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viernes, 16 de septiembre de 2016

De Göbleki Tepe a Menorca: el misterio de los pilares en T


Introducción



El megalitismo –la construcción con grandes bloques de piedra– es un fenómeno que sigue asombrando a los arqueólogos y que, pese a haber sido objeto de estudio durante más de un siglo, todavía esta lejos de haber sido entendido o interpretado correctamente. En un principio, se creyó que sólo estaba presente en ciertas zonas de Europa y del Mediterráneo, pero hoy en día ya se han identificado numerosas estructuras megalíticas prácticamente en los cinco continentes y con notables similitudes en algunos aspectos, a pesar de estar separadas por miles de kilómetros u océanos enteros.

En cuanto a su origen y cronología, los eruditos del siglo XIX e inicios del XX pensaron que los primeros megalitos procedían de la Grecia micénica y el Egeo, en la Edad del Bronce, y que progresivamente se habrían extendido hacia el oeste como fruto de una especie de colonización por parte de unos supuestos “santones” de la religión megalítica. Así, los grandes megalitos hallados en la fachada atlántica europea no serían más que toscas copias locales (de culturas más primitivas) de los modelos más avanzados del mediterráneo oriental. Todo este escenario difusionista se vino abajo en cuanto los estudios más detallados –y en particular gracias a la introducción de las dataciones absolutas– permitieron desmontar la cronología previa, mostrando que los megalitos occidentales atlánticos eran mucho más antiguos que los famosos tholoi[1] micénicos. Hoy en día la teoría más aceptada –que no necesariamente correcta– es que hubo varios focos o núcleos de megalitismo y que en cada lugar se desarrolló de forma más o menos autónoma.

Así pues, el arranque del megalitismo se dató con cierta fiabilidad en el Neolítico, y se comprobó que tuvo cierto auge durante el periodo calcolítico[2], prosiguiendo –según los territorios– hasta bien avanzada la Edad del Bronce, en que empezó a decaer hasta desaparecer por completo en la Edad del Hierro. No obstante, los estudios más recientes de algunas estructuras han arrojado dataciones aún más antiguas, que se remontarían al Epipaleolítico[3], como el caso de Carrowmore, en Irlanda, datado en 5.400 a. C. Ahora bien, es preciso aclarar que todos estos datos se corresponden con la visión de la arqueología ortodoxa, según la cual el megalitismo está restringido al marco temporal ya citado y a la amplia región europea-mediterránea. Todas las estructuras megalíticas de otras zonas o épocas no han tenido la misma atención y se las suele considerar como “otras cosas” o estructuras aisladas hechas con grandes bloques, utilizando otros términos como “construcciones ciclópeas”.

Aparecen unos asombrosos pilares en Göbleki Tepe



Recinto con pilares de Göbekli Tepe
Curiosamente, en la mayoría de textos académicos sobre megalitismo –ya actualizados– se omite discretamente el yacimiento prehistórico de Göbleki Tepe, una colina ubicada al sureste de Turquía y que ha causado una auténtica revolución en el mundo de la arqueología. El yacimiento empezó a ser excavado sistemáticamente en los años 90 del pasado siglo por el DAI (Instituto Arqueológico Alemán) y al poco causó gran sensación por la monumentalidad de los restos que iban hallando. Pronto se pudo comprobar que el lugar no era una ciudad o un poblado, ni tampoco un cementerio, pues no había restos de viviendas ni de tumbas sino más bien un conjunto de recintos de piedra[4] de forma más o menos ovoide con un pequeño acceso que contenían en su interior unas grandes estructuras megalíticas en forma de pilares cuadrangulares rematados por una losa superior, o sea, en “T”. Así pues, los arqueólogos interpretaron que estaban ante una especie de templo o santuario, donde tendrían lugar determinadas ceremonias.

Estos pilares tienen entre 3 y 5 metros de altura y pesan varias toneladas; el bloque más pesado se halló en una cantera cercana y se le asignó un peso aproximado de unas 50 toneladas. Otro rasgo muy peculiar es que muchos de estos pilares están decorados con bellos relieves geométricos, antropomórficos –figuras humanas muy estilizadas– y zoomórficos, entre los cuales se puede identificar serpientes (el animal más representado), toros, gacelas, jabalís, zorros, asnos salvajes... En cuando al significado de esta iconografía, realmente no hay pistas claras, y en este caso se ha recurrido a las habituales conjeturas sobre una función ritual, totémica o chamánica. También se han encontrado otros notables restos esculpidos, como estatuas exentas de jabalís o incluso una representación humana itifálica. Por otra parte, algunos estudios alternativos, a cargo principalmente del investigador británico Andrew Collins, parecen demostrar que los recintos y los pilares estaban orientados sobre el terreno para marcar ciertas constelaciones o alineaciones estelares.

Detalle de un pilar decorado
Sin embargo, lo más espectacular fue el descubrimiento de que –según las pruebas enviadas a laboratorio para datar (por carbono-14)– el yacimiento tenía una antigüedad enorme, que sobrepasaba con mucho lo que los expertos podían esperar. Estamos hablando de un horizonte temporal de 9.500 a. C. - 8.000 a. C., esto es, entre finales de Paleolítico y el Neolítico incipiente (sin la presencia de cerámica), que técnicamente se llama PPN. 

