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domingo, 18 de febrero de 2018

El asombroso Homo sapiens



Debo confesar que cuanto más intento explicar nuestra presencia en este planeta, más incógnitas me surgen, pues más bien parecemos una gran anomalía o rareza frente al resto del mundo natural. Si descartamos las explicaciones de los dos extremos, el creacionismo religioso y el evolucionismo darwinista (para los cuales debemos realizar sendos actos de fe), apenas nos quedan dos opciones más: el diseño inteligente y el intervencionismo, y ninguno de los dos tiene sólidas pruebas que pueda avalarlo más allá de la especulación. En todo caso, ambos coinciden en que el ser humano es el producto de un proceso inteligente de creación, si bien los intervencionistas introducen en la ecuación la presencia de una inteligencia mediadora de carácter extraterrestre, esto es, la aplicación de ingeniería genética sobre una criatura ya existente. Y, por cierto, aunque parezca una anécdota, Alfred Wallace –el otro padre del evolucionismo– afirmó que “algún poder inteligente ha guiado o determinado el desarrollo del hombre”.

Clásica alegoría creacionista (pintura de la Capilla Sixtina)
No voy a entrar ahora a valorar la validez de estas cuatro propuestas o visiones, pero sí al menos poner de manifiesto que el ser humano presenta una serie de notables diferencias con sus parientes más próximos que la evolución por selección natural (esa caja mágica donde casi todo es posible, según decía el biólogo Michael Behe) no puede explicar satisfactoriamente, porque a menudo entra en contradicción con sus propios postulados, o porque suele recurrir al inevitable azar –mediante las consabidas mutaciones aleatorias– para cerrar cualquier discusión, sin que haya forma empírica de probar que en un remotísimo pasado se produjo tal o cual mutación, ni qué efectos tuvo.

Ahora bien, para centrar la cuestión, primero debemos poner al hombre en su contexto natural, que los expertos de la antropología, la biología y las ciencias naturales sitúan en el orden de los primates, unos mamíferos placentarios que llevan varios millones de años sobre el planeta, según el registro fósil observado. La ortodoxa académica afirma que el primer primate –en su forma más arcaica– apareció hace unos 55 millones de años. Posteriormente, los primates evolucionarían, dando lugar a varios subórdenes y familias, y ahí encontramos la familia de los homínidos[1], esto es, los primates antropomorfos que comúnmente llamamos simios o monos, entre los cuales estamos incluidos según la clasificación científica. No obstante, hay que remarcar que el árbol genealógico completo del ser humano sigue siendo objeto de discusión, y depende de los nuevos hallazgos paleontológicos, de los modernos estudios genéticos, o simplemente de las visiones de los investigadores.

Lo que parece evidente es que al observar la anatomía de estos primates apreciamos muchas semejanzas físicas con nosotros, a lo que habría que sumar una coincidencia genética de hasta un 98% con los chimpancés, porque supuestamente descendemos de un ancestro común. No obstante, pese a tanta semejanza, hay un punto en que el abismo que separa a los humanos de nuestros parientes resulta difícilmente explicable según factores evolutivos. Vamos pues a analizar de forma resumida algunas de estas “distorsiones” del Homo sapiens, que muchos autores alternativos han sacado a la luz para poner en aprietos a los evolucionistas, e incluso –como hemos mencionado– para avalar la supuesta intervención de seres de otros mundos.

El salto súbito frente al gradualismo

S. J. Gould
La teoría evolucionista siempre ha preferido con mucho el llamado uniformismo o gradualismo frente al catastrofismo; esto es, la evolución actúa lentamente a lo largo de millones de años, con pequeños cambios graduales que se van acumulando en el marco de la selección natural hasta provocar la aparición de nuevas especies a partir de las viejas. Sin embargo, un reputado experto en evolución como Stephen Jay Gould empezó a dudar de este mecanismo ante la evidencia negativa del registro fósil (por otra parte, muy escaso e interpretable) y propuso que podían darse cambios súbitos en momentos determinados a causa de unas circunstancias ambientales excepcionales[2].

Y es en este escenario “excepcional” donde encajaría mejor el hombre: los propios antropólogos no se explican el rápido avance del ser humano frente a sus parientes, cuando el gran paquete de macrocambios (a través de las mutaciones) que afectó al hombre debería haber tenido lugar a un ritmo pausado de varios cientos de millones de años[3]. Sin embargo, todo indica que el ser humano se habría visto “beneficiado” por una fortuita y rápida cadena de mutaciones que se acumularon en pocos millones o cientos de miles de años, mientras que sus parientes se estancaron completamente. En suma, ningún científico tiene las claves de cómo y por qué se produjo el proceso de hominización ni su fulgurante desarrollo, ni tampoco por qué los otros primates antropoides se quedaron al margen, si convivieron en el mismo marco espacio-temporal.

