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domingo, 22 de mayo de 2016

La arqueología como espectáculo


Como es ya sobradamente sabido, la arqueología académica suele acusar a los investigadores alternativos de pervertir la arqueología y la historia con todo tipo de propuestas “atrevidas” y contenidos pseudocientíficos, con el inconfesado objetivo de crear expectación y hacer negocio mediante la venta de libros o la realización de documentales. En definitiva, los estamentos oficiales consideran que esa arqueología alternativa no se atiene a criterios de rigor y objetividad y que lo único que pretende es proporcionar un mero espectáculo o entretenimiento de cultura popular.

Sin embargo, si observamos imparcialmente cómo “se vende” muchas veces la arqueología científica a la sociedad, veremos que el factor espectáculo está bien presente en la difusión de numerosos hallazgos o investigaciones, y muy especialmente cuando se trata de grandes civilizaciones antiguas. Así, no es raro encontrar muchos productos culturales de elaborada factura que exponen un contenido más o menos realzado, pues de otro modo la arqueología real podría resultar quizás demasiado aburrida e ininteligible para el ciudadano medio. Del mismo modo, muchos medios de comunicación que transmiten información sobre arqueología han de recurrir a un planteamiento de grandes titulares y noticias impactantes, añadiendo toda clase de ingredientes estimulantes para despertar el interés del público. Y aun así, no nos engañemos, en la mayoría de casos son informaciones muy secundarias que no ocupan espacios preferentes ni tienen gran extensión.

Trabajo de campo no muy espectacular
Y, en efecto, hay que reconocer que la práctica arqueológica en general no es, ni de lejos, como en las películas del famoso Indiana Jones. Un servidor de ustedes participó en su día en varias excavaciones arqueológicas –básicamente de poblados ibéricos[1] y villas romanas– y ya les puedo adelantar que no había ostentosas estructuras, ni tesoros, ni piezas excepcionales, ni procelosas trampas, ni tumbas secretas ni otros tópicos al uso. La práctica arqueológica sobre el terreno suele ser una tarea polvorienta, dura y metódica, realizada principalmente a base de pico y pala, sacando tierra y cribándola para localizar pequeños objetos. Y luego está el apasionante trabajo de registro de los restos, dibujo de estructuras y artefactos, limpieza, marcado y restauración de objetos, etc. Y en cuanto a los hallazgos, lo que vi más habitualmente fue un montón de fragmentos de cerámica, huesos, unos pocos utensilios metálicos y muy excepcionalmente alguna moneda o artefacto destacable. Reconozco, en fin, que tales yacimientos estaban a menudo bastante deteriorados y tampoco presentaban muestras de una gran riqueza o esplendor, pero incluso en otros lugares más “llamativos” como yacimientos egipcios, mayas, mesopotámicos o chinos, la mayoría del trabajo arqueológico no constituye ningún espectáculo, porque no suelen aparecer cosas muy impactantes o novedosas, sino restos comunes que complementan un saber ya establecido y acumulado después de 200 años de ciencia arqueológica.

Lo que sí es cierto es que en los inicios de la arqueología se creó un aura de romanticismo y fascinación ante el descubrimiento de unos restos más o menos imponentes de unas culturas y civilizaciones que eran prácticamente desconocidas para las sociedades occidentales y que empezaban a ser recuperadas del olvido milenario a golpe de pico y –a veces– de explosivos. A este respecto, permítanme la inmodestia de que me cite a mí mismo:

“A lo largo del siglo XIX fue apareciendo una raza de arqueólogos, medio eruditos medio aventureros, que buscaron estos mundos del pasado con una innegable inclinación por la ruinas monumentales. En sus expediciones existía un fuerte componente romántico que empujaba a los arqueólogos entre el fetichismo por el objeto y el rescate de una historia perdida. [...] Es la época de Mariette, de Schliemann, de Petrie, de Evans y tantos otros. Son en parte herederos de Lord Elgin, el expoliador de la Acrópolis de Atenas en 1812, y en parte herederos de la tradición científica que inició la Description de l’Egypte. [...] Ciertamente, y a pesar de las corrientes racionalistas y positivistas del siglo, la arqueología continuó siendo considerada la ciencia romántica por excelencia hasta bien entrado el siglo XX.”[2]


Howard Carter examinando el sarcófago del faraón
De este modo, se consolidó el clásico estereotipo de la actividad arqueológica, repleta de palacios, tesoros, poderosos reyes, extrañas inscripciones, tumbas selladas, momias, maldiciones, etc. que llenó la imaginación del público y que tuvo su culminación con el hallazgo de la tumba de Tutankhamon en 1922 a cargo de Howard Carter. La espectacularidad de esta tumba real –la única prácticamente intacta excavada hasta la fecha– provocó ríos de tinta en la prensa mundial, que se vieron aumentados ante la sucesiva muerte de muchos protagonistas de la investigación, lo que hizo aflorar historias de antiguas maldiciones faraónicas, hecho que lógicamente atrajo todavía más la atención de los lectores[3]. Obviamente, la arqueología siguió su curso y se fueron acumulando nuevos conocimientos y resultados, pero para la mayoría de las personas lo que quedó grabado en el subconsciente fue la imagen de una arqueología fantástica y espectacular, que fue reforzada apenas hace unas pocas décadas por la saga cinematográfica de Indiana Jones, que volvió a incidir en los mismos y viejos tópicos de aventura y misterio.