Además, tal como se ha podido verificar, las personas que habitaron esta zona enterraron voluntariamente los recintos hacia el 8.000 a. C. y el lugar quedó intacto –y libre de cualquier contaminación que afectara a las pruebas de datación– durante 10.000 años, lo cual añade más incógnitas a la interpretación global de este enclave. Lo que es cierto es que Göbekli no es un caso aislado pues se han hallado otros yacimientos de la misma época en Turquía que presentan rasgos semejantes; el más destacado es Karahan Tepe, con idénticos pilares, pero que apenas ha comenzado a ser investigado.

Por consiguiente, ya podríamos hablar de megalitismo –e incluso de “pre-civilización–en una fecha muy remota e impensable hasta hace poco. De hecho, Göbekli ha venido a romper algunos moldes del evolucionismo cultural más arraigado en la comunidad científica y sigue siendo un dolor de cabeza para las mentes más instaladas en el inmovilismo. Por de pronto, ahora mismo se han parado las excavaciones y se ha procedido a realizar algunas obras de restauración y protección de los restos.


El megalitismo mediterráneo centro-occidental



Templo de Ggantija
Si dejamos a un lado el “tardío” megalitismo del Egeo, advertiremos que la auténtica eclosión del megalitismo en el Mediterráneo tiene lugar a partir del Neolítico en el Mediterráneo central y occidental, y lo que es más llamativo, con una notabilísima importancia en ciertos territorios insulares como Malta, Cerdeña, Córcega, Mallorca y Menorca. De entre todas estas islas, es de rigor destacar el espectacular megalitismo de Malta (y la cercana isla de Gozo), con unas dataciones que se remontan incluso al 3.600 a. C., muy anteriores a las de otros famosos monumentos megalíticos europeos como Stonehenge. Allí encontramos muestras arquitectónicas tan impresionantes como los complejos templos (Mnandra, Hagar Qim, Ggantija, etc.) realizados con enormes ortostatos y que presentan varias salas y cámaras ovaladas. También son de reseñar el laberíntico hipogeo de Hal Saflieni –que contenía miles de tumbas– o la extensa red de zanjas sobre el terreno o cart ruts (“surcos de carro”)[5] que todavía siguen intrigando a los investigadores. Todo ello por no hablar de otros temas más bien espinosos –pero muy citados por los autores alternativos– como los supuestos templos localizados bajo el mar o la presencia de individuos de cráneos extremadamente dolicocéfalos.

Nuraghe de Santa Sarbana (Cerdeña)
Si nos desplazamos más al norte, tenemos el megalitismo de las islas del Mar Tirreno, Córcega y Cerdeña. En la primera de ellas, se localiza gran cantidad de monumentos megalíticos, datados entre el Neolítico y la Edad del Bronce, sobre todo los típicos menhires y alineamientos, y algún que otro dolmen. Lo que es muy de destacar es el conjunto de unos curiosos menhires antropomórficos en Filitosa, que fueron esculpidos con rostros humanos, dando como resultado una imagen lejanamente parecida a los famosos moai del Pacífico pero en pequeña escala. En cuanto a Cerdeña, cabe resaltar la presencia de la cultura nurágica (de nuraghe, una especie de torreón). Los nuraghi son, en efecto, unos imponentes torreones troncocónicos edificados con grandes piedras y que han sido datados en la Edad del Bronce, si bien los primeros monumentos podrían ser de finales del Neolítico. Este fenómeno es impresionante porque hay miles de estas estructuras en la isla (nada menos que unas 8.000) y algunas de ellas todavía conservan una buena altura. El nuraghe más grande y famoso es el de Su Nuraxi (en Barumini), que incluye varias estructuras (cabañas y pequeñas torres) alrededor de una gran torre principal. En cuanto a su funcionalidad concreta, nada se sabe, aparte de las consabidas especulaciones. Se ha dicho que podrían ser templos, viviendas, residencias de jefes, fortalezas, observatorios astronómicos, etc.

Por otra parte, la tradición popular isleña habla de unas tumbas de gigantes, unas construcciones relacionadas con los nuraghi y que no aparecen en otros lugares de Europa. Se trata de unas edificaciones en planta rectangular rematadas con un ábside realizado a base de grandes losas y presididas en su entrada por una especie de patio en semicírculo y un pequeño menhir u obelisco ritual llamado betile. Lo que es propiamente la tumba consiste en una cámara funeraria de entre 5 y 15 metros de largo, con una altura máxima de dos metros. En todo caso, vistas las proporciones y el tamaño de algunas puertas de los nuraghi, tanta referencia a gigantes –como mínimo– da que pensar... [6]

Finalmente, podríamos citar otros monumentos notables como una estructura piramidal (el monte d’Accoddi), atribuida a la cultura local Ozieri[7], y el llamado Pozo de Santa Cristina, una estructura de factura más pulida que los nuraghi y que ha sido interpretado como un observatorio astronómico.

