Mostrando entradas con la etiqueta catastrofismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta catastrofismo. Mostrar todas las entradas

miércoles, 20 de noviembre de 2019

En busca del arca perdida (¿o hallada?)


En el mundo de la arqueología alternativa existen sin duda dos “arcas” por excelencia: una de ellas es un cofre y la otra es un barco. La primera, obviamente, es la famosa arca de la Alianza, perseguida por muchos tanto en la realidad como en la ficción cinematográfica, y que en su momento ya abordé en este mismo blog, valorando su difusa situación entre el mito y la realidad. La otra es la no menos popular arca de Noé.

Ambas son de evidentes resonancias bíblicas y han hecho correr ríos de tinta durante décadas, dando lugar a todo tipo de investigaciones y especulaciones que han sido objeto de innumerables artículos, libros, documentales y películas. Dado que esta última contiene una insólita mezcla de mitología, arqueología y conspiracionismo, voy a dedicarle esta breve entrada para que los lectores se hagan una idea general del tema y luego extraigan sus conclusiones.

En primer término, nos centraremos en el contexto mitológico de esta cuestión. Así, es obligado recalcar que –si bien el personaje de Noé es muy conocido en Occidente por la tradición judeo-cristiana– la historia original se sitúa en la mitología sumeria, de cuyas fuentes bebió el Génesis bíblico. Recordemos a grandes trazos la narración: Dios decide castigar a la Humanidad por su mala conducta y planea eliminarla en su totalidad mediante un colosal diluvio. No obstante, se propone salvar al menos a un hombre justo (Noé) y a su familia. Acto seguido, le da instrucciones precisas para que construya una gran nave o arca de madera –de unos 135 metros de eslora, 22 metros de manga y 13 metros de alto[1]– y se aloje allí junto con los suyos y una pareja de cada especie animal, hasta que cese el diluvio. Según el relato, después de 40 días y noches de terrible diluvio, se acabó el castigo divino y el nivel de las aguas fue bajando. Por fin, con la retirada de las aguas, el Arca fue a parar a lo alto de un monte. Desde allí Noé dejó ir una paloma para comprobar si las aguas ya habían descendido lo suficiente, cosa que pudo comprobar cuando el ave volvió con una rama de olivo en su pico. Al abandonar el Arca, Noé realizó un sacrificio a Dios, el cual instó a los supervivientes a que se multiplicaran y repoblaran de nuevo el mundo.

El mito del Diluvio también presente en Mesoamérica
Pues bien, este relato es casi calcado a lo que podemos leer en la Epopeya de Gilgamesh, cambiando a Noé por el héroe Utnapishtim (también conocido como Ziusudra). Hoy en día ya sabemos que, por puro orden cronólogico, fue la Biblia, escrita en el primer milenio antes de Cristo, la que tomó prestada esta historia de los antiguos sumerios. Y lo que es más sorprendente es que tenemos la misma historia reflejada en leyendas y mitos de casi todo el mundo que nos hablan de una gran destrucción global –debida a un diluvio– que acabó con la Humanidad, dejando a unos pocos supervivientes salvados en un barco, bote o arca, y que acabaron sus penalidades en lo alto de una montaña. Esto mismo lo podemos ver en el mito griego de Deucalión y Pirra, en la historia de los hermanos Fu Xi de China, en la leyenda azteca de Coxcoxtli y su esposa Xochiquetzal, o en la narración védica de Manu Vaisvasvata. Como ya he indicado en más de una ocasión, es precisamente esta coincidencia la que ha hecho pensar a diversos autores alternativos que el Diluvio existió en la realidad hace muchos miles de años y que tuvo un carácter global, ya que la difusión de la historia judeo-cristiana influyó ciertamente en unas pocas culturas, pero no en otras, muy separadas en el tiempo y el espacio.

Hasta aquí la parte estrictamente mitológica, que recordemos que es negada por la ciencia oficial. En concreto, no es que los académicos rechacen el tema del Arca en sí (que valoran como un mero episodio mítico propio del mundo de las creencias), sino que consideran como no probado que se diera un diluvio devastador de grandes proporciones en un tiempo limitado y que afectara a todo el planeta. No voy a centrarme ahora en esta compleja polémica, que ya he tratado en entradas anteriores, sino en los esfuerzos de los investigadores alternativos por validar la historia del Arca a partir de supuestos restos arqueológicos, dejando a un lado los múltiples esfuerzos dedicados a probar el desastre a partir de evidencias puramente geológicas, como ha hecho muy en particular el escocés Graham Hancock. 

Los estudiosos de la Biblia creían que el Arca se había posado en algún lugar del Kurdistán, al norte de Turquía o Irán, siendo el candidato más firme el monte Ararat, el pico más alto de Turquía, con unos 5.100 metros de altitud. Incluso el célebre viajero Marco Polo, al pasar por la región de Armenia en el siglo XIII, oyó la historia de este monte como sede de la famosa Arca. Lo cierto es que durante siglos la leyenda sobre esta montaña persistió, pero nadie se atrevió a subir a lo más alto de la cumbre a explorar el posible paradero del Arca. No fue hasta el siglo XIX en que se realizaron los primeros intentos de búsqueda en forma de expediciones más o menos “científicas”. En 1876 un lord inglés, llamado James Bryce, subió hasta los 4.000 metros y volvió a Inglaterra con un trozo de madera que atribuyó sin duda al Arca. Poco después, en 1880, un explorador armenio afirmó incluso haber estado dentro del Arca. Sin embargo, no sería hasta inicios del siglo XX cuando se desataría la fiebre por el Arca, a partir de un relato un tanto confuso sobre el descubrimiento de ésta.

