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miércoles, 12 de febrero de 2020

El turbio asunto de la ocultación de pruebas


Los lectores recordarán que hace poco expuse una esperpéntica situación vivida por el investigador norteamericano Michael Cremo, al cual se negó el acceso a unos antiguos artefactos almacenados en un museo alegando razones espurias. A raíz de casos como este podríamos hacernos la siguiente pregunta: ¿Es posible que el estudio del pasado esté restringido o controlado por la manipulación, ocultación o incluso destrucción de pruebas materiales? Debo confesar que durante mis estudios académicos de arqueología en ningún momento se me pasó por la cabeza tal posibilidad. Era consciente de que las personas se equivocan o cometen negligencias, que los métodos a veces fallan, que se pueden destruir o dañar pruebas por una mala praxis o simplemente que muchos restos del pasado se han perdido para siempre y no podemos contar con ellos. Con todo, la mala fe (o cualquier tipo de intervención dolosa) no entraba en mi concepto de arqueología profesional.

Sin embargo, al adentrarme en el estudio de la arqueología alternativa, empecé a vislumbrar un horizonte diferente. Así, no pocos autores –algunos de cierto prestigio y popularidad– insistían en que en muchos casos existía una ocultación intencionada de pruebas a fin de cerrar filas en torno a los dogmas del paradigma y evitar debates embarazosos ante la presencia de determinadas pruebas anómalas o controvertidas. En ese contexto, con el tiempo fui pasando del escepticismo y la duda a la grave sospecha –no me atrevo a decir convicción– de que, en efecto, la ocultación de pruebas por parte del estamento oficial (organismos e instituciones culturales, universidades, museos, etc.) es algo real y no precisamente esporádico. Esta “tradición” habría empezado ya en el siglo XIX, se habría consolidado en el siglo pasado y todavía tendría lugar en estos tiempos recientes.

Por supuesto, admito que este es un asunto muy turbio y complejo en que fácilmente se pueden ver fantasmas y conspiraciones donde no las hay, aparte de la dificultad de probar fehacientemente que alguien está procediendo a una ocultación deliberada de pruebas. No obstante, por todo lo que he leído en estos últimos años, cuando se dan unas determinadas circunstancias y un modus operandi muy similar, podemos empezar a dudar de la integridad profesional de las entidades que dicen estudiar y conservar los objetos para el avance de la ciencia y el conocimiento del pasado. Lo cierto es que repasando diversas investigaciones y relatos de autores alternativos he ido a parar a una amplia casuística de supuesta ocultación que podríamos resumir en estos puntos:
  • Objetos de los cuales se tiene noticia documental, pero no se sabe qué se hizo de ellos.
  • Objetos que fueron recogidos, registrados y almacenados, pero que –al ser solicitados– no aparecen por ninguna parte.
  • Objetos supuestamente dañados o destruidos por efecto de alguna catástrofe.
  • Objetos confiscados y guardados en almacenes de acceso muy restringido.
  • Objetos sí reconocidos como existentes y almacenados, pero que nunca han sido expuestos ni se permite su estudio por criterios museísticos o de otra índole.
  • Objetos expoliados en antiguas excavaciones que han ido a parar a un fondo no accesible (sin tener certeza del número de piezas ni de sus características). 
  • Lugares o yacimientos arqueológicos de acceso restringido o prohibido por diversas razones.
  • Informes o documentos manipulados, no accesibles o desaparecidos.
  • Cierre de excavaciones en curso por mandato de las autoridades.
Artefactos líticos (hoy desaparecidos) de Hueyatlaco
Lo habitual es que tengamos “rarezas” o “excepcionalidades” sobre algunos de los puntos citados, pero cabe destacar que el yacimiento arqueológico de Hueyatlaco (Valsequillo, México) concentra casi todos los supuestos mencionados, como ya fue denunciado por varios especialistas desde finales de los años 60, por no mencionar toda una serie de cortapisas legales y censuras académicas. Sin embargo, no todo es tan flagrante como este caso. De hecho, hay que hilar muy fino para separar lo que son prácticas normales, o incluso simples fatalidades, de lo que sería una ocultación deliberada de pruebas. Es un campo en que realmente se debe ir con pies de plomo para no caer en el descrédito, ante la falta de seguridades absolutas. A este respecto, se debe tener en cuenta que la mayoría de museos sólo expone al público una pequeña parte de sus extensas colecciones, que se guardan en almacenes o laboratorios. Yo mismo, en mi época de estudiante, trabajé ocasionalmente en la “trastienda” del Museo Arqueológico de Barcelona, y pude comprobar por mí mismo la gran cantidad de materiales almacenados, algunos esperando estudio o restauración, y otros simplemente acumulando polvo.

