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domingo, 9 de octubre de 2016

El enigmático faraón Akhenatón


Introducción

Si nos ceñimos al campo de la egiptología ortodoxa, no cabe duda de que el faraón Akhenatón[1] es una de las figuras históricas del antiguo Egipto que más estudios y debates ha suscitado a lo largo de siglo y medio, sobre todo por el pequeño o gran terremoto político, ideológico y religioso que provocó su reinado en el Egipto faraónico. 

Así, Akhenatón ha sido presentado tradicionalmente como una rareza –en todos los sentidos– en la civilización egipcia, y hasta su destino final ha sido objeto de largas controversias, en particular por lo incierto de su lugar de enterramiento y las incógnitas que rodean la llamada tumba KV 55 (Kings’ Valley n.º 55). Pero las especulaciones sobre este faraón han ido mucho más lejos y han llegado a la historia alternativa, dando lugar a hipótesis no poco audaces, algunas de ellas realmente insólitas: desde considerarlo un antiguo patriarca judío hasta... ¡un extraterrestre! En este artículo trataremos de arrojar un poco de luz sobre estas cuestiones y presentaremos esa otra faceta “alternativa” que ha sido especialmente explotada en los últimos tiempos. Pero empecemos por los datos históricos más conocidos de este personaje.

Los hechos históricos


El futuro Akhenatón nació como Neferjeperura Amenhotep[2], hijo del faraón Amenhotep (o Amenofis) III y de la reina Tiyi, de la XVIII dinastía (Imperio Nuevo). Él no era el primogénito del faraón –lo era su hermano mayor Tutmose– pero la muerte prematura de éste lo convirtió en príncipe heredero. Así, se da por hecho que, después de unos pocos años de corregencia al final de la vida de su padre, accedió al trono hacia el 1353 a. C.[3] como Amenhotep IV (su título “histórico”). En aquel momento, Egipto ya había superado la invasión de los pueblos asiáticos llamados hicsos, y se estaba consolidando como una gran potencia más allá de sus tradicionales fronteras, sobre todo en la región de Oriente Medio, y en menor medida en África; todo ello hizo que el país acumulara gran cantidad de recursos y riquezas.

En este contexto, Amenhotep IV sólo tenía que mantener la política de expansión, prosperidad y estabilidad labrada por sus antecesores, pero al cuarto año de reinado Amenhotep cambió su nombre por el de Akhenatón, que quiere decir “agradable a Atón”, y dio impulso a una serie de profundas reformas tanto en el ordenamiento religioso como en el político, que en el contexto de aquella época venían a ser prácticamente la misma cosa. Este fue el principio de un convulso episodio en la historia de Egipto.

busto de Nefertiti
Con todo, Akhenatón, casado con la bella reina Nefertiti, empezó su gobierno en una línea continuista, favoreciendo el culto a Atón (el disco solar), hasta entonces un dios secundario, pero sin desatender el omnipresente culto a Amón, cuyos sacerdotes gozaban de amplios poderes y prerrogativas en todos los asuntos del país. No obstante, una vez consolidado en el trono, decidió imponer el culto único al dios solar Atón, venerado principalmente en Tebas, en detrimento del arraigado politeísmo egipcio y muy en especial del culto al dios Amón, que llevaba tiempo siendo el dios principal de Egipto por razones sociales y políticas. Lo cierto es que no hay documentos de la época que expliquen los motivos últimos de ese cambio radical, aunque los historiadores creen que hubo una combinación de factores, en los que no faltaba la lucha por el poder efectivo ni tampoco una cierta revolución ideológica.

Para materializar su voluntad monoteísta y reformadora, Akhenatón puso todos sus esfuerzos en edificar una esplendorosa nueva capital, que estaría dedicada al gran dios solar, y por ello la llamó Akhet-Aton (“el horizonte de Atón”), también conocida por el nombre actual del lugar donde se hallaron sus ruinas: Tell-el-Amarna. Esta gran ciudad, construida de la nada en el desierto y situada a medio camino entre Menfis y Tebas, estaba delimitada por 15 grandes estelas y tenía una extensión de unos 5 x 10 kilómetros, con templos, palacios, avenidas, talleres, viviendas para ricos y pobres, etc. En su mejor momento llegó a tener más de 10.000 habitantes, pero fue abandonada al poco de la desaparición del faraón[4]. 

Ruinas del palacio norte de Tell-el-Amarna

En cuanto a la situación del país, la hasta entonces poderosa casta sacerdotal se volvió abiertamente hostil hacia el rey, dada la paulatina marginación y persecución a la que se vio sometida en el nuevo régimen. Esto no es de extrañar pues en el noveno año de reinado, Akhenatón prohibió los antiguos cultos, cerró los templos y cercenó las imágenes e inscripciones de los antiguos dioses. De hecho, con su reforma, el faraón había acabado con el clero como intermediario entre la divinidad y el pueblo, puesto que él mismo se había erigido en único representante del dios solar. Y por si fuera poco, el alto coste de la fundación de la nueva capital se había sufragado mayormente  con los bienes de los templos de los dioses tradicionales. Por otro lado, el ejército, en cual se había apoyado para contrarrestar el poder sacerdotal, también empezó a darle la espalda, porque el faraón –aparte de desatender los asuntos políticos y económicos– eludió ofrecer socorro a sus territorios vasallos y permitió que sus dominios fueran atacados sin ofrecer una respuesta adecuada. Sea como fuere, a los 17 años de reinado, hacia 1336 a. C., Akhenatón desapareció de escena sin que sepamos muy bien qué le ocurrió: si fue asesinado o derrocado, o si simplemente falleció de muerte natural.

Máscara de oro de Tutankhamon
Por desgracia, no hay apenas documentación histórica que explique esta etapa final de su reinado, con el agravante de que años después de su muerte tuvo lugar cierta persecución de su memoria a cargo de sus sucesores, que retornaron a los cauces de la antigua religión y trataron de borrar el nombre y la obra del faraón hereje de la faz de Egipto. Sin embargo, el atonismo no desapareció de inmediato. Las crónicas históricas hablan de dos soberanos sucesores, que más bien habrían sido corregentes al final del reinado de Akhenatón: Smenkhare y Neferneferuatón[5]. De estos monarcas se tiene muy poca información, y se duda de si podían haber sido una misma persona. De Smenkhare se sabe que reinó entre uno y tres años a la muerte de Akhenatón para dar paso a un joven príncipe, el famoso Tutankhamon, que anteriormente se había llamado Tutankhatón, siguiendo la ortodoxia atonista. Ambos tenían relación consanguínea con Akhenatón, pero a día de hoy no se sabe exactamente cuál, aunque se ha sugerido que podían ser hijos de segundas esposas (no de Nefertiti, que sólo tuvo hijas con el faraón).

Fue a partir del propio Tutankhamon –y sobre todo de los monarcas posteriores– cuando se abandonó el atonismo como culto oficial y se volvió a la antigua ortodoxia. Por cierto, también se ha hablado durante décadas del posible asesinato de Tutankhamon, a partir de ciertas lesiones que se observan en el cráneo de la momia, sin que haya aún un veredicto definitivo sobre esta cuestión.

La controversia de la tumba KV55


Sarcófago de la tumba KV55
Pero ¿qué fue de Akhenatón? Uno de los temas que más polémica ha despertado desde hace más de un siglo es el posible emplazamiento de la tumba de Akhenatón. En 1907, el egiptólogo norteamericano Theodore Davis excavó en el Valle de los Reyes una tumba de hipogeo relativamente sencilla, la KV55, que constaba de una escalinata de acceso, un corredor y una cámara única con un pequeño nicho. Esta tumba parecía dedicada a la reina Tiyi (madre de Akhenatón) pero allí se halló un sarcófago con una momia en mal estado a la que se había arrebatado las máscara de oro y que resultó ser de un varón de unos 35 años[6]. El problema es que las inscripciones del sarcófago habían sido borradas y no había certeza de a quién podía pertenecer el cuerpo, aunque se daba por hecho que era un personaje real.