Panorámica del Monte Ararat con sus dos picos


Según esta historia, en 1916 un oficial de la fuerza aérea imperial rusa –en misión de observar los movimientos de las tropas turcas– divisó desde su aparato un lago helado sobre la cumbre del Ararat y muy cerca de él advirtió lo que parecían ser los restos del casco de un barco que sobresalían entre los hielos. Más adelante, se repitió el vuelo con un oficial superior, que corroboró la observación y remitió un informe al Zar Nicolás II de Rusia, el cual ordenó enviar dos cuerpos de ingenieros a realizar una detallada inspección sobre el terreno, dando por hecho de que se trataba del Arca de Noé. Al parecer, esta expedición logró hallar el Arca, la midió, realizó dibujos y tomó fotografías. Sin embargo, no se conserva ningún registro documental de tal intervención, pues todo el material enviado directamente al Zar o nunca llegó a su destino o se perdió tras la revolución bolchevique. Tampoco se llevó a cabo ningún informe o publicación de los resultados. Como se puede comprobar, todo muy opaco. En todo caso, desde entonces la era de la aviación abriría la puerta a nuevas observaciones.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la fuerza aérea turca realizó dos avistamientos –en 1959 y 1960– de la supuesta Arca sobre una ladera baja del Ararat. Se hicieron fotografías en que se intuía la forma de un gran barco con unas dimensiones un poco superiores (150 x 50 metros) a las medidas citadas en la Biblia. Según las fotos de 1959, aparecía en el terreno una especie de contorno firme de lo que podía ser el Arca, dato que desde entonces los creyentes en el Arca han tomado como prueba decisiva de la existencia del Arca. Ahora bien, para el estamento oficial, dicho contorno no es más que una caprichosa formación geológica de lava volcánica que recuerda vagamente a la forma de una nave, y que por su peculiaridad se ha llamado la “anomalía del Ararat”. Este lugar específico –situado a unos 20 kilómetros al sur de la montaña– se conoce también como Durupinar, en honor al aviador turco con este apellido que realizó el avistamiento. Además, en otra fotografía aérea de 1965 realizada sobre el Ararat se detectó una forma ovalada que podría parecer una nave.

Fragmento de madera hallado por Navarra
El caso es que fue en esa época cuando se retomaron los esfuerzos por hallar el Arca in situ, y el alpinista francés Fernand Navarra escaló el Ararat varias veces entre 1952 y 1969 y dijo haber encontrado trozos de madera a gran altura, que luego encargó datar mediante el método del radiocarbono, si bien los resultados ofrecidos fueron contradictorios. En todo caso, se apuntó el tanto de haber descubierto el Arca, pese a disponer de tan pocas pruebas. Y para echar más leña al fuego de los datos perdidos y el secretismo, en 1973 un satélite occidental denominado ERTS tomó una imagen del monte Ararat en la que se podía apreciar la forma de un barco de proporciones similares a las bíblicas. No obstante, cuando los investigadores independientes solicitaron una copia de esta imagen recibieron la respuesta oficial de que no había registros de tal documento.

Posteriormente, en los años 80 el ex astronauta de la NASA James B. Irwin –motivado por sus creencias religiosas– participó en unas expediciones para localizar el Arca, pero sin ningún resultado. Asimismo, el aventurero y explorador norteamericano Ron Wyatt –un auténtico Indiana Jones a la búsqueda de reliquias– se lanzó a una extensa exploración del Ararat y zonas cercanas entre los años 70 y 90 e incluso llegó a realizar una excavación en el ya citado sitio de Durupinar. Tras sus pesquisas, afirmó haber encontrado varios restos materiales, como un remache fosilizado, trozos de metal o incluso anclas de piedra. Cabe decir, empero, que la famosa anomalía ya había sido excavada en los años 60 y que no se había encontrado ningún resto arqueológico reconocible, concluyendo que la formación era completamente natural. Un colaborador de Wyatt, David Fasold, compró también la historia del Arca de Durupinar, pero tras años de investigaciones tuvo que reconocer que la hipótesis geológica era la más firme y creíble, si bien antes de morir todavía insistía en que no se podía descartar del todo la idea de que los restos pudieran corresponder al Arca fosilizada.

Representación pictórica del Arca (posada tras el Diluvio)
Como vemos, sobre todo este asunto flota el sesgo y el prejuicio de las creencias, y de hecho el Arca ha sido objeto de obsesión por parte de fundamentalistas cristianos y creacionistas, dispuestos a hallar –a cualquier precio– pruebas arqueológicas de la verdad revelada en la Biblia. Incluso en tiempos muy recientes todavía se organizan expediciones a la región y se hacen declaraciones altisonantes, que suelen acabar en graves sospechas de error, manipulación o fraude, cuando no de mero sensacionalismo y ganas de llamar la atención, como una misión evangélica turco-china que en 2010 dijo haber identificado el Arca a unos 4.000 metros de altura “con un 99,9% de seguridad”.

