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martes, 9 de octubre de 2018

Desmontando (científicamente) a Darwin


En numerosas ocasiones me he referido aquí al evolucionismo, dejando patente que se trata más bien de un dogma de fe y no de una teoría científica demostrada. Lamentablemente, esta especie de verdad religiosa ha sido impuesta a la sociedad como algo incuestionable, pues no en vano representa uno de los núcleos duros del actual paradigma. A estas alturas, el darwinismo está sostenido por una mayoría de científicos que no osan revisar o desafiar sus principios teóricos. Antes bien, se han dedicado a construir en los últimos 150 años un complejo edificio para proteger el dogma, en el cual intervienen desde las matemáticas hasta la biología, pasando por la química o la física.

No obstante, cabe recordar que siempre ha existido una minoría de científicos que han puesto de manifiesto la falta de consistencia científica del darwinismo. Dicha minoría ya existía a mediados del siglo XIX y entre esos pocos críticos hubo científicos de gran talla y prestigio. Pero el darwinismo se fue blindando rápidamente y basó su defensa en que la oposición a sus tesis era puro creacionismo, religión o superstición. Cualquier cosa menos ciencia. En este punto ya sería hora de recordar que la crítica a la evolución por selección natural no se reduce a furibundos fundamentalistas sino que ha tenido entre sus filas a muchos científicos metódicos y rigurosos que han desestimado el darwinismo simplemente porque no se ajusta a los criterios reconocidos y aceptados del método científico moderno.

Como muestra de esta posición firme, me complace adjuntar seguidamente un artículo del biólogo español Emilio Cervantes, del CSIC (Centro Superior de Investigaciones Científicas), en el cual se deja bien claro que no hay forma de validar el darwinismo porque no admite experimentación ni es refutable, y lo que es peor, ha tratado de violentar el conocimiento del mundo natural, esperando que la biología se adapte dócilmente a los principios sagrados del evolucionismo, cuando en realidad eso es empezar la casa por el tejado. Como dice el propio Cervantes: “La biología no puede someterse a las teorías especulativas de la evolución, sino al contrario.”


El Traje Nuevo de Darwin: Una opinión personal y otros puntos de vista sobre la Teoría de Evolución por Selección Natural


“Son vanas y están plagadas de errores las ciencias que no han nacido del experimento, madre de toda certidumbre.” (Leonardo Da Vinci).

“El principio de la ciencia, casi la definición, es el siguiente: La prueba de todo conocimiento es el experimento. El experimento es el único juez de la "verdad" científica.” (Richard P. Feynman)

1. Un cuento chino


Hay un viejo cuento chino titulado en inglés “The emperor’s new clothes” y en español, “El traje nuevo del emperador”, que aun siendo bien conocido, no por ello deja de suscitar en quien lo escucha una sensación como de familiaridad o de “déjà vu”. Encontramos en el cuento algo que nos trae a la puerta de la memoria una situación familiar, pero a veces resulta difícil dar el último paso, definir cuál es esa situación y describirla; cerrar el círculo completamente y establecer la correspondencia exacta entre elementos de la ficción y sus correspondientes en la realidad. Para quien no recuerde el cuento, comenzaré por hacer un breve resumen.

El emperador desnudo
El emperador parte del palacio a un desfile con su séquito. Va desnudo, pero tanto entre su séquito como en la población de su imperio, se ha hecho correr la voz de que va vestido con un maravilloso traje nuevo. La voz ha corrido por las calles de tal manera que, aún viendo al emperador desnudo al paso de la comitiva, todo el mundo comenta cuán maravilloso es su nuevo traje. El desfile va transcurriendo con el emperador desnudo entre las multitudes que lo aclaman, admiradas, hasta que un niño rompe el encanto al exclamar: “El emperador está desnudo”. Entonces, todo el pueblo ve la realidad y reconoce que había sido víctima de un engaño.

El relato nos conmueve. Todos hemos sido víctimas, alguna que otra vez, de engaños, ora directos y malintencionadamente premeditados, ora más leves, parecidos a espejismos. Todos encontraríamos algún ejemplo. Pero, pienso yo, que la historia del emperador nos conmueve más que por el hecho de reconocernos víctimas de algún engaño en el pasado, por sugerir que el engaño es continuo; que, en cualquier momento, el niño que hay dentro de cada uno de nosotros puede saltar y advertirnos de “otro nuevo caso”, porque nuestra educación y, de alguna manera, nuestra civilización y cultura, podría consistir en alguna medida en respetar y guardar silencio ante, algunas de estas situaciones “engañosas”, sostenidas por consenso, por tradición, pero difícilmente defendibles.

A mi entender, la extensión, difusión y reafirmación de la Teoría de Evolución por Selección Natural constituye un magnífico ejemplo que ilustra este punto de vista. Se nos ha dicho: “He ahí una gran teoría científica”, “He ahí una genial idea que cambió la historia”... Lo admitimos y nadie se toma la molestia de analizar estas afirmaciones. Pero, tal vez, la hora llegada permite otro análisis...

He mencionado dos conceptos, ambos importantes, pero diferentes: “Gran teoría científica”, “Genial idea”. Para empezar, existen diferencias enormes entre ambos. ¿A cuál de ellos se aproxima más la teoría darwinista de Evolución por Selección Natural? ¿Es, en realidad, una genial idea? ¿Constituye una Teoría Científica? No me preocupa saber si es genial o no. En esto cada uno será libre de opinar, pero en cuestiones de ciencia, no, aquí no se trata de opinar. Por eso, como científico sólo estoy interesado en responder adecuadamente a la segunda pregunta.

Como tantas palabras, Teoría tiene hoy dos acepciones, dos significados bien diferentes. La primera es general, la segunda se aplica exclusivamente al ámbito científico en las modernas ciencias experimentales. En su acepción general, Teoría es todo conjunto de conocimientos o de ideas. En este sentido, diremos que “La Teoría” se refiere al conocimiento en sentido amplio y no tiene, necesariamente, que poseer aspectos que sean experimentalmente demostrables. En su segunda acepción, “Una Teoría” es la explicación científica de un fenómeno natural. Por el hecho de ser científica, esta teoría debe poder someterse a experimentación. Su veracidad podrá ser refutada, si la experimentación no confirma lo esperado (predicho). Si, por el contrario lo confirma, la teoría se mantendrá como la mejor explicación posible, pero en cualquier caso su veracidad no quedará nunca absolutamente demostrada y permanecerá como la mejor explicación posible en tanto en cuanto no surjan nuevas aproximaciones al problema, momento en el que llegará su refutación, destino final e inevitable de toda teoría (Popper, 1963).

Sólo en este sentido hablaremos de Teoría Científica y lo haremos teniendo en cuenta el Método Científico tal y como se aplica hoy en las ciencias experimentales. Si la teoría no implica a elementos bien conocidos o mesurables, entonces su comprobación será imposible y por lo tanto no será una Teoría Científica en el sentido estricto del término. Si, por el contrario, nuestra teoría pone en juego relaciones entre elementos bien descritos y cuantificables, entonces podrá terminar en forma de una ley expresable por un enunciado matemático en el que intervendrán las representaciones de dichos elementos. Por todo ello, antes de responder taxativamente a las preguntas arriba planteadas, conviene entrar en detalles acerca del Método Científico.

2. El Método Científico


Galileo Galilei
Aproximadamente desde Galileo, se propone un método nuevo para conocer los mecanismos que operan en la naturaleza y las leyes que los rigen. Como todo el conocimiento precedente, el Método Científico se basa en la observación de los fenómenos. Conociendo algo acerca de cómo ocurren las cosas, se identifican y aíslan elementos variables que operan en los hechos. Se tiende a identificar y definir nuevas relaciones entre dichos elementos que, a partir de ahora, puedan ser comprobadas mediante la experimentación. A diferencia de la Teología, que marcó en buena medida la pauta del conocimiento medieval, en Ciencia no se parte de verdades establecidas, sino de elementos, cuya existencia está demostrada por los sentidos y perfectamente consensuada (el sol, la tierra, el tiempo, la distancia). De la cuidadosa y repetida observación del comportamiento de dichos elementos se pueden deducir nuevas relaciones, surgiendo teorías que contradicen lo establecido.

