Los lectores
recordarán que hace poco expuse una esperpéntica situación vivida por el investigador
norteamericano Michael Cremo, al cual se negó el acceso a unos antiguos
artefactos almacenados en un museo alegando razones espurias. A raíz de casos
como este podríamos hacernos la siguiente pregunta: ¿Es posible que el estudio
del pasado esté restringido o controlado por la manipulación, ocultación o
incluso destrucción de pruebas materiales? Debo confesar que durante mis
estudios académicos de arqueología en ningún momento se me pasó por la cabeza
tal posibilidad. Era consciente de que las personas se equivocan o cometen negligencias, que los
métodos a veces fallan, que se pueden destruir o dañar pruebas por una mala
praxis o simplemente que muchos restos del pasado se han perdido para siempre y
no podemos contar con ellos. Con todo, la mala fe (o cualquier tipo de intervención dolosa) no entraba en mi concepto de
arqueología profesional.
Sin embargo, al
adentrarme en el estudio de la arqueología alternativa, empecé a vislumbrar un
horizonte diferente. Así, no pocos autores –algunos de cierto prestigio y
popularidad– insistían en que en muchos casos existía una ocultación
intencionada de pruebas a fin de cerrar filas en torno a los dogmas del paradigma
y evitar debates embarazosos ante la presencia de determinadas pruebas anómalas o controvertidas. En ese
contexto, con el tiempo fui pasando del escepticismo y la duda a la grave
sospecha –no me atrevo a decir convicción–
de que, en efecto, la ocultación de pruebas por parte del estamento oficial
(organismos e instituciones culturales, universidades, museos, etc.) es algo real
y no precisamente esporádico. Esta “tradición” habría empezado ya en el siglo
XIX, se habría consolidado en el siglo pasado y todavía tendría lugar en estos
tiempos recientes.
Por supuesto, admito
que este es un asunto muy turbio y complejo en que fácilmente se pueden ver
fantasmas y conspiraciones donde no las hay, aparte de la dificultad de probar
fehacientemente que alguien está procediendo a una ocultación deliberada de
pruebas. No obstante, por todo lo que he leído en estos últimos años, cuando se
dan unas determinadas circunstancias y un modus
operandi muy similar, podemos empezar a dudar de la integridad profesional
de las entidades que dicen estudiar y conservar los objetos para el avance de
la ciencia y el conocimiento del pasado. Lo cierto es que repasando diversas
investigaciones y relatos de autores alternativos he ido a parar a una amplia
casuística de supuesta ocultación que podríamos resumir en estos puntos:
- Objetos de los cuales se tiene noticia documental, pero no se sabe qué se hizo de ellos.
- Objetos que fueron recogidos, registrados y almacenados, pero que –al ser solicitados– no aparecen por ninguna parte.
- Objetos supuestamente dañados o destruidos por efecto de alguna catástrofe.
- Objetos confiscados y guardados en almacenes de acceso muy restringido.
- Objetos sí reconocidos como existentes y almacenados, pero que nunca han sido expuestos ni se permite su estudio por criterios museísticos o de otra índole.
- Objetos expoliados en antiguas excavaciones que han ido a parar a un fondo no accesible (sin tener certeza del número de piezas ni de sus características).
- Lugares o yacimientos arqueológicos de acceso restringido o prohibido por diversas razones.
- Informes o documentos manipulados, no accesibles o desaparecidos.
- Cierre de excavaciones en curso por mandato de las autoridades.
Artefactos líticos (hoy desaparecidos) de Hueyatlaco |
En la práctica, resulta
casi imposible demostrar que ha existido mala intención, pues las instituciones
oficiales tienen un amplio argumentario de excusas y recursos perfectamente
profesionales y legales para justificar ciertos hechos. Así pues, por lo
general, cuando alguna institución es señalada como “manipuladora”, echa mano
de ese argumentario y suele revertir las culpas contra el investigador
alternativo de turno, como le ocurrió hace no muchos años al investigador
independiente Jim Vieira, que fue censurado por haber sugerido abiertamente que
cierta institución cultural se dedicaba a la ocultación sistemática de restos
arqueológicos atribuidos a gigantes.
