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miércoles, 12 de diciembre de 2018

Los reyes-dioses de Sumeria y Egipto



Como es bien sabido, una de las habituales fronteras entre la arqueología académica y la alternativa es la interpretación de la mitología. En efecto, lo que para el estamento académico es “fantasía” o “leyenda” sin ningún apoyo histórico, para la arqueología alternativa ofrece –como mínimo– el beneficio de la duda, en el sentido de que al menos algo de lo narrado en el mito tuvo una base perfectamente real que quedó distorsionada por el paso del tiempo y la propia trasmisión oral de los hechos a lo largo de muchas generaciones.

Uno de los campos de esta disensión conceptual entre ambas visiones que más me ha llamado la atención ha sido el de las mitologías de las antiguas civilizaciones en lo referente al origen de su realeza o casta dirigente, que hasta cierto punto vendría a ser lo mismo que decir que el inicio de su civilización. Y este asunto es no poco importante, pues para la historia y arqueología convencionales existe una marcada diferencia entre lo que se considera civilización –e inicio de la Historia– y lo que queda aparcado en el limbo mítico, a falta de pruebas documentales y arqueológicas. Así pues, hoy en día se acepta que la aparición de la escritura y de otros elementos diversos de civilización dieron inicio a la Historia Antigua, en varias regiones del planeta como Egipto, Mesopotamia, China, el valle del Indo, Mesoamérica, etc., si bien con cierto diferencial cronológico entre ellas.

Así pues, cuando se da una coincidencia entre los datos arqueológicos –con cronologías históricas comparadas o bien con el apoyo de dataciones absolutas– y los relatos escritos conservados se avala esa historia procedente de diversas fuentes. Sin embargo, lo que se escapa a dicha comprobación y contraste –y además contradice supuestamente otras pruebas arqueológicas– queda fuera de “lo histórico” y pasa al reino de lo mítico, que para los historiadores y arqueólogos es un ámbito oscuro y proceloso. Bien es cierto que muchos admiten que pudo haber algún lejano referente en algunos mitos, pero que todo fue “novelado” o “decorado” por las propias creencias de los antiguos, donde lo mágico, lo épico y lo histórico se podían mezclar con cierta facilidad. En suma, donde no hay prueba empírica tangible se da un carpetazo a la posible discusión en torno a la hipotética historicidad del mito.

Dicho todo esto, existe una coincidencia en varias culturas de todo el mundo que aluden a la presencia de unos primeros reyes de origen divino o semidivino (llegados “de los cielos” o de lejanas tierras), con poderes o rasgos sobrehumanos, y que en la mayoría de las ocasiones se sitúan en un tiempo inmemorial. Todo ello muy propio de la mitología, como es obvio. Pero de entre toda esta casuística destacan con mucho dos grandes civilizaciones –Súmer (o Sumeria) y Egipto– en las que la mención detallada y repetida a esos primeros reyes-dioses da mucho que pensar, y más aún por cuanto se citan sucesiones o dinastías enteras de esos monarcas, incluyendo cronologías absolutamente impensables para los historiadores convencionales. Vamos pues a adentrarnos en esta cuestión para finalizar con una serie de reflexiones.

Dioses Anunnaki
En primer lugar, hemos de situarnos en la antigua Sumeria, la primera cuna de la civilización según muchos reputados investigadores ortodoxos –como el judío Samuel Noah Kramer– así como de famosos autores alternativos, como en particular el polémico Zecharia Sitchin. En lo que difieren crucialmente ambos enfoques es que mientras que para el mundo académico la civilización sumeria aparece con fuerza en el 4º milenio antes de Cristo como fruto de una cierta revolución neolítica y urbana precedente, para los sitchinistas, la civilización sumeria fue la continuación residual o el legado de una larguísima estancia en la región mesopotámica de unos reyes-dioses de origen extraterrestre, los llamados Anunnaki.

Así, para Sitchin y sus seguidores no había duda de que mucho antes de que apareciera “oficialmente” la civilización sumeria, ya existía una civilización de origen foráneo que se remontaba a muchos miles de años atrás y que había sido regida por una casta de soberanos de enorme longevidad. Pero, ¿qué base documental permitía sostener tales afirmaciones? Concretamente, existen al menos dos tablillas escritas en cuneiforme (los textos W-B/144 y W-B/62) en los que se menciona explícitamente una lista de reyes arcaicos que gobernaron antes del Diluvio:  

“Cuando la realeza bajó del Cielo, A.lu.lim regía en Eridu. Reinó 8 shar. A.lal.gar reinó 10 shar. Dos reyes la gobernaron 18 shar. En Bad-Tibira, En.men.cu.an.na gobernó 12 shar; En.men.gal.an.na gobernó 8 shar. El divino Du.mu.zi, el Pastor, gobernó 10 shar. Tres reyes gobernaron 30 shar. En Larak En.zib.zi.an.na gobernó 8 shar. Un rey gobernó 8 shar. En.me.dur.an.na fue rey en Sippar. Gobernó 6 shar. Un rey gobernó 6 shar. En Shurupak Ubar.tutu fue rey. Gobernó 5 shar. Cinco ciudades, ocho reyes. Gobernaron 67 shar. Entonces vino el Diluvio.”

Véase que el texto contiene varios datos altamente significativos. En primer lugar, se dice que la realeza “bajó del Cielo” (algo que apuntala la teoría del antiguo astronauta, según Sitchin). En segundo lugar, se mencionan varias ciudades sumerias bien conocidas por los arqueólogos, juntamente con los reyes que las gobernaron. Y para finalizar, se marca una fecha de referencia para esos reinados: todos ellos fueron anteriores a la catástrofe global del Diluvio.

Alegoría del Diluvio
Por supuesto, para la historia convencional, que la realeza bajara del Cielo no es más que un adorno mitológico para justificar el origen divino del poder real. Asimismo, el Diluvio no dejaría de ser otro mito sin ninguna validez histórica. No obstante, bajando al terreno de la geología, las cosas se ven de otro modo. Así, según han investigado varios autores independientes, como muy en particular Graham Hancock, existen pruebas geológicas más que suficientes –avaladas por estudios realizados por científicos convencionales– que indicarían que hacia el 10.000 a. C. tuvo lugar una catástrofe planetaria enorme en que se produjo una fusión masiva de los hielos y una elevación tremenda del nivel de los mares, aparte de otros fenómenos naturales devastadores. Si ello fuera cierto, las múltiples mitologías que en todo el mundo hablan de un mismo cataclismo cobrarían pleno sentido histórico y en consecuencia habría que admitir que el texto anterior se podría referir a un mundo civilizado que supuestamente fue arrasado por las fuerzas de la naturaleza.

Ahora bien, nos queda un elemento muy importante que no hemos abordado: ¿Cuánto tiempo (en años) vendría a ser cada uno de los periodos denominados shar (o sar)? Pues bien, el shar correspondería a un año de los dioses Anunnaki, que traducido a años terrestres sería nada menos que 3.600 años (véase aquí la constante influencia del sistema sexagesimal, originario de Mesopotamia). Para el sitchinista Alan Alford tal cifra sería exagerada y optaba por tomar como referencia un shar post-Diluvio, de “sólo” 2.160 años, si bien Sitchin siempre se mantuvo en la ortodoxia de los 3.600. En cualquier caso, las cifras son impresionantes porque sitúan el origen del reinado de esos reyes-dioses sumerios en épocas impensables. Según Alford, tal origen se iría hasta los 241.200 años, y según Sitchin y otros, hasta los 432.000 años. Sea como fuere, los periodos de reinado de esos monarcas se fijan en varios miles de años, lo que para el estamento académico es directamente imposible y se va por tanto al cesto de la mitología. Téngase en cuenta que un reinado de, por ejemplo, 12 shar implicaría una vida de ¡43.200 años!