Las teorías serán aceptables si su contenido se confirma mediante la experimentación. En este caso, Galileo, propone no entrar en el terreno teológico. En definitiva, indica Galileo que lo que muestra la experiencia es cierto, y las escrituras pueden bien tener motivos para expresar las cosas de otro modo. Se crea así un cisma, una división entre lo “Científico” y lo que no lo es (Teología, fe, adivinación, especulación…).

La ciencia, viene a proponer así, el método para ir más allá de los nombres e investigar en las relaciones comprobables entre las cosas. Galileo muestra su disconformidad, por ejemplo con que la gravedad sea la causa de la caída de los cuerpos:

“Te equivocas, Simplicio; debías decir que todos saben que se llama gravedad. Pero yo no te pregunto por el nombre, sino por la esencia de la cosa. De ésta tu no conoces ni un ápice más de lo que conoces sobre la esencia del motor de los astros que giran. Excluyo el nombre que se le ha atribuido y que se ha hecho familiar y corriente por las malas experiencias que tenemos de él mil veces al día. Realmente no comprendo cuál poder o qué principio sea el que mueve una piedra hacia abajo, ni comprendemos lo que la mueve hacia arriba una vez que ha dejado al proyector o lo que hace girar a la luna...”

La gravedad es un nombre. Pero, ¿En qué consiste? Se tardó muchos años en llegar hasta el punto en que hoy nos encontramos en esta cuestión, ciertamente más avanzado que en tiempos de Galileo; pero, en el cual, la cuestión no ha quedado ni mucho menos zanjada, agotada. La ciencia no agota cuestiones, sino que aporta nuevas interpretaciones cada vez más acordes con la actualidad en una realidad cambiante. Los avances se basan en dos puntos: 1) Una correcta definición de los elementos que intervienen y 2) El establecimiento de las relaciones entre ellos, verificables mediante la observación y la experimentación. Finalmente, en el caso de la gravedad, las matemáticas han contribuido a dar una formulación adecuada. ¿Estimamos la cuestión resuelta hoy? No del todo. Para recorrer el camino fue necesario, en primer lugar, distinguir lo que es un nombre de lo que es una nueva relación entre elementos conocidos y definidos. A continuación, fue necesaria buscar esa relación, que se encontraría con Newton y la fórmula de la ley de atracción gravitatoria, pero hoy el camino sigue y pueden surgir nuevas interpretaciones. Vemos así, en éste y podríamos ver en otros ejemplos, cómo el Método Científico se fue aplicando a partir de Galileo a lo largo de los siglos XVII, XVIII, XIX y XX. Sus éxitos fueron notables en física y química y, sobre todo a partir del siglo XX, también en biología.

No existen muchos ejemplos de la aplicación del Método Científico en las Ciencias Naturales durante los siglo XVIII y XIX: Joseph Priestley, Claude Bernard, Gregor Mendel, y, muy a finales de siglo, Buchner. Existen más ejemplos, incluyendo tal vez algunos experimentos de Charles Darwin en relación con los movimientos de las plantas, pero ninguno de ellos en relación con el estudio de la evolución de las especies.

La Teoría de Evolución por Selección Natural no responde a los criterios básicos del método Científico. Varias razones sostienen esta afirmación:

1. Los elementos que intervienen en ella no están bien definidos. En particular, las especies. La biología moderna muestra lo difícil que es la definición de especie.
2. Es imposible someter a experimentación la evolución. Cualesquiera que sean los resultados de laboratorio no son extrapolables a los tiempos geológicos.

Por lo tanto, comparando el término Selección Natural con gravedad, decimos, con Galileo que la Selección Natural es una palabra, un nombre y que la teoría darwinista de Evolución por Selección Natural no aporta ninguna explicación, nada nuevo. Se trata de una tautología, una verdad de Perogrullo, una manera de ver las cosas, más próxima a una explicación de la naturaleza propia de la era pre-científica que del Método Científico.

Georges Cuvier
La idea de transformación en la naturaleza aparece en distintas formas muchos años antes de Darwin (Diderot, D’Alembert, Maupertuis, Goethe, Cuvier...) que no habían sido muy difundidas, probablemente por ser contrarias con el dogma religioso del relato bíblico de la creación. Quizás Darwin estuvo en el lugar apropiado y en el momento apropiado para que su visión de la naturaleza, de gran relevancia en la creciente concepción materialista del mundo, fuese ampliamente difundida. En este caso lo que triunfó no fue la teoría científica, de la cual Darwin hubiese sido responsable, sino la difusión de una teoría metafísica de la que Herbert Spencer, el filósofo de Darwin, fue también responsable (Hodge, 1874). Así, el nombre de evolución, cuyo uso fue promovido por Herbert Spencer, autor contemporáneo de Darwin y responsable del “darwinismo social y metafísico”, se asocia con progreso y también con descendencia lineal, de unas especies a partir de otras, como en una genealogía continua, conceptos ambos asociados en una interpretación muy limitada y de difícil comprobación experimental.

El paleontólogo alemán Karl von Zittel expresó: “La ciencia aspira ante todo a la verdad. Cuánto más convencidos estemos de la fragilidad de nuestro conocimiento teórico, más deberemos consolidarlo mediante hechos y observaciones nuevas.” Y, en su obra “Les transformations du monde animal”, Charles Déperet comenta así esta frase:

“Sages conseils que feraient bien de méditer et de suivre les paleontologistes a l’esprit aventureux, enclins a construire, avec une hâte febrile, des arbres genealogiques sans nombre, donc les troncs pourris, suivant l’expression imaginée de Ruteimeyer, aussitôt demolis que dressés, jonchent le sol de la fôret et en rendent l’accés plus difficile pour les progrés de l’avenir.”

[“Sabios consejos que harían bien de meditar y seguir los paleontólogos con el espíritu aventurero, inclinados a construir, con una prisa febril, innumerables árboles genealógicos, por lo que los troncos podridos, según la expresión imaginada de Ruteimeyer, tan pronto demolidos como erigidos, se esparcen por el suelo del bosque y hacen el acceso más difícil para el progreso del futuro.”]

Por circunstancias históricas y sociales, la teoría darwinista tuvo un importante éxito que fue potenciado todavía más en el siglo XX y hoy constituye la base del paradigma neo-darwinista en biología. Una teoría con una base dogmática más propia de la filosofía medieval que de la ciencia moderna, rige hoy, en buena medida, los experimentos que conciernen la sanidad, la herencia, la agricultura y la alimentación y en los que intervienen elementos genéticos que pueden ser transferidos entre especies diferentes. Curiosa, pero no excepcionalmente, la teoría tuvo críticas mucho más severas en el pasado que en la actualidad. Veamos algunas.

3. Comentaristas críticos de Darwin


Es de destacar que, entre los contemporáneos de Darwin, muchos de los críticos con su teoría lo fueron desde un ámbito religioso, lo cual dio pie a numerosas defensas que, en realidad, no defendían la Teoría de Evolución por Selección Natural que es la aportación original de Darwin, sino la evolución considerada en general, la transformación de los seres vivos con el tiempo o aspectos puntuales como la edad de la tierra. Muchos de los argumentos de Huxley en defensa de Darwin, en realidad defienden la evolución frente a argumentos dogmáticos y religiosos y no defienden la Selección Natural. Su réplica va dirigida frente a argumentaciones en contra de Darwin procedentes de puntos de vista teológicos y por eso Huxley cita a San Agustín, Santo Tomás o Suárez. Nada tiene que ver esto con la teoría propuesta por Darwin. Huxley, llamado el bulldog de Darwin, nunca se definió a si mismo ni se manifestó como defensor de la Teoría de Evolución por Selección Natural. Uno de los críticos más divertidos y menos citados de Darwin es Karl Marx. En una carta a Lasalle del 16 de Enero de 1861 hace un comentario que hemos reproducido del texto de Manuel Cruz citado abajo y que no es anecdótico:

“Naturalmente, hay que dejar a un lado la tosca manera inglesa de exposición” (citado en Cruz, 1989, p. 160)

En una carta a Engels:
Thomas Malthus
“Me divierto con Darwin, al que he echado una nueva ojeada, cuando afirma aplicar la teoría de Malthus tambien a las plantas y a los animales, como si el jugo del señor Malthus no estuviera precisamente en el hecho de que esa teoría no se aplica a las plantas y a los animales, sino –con geométrica progresión– sólo a los hombres, en contraste con las plantas y animales. Es notable el hecho de que en las bestias y en las plantas, Darwin reconoce a su sociedad inglesa, con su división del trabajo, la competición, la apertura de nuevos mercados, los inventos y la maltusiana lucha por la existencia. Es el bellum omnium contra omnes de Hobbes y hace pensar en la Fenomenología de Hegel cuando se configura la sociedad burguesa como “reino animal ideal”, mientras que en Darwin el reino animal se configura como sociedad burguesa” (citado en Cruz, 1989, p. 162).

