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sábado, 11 de mayo de 2019

Nabta Playa: astronomía avanzada en el Egipto predinástico


Por allá en los años 70 del pasado siglo unos arqueólogos descubrieron casualmente varios fragmentos de cerámica y utensilios líticos en un árido e inhóspito lugar del suroeste de Egipto llamado Nabta Playa[1] (en Nubia, a unos 100 km. al oeste de Abu Simbel). Al poco tiempo, al explorar el paisaje circundante, observaron una serie de rocas o piedras dispuestas de forma particular. Al principio sólo se apreciaban las puntas de tales rocas, pero al limpiar y excavar la zona se pudo comprobar que se trataba en muchos casos de antiguos megalitos, llevados allí desde alguna cantera y colocados verticalmente sobre el terreno con un evidente propósito de marcar o delimitar algo.

Dado el interés de los restos identificados, este yacimiento arqueológico fue excavado por un equipo científico internacional denominado CPE (Combined Prehistoric Expedition), liderado por los antropólogos Fred Wendorf y Romuald Schild. Tras varios años de trabajo se pudieron identificar dos tipos principales de estructuras en superficie. Por un lado, monolitos o grandes piedras, la mayoría talladas, situadas sobre el sedimento de un antiguo lago desecado. Por otro, formaciones de rocas que afloraban a la superficie y que estaban relacionadas con los monolitos ya mencionados. Aparte, destacaba una pequeña estructura circular desconectada de las alineaciones de megalitos. En cuanto al sedimento excavado, se hallaron restos de poblamiento y enterramientos rituales de ganado, y se identificaron algunos grabados sobre el lecho de la roca madre. Todos estos hallazgos quedaron bien registrados mediante un detallado plano de la zona y más tarde se dieron coordenadas a los principales megalitos mediante GPS.

Lo cierto es que los científicos no acababan de ver la finalidad de las estructuras alineadas y las respuestas no llegaron hasta 1997, cuando un arqueoastrónomo norteamericano llamado John Malville inspeccionó el enclave y detectó un orden cósmico en las alineaciones de las piedras. Dicho de otro modo, parecía existir una correlación astronómica entre las piedras y el firmamento observable en aquella región del planeta, sobre todo visible en el pequeño círculo de piedras (de apenas unos 4 metros de diámetro), que vendría a ser un calendario solar. Según las investigaciones in situ, este círculo marcaría el solsticio de verano y la posición de las estrellas en los cielos nocturnos, a fin de orientarse en el terreno. Además, dicho círculo contenía seis piedras en su interior, agrupadas en dos hileras de tres, pero no se pudo ofrecer una interpretación satisfactoria sobre su función. Finalmente, se pudieron distinguir hasta seis alineamientos de megalitos principales que –a modo de radios– partían de un mismo centro (marcado por una gran piedra rodeada de otras piedras). Tres de ellos estaban orientados al norte-noreste y los otros tres al este-sureste, pero tampoco aquí se pudo asignar un significado concreto a tal disposición.

Situación de Nabta Playa al sur de Egipto
En cualquier caso, al constatar estos hechos, los investigadores catalogaron Nabta Playa como un complejo ritual o ceremonial de carácter astronómico. En cuanto a la cronología aproximada de este complejo, las dataciones de Carbono-14 fijaron un amplio espectro de ocupación del lugar en el periodo neolítico, entre el 9000 a. C. y el 3500 a. C., justo antes de que despegara la civilización egipcia, con una especial incidencia de dataciones hacia el 6000 a. C. Cabe tener en cuenta que durante la mayor parte de este lapso de tiempo el lugar que ahora ocupa el yacimiento no fue desértico, sino bastante húmedo, con abundantes recursos naturales.

Fue en este punto cuando entró en escena a finales del pasado siglo el astrofísico norteamericano Thomas G. Brophy, que había trabajado para la NASA. Brophy había quedado muy intrigado por un artículo publicado por la revista Nature en 1998 sobre el sentido arqueoastronómico de Nabta Playa y quiso ir más allá. A partir de aquí, emprendió su propia investigación –que incluyó el desarrollo de un software específico de astronomía– y en 2002 publicó sus primeros resultados en el libro The Origin Map (“El mapa del origen”), que dejaron bastante atrás los postulados académicos aceptados hasta la fecha y abrieron las puertas a audaces interpretaciones más propias de la arqueología alternativa. Lo que voy a exponer a continuación es un breve comentario de sus tesis, que Brophy ha ido ampliando hasta la actualidad con la colaboración del famoso autor alternativo anglo-egipcio Robert Bauval, reconocido experto en cuestiones del antiguo Egipto y de arqueoastronomía.

