martes, 23 de julio de 2019

Descifrar antiguas escrituras: un difícil rompecabezas (2ª parte)


En la primera parte de este artículo vimos algunos casos famosos de desciframiento de escrituras antiguas de África y Oriente, y todavía podíamos haber citado otros grandes logros filológicos del siglo XIX, como el desciframiento del cuneiforme a cargo del británico Henry Rawlison, gracias a otro texto trilingüe (la inscripción de Behistún). En esta segunda parte nos centraremos en escrituras más cercanas, de ámbito mediterráneo y europeo, en las que también ha habido un poco de todo, pero por desgracia con más incertidumbres que certezas, más algunas dosis de polémica y sospechas de fraude.

Para empezar, me referiré a un oscuro caso que ya toqué en un artículo anterior: las tablillas de Glozel. Sólo para poner en contexto, diré que se trata de un yacimiento arqueológico cercano a la ciudad de Vichy (Francia) que despertó mucho interés en su momento (años 20 del pasado siglo), pero también mucha controversia por las acusaciones de fraude sobre los descubridores: un joven campesino, Émile Fradin, y un médico metido a arqueólogo, el doctor Antonin Morlet (en la imagen). Los expertos académicos dudaron de la autenticidad del yacimiento por varios motivos, pero sobre todo por la presencia de un centenar de tablillas de terracota con una serie de inscripciones en un sistema de escritura desconocido basado en trazos geométricos. Morlet decía que las tablillas se remontaban al neolítico, y ello era una auténtica herejía porque ponía los inicios de la escritura en el neolítico europeo en vez de en el arranque de la civilización en Oriente Medio. Hubo opiniones para todos los gustos y la polémica llegó incluso a los tribunales, pero el veredicto científico no llegó hasta mucho más tarde, cuando Morlet ya había fallecido. Así, tras someter a las tablillas a unos análisis de termoluminiscencia en los años 70, se confirmó que eran piezas auténticas y bastante antiguas[1]… aunque no tanto como creía el médico de Vichy.

El caso es que ya en 1926 Morlet había publicado un artículo sobre esta escritura, a la que calificó de “alfabeto prehistórico”, pues no veía ahí pictogramas ni jeroglíficos. En dicho documento el doctor Morlet identificó hasta 111 símbolos diferentes en las tablillas y consideró que era un sistema alfabético muy antiguo, pan-mediterráneo y muy anterior al alfabeto fenicio, que habría tomado algunos de sus símbolos de esa fuente primigenia. Eso sí, Morlet reconocía que –pese a haber comparado los textos con varias escrituras antiguas– no tenía ni idea de cómo se pronunciaban esos signos y qué lengua había detrás de ellos. Algunos especialistas, que dieron por bueno el material, también trataron de descifrar la escritura de Glozel, pero sin ningún éxito, al ser una escritura única y no existir otras inscripciones de referencia. Se barajaron muchas hipótesis sobre la lengua base (el euskera, el ibérico, el caldeo, el berebere, el ligur, el hebreo, el griego, el turco…) pero nadie fue capaz de avanzar en el proceso de desciframiento.

Signos sobre tablilla de Glozel
No obstante, algunos no se rindieron pese a las dificultades. Este fue el caso del químico y biólogo suizo Hans-Rudolf Hitz (1932-2013), que realizó probablemente el esfuerzo más riguroso y metódico para desvelar el enigma de Glozel, al que dedicó 30 años de trabajo. Hitz, buen conocedor de la arqueología y de las lenguas antiguas, se centró en estudiar el corpus de símbolos y en buscar relaciones con varias lenguas muertas que empleaban alfabetos semejantes, y así llegó a la conclusión de que la escritura de Glozel era un tipo de alfabeto primario empleado para escribir una lengua céltica (de la Galia Cisalpina), cuyo origen se remontaría al 300 a. C. Esta estimación casaría en gran medida con las dataciones obtenidas mediante termoluminiscencia, pues dos tercios de éstas se encuadraban precisamente entre el 300 a. C. y el 100 d. C.

