pudo empujar a esta especie al enanismo[7], o sea que se trataría de una degeneración o malformación a partir de una especie conocida (¿sapiens?). Con todo, el itinerario evolutivo del hobbit no está nada claro y no faltan los que apuestan por un antecesor aún desconocido para este Homo, ya que consideran que el Homo erectus (o incluso el sapiens) era demasiado grande para haber involucionado hacia un ser tan pequeño. ¡Y a la hora de proponer ancestros se llegó a hablar de Homo habilis e incluso de australopitecos, que nunca han sido identificados fuera de África! En definitiva, más de un paleontólogo ha confesado que este hallazgo obliga a reconsiderar muchos aspectos de la evolución y a replantear el concepto de “humano”.

Así las cosas, volviendo ya a Sudáfrica, el Homo naledi sigue en un estadio de gran indefinición, a falta de estudios más profundos. Lo que sí es cierto es que pese a tener un esqueleto similar al humano (aunque sea arcaico), los elementos primitivos son muy claros y la capacidad craneal es muy baja, prácticamente la mitad del Homo erectus, lo cual  lo acerca bastante más a los australopitecinos. Tampoco ayuda el hecho de que no tengamos huellas inequívocas de que manejara o trabajara artefactos, hiciera fuego o tuviera ciertas capacidades intelectuales desarrolladas. En todo caso, vemos que los expertos no se ponen de acuerdo y mientras Berger, el brillante descubridor, resalta los rasgos únicos de este espécimen, otros antropólogos le bajan los humos afirmando que, o bien era una variante de Homo erectus o bien una reliquia aislada que sobrevivió hasta tiempos recientes, pero que en modo alguno va cambiar el panorama actual de la paleoantropología. En fin, todo esto me da más la sensación de lucha entre egos científicos mientras la verdad se va quedando por el camino. Me encanta esta “objetividad” de la ciencia[8].

El diminuto cráneo del Homo floresiensis
Finalmente, ¿cómo definimos al hombre (género Homo)? ¿Y al primate? ¿Por qué los científicos, a cada diferencia morfológica hallada, se apresuran a “crear” nuevas especies? ¿Y por que esa obsesión con el tamaño del cerebro? Vemos que el tamaño del cráneo –y consecuentemente del cerebro– no es en absoluto garantía de distinción entre humanos y no humanos. Hoy sabemos que los humanos modernos, dependiendo de la raza y hasta de cada individuo, pueden manifestar una inteligencia normal o superior con cerebros bastante pequeños, de hasta 700 cm3. Y recordemos que la propia ciencia engloba en el género Homo a individuos con capacidades desde los 380 cm3 (los floresiensis) hasta los 1.500 cm3 (los neandertales). Pero es más, incluso conocemos casos de personas aquejadas de enfermedades como la hidrocefalia que tienen más líquido que cerebro en el interior de sus cráneos y aún así muestran una inteligencia normal[9]. Luego, es bien posible que la inteligencia y la conciencia no residan necesariamente en un cerebro grande, aunque esto ya sería tema para otro artículo.

Por otro lado, es bien sabido que ciertos primates pueden caminar erguidos temporalmente y que pueden usar objetos a modo de utensilios. Y no olvidemos que, según los estudios científicos, un chimpancé comparte con nosotros el 98% del ADN. Entonces, tan próximos... y tan lejanos, con sólo un 2% de diferencia genética. Inevitablemente surgen varias cuestiones al respecto: ¿Cómo definimos pues a todos estos seres del pasado que no son “simios” pero tampoco “humanos”? ¿Por qué todos los primates poseen 24 pares de cromosomas y los humanos 23? ¿Y qué papel juega en todo esto ese alto porcentaje de ADN basura que tienen los humanos y que ningún científico ha explicado aún para qué sirve?

¿No será que hay simios y humanos, con sus múltiples variantes morfológicas, pero que nunca existió una especie intermedia (o varias), porque los humanos tal vez no descendemos de los primates, por mucha proximidad que haya entre nosotros? ¿Estamos dispuestos a plantear ya otros escenarios científicos que no sean la misma obsesión evolutiva de siempre? Estaría bien disponer de algunas respuestas para estas preguntas.

© Xavier Bartlett 2015



Imagen H. naledi: © Mark Thiessen/National Geographic/PA





[1] Así, en 2008 se encontraron dos esqueletos bastante enteros de homínidos de aspecto primitivo, que fueron datados en alrededor de dos millones de años y asignados a una nueva variante de australopitecinos: el Australopithecus sediba.

[2] De Dinaledi, “cámara de las estrellas” en el lenguaje local sesotho, por llamarse así la cámara en cuestión.

[3] A fecha de hoy aún no se han realizado análisis de este tipo, ni con C-14 ni con otra técnica. Lo que se sabe es que otras técnicas habituales, como la datación de estratos de cenizas volcánicas, no son aplicables en este caso.

[4] Cabe destacar que esta falta de datación estuvo a punto de comprometer la publicación de los hallazgos, pues muchas revistas científicas se niegan a publicar investigaciones paleontológicas que carezcan de datación.

[5] De todos modos, es oportuno citar que el prestigioso científico Stephen Jay Gould planteó la famosa teoría del “equilibrio puntuado” para explicar los fuertes cambios o apariciones y desapariciones bruscas de especies a causa de factores puntuales en el tiempo.

[6] En este sentido, la ortodoxia científica siempre recurre a la genética y a las mutaciones aleatorias como explicaciones objetivas, aunque no haya prueba directa que demuestre que una determinada mutación sea la causante de un cierto cambio “evolutivo”.

[7] Por cierto, me permito recordar que el mismo profesor Lee Berger, a raíz del hallazgo de grandes huesos humanos en África, propuso un periodo de gigantismo en la historia de la Humanidad, tal vez protagonizado por Homo heilbergensis o sapiens muy arcaicos hace medio millón de años. Y nadie le ha hecho caso hasta la fecha.

[8] Estas guerras de egos son muy antiguas y perviven con buena salud, como en nuestro caso del muy único y esencial homínido Homo antecesor, que para muchos expertos internacionales se trataba de una simple variante de H. heilderbergensis.


[9] Estos casos fueron estudiados por el Dr. John Lorber, neurólogo británico, que constató que varios niños, pese a estar afectados por una fuerte hidrocefalia, tenían unas capacidades intelectuales normales. En uno de los casos, Lorber apreció que un buen estudiante de matemáticas, con un CI de 126, apenas poseía un cerebro “físico” pues su cráneo sólo contenía una fina capa de células cerebrales de 1 mm. de espesor; el resto era líquido cefalorraquídeo.