jueves, 2 de octubre de 2014

Filología alternativa


Así como existe un cierta historia o arqueología alternativa como género literario o campo de investigación consolidado, también podemos hablar ya de la existencia de unas nuevas propuestas “rompedoras” procedentes del campo de la lingüística que en cierto modo podrían constituir una especie de filología alternativa, por cuanto atentan directamente al consenso académico en este ámbito.

Esta filología heterodoxa ha arrancado, entre otros temas, con una revisión radical de las lenguas romances o románicas (derivadas del latín), poniendo en cuestión su propio origen latino. En este sentido, algunos autores consideran que la filología convencional ha trabajado con suposiciones e invenciones y que en realidad el latín no puede ser considerado como la lengua madre de las lenguas romances por una serie de motivos bien fundados, o al menos eso es lo que argumentan los defensores de esta tesis. Pero entremos a evaluar ya la polémica. 

El italiano (arcaico) sustituye al latín


El ingeniero y sociolingüista francés Yves Cortez publicó hace pocos años un libro (“Le français ne vient pas du latin!”) en el que defendía categóricamente que el idioma francés no deriva del latín, porque –a su juicio– ésta ya era una lengua muerta cuando los romanos ocuparon la Galia. En su lugar, Cortez cree que los romanos hablaban italiano, o más bien un italiano antiguo. Del mismo modo, opina que el resto de lenguas romances (castellano, catalán, portugués, italiano, rumano, etc.) tampoco proceden del latín. Según su visión, habría existido un idioma itálico precursor del latín y del italiano antiguo, y entre estos dos sólo el último se habría extendido por el imperio romano[1].
Cortez ve en las claras similitudes gramaticales de las lenguas romances una lengua madre común pero diferente del latín. Con todo, reconoce que el léxico latino está presente en el lenguaje culto, porque el latín era la lengua erudita, propia de la administración y de las expresiones artísticas. Sin embargo, la lengua coloquial sería el italiano antiguo, mientras que el latín quedaría reservado exclusivamente para el uso escrito, lo que daría lugar a una especie de bilingüismo. Para Cortez esta dualidad no resulta extraña y de hecho tiene otros referentes que han llegado hasta la actualidad, como es el caso del árabe dialectal y el árabe clásico, que sólo aparece por escrito.
Entonces, ¿cuál sería el origen de la confusión sobre el uso del latín? Para el autor francés, la Iglesia habría fomentado esta visión de un latín vivo porque lo utilizaba como lingua franca europea. No obstante, Cortez considera que el léxico de las lenguas romances no es latino, a excepción de las palabras cultas. Además, si bien reconoce que tenemos –al menos parcialmente– un vocabulario de origen latino, afirma que la gramática de las lenguas romances es completamente distinta de la supuesta lengua materna. En sus propias palabras:
“Nos encontramos con dos sistemas gramaticales totalmente diferentes, extraños el uno al otro. La lengua popular innova, modifica, pero no transforma los fundamentos. La idea de la degradación de la bella lengua por parte del pueblo bajo encuentra límites en el hecho de que las lenguas románicas tiene formas gramaticales que el latín ignora.”[2]

En cuanto a la evolución histórica, Cortez no da crédito a que las lenguas romances surgiesen en el periodo entre los siglos III-IV al IX-X, hecho que considera “excepcional” en la historia de las lenguas.
Y por si esto fuera poco, Cortez –en un estilo “Sitchin-contra-todos-los-lingüistas”– opina que la filología universitaria, en especial la centrada en cuestiones etimológicas, es del todo acientífica y fantástica, debido a su falta de rigor, especialmente cuando atribuye un origen latino a la gran mayoría del léxico de las lenguas romances.
Finalmente, Yves Cortez cree que si el latín hubiese sido la lengua madre de las lenguas romances, el proceso de evolución lingüística habría dado una mayor diversidad final. Por ejemplo, no se explica cómo se pudieron producir exactamente las mismas eliminaciones o las mismas apariciones de nuevas formas en todas las lenguas. Desde de su perspectiva, este salto desde el latín no tendría sentido porque sería demasiado grande, pero sí en cambio sería posible desde una misma lengua vulgar, o sea, el italiano antiguo. En resumidas cuentas, los romanos no exportaron el latín sino una lengua romana (itálica) más evolucionada. En este sentido, argumenta que si el latín hubiese sido el precursor del francés moderno, el francés medieval del siglo IX debería haber sido una lengua puente (intermedia), y no lo es, porque es bastante próximo al francés actual. Así pues, el llamado “latín vulgar” o “bajo latín” sería una mera invención de los filólogos para demostrar que el pueblo podía deformar o modificar la “bella lengua” de la aristocracia.

