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viernes, 21 de julio de 2017

Sobre el origen del hombre (2ª parte)


El registro fósil humano: cada experto con su especie


Los datos paleontológicos, cada día más abundantes e informativos, aunque, obviamente, no “completos” (Foote y Sepkoski, 1999; Benton et al., 2000) parecen resultar progresivamente más coherentes (por fin) con los datos neontológicos, es decir, los que nos indican cómo y porqué cambian los organismos. Cada vez resulta más claro que los cambios de organización biológica a gran escala, los grandes cambios de fauna y flora que han dado nombre a los principales períodos geológicos, están asociados afenómenos catastróficos de dimensiones globales que se han producido en nuestro planeta a lo largo de la historia de la Vida: caídas de enormes asteroides que han producido crisis ecológicas y climáticas a gran escala, acompañadas a veces de inversiones del campo magnético terrestre, que han dejado a la Tierra sometida a un violento bombardeo de radiaciones (Erickson, 1992), han provocado extinciones masivas seguidas de súbitas remodelaciones en las formas preexistentes. Según el prestigioso paleontólogo T. S. Kemp (1999): “Niveles muy altos de evolución morfológica, ocurren de forma característica a continuación de una extinción masiva.” Esta aparición de nuevas morfologías, necesariamente brusca, porque ha de producirse mediante cambios en el desarrollo embrionario, y esta situación de entorno prácticamente vacío, tiran por tierra, por otra parte, la visión competitiva implícita en el supuesto mecanismo de la selección natural.

Stephen Jay Gould
En palabras de S. J. Gould (uno de los más brillantes paleontólogos de los últimos tiempos), “La esperanza darviniana de una extrapolación suave de acontecimientos a pequeña escala (que pueden estudiarse directamente) al gran panorama geológico se viene abajo, y debemos reconocer el carácter distintivo que las extinciones masivas imponen a la historia de la Vida. [...] Si la mayor parte del tiempo se consume en períodos de recuperación, los modelos competitivos se vienen abajo...” Y estos hechos no sólo cuentan para los notables cambios morfológicos que se observan tras las extinciones masivas, sino también para las diferenciaciones a niveles taxonómicos inferiores. La Teoría del equilibrio puntuado, elaborada en 1972 por S. J. Gould y N. Eldredge (que en realidad no es una teoría, porque no propone una explicación, sino que se limita a describir lo que se observa en el registro fósil), ha puesto de manifiesto unos hechos, también sistemáticos, y que ya eran reconocidos por los paleontólogos predarwinistas: 1º En cualquier área local una especie no surge gradualmente por transformación constante de sus antecesores, sino que aparece de una vez y plenamente formada. 2º Las especies aparecen en el registro fósil con una apariencia muy similar a cuando desaparecen. Es lo que se conoce como estasis, período que puede durar entre uno y diez millones de años. Estos fenómenos se han podido constatar de una forma indiscutible cuando el registro fósil ha permitido estudiar especies durante largos períodos sin solución de continuidad (Williamson, 1983; Kerr, 1995). Desde luego, la forma en que estos cambios bruscos se han de producir resulta difícil de visualizar, y muy especialmente para los biólogos, tras 150 años de adiestramiento mental en la extrapolación con el tiempo de los pequeños cambios graduales a los cambios de organización, pero estas remodelaciones bruscas, producidas en una generación por cambios en el desarrollo embrionario se han podido verificar experimentalmente en artrópodos (Morata, 98; Ronshaugen et al., 2002). Puede resultar misterioso o difícilmente concebible el modo en que estos cambios de organización se han tenido que producir en medio de grandes disturbios ecológicos, pero precisamente son los misterios (y no las explicaciones simplistas) los estímulos de la investigación científica.

Todos estos datos (sobre la complejidad de la información genética, sobre la integridad y la plasticidad de los genomas, sobre la interconexión de todas las características durante el desarrollo embrionario que conducen a remodelaciones globales, sobre los “saltos” en el registro fósil...) habrán de ser incorporados, algún día, por los paleontólogos para su interpretación de la evolución humana. Desgraciadamente, no parece que el momento esté próximo. Las obras más recientes sobre evolución humana comienzan sistemáticamente por una introducción compuesta por una declaración de fe darvinista y una base teórica estructurada sobre las fórmulas, hipótesis y asunciones de la Genética de poblaciones. Y con semejantes cimientos no cabe esperar una gran solidez en el edificio.

Huella de Laetoli (Tanzania)
Para comenzar por la base, los fósiles más antiguos de lo que se considera –aunque no por todos los expertos– un homínido son unos restos extremadamente fragmentarios (un fragmento de húmero, algunos dientes y pequeños trozos de huesos) bautizados como Orrorin tungenensis y datados en, aproximadamente, seis millones de años de antigüedad, a finales del Mioceno. La pista de sus antepasados directos y lineales se pierde en el Mioceno, en el que restos de características simiescas, escasos y extremadamente fragmentarios, dada la dificultad que para la fosilización ofrece la selva tropical, han recibido, por parte de sus descubridores, los nombres de Keniapithecus, Heliopithecus, Ouranopithecus, Otavipithecus... Naturalmente, cada investigador los introduce, voluntariosamente, en el linaje humano. Pero, aunque es evidente que de algún antiguo primate hemos de descender, junto con nuestros parientes, los póngidos, sólo tenemos unas primeras pruebas que nos hablan claramente de la historia de nuestros antecesores aunque, desgraciadamente, son indirectas. Se trata de las huellas fósiles de Laetoli, en Tanzania, que indican una evidente marcha bípeda y una morfología del pie típicamente humanas. Descubiertas por el equipo de Mary Leakey en 1977, son impresiones que, sobre fina ceniza volcánica humedecida por la lluvia, dejaron dos homínidos, uno más grande y otro de menor tamaño que atravesaron la llanura sobre la que se habían depositado en dirección Sur-Norte. La descripción de Mary Leakey y la observación de las fotografías revelan una marcha claramente humana. El ritmo de la marcha, la firme pisada con el talón, el arco plantar y el dedo gordo paralelo a los demás indican, como han reconocido numerosos expertos (Lovejoy, 1981; Robbins, 1987; Tuttle et al., 1991, etc.), que el pie que dejó esas huellas era anatómica y funcionalmente como el humano, y que ya existía hace 3,6 millones de años.

El problema surge a la hora de asignarle un propietario. Los restos fósiles de que se dispone, pertenecen a los que la versión oficial, es decir, la comúnmente admitida, considera nuestros antecesores directos: los conocidos genéricamente como Australopitecinos. En este “cajón de sastre” se incluyen (con discrepancias entre distintos autores) desde Ardipithecus ramidus hasta los Australopithecus africanus y robustus (estos últimos con sus “versiones” Paranthropus y boisei), pasando por los Australopithecus anamensis, playtiops, y garhi, en la línea de los africanus, y bahrelgazhali y aethiopicus en la de los robustus, además de los que, para muchos, son los responsables (por ser coetáneos) de las huellas de Laetoli: los Australopithecus afarensis.