En su introducción a la dialéctica de la naturaleza, Engels tampoco se quedó corto con una frase que invita a la reflexión:

“Darwin no sabía qué áspera sátira de la humanidad y especialmente de sus conciudadanos escribía al demostrar que la competencia libre, la lucha por la vida, celebrada por los economistas como la conquista más alta de la historia, es el estado moral del reino animal.” (Tomado de “La comedie inhumaine” de André Wurmser)

Nietzsche fue también crítico con Darwin. En su libro “El crepúsculo de los ídolos”, en el capítulo titulado “Incursiones de un intempestivo” (pp. 122-123), Nietzsche opinaba así acerca del darwinismo:

“Anti-Darwin. En lo que respecta a la famosa “lucha por la vida”, me parece que de momento está más afirmada que demostrada. Se da, pero como excepción; el aspecto global de la vida no es el del estado de necesidad, el de la hambruna, sino más bien el de la riqueza, el de la exuberancia, incluso el del absurdo derroche: donde se lucha, se lucha por poder... no se debe confundir a Malthus con la naturaleza. Ahora bien, suponiendo que exista –y en verdad, se da– esa lucha transcurre, por desgracia, de modo inverso al deseado por la escuela de Darwin, al que quizá sería lícito desear con dicha escuela: a saber, en contra de los fuertes, de los privilegiados, de las excepciones felices. Las especies no crecen en perfección: Los débiles se enseñorean siempre de los fuertes, y esto es porque son el mayor número y también porque son más listos... Darwin se ha olvidado del espíritu (¡qué inglés es esto!), los débiles tienen más espíritu... Hay que necesitar espíritu para obtener espíritu, y se pierde cuando ya no se necesita. Quien tiene la fuerza se desprende del espíritu...”

Otros críticos de Darwin fueron reputados profesionales de la Ciencia, entre ellos naturalistas, como Karl Ernst von Baer y Louis Agassiz; paleontólogos como Richard Owen; geólogos como Charles Lyell y Adam Sedgwick. Von Baer (1792-1876) pasó sus últimos años dedicado a la crítica del darwinismo. Su crítica de Darwin está basada en principios morales, filosóficos y científicos. Entre estos últimos, destacó la complejidad de los procesos evolutivos. Louis Agassiz (1807-1873), un reputado naturalista y paleontólogo nunca admitió la evolución, sino que más bien fue creacionista. Escribió:

“The combination in time and space of all these thoughtful conceptions exhibits not only thought, it shows also premeditation, power, wisdom, greatness, prescience, omniscience, providence. In one word, all these facts in their natural connection proclaim aloud the One God, whom man may know, adore, and love; and Natural History must in good time become the analysis of the thoughts of the Creator of the Universe…”

[“La combinación en el tiempo y el espacio de todas estas concepciones reflexivas no solo muestra el pensamiento, sino que también muestra premeditación, poder, sabiduría, grandeza, presciencia, omnisciencia, providencia. En una palabra, todos estos hechos en su conexión natural proclaman en voz alta al Único Dios, a quien el hombre puede conocer, adorar y amar; y la Historia Natural debe convertirse a su debido tiempo en el análisis de los pensamientos del Creador del Universo...”]

Charles Lyell
Richard Owen (1804-1892) fue favorable al evolucionismo, pero se opuso firmemente a la teoría de la Selección Natural. Charles Lyell (1797-1875) era evolucionista, pero nunca aceptó la teoría de Evolución por Selección Natural. Adam Sedgwick (1785-1873), fue profesor y mentor de Darwin. Nunca apoyó la Teoría de Evolución por Selección Natural y escribió a Darwin en una carta el 24 de Noviembre de 1859:

“If I did not think you a good tempered & truth loving man I should not tell you that… I have read your book with more pain than pleasure. Parts of it I admired greatly; parts I laughed at till my sides were almost sore; other parts I read with absolute sorrow; because I think them utterly false & grievously mischievous. You have deserted –after a start in that tram-road of all solid physical truth– the true method of induction…”

[“Si no le considerara un hombre de buen temperamento y amante de la verdad, no debería decirle que... He leído su libro con más dolor que placer. Partes de él admiré grandemente; partes de las que me reí hasta que mis costados estaban casi adoloridos; Otras partes las leí con absoluta tristeza; porque las considero absolutamente falsas y gravemente dañinas. Ha abandonado –después de un comienzo en ese camino de toda verdad física sólida– el verdadero método de inducción...”]

No sorprende entonces, que, un año después de la publicación de su obra en una carta al respetado profesor Lyell, Darwin dijese:

“I have heard by round about channel that Herschel says my book is the law of higgledy-pigglety” (Tomado de Peter Dear, 2006).

[“He oído por medios indirectos que Herschel dice que mi libro es la ley del sin ton ni son.”]

Finalmente, una opinión rotunda. El filósofo de la ciencia Karl Popper, en su libro titulado “Conjectures and Refutations: The Growth of Scientific Knowledge” dice:

“No existe ninguna ley de la evolución, sino sólo el hecho histórico de que las plantas y los animales cambian, o, más precisamente, que han cambiado. La idea de una ley que determine la dirección y el carácter de la evolución es un típico error del siglo XIX que surge de la tendencia general a atribuir a la “Ley Natural” las funciones tradicionalmente atribuidas a Dios.” (p. 408)

4. Conclusión


Si se mira desde un punto de vista estrictamente científico, experimental, entonces la Teoría de Evolución por Selección Natural de Darwin no es una teoría científica, porque no es demostrable mediante experimentación y no es refutable (Popper, 1963). No pone de manifiesto nuevas relaciones entre elementos bien descritos de la naturaleza, sino que, por el contrario, en ella intervienen elementos que la biología actual ha demostrado que son muy complejos y difíciles de describir (las especies). La Evolución de las especies no es fácilmente reducible al método experimental. Sus mecanismos implican elementos que la bioquímica, la genética y la biología molecular intentan ahora describir. La definición de virus, transposones, multitud de ARN catalíticos, y la posible participación de éstos elementos en procesos de epigenética, poliploidización, reorganizaciones del genoma, silenciamiento génico, etc. son algunas de las tareas en que se ocupa la biología actual.

Cualquier teoría evolutiva deberá contar con la participación de estos elementos, porque la frase de Dobzhansky: “En biología nada tiene sentido si no se considera bajo el prisma de la evolución” debe hoy ser justamente convertida en: “En evolución nada tiene sentido si no se considera bajo el prisma de la biología”. La biología es la ciencia experimental poderosa y predominante en nuestro tiempo. Por lo tanto, la biología no puede someterse a las teorías especulativas de la evolución, sino al contrario.

5. Referencias


Cruz, M. 1989. Por un naturalismo dialéctico. Anthropos, Barcelona.

Dear, P. 2006. The Intelligibility of Nature: How Science Makes Sense of the World. The University of Chicago Press.

Depéret, Ch. 1929. Les transformations du monde animal. Eds Flammarion, Paris. 

Hodge. 1874. What is Darwinism? Scribner, Amstrong and co. New York. 

Huxley, TH. Collected essays. http://aleph0.clarku.edu/huxley/guide4.html
 
Nietzsche. 2002. El crepúsculo de los ídolos. Biblioteca EDAF. Madrid.

Popper, K. 1963. Conjectures and Refutations: The Growth of Scientific Knowledge.  