La visión peninsular


Podría parecer que estas ideas son muy minoritarias por su atrevimiento, pero por de pronto ya han cruzado los Pirineos y ya hay varios filólogos disidentes que defienden conceptos parecidos con relación a las lenguas romances de la Península Ibérica. Así pues, comentaremos ahora los trabajos de la filóloga catalana Carme Jiménez Huertas y del filólogo y prehistoriador castellano Jorge María Ribero-Meneses en esta materia. A partir de sus aportaciones y las de otros expertos se ha ido generando un cierto debate en Internet en el que ha habido un poco de todo. Lastimosamente, tal debate ha derivado en demasiadas ocasiones hacia posiciones faltas de seriedad y rigor –y con frecuencia contaminadas por cuestiones ideológicas y políticas– como la de un supuesto entendido en el tema que afirmaba, con sólo un par de ejemplos de léxico, que el castellano y el latín derivaban del catalán, lo cual tal vez se acerca más al puro panfleto que a un análisis científico.

Poblado ibérico de Mont Barbat (Cataluña)
Con respecto a Carme J. Huertas, con la que tuve ocasión de intercambiar impresiones y razonamientos sobre sus tesis, cabe decir que ha escrito un libro muy en la línea de Cortez titulado “No venimos del latín”. Esta obra plantea algunos problemas parecidos a los que mencionaba Cortez, pero sobre todo busca argumentos en el posible origen ibérico de las lenguas peninsulares en vez de la hipótesis del italiano arcaico. Para Huertas está claro que las lenguas romances se diferencian bastante del latín clásico en términos de fonética, gramática y sintaxis. Es más, en sus palabras textuales, las gentes nativas de la Península “nunca hablaron latín”.
Básicamente, su punto de partida es la consideración de que se ha venido ocultando o menospreciando la importancia de las lenguas ibéricas en la formación de las lenguas como el castellano o el catalán, e incluso que por alguna razón “conspirativa” nunca se ha llegado a descifrar la lengua ibérica[3], asunto que, a su parecer, sitúa el problema en el ámbito político en vez del científico.
Dejando a un lado esta visión pérfida de la filología oficial, y ya en el terreno estrictamente lingüístico, Huertas ubica el origen de las lenguas romances en un único idioma muy antiguo, con variedades dialectales, en un contexto de koiné cultural en el que las gentes que estaban a un lado y otro de los Pirineos podían entenderse. En otras palabras, eran lenguas emparentadas asentadas sobre un sustrato común. Asimismo, Huertas coincide con Cortez en la imposible rapidez de la evolución del latín, pues las propias lenguas románicas, como el castellano y el catalán, no han evolucionado tanto a lo largo de los siglos, como se puede ver en el castellano que se habla en América. De hecho, Huertas no cree en la validez de la gramática histórica ni en las mutaciones espontáneas. En su opinión, todos los cambios se interpretan de forma artificiosa o arbitraria. Así, hay cosas que no tienen sentido, como decir que se perdieron los casos (declinaciones) de las palabras propias del latín. Para la autora catalana, no hubo tal pérdida o cambio porque la lengua hablada (no latina) nunca precisó de estos casos gramaticales que sí tenía el latín clásico.
En cuanto a la presencia romana en los territorios conquistados –incluyendo la Península ibérica– Huertas afirma que los romanos vinieron en poco número (fundamentalmente algunos magistrados incultos) y que su ejército estaba compuesto de esclavos y mercenarios oscos y umbros que, por supuesto, no hablaban latín. Y evidentemente, los habitantes de la Península ya hablaban su propio idioma (ibérico) y también lo escribían, cosa que resulta obvia y fuera de toda discusión.
En suma, el uso de un latín digamos formal o clásico se habría limitado al restringido ámbito de la administración para luego convertirse en lengua transmisora de cultura. En todo caso, el latín nunca se extendió a las clases populares, porque –de acuerdo al símil de Huertas– si el castellano no pudo suprimir el catalán pese a la presión política, la inmigración, los medios de comunicación, la educación obligatoria, etc. mucho menos el latín de cuatro magistrados incultos y groseros pudo haberse impuesto sobre la población autóctona. Así pues, la lengua vulgar utilizada en la vida cotidiana no sería un latín deformado y decadente sino simplemente la lengua autóctona de los habitantes de la Península, previa a la intervención romana. Finalmente Huertas ve raíces de diversas lenguas en nuestro léxico (latín, griego, hebreo, etc.) y sugiere que detrás de este fenómeno habría una lengua ancestral de una civilización desaparecida.

