jueves, 3 de abril de 2014

Mito y realidad de los gigantes (2ª parte)


Casuística de los hallazgos




Una vez vistos los precedentes arqueológicos, pasaremos a revisar algunos de estos hallazgos modernos, si bien hay que admitir que en muchas ocasiones nos falta información clave y que las fuentes originales son problemáticas o inexistentes (sobre todo en la Red). Empezaremos con una selección de ejemplos de todo el mundo excepto Estados Unidos, que merece una consideración aparte:


  • En Nueva Zelanda, un periódico local informaba en 1875 del descubrimiento de un esqueleto de unos 8 metros en la localidad de Timaru. Según las tradiciones nativas maorís, tal ser pertenecía a una raza de gigantes llamada Te Kahui Tipua, que habitó en las cercanías de Timaru hasta el siglo XVIII.
  • En 1890, en Castelnau-le-Lez (Francia), se descubrió en una necrópolis de la Edad del Bronce la calavera de un joven que mediría en total unos 2,13 metros y algunos huesos de un hombre cuya altura se estimó en 3,35 metros. Este hallazgo se publicó en la revista científica francesa La Nature y posteriormente apareció en el New York Times en 1892.
  •  Según un recorte de prensa de Nayarit (México), fechado en 14 de mayo de 1926, los capitanes D. W. Page y F. W. Devalda [¿militares?] descubrieron esqueletos de gigantes, con una media superior a los tres metros de altura. Las leyendas locales aseguraban que tales gigantes provenían de Ecuador.
  • A inicios de la década de 1930, en el gran cañón del Barranco del Cobre (al norte de México), el explorador Paxton Hayes encontró 34 momias, todas ellas de pelo rubio y con una altura de entre 2,13 y 2,44 metros. 
  • En 1936, el antropólogo alemán Ludwig Khol-Larsen halló a orillas del lago Elgasi (Tanganika) unos huesos pertenecientes a individuos enormes[1].
  • A finales de los 50 del siglo pasado, mientras se construía una carretera cerca de Homs (al sudeste de Turquía), se hallaron varias tumbas de gigantes. Se recuperó un fémur que medía unos 120 cm., lo que daría una altura total de unos 4,50 metros. Este hueso fue luego reproducido y exhibido en un famoso museo “creacionista” (Mount Blanco Fossil Museum, Texas, EE UU).
  • En 1960, en la localidad de Tura (en el estado de Assam, India), al realizar la cimentación de un edificio, los obreros hallaron un montículo de piedra, bajo el cual había un esqueleto de unos 3,35 metros. Los expertos que lo estudiaron afirmaron que se trataba de un gran simio, si bien algunos testigos se reafirmaron en que los huesos eran indiscutiblemente humanos, y además parece ser que había algunos artefactos junto a los huesos.
  • En 1969, en Terracina (Italia) en una excavación dirigida por el arqueólogo Luigi Cavallucci, se hallaron unos 50 sarcófagos con esqueletos de entre 1,83 y 2,44 metros aproximadamente, bastante bien conservados, todos masculinos y de unos 40 años en el momento de su muerte, según los estudios realizados. Se pensó que se podía tratar de un grupo de legionarios romanos, pero no se encontraron inscripciones ni objetos ni armaduras, e incluso la propia datación de los restos era muy dudosa.



Restos humanos hallados en Borjomi





Y ya en tiempos muy recientes tenemos noticia de un hallazgo de cierta solidez. Así, en 2008 se hallaron en Borjomi (Georgia) unos huesos humanos de gran tamaño, pertenecientes a un individuo que medía –según las estimaciones– entre 2,50 y 3 metros. Este descubrimiento fue objeto de investigación científica y llegó a difundirse en los noticieros de TV. Los restos fueron datados en una antigüedad de 25.000 años. Sobre este caso, existen varios precedentes de hallazgos insólitos en las montañas del Cáucaso, como un esqueleto de cuatro metros descubierto por dos arqueólogos aficionados en el año 2000, en la localidad de Udabno, o diversos esqueletos gigantes hallados en una cueva cercana al pueblo de Gora Kazbek, Georgia, en los años 20 del pasado siglo.