Y así llegamos a finales del siglo XX y principios de este XXI, una época sin descubrimientos realmente impactantes, aparte de algunos hallazgos paleontológicos sobre la evolución humana que tienden a ser muy sobredimensionados. Así pues, cualquier detalle sobresaliente en la investigación arqueológica que pueda atraer la atención del público es aprovechado para presentar un atractivo producto cultural o una noticia llamativa que combine la divulgación científica con cierto grado de entretenimiento. Lo que ya sería objeto de discusión es dilucidar si esa difusión pública no sucumbe a veces al mero espectáculo y al sensacionalismo en perjuicio del rigor científico, de una forma no muy diferente de lo que supuestamente hace la llamada arqueología alternativa. Recordemos, por ejemplo, cuando el otrora mandamás de la arqueología egipcia, Zahi Hawass, patrocinó la exclusiva de un espacio televisivo de una cadena temática para descubrir –en riguroso directo mundial– qué había detrás de las puertas halladas por Rudolf Gantembrink en los conductos de la Gran Pirámide, en los años 90 del pasado siglo[4]. ¿Qué parte había en todo ello de ciencia y qué parte de simple venta de misterio e intriga?

Z. Hawass charlando con tres famosos autores alternativos: West, Bauval y Hancock

Sin duda, estas son las noticias que movilizan masivamente a la prensa generalista y que crean una gran expectación, la cual a menudo tiene su origen en el propio ego del descubridor, pues es lógico que los arqueólogos no quieran quedarse atrás con respecto de los colegas de otras disciplinas que anuncian espectaculares adelantos en medicina, biología, física, etc. En consecuencia, se crea una dinámica de “investigación orientada a grandes resultados”, que es la que en definitiva proporciona fama, reconocimiento, recursos, subvenciones, etc., pero que también bordea peligrosamente el riesgo de la precipitación y el error. Y en este contexto, y aun aceptando que los medios no desean tergiversar o exagerar el contenido conscientemente, siempre está presente la necesidad de vender grandes (y vistosas) novedades que susciten el interés del público. De este modo, en más de una ocasión se lanzan noticias espectaculares que se sitúan en las fronteras del paradigma imperante[5], con el ánimo de romper moldes y revolucionar un poco el panorama científico.

Ahora bien, dado que los medios no suelen tener elementos de criterio para sopesar adecuadamente la validez de lo que están transmitiendo, es factible que caigan en la trampa del espectáculo y de los grandes titulares, debido a la propia dinámica de inmediatez en la que viven, y más aún teniendo en cuenta que la mesura y la contención venden más bien poco. Lo que acaba ocurriendo en bastantes ocasiones es que, pasado un cierto tiempo, las expectativas creadas se reducen considerablemente o incluso se llega a desmontar completamente la propuesta inicial, y en tales circunstancias la honestidad científica queda retratada, si bien esto ya no suele ser objeto de noticia en los medios. Dicho de otro modo, el impacto mediático queda claramente por encima del rigor teórico y metodológico o el debate científico en curso. Por poner tres ejemplos de esto ocurridos en los últimos tiempos, podríamos citar el descubrimiento de la tumba de Alejandro Magno, la localización de la mítica Atlántida y la identificación de un nuevo homínido con características plenamente humanas.

El primer caso, de apenas hace unos pocos años, se centra en el descubrimiento de una majestuosa tumba en Amfípolis, al norte de Grecia, que enseguida fue candidata a ser la tumba de Alejandro (cuyo emplazamiento exacto es objeto de polémica desde hace siglos). Acto seguido, los medios promocionaron este enclave y le concedieron la máxima atención, aun cuando no había confirmación de que realmente fuera la tumba del gran gobernante macedonio. Más recientemente se ha comprobado que, en efecto, no se trata de la tumba de Alejandro, sino muy probablemente de Hefestión, uno de sus generales e íntimo amigo[6]. Pero entretanto, la expectación y difusión han sido máximas, con el beneplácito de las autoridades griegas, e incluso se ha llegado a crear para el yacimiento una web oficial y una página de Facebook. Por cierto, en los años 90, la arqueóloga griega Liana Souvaltzi, anunció a bombo y platillo que había localizado al fin la tumba de Alejandro en el oasis de Siwa (Egipto) pero luego resultó ser un monumento de época romana...