...Y los pilares reaparecen en Menorca



Tayalot (poblado de Talatí de Dalt, Menorca)
Si nos trasladamos al Mediterráneo más occidental, tenemos notables ejemplos de megalitismo en la Península Ibérica, como la cultura de los Millares, que floreció durante el Calcolítico, con sus magníficas tumbas de tipo tholoi. Pero, volviendo al mundo insular, es muy destacable el megalitismo que podemos hallar en las Islas Baleares, más concretamente en Mallorca y Menorca, cuna de la llamada “cultura talayótica” (del catalán talayot, torreón), datada desde la Edad del Bronce hasta la Edad del Hierro. Por cierto, es un detalle muy significativo y poco conocido que Menorca constituye el territorio con más concentración de megalitos del mundo (por kilómetro cuadrado), exceptuando la famosa isla de Pascua.

Naveta des Tudons (Menorca)
En estas dos islas podemos ver claros ecos del megalitismo sardo, corso y maltés, con centenares de restos megalíticos de diverso tipo: poblados amurallados, cuevas artificiales, recintos sagrados y los consabidos torreones, de planta circular o cuadrangular, muy parecidos a los ya citados nuraghi de Cerdeña, aunque aquí se les ha conferido una interpretación casi segura de torres de vigilancia o de defensa. Estos talayots suelen tener, como media, unos 8 metros de altura y unos 15 de diámetro en su base, si bien el de Trepucó (Menorca) tiene casi 26 metros de diámetro de base. Además, es de resaltar que en Menorca aparecen otras estructuras megalíticas con forma de casco de nave invertida –las navetas– de finalidad aparentemente funeraria. La naveta más famosa y bien conservada es la naveta des Tudons, de 13,5 metros de largo y poco más de 6 metros de ancho, con una altura que supera los 4 metros.

Pero lo que es más destacable, y también exclusivo de Menorca, es la presencia de unos grandes pilares en T llamados taulas (“mesas”, en catalán), formados por una losa vertical rectangular, llamada piedra soporte, que puede superar los cuatro metros de altura[8], y una losa horizontal –ligeramente troncopiramidal– encima, la piedra capitel. Estas taulas no estaban aisladas en el paisaje sino que formaban parte de un conjunto arquitectónico delimitado por un pequeño recinto amurallado. 

La estructura completa vendría a estar compuesta por un muro, en forma de ábside o de herradura, construido con grandes piedras y con una abertura o entrada[9]. Dicho muro presenta a menudo varios huecos o nichos que han sido interpretados como espacios para situar estatuillas u ofrendas, más unas pilastras adosadas que parecerían formar una especie de “capillas”.

Taula del poblado de Talatí de Dalt. Véase la pilastra caída sobre la piedra capitel de la taula
En el interior del recinto encontramos una gran taula central o bien tres taulas en línea (lo que se denomina “trío majestuoso”) más otros pilares secundarios o pilastras, cuya piedra capitel es de tamaño muy reducido. En cuanto a su aspecto y decoración, las piedras están bien trabajadas pero –a diferencia de Göbekli Tepe– no hallamos en las losas ningún relieve ni grabado, salvo una nervadura en una de sus caras. Y en referencia al propósito de la propia taula, algunos expertos han especulado con la idea de que fuera un mero elemento arquitectónico funcional, esto es, que fuera la columna de apoyo de una techumbre del recinto, hecha de madera y ramajes, desaparecida con el paso del tiempo. Para otros, en cambio, todo el conjunto estaría al aire libre y podría constituir una especie de santuario, en el cual las taulas tendrían una función específica de tipo simbólico o ritual en el contexto de las creencias de las gentes de aquella época. A este respecto, se han encontrado algunos restos de hogueras y de animales supuestamente sacrificados, lo que reforzaría la idea de que era un lugar ceremonial.

Epílogo



Para complicar un poco más las cosas, el autor alternativo Graham Hancock ha dado a conocer recientemente en su sitio web una noticia que podría tener cierta relevancia con relación a los famosos pilares en T. Hancock se refiere al hallazgo de unas curiosas figuras en una tablilla cuneiforme a cargo de la investigadora independiente Madeleine Daines. Al parecer, la tablilla sumeria, de gran antigüedad (periodo Uruk V, alrededor de 3.500 - 3.250 a. C.), representaría en uno de sus extremos dos pilares megalíticos en T, al estilo de Göbekli Tepe, inscritos en una especie de recinto.

Tablilla sumeria con representación de dos pilares dentro de un recinto (parte superior izquierda)
Para Hancock, Göbekli Tepe fue posiblemente la creación de los últimos supervivientes de una civilización desaparecida antediluviana que legó su saber a las generaciones venideras a través de sus logros arquitectónicos. De todas formas, y aunque pudiéramos “comprar” esta teoría, aceptando también que las figuras de la tablilla se corresponden con los pilares de Göbekli Tepe, está claro que la tablilla sumeria es muy posterior al abandono y enterramiento de este yacimiento. ¿Quedaba en pie algún otro resto semejante que hubieran podido ver los antiguos sumerios? ¿O simplemente era un conocimiento o culto que se había conservado durante milenios de forma simbólica? Demasiada especulación para tan pocas pruebas y certezas.

