Mostrando entradas con la etiqueta Ignatius Donnelly. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ignatius Donnelly. Mostrar todas las entradas

lunes, 1 de julio de 2019

James Churchward y el mito de Mu


Puestos a hablar de continentes hundidos y civilizaciones perdidas, a todos nos viene a la mente el nombre de la Atlántida, pero en el ámbito de la arqueología alternativa existen otras historias paralelas que han hecho fortuna, y quizá la más destacada es el mito de Mu, cuyas semejanzas con el relato platónico –y las múltiples variantes que hallamos en tradiciones de todo el mundo– son más que significativas. Así pues, vamos a realizar un breve tour por esa tierra desconocida llamada Mu, que aún hoy en día es objeto de interés por parte de algunos autores.

A diferencia de la Atlántida, que tenía un claro referente occidental en los diálogos de Platón, Mu aparece en escena en el siglo XIX en un contexto de mundos exóticos, civilizaciones perdidas y antiguas leyendas. Recordemos que en esa época la Atlántida se puso de moda gracias a la investigación –entre científica y mitológica– de Ignatius Donnelly, pero también en gran parte al esoterismo de Madame Blavatsky. Asimismo, otras propuestas de la geología y la biología proponían la existencia de continentes hundidos, como la famosa Lemuria (supuestamente situada en el océano Índico)[1], que tuvo férreos defensores a finales del siglo XIX. El caso es que también entonces las civilizaciones precolombinas –sobre todo en Centroamérica– estaban saliendo de la oscura noche del olvido gracias a unos pocos investigadores aficionados, y ahí estaba casi todo por hacer. Y, desde luego, la arqueología estaba en pleno auge, con descubrimientos asombrosos de grandes civilizaciones antiguas, algunos de los cuales entroncaban con las leyendas, como por ejemplo el hallazgo de Troya por Schliemann. De algún modo, todos esos factores entraron en conjunción para que Mu emergiera a la superficie.

Codex Troanus
Así, en la segunda mitad del siglo XIX el sacerdote francés Brasseur de Bourbourg (1814-1874), un investigador de las culturas indígenas prehispánicas, centró su interés en rescatar y descifrar las fuentes más antiguas de esos pueblos. Y en este empeño fue a dar con el llamado Codex Troanus (o Codex Tro-Cortesianus), un códice religioso maya en el que se hacía referencia a un gran cataclismo ocurrido en tiempos remotos. Según el texto, que pudo leer con la ayuda del alfabeto maya recopilado en el siglo XVI por el obispo Diego de Landa, esa catástrofe natural habría provocado la destrucción de todo un continente, cuyo nombre se expresaba mediante dos signos: “M” y “U”. Acababa de nacer, pues, el término Mu. Ahora bien, hay que reseñar que dicho alfabeto era en realidad incompleto e incorrecto, hasta el punto que actualmente las diversas traducciones que hizo Brasseur se dan por erróneas. Sea como fuere, Brasseur de Bourbourg siguió investigando y pudo recoger testimonios indígenas que incidían en la existencia de esa gran catástrofe que había hundido un continente entero, lo que de inmediato le llevó a relacionar este hecho con el mito de la Atlántida, y finalmente a proponer que tanto la civilización maya como la egipcia descendían directamente de ese mundo perdido de Mu.

Siguiendo los pasos de Brasseur, el investigador independiente y fotógrafo Augustus Le Plongeon (1825-1908), británico de origen francés, se adentró con su esposa en las tierras de América Central y buscó esas conexiones entre las civilizaciones mesoamericanas y las otras civilizaciones antiguas desde diversos enfoques. Así, a partir de diversas similitudes lingüísticas entre el maya y el antiguo egipcio, se atrevió a establecer un puente entre ambas culturas, pero poniendo como precedente a la civilización maya. En cualquier caso, él creía que Mu –o la Atlántida– había sido un continente real que se había hundido dejando como legado posterior las civilizaciones históricas. Todo esto, más otras herejías, le hizo caer en desgracia ante el mundo académico, que nunca lo llegó a tomar en serio. Sin embargo, su trabajo y su creencia en la existencia de Mu no caerían en saco roto, pues un amigo suyo, también británico, iba a recoger el testigo y de hecho iba a dedicar buena parte de su vida a defender Mu como una realidad. Ese hombre se llamaba James Churchward, a veces conocido como “el coronel Churchward”.

James Churchward
James Churchward (1851-1936) nació en Okehampton (Devon, Gran Bretaña), y de joven se instaló un tiempo en Ceilán –la actual Sri Lanka– para sacar adelante unas plantaciones de té. Posteriormente, en la década de 1880, se fue a vivir a los Estados Unidos, donde trabajó como ingeniero –su profesión principal– y registró varias patentes, con la ayuda del que fue su fiel amigo Percy Tate Griffith. Eso sí, hay que destacar que, si bien pasó por el ejército, nunca hizo carrera militar, aunque se hiciera llamar “coronel Churchward”. Para lo que nos ocupa, cabe decir que Churchward fue también un gran viajero –sobre todo por el sudeste asiático y el Pacífico– y que a finales del siglo XIX se hizo amigo del matrimonio Le Plongeon, que llevaba ya cierto tiempo documentando las antiguas ciudades mayas de Yucatán y tratando de traducir textos mayas con tan poco acierto como su predecesor Brasseur. De este modo, Churchward acabó hondamente fascinado por la mitología, la arqueología y la antropología, y se convirtió en erudito en algunas cuestiones referentes al mundo antiguo, si bien muy a menudo sucumbió a las influencias ocultas o esotéricas, tan en boga en aquella época.