Además, todo apuntaba que el enterramiento original había tenido lugar en Tell-el-Amarna[7] y que luego se había reubicado en esa tumba del Valle de los Reyes, muy posiblemente tras el abandono de la nueva capital, hecho que sucedió durante el reinado de Tutankhamon. Y para complicar más la situación se encontraron allí varios objetos funerarios atribuidos a otros personajes, como Tutankhamon, Smenkhare, el propio Akhenatón y Kiya, segunda esposa de éste. El sarcófago, de hecho, parecía haber sido preparado para una mujer (Kiya), pero había sido reaprovechado y adaptado a toda prisa para albergar la momia de un faraón... pero ¿cuál?

Cráneo hallado en la tumba KV55
Durante décadas se ha venido especulando sobre la identidad de los restos, habiendo dos hipótesis principales: o bien se trataba del propio Akhenatón o bien de su sucesor Smenkhare. Las pruebas anatómicas y arqueológicas no parecían ser concluyentes, así que hubo que esperar hasta hace pocos años a la realización de unos análisis de ADN de la momia para comparar los resultados con el ADN extraído y analizado en 2010 de la momia del joven faraón Tutankhamon. Estos análisis parecieron confirmar la relación consanguínea de ambos individuos, concretamente de relación padre-hijo, lo cual implicaría que la momia de la KV55 sería en verdad Akhenatón y que Tutankhamon fue su descendiente directo, posiblemente hijo de Kiya o de otra esposa secundaria.

Así pues, se podría reconstruir el siguiente escenario hipotético: el faraón Akhenatón fue enterrado en Tell-el-Amarna –en la tumba preparada para la familia real– pero tras el abandono de la ciudad por parte de la corte, su cuerpo fue trasladado a una tumba relativamente modesta del Valle de los Reyes y ubicado en un sarcófago que no era el suyo originalmente. Y posiblemente, ya en la dinastía XIX, una época de reyes más intolerantes hacia el atonismo, se habría saqueado parcialmente la tumba y se habría mutilado el sarcófago real.

Un arte peculiar para un faraón peculiar


No es exagerado decir que con Akhenatón se abrió una nueva etapa en el arte egipcio, que llevaba instalado en unos mismos cánones y convencionalismos desde el mismo inicio de la era dinástica. Así, la reforma religiosa del faraón no sólo se quedó en puros conceptos religiosos o espirituales sino que impactó en todas las facetas artísticas y monumentales, pues la forma y el fondo en el antiguo Egipto constituían una misma cosa indisociable. Esto es lo que algunos expertos han venido a llamar la “revolución amarniana”.

Akhenatón (como esfinge) recibe los rayos de Atón
Por ejemplo, en la arquitectura, la nueva concepción de un dios solar hizo que los templos atonianos de la nueva capital quedaran abiertos, al aire libre y expuestos a los rayos solares, a diferencia de los semicerrados (“oscurantistas”) templos politeístas. Pero los cambios realmente importantes vinieron de la mano de la escultura, el relieve y la pintura, y en general de un nuevo enfoque conceptual sobre las representaciones figurativas. Este enfoque se caracteriza por un marcado naturalismo frente al tradicional hieratismo y rigidez de los periodos anteriores. Los cánones de la figura humana fueron modificados, adoptando un patrón de cuadrícula de 9 x 12 unidades, que se mantuvo durante cierto tiempo aún después de la muerte de Akhenatón, con la aportación de cierto sentido de la perspectiva.

Escena afectuosa de la familia real
En cuanto a la iconografía y los motivos, destaca la omnipresencia de la representación del disco solar con rayos que acaban en pequeñas manos portadoras de la cruz ankh, el símbolo de la vida. Asimismo, las figuras de flora y fauna que decoraban las tumbas se hicieron más naturalistas y coloridas. Sin embargo, lo más impactante es sin duda la propia representación del faraón y de su familia. En este punto, el estilo amarniano rompe con los formalismos anteriores, en que se tendía a idealizar o “divinizar” la fisonomía de los monarcas y se los mostraba en posturas rituales o de autoridad. Frente a esto, el nuevo estilo exhibe a la familia del faraón de manera más “humana”, casi íntima y relajada, con claras escenas de afecto bajo el influjo de los rayos de Atón.

Busto de una de las hijas del faraón
Y ese naturalismo llega al extremo al representar al faraón con un aspecto del todo inusual, que ha despertado asombro y controversias a lo largo de décadas. En efecto, las estatuas y relieves nos muestran a un Akhenatón desfigurado, de aspecto enfermizo y femenino, con extraños rasgos no vistos hasta entonces en la representación de faraones. Así, Akhenatón aparece representado con cabeza de marcada dolicocefalia, pómulos salientes, ojos rasgados, labios gruesos y largo cuello. Su cuerpo es de formas voluminosas y redondeadas, con prominentes pechos femeninos, vientre abultado, cintura estrecha y amplias caderas. Se podría decir que su aspecto sería el de un ser hermafrodita o de sexo incierto. En general, estos rasgos se repiten en otros personajes de su familia, sobre todo en los cráneos dolicocéfalos[8] y el vientre abultado. En cambio, los bustos de su esposa Nefertiti parecen mostrar a una mujer de rasgos delicados y de enorme belleza.

Representación de Akhenatón
Este aspecto del faraón, que algunos han calificado de caricaturesco o monstruoso, ha sido objeto de largas discusiones. ¿Era así realmente Akhenatón? Algunos autores, como el egiptólogo Christian Jacque, opinan que el faraón tenía un aspecto físico más “normal”[9] y que esa apariencia no sería más que una imagen simbólica, una especie de unión mística de lo masculino y lo femenino según la ideología atoniana. Así pues, los artesanos habrían recibido instrucciones de representar una especie de efigie andrógina como ideal del faraón, sin ningún intento de ser realistas.

No obstante, otros expertos han tratado de ver alguna enfermedad concreta en esos rasgos. Algunos han insistido en que podría ser un caso de hermafroditismo, pero lo cierto es que el faraón se mostró bastante viril y fértil, y de hecho tuvo una numerosa progenie. Aparte de estar casado con Nefertiti, la “gran esposa real”, con la que tuvo seis hijas, tenía otras esposas secundarias (sobre todo Kiya), e incluso cohabitó al menos con tres de sus propias hijas y tuvo descendencia de ellas[10]. En cambio, otras hipótesis han ido a coincidir en una rara afección llamada “síndrome de Marfan”, caracterizada por crear formas alargadas (sobre todo en rostro y manos), pero no hay datos fehacientes que permitan confirmarla. También se podría dar el caso de un conjunto de enfermedades de origen genético que hubieran causado las diversas malformaciones, pero tampoco hay certezas al respecto.

Los perfiles alternativos de Akhenatón


¿aspecto alienígena?
Si entramos de lleno en el terreno de la arqueología alternativa, podemos afirmar que la heterodoxia de Akhenatón ha dado pie a numerosas interpretaciones y especulaciones, algunas con ciertos visos de realismo y otras que parecen “fuera de juego”. Lo más radical que se ha dicho se circunscribe al ámbito de la teoría de los antiguos astronautas, ya que según las teorías más extremas, el famoso disco solar de Atón sería en realidad... ¡un ovni! y el propio faraón sería de hecho un alienígena o al menos tendría una parte de ADN extraterrestre. Los defensores de esta visión se apoyan una vez más en el aspecto extravagante o andrógino del faraón y muy en particular en su cráneo alargado, que según varios autores estaría relacionado con una raza de “dioses” venidos de otros mundos. Además, el hecho de luchar contra el primitivo politeísmo e instaurar el culto monoteísta a una “bola de luz” reforzaría ese halo extraterrestre del faraón... En fin, en su momento ya toqué el tema de la dolicocefalia exagerada en ciertas elites antiguas y no es tema para bromear u obviar. Pero de ahí a construir una historia de ovnis y alienígenas en medio del antiguo Egipto hay un trecho altamente especulativo, siendo muy generosos.

