Hipótesis y líneas de investigación
Supuesto esqueleto de gigante (Ohio, EEUU) |
A partir de este punto,
podemos empezar a lanzar hipótesis, aunque sea con datos parciales y poco
fundamentados. Por de pronto surgen muchas preguntas previas como estas:
¿quiénes fueron los antiguos constructores de túmulos? ¿En qué momento de la
historia (o prehistoria) aparecen los gigantes? ¿Fueron un tipo de homínido
distinto del Homo sapiens? ¿Por qué se extinguieron? ¿Cómo se explica su
difusión por todo el mundo? ¿Cómo encajan en la cadena evolutiva humana? ¿Cómo
explicamos las asombrosas coincidencias de la mitología con el (supuesto)
registro arqueológico? ¿Son los gigantes el último testimonio de un pasado muy
remoto que nos es completamente desconocido?
Para tratar de dar
respuesta a estas preguntas, es conveniente realizar un compendio de los datos
o hechos más significativos que nos podrían ayudar a sostener alguna teoría
sobre este tema. Así pues, tendríamos lo siguiente:
1.
Si bien encontramos
gran cantidad de hallazgos en los EE UU, especialmente en su mitad este
(el territorio de los mounds), los restos arqueológicos indican
que los gigantes estaban presentes prácticamente en los cinco continentes, lo
que coincide con la amplia variedad de mitologías de todo el mundo. En cuanto a
su contexto cronológico, desgraciadamente apenas hay unas pocas dataciones
fiables de estos supuestos restos de gigantes, si bien los monumentos, como los
túmulos funerarios, sí se han datado. No obstante, por la profundidad en que se
encontraron algunas tumbas y por el estado de los huesos (en algunas ocasiones
mostraban un excelente estado de conservación pero en otros estaban
prácticamente deshechos y se convirtieron en polvo al ser abierta la tumba), se
podría conceder que la presencia de los gigantes sobre el planeta se remontaría
a épocas muy antiguas de la Prehistoria y perduraría hasta hace pocos siglos,
según refieren las leyendas de los indios de Norteamérica y los relatos de
exploradores y viajeros.
2.
Tanto por las
antiguas crónicas como por los hallazgos sobre el terreno, la figura física de
los gigantes va más allá de lo que podríamos considerar “personas muy altas”.
Prácticamente todas las referencias apuntan a estaturas superiores a 2,13
metros, que sería aproximadamente el valor mínimo del espectro. Existe por lo
demás un buen número de valores que oscilan entre los 2,44 y los 2,74 metros
(que ya son bastante excepcionales para un humano afectado de gigantismo). Por
la parte alta del espectro, nos vamos a los tres metros e incluso más, con
esporádicas referencias a alturas superiores a los cuatro metros. Asimismo, la
existencia de tantos relatos de comunidades de gigantes, así como de tumbas con
muchos individuos de talla enorme podría indicar que no estamos ante casos
aislados de gigantismo, sino ante una singularidad genética. Además, el hecho
de que aparezcan en algunas tumbas equipados con armadura, podría sugerir que
se trataba de personas ágiles y capaces para la lucha y no de personas torpes o
enfermas. Esto enlazaría de algún modo con la imagen legendaria (o incluso
histórica si nos referimos a los relatos sobre ciertas tribus celtas) del
gigante robusto y combativo.
3.
En relación con el
punto anterior, vemos que algunas de sus características anatómicas podrían ser
distintivas de los gigantes, mostrando una conexión directa con las narraciones
míticas. Por ejemplo, se observan dobles denticiones en muchos casos, así
como la presencia de seis dedos en pies
y manos. Incluso tenemos rasgos muy esporádicos pero más extraños, como la
presencia de dos cuernos sobre los arcos ciliares. Todas estas anomalías son
conocidas pero extraordinariamente excepcionales en los seres humanos[1].
También está el tema recurrente del pelo rubio o rojizo, pero no está claro si
originalmente el pelo era así o si se trata de una simple transformación de la
pigmentación después de muchos siglos. Por otra parte, en algunos museos se
conservan cráneos muy alargados de tamaño superior al normal (y no todos por
deformación artificial).
4.
En cuanto al contexto
arqueológico de los hallazgos, se aprecia que los enterramientos típicos de los
gigantes americanos tienen lugar en túmulos, pero también en cuevas o en otros
lugares. Cabe resaltar también que encontramos una diversidad de ritos
funerarios, desde simples fosas a sarcófagos o cistas de piedra, con o sin
ajuares o artefactos diversos (incluidos objetos metálicos), y en algún caso
con técnicas de momificación. No obstante, en el caso de los mound builders,
se mantiene la discusión sobre quiénes fueron realmente los artífices de estas
construcciones, pues la arqueología ortodoxa sigue insistiendo en que se trataba
de los antepasados de las tribus indias “históricas”. Sin embargo, muchas
tradiciones indias insisten en que los túmulos pertenecían a los gigantes, y
que en todo caso fueron construidos por
los indios como mano de obra esclava. Otras leyendas apuntan a que los indios
derrotaron a los gigantes y luego concluyeron los proyectos funerarios
iniciados por éstos.