Características anatómicas y genéticas únicas

Todos los primates –incluido el hombre– compartimos un conjunto de características físicas, al pertenecer a un tronco común. No obstante, está claro que deben existir otros rasgos anatómicos que hagan única o diferenciada a cada especie, y aquí es cuando surgen unos datos muy interesantes. A inicios del siglo XX, el antropólogo británico Arthur Keith –plenamente imbuido en el credo evolucionista– comprobó que el ser humano se apartaba bastante de ese tronco común, pues sus particularidades únicas (que él llamó caracteres genéricos) superaban con mucho al resto de primates. Así, por ejemplo, el gorila tiene hasta 75 rasgos propios; el chimpancé, 109; y el orangután, 113. En cambio, el ser humano tiene nada menos que... 312.

No somos tan similares a los chimpancés
Cabe insistir otra vez en el altísimo porcentaje de coincidencia genética con nuestros parientes más próximos, lo que todavía hace más sorprendente este hecho. Claro que el ADN del ser humano tiene una importante cantidad del llamado ADN basura, que todavía nadie ha explicado qué función o sentido tiene, si bien deberíamos concluir que todo en la Naturaleza tiene un orden y un propósito. Por otro lado, existe otra diferencia genética no poco importante: los humanos somos los únicos primates con 46 cromosomas, a diferencia de los 48 del resto de primates. Tampoco en este caso los expertos evolucionistas han sido capaces de explicar por qué en nuestro caso se produjo la fusión de dos cromosomas (¿el azar, como siempre?). 

Finalmente, cabe citar que en todas las especies se producen trastornos o defectos genéticos –que son superados sin mayores problemas en el mundo salvaje– pero que en el ser humano se disparan hasta los más de 4.000, siendo algunos de ellos de tal gravedad que llegan a impactar directamente en la salud y la supervivencia de las personas, incluso antes de la edad de reproducción.

La pérdida del vello

Otro rasgo extraño en los humanos es la pérdida de la mayor parte de su vello corporal, cuando este factor parece que difícilmente podría haberse “seleccionado naturalmente” como un síntoma de avance o ventaja biológica. Lo cierto es que el vello cumple una misión básica de aislante, al proteger la piel frente a la radiación solar y las agresiones del ambiente. Asimismo, el vello permite mantener la temperatura corporal y facilitar una lenta evaporación de los líquidos, e incluso puede tener una importante función de camuflaje frente a las amenazas. Todos los mamíferos, a excepción de los que viven bajo tierra o en los mares, han conservado su pelaje natural, con lo cual retienen mejor el calor y la energía y realizan un reciclado o limpieza natural de su piel, lo que también redunda en una mejor protección contra las enfermedades. Además, la piel de los mamíferos está diseñada para repararse fácilmente de las heridas, rasguños o cortes (por un proceso llamado contractura), mientras que la del hombre, debido a la acumulación de grasa subcutánea[4], tiene serias dificultades para cerrarse.

Representación de un australopiteco, supuesto antepasado nuestro, cubierto de pelo

Sea como fuere, el hombre perdió casi todo su pelo –se supone que progresivamente– y se encontró inadaptado al medio, por lo que tuvo que cubrirse con vestimenta. La única raza humana que salió parcialmente del paso fue la negra, al haber desarrollado una piel muy oscura –más protectora– gracias a la melanina. Con todo, el evolucionismo no tiene una explicación clara o razonable para la pérdida del vello, aparte de las meras conjeturas, como por ejemplo la prolongada estancia en un clima muy cálido o bien en un medio acuático. Y como mera curiosidad, el pelo de la cabeza de los primates llega a crecer hasta cierto punto y se detiene; en cambio, en el ser humano no para de crecer y debemos cortarlo periódicamente. Y tal vez un cabello demasiado largo no sería muy práctico en un entorno salvaje...

El desarrollo del cerebro y el cráneo


Cráneo de Homo sapiens
Que el Homo sapiens desarrollara un cerebro tan grande y sofisticado en comparación a sus parientes es otro enigma sin resolver y para el cual se han propuesto varias teorías que tampoco pasan del estadio de especulación. Se supone que el uso de nuestras manos y la capacidad de manipular objetos (especialmente para crear herramientas) fue el primer paso para desarrollar la inteligencia, lo que comportaría una progresiva complejidad y aumento del cerebro. Pero esto no deja de ser una hipótesis más bien floja, pues muchos animales –incluso de cerebro escaso– son capaces de emplear objetos para conseguir sus fines y los simios más cercanos al hombre también crean herramientas simples a partir de objetos de su entorno.

Realmente nadie sabe qué produjo el progresivo aumento del cerebro desde el Homo habilis hasta el hombre moderno, con el consecuente crecimiento de la capacidad craneal. Sobre todo sorprende el paso de los 900 cm3 del Homo erectus a los 1.400 del sapiens o incluso los 1.600 del neandertal, ambos en periodos relativamente cortos (cientos de miles de años o menos). Y aún así, nos encontramos con la paradoja de que el tamaño no lo es todo, pues el diminuto Homo floresiensis, con un cerebro poco mayor que el de un chimpancé, podía fabricar utensilios casi tan buenos como los del Homo sapiens. En términos evolutivos, el cerebro humano es un mecanismo que consume mucha energía y que sería más bien un avance excesivo para lo que requeriría la mera supervivencia, y de hecho el evolucionismo no entiende que la naturaleza produzca avances más allá de lo necesario.