Cabe decir, no obstante, que esta postura no es propia de fanáticos o visionarios, pues el mismo estado de Israel lleva tiempo intentando corroborar la historia bíblica judía a través de investigaciones históricas y arqueológicas, y pese a los deseos de cuadrar el mito con la arqueología, los resultados han sido a menudo decepcionantes, como cuando el profesor Finkelstein afirmó –a partir de la evidente falta de pruebas sobre el terreno– que el episodio del Éxodo hebreo nunca había existido… a menos que en el futuro aparezcan restos que contradigan esta aseveración.

En todo caso, me ha sorprendido que el asunto del Arca se haya visto envuelto en un halo conspirativo en que está involucrada hasta la CIA. Según el investigador Brad Steiger, un explorador llamado Charles P. Aaron pidió ayuda a la CIA en 1992, solicitando unas imágenes de alta tecnología que permitían reconocer objetos bajo gruesas capas de hielo. Para conseguir su propósito, Aaron venía avalado por la Tsirah Corporation[2], así como por James Irwin y varios congresistas y senadores estadounidenses. La CIA le respondió a inicios de 1993 sólo para alegar que las imágenes tomadas en la zona del Ararat no habían revelado la presencia de nada en particular. No obstante, los conspiranoicos interpretaron que la CIA sí había detectado algo y tras un cierto revuelo, un responsable del departamento científico de la CIA admitió finalmente en febrero de 1994 que se había identificado algo bajo el hielo y la nieve, pero que no podía tratarse del Arca de Noé, y que de hecho no había ninguna intención de realizar investigaciones adicionales. Para los más suspicaces, sin embargo, dicha declaración daba a entender que anteriormente la CIA sí había llevado a cabo investigaciones en la zona, supuestamente con la mayor discreción. De aquí se pasó a especular con que la CIA había estado en la región y había hallado el Arca, e incluso que había sido capaz de llevársela del monte Ararat, trasladando los restos a una base militar norteamericana. (¡Cómo nos recuerda esto a Indiana Jones!)

Reconstrucción moderna del Arca
Aparte, quien esto escribe también leyó en su día una teoría que afirmaba que un equipo especial estadounidense había aterrizado en la montaña y en un tiempo récord había extraído de allí todos los objetos o restos que podían ser considerados de máximo interés por razones indefinidas. Sea como fuere, planea la sombra de que el gobierno de EE UU mantiene en su poder material y documentación clasificada sobre el Arca que no tiene intención de poner a disposición de público, al menos de momento. Nuevamente, todo resulta muy turbio y sugerente, digno de una película de intriga o de aventuras, pero difícilmente algo parecido a arqueología seria. Eso sí, con todo este circo de sensacionalismo y ocultación, la arqueología académica se ha desentendido del tema o se ha dedicado a negar y ridiculizar a los investigadores alternativos.

En definitiva, deberíamos aplicar aquí el clásico refrán de mucho ruido y pocas nueces, porque realmente las pruebas aportadas son muy pobres y no disponemos de nada realmente sólido. Es bien posible que los restos apreciables en Durupinar sean en efecto sólo una formación natural, pero sobre lo que hay –o deja de haber– en lo alto de la montaña, bajo la nieve y el hielo, todavía estamos in albis, pues faltan imágenes o restos reconocibles que permitan ir más allá de las simples conjeturas. Por desgracia, parece que en los tiempos modernos se ha perpetuado la leyenda del Arca en el Ararat, con muchas historias oscuras o sensacionalistas. Si en verdad la expedición rusa descubrió y exploró a fondo el Arca en 1916, resulta bastante frustrante –o más bien sospechoso– que se perdiera toda la documentación. En realidad, estamos en una situación muy similar a lo que ocurre con el arca de la Alianza, en que hay muchas teorías y rumores, pero muy pocas certezas, por no decir ninguna.

La estructura de Durupinar que ha dado tanto que hablar sobre su posible asignación a los restos del Arca

Personalmente, creo posible que el Diluvio tuviera lugar (en las fechas dadas por Hancock y otros), pero que se hubiera construido una gran arca para que unos pocos se salvasen del desastre ya lo veo como mucho más especulativo y desde luego propio de una civilización avanzada, no de primitivas comunidades paleolíticas. Así pues, con respecto a este tema opino que apenas hemos salido del mito, pero al mismo tiempo reconozco que es asombroso que exista una mitología muy similar en varias partes del mundo. En todo caso, admito que es bien posible que el cataclismo de hace más de 12.000 años fuera tan descomunal como para devastar el planeta y privarlo de muchísimas especies animales, dejando a la población humana reducida a mínimos. Puestos a lanzar conjeturas, tal vez la historia del Arca fuese una respuesta común de muchos pueblos para explicar una tremenda catástrofe natural que –en una era no-científica– escapaba a su comprensión, por lo cual la atribuyeron a la ira de los dioses. Entretanto, veremos si en lo alto del monte Ararat acaba por aparecer algo digno de crédito.

