viernes, 12 de julio de 2019

Descifrar antiguas escrituras: un difícil rompecabezas (1ª parte)



En esta entrada me voy a desviar un poco de la temática alternativa habitual, pero creo que vale la pena incidir en uno de los mayores problemas que afrontan tanto los investigadores académicos como los heterodoxos: el desciframiento de escrituras que dejaron de usarse hace siglos o milenios. Este asunto es fundamental para historiadores y arqueólogos, pues la escritura es el elemento que nos permite definir la frontera entre la prehistoria (sin documentos escritos) y la historia (con dichos documentos)[1]

Ni que decir tiene que disponer de esa documentación nos aporta un conocimiento más profundo de cualquier sociedad, pudiendo acceder a múltiples datos sobre su sistema político, su cosmovisión, sus creencias, su contexto social y económico, sus vivencias, sus hechos históricos, etc. Todo lo demás es la pura interpretación de los restos físicos que nos dejaron los humanos que nunca llegaron a desarrollar una escritura. Por eso, el descubrir una cultura antigua con alguna forma de escritura es todo un caramelo que invita a los máximos esfuerzos para poder extraer esa preciada información.

Sin embargo, la experiencia científica nos confirma que el desciframiento de escrituras arcaicas no es tarea fácil; generalmente ha sido un gran rompecabezas que a veces –tras muchos años de trabajo– ha podido ser resuelto… y otras tantas veces no. Ha habido grandes logros, pero también grandes fracasos. Más de un experto se ha devanado los sesos buscando las claves y jamás las ha encontrado, o ha lanzado alguna interpretación aventurada que no ha tenido el apoyo o consenso de sus colegas. Pero esta es la esencia de la arqueología, que suele trabajar con un material muy precario en cantidad y calidad, y por ello ni los mejores profesionales pueden alcanzar el éxito si no disponen de un marco de conocimiento sólido y suficiente, sin olvidar el papel de los golpes de suerte o las intuiciones. Después está el tema de los egos y la colaboración –o la falta de ella– a la hora de encarar el desciframiento, lo que puede acelerar o retardar los resultados.

Para situarnos, empezaremos por plantear los problemas más habituales que los especialistas han encontrado a la hora de descifrar con éxito una escritura desconocida:

1. Es necesario tener un mínimo de textos para poder emprender un desciframiento exitoso. Si no disponemos de un corpus abundante con el que trabajar en paralelo, hacer comparaciones y delimitar el alcance de la escritura, se hace muy complicado poder descifrarla. Hay que tener muchas palabras o signos, en textos variados y lo suficientemente largos. De lo contrario, podemos encontrarnos con interpretaciones parciales o pobres... o imposibles. Por ejemplo, la escritura del famoso disco de Faistos es única; no hay otro ejemplo de esta escritura en ninguna parte, aunque sí algunos signos parecidos hallados en otras inscripciones. Y a pesar de esta limitación, se han propuesto cientos de interpretaciones, algunas realmente muy audaces. Por cierto, hace años que planea la sombra del fraude sobre tal pieza, como ya expuse en otra entrada de este blog. 

El misterioso disco de Faistos, cuya escritura sigue sin ser descifrada (...suponiendo que sea auténtica)

2. Es fundamental identificar si los signos a descifrar representan conceptos o bien sonidos que se agrupan para formar palabras. Así, podemos tener un sistema ideográfico (representaciones de objetos o conceptos), o un sistema alfabético (fonemas), que a su vez puede estar compuesto de letras o sílabas. Normalmente, el primer sistema puede tener cientos –o incluso miles– de signos mientras que el segundo es mucho más limitado, ya que se refiere a consonantes y vocales, o algunas combinaciones entre ambas. Como norma, cuando la cantidad de signos identificados es muy alta se da por hecho que estamos ante un sistema ideográfico y cuando la cantidad es baja, ante un alfabeto. La cosa, no obstante, se puede complicar mucho, pues a menudo no es fácil dilucidar si estamos ante signos distintos o bien ante variantes de un mismo signo, y si esas variaciones tienen un impacto en términos de significado.