Paisaje del Parque de Doñana (Andalucía)
El segundo caso es un documental realizado por la popular y prestigiosa National Geographic Society, en el que el arqueólogo judeo-norteamericano Richard Freund (especialista en historia judía pero no clásica) argumentaba que había encontrado claros indicios de que la Atlántida estaba situada al suroeste de la Península Ibérica, más concretamente en el Parque de Doñana. Lo que ocurre es que el documental, presentado en 2011 bajo el sugestivo título de Finding Atlantis (“Hallando la Atlántida”), estaba plagado de especulaciones, medias verdades y algunos errores históricos y metodológicos. No obstante, el contendido venía acompañado de vistosas recreaciones y mediciones sobre el terreno, todo ello con la intención de dar una pátina científica a un mero entretenimiento televisivo sustentado en la fascinación por el mito atlántico. Por otra parte, como detalle de malas prácticas, cabe reseñar que Freund había tomado casi todo el material del documental de las investigaciones previas del autor Georgeos Díaz-Montexano, el cual ni siquiera fue citado en los créditos.

El último caso es el reciente hallazgo de unos huesos de homínidos en Sudáfrica a cargo del equipo del profesor Lee Berger, que se apresuró a proclamar a los cuatro vientos que había encontrado un nuevo homínido, extremadamente antiguo (2,5-2,8 millones de años) y que parecía tener un comportamiento funerario. Este es el famoso Homo naledi, al cual dediqué ya un artículo. Lo que sucedió después del revuelo y del espectáculo mediático es que surgieron muchos expertos que dijeron que no había prueba de que se tratara de un nuevo homínido, sino que podía ser un Homo erectus o una variante de éste, y lo que es más significativo, que no había forma de datar los esqueletos hallados, lo cual hacía que la antiquísima datación aportada por Berger –elaborada a partir de meras comparaciones anatómicas– fuera poco menos que humo. De hecho, este punto no es poco importante, pues las revistas científicas normalmente descartan la publicación de un artículo de paleontología que no contenga una datación de los restos basada en sólidas pruebas.

Sin embargo, estas no serían más que meras anécdotas en comparación con otros episodios más lamentables, en los que –en aras de vender una buena historia– se traspasan ciertos límites de la práctica profesional y de las responsabilidades culturales y políticas. En este sentido, me gustaría exponer como colofón otro caso acaecido en Egipto, en el cual se pueden apreciar ciertas formas de proceder que dejan bastante que desear desde el punto de vista científico, político e incluso periodístico[7]. Así, volviendo al entorno icónico de Tutankhamon, recientemente se ha desatado una polémica en el mundo académico que parecería más propia de guionistas de ficciones de enredo.

Busto de la reina Nefertiti
La historia arrancó a mediados del pasado año 2015 cuando el arqueólogo británico Nicholas Reeves proclamó, después de haber efectuado ciertas prospecciones en la tumba de Tutankhamon, que estaba convencido de que debían existir cámaras ocultas tras las paredes ya conocidas y estudiadas hasta la saciedad desde hace casi un siglo, y que muy posiblemente la estancia mayor podría ser nada menos que la tumba de la famosísima reina Nefertiti, madrastra de Tutankhamon e inmortalizada en un no menos famoso busto expuesto en el Museo de Berlín. Además, había otro aliciente: los egiptólogos mantenían la especulación de que la misma Nefertiti habría sido antecesora en el trono del joven Tutankhamon, pues las antiguas fuentes egipcias mencionaban a un oscuro personaje llamado Neferneferuatón, que habría sido –junto a Smenkhare– el sucesor efímero de Akhenatón, pero que nunca había sido propiamente identificado[8].

Sea como fuere, al Dr. Mamdouh Eldamaty, ministro de Antigüedades egipcio, le faltó tiempo para amplificar la noticia en una rueda de prensa realizada el mes de noviembre. Allí anunció que “había un 90% de posibilidades de que realmente hubiera tal cámara escondida”, si bien no quería especular aún sobre la validez de la teoría de Reeves, no al menos hasta que hubiera una certeza del 100% y se procediera a investigar la zona en cuestión, teniendo además en cuenta que podría tratarse de otros personajes reales femeninos como Kiya o Ankhsenamon[9]. Con todo, Eldamaty, ante los medios de comunicación, no pudo eludir la épica del descubrimiento de la tumba de Tutankhamon, haciendo inevitables comparaciones sobre la tremenda importancia de lo que podría haber en esos espacios aún desconocidos, augurando el “descubrimiento del siglo”. Y finalmente, para avanzar en la investigación, ese mismo mes de noviembre el japonés Hirokatsu Watanabe, reconocido especialista en prospección por radar, concluyó que sus escáneres confirmaban la presencia de unas claras anomalías, lo que podría traducirse en una cámara tras las paredes pintadas de jeroglíficos.