Dicho todo esto, podríamos discutir sobre la “superioridad” de nuestro cerebro, pero... ¿acaso el cerebro de los primates no está perfectamente adaptado a sus necesidades y forma de vida? Ellos han podido sobrevivir exitosamente y prácticamente sin cambios físicos durante millones de años. ¿Cuál sería el motivo por el que la naturaleza “seleccionaría” un cerebro más grande y complejo? ¿Qué clase de reto ambiental empujaría a tal desarrollo? ¿Existió algún competidor natural que forzase tal prodigioso avance? Todas estas preguntas están aparcadas en un callejón sin salida.

La alimentación carnívora

La obra de O. Kiss
Prácticamente todos los monos son herbívoros, y su estrategia alimenticia resultó exitosa en diferentes climas y paisajes de todo el planeta. La alimentación vegetariana resultaba más saludable, accesible y fácil para los primates y no había razón alguna para pasarse a una dieta carnívora. ¿O de pronto se dio una aguda necesidad de ingerir gran cantidad de proteína animal? En cualquier caso, pasar de la recolección a la caza representa todo un reto cuando evolutivamente no estás diseñado para ello, por las inadaptaciones físicas ya citadas. Nuestros antepasados bípedos tendrían que haber recurrido más bien a la actividad carroñera (lo que de hecho está documentado), pero el salto a la caza de presas fuertes, rápidas y ágiles no debería ser cosa fácil, aun disponiendo de herramientas o armas apropiadas.  

Dejo aparte el tema del canibalismo en nuestros remotos ancestros (e incluso en el Homo sapiens), que también ha sido documentado puntualmente en excavaciones arqueológicas y que no tiene paralelo en el mundo de los primates. De algún modo,  aquí encajaría la herética teoría del autor Oscar Kiss Maerth que propugnó en su libro El principio era el fin que la evolución humana vino marcada porque algunos primates avanzados se dedicaron a consumir los cerebros crudos de sus congéneres, lo que habría aumentado tanto sus impulsos sexuales como su inteligencia.

El bipedalismo y la debilidad física del sapiens

Ya traté el tema del oscuro origen del bipedalismo en el ser humano, que podría ser mucho más antiguo de lo que se ha dicho hasta ahora, con el herético añadido de que es posible que nuestros parientes primates cercanos hubieran regresado a una locomoción cuadrúpeda a partir de un ancestro común bípedo, hace muchos millones de años. Por lo demás, se ha especulado sobre la causa primera del bipedalismo humano, pero a todas luces, en vez de avance evolutivo parece una marcha atrás, pues la locomoción bípeda es una clara desventaja en términos de carrera y estabilidad frente a los depredadores o competidores. Además, el humano erguido es más visible y carece de facilidad para trepar a los árboles en busca de comida y refugio, como hacen los simios.

Esqueletos de neandertal y sapiens
Por otro lado, el desarrollo físico del humano moderno también parece empeorar en términos de adaptación al medio. No hay más que comparar nuestra fisonomía con el aspecto fuerte y robusto de cualquier primate, e incluso de los homínidos “pre-humanos”, para apreciar hasta qué punto los humanos se han vuelto frágiles y enclenques, lo que hoy en día podría explicarse por nuestro tipo de vida, pero no hace 100.000 años, cuando las condiciones climáticas eran muy duras y la lucha por la supervivencia exigía el máximo esfuerzo físico.

Si analizamos a nuestros “ancestros”, veremos que por lo menos hasta el neandertal, todos tenían una fuerte y compacta osamenta, parecida a la de los primates. Sus huesos eran más pesados y resistentes, mientras que nosotros somos más gráciles. Asimismo, los músculos de los humanos modernos son bastante más débiles (de 5 a 10 veces más) que los de nuestros parientes simios. 

A este respecto, decir que nuestra inteligencia “suplió” esa desventaja frente a otras especies es una mera especulación. De hecho, el neandertal, que era inteligente y podía hablar, era bastante más fuerte que el sapiens y estaba más adaptado para soportar los rigores de la era glacial. Pero fue él el que desapareció, lo que a día de hoy sigue siendo un misterio.

La sexualidad y la reproducción


La sexualidad humana está claramente diferenciada de las del resto de primates, o de los mamíferos en general, sin que tampoco haya convincentes explicaciones académicas para este hecho. El macho humano tiene un pene sensiblemente más largo que el del resto de los primates y carece de hueso, como en el caso de sus parientes. Realmente, no se ve el motivo por el cual nuestros antepasados masculinos iban a perder características que funcionaban bien y aseguraban la reproducción. A su vez, las hembras humanas están permanentemente receptivas para la copulación, mientras que en las hembras primates, si bien se rigen igualmente por ciclos de celo para la reproducción, sólo están receptivas en momentos específicos. Algún científico, como Desmond Morris (autor de “El mono desnudo”), ha sugerido que precisamente la antes citada pérdida del vello podría tener relación con esa “revolución sexual” de los humanos, cuyos atributos sexuales quedarían mucho más visibles y sensibles en esas condiciones.