Lo que puso a James Churchward sobre la pista de Mu, según su propio testimonio, se debió a un suceso durante su estancia en la India, donde dijo haber entrado en contacto con un sabio o santón hindú –un rishi– que le proporcionó el acceso a una serie de antiquísimas tablillas de arcilla custodiadas en un templo (al que jamás identificó), y que estaban escritas en una extraña lengua, propia de una hermandad sagrada denominada naacal, de una civilización perdida (o sea, Mu). Acto seguido, estuvo dos años estudiando la lengua de las tablillas y descifrando su significado con la ayuda del iniciado hindú. Sin embargo, el término naacal debía su origen en realidad al ya citado Le Plongeon, que llamó así a los antiguos sacerdotes mayas que habrían extendido la civilización por todos los rincones de la Tierra. A partir de aquí, Churchward hizo las oportunas conexiones y estableció que las tablillas naacales mostraban que la génesis de la civilización maya estaba ligada a Mu como civilización madre de todas las demás.

Así pues, el peso principal de su teoría descansaba en el testimonio arqueológico de dichas tablillas secretas, aunque nadie las había visto por ninguna parte. No obstante, en un golpe de suerte, en 1921, un geólogo y arqueólogo escocés llamado William Niven descubrió unas tablillas similares en México, donde llevaba años trabajando. Concretamente, Niven llegó a desenterrar centenares de inscripciones en piedra (andesita), con unos raros signos o símbolos que no se pudieron interpretar en su momento, pese al intento de varios expertos en la materia. Pero para el incansable Churchward no había duda posible; los símbolos de dichas inscripciones vendrían a ser los mismos que los de sus tablillas naacales. Ahora bien, para complicar más las cosas, estos materiales se perdieron con el paso de los años y sólo se conservaron unos calcos de los originales, con lo cual las sospechas sobre el posible fraude en todo este asunto se dispararon[2].

Una vez llegados a este punto, Churchward ya había recopilado suficiente información sobre Mu y entre 1926 y 1934 escribió cinco libros[3] sobre el continente perdido, teniendo como base argumental el contenido de las mencionadas tablillas sagradas, más un cuerpo de pruebas documentales –antiguos manuscritos– y arqueológicas, principalmente en forma de ruinas dispersas por el Pacífico. Asimismo, Churchward se apoyó en la simbología comparada de las civilizaciones antiguas para demostrar que existía un origen único común para todas ellas. Para no extenderme en demasía ni desviarme en los detalles, resumiré seguidamente la información fundamental sobre Mu que vertió Churchward en sus obras, sobre todo en la primera.

Mapa de Mu, según Churchward
En lo geográfico, Churchward aseguró que Mu había sido una masa continental que ocupaba una enorme porción del Pacífico; sus límites estarían marcados aproximadamente por las actuales islas de Hawaii, Fiji, Marianas y Pascua. No se trataría, empero, de una masa única de tierra sino de tres grandes porciones separadas por canales o mares. Las dimensiones serían en total de unos 8.000 Km. de este a oeste y unos 4.800 de norte a sur.

En Mu, que era en realidad el mítico Jardín del Edén citado por la Biblia, tuvo lugar el origen de la especie humana hace unos 200 millones de años. Churchward describió Mu como un paisaje idílico y exuberante, lleno de vegetación y recursos naturales. Allí llegaron a vivir durante unos 200.000 años más de 60 millones de habitantes procedentes de diez tribus, de razas distintas (si bien la blanca sería la más común), en una civilización avanzada en todos los aspectos y con una tecnología superior a la actual. Los “hijos de Mu” gozaban de buena salud, vivían cientos de años y hasta tenían capacidades psíquicas o paranormales. Churchward afirmó que la ciencia de Mu era la ciencia verdadera y que las modernas visiones sobre nuestro mundo estaban equivocadas en gran medida, destacando su rechazo frontal a la teoría de la evolución de Darwin.

Existían sietes grandes ciudades, que eran centros de cultura, ciencia y religión. Las casas tenían tejados transparentes para recibir la energía de Ra (el Sol). De hecho, los habitantes eligieron a un rey que adoptó el título de “Ra-Mu” y el dominio de Mu se llamó “el Imperio del Sol”. Por lo demás, Mu tenía una gran actividad económica y comercial, y la población más opulenta tenía todos los lujos y placeres a su disposición. Sus barcos surcaban todos los mares del planeta; de hecho, el resto de territorios del mundo eran colonias de Mu, siendo América una de las principales.

Su religión monoteísta fue el fundamento de todas las religiones posteriores. Los habitantes de Mu creían en la inmortalidad del alma y adoraban a un Dios único cuyo nombre no podían pronunciar. Osiris (que según Churchward había vivido hacia el 20000 a. C.) y Jesús habrían predicado esa misma religión. Posteriormente, muchas civilizaciones adoptaron la simbología sagrada de Mu, con especial incidencia en algunos signos como la esvástica, la cruz simple (griega), la cruz de Malta y el disco alado.

Alegoría del cataclismo final
Tras muchos miles de años de civilización, el continente sufrió un primer gran golpe en forma de terremotos y erupciones volcánicas. Hubo una gran destrucción, pero se pudo volver a una cierta normalidad. Finalmente, hace unos 12.000 años, a finales de la última era glacial, el continente resultó completamente destruido y hundido en el océano a causa de un cataclismo de proporciones apocalípticas, debido –según Churchward– a una poderosísima explosión gaseosa subterránea de origen volcánico. Lo único que quedó del continente fue un puñado de islas dispersas por el Pacífico, las cumbres de las antiguas montañas. La mayor parte de la población pereció y los supervivientes de la catástrofe cayeron a un estado de salvajismo. No obstante, unos pocos lograron surcar los mares y colonizaron nuevas tierras, entre ellas Centroamérica, creando así las civilizaciones históricas conocidas.

Con todos estos antecedentes, no es de extrañar que en su época Churchward no fuese tenido en cuenta por el estamento académico, que le encasilló en el grupo de “iluminados” pseudocientíficos que defendían la existencia de la Atlántida –o cualquiera de sus variantes– y las civilizaciones perdidas. Además, los defensores de la ortodoxia no dieron ninguna credibilidad al hundimiento completo y súbito de un gigantesco continente situado en medio del Pacífico. A este respecto, los estudios oceanográficos de los últimos tiempos no avalan su teoría –a la que dan por geológicamente imposible– y atribuyen la auténtica génesis de las islas del Pacífico al fenómeno del vulcanismo. Por lo demás, aun reconociendo su mención a muchos datos mitológicos y arqueológicos, los detractores de Churchward consideraron que su discurso estaba plagado de especulaciones o fantasías y que Mu no tenía ninguna solidez documental, cuestionando en primer lugar el dudoso origen y paradero de las famosas tablillas naacales.