Wurmser, A. 1965. La comedie inhumaine. Gallimard. Paris.

© Emilio Cervantes (IRNASA-CSIC)

Fuente original: Digital CSIC

Fuente imágenes: Wikimedia Commons

domingo, 20 de agosto de 2017

¿Llegó la hora de retirarse, Mr. Darwin?


Ocurre muchas veces en ciencia que una verdad indiscutible, mantenida durante décadas o siglos, comienza a ser discutida por algunos científicos disidentes. Esto sucede porque la ciencia no es un mandamiento divino sino un progresivo descubrimiento del Universo, y resulta que –en contra de lo que nos puedan decir– la moderna ciencia materialista, empírica y objetiva no constituye el paradigma definitivo que va a darnos todas las respuestas. 

Así pues, en los últimos tiempos uno de los principales baluartes de la ciencia del último siglo, el evolucionismo de Darwin, ha sido asaltado por algunos científicos rigurosos de diversas disciplinas (sobre todo de la biología) que han dejado patente que la teoría darwinista, o su actualización llamada síntesis moderna, está llena de fallos, sesgos, incoherencias, suposiciones y auténticos boquetes que impiden darla por buena, a menos que miremos para otra parte y hagamos un acto de fe. Recordemos que, según el propio método científico (las reglas de juego), cuando las experimentaciones y observaciones sobre la realidad no sustentan la hipótesis preestablecida por el investigador, dicha hipótesis debe ser replanteada o rechazada para empezar de nuevo el proceso.

En realidad, la oposición a la evolución por selección natural  ya nació en la misma época de Darwin y fue perdurando, si bien de forma muy débil, durante el siglo XX. No obstante, frente al mito de que el evolucionismo hubo de superar enormes obstáculos, hay que señalar que buena parte del estamento científico no tardó en adoptarlo con entusiasmo y además tuvo muy buenos padrinos a nivel social, económico y político. Sí es cierto que desde el principio hubo bastante ruido por parte de ciertas esferas populares y religiosas (sobre todo fundamentalistas), pero en el ámbito científico las críticas no fueron muchas, y acabaron siendo acalladas y marginadas. Y aun así, hoy en día, los evolucionistas siguen manteniendo la falsa dicotomía de “la ciencia o la religión”, para desacreditar cualquier oposición, esté o no bien argumentada.

Y puesto que el bombardeo propagandístico institucional sobre el evolucionismo lleva décadas haciendo bien su trabajo, me permito ahora presentar un vídeo independiente que ya ha desatado cierta polémica en Internet, pues emprende una crítica razonada y bien argumentada al neo-darwinismo, poniendo de manifiesto las razones científicas por las cuales deberíamos desestimarlo, al no tener base empírica que lo apoye. “La teoría fantástica” es un documental bien realizado, con una exposición clara y directa por parte de los expertos y con argumentos que están al alcance de cualquier persona con un nivel cultural medio. 

Desde luego, detrás de esta crítica se intuye un planteamiento que apunta al diseño inteligente o a un cierto tipo de creacionismo, pero en modo alguno estamos ante un material “religioso” o dogmático. Se trata de un análisis riguroso que como mínimo debe hacer pensar y reflexionar y abrir debates desapasionados sin meter por medio ideologías ni creencias. Sea como fuere, hemos de reconocer que el origen y desarrollo de la vida y del propio Universo sigue siendo para nosotros un misterio, pese a que desde hace milenios se han formulado interpretaciones religiosas, propuestas filosóficas y teorías científicas.

En fin, recomiendo el visionado de este documental herético para que cada cual extraiga sus conclusiones. Debo decir, empero, que algunos detalles o enfoques no me han convencido y que quizás se debería haber dado cancha a los científicos oficialistas, pues aunque el tratamiento del neo-darwinismo es veraz y ajustado a las tesis oficiales, siempre es de agradecer un contraste de pareceres equilibrado.



viernes, 4 de agosto de 2017

Sobre el origen del hombre (3ª parte)

 

El origen de la población española: ¿genocidio o mestizaje?



Los indicios más antiguos –por el momento– de la presencia humana en España datan de entre 1,6 y 0,9 millones de años. El yacimiento de Orce en Venta Micena (Granada) arrojó una calota (parte superior del cráneo) que se describió como de un individuo infantil y que fue objeto de una vergonzosa polémica entre especialistas, algunos de los cuales ridiculizaron a sus descubridores (Martinez-Navarro y cols., 1997), al afirmar que se trataba de un cráneo de asno. Lo cierto es que, aunque el fragmento craneal no presenta caracteres anatómicos que resulten claramente significativos (aunque, finalmente, parece haber sido aceptado como humano), la presencia del hombre en España pudo ser tan antigua como entre 1,6 y 1,4 millones de años, como atestiguan los restos de cultura oldovaica dispersos por yacimientos del Sur y Este peninsular.

Excavaciones en Atapuerca
Pero, sin duda, el yacimiento más informativo es el espectacular (y probablemente único en el Mundo) sitio de Atapuerca. Su historia paleontológica es antigua, pero la más fecunda comienza en 1976 con el redescubrimiento de la “Sima de los huesos” por el ingeniero de minas Trinidad Torres, que encontró restos humanos cuando buscaba fósiles de osos para su tesis doctoral. Su director de tesis era el paleontólogo Emiliano Aguirre, que dirigió la excavación sistemática llevada a cabo por José Maria Bermúdez de Castro y Juan Luis Arsuaga. Pero quizás sea más informativo comentar los hallazgos por su cronología paleontológica. La disposición geográfica de la Sierra de Atapuerca nos puede ofrecer un indicio de la visión estratégica de sus (sin duda abundantes) pobladores a lo largo del tiempo.

Es una colina que se extiende de Noroeste a Sudoeste en el valle del río Arlanzón, en la provincia de Burgos. Desde ella se domina la salida del Corredor de la Bureba, el valle que conecta las cuencas del Duero y el Ebro, un punto de paso obligado entre el Norte y el Sur, bañado por el río Arlanzón y que siempre ha mantenido una gran riqueza de fauna y flora. La naturaleza caliza de la sierra ha posibilitado que la erosión del agua haya excavado en ella numerosas cuevas (complejos kársticos), a veces enormes, que desde hace más de un millón de años ofrecían magníficos refugios. Aunque la extensión del yacimiento es enorme y, probablemente, nos depare todavía mayores sorpresas, los restos humanos más antiguos (más de 780.000 años) y completos encontrados hasta la fecha aparecieron en “la trinchera del ferrocarril”. Pertenecen a un individuo juvenil, probablemente no mayor de catorce años. Son un fragmento de hueso frontal con el inicio de la cara, dientes y un trozo de mandíbula con el tercer molar sin salir. Además han aparecido 36 fragmentos de huesos pertenecientes a unos seis individuos y más de 100 piezas de herramientas líticas de tipo oldovaico.

La morfología del fragmento de cara –de aspecto “moderno”– asociada a un frontal prominente llevó a los descubridores a atribuir al resto la condición de nueva especie de “homínido”: Homo antecessor, situándole en el punto exacto de la bifurcación entre el linaje humano actual y el (supuesto) callejón sin salida evolutiva representado por los Neandertales. Aunque tal propuesta no ha sido aceptada por diversos especialistas sobre la base de que, según la más estricta ortodoxia paleontológica, no se puede crear una “nueva especie humana” a partir de un individuo juvenil que no ha finalizado el crecimiento, cabe suponer que los recientes hallazgos de Homo erectus en África y los Homo de Dmanisi, y el reconocimiento de su gran polimorfismo y amplia distribución, habrá zanjado la polémica.

