martes, 7 de abril de 2015

La confusa identidad de los Nefilim



Introducción



Una de las tendencias recurrentes de la arqueología alternativa ha sido, desde hace décadas, la transformación de las antiguas mitologías o religiones en historia más o menos real. En este sentido, tenemos un magnífico ejemplo en los diversos estudios acerca de la identidad de unos seres –presuntamente míticos– que aparecen citados en la Biblia, concretamente en el Génesis: los Nefilim. Lo cierto es que la discusión sobre los Nefilim es antigua, pero siempre había estado fijada en un contexto religioso. Sin embargo, en tiempos recientes, los Nefilim se han vuelto a poner de moda por varios motivos y numerosos investigadores alternativos se han propuesto sacar a estos personajes de su aura mítica para situarlos en otros contextos mucho menos “etéreos”.


En fin... ¿quiénes eran estos Nefilim? ¿Cómo se relacionaron con la raza humana? ¿Qué perfil podemos extraer de estos seres a partir de los relatos religiosos? ¿Podemos atribuirles una identidad real (física), más allá del mito? Esta es la cuestión que trataremos de esclarecer en este artículo.

Los dioses que vinieron del espacio



Es bien sabido que la llamada teoría del antiguo astronauta ha dado pie a todo tipo de especulaciones y escenarios sobre ciertas figuras divinas de un remotísimo pasado que bien podrían ser seres llegados de otros mundos, a juicio de bastantes autores de este género.

Zecharia Sitchin
En este campo, es muy destacable la intervención que hizo el prolífico autor ruso Zecharia Sitchin, que quiso dar empaque científico a su teoría acerca de unos seres venidos de un lejano planeta llamado Nibiru y que crearon al ser humano “a su imagen y semejanza”. Estamos hablando de sus famosos dioses Anunnaki, que en opinión de Sitchin, se corresponderían exactamente con los Nefilim (“gigantes”) de la Biblia judeo-cristiana, más aún teniendo en cuenta que gran parte de la tradición hebrea más antigua –recogida en el relato bíblico confeccionado durante el primer milenio antes de Cristo– había bebido de las fuentes mesopotámicas.

Empecemos pues por el principio, que es la propuesta lanzada por Sitchin en su libro El duodécimo planeta (1976), en el cual identificaba a los Nefilim bíblicos con los dioses Anunnaki de la mitología sumeria. Su argumentación partía de la base de que la traducción clásica del término Nefilim era completamente errónea. Así, la versión griega de la Biblia había optado por traducir Nefilim como “gigantes”, cuando –según Sitchin– la traducción correcta del término hebreo debería ser “los que descendieron del cielo a la tierra”, que es precisamente el significado que él otorgaba también a los Anunnaki.

Véase el fragmento en el cual Sitchin expone su visión sobre los Nefilim: 
«Incluso los primeros recopiladores del Antiguo Testamento –que consagraron la Biblia a un único Dios– consideraron necesario reconocer la presencia en la Tierra de estos seres divinos en la antigüedad. La enigmática sección –a la que le tienen pánico tanto los traductores como los teólogos– es la que forma el comienzo del Capítulo 6 del Génesis. Ocupa el espacio que hay entre la reseña de la expansión de la Humanidad a lo largo de las generaciones después de Adán y el relato del desencanto divino con la Humanidad que precedió al Diluvio. Afirma, inequívocamente, que, en aquel tiempo,

los hijos de los dioses
vieron que las hijas de los hombres estaban bien;
y tomaron por esposas
a las que preferían de entre todas ellas.
Las connotaciones de estos versículos, y los paralelismos que hay con los relatos sumerios de los dioses, de sus hijos y nietos, y de la descendencia semidivina resultante de la cohabitación entre dioses y mortales, se acumula mientras seguimos leyendo los versículos bíblicos:
Los Nefilim estaban sobre la Tierra,
en aquellos días y también después,
cuando los hijos de los dioses
cohabitaban con las hijas de los Adán,
y ellas les daban hijos.
Ellos fueron los poderosos de la Eternidad,
El Pueblo del shem.