Centrándonos ya en los descubrimientos realizados en los Estados Unidos, tenemos un gran número de noticias en diferentes partes del país, desde principios del siglo XIX. Buena parte de ellas proceden de la prensa local, pero también existen informes aparecidos en publicaciones científicas o históricas (muchas también de carácter local) como Nature, Ancient American, American Antiquarian, Memoirs of the Historical Society of Pennsylvania, Ohio Historical and Archaoelogical society, 12th Annual Report of the Bureau of Ethnology to the Secretary of the Smithsonian Institution (1890-91), The American Anthropologist, NEARA Journal, etc. Sólo a efectos ilustrativos vale la pena mencionar algunos casos destacados:



  • John Haywood, en su libro The Natural and Aboriginal History of Tennessee, describe dos hallazgos realizados en Tennessee en 1821: en Williamson County se encontraron huesos muy grandes en unas tumbas de piedra, y en White County se encontró una antigua fortificación que contenía esqueletos humanos de una media de 2,13 metros.
  •  Según el libro Forbidden Land (1971) de Robert Lyman, en 1833 unos soldados que estaban cavando un foso en el rancho Lompock (California) hallaron un sarcófago de piedra en cuyo interior había el esqueleto de un gigante de 3,60 metros con una doble hilera de dientes en ambas mandíbulas. En la tumba también se hallaron algunos artefactos, incluyendo unas tablillas de pórfido con un extraño tipo de escritura. Preguntado un chamán nativo por este hallazgo, dijo que se trataba de un alhegewi, una raza de titanes que vivió en aquellas tierras antes de la llegada de los indios.
  • En 1872, según la publicación Historical Collections of Noble County Ohio, se excavó un túmulo en el que se hallaron los restos de tres esqueletos de por lo menos 2,44 metros. Los tres tenían una doble hilera de dientes. Los huesos se deshicieron muy rápidamente al ser expuestos a la atmósfera.
  • En el condado de Bradford (Pennsylvania), en 1880, unos excavadores –entre los que se encontraban dos profesores y un historiador– hallaron en un túmulo sepulcral varios esqueletos humanos cuyos cráneos mostraban unos cuernos de cinco centímetros, por encima de los arcos ciliares. La altura media de los esqueletos era de aproximadamente 2,13 metros y su antigüedad se calculó en unos 800 años. Los huesos fueron llevados al American Investigating Museum de Philadelphia, y allí se perdió su pista.
  • La publicación local St Paul Pioneer Press del 29 de junio de 1888 informaba del hallazgo de seis enormes esqueletos humanos en unos túmulos situados al oeste de Chatfield (Minnesota), todos ellos entre 2,13 y 2,44 metros y con la frente huidiza. En Clearwater (también en Minnesota), se encontraron los esqueletos de siete gigantes con frentes huidizas y doble hilera de dientes.
  • La revista Nature, en su número de 17 de diciembre de 1891, informaba que a una profundidad de unos 4,30 metros bajo un túmulo funerario en Ohio se había encontrado el esqueleto de un hombre enorme envuelto en una armadura completa de cobre y un casco del mismo metal. A su lado yacía una mujer, posiblemente su esposa. 
  • En su edición del 14 de marzo de 1891, el Desert Weekly of Salt Lake City (Utah), informaba de que unos operarios que estaban trabajando en la cimentación de un edificio cerca de Crittenden (Arizona) habían desenterrado un enorme sarcófago de piedra a 2,4 metros bajo la superficie. Al abrirlo,  descubrieron una caja antropomórfica de granito, que contenía el cuerpo de un hombre de más de 3,7 metros, con una larga melena y un tocado en forma de pájaro. Lastimosamente, para cuando llegaron unos expertos a examinar el esqueleto, los huesos ya se habían reducido a polvo. La forma de esta caja estaba diseñada para una persona con seis dedos en los pies.
  • Según el Chicago Record (24 de Octubre de 1895), en un túmulo cerca de Toledo (Ohio) se descubrieron 20 esqueletos, sentados mirando hacia el este, cuyas mandíbulas y dientes eran el doble de grandes que los de la gente actual;  junto a cada esqueleto había un gran bol con “curiosas figuras jeroglíficas”.
  • En el Indiana History Bulletin (Vol. III, Oct. 1925 - Sept. 1926) se informa de que en 1925 unos arqueólogos aficionados excavaron un túmulo en Walkerton (Indiana) y encontraron ocho esqueletos de entre 2,44 y 2,74 metros, situados en círculo con el cráneo hacia el centro, y al menos uno de ellos con placas de armadura de cobre. Tanto los huesos como los artefactos se perdieron sin dejar rastro.
  • En 1940 el San Antonio Express daba la noticia del hallazgo de un cráneo de tamaño doble del normal por parte de antropólogos de la Universidad de Texas. El texto decía que podía ser la calavera “más grande del mundo” encontrada hasta la fecha. El cráneo se encontró en 1939 en el túmulo de Morhiss, pero al parecer no fue objeto de estudios posteriores (ni se mencionó en los informes de la excavación) y tampoco se expuso al público, siguiendo directrices museísticas.
  • Según Ivan T. Sanderson, en la isla de Shemya (Aleutianas) en 1943, se encontraron varios estratos de fósiles mientras se construía una pista de aterrizaje. Junto a restos de mamuts y mastodontes, se halló lo que parecía un cementerio, con algunos huesos humanos y varios cráneos de tamaño enorme. Los cráneos, que estaban trepanados, medían de 56 a 61 cm. de la base a la coronilla, lo que en proporción suponía una altura de más de 3,50 metros.
  • Según una noticia del San Diego Union (del 5 de agosto de 1947), se habían encontrado en el Death Valley los restos de varias momias de gigantes, extrañamente vestidos, de entre 2,44 y 2,74 metros. Los restos se dataron en una antigüedad de 80.000 años [sin referencia a cómo fue obtenido este dato].