3. También se debe tener en cuenta la existencia de sistemas mixtos (con parte fonética y parte conceptual), como de hecho lo era la escritura jeroglífica egipcia. Por tanto, muchas veces el descifrador se enfrenta a los “dibujillos”, “trazos” o “garabatos” sin saber exactamente qué son, y el primer paso debe ser precisamente aclarar si se está ante ideogramas puros o ante letras, teniendo en cuenta que el simple dibujo del objeto (pictograma) se convirtió por evolución en glifo[2] (o jeroglífico), que ya tenía un valor fonético, antes de llegar al estadio “abstracto” de letra, pero ésta no es una regla universal, ya que muchos glifos se mantuvieron como conceptos mientras que otros llegaron a funcionar como fonemas individuales.

Tablilla con texto cuneiforme
4. Incluso cuando se consigue identificar los signos y darles un valor fonético, existe la dificultad obvia de no saber en principio a qué lengua representan. Muchos idiomas actuales se escriben con el alfabeto latino y los podemos “leer” –con más o menos acierto fonético– pero no sabemos lo que dicen a menos que conozcamos el código oral (la lengua en cuestión). Asimismo, no resulta muy complicado escribir la lengua que hablamos con las letras de un alfabeto distinto. Por ejemplo, puedo escribir castellano –con algunas adaptaciones– con el alfabeto griego; eso sí, no me pidan que traduzca un texto en lengua griega, porque no lo voy a entender ni en caracteres latinos ni en griegos. Esto se aplica igualmente a las lenguas arcaicas, pues algunos pueblos compartieron sistemas de escritura idénticos o muy similares (por ejemplo, el cuneiforme), pero para escribir lenguas bien distintas, con el agravante de que hace muchos siglos que dejaron de hablarse. Esto, por decirlo así, es hacer la mitad del camino. Este es el caso de la escritura etrusca, la cual podemos leer fácilmente (pues sus signos procedían de alfabetos ya conocidos), pero que nunca ha sido interpretada, a pesar de algunas certezas parciales.

5. Se debe trabajar con una hipótesis más o menos coherente sobre qué idioma puede haber detrás de una escritura, a partir de conocimientos históricos, arqueológicos y filológicos previos. Así, hay que suponer que la lengua a descubrir era propia de esa región en el tiempo en que se datan los textos, según las coordenadas espaciotemporales. De este modo, se pueden hacer intentos de comparación para casar los signos (o fonemas) de la escritura estudiada con los de la lengua base de la hipótesis. Este es un medio eficaz para avanzar en la labor, que incluye determinadas técnicas y métodos de estadística y criptografía para encontrar esas relaciones. En esta tarea a veces se dispone de inscripciones bilingües con una lengua conocida que puede ayudar mucho (pues se infiere que ambos textos deben decir lo mismo), pero raramente se dan estos casos, al menos en una cantidad representativa y útil. En otros, empero, resultan clave, como ocurrió con la Piedra de Rosetta.

Textos de las Pirámides
6. Llegados a una sólida comprensión sobre la escritura y la lengua que hay detrás de ella, siempre está el factor de incertidumbre o margen de interpretación. Como se trabaja con idiomas muertos que tienen –aunque no siempre– descendientes modernos (los cuales nos permiten reconocer la lengua arcaica), hay que considerar que la lengua ha evolucionado y que ha variado bastante con el paso del tiempo. Esto implica que no se puede estar seguro de todas las palabras, sonidos o significados, aparte de las pocas o muchas divergencias en cuestiones morfológicas, sintácticas o gramaticales. Con todo esto, cada experto acaba haciendo su propia interpretación según su conocimiento y criterio. Esta es la razón por la que existen traducciones diferentes de un mismo texto antiguo (por ejemplo, los Textos de las Pirámides).

A continuación, expondré a grandes rasgos algunas de las investigaciones más notables en este campo, que incluyen éxitos y fracasos, como es propio de la ciencia. Empezaremos por un caso muy famoso: el desciframiento de los antiguos jeroglíficos egipcios a cargo del francés Jean-François Champollion a inicios del siglo XIX.