Símbolo del Cuatro Sagrado (principio cósmico) de Mu
En este punto, podríamos dar carpetazo a la aventura intelectual de Churchward, viendo lo poco fiable de sus fuentes y su indigesta mezcolanza de elementos arqueológicos con elementos más propios del esoterismo teosófico. En este sentido, la obra del supuesto coronel da la impresión de estar a medio camino entre Donnelly –que trató de ser riguroso dentro de su audaz propuesta multidisciplinar– y Madame Blavatsky, con su conocido mensaje místico-esotérico que incluía una completa reinterpretación del origen del hombre y de la civilización. (Dejo aparte otras posibles dudas razonables sobre sus experiencias y hallazgos, en los que pudo haber buena parte de ficción o tergiversación, por no hablar de fraude intencionado). En todo caso, es bien posible que Churchward se dejara llevar por las ideas de Le Plongeon y quisiera hacerse un lugar en la historia de la arqueología “a lo Schliemann”, rescatando del mito a una gran civilización perdida. Hasta qué punto él creía sinceramente en Mu o fue un autoengaño aceptado nunca lo sabremos.

Dicho todo esto, le podríamos conceder a Churchward el beneficio de la duda antes de considerarlo un farsante o un falso científico… o simplemente alguien que metió la pata hasta el fondo. Así pues, estimo que no todo lo que afirmó este pintoresco erudito deba ser tirado a la papelera ni mucho menos. Antes bien, creo que hay algunos elementos interesantes que debemos tener en cuenta y que deberían hacernos reflexionar más allá de que rechacemos la literalidad o integridad del mito de Mu, tal y como él lo presentó. Vayamos por partes.

En el campo estrictamente geológico no voy a entrar, pues es un terreno en el cual soy bastante lego y no tengo elementos de valoración para desacreditar a Churchward, pero tampoco para dar por buena su teoría. He leído algunas opiniones de personas más cualificadas que no estiman imposible un cataclismo gigantesco similar al que puso fin a la Atlántida (un suceso prácticamente idéntico a lo ocurrido con Mu)[4] en función de ciertos procesos geológicos y climáticos, pero insisto en que me resulta complicado evaluar técnicamente los pros y contras. Lo que sí cabe resaltar es que la ciencia oficial moderna es tremendamente reacia a admitir un catastrofismo global en épocas relativamente recientes, con presencia humana sobre el planeta.

Ahora bien, en el ámbito de la mitología y la antropología sí creo que vale la pena sacar a la luz algunos datos relevantes, aunque soy consciente que para el mundo académico mitología y realidad (desde un enfoque histórico-arqueológico) son conceptos opuestos o cuando menos conflictivos entre sí. Para empezar, debemos reconocer que existe una amplia mitología en casi todos los rincones del planeta sobre un cierto Diluvio universal o gran cataclismo en un tiempo inmemorial, que conllevó la destrucción de una Humanidad o una alta civilización. Esta es básicamente la historia que se ha centrado en la Atlántida –sea cual fuere su ubicación– y que ya comenté ampliamente en una antigua entrada. Sin embargo, también es cierto que existen leyendas específicas que podrían referirse a Mu y que hallamos en el propio Pacífico, en Asia y en América.

¿Los ancestros de Mu en forma de moais?
En el caso del Pacífico, para centrarnos en el quid de la cuestión, existen tradiciones y leyendas de muchas comunidades indígenas que nos hablan de que antes que llegaran ellos, las islas habían estado ocupadas por otros hombres o, para ser precisos, por dioses, semidioses o gigantes, descritos a veces como de gran estatura, piel clara y pelo rubio o rojizo, lo cual casa bien poco con las etnias conocidas en época histórica. Por ejemplo, las leyendas de los aborígenes australianos afirman que antes de que ellos poblaran aquellas tierras, los gigantes ya estaban allí. Los nativos hablan concretamente de una época mítica primigenia o Dreamtime (“Tiempo de los sueños”) en la que una raza ancestral de gigantes dio forma al continente y lo llenó de vida vegetal y animal. También en algunos casos se hace referencia a una gran hecatombe que habría acabado con esos seres primigenios y habría obligado a los supervivientes a buscar refugio en alguna isla o en tierras lejanas. Este es el conocido mito de Rapa Nui (o la isla de Pascua), según el cual en tiempos remotos el rey Hotu Matua y unos pocos de sus súbditos llegaron en canoas a la isla tras haber escapado del cataclismo que hundió el continente del que procedían, al oeste, llamado Hiva.

Naturalmente, todo esto es mito y no tiene valor probatorio, independientemente de que forme parte integral de la cultura y el acervo secular de los indígenas. Lo que sí es más tangible es el legado arqueológico de un tiempo muy distante y que podemos apreciar en varias áreas del Pacífico. Me refiero, obviamente, a una serie de monumentos y ruinas –la mayoría de carácter megalítico– que se han atribuido a los antecesores de los modernos indígenas y que ya fueron objeto de atención por parte de Churchward. En general, la ciencia no se ha ocupado demasiado de tales restos, pero la evidencia muestra en muchos casos un paralelismo claro con otros enclaves megalíticos de diversas partes del planeta. Lo que está claro es que resultan unos logros muy impresionantes si se acepta que fueron hechos por unos indígenas que vivían prácticamente en un estadio de salvajismo, con escasas capacidades técnicas y constructivas.