Además, volviendo al tema del cerebro humano, éste no sólo es más grande sino que se aloja en un cráneo cuya estructura difiere bastante de la del resto de primates, con el agravante de que en el momento de nacer el cráneo del bebé ha de ser lo bastante grande como para seguir creciendo después... pero el canal del parto de la mujer no “evolucionó” en consecuencia, lo que debió causar mucha mortalidad en tiempos remotos, y aun sigue causando molestia y dolor. ¿A qué se debe esta falta de adaptación evolutiva en la reproducción?

Conclusiones


¿Es creíble esta cadena evolutiva?
En fin, a la vista de todos estos elementos, más parece que la selección natural carece de mucha lógica si hemos de aplicarla al ser humano, pues –aparte de darse tantas mutaciones azarosas en un determinado sentido– los rasgos que nos han hecho humanos no se muestran como ventajas sino más bien inconvenientes para tener una exitosa supervivencia en el entorno natural.  Así pues, da la impresión de que el evolucionismo tropieza con muchas piedras para explicar la diversidad vegetal y animal, pero llegados al terreno humano hace aguas por todas partes. El ser humano se presenta como un ente anómalo, inadaptado y débil, que se aupó a una categoría de semi-dios gracias a su inteligencia, cuyo origen o motivación está fuera de toda explicación. Tan parecidos a los primates y a la vez tan diferentes... la realidad de ese abismo es tozuda, por muchas vueltas rocambolescas que quieran darle los científicos darwinistas. 

Hace unos pocos años veía las teorías de la intervención genética como una salida de tono o un argumento de ciencia-ficción, pero con el tiempo voy asumiendo que el papel del azar y el caos no se sostiene y que existe algún tipo de diseño inteligente sobre los seres vivos de este mundo. En este sentido, volvemos a los argumentos del principio: o hay un diseñador (o “programador”) primigenio, tal como defienden los partidarios del diseño inteligente, o bien existieron unos artesanos intermediarios con capacidad para modelar los diseños, algo que podríamos llamar “inteligencias superiores”. A partir de esta última visión, cobraría fuerza la hipótesis de que el ser humano es realmente un híbrido, una mezcla genética de dos organismos hecha ad hoc con unos fines que se me escapan. Por un lado, tendríamos a un primate antropoide más o menos avanzado y por otro tendríamos –hipotéticamente– a una criatura humanoide superior. Pero, ¿de dónde salió tal entidad? No tengo ni idea, si es que no he de volver la vista hacia la mitología...

© Xavier Bartlett 2018

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] Técnicamente, se denomina a esta familia Hominidae, e incluye a chimpancés, gorilas, orangutanes y humanos. Recientemente se ha hecho la distinción de introducir el término homíninos para referirse sólo a los homínidos bípedos, o sea, al ser humano y a todos sus supuestos antepasados directos evolutivos.
[2] Esta es la teoría del “Equilibrio puntuado”.
[3] Según el científico evolucionista Daniel Dennett, la aparición de una nueva especie en un periodo de 100.000 años puede considerarse como repentina. Hay que tener en cuenta, además, que muchos de los rasgos de un animal –o incluso el animal entero– no varían a lo largo de muchos millones de años, permaneciendo inalterados e “inmunes” a la evolución. Esto se pudo comprobar en el caso del pez celacanto, que se creía extinguido hace 80 millones de años y que fue redescubierto vivo en el siglo XX con un aspecto idéntico al de los fósiles.
[4] Los seres humanos acumulan bajo la piel hasta diez más grasa que el resto de los mamíferos, lo que sólo tendría sentido si fuéramos una especie de origen acuático.

jueves, 5 de octubre de 2017

El bipedalismo y el origen de humanos y simios


Introducción


“No es el hombre el que desciende del simio, sino que es el simio el que desciende del hombre”. Esta frase la escuché hace ya algunos años y me causó una cierta hilaridad, sobre todo como contraposición jocosa al bien establecido evolucionismo darwinista. Sin embargo, con el tiempo y las nuevas investigaciones, esta especie de broma ha empezado a cobrar cierto sentido desde el punto de vista científico, aunque todavía se mantiene dentro de la heterodoxia más radical.

Antes de proseguir, empero, hay que aclarar que no debemos tomar esta afirmación literalmente, sino que hay que enfocarla como un cuestionamiento de la evolución humana desde nuevos planteamientos teóricos y desde las pruebas físicas disponibles, con un punto central de debate: el bipedalismo de los homínidos. Precisamente, dicho debate nos lleva a una doble hipótesis: o bien que el ser humano anatómicamente moderno es muchísimo más antiguo de lo que nos han explicado hasta ahora o bien que los ancestros comunes tanto de humanos como de simios modernos no eran como nos los han pintado[1]. O quizá ambas cosas sean ciertas...

En todo caso, los nuevos hallazgos aportan complejos escenarios y más dolores de cabeza a los evolucionistas, que una vez más se esfuerzan por encajar las pruebas sobre el terreno en su intocable marco teórico (iba a poner “su religión”), lo que a menudo les deja desconcertados o les obliga a realizar complicados malabarismos para mantener  las verdades y los dogmas que el paradigma darwinista lleva imponiendo desde hace más de un siglo. Pero empecemos por el principio.