En su opinión, los signos alfabéticos básicos serían sólo 26, con el añadido de entre 40 y 50 signos particulares, dando un total aproximado de 80 signos, frente a los 111 propuestos por Morlet. Hitz encontró una correlación bastante clara con el llamado alfabeto lepóntico de Lugano, que a su vez estaba influenciado por el alfabeto etrusco. Con estas premisas, y suponiendo que se hallaba ante una lengua céltica, Hitz trató de descifrar el contenido de las tablillas y de hecho pudo leer algunos fragmentos que incluían nombres e incluso un posible topónimo de Glozel: Nemu Chlausei. Finalmente, lanzó la hipótesis de que Glozel pudo haber sido un lugar de peregrinación en el cual se ofrecían las tablillas como ofrendas votivas. Dicho esto, es oportuno señalar que la comunidad académica se ha mantenido al margen de emitir veredictos, pues a día de hoy todavía recela de la autenticidad de las tablillas y de su correspondiente escritura.

Con todo, quedó flotando en el ambiente otra incógnita que Morlet ya había sacado a la palestra: los mismos signos –o bastante similares– habían aparecido por la región en objetos de piedra que se remontaban, según el propio Morlet, al paleolítico. ¿Eran piezas auténticas? En tal caso, ¿se trataba de una proto-escritura? ¿O más bien se debería revisar la datación de los objetos? Lamentablemente, no se ha avanzado más allá de los estudios de Hitz, y el asunto de Glozel seguirá en la bruma, al ser un descubrimiento único y muy peculiar, sin olvidar toda la polémica desatada durante décadas.

Colonia griega de Emporion (Empúries)
Si ahora nos desplazamos hacia el sur, en la Península Ibérica tenemos otro caso de desciframiento de una escritura antigua que se quedó a medias. Me refiero, por supuesto, a la escritura ibérica y sus variantes, a la que podríamos sumar otro sistema semejante en las formas: la escritura tartésica. Lo cierto es que, en el siglo XIX, coincidiendo con el inicio de la arqueología en España, los eruditos ya sabían sobradamente que habían existido en la Península –en particular en el este y el sur– varios pueblos prerromanos que habían empleado sistemas de escritura de tipo alfabético, cuyo origen debía situarse sin lugar a dudas en la influencia cultural de los pueblos colonizadores mediterráneos, básicamente fenicios y griegos. El problema, una vez más, era enfrentarse a alfabetos desconocidos –aunque no del todo– que representaban lenguas también desconocidas (al menos en principio). De hecho, ya desde el Renacimiento algunos sabios habían intentado, sin éxito, leer estas inscripciones, si bien en algunos casos aportaron ideas y enfoques correctos.

Al iniciarse los estudios arqueológicos, ya se pudieron diferenciar dos grandes familias: la escritura tartésica, situada en la región sudoccidental de la Península y la escritura ibérica, en la región levantina y hasta más allá de los Pirineos. Esta última presentaba al menos tres variantes: la suroriental (emparentada con la tartésica), la greco-ibérica y la nororiental o levantina, siendo esta última la más extendida. En cuanto a los caracteres empleados por todas ellas, quedaba poca duda de que se trataba de letras y no de ideogramas, y había un cierto parecido entre los signos, como resultado de recurrir a unas mismas fuentes comunes. Los expertos no tardaron en observar las concomitancias con los alfabetos mediterráneos y centraron todos los esfuerzos en poder convertir los signos en consonantes y vocales reconocibles.

Inscripción tartésica
En todo caso, la escritura tartésica mostraba algunas peculiaridades que no existían en las otras zonas, posiblemente por la propia diferencia cultural de Tartessos frente a las otras regiones ibéricas. Hubo varios intentos de desciframiento de esta escritura (la más antigua de la Península, según el registro arqueológico), a cargo de Schulten y de Gómez-Moreno principalmente, pero sólo se pudo acceder a una precaria lectura de los signos –con muchas dudas que aún persisten– y a fijar la dirección de la lectura, normalmente de derecha a izquierda. Se reconocieron algunas palabras, pero realmente apenas se ha avanzado desde mediados del siglo XX. Bien es cierto que se plantearon varias hipótesis viables, como algún tipo de lengua céltica, pero no arrojaron resultados consistentes. De hecho, ni siquiera se tiene seguridad acerca de si se trata de una lengua indoeuropea o una no-indoeuropea. Se sigue sin saber pues qué lengua hablaban los tartesios, y por el momento no ha aparecido ninguna inscripción bilingüe que ayude a despejar las incógnitas.

