
Uno de los temas
más polémicos presentados por la arqueología alternativa en las últimas décadas
ha sido el de las ciudades subterráneas, o por extensión, las antiguas
estructuras artificiales halladas en el subsuelo de muchas regiones del
planeta. En este asunto, empero, cabe distinguir bien entre lo que es mera
ficción o conjetura y los restos observables en el terreno. Así, es evidente
que existe una amplia literatura sobre ciudades o reinos intraterrestres de
carácter casi mágico como Shambala o Agartha, o incluso una hipotética
civilización perdida en la Antártida (relacionada con la “Tierra hueca”). Sobre
estos refugios o santuarios de antiguas civilizaciones o de hombres sabios se
ha escrito mucho y se ha especulado más, y no suelen faltar los clásicos
elementos esotéricos o mitológicos –e incluso ufológicos– que bien poco ayudan
a desvelar las incógnitas. Confieso que es un tema apasionante como mero
ejercicio de fantasía alternativa, pero no me interesa demasiado desde el punto
de vista estrictamente histórico o arqueológico.
Ahora bien, el tema
adquiere otro cariz si nos referimos a ciertos restos arqueológicos, más o
menos explorados y estudiados. En este ámbito tenemos constancia de diversas
estructuras subterráneas –sobre todo en forma de túneles, cuevas, catacumbas,
laberintos, hipogeos, etc.– que nos indican que en un momento remoto de la
Antigüedad algunas sociedades avanzadas hicieron uso del subsuelo para fines no
siempre bien identificados. En algunos casos se aprecia una clara finalidad
ritual o funeraria, pero en muchos otros no hay certeza sobre el propósito de
las obras, en particular cuando no hay restos materiales in situ que permitan asociar la estructura a una función
determinada. En su momento ya dediqué una entrada a la cuestión de la red de
túneles que podía existir en América del Sur, que apenas ha sido objeto de
investigación y que suscita muchas más preguntas que respuestas. Estamos
hablando de una extensa red de kilómetros y kilómetros de terreno excavado a
cierta profundidad en un tiempo indefinido, aunque se haya querido asociar tales
obras a las antiguas civilizaciones precolombinas.
Por desgracia, hay
muy poca información completa y fiable en este tema, así como en otras posibles
redes de túneles en otros puntos del planeta (en Europa, Asia, África…), que apuntarían
a una interconexión entre territorios muy distantes entre sí. He leído algo
sobre estas propuestas, y realmente la imaginación se dispara a partir de
pequeños indicios o de rumores, que dan pie a hablar de incluso una
civilización subterránea mundial que existió en una época remotísima. En todo
caso, quisiera destacar ahora un fenómeno intraterreno que ha sido estudiado en
parte por la arqueología académica y reinterpretado a su vez por la arqueología
alternativa, sin que ni unos ni otros muestren gran seguridad en sus argumentos
y explicaciones. Me voy a referir pues a lo que podríamos llamar “el misterio
de las ciudades subterráneas”, y muy en concreto a las ciudades que encontramos
en la región de Capadocia (Turquía).
Lo cierto es que la
arqueología ortodoxa tiene muchos focos de interés en Turquía y el asunto de
estas ciudades subterráneas ha quedado relegado a un segundo o tercer plano, teniendo
en cuenta además las propias dificultades y altos costes de emprender intervenciones
de este tipo. En este punto, hay que remarcar que no se trata de estructuras
que quedaron abandonadas en superficie y luego sepultadas por capas de
sedimentos, sino que se trata realmente de hábitats excavados en la roca o
subsuelo ya en épocas antiguas, lo que implica un trabajo ingente. Además, no
se puede decir que este fenómeno sea algo marginal o de poco alcance, pues
hasta la fecha se han identificado en la zona nada menos que unas doscientas
poblaciones subterráneas, de las cuales sólo una pequeña parte ha sido abordada
por los investigadores. Actualmente son accesibles al público 37 de estas
estructuras, si bien dicho acceso está restringido a una porción acondicionada
(“turística”) del yacimiento, pues la mayor parte de estos complejos
subterráneos aún está siendo documentada por los profesionales o está por
explorar. Y de entre todos ellos, hay dos que destacan poderosamente, y más en
particular uno llamado Derinkuyu (“pozo profundo”, en idioma turco), del cual
hablaremos más extensamente.