Noticia periodística sobre el hallazgo de huesos de gigantes (New York Times, 1916)
En lo que serían sólo hallazgos indirectos –esto es, objetos no asociados a huesos– tenemos varias referencias, algunas de las cuales tienen un alto grado de fiabilidad. Por ejemplo, en Australia (en un antiguo lecho de río cerca de Bathurst, NSW) se hallaron artefactos (hachas, cuchillos, azuelas, etc.) de gran tamaño y peso, de entre 3,6 kilos hasta más de 11 kilos, que difícilmente podrían haber sido manejados por humanos de complexión normal[2]. En la misma zona se encontraron huellas de pisadas humanas de gran tamaño, alrededor de 60 cm. lo que daría una altura estimada de 3 a 3,60 metros, así como un descomunal diente molar fosilizado, de 67 mm. de largo, lo que se correspondería con un ser de unos 7,60 metros.[3]



Hachas halladas en Makgadikgadi
En la década de 1990, en el ahora desecado lago de Makgadikgadi, en el desierto de Kalahari (África), unos investigadores de la Universidad de Oxford hallaron cuatro gigantescas hachas de mano, de más de 30 cm. y gran peso[4]. Para el director de la excavación, David Thomas, la supuesta finalidad de estos artefactos era  “la pregunta del millón de dólares”. Su explicación es que no eran realmente “herramientas”, sino un recurso para extraer herramientas más pequeñas, sin descartar otras hipótesis como objetos ceremoniales u ornamentales.



Y aunque no es información del todo clara, también cabe citar una referencia del libro “La Tierra sin tiempo” (1966) del escritor Peter Kolosimo, según la cual el capitán francés Lafenechère encontró en Agadir (Marruecos) un arsenal de armas prehistóricas, entre ellas unas 500 hachas de dos filos de unos 8 kilos de peso, con una datación extremadamente antigua de 300.000 años. 