Por último, nos queda la conexión inesperada con Menorca. El propio Hancock me comentó en su momento que las similitudes con Göbekli Tepe le resultaban bastante llamativas, y que además no creía que las fechas aceptadas fueran correctas. Asimismo, pensaba que todo el megalitismo formaba un conjunto y que en general su cronología debía ser revisada, empujando su antigüedad muchos miles de años atrás. Pero si damos por buenas las dataciones disponibles, estamos hablando de que las taulas se sitúan en el primer milenio antes de Cristo[10], a muchos miles de años (y de kilómetros) de Göbekli Tepe. También resulta paradójico observar que los dos ejemplos de pilares en T están situados a uno y otro extremo del Mediterráneo, sin que haya ninguna estructura mínimamente semejante entre medio. Ya hemos visto las obvias similitudes y las posibles conexiones entre varios monumentos megalíticos del Mediterráneo, por lo que se hace difícil explicar ese enorme vacío.

Vista general de las excavaciones en Göbekli Tepe
Así pues, es posible que ambas construcciones fueran completamente independientes y que respondieran a motivaciones distintas, aunque pudiera haber un nexo común inconsciente de tipo ritual. Ahora bien, no se puede pasar por alto que algunos rasgos de las dos construcciones tienen unos claros paralelismos –aparte de la supuesta finalidad simbólica– como la existencia de unos recintos de piedra a los que se accede por una entrada y la presencia en su interior de uno o varios de estos megalitos, de altura muy pareja y con una losa vertical similar en la forma (no así la horizontal). 

De todos modos, tenemos que admitir que –como en muchísimas otras ocasiones– los arqueólogos andan perdidos en sus interpretaciones de ciertas formas y estructuras del remoto pasado, y ante las incógnitas suelen recurrir al socorrido cajón de sastre de la religión, las creencias, la superstición, la magia, los rituales, etc. Entretanto, estos curiosos pilares seguirán en ese limbo interpretativo a la espera de que algún investigador dé con la clave para desvelar su misterio.

© Xavier Bartlett 2016

Fuente imágenes: DAI, Wikimedia Commons, www.grahamhancock.com y Jaume García





[1] Tumbas circulares con una cúpula en voladizo y con un corredor de acceso.

[2] Edad del Cobre, la primera etapa de la tecnología metalúrgica.

[3] Periodo final del Paleolítico, en transición al Neolítico. Tradicionalmente se había llamado Mesolítico.

[4] Actualmente se han excavado cuatro completamente pero hay al menos otros 16 detectados bajo la superficie, mediante prospección de geo-radar.

[5] Véase el artículo que escribí en este mismo blog sobre este tema.

[6] También cabe mencionar que existen desde hace mucho tiempo rumores de hallazgos de huesos de gigantes en diversos puntos de la isla, pero no hay ninguna investigación académica que lo corrobore. De todas formas, es significativo el hallazgo en 1974 de unas estatuas humanas esquemáticas en Monte de Prama que representan a unos individuos de entre 2 y 2,50 metros.

[7] Según el investigador alternativo Javier Sierra, se trataría de una pirámide o un ziggurat edificado por los sumerios, que habrían llegado a la isla en tiempos muy remotos

[8] Y en algún caso se ha verificado que también estaban bien enterrados en el suelo, como el pilar de Torralba d’en Salort, que se prolongaba hasta los dos metros de profundidad.

[9] Sólo se conoce un caso con dos accesos: Son Catlar.


[10] Algunos investigadores, empero, consideran que las dataciones obtenidas hasta la fecha no son del todo seguras y que podrían ser más antiguas.

jueves, 20 de agosto de 2015

El fenómeno de los “surcos de carro”


Los llamados “surcos de carro” constituyen una de esas rarezas del ámbito arqueológico que apenas es conocida por el gran público, tal vez porque no es espectacular ni especialmente misteriosa y porque se ha mantenido relativamente alejada de las muy populares teorías sobre la presencia de seres extraterrestres en nuestro planeta. Con todo, es un fenómeno que –pese a estar bien descrito y estudiado a lo largo de muchos años de investigación– sigue desafiando tanto a los académicos como a los investigadores independientes, puesto que nadie ha sido capaz de dar una explicación sólida y coherente sobre su origen y función.

Antes que nada, es preciso realizar una breve introducción o definición de estos “surcos de carro” (internacionalmente más conocidos por su denominación en inglés: cart ruts o cart tracks). Básicamente, se trata de unas pequeñas zanjas, canales o hendiduras excavadas sobre el terreno, que forman líneas rectas o curvas de diversa longitud y que aparecen por pares, lo que les da un aspecto de camino. Presentan una sección en “V” o “U”, con una profundidad que oscila entre unos 10-15 centímetros hasta 50-60 centímetros. No obstante, en algunos casos, los surcos apenas destacan sobre la superficie o bien son muy profundos, alcanzando incluso hasta un metro. Dada su trayectoria paralela y su separación media regular, alrededor de 1,40 metros, se empleó la expresión “surcos de carro” para definirlos, a falta de mejores explicaciones.