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| Vista de las estructuras de Kaymakli |
En primer lugar, cabe
mencionar el yacimiento de Kaymakli, situado en la provincia de Nevsehir, en el
corazón de Anatolia. Se trata de una pequeña ciudad subterránea conocida desde
antaño, pues aún se habitaba a inicios del siglo XX. Por su interés
arqueológico y cultural fue prontamente estudiada y acondicionada, y es
visitable desde 1964. La estructura excavada en la roca volcánica tiene por lo
menos hasta ocho niveles o pisos conocidos, aunque sólo se pueden visitar los
cuatro superiores. En realidad, es un complejo laberíntico de estancias y
túneles (alrededor de un centenar) no demasiado amplios que podría soportar una
población de unos 4.000 habitantes, con espacios suficientes para personas,
animales y suministros básicos. En todo caso, no se trataba de unas poblaciones
“primitivas”. De hecho, encontramos allí pruebas de una actividad laboriosa,
con lugares sociales y económicos diferenciados, que van desde viviendas a almacenes,
¡y hasta una iglesia! En cuanto a su datación, los arqueólogos fijan su
fundación en la época frigia (primer milenio antes de Cristo), si bien luego
las estructuras fueron reutilizadas por todos los pueblos o culturas que se
instalaron en la zona hasta los tiempos modernos.
Y a unos 12 km. de
este enclave tenemos la ciudad subterránea por excelencia, Derinkuyu, que
estaba conectada a la anterior por un túnel hoy parcialmente derruido. Cabe
señalar que la ciudad había sido abandonada y olvidada, pero en 1963 fue
redescubierta fortuitamente y enseguida fue objeto de exploración, hasta ser
abierta al público en 1969. Aquí ya hemos de emplear palabras mayores, pues los
niveles o pisos identificados hasta la fecha son unos 20 –aunque sólo son
visitables los ocho más próximos a la superficie– y se estima que la
profundidad alcanzada estaría alrededor de los 85 metros bajo la superficie,
con una extensión horizontal de unos 4 km2. Los distintos niveles
estaban conectados por pasajes y escaleras talladas en la roca. En este caso,
las valoraciones acerca de la capacidad de población se sitúan sobre las 20.000
personas,
más los animales y otros bienes, como en el caso anterior. En cuanto a la
estructura y disposición de los espacios, se repite más o menos lo visto en
Kaymakli pero a una escala superior. Así pues, aquí encontramos habitáculos,
establos, cocinas, prensas de vino y de aceite, almacenes, graneros, comedores,
escuelas, talleres de metalurgia y también una iglesia de tamaño respetable de
planta cruciforme. Como dato a destacar, en el segundo nivel se halló una
enorme sala cubierta por una bóveda de cañón, que se cree que pudo ser usada
como escuela religiosa.
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| Mapa de la ciudad subterránea de Derinkuyu |
Lo que destaca poderosamente
es la habilidad e inteligencia con que se construyó todo el complejo, pues
existe una red de canales de ventilación que llega hasta la superficie, a
menudo de forma camuflada o discreta, para el suministro de aire fresco. Asimismo,
los diversos niveles están conectados por unos conductos de pequeño diámetro
que tienen una sonoridad perfecta, lo que vendría a constituir un sistema de
interfonía muy eficiente. Aparte, la ciudad disponía de abundante agua potable
gracias a pozos que se alimentaban de ríos y acuíferos subterráneos. Los
túneles o pasadizos eran aquí un poco más amplios que en Kaymakli y los accesos se bloqueaban mediante unas enormes ruedas macizas de piedra, de
entre uno y dos metros de diámetro, medio metro de grosor y un peso de hasta
media tonelada. En realidad, funcionaban como una especie de puertas correderas
que se podían mover –abrir y cerrar– con cierta facilidad desde el interior,
pero no así desde el exterior.