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons



[1] Estas medidas pueden variar según cómo se valore la magnitud del codo en el texto original hebreo, pues no hay unanimidad en la asignación de un valor fijo (al haber varios “codos” en el Mundo Antiguo).
[2] Una compañía norteamericana del sector aeronáutico.

jueves, 6 de junio de 2019

El misterio de las ciudades subterráneas


Uno de los temas más polémicos presentados por la arqueología alternativa en las últimas décadas ha sido el de las ciudades subterráneas, o por extensión, las antiguas estructuras artificiales halladas en el subsuelo de muchas regiones del planeta. En este asunto, empero, cabe distinguir bien entre lo que es mera ficción o conjetura y los restos observables en el terreno. Así, es evidente que existe una amplia literatura sobre ciudades o reinos intraterrestres de carácter casi mágico como Shambala o Agartha, o incluso una hipotética civilización perdida en la Antártida (relacionada con la “Tierra hueca”). Sobre estos refugios o santuarios de antiguas civilizaciones o de hombres sabios se ha escrito mucho y se ha especulado más, y no suelen faltar los clásicos elementos esotéricos o mitológicos –e incluso ufológicos– que bien poco ayudan a desvelar las incógnitas. Confieso que es un tema apasionante como mero ejercicio de fantasía alternativa, pero no me interesa demasiado desde el punto de vista estrictamente histórico o arqueológico.

Ahora bien, el tema adquiere otro cariz si nos referimos a ciertos restos arqueológicos, más o menos explorados y estudiados. En este ámbito tenemos constancia de diversas estructuras subterráneas –sobre todo en forma de túneles, cuevas, catacumbas, laberintos, hipogeos, etc.– que nos indican que en un momento remoto de la Antigüedad algunas sociedades avanzadas hicieron uso del subsuelo para fines no siempre bien identificados. En algunos casos se aprecia una clara finalidad ritual o funeraria, pero en muchos otros no hay certeza sobre el propósito de las obras, en particular cuando no hay restos materiales in situ que permitan asociar la estructura a una función determinada. En su momento ya dediqué una entrada a la cuestión de la red de túneles que podía existir en América del Sur, que apenas ha sido objeto de investigación y que suscita muchas más preguntas que respuestas. Estamos hablando de una extensa red de kilómetros y kilómetros de terreno excavado a cierta profundidad en un tiempo indefinido, aunque se haya querido asociar tales obras a las antiguas civilizaciones precolombinas.

Por desgracia, hay muy poca información completa y fiable en este tema, así como en otras posibles redes de túneles en otros puntos del planeta (en Europa, Asia, África…), que apuntarían a una interconexión entre territorios muy distantes entre sí. He leído algo sobre estas propuestas, y realmente la imaginación se dispara a partir de pequeños indicios o de rumores, que dan pie a hablar de incluso una civilización subterránea mundial que existió en una época remotísima. En todo caso, quisiera destacar ahora un fenómeno intraterreno que ha sido estudiado en parte por la arqueología académica y reinterpretado a su vez por la arqueología alternativa, sin que ni unos ni otros muestren gran seguridad en sus argumentos y explicaciones. Me voy a referir pues a lo que podríamos llamar “el misterio de las ciudades subterráneas”, y muy en concreto a las ciudades que encontramos en la región de Capadocia (Turquía).

Lo cierto es que la arqueología ortodoxa tiene muchos focos de interés en Turquía y el asunto de estas ciudades subterráneas ha quedado relegado a un segundo o tercer plano, teniendo en cuenta además las propias dificultades y altos costes de emprender intervenciones de este tipo. En este punto, hay que remarcar que no se trata de estructuras que quedaron abandonadas en superficie y luego sepultadas por capas de sedimentos, sino que se trata realmente de hábitats excavados en la roca o subsuelo ya en épocas antiguas, lo que implica un trabajo ingente. Además, no se puede decir que este fenómeno sea algo marginal o de poco alcance, pues hasta la fecha se han identificado en la zona nada menos que unas doscientas poblaciones subterráneas, de las cuales sólo una pequeña parte ha sido abordada por los investigadores. Actualmente son accesibles al público 37 de estas estructuras, si bien dicho acceso está restringido a una porción acondicionada (“turística”) del yacimiento, pues la mayor parte de estos complejos subterráneos aún está siendo documentada por los profesionales o está por explorar. Y de entre todos ellos, hay dos que destacan poderosamente, y más en particular uno llamado Derinkuyu (“pozo profundo”, en idioma turco), del cual hablaremos más extensamente.

Vista de las estructuras de Kaymakli
En primer lugar, cabe mencionar el yacimiento de Kaymakli, situado en la provincia de Nevsehir, en el corazón de Anatolia. Se trata de una pequeña ciudad subterránea conocida desde antaño, pues aún se habitaba a inicios del siglo XX. Por su interés arqueológico y cultural fue prontamente estudiada y acondicionada, y es visitable desde 1964. La estructura excavada en la roca volcánica tiene por lo menos hasta ocho niveles o pisos conocidos, aunque sólo se pueden visitar los cuatro superiores. En realidad, es un complejo laberíntico de estancias y túneles (alrededor de un centenar) no demasiado amplios que podría soportar una población de unos 4.000 habitantes, con espacios suficientes para personas, animales y suministros básicos. En todo caso, no se trataba de unas poblaciones “primitivas”. De hecho, encontramos allí pruebas de una actividad laboriosa, con lugares sociales y económicos diferenciados, que van desde viviendas a almacenes, ¡y hasta una iglesia! En cuanto a su datación, los arqueólogos fijan su fundación en la época frigia (primer milenio antes de Cristo), si bien luego las estructuras fueron reutilizadas por todos los pueblos o culturas que se instalaron en la zona hasta los tiempos modernos.