Antiguos alfabetos de la Península Ibérica
En lo referente al alfabeto ibérico levantino, se disponía de un extenso corpus de inscripciones en diversos soportes (estelas, monumentos, monedas, piezas de cerámica, grabados rupestres, láminas de metal, etc.) e incluso se conocía algún breve texto bilingüe latino-ibérico, lo que permitió un estudio a fondo tanto desde el punto de vista arqueológico como del filológico. Así, sabemos que esta escritura se data entre el siglo V a. C. y el cambio de era, y estuvo muy extendida en casi todo el este peninsular hasta el sur de Francia, e incluso fue adoptada por los celtíberos del interior de la Península. Con toda esta documentación, el desciframiento sólo era cuestión de tiempo y paciencia. Así, en 1922 el ya citado profesor Manuel Gómez-Moreno (1870-1970), trabajando básicamente con los textos numismáticos y las referencias latinas y griegas a nombres ibéricos (sobre todo antropónimos, gentilicios y topónimos), consiguió dar con la clave de la escritura ibérica, que no era otra que su carácter de sistema semisilábico. Esto significa que, en un alfabeto de 28 signos, había trece signos que representaban fonemas individuales (ocho consonantes y cinco vocales), más otros quince que representaban sílabas de consonantes oclusivas (B-P, D-T, K-G) y sus vocales adjuntas.

Inscripción ibérica de Guissona (Cataluña)
Desde entonces, la escritura ibérica pudo ser leída sin dificultad, aunque algunas de sus variantes presentan todavía hoy ciertas lagunas. Ahora bien, ¿a qué lengua correspondía esa escritura? Al igual que en el caso del tartésico, seguimos en la niebla filológica... o quizá no tanto. Lo cierto, y eso lo pude comprobar siendo estudiante de arqueología, es que los textos ibéricos “sonaban” muy vasco (o euskera). Sólo por poner unos ejemplos, podemos citar esta breve inscripción hallada en Guissona: NEI TINKE SUBAKE EN DAGO; o esta otra procedente de Sagunto: ARETAKE SIKEDUDINEBAN NEREILDUN. También podríamos mencionar algunas palabras grabadas sobre monedas, referentes a la comunidad que las acuñó: ILTIRTASALIRBAN (dinero de Iltirta) y UNTIKESKEN (de los indiketas). La verdad es que la analogía va más allá de lo fonético y entra en lo morfológico, semántico y sintáctico, y de hecho desde que Gómez-Moreno descifró la escritura se desató la corriente vasco-iberista sobre el origen del ibérico, que ha tenido muchos seguidores, pero también no pocos escépticos y detractores. Sin ir más lejos, el propio Gómez-Moreno se posicionó contra esta corriente, a la que llamó literalmente “vascofilia integrista”.

Así pues, llevamos todo el siglo XX y este XXI con la polémica a cuestas, pero entre los expertos se comparte la idea de que el ibérico sería muy probablemente una lengua pre-indoeuropea, y que las semejanzas con el euskera son muchas y no se pueden obviar. En efecto, el ibérico no sólo suena a euskera, sino que muchas de sus palabras se pueden traducir sin excesiva dificultad (por ejemplo, los numerales son prácticamente idénticos), ya que el léxico ibérico tiene bastantes paralelos con el vasco, con notables correlaciones fonéticas y morfológicas. Además, tenemos algún ejemplo arqueológico muy significativo, como una vasija pintada hallada en Liria que contenía una escena de barcas llenas de arqueros que se enfrentaban entre ellos. Pues bien, el texto que acompañaba la escena se leía como GUDUA DEISDEA, que literalmente en euskera significa “la guerra, la llamada” (“llamada a la guerra”). La correlación entre imagen y texto parecía pues bastante obvia. No obstante, no es oro todo lo que reluce ni se puede empezar a traducir el ibérico echando mano del manual de Gómez-Moreno y de un diccionario de euskera. 