En lo referente a
la datación y ocupación, se constata una vez más que la ciudad fue habitada de
manera ocasional durante muchísimos siglos por distintas culturas, con una
especial incidencia en la era bizantina –cuando supuestamente tuvo lugar una
ampliación de la ciudad– y prácticamente hasta épocas recientes, llegando a
inicios del siglo pasado. Según algunos estudios arqueológicos, las dataciones
de los niveles superiores se podrían remontar hasta la época hitita (entre el 1800
a. C. y 1200 a. C. aproximadamente), pasando luego por las diversas
civilizaciones posteriores (frigios, griegos, romanos, bizantinos, árabes,
otomanos…). Eso sí, no hay datos concluyentes sobre los niveles más profundos,
que están pendientes de posteriores estudios.
Dicho esto, debo
precisar que en este punto he hallado informaciones dispares, pues según las
autoridades culturales turcas, Derinkuyu fue excavada en época frigia (siglos
VIII – VII a. C.), aprovechando cavidades naturales existentes, y no hay ningún
otro precedente histórico. En todo caso, cabría preguntarse cómo se obtuvieron
las dataciones; si fue por tipología de objetos, por dataciones radiométricas
de C-14, o por otros métodos. Por lo que he podido rastrear someramente, parece
ser que en efecto se encontraron algunos objetos claramente hititas en los
túneles y de ahí las estimaciones cronológicas más arcaicas, que se van al
segundo milenio a. C. Lamentablemente, las referencias históricas no aportan
luz sobre el origen de estas ciudades, pues el primer documento escrito que las
cita es la Anábasis, un relato de
Jenofonte datado en siglo IV a. C.
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| Paisaje de la región de Capadocia |
Lo que está claro
que es que todavía hay mucho trabajo por hacer en esa región de Turquía y que
los estudios deben proseguir para podernos hacer un retrato más completo y
fiable de estos complejos subterráneos. Por de pronto, en 2014 se identificó
otro yacimiento más al norte, bajo la ciudad de Nevsehir, del cual no se tenía
ninguna referencia previa. Este complejo, según las prospecciones iniciales,
podría ser mucho más grande que Derinkuyu, con túneles de hasta siete
kilómetros de longitud. Algunos arqueólogos, tomando en conjunto todo el
fenómeno, se han atrevido a sugerir que las estructuras subterráneas de
Capadocia podrían albergar a más de un millón de personas, cifra que –para los
tiempos antiguos– parece realmente desorbitada. Ahí lo dejamos.
Una vez presentada
la cuestión en sus elementos esenciales, vamos a adentrarnos en los dos
aspectos más oscuros del tema, que han atraído la atención de las propuestas
más variopintas de la arqueología alternativa: 1) el motivo por el cual se
construyeron estas ciudades subterráneas, y 2) su contexto histórico, con la
polémica específica sobre el origen y datación de las estructuras. Como
veremos, todo apunta a que ambos aspectos están muy relacionados, y en esta
ocasión la arqueología alternativa presenta una serie de escenarios que poco o
nada tienen que ver con las explicaciones oficiales, aunque –en honor a la
verdad– hay que reconocer que algunos investigadores ortodoxos ofrecen unas
interpretaciones relativamente audaces.