La traducción que figura aquí no es la traducción tradicional. Durante mucho tiempo, la expresión “Los Nefilim estaban sobre la Tierra” se tradujo como “Había gigantes sobre la tierra”; pero los traductores modernos reconocen el error, optando al final por dejar intacto el término hebreo Nefilim en la traducción. El versículo “El pueblo (gente) del shem”, como sería de esperar, se tradujo como “la gente que tenía un nombre”, y, de ahí, “los hombres famosos”. Pero, como ya hemos dicho, el término shem se debe tomar en su sentido original: un cohete, una nave espacial.
Entonces, ¿qué significa el término Nefilim? Derivado de la raíz semita NFL (“ser lanzado abajo”), significa exactamente lo que significa: ¡aquellos que fueron arrojados a la Tierra!»

Para Sitchin, existían muchas pruebas de que los Anunnaki (o Nefilim) eran, en efecto, el pueblo “de los shem” (naves espaciales, en su opinión), y que el susodicho descenso a la Tierra no habría sido una mera ficción religiosa sino un aterrizaje en toda regla. El motivo de tal descenso habría sido la búsqueda y obtención de recursos naturales, básicamente oro, necesario para la protección de la dañada atmósfera de su planeta original, Nibiru. Como resultado de esta empresa, se hizo necesario disponer de trabajadores esclavos que llevasen a cabo el duro trabajo de la extracción minera, y sería en este contexto en que los dioses habrían creado a un “trabajador primitivo” o lu.lu después de varios experimentos. Este prototipo exitoso, el primer hombre, habría sido llamado adamu o adapa, el Adán de la Biblia.

Tablilla con escritura cuneiforme
Por tanto, juntando todas las piezas, nos encontramos aquí con un típico escenario de antiguos astronautas que da pie a la llamada teoría intervencionista, que considera que el Homo sapiens no es fruto de un proceso evolutivo natural (según la ortodoxia darwinista) sino de la ingeniería genética aplicada por unos seres extraterrestres sobre un homínido primitivo. Así pues, Sitchin, tomando elementos del Antiguo Testamento y sobre todo de las antiguas tablillas mesopotámicas escritas en grafía cuneiforme, construyó una historia que bien podríamos llamar de “ciencia-ficción” en la cual los dioses Anunnaki habitaron el planeta Tierra durante más de medio millón de años, establecieron bases permanentes y crearon a la criatura humana para que trabajase a su servicio. Más adelante, tras el Diluvio universal, los dioses habrían concedido la civilización a la Humanidad y habrían partido de vuelta a su mundo tras una tremenda guerra nuclear entre facciones Anunnaki a finales del tercer milenio a. C.

A partir de esta teoría de Sitchin, surgió toda una legión de fieles seguidores que prosiguieron o ampliaron sus trabajos desde diversas perspectivas. Aún hoy en día, a los pocos años de fallecer el autor ruso, varios investigadores siguen la estela de los dioses Anunnaki, sobre todo en la vertiente intervencionista, esto es,  en la explicación del Homo Sapiens como un producto genético artificial, aparte de otras tendencias que ya caerían más en el terreno pseudoconspirativo. Por supuesto, también cabe mencionar que Sitchin tuvo fuertes opositores en el campo académico (en particular Michael Heiser), y que algunos de sus discípulos, como Alan Alford, acabaron por desmarcarse de sus ideas.

Y entre las múltiples propuestas recientes sobre los Nefilim, desearía destacar en este texto tres aportaciones sumamente significativas, que combinan distintos elementos como la mitología, la arqueología, la antropología, la tradición religiosa y la filología.

Los iniciadores de la civilización



En primer lugar, tenemos la visión del investigador británico Andrew Collins, que escribió un artículo sobre los bíblicos Vigilantes y sus descendientes los Nefilim titulado The forbidden legacy of a fallen race[1]. Collins se desmarca aquí del ámbito extraterrestre y plantea interesantes interrogantes sobre varias cuestiones relacionadas con los Vigilantes, unos seres superiores o semidivinos (“Hijos de Dios”), que de algún modo cayeron en desgracia, así como sus descendientes, los Nefilim. El autor inglés compara las citas bíblicas con el famoso Libro de Enoc –el libro que habla de los Vigilantes en calidad de “ángeles caídos”– y comprueba que hay cosas que no acaban de cuadrar y que oscurecen el perfil de los Nefilim. Por ejemplo, la doble mención del Génesis resulta algo confusa; cito literalmente:

«Y aconteció que cuando los hombres comenzaron a multiplicarse sobre la faz de la tierra, y les nacieron hijas, los hijos de Dios vieron que las hijas de los hombres eran hermosas, y tomaron para sí todas las esposas que eligieron.
Por hijos de Dios, el texto quiere decir ángeles celestiales, siendo el original hebreo bene-ha-Elohim. En el versículo 3 del capítulo 6, Dios declara de forma inesperada que su espíritu no puede permanecer en los hombres para siempre, y que puesto que la humanidad es una creación de la carne, su vida útil en lo sucesivo se reduciría a “ciento veinte años”. Sin embargo, en el versículo 4, el tono vuelve de repente al tema original de este capítulo, ya que dice:
Los Nefilim estaban en la tierra en aquellos días, y también después, cuando los hijos de Dios se juntaron con las hijas de los hombres, y les engendraron hijos: los mismos valientes que desde la antigüedad fueron los varones de renombre

Según Collins, los teólogos, para tratar de resolver este tema, habrían optado por la hipótesis de que los ángeles habrían caído  en desgracia dos veces, primero por el orgullo y luego por la lujuria. Pero en opinión del autor británico estos dos fragmentos podrían pertenecer a tradiciones y épocas distintas, y de ahí la confusión entre los bene ha-elohim (Hijos de Dios) y los Nefilim. Los primeros serían un añadido muy posterior, con origen en Irán, mientras que los segundos serían propiamente los ángeles caídos de la tradición hebrea. En todo caso, y pese a estas contradicciones, este texto «mantuvo la firme creencia entre los antepasados de la raza judía de que, en algún momento del lejano pasado, una raza gigante había gobernado la Tierra.»

Por otro lado, Andrew Collins concede gran importancia al Libro de Enoc –que no sería posterior e inspirado en el Génesis, sino al revés[2]– pues vendría a ofrecer un relato bastante revelador en cuanto al origen de los Nefilim. Según este libro, doscientos de los Erin (“los que vigilan” o Vigilantes) se convirtieron en ángeles caídos, al descender al mundo terrenal de los mortales y cohabitar con mujeres humanas. Estos transgresores tuvieron descendencia fruto de su unión con éstas y tales seres híbridos fueron llamados Nefilim, un término hebreo que puede traducirse como “los que han caído”, y que luego se convirtió en “gigantes” en la versión griega.

Representación artística de Shemihaza
Al parecer, los Nefilim se dedicaron en principio a instruir y civilizar a los humanos, enseñándoles múltiples conocimientos y artes. Sin embargo, luego los Nefilim se volvieron contra los humanos, cometiendo toda clase de maldades y tropelías, tal y como se menciona en el propio Libro de Enoc: “Y cuando los hombres ya no pudieron mantenerlos, los gigantes se volvieron contra ellos y devoraron a la Humanidad. Y empezaron a pecar contra los pájaros y las bestias, y los reptiles y los peces, y a devorarse la carne unos a otros, y beberse la sangre. Luego la tierra estableció acusación contra los sin ley.” Entonces, los Vigilantes celestiales escucharon las quejas de los humanos y procedieron a juzgar y castigar duramente a los Nefilim, empezando por su líder Shemihaza. Así, los rebeldes fueron finalmente recluidos en una especie de prisión celestial, un abismo de fuego (¿el infierno?).

A partir de este punto, Collins se sumerge en una investigación a caballo entre la mitología y la arqueología, a fin de obtener un perfil más terrenal de los Nefilim, que tal vez no serían tan etéreos como se  podría suponer. Su investigación le lleva a relacionar a los Nefilim con unos seres (¿chamanes?) medio humanos medio pájaros, considerados por los hombres como demonios, que habrían habitado una determinada región de Oriente Medio, más concretamente las montañas de Media, al noroeste del actual Irán.