Brophy se centró primeramente en el análisis del “círculo-calendario” y confirmó que se trataba de un eficaz observatorio astronómico bastante fácil de usar. Pero además resultó que –según sus cálculos– tres de las seis piedras del interior del círculo marcaban con precisión las estrellas del cinturón de la constelación de Orión, que estarían justo de encima del observador en el periodo comprendido entre 6400 a. C y 4900 a. C., reflejando así el firmamento, lo cual conectaba directamente con la teoría de la correlación de Orión, formulada unos años antes por Bauval a propósito de las tres grandes pirámides de Guiza. Este hecho no podía ser una coincidencia, y en su opinión mostraría una arcaica tradición común astronómica centrada en la representación de Orión. En cuanto a las otras tres piedras, Brophy determinó que se correspondían con la posición de la cabeza y hombros de esa misma constelación, pero hacia el 16500 a. C., una cronología extraordinariamente remota. 

Siendo todo esto relativamente revolucionario, los alineamientos de megalitos de Nabta Playa todavía depararían más sorpresas a Brophy. El científico estadounidense constató que los alineamientos radiales a partir de un centro marcaban la posición de determinadas estrellas, pero de un modo muy peculiar. Antes de seguir, empero, es preciso realizar una puntualización. Es sabido que desde hace décadas se han estudiado las estructuras megalíticas desde el punto de vista arqueoastronómico y se ha llegado a la conclusión de que en muchos casos la observación del firmamento a través de ciertas piedras y alineaciones remitía a la posición del Sol o de determinadas estrellas en momentos específicos del año. Siendo esto cierto y contrastable, existía el problema de identificar fiablemente la época y las estrellas en cuestión, pues el conocido fenómeno de la precesión[2] hace que las estrellas “se desplacen” por los cielos en un ciclo completo que dura cerca de 26.000 años. De este modo, es obvio que muchas estrellas salen por un mismo punto del horizonte a través de los tiempos y no se pueden identificar a ciencia cierta –con una traslación a una época concreta–  si no existe otra referencia clara.

Megalitos procedentes de Nabta Playa, actualmente expuestos en el Museo de Aswan (Egipto)

Justamente en el caso de Nabta Playa, Thomas Brophy apreció que las estrellas no estaban señaladas con una sola piedra, sino con dos. ¿Qué quería decir esto? En realidad, era un sistema de coordenadas. Una de las piedras marcaba la posición de propia estrella en su orto helíaco en el equinoccio primaveral, esto es, su salida por el horizonte en la fecha del equinoccio de primavera, que sólo tiene lugar una vez cada ciclo precesional. La otra piedra marcaba la posición de la estrella Vega (de la constelación de Lira), que es una de las cinco más brillantes del firmamento y que representaba una referencia estable en el hemisferio norte para los astrónomos de Nabta Playa durante aquel ciclo precesional. De este modo, quedaba despejada cualquier duda sobre la identidad de las estrellas, y Brophy pudo identificar en los megalitos alineados las seis estrellas más brillantes de la constelación de Orión (¡una vez más!) en su posición hacia el 6300 a. C.

Con todo, había otro hecho intrigante. Las piedras estaban colocadas a diferentes distancias con respecto del centro radial. ¿A qué se debía esta circunstancia? A simple vista no se veía una lógica en tal disposición, a menos que hubiera una intencionalidad oculta que justificase esa dispersión sobre el terreno. Brophy estuvo especulando con ese posible patrón de las distancias y entonces fue a dar con una explicación que cuando menos resulta impactante. Según su hipótesis, las distancias de los monolitos con respecto al centro reflejarían las distancias de las respectivas estrellas con respecto a la Tierra. Una vez consultados los estudios astronómicos más modernos sobre este tema[3], Brophy se quedó sorprendido, pues pudo apreciar una correlación o proporción entre las distancias sobre el terreno y las distancias en el espacio. Así, estableció que un metro de terreno vendría a ser aproximadamente 0,799 años-luz, aunque hay que ser muy cauteloso en este campo, pues ni siquiera en la actualidad –con todos los medios tecnológicos– se pueden dar por ajustadas y definitivas las distancias a las estrellas. A todo esto, Brophy afirmó que la posición de los megalitos podía contener otras informaciones como su velocidad relativa o su masa, sin descartar otros aspectos menores, como la posible presencia de estrellas compañeras o sistemas planetarios (en forma de pequeñas piedras al lado de los megalitos).

Pero este panorama, aun siendo bastante desconcertante, no era todo. La última sorpresa de Nabta Playa estaba en su subsuelo. Brophy se fijó en que, tras excavar dos túmulos de piedra, los arqueólogos habían llegado al firme suelo rocoso, que estaba decorado con formas esculpidas sin aparente sentido. Sin embargo, Brophy vio ahí la forma inconfundible de la Vía Láctea vista desde fuera, o sea, desde el polo norte galáctico. En otras palabras, se trataría de una especie de mapa a escala de nuestra galaxia, con sus brazos en espiral, que incluía de forma correcta la posición y orientación del Sol. Y lo que resultaba más chocante: también incluía la presencia de una pequeña galaxia enana (la de Sagitario), que no fue identificada ¡hasta 1994! Además, la posición de las piedras superiores –ya retiradas– marcaría aproximadamente el centro de la galaxia. Y para cerrar este delirante escenario, Thomas Brophy observó que una de las líneas de megalitos apuntaba directamente a ese centro galáctico; concretamente señalaba su orto helíaco primaveral hacia el 17770 a. C. En cuanto al otro túmulo excavado, las formas rocosas halladas se corresponderían con la galaxia de Andrómeda, lo que sería otro “mapa estelar”.