Dracma ibérico con la leyenda en el anverso ba-r-ke-n-o (Barkeno, el precedente de la Barcino romana)

En este punto, los críticos al vasco-iberismo han señalado que muchas veces ha faltado rigor y se han forzado las similitudes con el vasco, hasta el punto de introducir sesgos en las interpretaciones, más otros casos en que la traducción al euskera resultaba del todo confusa, parcial o arbitraria. Así, actualmente, los mayores especialistas en escritura y lengua ibérica –entre los cuales no faltan algunos vascos como Mitxelena, Gorrochategui o Lakarra– han reconocido que la conexión es evidente a la luz de las coincidencias en varios ámbitos, pero no defienden una rígida tesis vasco-iberista. Antes bien, se inclinan por considerar que el ibero no es euskera ni es su lengua madre[2], ni tampoco existe un parentesco directo, pues los problemas para una interpretación efectiva son muchos. En este sentido, las propuestas más modernas apuestan por dos escenarios filológicos básicos: o bien las semejanzas fueron fruto de una koiné o comunidad cultural en aquella zona en la que se compartieron múltiples rasgos lingüísticos por la mera proximidad geográfica[3], o bien que tanto el euskera como el ibero son descendientes de un ancestro común que podría ser el llamado protovasco (o aquitano), una forma muy arcaica de euskera que se hablaba a ambos lados de los Pirineos en tiempos prehistóricos. Así pues, algo tenemos, algo entendemos, pero todavía resulta escaso para tener una clara visión de conjunto. Ahí lo dejamos.

[Para los amantes de los enigmas, he añadido en un anexo final un sencillo juego de desciframiento del ibérico, que se puede resolver sin consultar la tabla de equivalencias del alfabeto ibérico.]

Para cerrar el tema de las escrituras descifradas, saltaremos ahora al otro extremo del Mediterráneo, a fin de revisar uno de los casos de éxito más sonados del siglo XX: el desciframiento de la escritura llamada Lineal B, a cargo de los británicos Michael Ventris y John Chadwick en los años 50... sin olvidar el chasco en el intento de descodificar otras dos escrituras cretenses antiguas.
Palacio de Cnossos (Creta)
Esta historia arranca cuando el arqueólogo inglés sir Arthur Evans emprendió entre 1900 y 1906 extensas excavaciones en Cnossos, en la isla de Creta, que le llevaron a descubrir una ignota civilización, a la que llamó minoica, en homenaje al mítico rey Minos. Y entre palacios, almacenes, vasijas y otros muchos objetos halló una gran cantidad de tablillas de arcilla con inscripciones grabadas con unos signos desconocidos. Evans no tardó en apreciar que en realidad allí había más de un sistema de escritura y, a partir de las diferencias tipológicas y cronológicas, estableció que existía una escritura que él llamó jeroglífica, la más antigua, y luego dos sistemas derivados, a los que llamó Lineal A y Lineal B, siendo éste último el más reciente. En su concepción, Evans vio allí una evolución de la escritura similar al caso egipcio, con una misma lengua expresada primero mediante el jeroglífico –como sistema primigenio– y luego con unos sistemas simplificados y modernizados, paralelos de algún modo al hierático y demótico de Egipto. Eso sí, Evans se mostró incapaz de leer las tablillas, en ninguna de sus modalidades, pues no tenían claros referentes en las escrituras mediterráneas más conocidas.

Ahora bien, con el tiempo se fueron acumulando algunas certezas interesantes, como que el jeroglífico se remontaba a inicios del 2º milenio antes de Cristo y que el Lineal A era un poco posterior, en tanto que el Lineal B surgió unos cinco o seis siglos más tarde[4]. Lo que era evidente es que el jeroglífico era con diferencia el sistema menos abundante, pues sólo se recuperaron unos 350 documentos, mientras que del Lineal A se hallaron 1.500 inscripciones y del Lineal B unas 6.000. Con esta cantidad de restos, al menos se pudo hacer un amplio estudio descriptivo de los signos, que revelaron que no podía tratarse de sistemas ideográficos, pues los glifos distintos no superaban los 100 (96 en el jeroglífico, 97 en el Lineal A y 87 en el Lineal B). Además, todos los sistemas mostraban semejanzas y signos derivados, con una particular relación entre los Lineales A y B, que compartían hasta 64 signos prácticamente idénticos. Más adelante se conocieron otros hechos no menos relevantes, como que el Lineal B aparecía también en cierta cantidad en la Grecia continental, mientras que el Lineal A fue registrado en algunas islas del Egeo, así como en algún punto de Grecia y de Anatolia. En todo caso, el corpus más extenso era el que presentaba el Lineal B (con unos 70.000 signos en total) y ahí se hicieron los mayores esfuerzos de desciframiento, aunque prácticamente no hubo logros significativos durante cuatro décadas.