Surcos de Clapham Junction (Malta)
Estos surcos han sido localizados en diversos lugares del planeta, desde México a Azerbaiyán, pero sobre todo están muy presentes en el área mediterránea (Sicilia, Cerdeña, Italia, sur de Francia, España[1], Grecia, Turquía...). Pero de entre toda la casuística, destacan con mucho los 150 yacimientos de surcos hallados en las islas de Malta y Gozo, excavados sobre una dura superficie de piedra caliza coralina. Es de reseñar cierta zona del sudoeste de Malta llamada Misrah Ghar il-Kbir o Clapham Junction[2], que concentra una amplia red de surcos, que toman diversas direcciones y que a veces convergen o se entrecruzan. Asimismo, se han identificado allí unas extrañas crestas esculpidas en el mismo terreno rocoso, con la apariencia de cajas o cuadrados y de triángulos isósceles y equiláteros, sin que nadie sepa qué son y cómo se relacionan con los surcos.

También se ha podido apreciar que varios de los surcos acaban en los acantilados y parecen tener continuación más allá de la línea de la costa; de hecho, algunas prospecciones submarinas han permitido identificar restos de estos surcos en las aguas circundantes. En este sentido, varios investigadores apuntan al hecho de que la continuidad de surcos entre Malta y la adyacente isla de Filfla[3] demostraría que toda la zona estaba por encima de las aguas en tiempos muy remotos y que luego el nivel del mar subió en gran medida –quizá por efecto de una gran catástrofe natural– hasta separar las dos porciones de tierra.

Sobre su datación, no hay manera de obtener fechas absolutas, pero se aprecia que las tumbas púnicas se construyeron por encima de estos surcos, lo cual los remontaría a una antigüedad mínima del siglo VII a. C., con un horizonte aproximado entre la Edad del Hierro y la Edad del Bronce. Sin embargo, algunos investigadores creen que son bastante más antiguos y de hecho se ha formulado la hipótesis de que podrían coincidir con la época de construcción de los grandes templos del Neolítico (entre el 4000 y el 2500 a. C.) y que podrían estar relacionados con la extracción y traslado de piedra de las canteras a los enclaves megalíticos. De todas formas, si damos por buenos los surcos subacuáticos, la fecha podría retrasarse varios miles de años más, hasta el final de la última Edad de Hielo, cuando se produjo un gran deshielo global que hizo subir considerablemente el nivel de las aguas.

Lo cierto es que, a pesar de muchas décadas de estudios in situ, nadie sabe exactamente qué son los surcos, ni quién los hizo, ni cuándo ni con qué fin. De hecho, no existen referencias escritas, ni mitos ni tradiciones orales, ni imágenes de ningún tipo sobre los surcos. Por sus características se puede descartar que tales marcas sean fruto de procesos geológicos, pero tampoco parece que sean huellas de antiguos carros, dado que no tenemos una tercera marca central, la que habría hecho el animal o animales de tiro. Se ha especulado sobre otras opciones, como –por ejemplo– raíles sobre los que desplazar un trineo u objeto semejante, huellas de algún vehículo no identificado, canales de irrigación o incluso alineaciones con finalidades rituales o astronómicas (al “estilo Nazca”)  pero no hay pruebas mínimamente sólidas al respecto. En el caso de Malta, empero, la opinión mayoritaria de los arqueólogos es la mencionada teoría del transporte de piedra para los templos megalíticos.

Lo que es muy destacable es que este mismo año ha salido a la luz una noticia relacionada con este fenómeno con cierto toque sensacionalista, pero que merece ser tenida en cuenta a la espera de investigaciones posteriores. Así, el geólogo ruso Alexander Koltypin, de la Universidad Internacional Independiente de Ecología y Politología de Moscú, ha vertido afirmaciones muy llamativas sobre unos surcos paralelos ubicados un terreno petrificado del Valle Frigio[4], en la Anatolia Central (Turquía).

Surcos con estrías laterales sobre la roca (Turquía)
Según Koltypin, la formación rocosa en que se hallan estas marcas es particularmente antigua: se trata de una deposición solidificada de ceniza volcánica que se ha datado entre 12 y 14 millones de años, lo que descarta obviamente que hubiesen sido hechas por carros del Mundo Antiguo; además, algunos surcos son excepcionalmente profundos, hasta un metro en algunos puntos. Al parecer, las huellas se habrían originado sobre terreno blando y su notable profundidad es síntoma del peso del vehículo. En su opinión, más bien tienen el aspecto de huellas de vehículos modernos todo-terreno dado el ancho entre de los surcos, parecido al de los coches o camiones. Y por si fuera poco, por encima de los surcos se observan unas estrías laterales en la roca que  podrían haber sido hechas por los ejes de los supuestos vehículos.