En cambio, otra línea heterodoxa más moderada ha buceado en la historia de Akhenatón y en sus paralelismos con el Antiguo Testamento judío, buscando inesperadas conexiones, sobre todo centradas en la aparición de un líder carismático que promovía un monoteísmo relativamente abstracto en un mundo que adoraba a una pléyade de dioses antropomorfos o zoomorfos. De hecho, ya a inicios del siglo XIX el propio Jean François Champollion –el descifrador de los jeroglíficos– había apreciado semejanzas entre la historia bíblica y el periodo del faraón hereje. Este mismo enfoque fue retomado en el siglo XX por Sigmund Freud, destacado intelectual judío y padre del psicoanálisis, que se había interesado por el perfil monoteísta de Akhenatón y lo había relacionado con el patriarca bíblico Moisés[11]. Según su visión, Moisés (una adaptación del común nombre egipcio Mose) tal vez habría sido un egipcio seguidor de Atón que llevó consigo el culto a un dios único a la tierra de los hebreos. En sus propias palabras: “Si Moisés fue egipcio, si transmitió su propia religión a los judíos, fue la de Akenaton, la religión de Atón”.

El libro de los Sabbah
Sin embargo, en tiempos más recientes esta teoría ha ido bastante más lejos de la mano de los hermanos Roger y Messod Sabbah, rabinos judíos marroquíes, que escribieron un polémico libro titulado Los secretos del Éxodo. El punto de partida de estos dos investigadores era una incógnita aún no resulta: ¿cómo es que si los hebreos habían vivido y sufrido esclavitud en Egipto durante siglos no había ningún rastro arqueológico de ellos en el país del Nilo? Para obtener respuestas a la cuestión planteada, emprendieron un exhaustivo estudio multidisciplinar que les llevó 20 años, recurriendo fundamentalmente a la filología y a la arqueología[12].

Con esta premisa, empezaron a desmontar los textos bíblicos tradicionales y lanzaron la osada propuesta que los judíos del Éxodo eran en realidad los atonistas egipcios junto con otros fieles de distintas culturas o etnias (semitas, africanos...) que abandonaron o fueron expulsados de Akhet-Aton tras la caída de Akhenatón para dirigirse al exilio en la tierra de Canaán (la actual Palestina), que estaba entonces bajo dominio egipcio. Los Sabbah profundizaron concretamente en el Génesis y vieron que su contenido se parecía mucho a la cosmogonía egipcia y que además el patriarca “fundador” del pueblo hebreo, Abraham, tenía una biografía muy similar a la de Akhenatón, con el eje central del abandono del politeísmo para abrazar la fe monoteísta.

Así, el escenario reconstruido por estos autores identifica al patriarca Abraham con Akhenatón, el cual habría acabado por provocar un enfrentamiento civil entre sus partidarios y sus oponentes. Como resultado de este conflicto, fue derrocado y se le forzó a abandonar el país junto con sus sacerdotes y fieles, lo que le llevó a atravesar el Sinaí con estos seguidores, los llamados yahud (que significa precisamente “adoradores del faraón”), para acabar fundando en Canaán el reino de Yahuda (esto es, Judea). Como apoyo documental de esta teoría, existe una carta de la época escrita por el gobernador de Jerusalén denominada EA287, que se conserva en el Vorderasiatisches Museum de Berlín, en la cual quedaría constancia del confinamiento del faraón y sus fieles en dicho territorio[13]. Además, hay un cuerpo de numerosas pruebas adicionales en forma de semejanzas teológicas entre la religión egipcia y lo que se narra en el Antiguo Testamento, aparte de múltiples coincidencias en aspectos arquitectónicos, rituales o culturales que se extienden incluso hasta los tiempos de la religión cristiana.

Tumba de Tutankhamon
Y para acabar de rematar las teorías más extremas, otros investigadores han incidido en una línea pseudoconspirativa, afirmando que en la tumba de Tutankhamon se habrían hallado pruebas documentales de la expulsión de Akhenatón y sus fieles de Tell-el-Amarna (o sea, el “Éxodo”), concretamente unos papiros ubicados en la llamada Caja 101. Según esta hipótesis, defendida por el autor inglés Andrew Collins, el egiptólogo Howard Carter descubrió este polémico material y fue obligado a ocultar el asunto –con amenazas y contrapartidas– por las autoridades británicas (bajo presión del lobby sionista), mientras que otras personas fueron eliminadas para que no se fueran de la lengua; eso sí, bajo una oscura tapadera llamada “maldición de Tutankhamon”, que ha hecho correr muchos ríos de tinta durante décadas. Para quienes deseen profundizar en este asunto, les remito al artículo específico que escribí sobre la trastienda de esta supuesta maldición.

El difícil retrato de un faraón “atípico”


A la hora de intentar plantear alguna conclusión, resulta complicado establecer un retrato fiel, objetivo y bien documentado de Akhenatón porque precisamente no se dispone de mucha información histórica sobre él, y más teniendo en cuenta que su obra y su legado fueron perseguidos por los posteriores faraones, y que incluso en tiempos actuales los egiptólogos y eruditos han tendido a realizar interpretaciones más o menos libres o sesgadas de su reinado.

Lo cierto es que muchos autores han escrito sobre Akhenatón, básicamente por dos razones. La primera, porque dentro del tradicional Egipto –tan poco proclive a los cambios drásticos– el faraón hereje representó un movimiento radical para cambiar las cosas, desde todos los ángulos y poniendo en jaque a un orden establecido durante siglos, si bien es de justicia señalar que ya su padre Amenhotep III había intentado reducir el gran poder del clero de Amón. La segunda, porque su deriva hacia un culto religioso único (y oficial) parecía la avanzadilla de las grandes religiones monoteístas que tendrían que venir después, principalmente el judaísmo, el cristianismo y el islamismo, cuyo impacto en la historia del mundo es del todo evidente.

Plano de Akhet-Atón (El Amarna)
En todo caso, durante mucho tiempo bastantes historiadores apuntaron a que Akhenatón puso por delante sus ideales religiosos por encima de cualquier otra consideración, lo que llevó a su pueblo a una cierta situación de confusión[14], mientras que las cuestiones de estado quedaban en segundo plano, causando un notable rechazo o incomprensión por parte de elites dirigentes, clero y ejército. En la práctica, el faraón, ya identificado plenamente como un dios, ejerció un poder absoluto centralizado en él mismo y en la reina, y se preocupó más de las cuestiones internas, dejando la política exterior reducida sólo a los temas que le afectaban personalmente por algún u otro motivo, tal como se deduce de las cartas de El-Amarna[15]. Así, para muchos expertos, Akhenatón se dedicó en cuerpo y alma a Atón mientras dejaba los asuntos políticos y administrativos en manos del competente Ay (posiblemente su suegro) y los asuntos militares en manos del general Horemheb[16].

Por lo menos esta ha sido la visión tradicional hasta hace no demasiado tiempo, porque recientemente se ha vuelto a revisar la historia de este periodo y algunos autores consideran que Akhenatón fue un rey firme y decidido, que mantuvo –más o menos– la política exterior de sus predecesores y que no fue tan hostil con los antiguos credos. Incluso un experto como el ya citado Christian Jacque opina que ni siquiera hubo un clima de enfrentamiento civil ni una gran tensión interna, y que se ha exagerado mucho sobre las circunstancias y las consecuencias de la “revolución atoniana”.

Llegados a este punto, podemos preguntarnos: ¿Fue Akhenatón un sabio, un filósofo, un megalómano, un soñador, un ególatra, un fanático, un místico...? Tal vez fuera un poco de todo, una persona de fuerte personalidad y convicciones, pero con escaso sentido práctico del poder, que fue sustituido por una visión mesiánica y ultra-religiosa. Así, no es aventurado pensar que la reforma de Akhenatón quizá estuviera movida en mayor proporción por cuestiones espirituales que por razones políticas, si bien es evidente que la imposición del culto oficial a Atón (y la prohibición de adorar a Amón y a los otros dioses) suponía el drástico recorte de los poderes del clero de Amón, con sus todas sus derivaciones de tipo político, social y económico. De este modo, podríamos considerar que el faraón, sin dejar de ser un hombre de estado, fue en gran medida un idealista y quiso llevar a la práctica sus ideales desde su posición de máximo poder.