Aparte de estas cifras desorbitadas, los especialistas admiten que para el periodo llamado Protodinástico II –datado entre los siglos XXIX a. C. y XXVI a. C.– existen listas de reyes procedentes de ciudades como Kish o Uruk con reinados de cientos de años, y que por tanto quedarían incluidos en la categoría de personajes míticos. Por poner un ejemplo, cabe señalar que la primera dinastía de Kish contiene una lista de 23 reyes con edades comprendidas entre los 140 y los 1.500 años, con una media de 781,74 años. En la segunda dinastía de dicha ciudad (ya en el Protodinástico III) siguen los reinados muy extensos, pero en una media inferior, de unos 253 años. Se debe esperar al final de la primera dinastía de Uruk (hacia el 2500 a. C.) para encontrar reyes con longevidades razonablemente humanas. Sólo a modo de comparación, digamos que algo muy similar ocurre en la mitología y tradición de los judíos –en gran parte heredada de los sumerios– pues  a Adán y los primeros hombres se les concede unas edades enormes. Lo mismo ocurriría con los personajes bíblicos anteriores al Diluvio y progresivamente, una vez pasado el cataclismo, la edad de los humanos se iría reduciendo drásticamente hasta alcanzar los baremos hoy en día reconocidos.

Paleta del faraón Narmer (dinastía I)
Si ahora nos trasladamos al antiguo Egipto, veremos que existe una situación semejante, en forma de discrepancia entre lo que los egiptólogos admiten como histórico y comprobado y lo que los propios egipcios recogieron en varios textos sobre el origen de su realeza. Para los aficionados a la Egiptología no les será difícil reconocer que el Egipto histórico nace con la primera dinastía, siendo su primer faraón Menes (o Narmer), unificador del Alto y del Bajo Egipto, cuya cronología se ha situado alrededor del 3100 a. C., si bien algunas dataciones absolutas mediante C-14 podrían hacer su reinado un poco más antiguo. Por otra parte, se acepta que antes de esta época –en el periodo predinástico– los egipcios mencionaron la existencia de otros faraones previos, como Horus Escorpión por ejemplo, pero que carecerían de toda fiabilidad histórica. Por lo demás, los egiptólogos encuadran la civilización egipcia entre el 3.100 a. C. y el 30 a. C. (cuando todo el país pasa a ser provincia romana) y consideran que todas las referencias anteriores no tienen consistencia histórica.

Sin embargo, la cuestión histórico-mitológica en Egipto es mucho más extensa y compleja. Lo cierto es que en el caso egipcio tenemos varias fuentes, documentales y arqueológicas, que vienen a coincidir en la existencia de una realeza divina o semidivina desde tiempos muy remotos. Por un lado, tenemos el famoso testimonio indirecto[1] del sacerdote Manetón –nacido en el siglo III a. C., en la era ptolemaica– que recogió en sus escritos toda una larga genealogía de reyes que él dividió en ciertos periodos o sucesiones llamados dinastías y que ha sido la base de las cronologías convencionales sobre el antiguo Egipto. Hasta aquí todo normal, pero es que Manetón mencionó explícitamente una serie de dinastías anteriores a las dinastías “históricas”, con una duración de varios miles de años, lo cual implicaría la existencia real de un poder unificado que de alguna manera sería el precedente del Egipto faraónico. Pero Manetón fue todavía más lejos y citó explícitamente que esas dinastías más antiguas estuvieron representadas por dioses o semidioses, a saber:

  • Dinastías de los Neteru (dioses): 13.900 años. (Entre ellos consta una parte destacada del panteón egipcio: Ptah, Ra, Geb, Osiris, Horus...)
  • Dinastías de héroes o semidioses: 1.255 años.
  • Primer linaje de reyes: 1.817 años.
  • 30 reyes de Menfis: 1.790 años.
  • 10 reyes de This: 350 años.
  • Reinado de los Espíritus de la Muerte: 5.813 años. 

El dios Osiris
Cabe señalar que ya en tiempos antiguos se puso en duda que Manetón se refiriera a años solares, y se planteó la posibilidad de que se tratase de periodos lunares, de mucha menos extensión, dando un total en años solares de poco más de 2.000. Por ejemplo, según Sincelo, el dios Hefestos, comparable a Ptah, (el primero de la dinastía I de dioses) habría reinado unos 727 años –que ya es una cifra imponente– y no los 9.000 citados literalmente por Manetón. Claro está que de no ser así, el origen de la realeza egipcia se remontaría a casi 25.000 años (solares) atrás. Lógicamente, para la egiptología tales fechas son disparatadas pues en dicha época Egipto todavía estaría en la fase de Paleolítico superior, en que no habría el más mínimo atisbo de civilización o de reino unificado de tribus locales.

No obstante, tenemos otras fuentes que refrendan la presencia de esos reyes-dioses predinásticos. Por un lado, disponemos de un documento escrito en tiempos de la dinastía XIX llamado Papiro (o Canon) de Turín, conservado en dicha ciudad italiana y que recoge un listado de dinastías históricas precedidas por las dinastías divinas, coincidiendo en gran parte con lo aportado por Manetón, lo cual indica que, pese al paso de los siglos, el sacerdote no había fabulado ni tergiversado nada sobre el pasado remoto de su país, sino que había recogido fielmente la tradición conservada. La diferencia más destacable con Manetón reside en el hecho de que esta lista concluye citando un periodo de 13.420 años para los Shemsu Hor (“Seguidores de Horus”, equivalentes a los Espíritus de la Muerte) precedido por una era de 23.300 años de otros reinados, lo cual arroja un total de 36.620 años antes de las dinastías históricas.

Y no es el único testimonio que confirma a Manetón: también cabe citar la Piedra de Palermo (de la dinastía V), que –aun estando incompleta– registra un listado de 120 reyes predinásticos, y la Lista Real del templo de Seti I (dinastía XIX) en Abydos. En este templo hallamos una larga galería grabada completamente con jeroglíficos, con los nombres de los faraones egipcios desde el principio de los tiempos. Así, a un lado se pueden leer los nombres de los 76 faraones desde Menes hasta Seti (unos 1.700 años). Y en la pared opuesta se pueden leer los nombres de los 120 reyes-dioses que precedieron la era de Menes. Por tanto, es evidente que la noción de continuidad o herencia política de la realeza estaba reflejada en un solo monumento. Y en todos estos casos citados, los nombres de los reyes divinos o semidivinos estaban enmarcados en el tradicional óvalo o cartucho, lo que indica que tenían la misma consideración de monarcas que los faraones “recientes”.

Fragmento de la Lista Real en templo de Seti I (Abydos)
Además, es oportuno remarcar que los antiguos egipcios creían firmemente en una remota época dorada, en la que se fundó su civilización, a la que llamaban Zep Tepi (literalmente “tiempo primero”). En dicho Zep Tepi, un tiempo de paz y prosperidad, los dioses –los Neteru– gobernaban Egipto con sabiduría y convivían con los semidioses y los hombres. Los Neteru solían tener forma humana –masculina o femenina– pero también podían tomar forma de animal o planta, y poseían facultades y habilidades sobrehumanas. Esta creencia fue recogida por el historiador griego Diodoro Sículo en el siglo I a. C. cuando visitó Egipto. Allí, los sacerdotes egipcios le dijeron que los reyes-dioses habían gobernado durante unos 18.000 años, siendo el último de ellos Horus, y luego habrían venido las dinastías de reyes mortales, con una duración de poco menos de 5.000 años.