A finales del siglo XVIII, la escritura egipcia jeroglífica era bien conocida por los eruditos europeos, pero eran incapaces de descifrarla pues había caído en desuso en época romana, y ya nadie la podía leer ni escribir. Todo cambió en 1799, cuando un oficial francés de la expedición napoleónica a Egipto descubrió la célebre piedra de Rosetta (Rashid), con una inscripción en tres escrituras: griego clásico, demótico y jeroglífico. Se intuía que el demótico era una evolución tardía del jeroglífico, pasando por el hierático, pero aún era tan ilegible como el jeroglífico. Por suerte, el griego era plenamente accesible, y así se supo que se trataba del llamado decreto de Menfis del año 196 a. C., que establecía el culto al faraón Ptolomeo V. El siguiente paso era pues comparar el texto griego con el jeroglífico (y secundariamente, el demótico). Muchos estudiosos iniciaron entonces una carrera por descifrar la escritura jeroglífica, pero sin conseguir grandes progresos ni una visión de conjunto. Entre estos, destacó el físico inglés Thomas Young, que avanzó con el demótico, identificó algunos nombres y aportó pistas muy acertadas, pero la fama estaba reservada para un solo hombre, el que obtuvo la clave definitiva.

Piedra o estela de Rosetta, con los textos jeroglífico (arriba), demótico (medio) y griego (abajo)

Jean-François Champollion, que era un joven erudito apasionado por Egipto, fue el que se llevó el gato al agua gracias principalmente a dos factores que ya habían sido insinuados por otros expertos: 1) considerar que la lengua de los jeroglíficos debía corresponder al idioma copto hablado sólo en Egipto, y 2) plantear que el jeroglífico era un sistema mixto, una mezcla de ideogramas puros (conceptos) y de signos que equivalían a fonemas. Ahora bien, la chispa que encendió la descodificación fue un golpe de intuición que no llegó hasta 1822. Champollion supuso que el texto jeroglífico debía reflejar lógicamente el nombre del faraón mencionado en el texto griego, que era Ptolomeo (Πτολεμαιοϛ - Ptolemaios). Entonces se fijó en los famosos cartuchos que encerraban varios jeroglíficos en su interior y pensó que podían contener el nombre del monarca. En tal caso, los jeroglíficos representarían más o menos fielmente un nombre extranjero (griego), con lo cual debería existir una correlación fonética entre los glifos egipcios y las letras griegas. Así pues, sustituyó las letras griegas por los signos jeroglíficos… ¡y casaban! No obstante, para estar seguro, tomó otra inscripción en jeroglífico de un obelisco sito en Londres que incluía una mención en griego a una reina Cleopatra y a otro Ptolomeo. Además, dado que ambos nombres tenían alguna letra en común, podía sacar conclusiones sólidas. Y una vez más, Champollion sustituyó las letras griegas de ambos nombres por los signos insertados en los cartuchos, ¡y de nuevo coincidían, con las letras comunes en sus correspondientes posiciones!

Texto jeroglífico con determinativos
De este modo, quedaba claro que bastantes de los jeroglíficos (sobre un total identificado de más de 700) funcionaban como fonemas individuales, aunque también había signos bilíteros y trilíteros que agrupaban vocales y consonantes. No obstante, otros muchos no tenían sonidos asociados, como el caso de los llamados determinativos. El caso es que Champollion, con esta base, pudo progresar y empezar a leer cada vez más nombres y palabras, que –como había supuesto con acierto– eran una versión muy arcaica del lenguaje copto propio de los egipcios. Con el tiempo, se definió un diccionario y una gramática del antiguo egipcio escrito en jeroglífico –y también en hierático y demótico– y se fueron descifrando las numerosas inscripciones del antiguo Egipto, que permitieron situar el uso de esta escritura entre el 3300 a. C. (en sus formas más simples) y el 394 d. C., por la última inscripción conocida. Aun así, todavía quedan a día de hoy ciertas lagunas o dificultades, como por ejemplo la omisión de vocales escritas, lo que obliga a suponer en muchos casos cuáles podrían ser las vocales que se pronuncian entre las consonantes.

Manuscrito copto
Sin embargo, toda la pericia filológica y los diversos textos bilingües no hubieran servido de nada sin la “colaboración” del pueblo egipcio. En efecto, la escritura sagrada se perdió en tiempos de la dominación romana, pero no así el antiguo idioma, pese a la presencia oficial del griego y el latín durante siglos. Más adelante, la invasión islámica supuso la arabización total del país, pero una pequeña parte del pueblo –aun adoptando la lengua árabe– no se convirtió al islam y preservó su creencia cristiana ortodoxa, que estaba fuertemente unida a la tradición mediante el uso ritual del idioma egipcio autóctono, derivado del que se hablaba en tiempos faraónicos. Esta lengua era el ya citado copto[3], que se convirtió en un valioso instrumento científico para los eruditos orientalistas y elemento indispensable para descifrar los jeroglíficos. En fin, sólo gracias a esta “resistencia cultural” se pudo conservar el legado lingüístico faraónico, y por tanto ni cien Champolliones o Youngs hubieran podido hacer nada sin disponer del antiguo idioma egipcio.