La situación de cada ejemplar fósil en la línea evolutiva humana es objeto de ardorosos y, en ocasiones, agrios debates en los que cada investigador (y especialmente si es el descubridor) tiene su propia versión, pero la idea generalmente admitida es que algún tipo de australopitecino es nuestro antecesor, con excepción de los robustus, caracterizados por una cresta ósea sagital que recorre la parte superior del cráneo, y que se consideran una “rama abortiva” de la evolución humana, es decir, extinguidos, bien por la competencia con “homínidos mas aptos”, bien por su propia “ineptitud”.

¿Dónde están los restos de los antecesores de chimpancés y gorilas?
Sin embargo, resulta extraño que entre la abundancia de fragmentos de homínidos rescatados de lo que antes fueron frondosas selvas africanas (Rayner y Masters, 1994), no se encuentre el más pequeño vestigio de nuestros parientes evolutivos más próximos: los chimpancés y los gorilas. Pero eso no parece tener la más mínima importancia para un darvinista convencido, y así nos lo explica Juan Luis Arsuaga (1999): “Obsérvese que en el dendrograma no aparece ninguna especie fósil de de chimpancé. La razón es que no se conoce ninguna. Sin embargo, no cabe esperar que los chimpancés fósiles vengan a rellenar el foso que nos separa de sus descendientes vivos, por lo que no son importantes en esta discusión: nadie cree que haya habido en el pasado chimpancés más bípedos o más inteligentes que los actuales. Lo que se necesita [el subrayado es mío] son formas de algún modo intermedias, eslabones perdidos en la retórica tradicional, o dicho aún más crudamente: hombres-mono.” Éste se puede considerar un típico ejemplo de cómo las firmes convicciones pueden despojar cualquier argumento del más mínimo carácter científico. Porque desde un punto de vista científico, es decir, desde el análisis reflexivo y crítico de las distintas posibilidades, el razonamiento debería ser de este tipo: ¿Cómo es posible que se hayan encontrado cientos de fragmentos fósiles de homínidos y no exista un solo resto de póngidos con los que, al menos inicialmente compartían hábitat? Y, seguramente, la respuesta esté en que una gran cantidad de fósiles atribuidos al linaje humano sean, en realidad, de antecesores de chimpancé y gorila.

Para no enfrascarnos en una estéril especulación sobre los extremadamente fragmentarios y discutidos restos previos a las pruebas más sugerentes, las huellas de Laetoli, vamos a enfrentarnos a sus contemporáneos: los Australopithecus afarensis de África de Este. El estudio de los huesos de pies y manos, bien conservados, denotan unas curvaturas en las falanges típicas de los póngidos. Los cráneos, extremadamente fragmentarios, muestran una morfología simiesca, y sus mandíbulas y maxilas unos grandes caninos con el diastema característico de los póngidos. Incluso el fósil más completo de esta “especie”, la famosa Lucy de El Afar, está resultando menos humana de lo que sus descubridores (Johanson y White) pretendían. La reconstrucción de su cadera, diferente según distintos expertos, presenta una cresta ilíaca más humana (Lovejoy, 1981) o más simiesca (Schmid, 1983; Stern y Susman, 1983). De hecho, Richard Leakey, siempre ha sostenido que en los restos dispersos y fragmentarios de los afarensis de Tanzania se encontraban mezclados restos de australopitecinos y de Homo que, para él, es muy antiguo.



Recreación museística del Australopithecus afarensis

Para complicar más si cabe la ceremonia de confusión en que se han convertido los debates sobre las fases iniciales de la evolución humana, un estudio llevado a cabo por Richmond y Strait (2000) sobre los huesos de la muñeca de Australopithecus anamensis de Kenia y Australopithecus afarensis (la ya famosa Lucy) de Etiopía, datados entre 3 y 4 millones de años, ha llevado a la conclusión de que su estructura y proporciones son las típicas de los póngidos que caminan apoyados en los nudillos. La conclusión es: “Los humanos evolucionaron de antecesores que caminaban apoyados sobre los nudillos.” Ahora bien, si tenemos en cuenta la forma característica en que los pies se apoyan sobre su borde externo en el suelo en esta forma de desplazamiento, incluso cuando caminan erguidos, la pregunta que surge es: ¿A qué antecesor pertenecen las huellas de Laetoli? Y esto nos lleva a los australopitecinos más clásicos, los africanus y robustus sudafricanos, los primeros tradicionalmente incluidos en la línea evolutiva humana, y los segundos excluidos de ella. El descubrimiento, en África del Sur de cuatro huesos del mismo pie de un australopitecino sin determinar muestra unas proporciones y curvaturas que revelan, sin posible discusión, una morfología típica de los actuales póngidos (Deloison, 1996). Todo esto conduce, inevitablemente, a una conjetura, al parecer, inimaginable para los especialistas en la evolución humana: Si la morfología de muchos de estos restos es característica de póngidos, si su forma de desplazarse es la típica de los póngidos y su hábitat es el de los actuales póngidos, ¿no es posible que muchos de estos homínidos fueran en realidad póngidos?

Una “investigación de laboratorio” tan accesible para un no especialista, como revolucionaria en su metodología, puede ser observar los moldes de Australopithecus africanus (Sterkfontein, member 4) y de Zinjanthropus (Olduvai, H 5), y compararlos con cráneos de machos de chimpancé y gorila actuales. Las características superestructuras óseas de estos últimos (la cresta sagital, los arcos superciliares, la morfología facial) sin duda más significativos desde el punto de vista de la organización embriológica que sus matices o dimensiones, se pueden identificar, una por una, más acentuadas, y explicables por heterocronías, (aceleraciones o retardos en el proceso embrionario) en los gorilas machos. En cuanto a las semejanzas entre el cráneo de Australopithecus africanus y el de chimpancé, son tan llamativamente estrechas que resulta sorprendente que los paleontólogos humanos, que se enzarzan en prolijos debates sobre las diferencias “específicas” entre restos humanos basadas en matices morfológicos, a veces irrelevantes, no se hayan planteado jamás estas espectaculares semejanzas. Pero quizás no sea este el problema, porque, lógicamente, algún científico se lo ha planteado: M. Verhaegen (1994), ha revisado una gran cantidad de datos correspondientes a la morfología y dimensiones craneodentales de los australoptecinos y los ha comparado con las de chimpancés, gorilas y humanos, adultos e inmaduros. Los grandes australopitecinos de África del Este resultan más próximos a los gorilas, mientras que los del Sur de África se aproximan a chimpancés y humanos. La conclusión es que la relación de los diferentes australopitecinos con humanos, chimpancés y gorilas debe ser reevaluada. El verdadero problema es que este tipo de planteamientos hacen tambalearse el paradigma dominante, por lo que son sistemáticamente ignorados, devaluados o relegados al ostracismo por las “jerarquías del evolucionismo”.