Hasta aquí los hechos. Como es obvio, el quid de la cuestión radica básicamente en cómo los interpretamos. Para la ciencia histórica actual, no hay lugar para referencias a una Edad de Oro ni para dioses o semidioses, pues la visión que se tiene de esa época es que la religión y la mitología llenaban la vida de los pueblos antiguos hasta el punto de dar por reales cosas que de ningún modo pudieron haber ocurrido, o que al menos ocurrieron de forma muy diferente. En ese contexto, los antiguos eran incapaces de separar lo mítico de lo histórico y daban como indiscutible la existencia de unos dioses que en los tiempos más distantes reinaron sobre los humanos. Otra cosa más creíble es que los monarcas más destacados llegaran a ser divinizados por el mero hecho de ocupar una posición de absoluto poder y prestigio, como ocurrió en todo el Mundo Antiguo e incluso en épocas posteriores.

El principal problema, empero, es la cronología. Hablar de reyes y civilizaciones hace muchos miles de años se da como fuera de lugar, pues en esas fechas –según el registro arqueológico– sólo había comunidades de cazadores-recolectores que más tarde derivaron en comunidades agrícolas y ganaderas, al pasar del Paleolítico al Neolítico, que a su vez sería el germen de la civilización. Para hacernos una idea del desfase, digamos que la transición de una época a otra rondaría el 9º milenio antes de Cristo en Oriente Medio y poco después de Egipto. Esto es, entre el salvajismo y primitivismo del Paleolítico y el arranque de la civilización sólo mediaron unos 6.000 años de Neolítico. Nada de esto cuadra con las enormes cifras en años –sobre todo las de Sumeria– de los reinados míticos de reyes-dioses.

Así pues, para la arqueología, que existieran reinos más o menos unificados hace 10, 15 ó 20.000 años se considera algo propio de la mitología, y ya no digamos que esos reyes fueran dioses y que vivieran durante siglos (¡o milenios!). La arqueología se fundamenta en los hallazgos arqueológicos y no admite ningún vestigio de civilización anterior al 4º milenio antes de Cristo, quizá exceptuando los sorprendentes restos de Göbleki Tepe (en Turquía), datados cinco milenios antes.

Zecharia Sitchin
Si ahora nos referimos a la arqueología alternativa, el enfoque es bastante distinto. En un extremo tendríamos al citado Z. Sitchin, que tomó la conocida mitología sumeria y la leyó directamente como historia, tomando o retocando los elementos oportunos en función de una clave alienígena. Así pues, según él, los Anunnaki aterrizaron en la Tierra hace unos 450.000 años y ejercieron de monarcas de los humanos –creados por ellos mismos– desde el 300.000 a. C. en adelante. Sólo al marcharse (momento que Sitchin sitúa en el 3º milenio a. C.), dejarían su legado civilizador a los reyes plenamente humanos. Otros autores han seguido por esta línea y mezclan la mitología con el asunto extraterrestre y todos sus derivados, lo que complica más el asunto. A efectos científicos, sustituir dioses por alienígenas no aporta ni explica nada, por no mencionar las tremendas libertades que se tomó Sitchin para reinterpretar los antiguos textos sumerios, ajustando todo lo que hiciese falta a los parámetros de su teoría.

Ahora bien, existe otra línea de investigadores que apuesta por la existencia de una civilización primigenia humana que fue destruida en su casi totalidad por el Diluvio y que pudo renacer –pero ya de forma tenue– varios milenios más tarde. En general, estos autores consideran que los antiguos escribieron con precisión sobre el origen de su civilización y que los modernos arqueólogos han despreciado ese testimonio a causa de sus muchos prejuicios. Así por ejemplo, para el egiptólogo alternativo John Anthony West resulta ridículo que los egiptólogos afirmen conocer mejor la historia de Egipto que los propios egipcios y que descarten las pruebas escritas cuando no encajan con su esquema mental. En este sentido, existe un evidente sesgo académico en la concepción de la Historia que desde Darwin –e incluso antes– se ha visto como un proceso evolutivo lineal, de menos a más, por el cual la civilización de los antiguos debe proceder de un estadio cultural inferior.

Oannes, el ser anfibio civilizador
Para algunos autores alternativos el proceso no funciona así y consideran que las civilizaciones antiguas fueron el renacer o el legado de una civilización desaparecida superior cuyo rastro puede encontrarse aún en determinados logros arquitectónicos erróneamente atribuidos a los antiguos. Así, no sería imposible plantear que esos reyes divinos fueran en realidad supervivientes de un mundo perdido y que realizaron una lenta labor de recuperación a lo largo de los siglos, como podemos ver en civilizaciones a uno y otro lado del Atlántico con personajes como Oannes o Viracocha. En una línea semejante están los que creen que la Humanidad está sometida a ciclos cósmicos –o sea, círculos– en los que la linealidad no tiene sentido. Así, a través de diversas eras, de lo más alto –la Edad de Oro– se va cayendo hasta el punto más bajo y desde ahí la Humanidad va recuperando la plenitud para volver a iniciar otro ciclo.

Desde esta perspectiva podríamos especular –sólo a modo de hipótesis– con la idea de que sumerios y egipcios registraron con rigor su pasado de oro, una era anterior en que los humanos disponían de capacidades muy superiores, lo que incluiría una gran longevidad. Este concepto nos permitiría hablar de dioses y semidioses no en un sentido extraterrestre ni sobrenatural, sino en el que propone la historia cíclica, en el cual la conciencia modifica la realidad y por tanto puede jugar con otras reglas en el campo de la física, la biología u otras ciencias. En cuanto a la posible imaginación a la hora de recuperar ese pasado, podemos conceder que la transmisión milenaria pudo distorsionar la realidad original –no sabemos cuánto– pero parece muy forzado pensar que los antiguos se dedicaron a “inventar” arbitrariamente reinados y dioses de una época remotísima. Las referencias claras a monarcas, ciudades, reinos y duraciones de reinado –aunque sean aproximadas– sugieren que tales datos fueron conservados con celo por la tradición oral a lo largo de milenios y que en su momento fueron puestos por escrito quizá por el miedo a perder el recuerdo.

En definitiva, colocar las series de reyes-dioses de los antiguos en el mero campo de la religión o de la superstición podría ser un grave error para una visión histórica y arqueológica abierta a todas las posibilidades. En mi opinión, siguiendo la línea de otros autores herejes como René Schwaller de Lubicz, Albert Slosman o Clesson Harvey, pienso que hemos malentendido en gran parte las antiguas civilizaciones, en especial Egipto, y que detrás de ese pasado mítico de reyes-dioses se esconde una realidad que de momento se escapa a nuestra plena percepción. De hecho, para Harvey los ya citados seguidores de Horus o Shemsu-Hor eran iniciados en altos saberes de la conciencia y se remontaban a la era predinástica. En realidad, ellos serían los responsables de la construcción de las pirámides. Así pues, según el investigador estadounidense, no se trataría de seres míticos –como afirma la egiptología– sino de personas reales de carne y hueso, una especie de minoría de elegidos que habrían vivido en un nivel de conciencia más alto que el nuestro. Sólo el tiempo y una investigación rigurosa y sin prejuicios nos podrán aportar alguna pista al respecto.

