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martes, 17 de marzo de 2020

La arqueología alternativa en España


Aunque en repetidas ocasiones me he referido aquí a los autores españoles del campo de la arqueología alternativa, tenía la sensación de que me quedaba pendiente escribir un artículo más completo para describir todo este fenómeno en nuestro país desde sus comienzos, poniendo el énfasis en los investigadores principales, por lo menos los de la época “clásica”. Así pues, y sin ánimo de ser exhaustivo, expondré a continuación la historia y el desarrollo de la arqueología alternativa en España, teniendo en cuenta que con el cambio de siglo y la expansión de Internet han aparecido numerosísimos “expertos”, investigadores, o simples divulgadores que –desde sus webs, blogs o canales de youtube– han inundado el ciberespacio de información sobre arqueología alternativa, si bien en la mayoría de las ocasiones no han aportado nada realmente nuevo. De todos modos, debo admitir que alguno de estos “aficionados”, como Eliseo López Benito, llaman la atención por lo audaz de su trabajo, que –más allá de posibles errores– ayuda a romper moldes y a fijar nuevas líneas de investigación.

Para empezar, digamos que la arqueología alternativa –como fenómeno cultural y literario– apareció con cierto retraso en España, si la comparamos con su entorno occidental. Así, mientras que el llamado realismo fantástico y la Teoría de los Antiguos Astronautas ya triunfaban en los años 60 en Europa, aquí prácticamente pasaron desapercibidos, a excepción del interés de unos pocos aficionados. No fue realmente hasta el final de la década, sobre todo por el impacto global de la obra de Von Däniken, cuando toman fuerza los primeros investigadores y escritores que se lanzan a difundir la arqueología alternativa tomando los temas y enfoques de los autores internacionales más destacados, siempre bajo una fuerte influencia de la visión ufológica. En este momento aparecen figuras de la talla de los catalanes Antoni Ribera y Andreas Faber-Kaiser, que escriben sobre múltiples temas y empiezan a cosechar cierto éxito popular.

Antoni Ribera (1920-2001), submarinista y escritor, fue un auténtico “todo-terreno” que ya había traducido a muchos autores alternativos internacionales y que mostró un interés interdisciplinar por asuntos que iban desde los ovnis hasta los fenómenos paranormales, pasando –claro está– por los “misterios” arqueológicos o históricos. Para hacer justicia, hay que resaltar que ya desde finales de los años 50 Ribera se había interesado por el fenómeno ovni y que en 1968 fundó una legendaria revista, Horizonte, que copiaba en cierto modo el modelo de Planète, de los famosos Pauwels y Bergier. En el ámbito arqueológico cabe reseñar que en 1975 protagonizó una expedición a la isla de Pascua de la que nacería un clásico literario de este género: Operación Rapa-Nui. En todo caso, Ribera nos dejó un legado en forma de numerosos libros y artículos que podían englobar desde los monstruos marinos hasta los triángulos de la muerte repartidos por todo el planeta, pero siempre manteniendo como eje la cuestión extraterrestre.

A. Faber-Kaiser
Andreas Faber-Kaiser (1944-1994) también se inició en el entorno ufológico, pero en su caso tocó mucho más la arqueología alternativa propiamente dicha, si bien relacionándola habitualmente con las presencias extraterrestres. Ya en 1971 publicó su primer libro, ¿Sacerdotes o cosmonautas?, que marcaría sus primeros pasos en las investigaciones sobre “antiguos astronautas”. Posteriormente, en 1976, fundó –junto con el periodista argentino Alejandro Vignati–  la ya mítica revista Mundo desconocido, que significó todo un hito en los estudios ufológicos y de arqueología alternativa hasta su desaparición en 1982. De hecho, esta publicación fue reconocida como una de las tres mejores de su género en todo el panorama mundial, con colaboraciones de autores internacionales de primera fila. Así, entre otros muchos nombres, podemos destacar a investigadores pioneros en ufología y arqueología alternativa como Jacques Vallée, Erich Von Däniken, Zecharia Sitchin, Louis Pauwels, Peter Kolosimo, Peter Krassa, Colin Wilson, Aimé Michel, Antonio Ribera, Salvador Freixedo, Fernando Jiménez del Oso, J.J. Benítez, y un largo etcétera. Aparte, Faber-Kaiser emprendió múltiples investigaciones y viajes por diversos rincones del planeta que culminaron en la publicación de varios libros, la mayoría de ellos a caballo entre la ufología, la historia oculta y el mundo de la conspiración. Así, merece la pena recordar su trabajo de campo en lugares tan lejanos como la Cueva de los Tayos (en la selva ecuatoriana) o las ruinas megalíticas de la isla de Pohnpei (en el Pacífico). Entre sus libros podemos resaltar los siguientes títulos: Jesús vivió y murió en Cachemira (1976), Las nubes del engaño (1984), y El muñeco humano (1989). Finalmente, cabe destacar su faceta de divulgador, al haber impulsado programas de radio –como Sintonía Alfa– de gran impacto popular sobre estas temáticas.

Ya bien entrados en los años 70 la arqueología alternativa española, en tanto que insustituible compañera de viaje de la ufología, se hace muy popular de la mano de toda una pléyade de autores, investigadores y periodistas que escriben libros y artículos, realizan programas de radio, filman documentales o bien dan el salto a la pantalla televisiva. En cuanto a la difusión literaria, es imprescindible citar el esfuerzo de la editorial Plaza y Janés, que sacó una completa colección de obras maestras del género bajo el título Otros Mundos. Esta es la época clásica por excelencia de la arqueología alternativa en España, que se iba a extender hasta finales de los años 80. Sólo por citar los nombres más destacados, debemos hacer constar a los siguientes:

La granja humana, de S. Freixedo
Salvador Freixedo (1923-2019): jesuita y escritor gallego que propiamente fue un gran experto en ufología, pero que escribió repetidamente sobre la interpretación de la historia humana en clave de manipulación a cargo de los “antiguos dioses” venidos de otros mundos. En este campo, sin duda su obra más destacada sería La granja humana (1988).

Fernando Jiménez del Oso (1941-2005): psiquiatra madrileño que escribió algunos libros, pero que fue básicamente reconocido por su labor de divulgación de las “ciencias paranormales” y de la arqueología alternativa en televisión a partir de programas ya míticos como Más Allá, La otra realidad y La Puerta del Misterio. Fue también investigador y realizó numerosos viajes que se plasmaron en series o documentales. En torno a él se reunieron otras figuras del género y todavía es recordado como un referente de un enfoque serio y científico en estos temas, si bien para el estamento académico siempre fue un difusor de las pseudociencias.