Cráneo del Sahelantropus tchadensis
Todo parece indicar que la supuesta ausencia de restos de póngidos en el registro fósil es más un resultado de la idea prevaleciente de la evolución humana y del deseo de los investigadores de encontrar su ejemplar de gran trascendencia, que de la realidad. Y así se ha puesto de manifiesto recientemente, cuando un póngido (y para colmo, hembra), ha pasado a formar parte (aunque, naturalmente, con discrepancias) del registro paleontológico. El descubrimiento, en Etiopía, este mismo verano, del denominado por sus descubridores (Brunet et al., 2002) Sahelanthropus tchadensis, el más antiguo miembro de nuestra familia, un cráneo muy completo, pero fragmentado y sujeto, por tanto, a diferentes reconstrucciones en función de las ideas previas sobre su condición, bautizado como Toumaï, y datado entre 6 y 7 millones de años, ha sido recalificado por Milford Wolpoff, uno de los más brillantes paleoantropólogos actuales, como perteneciente a un gorila hembra ancestral en función, fundamentalmente, de las características de la base del cráneo (Wolpoff et al., 2002). No obstante, tanto sus descubridores como otros expertos, siguen negándose a conceder a los pobres póngidos un lugar en el registro fósil.

La sensación que produce esta situación, que se está convirtiendo en absurda, es que, antes o después habrá que rehacer toda la filogenia humana. Pero, para ello, parece necesario un difícil ejercicio de renovación conceptual (en función de los nuevos conocimientos) en la comunidad de los paleoantropólogos, en la que las interpretaciones darwinistas sobre la condición y la evolución humanas parecen estar tan arraigadas. Una renovación que haga posible desprenderse de la ya obsoleta visión de un cambio gradual y (aunque pretendan negarlo), progresivo, dirigido por supuestas ventajas de los “más aptos” en una permanente competencia entre sí mismos, con los demás, con el entorno... y sustituirla por otra más coherente con lo que nos revelan los actuales datos genéticos, embriológicos, ecológicos y paleontológicos sobre los procesos evolutivos. Entre los primeros, unos muy recientes y muy significativos nos pueden dar algunas pistas sobre los procesos implicados en la adquisición de la morfología humana. El equipo de Kelly Frazer, en California, mediante la utilización de biochips de ADN, en chimpancés, cuyas diferencias genéticas con el hombre, basadas en el simple recuento de bases distintas (polimorfismos de nucleótidos), han estado consideradas durante los últimos treinta años en un 1,5 %, han identificado inserciones y delecciones que cubren un rango desde 200 a 10.000 bases de longitud y que, en conjunto, comprenden unas 150.000 bases (Pennisi, 2002). Sin duda, estas reorganizaciones genéticas han de tener alguna relación con los hechos que comentaremos a continuación.

Elisabeth Vrba
La prestigiosa paleontóloga Elisabeth Vrba, coautora junto a S. J. Gould de brillantes trabajos sobre evolución, ha identificado dos períodos de grandes cambios climáticos en la Tierra. Uno de ellos se produjo entre 7 y 4,5 millones de años (África estaba unida a Europa, y el Mediterráneo, antes Mar de Tetis, había quedado reducido a unos cuantos lagos salados). Otro, entre 3 y 2 millones de años. Ambos se caracterizan por un notable descenso de la temperatura, grandes transformaciones orogénicas y cambios evolutivos masivos –una vez más– en todo el planeta (Vrba, 1999). Estos “cambios evolutivos”, es decir, remodelaciones bruscas sistemáticamente observadas en todos los taxones animales (Kemp, 1999) y vegetales (Moreno, 2002), han de tener alguna correspondencia con la evolución humana (a no ser que se la considere “un caso aparte”). El conjunto de características anatómicas estrechamente interrelacionadas subyacentes al bipedismo humano es considerable, e incluye desde el orificio occipital y las curvaturas cervical y lumbar de la columna vertebral, hasta la pelvis más corta y ancha y un fémur inclinado conectados por una musculatura reorganizada, extremidades inferiores largas y con la superficies articulares ampliadas, la articulación de la rodilla modificada para su extensión y un pie de apoyo plano en el que el dedo gordo, aumentado en tamaño, es paralelo al resto. Resulta poco menos que absurdo pensar que cada una de estas modificaciones se pudiera conseguir independientemente, gradualmente y al azar, a partir de una morfología propia del cuadrupedismo sobre los nudillos.

Un árbol con una rama


Aunque los primeros indicios de un patrón morfológico humano se remontan, indirectamente, a las huellas de Laetoli de hace 3,6 millones de años, los restos fósiles más indiscutibles datan de unos dos millones de años –las supuestas dos especies Homo habilis y Homo rudolfensis– caracterizados no sólo por su morfología, sino por estar asociados a una industria lítica sencilla (Oldovaica), que ha llevado a los paleoantropólogos a concederles la consideración de Homo. Pero esta condición no sólo se desprende del hecho de su capacidad de elaborar (de preconcebir) herramientas, por simples que sean (lo que, por otra parte, es lógico por ser las primeras, además de que no se dispone de información sobre el uso de herramientas perecederas), tampoco del volumen cerebral, un lastre de la antropología decimonónica profundamente arraigado.

El carácter distintivo del cerebro humano no es su tamaño, sino su organización y, a falta de datos paleontológicos fiables sobre ésta, sólo podemos guiarnos por un comportamiento distintivamente humano. En Koobi Fora, en Kenia, se han encontrado (Isaac, 1997) los restos de una actividad de planificación y cooperación que sólo así se puede considerar. Hace 2,5 millones de años, los restos de un hipopótamo encontrado, probablemente muerto, fueron meticulosamente destazados, como señalan las muescas dejadas por las herramientas en los huesos. En su proximidad se encontraron las pruebas de la existencia de una fábrica de herramientas en los bloques de piedra llevados allí ex profeso, y unos claros indicios (herramientas y fragmentos de huesos) de un troceo y reparto de alimentos. Estos datos nos informan de unas actividades (de cuyo origen y precedentes no se dispone, por el momento, de documentación) claramente humanas.

Llegados aquí, quizás sea conveniente un inciso para una breve reflexión: Un argumento profundamente arraigado y muy utilizado en las interpretaciones darwinistas de la evolución humana (y con un evidente componente etnocéntrico) es la pretendida relación entre complejidad tecnológica y capacidad mental. Supuestamente, la sencillez o la uniformidad de las herramientas líticas primitivas indicarían una escasa inteligencia en sus autores (Tattersall, 2000). Sin embargo, cabe plantearse si el verdadero mérito es de los que producen las mejoras o de los primeros que fabricaron (que concibieron) esas herramientas. De igual modo, no es mayor el mérito de los técnicos que mejoran las prestaciones de un automóvil que el del que ideó la primera máquina “automóvil”. Si alguien afirmase que la simpleza y la poca eficacia de la primera máquina de James Watt reflejan su escasa inteligencia, lo razonable sería dudar de la del emisor de tal juicio.