Pero, quizás, la interpretación más merecedora de una (humilde) reconvención porque es la que más resonancia ha obtenido de este hallazgo, (y no sólo por causa de las típicas exageraciones periodísticas, sino por el énfasis puesto en ello por los investigadores), es la calificación de “caníbales” con que se ha publicitado el hallazgo: La mezcla de fragmentos humanos con herramientas de piedra, junto con que en, al menos, en dos falanges y en un fragmento de cráneo se hayan encontrado marcas que indican una descarnación, les ha llevado a la conclusión de que los primeros europeos eran caníbales, llegando a afirmar que para ellos la diferencia entre un cadáver de ciervo y otro humano no existía aún (Atapuerca. Página web, UCM). Si tenemos en cuenta que la diferencia entre un cadáver de la propia especie y de otra existe para un buen número de mamíferos (y probablemente, en otros taxones), esto equivaldría a atribuir a estos hombres la condición, no ya de “prehumano”, sino de “premamífero”. 
Reconstrucción del rostro de Homo antecessor

Teniendo en consideración el amplio eco social que han adquirido estos hallazgos, que han descubierto para muchos ciudadanos el hecho de la evolución humana, no parece éste el mensaje más adecuado para transmitir. Desconocemos las circunstancias o los motivos que llevaron a ello (desde luego, como en cualquier depredador, no sería un modo preferente de alimentarse), ni si era algo frecuente o si podría tener algún otro sentido que no fuera el gastronómico. No puede caracterizarse a todo un grupo por un hecho que puede ser ocasional o producido en circunstancias dramáticas, del mismo modo que no se puede extrapolar a una nacionalidad los hechos derivados de un accidente aéreo o de un naufragio. Tampoco podemos calificar o juzgar a estos hombres basándonos en nuestras actuales creencias o principios. Lo cierto es que vivieron en condiciones, a veces muy duras, que imponían las glaciaciones que en aquella época cubrieron de hielo gran parte de Europa (con sólo que los inviernos fueran tan duros como lo son en la actualidad, se puede tener una idea), y su simple supervivencia indica una gran capacidad cultural para hacer frente a un clima muy adverso, a pesar de que el organismo humano sólo está naturalmente capacitado para la vida en zonas cálidas (sólo podemos sobrevivir en zonas frías gracias al recurso de vestuario, refugios y alguna fuente de calor).

La continuidad de la ocupación de Atapuerca por el hombre está representada (por el momento) por los yacimientos de “La Sima de los huesos”, junto con otros contemporáneos de “La Trinchera” asociados con industria lítica de tipo Acheulense y datados en torno a los 400.000 años. En la Sima se han encontrado un número mínimo de treinta y dos individuos, hombres y mujeres de diversas edades, pero que no parecen representar la distribución de edades de una banda completa. Eran individuos muy corpulentos y la morfología de sus cráneos presentaba características que se encontrarán, más acentuadas, en sus sucesores, los Neandertales. Entre la amplia gama de denominaciones específicas atribuidas a restos fragmentarios, a estos se les ha incluido dentro de una “especie” establecida, en este caso, a partir de un solo hueso: Homo heidelbergensis, que corresponde a la mandíbula de Mauer, datada entre 500.000 y 400.000 años. En “La Sima de los huesos” no se han encontrado instrumentos líticos ni restos de herbívoros (presas habituales), lo que indica que no era un lugar de habitación. La hipótesis más admitida y razonable es que la acumulación de estos restos tenga un origen humano (lo que constituiría algún tipo de enterramiento), y que las marcas de mordeduras que presentan más de la mitad de los restos sean debidas a carroñeros posteriores, aunque no se puede descartar que sean la causa de su muerte –es decir, muertos por carnívoros– lo que podría justificar, incluso, un enterramiento selectivo.
Esqueleto y recreación de un neandertal
En lo que respecta a sus sucesores, los Neandertales, sus singulares características morfológicas les han convertido, siempre en función del esquema mental darwinista, en la última “rama lateral” de la evolución humana. Para los paleoantropólogos representantes de la versión “dura” del darwinismo eran una especie de autómatas grotescos si el menor rastro de humanidad. Según Ian Tattersall, del Museo Americano de Historia Natural, les faltaban las conexiones necesarias en el cerebro para pensar y hablar (desconocemos el origen de su documentación “neurológica”). Para él, un Neandertal representaría la máxima expresión del instinto, es decir, el límite de las cosas que se pueden hacer inconscientemente, automáticamente. Y esta es una concepción que, desgraciadamente, resulta difícil de refutar, porque, más o menos acentuada, es la que se transmite a la sociedad en libros divulgativos, documentales científicos y películas comerciales. Al parecer, es necesaria una justificación argumentada “científicamente” para su extinción (total, sin dejar el menor rastro) ante el avance de los hombres “más evolucionados”.

Sin embargo, lo que parece más próximo a la realidad es que, aunque el estereotipo de los neandertales que ha quedado grabado en el imaginario social como una especie de brutos encorvados y patizambos, se debe a la reconstrucción elaborada, a principios del siglo pasado, por el belga Marcelin Boule sobre los restos de La Chapelle-aux- Saints que pertenecían ¡a un anciano con artrosis!, los neandertales eran individuos con una morfología y un comportamiento absolutamente humanos. (Lo que pone de manifiesto, una vez más, que son las interpretaciones más sensacionalistas o llamativas las que más profundamente calan en la sociedad). Sus características especiales, su robustez y su cara prominente son, simplemente, una acentuación de las de sus predecesores locales, impulsadas por el aislamiento en unas condiciones climáticas extremas.

Durante las glaciaciones precedentes (Günz, Mindel y Riss), los animales y los hombres que vivían en Europa descenderían paulatinamente hacia tierras más meridionales, empujados por el avance de los hielos. Forzosamente, la Península Ibérica se debió convertir muchas veces en centro de confluencia e intercambio genético y cultural de distintos grupos humanos (los lugares privilegiados, como la Sierra de Atapuerca, debieron llegar a ser “el no va más” del cosmopolitismo de la época). Sin embargo, cuando hace unos 140.000 años se comenzó a producir la última gran glaciación, la conocida como Würm, los hombres que habitaban Europa Occidental y Central, que habían conseguido una magnífica adaptación cultural a climas muy fríos, no emigraron, por lo que permanecieron con un alto grado de aislamiento del resto de la Humanidad durante casi 100.000 años. Su supervivencia durante todo este tiempo en unas condiciones ambientales que, aunque en ocasiones (los períodos interestadiales) eran más soportables, en general eran extremadamente rigurosas, implica, forzosamente, un perfecto conocimiento y control del entorno. Su magnífica cultura lítica “Musteriense”, elaborada mediante la degradación de nódulos discoidales de sílex de los que extraían lascas a las que daban diferentes formas utilizando percutores blandos era extremadamente eficaz para fabricar punzones, cuchillos, raspadores… hasta sesenta tipos de utensilios diferentes.

Distribución geográfica de los neandertales
Asimismo, eran hábiles curtidores de pieles, como atestiguan los numerosos raspadores, y en cuanto al uso de otros instrumentos, como los de madera, de difícil fosilización, se puede deducir del hecho de que sus antecesores de hace 400.000 años utilizaron unas lanzas de maderas de picea, encontradas fosilizadas en turba en el yacimiento de Binzingsleben (Alemania). Eran tres lanzas perfectamente pulidas y equilibradas para ser lanzadas con precisión. Dominaban perfectamente el fuego, lo cual es lógico, porque sin la capacidad de encenderlo (es decir, dependiendo de su conservación a partir de combustiones espontáneas de nafta o de rayos, como muchos sostienen), su larga supervivencia habría sido imposible. De hecho, se han encontrado, por ejemplo, en Pech de l’Azé (Francia), hogares formados por piedras bien colocadas y muy usadas. También en Francia, en la gruta de Lazaret, se ha comprobado que construían tiendas en su interior. Las piedras que sujetaban la base de las tiendas atestiguan que las construían con la entrada en dirección opuesta a la de la cueva, para mejorar la protección. En definitiva, si estas actividades eran “inconscientes” los paleoantropólogos habrán de inventarse el concepto de “inconsciencia inteligente”.