Juan García Atienza (1930-2011): licenciado en filología, profesional del cine y la televisión, que escribió sobre materias como la antropología, la arqueología y la historia. Se especializó en el campo de las antiguas creencias, los lugares mágicos y muy en particular en el mundo de los templarios. Entre sus obras podemos destacar: Guía de la España mágica (1983), Guía de la España templaria (1987), Guía de la España griálica (1988), El libro de los dioses (1992), Los supervivientes de la Atlántida (1994) o El misterio de los templarios (2000).

Juan José Benítez (1946): periodista y escritor navarro que, como otros muchos, se inició como experto en ufología. Más adelante, se adentró en muchos ámbitos de la arqueología alternativa y realizó numerosos viajes e investigaciones de campo. En su caso, se ha interesado en particular por aspectos relacionados con la religión, la Biblia y Jesucristo. También ha tocado el medio audiovisual y es autor de la serie El planeta encantado, donde analiza diversos misterios de la Antigüedad. Aparte de su famosa serie Caballo de Troya, podemos destacar varias obras como las siguientes: Mis enigmas favoritos, Existió otra humanidad, El enviado, Los astronautas de Yavé.

En fin, siguiendo esta línea, en las últimas décadas han seguido apareciendo investigadores que en la gran mayoría de los casos son periodistas especializados en el “mundo del misterio”, en que el asunto ufológico sigue siendo el leit-motiv, pero que se muestran cada vez más abiertos a tocar múltiples facetas de la historia o arqueología alternativa, sobre todo las más populares o las que suscitan mayores controversias. En suma, estamos ante el triunfo de la cultura de masas centrada en los enigmas o misterios. En este ámbito hay perfiles un poco para todos los gustos, desde los más rigurosos o escépticos a los más amantes del espectáculo y de las audiencias. Por lo general, muchos de estos investigadores han acabado siendo escritores, editores de revistas, o directores de programas de radio o televisión y han alcanzado cierto éxito mediático.

Revista Año Cero
Sólo a modo de muestra cabría citar a Enrique de Vicente, Miguel Blanco, Manuel Carballal, Bruno Cardeñosa, Lorenzo Fernández Bueno, Sebastià d’Arbó, Josep Guijarro, José Antonio Caravaca, Miguel Pedrero, Iker Jiménez, etc. Soy consciente de que son unos pocos nombres y que debería citar muchos más, pero todavía me dejaría a bastantes personas en el tintero. Para no extenderme demasiado, cabe subrayar que la arqueología alternativa ha merecido amplios espacios en series o programas televisivos específicos, pero sobre todo ha gozado de buena salud en la radio (con programas como La rosa de los vientos, Espacio en Blanco, etc.) y en la prensa escrita (Karma-7, Más allá de la ciencia, Año Cero, Enigmas, etc.).

He reservado conscientemente un par de nombres a los que deseo honrar por su dedicación a aspectos puramente arqueológicos e históricos. En primer lugar, me referiré al recientemente fallecido piramidólogo Manuel José Delgado, un investigador y realizador audiovisual que se obsesionó con Egipto y las grandes pirámides. Delgado, al que tuve oportunidad de conocer personalmente hace unos años, era todo un experto en la Gran Pirámide –desde la faceta heterodoxa obviamente– y participó en numerosos documentales y estudios que se plasmaron en un completo libro (El secreto de la Gran Pirámide, 2002) sobre este monumento y todas las incógnitas que aún encierra.

El segundo investigador no podía ser otro que el famoso… Javier Sierra. Ya desde la adolescencia se interesó por el tema ovni “y sus derivados” e incluso se desplazó a la residencia de Antoni Ribera, en Sant Feliu de Codines, para beber directamente de las fuentes del gran maestro del género. Como otros, Sierra fue dejando a un lado la ufología clásica y se metió en el mundo de los misterios históricos y la arqueología alternativa, siendo desde entonces un reputado escritor en este campo, tras haber compartido pesquisas con figuras internacionales de la talla de Bauval o Hancock. Si tuviera que recomendar al menos un par de libros del periodista turolense, escogería En busca de la Edad de Oro (2000) y La ruta prohibida (2009). Desde hace unos años se ha dedicado por entero a la novela, con gran éxito internacional, narrando historias con un marcado trasfondo de misterio histórico e incluyendo ciertos toques esotéricos.

Arqueología de los dioses, de N. Ares
He dejado para el final expresamente a los escasísimos autores que proceden del campo académico. Tan sólo creo que merecen ser destacados dos nombres: Nacho Ares y José Luis Espejo. Nacho Ares, al que he consultado más de un asunto polémico dada su probada solvencia, es licenciado en Historia Antigua por la Universidad de Valladolid y siempre ha tenido un pie en el campo ortodoxo y otro en el alternativo. Por un lado, fue director de la prestigiosa Revista de Arqueología (ya desaparecida) y es un reconocido experto en egiptología. Por otro, en sus inicios llegó a participar en algún programa de Jiménez del Oso y hoy en día colabora con Iker Jiménez en Cuarto Milenio. La arqueología alternativa es parte importante de su repertorio, destacando muy en especial todas las cuestiones relacionadas con el Antiguo Egipto. De su bibliografía recomiendo El enigma de la Gran Pirámide (2004) y en particular Arqueología de los dioses (2007), todo un repaso crítico de la arqueología alternativa más habitual en la literatura y los medios. Nacho es sin duda todo un referente en la difusión de estos temas gracias a sus colaboraciones televisivas y a programas de radio como SER Historia.

José Luis Espejo es un compañero arqueólogo de la Universidad de Barcelona (somos casi de la misma promoción) que se ha dedicado por entero a investigar muchos temas típicos de la arqueología alternativa. José Luis no es un personaje mediático, pero ha publicado varios libros muy bien planteados y documentados que tal vez deberían haber merecido más atención. Lo que ocurre, y esto lo he experimentado yo mismo en mi modesta labor, es que cuando se nada entre dos aguas, se corre el peligro de ser rechazado o ignorado por los dos extremos. Dicho esto, destacaría sus obras Los hijos del Edén (2010), Temas de Historia oculta (2015) y Ecos de la Atlántida (2018).