En la práctica, resulta casi imposible demostrar que ha existido mala intención, pues las instituciones oficiales tienen un amplio argumentario de excusas y recursos perfectamente profesionales y legales para justificar ciertos hechos. Así pues, por lo general, cuando alguna institución es señalada como “manipuladora”, echa mano de ese argumentario y suele revertir las culpas contra el investigador alternativo de turno, como le ocurrió hace no muchos años al investigador independiente Jim Vieira, que fue censurado por haber sugerido abiertamente que cierta institución cultural se dedicaba a la ocultación sistemática de restos arqueológicos atribuidos a gigantes.

Para adentrarnos en esta polémica podría citar aquí varios casos muy curiosos, llenos de extrañas “casualidades”, pero para hacernos una idea general del tema considero que el ejemplo por excelencia de las presuntas prácticas de supresión u ocultación es el Smithsonian Institution, un organismo federal de los EE UU administrado y sufragado por el gobierno (aunque con participación privada), y que goza de amplias competencias y poderes en materias científicas y culturales. Como se pueden imaginar, ésta fue la organización criticada por Vieira… y algunos más. Vayamos por partes para poner las cosas en contexto.

Sede del Smithsonian Institution en Washington D.C.
El Smithsonian fue fundado en 1829 a partir de la generosa herencia del ciudadano británico James Smithson, un científico y millonario interesado en la difusión y conservación de la cultura de América… pese a no haber pisado nunca el continente americano. En muy pocos años esta organización cobró gran importancia, hasta el punto de ser todo un referente en las investigaciones antropológicas y arqueológicas en Estados Unidos y otros lugares de América, estableciendo su sede en Washington D. C. y creando una amplia red de centros de investigación y museos. Así pues, desde mediados del siglo XIX, el Smithsonian estuvo involucrado en multitud de expediciones y excavaciones científicas y fue acumulando una ingente cantidad de materiales en sus museos y almacenes.

El problema, según algunos autores alternativos, es que el Smithsonian ejerció de facto un rol controlador sobre gran parte de la actividad arqueológica y se dedicó a acopiar todos los materiales antiguos para reservarse el derecho de su estudio y conservación. En concreto, el autor estadounidense David H. Childress cree que en realidad lo que ha hecho el Smithsonian es preocuparse de que nada se le fuera de las manos y que todo resto que de algún modo pudiera ser anómalo o dudoso –sobre todo en lo referente a los llamados mound builders y a posibles culturas foráneas– fuese finalmente “almacenado” (o sea, ocultado). Childress tuvo la ocasión de conocer indirectamente el caso de un ex empleado del Smithsonian que fue despedido –presuntamente– por mantener ciertas opiniones heréticas. Pues bien, según esta persona, el Smithsonian habría llenado toda una barcaza con artefactos anómalos y la habría hundido en medio del Atlántico. Lamentablemente, como prueba no podía aportar más que su propia palabra, lo que no lleva a ninguna parte.

Sin embargo, Childress investigó otros casos en que el Smithsonian estaba de por medio y en uno de ellos se encontró con hechos más bien extraños. Así, partiendo de una carta fechada en 1950, supo que en 1892 se habían desenterrado unos grandes ataúdes de madera de unos 2,20 m. de largo en una cueva llamada Crumf Cave en Murphy's Valley, Blount (Alabama) y que al menos ocho de ellos habían sido trasladados al Smithsonian. Acto seguido, Childress escribió al Smithsonian preguntando por el paradero de esos objetos y recibió esta respuesta del conservador jefe del departamento de Antropología, el señor F. M. Seltzer: “No nos ha sido posible encontrar los especímenes en nuestra colección, si bien los registros muestran que fueron recibidos.” Pero lo más extraño es que en 1992 una entidad cultural del este del país[1] ya había preguntado por los mismos objetos y había recibido una respuesta bien distinta: los ataúdes no eran tales sino abrevaderos, y no podían exponerse porque estaban en un almacén contaminado de asbesto. Este almacén estaría cerrado durante los siguientes diez años y nadie podía acceder a él, excepto el personal del Smithsonian. A partir de aquí que cada uno piense lo que quiera…