Sólo por mencionar algunos ejemplos:

  • En la isla de Ponape tenemos la ciudad megalítica de Nan Madol, que presenta un conjunto de grandes estructuras sostenidas por bloques de basalto de 50 toneladas o más. El propio Churchward ya se había fijado en este enclave y lo calificó de “santuario de Mu”.
  • En Tianan (islas Marianas) se pueden apreciar dos columnas colosales con unos capiteles semiesféricos en la parte superior. De hecho, se tiene noticia de estructuras semejantes en otras islas del Pacífico.
  • En la isla de Tongatapu (Polinesia) hallamos el arco de Ha’amonga, un trilito colosal de unas dimensiones aproximadas de 5 x 6 x 1,5 metros, que fue erigido –según la leyenda– en un tiempo muy remoto por un semidiós de nombre Maui.
Trilito de Ha'amonga

  • En las islas Palau se pueden observar unos grandes monolitos de basalto, e incluso una gran estructura en forma de terrazas.
  • En Pascua tenemos estructuras megalíticas y los imponentes moais, algunos de enorme peso y altura. Aparte, existen los vestigios de la extraña escritura rongo-rongo, que no se corresponde con nada similar en el Pacífico y sí con la antiquísima escritura del Valle del Indo.
  • En Gunung Padang (Java) podría existir una antigua pirámide escalonada sepultada por los sedimentos. Este lugar ha sido apenas explorado y es objeto de gran polémica, empezando por la datación, que –según el geólogo Danny Natawidjaja– se iría hasta los 26.000 años[5].
  • En Yonaguni (Japón) se hallaron estructuras de aspecto artificial sumergidas a varios metros de profundidad junto a la costa. (Véase el reciente artículo sobre este tema.)
Por tanto, parece evidente que tenemos un cierto vacío sobre una parte de la historia (o prehistoria) del Pacífico, y que algunas verdades o axiomas aceptados hasta la fecha deberían revisarse a fondo. Tal vez no se trate de reivindicar a Churchward y de sacar a Mu del trastero, pero sí de reconocer que algunas de sus observaciones tenían sentido y que se deberían implementar investigaciones geológicas y arqueológicas sin ningún prejuicio a fin de explorar la posibilidad de que en el Pacífico hubiese existido una civilización muy avanzada en una era remota que desapareció por motivos que desconocemos, tanto si aceptamos la hipótesis del gran cataclismo como si no.

Una de las obras de Churchward
Lo que sí sería recomendable es desligar en lo posible la hipótesis de Mu de elementos superfluos, esotéricos o de la New Age, que en vez de ayudar más bien entorpecen cualquier enfoque serio, sobre todo porque ponen en guardia al estamento académico más conservador y provocan rechazo entre los investigadores convencionales. Ahora bien, tampoco conviene enviar a la hoguera a los soñadores y pioneros, porque –con todos sus errores y sesgos– pueden aportarnos nuevas vías de investigación para comprender nuestro pasado y nuestros orígenes. Desde esta perspectiva, estimo que Churchward fue un hijo de su tiempo, de la fascinación por los mundos perdidos y olvidados, de la arqueología romántica y “especulativa”. No obstante, también quiso relacionar el mito con las pruebas y proponer un escenario de difusionismo –tan denostado desde hace décadas– que, como mínimo, merecería un poco más de atención científica.

Para finalizar, me quedo con una idea de Churchward que me llamó la atención por su referencia al mito de la caída del hombre, el eterno retorno y en definitiva la concepción de la historia humana como una serie de grandes ciclos, lo que vendría a ser la conocida teoría de la historia cíclica, defendida por algunos arqueólogos alternativos como Michael Cremo. Según esta visión, en un estadio superior el hombre alcanza un alto grado de conocimiento y conciencia, que le lleva a un paraíso de armonía y plenitud, para después caer al abismo del que debe recuperarse lenta y penosamente hasta volver al punto álgido. Pues bien, James Churchward dijo lo siguiente:

“Las civilizaciones han nacido y han acabado y luego han sido olvidadas una y otra vez. No hay nada nuevo bajo el sol. Lo que es, ha sido. Todo lo que aprendemos y descubrimos ha existido anteriormente. Nuestras invenciones y descubrimientos no son más que reinvenciones y redescubrimientos.”

© Xavier Bartlett 2019 

Fuente imágenes: Wikimedia Commons

[1] Existe una cierta confusión sobre Lemuria, pues algunos autores la identifican con Mu, ubicándola en el Pacífico. Asimismo, se emplearon otros términos que también podrían identificarse con Mu. Por ejemplo, Blavatsky se refirió al continente de Rutas y Edgar Cayce usó indistintamente los términos Mu, Lemuria, Oz y Zu para mencionar una misma realidad.
[2] Que las tablillas de Niven existieron parece que nadie lo pone en duda, y según la información que he recopilado pudieron ser unas 2.600, lo cual nos recuerda al asunto de las piedras de Ica, con un enorme número de piezas que para muchos hace inverosímil la teoría del fraude, aunque no por más cantidad se debe descartar que se trate de un montaje de grandes proporciones. Lo que resulta un poco extraño es que no tengamos disponible ni una sola de las tablillas de piedra de Niven, muchas de las cuales fueran vendidas por éste.
[3] Estos son los títulos: The Lost continent of Mu, Children of Mu, Sacred Symbols of Mu, Cosmic forces of Mu y The second book of the Cosmic forces of Mu.
[4] En este punto, cabe aclarar que Churchward creía tanto en la Atlántida como en Mu, como dos continentes separados, cada uno en su océano, y consideraba que ambos desaparecieron por el mismo motivo ya explicado.
[5] Las dataciones se obtuvieron por carbono-14 a partir de muestras orgánicas de diversos sondeos. La fecha citada corresponde al estrato de más profundidad alcanzado en los sondeos.

lunes, 14 de septiembre de 2015

¿La Atlántida en la Península Ibérica?


Introducción



Aun en pleno siglo XXI, el mito de la Atlántida sigue despertando pasiones y preguntas sin respuesta, sobre todo en cuanto a su supuesta localización. Desde que Ignatius Donnelly, a partir de un exhaustivo trabajo documental, situara a este mítico continente en medio del Océano Atlántico, otros muchos autores –con argumentos y pruebas de todo tipo– han ubicado la Atlántida en diversos lugares del planeta, desde el Mediterráneo hasta Sudamérica, e incluso en el Lejano Oriente.