Pero, a pesar de que se habían despertado ya unas altísimas expectativas, no todo el mundo estaba tan seguro de que excavar allí fuese lo más adecuado para la conservación de los restos... suponiendo que los hubiera. Así, se dio una cierta controversia entre la Dra. Salima Ikram (de la Universidad Americana de el Cairo) y el arqueólogo Michael Jones (del Centro de Investigación Americano en Egipto). La primera demostraba un gran entusiasmo por los posibles hallazgos y declaraba en palabras textuales: “¡Todos los egiptólogos actualmente vivos nos perdimos lo de Tutankhamon, así pues nosotros queremos nuestro propio Tutankhamon! Queremos estar ahí, experimentarlo, estamos tremendamente emocionados y esperando que [la tumba] contenga tanto como sea posible.” Por otro lado, Ikram alegaba que era preciso excavar la cámara lo antes posible en previsión de pudieran producirse expolios, lo que supondría la pérdida de unos valiosos objetos que irían a parar al mercado ilegal de antigüedades. Jones, en cambio, no tenía tan claro cómo se debía proceder en este caso y apostaba por la prudencia, dado el riesgo de deteriorar materiales orgánicos y metálicos.

Vista tridimensional de la tumba de Tutankhamon
No obstante, a inicios de este año, el espectáculo sobre la volátil tumba de Nefertiti dio un giro inesperado cuando algunos expertos denunciaron que todo el asunto no era más que un bluff sin fundamento científico y que las autoridades egipcias estaban haciendo lo imposible para tapar o negar la verdadera realidad científica de este asunto (o sea, para evitar el ridículo). La causa de este coup de théâtre fue la intervención de la National Geographic Society, que se presentó allí para realizar unas pruebas con radar de alta penetración en el terreno (GPR) de la más avanzada tecnología, posiblemente con la intención de explotar un magnífico material para un documental. Pero, una vez efectuados los nuevos escáneres, y para disgusto de muchos, los resultados fueron completamente negativos. Así, el ingeniero Eric Berkenpas tomó in situ los datos, que luego fueron analizados en EE UU por el geofísico Dean Goodman, el cual no comentó los resultados –por un acuerdo de confidencialidad con la NGS– pero sí confirmó que no se habían localizado estancias (espacios huecos) tras las paredes[10]. Además, para concluir el sainete, también surgieron opiniones críticas acerca de la intervención técnica de Watanabe, que –pese a ser un veterano investigador– mantiene una conducta científica bastante atípica, pues nunca comparte con nadie los datos básicos de sus mediciones. Por otro lado, el propio Watanabe reconoce que él ha personalizado sus equipos de tal modo que sólo él puede interpretar los resultados... algo que contradice directamente los criterios más elementales de la experimentación científica.

Y a todo esto, Eldamaty fue apartado de su cargo en marzo... con rumores de agrias disputas políticas sobre la postura del ministerio de Antigüedades en todo el embrollo. En cualquier caso, el ministerio no dio más explicaciones ni tampoco las dio N. Reeves, el investigador que había lanzado las campanas al vuelo. (Aun así, se especula con la posibilidad de que en próximas fechas el ministerio encargue la realización de nuevos escáneres para “cerrar” la controversia.)

En suma, en cuestión de pocos meses se han dado noticias altisonantes, ruedas de prensa, expectativas enormes, ansias por excavar a toda costa, ganas de colgarse una medalla científica o política... y al final, claras intenciones de echar tierra sobre el asunto. En otras palabras, un perfecto ejemplo de globo desinflado que venía de la mano del “fenómeno Tutankhamon”, que aún hoy en día sigue causando admiración.

Tsoukalos, el paladín de los aliens
Y visto lo visto, uno se podría preguntar si todos estos espectáculos montados alrededor de la arqueología convencional, con la participación –voluntaria o involuntaria– de científicos, políticos y periodistas, no son una manera de contrarrestar la creciente moda de la arqueología alternativa, tan omnipresente en Internet pero también en la televisión con documentales del tipo “Ancient Aliens” y similares en los que aparecen los máximos exponentes de la investigación alternativa pero también ocasionalmente algún arqueólogo de carrera... aunque sólo sea para refutar a los herejes.

De todos modos, según he comprobado, todavía existe un importante porcentaje de profesionales académicos a los que no les gusta este tipo de espectáculos porque creen que perjudica la imagen de la arqueología científica que se hace sobre el terreno y se enseña en la aulas. Por ese motivo más bien reniegan de las actitudes de ciertos divos de la arqueología, al estilo del defenestrado Hawass, porque a la larga acaban por crear perplejidad o desconfianza entre el público aficionado a la arqueología. Y dicho sea de paso, una notable figura alternativa de corte más bien austero y riguroso como Robert Bauval también ha renunciado a participar en según qué documentales al darse cuenta de que lo que se trataba era de montar un circo y atraer a la audiencia con propuestas delirantes sin pies ni cabeza... pero muy sugerentes.