Su presencia en la Península Ibérica queda atestiguada por restos como la mandíbula de Bañolas, el reciente hallazgo de la Gruta del Sidrón (Asturias), compuesto, por el momento, por más de 120 fragmentos de, al menos, tres individuos (Rosas y Aguirre, 1999), los indicios de su presencia en Atapuerca, el cráneo de Gibraltar, los restos infantiles de Portugal… pero, sobre todo, por los fósiles de Zafarraya (Málaga) datados en torno a los 30.000 años y considerados como “los últimos neandertales”. Porque, según la “versión oficial”, los neandertales se extinguieron, arrollados por la superioridad cultural pero, sobre todo, intelectual, del “hombre moderno”: Desde el punto de vista de la Historia con mayúsculas podemos decir que sabemos lo que pasó. Los neandertales fueron sustituidos por los humanos modernos. Tal vez hubo casos de mestizaje, pero no se dieron en una cantidad suficiente para que sus genes hayan llegado hasta nosotros. Nada me haría tanta ilusión como llevar en mi sangre una gota siquiera de sangre neandertal, que me conectara con esos poderosos europeos de otro tiempo, pero temo que mi relación con ellos es sólo sentimental”, (Arsuaga, 1999).

Si tenemos en cuenta que, por ejemplo, se ha estimado que compartimos con el ratón el 99% de los genes (Gunter y Dhand, 2002), lo que pone de manifiesto definitivamente que la “información genética” no está sólo en el ADN, y se sabe que compartimos gran cantidad de secuencias con todo el mundo viviente (animal y vegetal), hasta llegar a las bacterias, hay que decir que no se sabe de donde puede salir el fundamento genético que permite afirmar que “sus genes no han llegado hasta nosotros”.

Herramientas del Homo sapiens (paleolítico superior)
La realidad es que no existen pruebas fiables de esta “sustitución” y, a falta de estas pruebas, intervienen las “firmes convicciones”. Los datos de que disponemos son que hace unos 40.000 años comienzan a aparecer en Europa un tipo de herramientas y utensilios denominados genéricamente “Auriñacienses”. Asociados a estos aparecen restos humanos con morfología parecida a la “moderna”, que han recibido la denominación de “cromañones” por los restos del “viejo” de Cro-Magnon (Francia) datado, por cierto, en unos 25.000 años de antigüedad. Tras un período de unos 10.000 años (resulta difícil de imaginar: 10.000 años) durante el que los vestigios de ambos tipos de morfologías y de culturas se encuentran intercalados por diferentes puntos de Europa, la morfología y la cultura características de los neandertales desaparecen del registro fósil.

Pero, antes de continuar, puede ser conveniente una breve consideración sobre qué es la “morfología moderna” ¿tal vez la parecida a la de los actuales europeos? Porque morfología moderna es la de los esquimales, con las proporciones corporales exactamente iguales a las de los neandertales y la de los esbeltísimos nilótidos o los pequeños bosquimanos y pigmeos. Morfología moderna es la de los aborígenes australianos, muchos con su gran torus supraorbitario y un acentuado prognatismo, con todo el aspecto, apoyado por la continuidad del registro fósil (Wolpoff y Thorne, 1992), de ser herencia directa de los “marineros” de la isla de Flores...

Estos 10.000 años de más que posible contacto entre diferentes culturas cuentan con interpretaciones muy distintas que, aunque dentro de la inercia explicativa de la ortodoxia darwinista, parecen distinguirse por distintas concepciones de lo que es “inherente a la condición humana” en las que pueden ser detectables ciertos componentes culturales. El inicio de lo que se denomina Paleolítico Superior, asociado (cómo no) con la industria Auriñaciense, caracterizada por láminas de piedra alargadas, como “cuchillos de dorso”, el uso de hueso y marfil y dientes de animales para hacer agujas, puntas de azagayas y adornos, se relacionaba con la “irrupción en Europa del “hombre anatómicamente moderno”. Sin embargo, una variante de la industria Auriñaciense, caracterizada por utensilios semejantes, la industria Chatelperroniense, ha aparecido asociada a restos indiscutiblemente neandertales, en los yacimientos franceses de Arcy-sur-Cure y Saint Cesaire. Este tipo de industria se ha encontrado distribuido por Francia, norte de España y con variantes, también asociadas con neandertales, en Italia y Europa Central y del Este. La explicación “dura”, es decir, más estrictamente darwinista es que los neandertales adquirieron estos utensilios del “hombre moderno”, bien mediante la imitación o incluso el robo.

Arte rupestre (paleolítico superior)
Para Richard Klein no se puede hablar de una mente moderna hasta que no aparecen las primeras manifestaciones de adorno personal y de arte (éste último asociado sólo con cromañones). Ian Tattersall lo explica con más datos científicos: La mente humana moderna surgió como todas las grandes novedades biológicas: por evolución, y como decía Darwin, sin intervención divina (que, al parecer, es la única alternativa posible al darwinismo), pero en este caso “golpe", y en un "hombre moderno". Para Tattersall, las habilidades de los neandertales en la talla de la piedra, aunque sorprendentes, eran algo estereotipadas; muy pocas veces, si alguna, elaboraban instrumentos utilizando otras materias primas. Muchos paleontólogos ponen en cuestión su grado de especialización venatoria.

Sin embargo, hay una forma muy distinta de valorar las capacidades de los neandertales y que, curiosamente –casi sorprendentemente– no se basa en las “firmes creencias”, sino en la investigación científica. Francesco d'Errico del Instituto de Prehistoria de Burdeos, Joâo Zilhao del Instituto Arqueológico de Portugal y otros investigadores franceses que han trabajado en el yacimiento de “la Cueva del Reno” de Arcy, han desmontado la teoría de la recogida: el material de adornos y utensilios óseos de los neandertales estaba rodeado de restos y esquirlas que indicaban que habían sido hechos allí mismo (Bahn, 1998).

Pero no importan las pruebas. Los darwinistas “duros” parecen ser inasequibles al desaliento. Los neandertales debían tener alguna inferioridad, y hay que encontrarla aunque se tenga que recurrir a los argumentos más pintorescos. He aquí los de Wesley Niewoehner, de la Universidad de Nuevo México en Alburquerque y comentados así en la revista Nature (Clarke, 2001): Los neandertales, macizos y bien musculados, probablemente tenían unos dedos demasiado gruesos para hacer uso efectivo de tecnología avanzada de la Edad de Piedra o para realizar tareas de destreza como grabar. [...] Esto da peso a la idea de que los humanos modernos recientes sustituyeron a los neandertales por su superior uso del mismo tipo de herramientas. [...] Así, aunque los neandertales pudieron probablemente fabricar y usar herramientas complejas, no pudieron hacerlo muy a menudo o muy cuidadosamente, (?) y no fueron capaces de tareas mas sofisticadas como grabar o pintar, que fueron desarrolladas por los humanos modernos.

Cráneos de sapiens (izq.) y de neandertal (der.)
Como no parece que estos despropósitos merezcan un comentario, volvamos a los datos del registro fósil: La cronología de las dos culturas apoyan el carácter autóctono de la Chatelperroniense. Para Anne-Marie Tiller y Dominique Gambier existe un vacío antropológico durante el período Auriñaciense europeo entre hace 40 y 35.000 años o, al menos, un problema para identificar los escasos fósiles disponibles. Pero parece claro que el nacimiento del Chatelperroniense fue anterior al Auriñaciense. En cuanto a la “discontinuidad” morfológica, no parece tan clara. Para Tillier y Gambier (2000) los restos humanos auriñacienses presentan cierta robustez y conservan caracteres “arcaicos” (Porque “el viejo” de Cro-Magnon, no era de morfología estrictamente “moderna”). Por otra parte, los últimos neandertales eran más gráciles que los primeros, de modo que el cráneo de Saint Cesaire tiene más semejanzas con el de un hombre moderno que el neandertal de La Chapelle-aux-Saints, 15.000 años más antiguo... En definitiva, es más que posible que el hombre de Neanderthal no haya sido “sustituido”, sino que sus características se habrían diluido, a lo largo de más de 10.000 años de contacto e intercambio, en una población de morfología más grácil muy superior en número. Muy probablemente, “la sangre” de los neandertales continúa entre nosotros.