Túmulo funerario en Norteamérica
Lo que varios autores han destacado es que el tema de los supuestos gigantes en América parece ser bastante sensible para el Smithsonian, que mantiene una postura de firme autoctonismo y de defensa del dogma sobre el poblamiento americano. Así, los constructores de túmulos funerarios (los citados mound builders) no serían más que los antepasados indígenas de las bien conocidas tribus indias locales. Sin embargo, como ya expuse en un largo artículo de 2014, existe un extenso corpus documental de cierta fiabilidad[2] que indica que durante los siglos XIX y XX se hallaron en Norteamérica multitud de esqueletos de individuos de alturas enormes, generalmente entre los 2,10 y los 3 metros, y con algunos casos excepcionales de mayor altura, hasta más de cinco metros. Pero eso no es todo: según los informes y noticias de la época algunos de esos individuos tenían cráneos alargados, seis dedos en pies y manos, doble hilera de dientes e incluso restos de cabellera rubia o rojiza. Y para acabar de rematar la herejía, en algunas tumbas había esqueletos con armadura de cobre, o tablillas con una escritura no identificada. ¿A dónde fue a parar todo esto?

Podríamos pensar que ante estos hallazgos tan excepcionales se habría procurado llevar a cabo una investigación a fondo y que las pruebas habrían estado disponibles para todos los expertos. Pero nada de eso. De la gran mayoría de restos hallados se ha perdido el rastro o ha ido a parar a almacenes de museos y universidades, con alguna rarísima excepción, como el Humbolt Museum de Winnemucca, que expone una ínfima parte de los restos extraídos de la Cueva de Lovelock (Nevada). El Smithsonian, según la antigua documentación conservada, parece haber acaparado gran parte de los objetos en cuestión, aunque ahora afirme no tenerlos en su poder o simplemente los atribuya a las comunidades nativas. Este sería precisamente el motivo por el cual los mantiene bajo llave, apelando a la necesidad de una estricta protección –según criterios museísticos y culturales– del patrimonio y la memoria de dichas comunidades (lo que viene de perlas en esta época de corrección política y defensa del indigenismo).

Gigante de San Diego (1895)
Para profundizar más en esta controversia, mencionaré al menos dos casos en que estuvo involucrada esta organización, uno del siglo XIX y otro del XX. En primer lugar, está el llamado gigante de San Diego, una momia hallada en 1895, con una estatura de alrededor de 2,50 metros. Este insólito hallazgo apareció en la prensa –con foto incluida– y llegó a instancias científicas. Precisamente, un experto del Smithsonian, el antropólogo Thomas Wilson, examinó la momia y no apreció que se tratara de un fraude. El caso es que el Smithsonian pagó 500 dólares de la época para quedarse con el espécimen. Sin embargo, 13 años después, el propio Smithsonian concluyó que se trataba de una burda falsificación y no le dio más importancia. Entonces, ¿por qué pagaron tanto dinero, habiendo podido examinar con calma los restos óseos? Según Jim Vieira, quien se ha hecho eco de este suceso, la intervención del influyente antropólogo Ales Hrdlicka, que ingresó en el Smithsonian en 1903, fue clave para acabar con cualquier especulación sobre la presencia de gigantes en América. De la momia nunca más se supo.

El segundo hallazgo se produjo en 1943, en la isla de Shemya (archipiélago de las Aleutianas), mientras se realizaban trabajos para construir una pista de aterrizaje. Allí, a cierta profundidad, empezaron a aparecer huesos de mamuts y mastodontes y también huesos humanos enormes. En particular, destacaban unos grandes cráneos trepanados, que medían de 56 a 61 cm. de la base a la coronilla, lo que en proporción suponía una altura de más de 3,50 metros. Un ingeniero a cargo de las obras escribió entonces al zoólogo y estudioso de hechos anómalos Ivan Sanderson para informarle de los descubrimientos. Sanderson respondió a la carta para requerir más datos y mostrar interés por visitar la isla, pero en la siguiente comunicación el ingeniero le contestó que no hacía falta que se desplazase: habían llegado unos expertos del Smithsonian y se habían llevado todos los restos. Resulta asombroso con qué rapidez reaccionaron a la noticia del hallazgo y cómo actuaron de forma presta y discreta para llevarse todo el material sin dar más explicaciones. Igualmente, ahora se desconoce el paradero de todos esos objetos.