Véase el siguiente ejemplo de la presencia real de estos seres en las antiguas crónicas mesopotámicas:
«En una tablilla cuneiforme escrita en la ciudad de Kutha por un escriba “del templo de Sitlam, en el santuario de Nergal”, se describen las incursiones de una raza de demonios en Mesopotamia, impulsada por los dioses de una región inferior. Se dice que le hicieron la guerra a un rey no identificado durante tres años consecutivos y que tenían la apariencia de:
Hombres con cuerpo de pájaros del desierto,
seres humanos con rostros de cuervos,
los grandes dioses los crearon,
y en la tierra, los dioses crearon para ellos una morada... en medio de la tierra crecieron y se hicieron grandes, y aumentaron en número,
Siete reyes, hermanos de la misma familia,
seis mil en número fueron su pueblo.
Estos “hombres con cuerpos de pájaro” fueron considerados como “demonios”. Aparecerían sólo una vez que una tormenta de nubes hubiera consumido los desiertos y masacraría a aquellos a quienes tomarían cautivos, antes de regresar a una región inaccesible durante otro año.»

Estatuilla de la cultura el-Ubaid
Por otra parte, la literatura enoquiana y de los rollos del Mar Muerto también recogía otra descripción de estos seres, caracterizados fuertemente por tener el rostro de víbora, lo cual casa con la iconografía de ciertas estatuillas de la cultura neolítica mesopotámica de el-Obeid o Ubaid (datada hacia 5.000 a. C.), en las cuales aparecen unas divinidades con rasgos marcadamente reptiloides. 

A este respecto, Collins rechaza la versión clásica de la arqueología convencional que habla de diosas-madre y también de las especulaciones de Erich Von Däniken sobre la supuesta identidad extraterrestre de tales figuras. Según su opinión, estas efigies derivaban directamente de unas imágenes muy similares de la anterior cultura protoneolítica de Jarmo (en el Kurdistán), zona supuestamente habitada por los Vigilantes. Así, Collins especula con la idea de que fueron estos seres los que adiestraron a los primitivos habitantes de la región en las habilidades agrícolas.

En fin, adentrarnos en detalle en esta investigación sería ahora demasiado prolijo, por lo cual recomiendo la lectura de este artículo de A. Collins que puede hallarse libremente en Internet, tanto en versión inglesa como española. En todo caso, aun con todas las reservas por lo arriesgado de algunas propuestas, es muy loable este intento de dar contexto histórico-arqueológico a unos personajes presumiblemente míticos, buscando analogías y relaciones en elementos aparentemente inconexos.

Cuando los gigantes dominaban la tierra



En segundo lugar, tenemos el enfoque del investigador alternativo holandés L. C. Geerts, sustentado en varias fuentes religiosas, que trata de situar el tema en la oscura polémica sobre los gigantes, introduciendo en la controversia un nuevo elemento directamente relacionado con los Nefilim: los Anakim. Básicamente, lo que Geerts propone en su artículo Giants, Nephilim and Anakim es que la confusa dualidad expresada en el Génesis se debe a la yuxtaposición de tradiciones diferentes (como acabamos de ver en lo expuesto por Collins), pero incorporando la figura de los Anakim bíblicos como descendientes de los propios Nefilim.

Goliat, un gigante Anakim
Así pues, el escenario de Geerts es más o menos el siguiente: los hijos de Dios o “Vigilantes” se habrían unido a las hijas de los hombres, creando así una raza híbrida de gigantes. En este caso, los Nefilim serían propiamente los mismos Vigilantes (o sea, dos nombres distintos para una misma estirpe), mientras que su descendencia serían los llamados Anakim, raza de gigantes también citada en la Biblia. Así pues, los ángeles caídos o Nefilim serían gigantes, al igual que sus descendientes los Anakim, y no sólo en un sentido físico, sino también por tener capacidades superiores a los humanos “normales”. Así, aunque estos seres habrían ido decreciendo en tamaño con el paso de los siglos[3], habrían sido los responsables de las grandes obras y monumentos de la Antigüedad, sobre todo los de carácter megalítico, atribuidos (erróneamente, a juicio del autor holandés) a las primeras civilizaciones conocidas. En cualquier caso, esta raza o razas de gigantes habría caído en desgracia por haberse rebelado contra la gran autoridad divina y habría sido castigada consecuentemente, todo ello antes de la aparición del humano moderno (Homo sapiens).

En cuanto a su aspecto, algunos relatos hablan de increíbles alturas de hasta 900 metros, aunque otras referencias los sitúan en una franja más discreta de entre 10 y 100 metros, que todavía resulta del todo asombrosa. Y sobre su longevidad, y aun habiendo perdido su inmortalidad divina, los gigantes podrían haber vivido por períodos de hasta 500 años.