Artefactos líticos prehistóricos (Valsequillo, México)
Pues bien, a partir de estas pruebas tan significativas y de los fósiles de los homínidos asociados a esta misma cultura lítica, lo que se observa en el registro paleontológico son matices (variaciones morfológicas irrelevantes y lógicas mejoras en la tecnología) de un mismo tema básico: la organización anatómica y de comportamiento inherente a la condición humana. Los distintos restos humanos datados en fechas posteriores y prácticamente continuos en el tiempo, han sido analizados, medidos, comparados y clasificados por sus diferentes descubridores con una meticulosidad infinitamente superior a la mostrada con los restos de los australopitecinos. Desde lo que se admite como la aparición del “género” Homo, es decir, fósiles asociados a una morfología y/o a una cultura claramente humanas, se han propuesto un número variable de especies diferentes (por lo que, según el concepto de especie, no deberían ser interfecundas entre sí): Homo habilis, H. rudolfensis, H. ergaster, H. erectus, H. antecessor, H. heidelbergensis, H. neanderthalensis y, finalmente, Homo sapiens. Las “especies paleontológicas”, es decir las basadas en restos casi siempre muy fragmentarios son, en muchas ocasiones, artefactos con una base real poco sólida o, al menos, inverificable. Pero en el caso de la evolución humana, la “compartimentación” específica de unas variaciones morfológicas cuya traducción en términos genéticos se desconoce, pero cuya comparación con la variabilidad actual (existente tras milenos de intercambio genético), hace pensar que no resulta muy superior, es casi un acto de fe. La amplísima distribución temporal (una estasis de más de dos millones de años) y espacial (desde África y Europa hasta Extremo Oriente y Oceanía) de una especie formada por grupos no muy numerosos, de una extremada movilidad, y muy susceptibles, por ello, a fenómenos demográficos (que no evolutivos) de deriva genética (aislamientos reproductivos, mortalidad diferencial aleatoria, etc.), justificarían más que sobradamente la variabilidad encontrada a lo largo del tiempo.

Cráneo de Homo erectus europeo
Y esta posibilidad se ha visto reforzada con el reciente descubrimiento en Etiopía (Asfaw et al., 2002) de un cráneo datado en un millón de años de antigüedad, con unos rasgos morfológicos característicos de la supuesta especie Homo erectus de China. La consecuencia que deriva de este hallazgo es que “Homo erectus era un grupo casi tan variado y ampliamente distribuido como los humanos actuales” (Clarke, 2002). Y, por si este descubrimiento no fuera suficiente para derribar los tópicos árboles filogenéticos cargados de especies que se extinguen o que ascienden gradualmente en status humano a medida que cambia ligeramente su aspecto o progresa su tecnología, un también reciente hallazgo, ha sorprendido (cabe suponer que desagradablemente) a los paleoantropólogos constructores de dichos árboles. Se trata de tres pequeños cráneos, acompañados de industria lítica muy primitiva encontrados en Dmanisi, en el Cáucaso y datados, nada menos, que en ¡un millón setecientos cincuenta mil años! (Balter y Gibbons, 2002). “En algunas características los diminutos nuevos cráneos se asemejan a H. habilis, un homínido africano que algunos consideran ancestral a Homo erectus. [...] Estos especimenes subrayan la necesidad de un profundo replanteamiento de la diversidad del temprano... Homo.”

Estos son sólo algunos de los descubrimientos que están derribando viejos tópicos darvinistas sobre la relación entre diferencias morfológicas y grado de evolución. La simplista y arraigada extrapolación que liga progreso tecnológico con progreso en inteligencia (según la cual Bill Gates debería ser infinitamente superior en inteligencia a Platón, por poner un ejemplo de nuestra cultura), llega, a veces, a extremos próximos a lo grotesco: La simplicidad de las primeras herramientas líticas conocidas (la primera gran innovación) es al parecer, un indicio de una capacidad mental tan escasa, que se podría calificar de inexistente: “Los harían sin darse cuenta, lo que no quiere decir que no pudieran entrañar cierta dificultad (es sorprendente la cantidad de operaciones muy complejas que cualquiera de nosotros realiza cada día de forma automática, y es seguro que no somos conscientes de todo lo que pasa por nuestra cabeza)” (Arsuaga, 1999). Es decir, la búsqueda de piedras adecuadas, la elaboración de las herramientas e, incluso, el troceo y reparto de la carne de un animal se identifican con las acciones que hoy hemos incorporado a nuestras rutinas y realizamos de forma mecánica, para concluir que las distintas actividades efectuadas para conseguir alimento hubieron de ser realizados por una especie de “autómatas” que no tenían conciencia de sus actos... Un verdadero acto de fe.

Bifaz achelense
Pero, al parecer, las capacidades de estos autómatas inconscientes y primitivos eran sorprendentes (según la explicación antes expuesta, los más sorprendidos de los resultados serían ellos mismos). La industria lítica conocida como Acheulense, por el lugar de su primer descubrimiento, en Saint Acheul, (Francia), ha estado considerada durante mucho tiempo originaria de Europa, donde (¡cómo no!) se habrían producido las innovaciones culturales fundamentales (hubo toda una teoría basada en el “impulso del frío” al progreso cultural). Esta industria se caracteriza –entre otras cosas– por el hacha de mano en la que, además de una mayor zona de corte que las herramientas previas, se puede apreciar una búsqueda premeditada de la simetría (se podría aventurar: de la belleza). Pues bien, en 1992, en unos sedimentos de Konso Gardula (Etiopía) que cubren un período de entre 1,3 y 1,9 millones de años, se encontraron las más antiguas herramientas típicamente acheulenses conocidas por el momento (Asfaw et al., 1992).

Pero también hay que hablar de un detalle aparentemente trivial, pero que nos informa de unos hábitos, tal vez no muy elegantes, pero muy humanos: se encontró una mandíbula izquierda característica de Homo erectus (para algunos ergaster) con evidentes muestras en todos los dientes de haber sido marcados por el uso habitual de mondadientes.

Resulta muy revelador del espíritu que subyace a las interpretaciones darvinistas de la evolución humana, el marcado contraste entre la gran importancia que dan a las diferencias en el aspecto físico de los hombres y la poca valoración que conceden a las pruebas que reflejan una gran inteligencia en los homínidos primitivos. De ahí, la escasa relevancia que se da a datos obtenidos en investigaciones muy bien fundamentadas con revelaciones extraordinarias sobre la conducta de nuestros antecesores. En Marzo de 1998, se publicó en Nature el artículo: Edades por trazas de fisión de herramientas líticas y fósiles en la isla de Flores, Este de Indonesia (Morwood et al., 1998): Hace 800.000 años, los hombres (los homínidos pertenecientes a la “especie” Homo erectus) ¡eran capaces de navegar! y cruzar repetidamente distancias que, en los períodos de menor nivel de las aguas, superaban los 19 kilómetros. Ésta es la distancia mínima que separaba la isla de Flores del archipiélago de Sonda (próximo, por cierto, a Australia), donde llegaron a extinguir mediante la caza, perfectamente documentada, tortugas gigantes y Stegodon enanos. La conclusión del artículo es que “las capacidades cognitivas de esta especie deben ser reconsideradas.” Efectivamente, la construcción o la utilización de algún tipo de balsa, necesaria para una travesía semejante, y la repetición del hecho, implican una capacidad de previsión y de comunicación, imprescindibles para actuar en grupo, que descalifican a la concepción ortodoxa de estos homínidos como seres inconscientes dirigidos por el instinto. Por eso, unas pruebas paleontológicas que serían aceptadas como indiscutibles para apoyar alguna tesis oficial son consideradas “débiles” por los darvinistas más ortodoxos.