5.
El hallazgo
–comprobado científicamente– de ciertos artefactos (normalmente industria
lítica) de enorme tamaño y peso sugiere que sus usuarios debían ser personas de
gran envergadura y fuerza, se quiera o no llamarles “gigantes”. Otro tema sería
especular con que estos gigantes pudiesen manejar piedras imponentes y fuesen los constructores de
determinados monumentos megalíticos, como afirman algunas leyendas.
Supuestos restos de gigante hallados en Arabia Saudí |
Sobre la última fase de
los gigantes, sólo podemos especular con que se acabarían extinguiendo por
degeneración genética, quizá a causa de una progresiva hibridación con el Homo
sapiens,[2]
o por otros motivos, como la falta de recursos o las guerras contra los vecinos
humanos. Como ya vimos en su momento, los exploradores europeos fueron
encontrando gigantes cada vez menos altos en América del Sur según avanzaban
los siglos, hasta llegar al siglo XIX, en que los gigantes ya serían un
fenómeno prácticamente residual. Aún así, no tendríamos que descartar una
hipotética retirada final de los últimos gigantes a territorios agrestes o
selváticos de difícil acceso durante el siglo XX. Según John Keel, citando una
noticia del diario Daily Mirror (16 de mayo de 1966), “una banda de
feroces salvajes de más de siete pies de estatura [unos 2,13 m.] estaba
aterrorizando a las tribus vecinas en la selva del Amazonas.”
Sin
embargo, el origen y la difusión de estos gigantes seguirá siendo un misterio a
falta de datos y análisis científicos, sobre todo en el ámbito genético. Por el
momento, las teorías más radicales procedentes del ámbito alternativo apuestan
por un experimento genético de los dioses (léase alienígenas), en el contexto
de la intervención de estos seres en el propio origen del hombre. Esta es la
llamada teoría intervencionista, que considera que el Homo sapiens
es un producto artificial, obtenido por ingeniería genética a partir de la
combinación de un homínido primitivo y de un ser de otro mundo. Así pues, la
creación de los gigantes sería una línea paralela a la de los hombres comunes,
pero con una mayor cantidad de ADN alienígena, lo que les daría un plus
de capacidades físicas e intelectuales (y justificaría así los relatos bíblicos
y mitológicos sobre los gigantes-héroes). Además, siguiendo esta argumentación
intervencionista, algunos gigantes extraños, como los que poseían cuernos,
serían experimentos de cruce entre hombres y animales, lo que daría como resultado
seres míticos como el sátiro.
En
un campo bien diferente, algunos autores han relacionado la existencia de los
gigantes en un pasado antiquísimo con un planeta Tierra más pequeño, con menor
gravedad y con especies más grandes y longevas, lo que constituye la teoría de
la Tierra en expansión. El autor holandés Jan Peter de Jong, glosando el
trabajo del investigador peruano Alfredo Gamarra, afirma lo siguiente:
«Alfredo Gamarra sostenía que, a causa de una menor gravedad y una menor presión atmosférica, las formas de vida en el pasado pudieron haber sido más grandes, como por ejemplo durante la era de los dinosaurios. Asimismo, estableció una relación entre el tamaño de los seres humanos y una gravedad menor, tomando como base las numerosas referencias a los gigantes en el pasado y a algunos hallazgos de huesos gigantes.» (De Jong, J.P. “Los descubrimientos de Alfredo Gamarra”. Dogmacero n.º 2, 2013)
Posteriormente,
con la progresiva expansión del planeta, las grandes especies irían
desapareciendo o degenerando a especies más pequeñas. Algunas propuestas
procedentes del mundo esotérico reinciden en esta línea, como las obras de
Madame Blavatsky, que propugnaban la existencia de hasta cinco razas humanas,
que habrían ido involucionando desde un gran tamaño al tamaño actual[3].
Fémur de gran tamaño hallado por el Prof. Berger |
A modo de contraste, el
evolucionismo ortodoxo defiende un crecimiento paulatino de los homínidos,
desde los australopitecinos hasta el H. sapiens, pero algunos
investigadores, como el profesor Lee Berger de la Universidad de Witwatersrand
(Sudáfrica), apuntan a que algunos homínidos que nos precedieron fueron
realmente muy altos (recordemos el caso del meganthropus de Australia) y
que se podría hablar incluso de un cierto periodo de gigantismo en la evolución
humana. Así, Berger asegura que en África –según los huesos fosilizados que se
han encontrado– existió un homínido, tal vez un Homo heilderbergiensis o
un sapiens arcaico, que superaba normalmente los 2,13 metros[4].