Esta característica no es única en la Historia, y tenemos otro perfecto ejemplo en la Historia Antigua, que tuvo lugar unos 1.600 años después. Me estoy refiriendo a otro famoso “hereje”, el emperador romano Juliano (del siglo IV d. C.), llamado “el apóstata” por sus detractores. Al igual que Akhenatón, no estaba destinado a reinar en principio, pero acabó viéndose en el trono a una edad relativamente joven. Educado en el cristianismo –que ya era casi religión oficial del Imperio– se interesó por los antiguos cultos paganos y la filosofía y acabó rechazando el credo cristiano, por motivos espirituales e ideológicos pero sin duda también porque vio que el poder de la Iglesia y sus obispos se había hecho demasiado materialista y político. A partir de este punto, desencadenó una lucha constante contra el cristianismo, cerrando iglesias y escuelas cristianas, al tiempo que intentaba reinstaurar con energía –y con el apoyo de todo el aparato estatal– una religión neopagana con muchos tintes abstractos y filosóficos.

Moneda de oro del emperador Juliano Augusto
Pero, como le ocurrió a Akhenatón, Juliano se encontró solo y endiosado, con pocos apoyos y ganándose muchos enemigos entre diversos estamentos del Imperio, que se veían amenazados o perjudicados por sus nuevas políticas. Además, la mayoría del pueblo ya había abrazado el cristianismo mientras que los tradicionales paganos no entendían la nueva religión conceptual del emperador, algo que también sucedió con Akhenatón y su refundado y particular atonismo. Finalmente, Juliano murió en un lance de la guerra contra los persas, pero no está claro si fue por obra de las armas enemigas o si fue asesinado a traición por uno de los suyos (un soldado cristiano). El caso es que, a su muerte, su reforma se derrumbó rápidamente y sus sucesores abandonaron enseguida el episodio neopagano de un hombre al que veían como un fanático.

En suma, tanto Akhenatón como Juliano trataron de luchar contra un sistema del cual procedían y pese a su inmenso poder no fueron capaces de implantar entre la gente su ideal, más allá de su propia vida. Algunos autores han tratado de reivindicar sus figuras precisamente por ese empeño quijotesco, por demostrar que para ellos una idea era más importante que el mantenimiento del statu quo. Por supuesto, ello no quiere decir que fueran gobernantes ejemplares, puesto que no estuvieron exentos de carencias y errores, sin olvidar su semblante mesiánico y autócrata. En todo caso, su gran pecado fue la intención de ir a contracorriente de la Historia, no sabiendo apreciar que el tiempo de determinados cambios o ya había quedado muy atrás o todavía estaba demasiado verde para poder triunfar.

© Xavier Bartlett 2016
 
Fuente imágenes: Wikimedia Commons

[1] Existen multitud de formas para escribir el nombre de este monarca (Ajenatón, Akenatón, Ijnatón, Akhenaten, etc.) según los idiomas modernos y las convenciones ortográficas. Para mantener una coherencia, he optado por la grafía Akhenatón, reconocida en varias enciclopedias de habla hispana.
[2] Nombre que literalmente significa: “Hermosas son las manifestaciones de Ra, Amón está satisfecho”.
[3] Esta es la fecha más aceptada, pero existen otras cronologías un poco más antiguas defendidas por algunos egiptólogos.
[4] Posteriormente, sus edificios fueron demolidos, siendo sus bloques reutilizados en grandes obras de la XIX dinastía.
[5] En los últimos tiempos han cobrado fuerza las especulaciones de que Neferneferuatón podría haber sido la propia reina Nefertiti bajo otro título.
[6] Otras interpretaciones no concedían más de 25 años al difunto, con lo cual sería imposible que fuera Akhenatón, que vivió con seguridad más de 30 años.
[7] A finales del siglo XIX se halló una tumba real con decoración atoniana en un lugar agreste a varios kilómetros de Tell-el-Amarna, pero había sido saqueada y mutilada por los adversarios del atonismo. Aunque había varias cámaras previstas para toda la familia real, sólo se hallaron los restos de la princesa Meketatón.
[8] Este rasgo de los cráneos alargados (más allá de una dolicocefalia “normal”) parecería propio de la casta real y no fruto de deformaciones artificiales. Véase el artículo sobre este tema en este blog.
[9] Jacque alude a una máscara funeraria de yeso hallada en Tell-el-Amarna atribuida a Akhenatón.
[10] No debe escandalizar a nadie este dato, pues es bien sabido que las familias reales egipcias practicaron durante milenios una estricta endogamia e incesto y que las uniones dentro del núcleo familiar eran norma común. Por ejemplo, era habitual que el rey se casara con su hermana a la hora de compartir el trono. En nuestro caso, parece ser que la princesa Meritatón sucedió a su madre Nefertiti como gran esposa real, mientras que la princesa Ankhesenpaatón fue esposa real de su padre Akhenatón y más tarde fue esposa real de su hermanastro Tutankhamon.
[11] Este estudio se plasmó en su obra “Moisés y la religión monoteísta”, de 1939.
[12] Sobre todo se basaron en la obra del rabino Salomón Rashi, un erudito judío de la Edad Media, que trabajó sobre las fuentes bíblicas originales.
[13] Esto podría implicar que tal vez Akhenatón no murió en Egipto, sino en Canaán, lo que abriría nuevos interrogantes sobre su supuesta tumba y supuesta momia. De todos modos, cuando los Sabbah escribieron su libro todavía no se habían realizado las pruebas de ADN sobre la momia de la tumba KV55.
[14] Aparte de los fieles atonistas residentes en la nueva capital, la gran mayoría del pueblo –acostumbrado a un politeísmo milenario y no dogmático– no acabó de entender la transición a un culto único y oficial al disco solar, y apenas tardó en volver abiertamente a las antiguas costumbres y credos a la muerte de Akhenatón.
[15] Correspondencia oficial, en forma de tablillas principalmente, mantenida entre el faraón y los gobernantes de otras tierras.
[16] En este contexto de poder efectivo, no es de extrañar que ambos personajes llegaran a ser faraones a la muerte de Tutankhamon: Ay por unos pocos años y Horemheb durante más de dos décadas.

martes, 12 de agosto de 2014

Sorprendentes interpretaciones de la maldición de Tutankhamon


 

Introducción



Este blog tiene como propósito mostrar las muy diversas visiones del pasado más remoto que se hacen desde posiciones alternativas no coincidentes con el actual paradigma científico. Desde luego, el ámbito alternativo es un campo enorme en el que existen múltiples tendencias y enfoques, y así no es de extrañar que ciertos temas aparentemente ya quemados sean objeto de una enésima vuelta de tuerca en busca de claves insólitas en las que nadie había reparado antes y cuando parecía que ya todo estaba dicho, tanto desde la óptica académica como desde la óptica heterodoxa.



Así pues, no tenía intención de comentar nada en este blog sobre la archifamosa “maldición de Tutankhamon” al ser un asunto ya muy viejo y cansino, más próximo al sensacionalismo que a la ciencia, y con todo tipo de opiniones y especulaciones que se vienen arrastrando desde hace casi un siglo. Sin embargo, superando los consabidos tópicos, reconozco, por un lado, que en este caso se han ido acumulando una serie de rasgos únicos en la historia de la egiptología y, por otro, que recientemente han ido apareciendo diversas teorías radicales –algunas situadas en un cierto terreno conspirativo (otra clásica línea de la literatura alternativa)–  que merecen al menos un somero repaso crítico por lo audaz de sus planteamientos.


Los hechos



Máscara funeraria de oro de Tutankhamon
Pero empecemos por el principio. Existe una gran cantidad de páginas de Internet y de bibliografía académica y divulgativa sobre el hallazgo de la tumba de Tutankhamon por parte del egiptólogo británico Howard Carter[1]. Asimismo, también se ha escrito mucho material sobre la supuesta maldición que afectó a varias de las personas más o menos directamente relacionadas con el descubrimiento[2]. Y por si fuera poco, desde hace varias décadas se han multiplicado los estudios sobre la vida y –particularmente– sobre la muerte de este joven faraón de la dinastía XVIII. Así, todavía a día de hoy, no está claro si Tutankhamon murió de muerte natural, de un accidente, o si fue asesinado por motivos políticos[3]. Todo esto es un terreno ya muy trillado y no voy a insistir más que en los datos principales para tener al menos un marco de referencia.