Teoría de la Correlación de Orión, según Bauval
En lo referente a la conexión de Nabta Playa con el antiguo Egipto, tanto Brophy como Bauval ven ahí la herencia o persistencia de unas observaciones y creencias de unas gentes “pre-civilizadas” que procedían del oeste y que se establecieron en tiempos prehistóricos en el actual Egipto, tal y como se defiende en libros como Black Genesis o Imhotep the African. Brophy fue más lejos y afirmó que –según su análisis arqueoastronómico de los “canales” de la Gran Pirámide– el conjunto de las tres grandes pirámides Guiza no fue diseñado y construido para marcar la culminación meridional de la constelación de Orión –lo que Bauval propuso en los 90– sino para reflejar sobre el terreno la culminación septentrional del centro galáctico hacia el 11000 a. C., a modo de un enorme reloj del ciclo precesional en piedra.

En fin, una vez expuestos los datos, confieso que me veo incapaz de valorarlos en justa medida, dado mi escaso conocimiento en temas de astronomía, en los que debo realizar un acto de fe y suponer que la investigación se ha hecho de forma rigurosa y ajustada al método científico. A su vez, las fuentes académicas que he consultado se centran en los trabajos de Wendorf y Malville y prácticamente omiten cualquier referencia a Brophy, y cuando se cita su interpretación sólo es para cuestionarla. No alcanzo pues a sacar alguna conclusión sobre las propuestas de Brophy, aunque entiendo que puede haber un cierto margen de error debido a las propias mediciones y también a los posibles sesgos de querer encontrar “a la fuerza” coincidencias significativas entre un montón de datos disponibles e interpretables, si bien el propio Brophy en algún momento dice que las posibilidades de que las alineaciones de megalitos de Nabta Playa fueran aleatorias estarían alrededor de menos de dos entre un millón, lo que obligaría a pensar en un hecho científico y no en meros caprichos de azar.

El misterio de Sirio
Sea como fuere, todo este asunto me recuerda bastante a la famosa polémica destapada por Robert Temple sobre la astronomía de los Dogon (tribu de Mali), que supuestamente tenían unos increíbles conocimientos astronómicos del sistema de Sirio, y ello sin disponer –obviamente– de ningún telescopio para realizar observaciones. Recordemos que la ciencia oficial, con Carl Sagan a la cabeza, se tiró a degüello de los “herejes” y vio esta historia como un fraude o tergiversación de lo que de verdad sabían los Dogon. Cualquier otra cosa “no podía ser”. En el caso de Nabta Playa también vemos unos altos conocimientos de astronomía materializados sobre el terreno en el periodo neolítico, que deberían atribuirse a unas tribus de pastores supuestamente muy poco civilizadas y que tenían una existencia más bien simple y primitiva. Pero si Brophy tiene razón, ¿cómo explicamos que esas gentes de hace 8.000 años –como poco– tuvieran un conocimiento aproximado de la distancia a las estrellas desde la Tierra? ¿Cómo casa ese paisaje de unas cuantas piedras erosionadas con una intención científica tan desarrollada?

Algo similar podría decirse de muchos monumentos megalíticos en otras partes del mundo –de la misma datación en época neolítica– que muestran no sólo una tremenda labor constructiva (por el tamaño y peso de las piedras) sino también un afinado diseño sobre el terreno enfocado a dos posibles fines: realizar observaciones astronómicas precisas y facilitar un seguimiento de determinados fenómenos cósmicos a lo largo de los tiempos, y todo ello sin descartar la plasmación física del firmamento –en forma de estrellas y constelaciones– sobre la Tierra, de acuerdo a la máxima hermética de “Como es arriba, así es abajo”. De hecho, Robert Bauval está convencido de que el Egipto faraónico (y su posible antecesor prehistórico) siguió dicha pauta de construir un enorme mapa estelar sobre el territorio a partir de determinados monumentos.