Como vemos, el caso del antiguo Egipto es un ejemplo de éxito completo[4], pues de ser un montón de ruinas mudas, maltrechas y olvidadas, el país del Nilo se ha convertido en objeto constante de investigaciones arqueológicas en los últimos 200 años, con la posibilidad de leer con garantías todos los textos de época faraónica. Sin embargo, una pequeña parte de la historia de Egipto nos ha quedado velada porque no se ha conseguido descubrir el secreto de otra escritura, la llamada meroítica, propia del reino de Kush (o Nubia), entre el sur de Egipto y norte del Sudán, cuya capital era la ciudad de Méroe. Esta región estuvo siempre muy ligada al devenir del Egipto faraónico e incluso durante un tiempo dominó todo Egipto, en época tardía. Sabemos que la escritura meroítica se empleó durante muchos siglos y que duró al menos hasta el siglo IV de nuestra era.

Lo cierto es que esta escritura no parecía muy compleja, pues se asemejaba mucho a los jeroglíficos egipcios (por una lógica influencia cultural), pero a un nivel mucho más simple. De hecho, los expertos, gracias a las inscripciones bilingües egipcio-meroíticas, observaron que los antiguos nubios usaron sólo 23 glifos, casi todos de origen egipcio, y los adaptaron –incluyendo una versión cursiva– a un sistema alfabético, en funciones de consonantes y vocales. El egiptólogo inglés Francis L. Griffith, ya en 1909, pudo descifrar la escritura con cierta exactitud, pero el problema principal –que a día de hoy aún persiste– es que la lengua de base no es el egipcio, pero tampoco el idioma nubio conocido ni otras lenguas africanas de la zona. Y por desgracia, en este caso no tenemos ningún “copto”, en forma de nubio arcaico, ni tampoco ninguna inscripción bilingüe de cierta extensión. Así pues, la pronunciación no supone mayores dificultades, pero en la práctica apenas se han podido identificar unos cuantos nombres y algunas palabras comunes en estos textos.

Figura humana y caracteres del Indo (parte superior)
Cambiando ya de continente, otra gran civilización primigenia, la civilización de Harappa o del Indo, sigue muda a día de hoy, pues su complejo sistema de escritura no ha sido nunca descifrado. El apogeo de esta cultura se dio aproximadamente entre el 2500 a. C. y el 1900 a. C. y tenemos testimonio de ésta en muchos yacimientos situados en Pakistán y el noroeste de la India, con unas pocas ciudades de relevancia, como Harappa o Mohenjo-Daro. Las investigaciones arqueológicas, a diferencia de Egipto, fueron aquí relativamente tardías, dado que esta civilización no fue descubierta hasta inicios del siglo XX y no tuvo una atención masiva, al menos al principio.

En cuanto a su escritura, se conocen unas 4.000 inscripciones –sobre todo en sellos– pero muchas de éstas son en realidad fórmulas repetidas (y bastante cortas), por lo cual no hay tanta variedad de textos. Los signos empleados son unos 425, de tipo jeroglífico, que van de los más naturalistas y figurativos a los más abstractos. Los intentos de descodificación han sido muchos –más de cien– pero no han ofrecido resultados satisfactorios. Los investigadores se han mostrado desconcertados ante dos cuestiones de fondo. Por un lado, ha habido mucha polémica a la hora de identificar qué lengua podía haber detrás de los signos. A este respecto, se han señalado dos grandes familias lingüísticas como posibles aspirantes: el protoindoario (del norte de la India) y el protodravídico (del sur de la India), pero sin ir más allá de las especulaciones; hay argumentos en pro y en contra de ambas. Por otro lado, algunos expertos creen que tal vez esta escritura sea en gran medida ideográfica pura y no refleje un lenguaje oral concreto. Así pues, por el momento, la escritura del Indo ni se puede leer ni mucho menos interpretar. Tan sólo se ha podido determinar la dirección de la lectura en las inscripciones, que es un pobre consuelo para tantos esfuerzos.