© Xavier Bartlett 2018

Fuente imágenes: Wikimedia Commons 


[1] Manetón escribió una Historia de Egipto, pero que se perdió en su versión original. Lo que ha llegado hasta nosotros ha sido un compendio de fragmentos a cargo de varios autores posteriores, sobre todo Flavio Josefo, Julio Africano, Eusebio y Sincelo.

jueves, 30 de marzo de 2017

Ni Von Däniken ni los académicos




Parece que actualmente se van acumulando más y más noticias sobre la posible existencia de vida inteligente fuera de nuestro planeta, avaladas incluso por instituciones tan oficiales como la propia NASA. Y mientras tanto, las viejas teorías sobre hipotéticas visitas extraterrestres en el pasado –lejos de ser olvidadas o marginadas– cobran nueva fuerza a través de los medios de comunicación y de Internet en particular. 

Así, desde fuera del fenómeno, da la impresión de nos quieren hacer creer en los alienígenas sí o sí, demostrando que están ahí fuera y que de hecho han estado con nosotros a lo largo de los milenios. Y a todo esto, el estamento científico oficial sigue instalado en su cómodo paradigma evolucionista y ha ido ignorando o despreciando cualquier asalto por parte de los proponentes de la teoría de los antiguos astronautas.

Podríamos considerar, en efecto, que a la hora de analizar el pasado más distante no puede haber dos posiciones más enfrentadas que la de los defensores de las paleovisitas y la del estamento académico arqueológico, pero... ¿es así realmente? ¿O son dos caras de una misma moneda? ¿O dos tendencias que se retroalimentan eficazmente la una a la otra? Propongo ahora una breve reflexión sobre este dilema en arqueología, que tiende a simplificar los debates y a escurrir el bulto de las verdaderas incógnitas sobre la historia más remota de la Humanidad.

E. Von Däniken
Por un lado, tenemos la citada teoría de los antiguos astronautas que fue popularizada por el investigador suizo Erich Von Däniken, que si bien no la ideó, sí le dio el empaque y la difusión necesaria para calar ente amplias capas sociales. La propuesta de Von Däniken partía, de hecho, de las observaciones realizadas por los autores del llamado realismo fantástico, que pusieron de manifiesto que el pasado estaba lleno de misterios e incongruencias que no tenían una explicación lógica, y que de algún modo la presencia de unos supuestos dioses que “civilizaron” (o incluso crearon) al ser humano era la que podía explicar tales incongruencias. Y como en aquella época la carrera espacial estaba en pleno auge y la ufología se instalaba como ciencia que trataba de relacionar los extraños fenómenos celestes con seres de otros planetas, no es de extrañar que Von Däniken llegase a una conclusión evidente: los dioses fueron en realidad astronautas venidos en sus naves de lejanos planetas. Así pues, todas las maravillas arquitectónicas o técnicas que no parecían encajar en un mundo antiguo y primitivo, debían ser –por fuerza– obra de unos seres avanzados no humanos.

Y detrás de este modelo de pensamiento, vemos que Von Däniken asume que el escenario histórico propuesto por el mundo académico es básicamente correcto, al aceptar que el ser humano de la Prehistoria –e incluso de las primeras civilizaciones–estaba en un estadio muy primitivo de conocimiento y que sus habilidades, medios y recursos para emprender según qué gestas eran simplemente insuficientes. Así pues, no se podía esperar gran cosa de los humanos de la Edad de Piedra, y en consecuencia se debería deducir que para llevar a cabo determinados logros necesitasen la ayuda o colaboración de unos seres humanoides mucho más avanzados, que lógicamente eran los alienígenas. Por lo tanto, las grandes pirámides, los enormes monumentos megalíticos, la ciudad de Tiwanaku o la de Teotihuacán, los artefactos como la pila de Bagdad, las bombillas de Dendera o el mecanismo de Antikythera, etc. serían el resultado de una intervención extraterrestre.

Naturalmente, si ahora nos vamos al ámbito académico de la arqueología, nos encontramos con una férrea oposición a la posibilidad de las visitas extraterrestres. Desde su visión darwinista, los académicos plantean una evolución biológica y cultural de la Humanidad, pasando a través de los siglos de lo más primitivo a lo más avanzado. No obstante, el escenario de Von Däniken podría suponer un dolor de cabeza para estas explicaciones evolutivas pues no pueden negar que hay unos restos, unos objetos y unos conocimientos muy notables en un contexto aparentemente demasiado antiguo. ¿Cómo solucionan pues este dilema?

La gigantesca Piedra del Sur (Baalbek)
La interpretación tradicional frente a las proclamas altisonantes de Von Däniken ha sido precisamente rebajar sus expectativas y diluir los supuestos misterios. Así, al hablar de conocimientos astronómicos, tallado y transporte de grandes bloques y otros asuntos polémicos, la ortodoxia afirma que no hay para tanto y que todo estaba al alcance de las antiguas culturas humanas de hace miles de años. Por tanto, consideran –por ejemplo–que el asunto del trabajo de la piedra no era especialmente complicado aunque sí muy lento y laborioso, pero que podía hacerse con herramientas simples, y mucha habilidad y esfuerzo. Todo ello se plasmaba en edificaciones propias de la época como templos, tumbas, pirámides, etc., que encajan perfectamente en el marco cronológico de hace unos pocos miles de años.

Otra cosa, desde luego, es que podamos ponerle muchos peros a tales interpretaciones, pues muchas veces los argumentos esgrimidos se salen por la tangente, acudiendo a axiomas mantenidos durante décadas o a simples suposiciones y conjeturas. Y ello por no citar los proyectos de arqueología experimental, que a veces ofrecen resultados inciertos o fracasan estrepitosamente. Esto no implica, claro está, que los antiguos no pudieran realizan obras enormes o alcanzar logros sobresalientes con los medios y metodologías que teóricamente estaban a su disposición, pero hay ciertos límites que no pueden ser sobrepasados. El problema es que la ortodoxia mete todo en el mismo saco y se desentiende de lo que no puede explicar de una manera convincente.

Civilización: ¿con o sin alienígenas?
En cualquier caso, si comparamos ambas visiones, vemos que ambas comparten un mismo sustrato conceptual, un evolucionismo rígido que pone al hombre del pasado remoto en un estadio de barbarie e ignorancia que fue progresivamente superado gracias al fenómeno de la civilización. La clave está en que los académicos ven la civilización como un proceso “natural” derivado de la evolución cultural de la Edad de Piedra[1], mientras que Von Däniken y todos sus seguidores (muy en especial Sitchin) no creen en el salto evolutivo espontáneo sino en la intervención directa de unos seres extraterrestres que crearon y tutelaron al ser humano en sus primeras fases de desarrollo.

Lo cierto es que, a día de hoy, no hay pruebas fehacientes e irrefutables de esas visitas alienígenas pese a los miles de libros y documentales que se han realizado al respecto. Personalmente, desde la discrepancia, creo que la labor de Erich Von Däniken merece un respeto y un reconocimiento porque durante décadas ha estado investigando numerosos temas espinosos y ha realizado cientos de preguntas incómodas al estamento académico desde su posición de investigador dominguero (tal como él mismo se definió). Sin embargo, su falta de erudición y su obstinada fijación en una tesis intocable le hizo cometer muchísimos errores y deslices, por no mencionar algunos intentos de manipulación y fraude y la siempre presente sombra del negocio literario por encima de cualquier consideración científica.

Ahora bien, para ser sinceros y justos, tampoco podemos negar al 100% que existan civilizaciones extraterrestres en lejanos planetas o que las famosas paleovisitas no hubieran tenido lugar. Este es el clásico problema de intentar demostrar que algo no existe, lo cual es absurdo, y de hecho no es el objetivo de la ciencia. Así pues, la teoría de los antiguos astronautas merece una consideración dentro del ámbito científico pero no deja de ser simplemente un escenario posibilista que algunos nos quieren vender como realidades irrefutables a partir de unas supuestas pruebas basadas en el paradigma que ya hemos comentado: “si es demasiado avanzado, debe venir de otro planeta”.