En lo que se refiere al trabajo de Ribero-Meneses, lo que he leído al respecto me ha parecido que sobrepasa con mucho lo radical o especulativo y entra directamente en el terreno de la pseudociencia, con una fuerte contaminación de tipo ideológico, y todo ello a pesar de contar con unas notables credenciales académicas. Naturalmente, comparte con los anteriores autores la opinión de que la supuesta maternidad del latín sobre las lenguas romances es un puro fraude. Sólo a modo de ejemplo, rescato algunas de sus afirmaciones sobre el origen del castellano que pueden encontrarse en su sitio web[4] y también en un breve artículo –titulado “El castellano: la lengua de Keltiberia”– aparecido en la revista Arqueología sin fronteras n.º 5:
  • La cuna de la Humanidad está en Iberia, relacionada íntimamente con la Atlántida[5], y el castellano era la lengua autóctona de la Península Ibérica antes de la llegada de los romanos.
  • La escritura no nació en Mesopotamia, sino en la Cordillera Cantábrica, hace unos 40.000 años.
  •  El castellano está emparentado con el vasco y el griego, siendo estas tres lenguas más antiguas que el latín.
  • No hubo colonización del Occidente europeo por parte del Imperio Romano[6].
  • No tiene sentido que en sólo tres siglos los romanos impusieran su idioma cuando los godos no fueron capaces de hacerlo en un plazo semejante y los árabes apenas introdujeron unos pocos términos en ocho siglos de presencia en la Península.
  • Después de la conquista romana, los habitantes de la Galia, Hispania y la propia Italia siguieron usando su lengua ancestral, de raíz céltica; de todos modos, la lengua de los nativos peninsulares no era sustancialmente diferente de la que empleaban los romanos.
Y como colofón de la heterodoxia de sus postulados, Ribero-Meneses invierte los términos y sitúa al iberismo en la mismísima cuna del mundo latino. Así, afirma que el término Lacio deriva de Lanzia, una voz de inequívoco origen ibérico. Incluso el nombre original de Roma sería Balenzia[7] (y todas las Valencias derivarían de este término y no de las Valentias latinas).

En fin, tal vez para acabar de definir el tono científico (o ideológico) en que se mueven las propuestas del profesor castellano baste citar el siguiente alegato contra el latín –y el Imperio Romano por extensión– en unos términos nada ambiguos:
“Y esto, mucho antes de que los romanos, en nefasta hora, lleguen a nuestro territorio con el firme propósito de arrasar toda nuestra cultura y de robar absolutamente todo lo que se les pusiera por delante. Incluida nuestra memoria histórica y nuestras creencias e instituciones religiosas. El perpetrado por Roma en el norte de España, es el mayor atropello que ha conocido la historia de la Humanidad, siendo los desafueros de los españoles en América una simple broma al lado suyo.”