¿Una propuesta disparatada?


H. P. Blavatsky
Si retrocedemos al siglo XIX, la famosa ocultista Madame Blavatsky ya planteó un panorama totalmente distinto para el origen del hombre, que se desmarcaba tanto de las escrituras bíblicas como de la entonces reciente teoría de la evolución de Darwin[2], que se estaba consolidando entre la comunidad científica. Blavatsky, basándose en textos esotérico-mitológicos, hablaba de una humanidad que se remontaría a muchos millones de años y que habría involucionado a través de una serie de eras, desde unas razas prácticamente etéricas hasta el moderno hombre, “pequeño”, material y mortal. Pero la visión de Blavatsky incluía además un origen bien heterodoxo para los primates, los cuales habrían surgido de la hibridación de los humanos arcaicos con otras criaturas inferiores, con lo cual se daría un respaldo a la propuesta de que los primates no eran los ancestros del hombre sino que más bien constituirían una degeneración de éstos[3].

Así, según la teosofía, los primeros primates se parecían bastante a los humanos, aunque con el paso de los milenios se fueron haciendo más y más distintos. Ahora bien, los atlantes (una raza anterior a la nuestra), al ver la gran degeneración que ellos mismos habían creado, se habrían dedicado a exterminar a los simios más parecidos a los humanos, dejando sólo a los menos avanzados, que serían en definitiva los ancestros de los actuales simios. Asimismo, la mitología hindú recoge un escenario muy similar, pues en el poema épico Ramayana se muestra a los simios como muy próximos a los humanos, y se les atribuía incluso la capacidad de hablar y de tener leyes y gobiernos.

La polémica obra de B. Kurtén
Pero si dejamos ahora el confuso terreno del ocultismo y saltamos a finales del siglo XX, algunos científicos –nada sospechosos de ser esotéricos– empezaron a descubrir numerosas pegas en los axiomas evolucionistas con respecto al origen del hombre y su supuesta procedencia de un cierto primate, antecesor común de humanos, chimpancés, gorilas, etc. Así, ya en 1971 el antropólogo finlandés Bjorn Kurtén en su obra Not from the apes (“No de los simios”) afirmaba que el origen de las grandes diferencias entre simios y humanos debía remontarse a una antigüedad enorme, por lo menos hasta unos 35 millones de años y que de hecho sería la rama de los simios modernos la que habría derivado de un tronco humano. Según su visión, a partir del estudio de los fósiles, el ser humano no podía descender de ninguna criatura simiesca, sino que más bien los actuales simios descendían de una línea humana muy arcaica. Para Kurtén, un pequeño simio de rasgos humanos llamado Propliopithecus (del Oligoceno) habría sido el antecesor del Ramapithecus y homínidos posteriores, como los australopitecinos. Por otra parte, el Dryopithecus, una criatura más simiesca, habría dado origen a la línea ancestral de los primates actuales

Años más tarde, en 1981, los investigadores John Gribbin y Jeremy Cherfas retomaron esta hipótesis y sugirieron un escenario distinto de la evolución humana, planteando la posibilidad de que los simios descendieran de los humanos y no al revés, si bien su propuesta no era tan radical como se podría esperar. Así, admitían que el ser humano podía descender de una línea de australopitecinos, pero que éstos no se habían extinguido en la línea evolutiva sino que habrían dado lugar a los actuales chimpancés y gorilas, cuyos antepasados nunca han sido hallados por los paleontólogos (¡mira por dónde!). Según Gribbin y Cherfas, las mutaciones podrían ir en un sentido u otro y revertir anteriores avances. De este modo, los australopitecos, en tanto que homínidos erguidos[4], fueron los antecesores del género Homo, pero luego algunos de ellos habrían revertido este paso y habrían vuelto a la vida arborícola.

La cuestión del bipedalismo


El estereotipo de la evolución del bipedalismo
Sea como fuere, prácticamente todos los especialistas en paleontología consideran el bipedalismo como una señal inequívoca del avance fisiológico hacia el ser humano (de ahí el famoso Homo erectus: “hombre erguido”). Así pues, se da por hecho que esta característica es propia de los humanos y que marcó importantes desarrollos tanto físicos como intelectuales en el transcurso de la evolución. No obstante, esta cuestión todavía no está cerrada y se mantiene sujeta a múltiples interpretaciones, que giran en torno a la controversia sobre cómo, cuándo y por qué se produjo el salto al bipedalismo, si bien la teoría East side story del francés Yves Coppens es la más aceptada y todavía mantiene su prestigio y validez entre muchos paleontólogos. En todo caso, para la gran mayoría del estamento académico, los australopitecinos ya caminaban erguidos, y este sería un rasgo propiamente humano que comportaría la posterior aparición del género Homo. Sin embargo, no todos los expertos comparten la idea de que los australopitecos estén en la línea directa evolutiva de los humanos e incluso ponen en duda que los australopitecinos caminaran habitualmente erguidos. Asimismo, algunos especialistas cuestionan el hecho de que el bipedalismo sea un rasgo relativamente moderno (en términos evolutivos), y proponen visiones heterodoxas que afectan tanto a la evolución de los humanos como a la del resto de los primates.