Noticia sobre gigantes
Llegados a este punto, alguien podría decir que aquí hay muchos rumores y especulaciones y muy pocas pruebas. Y no le faltaría razón, pues por desgracia en muchos casos se ha tirado de fantasía, sensacionalismo e incluso fraude, por no mencionar los simples errores, exageraciones o confusiones. No obstante, este sería un enfoque muy simplista, dada la magnitud de la realidad arqueológica. A este respecto, Jim Vieira y Hugh Newman escribieron en 2015 un libro (Giants on Record: America’s Hidden History, Secrets in the Mounds and the Smithsonian Files) en que recogieron toda su investigación sobre el tema de los gigantes en Norteamérica. Así, los autores pudieron corroborar por los documentos conservados que desde finales del siglo XIX el Smithsonian había estado implicado en la exploración y excavación de más de 2.000 túmulos funerarios nativos y que había más de 1.000 registros escritos –incluyendo informes del Smithsonian– que mencionaban la presencia de esqueletos humanos de más de 2,10 metros. Vieira y Newman insisten en que en muchos casos la documentación confirma que dichos huesos de gigantes fueron enviados al Smithsonian Institution “para posteriores estudios”, y a partir de ese punto se pierde su rastro. En su opinión, tal desaparición masiva de restos sólo puede responder a una política sistemática de ocultación de pruebas.

Para concluir esta panorámica sobre el papel del Smithsonian, incluyo seguidamente una declaración de Vine Deloria, erudito nativo y experto en las antiguas tradiciones americanas:

“El gran intruso de los antiguos enclaves funerarios, la Institución Smithsoniana del siglo XIX, creó un portal de un solo sentido, a través del cual se han esfumado incontables huesos. Esta puerta y el contenido de su cripta están virtualmente sellados a cualquiera, excepto a los funcionarios del gobierno. Entre estos huesos pueden encontrarse respuestas, ni siquiera buscadas por estos funcionarios, acerca del pasado profundo.”[3]

No voy a extenderme más en esta controversia, pero a estas alturas sí creo justificadas y razonables las críticas vertidas por algunos autores alternativos ante la cerrazón del estamento académico. Sería en verdad muy grave que la obstinación y el dogmatismo hubieran conducido a prácticas tan indeseables y reprobables como la supresión de pruebas, ya sea ocultándolas o destruyéndolas. Ante tantos indicios y pistas que merecen al menos un estudio serio y riguroso no se puede aducir “que no se sabe nada”, “que esto o aquello se ha perdido” o “que no es posible mostrar determinados objetos”. Si todos los informes arqueológicos, a los que hay que sumar trazas históricas, antropológicas y mitológicas, nos empujan a pensar que esa realidad existió, resulta muy poco creíble que prácticamente todo se haya esfumado como por arte de magia. La cantidad tiene un peso que no se puede negar.

La ciencia debería ser honrada, neutral e imparcial, pero por desgracia eso sólo ocurre en un mundo perfecto. De verdad me gustaría creer que los autores alternativos han errado completamente el tiro, pero mucho me temo que el estamento académico no es trigo limpio y que las ocultaciones han existido y que, lamentablemente, todavía ocurren en mayor o menor grado.

© Xavier Bartlett 2020

Fuente imágenes: Wikimedia Commons



[1] Se trataba de la Gungywamp Society, una institución cultural que investiga el fenómeno megalítico en Nueva Inglaterra (EE UU).
[2] La mayoría de los documentos son noticias de diarios o revistas locales (algunos de gran renombre, como The New York Times o The Washington Post), pero también existe abundante documentación procedente de publicaciones culturales o científicas locales o de ámbito nacional… ¡incluyendo también informes del propio Smithsonian!
[3] Deloria Jr., Vine. Red Earth, White Lies: Native Americans and the Myth of Scientific Fact. Fulcrum Publications, 1997.

viernes, 12 de septiembre de 2014

Una cronología alternativa para la historia de la Humanidad



Confieso que, en calidad de persona formada en un paradigma científico que se ajusta a las pruebas observables, no me resulta fácil abordar según qué visiones alternativas de la existencia humana, que parecen tener su fundamento en la mitología, el misticismo o el esoterismo; en suma, en concepciones de tipo más bien metafísico. Sin embargo, estamos en un momento histórico en que el viejo paradigma materialista parece estar debilitándose a marchas forzadas, al tiempo que se están abriendo nuevas puertas a conocimientos que cabalgan entre las modernas teorías científicas y las más antiguas tradiciones místicas, y  creo que todo ello podemos extraer útiles enseñanzas y nuevas perspectivas que nos permitan avanzar en el proceso de autoconocimiento del ser humano.



Phillip Lindsay
Así pues, en este artículo presentaré el trabajo de un autor alternativo, Phillip Lindsay, que ha profundizado en el tema de la historia de la Humanidad desde un enfoque bien alejado del actual paradigma materialista-reduccionista, si bien es justo reconocer que no elude ciertas cuestiones que podríamos situar en la investigación empírica convencional.