Análisis y reflexiones

 

Lápida de un ciudadano romano de Tarraco
No cabe duda de que quedan todavía muchas incógnitas por despejar acerca de la expansión del latín y de su evolución en los diferentes territorios conquistados por las legiones, así como de su relación con las lenguas nativas que hablaban los conquistados. Varias de las propuestas de estos autores alternativos ponen de manifiesto que los estudios convencionales dan muchas cosas por supuestas o simplemente las despachan sin profundizar en temas tan críticos como los mecanismos de evolución o sustitución de una lengua por otra. Con todo, es oportuno recordar que todo lo que sabemos sobre las lenguas habladas en el pasado son meras extrapolaciones de lo que ha perdurado a través de los restos escritos; la única forma de obtener certezas absolutas sobre la lengua hablada sería el improbable escenario en que un investigador pudiera viajar al pasado con una grabadora y regresara con pruebas de primera mano.

Ahora bien, aun aceptando que muchas de las observaciones realizadas por estos autores pueden abrir nuevos caminos para la investigación, considero que en muchas de sus afirmaciones han divagado, manipulado o ignorado otras pruebas y datos a fin de hacer cuadrar sus tesis. Porque una cosa es hablar estrictamente de filología y otra cosa es mezclarla con la arqueología y la historia de forma muy poco cuidadosa, pasando por alto incluso ramas del saber tan significativas en este caso como la epigrafía antigua. Vayamos por partes.

Lo que plantea Cortez sobre la muerte del latín en el siglo II a. C. debe referirse –siempre en un plano especulativo– a la lengua hablada, pues la escrita siguió gozando de buena salud durante unos cuantos siglos más, en la literatura, en la historiografía, en los documentos oficiales, en las inscripciones de todo tipo sobre monumentos, e incluso en los graffiti populares sobre objetos o sobre paredes, lo cual nos demuestra que al menos una pequeña parte del pueblo llano sabía leer y escribir (¡y escribía en latín!)[8]. Ergo, si según Cortez ya hablaban un italiano arcaico, ¿por qué no probaron a  escribir su lengua con el alfabeto latino que ya conocían? Algunas tribus celtibéricas escribieron su lengua céltica con el alfabeto ibérico; esto es bien conocido.

Otra cosa, naturalmente, es afirmar que el latín escrito y el hablado fueran prácticamente iguales, lo que ningún experto defiende. Los estudios lingüísticos ortodoxos han defendido la existencia, por un lado, de un latín culto, propio de las clases más altas y del lenguaje escrito con fines literarios o administrativos, y por otro, de un latín vulgar (el sermo vulgaris) hablado por toda la población y con ciertas diferencias según las regiones del Imperio donde se hablara[9]. Por supuesto, los soldados, magistrados o colonos romanos hablarían esta última modalidad, si bien emplearían el latín formal a la hora de escribir. De todas formas es bueno recordar que existen al menos unos escasos textos tardorromanos en que sí aparece por escrito este latín vulgar, previo a las lenguas romances.

En todo caso, la epigrafía latina nos muestra que el latín fue empleado por todas las capas sociales[10] hasta el Bajo Imperio y más allá, cuando –según conceden los propios alternativos– el latín se había convertido ya en la lengua cultural de Occidente. Además, se ha conservado un documento del Bajo Imperio, el Appendix Probi (s. III d. C.), que trataba de corregir el habla popular con la intención de restaurar las formas clásicas que posiblemente casi nadie debía usar ya. De este indicio debemos suponer que ya en aquella época el lenguaje hablado estaba evolucionando hacia las formas que podríamos considerar “pre-románicas”. Lógicamente, la lengua no evoluciona tan fuertemente en tres, cuatro o cinco siglos. Así pues, el latín vulgar (o como queramos llamarlo) debía estar pasando por un proceso evolutivo desde los tiempos de la gran expansión de la República romana, lo cual nos marca un extenso periodo de más de mil años hasta el reconocimiento de la aparición de las lenguas romances en la Alta Edad Media, hecho que depende de la constatación de los primeros textos escritos, aunque lógicamente los expertos admiten que esas lenguas populares ya debían estar bastante antes en circulación. 