Si nos centramos en
la razón por la que se realizaron estas impresionantes obras, el contexto dado
por el estamento académico es categórico: estas ciudades fueron construidas
como grandes refugios para casos de guerra, en una región que precisamente
vivió innumerables conflictos e invasiones desde el mismo principio de la
civilización. Así, ante el peligro de que la población fuese saqueada,
esclavizada o asesinada, se habrían construido unas fortificaciones
subterráneas capaces de mantener a gran cantidad de personas durante cierto
tiempo. Esta idea viene reforzada por la discreción de los accesos, la
estrechez de los pasadizos y sobre todo por los potentes sistemas de bloqueo
que ya hemos citado. Todo esto tiene sentido en una zona devastada por las
guerras, con continuos ataques y contrataques de los imperios que se disputaban
el dominio del territorio.
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| Túnel con sistema de bloqueo mediante una enorme rueda-puerta (Derinkuyu) |
Ahora bien, a esta
hipótesis razonable le podríamos objetar algunos hechos. Que las ciudades
subterráneas sirvieran de refugio temporal a través de diversas épocas no
significa necesariamente que fueran creadas con esa finalidad. Es algo similar
al clásico problema de las pirámides egipcias; quizá en algún momento de la
historia pudieron ejercer de tumbas, pero no hay evidencia fehaciente de que
fueran diseñadas y construidas originalmente para tal fin, según se aprecia en
los monumentos más antiguos. Después está el factor defensivo. Las ciudades del
subsuelo podrían ser útiles en tanto que se mantuvieran en cierto secreto o
sigilo. En caso de ser descubiertas, y aunque los invasores no pudieran sortear
los bloqueos, sí podrían localizar los canales de ventilación y taponarlos, o
bien llenarlos de humo, o incluso arrojar líquidos.
Finalmente, el
enorme trabajo de excavar la roca y acondicionar los espacios implica una labor
coordinada de mucha gente durante muchos años, y todo ello fue… ¿para construir
un mero refugio temporal? Está claro que vivir lejos de la luz solar y el aire
libre acarrearía graves problemas, pero todo indica que estas ciudades estaban
diseñadas para resistir durante mucho tiempo, no sólo para ocultarse durante
unas semanas o meses. En realidad, más bien parece que estas ciudades
pretendían replicar la vida normal en superficie en la mayoría de los aspectos,
lo cual sí justificaría el enorme esfuerzo realizado. No obstante, en aquellas
épocas el sistema de defensa por excelencia era la construcción de fuertes murallas
en torno a las ciudades, y tenemos ejemplos de éstas en toda Turquía. A veces
resistían y a veces no, pero los defensores ya contaban con ello. En cambio,
sobre el posible éxito o eficacia de los hábitats subterráneos poco sabemos,
pero ya hemos visto que podían convertirse en ratoneras en caso de ser
localizados, lo que tampoco era un panorama muy halagüeño.
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| E. Von Däniken |
En este punto
varios autores alternativos empezaron a ver cosas extrañas y se plantearon
otros escenarios bien distintos. Nuestro viejo amigo, el inefable Erich Von
Däniken, visitó varias veces Derinkuyu y en uno de sus libros (La respuesta de los dioses) especuló
sobre el origen de la ciudad. Esta vez el autor suizo no se atrevió a decir que
el complejo subterráneo era una obra extraterrestre, pero sí afirmó que había
sido creado para refugiarse de unas terribles guerras –con armamentos
devastadores– entre alienígenas. En paralelo a esta línea, otros autores como
Steiger, Childress y Sitchin han sugerido que en épocas muy antiguas pudieron
darse unas terribles guerras atómicas sobre el planeta, y muy concretamente en
la zona de Oriente Medio, siendo protagonistas los extraterrestres o unas
civilizaciones desaparecidas. En este contexto no sería de extrañar la
construcción de grandes refugios subterráneos donde protegerse de los catastróficos
efectos de tales guerras, empezando por la radiación. Desde luego, la propuesta
de guerras nucleares arcaicas tiene numerosos puntos discutibles –siendo muy
generosos– y los académicos la consideran un absoluto disparate. En fin, esta
teoría nos conduce a otro escenario muy polémico y complejo de la arqueología
alternativa que dejaré para un futuro artículo para no desviarme en exceso del
tema principal.