En todo caso, esta avanzada astronomía nos empuja a pensar que los antiguos no eran tan primitivos como creíamos y que tenían una obsesión muy marcada por los fenómenos cósmicos y la posición de los astros. ¿De dónde surgió tal interés y tal ciencia? Según algunos arqueólogos alternativos, estas trazas de alto conocimiento astronómico corresponderían en verdad a la herencia de una civilización desaparecida que legó su saber en piedra para que conservase durante los milenios. Algo, por cierto, mucho más inteligente que nuestro modo actual de procesar y conservar el conocimiento. Me imagino un futuro, de aquí a 5.000 años o más, en que nuestra civilización haya desaparecido. No quedará nada –tal vez unas pocas ruinas de hormigón y acero– de lo que fueron los gigantescos radiotelescopios de nuestra moderna ciencia y tecnología. Se habrán perdido los libros y los registros en soporte electrónico. No habrá ningún conocimiento, ninguna pista, ningún rastro de astronomía avanzada. En cambio, podemos suponer, seguirán en pie la Gran Pirámide, el crómlech de Stonehenge y los megalitos de Nabta Playa para quien pueda descifrar sus secretos.

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] Playa, en el idioma local, significa “lago seco”.
[2] También llamado Gran Año o Año platónico, se refiere al movimiento de bamboleo de la Tierra sobre su eje de rotación, que tiene una duración completa de 25.776 años.
[3] Sobre todo a partir de las mediciones realizadas por el satélite Hipparcos Space Astronomy Satellite.

jueves, 2 de julio de 2015

Cosmología comparativa: en busca de una antigua mitología universal



Hace ahora medio siglo que De Santillana y Von Dechend lanzaron en su famoso libro “Hamlet’s Mill” una interpretación heterodoxa de muchos antiguos mitos de todo el mundo, proponiendo un significado común (e inesperado) para unas leyendas aparentemente banales o sin un mensaje profundo. Y, en fin, la arqueología alternativa lleva muchos años buceando en las antiguas mitologías a la búsqueda de pistas sobre una hipotética civilización primigenia global que de algún modo explicara las no pocas coincidencias entre los mitos de culturas diversas separadas por miles de kilómetros y  veces miles de años, si bien el factor temporal es muy difícil de estimar. Esta es, sin duda, una labor ardua y compleja, que debe escrutar y comparar datos entre antiguas lenguas, simbolismos, cosmologías, religiones, creencias, iconografías, etc.

Laird Scranton
En este sentido, es un placer y un honor poder presentar en este blog el trabajo de Laird Scranton, un investigador independiente estadounidense, experto en temas de mitología, cosmología y lenguaje. Scranton se interesó especialmente por la mitología y simbología de los Dogon desde inicios de los años 90, lo que le llevó a realizar lúcidas conexiones entre esta tribu africana y otras comunidades humanas alejadas en el tiempo y el espacio. Entre sus publicaciones destacan los siguientes libros: The cosmological origins of myths and symbols, Sacred symbols of the Dogon, The science of the Dogon  y The Velikovsky heresies. Su sitio web es www.lairdscranton.com.

Dado que ninguno de sus libros se ha traducido aún a lengua castellana, me permito adjuntar a continuación el artículo de Scranton que publicó en versión española la revista digital Dogmacero en su primer número (2013).

Un cosmólogo comparativo es una persona que aspira a aprender más sobre las antiguas tradiciones de la creación estudiando cada tradición en los términos de las que más se le parecen. Este proceso no es diferente del empleado por los eruditos de la literatura para reconciliar las diversas versiones de las obras de Shakespeare, que dieron origen a las ediciones autorizadas conocidas de esas obras. La suposición subyacente del cosmólogo comparativo es que —al igual que las versiones más tempranas de estas obras, que a menudo eran garabateadas a toda prisa por el empleado de un editor durante una representación shakesperiana— estas tradiciones antiguas compartieron una fuente común que pueden ser reconstruida satisfactoriamente mediante una esmerada comparación cruzada.

El enfoque de un cosmólogo comparativo puede parecer ir en contra de algunas otras perspectivas habituales acerca de estas tradiciones antiguas. Por ejemplo, el célebre psicólogo Carl Jung atribuyó las semejanzas de sus arquetipos a un patrón de pensamiento innato, o a un inconsciente colectivo que él creyó que compartimos sin saberlo.  Por su parte,  el catastrofista puede ver estas tradiciones como una especie de artefacto, resucitado de alguna civilización perdida hace mucho tiempo. A su vez, el historiador académico podría ver estas tradiciones como una herencia transmitida de una sociedad primigenia a un linaje detectable de otras culturas posteriores. Pero cuando adoptamos un enfoque alternativo y nos dejamos guiar por las creencias establecidas de las culturas que se esforzaron en conservar estas tradiciones antiguas, veremos que aparecen una y otra vez, caracterizadas por estar estrechamente vinculadas al concepto de profesores míticos, y a lo que a menudo se  describe como un plan de transmisión de la civilización.

Si, como defensores del principio de la navaja de Occam, nuestro instinto se queda con la más simple de las posibles soluciones equivalentes para esclarecer un misterio no resuelto, nos inclinaríamos a aceptar la teoría de poligénesis como la mejor explicación para la gran concordancia que encontramos entre las antiguas formas simbólicas de todo el mundo. Así pues, si dos culturas de desarrollo similar usaban la piedra como material de construcción primario, sólo habría sido cuestión de tiempo que cada una de ellas pensara en apilar unas piedras sobre otras para formar una pirámide. Sin embargo, pronto queda claro que esta teoría sólo sirve para explicar la concordancia de forma. El cosmólogo comparativo observa que, como se ha reconocido asiduamente,  las antiguas pirámides expresaban un conjunto diverso de significados simbólicos.  