© Xavier Bartlett 2016






[1] Pertenecientes a la Edad del Hierro en la Península ibérica, especialmente en el litoral mediterráneo y la actual Andalucía, con una cronología aproximada de entre los siglos VII a. C. y II a. C.

[2] BARTLETT, X. “L’arqueologia romàntica: ciència i fascinació”. Universitas n.º 2-3. Barcelona, 1988. (traducido del catalán)

[3] Véase mi artículo al respecto en este mismo blog.

[4] Por cierto, la exploración de las puertas con minirobots y microcámaras se transformó en un sonoro chasco, pues tras los primeros bloques había otros bloques que taponaban el conducto de idéntica forma.

[5] Téngase en cuenta, no obstante, que aquello que va más allá o contradice los postulados del paradigma no es objeto de espectáculo ni de simple noticia. Sencillamente es ignorado, ocultado o minimizado.

[6] De todos modos, los huesos hallados en la cámara sepulcral no han arrojado ninguna certeza, pues se encontraron restos óseos de una mujer madura, de dos hombres, de un bebé e incluso de animales.

[7] El lector puede hallar la información original (en inglés) en: http://www.newhistorian.com/latest-scan-tuts-tomb-totally-contradicts-previous-one/6483/

[8] Según otras fuentes consultadas, tanto Smenkhare como Neferneferuatón habrían sido en realidad corregentes del faraón al final del reinado de Akhenatón, sin que esté claro el orden en que se habría producido esa corregencia.

[9] Madre y hermanastra, respectivamente, del joven faraón.


[10] Lawrence Conyers, profesor de Antropología de la Universidad de Denver y reputado especialista en el uso de esta moderna técnica de radar, sustentó la validez, correcta metodología y exhaustividad de las pruebas realizadas y corroboró que no había ninguna indicación de un espacio vacío tras las paredes.

sábado, 10 de octubre de 2015

El Homo naledi: ¿uno más de los “eslabones perdidos”?




Hace muy poco asistimos al espectacular descubrimiento de un nuevo homínido, el Homo naledi, que ha sido presentado a bombo y platillo ante todo el mundo como una pieza esencial para entender el origen y la evolución del ser humano. Pero... ¿hay realmente para tanto, o es uno más de los fuegos artificiales que usa el estamento académico para apuntalar socialmente la teoría de la evolución, ahora que cada vez más científicos se atreven a discutirla? Vayamos por partes y expongamos los hechos principales para luego entrar en el terreno del análisis.

Reconstrucción del rostro del Homo naledi
Esta nueva especie fue hallada en 2013 en una cueva llamada Rising Star, cerca de Johannesburgo (Sudáfrica), la cual venía siendo explorada por espeleólogos y paleontólogos desde hace décadas. De hecho, el profesor Lee Berger, de la Universidad de Witwatersrand ya había encontrado allí algunos destacados restos de homínidos muy antiguos[1]. No obstante, Berger creía que este lugar tenía más potencial paleontológico. Y en efecto, aunque esta vez fue preciso deslizarse con gran dificultad hasta una pequeña cámara de acceso muy estrecho, se pudieron identificar allí los restos de otro homínido, que sería llamado posteriormente Homo naledi[2]. Primero se encontró un cráneo y gran parte de un esqueleto, en un estado de conservación bastante bueno. Más adelante, irían apareciendo muchos más huesos confirmando que había varios individuos en la misma cavidad. Al final, se recuperaron más de 1.500 piezas óseas correspondientes a unos 15 individuos de diferentes edades. Sin embargo, no se hallaron restos de artefactos ni de huesos de animales o cualquier otro signo de actividad humana.

Tras examinar diversas partes sueltas y reconstruir algunos esqueletos, lo que enseguida llamó la atención al equipo de investigación es que este espécimen tenía diversas características más próximas al género Homo que a los australopitecinos. Su aspecto físico corresponde a un homínido de alrededor de 1,50 de altura media y un peso de unos 45-50 kilos. Algunos de sus rasgos son más bien primitivos, como sus hombros, tórax, caderas y manos, las cuales se parecen mucho a las típicas manos con dedos curvados de los simios que trepan a los árboles. En cambio, el cráneo, pese a ser bastante pequeño (500 cm3), no es muy simiesco en su forma, y muestra unos dientes semejantes a los del erectus o el neandertal. Su estructura ósea general sería más bien grácil y la esbeltez de los huesos de las piernas y la forma relativamente moderna del pie serían indicio de que esta especie caminaba erguida la mayor parte del tiempo.