A. Schulten
Y entre las varias hipótesis y propuestas, quisiera destacar ahora una de ellas, que cobró fuerza a inicios del siglo XX, gracias al trabajo del arqueólogo alemán Adolf Schulten (1870-1960), que ejerció su profesión durante muchos años en España. Schulten, como otros investigadores anteriores y posteriores a él, creía que el relato de Platón, pese a contener indudables adornos poéticos, no era una metáfora moralizante, sino que describía con cierta precisión un lugar concreto. De hecho, esta misma concepción había llevado medio siglo antes a su compatriota Heinrich Schliemann a seguir al pie de la letra las indicaciones geográficas proporcionadas por Homero en la Ilíada e identificar así el emplazamiento de la mítica Troya, aunque aún a día de hoy muchos expertos reconocen que es muy difícil atribuir con seguridad los restos hallados por Schliemann a dicha ciudad.

Por lo que se refiere a Schulten, su interés por la Atlántida vino precedido por otra cuestión a caballo entre la arqueología, la mitología y la historia. Así, cuando en los años 20 estaba realizando un estudio de la obra Ora Marítima, del autor clásico Avieno[1], se fijó especialmente en una ciudad o civilización llamada Tartessos[2], ubicada al sudoeste de la Península Ibérica, en Andalucía occidental. El sabio alemán quedó atrapado por esta historia y empezó a investigarla a fondo, llegando a la conclusión de que sería posible hallarla mediante excavaciones arqueológicas, siguiendo fielmente las descripciones de las fuentes clásicas.

Este fue el gran empeño –casi obsesión– de Adolf Schulten durante muchos años, y pese a que llevó a cabo numerosas intervenciones en la zona del actual Parque de Doñana, nunca llegó a descubrir unos restos que pudieran atribuirse con seguridad a la ciudad de Tartessos; lo más notable que sacó a la luz fue un conjunto de ruinas que probablemente pertenecieron a un asentamiento pesquero romano. De todos modos, sus investigaciones –plasmadas en el libro Tartessos (1924)– pusieron las bases para un estudio metódico de esta cultura. De hecho, gracias a los trabajos arqueológicos a lo largo del siglo XX[3], Tartessos fue rescatada de su limbo casi mítico, ya que se la pudo relacionar con una cultura material de la Edad del Bronce y Primera Edad del Hierro del sudoeste peninsular, posiblemente fruto de la unión de una cultura local con unas claras influencias orientales, en particular, fenicias. En todo caso, actualmente los expertos consideran que Tartessos sería más bien un territorio y no una ciudad concreta.

Localización aproximada de la cultura de Tartessos

 

Adolf  Schulten y su hipótesis Tartessos = Atlántida



Lo que aquí nos interesa es que Schulten vio enseguida que bastantes características atribuidas por las antiguas fuentes a Tartessos venían a coincidir con muchos elementos citados por Platón al respecto de la Atlántida, lo cual aumentó el afán del arqueólogo alemán por descubrir las huellas de esta cultura[4]. Para sostener su hipótesis, Schulten propuso más de veinte similitudes, si bien algunas de ellas son un poco forzadas o incluyen factores altamente especulativos, hasta el punto de que la mayoría de expertos de su época juzgaron que había entrado directamente en terrenos fantasiosos. Vamos a exponer ahora de forma resumida estos paralelismos para que el lector juzgue por sí mismo[5].

  • La Atlántida se situaría más allá de las columnas de Hércules (Gibraltar) y se extendería por lo menos hasta Gades, coincidiendo con la ubicación aproximada de Tartessos.
  • La capital de la Atlántida se situaba en una isla formada por un triple anillo de agua; esto es, no estaba directamente en la costa. A su vez, Tartessos estaría en una isla situada en la desembocadura del río Betis (Guadalquivir). En otras palabras, ambas ciudades se situarían en un canal o estuario que las comunicaría con el mar abierto[6]. Las naves más grandes arribarían a la ciudad navegando por dicho estuario, del mismo modo que los barcos actuales remontan el Guadalquivir. Además, la distancia dada desde el principio del estuario hasta la ciudad, unos 50 estadios (poco más de 9 kilómetros) sería sorprendentemente coincidente en ambos casos.
  • El foso alrededor de la capital atlante descrito por Platón sería en realidad un río, con su típica desembocadura fluvial, lo que se relaciona con la desembocadura del Guadalquivir. Schulten aporta nuevamente la semejanza de las medidas: el ancho del foso era de un estadio (185 metros) mientras que el ancho medio del río andaluz se calcula en unos 200 metros.
  • La descripción de la llanura atlante se parece mucho al territorio atribuido a Tartessos. Schulten recurre aquí a las dimensiones aportadas por Platón y a la descripción de que la llanura “estaba totalmente rodeada de montañas”.  Para el arqueólogo alemán, estaba claro que se estaba hablando de una buena parte de la Andalucía occidental, si bien aquí estaba especulando con el espacio ocupado realmente por el imperio tartessio. En su visión, todo cuadraba: “Los 3.000 estadios de la longitud del terreno coinciden respecto a la longitud (Este-Oeste) del imperio tartessio que se extendía desde el Guadiana hasta el Cabo Palos (costa oriental) [...] Los 2.000 estadios de anchura (Norte-Sur) medidos en el centro contando desde el mar, es decir, hacia el interior, coinciden para la latitud del imperio tartesio, midiendo desde el estrecho hacia el norte hasta el Guadiana.” Además, la llanura atlante estaría cruzada por multitud de canales, a la vez conectados por otros canales transversales, lo cual él relaciona con lo que el autor clásico Estrabón dijo acerca del valle del Betis, surcado por una red de canales, que deberían estar ya presentes en los tiempos de Tartessos.
  • La gran riqueza de la Atlántida también está reflejada en la riqueza y prosperidad de Tartessos. Según los antiguos relatos, Tartessos era sin duda la ciudad más rica de Occidente, en gran medida gracias a la extracción y comercialización de metales. Así, las fuentes nos hablan de abundancia de plata, oro, hierro, cobre... Todo ello vendría a coincidir con lo que Platón dijo sobre la Atlántida, cuyos mayores recursos serían precisamente los metales. En este sentido, Schulten cree que el metal llamado oricalco, considerado en la Atlántida tan valioso como el oro, sería en realidad el bronce, aleación muy usada en Tartessos. Por otro lado, la Atlántida también tendría otros recursos naturales, como frutos de la tierra, árboles (bosques) y animales. A este respecto, Schulten considera que esto es equiparable con el paisaje y la riqueza natural del valle del Betis, tomando como fuente a Estrabón. En particular, cita los toros sagrados de Poseidón y los compara con los toros del rey tartesio Geronte; todo ello tendría su explicación en el contexto mediterráneo, pues el culto taurino procedería de Creta y se habría extendido a Occidente. 
 