Pirámides de Guiza
Por ejemplo, el cuerpo de la pirámide era comúnmente asociado con el concepto de “útero”, y así —desde esta perspectiva— la estructura podría ser conceptualizada como una mujer que yace sobre su espalda. En muchas sociedades existía una relación simbólica entre la pirámide y la noción de estrella, así como un mal entendido imperativo cultural para situar las pirámides de forma que representaran imágenes sobre la tierra de importantes estrellas del cielo. También existían a veces asociaciones simbólicas entre las cuatro caras de una pirámide y ciertos grupos de estrellas, cuyas salidas y puestas se emplearon para regular la sucesión de siembras y cosechas en el calendario agrícola de una cultura. La teoría de poligénesis, que sirve con gran eficacia para explicar la forma de la pirámide, falla a la hora de explicar razonablemente cómo estos complejos temas simbólicos podrían derivarse del simple impulso de apilar unas piedras sobre otras.

A pesar de las muchas semejanzas externas que encontramos entre muchas antiguas tradiciones de la creación,  parece que hay dos obstáculos insuperables en el camino del cosmólogo comparativo. El primero radica en la dificultad de demostrar que, a través de las diversas lenguas y el paso de las generaciones, alguna vez se pueda llegar a equiparar dos sistemas cosmológicos de forma concluyente. El segundo descansa en cómo demostrar convincentemente que cualquier tradición de la creación —tal como la observamos hoy en día— no se ha visto modificada de manera significativa con el tiempo. Pero resultó que  ambos obstáculos fueron superados con eficacia por la misma, única y fortuita circunstancia: la perspicaz observación que hizo mi hija Hannah, después de una excursión de estudiante con el Himalayan Health Exchange en la India en 2005, sobre la semejanza fundamental entre la forma externa de un stupa budista (un santuario ritual orientado que  encontramos en la India y Asia) y el granero orientado dogon (el símbolo central de la tradición de la creación dogon[1]). Esta observación fundamental, que de algún modo había eludido a los investigadores de la cultura dogon durante casi sesenta años, señaló el camino para establecer sólidas comparaciones entre el sistema cosmológico dogon y el del stupa budista.

Stupa budista
Usando como base para la comparación un estudio llamado El zorro pálido sobre la tradición de la creación dogon a cargo de los antropólogos franceses Marcel Griaule y Germaine Dieterlen, y El simbolismo del stupa, un libro escrito por Adrian Snodgrass, una destacada autoridad en arquitectura y simbolismo budista, fuimos capaces de correlacionar las dos tradiciones. En un artículo de abril de 2007, publicado en el Anthropology News,  la revista académica de la Universidad de Chicago, argumenté que se da una coincidencia punto por punto entre los conceptos cosmológicos y símbolos de los Dogon y los de la tradición budista stupa. Las referencias a la cosmología budista, que tenemos documentada por fuentes que datan de los últimos siglos antes de Cristo, demuestran que el sistema dogon refleja una auténtica tradición antigua, y prueban que ninguno de los dos sistemas cosmológicos ha cambiado considerablemente con el paso de siglos; de no ser así, no habría tal coincidencia entre los sistemas.

Los sistemas dogon y budista se dan en lenguas que son fundamentalmente diferentes entre sí, lo que implica que ninguna de las dos adoptó en conjunto su sistema cosmológico de la otra, ya que los sistemas no están expresados con las mismas palabras. Los términos budistas tienen su origen en el sánscrito, mientras que —según hemos demostrado en nuestros estudios— los términos dogon reflejan coherentemente las antiguas pronunciaciones y significados egipcios. Sin embargo, gracias a la forma en que se estructura la tradición  de la creación, podemos correlacionar objetivamente los conceptos budistas y dogon. Este proceso de correlación viene facilitado por un rasgo muy importante de los antiguos términos cosmológicos: cada uno conlleva al menos dos definiciones distintas. Lógicamente, estas definiciones están tan distanciadas entre sí que, por el simple hecho de conocer una, no permite normalmente a una persona adivinar las otras. Un ejemplo de estas ambigüedades se encuentra en la palabra dogon Amma, que es el nombre oculto de su dios-creador, y que puede significar comprender”, “sostener” o “establecer”.  Otro ejemplo lo tenemos en el término po, que es el nombre dado a un componente fundamental de materia, y que también puede referirse al concepto de “tiempo primigenio”.  Los valores fonéticos de estas palabras, en combinación con los dos significados lógicamente alejados, nos permiten correlacionar categóricamente estos términos cosmológicos con las antiguas palabras egipcias Amen y pau, respectivamente.