Las pruebas de “características intermedias” y los indicios de mestizajes se encuentran repartidos en restos fragmentarios por Europa central y del este (Predmost y Brno en Moravia, Vindija en Yugoslavia…) y un discutido ejemplar (por ser infantil) en Portugal, pero mucho más evidentes en fósiles muy abundantes y completos de Oriente próximo, donde los neandertales han coexistido, se han mezclado y compartido cultura, modo de vida y rituales con hombres de aspecto parecido a la morfología “moderna”, es decir, de cráneos más redondeados, entre hace 100.000 y 35.000 años. Entre estos, el hallazgo en Kebara (Arensburg y Tillier,1990) de un enterramiento neandertal de hace 60.000 años, en el que encontró un hueso hioides, de difícil fosilización por su fragilidad, es un indicio tan indiscutible como innecesario, (dadas las pruebas tan antiguas de un comportamiento dirigido por la planificación y la coordinación) de la existencia de un lenguaje articulado, porque sobre él se sitúan las cuerdas vocales. Pero ni esta prueba parece ser suficiente.

¿Cómo se demuestran las mejoras en el cerebro?
Para Richard Klein (1989) de la Universidad de Chicago, todavía era necesaria una evolución neurológica para llegar a la modernidad completa. Este absurdo dogmatismo que lleva a inventarse unas supuestas “mejoras” progresivas en la organización cerebral de las que no existen las menores pruebas no tiene, en realidad, ningún contenido científico y sí mucho de prejuicio sobre la lógica de la “sustitución” de los menos “aptos” justificada por una supuesta superioridad intelectual, como refleja claramente la frase con que Ian Tattersall (2000) finaliza su argumentación sobre este tema: Aunque los lingüistas le han dedicado muchas horas de especulación, se nos escapa cómo surgió el lenguaje. Pero sabemos que un ser equipado por capacidades simbólicas es un rival extraordinario…
 

El mensaje del ADN y la manipulación de la información



El estudio de ADN rescatado de fósiles de neandertales como el histórico “Feldhofer” encontrado en Alemania en 1856 o el de un resto infantil del norte del Cáucaso apoya la ampliamente admitida pero todavía controvertida visión de que los humanos modernos tuvieron poca o ninguna mezcla con los Neandertales, según William Goodwin de la Universidad de Glasgow y sus colegas (Gee, 2000). Esta aparente confianza en los datos contrasta con el espíritu crítico con que se acogen pruebas mucho menos frágiles (en el más estricto sentido). Porque el ADN es extremadamente frágil y degradable tras decenas de miles de años de fosilización de los huesos. Por otra parte, las probabilidades de “contaminación” en estos huesos son enormes, tanto por la manipulación como por ADN del entorno (en un puñado de tierra hay millones de bacterias y virus). Pero, incluso en el caso, extremadamente improbable, de que estos fenómenos no se hubieran producido, la comparación de la variabilidad (polimorfismos) del ADN humano de hace 30.000 años, en poblaciones que habían sufrido un largo aislamiento, con la población actual, no sería especialmente informativa.

Y esto pone de manifiesto, una vez más, que en el campo de la evolución –pero muy especialmente en el de la evolución humana– los resultados obtenidos mediante metodologías, técnicas o materiales limitados o discutibles se pueden interpretar a gusto del investigador en función de lo que se quiere demostrar. Y lo que se quiere demostrar queda claro en la frase con que Paul Mellars (1998) zanja el debate sobre “El destino de los Neandertales”: La vehemencia de algunos científicos en reclamar la cercana relación con los Neandertales puede estar cercana a negar que la evolución humana está teniendo lugar en la actualidad. Es decir, que “la supervivencia de los más aptos” continúa.

Origen del H. sapiens (teoría de la Eva mitocondrial)
Pero la manipulación de los datos puede ir más lejos que la consistente en la interpretación sesgada de datos discutibles. La hipótesis de la “Eva mitocondrial” de Wilson y Caan (1992) que ya ha sido incorporada a los libros de texto, parece haber arraigado firmemente en la comunidad “oficial” de paleoantropólogos aparentemente deslumbrados por su aureola de “ciencia dura”, es decir, basada nada menos que en datos moleculares. Según tal hipótesis, el hombre moderno desciende, en su totalidad, de una “Eva” que habría vivido en África hace unos 200.000 años. Sus descendientes se habrían extendido por el Mundo y habrían sustituido, o lo que es igual, exterminado, a todos los hombres (homínidos, en su terminología) previamente existentes desde África a Siberia, desde Europa hasta Extremo Oriente...

Para esta, al parecer, extendida concepción se trataría, no ya de un extermino total como el de los pobres neandertales aplastados por una población muy superior en número, sino del caso contrario: la “sustitución” total de poblaciones adaptadas biológica y culturalmente a entornos muy variados –y algunos muy duros– por pequeños grupos inconexos procedentes de un medio tropical. Aunque tal proceso resulta totalmente irreconciliable con el más elemental sentido común, está basado en datos “rigurosamente científicos”: De las primeras comparaciones entre proteínas de especies diferentes brotaron dos nuevas ideas: la de las mutaciones neutras y la del reloj molecular. Con respecto a la primera, la evolución molecular parece dominada por esas mutaciones fútiles que se acumulan con una cadencia sorprendentemente regular en los linajes supervivientes. [...] La segunda idea, la de los relojes moleculares, surgió de la observación de que el ritmo de cambio genético según mutaciones puntuales (cambios en determinados pares de bases de ADN) es tan regular, en largos períodos, que se las podría usar para datar divergencias de troncos comunes. [...] El ADN que estudiamos reside en las mitocondrias, orgánulos celulares que convierten alimentos en energía disponible para el resto de la célula. [...] A diferencia del ADN nuclear, el de la mitocondria se hereda sólo de la madre, sin más cambio que las eventuales mutaciones. La contribución paterna acaba en la papelera, como quien dice, de los recortes. [...] De ello se infiere, en pura lógica, que todo el ADN mitocondrial humano debe de haber tenido una última antecesora común.

Espiral de ADN
La asunción de todos estos postulados derivó en la construcción de un espectacular árbol filogenético que, si bien presentaba individuos de distinta procedencia intercalados en diferentes poblaciones, tuvo una gran resonancia, tanto científica como en los medios de comunicación: El origen del hombre moderno estaba en África, y el “reloj molecular” era concluyente: la “Eva mitocondrial”, la primera mujer moderna, había vivido hace unos 200.000 años. El problema fundamental de estas conclusiones es que todos los postulados en los que se basa son absolutamente falsos. Las mitocondrias no son sólo la "central de energía" de la célula. Su ADN participa en procesos tan importantes como el control de la apoptosis (muerte celular programada) fundamental, por ejemplo, en el desarrollo embrionario. Esto descalifica la supuesta neutralidad de sus mutaciones, pero también el hecho de que algunas de ellas pueden causar graves enfermedades neurológicas. En cuanto a la transmisión únicamente por vía materna, está desmentida por la comprobación de la transmisión de una enfermedad de éste origen por parte del padre. Pero, muy especialmente, la existencia de los supuestos “relojes moleculares”, una entelequia totalmente contradictoria con la base teórica de la evolución por mutaciones puntuales y al azar, pero sorprendentemente asumida como un hecho constatado, ha sido abordada, finalmente, de una forma rigurosa (Rodríguez-Trelles et al., 2001) analizando tres proteínas utilizadas habitualmente como “relojes moleculares”: La glicerol-3-fosfato deshidrogenasa (GPDH), la superóxido dismutasa (SOD) y la xantina deshidrogenasa (XDH). El estudio se llevó a cabo en 78 especies representativas de los tres Reinos multicelulares: hongos, plantas y animales. Las conclusiones son: Hemos observado que: (1) Las tres proteínas evolucionan erráticamente en el tiempo y entre los linajes y (2) Los patrones erráticos de aceleración y deceleración difieren de locus a locus. La constatación de estos hechos ha sacado a la luz la cuestión de cuán real es el reloj molecular o, más aún, si existen los relojes moleculares.

Datos verificables experimentalmente como estos, dispersos en distintas publicaciones, se acumulan continuamente sin tener, al parecer, la menor repercusión en la rutina habitual de la elaboración de árboles basados en la evolución “por cambios graduales y aleatorios” que siguen haciendo uso de los supuestos “relojes moleculares” para confirmar sus hipótesis. Pero eso no es todo: Otras críticas a los resultados de Wilson tienen que ver con el número de árboles obtenidos. Es bastante frecuente que los autores no den el número total de árboles igualmente parsimoniosos, sino que se limitan a seleccionar algunos para su publicación (Barriel, 1995). De hecho, utilizando los mismos datos, pero con una versión más reciente del programa de parsimonia, el norteamericano David R. Madison de Harvard, obtiene hasta 10.000 árboles más parsimoniosos.