La historia tuvo su inicio el día 4 de noviembre de 1922, cuando los obreros egipcios que estaban excavando en el Valle de los Reyes hallaron el principio de una escalinata descendente que conducía a un hipogeo, una típica tumba subterránea del Antiguo Egipto (luego clasificada como KV62). Al llegar a la puerta de la tumba, Howard Carter reconoció los sellos reales y el nombre del faraón Tutankhamon, cuya sepultura todavía no había sido descubierta. Sin embargo, antes de entrar en la tumba, Carter tuvo la gentileza de avisar a su mecenas, Lord Carnarvon, que estaba en Inglaterra, para que acudiera a la apertura de la puerta. Así pues, no fue hasta el día 26 de ese mismo mes en que se procedió a entrar en la antecámara funeraria[4], comprobando que los ladrones habían podido llegar hasta allí por lo menos dos veces, vista la presencia de algunos boquetes y el desorden de la sala, pero que apenas se habrían llevado unos pocos objetos pequeños.

Planta de la tumba KV62
En cuanto a la cámara sepulcral (a la cual no se accedió hasta inicios de 1923), se constató que estaba ocupada por un conjunto de capillas, y se pudo comprobar que los ladrones también habían entrado allí pero que no habían ido más allá de la primera capilla. Por lo tanto, los egiptólogos estaban ante la primera y única sepultura de un faraón del todo intacta que había llegado a nuestros tiempos, si bien era una construcción bastante modesta para lo que era habitual en las tumbas de la casta real. Con todo, nunca antes se había encontrado un entierro real en estas condiciones, y por consiguiente los trabajos de Howard Carter fueron extremadamente lentos y minuciosos, tardándose varios años en documentar, manipular, inventariar y extraer todo el contenido de la tumba, compuesto por más de 2.000 objetos. Sólo a modo de anécdota, cabe citar que no se pudo acceder a la momia de Tutankhamon hasta noviembre de 1926, cuatro años después de haberse hallado la tumba.

En consecuencia, el descubrimiento de una tumba de estas características, aun siendo la de un faraón de breve reinado y relativamente secundario, atrajo la atención de muchas personas, dado el aspecto impresionante de un ajuar casi completo y una compleja cámara funeraria con varias capillas y sarcófagos unos dentro de otros, a modo de muñecas rusas. Así, numerosas personalidades, tanto del ámbito científico, como del social, económico o político pasaron por la tumba para admirar tantas maravillas. Por su parte, la prensa occidental rápidamente se hizo eco de tales hallazgos e hizo un seguimiento exhaustivo de las operaciones arqueológicas.

Sin embargo, y aquí comienza la leyenda, una serie de extrañas muertes prematuras –supuestamente relacionadas con el faraón– acaecidas en los meses y años posteriores a la apertura de la tumba hicieron que la prensa empezara a hablar de una cierta “maldición de Tutankhamon”, una especie de castigo milenario para los profanadores del reposo del joven faraón que se habría llevado por delante a bastantes de las personas implicadas en los hechos. Por supuesto, no hay que ser muy avispado para reconocer que tales historias podían excitar la imaginación de los lectores y aumentar las ventas de periódicos y libros. Además, hay que tener en cuenta que en aquella época el Antiguo Egipto aún era visto como un tema envuelto en un halo de misterio, fascinación y temor[5]. 

La lista fatídica


Carter y Carnarvon en la apertura de la cámara sepulcral
La mayoría de listas de supuestas víctimas de la maldición coincide en una cifra aproximada de 15-20 personas, aunque algunas elevan la cifra hasta las 30. En cuanto al marco temporal, tuvieron lugar en un periodo relativamente amplio, que se inicia con la muerte de Lord Carnarvon (cinco meses después de la apertura de la tumba) y concluye varios años después, hacia 1935. Sin embargo se advierte cierta arbitrariedad en algunas listas al incluir a personas que trabajaron en la tumba y que murieron muchos años después, como por ejemplo Sir Alan Gardiner, fallecido en 1960.

Por otra parte, algunos autores consideran que determinadas muertes relativamente súbitas de personalidades egipcias y occidentales desde los años 60 y 70 del pasado siglo también son debidas a una “reactivación” de la maldición, pero no voy a extenderme en este extremo para no desviarnos del hilo argumental.

En resumen, tendríamos los siguientes fallecimientos destacados (entre paréntesis el año de defunción):

  • Lord Carnarvon, promotor de las excavaciones (1923). Falleció en El Cairo a causa de una neumonía, que a su vez provenía de una septicemia, por una infección provocada por la picadura de un mosquito[6].
  • Aubrey Herbert, hermanastro del anterior (1923). Murió poco después de una sencilla operación dental.
  • Gardian La Fleur, arqueólogo (1923). Llegó a Egipto para ayudar a Carter y murió a las pocas semanas.
  • George Jay Gould, financiero y amigo personal de Carnarvon (1923). Falleció por una inflamación pulmonar.
  • Hugh Evelyn-White, arqueólogo, colaborador de Carter (1924). Fue encontrado colgado de una cuerda y se cerró el caso como suicidio.
  • Archibald Douglas Reed, radiólogo (1924). Murió en circunstancias poco claras, víctima de una fuerte fatiga. Había realizado las radiografías de la momia.
  • Georges Bénédite, egiptólogo (1926). Sufrió una caída visitando la tumba y murió poco después.
  • Bernard Pyne Grenfell, papirólogo (1926). Murió de paro cardíaco en su domicilio.
  • Arthur C. Mace, arqueólogo, colaborador de Carter (1928). Debilitado desde 1923, acabó falleciendo exhausto en Inglaterra tras abandonar los trabajos en Egipto en 1924.
  • Richard Bethell, secretario de Carter (1929). Murió de paro cardíaco en su domicilio.
  • Lord Westbury, padre del anterior (1929). Meses después de morir su hijo, cayó desde un séptimo piso; la policía interpretó el caso como suicidio.
  • Lady Almina, viuda de Lord Carnarvon (1929). Falleció a causa de una infección.
  • Príncipe Alí Kemel Fahmy Bey (1929). Fue asesinado a tiros en un hotel de Londres. Su esposa fue acusada del crimen.
  • Mervyn Herbert, otro hermanastro de Carnarvon (1930). Murió en Roma en circunstancias poco claras.
  • Arthur Weigallm, egiptólogo, colaborador de Carter (1933). Afectado de extrañas fiebres, murió al poco tiempo.
  • James Henry Breadsted, egiptólogo (1935). Sucumbió a una infección bacteriana a una edad avanzada.

Las hipótesis comunes acerca de la supuesta maldición


Huelga decir que para la comunidad académica y para cualquier visión racional la teoría de la maldición siempre ha sido una completa insensatez fomentada por el sensacionalismo y por las ganas de explotar el mito y el misterio, que indudablemente encontraban un rico caldo de cultivo en historias truculentas de este tipo. Para la ciencia, todas las defunciones se podían explicar por razones perfectamente razonables y observables y no había detrás de ellas ningún hechizo o efecto mágico procedente del remoto pasado. Por tanto, la conjunción de muertes de personas relacionadas de un modo u otro con el hallazgo de la tumba sólo se debía achacar a una mera casualidad.

Cabe señalar que la versión más pura de la supuesta maldición se fundamenta en el efecto mágico de algún encantamiento o conjuro, y éste es un terreno que no es del todo imaginario o estrambótico, pues sabemos del papel que dicha magia ocupaba en las creencias de los antiguos egipcios. En este sentido, se conoce la existencia de inscripciones o tablillas que contenían algún tipo de maleficio para aquel que osara perturbar la paz del difunto. Como explica la egiptóloga Emily Teeter[7], en algunas tumbas se han identificado textos con amenazas directas (desde daños corporales hasta castigos de los dioses) a los que profanaran la sepultura. Por ejemplo, en la tumba del noble Beu (hacia el 2400 a. C) se puede leer en la pared una maldición que intimida al asaltante de la tumba con la amenaza de ser agarrado y muerto por un ave. Por cierto, durante mucho tiempo corrió el rumor de que Carter había encontrado una tablilla en la tumba con una inscripción mágica de este tipo, pero nunca se ha presentado ninguna prueba mínimamente consistente de tal hallazgo.