Los lingüistas nos dicen que la simple coincidencia en dos lenguas diferentes del mismo valor fonético con un significado similar no es prueba suficiente para deducir un origen etimológico común para las dos palabras. Esto es así a causa del relativamente reducido número de valores fonéticos utilizados por la mayor parte de lenguas habladas, lo que  permite manifiestamente que las posibilidades de coincidencia sean muy grandes. Sin embargo, al incluir en nuestras comparaciones una segunda definición —aparentemente sin conexión—  en ambas lenguas, las posibilidades estadísticas de relación entre las palabras se hace casi segura. No obstante, en el caso de nuestras cosmologías, esta relación entre palabras no se define por la etimología tradicional de un lingüista, sino que más bien se presenta dentro del contexto de lo que parece ser una tradición de la creación compartida. El mismo conjunto coherente de pruebas que nos permite correlacionar un símbolo, un ritual, una deidad o una forma arquitectónica entre culturas puede ser aplicado fundamentadamente a estas palabras. A menudo estas comparaciones entre palabras se sustentan en pruebas adicionales, como la conexión de la palabra en cada cultura a un dios mítico que posee un lugar concreto dentro de un panteón mítico, o al que se le atribuye la realización de actos específicos en ambas culturas. Asimismo, algunas veces ambas palabras están asociadas a la misma forma o figura dibujada.

La cosmología dogon se nos presenta con un sistema completo de palabras cosmológicas bien definidas que —como rasgo evidente de la tradición de la creación— muestra este tipo de dobles o múltiples significados. En cada caso, a pesar de que los Dogon no tienen una lengua propia escrita, hemos sido capaces de asignar la palabra dogon a una probable pareja fonética en la lenguaje jeroglífico egipcio. Sin embargo, dado que el núcleo de la tradición de la creación descansa sobre términos conceptuales y no en cómo esos términos se expresan en última instancia en una lengua específica, se puede aplicar un conjunto similar de correlaciones a otras tradiciones similares —como el budismo— a veces independientemente de los valores fonéticos utilizados para pronunciar esas palabras.

Ceremonia dogon
La prueba más rotunda de un antiguo plan de transmisión de la civilización se remonta a un periodo alrededor del 3000 a.C.  Cuanto más nos ceñimos a esa fecha en nuestros estudios, mayor es la concordancia de términos, tradiciones, valores fonéticos originales, palabras, y símbolos que encontramos habitualmente entre las culturas. De algunas de ellas, incluso, no se tenía la conciencia de que hubieran existido siquiera. Una tradición de tal extensión salió a luz como resultado de nuestros esfuerzos para correlacionar los términos cosmológicos dogon y egipcios. Es sabido que cada cincuenta años los Dogon celebran un gran festival de la estrella Sirio conocido como Sigi o Sigui. Asociamos el término Sigi con la palabra egipcia skhai, que quiere decir “celebrar un festival”. Las tribus de cazadores que habitaron Egipto antes de la Primera Dinastía (los antepasados de los beréberes de nuestros días) son conocidos en conjunto como los Amazigh. Como muchas palabras antiguas, vemos esto como un término compuesto, que a nuestro parecer combina el nombre de un dios-creador norteafricano Ama o Amma con una palabra que quiere decir “celebrar”.  Unidos, el término parecería reflejar el nombre de la antigua deidad que fue reverenciada con el mayor respeto por aquel grupo de tribus.

Una convención similar parece aplicarse a la tribu sacerdotal Na-Khi o Na-xi, quienes residen en la remota zona fronteriza entre el Tíbet y China y son los custodios de la última lengua jeroglífica que sobrevive en el mundo. Argumentamos en The Cosmological Origins of Myth and Symbol (“Los orígenes cosmológicos del mito y el símbolo”) que el término Na, que puede significar “madre” en la lengua Na-Khi, se refiere a una diosa madre similar a Neith, y que el fonema complejo que alternativamente se transcribe como Khi o Xi (que significa “celebrar”) refleja nuevamente el sigi/skhai dogon y egipcio. Si es así, entonces el término combinado —una vez más designado como el nombre de la tribu— comportaría el significado esperado de “celebra a Na”.  Encontramos una convención similar en la antigua China conectada a los términos permutables Fu-xi o Pau-xi, que datan aproximadamente de esta misma época, hacia el 3000 a.C.. Los investigadores tradicionales de la cosmología china discrepan sobre si estos términos se refieren a un individuo divino, a una serie de emperadores míticos, o a una tribu antigua. El término Fu se refiere al concepto cosmológico de “los cuatro”, que es la base de la mayor parte de la cosmología antigua china, mientras el término Pau representa un componente fundamental de materia que es definida dentro de nuestro antiguo plan cosmológico. Tanto uno como otro término cumplen nuestro requisito simbólico para el nombre de una tribu sacerdotal que preservó aspectos de esta misma tradición de la creación.