Michael Ventris
Fue un joven arquitecto británico llamado Michael Ventris (1922-1956), gran aficionado a la arqueología y conocedor de las lenguas clásicas, quien iba a acabar con el misterio a mediados del siglo XX empleando un riguroso método de análisis de los textos. Con sólo 14 años asistió a una conferencia del ya anciano Arthur Evans sobre los hallazgos de Creta, y quedó tan impresionado que decidió que él interpretaría el Lineal B, e incluso se lanzó un poco “a la piscina” al proponer cuatro años después que esa escritura era una forma de etrusco. Sin embargo, una vez pasada la Segunda Guerra Mundial, dejó a un lado sus prejuicios y especulaciones, y se dedicó a un estudio objetivo de los signos con el propósito de “hacerlos sonar”, aun sin tener una hipótesis definida de lengua base (si bien aún le rondaba el etrusco por la mente). Lo que sí le parecía claro es que –a la vista del tipo y número de signos– la escritura Lineal B debía ser una forma de silabario; esto es, un conjunto de signos que representaban sílabas (consonante más vocal) y posiblemente las vocales sueltas. Y este ya fue un primer gran paso en la dirección correcta.

Pero había más. Frente a las típicas posturas personalistas y luchas de egos científicos, Ventris optó por la colaboración multidisciplinar y por intercambiar información con todo aquel experto que pudiera aportar pistas acertadas, lo que en la práctica le ayudó mucho. En cuanto a su método de trabajo habitual, se dedicó a construir tablas o parrillas en las que comparaba los signos en función de cinco vocales y quince consonantes, aparte de observar la posición y repetición de los signos en las palabras de una lengua que aún desconocía. De hecho, su enfoque incorporaba conceptos de estadística y criptografía, que eran básicos para descifrar códigos secretos. Ventris estuvo cinco años dando vueltas a los signos, pero un dato de la profesora Alice Kober –también empeñada en el desciframiento– le ayudó de forma decisiva en desbloquear la situación. Kober le hizo notar que al comparar las tablillas de Creta con las de Pylos (Grecia), escritas en el mismo sistema Lineal B, se veía que algunas palabras “cretenses” no aparecían en el continente. Esto hizo pensar a Ventris que dichas palabras podrían ser topónimos propios de Creta, y que por tanto serían extraños en el mundo micénico continental.

Silabario Lineal B descifrado
El caso, es que –llegados a marzo de 1952– empezó a vislumbrar posibles sonidos en relación con localidades propias de Creta, como ko-no-so (Cnossos), tu-li-so (Tulissos), pa-i-to (Faistos) o lu-ki-to (Lukto). Todo cuadraba: se trataba de un silabario, con el añadido ocasional de las vocales, que reflejaba topónimos cretenses. Así pues, sustituyendo las sílabas que tenía más o menos seguras en los textos disponibles, Ventris consiguió “hacer sonar” la lengua desconocida hasta ese momento. Entonces fue cuando saltó la luz, al igual que le había ocurrido a Champollion 130 años antes. Las palabras de Lineal B se podían reconocer como griego, un griego muy arcaico, pero griego al fin y al cabo, en palabras tan comunes como como pa-te (padre), pa-si-re-u (rey) o da-mo (pueblo).

Con esta firme base, acudió a un programa de la BBC en julio de 1952 para anunciar al mundo que había descifrado el Lineal B. Uno de los asombrados oyentes de la noticia fue el experto en griego clásico John Chadwick, que durante la guerra había trabajado en desciframiento de códigos. De este modo, Chadwick se ofreció a Ventris como colaborador y juntos avanzaron de forma definitiva en el desciframiento completo del Lineal B. Además, el escenario histórico quedaba en gran parte aclarado: la decadencia de la gran civilización minoica hacia el 1600-1500 a. C. –debida seguramente a un desastre natural– coincidió con la aparición del Lineal B, un tipo de escritura adoptada por los aqueos o antiguos griegos, que en la segunda mitad del 2º milenio a. C. se convirtieron en los nuevos señores de Creta.