Comparativa Indo - Pascua
Lo que sí vale la pena mencionar es que el único referente similar a este sistema es la famosa escritura rongorongo, de la isla de Pascua. El parecido en los símbolos empleados es asombroso, y más aun teniendo en cuenta que muchos siglos y miles de kilómetros –todo un océano– separan ambas culturas, sin que haya de por medio ninguna escritura puente o que se relacione de alguna manera con los dos extremos. La verdad es que no sabemos qué clase de conexión existió entre ambos mundos –si es que la hubo– o si el parecido es fruto de la influencia de una cultura común primigenia. Sea como fuere, aludir a la mera casualidad resulta forzado, aunque no es descartable. Ahora bien, en este caso hablaríamos de un sistema de escritura común, pero no de un idioma común, pues los expertos afirman que la lengua del rongorongo sería de claro origen polinesio.

Aparte, en Pascua han existido otros problemas para el desciframiento, como la relativa escasez de textos (casi todos en tablillas de madera) y la indeterminación sobre la cronología de los textos conservados. La lástima es que sabemos que hasta hace un par de siglos aún había nativos que sabían escribir y leer el rongorongo, pero el conocimiento se perdió con la llegada de los occidentales a la isla a partir del siglo XVIII y sobre todo por el despoblamiento masivo producido a mediados del siglo XIX por la irrupción de los esclavistas. Así pues, por escaso margen de tiempo se nos escaparon las claves, que tal vez hubieran ayudado a aclarar también el tema del Indo. Para ampliar más los detalles de este asunto, recomiendo consultar el artículo que escribí sobre la isla de Pascua, disponible en este mismo blog. 

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] Se considera que la escritura apareció hace unos 5.000 años en Oriente Medio, si bien los expertos reconocen que en la Prehistoria ya existieron unas proto-escrituras muy simples.
[2] Literalmente, “glifo” significa signo tallado y, por extensión, escrito o pintado.
[3] El copto aún se emplea actualmente, pero sólo en el contexto religioso y se escribe desde hace siglos con un sistema mezcla de griego y demótico.
[4] Cabe señalar, sin embargo, que para algunos autores independientes críticos, como Slosman o Harvey, los jeroglíficos no fueron correctamente interpretados y que la egiptología moderna arrastra ese error o sesgo inicial.

5 comentarios:

CobaltUDK dijo...

Interesante, hace poco ví unos documentales/películas de la BBC sobre Champollion, Carter y un italiano del que no recuerdo el nombre, muy interesantes también.

¿Y qué hay del Íbero?

Xavier Bartlett dijo...

Hola Cobalt

El tema del ibero va en la 2ª parte del artículo, que todavía está "en la cocina".

Sobre el italiano que mencionas, y tal vez referido a la egiptología, se me ocurren tres nombres: Belzoni, Caviglia y Schiaparelli. Sobre todo los dos primeros aportaron bastante al inicio de la egiptología, aunque tenían más de aventureros y anticuarios que de científicos.

Saludos,
X.

CobaltUDK dijo...

Sí, disculpas, justo tras enviar el mensaje me di cuenta de que en el título ponía "1ª parte" y pensé que lo del íbero lo dejabas para la siguente.

El italiano del documental era Belzoni. Un tipo simpático.

José Luis Calvo Zabalza dijo...

Hola buenas.
Lo que conocemos como escritura se podría haber originado en diversos lugares, no solo en oriente medio que es la tesis "oficial". Lo que me ha llamado mucho la atención y no se difundido mucho son la llamadas Tablas de Tărtăria que algunos estudios "academicos" le dan mayor antiguedad que a la escritura cuniforme y con una cierta semblanza al protosumerio; relacionadas con la Cultura Vinca en la zona de los balcanes y el mar Negro. Culutura esta también estudiada y poco comentada(no será que pone entre dicho el origen las primeras culturas urbanas precivilizadas en Mesopotamia).
Un saludo y gracias.

Xavier Bartlett dijo...

Apreciado José Luis

Gracias por el comentario. La verdad, no sabía nada de esas "tablas de Tartaria", pero ya me informaré al respecto. Sobre la cultura de Vinca, tengo algunas nociones superficiales; lo cierto es que ni en mi etapa académica ni en mis lecturas alternativas se hablaba apenas de esta notable cultura europea, e ignoro el motivo de esa falta de atención.

Saludos,
X.