Si tales convenciones en los nombres fueran de hecho un rasgo común del plan civilizador en tiempos antiguos, sería factible hallar términos similares conectados a otras tribus o grupos contemporáneos. Conforme a esta visión, encontramos el nombre antiguo de Egipto Mera, que combina el jeroglífico de la palabra egipcia para “amor” (mer) con el nombre de una deidad principal egipcia (el dios del sol Ra), lo que nos conduce al significado “ama a Ra”. Mirado de una perspectiva similar, Yahuda era el antiguo nombre atribuido a las tribus hebreas. Yah es un nombre habitual de Dios en el Judaísmo, y la palabra hebrea huda significa “alabar”; tomados juntos, expresan el concepto de “alaba a Yah”. 

Descubrimos una convención similar en el nombre de la tribu norteafricana Mande, que, a partir de los significados de las palabras de la propia lengua Mande, nos lleva al sentido de “los hijos de Ma”.  Incluso en un lugar tan lejano como Nueva Zelanda encontramos la tribu indígena maorí, que conserva una tradición esotérica que, según las detalladas descripciones de Elsdon Best, era bastante similar a la de los Dogon. La antigua tradición maorí definía en los mismos términos que los Dogon un componente fundamental de materia  llamada po. Nuevamente interpretamos el término maorí como un compuesto de dos palabras que significan “abraza a Ma”. Una vez que hemos reconocido esta evidente convención, se hace posible identificar las tribus antiguas que probablemente compartieron nuestro mismo antiguo plan cosmológico, basado simplemente en la forma de su nombre.

Granero dogon
Un concepto central en nuestra tradición antigua es la noción filosófica de cómo, durante los procesos de creación, la unidad crea la multiplicidad. De hecho, la geometría que refleja expresamente este proceso se encuentra en el núcleo del plan de los casi idénticos antiguos santuarios rituales que sirven como magníficos símbolos tanto para la tradición de la creación dogon como para la budista: el granero dogon y el stupa budista. Estos santuarios se fundan sobre un plan básico semejante que viene definido por una serie de figuras geométricas. La primera figura geométrica que podemos evocar es la representación de una especie de reloj de sol; consiste en un círculo que un iniciado traza alrededor de un palo central o gnomen. La figura resultante permite al iniciado seguir las horas del día y medir la duración del día. El siguiente paso en la geometría es marcar las dos sombras más largas del día creadas por el gnomen, por la mañana y por la tarde, en los puntos en los que cruzan el círculo. La línea que tracemos entre estos dos puntos automáticamente tomará una orientación de este/oeste, y facilitará así la alineación del santuario a los cuatro puntos cardinales. Esta línea pasará por el gnomen dos días del año, en las fechas de los dos equinoccios; desde ese punto se irá alejando progresivamente del gnomen hasta la fecha del siguiente solsticio.  

El trazado sistemático de esta línea y la observación de su movimiento permite al iniciado seguir las estaciones del año, medir la duración total de un año y predecir las fechas de los próximos solsticios y equinoccios. Desde la perspectiva de un plan civilizador, estos instrumentos de medición del tiempo pueden considerarse como el prerrequisito para una agricultura eficiente, cuya implantación depende del conocimiento proactivo del agricultor de la progresión de las estaciones, del ritmo de los cambios estacionales de la climatología y de la comprensión correcta de cuándo sembrar y cuándo cosechar.

Visto de este modo, vemos que la base circular de estos santuarios rituales orientados evocan la misma forma que el jeroglífico del sol egipcio, el jeroglífico del sol chino y el jeroglífico del sol tibetano Na-Khi, que vienen a simbolizar el mismo conjunto de conceptos tradicionalmente asignados a esos jeroglíficos: el sol, el día, y los conceptos simbólicos del tiempo en general. Además, estas asociaciones refuerzan varias nociones importantes: la primera es que los símbolos y los conceptos cosmológicos precedieron considerablemente al advenimiento de lengua escrita en estas culturas; la segunda es que ciertas formas significativas ya definidas dentro del contexto cosmológico pudieron haber sido adoptadas como jeroglíficos de las lenguas escritas más tempranas; la tercera es que, al menos en cuanto al jeroglífico del sol en sí mismo, los conceptos asociados con la forma en la cosmología parecen haberse incorporado al simbolismo del jeroglífico en las lenguas escritas.

Escritura jeroglífica egipcia
Otro rasgo curioso de las lenguas escritas más antiguas es que muchas de ellas —como el antiguo jeroglífico egipcio y el hebreo antiguo— no incluyeron vocales escritas, y por tanto la pronunciación correcta de cada una de las palabras puede ser incierta. Aunque muchos investigadores creen que los signos de la lengua egipcia jeroglífica eran principalmente de naturaleza fonética (como las letras de nuestro alfabeto, que  conllevan una pronunciación fonética) no parece probable que se hubieran requerido más de 4.000 signos jeroglíficos para representar los cerca de 40 valores fonéticos que encontramos en la mayor parte de lenguas escritas. Y aún parece más sorprendente que una lengua, de haber estado basada en la fonética, omitiera la escritura de vocales, que son los valores fonéticos esenciales para la pronunciación correcta de cualquier palabra escrita.