Y a unos 12 km. de este enclave tenemos la ciudad subterránea por excelencia, Derinkuyu, que estaba conectada a la anterior por un túnel hoy parcialmente derruido. Cabe señalar que la ciudad había sido abandonada y olvidada, pero en 1963 fue redescubierta fortuitamente y enseguida fue objeto de exploración, hasta ser abierta al público en 1969. Aquí ya hemos de emplear palabras mayores, pues los niveles o pisos identificados hasta la fecha son unos 20 –aunque sólo son visitables los ocho más próximos a la superficie– y se estima que la profundidad alcanzada estaría alrededor de los 85 metros bajo la superficie, con una extensión horizontal de unos 4 km2. Los distintos niveles estaban conectados por pasajes y escaleras talladas en la roca. En este caso, las valoraciones acerca de la capacidad de población se sitúan sobre las 20.000 personas[1], más los animales y otros bienes, como en el caso anterior. En cuanto a la estructura y disposición de los espacios, se repite más o menos lo visto en Kaymakli pero a una escala superior. Así pues, aquí encontramos habitáculos, establos, cocinas, prensas de vino y de aceite, almacenes, graneros, comedores, escuelas, talleres de metalurgia y también una iglesia de tamaño respetable de planta cruciforme. Como dato a destacar, en el segundo nivel se halló una enorme sala cubierta por una bóveda de cañón, que se cree que pudo ser usada como escuela religiosa.

Mapa de la ciudad subterránea de Derinkuyu
Lo que destaca poderosamente es la habilidad e inteligencia con que se construyó todo el complejo, pues existe una red de canales de ventilación que llega hasta la superficie, a menudo de forma camuflada o discreta, para el suministro de aire fresco. Asimismo, los diversos niveles están conectados por unos conductos de pequeño diámetro que tienen una sonoridad perfecta, lo que vendría a constituir un sistema de interfonía muy eficiente. Aparte, la ciudad disponía de abundante agua potable gracias a pozos que se alimentaban de ríos y acuíferos subterráneos. Los túneles o pasadizos eran aquí un poco más amplios que en Kaymakli y los accesos se bloqueaban mediante unas enormes ruedas macizas de piedra, de entre uno y dos metros de diámetro, medio metro de grosor y un peso de hasta media tonelada. En realidad, funcionaban como una especie de puertas correderas que se podían mover –abrir y cerrar– con cierta facilidad desde el interior, pero no así desde el exterior.

En lo referente a la datación y ocupación, se constata una vez más que la ciudad fue habitada de manera ocasional durante muchísimos siglos por distintas culturas, con una especial incidencia en la era bizantina –cuando supuestamente tuvo lugar una ampliación de la ciudad– y prácticamente hasta épocas recientes, llegando a inicios del siglo pasado. Según algunos estudios arqueológicos, las dataciones de los niveles superiores se podrían remontar hasta la época hitita (entre el 1800 a. C. y 1200 a. C. aproximadamente), pasando luego por las diversas civilizaciones posteriores (frigios, griegos, romanos, bizantinos, árabes, otomanos…). Eso sí, no hay datos concluyentes sobre los niveles más profundos, que están pendientes de posteriores estudios.

Dicho esto, debo precisar que en este punto he hallado informaciones dispares, pues según las autoridades culturales turcas, Derinkuyu fue excavada en época frigia (siglos VIII – VII a. C.), aprovechando cavidades naturales existentes, y no hay ningún otro precedente histórico. En todo caso, cabría preguntarse cómo se obtuvieron las dataciones; si fue por tipología de objetos, por dataciones radiométricas de C-14, o por otros métodos. Por lo que he podido rastrear someramente, parece ser que en efecto se encontraron algunos objetos claramente hititas en los túneles y de ahí las estimaciones cronológicas más arcaicas, que se van al segundo milenio a. C. Lamentablemente, las referencias históricas no aportan luz sobre el origen de estas ciudades, pues el primer documento escrito que las cita es la Anábasis, un relato de Jenofonte datado en siglo IV a. C.

Paisaje de la región de Capadocia
Lo que está claro que es que todavía hay mucho trabajo por hacer en esa región de Turquía y que los estudios deben proseguir para podernos hacer un retrato más completo y fiable de estos complejos subterráneos. Por de pronto, en 2014 se identificó otro yacimiento más al norte, bajo la ciudad de Nevsehir, del cual no se tenía ninguna referencia previa. Este complejo, según las prospecciones iniciales, podría ser mucho más grande que Derinkuyu, con túneles de hasta siete kilómetros de longitud. Algunos arqueólogos, tomando en conjunto todo el fenómeno, se han atrevido a sugerir que las estructuras subterráneas de Capadocia podrían albergar a más de un millón de personas, cifra que –para los tiempos antiguos– parece realmente desorbitada. Ahí lo dejamos.