Y aquí es cuando aparecen varias teorías bien alejadas de la ortodoxia darwinista. Por ejemplo, el zoólogo franco-alemán François de Sarre opinaba a finales del pasado siglo  que en modo alguno la transición al bipedalismo fue un rasgo “reciente” que tuvo lugar en unas criaturas simiescas hace unos pocos millones de años. De Sarre cree que el escenario evolutivo humano ha sido fabricado a partir de observaciones erróneas y de muchos prejuicios. Desde su punto de vista, la estructura anatómica humana no indica una maduración desde simios “fetales”, sino todo lo contrario: los simios muestran un evidente avance anatómico allá donde la evolución de los humanos se detuvo.

Para sustentar este concepto, de Sarre se fija sobre todo en la embriología y la anatomía comparativa, dada la gran precariedad del registro paleontológico. Así, los embriones humanos comparten con los de otros mamíferos una posición bastante centrada del foramen mágnum[5] (en unos 90º grados con relación al plano de la cara). Ahora bien, en el resto de animales –según avanza el desarrollo del embrión– el foramen se va retrasando y el ángulo se va abriendo hasta 140º en los primates y hasta 180º en el caso de los animales totalmente cuadrúpedos. En cambio, en los humanos el ángulo se queda en unos 120º, que es lo que permite nuestra locomoción bípeda. Y si se analizan los pies de los humanos, que muestran diferencias bien apreciables respecto a los del resto de los primates, se puede deducir que nunca pertenecieron a un cuadrúpedo o a una criatura arborícola. Y una vez más, en los embriones de primates se aprecia que los pies tienen una estructura muy similar a los humanos, pero según progresa su desarrollo van tomando la típica forma prensil que les permite moverse con facilidad en los árboles. En cuanto a las manos de los primates, son semejantes a las humanas, pero ellos las utilizan para caminar sobre los nudillos.

Bigfoot: ¿criatura deshumanizada?
En suma, de Sarre asegura que los australopitecinos no fueron los ancestros de los humanos, sino más bien los precursores de los actuales simios, si bien los antepasados de los propios australopitecinos habrían sido bípedos, que fueron perdiendo esta característica, evolucionando hacia criaturas cuadrúpedas. Este proceso sería una especie de deshumanización, que habría dejado al margen a unas pocas criaturas en un estado intermedio, dando lugar a poblaciones de los llamados “hombres salvajes”, como el bigfoot, el yeti, el almas, etc. (todos ellos bípedos), que son negados por la ciencia actual, que los califica de simples invenciones, fraudes o confusiones[6].

En una línea semejante, la paleontóloga del CNRS Yvette Deloison ya expuso hace unos años que la primitiva estructura de la mano humana es la prueba inequívoca de la existencia –hace unos 15 millones de años– de un ancestro común de humanos, australopitecos y grandes simios actuales, que de ningún modo pudo ser una criatura arborícola o cuadrúpeda. Deloison sostiene que el pie humano está claramente adaptado al bipedalismo, y si damos por hecho que la evolución “no retrocede”, ese antepasado común bípedo no tenía manos o pies especializados. Dicho de otro modo, de un ser arborícola no puede derivarse un ser bípedo. En todo caso, fue más tarde cuando una rama de esas criaturas se adaptó plenamente a la vida arborícola y desarrolló esos característicos pies prensiles. Por lo tanto, en algún momento se produjo una bifurcación definitiva entre la criatura completamente bípeda (la raíz del género Homo) y el animal cuadrúpedo-arborícola.

Este mismo concepto ha sido retomado recientemente por Aaron Filler, biólogo evolucionista de la Universidad de Harvard y autor del libro The upright ape (“el simio erguido”), cuya investigación apunta a que los antepasados de los humanos arcaicos, así como los de los grandes simios, caminaron erguidos y no sobre nudillos, como los actuales simios. Para llegar a esta conclusión, Filler ha estudiado las columnas vertebrales de unos 250 mamíferos, algunos de ellos ya extinguidos y con antigüedades que se remontarían hasta los 220 millones de años. Filler alude a una serie de cambios fisiológicos –relacionados con la espina dorsal y un tejido llamado septum horizontal[7]– que surgieron posiblemente por un defecto genético de nacimiento, los cuales habrían creado a un primer ser “hominiforme”. Y dadas estas anomalías anatómicas, este mamífero sólo habría podido sentirse cómodo caminando erguido.

Stephen J. Gould
Para Filler, este paso sucedió hace mucho tiempo y de forma abrupta (algo que nos recordaría al equilibrio puntuado de Jay Gould) con unos pocos y rápidos cambios genéticos. De esta manera, se deberían revisar los orígenes del bipedalismo, que ahora se sitúan como muy pronto hace unos 6 millones de años, y se deberían retrasar por lo menos hasta los 21 millones de años, época en la que vivió el supuesto primer primate bípedo, el Morotopithecus bishopi, hallado en Uganda (África). En otras palabras, Filler pone a este desconocido primate bípedo como el verdadero primer ancestro humano (y de los grandes simios).