Sin embargo, pese a la gran cantidad de huesos hallados y la notable apariencia “mixta” de éstos, persisten aún importantes incógnitas, empezando por la imperiosa necesidad de disponer de una datación fiable[3], lo que sería un elemento fundamental para colocar esta especie en el árbol genealógico humano. Berger, basándose sólo en aspectos morfológicos, ha asignado al naledi una antigüedad de unos 2,5-2,8 millones de años, en el inicio de lo que sería el género Homo, si bien no hay obstáculo alguno que impida postular una datación muy posterior, por debajo de un millón de años e incluso de cientos de miles de años. Sea como fuere, mientras no se tengan datos concretos en este campo[4], se mantendrá la especulación y su incierta posición en el esquema evolutivo humano, pues la teoría necesita especies intermedias que “ilustren” todo el proceso gradual de evolución, pero sobre todo que casen en términos cronológicos, porque si no se desmonta todo el edificio.

Pero sin duda la principal discusión es la propia denominación de estos restos, pues aunque Berger los ha asignado al género Homo, también es cierto que varios expertos internacionales se han mostrado escépticos y han señalado que se asemejan bastante a otros fósiles previos de australopitecos de tipo grácil. Con todo, Berger cree que lo que sería definitivo para asociar estos esqueletos al género Homo sería su propia localización. Así, dado que la cavidad era muy pequeña y de difícil acceso y que no había restos que denotaran ninguna actividad, él considera que los cuerpos (ya cadáveres) fueron depositados allí de forma ritual –o sea, a modo de cripta funeraria– en una época en que quizás era un poco más fácil llegar a la diminuta cámara. Por tanto, Berger alega que tal comportamiento relacionado con la creencia en el más allá sólo puede ser propio de los humanos. Otros expertos, sin embargo, rechazan esta interpretación y creen que es una hipótesis muy forzada, a la vista de las escasas pruebas disponibles.

La tópica imagen de la evolución humana
Una vez expuesto el caso, vale la pena realizar algunas reflexiones para centrar la controversia. Lo que podemos decir es que a estas alturas del siglo XXI, la ciencia paleoantropológica sigue a la búsqueda de los ejemplares de homínidos que de alguna manera vayan cerrando el enigma evolutivo propuesto por Darwin sobre el origen del hombre. Así, una vez abandonado el creacionismo religioso hace siglo y medio, la ciencia ha ido encontrando restos fósiles de homínidos, calificando a unos como propiamente humanos (el género Homo) y a otros como posibles ancestros, procedentes de una rama común que en su día compartimos con los primates que hoy conocemos bien, como el chimpancé, el gorila, el orangután, etc.

Lo cierto es que esa pieza intermedia entre primate y humano –o eslabón perdido, según la terminología más popular– nunca ha aparecido después de muchas décadas de investigación, porque en sí era un concepto teórico derivado de la necesidad de encontrar un perfecto ser “intermedio” para justificar la validez de la teoría darwinista. De hecho, hoy en día el concepto de eslabón perdido se considera una antigualla científica del todo obsoleta y se prefiere hablar de un arbusto evolutivo con muchas ramas interconectadas en vez de una cadena lineal con eslabones bien identificados. Este enfoque permite no tener que señalar a una especie o ejemplar en concreto como candidato a primate humanoide, y propone un estudio más flexible de todos los homínidos hallados, tratando de situarlos en una secuencia evolutiva temporal, con múltiples ramificaciones que deben conectarse –o no– hasta llegar a la cima, que sería nuestra propia especie, el Homo sapiens.

En todo caso, desde que Raymond Dart descubriera el primer australopiteco hace casi un siglo, la ciencia ha tratado por todos los medios de dibujar el camino evolutivo desde un antepasado primate hasta nosotros, a través de ciertos hallazgos que han sido convenientemente etiquetados para asignarlos a la extensa familia de australopitecinos (no propiamente humanos aún) o bien para atribuirlos a especies humanas, desde el llamado Homo habilis hasta el sapiens. En este largo camino de millones de años, y siguiendo la ortodoxia uniformista, no se habrían producido saltos enormes sino ligeros y constantes progresos evolutivos[5] a través del tiempo que habrían ido “humanizando” a los primates (o a una línea de ellos, para ser más precisos) hasta alcanzar nuestro actual estadio de desarrollo físico e intelectual.