Con todo, nada de esto pareció tener ningún efecto real, pues el saqueo de tumbas, tanto de nobles como de personajes reales, o simplemente de gente acomodada, fue el pan de cada día en aquellos tiempos. Además, es bien posible que las pocas tumbas que quedaron incólumes fueran saqueadas en tiempos posteriores al Egipto dinástico, cuando las supersticiones más antiguas ya se habían olvidado completamente.

Hasta aquí la versión digamos oficial o científica. Pero desde otras posiciones se ha querido ir un poco más allá para ver si se podía hallar alguna explicación lógica a estas muertes que no pasaran por la inevitable magia egipcia, pero que de alguna manera guardaran algún vínculo con la tumba. Así, la teoría alternativa más extendida –y de alguna forma contemplada desde el ámbito científico– es la de la infección en la propia tumba.

A este respecto, y ya desde las primeras muertes en 1923, se empezó a hablar abiertamente de la acción letal de bacterias, hongos, moho, gérmenes o cualquier microorganismo patógeno en el interior de la tumba. Así, la directa exposición a uno o varios agentes infecciosos –presentes en el aire original del hipogeo, en los objetos o incluso en la propia momia– habrían sido los causantes de las muertes, sobre todo por afecciones pulmonares. Lo cierto es que el tema del aire viciado en cámaras selladas durante milenios no es ninguna novedad para los arqueólogos. Sobre este punto, el mismo Zahi Hawass recomendaba ventilar bien estas estancias por lo menos durante un par de días antes de proceder a su exploración.

Howard Carter examinando el sarcófago del faraón
Como sería de suponer, Howard Carter, conocedor de la civilización egipcia pero también familiarizado con la moderna ciencia, nunca creyó en ninguna maldición, aunque sí tuvo en cuenta la posible presencia de agentes infecciosos. A este efecto, al día siguiente de la apertura de la tumba, el químico británico Alfred Lucas dispuso una serie de cinco pruebas para identificar cualquier tipo de microorganismos. Los análisis mostraron que sólo en una de las pruebas se habían hallado microorganismos y que además no eran originarios de la tumba sino que procedían del exterior. No obstante, Lucas identificó en las paredes de la tumba algunas trazas de un hongo llamado Aspergillus pero en su opinión estaban totalmente secas (muertas) y no suponían ningún riesgo para la salud[8].

El propio Carter finiquitó el asunto con estas palabras (procedentes del segundo volumen de La tumba de Tutankhamon):


«Se ha afirmado desde varias posiciones que existen peligros físicos reales ocultos en la tumba de Tutankhamon: fuerzas misteriosas, conjuradas por algún poder maléfico, para vengarse de quienquiera que osara cruzar sus puertas. Quizá no hay lugar en el mundo más libre de riesgos que la tumba. Cuando fue abierta, la investigación científica demostró que era estéril. Cualquier germen foráneo que pueda haber dentro hoy ha sido introducido desde fuera, y sin embargo las malas personas han atribuido muchas muertes, enfermedades y desastres a las supuestas influencias misteriosas y nocivas.»

Para cerrar la controversia sobre el posible impacto de agentes infecciosos, el epidemiólogo Mark Nelson[9] realizó hace pocos años un completo análisis de las circunstancias de las muertes en relación con un supuesto agente patógeno, centrándose en las personas occidentales que habían visitado la tumba al menos una vez. Y aquí es cuando se pusieron de manifiesto cosas ya muy evidentes desde hacía décadas. En primer lugar, que Howard Carter, el “profanador por excelencia”, había sobrevivido nada menos que 17 años al descubrimiento de la tumba, para morir de cáncer en 1939. Por otro lado, la lista de víctimas incluía a alguna persona que no había pisado jamás la tumba. Y en caso de haber existido un potente agente infeccioso en el hipogeo, la gran mayoría de visitantes habrían resultado infectados, en particular el colectivo de personas que estaba trabajando allí habitualmente, por el mayor riesgo de exposición.

No obstante, los estudios de Nelson mostraron que en el grupo potencialmente más expuesto la media de supervivencia tras la estancia en la tumba fue de 21 años, llegando a una edad promedio de 70 años. Lord Carnarvon falleció a las pocas semanas de haber penetrado en la tumba, pero su hija Evelyn, que lo acompañaba en aquel momento, vivió nada menos que 57 años más. A su vez, otras personas del equipo arqueológico, como el médico que realizó la autopsia a la momia o el fotógrafo, vivieron bastantes años más sin ningún problema. Asimismo, existe el caso excepcional del sargento Richard Adamson, que realizaba las funciones de vigilante de la tumba y que fue el europeo que más tiempo pasó junto a los restos del faraón: murió en 1982.

Como consecuencia de estas conclusiones, prácticamente nadie formula ya en serio la posibilidad de que algo nocivo presente en la sepultura del joven faraón fuese el causante de las muertes antes citadas. Por todo ello, podríamos estar hablando ya de un caso cerrado, que sólo se prolonga por la simple intención de crear expectación y ganar algún dinero con libros sensacionalistas. Pero a continuación veremos que existen otras visiones que se salen completamente de los parámetros establecidos y que presentan interesantes cuestiones a resolver y que se habían pasado casi completamente por alto. 

La interpretación de Clesson Harvey


Clesson Harvey fue un investigador norteamericano que dedicó muchos años de su vida a desentrañar los misterios de los Textos de las Pirámides, llegando a conclusiones sorprendentes (véase “Los Textos de la Gran Pirámide” en este mismo blog). Y aunque de modo superficial, también tocó el tema de la tumba de Tutankhamon, poniendo de manifiesto que esta tumba era, entre todas las del Valle de los Reyes, la única que nunca fue saqueada –pese al menos dos intentos de asalto– y que permaneció intacta durante unos 3.300 años. Por supuesto, podemos admitir que esta inviolabilidad durante tantísimos siglos fue un capricho del azar, pero para Harvey el hecho de que los ladrones no profanaran la cámara sepulcral del faraón tiene una explicación muy directa, que de alguna forma se podría relacionar con la famosa maldición.

Harvey está convencido que la existencia de una cierta magia que intimidó a los ladrones y que estaba vinculada directamente a las cuatro capillas que envolvían el conjunto de sarcófagos. Naturalmente, tal magia no sería más que un poder o energía muy real que para nosotros puede resultarnos extraño, pero como bien dijo Arthur C. Clark, la magia no es más que una ciencia que no comprendemos. Como Carter pudo comprobar, la primera capilla fue abierta por los ladrones y luego los vigilantes la volvieron a cerrar pero sin sellarla; en cambio, la segunda capilla sí estaba sellada y cerrada con unos pasadores de marfil y una cuerda. Eso confirmaba que el interior estaba intacto. Entonces surge la pregunta: ¿fueron sorprendidos los asaltantes o más bien rehusaron seguir adelante? En palabras de Harvey[10]:

«Esos dos sellos de arcilla eran todo lo que había entre los ladrones de tumbas y cientos de libras de oro macizo en el sarcófago adjunto. ¿Qué les detuvo? Como dice Carter, la tumba estuvo abierta de par en par durante muchas semanas para los ojos fisgones de cualquier saqueador de tumbas del Valle, mientras los obreros montaban esas cuatro capillas, a partir de 80 partes prefabricadas, en el angosto espacio de la Cámara del Rey. Carter y su equipo necesitaron 84 días de “duro trabajo” sólo para desmontarlas a fin de extraerlas. Parece que algo “terrible” detuvo efectivamente a todos esos ladrones de tumbas.»

A continuación, Clesson Harvey argumenta que las capillas eran en realidad réplicas del Arca de la Alianza de los hebreos, dadas las coincidencias en casi todas sus características: proporción, materiales, molduras, decoraciones... Se trataría en suma, de un artefacto de un enorme poder que se activaría por algún tipo de fuerza metafísica o paranormal. Nuevamente citamos a Harvey:

«La forma requerida de caja rectangular de “terrible poder” para tal “monstruoso instrumento” tenía que ser construida en sus correctas dimensiones, para que el modelo de Arca pudiera activarse por y “entre los dos arquetípicos querubines” de Isis y Neftis, como se describe repetidamente en los Textos de la Gran Pirámide para activar el Ojo de Heru.»