Lovelock: ¿encuentro del mito con la arqueología?




Entre los muchos hallazgos de gigantes en Estados Unidos, vale la pena destacar el caso de Lovelock (Nevada), en el que se puede constatar la gran barrera que separa la visión alternativa de la académica. Mientras que para la primera existe aquí una correspondencia directa entre la mitología indígena y los restos físicos, para la segunda no ha habido más que falsedades y exageraciones sobre un yacimiento arqueológico que no encierra ninguna característica “especial”.



Este caso tiene su fundamento en las leyendas de los indios de la tribu paiute, establecidos entre los estados de Nevada, Utah y Arizona, en las que se narraba sus enfrentamientos con un pueblo de gigantes caníbales de pelo rojo que medirían alrededor de 3,60 metros. Estos gigantes vivían junto a un gran lago y eran conocidos por comer y utilizar profusamente una planta de agua, el tule, y de ahí el nombre por el que los conocían los paiute: Si-Te-Cah (“comedores de tule”). Sobre el fin de estos gigantes existe una referencia escrita, ya que a finales del siglo XIX una princesa paiute, Sarah Winnemucca, relató en un libro cómo sus antepasados habían acabado con los últimos de estos Si-Te-Cah, prendiendo fuego a la entrada de la cueva donde se habían refugiado.



Según diversas fuentes alternativas, y ya en el ámbito arqueológico, los hechos arrancan en 1911, momento en que se abrió la cueva de Lovelock para extraer guano de murciélago. Después de meses de trabajos mineros, se empezaron a encontrar muchos artefactos y, supuestamente, grandes huesos y momias de individuos de entre 2 y 2,74 metros y de pelo rojizo. El ingeniero John T. Reid, que era también arqueólogo aficionado, intentó que algunos profesores de la Universidad de California examinasen los extraños restos, pero sólo llegó el antropólogo Llewellyn L. Loud, acompañado de otro experto, procedente de Nueva York (del cual se afirma que ordenó volver a enterrar una momia que se había encontrado en la cueva). Estos investigadores recogieron vasijas y cestería, entre otros objetos, y publicaron sus resultados sobre estos hallazgos, pero no mencionaron el tema de los huesos gigantes.  Más tarde, en 1931, se hallaron más esqueletos de entre 2,44 y 3,05 metros en el lecho del lago Humbolt, cerca de la cueva de Lovelock. En este caso, los restos estaban recubiertos de unos vendajes engomados parecidos a los de las momias egipcias[5]. Finalmente, en 1939, se descubrió otro esqueleto, de unos 2,30 metros, en el rancho Friedman, también cercano a Lovelock.



Cráneos de Lovelock (Museo Winnemucca)
Sobre los restos recuperados, el investigador noruego Terje Dahl ha podido confirmar que, pese a que casi todos los huesos de Lovelock se perdieron en un incendio, todavía hoy el Humbolt Museum de Winnemucca conserva algunos de ellos, incluyendo una calavera de grandes proporciones. Como dato a tener en cuenta, un investigador local, Stan Nielsen, fue autorizado a examinar esta calavera. Cuando estuvo allí, pudo comparar un molde de una mandíbula inferior humana normal con la mandíbula inferior de la calavera de Lovelock, y en efecto su molde era mucho más pequeño, y los dientes eran por lo menos la mitad de grandes que los del ejemplar de Lovelock.



Ahora veamos la otra cara de la moneda. Así, según fuentes académicas, la cueva fue examinada por expertos por primera vez en 1912 y se realizaron varias campañas arqueológicas (1924, 1936, 1949, 1950 y 1965) que permitieron datar la ocupación más antigua de la cueva en unos 4.000 años de antigüedad (la llamada “cultura de Lovelock”). Durante estos trabajos se llegaron a desenterrar más de 10.000 artefactos antiguos, pero nunca se halló el más mínimo rastro de “gigantes” de pelo rojo. Para la autora Adrienne Mayor, las confusiones sobre estos grandes huesos tienen su origen en los restos de la megafauna de finales de la edad del hielo, que –dado su gran tamaño– fueron malinterpretados por las personas sin formación. Asimismo, se aporta como explicación adicional el hecho de que muchos cuerpos fueron enterrados desencajados, con los huesos separados de tal modo que para un neófito podrían parecer de una persona de 2,10 ó 2,40 metros.