Pero las cosas no son tan simples como pudieran parecer, e incluso muchos brillantes paleontólogos han tenido que reconocer que el registro fósil es todavía relativamente escaso y que cada nuevo hallazgo comporta más dudas e interrogantes. Además, dada la diversidad morfológica de los restos hallados, no es nada fácil establecer los criterios de “qué es humano (o semihumano) y qué no”, y de qué modo se produjeron los cambios[6]. Por ello, ahora existe una obsesión por determinar las relaciones filogenéticas entre las especies identificadas para aclarar de un modo más “objetivo” quién es pariente de quién y quién desciende de quién, más allá de la pura comparación anatómica. Pero no cabe duda de que en el fondo subyace la convicción de que el árbol genealógico humano, por muchas ramas que tenga –algunas divergentes y otras convergentes– debe contener una clara línea de especimenes que muestren esa evolución gradual en el tiempo, de lo más primitivo o animal a lo más avanzado o humano.

Cráneo ER 1470
Sin embargo, en la práctica, los restos arqueológicos superan con mucho a la teoría y se muestran a veces muy desconcertantes, como es el caso de ciertos especímenes que tienen rasgos teóricamente más humanos pero que son extremadamente antiguos, como por ejemplo el Homo rudolfensis. Este homínido, representado por un cráneo llamado “ER 1470”, al cual se le concedió una capacidad craneal de unos 700 cm3, fue hallado por el equipo del Dr. Louis Leakey en Kenya en 1972 y se dató en unos 3 millones de años. Su aparición supuso un dolor de cabeza para los expertos porque parecía de la familia del habilis pero tenía características distintas, con un aspecto más humano, lo que podría hacerle candidato a ancestro directo del hombre moderno, aunque algunos expertos lo clasificaron como un australopiteco más grácil. Pero el problema real –y más grave– es que era más antiguo que el Homo habilis y con un cráneo más grande, si bien las aguas parecieron volver a su cauce cuando años más tarde fue redatado en 1,9 millones de años y se le rebajó su capacidad craneal a unos 500 cm3.

Muchísimo más flagrante es el caso del Homo floresiensis (de la isla de Flores, en Indonesia), que bien podría ser la situación inversa: un homínido más cercano al australopiteco –al menos en apariencia– pero tremendamente reciente, pues su cronología se ha fijado entre 90000 a. C y 13000 a. C. Se trata de una especie con muchos rasgos de humano anatómicamente moderno pero de talla muy reducida (alrededor de 1 metro), lo cual justificó su apodo de hobbit. A pesar de que algunos expertos creen que podría descender del Homo erectus, tanto su tamaño como su peso y capacidad craneal (apenas unos 380 cm3) recuerdan a los de los australopitecos más antiguos o incluso a los chimpancés. No obstante, como se pudo demostrar mediante estudios antropológicos y arqueológicos, esta especie era ciertamente inteligente y capaz de realizar artefactos líticos de buena factura, muy parecidos a los fabricados por el hombre de Cro-Magnon europeo hace 30.000 años.

Reconstrucción de mujer "hobbit"
Bastantes paleontólogos opinan que el hobbit es realmente una nueva especie de homínido, mientras que unos pocos consideran que la adaptación a unas condiciones de vida extremas pudo empujar a esta especie al enanismo[7], o sea que se trataría de una degeneración o malformación a partir de una especie conocida (¿sapiens?). Con todo, el itinerario evolutivo del hobbit no está nada claro y no faltan los que apuestan por un antecesor aún desconocido para este Homo, ya que consideran que el Homo erectus (o incluso el sapiens) era demasiado grande para haber involucionado hacia un ser tan pequeño. ¡Y a la hora de proponer ancestros se llegó a hablar de Homo habilis e incluso de australopitecos, que nunca han sido identificados fuera de África! En definitiva, más de un paleontólogo ha confesado que este hallazgo obliga a reconsiderar muchos aspectos de la evolución y a replantear el concepto de “humano”.

Así las cosas, volviendo ya a Sudáfrica, el Homo naledi sigue en un estadio de gran indefinición, a falta de estudios más profundos. Lo que sí es cierto es que pese a tener un esqueleto similar al humano (aunque sea arcaico), los elementos primitivos son muy claros y la capacidad craneal es muy baja, prácticamente la mitad del Homo erectus, lo cual  lo acerca bastante más a los australopitecinos. Tampoco ayuda el hecho de que no tengamos huellas inequívocas de que manejara o trabajara artefactos, hiciera fuego o tuviera ciertas capacidades intelectuales desarrolladas. En todo caso, vemos que los expertos no se ponen de acuerdo y mientras Berger, el brillante descubridor, resalta los rasgos únicos de este espécimen, otros antropólogos le bajan los humos afirmando que, o bien era una variante de Homo erectus o bien una reliquia aislada que sobrevivió hasta tiempos recientes, pero que en modo alguno va cambiar el panorama actual de la paleoantropología. En fin, todo esto me da más la sensación de lucha entre egos científicos mientras la verdad se va quedando por el camino. Me encanta esta “objetividad” de la ciencia[8].