Cierre sellado de la segunda capilla de Tutankhamon

Así pues, la interpretación de Harvey es que las capillas actuaban como una especie de protección mágica para el cuerpo del faraón, amenazando con emitir su tremendo poder a cualquiera que fuera “espiritualmente impuro”. En el caso del Carter, él cree que tal poder no le afectó, y ello hablaría mucho a favor de la pureza espiritual del científico inglés. Lo que ya no nos dice Harvey es de qué manera pudo afectar esta maquinaria a otras personas del equipo o a los visitantes, y ya vimos que murieron tanto científicos como personas de la política o de los negocios. Además, nos queda el interrogante de saber por qué a otros faraones no les funcionó este mismo tipo de “protección mágica” para sus tumbas, más aún teniendo en cuenta que Tutankhamon no fue un faraón muy destacado en comparación con otros grandes reyes del Imperio Nuevo[11]. En suma, siento gran respeto por el trabajo de Clesson Harvey, pero creo que tal vez aquí fue demasiado lejos con sus especulaciones.

La interpretación de Mark Beynon


En los primeros años del siglo XXI se ha originado una nueva literatura que trata de superar la vieja dicotomía entre los creyentes en la maldición y los que la rechazan a partir desde una perspectiva científica. Así pues, algunos autores han buscado otras explicaciones para las muertes fuera del marco del Antiguo Egipto, o para ser más concreto, de la propia tumba del faraón.

En esta línea se sitúa el historiador británico Mark Beynon, que en el año 2012  escribió el libro London’s curse: murder, black magic and Tutankhamun in the 1920 West End. Beynon en realidad desvincula la maldición, o al menos parte de ella, del escenario físico del descubrimiento y traslada la trama al Londres de los años 20. Según sus investigaciones, varias de las muertes relacionadas con el hallazgo de la tumba no serían obra de ningún conjuro ni de ninguna bacteria sino de un ocultista o satanista inglés de nombre Aleister Crowley, personaje de buena familia harto conocido en la Inglaterra de aquellos tiempos y que incluso llegó a asesorar a Winston Churchill. Sus víctimas habrían sido, por este orden: Raoul Loveday, el príncipe Ali Kamel Fahmy Bey, Aubrey Herbert, Richard Bethell, Lord Westbury, Edgar Steele y Sir Ernest Wallis Budge.

Beynon, tras analizar detenidamente los diarios, ensayos y libros escritos por Crowley, llega a la conclusión que éste estaba obsesionado por los crímenes ritualísticos de otro famoso criminal londinense, Jack el destripador. Según el autor británico, para Crowley, que se hacía llamar la Gran Bestia, estos crímenes fueron su inspiración cuando saltó a la primera plana el tema del descubrimiento de la tumba de Tutankhamon. Ahora bien, desde luego debía haber un móvil para los asesinatos, y Beynon considera que fue la pasión que sentía el ocultista por el Antiguo Egipto, fundamento de su saber esotérico y de su sistema de creencias, la que le hizo emprender una especie de venganza personal hacia los que habían cometido el sacrilegio de excavar la tumba del faraón. 

Alesteir Crowley
Beynon, a partir de su extensa investigación sobre el Londres de aquella época, llega a la conclusión de que existen suficientes pruebas e indicios que muestran la conexión de Crowley con los asesinatos, y al menos en cuatro de ellos se sabe fehacientemente que él estaba en Londres cuando ocurrieron. Por otro lado, parece que podría haber usado de alguna forma a Marie-Margueritte, esposa del príncipe egipcio Fahmy Bey, como asesina “teledirigida”. Por lo demás, especula con que ninguna de las muertes citadas pudo ser natural (aparte del evidente caso del noble egipcio), sino que se trató de envenenamientos o de actos violentos, como sucedió con el capitán Richard Bethell –que habría sido asfixiado mientras dormía– o con su padre, Lord Westbury, arrojado desde una ventana por el propio Crowley.

En resumen, tomando los movimientos de Crowley por la alta sociedad y sus diversos contactos, Beynon teje una teleraña de posibles escenarios criminales pero todos ellos construidos con un gran componente especulativo. De todas formas, si la maldición en su conjunto nace, por decirlo así, en la tumba del faraón, toda la historia sobre estos asesinatos londinenses parece ser más bien un episodio local en el que pudieron existir otras motivaciones, sin descartar del todo algunas obvias conexiones con Egipto. En todo caso, la obra de Beynon se mueve en un terreno más próximo a la criminología, y está completamente centrado en un oscuro personaje sobre el cual gira una trama con demasiadas sospechas pero muy pocas certezas. Sin embargo, vale la pena valorar este trabajo en su justa medida porque de algún modo supone un esfuerzo más a la hora de desvincular el asunto de las extrañas muertes con una cierta visión maléfica de la antigua civilización egipcia.  

La interpretación de Collins y Ogilvie-Herald


La última visión sobre el tema de la maldición entra ya casi completamente en el terreno conspirativo y tiene los tintes de una compleja novela de intriga, con implicaciones de tipo político al más alto nivel. Así, el renombrado autor alternativo Andrew Collins con la colaboración de Chris Ogilvie, publicó en 2002 un libro titulado Tutankhamun: The Exodus Conspiracy (“Tutankhamon: la conspiración del Éxodo”). En esta ocasión, los autores dan un salto cualitativo e interpretativo de grandes proporciones pues valoran la cuestión de la maldición como una mera fachada para ocultar una oscura trama de trasfondo político internacional. De todas formas, la tumba de Tutankhamon sí sería de alguna manera el centro o la clave de la trama, pero no por el hallazgo de la momia, o de algún tesoro oculto, sino por el supuesto descubrimiento (nunca confirmado por fuentes académicas) de unos documentos históricos muy reveladores. Pero vayamos por partes.

Vista en perspectiva del contenido de las cámaras de la tumba
La hipótesis de Collins y Ogilvie-Herald arranca de una serie de observaciones sobre el supuesto hallazgo de unos papiros en el interior de la tumba y que en su momento fueron registrados pero que luego desaparecieron sin más explicación del inventario (excluyendo unos fragmentos que se encontraron prácticamente carbonizados entre los vendajes de la momia en 1926). Al parecer, según está documentado en un artículo del 30 de noviembre de 1922 publicado en The Times, el equipo arqueológico reconocía haber encontrado unos papiros en una caja de la antecámara (la Caja 101), los cuales podrían contener valiosas informaciones históricas. Además, unas cartas escritas a finales de ese mismo año por Carnarvon a los egiptólogos Wallis Budge y Alan Gardiner confirmaban la existencia de dichos papiros. Asimismo, el 18 de diciembre, en Marsella, Lord Carnarvon reiteraba a un corresponsal del Times el hallazgo de los papiros.

Sin embargo, tras la muerte del aristócrata inglés, el asunto de los papiros pareció desaparecer de repente y no reapareció hasta marzo de 1924. En esas fechas, según un testigo llamado Lee Keedick, presente en la embajada británica en El Cairo, Howard Carter había mantenido una acalorada discusión con un alto funcionario de la embajada. En dicha discusión, Carter habría amenazado con hacer público el contenido de los papiros, que expondría el relato verdadero del éxodo de los judíos de Egipto. Supuestamente, las autoridades británicas sellaron el enfrentamiento ofreciendo a Carter un trato muy favorable a cambio de su silencio.

Aquí deberíamos hacer un alto y extendernos en este complejo asunto, que se remonta incluso a los tiempos de Champollion, y que ha sido objeto de estudio por parte de algunos investigadores independientes, algunos de ellos judíos, durante el siglo XX. De hecho, el tema merecería de por sí un largo artículo, pero aquí sólo citaremos los puntos más destacados de la teoría alternativa sobre tal episodio bíblico.