Por otro lado, algunos
autores sugieren que el mismo Homo sapiens también redujo su estatura,
ya que los ejemplares de Cro-Magnon (de hace unos 30.000 años) hallados en el
siglo XIX mostraban una altura media bastante superior a la del hombre moderno
(por encima de dos metros). Actualmente la literatura científica ha abandonado
el término “Cro-Magnon” y habla de sapiens arcaicos, asignándoles una
altura media similar a la nuestra.
Asimismo, a partir de los primeros hallazgos del hombre de Neandertal,
se asignó a éste una talla y una robustez superior al Homo sapiens, pero
en tiempos modernos, su estatura media se ha rebajado a 1,64 metros.
Finalmente, el reciente hallazgo de Borjomi (Georgia) nos muestra sin ningún
género de dudas la presencia de un homínido de entre 2,5 y 3 metros hace 25.000
años.
En
una línea más o menos próxima a estos argumentos, otras teorías insinúan que
los gigantes serían en realidad algún tipo de antiguo primate de gran tamaño,
el Gigantopithecus, o bien alguna rama desconocida de homínidos medio
humanos medio simiescos, como los famosos yeti, bigfoot o sasquatch,
que para la ciencia actual pertenecen más bien al ámbito del folclore y las
leyendas. En todo caso, y aun aceptando su posible existencia, se aprecia –a la
vista de los hallazgos– que los esqueletos a) tienen características humanas,
b) aparecen en claros rituales funerarios
y c) están asociados habitualmente a una cultura material elaborada, lo
cual descarta que tales huesos pudiesen pertenecer a alguna especie de primate
desconocida. Esto no obsta, naturalmente, a que en ciertos casos se hayan
podido producir confusiones respecto a algún resto concreto, como huesos o
pisadas.
Conclusiones
Libro de S.Quayle sobre los gigantes |
No es fácil adentrarse
en el tema de los gigantes sin topar con serias dificultades y con una cierta
confusión sobre la veracidad de las supuestas pruebas, por no hablar de la
literatura paralela que incluye alienígenas, demonios, experimentos genéticos y
conspiraciones científicas, aparte de otras materias más o menos etéreas o
esotéricas que no ayudan demasiado a clarificar el panorama.
Con todo, hemos podido
verificar la existencia de algunas conexiones entre la mitología, las crónicas
históricas y las noticias sobre hallazgos arqueológicos de gigantes. Hemos
constatado que junto a numerosos informes periodísticos –que pueden tener más o
menos fiabilidad– existen algunas referencias que han aparecido en antiguas
publicaciones de carácter histórico, antropológico o geológico, aparte de
algunas pruebas físicas y fotográficas. Además, en casos muy puntuales tenemos
datos de primera mano como el ya citado hallazgo de Borjomi.
Así pues, no es viable
recurrir siempre a las socorridas confusiones o a casos aislados de gigantismo.
Por otra parte, el argumento de que la gente “inculta” confundía huesos de
primates (u otros animales) con huesos humanos, o que al ver un esqueleto
dislocado pensaba que era mucho más alto, no se sostiene. Existen demasiados
informes, así como personas implicadas con cierto conocimiento de causa, y no
podemos pretender que todos ellos sean fraudes, errores o puro sensacionalismo.
No obstante, el problema no parece radicar en que la comunidad arqueológica
niegue el hallazgo ocasional de individuos de talla excepcional, sino más bien
en que de ningún modo se quiere hablar de “gigantes”.
En definitiva, plantear
la existencia de gigantes como una realidad observable del pasado no constituye
ninguna fantasía, aunque debemos reconocer que con los antecedentes ya
mencionados, es complicado iniciar un estudio sistemático y libre de
prejuicios. Sin embargo, y a la vista de tantos indicios, sorprende el hecho de
que no tengamos apenas ninguna incursión académica en el tema de estos
humanoides. Lamentablemente, parece que para un experto del campo académico
emprender una investigación arqueológica de los gigantes puede ser casi un
suicidio profesional, mientras que para algunos autores alternativos es un
campo abonado para todo tipo de especulaciones y teorías radicales, aun sin
disponer de unos mínimos datos fiables para sustentarlas. No obstante, ya hay
bastantes investigadores rigurosos que están intentando recoger información
para componer un cuadro aproximado de este enigma y quizá en los próximos años,
con la aparición de nuevas pruebas, podamos saltar definitivamente del mito a
la realidad científica.