Pieza del tesoro de El Carambolo, atribuido a Tartessos

  • Como secuela de lo anterior, Schulten aprecia que la cultura atlante tiene marcadas influencias del mediterráneo oriental (costumbres, monumentos, arte, objetos, etc.), en particular de Creta, y estas mismas influencias se pueden observar en la cultura tartessia.
  • Para Schulten, no hay duda de que el imperio de la Atlántida, de carácter marítimo, se corresponde con el imperio de Tartessos, cuya influencia llegó hasta Asia e incluso hasta Gran Bretaña. Así, Platón decía que la Atlántida traficaba “con otras islas del Océano y desde éstas con el continente de enfrente”[7]. El arqueólogo alemán interpreta que tales islas debían ser las Casitérides, islas estanníferas próximas a Gran Bretaña.
  • Según Platón, los atlantes tenían una gran columna de oricalco en la que habían grabado sus antiguas leyes, dictadas por Poseidón. Schulten retoma de nuevo a Estrabón y saca a relucir que los tartessios también tenían antiguas leyes escritas en forma métrica con una antigüedad de 6.000 años.
  • La Atlántida estaba regida por reyes, y siempre por el hijo mayor, exactamente igual que en el caso de Tartessos.
  • La Atlántida tenía una fortaleza o castillo real, lo que coincidiría con un cierto Arx Gerontis de los tartessios. Se trataría de una fortaleza situada en la desembocadura del Betis, según Avieno.
  • La Atlántida se hundió de forma repentina tras un terremoto. Schulten ve aquí el fin fulminante de Tartessos, destruida tras la invasión cartaginesa[8].

En definitiva, Schulten creía que lo que de verdad hizo Platón fue novelar o maquillar una realidad histórica conocida por los griegos, tomándose las licencias literarias oportunas pero describiendo con fidelidad lo que había sido el imperio de Tartessos, en especial en los detalles geográficos. No obstante, parece claro que Schulten también se tomó sus licencias y que muchos de sus razonamientos son conjeturas o comparaciones asentadas en la necesidad de encajar el relato de Platón con la cultura de Tartessos, escogiendo selectivamente los datos que más o menos cuadran y desechando todo aquello que no tiene encaje. Lo cierto es que, puestos a buscar datos anómalos, la extensión completa de la Atlántida sería realmente muy grande (como el norte de África y el Oriente Medio juntos) y de una antigüedad más que considerable, pues Platón dice que el fabuloso continente había desaparecido a causa de un gran cataclismo 9.000 años antes de su era[9], lo cual nos sitúa en una fecha aproximada de 9.500 a. C. Por tanto, ninguno de estos dos datos puede casar bien con lo que conocemos de Tartessos.

 

La aportación de Díaz-Montexano



Paisaje del Parque de Doñana
Sea como fuere, los esfuerzos de Schulten por equiparar la Atlántida con Tartessos no cayeron en saco roto. Así, en los primeros años de este siglo se ha producido un fuerte revival de esta polémica de la Atlántida en la Península, nuevamente en relación con Tartessos. Cabe decir que a nivel mediático se produjo un cierto revuelo en 2007 cuando apareció un tal Rainer W. Kühne, un joven investigador alemán, con una serie de fotografías cenitales de la zona de Doñana –más concretamente en la Marisma de los Hinojos– según las cuales se podrían apreciar estructuras cuadrangulares y circulares concéntricas, al estilo “atlante”, en línea con el relato platónico. Y a raíz de estos indicios, en 2009 la National Geographic Society patrocinó una expedición arqueológica dirigida por el profesor norteamericano Richard Freund, cuyas labores y conclusiones, reflejadas en un documental (“Finding Atlantis”: Descubriendo la Atlántida), tendieron más al espectáculo televisivo y al sensacionalismo que al rigor científico. Pero en realidad, toda esta polémica, iniciada por Kühne y seguida por Freund, se había basado en observaciones previas del  investigador independiente hispano-cubano Georgeos Díaz-Montexano, al cual sí vale la pena dedicarle cierta atención.

Díaz-Montexano[10], de hecho, lleva muchos años estudiando a fondo el mito de la Atlántida, tema que ya le interesaba desde la adolescencia. Su investigación, plasmada en varios libros y artículos, ha combinado la revisión de diversas fuentes antiguas, el trabajo de campo, el estudio filológico y la observación de fotografías aéreas y de satélite de la zona de Doñana. Este autor, que se autodefine como atlantólogo, planteó sus primeras hipótesis a partir de su propia traducción de los diálogos de Platón Timeo y Critias, dado que él cree que tales diálogos fueron tergiversados y mal traducidos por los copistas medievales.

Libro de Georgeos Díaz-Montexano
Así, afirma que la narración sobre la Atlántida no era ninguna alegoría, ya que el propio Platón la describe como “historia verdadera”, vinculada a una realidad geográfica específica. En cuanto a su naturaleza y localización, Díaz-Montexano considera que no que sería propiamente un continente sino una isla o territorio insular que estaría ubicado entre Iberia, el norte de África y las islas Madeira, justo después del estrecho de Gibraltar (“las columnas de Hércules”). A este respecto, el autor se basa en la literalidad de la expresión griega pro tou stomatos (“ante la boca”), que a su juicio ha sido mal interpretada como más allá (de las columnas de Hércules) cuando pro debe traducirse como “ante”, “delante” o “frente a”, lo cual indica exactamente que estaba a la vista, muy cerca de Gibraltar. Por tanto, si se quiere ser fiel a Platón, el único lugar donde podía estar la Atlántida sería esa porción de territorio adyacente al estrecho, antes de la conocida ciudad antigua de Gadir o Gades (Cádiz).