Nuestro ejemplo del jeroglífico del sol sugiere que, al menos en un nivel, los primeros jeroglíficos egipcios estaban destinados a representar conceptos. Para ilustrar cómo podría haber funcionado una lengua basada principalmente en conceptos, más que en la fonética, examinemos la estructura de la palabra jeroglífica egipcia met, que significa “semana”. Estructuralmente es una palabra muy directa, formada solamente por dos jeroglíficos. El primero es el signo jeroglífico del sol, un círculo con un punto central, de cuyo simbolismo ya hemos hablado. El segundo se parece a una U invertida y representa el número egipcio 10. Cuando observamos la palabra desde una perspectiva conceptual, más que fonética, se hace evidente que el término conlleva el significado simbólico de “diez días”, la definición real de la antigua semana egipcia. La forma de la palabra representa una verdad efectiva sobre la vida de los antiguos egipcios que de otra manera no hubiéramos podido entender, la duración real de una semana en días. 

Asimismo, cuando interpretamos la palabra basada simbólicamente en los conceptos asociados con su signo —esto es, al sustituir conceptos por signos para formar una frase simbólica— nos damos cuenta de que se no requiere ninguna vocal para analizar su significado, y por tanto no se incluye ninguna explícitamente. Así, la propuesta es que cualquier lengua escrita que omitió sistemáticamente las vocales pudo haber sido originalmente de naturaleza simbólica o conceptual.

Basándonos en lo que encontramos con la palabra egipcia met, confrontamos nuestra noción de lengua conceptual con otras palabras egipcias cuyos significados también contenían conceptos de tiempo y que utilizaban el mismo jeroglífico del sol. En cada caso, fuimos capaces de producir una definición razonable para la palabra simplemente  substituyendo conceptos por signos. La palabra para “mes” se define esencialmente como el período de un “día” lunar, el tiempo de órbita de la luna alrededor de la Tierra. La forma de la palabra “estación” nos informa que los antiguos egipcios observaron tres estaciones, como así fue. En última instancia se hizo claro que el patrón definido por nuestros ejemplos de palabras se repite de modo comprensible para prácticamente cada término cosmológico que correlacionemos entre la lengua dogon y la egipcia.

Texto jeroglífico con determinativos
Una vez que comenzamos a estudiar las palabras egipcias desde un punto de vista conceptual, se presentaron nuevas explicaciones para otros rasgos de la lengua. Por ejemplo, los egiptólogos durante mucho tiempo se han preguntado el motivo de incluir signos adjuntos no pronunciados en ciertas palabras jeroglíficas egipcias. Estos jeroglíficos no parecen funcionar realmente como factores determinativos; por ejemplo, la figura adjunta de un dios o una diosa que identifica el nombre de una deidad. Desde la perspectiva del egiptólogo tradicional, estos jeroglíficos no pronunciados, cuyas imágenes a menudo se relacionan con la palabra en sí misma, son “dibujados en la palabra para dar énfasis”. Pero cuando interpretamos el jeroglífico de la palabra conceptualmente, se hace evidente que la frase simbólica formada por los principales jeroglíficos de la palabra parece definir el concepto simbólico tradicionalmente asociado con el jeroglífico adjunto. 

Por ejemplo, la palabra egipcia “agarrar” incluye el jeroglífico adjunto de un puño apretado. Difícilmente la asociación simbólica entre el significado de palabra y el jeroglífico podría ser más próxima. Desde nuestra perspectiva, estas palabras nos ofrecen una definición conceptual para el jeroglífico adjunto. Esta noción, una vez asimilada, nos proporciona un mecanismo con el cual establecer definiciones conceptuales para multitud de antiguas formas jeroglíficas egipcias, y podemos alegar que estas definiciones se fundamentan sobre la autoridad de la propia lengua jeroglífica egipcia.

Finalmente, esta visión de la naturaleza conceptual de la lengua jeroglífica egipcia tomó el aspecto de una firma de nuestra tradición de la creación. Lo que queremos expresar con ello es que interpretamos la presencia de un sistema antiguo de escritura en otra cultura que muestra estos mismos atributos como señal de la probable influencia de la misma antigua tradición de la creación. Y así, cuando comenzamos a examinar las tradiciones de la creación de la antigua China y encontramos la palabra china “semana” escrita con signo del sol chino y el número 10 chino, podemos proseguir con un alto grado de confianza, sabiendo que probablemente encontraremos otras pruebas patentes del mismo sistema cosmológico que hemos encontrado en otras grandes culturas antiguas que hemos estudiado.

 © Laird Scranton 2012






[1] Los Dogon son una tribu primitiva de nuestros días de Malí, en una remota región del noroeste de África.