Lindsay, astrólogo profesional, es autor de un libro titulado The Hidden History of Humankind (“La historia oculta de la Humanidad”) en el cual postula que la visión académica sobre el concepto de tiempo histórico está equivocada y que la tradición esotérica ofrece respuestas mucho más certeras sobre la existencia del hombre a lo largo de periodos de tiempo extremadamente largos. Básicamente, el punto de partida de Lindsay es la creencia de que la Historia de la Humanidad es cíclica y no lineal, a diferencia de lo que defiende el presente paradigma evolucionista y como venía defendiendo desde hace siglos la tradición judeo-cristiana. Esta visión cíclica de la existencia humana tiene su origen en las creencias y mitologías de varias culturas y civilizaciones antiguas, y de alguna manera se popularizó en el mundo occidental gracias al éxito de ciertas corrientes esotéricas como la famosa Teosofía de Madame Blavatsky.

Este concepto cíclico alcanza su máxima expresión en la tradición hindú, según la cual la existencia humana está inserida en un infinito ciclo de nacimientos, muertes y renacimientos de universos de una duración enorme. De hecho, el llamado “día de Brahma” tiene una extensión de 4.320.000.000 años humanos, los mismos que la “noche de Brahma”, con la cual se completa un ciclo evolutivo de 8.640.000.000 años. Como se puede comprobar, este tiempo excede con mucho las cronologías convencionales que la ciencia asigna para la creación del sistema solar. Y, yendo aún más lejos, un “año de Brahma” dura 360 de esos días y noches, con lo cual ya tenemos una cifra astronómica

Con todo, Lindsay reconoce que la antigua visión mitológica y la ciencia contemporánea podrían estar mucho más próximas de lo que la gente cree. Para ello, no duda en citar las siguientes palabras de Fritjof Capra:

“Esta idea de un universo que se expande y se contrae periódicamente, que implica una escala de tiempo y espacio de vastas proporciones, ha surgido no sólo en la moderna cosmología, sino también en la antigua mitología hindú. Al experimentar el universo como un cosmos orgánico y rítmicamente cambiante, los hindúes fueron capaces de desarrollar cosmologías evolutivas que se acercan bastante a nuestros modelos científicos modernos.”

Para empezar a entender esta visión es preciso abandonar la idea moderna occidental de un tiempo histórico o geológico y abrazar el concepto de un tiempo cósmico de una enorme duración en el cual la especie humana está presente desde épocas “imposibles” y evoluciona en función de unos patrones de conciencia, que desde luego no tienen nada que ver con la selección natural, el azar, o cualquier factor de tipo material. Para Lindsay, la limitación de la historia de la civilización humana a unos pocos miles de años no es más que un esquema mental repetitivo y cansino, que ni siquiera concuerda con algunas pruebas observables, como han sacado a relucir algunos investigadores alternativos.

Lindsay ha explorado los supuestos motivos que explicarían por qué los historiadores se muestran tan reacios a contemplar grandes extensiones de tiempo para la existencia humana, llegando a las siguientes conclusiones: 

  • Los historiadores occidentales han desestimado sistemáticamente las antiguas tradiciones asiáticas y americanas, debido a un sesgo claramente eurocéntrico. Así, todo lo que queda fuera de la cristiandad bíblica (en siglos pasados[1]) o del materialismo científico (actualmente) se ha rechazado sin más, aplicando una especie de filtro cognitivo.
  • En los últimos tiempos se ha venido aplicando una mentalidad limitada que sólo emplea los cinco sentidos físicos. Esta mentalidad está fuertemente enraizada en Occidente y muy en particular en el ámbito anglosajón. El uso de la intuición como sexto sentido debería extenderse en una próxima raza humana (la sexta raza primigenia[2]).
  • Desde ciertos sectores del mundo académico (como el Instituto Smithsoniano) se ha querido ocultar, suprimir o destruir pruebas de la existencia de culturas megalíticas que precedieron a nuestras civilizaciones conocidas. Cualquier indicio en este sentido es ignorado, rechazado o ridiculizado por los expertos académicos, como en el caso de las muchas ciudades de civilizaciones avanzadas que fueron cubiertas por las aguas.
  • Los arqueólogos se enfrentan a una gran diversidad de restos antiguos en un mismo yacimiento y son incapaces de distinguir o discriminar lo que pertenece a un periodo concreto y no a otro. Por ejemplo, en Sudamérica, muchos autores alternativos han dejado claro que una cosa son los restos megalíticos y otra cosa son los restos típicamente incas, pese a que la ciencia convencional los pone en el mismo cajón.
  • Los métodos de datación están bajo sospecha, por ser falibles y no concluyentes, como las escrituras religiosas, la arqueoastronomía e incluso las técnicas radiométricas (carbono-14, series de uranio, etc.)