Aparte, Aaron Filler cita que se han hallado vértebras fósiles de otros tres posibles primates bípedos, lo que confirmaría ese inicio de locomoción bípeda que luego “degeneraría” hacia la vida arborícola y el desplazamiento a cuatro patas, apoyándose en los nudillos. En este sentido, Filler se refiere a los actuales siamangs, un simio arborícola de la familia de los gibones, cuyas crías son capaces de caminar erguidas de forma innata sobre las ramas de los árboles, sin usar para nada la locomoción con nudillos. Así, Filler complica un poco las cosas al sugerir que el bipedalismo no se desarrolló sobre el suelo sino sobre las ramas de los árboles, que debían ser muy numerosos hace 20 millones de años. A su vez, los ancestros de chimpancés y gorilas tal vez evolucionaron hacia la locomoción con nudillos porque este era un modo más rápido de desplazarse.

Huellas incómodas


Para añadir más leña al fuego en esta controversia, está la cuestión de las huellas de pisadas humanas realizadas hace cientos de miles o millones de años. Su importancia no es poca, pues por ejemplo gracias al descubrimiento de un conjunto de unas huellas en Happisburgh (Norfolk, Inglaterra), que se remontan al menos a 950.000 años, se ha podido demostrar que el ser humano ya estaba en las Islas Británicas hace casi un millón de años, lo que hasta hace poco era prácticamente un anatema. Pero en el asunto de locomoción bípeda las pisadas cobran un extraordinario interés, pues pueden ser el testimonio de que el ser humano, aún en sus versiones más arcaicas, es mucho más antiguo de lo que se ha venido defendiendo hasta hace escasos años. Sin embargo, hay que puntualizar que, a falta de más restos (huesos, herramientas, etc.), siempre puede quedar la duda de si tales criaturas bípedas eran humanas o pre-humanas, como ahora se califica a los australopitecinos y otros primates que figuran como ancestros del género Homo.

Huella humana de Laetoli
El caso más llamativo –que ya he citado varias veces en este blog– es el de las pisadas de Laetoli (Tanzania), descubiertas por Mary Leakey hace unos 40 años. No voy a extenderme pues en comentarios, pero sí recordaré los argumentos principales: las huellas, atribuidas a varios individuos de corta estatura, eran indistinguibles de las pisadas de los humanos modernos, y según la datación geológica de los estratos de lava en que se localizaron (si la podemos dar por fiable), se situarían en los 3,7 millones de años. Lo que ocurre es que tales pisadas se atribuyeron a unos australopitecos, pues en aquella remota época no había –supuestamente– más homínidos capaces de realizar tales huellas. Sin embargo, a partir de los huesos de un australopiteco hallado en Sterkfontein (Sudáfrica) a finales del siglo XX por Ron Clark y datado en los mismos 3,7 millones de años, se pudo apreciar que mostraba un pie más bien simiesco, incapaz de realizar tal huella sobre el suelo.

Y en efecto, la paleontología nos quiere hacer creer que los australopitecos tenían un pie muy similar al humano moderno y que caminaban erguidos, pero las pruebas son muy escasas y confusas, y algunos expertos han afirmado que –a partir de meros prejuicios– se han realizado reconstrucciones anatómicas incorrectas y deducciones demasiado atrevidas. Sin ir más lejos, el ejemplar de Australopithecus afarensis (la famosa “Lucy”) fue hallado incompleto, sin sus pies, y sin embargo en las reconstrucciones museísticas se le representa con unos pies sospechosamente humanos, e incluso en la configuración del rostro se han realzado los rasgos humanos (por ejemplo, los ojos) para rebajar el aspecto simiesco.

Sea como fuere, en Laetoli nos encontramos con una criatura humana o humanoide de gran antigüedad que ya caminaba erguida sobre sus extremidades inferiores, siendo ese su medio locomoción habitual. Después ya tendríamos que referirnos a unas pisadas atribuidas a un Homo ergaster (el erectus africano) descubiertas hace diez años en Ileret (Kenya), con una antigüedad de 1,5 millones de años. Dichas huellas serían prácticamente iguales a las que realizamos nosotros, el Homo sapiens. (Por supuesto, tal atribución se basa solamente en las convenciones cronólogicas de la paleontología, como en el caso de Laetoli.)

No obstante, un reciente hallazgo paleontológico podría hacer retroceder el bipedalismo hasta una época todavía más lejana. Me refiero a las 29 huellas que se han descubierto en Trachilos (Creta), que se han atribuido a criaturas humanoides y que se remontan a nada menos que ¡casi 6 millones de años![8], en el periodo geológico denominado Mioceno. En este caso ha ocurrido algo muy similar a lo que se pudo ver en Laetoli: las pisadas tienen un tamaño y aspecto anatómico humano moderno y no pueden ser atribuidas de ninguna manera a un simio. 