A medida que aumentan los conocimientos biológicos y los datos del registro fósil, resulta más patente la necesidad de reconsiderar muchos viejos tópicos. Pero, sobre todo, el aparentemente más arraigado y, con toda seguridad, el más distorsionado (y distorsionador) de la concepción de la naturaleza humana, porque constituye la base de la rancia visión victoriana de la realidad que impregna las interpretaciones darvinistas: la idea de que unos hombres son por naturaleza superiores a otros, lo que justifica que en la feroz competencia en la que se desarrollan las relaciones entre los seres vivos, sólo triunfen los “más aptos”. Y esta es la explicación de la historia evolutiva de la Humanidad: la sustitución sistemática y total (en palabras de Darwin, el “reemplazo”) de los hombres más primitivos por los que tuvieran alguna ventaja –siempre relacionada con una mayor inteligencia– sobre ellos. La extrapolación de esta concepción (que, desgraciadamente, es la que mayor difusión tiene en los medios de comunicación por ser la versión oficial) a las relaciones entre los pequeños grupos de cazadores-recolectores en que se desenvolvían nuestros antecesores es, a todas luces, absurda.

De los datos históricos sobre grupos humanos con esta forma de vida (y también de los actuales aunque, por desgracia, cada día más escasos y aculturados), la primera característica a destacar es la carencia del sentimiento de posesión de la tierra. La conciencia de que es ella la que ofrece sus dones les hace considerarse como pertenecientes a la tierra. La segunda, es la fácil disposición para la movilidad: cada individuo, cada grupo familiar, no dispone de otros bienes que los necesarios para realizar sus actividades de caza y recolección. Para un modo de vida así, la acumulación de objetos sería absurda, porque habría que transportarlos en cada desplazamiento. Y la tercera, es la cooperación en las cacerías y en la labor de recolección y el reparto de los alimentos obtenidos entre el grupo. Estos hechos, documentados con pocas variantes en distintos grupos africanos, asiáticos, australianos, americanos... no responden a una “idealización” del bucólico modo de vida nómada. Son conductas elaboradas a partir de la experiencia que las ha hecho necesarias porque resultan más eficaces para la supervivencia del grupo que la actitud contraria. Naturalmente, esto no quiere decir que los actos ocasionales de violencia estuviesen ausentes en la vida de estos grupos. De hecho, a veces aparecen en restos fósiles humanos pruebas claras de heridas causadas por actos de violencia interpersonal que suelen ser resaltados como una prueba del carácter violento de estos homínidos, cuando lo que muchas veces nos revelan es que la frecuente curación de estas heridas, en ocasiones graves, indica los cuidados eficaces que estas personas se dispensaban. En suma, tanto lo uno como lo otro, una clara prueba de su condición humana.

Distintos homínidos: ¿competidores o colaboradores?
En este contexto, es decir, en un mundo poblado por bandas nómadas de cazadores-recolectores, la sustitución de unos grupos por otros se hace prácticamente –se podría afirmar que totalmente– imposible: Si tenemos en cuenta que de la superficie total de la Tierra, 510 millones de Kilómetros cuadrados, aproximadamente 149 millones, (con pequeñas fluctuaciones en función de los ascensos y descensos del nivel del mar causados por las glaciaciones) estaban libres de las aguas, e incluso considerando sólo una tercera parte de esta superficie (unos 50 millones de kilómetros cuadrados) como la que reuniría las óptimas condiciones para la vida, ¿tiene sentido pensar que unos grupos dispersos y móviles compuestos por no mucho mas de 50 personas (límite aproximado impuesto a este tipo de grupos por la cantidad de terreno necesario para su aprovisionamiento), con unas herramientas y armas semejantes, básicamente de piedra y madera, tengan la más mínima posibilidad de eliminar totalmente a grupos semejantes, por otra parte, perfectamente adaptados a su entorno a lo largo de milenios? La población humana total, ya en el Paleolítico superior, se ha estimado en unos 5 millones de personas. Aún siendo el doble, tendrían todo el espacio imaginable para escapar, incluso en el extremadamente improbable caso de que los recién llegados, a pesar de su cultura cazadora-recolectora, dispusieran de alguna supuesta superioridad producida por alguna mutación darwinista responsable de una conducta colonialista. En base a estos argumentos, (o más concretamente, a estos datos), y haciendo uso de una mínima capacidad de imaginación, parece más razonable pensar que, a lo largo de milenios (hay que resaltar: milenios) de vida móvil, de encuentros y de compartir hábitat y modo de vida, se estableciese un inevitable “flujo génico” entre ellos.

De hecho, otra característica muy habitual entre los grupos nómadas históricos es el intercambio de jóvenes entre distintos grupos, consecuencia probable de la observación de los problemas derivados de un exceso de endogamia, y que se realizaba –y aún se realiza– mediante grandes reuniones periódicas de varios grupos o, incluso, menos diplomáticamente, por medio del secuestro (más o menos ritualizado) de muchachas por los jóvenes de otros grupos. Desde luego que, dada la inmensidad del territorio disponible, es muy posible que algunos grupos hayan permanecido aislados durante mucho tiempo, como se ha documentado en Java y, últimamente, en Australia (Thorne y Wolpoff, 1992) que, a la luz de las precoces capacidades marineras de sus posibles pobladores, fue colonizada, con toda seguridad, mucho antes de lo que generalmente se cree. Una colonización consciente y llevada a cabo por una “especie” muy polimórfica y ampliamente distribuida, casi como la Humanidad actual.
 
© Máximo Sandín 2002

Fuente imágenes: Wikimedia Commons

martes, 2 de mayo de 2017

Herejías evolutivas


A estas alturas, y después de largos años de creencia en una teoría (el evolucionismo) que tiene mucho de ideología y más bien poco de ciencia, tengo que admitir que cuanto más me he adentrado en el estudio del origen de ser humano, menos certezas he obtenido. Sé que podría parecer un contrasentido, pero la acumulación de datos y hechos, y el contraste entre la ortodoxia darwinista y los postulados alternativos no me han aportado más luz, sino más duda y confusión. Pero, en fin, no es que desde posiciones disidentes se vean las lagunas y contradicciones, es que ya los propios científicos ortodoxos –defensores a ultranza del evolucionismo como hecho científico indiscutible– están empezando a reconocer que están perdidos en un laberinto de pruebas contradictorias y conjeturas del que no tienen la menor idea de cómo van a salir.

