Mostrando entradas con la etiqueta Georgeos Díaz-Montexano. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Georgeos Díaz-Montexano. Mostrar todas las entradas

domingo, 19 de marzo de 2017

¿Existió el mítico oricalco de la Atlántida?


Ya es cosa habitual que con cierta frecuencia vayan apareciendo noticias, artículos, libros y documentales sobre la mítica Atlántida de Platón, un tema que la arqueología alternativa ha explotado hasta la saciedad desde casi todos los enfoques. A su vez, la arqueología académica se ha mantenido discretamente al margen por considerar que el relato de Platón es pura literatura, una ficción que hunde sus raíces en la mitología y que carece de veracidad histórica[1]. A este respecto, los expertos académicos se remiten una y otra vez a la falta de pruebas históricas, arqueológicas o geológicas mínimamente fiables que respalden la existencia del continente atlante y su fabulosa civilización.

Sin embargo, cualquier pista en forma de hallazgo arqueológico que pueda relacionarse con la Atlántida –aunque sea de manera especulativa o forzada– no deja de atraer tanto a los investigadores alternativos como a algunos arqueólogos ávidos de ofrecer grandes descubrimientos. En este sentido, hace apenas un par de años saltó a los titulares de los medios de comunicación el hallazgo de un pecio griego hundido en el Mediterráneo en el siglo VI a. C. que transportaba unos lingotes de un raro metal que supuestamente era propio de la Atlántida. 

Lingotes hallados en el Mar de Gela (fuente: Ansa)
Concretamente, la noticia hablaba de una nave griega hallada a poca profundidad y cerca de la costa, en el Mar de Gela (al sur de Sicilia), por un equipo de arqueólogos subacuáticos de la asociación Mare Nostrum. Entre los restos del pecio –ya localizado y explorado desde hacía algún tiempo– los buzos identificaron 39 lingotes de un metal dorado que despertó la atención de los expertos. El arqueólogo y Superintendente del Mar de la región de Sicilia, Sebastiano Tusa, declaró a los medios que se habían recuperado diversos objetos del cargamento del barco entre los cuales había abundante cerámica griega, una rueda de molino y una estatuilla de la diosa Démeter. No obstante, lo más valioso parecía ser el conjunto de esos 39 lingotes dorados, ya que se trataría de una prueba arqueológica de la existencia del metal llamado oricalco u orichalcum, un material que aparece citado en los diálogos de Platón –el Timeo y el Critias– en que se describe la Atlántida.

El dios Poseidón y los restos de la Atlántida
De hecho, en el Critias se dice literalmente: “...la isla les proporcionaba la mayor parte de las cosas necesarias para vivir; primeramente cuanto es extraído del suelo por la minería era sólido y fusible, y lo que ahora únicamente se nombra, entonces era más que un nombre, el oricalco, extraído de muchos lugares de la isla y el más preciado por los de entonces con la excepción del oro...”[2] Los atlantes tendrían en gran estima al oricalco por su reluciente brillo, que simbolizaría el fuego que poseía, y tendría un alto valor religioso dado que –según algunos cronistas de la Antigüedad– se empleaba en el culto a Poseidón (dios de los mares) y a otras divinidades del panteón griego. En cuanto a su origen, y según la etimología griega, oricalco significa “cobre de la montaña”, lo que de algún modo ha hecho considerar a muchos expertos en mineralogía que dicho metal era semejante al cobre o bien que era una aleación de cobre con otros metales como el zinc y el plomo, lo que se conoce desde tiempos de los romanos con el nombre popular de latón dorado.

Por de pronto, los análisis realizados sobre los lingotes hallados en los restos del pecio mostraron que, en efecto, contenían un alto porcentaje de cobre (hasta el 80%), en tanto que el 20% restante sería casi todo de zinc, con trazas de níquel, hierro y plomo.  Ahora bien, pese a que estos datos han llevado a algunos a afirmar que se ha descubierto el “auténtico” oricalco y que por tanto es una sólida prueba de la existencia de la Atlántida, habría que ser muy cautelosos y rebajar las expectativas planteadas, puesto que ciertos investigadores y medios de información tienden a sobredimensionar según qué noticias arqueológicas[3] y a extender el sensacionalismo simplemente para atraer más atención, patrocinios o lectores. Vamos a repasar pues las principales incógnitas acerca del oricalco y también algunas teorías más o menos atrevidas sobre este metal y su relación con la ubicación de la Atlántida.

En primer lugar, tenemos la gran duda de si Platón se inventó el oricalco –inspirándose quizá en algún metal conocido en su época– o si realmente se refirió a un metal auténtico. Para ser sinceros, a día de hoy sólo tenemos especulaciones, basadas en posibles relaciones entre diversos metales y aleaciones y el escurridizo oricalco. Tomando literalmente el Critias, que habla de la extracción del oricalco en muchos lugares de la isla (la Atlántida), deberíamos descartar la hipótesis de la aleación de varios metales, ya que la fuente habla de un solo material. Asimismo, Platón sugiere que ya en su época (siglo V-IV a. C.) el oricalco no era más que un nombre, esto es, que se había perdido en la noche de los tiempos. Aquí podríamos lanzar la conjetura de que se tratase de un metal que muy probablemente se extraía únicamente de las minas de la Atlántida y de ningún otro lugar, y que por tanto al desaparecer el continente-isla se habría perdido para el resto del mundo en una era remota[4].