El geólogo ruso no duda en aseverar que “estamos viendo los signos de una civilización que existió antes de la clásica creación de este mundo. Puede que las criaturas de esta pre-civilización no fueran como los humanos modernos.” Por otro lado, la perfección de los trazos le impulsa a rechazar la hipótesis de que sean productos de procesos naturales sin ninguna intervención humana. Así pues, Koltypin propone que hace unos 12-14 millones de años debió existir una antiquísima civilización pre-humana que manejaba enormes vehículos en lo que hoy es la actual Turquía[5].

En definitiva, más allá de mencionar gratuitamente la existencia de esos vehículos en una era muy remota, este hallazgo podría suponer un salto cualitativo en el estudio de los cart ruts, por la longitud y profundidad de las marcas, por la presencia de hendiduras laterales sobre la roca y por la datación geológica, que parece ser de bastante fiabilidad. No obstante, como es obvio, antes de lanzar las campanas al vuelo, se deberá comprobar con seguridad que tales trazos sobre el terreno no pudieron ser el resultado de algún proceso natural (¿glaciares?) o de alguna intervención humana relativamente reciente. Pero si se confirma la antigüedad y artificialidad de estos surcos, habrá que volver a plantear más de una hipótesis sobre su significado.

© Xavier Bartlett 2015


[1] En la localidad de Solana de la Pedrera (Murcia).
[2] Nombre dado por el arqueólogo David Trump, a partir de la semejanza de este lugar con un complejo nudo de vías ferroviarias en Gran Bretaña.
[3] También allí se ha reconocido el mismo tipo de surcos.
[4] Frigia es una región de Turquía con una rica historia antigua, así como una notable mitología que incluye al rey Gordias o al rey Midas.
[5] Hay que incidir en el hecho que este geólogo es más bien un científico heterodoxo que ha abrazado muchas herejías y teorías alternativas relativamente radicales y que por ello sus afirmaciones deben tomarse como mínimo con una moderada prudencia.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Arqueoacústica: insospechados ecos del pasado


Uno de los rasgos más típicos de la arqueología alternativa ha sido sin duda la defensa de una Antigüedad mucho más avanzada de lo que se ha venido aceptando convencionalmente, tanto en el ámbito de la conciencia como en el de la ciencia. Así, no son pocos los autores alternativos que han ido proponiendo teorías sobre un Mundo Antiguo caracterizado por una ciencia y tecnología de un nivel similar o incluso superior a la de nuestros tiempos.

En este contexto, y vistos los sólidos indicios de una alta ciencia, más de un autor se apresuró a sugerir la intervención de seres inteligentes procedentes del espacio en la realización de tales prodigios, lo que conformó la llamada teoría del antiguo astronauta, que aún sigue en boga hoy en día. No obstante, más recientemente, otros muchos autores postulan la existencia de una humanidad  avanzada que vivió en un ciclo álgido –según el modelo de una historia cíclica– y que desapareció dejando apenas unos pocos rastros de su ciencia a las nuevas generaciones de una Humanidad inferior. En este artículo nos centraremos precisamente en unos de esos rastros, a través de una interesante teoría –poco conocida a nivel popular– que apareció hace unos pocos años acerca de determinados conocimientos relacionados con el sonido.

Esta teoría que presentamos a continuación es fruto del trabajo de varias personas, pero particularmente del ingeniero norteamericano Glenn M. Kreisberg, especialista en el terreno concreto de las radiofrecuencias. Lo que propone Kreisberg es todo un reto a las mentes más convencionales, pues sus estudios –sustentados en gran parte en el trabajo previo del investigador eslovaco Pavel Smutný– le han llevado a la conclusión de que los antiguos podían haber tenido un claro conocimiento del espectro electromagnético, sobre todo en aspectos del ámbito de la acústica, lo que se puede conectar directamente con una reciente vía de investigación del pasado llamada arqueoacústica[1].

Pinturas rupestres de Altamira (reproducción)
Según esta nueva disciplina, podemos contemplar la posibilidad real de que el sonido fuese un elemento clave en antiguas ceremonias y en la configuración de ciertas estructuras. Por ejemplo, los recientes estudios sobre el arte rupestre paleolítico han apuntado a una asociación entre las áreas en las que tiene lugar una fuerte resonancia y la localización de las pinturas. Tal hallazgo demostraría que las propiedades del sonido ya eran conocidas y apreciadas hace más de 30.000 años. Asimismo, se han realizado algunos estudios sobre las propiedades sonoras de algunos artefactos, pero este campo apenas ha dado resultados relevantes.

Volviendo al tema específico del conocimiento del espectro electromagnético, Glenn Kreisberg plantea que los antiguos –por lo menos antes de la aparición de la ciencia de la Antigua Grecia, precursora de la ciencia moderna– podían expresar conceptos o materias relacionadas con la ciencia de forma muy distinta a que lo hacemos nosotros, lo que tal vez nos hace pasar por alto o malinterpretar ciertas observaciones, que los expertos actuales toman como simbolismos o alegorías, o simplemente no les conceden ningún sentido específico. Así, Kreisberg cree que los antiguos tenían un conocimiento íntimo de la naturaleza y de los mecanismos o fuerzas que la rigen, y entre estos elementos estaría sin duda el espectro electromagnético, “una secuencia continua de energía electromagnética dispuesta según una longitud de onda o frecuencia”. 