Sea como fuere, hablar de un italiano antiguo o de un latín deformado por el tiempo y las diversas hablas itálicas (o sea, el latín que hablaban los legionarios y los colonos) no vendría a ser algo muy distinto. El latín vulgar tendría pues su origen en Italia y se habría extendido por otras regiones del Imperio, modificándose a su vez al sobreponerse a las lenguas autóctonas. Por lo demás, Cortez tampoco acierta a dar las claves de la transformación de un idioma itálico que nunca apareció por escrito en época antigua, con lo cual parece complicado sacar adelante los interrogantes que él mismo ha puesto sobre la mesa.

En cuanto a las teorías de Carme J. Huertas, se me hace difícil aceptar que no hubiera una gran conquista y colonización romana en la Península y que los que llegaron a la Península fueran unos pocos magistrados incultos y soldados mercenarios que no hablaban latín. Esto no es lo que recogen la historia, la arqueología y la epigrafía, a no ser que alguien venga con un buen paquete de sólidas pruebas contrarias. Su escenario histórico, compartido en gran parte con Ribero-Meneses, es que los romanos que llegaron a la Península fueron muy pocos y que apenas colonizaron a los nativos, y desde luego no hablaban latín. Lamentablemente su argumentación peca de errores importantes de tipo histórico, como tuve oportunidad de contrastar, pues ella defendía, por ejemplo, que los iberos habían formado parte de las legiones romanas, cuando la realidad es que fueron mayoritariamente mercenarios en las filas de sus enemigos, los cartagineses. Además, su visión de una koiné prelatina que justifica un cierto entendimiento entre los pueblos del Occidente europeo, no se aplica luego a la koiné romana (que duró unos cinco siglos como mínimo en Occidente), lo que también explicaría los similares cambios ocurridos en las lenguas romances[11].

Inscripción ibérica del noreste de la Península. El texto se
transcribe: NEI:TINKE / SUBAKE:EN:DAGO
Sobre el tema conspirativo de tipo político y los estudios acerca de la lengua ibérica (relacionada íntimamente con el euskera), Huertas quizá crea polémicas donde no las hay, sin que ello minusvalore sus notables esfuerzos en el estudio de la lengua ibérica como sustrato de las actuales lenguas habladas en la Península, si bien debemos tener en cuenta también que en el centro y norte de la Península se hablaban dialectos célticos, que son de una rama indoeuropea, de la misma raíz que el latín. Lo que sí se puede constatar es que la lengua ibérica –tal como se muestra a través de sus escritos– tiene más bien poco parecido con la latina, al pertenecer a familias lingüísticas distintas. Sin embargo, los filólogos alternativos siguen insistiendo en que las lenguas de los conquistadores y de los conquistados eran relativamente semejantes. Ello no obsta, evidentemente, a que muchos rasgos de la lengua nativa ibérica se perpetuaran en las lenguas romances, ya sea en términos de vocabulario, de fonética o de sintaxis.

Finalmente, el trabajo de Ribero-Meneses se muestra más bien como un órdago completo a la arqueología y a la historia, más que a la propia filología. Su propuesta, que contiene grandes especulaciones y errores de bulto, se fundamenta en la afirmación de que el castellano es más antiguo que el latín, sin que sepamos a qué tipo de castellano se refiere. Ello, sin embargo, no desmerece sus observaciones acerca de documentos anteriores a las famosas Glosas Emilianenses, que podrían probar que el castellano –en su forma más arcaica– tiene más antigüedad de lo que se admite en foros académicos. Por lo demás, la filología universitaria no reconoce un castellano anterior a la Alta Edad Media (es decir, un castellano ya existente en época romana, cuyo límite podemos fijar en el siglo V d. C.). Dicho de otro modo, si de alguna manera la lengua escrita reflejaba la lengua que se hablaba, aunque fuera en un registro más culto, entonces en la Antigüedad sólo tenemos textos correspondientes a las lenguas célticas e ibéricas peninsulares, al griego y fenicio de los colonizadores mediterráneos y al latín, claro está.

En suma, ¿cómo se puede situar la existencia de las lenguas romances en un contexto tan antiguo y sin una relación directa con el latín? ¿Y cómo se se puede decir que las lenguas romances de hace mil años son prácticamente iguales a nuestros modernos idiomas? Si simplemente tomamos una muestra del castellano que aparece, por ejemplo, en el Cantar de Mío Cid[12], podemos comprobar que la lengua romance ha evolucionado bastante, y del mismo modo es de suponer que la lengua vulgar (el latín popular modificado por el sustrato nativo) fue transformándose con el paso de los siglos.