Por otra parte, en la mayoría de escrituras sagradas, todos estos ángeles caídos y razas derivadas serían denominados con diversos nombres, como gigantes, Anakim, demonios y monstruos, acentuando especialmente su faceta maligna y perversa. Esta tradición se fundamentaría en el hecho de que estos gigantes se habrían cruzado con diversos animales, creando así unas criaturas fantásticas (medio humanas medio bestias) que fueron adorados y temidos al mismo tiempo, y que están recogidos en mitos y leyendas de diversas culturas.

En definitiva, Geerts, a partir de los textos religiosos, reconstruye una historia supuestamente real sobre la presencia de gigantes sobre la tierra antes de que surgiera la raza de humanos actuales. Estos Nefilim, a pesar de haber sido castigados por sus creadores y de haber estado al borde de la desaparición a causa del Diluvio universal, habrían pervivido hasta épocas que podríamos calificar de históricas, según vemos en episodios bíblicos como la lucha de los israelitas contra los últimos representantes de estas razas (véase como ejemplo el famoso combate en David y Goliat).

La incierta influencia persa



Finalmente quisiera comentar el trabajo del investigador griego Petros Koutoupis, que en su artículo The Nefilim: Their origins and evolution se ha centrado en la cuestión propiamente filológica, descartando que los Nefilim fueran antiguos astronautas (versión Sitchin) o que pertenecieran a una cultura muy anterior a las conocidas convencionalmente (versión Collins).

Koutoupis parte de la interpretación propuesta por Sitchin y considera que su traducción es errónea, ya que la palabra correcta hebrea para “descender” es yārad, que no tendría pues relación con los Nefilim. En su opinión, la cuestión filológica tiene gran importancia para aclarar el auténtico origen del mito de los Nefilim. El autor griego aduce que se ha querido relacionar la palabra hebrea nāfal (“caer”, “sucumbir”) con los Nefilim, pero el plural de este término no puede ser nefilim de ningún modo.

Además, observa que en los escritos de la religión judía se aprecia una duplicidad en la escritura de la palabra Nefilim: נפילים (NFYLYM) / נפלים (NFLYM). La diferencia entre ambas grafías es que en la primera tenemos una yod adicional, que resulta muy excepcional, pues en la gran mayoría de textos aparece la segunda forma, sin esta yod. El asunto no es menor, pues Koutoupis, basándose en que la tradición hebrea más antigua no poseía letras para los sonidos vocálicos, cree que los escribas de épocas más recientes habrían añadido los signos vocálicos para preservar la pronunciación tradicional, y de aquí la aparición de la grafía nefilim (como se observa en Números 13:33). No obstante, lo que podría haber ocurrido aquí es una confusión de términos, pues en el Libro de Job (hallado en los rollos del mar muerto), escrito en arameo, hallamos el término nefilā referido a la constelación de Orión, cuyo masculino sería nāfil (plural nefilin), que se traduce literalmente como “gigante”. Así pues, pasando del arameo nefilin al hebreo nefilim, ya tendríamos la palabra que se tradujo normalmente como “gigantes”, y que en realidad podría tener un origen arameo[4].

Por otro lado, tomando las propias fuentes bíblicas y comparándolas con los relatos de otras culturas, vemos que el perfil de estos gigantes no está nada claro. Por un lado, serían los héroes de gran renombre, portadores de la cultura y la civilización como herencia de su origen divino, mientras que por otro se los presenta como seres demoníacos y malvados. ¿Cómo casamos ambas visiones? Koutoupis recurre a otra fuente, el Libro de Jasher (una obra compilada justo después del exilio judío en Babilonia), para tratar de esclarecer esta cuestión. En este libro se habla de Enoc como rey de la Humanidad pero no hay mención de los Hijos de Dios ni de los Nefilim. A juicio del autor griego, en realidad no hay conexión entre los hijos de Dios, los Nefilim y la corrupción de la Humanidad. Además, si los Nefilim eran responsables de esta corrupción, no queda nada claro cómo es que aparecen “sobre la Tierra en aquellos días y después de eso” (¿el Diluvio?). En vez de considerar que los gigantes Nefilim volvieron de alguna manera a la Tierra tras el Diluvio, sería mas adecuado considerar que nunca llegaron a ser barridos o apartados de ella.