Helena Petrovna Blavatsky
A partir de estas bases, Lindsay construye un argumentario que se ajusta con cierta fidelidad a las afirmaciones esotéricas de H. P. Blavatsky sobre la existencia humana en larguísimos periodos de tiempo (sin cuestionar su origen o validez), criticando al mismo tiempo las múltiples deficiencias del enfoque científico académico. En este punto, Lindsay admite como premisa que Blavatsky actuó como intermediaria de ciertos Maestros de la Sabiduría de tal modo que el mundo occidental recuperase la cronología correcta de la historia humana, que habría sido reemplazada por otra del todo corrompida y distorsionada (y aquí nos podríamos preguntar por quién). Así, el ser humano estaría en un estado de total desconocimiento del origen y propósito de su espíritu y se le habría inculcado una acortada cronología (a través de la teoría evolucionista) sobre su completo desarrollo[3]. Sólo para hacernos una idea del concepto de “hombre” tan radicalmente distinto, basta decir que, según los textos sagrados védicos, la evolución de la conciencia humana habría empezado ¡hace unos 21,8 millones de años!

No es objeto de este breve artículo profundizar en este debate, que en el fondo implica dos formas totalmente distintas de entender la ciencia, pero al menos puede ser interesante exponer algunas de estas propuestas alternativas tan radicales sobre el paradigma histórico de la Humanidad. De este modo podremos contrastar los principios de unos y otros, lo que tal vez nos conduzca a una postura mucho más escéptica o crítica, al apreciar que ambas visiones tienen demasiados puntos débiles o incoherencias.

Vayamos pues a presentar algunas de las afirmaciones de Lindsay sobre su cronología histórica de largos ciclos.

En lo referente al Antiguo Egipto, Lindsay resalta que los diversos investigadores que utilizan la arqueoastronomía sólo toman como referencia un ciclo precesional (unos 26.000 años) cuando existen claras muestras de que deben contemplarse varios ciclos más. Por ejemplo, según lo que apreció Blavatsky en el Zodíaco de Dendera, la Gran Pirámide debería datarse en 78.000 años, esto es, un “retraso” de tres ciclos precesionales[4].

Pirámide de Djoser, en Saqqara
Por otro lado, si vamos a Saqqara y a Dashur, Lindsay asegura que los antiguos monumentos allí ubicados muestran un aspecto mucho más antiguo que las pirámides de Guiza, lo cual choca con la teoría convencional de que hubo muy pocos siglos (o décadas) de lapso entre ambos conjuntos. A este respecto, Lindsay se apoya en Blavatsky para afirmar que Manu (el faraón Menes, fundador de la primera dinastía) pertenecía a la segunda subraza de la quinta raza primigenia, lo que implica que debería datarse en una antigüedad de ¡860.000 años! Esto conllevaría una datación para Saqqara de cientos de miles de años anterior al conjunto monumental de Guiza.

Para acabar de desbordar la visión académica, Lidsay considera que las dataciones de radiocarbono realizadas en Saqqara no tienen validez. A este respecto, dice literalmente que: “Está documentado que el ayudante de Libby, Jim Arnold, tenía un conocimiento profundo de la historia arqueológica académica. Así que, a pesar de que se suponía que el experimento con la primera pieza de madera que se les envió era "anónimo" (no se sabía el origen de la madera), la evidencia arqueológica del momento –basada en métodos arqueológicos convencionales– sostenía que la pirámide de Zoser tenía 4.500 años de antigüedad. Hay que preguntarse hasta qué punto el conocimiento previo de Arnold de la arqueología convencional influyó en el resultado del experimento, es decir, para hacer que los resultados cuadrasen.”

Visto todo esto, es lícito hacer algunos comentarios. Por un lado, el aspecto astronómico y precesional en el Mundo Antiguo no es precisamente un tema cerrado sino abierto a nuevas investigaciones, y no son pocos los autores alternativos que, a la vista de ciertas pruebas, defienden firmemente que la precesión de los equinoccios era conocida muchísimo antes de que fuese “descubierta” por el griego Hiparco en el siglo II a. C. Lindsay, por cierto, apunta que algunos cronistas antiguos reconocían que algunos pueblos llevaban milenios realizando observaciones astronómicas. Por ejemplo, según Plinio, los caldeos poseían datos astronómicos de 720.000 años, mientras que Simplicio afirmaba que las observaciones astronómicas de los egipcios se remontaban a 630.000 años.