No obstante, si lo que los filólogos alternativos tratan de decirnos es que nuestros modernos idiomas no descienden directamente del latín que hablaban (o sobre todo escribían) Tito Livio o Cicerón, entonces podríamos concederles un razonable sentido a sus propuestas, siempre aceptando que la historia y la arqueología nos demuestran que hubo un Imperio Romano, que sus soldados y colonos hablaban algún tipo de latín vulgar y que su lengua y civilización se extendieron paulatinamente en Occidente[13], arrinconando a las lenguas nativas existentes y luego provocando un proceso de sustitución que tendría lugar durante varios siglos. Y como es lógico, si sumanos varios sustratos no latinos a un latín popular que tampoco era uniforme y a unos superestratos posteriores (por ejemplo, las lenguas germánicas o el árabe), acabamos obteniendo, con el paso de los siglos, unas lenguas romances que se alejaban bastante de lo que se ha denominado convencionalmente el latín clásico. Pero claro, siempre resulta más impactante decir que “¡no venimos del latín!”
Por tanto, utilizando expresiones bien populares, en toda esta polémica sobre el origen “no latino” de las lenguas romances posiblemente se haya querido buscar los tres pies al gato, o tal vez sea mucho ruido para tan pocas nueces.

Epílogo


Entre tanta controversia sobre nimiedades, no he encontrado serios estudios filológicos o antropológicos que expliquen de forma certera por qué la especie humana, supuestamente la más evolucionada e inteligente del planeta, tiene un sistema de comunicación (el lenguaje hablado) no común para todos sus individuos. O sea, un perro de cualquier raza y origen puede entenderse en el mismo “idioma” con otro perro procedente del otro extremo del globo, cosa que no sucede con los humanos, que hablan miles de idiomas distintos.

De hecho, el tema de la diversidad de lenguas –­en el que no hay ningún consenso– parece haber sido aparcado o desechado por la moderna ciencia debido a la falta de observaciones objetivas que permitan sustentar firmemente una teoría al respecto. Lo que sí se aprecia, en contra de los patrones evolucionistas habituales, es que las lenguas más antiguas (o las de ciertos pueblos primitivos actuales) son enormemente más ricas y complejas que las actuales, o sea, que la comunicación humana, en vez de progresar, estaría sufriendo una fuerte degradación desde hace milenios.

¿Qué hay detrás del mito de la Torre de Babel y la confusión de las lenguas? ¿Existió alguna vez un lenguaje único de toda la Humanidad? Hasta ahora todo son meras hipótesis. En fin, esto ya sería tema para otro artículo.

(c) Xavier Bartlett 2014




[1] En su argumentación, Cortez alude a que el latín ya se habría dejado de hablar hacia el siglo II a. C. y que los soldados y colonos romanos que se extendieron por el Mediterráneo y parte de Europa realmente hablaban italiano.

[2] El Temps, 13 noviembre de 2007, p. 78 (texto original traducido).

[3] Cabe señalar que han llegado hasta nosotros muchos textos (más de 2.000) en lengua ibérica en toda la fachada mediterránea de la península (desde Andalucía hasta el sur de Francia, y con cierta presencia en el valle del Ebro). Esta escritura semisilábica se puede leer, pues está basada en caracteres fenicios y griegos, pero la lengua que hay detrás de los signos nunca ha sido descifrada, si bien la mayoría de intentos de interpretación apuntan a una gran similitud u origen común con el euskera.

[4] https://iberiacunadelahumanidad.wordpress.com

[5] En este campo, Ribero-Meneses da crédito a la mitología y afirma que la Atlántida yace hundida a 5.000 metros frente a la costa de Llanes, en el litoral cantábrico.