Una vez presentada la cuestión en sus elementos esenciales, vamos a adentrarnos en los dos aspectos más oscuros del tema, que han atraído la atención de las propuestas más variopintas de la arqueología alternativa: 1) el motivo por el cual se construyeron estas ciudades subterráneas, y 2) su contexto histórico, con la polémica específica sobre el origen y datación de las estructuras. Como veremos, todo apunta a que ambos aspectos están muy relacionados, y en esta ocasión la arqueología alternativa presenta una serie de escenarios que poco o nada tienen que ver con las explicaciones oficiales, aunque –en honor a la verdad– hay que reconocer que algunos investigadores ortodoxos ofrecen unas interpretaciones relativamente audaces.

Si nos centramos en la razón por la que se realizaron estas impresionantes obras, el contexto dado por el estamento académico es categórico: estas ciudades fueron construidas como grandes refugios para casos de guerra, en una región que precisamente vivió innumerables conflictos e invasiones desde el mismo principio de la civilización. Así, ante el peligro de que la población fuese saqueada, esclavizada o asesinada, se habrían construido unas fortificaciones subterráneas capaces de mantener a gran cantidad de personas durante cierto tiempo. Esta idea viene reforzada por la discreción de los accesos, la estrechez de los pasadizos y sobre todo por los potentes sistemas de bloqueo que ya hemos citado. Todo esto tiene sentido en una zona devastada por las guerras, con continuos ataques y contrataques de los imperios que se disputaban el dominio del territorio.

Túnel con sistema de bloqueo mediante una enorme rueda-puerta (Derinkuyu)

Ahora bien, a esta hipótesis razonable le podríamos objetar algunos hechos. Que las ciudades subterráneas sirvieran de refugio temporal a través de diversas épocas no significa necesariamente que fueran creadas con esa finalidad. Es algo similar al clásico problema de las pirámides egipcias; quizá en algún momento de la historia pudieron ejercer de tumbas, pero no hay evidencia fehaciente de que fueran diseñadas y construidas originalmente para tal fin, según se aprecia en los monumentos más antiguos. Después está el factor defensivo. Las ciudades del subsuelo podrían ser útiles en tanto que se mantuvieran en cierto secreto o sigilo. En caso de ser descubiertas, y aunque los invasores no pudieran sortear los bloqueos, sí podrían localizar los canales de ventilación y taponarlos, o bien llenarlos de humo, o incluso arrojar líquidos.

Finalmente, el enorme trabajo de excavar la roca y acondicionar los espacios implica una labor coordinada de mucha gente durante muchos años, y todo ello fue… ¿para construir un mero refugio temporal? Está claro que vivir lejos de la luz solar y el aire libre acarrearía graves problemas, pero todo indica que estas ciudades estaban diseñadas para resistir durante mucho tiempo, no sólo para ocultarse durante unas semanas o meses. En realidad, más bien parece que estas ciudades pretendían replicar la vida normal en superficie en la mayoría de los aspectos, lo cual sí justificaría el enorme esfuerzo realizado. No obstante, en aquellas épocas el sistema de defensa por excelencia era la construcción de fuertes murallas en torno a las ciudades, y tenemos ejemplos de éstas en toda Turquía. A veces resistían y a veces no, pero los defensores ya contaban con ello. En cambio, sobre el posible éxito o eficacia de los hábitats subterráneos poco sabemos, pero ya hemos visto que podían convertirse en ratoneras en caso de ser localizados, lo que tampoco era un panorama muy halagüeño.

E. Von Däniken
En este punto varios autores alternativos empezaron a ver cosas extrañas y se plantearon otros escenarios bien distintos. Nuestro viejo amigo, el inefable Erich Von Däniken, visitó varias veces Derinkuyu y en uno de sus libros (La respuesta de los dioses) especuló sobre el origen de la ciudad. Esta vez el autor suizo no se atrevió a decir que el complejo subterráneo era una obra extraterrestre, pero sí afirmó que había sido creado para refugiarse de unas terribles guerras –con armamentos devastadores– entre alienígenas. En paralelo a esta línea, otros autores como Steiger, Childress y Sitchin han sugerido que en épocas muy antiguas pudieron darse unas terribles guerras atómicas sobre el planeta, y muy concretamente en la zona de Oriente Medio, siendo protagonistas los extraterrestres o unas civilizaciones desaparecidas. En este contexto no sería de extrañar la construcción de grandes refugios subterráneos donde protegerse de los catastróficos efectos de tales guerras, empezando por la radiación. Desde luego, la propuesta de guerras nucleares arcaicas tiene numerosos puntos discutibles –siendo muy generosos– y los académicos la consideran un absoluto disparate. En fin, esta teoría nos conduce a otro escenario muy polémico y complejo de la arqueología alternativa que dejaré para un futuro artículo para no desviarme en exceso del tema principal.

Sin embargo, existe otra línea alternativa que también plantea una situación de gran catástrofe, con dos opciones más o menos interrelacionadas. En este caso, no habría guerras (del tipo que fueren), pero sí un tremendo cambio en el medio ambiente de la superficie terrestre provocado por factores naturales, lo que habría empujado a los habitantes de la región a buscar refugio en el subsuelo durante periodos de tiempo muy extensos. Para los que siguen este blog este asunto ya les resultará familiar y no es otro que el del cataclismo global que asoló la Tierra hace unos 12.000 años y que autores como Graham Hancock defienden a capa y espada, si bien esta idea ya había arrancado con fuerza en los años 60 con Charles Hapgood, e incluso se podría remontar al siglo XIX, en los tiempos de Ignatius Donnelly.