En suma, podemos afirmar que la arqueología alternativa en España fue una derivación tardía del fenómeno internacional, en que la mayoría de las aportaciones más destacadas se hicieron hace ya décadas. En España el peso de la cuestión extraterrestre y la teoría de los Antiguos Astronautas siempre fue muy grande y marcó las investigaciones de muchos autores, como si no hubiera otros enfoques para abordar esta disciplina. Véase incluso hoy en día la insistencia de tanta gente con el omnipresente tema Anunnaki, por poner un ejemplo. Aparte de esto, los temas más habituales han sido los clásicos como los dioses creadores, la Atlántida, Egipto, las pirámides, la civilización maya, los ooparts, las tecnologías imposibles, etc. Fuera de esto hay muy poca investigación original, exceptuando algunas personas que exploran ámbitos minoritarios, como es el caso de mi amigo Guillermo Caba Serra y su estudio de la llamada arqueología de la conciencia.

Por lo demás, con los años, del puro interés intelectual se pasó a la abierta explotación comercial-mediática de los enigmas arqueológicos y esto es básicamente lo que tenemos actualmente, potenciado por la presencia de Internet. Y, en fin, espero que desde mi humilde empeño de divulgación y análisis –iniciado en 2012– la arqueología alternativa haya sido un poco más conocida en el ciberespacio, siempre intentado mantener un tono de rigor y crítica, lo que no excluye la amplitud de miras y la exploración de cualquier vía de estudio, a donde quiera que nos lleve.

Para concluir, y como homenaje a la arqueología alternativa española, adjunto el vídeo de un reportaje dedicado a la Gran Pirámide, a cargo del profesor Jiménez del Oso, con la colaboración de Manuel J. Delgado. El programa incluye también un debate posterior, en el que podremos observar la presencia, entre otros, de un joven Nacho Ares.



© Xavier Bartlett 2020

Nota: Dedico este artículo a la memoria del arqueólogo aficionado y buen amigo Manuel Fernández Saavedra, fallecido sin haber podido concluir todos sus planes de investigación.


sábado, 20 de octubre de 2018

La historia alternativa en el cine


Como cualquier otra disciplina relacionada con la literatura y la cultura en general, la historia (o arqueología) alternativa ha sido objeto de interés por parte de Hollywood –y de otras industrias cinematográficas en menor medida– por lo menos desde finales del siglo XX y lo que llevamos de siglo XXI. Eso sí, como era de esperar, el recurso a argumentos “alternativos” ha sido siempre en función del puro entretenimiento; esto es, presentando esta arqueología o historia alternativa como un espectáculo fantástico que trata de jugar con la imaginación. Así, en este tipo de cine podemos apreciar una mezcla, en dosis variables, de realidad, ficción, mito y aventura, sin demasiado ánimo de ajustarse a criterios de rigor, realismo y mucho menos “pretensiones científicas”. Además, cabe tener en cuenta –y lo sé por experiencia– que la arqueología científica real (la de campo, laboratorio o biblioteca) es bastante tediosa, lenta y metódica, y difícilmente puede resultar atractiva para un público ávido de acción y misterio.

La excepción a la regla de la ficción desatada serían los muchos documentales sobre este tema que en realidad han sido directamente producidos para la televisión o para el consumo en Internet. Ahora bien, no por ello debemos dejar de citar a un antiguo clásico de la gran pantalla como el documental Chariots of the Gods de Von Däniken  basado en sus primeros dos libros (“Recuerdos del futuro” y “Regreso a las estrellas”) que aprovechó muy bien el tirón de sus best-sellers para atraer a bastantes personas a las salas de cine. Hoy en día se puede visionar dicho documental en el portal youtube, y aunque pueda parecer una antigualla en comparación con series actuales como Ancient Aliens, sigue siendo muy recomendable para entender todo el fenómeno de la Teoría de los Antiguos Astronautas.

Si nos centramos ya en la propia ficción, podemos ver que hay diferentes categorías en función también de los diferentes subgéneros de la historia e arqueología alternativa. Para empezar, tenemos los exponentes más populares de la arqueología fantástica en forma de aventureros que persiguen misterios, tumbas, tesoros y reliquias, entre los cuales destacan con mucho el famoso Indiana Jones y la explosiva Lara Croft (de la saga Tomb Raider). De esta última nada voy a decir, pues me parece mucho más cercana al cine de acción y de aventuras, en que la arqueología es más o menos es un mero pretexto para mostrar una historia trepidante. Asimismo, dejo a un lado otras sagas fantasiosas como La momia, en que se han tomado unos cuantos tópicos egipcios al uso desarrollados en flojas –y bien poco alternativas– narrativas; eso sí, muy cargadas de efectos especiales. 

La última película de Indiana Jones
En Indiana Jones, una creación del dúo Lucas-Spielberg, sí se quiso dar más empaque al trasfondo arqueológico del guión con materias clásicas de la historia alternativa como el Arca de la Alianza, el Santo Grial, la mitología hindú o las calaveras de cristal, aparte de otras varias referencias a la arqueología más tópica de hace muchas décadas. Sin embargo, una vez más, la trama aventurera predomina con mucho sobre la investigación de los hechos históricos y en el fondo se apela a aquel dicho de “que la verdad no te estropee una buena historia”. 

En una antigua entrada ya me referí a esta saga de Indiana Jones como un fallido intento de mezclar la arqueología académica con la alternativa, y la verdad es que ambas salen malparadas de la amalgama. Sólo por recordar algunos rasgos de este personaje y sus películas, podemos decir lo siguiente:

  • Indiana tiene más bien un perfil de cazador de tesoros (o clandestino, en la terminología profesional), no de un arqueólogo. Busca piezas de coleccionista y, en caso de no encontrarlas, recurre al mercado negro, todo ello a golpe de látigo y de revólver. ¡Y además, resulta que es profesor universitario y que debe dar ejemplo!
  • Precisamente, como profesor, hay una escena en la que habla en general de “Neolítico”, mientras se dedica a describir unas tumbas etruscas ¡y que parecen más bien megalíticas!
  • Resulta que todas las cámaras o salas en donde entra Indiana no están sepultadas bajo tierra; es decir, no hay que excavar, todo está en perfecto estado de revista (con un poco de polvo y unos cuantos bichos indeseables...).
  • Indiana siempre tiene a mano algún libro que le soluciona todo, pero necesita la ayuda de un viejo destartalado para descifrar unos símbolos antiguos en una joya egipcia. ¡Ese viejo debía ser el mejor arqueólogo de los años 30, pero de incógnito! Sin embargo, los signos en cuestión no guardan relación con ninguna de las antiguas escrituras egipcias. 
  • ¿Cómo es posible que a mediados de los años 30 los nazis excavaran a lo grande en Egipto –entonces un país pro-británico– con todo un ejército del Afrika Korps (no creado hasta 1941)? 