En lo que concierne a la cuestión del pelo rojo, sólo se trataría de una simple reacción química, pues bajo ciertas condiciones de enterramiento la pigmentación oscura se vuelve rojiza, cosa común en todas las momias del mundo. Por otro lado, parece que se hallaron pruebas de un esporádico canibalismo, pero que se debería a circunstancias temporales de gran hambruna. Finalmente, sobre el relato de Sarah Winnemucca, se sugiere que se manipularon sus palabras, pues nunca se habría referido a “gigantes” sino a una tribu de “bárbaros”.[6]



La sombra del encubrimiento




Para los defensores a ultranza del actual paradigma histórico-arqueológico, todo el tema de los gigantes sobrevive en una esfera pseudocientífica, dado que, en su opinión, los creyentes en los gigantes –a los que se suele relacionar con posiciones creacionistas– recurren básicamente a la invención o manipulación de pruebas. Sin embargo, hablando de pruebas, no todo es tan simple como parece y hay muchos factores que invitan a una reflexión más profunda, aunque ello nos obligue a adentrarnos en terrenos ciertamente pantanosos.



Así, uno de los puntos que más llama la atención cuando se profundiza en esta materia es la recurrente apelación por parte de algunos autores alternativos a la pérdida intencionada de las pruebas. Es decir, se formulan acusaciones directas de prácticas ilícitas de ocultación y/o destrucción de pruebas. En otras palabras: se plantea un escenario conspirativo, según el cual la ciencia oficial impide que salgan a la luz determinados restos, ya que de un modo u otro podrían poner en entredicho ciertos axiomas o teorías del actual paradigma científico. Este no es un tema nuevo, pues la muy citada obra alternativa Forbidden Archaeology (de M. Cremo y R. Thompson) incide exactamente en el mismo punto: durante décadas se habrían ido tapando, eliminando o menospreciando las pruebas contrarias al paradigma oficial para dejarlas fuera del debate científico.



En esta misma línea, y en la cuestión específica de los gigantes, muchos dedos acusatorios han señalado a la misma institución: el Smithsonian Institute, que supuestamente se habría quedado con estos restos y se habría preocupado de que no apareciesen por ningún lado. Esta institución, fundada en 1829 gracias a la herencia del científico y millonario inglés James Smithson, se debía orientar “al aumento y difusión del conocimiento entre las personas” en el Nuevo Mundo. Así pues, el Smithsonian, que es un organismo federal independiente, se ha dedicado durante más de siglo y medio a patrocinar actividades arqueológicas y a acopiar los restos hallados para su grandiosa colección museística[7].



Frente a esta fachada oficial, algunos autores alternativos, como David Hatcher Childress, han denunciado que lo que ha hecho realmente el Smithsonian es ocultar o suprimir determinadas evidencias arqueológicas incómodas, y muy especialmente en lo referente a los mound builders y a posibles culturas foráneas. Así, para la arqueología oficial, los constructores de los túmulos no serían más que los antepasados de las tribus indias. No obstante, ya desde el siglo XIX, varios investigadores habían apuntado a la existencia dos culturas diferentes: una más civilizada y tal vez de origen foráneo, y otra local, que sería propiamente el sustrato nativo indio.



Túmulo funerario indio
Este debate no llegó a ninguna parte pues a finales del siglo XIX  el Smithsonian favoreció la idea del autoctonismo (o aislacionismo) frente al difusionismo, que estaba muy en boga en aquellos tiempos. Dicho de otro modo, en la antigua América no habría habido más población que las tribus indígenas, descartando todo posible contacto con cualquier cultura “exterior”. Así pues, los autores alternativos han visto aquí una mano negra que no tiene interés alguno en indagar sobre la extraña presencia de ciertas razas o civilizaciones en el continente americano en tiempos remotos, esto es, antes del descubrimiento “oficial” de América por parte de los europeos.