Sello acadio en que se aprecia la diferencia de estatura
Siguiendo esta pista, el autor cree que es más correcto ceñirse a la mitología mesopotámica, que nos habla del héroe semidivino Gilgamesh, en dos tercios divino y en un tercio humano, y que tendría todo el aspecto de un gigante. En efecto, los semidioses de la mitología sumeria –que habrían existido antes y después del Diluvio– presentan un perfil que coincide básicamente con el de los Nefilim y son representados en un tamaño superior al de los humanos. Así pues, estos antiguos gigantes serían propiamente los “héroes de renombre”, guerreros y capaces de grandes gestas, pero no propiamente “demonios”.

Así, el paralelo entre la tradición sumeria y la Biblia sería indiscutible y reforzaría la identidad de estos seres como gigantes, especialmente desde el punto de vista físico. Como señala Koutoupis:
«Este énfasis en la altura fue extremadamente significativo [...] como en la versión hitita en la cual Gilgamesh es descrito como de once yardas de altura[5] y su pecho tenía nueve palmos de amplitud. En la épica nunca se menciona que los humanos normales fueran de la misma altura que estos semidioses. De hecho, los ciudadanos habituales de Uruk estaban asombrados ante las alturas tanto de Gilgamesh como de Enkidu. Los semidioses de la antigua Mesopotamia muestran innegables semejanzas con los Nefilim.»

Koutoupis concluye su propuesta apuntando a que en algún momento la tradición hebrea tomó el término arameo nāfil, y que eso pudo suceder en el periodo del post-exilio, bajo la fuerte influencia persa. La historia de la corrupción de la Humanidad por obra de los Nefilim habría sido pues una interpretación adquirida en época tardía por inspiración de la religión zoroástrica, que tenía un Dios supremo (Ahura Mazda) y unos demonios o ángeles caídos (daevas). De este modo, la religión judía habría adoptado un enfoque dualístico en que cualquier deidad que no fuera el único y buen dios Yahveh sería necesariamente malvada. Aquí el autor especula con la idea de que los escribas judíos no pudieran concebir que los hombres hubieran optado por el mal de forma libre, sino que hubieran sido inducidos al mal por fuerzas malignas superiores, lo cual hubiera hecho recaer todas las culpas sobre los gigantes semidivinos, pasando de ser héroes a ser demonios.

Conclusiones



Hemos visto varias interpretaciones sobre la figura de los Nefilim, que se mueven en los pantanosos terrenos del mito y la religión, pero con algunos ecos que podrían conectar con un remoto pasado que podríamos situar en un contexto histórico-arqueológico.


Ciertamente, la mitología sobre los Nefilim rompe todos los esquemas porque presenta un pasado totalmente distinto al que la historia y la arqueología -fundamentadas en el paradigma evolucionista- nos han mostrado como única verdad para explicar el origen del hombre y de la civilización. En esa historia (o prehistoria) convencional no caben dioses, ni semidioses, ni héroes ni gigantes, ni demonios, y todo ello a pesar de que las mitologías de muchos pueblos (no sólo el judío o el sumerio) insisten tozudamente en la presencia de estos seres superiores antes de que el hombre actual apareciera sobre la Tierra.

Para Sitchin, los Nefilim venían sin duda del espacio, aunque nunca pudo probar que el enigmático planeta Nibiru existiera, por no hablar de las licencias que se tomó para hacer una relectura sui generis de la Biblia y de los mitos sumerios. Por su parte, Andrew Collins ha tratado de situar un origen de la civilización en unos seres poco definidos y de aspecto desconcertante que habrían habitado físicamente el Medio Oriente en tiempos prehistóricos. Entretanto, Geerts también les concede una cierta historicidad a los Nefilim, que habrían sido los famosos gigantes citados en tantas mitologías, a veces con un sentido positivo y otras en un sentido muy peyorativo. Por último, los estudios de Koutoupis sobre las Escrituras judías nos podrían indicar que la identidad de los Nefilim se podría ligar a la de los personajes de renombre o héroes del principio de la civilización y que su supuesta vertiente demoníaca habría sido una reinterpretación muy posterior al propio origen de esta historia.