Para adentrarnos en
esta polémica podría citar aquí varios casos muy curiosos, llenos de extrañas “casualidades”,
pero para hacernos una idea general del tema considero que el ejemplo por
excelencia de las presuntas prácticas de supresión u ocultación es el Smithsonian Institution, un organismo
federal de los EE UU administrado y sufragado por el gobierno (aunque con
participación privada), y que goza de amplias competencias y poderes en
materias científicas y culturales. Como se pueden imaginar, ésta fue la
organización criticada por Vieira… y algunos más. Vayamos por partes para poner
las cosas en contexto.
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Sede del Smithsonian Institution en Washington D.C. |
El problema, según
algunos autores alternativos, es que el Smithsonian
ejerció de facto un rol controlador sobre
gran parte de la actividad arqueológica y se dedicó a acopiar todos los
materiales antiguos para reservarse el derecho de su estudio y conservación. En
concreto, el autor estadounidense David H. Childress cree que en realidad lo
que ha hecho el Smithsonian es preocuparse de que nada se le fuera de las manos
y que todo resto que de algún modo pudiera ser anómalo o dudoso –sobre todo en
lo referente a los llamados mound
builders y a posibles culturas foráneas– fuese finalmente “almacenado” (o
sea, ocultado). Childress tuvo la ocasión de conocer indirectamente el caso de
un ex empleado del Smithsonian que fue despedido –presuntamente– por mantener
ciertas opiniones heréticas. Pues
bien, según esta persona, el Smithsonian
habría llenado toda una barcaza con artefactos anómalos y la habría hundido en
medio del Atlántico. Lamentablemente, como prueba no podía aportar más que su
propia palabra, lo que no lleva a ninguna parte.
Sin embargo, Childress investigó otros casos en que el
Smithsonian estaba de por medio y en
uno de ellos se encontró con hechos más bien extraños. Así, partiendo de una carta
fechada en 1950, supo que en 1892 se habían desenterrado unos grandes ataúdes
de madera de unos 2,20 m. de largo en una cueva llamada Crumf Cave en Murphy's Valley, Blount (Alabama) y que al menos ocho
de ellos habían sido trasladados al Smithsonian. Acto seguido, Childress escribió al Smithsonian preguntando por
el paradero de esos objetos y recibió esta respuesta del conservador jefe del
departamento de Antropología, el señor F. M. Seltzer: “No nos ha sido posible
encontrar los especímenes en nuestra colección, si bien los registros muestran
que fueron recibidos.” Pero lo más extraño es que en 1992 una entidad cultural
del este del país[1]
ya había preguntado por los mismos objetos y había recibido una respuesta bien
distinta: los ataúdes no eran tales sino abrevaderos,
y no podían exponerse porque estaban en un almacén contaminado de asbesto. Este
almacén estaría cerrado durante los siguientes diez años y nadie podía acceder
a él, excepto el personal del Smithsonian. A partir de
aquí que cada uno piense lo que quiera…
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Túmulo funerario en Norteamérica |
Podríamos pensar
que ante estos hallazgos tan excepcionales se habría procurado llevar a cabo
una investigación a fondo y que las pruebas habrían estado disponibles para
todos los expertos. Pero nada de eso. De la gran mayoría de restos hallados se
ha perdido el rastro o ha ido a parar a almacenes de museos y universidades,
con alguna rarísima excepción, como el Humbolt Museum de Winnemucca, que expone
una ínfima parte de los restos extraídos de la Cueva de Lovelock (Nevada). El
Smithsonian, según la antigua documentación conservada, parece haber acaparado
gran parte de los objetos en cuestión, aunque ahora afirme no tenerlos en su
poder o simplemente los atribuya a las comunidades nativas. Este sería
precisamente el motivo por el cual los mantiene bajo llave, apelando a la
necesidad de una estricta protección –según criterios museísticos y culturales–
del patrimonio y la memoria de dichas comunidades (lo que viene de perlas en
esta época de corrección política y defensa del indigenismo).