En lo referente al final de la Atlántida, Díaz-Montexano contempla la posibilidad de que la Atlántida-Tartessos hubiera sido arrasada por algún tsunami en época antigua. A este respecto, se apoya en ciertos estudios geológicos que apuntaban a un posible tsunami en aquella región, acaecido hacia 1.500 a. C., lo cual obligaría a reubicar cronológicamente la antiquísima fecha ofrecida por Platón, que muchos autores han considerado del todo equivocada o mal interpretada[11]. En este sentido, y a pesar de un primer escepticismo y rechazo ante esta propuesta, unos investigadores de la Universidad de Huelva y del CSIC confirmaron hace pocos años, a partir de unas muestras del subsuelo de las marismas de Doñana, que podrían haberse producido por lo menos dos tsunamis en aquella zona, uno en las fechas apuntadas por Díaz-Montexano y otro más tardío, en el siglo III después de Cristo.

En resumen, Díaz-Montexano, siguiendo fielmente el relato original de Platón, considera que muchos estudiosos han cometido serios errores y exageraciones que se han perpetuado hasta la fecha y que han desvirtuado la descripción real de la Atlántida. Así pues, él remarca los siguientes puntos “desmitificadores”:

  • Que Platón no es la única fuente de la Atlántida. Existen referencias más antiguas y autores que hablan de la Atlántida y que no parecen tener conexión con el filósofo griego[12].
  • Que la Atlántida no es una mera fábula o metáfora política de Platón, sino que existió realmente en un contexto histórico antiguo.
  • Que la Atlántida no fue una super-civilización muy avanzada con alta tecnología, con cristales como fuente de energía o máquinas volantes.
  • Que la Atlántida no era una gran masa continental, sino una isla o península.
  • Que la Atlántida no estaba “más allá” de las Columnas de Hércules (se interpreta en pleno Atlántico) sino delante de éstas, esto es, cerca de Gibraltar. Además, no se correspondería al tamaño de Asia y Libia juntas; sería simplemente la isla mayor.
  • Que la Atlántida no fue la cuna de la civilización egipcia.
  • Que la Atlántida no se hundió completamente a causa de una erupción volcánica[13]. La descripción de los hechos se ajusta más a lo que conocemos por un tsunami.

Con todo, más allá de los trabajos filológicos y los estudios geológicos, es de destacar una contribución concreta de Díaz-Montexano al referirse a unos restos arqueológicos tangibles (nada de indicios o supuestas formas apreciadas a través de fotografía aérea) que podrían asociarse a la Atlántida. Así, Díaz-Montexano ha apreciado un claro paralelismo entre las estructuras halladas en el yacimiento de Marroquíes Bajos (Jaén) y la forma de la acrópolis de los atlantes, según lo descrito por Platón. En efecto, este yacimiento andaluz –que se ha datado en un horizonte que va desde el Calcolítico (Edad del Cobre) hasta la Edad de Bronce– presenta una organización urbana en cinco fosos circulares concéntricos, a través de los cuales se canalizaban las aguas para ser distribuidas a las viviendas, siendo su núcleo una isla central o acrópolis, al estilo de la Atlántida. Por otra parte, por las características de la obra, no parece que tal estructura fuese un ensayo, sino la reproducción de un patrón ya conocido, quizá aplicado por vez primera en una ciudad de mayor tamaño, la que sería propiamente la urbe atlante (¿o Tartessos?).

Inscripción tartésica
Por supuesto, los críticos han objetado que tal poblado estaría muy lejos de mar aún en épocas antiguas y que es prácticamente imposible que fuera afectado por un tsunami. No obstante, Díaz-Montexano cree que este podría ser el modelo arquitectónico de las ciudades de una rica civilización occidental de la Edad del Cobre-Bronce, que Platón habría atribuido a los atlantes, o sea, los habitantes de la región atlántica. Además, el investigador hispano-cubano alude al descubrimiento de una pieza de cerámica, hallada en Jaén y datada a finales de la edad del Bronce, en la que se puede ver pintado el diseño de una ciudad estructurada en círculos concéntricos con un canal central, lo que reforzaría la semejanza con las descripciones de Platón. A este respecto, Díaz-Montexano señala que se tiene constancia de un motivo similar (anillos concéntricos) representado en muchos objetos de civilizaciones del área mediterránea (minoicos, micénicos, fenicios, griegos...), pero no con el canal central, lo cual indicaría que la cerámica de Jaén –y otros hallazgos afines en la Península Ibérica– sería la muestra de la relación directa entre la Atlántida e Iberia.

Conclusiones


Finalmente, queda en el aire la pregunta: ¿Fue Tartessos la Atlántida o simplemente un poderoso reino occidental tomado por Platón como inspiración? Vayamos por partes. Por un lado, tenemos las fuentes históricas que hablan de Tartessos, que –gracias a varios hallazgos arqueológicos– ha podido asociarse con cierto grado de certeza a una cultura de la Edad del Bronce en el sudeste de la Península Ibérica. En realidad, como ya hemos señalado, los expertos creen que más bien se trataría de un amplio territorio más que de un enclave específico (una ciudad al estilo de Gades[14]). Este reino podría haber sido la cultura ibérica más rica y avanzada de su tiempo, sobre todo por la potente influencia de los colonizadores mediterráneos, básicamente fenicios, y por sus recursos mineros y naturales.