El dios Quetzalcoatl
A su vez, el mundo académico no ve nada de extraño en los logros del pasado y acusa a los paleoastronáuticos de menospreciar la grandeza de las antiguas civilizaciones. Y por supuesto, cualquier mención a dioses, semidioses, héroes, Edades de Oro, etc. es enviada al cómodo cajón de sastre de las mitologías, las creencias y la superstición propia de los antiguos. En cualquier caso, consideran que el ser humano nunca ha estado tan avanzado en conocimientos y tecnología como en el momento actual, siguiendo la ortodoxia evolucionista, y por tanto no se puede admitir que en algún momento nuestros antepasados estuviesen situados en un estadio superior de desarrollo.

De este modo, el mundo académico se siente muy cómodo al tener como oponente principal a esos lunáticos que hablan abiertamente de extraterrestres, tecnologías fantásticas y platillos volantes porque les resulta muy fácil ridiculizarlos o ignorarlos, como ya hizo en su día Carl Sagan, auténtico estandarte de la ciencia moderna frente a los creyentes en las pseudociencias. Basta citar, por ejemplo, esta declaración inequívoca de Sagan para ver por dónde van los tiros:
“El interés mostrado por los ovnis y los astronautas antiguos parece derivar, al menos en parte, de necesidades religiosas insatisfechas. Pon lo general, los extraterrestres son descritos como seres sabios, poderosos, llenos de bondad, con aspecto humano y frecuentemente arropados con largas túnicas blancas. Son, pues, muy parecidos a dioses o ángeles que, más que del cielo, vienen de otros planetas, y en lugar de alas usan vehículos espaciales. El barniz pseudocientífico de la descripción es muy escaso, pero sus antecedentes teológicos son obvios. En la mayoría de los casos los supuestos astronautas antiguos y tripulantes de ovnis son deidades escasamente disfrazadas y modernizadas, deidades fácilmente reconocibles. Un informe británico reciente sobre el tema llega incluso a señalar que es mayor el número de personas que creen en la existencia de visitantes extraterrestres que en la de Dios.”[2]
Pero no hace falta ser muy avispado para apreciar que esta polaridad centrada en la presencia o no de alienígenas es en realidad un debate distorsionado e incompleto, que trata de poner o quitar a los extraterrestres como recurso para explicar determinadas anomalías arqueológicas. Es evidente que ambos bandos no están demasiado interesados en explorar una vía alternativa que rompe completamente con la concepción evolucionista, y que no es otra que la historia cíclica. Así pues, según este escenario ya expuesto por muchas culturas antiguas en todos los continentes, el tiempo no es lineal sino cíclico... y tampoco son precisos los extraterrestres para explicar según que cosas. De alguna manera, esta línea es la que mantienen –con matices– algunos autores como Graham Hancock o John Anthony West, que creen en la existencia de una Edad de Oro o civilización desaparecida que precedió a las primeras civilizaciones conocidas y a las que transmitió muy tenuemente su legado, ya que se produjo una evidente caída o degeneración.

El "mundo perdido"
Desde este enfoque, los alienígenas no son en absoluto necesarios, porque esos dioses de Von Däniken seríamos nosotros mismos en un estadio superior de conciencia que posibilitaría la realización de esos grandes logros que la ciencia oficial atribuye a las antiguas civilizaciones. Dicho de otro modo, los “superhumanos” de esa remota época vivirían en un entorno de alta tecnología (pero no como la nuestra) y serían capaces de llevar a cabo obras que hoy nos parecen una barbaridad por sus dimensiones y complicaciones técnicas[3]. Y en este escenario podemos especular con la idea de que la Atlántida citada por Platón –y otras realidades similares mencionadas en otras tradiciones antiguas– podría simbolizar esa Edad de Oro, aunque lógicamente los antiguos no podían reconstruir la grandeza y complejidad de ese pasado mítico y tenían que referirse a él en términos comprensibles para ellos mismos.

En consecuencia, esta propuesta de un mundo anónimo desaparecido –pero humano–rompe con la idea de Von Däniken de que ciertas maravillas del pasado se debieron a la irrupción puntual de unos astronautas venidos de Dios sabe dónde. Asimismo, pone de manifiesto que la rígida visión de que no hay ninguna anomalía –según defienden los académicos– no es aceptable, pues tratar de encajar “con calzador” unas realidades que incluso hoy en día superan a nuestro saber más avanzado es un ejercicio de hipocresía y de falta de rigor científico.

Y ahí está el eterno mito de la caída del hombre. La pérdida de su poder, de su mayor nivel de conciencia. Quizá esa sea la clave para poder avanzar en el estudio de la historia más remota y extraer conclusiones. No avanzamos, sino que retrocedemos. Como repetidamente ha dicho Graham Hancock: somos víctimas de una enorme amnesia histórica.

© Xavier Bartlett 2017


[1] Representada básicamente por lo que el arqueólogo Gordon Childe llamó “revolución neolítica”, un cambio radical en las formas de vida, pasando de una mera subsistencia a partir de la caza y recolección a una sociedad compleja y diversificada, basada en la producción y acumulación de alimentos y bienes.
[2] SAGAN, C. El cerebro de Broca. Ed. Grijalbo, 1984.
[3] Esto implica, obviamente, que la arqueología oficial ha interpretado y datado incorrectamente muchos monumentos de la Antigüedad o ha querido pasar por alto ciertas anomalías que resultan mucho más significativas para arquitectos o ingenieros.

domingo, 13 de noviembre de 2016

La precesión y los ciclos de la conciencia



Hay que reconocer que una de las grandes aportaciones de la arqueología alternativa ha sido el impulso de la arqueoastronomía, la ciencia que estudia los conocimientos astronómicos del pasado más remoto. Estos esfuerzos, a veces basados en la pura mitología y otras en las observaciones sobre el terreno, tienen como fin demostrar que los antiguos tenían altos conocimientos astronómicos, incluso muy superiores a los que tradicionalmente se les ha atribuido. Dichos conocimientos, además, no sólo se vieron reflejados en tradiciones, rituales o aplicaciones prácticas, sino también en observaciones propiamente científicas, y sobre todo en monumentos, ya fuera para observar los astros y los fenómenos celestes o para representar el firmamento sobre la tierra, según la máxima hermética (“así como es arriba, así es abajo”).

Uno de los aspectos más llamativos de la arqueoastronomía ha sido sin duda el reconocimiento de una antigua obsesión por la observación del movimiento de balanceo de la Tierra sobre su eje, lo que técnicamente se llama precesión de los equinoccios, y que representa el paso de la Tierra por todas las constelaciones del Zodíaco, con una duración completa de más 25.000 años[1]. La historia convencional nos dice que la precesión no fue descubierta hasta el siglo II a. C. por el griego Hiparco de Nicea. Sin embargo, muchos autores alternativos han aportado indicios de que la precesión ya era conocida por las primeras civilizaciones e incluso por los constructores de los megalitos. ¿Pero por qué era tan importante para los antiguos determinar la precesión?

En el artículo que presento seguidamente, el astrónomo amateur e investigador independiente Walter Cruttenden nos introduce en el fenómeno de la precesión, no sólo ofreciendo una teoría astronómica para su razón de ser sino también interpretando el sentido último de este movimiento, que –según consideraban los antiguos– estaba relacionado con grandes ciclos de la conciencia que afectaban directamente al desarrollo y evolución de la Humanidad. De este modo, la precesión sería como un marcador de las sucesivas etapas alternas de oscuridad (materialismo) e iluminación (espiritualidad), lo cual ha dado pie a las teorías que afirman que la historia no es lineal sino cíclica. 