De todas formas, ubicar ciertos monumentos en épocas tan remotas ya es otra cosa. Por de pronto, el faraón Menes poco tendría que ver –presuntamente– con la era de las pirámides, y en cuanto a la dicotomía Saqqara-Guiza, Lindsay parece nadar a contracorriente, pues buena parte de los autores alternativos apuestan por un origen muy anterior de las pirámides de Guiza, mientras que las pirámides de Saqqara habrían sido meros intentos de imitar la grandeza de las grandes obras de Guiza. En fin, lo que Lindsay propone se queda en un limbo no reconocido ni por la Egiptología ni por las visiones alternativas.


Moai de la isla de Pascua
En otro orden de cosas, Lindsay también toca el tema de las antiguas civilizaciones perdidas de Mu/Lemuria y la Atlántida, a las que considera no mitos sino realidades; eso sí, correspondientes a razas humanas anteriores a la nuestra. Según la teosofía, en el mundo de Lemuria –hace unos 18 millones de años– habría existido una tercera raza primigenia, que habría experimentado un proceso llamado “individualización”. Los humanos de aquel tiempo habrían sido los gigantes míticos (de unos 10 metros de altura), retratados de algún modo en los moai de la isla de Pascua. Posteriormente, los humanos de la Atlántida también habrían sido de gran estatura, que habría ido descendiendo hasta llegar a la altura propia de nuestra raza actual, la quinta según Blavatsky. En otras palabras, los humanos de Lemuria y de la Atlántida habrían tenido un tamaño equivalente al de las grandes criaturas descritas en los relatos míticos como monstruos y dragones. Y precisamente gracias a su gran tamaño y fuerza –y con la ayuda de la magia en forma de ciencia del sonido[5]– habrían podido construir los grandes monumentos megalíticos que conocemos y que obviamente estarían mal datados por la arqueología ortodoxa.

Por cierto, y aunque sólo sea a modo de anécdota, cabe reseñar que Blavatsky creía que el origen de los primates debía situarse en las aberraciones de los lemurianos, que –al cohabitar con ciertos animales– habrían creado unos híbridos que luego darían lugar a los ancestros de los simios. En suma, ¡el simio derivaría del humano, y no al revés, como viene defendiendo el darwinismo desde hace siglo y medio!

De estas observaciones, Lindsay realiza la pregunta nada retórica de por qué si se acepta que en épocas geológicas remotas existían animales de gran tamaño (como los dinosaurios) que luego fueron degenerando a criaturas más pequeñas, no se admita que la especie humana hubiese podido experimentar un proceso similar. A esto responden los académicos afirmando que no hay pruebas físicas de tales gigantes, lo cual es refutado por algunos autores alternativos que han estudiado esta controversia[6].

Recreación artística de la Atlántida
Siguiendo con la Atlántida, Lindsay recoge las ya conocidas mitologías sobre la caída en desgracia de una humanidad sabia que se dejó llevar por el materialismo y la magia negra. Sin embargo, una parte de los atlantes siguieron fieles a la Luz y ello provocó el épico enfrentamiento relatado el Mahabharata hindú, hace nada menos que cuatro millones de años. Y justo después de esta gran guerra habría tenido lugar el primero de una serie de grandes cataclismos que sufrió la Atlántida. Precisamente esta gran destrucción que casi acabó con la Humanidad habría sido el origen del mito de Manu Vaivasvata (Noé) y el Arca, un símbolo del eterno nacimiento y renacimiento, que luego fue recogido en forma en múltiples leyendas en todo el mundo. Tras este gran cataclismo, habría surgido en el Himalaya la quinta raza (iniciada con la subraza hindú), aproximadamente hace un millón de años. Finalmente, el cuarto y definitivo desastre habría tenido lugar en el Océano Atlántico y según Blavatsky ocurrió exactamente en el 9564 a. C, una fecha muy próxima a la referencia clásica de Platón (hacia el 9000 a. C.). Y ya para cerrar el círculo, nuestro mundo actual, inmerso en pleno cambio precesional hacia la era de Acuario, dará paso a una nueva raza primigenia, la sexta.