Básicamente, lo que se ha venido a proponer es que el faraón Akhenatón, suegro y posible padre de Tutankhamon, habría sido derrocado y expulsado de Egipto por hereje, al haber intentado imponer un culto monoteísta al dios Sol (Atón). Así pues, se habría visto obligado a exiliarse del país con todos sus seguidores, un conjunto multiétnico de gentes unidas por razones religiosas, para dirigirse a las tierras de Canaán[12]. A partir de este punto, se establecieron lógicos paralelismos entre esta huida con el éxodo bíblico de los judíos en dirección a su Tierra Prometida, y particularmente entre la figura del patriarca Moisés (educado como un príncipe egipcio) y el citado faraón Akhenatón[13]. A este respecto, se observaron puntos comunes en el propio monoteísmo, en los ritos religiosos, en construcciones sagradas o en determinados gentilicios (Yahud – Yehuda).

Saltando de nuevo al siglo XX, los autores no ven pues huellas de maldiciones milenarias sino extrañas muertes en las que la sombra del envenenamiento estaba muy presente. Así, afirman que Lord Carnarvon, ya antes de la apertura de la tumba, mostraba signos de intoxicación por arsénico, muy visibles por ejemplo en el deterioro y pérdida de piezas dentales. Algo similar ocurrió con Arthur Mace, que incluso en una carta de 1927 a un colega reconocía que su precaria salud podía deberse a una intoxicación por arsénico.  

Declaración Balfour
En definitiva, reconstruyendo el escenario de la época, se pueden juntar todas las piezas y encontrar una conexión. Si realmente había documentos explícitos en la tumba de Tutankhamon sobre el éxodo de Akhenatón y sus seguidores de diverso origen, las tesis sobre la propia estirpe del pueblo judío como raza específica y sus derechos sobre la tierra palestina quedarían gravemente en entredicho. Como es sabido, en esa época se estaban realizando grandes pasos políticos hacia la creación de un estado judío en Palestina (el estado de Israel) tras la llamada Declaración Balfour de 1917. Así, es posible que de alguna manera el todopoderoso lobby sionista internacional viera amenazados sus planes y tomara drásticas medidas para evitar que saliera a la luz el contenido de los papiros.

Por supuesto, lo que a Collins y a otros autores que trabajaron en esta misma línea les falta es la prueba del delito, es decir, los papiros comprometedores cuya existencia es negada en todas las publicaciones académicas o divulgativas sobre la tumba de Tutankhamon. Es, desde luego, una trama compleja, regada de detalles oscuros y truculentos, pero comprobar que existió una conspiración de tipo político que fue eliminando a los personajes incómodos –mediante diversos métodos criminales– es poco menos que misión imposible. En todo caso, siguiendo esta teoría, sólo se puede especular con que los fallecidos estaban al tanto del contenido de los famosos papiros en mayor o menor medida y que no estaban por labor de colaborar o bien simplemente no eran personas capaces de mantener la boca cerrada. 

Conclusiones


Hemos visto varias interpretaciones más o menos osadas sobre la maldición de Tutankhamon que superan con mucho los tópicos maleficios mágicos y los hongos asesinos, temas vanos que a estas alturas no se sostienen se miren como se miren. Ahora bien, no cabe duda de que se produjeron una serie de fallecimientos más o menos relacionados con el descubrimiento arqueológico, pero que muy difícilmente pueden ser atribuidos a un plan criminal o a una venganza milenaria, pues las causas de las muertes fueron variadas y la razón por la cual sucumbieron unas personas –pero otras no– en un periodo concreto se puede deber al simple azar. No obstante, los supuestos suicidios, los asesinatos a tiros y algunas súbitas y letales infecciones, por no hablar de presuntos envenenamientos, dan mucho de sí cuando se juntan en un mismo escenario. De ahí que algunos autores hayan buscado tramas ocultas para conectar los sucesos luctuosos, pero con más especulaciones que otra cosa, y en un estilo quizá más novelesco que historicista.

Lo que está claro es que el trabajo en la tumba no fue en modo alguno un elemento clave en la secuencia de muertes, y de hecho junto a la lista de fallecidos hay una enorme lista de gente que sobrevivió muchos años al contacto directo con el yacimiento arqueológico. Entonces, ¿qué nos queda? Existe la posibilidad planteada por Collins y otros de que la maldición fuera una especie de tapadera de algo que nunca afloró a la superficie: ¿Se trata de la rocambolesca historia de unos papiros desaparecidos, o pudo ser otra cosa que se nos escapa? ¿Y porqué la tumba de Tutankhamon no fue finalmente saqueada como todas las demás, cuando ya sabemos que los ladrones conocían su paradero y la habían profanado en dos ocasiones? La historia que Carter imaginó es que los ladrones fueron sorprendidos y que luego se volvió a cerrar la tumba, con la inmensa suerte de que nadie volvió a dar con ella en 3.300 años. Otro misterio del fascinante Antiguo Egipto.

© Xavier Bartlett 2014


[1] Para tener una completa visión de conjunto, recomiendo la lectura de La tumba de Tutankhamón, del mismo Howard Carter (Ed. Destino. Barcelona, 1989)
[2] Lamentablemente, mucha información –en bastantes casos procedente de aficionados– que corre por Internet es inexacta, fantasiosa, (mal) copiada o nulamente comprobada, y recurre a veces a los tópicos más rancios.
[3] Los análisis por rayos X descubrieron una clara herida en el cráneo de la momia, pero los expertos no han podido determinar si fue a causa de las operaciones de momificación o de un golpe en la cabeza (en este caso, bien por accidente o bien por un impacto con un objeto contundente), si bien la tesis del asesinato parece haber sido casi descartada.
[4] Este fue el momento reseñado por tantas crónicas en el que Carter introdujo una vela a través de un pequeño agujero practicado en la puerta y observó perplejo el interior de la estancia. Y ante la pregunta de su mecenas “¿Puede usted ver algo?”, respondió: “Sí, cosas maravillosas”.
[5] Marie Corelli, una famosa escritora de best-sellers, ayudó mucho a la popularización de la maldición, así como el célebre creador de Sherlock Holmes, Sir Arthur Conan Doyle. Por otro lado, triunfaba en el cine de esa época la figura de la momia resucitada, en una cinta protagonizada por el famoso actor Boris Karloff.
[6] Por otra parte, este episodio se magnificó con historias o rumores muy dudosos, como el apagón de todas las luces de El Cairo o la muerte súbita de su perra en Inglaterra en el mismo momento de su óbito. Asimismo, se aseguraba que el lugar (en la mejilla) donde le había picado el mosquito coincidía con una pequeña cicatriz en la mejilla de la momia del faraón.
[7] VV.AA. Los grandes misterios de la historia. Plaza & Janés. Barcelona, 2008
[8] Aún así, Hezzeddin Taha, un biólogo egipcio, reabrió esta veta en 1962 proclamando que el Aspergillus había sido el causante de la muerte de Lord Carnarvon (y tal vez de otras personas), dado que él había comprobado que muchos especialistas que trabajaban con momias y objetos en tumbas habían sufrido afecciones pulmonares a causa de este hongo.
[9] Op. Cit.
[10] Texto original en “The Great Pyramid Texts”, en el sitio web www.pyramidtexts.com
[11] En 1923 se sabía de la utilización de dichas capillas funerarias en tumbas reales, por unos papiros de Rameses IV, pero nunca se había hallado ninguna estructura de este tipo previamente.
[12] Este episodio está refrendado por una carta de la época escrita por el gobernador de Jerusalén denominada EA287, que se conserva en el Vorderasiatisches Museum de Berlín.
[13] A este respecto, es oportuno señalar que para la egiptología no hay duda de que Akhenatón murió y fue enterrado en Egipto. Sobre el destino y el paradero final de Akhenatón, los estudios realizados en la tumba KV55 (descubierta en 1907) apoyaban la tesis de que la momia hallada allí probablemente pertenecía al faraón hereje, aunque algunos expertos se inclinaban por asignarla a Smenkhare, efímero corregente de Akhenatón. De hecho, según los estudios anatómicos realizados, se daba por hecho que tal personaje era el padre o bien el hermano de Tutankhamon. Precisamente, la momia de Tutankhamon fue objeto de un análisis de ADN en 2010, dando como resultado indirecto la atribución de la momia de la KV55 a Akhenatón. Sea como fuere, se sabe que fue un entierro apresurado pues se empleó un sarcófago modificado destinado en principio a una mujer de estirpe real. Además, los cartuchos con el nombre real fueron arrancados.