 

Un antiguo mensaje para el futuro



Todos conocemos los dos movimientos celestes que tienen un profundo efecto sobre la vida y la conciencia. El diurno, la rotación de la Tierra sobre su eje, hace que los seres humanos se desplacen de un estado de vigilia a un estado subconsciente o de sueño cada veinticuatro horas. Nuestros cuerpos se han adaptado tan bien a la rotación de la Tierra que apenas consideramos este proceso de cambios regulares en la conciencia como algo notable. La revolución de la Tierra alrededor del Sol –el segundo movimiento celeste, identificado por Copérnico– tiene un efecto igualmente significativo, que hace que miles de millones de formas de vida broten del suelo, florezcan, fructifiquen y luego se descompongan mientras miles de millones de otras especies hibernan, engendran o migran en masa. Nuestro mundo visible brota literalmente a la vida, cambia completamente de color y de ritmo, y luego se invierte con cada crecimiento y descenso del segundo movimiento celeste.


El tercer movimiento celeste, la precesión de los equinoccios, es menos entendido que los dos primeros, pero si hemos de creer el mensaje de las culturas antiguas de todo el mundo, su efecto es igualmente transformador. Lo que disimula el impacto de este movimiento es su escala de tiempo. Al igual que la efímera[2], que vive sólo un día al año y no sabe nada de las estaciones, el ser humano tiene una vida promedio que comprende sólo 1/360 del ciclo de precesional de aproximadamente 24.000 años. Y así como la efímera nacida en un día nublado y sin viento no tiene idea de que hay algo tan espléndido como el sol o la brisa, también nosotros, nacidos en una era de racionalidad materialista, tenemos poca conciencia de una Edad de Oro o de estados más altos de conciencia, pues ese es el mensaje ancestral.


El clásico de Santillana y Dechend
Giorgio de Santillana, ex profesor de historia de la ciencia en el MIT, nos dice que la mayoría de las antiguas culturas creían que la conciencia y la historia no eran lineales sino cíclicas, esto es, ascendían y decaían durante largos períodos de tiempo. En su obra emblemática, Hamlet’s Mill (“El molino de Hamlet”), Santillana y su coautora Hertha von Dechend muestran que el mito y el folklore de más de treinta antiguas culturas hablaban de un vasto ciclo de tiempo que abarcaba épocas oscuras y doradas alternativamente,  las cuales se movían con la precesión de los equinoccios. Platón llamó a este vasto ciclo el Gran Año.


Aunque la idea de un gran ciclo, visto en el cielo como la lenta precesión de los equinoccios, era común a numerosas culturas anteriores a la era cristiana, a la mayoría de nosotros no se nos enseñó nada sobre ésta, o –si era mencionada– se describía como un cuento de hadas de culturas primitivas. Bajo este paradigma del siglo XX no podía existir una Edad de Oro. Sin embargo, un creciente número de nuevas pruebas astronómicas y arqueológicas sugiere que este ciclo, de hecho, puede tener una base. Más importante aún, la comprensión de este ciclo podría proporcionarnos una visión de la dirección de la civilización en este momento y dar crédito a la opinión de que la conciencia puede expandirse a una tasa exponencial en un futuro no muy lejano. Comprender la causa de la precesión es clave.


La precesión observada


La observación de los tres movimientos de la Tierra es bastante simple. En la primera, la rotación, vemos el Sol levantarse en el este y ponerse en el oeste cada veinticuatro horas. Y si tuviéramos que mirar las estrellas sólo una vez al día, veríamos un patrón similar durante un año: las estrellas se elevan en el este y se ponen en el oeste. Las doce constelaciones del Zodíaco –los antiguos marcadores del tiempo que se encuentran a lo largo de la eclíptica, el sendero del Sol– pasan sobre nosotros a razón de una al mes y regresan al punto de partida de nuestra observación celestial al final del año. Y si nos fijáramos una vez al año, digamos en el equinoccio de otoño, notaríamos que las estrellas se mueven de forma retrógrada (frente a los dos primeros movimientos) a razón de aproximadamente un grado cada setenta años. A este ritmo, el equinoccio cae sobre una constelación diferente aproximadamente una vez cada 2.000 años, lo que lleva alrededor de 24.000 años para completar su ciclo a través de las doce constelaciones. A esto se llama la precesión (el movimiento hacia atrás) de los equinoccios en relación con las estrellas fijas.

Movimiento de precesión
La teoría convencional sobre la precesión afirma que la causa principal de la orientación cambiante de la Tierra hacia el espacio inercial –o sea, la “precesión”– debe ser la acción de la gravedad de la Luna sobre la Tierra oblata. Sin embargo, esta teoría fue desarrollada antes de que los astrónomos aceptaran que el sistema solar se podía mover; así pues, esta teoría ha sido considerada por la Unión Astronómica Internacional como “inconsistente con la teoría dinámica”. La antigua astronomía oriental, tal como la describe el sabio indio Yukteswar en su libro La Ciencia Sagrada (1894), enseña que un equinoccio que se mueve lentamente o “precediendo” a través de las doce constelaciones del Zodíaco es simplemente debido al movimiento del Sol curvándose a través del espacio alrededor de otra estrella, que cambia nuestro punto de vista de las estrellas de la Tierra. En el Binary Research Institute (Instituto de Investigación Binaria), hemos modelado un sistema solar en movimiento y encontramos que de hecho tal modelo reproduce mejor la precesión observable, al tiempo que resuelve una serie de anomalías del sistema solar. Esto sugiere fuertemente que la explicación antigua puede ser la más plausible, si bien los astrónomos todavía no han descubierto una estrella compañera al Sol de la Tierra.

Más allá de las consideraciones técnicas, un sistema solar en movimiento parece proporcionar una razón lógica para que podamos tener un Gran Año –usando el término de Platón– que alterna las edades oscuras y doradas. Es decir, si el sistema solar que transporta la Tierra se mueve realmente en una enorme órbita, sometiendo a la Tierra al espectro electromagnético (EM) de otra estrella o fuente de EM a lo largo del camino, podríamos esperar que esto afectase a nuestra magnetosfera, a la ionosfera y muy probablemente a toda la vida en un patrón proporcional a esa órbita. Así como los movimientos diurnos y anuales más pequeños de la Tierra producen los ciclos de día y de noche y las estaciones del año (ambos debido a la posición cambiante de la Tierra en relación con el espectro electromagnético del Sol), también se podría esperar que el movimiento celeste produjese un ciclo que afectase a la vida y a la conciencia a gran escala. 

Amit Goswami
El trabajo de la Dra. Valerie Hunt, ex profesora de fisiología en la UCLA (Universidad de California-Los Ángeles), nos ofrece una hipótesis sobre cómo podría verse afectada la conciencia por tal ciclo celestial. En varios estudios ha descubierto que los cambios en el campo EM ambiental –que nos rodea todo el tiempo– pueden afectar drásticamente a la cognición y el comportamiento humanos. En resumen, la conciencia parece estar afectada por campos sutiles de luz, o como dice el físico cuántico, el Dr. Amit Goswami: “La conciencia parece preferir la luz”. De acuerdo con el mito y el folclore, el concepto detrás del Gran Año o el modelo cíclico de la historia está basado en el movimiento del Sol a través del espacio, sometiendo a la Tierra al aumento y disminución de los campos estelares (todas las estrellas son enormes generadores de espectros EM), resultando en el legendario ascenso y caída de edades durante grandes periodos de tiempo.