El planteamiento teórico de Kreisberg se fundamenta en que el espectro electromagnético (EM) es algo que forma parte del entorno natural en que se desenvuelve el hombre y que por tanto debía ser conocido de alguna manera por el hombre primitivo, dada su íntima proximidad a la naturaleza y a la interdependencia con ella. Para demostrar que los antiguos sí eran conscientes de la existencia de las ondas, Kreisberg saca a colación una serie de antiguos motivos artísticos y ornamentales de varias culturas relacionados con formas ondulantes o sinuosas, dientes de sierra, etc


Templo megalítico de Malta
De hecho, sabemos que las primeras culturas humanas hicieron uso de fuerzas naturales como el fuego, el agua, el viento y el sonido. Para el investigador americano, el conocimiento del espectro EM no puede limitarse a los últimos tiempos, sino que debe tener unos precedentes que han de remontarse a épocas muy antiguas. Retomando las tesis de Smutný, Kreisberg afirma que los templos megalíticos de Malta podrían haber tenido una función de propagación del sonido a gran distancia. Así, estos grandes complejos megalíticos podrían haber funcionado realmente como generadores de ondas acústicas de alta frecuencia, cuya finalidad sería la de establecer un sistema de comunicación entre las diversas islas. Incluso las leyendas sobre las sirenas y sus característicos cantos tendrían alguna relación con estas estructuras. De hecho, se han encontrado en Malta muchas estatuas de mujeres gruesas (como las divas de la ópera moderna), que podrían haber emitido sonidos o cantos desde el centro de la estructura. Luego, la configuración multi-lobular de los propios templos habría permitido la amplificación del sonido, teniendo en cuenta que los bloques megalíticos serían un buen material resonante. 


Patrón de propagación de antena
Planta del templo de Hagar Qim
Esta hipótesis puede parecer algo rebuscada, pero Kreisberg muestra la evidente semejanza entre la forma lobular del templo de Hagar Qim y un típico patrón de propagación de una antena inalámbrica de 800 MHz, con un lóbulo principal y lóbulos laterales. A partir de aquí, ha ido un poco más allá y ha encontrado otros indicios significativos en el mismo conjunto arqueológico. Tomando como referencia una publicación de Joseph S. Ellul 1988 titulada Malta’s Prediluvian Culture at the Stone-Age Temples (1988), Kreisberg destaca que en Hagar Qim se halló un dintel desplazado de su lugar sobre el cual se había asentado en perfecto equilibrio una gran losa con notables propiedades acústicas, pues cuando era golpeada con otra piedra sonaba como una campana. Más tarde, en los años 50, los bloques se reubicaron en sus posiciones originales y el efecto de la “campana de Hagar Qim” se perdió para siempre. Finalmente, Kreisberg toma nota de una observación hecha por Graham Hancock en Malta, al destacar la posición despejada los templos, con un notable descenso del nivel terreno a su alrededor, lo cual sería una condición ideal para la propagación de la señal acústica a grandes distancias. Y una vez más, en algunos megalitos malteses encontramos los famosos diseños curvilíneos o en espiral con forma de “onda”.

En todo caso, Kreisberg, concede una gran verosimilitud a la hipótesis de la comunicación entre las islas a partir de dos observaciones. Por un lado, tendríamos el mar como un canal de comunicación ideal. De hecho, la transmisión del sonido se vería potenciada por la amplificación de éste a través del agua. Esta característica es bien conocida a partir de principios físicos: el agua enfría el aire que está justo por encima de la superficie, lo que ralentiza las ondas que viajan sobre la superficie. Esto provoca una refracción o curvatura de la onda sonora de tal modo que se propaga una mayor cantidad de sonido a través de la masa de agua.

Por otro lado, Kreisberg supone que para que el sistema tenga sentido debe haber un emisor y un receptor, y precisamente encontró un rastro muy interesante al respecto en la isla de Lampedusa, a unos 160 km. al sur de Malta y cerca de la costa tunecina. Allí existen unos restos megalíticos que todavía no se han investigado aún, pero cuyo aspecto circular podría constituir un claro paralelo de los famosos templos malteses.

Obviamente, Glenn Kreisberg hace la reflexión de que todo esto podría ser un cúmulo de coincidencias pero si hubiera una clara intencionalidad detrás de los hechos observados, entonces tendríamos que preguntarnos si los antiguos no tenían un cierto nivel de sofisticación tecnológica inesperada. Aquí, el autor americano lanza la hipótesis de que tal vez el megalitismo, cuyo propósito sigue sin estar demasiado claro para la arqueología, constituía el legado de un conocimiento perdido en su funcionalidad.