Ahora bien, no sabemos exactamente cómo desapareció o decayó esta gran cultura, si bien la mayoría de opiniones apuntan a la conquista cartaginesa, en el marco de la lucha de las potencias coloniales por el control del Occidente mediterráneo. Lo que sí parece claro, según las crónicas históricas, es que este final o decadencia se produjo a inicios de la Edad del Hierro y no en la época del supuesto tsunami (hacia 1500 a. C.) y muchos menos 9.000 años antes de Platón, si bien aquí volveríamos a tocar la controversia de la cronología. Además, desde el punto de vista histórico y arqueológico, vemos que tras la caída de Tartessos se aprecia una cierta continuidad cultural en la misma región, constatada por la presencia de dos pueblos ibéricos bien conocidos, los turdetanos y los túrdulos.

Recreación artística de la Atlántida
Por otro lado, tenemos las varias semejanzas ya mencionadas con el relato de Platón, que en su momento inspiraron a Schulten y después a otros autores modernos. De todos modos, hasta la fecha nadie ha sido capaz de aportar pruebas definitivas sobre la hipotética ubicación de Tartessos, entendida como la gran capital de la Atlántida. No obstante, los indicios hallados en Doñana a principios de este siglo son significativos, pues –aparte de las controvertidas fotografías– el CSIC ha realizado en la zona prospecciones con georradar y catas sedimentológicas que parecen apuntar a la existencia de ciertas formaciones regulares en el subsuelo, si bien no ha sido posible determinar que se trate de restos arqueológicos antiguos. Muy recientemente la polémica se ha avivado a raíz de las declaraciones del investigador local Manuel Cuevas, que dice haber localizado una gran ciudad de unos 8 km2 en la zona de la Algaida (cerca de Sanlúcar de Barrameda, Cádiz), con varias estructuras de gran tamaño y una distribución en anillos concéntricos.

Por supuesto, nada de esto tiene valor hasta que no se realicen las correspondientes excavaciones arqueológicas y se pueda identificar ante qué tipo de yacimiento estamos (si es que hay tal), sobre todo en términos culturales y cronológicos, para determinar si esa supuesta ciudad se puede datar en la época del Calcolítico o Bronce o si es más moderna. Recordemos que también Schulten estuvo excavando en Doñana durante varios años y no pudo encontrar nada propiamente tartésico (y por consiguiente, “atlante”, según su teoría). Por lo tanto, hemos de tomar todas estas noticias con cierta prudencia, a la espera de que podamos por fin hallar una gran ciudad tartésica en la zona en cuestión, que a su vez sea asimilable a la Atlántida narrada por Platón.

Por de pronto, siempre quedará como elemento polémico la cuestión del tamaño de la Atlántida y del desfase cronológico, que –visto lo visto– parece ser bastante moldeable, a gusto de las teorías de los autores. Sin embargo, creo que es razonable considerar una tercera vía, esto es, que ni la Atlántida fue una mera invención ni que fue una inequívoca realidad geográfica e histórica, sino una combinación de ambas. Así pues, no resultaría descabellado pensar que Platón –a fin de ilustrar su alegoría de tipo político– echara mano de una realidad histórica ya antigua en su época, bien conocida por los egipcios, griegos y otros pueblos mediterráneos: la existencia de Tartessos, un opulento y lejano reino atlántico, típico de la Edad del Bronce, que pudo haber servido de base para construir su narración. Después, habría maquillado o adaptado los hechos y detalles con las oportunas licencias literarias, magnificando quizá una exótica cultura ibérica para convertirla en una gran potencia de un remotísimo pasado.

© Xavier Bartlett 2015



[1] Se trataba de una descripción del litoral de la Península Ibérica basada en un antiguo periplo griego del siglo VI a. C.

[2] Según algunos investigadores, la ciudad llamada Tarshish o Tarsis en la Biblia también se referiría a Tartessos, pero no habido consenso al respecto, dado que otros autores la sitúan en regiones orientales o tropicales.

[3] Entre ellos cabría destacar el hallazgo del tesoro de El Carambolo.

[4] Aquí es de justicia señalar que la posible presencia de la Atlántida en la Península ya era una teoría antigua, propuesta desde la Edad Media y mantenida por algunos autores a lo largo de los siglos a partir de narraciones mitológicas. Con todo, hay que reconocer que nunca antes de Schulten se había hecho ningún estudio científico o sistemático sobre tal cuestión.

[5] Fuente: SCHULTEN, A. “Atlantis”. Revista Ampurias, nº 1. Barcelona, 1939.

[6] Schulten remarca en este punto que Platón, en vez de ceñirse a la costumbre griega de construir las ciudades en la costa, describió una situación distinta, lo que da tintes de mayor realismo.

[7] Algunos autores han sugerido que ese continente “al otro lado” era en realidad el continente americano, que ya sería pues conocido en el Mundo Antiguo

[8] Cabe reseñar que las noticias históricas sobre Tartessos acaban hacia el 500 a. C., con lo cual la historia de esta ciudad sería relativamente próxima a los tiempos de Platón.

[9] Para ser exactos, no lo dice así literalmente, pero sí enmarca esta destrucción en la guerra entre Atenas y la Atlántida, y por consiguiente éste debería ser el marco temporal de referencia.

[10] Véase su sitio web: http://www.GeorgeosDiazMontexano.com

[11] Bastantes investigadores atribuyen el error a asumir que la cifra dada se refiere a años solares, cuando en realidad se estaría hablando de meses, lo cual reduciría considerablemente la antigüedad de los supuestos hechos, hasta situarlos en el segundo milenio antes de Cristo.

[12] La mayoría de expertos, empero, insisten en que Platón es la única fuente original y que todo lo que se escribió después procede de algún modo de su relato. No obstante, en muchas civilizaciones y épocas se ha mencionado un mito muy parecido, por no decir idéntico, a la destrucción de la Atlántida.

[13] Díaz-Montexano descarta totalmente la extendida hipótesis de la erupción de la isla de Santorini como modelo para Platón. Ni su situación ni su tamaño concuerdan con el relato platónico, que además sólo habla de un desastre acuático (el posible tsunami), sin referencia alguna al fuego o erupción volcánica.


[14] Sin embargo, algunos investigadores propusieron que la propia Gades fenicia habría sido la urbe principal de Tartessos.