Evidentemente, todo esto son licencias concedidas al espectáculo, y cualquier estudiante de arqueología –yo lo era cuando se estrenaron las películas– sonríe a gusto ante tanto disparate y fantasía. Lo cierto es que los argumentos sugeridos violentan en gran parte los conocimientos y métodos de la arqueología académica pero tampoco muestran claramente las teorías y propuestas alternativas más en boga. De todas maneras, flota sobre el ambiente de la saga un cierto aire misterioso o reverencial ante ciertas incógnitas del pasado, y en su última película –la más alternativa– se hace un directo alegato a la intervención de los alienígenas en épocas inmemoriales, lo que propiamente es uno de los puntales de la arqueología alternativa.

La estación espacial en 2001,
una odisea del espacio
No obstante, existen otras muchas ficciones cinematográficas en que de un modo u otro aparecen los extraterrestres en nuestro más remoto pasado. Sólo por citar algunas, tenemos Stargate (1994) con el dios Ra en funciones de malvado tirano, y con la consabida teoría de que fueron los alienígenas los que construyeron las pirámides y fundaron la civilización egipcia. En una línea más elaborada está la reciente película Prometheus (2012), que enlaza con la serie de ciencia-ficción Alien, y que presenta el misterio del origen del ser humano, que vendría a ser el producto de unos ciertos “dioses”. Igualmente cabría citar la obra maestra de Kubrick 2001, una odisea del espacio (1968) basada en la novela de Arthur C. Clark, que si bien no saca a la palestra a los extraterrestres sí incluye una profunda reflexión sobre el origen, evolución y destino del hombre ­a partir de una misteriosa intervención inteligente en forma de perfecto monolito paralelepípedo.

En cuanto a la presencia de extraterrestres en tiempos actuales (o incluso futuros), en realidad ya deberíamos referirnos a la ufología y no a la historia alternativa, pero ya sabemos que las presencias de seres de otros mundos constituyen un discurso paralelo al de la historia de la Humanidad (si aceptamos la perspectiva de Vallée y otros clásicos). Así pues, vale la pena mencionar que la cantidad de películas en este ámbito desde los años 50 es enorme y contempla todas las posibles variantes, que van desde el terror a la comedia, pasando por la conspiración, la aventura, la ciencia-ficción y la fantasía. Sólo por citar algunas películas de referencia (algunas de las cuales han sido objeto de remake): La cosa (1951), Ultimátum a la Tierra (1951/2008), La guerra de los mundos (1953/2005), El planeta prohibido (1956), La invasión de los ultracuerpos (1956/1978), La semilla del espacio (1962), El hombre que cayó a la Tierra (1976), Encuentros en la tercera fase (1977), Alien (1979), E.T. (1982), Predator (1987), Expediente X (1993), Men in Black (1997), Señales (2002), etc.

Percy H. Fawcett
Dejando a los extraterrestres aparte, existe un subgénero de películas centradas en el hallazgo de antiguos tesoros o de ciudades perdidas, que ha sido explotado a través de bastantes producciones sin demasiadas pretensiones –como la moderna película Congo (1995)– pero también ha sido objeto de proyectos más ambiciosos. En una línea más bien sobria estarían las producciones dedicadas al mito de El Dorado, entre las cuales destacan Aguirre, la cólera de Dios (1972), con una notable actuación de Klaus Kinski, y la bella película del director español Carlos Saura El Dorado (1987). Muy recientemente, el mito de El Dorado (o Paititi, u otros muchos nombres) ha sido rescatado de nuevo en una producción de Hollywood titulada Z, la ciudad perdida (2017), un biopic sobre la figura del coronel Percy Fawcett, el explorador británico que en 1925 se perdió en la jungla brasileña cuando iba en busca de “Z”. Por último, cabe citar en este apartado un clásico de los años 30, relacionado con los reinos secretos u ocultos donde reina el amor y la sabiduría, como el famoso Shambala o Agartha, que fue llevado al cine en la película Lost horizon (1937), cuyo argumento giraba en torno a la llegada de unos aviadores accidentados a una tierra mítica en el corazón del Himalaya llamada Shangri-La.

También existe una filmografía un poco más sofisticada que mezcla las historias de tesoros con otros temas típicos de la historia alternativa como las sociedades secretas, los templarios, los poderes ocultos, etc. En esta línea estarían dos grandes éxitos de taquilla como La Búsqueda (2004) y El Código da Vinci (2006). Esta última, además, enlaza con el asunto siempre polémico del llamado linaje sagrado y la controversia sobre la historicidad o divinidad de Jesucristo, que también fue objeto de una película moderna: The body (“El cuerpo”, de 2001). En una rama colateral podríamos citar el tema de las leyendas medievales sobre el Grial y el rey Arturo, que ha ofrecido algunas películas de interés y calidad como por ejemplo Excalibur (1981), de John Boorman.

Piedra de Ica
En lo que se refiere a presentar el pasado prehistórico de la Humanidad, han habido películas relativamente próximas a la arqueología académica, como En busca del fuego (1981) del francés J. J. Annaud, pero también se ha fantaseado con otros escenarios que recordarían a las piedras de Ica, con humanos viviendo en la era de los dinosaurios, tal como se veía en la película Hace un millón de años (1966). Sobre esta producción, aparte de la herejía de los dinosaurios, cabe resaltar que –según la ortodoxia– los seres humanos de hace un millón de años difícilmente tendrían el aspecto de Homo sapiens, sino más bien de Homo erectus. De todos modos, en algunas corrientes de arqueología alternativa se plantea que el H. sapiens podría ser mucho más antiguo de lo que se ha reconocido hasta la fecha... En fin, en épocas más recientes se ha vuelto a fantasear sobre la Edad de Piedra, como en el film 10.000 B. C. (2008), en que los cazadores de mamuts se ven envueltos en una trama que les lleva a descubrir una civilización avanzada, regida por un ser gigante, que construía grandes pirámides hace 12.000 años.