¿Un desastre natural de gigantescas proporciones?
Recordemos que según esta visión un evento cósmico, probablemente el impacto de un cometa, provocó una reacción en cadena al final de la última era glacial, con la inmediata fusión de gran parte de los hielos árticos, inundaciones gigantescas, terremotos, tsunamis, erupciones, etc. Todo ello habría causado un tremendo cambio climático –nada que ver con las estupideces y mentiras que nos venden ahora– que quizá se llevó por delante a gran parte de la población humana del planeta, incluyendo una hipotética civilización muy avanzada. De este modo, se pasó de una etapa benigna de progresivo calentamiento al retorno de los rigores de la era glacial más dura, con nieves, hielos e intenso frío. Este lapso climático se denomina Dryas reciente y tuvo una duración de unos mil años, durante los cuales desaparecieron muchas especies animales y vegetales.

El investigador inglés Andrew Collins estima que precisamente durante esta etapa los habitantes de la región construyeron las ciudades subterráneas para resguardarse de las inclemencias climáticas superficiales y disponer de un microclima con una temperatura fresca pero estable, en el que –por cierto– se darían las condiciones óptimas para la conservación de los alimentos. Collins también apuntaba al detalle de que los niveles o zonas más antiguas de la ciudad eran de mayor altura, lo que vendría a sugerir que los hombres de aquella época eran bastante más altos. ¿Tal vez serían los famosos Cro-Magnon del paleolítico superior, cuya altura media rondaría los dos metros? Estaríamos hablando de meras conjeturas.

G. Hancock
A su vez, Graham Hancock visitó Derinkuyu en 2013 y su veredicto –expresado en Magicians of the Gods– fue que las ciudades del subsuelo podían ser mucho más antiguas de lo que reconoce el estamento académico, coincidiendo con Collins en que podían haber sido construidas como refugio hace unos 12.800 años, en respuesta al terrible evento cósmico que dio un vuelco al medio ambiente del planeta. Hancock añade que tal vez los hábitats subterráneos, aparte de responder a las duras condiciones climáticas, se crearon como protección ante el periódico bombardeo de pequeños fragmentos del cometa, que se alargó probablemente durante siglos.

Pero el escenario catastrofista no acaba aquí. El geólogo de la Universidad de Boston Robert Schoch –que desde los años 90 está instalado parcialmente en la arqueología alternativa– propuso hace no mucho otra visión no menos impactante. En este caso, Schoch tiene en cuenta la hipótesis anterior, pero la desestima por falta de pruebas de impactos de objetos celestes, y más bien cree que el verdadero motivo para la construcción de las ciudades subterráneas fue un evento cósmico de diferente naturaleza. Así, el geólogo estadounidense alude a la posibilidad de un gran estallido o explosión solar, acompañado de llamaradas solares y eyección de masa coronal (descarga de materia y radiación electromagnética en forma de plasma), que habría ocurrido hacia el final de la última Edad del Hielo.

Actividad solar devastadora
Schoch fundamenta su interpretación en los trabajos de Paul LaViolette, según los cuales se ha podido documentar los efectos químicos y radiactivos de este fenómeno en sedimentos y núcleos de hielo analizados en diversos lugares, desde Venezuela a Groenlandia. Otros recientes estudios, como los de Ted Bunch et alii[2], han confirmado esa gran explosión solar y la han acotado temporalmente en una antigüedad de 12.900 años. Aparte, Schoch se remite a las investigaciones emprendidas por Heinrich e Ingrid Kusch, que han identificado en distintos puntos de Europa la presencia de centenares de túneles –que incluyen habitáculos y salas de almacenamiento– justo por debajo de los asentamientos neolíticos, con una datación muy similar a la ya citada (hace unos 12.000 años). Con todo ello, Robert Schoch construye un hipotético escenario en el cual los hombres de esa época tuvieron que protegerse de la catástrofe ambiental producida por la potente actividad solar desatada, y de ahí que buscasen refugio en el subsuelo, excavando con gran pericia redes de túneles y hábitats estables bajo tierra.

Llegados a este punto, ya podemos entrar de lleno en la segunda cuestión a debate, que es una continuación directa de la primera: ¿Cuál es la auténtica antigüedad de estas estructuras? Como hemos visto, las interpretaciones alternativas suponen la negación de la versión académica, pues sitúan la construcción de estas ciudades subterráneas en otro momento muy anterior de la historia; para ser exactos, de la prehistoria. Para empezar, hay que remarcar que no es posible datar las estructuras subterráneas en sí mismas por los métodos habituales, pues aquí se trata de roca excavada y trabajada a golpe de pico y cincel. En cuanto a los objetos o posibles restos óseos, hay que tener en cuenta que pueden haber sido depositados durante muchos siglos –de forma “intrusiva”– por lo cual es muy difícil datar el momento original de la excavación.