Una perspectiva histórica


Las teorías actuales de la historia ignoran por lo general los mitos y el folclore y no consideran que exista ninguna gran influencia externa sobre la conciencia. En su mayor parte, la teoría de la historia moderna defiende que la conciencia (o la historia) se mueve en un patrón lineal desde lo primitivo a lo moderno, con pocas excepciones, e incluye los siguientes principios:
  • La humanidad evolucionó desde África [hacia el resto del planeta].
  • Los humanos fueron cazadores-recolectores hasta hace unos 5.000 años.
  • Las tribus se unieron primeramente para protegerse de otras comunidades agresoras.
  • La comunicación escrita precedió a las grandes estructuras de ingeniería o a las  populosas civilizaciones.

Pirámides de Caral
El problema con este paradigma ampliamente aceptado es que no es consistente con la evolución de la interpretación de antiguas culturas y artefactos anómalos recientemente descubiertos. En los últimos cien años, se han realizado importantes descubrimientos en Mesopotamia, en el Valle del Indo, en América del Sur y en muchas otras regiones que rompen las reglas de la teoría de la historia y hacen retroceder en el tiempo el desarrollo humano avanzado. 


Específicamente, muestran que los pueblos antiguos eran, en muchos sentidos, mucho más competentes y civilizados hace casi cinco mil años que durante las más recientes edades oscuras de hace sólo quinientos a mil años. En Caral, un antiguo complejo de origen desconocido en la costa oeste del Perú, encontramos seis pirámides que datan del 2700 a. C., una fecha contemporánea con las pirámides egipcias y que rivaliza con el tiempo de las primeras grandes estructuras encontradas en la llamada Cuna de la civilización en Mesopotamia. Caral está a un océano de distancia de esa Cuna. Allí no encontramos restos de escritura o de armamento, dos de los llamados requisitos de la civilización, pero sí encontramos hermosos instrumentos musicales, estructuras alineadas astronómicamente y pruebas de comercio con tierras lejanas, todo ello signo de una cultura pacífica y próspera.

Göbekli Tepe presenta un desafío aún mayor a los discursos convencionales de la historia. Datado aproximadamente hacia el 9000 a. C., este yacimiento en Turquía contiene una arquitectura impresionante, incluyendo muchos pilares tallados de grandes proporciones, y eso que sólo se ha excavado cerca del 10% (de todo el complejo). Descubrir que algo tan grande y complejo existió mucho antes de las fechas aceptadas para la invención de la agricultura y la cerámica es un enigma arqueológico. Estos yacimientos desafían el paradigma histórico convencional. Y lo que es más extraño es que muchas de estas civilizaciones parecieron decaer masivamente. En la antigua Mesopotamia, Pakistán, Jiroft[3] y las tierras adyacentes, encontramos conocimientos de astronomía, geometría, técnicas avanzadas de construcción, sofisticados sistemas de conducción de agua, un arte increíble, tintes y tejidos, cirugía, medicina y muchos otros refinamientos de una cultura civilizada que parecen haber surgido de la nada y que se perdieron por completo en los siguientes miles de años.

El antiguo Egipto en ruinas
En el tiempo de las edades oscuras mundiales, todas estas civilizaciones, incluyendo las grandes como Egipto y el Valle del Indo, se habían convertido en polvo o en formas de vida nómadas. Casi en las profundidades de la recesión cíclica, había ruinas y poco más, y la población local no sabía nada de los constructores, a excepción de lo que contaban las leyendas. En algunas zonas donde aún quedaban grandes poblaciones, como en algunas partes de Europa, la pobreza, la peste y la enfermedad campaban a sus anchas, y la capacidad de leer, escribir o replicar cualquiera de las hazañas anteriores en ingeniería o ciencia básicamente había desaparecido. ¿Qué ocurrió?

Si bien los registros de este período siguen siendo irregulares, la evidencia arqueológica indica que la conciencia, reflejada en el ingenio humano y su capacidad, se redujo considerablemente. La Humanidad parecía haber perdido la capacidad de hacer las cosas que solía hacer. Curiosamente, esto es lo que predijeron muchas culturas antiguas. Stefan Maul, el más destacado asiriólogo del mundo, arrojó luz sobre este fenómeno en su serie de Conferencias Presidenciales de Stanford de 1997. Maul dijo que los acadios sabían que estaban viviendo en una era en declive. Veneraban el pasado como un tiempo más alto y trataban de aferrarse a él, pero al mismo tiempo, predijeron y lamentaron las edades oscuras que iban a suceder. Sus estudios etimológicos de las tablillas cuneiformes muestran que las antiguas palabras para designar el “pasado” se han convertido en nuestras palabras para el “futuro” y que las antiguas palabras para el “futuro” se han convertido en nuestras palabras para el “pasado”, dependiendo de si nos acercamos a una Edad de Oro o nos alejamos de ésta.

Este principio de las épocas de aumento y disminución también se representa en numerosos bajorrelieves encontrados en templos antiguos de las “escuelas mistéricas” mitraicas. La famosa Tauroctonía, o escena de dar muerte a un toro, suele estar rodeada por dos muchachos, Cautes y Cautópates. Uno sostiene una antorcha en el lado ascendente del Zodíaco, indicando un tiempo de luz, y el otro sostiene una antorcha en el lado descendente del Zodíaco, indicando un tiempo de oscuridad. Estos períodos de tiempo se corresponden con la descripción de los griegos del movimiento de la Tierra a través de períodos de conciencia ascendente y descendente.

Mitra sacrificando al toro; véase a los lados a Cautes y Cautópates con sus antorchas invertidas

Jarred Diamond, célebre historiador y antropólogo y autor de Guns, Germs and Steel, nos demuestra que son principalmente las ventajas locales –geográficas y ambientales– las que determinan que un grupo de seres humanos tenga éxito o fracase frente a otro. Aquellos que tienen el acero, las armas y los gérmenes nocivos ganan. Aunque esto ayuda a explicar muchas diferencias regionales de los últimos miles de años, no aborda las grandes tendencias que parecen haber afectado a todas las culturas, incluyendo China y las Américas, que se sumergieron conjuntamente en la última edad oscura mundial. El modelo cíclico del Gran Año supera y amplía las observaciones de Diamond, ofreciendo una explicación para la recesión generalizada. Esto implica que no sólo la geografía y el ambiente de la Tierra determinan el éxito relativo de un pueblo, sino que también la geografía y el medio ambiente de la Tierra en el espacio afectan a la humanidad a una escala macroscópica. Así como los pequeños movimientos celestiales afectan decisivamente a la vida a corto plazo, igualmente parece que los grandes movimientos celestes modifican la vida a largo plazo, lo que resulta en las estaciones de un Gran Año.

La pila de Bagdad
Entender que la conciencia, de hecho, puede subir y bajar con los movimientos de los cielos da sentido a los antiguos mitos y al folclore y sitúa a las culturas y artefactos anómalos, como el dispositivo de Antikythera y la pila de Babilonia[4], en un contexto histórico que tiene sentido. Ello también explica por qué tantas culturas antiguas parecen haber estado fascinadas con las estrellas y nos proporciona un paradigma viable para entender la historia. También podría ayudarnos a identificar las fuerzas que propulsaron el Renacimiento y que pueden acelerar la conciencia en nuestra era actual. El mito y el folclore, el lenguaje científico de antaño, proporcionan una mirada más profunda a la conciencia a través de las edades.