Tabilla de Lineal A
¿Y qué ocurrió con el jeroglífico y el Lineal A? Para los especialistas, no había duda de que –al igual que el Lineal B– eran silabarios, y que estuvieron interrelacionados, pese a las evidentes diferencias formales. Ahora bien, el jeroglífico mostraba más particularidades y era escaso en inscripciones, lo cual no ofrecía muchas esperanzas de solución. En cambio, con el lineal A se redoblaron los intentos y se pudieron realizar algunos avances, principalmente por los signos compartidos con el Lineal B y por la identificación de los numerales, que eran prácticamente los mismos. Dicho esto, se vio que la sustitución efectiva por los signos del Lineal B no era posible y en todo caso el idioma subyacente no era griego. Con todo ello se pudo demostrar que Evans estaba equivocado: no era una misma lengua plasmada en distintas escrituras, sino al menos dos. Así pues, aparte de leer muy precariamente los textos, se sigue sin comprender el Lineal A porque la lengua base es desconocida. Según los expertos, podría ser una lengua arcaica cretense pero también alguna lengua de origen asiático, quizá de Anatolia. En fin, una vez más, nos hallamos en la mitad del camino: el Lineal A, como código escrito, pudo ser más o menos descifrado, pero no así el código oral, con lo cual nos remitimos a una situación parecida a la del etrusco (legible desde 1888) o del ibérico (legible desde 1922).

Para concluir, una última reflexión, que ya apunté en un artículo previo. Vemos que hay escrituras de culturas desaparecidas aún por descifrar, pero resulta todavía más misteriosa la ausencia de escritura en algunos grandes monumentos del pasado, como las antiguas pirámides[5] y las enormes estructuras megalíticas. Ni un símbolo, ni una letra, ni un trazo. Nada. Quizá el mutismo de esos gigantes nos indique que en esas épocas remotas la escritura no era necesaria. Eso nos impulsa a pensar que la cronología de esos monumentos podría ser muy anterior a lo que se ha reconocido convencionalmente. Pertenecerían tal vez a una era en que el ser humano vivía en un estado de conciencia superior y no precisaba plasmar el pensamiento de forma física. Por supuesto, esto no es más que una alocada especulación…

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons

Anexo
 
Aquí tenemos una serie de nombres en ibérico ya descifrados, con signos que representan consonantes sueltas, vocales y sílabas:

ILdrO (Ilturo), UJK, (Utica), ILJrT (Iltirta), INJPL (Indíbil), ArZE (Arse), WrCNO (Barkeno)

Con estos datos de partida, vamos a jugar a los filólogos descifradores. Téngase en cuenta que en ibérico las sílabas con B-P sonaban casi igual –con el matiz de sonido sonoro o sordo– y se escribían con un solo signo. Al interpretar, hemos de optar por una u otra consonante, según se escribió luego ese término en griego o latín (o en castellano, actualmente). Lo mismo sucede con D-T y K-G. Por ejemplo, ANtRA se puede leer a-n-do-rr-a o a-n-to-rr-a. Propongo al lector que trate de descifrar estos tres topónimos ibéricos antiguos (los tres puntos separaban las palabras):

PLPLIZ | drIAZO]] | ZAETP

Ahora pruebe con estos topónimos modernos (hay 3 signos no citados, pero son fáciles de deducir):

PLWO  |  XrtW |  TRAXNA |  ZANJAX |  DrUEL |  QrXZ

Las soluciones, en la última nota a pie de página[6].


[1] Este mismo método se podría aplicar al controvertido disco de Faistos, que también es de arcilla, y probaría con seguridad si fue cocido en época antigua o hace poco más de un siglo. Sin embargo, las autoridades culturales se niegan a practicar tal prueba porque podría suponer un daño a la integridad de la pieza.

[2] La hipótesis de que el ibero era la lengua originaria del euskera ya la lanzó von Humboldt en el siglo XIX, y dio alas a las posteriores tendencias vasquistas del siglo XX.

[3] Esta característica se llama técnicamente en filología sprachbund.

[4] Hoy en día se ha comprobado que los tres sistemas llegaron a solaparse en el tiempo, y que el Lineal A, según algunos autores, prácticamente fue contemporáneo del jeroglífico. 

[5] Los primeros signos jeroglíficos registrados en pirámides egipcias corresponden a los Textos de las Pirámides en la pirámide del faraón Unis, último monarca de la V dinastía. (Todo ello exceptuando los jeroglíficos de las cámaras de descarga en la pirámide de Khufu, que están bajo sospecha de falsificación.)


[6] Bilbilis, Turiaso, Saetabi / Bilbao, Córdoba, Tarragona, Santiago, Teruel, Burgos