Sin embargo, existe
otra línea alternativa que también plantea una situación de gran catástrofe,
con dos opciones más o menos interrelacionadas. En este caso, no habría guerras
(del tipo que fueren), pero sí un tremendo cambio en el medio ambiente de la
superficie terrestre provocado por factores naturales, lo que habría empujado a
los habitantes de la región a buscar refugio en el subsuelo durante periodos de
tiempo muy extensos. Para los que siguen este blog este asunto ya les resultará
familiar y no es otro que el del cataclismo global que asoló la Tierra hace
unos 12.000 años y que autores como Graham Hancock defienden a capa y espada,
si bien esta idea ya había arrancado con fuerza en los años 60 con Charles Hapgood,
e incluso se podría remontar al siglo XIX, en los tiempos de Ignatius Donnelly.
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| ¿Un desastre natural de gigantescas proporciones? |
Recordemos que
según esta visión un evento cósmico, probablemente el impacto de un cometa,
provocó una reacción en cadena al final de la última era glacial, con la inmediata
fusión de gran parte de los hielos árticos, inundaciones gigantescas,
terremotos, tsunamis, erupciones, etc. Todo ello habría causado un tremendo
cambio climático –nada que ver con las estupideces y mentiras que nos venden
ahora– que quizá se llevó por delante a gran parte de la población humana del
planeta, incluyendo una hipotética civilización muy avanzada. De este modo, se
pasó de una etapa benigna de progresivo calentamiento al retorno de los rigores
de la era glacial más dura, con nieves, hielos e intenso frío. Este lapso climático
se denomina Dryas reciente y tuvo una
duración de unos mil años, durante los cuales desaparecieron muchas especies
animales y vegetales.
El investigador
inglés Andrew Collins estima que precisamente durante esta etapa los habitantes
de la región construyeron las ciudades subterráneas para resguardarse de las
inclemencias climáticas superficiales y disponer de un microclima con una
temperatura fresca pero estable, en el que –por cierto– se darían las
condiciones óptimas para la conservación de los alimentos. Collins también
apuntaba al detalle de que los niveles o zonas más antiguas de la ciudad eran
de mayor altura, lo que vendría a sugerir que los hombres de aquella época eran
bastante más altos. ¿Tal vez serían los famosos Cro-Magnon del paleolítico
superior, cuya altura media rondaría los dos metros? Estaríamos hablando de
meras conjeturas.
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| G. Hancock |
A su vez, Graham
Hancock visitó Derinkuyu en 2013 y su veredicto –expresado en Magicians of the Gods– fue que las
ciudades del subsuelo podían ser mucho más antiguas de lo que reconoce el
estamento académico, coincidiendo con Collins en que podían haber sido
construidas como refugio hace unos 12.800 años, en respuesta al terrible evento
cósmico que dio un vuelco al medio ambiente del planeta. Hancock añade que tal
vez los hábitats subterráneos, aparte de responder a las duras condiciones climáticas,
se crearon como protección ante el periódico bombardeo de pequeños fragmentos del cometa, que se alargó probablemente
durante siglos.
Pero el escenario
catastrofista no acaba aquí. El geólogo de la Universidad de Boston Robert
Schoch –que desde los años 90 está instalado parcialmente en la arqueología
alternativa– propuso hace no mucho otra visión no menos impactante. En este
caso, Schoch tiene en cuenta la hipótesis anterior, pero la desestima por falta
de pruebas de impactos de objetos celestes, y más bien cree que el verdadero
motivo para la construcción de las ciudades subterráneas fue un evento cósmico
de diferente naturaleza. Así, el geólogo estadounidense alude a la posibilidad
de un gran estallido o explosión solar, acompañado de llamaradas solares y eyección
de masa coronal (descarga de materia y radiación electromagnética en forma de
plasma), que habría ocurrido hacia el final de la última Edad del Hielo.