Epílogo
«La idea de que los hombres, partiendo de la bestialidad y del salvajismo, se elevaron lentamente hasta la civilización, es reciente. Es un mito judeocristiano, impuesto a las conciencias, para expulsar un mito más vigoroso y revelador. Cuando la Humanidad era más fresca, más próxima a su pasado, en los tiempos en que ninguna conspiración bien urdida lo había expulsado aún de su propia memoria, sabía que descendía de dioses, de reyes gigantes que le habían enseñado todo. Recordaba una edad de oro en que los superiores, nacidos antes que ella, le enseñaban la agricultura, la metalurgia, las artes, las ciencias y el manejo del Alma. Los griegos evocaban la edad de Saturno y el reconocimiento que sus mayores brindaban a Hércules. Los egipcios y los asirios contaban leyendas sobre reyes gigantes e iniciadores. Los pueblos que hoy llamamos primitivos, los indígenas del Pacífico, por ejemplo, mezclan a su religión, sin duda degenerada, el culto a los buenos gigantes de los orígenes del mundo. En nuestra época, en que todos los factores del espíritu y del conocimiento han sido invertidos, los hombres que han realizado el formidable esfuerzo de escapar a los modos de pensar admitidos, encuentran, en el fondo de su inteligencia, la nostalgia de los tiempos felices, de la aurora de las edades del paraíso perdido, y el recuerdo velado de una iniciación primordial.
Desde Grecia a la Polinesia, desde Egipto a México y a Escandinavia, todas las tradiciones refieren que los hombres fueron iniciados por gigantes. Es la edad de oro del terciario, que dura varios millones de años; en el curso de los cuales la civilización moral, espiritual y tal vez técnica alcanza su apogeo sobre el Globo.»
Bibliografía y referencias
CHOUINARD, Patrick. Lost Race of the Giants. Bear & Company, 2013.
KEEL, John A. El enigma
de las extrañas criaturas. Ed. Mitre. Barcelona, 1987.
KOLOSIMO,
Peter. Tierra sin tiempo. Plaza & Janés. 1ª ed. Barcelona, 1969.
LYMAN,
Robert. Forbidden land. The Potter Enterprise. Coudersport, 1971.
PAUWELS, L.; BERGIER, J. El
retorno de los brujos. Plaza & Janés. Barcelona, 1980.
SCOTT LITTLETON, C. (ed.). Mitología. Blume. Barcelona, 2004.
[1] Existe, sin embargo, el extraño caso de
la tribu Waorani, de Ecuador, un pueblo que tiene una alta incidencia de estas
anomalías genéticas (seis dedos y doble dentición), y que se muestra muy
violento y agresivo, y al mismo tiempo muy fuerte y saludable, pues no padece
apenas enfermedades.
[2] Medien o no los gigantes en este asunto,
cabe señalar que un estudio genético sobre el ADN de la comunidad india
norteamericana realizado en 1997 reveló que existe un pequeño porcentaje de
individuos que poseen un grupo muy extraño de ADN mitocondrial (“haplogrupo X”)
que sólo existe en unas pocas zonas de Europa y Oriente Medio. Pruebas
posteriores demostraron que este ADN no provenía de la época de la conquista,
sino de una población foránea que llegó a América hace 36.000-12.000 años).
Fuente original:
http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/9837837?dopt=Abstract&holding=npg
[3] Blavatsky, basándose en antiguos textos
sagrados, consideraba a las dos primeras razas como espirituales o astrales, la
tercera como la “raza caída”, la cuarta como los gigantes de la Atlántida y la
quinta como el hombre moderno, en la que se produjo el descenso de estatura.
[4] Berger data estos huesos en unos
400.000-350.000 años, lo que supone unas fechas extraordinariamente antiguas
para los sapiens, pues las estimaciones obtenidas mediante estudios
genéticos (la llamada “Eva mitocondrial”) sitúan los primeros sapiens
hace unos 200.000 años como mucho.
2 comentarios:
Muy interesante toda la información que aporta sobre todo este tema. Muchas veces he leído sobre ello en diversas páginas o blogs, pero o bien lo expuesto se limitaba a conjeturas, o bien la información estaba fragmentada y muy sesgada. Mi enhorabuena por su esfuerzo en ayudar a divulgar.
Amigo anónimo
Gracias por su comentario. El problema principal, como yo lo veo, es que el mundo académico no quiere tocar este tema mientras que el alternativo ha caído frecuentemente en el sensacionalismo, el error y la falta de rigor. Lo que procede, a mi juicio, es encarar el team de forma sistemática y científica, y eso es lo que he intentado mostrar en el artículo.
Saludos
X.
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