En fin, en el extenso artículo sobre los gigantes de este mismo blog ya toqué esta controversia, y a la vista de los relatos históricos, la mitología y ciertos restos arqueológicos, concluía que la existencia de gigantes podría tener un fondo real que se pierde en la noche de los tiempos. En todo caso, si diéramos alguna credibilidad a la historia de los Nefilim, nos quedarían muchos interrogantes por resolver. En muchas mitologías vemos que los gigantes se rebelan y se enfrentan a los dioses supremos y acaban por ser vencidos, juzgados y castigados. Pero... ¿Quién o quiénes eran esos dioses supremos? ¿Fue la corrupción de la humanidad el motivo de esa rebelión o fue otra causa? ¿Y qué papel juegan los humanos en esta historia? ¿Se mezcló genéticamente la raza humana con una raza de gigantes? ¿Fueron esos gigantes los que concedieron la civilización a los humanos?

Todas estas preguntas siguen a día de hoy en el dominio de la mitología y la religión, y pese a los esfuerzos de varios investigadores, todavía queda un largo trecho para que puedan tomar forma en el ámbito propiamente histórico.

© Xavier Bartlett 2015





[1] La versión española de este artículo (“El legado prohibido de una raza caída”) se publicó en la revista digital Dogmacero, en dos partes (números 5 y 6, 2013). El trabajo completo de Collins sobre esta temática se encuentra en un libro titulado From the ashes of angels: The forbidden legacy of a fallen race (1998).

[2] Según Collins, existen pruebas de que el Pentateuco (libro supuestamente escrito por Moisés) fue compilado en el cautiverio judío en Babilonia, hacia el siglo V a. C., mientras que el Libro de Enoc sería bastante más antiguo y por ello habría quedado fuera del Canon de las Escrituras.

[3] De hecho en la propia Biblia se habla de varias subrazas de Anakim, que se corresponderían con generaciones cada vez menos gigantes y más próximas a los humanos.

[4] De hecho, Koutoupis considera que los primeros cinco libros de la Biblia, el Pentateuco, no fueron obra de Moisés sino que fueron escritos y editados por varios escribas a lo largo del tiempo, y aquí podían haberse añadido influencias o temas no propiamente hebreos.
[5] Medida que vendría a ser casi 10 metros.

2 comentarios:

Piedra dijo...

Otra interpretación, por si hubiera pocas.
A mi lo que no me convence de todas estas es la intervención exterior necesaria para convertirnos en seres inteligentes, que creo que son la mayoría de teorías modernas.
Y que viene apoyado por los intereses de quienes tienen pensado poder usar esto en algún momento para aprovecharlo en su beneficio, haciéndose pasar por... ya veremos que.

Yo entiendo estas mitologías como reales, pero de algo referido a seres que se enfrentaron en nuestro planeta, cuando aun los humanos no eramos más que espectadores sin capacidad de entender nada de lo que veían, quizás algún superviviente vencido se escondió entre nosotros y aprendimos algo de el/ellos, de cualquier forma, he pasado muchos años comprobando que "algo" ha manipulado al hombre desde los albores de la historia y ha conseguido que este lo adore y le rinda culto, hasta nuestros días. (Quizás los vencedores de aquella guerra).

Quizás jamás tengamos pruebas físicas porque no estemos hablando de seres físicos, pero el efecto es visible en todos los pueblos de la tierra.

Saludos.

Xavier Bartlett dijo...

Amigo Piedra,

Gracias por el comentario, incisivo como de costumbre. Esto que comentas sobre un campo de batalla "a otro nivel" ya lo insinuó Chales Fort en 1919 en su famoso "Libro de los condenados". Por otro lado, creo que hay gente "que sabe" (¿iniciados?) y que van dejando pistas sobre estos seres gigantescos que concedieron sus conocimientos a la humanidad. O sea, que la mitología tendría mucha parte de verdad, a diferencia de la historia "científica". Te recomiendo que leas el epílogo que hice a la tercera parte de mi artículo sobre gigantes, te resultará muy significativo.

De todas formas, seguimos trabajando con más especulaciones que certezas, si bien poco a poco vamos atando cabos. Prudencia, no nos precipitemos.

Un saludo,
Xavier