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| Actividad solar devastadora |
Schoch fundamenta su
interpretación en los trabajos de Paul LaViolette, según los cuales se ha
podido documentar los efectos químicos y radiactivos de este fenómeno en
sedimentos y núcleos de hielo analizados en diversos lugares, desde Venezuela a
Groenlandia. Otros recientes estudios, como los de Ted Bunch et alii,
han confirmado esa gran explosión solar y la han acotado temporalmente en una
antigüedad de 12.900 años. Aparte, Schoch se remite a las investigaciones emprendidas
por Heinrich e Ingrid Kusch, que han identificado en distintos puntos de Europa
la presencia de centenares de túneles –que incluyen habitáculos y salas de
almacenamiento– justo por debajo de los asentamientos neolíticos, con una
datación muy similar a la ya citada (hace unos 12.000 años). Con todo ello,
Robert Schoch construye un hipotético escenario en el cual los hombres de esa
época tuvieron que protegerse de la catástrofe ambiental producida por la
potente actividad solar desatada, y de ahí que buscasen refugio en el subsuelo,
excavando con gran pericia redes de túneles y hábitats estables bajo tierra.
Llegados a este
punto, ya podemos entrar de lleno en la segunda cuestión a debate, que es una
continuación directa de la primera: ¿Cuál es la auténtica antigüedad de estas
estructuras? Como hemos visto, las interpretaciones alternativas suponen la
negación de la versión académica, pues sitúan la construcción de estas ciudades
subterráneas en otro momento muy anterior de la historia; para ser exactos, de
la prehistoria. Para empezar, hay que remarcar que no es posible datar las
estructuras subterráneas en sí mismas por los métodos habituales, pues aquí se
trata de roca excavada y trabajada a golpe de pico y cincel. En cuanto a los
objetos o posibles restos óseos, hay que tener en cuenta que pueden haber sido
depositados durante muchos siglos –de forma “intrusiva”– por lo cual es muy
difícil datar el momento original de la excavación.
Lo que choca es
que, mientras que varios científicos académicos han reconocido que hay
evidencia hitita en los túneles y que por ello las dataciones deberían
remontarse al segundo milenio antes de Cristo, las autoridades culturales han fijado el horizonte frigio como el
momento original de la excavación. La verdad es que no se entiende mucho esta
postura, cuando todavía hay una duda o controversia científica sobre una
datación fiable. El historiador y arqueólogo turco Ömer Demir no sólo tiene en
cuenta la cronología hitita, sino que se atreve a remontar el origen de las
ciudades del subsuelo al final del periodo paleolítico. De este modo, viene a
confirmar las opiniones de los alternativos en el sentido de que las
civilizaciones de época histórica simplemente se encontraron con las
estructuras y las reaprovecharon y modificaron para sus necesidades en sus
respectivas épocas.
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| Una de las salas de la ciudad de Derinkuyu |
Demir sustenta su
opinión en varios elementos. Primeramente, se aprecian diferencias de estilo
entre los distintos niveles, lo que demuestra que hubo un cierto lapso temporal
entre las obras. Después, se observa que los niveles más antiguos no presentan
las típicas marcas de los utensilios al trabajar la roca, pues éstas
desaparecen tras muchos siglos de estar expuestas; en cambio, dichas marcas todavía
son observables en los niveles más modernos. Finalmente, está el problema de
localizar los materiales que fueron extraídos del subsuelo para crear las
cavidades. En este caso, no se han localizado en torno a Derinkuyu, sino que han
sido identificados en un río, a bastante distancia (26 km), lo que indica que
fueron arrojados a varios ríos de la zona para que se los llevara la corriente.
Pero lo más llamativo es que allí mismo se encontraron diversas herramientas de
piedra del paleolítico. En conjunto, no son pruebas definitivas, pero sí al
menos indicativas de que la ciudad pudo ser excavada muchísimo antes de lo
aceptado en el entorno académico.