Una mirada antigua hacia el futuro


El historiador griego Hesíodo habló de la maravillosa naturaleza de la última Edad de Oro, cuando abundó la “paz y la opulencia”, y los mitos Hopi nos hablan de las ciudades en el fondo del mar. Los pueblos antiguos suelen partir el gran ciclo en una fase ascendente y otra descendente, cada una con cuatro períodos. De acuerdo con las escrituras védicas, cuando el equinoccio otoñal se desplaza de Virgo a Aries, la humanidad se mueve a través de los yugas ascendentes, Kali, Dwapara, Treta y Satya, antes de declinar lentamente en orden inverso a medida que el equinoccio completa su viaje (el Satya Yuga marca una Era Dorada). Los griegos y otras civilizaciones mediterráneas tempranas describieron períodos similares y los llamaron Era del Hierro, del Bronce, de la Plata, y del Oro. A su vez, los antiguos mayas y los hopi usaron términos como “mundos” y “soles” y los numeraron para identificar épocas específicas. 


El paso cíclico de los yugas a través de los tiempos
Cualquiera que sea el lenguaje utilizado, el concepto es el mismo. En su libro, Sri Yukteswar explica que cuando nuestro sistema solar está en un punto más alejado de su estrella compañera, la conciencia de la humanidad está en su punto más bajo (lo que ocurrió alrededor del 500 d. C.) y cuando el Sol está en su punto más cercano (lo que tendrá lugar en el 12500 d. C.), la conciencia alcanza su punto más alto en este ciclo. Estos puntos celestes están situados en la intersección del Sol del equinoccio otoñal y en una de las doce constelaciones del Zodíaco, y así pues el equinoccio y las constelaciones conforman un reloj celestial, del mismo modo que nuestra hora y doce números conforman un reloj mecánico. Cuando el Sol del equinoccio otoñal está en Aries, que casi siempre se coloca en la posición de las doce en punto del Zodíaco, la Tierra está en el mejor ambiente estelar posible, facilitando que mucha gente experimente un estado de conciencia despierto. Cuando el Sol del equinoccio otoñal está en la constelación de Libra, las condiciones están en su peor momento, y entonces prevalece una edad oscura, un período de conciencia ilusoria.

En la actualidad, estamos sólo en unos cientos de años de la edad ascendente, cruzando lo que los griegos llamarían la Edad del Hombre (Hierro) hacia la Edad del Héroe (Bronce), aún muy lejos de la Edad de los Semidioses (Plata) y la Edad de los Dioses (Oro), que son totalmente inconcebibles para nosotros en este momento. Esto significa que ahora estamos despertando de una época en que la conciencia individual se percibía como una forma puramente física, viviendo en un universo estrictamente físico, a un tiempo en que comenzamos a vernos a nosotros mismos y al universo como más transparentes y mayormente compuestos de energía sutil. Esto comenzó con los descubrimientos del Renacimiento (principios de la electricidad, leyes de la gravitación, microscopios, telescopios, y otras invenciones que ampliaron nuestra conciencia) y se ha acelerado desde entonces con la aparición de la física cuántica, que nos muestra que la materia y la energía son intercambiables y que confirma los conceptos de Einstein acerca de la relatividad del tiempo y el espacio. En resumen, estamos de vuelta en el ascenso, apenas comenzando a recordarnos a nosotros mismos como conciencia pura que vive en un mundo de posibilidades no soñadas.

Según Paramahansa Yogananda, autor de la Autobiografía de un yogui, para el año 4100 d. C. (cuando crucemos el Treta Yuga propiamente dicho), “la telepatía y la clarividencia volverán a ser de conocimiento común”. Puede parecer estrambótico, pero según los mitos y el folclore, tal vez ya se dio antes en la Tierra tal época, alrededor del 3100 a. C., el último Treta Yuga. El Génesis designaría al Treta Yuga como la era pre-Babel, cuando la humanidad se comunicaba libremente con la naturaleza antes de que Dios “confundiera las lenguas”.

Las personas a menudo olvidan lo que era el mundo hace apenas quinientos años, cuando todas las naciones estaban en guerra, las plagas y la pobreza diezmaban grandes poblaciones, la vida era la mitad de lo que es hoy, los derechos individuales eran inexistentes y la justicia se impartía mediante la tortura, la inquisición, o la quema en la hoguera. Sí, el mundo todavía tiene problemas, pero la conciencia se está expandiendo rápidamente, manifestándose de muchas maneras; En los Estados Unidos, millones de personas están meditando, haciendo yoga y empleando prácticas de curación “no tradicionales” para mantener su bienestar. Desde la perspectiva de la tecnología, muchos creen que ahora estamos acercándonos al “punto de singularidad” que exploró Ray Kurzweil en su libro The Singularity Is Near, una aceleración de la inteligencia que borrará la distinción entre el hombre y la máquina. Pero es mucho más. ¿Puede haber alguna duda de que las mejoras en todas las áreas de la sociedad durante los próximos quinientos años serán indescriptibles en comparación con las de los últimos quinientos?

El Codex Dresden, famoso documento astronómico maya
Algunos investigadores y astrónomos utilizan el equinoccio vernal (EV), que ahora está en Piscis, en el “amanecer de la era de Acuario”, para contar el tiempo precesional. Por lo tanto, hay un núcleo de verdad en la popular canción de los años 60 “Aquarius”. Otras culturas utilizaron los solsticios, que sería una línea dibujada en perpendicular a la de los equinoccios. En la actualidad, el solsticio de invierno cruza el Centro Galáctico en Sagitario. Dado que esto ocurre en el ciclo precesional en apenas una década antes y después del 2012 (la fecha de finalización del calendario maya), el académico en cultura mesoamericana John Major Jenkins cree que esta cultura lo usó para delinear un “nuevo tiempo”, como un despertar o una primavera en un Gran Año. Cualquiera que sea el marcador solar (equinoccio o solsticio), el reloj celestial es una forma sencilla de dar la hora dentro de un Gran Año. Su importancia se puede ver en el sistema de tiempo que utilizamos hasta hoy: 24 horas en un día, con 12 horas de luz ascendente (a. m.), y 12 horas de luz descendente (p. m.), Es un microcosmos perfecto de un Gran Año, con sus 24.000 años, 12.000 ascendentes y 12.000 descendientes.


Los primeros días de la primavera


Hay un mensaje más profundo que dar la hora en un Gran Año, y es reconocer que existe un gran ciclo a la vida que nos afecta a todos. Habiendo perdido este conocimiento, somos una sociedad que ha perdido la comprensión de su lugar en la historia cósmica. Como un individuo con amnesia, tenemos una angustia profunda sobre el futuro. Pero cuando recordamos nuestra rica y hermosa historia, redescubrimos nuestro increíble potencial y empezamos a ver y actuar con claridad. La hora actual es similar a los últimos días del invierno: ¡las cosas se están descongelando y algo maravilloso está por suceder! No todas las flores florecen el primer día de la primavera; sin embargo, comprender nuestro lugar en el Gran Año nos asegura que pronto será más brillante y más bello de lo que nos hemos atrevido a imaginar. Nuestros antepasados ​​nos lo dicen.

© Walter Cruttenden 2012

Para aquellos que deseen profundizar en el trabajo de W. Cruttenden sobre la precesión, les remito a los siguientes enlaces (en inglés): www.BinaryResearchInstitute.org  y  www.The GreatYear.com


Fuente original (en inglés): https://grahamhancock.com/cruttendenw2/

Fuente imágenes: Wikimedia Commons





[1] La cifra exacta es 25.776 años, lo que se conoce como el “Gran Año” (n. del t.).

[2] Insecto parecido a la libélula (n. del t.)

[3] Civilización de Jiroft: antigua cultura de la Edad del Bronce, situada entre Irán y Afganistán. (n del t.) 

[4] Más conocida como “pila de Bagdad” (n. del t.)