T. Heyerdahl
Y si avanzamos un poco más en el tiempo, se han realizado varias películas sobre esas civilizaciones del pasado, en especial sobre Egipto, pero con poco o nulo contenido alternativo[1]. A ello cabría sumar las diversas producciones realizadas entre los 50 y los 60 que se sumergieron directamente en las antiguas mitologías, y que en gran medida fueron películas más propias del género del peplum (“de romanos”), con alguna digna excepción como Atlantis, The lost continent (1961) que abordaba directamente el mito de la Atlántida desde el relato platónico, pero sobre todo con una fuerte influencia de las visiones de Edgar Cayce, mostrando una civilización muy desarrollada en determinados aspectos tecnológicos. Y ya en tiempos más actuales se ha retomado algún típico icono alternativo como la famosa isla de Pascua y sus moai en Rapa Nui (1994), o las teorías sobre los viajes transoceánicos en la Antigüedad, plasmadas en las expediciones del explorador noruego Thor Heyerdahl y en parte reflejadas en la película Kon Tiki (2012).

Para finalizar, hay que admitir que se han realizado otras múltiples producciones –más bien de serie B– sobre muchos temas de ciencia-ficción o bien puntos oscuros de la historia que podrían llevar la etiqueta de alternativos, como el Triángulo de las Bermudas, el Experimento Filadelfia, el incidente de Ayers Rock, el monstruo del lago Ness, las criaturas humanoides, las profecías de Nostradamus, los viajes en el tiempo, etc. pero en general, salvo contadas excepciones, todas estas películas inciden en el misterio como un fin en sí mismo, y en realidad desprestigian cualquier enfoque relativamente riguroso de la historia alternativa.

En suma, los arqueólogos académicos no tienen razones para estar muy satisfechos del tratamiento de su ciencia en el cine, pero hay que admitir que tampoco las visiones alternativas han tenido un enfoque escrupuloso o veraz. Desde luego que existe un cine “historicista” que trata de ajustarse lo más posible a los hechos, pero llegados a ciertos temas tópicos, el puro espectáculo predomina y los argumentos se toman todas las licencias que consideran oportunas. Más bien da la impresión de que, dado lo anodina que resulta la arqueología, el cine ha tenido que echar mano de las fantasías y aventuras para atraer al público con relatos fascinantes y muy movidos.

En este sentido, cualquier intento de mostrar ideas o hechos de un modo científico está condenado al fracaso porque el cine –sobre todo el de Hollywood– debe ser comercial y no se puede permitir que la gente se aburra (o peor aún, que piense...). Nos guste o no, la gran mayoría del público tiene nociones muy vagas de historia y de arqueología y por lo general suele desconocer las controversias que mantienen los ortodoxos con los alternativos. En consecuencia, tanto la arqueología académica como la alternativa han quedado relegadas al minoritario mundo de los documentales, que pueden dar un cierto aire de seriedad y rigor a sus respectivas propuestas para los pocos interesados en la materia. No nos engañemos: los debates intelectuales entre Graham Hancock y Nick Flemming (arqueólogo subacuático británico) sobre ciudades sumergidas bajo las aguas atraen a cuatro gatos...

© Xavier Bartlett 2018

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] Cabe señalar que para muchos críticos del bando alternativo, estas películas en que se ven a miles de esclavos, capataces con látigos, trineos y rampas para construir las grandes pirámides son sólo un vano intento de apuntalar socialmente las versiones académicas que no han podido ser demostradas fehacientemente.

martes, 3 de abril de 2018

¿Intrusos o pioneros?


Déjenme comenzar con una anécdota personal. Por allá a mediados de los años 80, un servidor de ustedes –siendo estudiante de arqueología en segundo año de carrera– pisó por primera vez una excavación arqueológica. Se trataba de la Penya del Moro, un importante poblado ibérico[1]cercano a Barcelona en el cual iba a realizar mis primeras prácticas de campo junto con otros compañeros novatos. Había por allí algunos estudiantes ya más veteranos, algunos jóvenes licenciados y alguna otra persona que ayudaba en las tareas de excavación. Pero entre todos los presentes destacaba la figura de un hombre mayor, canoso y con sonrisa afable, que parecía estar al mando de la situación. Los jóvenes arqueólogos le iban a consultar cosas, le mostraban piezas de cerámica, conversaban sobre cómo planear las excavaciones de ese día, etc.

Excavaciones en la Penya del Moro (1984)
Lógicamente deduje que ese era el “jefe”, el director de la excavación, y que a él debía dirigirme preferentemente para solucionar mis múltiples dudas de novato. Pero antes hablé con uno de jóvenes licenciados y le pregunté quién era exactamente el hombre mayor. La respuesta me sorprendió un poco entonces, pero rápidamente me hice a la idea de lo que significaba la expresión mundo académico, y su contexto político-cultural-administrativo. Básicamente me dijeron esto: “Aquel señor se llama Josep Barberà, pero no es el director de la excavación porque no puede ejercer de director de cara a la administración, ya que no tiene el título.” ¡Zasca! En un momento me puse al corriente de cómo funcionaban las cosas. Sólo la administración concede permisos para excavar, en unas condiciones y requisitos determinados, y los directores de excavación han de poseer el título universitario correspondiente. 

No era el caso de Josep Barberà i Farràs (1925-2003), profundo aficionado a la arqueología desde su juventud y fundador de la Societat Catalana d’Arqueologia. Ahora, ya cercano a la jubilación, seguía dedicando tiempo a las excavaciones, que eran su gran pasión desde hacía décadas. Pero el señor Barberà no era un cualquiera. Había trabajado codo con codo con los más notables arqueólogos del país en las ruinas de Emporion, había aprendido las técnicas y métodos de los arqueólogos, había leído muchos libros e incluso había co-escrito varios artículos científicos con los profesionales de carrera. He aquí el porqué los jóvenes licenciados –entre los cuales estaban los directores oficiales de la excavación– le consultaban repetidamente. Josep Barberà era el erudito, el que sabía de verdad y el que en su calidad de arqueólogo amateur podía dar algunas lecciones a los profesionales aún un poco verdes.