Lo que choca es que, mientras que varios científicos académicos han reconocido que hay evidencia hitita en los túneles y que por ello las dataciones deberían remontarse al segundo milenio antes de Cristo, las autoridades culturales han fijado el horizonte frigio como el momento original de la excavación. La verdad es que no se entiende mucho esta postura, cuando todavía hay una duda o controversia científica sobre una datación fiable. El historiador y arqueólogo turco Ömer Demir no sólo tiene en cuenta la cronología hitita, sino que se atreve a remontar el origen de las ciudades del subsuelo al final del periodo paleolítico. De este modo, viene a confirmar las opiniones de los alternativos en el sentido de que las civilizaciones de época histórica simplemente se encontraron con las estructuras y las reaprovecharon y modificaron para sus necesidades en sus respectivas épocas. 

Una de las salas de la ciudad de Derinkuyu
Demir sustenta su opinión en varios elementos. Primeramente, se aprecian diferencias de estilo entre los distintos niveles, lo que demuestra que hubo un cierto lapso temporal entre las obras. Después, se observa que los niveles más antiguos no presentan las típicas marcas de los utensilios al trabajar la roca, pues éstas desaparecen tras muchos siglos de estar expuestas; en cambio, dichas marcas todavía son observables en los niveles más modernos. Finalmente, está el problema de localizar los materiales que fueron extraídos del subsuelo para crear las cavidades. En este caso, no se han localizado en torno a Derinkuyu, sino que han sido identificados en un río, a bastante distancia (26 km), lo que indica que fueron arrojados a varios ríos de la zona para que se los llevara la corriente. Pero lo más llamativo es que allí mismo se encontraron diversas herramientas de piedra del paleolítico. En conjunto, no son pruebas definitivas, pero sí al menos indicativas de que la ciudad pudo ser excavada muchísimo antes de lo aceptado en el entorno académico.

Sea como fuere, no tenemos realmente certezas acerca del momento fundacional de estas ciudades, y el origen prehistórico no debería descartarse, aunque parezca algo forzado. Ahora bien, hemos de recordar que las versiones alternativas sitúan la cronología en función de la tesis del gran cataclismo de hace más de 12.000 años, pero no pueden aportar ninguna prueba directa de ello, ni una relación causa-efecto indiscutible que justifique la creación de esas ciudades; son sólo hipótesis. De hecho, aún abandonando la tesis oficial del “refugio en tiempo de guerra”, quedan muchos cabos sueltos que se ofrecen a múltiples interpretaciones y posibilidades.

Yacimiento de Göbekli Tepe (Turquía)
Así pues, nos podríamos preguntar quiénes excavaron estos complejos al final del paleolítico, pues vistas la enorme cantidad de trabajo, la destreza y la ingeniería que comportan estas estructuras no parece algo propio de cavernícolas primitivos, los cazadores-recolectores de esa época. Además, llama mucho la atención la capacidad de construir tantos complejos para tanta gente, si es que todos fueron contemporáneos. Tal vez apelar a una civilización desaparecida sea demasiado arriesgado, pero bien es cierto que en la misma Turquía tenemos el yacimiento de Göbleki Tepe, cuya datación fiable se va más allá del 9000 a. C. Y recordemos que se trata de un amplio conjunto de recintos o templos con estructuras megalíticas y decoraciones en relieve. Todo esto era impensable para el estamento académico hace unos años, pero ahora no pueden negar la evidencia de una sociedad desarrollada anterior a la llamada revolución neolítica. Por tanto, es factible que estos complejos subterráneos, que tienen algo de megalítico, puedan remontarse a esa época tan lejana... y no tan primitiva.

Otro asunto es valorar la capacidad de supervivencia en estos complejos y el tiempo que podían pasar las personas sin salir al exterior. En efecto, parecen ser ciudades completas y bien preparadas en las que poder subsistir durante periodos extensos, pero surgen varios problemas, como la necesidad de recurrir a la alimentación vegetal (para personas y animales) y de obtener materias primas, aparte del propio contacto con el aire fresco y la luz solar. Si las condiciones externas eran durísimas –y no sabemos hasta qué punto– tal vez el cultivo de plantas en superficie sería inviable o problemático. Es obvio que se podría almacenar gran cantidad de alimentos, la mayoría en seco, pero una población de miles de personas acabaría por consumir las reservas en cuestión de meses. Por tanto, es complicado hallar un equilibrio entre la tesis oficial –un refugio temporal– y la alternativa, que nos muestra escenario poco menos que apocalíptico. Tal vez deberíamos pensar en alguna solución intermedia, en que se podía combinar una reducida actividad exterior con una más intensa actividad interior, a la espera de disponer de datos paleoclimáticos más precisos.

Concluyendo, considero que tanto las visiones ortodoxas como las alternativas se mueven todavía en datos parciales e inseguros, y deben recurrir a especulaciones y escenarios probables para tratar de dar una explicación coherente. No descarto, empero, que ambas tengan su parte de razón, sin entrar en contradicciones, pues el uso original pudo tener como motivo un problema climático, mientras que el uso “histórico” pudo estar más relacionado con las guerras locales. Sólo el tiempo e investigaciones más profundas podrán darnos pistas más sólidas sobre estas asombrosas ciudades subterráneas de hace tantos siglos.

© Xavier Bartlett 2019
Fuente imágenes: Wikimedia Commons



[1] Según otras estimaciones, la cifra de habitantes podría llegar incluso a los 50.000.
[2] BUNCH, T. et alii. Very high-temperature impact melt products as evidence for cosmic airbursts and impacts 12,900 years ago. PNAS, June 2012.