¿Y todo esto por qué? Básicamente porque desde los tiempos de Charles Darwin se ha ido construyendo un complejo edificio teórico fundamentado en una ideología racista, ultraliberal y competitiva, tal y como algunos científicos heterodoxos, como el profesor Máximo Sandín, han señalado oportunamente. Y lo que es más llamativo es que ya desde el siglo XIX se pudo observar que había una evidente falta de pruebas que el propio Darwin achacó al aún insuficiente conocimiento del registro fósil de especies vegetales y animales. Con el tiempo, no obstante, fueron apareciendo algunas pruebas físicas que parecían ratificar la teoría, aunque se seguía sin obtener un registro completo que mostrara la esperada gradualidad o uniformidad de la evolución de las especies a lo largo de millones de años, tal como reconoció un científico tan prestigioso como Stephen Jay Gould hace no muchas décadas.

S. J. Gould
La solución para este problema la sugirió el propio Gould –junto con Niles Eldredge– al plantear la posibilidad de un cierto equilibrio puntuado, según el cual en ciertos momentos, y debido a factores ambientales, las especies experimentarían saltos o discontinuidades bruscas que romperían el ritmo uniforme (o lento) de los cambios. De este modo, la evolución no sería siempre un proceso gradual o regular, sino que a veces se producirían cambios rápidos en poco tiempo sobre poblaciones muy localizadas y de escaso número de individuos, lo que a su vez explicaría la ausencia en el registro fósil de diversas formas transicionales entre las especies más arcaicas y las más modernas. Por cierto, que todo esto como planteamiento teórico está muy bien pero no ha habido forma humana de demostrarlo con pruebas fehacientes y se han tenido que violentar los propios fundamentos de la ciencia biológica para hacer que la teoría triunfase sobre la observación de la realidad.

De hecho, según el científico del CSIC Emilio Cervantes: 
Si se mira desde un punto de vista estrictamente científico, experimental, entonces la Teoría de Evolución por Selección Natural de Darwin no es una teoría científica, porque no es demostrable mediante experimentación y no es refutable. [...] La biología es la ciencia experimental poderosa y predominante en nuestro tiempo. Por lo tanto, la biología no puede someterse a las teorías especulativas de la evolución, sino al contrario.”[1]
Pero vayamos al origen del ser humano, siguiendo unos patrones “evolutivos”. Como es obvio para la ciencia actual que los homínidos no surgieron por arte de magia o por la obra de un creador, debe haber una causa natural que marcara el arranque de una línea evolutiva avanzada dentro de los primates y que luego fuera a desembocar al género Homo, cuyo último representante somos nosotros, el Homo sapiens. A este respecto, se han ido proponiendo teorías o escenarios en que podría haber tenido este desarrollo evolutivo, siendo la propuesta más aceptada la del investigador francés Yves Coppens, la llamada East Side Story. Y todo ello dentro de los márgenes de la citada gradualidad o uniformidad, yendo de los especímenes más primitivos a los más modernos, en un largo y lento progreso tanto de los rasgos físicos como de los intelectuales.

No obstante, el resultado de 150 años de estudios y hallazgos paleontológicos no ha sido precisamente una perfecta cadena de seres que van gradualmente desde el simio hasta el hombre moderno y en la que debía haber sus correspondientes y bien identificados eslabones de transición (incluido el famosísimo “eslabón perdido”). Antes bien, los hallazgos, que han sido escasos y relativamente incompletos, han ofrecido un panorama muy diverso en forma de arbusto, con varias líneas o ramas que los expertos tratan de relacionar y casar para aclarar las continuidades, discontinuidades o vías muertas que llevarían de los homínidos más primitivos hasta nosotros mismos.

El clásico esquema evolutivo humano
Y en este contexto, todo el edificio de la selección natural y la “mejora” de las especies debe funcionar en una escala lineal de tiempo, según la cual lo más arcaico y menos “adaptado” debe ser anterior a lo más moderno y avanzado, y así pues las formas primitivas y deficientes deben desaparecer en beneficio de las especies más capaces para subsistir y reproducirse. Siguiendo este modelo pensamiento, sólo nosotros estamos aquí, en el mundo actual, como representantes máximos de esa línea evolutiva; todos los demás desaparecieron hace muchos miles de años.

Sin embargo, las propias pruebas paleoantropológicas obtenidas durante el siglo XX y principios del XXI nos muestran un escenario más bien confuso, incluyendo datos contradictorios o heréticos, que son aparcados o explicados según el filtro cognitivo del paradigma imperante. De esta manera, se intenta salir airosamente de los apuros a base de suposiciones y de confianza en futuros descubrimientos que acabarán por despejar definitivamente la vía evolutiva humana. Pero pasemos ahora a explorar algunos ejemplos de estas “herejías”.

Como es bien sabido, la ortodoxia evolucionista da por hecho que los antecesores directos del género Homo son los llamados australopitecinos, una familia de homínidos arcaicos que ya tendría las primeras características “humanas”[2] y que sólo se ha localizado en África, con una datación de unos pocos millones de años. A grandes rasgos se dividen en gráciles y robustos, aunque los paleontólogos no tienen demasiado claro qué línea concreta fue la que condujo al género Homo. E incluso, yendo un poco más allá, ya se habla de pre-australopitecinos, los que habrían estado antes que los primeros australopitecos, también en África por supuesto. Pues bien, en 2002 se halló en el Chad un cráneo bastante completo de un pequeño homínido, y se dató en 6-7 millones años. Este nuevo homínido, un supuesto pre-australopitecino que fue denominado científicamente Sahelantropus chadensis, mostraba unas características muy especiales, con una combinación de rasgos claramente simiescos con otros bastante similares a los humanos.

Sahelantropus chadensis
En primer lugar, lo más simiesco era el propio tamaño y forma del cráneo, pequeño y alargado, el rostro prognato y los arcos supraciliares muy marcados. Pero. por otro lado, sus pequeños caninos eran similares a los humanos, así como la posición del foramen mágnum (enlace del cráneo con la columna vertebral), situado más hacia el centro del cráneo en vez de la parte trasera, rasgo típico de los simios. En cuanto a su posible bipedalismo, los expertos no se ponían de acuerdo y más bien lo dejaban en entredicho. No obstante, sumando todos sus rasgos, se consideró que el Sahelantropus podría haber sido antecesor de los humanos y que también podría tener relación con los modernos chimpancés y gorilas.

Llegados a este punto, cabe destacar que el fuerte arco supraciliar es muy típico del Homo erectus (y también de los neandertales)[3], pero aquí saltan las alarmas, pues la amplia familia de los australopitecinos –datada entre 4,5 y 1 millón de años aproximadamente– carece de esta característica... con lo cual aparece en escena la terrible sospecha de que todos nuestros queridos australopitecos no sean precursores directos del ser humano, echando por tierra los cimientos del discurso aceptado sobre la evolución humana[4]. Ahí es nada.