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Gigante de San Diego (1895) |
El segundo hallazgo
se produjo en 1943, en la isla de Shemya (archipiélago de las Aleutianas),
mientras se realizaban trabajos para construir una pista de aterrizaje. Allí, a
cierta profundidad, empezaron a aparecer huesos de mamuts y mastodontes y
también huesos humanos enormes. En particular, destacaban unos grandes cráneos
trepanados, que medían de 56 a 61 cm. de la base a la coronilla, lo que en
proporción suponía una altura de más de 3,50 metros. Un ingeniero a cargo de las obras escribió
entonces al zoólogo y estudioso de hechos anómalos Ivan Sanderson para
informarle de los descubrimientos. Sanderson respondió a la carta para requerir
más datos y mostrar interés por visitar la isla, pero en la siguiente
comunicación el ingeniero le contestó que no hacía falta que se desplazase: habían
llegado unos expertos del Smithsonian y se habían llevado todos los restos.
Resulta asombroso con qué rapidez reaccionaron a la noticia del hallazgo y cómo
actuaron de forma presta y discreta para llevarse todo el material sin dar más
explicaciones. Igualmente, ahora se desconoce el paradero de todos esos
objetos.
Noticia sobre gigantes |
Para concluir esta panorámica
sobre el papel del Smithsonian, incluyo seguidamente una declaración de Vine
Deloria, erudito nativo y experto en las antiguas tradiciones americanas:
“El gran intruso de los antiguos
enclaves funerarios, la Institución Smithsoniana del siglo XIX,
creó un portal de
un solo sentido, a través del cual se han esfumado incontables huesos. Esta puerta y el contenido de su cripta están virtualmente sellados a cualquiera, excepto a los funcionarios del gobierno. Entre estos huesos pueden encontrarse respuestas, ni
siquiera buscadas por estos funcionarios, acerca del pasado profundo.”[3]
La
ciencia debería ser honrada, neutral e imparcial, pero por desgracia eso sólo ocurre
en un mundo perfecto. De verdad me gustaría creer que los autores alternativos han
errado completamente el tiro, pero mucho me temo que el estamento académico no
es trigo limpio y que las ocultaciones han existido y que, lamentablemente,
todavía ocurren en mayor o menor grado.
©
Xavier Bartlett 2020
Fuente imágenes: Wikimedia Commons
[1] Se trataba de la Gungywamp Society, una institución
cultural que investiga el fenómeno megalítico en Nueva Inglaterra (EE UU).
[2] La mayoría de los documentos son noticias de diarios o revistas
locales (algunos de gran renombre, como The
New York Times o The Washington Post), pero también
existe abundante documentación procedente de publicaciones culturales o
científicas locales o de ámbito nacional… ¡incluyendo también informes del propio
Smithsonian!
[3] Deloria Jr.,
Vine. Red Earth, White Lies: Native Americans and the Myth of Scientific Fact.
Fulcrum Publications, 1997.
2 comentarios:
Hola buenas.
La supuesta "ocultación" de restos arqueológicos en diversas partes del mundo por ciertas instituciones como el Instituto Smithsoniano: o bien de osamentas de gran talla, o que no cuadren en orden "cronológico"; tecnológicos como dataciones no concluyentes o los llamados "ooparts"(los que no son falsos). Creo dado como esta el tema, la falta de transparencia y la negación sin mas, da mucho que sospechar y hace pensar que si es posible dicha "ocultación".
Por cierto hace pocos años salio un fallo de la Corte Suprema de Estados Unidos instado al Instituto Smithsoniano a desclasificar documentos de fines del siglo XIX y principios del siglo XX vinculados al descubrimiento de esqueletos de humanos gigantes. No se, como estará el asunto de dicho fallo hoy en día.
un saludo y gracias.
Gracias José Luis por el comentario
Dice el refrán que "cuando el río suena agua lleva", y ya son muchas décadas de suspicacias y acusaciones. Desde luego, la posibilidad de ocultación es factible y se puede tapar o amparar bajo varios argumentos o pretextos, pero -como ya he indicado en el texto- es muy complicado probar que ha existido una intención dolosa deliberada. La única solución que veo es que alguien "desde dentro" destapara el asunto con pruebas inequívocas, lo que a día de hoy todavía no ha ocurrido.
Saludos
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