Pero además del caso maltés, Kreisberg ha identificado otros posibles rastros arqueoacústicos en las torres célticas de Irlanda, cuyo periodo de construcción se ha fijado aproximadamente entre los siglos VII y X de nuestra era. Existen allí más de cien de estas altas estructuras cilíndricas, todas ellas construidas con unos mismos patrones arquitectónicos, y se supone que en principio estaban aisladas y luego acabaron rodeadas de edificaciones anexas (iglesias,  monasterios...). Para los investigadores académicos las torres habrían tenido una función de vigilancia y defensa ante posibles incursores, con las puertas de acceso situadas entre 1,5 y 4,5 metros por encima del nivel del suelo, supuestamente por razones de seguridad.

Torres célticas irlandesas
Sin embargo, Kreisberg cree que esta interpretación es errónea y para ello se apoya en el trabajo de un investigador norteamericano llamado Phillip Callahan[2], el cual defiende la tesis de que estas torres en realidad fueron diseñadas y utilizadas como enormes sistemas de resonancia para captar y almacenar energía electromagnética procedente de la tierra y del cielo. De hecho Callahan considera que estas torres, así como otras estructuras similares del Mundo Antiguo, eran antenas que captaban la sutil radiación magnética del Sol y la transmitían a los monjes en meditación y a las plantas que crecían en la base de la torre. Este fenómeno sería posible gracias a la propia forma de la torre y a los materiales de construcción.

En efecto, las piedras empleadas (caliza, arenisca, basalto, granito...) tendrían propiedades paramagnéticas y funcionarían óptimamente como antenas y también como conductores de energía. Callahan apreciaba, además, que algunas torres presentaban rellenos de cascotes en determinadas porciones interiores, lo cual –lejos de ser un hecho aleatorio– indicaría que las torres-antenas habrían sido “sintonizadas” para resonar con ciertas frecuencias específicas.

Por otra parte, la misma posición geográfica de las torres mostraba que se hallaban distribuidas según un patrón que reflejaba la posición de las estrellas del hemisferio norte en el solsticio de invierno. Estos lugares, no casualmente, se encontraban sobre antiguos terrenos sagrados desde épocas remotas, coincidiendo así con otras antiguas civilizaciones como los egipcios o los mayas, que parecían conocer una resonancia energética entre determinados enclaves terrestres y ciertos cuerpos celestes.

Ante estos hechos, cabe preguntarse si los antiguos monjes irlandeses conocían estas propiedades y las utilizaban en su propio beneficio. Algo de ello podría haber, pues Kreisberg alude a modernos experimentos de exposición a campos de radiación electromagnética, en los cuales se pudo comprobar que los individuos analizados experimentaban un notable estado de bienestar y salud, aparte de alcanzar ciertos estados alterados de conciencia o de “trance” que podrían equipararse a las experiencias chamanísticas. Y así pues aquí podríamos tener otra posible explicación para la construcción de monumentos megalíticos, basada en el uso de los campos electromagnéticos.

Juntando todas las piezas, Kreisberg especula con que los antiguos conocían bien las propiedades del sonido y lo podrían haber usado básicamente con estos fines:

  • Hacia arriba: para la comunicación con los dioses
  • Al nivel de tierra: para la comunicación a larga distancia y para defenderse (el sonido como arma).
  • Hacia abajo (el inframundo): para entrar en estados alterados de conciencia o para comunicarse con el mundo espiritual.

Finalmente, cabe reseñar que recientemente (2014) se celebró en la propia isla de Malta un congreso internacional organizado por la Old Temples Study Foundation[3] sobre arqueoacústica a partir del proyecto llamado Hal Saflieni Hypogeum Acoustics Research Project, cuya finalidad es llevar a cabo un estudio científico completo de este enclave arqueológico desde la perspectiva del sonido. El informe sobre los resultados de esta primera experiencia está todavía pendiente de publicación.

© Xavier Bartlett 2014


Crédito imagénes: 1. Matthias Kabel 2. Dietrich Michael Weidmann 
3, 4 y 5. Extraídas del artículo Did Ancient Humans Have Knowledge of the Electromagnetic (EM) Spectrum?

 

Referencias


KREISBERG, G. Did Ancient Humans Have Knowledge of the Electromagnetic (EM) Spectrum? (2005), en www.grahamhancock.com/articles

KREISBERG, G. Mission Malta - Exploring the Sound and Energy Properties of Ancient Architecture (2014), en www.grahamhancock.com/articles

http://www.otsf.org/


[1] Esta disciplina es definida en Wikipedia como “el uso del estudio acústico como un enfoque metodológico en la arqueología. Esto puede implicar, por ejemplo, el estudio de la acústica de los yacimientos arqueológicos o el estudio de la acústica de artefactos arqueológicos.”
[2] Callahan escribió un libro al respecto titulado Ancient Mysteries, Modern Visions (1984)
[3] Se trata de una entidad cultural estadounidense sin ánimo de lucro fundada en 1994 y compuesta por profesionales de diversas disciplinas. Sus objetivos se han centrado en la preservación y difusión del gran legado arqueológico que representa el conjunto de templos megalíticos malteses, y más recientemente en su investigación arqueoacústica.