Sea como fuere, no
tenemos realmente certezas acerca del momento fundacional de estas ciudades, y
el origen prehistórico no debería descartarse, aunque parezca algo forzado.
Ahora bien, hemos de recordar que las versiones alternativas sitúan la
cronología en función de la tesis del gran cataclismo de hace más de 12.000
años, pero no pueden aportar ninguna prueba directa de ello, ni una relación
causa-efecto indiscutible que justifique la creación de esas ciudades; son sólo
hipótesis. De hecho, aún abandonando la tesis oficial del “refugio en tiempo de
guerra”, quedan muchos cabos sueltos que se ofrecen a múltiples
interpretaciones y posibilidades.
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| Yacimiento de Göbekli Tepe (Turquía) |
Así pues, nos
podríamos preguntar quiénes excavaron estos complejos al final del paleolítico,
pues vistas la enorme cantidad de trabajo, la destreza y la ingeniería que
comportan estas estructuras no parece algo propio de cavernícolas primitivos,
los cazadores-recolectores de esa época. Además, llama mucho la atención la
capacidad de construir tantos complejos para tanta gente, si es que todos
fueron contemporáneos. Tal vez apelar a una civilización desaparecida sea
demasiado arriesgado, pero bien es cierto que en la misma Turquía tenemos el
yacimiento de Göbleki Tepe, cuya datación fiable se va más allá del 9000 a. C.
Y recordemos que se trata de un amplio conjunto de recintos o templos con
estructuras megalíticas y decoraciones en relieve. Todo esto era impensable
para el estamento académico hace unos años, pero ahora no pueden negar la
evidencia de una sociedad desarrollada anterior a la llamada revolución neolítica. Por tanto, es factible que estos
complejos subterráneos, que tienen algo de megalítico, puedan remontarse a esa
época tan lejana... y no tan primitiva.
Otro asunto es valorar
la capacidad de supervivencia en estos complejos y el tiempo que podían pasar
las personas sin salir al exterior. En efecto, parecen ser ciudades completas y
bien preparadas en las que poder subsistir durante periodos extensos, pero surgen
varios problemas, como la necesidad de recurrir a la alimentación vegetal (para
personas y animales) y de obtener materias primas, aparte del propio contacto
con el aire fresco y la luz solar. Si las condiciones externas eran durísimas
–y no sabemos hasta qué punto– tal vez el cultivo de plantas en superficie
sería inviable o problemático. Es obvio que se podría almacenar gran cantidad
de alimentos, la mayoría en seco, pero una población de miles de personas acabaría por consumir las
reservas en cuestión de meses. Por tanto, es complicado hallar un equilibrio entre
la tesis oficial –un refugio temporal– y la alternativa, que nos muestra
escenario poco menos que apocalíptico. Tal vez deberíamos pensar en alguna
solución intermedia, en que se podía combinar una reducida actividad exterior
con una más intensa actividad interior, a la espera de disponer de datos
paleoclimáticos más precisos.
Concluyendo,
considero que tanto las visiones ortodoxas como las alternativas se mueven
todavía en datos parciales e inseguros, y deben recurrir a especulaciones y
escenarios probables para tratar de dar una explicación coherente. No descarto,
empero, que ambas tengan su parte de razón, sin entrar en contradicciones, pues
el uso original pudo tener como motivo un problema climático, mientras que el
uso “histórico” pudo estar más relacionado con las guerras locales. Sólo el
tiempo e investigaciones más profundas podrán darnos pistas más sólidas sobre
estas asombrosas ciudades subterráneas de hace tantos siglos.
© Xavier Bartlett
2019
Fuente imágenes: Wikimedia Commons
Según
otras estimaciones, la cifra de habitantes podría llegar incluso a los 50.000.
BUNCH, T. et alii. Very high-temperature impact melt products as evidence for cosmic
airbursts and impacts 12,900 years ago. PNAS, June 2012.