El diminuto cráneo del Homo floresiensis
Finalmente, ¿cómo definimos al hombre (género Homo)? ¿Y al primate? ¿Por qué los científicos, a cada diferencia morfológica hallada, se apresuran a “crear” nuevas especies? ¿Y por que esa obsesión con el tamaño del cerebro? Vemos que el tamaño del cráneo –y consecuentemente del cerebro– no es en absoluto garantía de distinción entre humanos y no humanos. Hoy sabemos que los humanos modernos, dependiendo de la raza y hasta de cada individuo, pueden manifestar una inteligencia normal o superior con cerebros bastante pequeños, de hasta 700 cm3. Y recordemos que la propia ciencia engloba en el género Homo a individuos con capacidades desde los 380 cm3 (los floresiensis) hasta los 1.500 cm3 (los neandertales). Pero es más, incluso conocemos casos de personas aquejadas de enfermedades como la hidrocefalia que tienen más líquido que cerebro en el interior de sus cráneos y aún así muestran una inteligencia normal[9]. Luego, es bien posible que la inteligencia y la conciencia no residan necesariamente en un cerebro grande, aunque esto ya sería tema para otro artículo.

Por otro lado, es bien sabido que ciertos primates pueden caminar erguidos temporalmente y que pueden usar objetos a modo de utensilios. Y no olvidemos que, según los estudios científicos, un chimpancé comparte con nosotros el 98% del ADN. Entonces, tan próximos... y tan lejanos, con sólo un 2% de diferencia genética. Inevitablemente surgen varias cuestiones al respecto: ¿Cómo definimos pues a todos estos seres del pasado que no son “simios” pero tampoco “humanos”? ¿Por qué todos los primates poseen 24 pares de cromosomas y los humanos 23? ¿Y qué papel juega en todo esto ese alto porcentaje de ADN basura que tienen los humanos y que ningún científico ha explicado aún para qué sirve?

¿No será que hay simios y humanos, con sus múltiples variantes morfológicas, pero que nunca existió una especie intermedia (o varias), porque los humanos tal vez no descendemos de los primates, por mucha proximidad que haya entre nosotros? ¿Estamos dispuestos a plantear ya otros escenarios científicos que no sean la misma obsesión evolutiva de siempre? Estaría bien disponer de algunas respuestas para estas preguntas.

© Xavier Bartlett 2015



Imagen H. naledi: © Mark Thiessen/National Geographic/PA





[1] Así, en 2008 se encontraron dos esqueletos bastante enteros de homínidos de aspecto primitivo, que fueron datados en alrededor de dos millones de años y asignados a una nueva variante de australopitecinos: el Australopithecus sediba.

[2] De Dinaledi, “cámara de las estrellas” en el lenguaje local sesotho, por llamarse así la cámara en cuestión.

[3] A fecha de hoy aún no se han realizado análisis de este tipo, ni con C-14 ni con otra técnica. Lo que se sabe es que otras técnicas habituales, como la datación de estratos de cenizas volcánicas, no son aplicables en este caso.

[4] Cabe destacar que esta falta de datación estuvo a punto de comprometer la publicación de los hallazgos, pues muchas revistas científicas se niegan a publicar investigaciones paleontológicas que carezcan de datación.

[5] De todos modos, es oportuno citar que el prestigioso científico Stephen Jay Gould planteó la famosa teoría del “equilibrio puntuado” para explicar los fuertes cambios o apariciones y desapariciones bruscas de especies a causa de factores puntuales en el tiempo.

[6] En este sentido, la ortodoxia científica siempre recurre a la genética y a las mutaciones aleatorias como explicaciones objetivas, aunque no haya prueba directa que demuestre que una determinada mutación sea la causante de un cierto cambio “evolutivo”.

[7] Por cierto, me permito recordar que el mismo profesor Lee Berger, a raíz del hallazgo de grandes huesos humanos en África, propuso un periodo de gigantismo en la historia de la Humanidad, tal vez protagonizado por Homo heilbergensis o sapiens muy arcaicos hace medio millón de años. Y nadie le ha hecho caso hasta la fecha.

[8] Estas guerras de egos son muy antiguas y perviven con buena salud, como en nuestro caso del muy único y esencial homínido Homo antecesor, que para muchos expertos internacionales se trataba de una simple variante de H. heilderbergensis.


[9] Estos casos fueron estudiados por el Dr. John Lorber, neurólogo británico, que constató que varios niños, pese a estar afectados por una fuerte hidrocefalia, tenían unas capacidades intelectuales normales. En uno de los casos, Lorber apreció que un buen estudiante de matemáticas, con un CI de 126, apenas poseía un cerebro “físico” pues su cráneo sólo contenía una fina capa de células cerebrales de 1 mm. de espesor; el resto era líquido cefalorraquídeo.