Tuve la oportunidad de excavar un par o tres de años en aquel yacimiento y siempre quedé admirado por el conocimiento técnico de aquel hombre, siempre dispuesto a ayudar a todo el mundo, en especial a los más inexpertos. Fue un placer y un honor trabajar a su lado, por todo lo que aprendí y especialmente por ser un ejemplo de humildad y dedicación. Con el tiempo fui conociendo a otras personas –aunque no del nivel de Barberà– que colaboraban con los arqueólogos por pura pasión hacia la investigación arqueológica. De todos modos, esas ayudas siempre estaban dentro de los cauces de lo marcaban los “profesionales al mando”, los cuales aplicaban el método científico, procedían a registrar y analizar los hallazgos, y finalmente redactaban sus memorias técnicas (¡imprescindibles para la administración!), quedando como último paso la publicación de sus resultados en alguna revista técnica.

G. Belzoni
El caso del señor Barberà podría ser el arquetipo del sabio sin título, del erudito que había hecho de la arqueología su vocación y que sin haber pasado necesariamente por las aulas académicas poseía un sólido bagaje de conocimiento y experiencia. Este perfil se remonta a los mismos inicios de la arqueología, cuando había en realidad más aficionados que expertos, porque los estudios académicos estaban aún en pañales. Más adelante, la arqueología se consolidó como ciencia, pero la figura del amateur estuvo muy presente durante décadas y en la mayoría de los casos constituyó un aporte muy valioso para la arqueología. En efecto, si somos estrictos, muchos investigadores del siglo XIX, entre los cuales podemos citar a Belzoni, Howard-Vyse o Heinrich Schliemann[2], eran en realidad amateurs que trabajaron voluntariosamente –si bien generalmente con escaso rigor– y que pese a sus errores y carencias pusieron su granito de arena en la construcción del edificio científico. Y en ese sentido fueron pioneros.

Claro que una vez establecido el dogma académico y la reputación profesional, las cosas empezaron a cambiar. La arqueología se asentó como disciplina universitaria y se creó un estamento internacional de sabios reconocidos. Esto hizo que se fueran marcando las diferencias entre los amateurs y los académicos, y que los primeros tuvieran que aceptar una cierta sumisión a los segundos. Sin embargo, no todos los arqueólogos aficionados o vocacionales de finales del siglo XIX y principios del XX se sumaron al carro de la ortodoxia o la visión predominante. De hecho, a menudo se posicionaron contra el estamento académico, como fueron los casos del doctor Morlet en el tristemente célebre caso de Glozel (Francia) o el de James Reid Moir en Red Crag (Inglaterra). Y décadas antes de éstos, el santanderino Marcelino Sanz de Sautuola había sufrido el menosprecio de los académicos franceses cuando descubrió las pinturas de Altamira.

Ahora bien, ya bien avanzado el siglo XX se fue consolidando otro perfil de intruso en el mundo de la arqueología. Se trataba de los proponentes o defensores de la llamada arqueología alternativa, que para los académicos no merece consideración seria, pues en su opinión no es más que un producto pseudocientífico, un simple negocio literario o cultural sin ninguna fiabilidad científica. Así, cuando empecé a adentrarme en la arqueología alternativa, no fue una gran sorpresa descubrir que prácticamente todos los autores heterodoxos no eran arqueólogos ni historiadores. Son personas con un bagaje diverso, a veces con una sólida formación científica o técnica, pero que nunca han pisado las aulas académicas donde se imparte la doctrina oficial de la arqueología.

El egiptólogo Z. Hawass con tres destacados autores alternativos: West, Bauval y Hancock
Obviamente, este fenómeno se parece bastante en la forma a lo que hemos comentado (gente que se implica en la arqueología sin tener el título) pero no así en el fondo. Los modernos autores de arqueología alternativa no participan en excavaciones arqueológicas, no comulgan con el paradigma y publican sus obras fuera de los cauces académicos. En este sentido, los márgenes de actuación están bastante claros en casi todos los países del mundo: o bien los aficionados –o cualquier clase de técnicos auxiliares– colaboran dentro del paradigma o bien no les dejan excavar ni meterse en exploraciones que vayan poco más allá de hacer unas fotos[3]. 

El problema es doble. Por un lado, los alternativos no tienen título, no tienen profesión, no tienen legitimidad para inmiscuirse en el aparato del mundo académico. Por otro lado, esos autores acostumbran a lanzar ideas y teorías que chocan directamente con los fundamentos del paradigma. Y evidentemente eso no está demasiado bien visto.

A partir de este punto, creo que vale la pena hacer una breve reflexión sobre el papel de las personas que se introducen en el estudio del pasado sin tener el sello oficial concedido por la administración y el mundo académico. Antes de proseguir, empero, es preciso situar las coordenadas del debate. En arqueología, como en cualquier otra disciplina de la ciencia, estamos hablando básicamente de un saber definido y acotado. Por tanto, eso es lo que nos ofrece una licenciatura en esta materia: un amplio conocimiento que es objeto de examen y certificación. Así pues, al cabo de cinco años de estudios, el licenciado obtiene un título reconocido administrativamente que le permite demostrar su capacidad profesional y le da a acceso a los trabajos que requieren de tal certificación. Ahora bien, hay que situar las cosas en su realidad y justa medida. Me explicaré.

Los estudios oficiales nos proporcionan una visión de la teoría y de la práctica científica y nos aportan una gran cantidad de datos y hechos que siempre son de gran utilidad. Los estudios académicos nos abren la puerta al conocimiento establecido, fruto de cierto consenso científico internacional, si bien nunca es completo ni “sagrado”[4]. Pero en la práctica, ocurren dos cosas. En primer lugar, todo el conocimiento arqueológico o histórico es realmente muy amplio y debe limitarse. De ahí que la licenciatura en Geografía e Historia (tal como existía en España hace 30 años) tuviera múltiples especialidades en diversos campos entre los que estaba la propia Geografía, la Antropología, la Historia del arte, o las diversas épocas de la Historia.