Huella de Laetoli
Puestos a plantear más dudas sobre los australopitecinos, cabe mencionar las muy conocidas pisadas o huellas de Laetoli (Tanzania)[5], localizadas en 1979 y que también se atribuyeron a un grupo de australopitecos, por la sencilla razón de que –dada la datación geológica de unos 3,7 millones de años– no había más homínidos supuestamente bípedos sobre el planeta que los australopitecos. Sin embargo, la propia descubridora, Mary Leakey (esposa de Louis), reconoció que dichas huellas eran prácticamente indistinguibles de las del humano moderno. El grave problema, que aún persiste, es que disponemos de huesos de pie de australopiteco –bastante más simiesco que humano– y de algunas de sus pisadas, y no coinciden con lo que se puede ver en Laetoli. Luego, o bien estamos quizá ante un homínido desconocido (pariente o no de los australopitecinos) o bien se trata de pisadas de un Homo, en una época aparentemente “imposible”[6].

Y sin salir de África, tenemos otro ejemplar descubierto por el equipo de Louis Leakey que generó gran controversia en su momento y que a día de hoy sigue aparcado en un cierto limbo científico, pues los expertos no han sabido clasificarlo o relacionarlo con otros homínidos anteriores o posteriores. Me estoy refiriendo al llamado cráneo “ER 1470” hallado en Kenya en 1972, y que luego fue bautizado con el nombre técnico de Homo rudolfensis. En un principio se le dató en unos 3 millones de años y se le concedió una capacidad craneal de nada menos que 700 cm3.

Homo rudolfensis
Realmente, este hallazgo supuso un dolor de cabeza para los expertos porque dadas sus características físicas parecía de la familia del Homo habilis pero tenía características distintas, con un aspecto más “humano”, lo que podría hacerle candidato a ancestro directo del hombre moderno, aunque algunos expertos se salieron por la tangente y lo clasificaron como un australopiteco más grácil (y recordemos que las cronologías ejercen de potente prejuicio a la hora de clasificar los hallazgos). Pero la polémica persistía y no era poca cosa, pues este cráneo era notablemente más grande y más antiguo que el del habilis (datado entre 2,5 y 1,4 millones de años). Sin embargo, las aguas volvieron a su cauce cuando pocos años después el H. rudolfensis fue redatado en 1,9 millones de años y se rebajó su capacidad craneal a unos 500 cm3, lo cual encajaba mucho mejor en una escala evolutiva Asimismo, hubo cierta discusión por la manera en que se reconstruyó el cráneo, para darle un aspecto más simiesco. De hecho, no pocos especialistas lamentan que las reconstrucciones de antiguos homínidos (a veces de cuerpo entero) están teñidas de sesgos y prejuicios para hacerlas más “simiescas” o “humanas” según lo que le interese demostrar al investigador.

Después tenemos otro conjunto de herejías que ya he citado ampliamente en este blog, y que se refiere a los restos de homínidos en el continente americano. Allí, la ortodoxia académica sigue sin moverse de su horizonte Clovis (o pre-Clovis), que asegura que los humanos (se entiende el Homo sapiens) no se establecieron en el continente americano antes de 25.000 a. C. como fecha máxima[7]. No obstante, desde hace décadas se viene acumulando una irrefutable evidencia en forma de pruebas arqueológicas de una presencia humana en América que se puede remontar en algunos casos a cientos de miles de años, sin que quede claro si esa presencia pudiera incluir homínidos más arcaicos, como el propio Homo erectus.  Así, la lista de yacimientos polémicos desde Alaska a la Patagonia se ha ido ampliando desde hace al menos medio siglo: Monte Verde (Chile) con 33.000 años; Sheguiandah (Canadá), entre 65.000 y 125.000 años; Texas Street (EE UU), entre 80.000 y 90.000 años; Calico (EE UU), unos 200.000 años; Toca da Esperança (Brasil), entre 200.000 y 290.000 años; y Hueyatlaco (México), entre 250.000 y 400.000 años.

Finalmente, cabría citar otro aspecto que resulta especialmente herético y molesto, que no es otro que la aparición de homínidos supuestamente muy arcaicos en épocas recientes. Este hecho resulta particularmente embarazoso porque violenta el principio de que las especies más antiguas acaban por desaparecer y son sustituidas por especies más modernas, más capaces y mejor adaptadas, esto es, más “evolucionadas”. Y lo que es peor, tales especies se superponen unas con otras durante largos periodos de tiempo sin que haya “sustitución”, aparte de no mostrar apenas ningún signo de cambio anatómico a lo largo de cientos de miles o millones de años de existencia. Por ejemplo, el Homo erectus (datado entre 2 y 0,3 millones de años) cada vez tiene una mayor extensión cronológica, sobre todo hacia adelante, pues se le suponía extinguido hace 300.000 años pero se han identificado restos de erectus en Java de hace 50.000 años y otros de apenas unos 6.000 años, si bien estos últimos han sido rechazados por gran parte del estamento académico.

Hombre de la cueva del ciervo
Pero, para desconcierto de muchos, las “rarezas” siguen apareciendo en el registro arqueológico, como el llamado Hombre de la cueva del ciervo rojo, un homínido hallado en 1989 en China[8]. Se trataba de un homínido de aspecto tosco o arcaico, con marcados rasgos físicos atribuibles al Homo erectus o incluso al Homo habilis, como por ejemplo su moderado tamaño craneal, su prominente arco supraciliar, su ancha nariz, su fuerte mandíbula sin mentón o sus grandes dientes molares. No obstante, la sorpresa saltó cuando se obtuvieron las dataciones por radiocarbono a partir de unos restos de carbón, que arrojaron unas fechas extremadamente modernas, entre 14.500 y 11.500 años de antigüedad. Por supuesto, el hallazgo de estos peculiares restos humanos provocó el consiguiente debate evolutivo, en el cual se propusieron soluciones para todos los gustos: desde que era una nueva especie –tal vez procedente de África– que se debía clasificar a que era el resultado de la hibridación de humanos modernos y denisovianos[9], pasando por un escenario de supervivencia de una población marginal de homínidos primitivos.

Imagen de Azzo Bassou
A todo esto, la ortodoxia científica no quiere saber nada de posibles homínidos arcaicos (¿parientes nuestros?) todavía vivos en la actualidad, como los legendarios yeti, bigfoot, almas, etc. que según varios investigadores alternativos –y algún académico disidente– son especímenes bien reales que comparten determinados rasgos plenamente humanos con otros más simiescos. Así, se suelen citar los múltiples informes de huellas y avistamientos, e incluso algún caso de captura de uno de estos seres, como la llamada Zana, una supuesta hembra almas encontrada en Siberia y de aspecto neandertal, que vivió en el siglo XIX. Pero aún hay más, pues se tiene constancia –con testimonios y pruebas fotográficas– de la existencia en los años 30 del siglo pasado de un ser humano que bien podríamos calificar de neandertaloide, según su marcada fisonomía, si bien su pequeño cráneo se asemejaría más al de un Homo erectus. Era un individuo llamado Azzo Bassou, originario del valle de Dadès (Marruecos), de aspecto y comportamiento muy primitivos. Y por cierto, la comunidad científica no pareció estar demasiado interesada en este caso.