Revelaciones de este tipo ponen de manifiesto que las ideas preconcebidas de una evolución humana dirigida por competencias y “sustituciones” y dominada, al parecer, por una tal repugnancia por la idea del mestizaje, que éste no cabe en sus esquemas mentales, pueden conducir, no sólo a interpretaciones descabelladas, sino a auténticos fraudes en la práctica científica. Sin embargo, la “Eva mitocondrial”, cuya antigüedad se ha “precisado” últimamente en 143.000 años, (Caan, 2002), parece ser tan real para muchos científicos como su contrapartida masculina, el “Adán” del cromosoma Y. Según Peter Underhill y sus colegas de la Universidad de Stanford, (Underhill et al., 2000) que han estudiado la variabilidad genética del cromosoma Y en más de 1.000 hombres de 22 áreas geográficas, todos los hombres actuales descienden de un “Adán” que vivió en África hace, exactamente, 59.000 años, según su “reloj molecular”. Esto plantea un problema, no despreciable, de un período de “desajuste matrimonial” de nada menos que 84.000 años. Pero todo se puede explicar: Según Underhill, las “tribus dominantes” se quedaron con todas las mujeres (descendientes, a su vez, de “Eva”). Es más, el 95% de los hombres europeos descienden de unos 10 “Adanes” procedentes de distintas oleadas. Aunque estas afirmaciones emitidas con tal seguridad puedan sonar a broma, sus trabajos han sido publicados (es decir, “aceptados”) por las más prestigiosas revistas científicas.

Difusión de los homínidos según la teoría "out-of-Africa"
Sin embargo, y dentro de los mismos esquemas conceptuales y metodológicos de la evolución darwinista, las conclusiones pueden ser muy diferentes. Alan Templeton de la Universidad de St. Louis ha estudiado la variabilidad del ADN en varones y mujeres de muy diversas poblaciones. Para intentar clarificar los resultados, muchas veces contradictorios, de los estudios de secuencias individuales, ha estudiado diez regiones de cromosomas autosómicos, además de cromosomas sexuales y mitocondrias. Sus resultados son que, tras la primera emigración de Homo erectus, hubo una segunda entre 400.000 y 800.000 años, otra hace unos 100.000 años y otra más reciente desde África hasta Asia, con gran cantidad de intercambio genético entre grupos. Según Templeton: África ha tenido un gran impacto genético en la Humanidad, pero mi análisis no es compatible con un reemplazamiento completo (Templeton, 2002). Aunque estas conclusiones (por cierto, muy criticadas por los partidarios de la “sustitución”) parecen mejor fundamentadas y más razonables que las anteriores, el problema sigue estando en la base conceptual. En la idea de una evolución gradual, continua y “progresiva” en la que se fundan los falsos “relojes moleculares”. Es cierto que existe una variabilidad genética, por cierto, mínima, en polimorfismos del ADN que son neutrales, es decir, irrelevantes en el contexto de la evolución, y es (o parece) cierto que en las poblaciones africanas existe una mayor variabilidad en algunos marcadores de este tipo que en el resto de la Humanidad, pero esto es sólo un indicio más de un remoto origen africano.

Las impresionantes semejanzas genéticas de toda la Humanidad (King y Motulsky, 2002) son, sin duda, un reflejo de una larga historia de encuentros e intercambio genético que seguramente ha caracterizado a la especie humana desde su nacimiento, y no de un origen reciente del hombre “moderno”, porque, muy posiblemente, la evolución humana acabó, al menos por el momento, con la aparición de los primeros hombres, hace más de tres millones de años.

La ley del más fuerte


Las “firmes creencias” darwinistas no responden sólo a las de una concepción científica caduca y ya obsoleta de la Naturaleza, porque en sus premisas y en sus argumentos se pueden identificar, más o menos disfrazados de “objetivos” o de “políticamente correctos”, todos y cada uno de los rancios prejuicios culturales y sociales que alumbraron su nacimiento. La idea de que las cualidades humanas, las virtudes y los defectos, son innatas, se pueden encontrar hoy disfrazadas de disciplina científica bajo la denominación de “Genética del comportamiento humano”, un artificio totalmente rebatido por los conocimientos actuales sobre la expresión génica en la que ni siquiera existe la ya anticuada creencia de una relación directa entre un gen y una simple proteína y en la que el ambiente juega un papel primordial. Cuánto menor aún será la supuesta relación entre “los genes” y algo tan complejo, tan circunstancial y tan influido por el ambiente (por el aprendizaje) como es el comportamiento humano.

Sin embargo, esta pretendida disciplina científica parece contar con una consideración creciente en nuestro entorno cultural, aún cuando las aplicaciones de sus imaginarios descubrimientos sólo pueden ser negativas: No se pueden sustituir, en todos los marginados o inadaptados sus supuestos “genes defectuosos” por genes de triunfador o de “políticamente correcto”, pero sí puede resultar una causa de discriminación más grave, más injusta y más falsa que cualquier otra, la consideración de que ciertos individuos sean portadores de estos falsos genes “inadecuados”.

Detrás de la ciencia está el prejuicio
Desgraciadamente, las informaciones sobre la extremada complejidad y de lo (mucho) que desconocemos de los fenómenos biológicos no resultan tan “periodísticas” como las simplificaciones dogmáticas de los científicos darwinistas o las noticias sobre descubrimientos espectaculares como los de “los genes del miedo” o de la homosexualidad o, incluso, de la base genética de la marginalidad. Y lo realmente dramático es que esta concepción de la naturaleza humana está calando profundamente en la sociedad porque confiere un carácter científico a muy viejos y muy nefastos prejuicios. Y así, se extiende a pueblos o culturas enteras la condición de “intrínsecamente perversos”, fanáticos o delincuentes, por naturaleza, porque lo llevan en sus genes. La hipocresía de afirmar que las diferencias creadas en el Mundo por unas circunstancias históricas concretas y acentuadas por un modelo económico aberrante (el modelo del que surgieron las bases conceptuales del darwinismo) son “naturales”, oculta en realidad una cínica justificación de la situación y transmite una estúpida creencia en la propia superioridad. Porque la competencia “está en la naturaleza humana” (Arsuaga, 2002), y los que triunfan son los mejores. Al parecer, la única posibilidad, no ya de éxito, sino de simple supervivencia, está en una competencia permanente, y del mismo modo que en la teoría darwinista la supervivencia del “más apto” pretende justificar “con el tiempo” lo injustificable, la “libre competencia” será beneficiosa para todos “con el tiempo” como se puede comprobar observando la situación, cada día más dramática, en que se encuentra la mayor parte de la Humanidad.

La desalentadora sensación que produce la aceptación de estos argumentos cargados de conceptos vacíos, es de que estamos asistiendo a una crisis, no sólo ética (que es muy evidente), sino también intelectual. De que se ha extendido una especie de “pereza mental” que impide profundizar, no sólo en la comprensión de los fenómenos naturales, sino también en las causas (en la raíz) de los graves problemas a los que se enfrenta la Humanidad y afrontarlos de una manera coherente. Porque, como hasta la persona más sencilla (o más “primitiva”) puede comprender, en toda competencia hay pocos ganadores y muchos perdedores. Y, de seguir por este camino, el premio para los vencedores no va a ser, precisamente, envidiable.

© Máximo Sandín 2002

Agradecimientos: A mi colega Armando González por las siempre enriquecedoras conversaciones sobre osteología humana y por sus aportaciones de documentación. (María está “muy ocupada”). 

Nota: Este artículo contiene una extensísima bibliografía de varias páginas que por razones de espacio no puedo reproducir aquí. Para los interesados en consultar dicha bibliografía, les remito a la fuente original o a la revista digital  Dogmacero, nº 4 (2013).

Fuente:  www.somosbacteriasyvirus.com/articulos

Fuente imágenes: Wikimedia Commons