Aspecto habitual de una excavación arqueológica (Roma)

Pero yendo un poco más allá, la misma Prehistoria e Historia Antigua constituía un conjunto demasiado amplio para especializarse y así, dentro de esa rama, los alumnos tendían a escoger unas determinadas asignaturas para obtener un conocimiento todavía más especializado. De este modo, había alumnos que optaban por profundizar más en el Paleolítico, otros en el Neolítico, otros en la Edad de Bronce, otros en el mundo clásico, etc. El resultado es que tenías una idea general de todo, pero realmente sabías más de unas épocas o culturas determinadas. Por ejemplo, un servidor de ustedes jamás pisó una excavación de ámbito paleolítico, y sin embargo excavé bastante en varios poblados ibéricos y villas romanas. Y este es el gran drama de nuestra ciencia actual: muchos super-especialistas y casi nadie con una capacidad holística de relacionar o integrar conocimientos entre diversas materias.

En segundo lugar, de forma inevitable, lo que se recibe en la universidad es la visión oficial y aceptada del saber acumulado hasta la fecha por parte de los sabios, y eso incluye todas las normas y reglas de juego del paradigma científico, que en la práctica son axiomas teóricos y metodológicos que no están bajo discusión. No me atrevería a llamar a esto adoctrinamiento, pero es evidente que en todas las ciencias la trasmisión del conocimiento también supone la aceptación de una forma de pensamiento y una determinada concepción y aplicación del método científico. Esto significa que, una vez obtenido el título, si se quiere ejercer la profesión y prosperar, uno debe atenerse a las normas académicas y profesionales y no salirse del guión. Por tanto, todos mis antiguos compañeros de promoción que se acabaron dedicando profesionalmente a la arqueología repitieron los hábitos clásicos de la profesión, bajo las estrictas regulaciones y normas de la administración y el mundo académico, que en conjunto controlan toda la actividad arqueológica (en investigación, conservación y promoción del patrimonio).

No obstante, la arqueología parece atraer a muchos outsiders, que desde hace décadas vienen investigando por su cuenta y ofreciendo puntos de vista a veces bien distintos de los que presenta el paradigma, hasta el punto de caer en la auténtica herejía. Y aquí llegamos al quid de la cuestión: ¿debemos rechazar a esas personas por ser “intrusos” sólo interesados en vender libros o documentales, o al menos conseguir cierta cuota de notoriedad? ¿O hay que considerarlos “pioneros”, porque aportan una bocanada de aire fresco a la visión convencional de la arqueología? ¿Y si hubiera una posición intermedia, alejada de condenas de una u otra parte?  Vamos a profundizar en este dilema.

Obras alternativas
En principio, todo el mundo es libre de opinar acerca de cualquier tema sobre el cual se tenga una mínima noción. Otra cosa bien distinta es valorar lo que pueden aportar tales opiniones. Para opinar con criterio, obviamente, lo primero que se precisa es conocer el campo en que se emiten las críticas. Por ello, la mayoría de autores alternativos toma la precaución de informarse sobre lo que el paradigma dice y luego elaborar su discurso. Por mi conocimiento de la arqueología alternativa, he comprobado que el grado de ese conocimiento académico es muy variable, y va desde lo más superficial o parcial hasta un conocimiento profundo de la materia, hasta el punto de que varios intrusos adquieren un dominio más que notable de los asuntos a tratar, sobre todo a través de lecturas, y en menor medida a través de algún tipo de observación sobre el terreno.

Pero lo mejor de todo es que esa captación y procesado de información se produce desde su punto de vista, lo que hace que enfoquen la arqueología desde una óptica conceptual y práctica diferente de la clásica versión que recibimos los estudiantes académicos (“los de Letras”). De este modo, nos encontramos que el estudio de la realidad arqueológica es vista a través ojos bien distintos de los habituales, por ejemplo, a cargo de filósofos, antropólogos, astrónomos, filólogos, físicos, químicos, ingenieros, geólogos, arquitectos, periodistas, etc. Esta circunstancia es en realidad un arma de doble filo. Por una parte, se puede meter la pata hasta el fondo, al desconocer los parámetros en que se mueve la investigación arqueológica o al omitir muchos hechos relevantes que son objeto de constante revisión o renovación[5]. Por otra parte, estas personas que proceden de otros campos profesionales pueden interpretar los mismos restos o pruebas bajo otras muchas consideraciones –no menos científicas– que no son compartidas o entendidas por los profesionales académicos.

No obstante, lo más valioso de los intrusos es que no llevan en su bagaje todo el arsenal de sesgos, prejuicios y dogmas que caracteriza a los llamados especialistas. Los autores que examinan la realidad arqueológica desde otra perspectiva pueden ver lo que los arqueólogos de carrera no ven porque no han sido educados para ello. En realidad, éstos se han limitado a consolidar y repetir las concepciones adquiridas a lo largo de muchas décadas –y algunas se remontan todavía al siglo XIX– y les cuesta aceptar las visiones de otros científicos o estudiosos porque no cuadran con su sistema de creencias. Sólo a veces, los arqueólogos aceptan las aportaciones de otros científicos simplemente porque encajan en los márgenes del paradigma. Por ejemplo, las dataciones radiométricas que permiten obtener cronologías absolutas son un gran acto de fe por parte de los arqueólogos porque ninguno de nosotros está formado para comprender los entresijos de la ciencia físico-química que hay detrás de ellas. Como las primeras dataciones de C-14 coincidieron más o menos con las dataciones históricas que se tenían del Antiguo Egipto, se aceptó la validez de este método y luego los demás, pero en más de una ocasión se han producido serios choques e incomprensiones entre la visión arqueológica y los datos que ofrecían los laboratorios.

J. A. West
Y aquí llegamos al punto central de la discusión. ¿Cómo hemos de considerar a los alternativos: intrusos o pioneros? Desde el punto de vista estrictamente académico, son personas sin la pertinente cualificación, pero esto me parece un argumento de muy poca solidez. Lo primero que hay que decir al respecto es que hoy en día existe un amplio acceso a libros y artículos científicos, potenciado exponencialmente por la existencia de Internet. Por lo tanto, formarse e informarse adecuadamente en ciertos temas de arqueología no es tarea imposible, aunque sí ardua y meticulosa, pues requiere paciencia y trabajo durante meses o años. Esto incluye la posibilidad de contrastar opiniones directamente con arqueólogos profesionales, cosa que han hecho algunos investigadores como West, Alford, Cremo, Bauval o Hancock. En este aspecto cabe señalar que, si bien existen recelos o cierta resistencia a colaborar con los autores alternativos, muchos arqueólogos –u otros científicos– han accedido gustosamente a facilitar información, dialogar y compartir sus puntos de vista con  esos autores.