[6]A este respecto, Ribero dice literalmente: “¿Cómo hubiera podido conseguir un puñado de legiones –integradas fundamentalmente por soldados analfabetos de todas las naciones sojuzgadas por Roma y que no debían tener ni la más remota idea de latín– que en el decurso de tres siglos no quedara ni rastro de las hablas ancestrales y milenarias de varios países europeos extraordinariamente más antiguos que Roma?”

[7] Tal nombre, según el autor, era sagrado y los primitivos habitantes de la ciudad tenían prohibido pronunciarlo.

[8] Por ejemplo, cabe reseñar los graffiti populares hallados en las excavaciones de la ciudad de Pompeya, sepultada por la lava y las cenizas del Vesubio en el siglo I a. C.

[9] Las diferencias regionales en el uso del latín probablemente eran más marcadas que las diferencias de origen social o cultural, como se sabe por el caso del emperador hispano Trajano, cuyo fuerte acento de la Bética causó risas en el senado de Roma.

[10] Véanse por ejemplo la gran cantidad de lápidas funerarias de personas de clase media y baja que muestran las clásicas fórmulas latinas usadas durante siglos. Lógicamente, podemos suponer que las personas no hablaban así, pero también se puede colegir que podían entender el texto sin demasiada dificultad, a no ser que fueran del todo analfabetas.

[11] También cabe destacar que todas las generalizaciones son malas, pues Huertas afirma que la supresión de los casos gramaticales no fue tal, ya que la lengua prelatina de la gente no los necesitaba; sin embargo, el rumano (también derivado del latín), sí conserva todavía algún vestigio de declinación en su habla moderna.

[12] De hecho, el castellano antiguo de este famoso texto literario no resulta fácil de entender y en muchas ediciones actuales se incluye una versión en castellano moderno para poder seguir adecuadamente el contenido.


[13] En Oriente, que era un territorio ya civilizado desde antiguo, existían múltiples lenguas locales a las que se había superpuesto el griego como lengua franca en el ámbito económico, cultural y político durante el periodo helenístico. Por este motivo el latín de los conquistadores quedó reducido allí a un mínimo uso administrativo.

5 comentarios:

Laura Herrero Román dijo...

Gracias por el artículo. Lo he leído con gran interés, pero quisiera preguntarle a qué se refiere con que no hay consenso con respecto a la diversidad de lenguas.

Hoy en día la teoría más aceptada es la monogenética, es decir, que todas las lenguas vienen de una sola: la lengua madre (proto-world language), y de ella se han ido ramificando todas las lenguas.

Xavier Bartlett dijo...

Apreciada Laura,

Gracias por su comentario. No soy experto en filología, pero lo que he podido leer al respecto es no hay un acuerdo total (y menos aún certeza) sobre el origen de la diversidad de lenguas y la existencia de esa lengua primigencia única. Yo había oído hablar del llamado "nostrático", como esa hipotética lengua común, pero más como teoría que como hecho comprobado. De todos modos, que la mayoría de la comunidad académica acepte una cierta teoría no es "consenso" ya que prácticamente en todas las ciencias hay voces alternativas o discordantes, y no siempre hay una postura unánime. Y aunque así fuera, el consenso no deja de ser un acuerdo "político", no una verdad científica en sí misma, y esto en el campo de las ciencias sociales es todavía más claro.

Saludos cordiales,
Xavier

Enide dijo...

Lo primero ¡enhorabuena por el artículo! Buscaba algo sobre estas teorías de la conspiración y una discusión más o menos fundamentada al respecto y me ha quedado todo mucho más claro =)

Sólo un apunte sobre esto "Lo que sí se aprecia, en contra de los patrones evolucionistas habituales, es que las lenguas más antiguas (o las de ciertos pueblos primitivos actuales) son enormemente más ricas y complejas que las actuales, o sea, que la comunicación humana, en vez de progresar, estaría sufriendo una fuerte degradación desde hace milenios."