Dientes del Graecopithecus
De rebote, este descubrimiento, unido al de otro espécimen, localizado en los Balcanes y bautizado como Graecopithecus freybergi, ha permitido lanzar nuevas especulaciones y teorías sobre la cuna de la Humanidad, con la intención de destronar la clásica teoría “out-of-Africa”, que aún es defendida por la mayoría del  estamento académico. Cabe señalar que precisamente los pocos restos que se han hallado de este nuevo homínido se han datado en unos 7 millones de años, no muy lejos de la cronología de Creta, lo que le hace firme candidato a autor de las huellas cretenses. Además, el estudio de una pieza dental de El Graeco (como se le ha apodado) revela que posiblemente estaba más próximo a los humanos que a los simios. Naturalmente, este hallazgo y las altisonantes declaraciones posteriores han puesto en guardia a los científicos escépticos, que se muestran muy reacios a plantear la existencia de humanos en épocas tan remotas, sobre todo porque ellos necesitan sostener su idea de la transición evolutiva más o menos gradual de un simio cuadrúpedo a un humano (o pre-humano) plenamente bípedo. 

Así pues, algunos rechazan la idea de que El Graeco fuera una criatura humana y prefieren referirse a un simio desconocido hasta la fecha que caminaba erguido, e incluso unos pocos rechazan que se trate realmente de huellas de pisadas. Sea como fuere, los científicos que descubrieron las huellas no encontraron muchas facilidades para publicar sus resultados, sino más bien todo lo contrario, lo cual no me sorprende en absoluto. Y por cierto, muy recientemente se ha confirmado la sustracción in situ de algunas de estas pisadas...

Conclusiones


Cráneo de australopiteco
Por supuesto que el hombre no desciende del mono, y los propios evolucionistas han usado este argumento hasta la saciedad para acallar las mofas de los creacionistas y otros críticos contumaces. Lo correcto, según la teoría darwinista, es afirmar que los monos y los humanos tenemos un antepasado común que vivió hace millones de años. No obstante, aun dando por buena esta afirmación, está claro –como hemos visto a través de las opiniones de los expertos– que dicho antepasado nunca ha sido identificado con certeza, puesto que han ido apareciendo diversos restos de homínidos cuya forma de locomoción es objeto de polémica.

En este contexto, hasta las personas de trayectoria académica irreprochable y más próximas a la ortodoxia, como Yvette Deloison, ya ven la imposibilidad de que un cuadrúpedo “evolucionase” hacia un ser perfectamente bípedo como es el hombre. Además, los hallazgos paleontológicos nos empujan cada vez más a reconocer la existencia de criaturas bípedas en épocas extremadamente antiguas, lo que incomoda a los defensores de una evolución gradual del primate que caminaba sobre nudillos al humano que camina erguido. Claro que los evolucionistas suelen recurrir a sus mágicas mutaciones aleatorias como prueba y aquí cierran la discusión...

En fin, lo que parecía una locura quizá ya no lo sea tanto. Nuestros queridos chimpancés y gorilas actuales podrían ser una derivación (no me atrevo a escribir “involución”) de unos homínidos bípedos que vivieron hace muchos millones de años. Pero, ¿cómo eran tales homínidos? ¿Podemos creer en la fantástica historia de Blavatsky y la degeneración de una raza humana hasta convertirse en primates inferiores? Tal vez los tiros vayan por otro lado, pero da la impresión de que, a pesar de ir acumulando pruebas paleontológicas, los prejuicios y los sesgos –en uno u otro sentido– nos impiden ver el bosque.  

© Xavier Bartlett 2017

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] Por supuesto, dando por buena la teoría de la evolución humana dentro del marco general de la evolución de las especies, según el darwinismo ortodoxo, lo que ya es un acto de fe. En este sentido, gran parte de los argumentos expuestos en este artículo presuponen que hubo algún tipo de evolución.
[2] Blavatsky consideraba que la propuesta de que descendemos de primates era “la teoría más extravagante de todas las épocas”
[3] En concreto, Blavatsky afirmaba que los simios inferiores procedían de la hibridación de un grupo de humanos de la tercera raza, inconscientes y de aspecto simiesco. Por otro lado, los simios antropoides procederían de la unión de humanos poco avanzados de la cuarta raza y los descendientes de la anterior hibridación. Por tanto, los primates tendrían en mayor o menor medida sangre humana, pero no al revés.
[4] Cabe señalar que bastantes expertos ponen en duda que los australopitecos mantuvieran una postura erguida, dando a entender que caminarían principalmente a cuatro patas (sobre los nudillos de la mano) y que todavía tendrían una importante actividad arborícola.
[5] Punto de unión entre el cráneo y la espina dorsal.
[6] Precisamente, de Sarre fue amigo del creador de la criptozoología, el francés Bernard Heuvelmans (fallecido en 2001), que creía firmemente en la existencia de tales seres antropoides.
[7] Es un tejido que separa el cuerpo en dos mitades, la ventral y la dorsal.
[8] La datación se hizo combinando el estudio geológico de las rocas sedimentarias y el análisis de los fósiles de unos microorganismos microscópicos llamados foraminíferos.