Sin embargo, no todo es tan claro como podría parecer, pues el propio Lindsay admite que muchas de las referencias temporales citadas en la Antigüedad no pueden ser tomadas literalmente, y que de algún modo hay que aplicar unas “medidas de corrección”. Así por ejemplo, concede a Platón la categoría de “iniciado”, que indicó de forma velada el segundo cataclismo ocurrido 900.000 años antes de su época, multiplicando por 100 su primera datación. De igual modo, las longevas edades de los patriarcas bíblicos, aun siendo “imposibles” para la ciencia actual, se quedarían muy cortas si se toman al pie de la letra. Lindsay asume que 1.000 años de un patriarca equivaldrían a 4,32 millones de años (¡ahí es nada!), pues no estaríamos hablando de humanos actuales, sino de seres altamente evolucionados, o dioses, por decirlo así. Todo esto nos podría parecer una estrambótica salida de tono, pero no podemos olvidar que existen listas de reyes-dioses egipcios y sumerios que supuestamente vivieron y reinaron durante cientos o miles de años, y que naturalmente son considerados por la historia convencional como monarcas míticos.

En definitiva, Lindsay presenta un escenario de enormes ciclos temporales con periódicas destrucciones que se llevan por delante mundos y humanidades enteras. Pero, desde su punto de vista, sólo son alteraciones de las formas, pues la conciencia se mantiene y avanza cíclicamente hacia su completa liberación. Cito literalmente a Phillip Lindsay:

“Una vez que la humanidad entienda la verdadera cronología de la historia del mundo, se puede establecer una base de entendimiento que dará lugar a grandes avances en muchas áreas del esfuerzo humano. Luego, el conocimiento correcto del tiempo se aplicará a todas las ciencias y el misterio del origen del alma humana se dará a conocer a todos. Esta es la promesa de la inminente Era del Aguador, Acuario.”

Poco más se puede decir sobre esta visión, que supera con mucho el marco empírico en que se mueven la arqueología y la historia de nuestro tiempo. Desde luego sería muy fácil denigrar este discurso plagado de razas y subrazas, de atlantes y dioses, y de yugas y kalpas, tachándolo de cháchara New Age o algo similar, y de hecho no son pocos los estudiosos que opinan que la teosofía es un puro fraude o simplemente una mezcolanza de mitología y ocultismo sin pies ni cabeza. Y es obvio que casi todas estas afirmaciones sólo están sostenidas por los antiguos textos sagrados o esotéricos y que contienen una gran parte de especulación y arbitrariedad, a falta de datos que podamos corroborar “dentro de nuestro ámbito de los cinco sentidos”, que sin duda es limitado.

No obstante, en la historia del ser humano hay muchos temas sin resolver, aparte de ciertas anomalías que han sido despachadas quizás demasiado rápidamente y que nos hacen reflexionar sobre la validez de todo lo que nos han enseñado sobre el origen del hombre y la civilización. Por tanto, y aun manteniendo un firme espíritu crítico, debemos plantearnos la posibilidad de que tengamos un velo delante de los ojos que nos impide acceder a ese conocimiento perdido, del cual apenas podemos intuir unos escasos retazos. De hecho, no es la primera vez que leo que la mitología está mucho más próxima a la verdad que la Historia científica...

Sea como fuere, es evidente que para poder adentrarnos en estos terrenos de la conciencia histórica debemos aparcar nuestra mente cotidiana y empezar a concebir las cosas en otros términos y desde luego sin ningún prejuicio. Por consiguiente, si, como opinan algunos científicos, el tiempo y el espacio no existen en sí mismos sino que son más bien creaciones de la mente, cualquier escenario de una enorme –por no decir infinita– extensión temporal para la conciencia humana sería factible.

© Xavier Bartlett 2014




[1] De todos modos, es bueno recordar que los fundamentalistas creacionistas –a veces presentados como única oposición al evolucionismo– siguen atrincherados a día de hoy en su interpretación literal de la Biblia.

[2] En este campo, Lindsay sigue más o menos las teorías de Blavatsky sobre la sucesión de una serie de razas humanas, desde los espíritus puros hasta las formas más materiales y burdas.

[3] En cambio, puede sorprender que –en términos geológicos– algunos tiempos teosóficos no se estiren, sino que se reduzcan. Así, el Jurásico, la era final de los dinosaurios, era situada por Blavatsky en “La doctrina secreta” no hace 65 millones de años, sino hace unos 28-20 millones de años.

[4] En general, según la teosofía, toda la historia del Antiguo Egipto estaría mal datada y debería retrasarse en cientos de miles de años, al igual que la civilización maya. La teosofía, además, concede a Egipto la categoría de repositorio y guardián de la tradición mistérica del mundo durante 800.000 años.

[5] De hecho, varios autores hacen referencia a esta ciencia sónica como un medio eficaz para levitar grandes bloques de piedra, pero también como una poderosa arma, tal y como recoge el episodio bíblico de la destrucción de las murallas de Jericó.


[6] Véase en este blog mi artículo sobre esta cuestión: “Mito y realidad de los gigantes”.