Creo que no se puede hablar de degradación. Para entender esto es útil recurrir al principio de relevancia. La comunicación humana, resumiendo mucho y muy mal, se basa en la capacidad de comunicar con el mínimo esfuerzo cognitivo, de ahí la paulatina "simplificación" de las lenguas, que no sería tanto una degradación (podemos coger aquí el ejemplo de las muelas del juicio, que dejaron de servir y van desapareciendo, menguando con esto las capacidades de nuestra dentadura), como una cuestión práctica. Si a esto le sumamos la tendencia de las lenguas a la regularización (aquí hay algo fascinante, puesto que lo más usado -ahí tenemos al verbo ser, irregular en cienes de lenguas- tiende a la irregularidad, pero dentro de ésta habría una segunda tensión hacia la creación de paradigmas, de nuevo para reducir el esfuerzo cognitivo; es más sencillo almacenar paradigmas que entes independientes... y esto en realidad nos da la clave de la evolución de las lenguas, porque es un equilibrio inestable).

Por otra parte, sobre la diversidad de lenguas... Primero está la falta de comunicación en origen, claro. Pero, además, antropológicamente las diferencias entre, por ejemplo, tribus próximas, parecen estar justificadas: mientras que las vestiduras y las formas eran fáciles de adoptar en un corto periodo de tiempo, imitar una forma de hablar podía de llevar mucho más tiempo a ser imposible; de esta forma se identificaba fácilmente al "agente extraño" que podía ser potencialmente peligroso.
Hoy en día parece menos justificable, pero en realidad hay motivos claros para que, por ejemplo, no triunfe el esperanto (al menos en occidente). La lengua, hasta cierto punto, conforma la identidad... y en un mundo globalizado como en el que vivimos renunciar a eso se nos hace imposible. Un buen ejemplo de ello lo tenemos en el spanglish, que lejos de ser una aberración es un reclamo bastante claro, por parte de inmigrantes de tercera generación, de la pertenencia a un grupo determinado frente al que les está absorbiendo.
Sobre una lengua primigenia, por último... Hay dos escenarios posibles. O bien la aparición del lenguaje fue poligenética, así que ya habría nacido diferenciado (y sin posible comunicación, claro) o bien sí que hubo un lugar claro para su nacimiento, pero puesto que no habría nacido como un todo, sino poco a poco (parece que al menos eso es lo que más sentido tiene ¿no?), con los movimientos de las poblaciones y, de nuevo, la falta de comunicación entre ellas, rápidamente se habría convertido en un sinnúmero de variedades.

Pako Iriarte dijo...

Buena recopilación.
Cortez, cita a Naevius, escritor romano, que dejo escrito 100 a.C. algo asi como, "En Roma no se habla latin".
La civilizacion es un intento de desmilitarizacion. Asi estamos. Las lenguas muestran la degeneracion que hemos sufrido, nos hemos inflingido. Miren y sientan la palabra DES-ARROLLO....es lo que estamos intentando.
Hervas y Panduro dijo que el latin y el griego eran de imposible estudio. Que pasa? No tienen logica.
Una lengua, como toda manifestacion original, debe mostrar, llamemos, PERFECCION. Pero estamos estudiando desde la carencia de ella, y no podemos deducir algo que no este en el SISTEMA OPERATIVO/LENGUA. Nos mordemos la cola.
¿Como es que digo esto? Porque conozco el euskera. El euskera manifiesta esa auto-explicacion, formacion original, llamenle lo que quierean....
Los linguistas Larramendi, Astarloa, Humbolt, Hervas y Panduro...ya dieron indicaciones sobre la cuestion de la LENGUA. La tabla del verbo auxiliar debiera de causar sensacion en cualquier linguista. La cuestion del genero. La capacidad de concrecion de las declinaciones....etc. Todo un campo a explorar, que siempre ha estado aqui.

Xavier Bartlett dijo...

Apreciado Pako,

Mi desconocimiento del euskera me impide opinar con concimiento de causa, pero sí puedo decirte que varios estudiosos creen que las lenguas más antiguas (o de pueblos primitivos) tenían una gran riqueza expresiva y además constituían un sistema mucho más lógico de pensamiento que las lenguas modernas. Por ejemplo, Alfredo Gamarra decía que el aymara sudamericano era una lengua perfecta, usada incluso para lenguaje de programación informática y cuyo aprendizaje facilitaba luego el aprendizaje de cualquier otra lengua conocida sin gran dificultad.

Un saludo,
X.