Ya a mediados del siglo pasado, algunos investigadores habían topado con la extraña política del  Smithsonian acerca de los restos hallados. En el caso que ya expusimos de la isla de Shemya, fue un ingeniero el que escribió una carta al zoólogo Ivan Sanderson para darle a conocer los pormenores del descubrimiento. Pero cuando éste quiso investigar el caso, se encontró con la falta de pruebas. Tanto este ingeniero, como después otro colega suyo, le confirmaron que el Smithsonian había recogido los restos, y ya nada más se supo.



David H. Childress ha seguido la pista de algunos casos y ha encontrado indicios de que las consabidas acusaciones de encubrimiento podrían tener algún fundamento. Por ejemplo, un investigador histórico muy conocido (que desea mantenerse en el anonimato) le explicó a Childress en una conversación privada que un antiguo empleado del Smithsonian –que fue despedido por defender el difusionismo en América– le había confesado que una vez el Smithsonian había llenado una barcaza con artefactos anómalos y la había hundido en el Atlántico.



Otro caso se refiere a una carta escrita en 1950 por el investigador americano Frederick J. Pohl al arqueólogo inglés Tom Lethbridge, acerca de un antiguo hallazgo, datado en 1892 y citado en una publicación oficial (el informe anual del U.S. National Museum). En dicha carta se mencionaban unos grandes ataúdes de madera –de unos 2,20 metros de largo– hallados en una cueva (Crumf cave) en Murphy's Valley, Blount (Alabama). Ocho de estos ataúdes fueron llevados al Smithsonian. Childress escribió al Smithsonian preguntando por el paradero de dichos objetos y recibió esta respuesta del conservador jefe del departamento de Antropología, el señor F. M. Seltzer: “No nos ha sido posible encontrar los especímenes en nuestra colección, si bien los registros muestran que fueron recibidos.” Sin embargo, en 1992 David Barron, presidente de la Gungywamp Society,[8] recibió otra información al respecto: los ataúdes no eran tales sino abrevaderos, y no podían exponerse porque estaban en un almacén contaminado de asbesto. Este almacén estaría cerrado durante los siguientes diez años y nadie podía acceder a él, excepto el personal del Smithsonian.
 
Igualmente, Jim Vieira, investigador especializado en los túmulos funerarios norteamericanos, ha denunciado que el Smithsonian está detrás de la desaparición de pruebas relevantes sobre la existencia de gigantes. En su opinión, tras un extenso trabajo de campo y de documentación sobre el tema, existen miles de relatos o informes sobre hallazgos de enormes esqueletos con doble hilera de dientes, a veces acompañados de armaduras, armas o ricos ajuares. Cuando en 2012 Vieira expuso su visión en un evento TED, fue criticado por estamentos oficiales científicos y su vídeo fue retirado de la página de esta institución por no ajustarse a los patrones científicos aceptados. En una carta que contenía ocho argumentos que justificaban este proceder (incluido el inevitable recurso a los conocidos fraudes), una responsable de TED tocaba el tema del Smithsonian y negaba cualquier tipo de encubrimiento. En su alegato exponía que esta entidad también exhibe artefactos raros y que por política museística, al igual que la mayoría de museos,  “sólo mostraba al público menos de un 1% de sus colecciones en un momento dado, lo cual implica que mucho material pasa décadas (o tristemente siglos) [la cursiva es mía] en sus almacenes esperando ser exhibido.”[9]



Como colofón de estas graves sospechas, vale la pena citar las palabras de un experto en el tema de los túmulos funerarios, Vine Deloria, autor y erudito nativo americano:



 «El gran intruso de los antiguos enclaves funerarios, la Institución Smithsoniana del siglo XIX, creó un portal de un solo sentido, a través del cual se han esfumado incontables huesos. Esta puerta y el contenido de su cripta están virtualmente sellados a cualquiera, excepto a los funcionarios del gobierno. Entre estos huesos pueden encontrarse respuestas, ni siquiera buscadas por estos funcionarios, acerca del pasado profundo.» (Deloria Jr., Vine. Red Earth, White Lies: Native Americans and the Myth of Scientific Fact. Fulcrum Publications, 1997)



Llegados a este punto, con dos versiones claramente enfrentadas, poco más se puede añadir. A falta de pruebas decisivas, los autores alternativos no pueden aportar más que rumorología conspirativa. Además, como hemos visto, el tema de grandes esqueletos aparecía en los propios informes del Smithsonian de finales del siglo XIX. En todo caso, haya habido o no intención dolosa, casi todos los supuestos restos de gigantes se han perdido o no son accesibles por diversas razones, lo cual –como es lógico– dificulta grandemente la labor de los investigadores desde el punto de vista arqueológico. 






[1] La presumible fuente de esta información es el libro The Nazi Occult, de Kenneth Hite. De hecho, este antropólogo formó parte de expediciones en busca de pruebas que afirmaran los ideales racistas nazis. Sólo por este motivo ya está desprestigiado ante la comunidad científica, si bien es cierto que no hay más datos específicos sobre el hallazgo.

[2] De hecho en Australia los antropólogos reconocieron la existencia de una raza de homínidos de gran tamaño, a los que se bautizó como meganthropus, que medirían entre 2,13 y 3,60 metros.

[3] Según Rex Gilroy, del Mount York Natural History Museum, en Mount Victoria (Australia)

[4] El informe del hallazgo se puede leer en: www.sciencedaily.com/releases/2009/09/090911134624.htm

[5] Esta información apareció en la publicación Nevada Review-Miner (19 de junio de 1931).

[6] DUNNING, Brian. The Red Haired Giants of Lovelock Cave, artículo de la página web: http://skeptoid.com/episodes/4390

[7] En ámbitos alternativos se suele afirmar que el gigantesco almacén que aparece en las películas de Indiana Jones no es una ficción, sino un fiel reflejo de la realidad del Smithsonian.

[8] Institución cultural que investiga el fenómeno megalítico en Nueva Inglaterra (EE UU).


[9] El texto completo de la carta (en inglés) puede leerse en: http://tedxshelburnefalls.wordpress.com/2012/12/14/jim-vieiras-talk-removed-from-internet/

2 comentarios:

oscar melendez dijo...

De esta apasionante investigación se concluye que 1-Los Gigantes dominaban casi en completo el hemisferio terrestre, no pueden encasillarse como una raza de una region, 2-En su condición mas pura alcanzarían hasta 8 mts de altura aunque los de 2.13mts también pertenecían a su especie, 3- esta raza si bien fue antropomórfica no pudo estar emparentada con el ser humano normal,quizás eventualmente hubo cruze hasta terminar siendo nativos de estatura alta y 4- esta especie sufrió un proceso gradual extintivo debido a que la naturaleza misma del planeta lo excluye ante la presencia de la evolución en la humanidad. mil Gracias por compartir su conocimiento. saludos desde Venezuela.

Xavier Bartlett dijo...

Amigo Óscar:

Muchas gracias por su comentario. Sobre estos puntos que menciona, lo cierto es que nos movemos aún en el terreno de la especulación, pues no sabemos exactamente el origen de esta raza y las causas de su extinción, pero los indicios arqueológicos y los relatos mitológicos nos inducen a pensar que sí hubo cruce, y desde timepos remotos, y que una razón de la desparición de estos seres sería la progresivadegeneración genética por hibridación con el Homo sapiens. Creo que hemos de ir desterrando la visión de razas o especimenes puros, pues los estudios paleoantropológicos nos muestran que varios homínidos del pasado se cruzaron, dando origen a cierta diversidad morfológica que pese a todo aún se sigue viendo como especies diferentes.

Saludos,
X.