Dicho esto, es evidente que algunos autores han escrito sobre arqueología a partir de un conocimiento muy limitado y parcial, que les ha impedido tener una visión holística y científica, lo que les ha empujado a menudo al sesgo y al error. Sin embargo, he tenido la oportunidad de leer a otros autores de gran erudición y conocimiento profundo de la materia que han tratado de atenerse al rigor científico y a las pruebas disponibles para elaborar sus teorías y propuestas; eso sí, generalmente con planteamientos más arriesgados o que salen de los parámetros de la ciencia aceptada. Normalmente, el estamento académico ha ignorado esas propuestas, y sólo en algunos casos se ha molestado en ridiculizarlas o atacarlas frontalmente. Con todo, nos queda la posibilidad de que algunas ideas alternativas, formuladas con pleno conocimiento de causa, puedan apuntar a nuevas vías de investigación que por una razón u otra la ciencia ortodoxa no quiere explorar.

Así pues, si con el tiempo se llega a demostrar que esos autores tenían razón estaríamos hablando de auténticos pioneros. Personas que, gracias a su enfoque abierto e interdisciplinario, pudieron abrir insospechadas puertas del saber precisamente porque estaban fuera del sistema y podían aportar visiones innovadoras no contaminadas por el corporativismo, el conservadurismo y la inercia de los dogmas indiscutidos, por no hablar de la arrogancia, los méritos y el prestigio.

C. Dunn
Sólo por poner unos pocos ejemplos de estas intrusiones que han sido aparcadas o desdeñadas por el estamento académico, citaré a algunos investigadores de las últimas décadas, y más concretamente del ámbito de la egiptología. Así, el químico francés Joseph Davidovits afirmó que los antiguos egipcios pudieron levantar la Gran Pirámide de Guiza gracias al uso de una especie de piedra sintética (que él llama geopolímeros), un sistema que permitiría “elaborar” las piedras calizas en forma de bloques de cemento que se podían moldear y fraguar in situ.  A su vez, el físico y químico argentino José Álvarez López propuso –a partir de ciertos experimentos y observaciones– que la Gran Pirámide tenía propiedades energéticas que afectaban a procesos biológicos y químicos, y que la teoría de la tumba colosal tenía más bien poco fundamento. El experto en maquinaria inglés Christopher Dunn comprobó en Guiza y en el Serapeum de Sakkara que los egipcios trabajaban con una altísima tecnología de construcción, con unos estándares de calidad y unas herramientas iguales o superiores a las que disponemos hoy en día. El ingeniero anglo-belga Robert Bauval planteó que los principales monumentos egipcios –en especial las pirámides de Guiza– estaban situados sobre el terreno a partir de patrones astronómicos. Además, desde su conocimiento de la ingeniería, se ha maravillado sobre ciertos logros megalíticos de los egipcios, al reconocer, por ejemplo, que tallar, levantar y colocar el obelisco inacabado de Aswan (más de 1.000 toneladas) sería tarea casi imposible para nuestra moderna tecnología.

R. Schoch
Y finalmente, tenemos el conocido caso del geólogo de la Universidad de Boston Robert Schoch, que acudió a Guiza en los años 90 siendo un poco escéptico sobre las teorías que defendía John A. West sobre una Gran Esfinge mucho más antigua de lo aceptado. No obstante, Schoch pudo realizar un trabajo científico sobre la Esfinge y su recinto y llegó a la conclusión de que el monumento presentaba una marcada huella de erosión por agua (precipitación) y que ese patrón erosivo no había sido posible en la era faraónica, pues el clima de entonces era tan seco como el actual, lo cual retrasaba la datación de la Esfinge en varios miles de años. A partir de aquí saltó la polémica y el estamento egiptológico se le tiró a la yugular con los más diversos argumentos, entre los cuales no faltó: “Usted no es arqueólogo.” Pero viendo la fuerza de las pruebas esgrimidas por Schoch, algunos egiptólogos quisieron cortar por lo sano y le espetaron que “no se conocía ninguna civilización capaz de realizar ese monumento miles de años antes del periodo dinástico egipcio.” A lo cual Schoch repuso: “Ese no es mi problema. Yo me he limitado a hacer un veredicto geológico en función de lo que se observa sobre el terreno. El problema lo tienen ustedes.”

La ciencia, estoy convencido, debe ser siempre un acto y un camino de humildad, no de arrogancia o imposición dogmática. Por ese motivo, sería deseable no decretar condenas antes de tiempo y analizar con objetividad y una mente abierta todas las propuestas que puedan venir de otras personas y disciplinas. Lógicamente, algunas de éstas carecerán de base o serán demasiado forzadas o especulativas, pero... ¿acaso la ciencia establecida no se sostiene sobre cimientos que tal vez no sean tan sólidos como nos quieren vender? Por consiguiente, tanto si se tiene un título “especializado” como si no, es preciso que se establezcan puentes de franco diálogo entre unos y otros para poder avanzar. Porque todos podemos errar, rectificar y aprender, incluso los que tienen los más altos méritos.

© Xavier Bartlett 2018

Fuente imágenes: archivo del autor / Wikimedia Commons




[1] La “Penya del Moro” es una pequeña montaña sita en la localidad de Sant Just Desvern. La cultura ibérica se encuadra en la Edad del Hierro en el Levante peninsular, en el primer milenio antes de Cristo.

[2] Respectivamente, un aventurero, un político y militar, y un hombre de negocios.

[3] No obstante, existen excepciones a este proceder, como por ejemplo cuando el Servicio de Antigüedades egipcio autorizó unos estudios geológicos en la Gran Esfinge de Guiza a cargo del egiptólogo amateur John A. West junto con el geólogo profesional Robert Schoch.

[4] En la práctica, el consenso nunca suele ser total e incondicional; hay opiniones, matices, temas en disputa, lagunas, etc. Y por supuesto, el consenso en sí, no es más que acuerdo político en un tiempo determinado; o sea, un campo común en el cual trabajar, pero no una verdad científica irrefutable.


[5] Esto implica que, dados los nuevos hallazgos o propuestas, la ciencia avanza constantemente y que puede quedarse obsoleta en cuestión de pocos años. Los autores alternativos a veces pecan de “fijar” el conocimiento académico, cuando éste ya está bajo revisión o ha evolucionado hacia otras posiciones.