Sin embargo, el ejemplo arquetípico de las herejías evolutivas es el muy reciente Homo floresiensis (de la isla de Flores, en Indonesia), descubierto en 2003 en la cueva de Liang Bua. Se trata de una especie de humano anatómicamente moderno en muchos aspectos pero de talla muy reducida –alrededor de 1 metro– por lo cual recibió el apodo de “hobbit”. En cuanto a su cronología, según las pruebas radiométricas, se estima que vivió entre el 90000 a. C y el 13000 a. C., que resultan ser unas dataciones considerablemente modernas para un homínido tan pequeño y primitivo, y que parece aislado de cualquier relación evolutiva con los homínidos contemporáneos o inmediatamente anteriores.

En un principio se barajó la hipótesis de que fuera una comunidad aislada de sapiens (o incluso erectus) afectada por la enfermedad del enanismo, aunque era muy forzado imaginar un proceso de fuerte enanismo a partir de homínidos de talla y peso muy superiores. Así pues, se acabó por imponer la visión de que estamos ante una nueva –y desconcertante– especie, que a pesar de mostrar algunos rasgos arcaicos no sería muy distinta de los humanos modernos. Con todo, esta especie de “pigmeo” destaca por tener un cráneo muy pequeño (alrededor de 400 cc.), con una capacidad semejante a la de los australopitecos o incluso a los actuales chimpancés.

Cráneo de un Homo floresiensis
No obstante, según las pruebas arqueológicas, los hobbits eran capaces de realizar herramientas líticas de una factura y calidad similar a las realizadas por los neandertales y los sapiens. De hecho, según se pudo observar al estudiar su endocráneo, la estructura del cerebro del floresiensis sería bastante semejante a la de los humanos modernos, con un lóbulo frontal y unos temporales muy desarrollados, que son zonas asociadas al lenguaje y a las habilidades racionales. Pero, claro, dada la escasa estatura y ciertos rasgos arcaicos del floresiensis, los especialistas trataron de buscarle unos ancestros evolutivos adecuados, descartando lógicamente al sapiens. Así pues, propusieron en primer lugar al Homo erectus por ser la especie que cronológica y geográficamente podría casar como antecesor directo, aunque en contra de esta teoría cabe decir que a día de hoy no hay pruebas físicas de su presencia en la isla y su semejanza es bastante discutible.

Cráneo de un australopiteco
De este modo, surgieron otros candidatos más afines en términos de fisonomía como el conocido Homo habilis o bien algún tipo de nuestros socorridos australopitecinos, e incluso una especie recientemente identificada con el nombre de Homo georgicus[10]. Con todo, dichas propuestas tenían el grave inconveniente de plantear que estos homínidos tan primitivos habrían recorrido enormes distancias desde la lejana África o desde Asia y habrían perdurado mucho más de lo aceptado, pues ninguno de estos aspirantes seguía vivo hace un millón de años (según la ortodoxia). Y luego no faltaron los que –en un acto de humildad científica– reconocieron que el ancestro del pequeño hobbit tal vez sería una especie diferente y aún desconocida.

Y para acabar de rematar las incógnitas, en Mata Menge (otra cueva de Flores) se encontraron unos utensilios líticos –no muy distintos de los realizados por el hobbit– con una increíble antigüedad de 840.000 años, pero sin ningún resto óseo humano, aunque a falta de más datos dichos artefactos se atribuyeron –nuevamente por prejuicio cronológico– a los erectus. Pero esto obliga a suponer que los erectus ya estaban allí en tan remota fecha y que además habrían tenido que navegar para alcanzar la isla, pues Flores, a diferencia de otras islas de Indonesia, no estaba conectada a la masa continental asiática en esa remota era.  O sea, si la datación es correcta[11], nadie sabe qué homínido estaba allí por aquella época y sobre todo cómo pudo llegar, pues la población humana de las islas del Pacífico se remonta a unas decenas de miles de años, pero no a cientos de miles.

De momento, nadie sabe con certeza de dónde salió el Homo floresiensis, por qué sólo lo encontramos ahí, o cómo acabó por extinguirse, sabiendo que convivió bastantes miles de años con el Homo sapiens. Entretanto, la ortodoxia evolucionista sigue rompiéndose la cabeza para hacer encajar las múltiples pruebas en su brillante e indiscutible teoría.

© Xavier Bartlett 2017

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] CERVANTES, E. El Traje Nuevo de Darwin: Una opinión personal y otros puntos de vista sobre la Teoría de Evolución por Selección Natural. Digital CSIC handle/10261/6161
[2] Especialmente, la postura erguida y la locomoción bípeda.
[3] En cambio, nosotros, los sapiens, “perdimos” esta característica facial de nuestros supuestos antepasados sin que haya ningún motivo especial que explique ese salto evolutivo.
[4] Para la visión académica, el primer Homo, el Homo habilis, debe descender sin duda de alguna línea de australopitecinos. De todas formas, es de justicia puntualizar que algunos investigadores, incluido el famoso Louis Leakey, nunca creyeron que los autralopitecinos –dadas sus claras formas simiescas– estuvieran en la línea evolutiva principal de los humanos
[5] Véase el artículo específico sobre el tema en este mismo blog.
[6] Para Michael Cremo, creacionista hindú, no se debe excluir la posibilidad de que se trate de un humano anatómicamente moderno, u Homo sapiens, ya que –según las escrituras védicas– el ser humano es muchísimo más antiguo de lo que defiende la teoría darwinista.
[7] De hecho, a la cultura Clovis (de New México, EE UU) se le concedía una antigüedad de pocos más de 12.000 años.
[8] Concretamente en la cueva Maludong, en la provincia de Yunnan. El descubrimiento corrió a cargo de un equipo internacional chino-australiano.
[9] Hipótesis planteada por el paleontólogo británico Chris Stinger. Los denisovianos son una especie de reciente identificación a partir de unos escasos restos óseos hallados en Siberia. Sin embargo, los investigadores han localizado trazas genéticas de este ser casi desconocido en varios ejemplares de homínidos, sugiriendo que se cruzó tanto con el neandertal como con el sapiens.
[10] Homínido descubierto en Dmanisi (Georgia) y de talla no superior a 1,50 metros, con rasgos arcaicos semejantes al Homo habilis. Su datación se sitúa alrededor de 1,8 millones de años.
[11] Cabe señalar que algún experto ha negado que estos artefactos puedan ser tan antiguos, considerando que se produjo un error metodológico en la datación. Así, los artefactos serían mucho más modernos (unos 20.000 años) y se deberían atribuir al Homo sapiens.