Moneda del emperador Claudio en latón (oricalco)
En segundo lugar, aun pasando por alto la controversia de la aleación, no hay forma de equiparar el latón dorado al oricalco de manera segura. Podemos admitir que es una aproximación válida pero no disponemos de suficientes elementos de contraste para certificar esa relación. Ni siquiera los citados lingotes hallados en el mar de Gela son una prueba concluyente, puesto que vincular una aleación conocida y utilizada en el siglo VI a. C. –el auténtico latón dorado– con un metal supuestamente desaparecido muchos milenios atrás es un mero ejercicio especulativo. Así, sabemos que ese latón ya fue empleado en el Mundo Antiguo, por ejemplo, para acuñar monedas y para realizar objetos ornamentales de gran valor, y es muy posible que dichos lingotes estuvieran destinados precisamente a la acuñación de moneda. Pero nada parece sugerir, según las escasas referencias antiguas al oricalco, que este metal legendario tuviese la misma composición que el latón dorado; de hecho, nadie sabía exactamente en qué consistía el oricalco.

Otro asunto sería plantear que los tiros no fueran por ahí y que el oricalco fuese en realidad una cosa bien diferente de lo que propone la mayoría de expertos. En este sentido, se han formulado al menos dos vías alternativas, una “no metálica” y otra “metálica”, la cual incluye una cierta complejidad, dado que propone una hipótesis de trabajo bastante heterodoxa sobre el origen y la localización de la Atlántida.

Orfebrería tartesia (tesoro de El Carambolo)
Lo que sería la vía “no metálica” ha sido defendida por algunos investigadores que consideran que el oricalco no era en sí un metal (fuese en aleación o no) sino ámbar[5], una piedra semipreciosa, ya muy buscada y cotizada en la Edad del Bronce, que sería extraída en la región báltica y luego comercializada en el ámbito mediterráneo a través del casi mítico territorio de Tartessos, al sudoeste de la Península Ibérica. Esta hipótesis, desde luego, da por hecho que la Atlántida se debería situar en el Mediterráneo o muy próxima a éste –según la literalidad de la narración platónica– y que Tartessos podría tener una relación directa con la Atlántida, si es que no era ella misma, más o menos desfigurada o reinterpretada por Platón, que la habría tomado como modelo o inspiración para su historia. 

Y si nos olvidamos por un momento del ámbar, cabe resaltar que el sudoeste peninsular siempre ha sido una rica región minera con abundancia de diversos metales y con una avanzada metalurgia y orfebrería en la Edad del Bronce (época en la que se desarrolló la cultura tartesia). Sobre la identificación de Tartessos con la Atlántida ya escribí en su día un extenso artículo, sobre todo a partir de las antiguas investigaciones de Schulten y las más modernas de Díaz-Montexano, por lo cual me remito a ese material para no desviarme ahora del argumento sobre el oricalco.

De todas formas, aun reconociendo la alta valoración del ámbar en el Mundo Antiguo y su relación con las antiguas civilizaciones mediterráneas, tampoco podemos establecer conexiones con el oricalco atlante sólo porque el ámbar sea de color amarillo (o miel) y relativamente brillante. Además, se ha de tener en cuenta que en época de Platón el ámbar era un material bien conocido y apreciado, lo cual no casa con un metal del cual sólo quedaba el nombre. Pero, claro, si admitimos tácitamente que Platón se pudo tomar las oportunas licencias poéticas y literarias, casi todo es posible.

Paisaje del Altiplano boliviano
Si nos vamos ahora a la vía “metálica”, entonces se abren nuevas puertas a toda una visión alternativa sobre la Atlántida. Así, frente a los muchos que sitúan el mítico continente en el Mediterráneo o bien en medio del Atlántico, existe una corriente de investigadores que lo ubican en América del Sur (y más específicamente en los Andes), coincidiendo con las opiniones de algunos autores heterodoxos que propugnan el nacimiento de la civilización en aquellas tierras y no en Mesopotamia o Egipto. Uno de los representantes más destacados de esta línea de investigación es el cartógrafo británico James Allen, que ha estado varias veces en el Altiplano andino buscando las huellas de la Atlántida a partir del relato platónico.

En síntesis, lo que viene a exponer Allen es lo siguiente: Tomando la referencia de que la Atlántida estaba “más allá de las columnas de Hércules” (estrecho de Gibraltar) y que no hay ni hubo –en su opinión– ninguna isla grande o continente en medio del océano Atlántico, por fuerza Platón debía referirse a Sudamérica. A partir de este punto, Allen ha estudiado la descripción platónica y ha identificado la enorme llanura rectangular cercana al mar y rodeada por montañas con el Altiplano de los Andes, incluso con una cierta paridad en las medidas. Por otro lado, esta llanura contendría el famoso canal de unos 180 metros de ancho citado en los diálogos y que divide en dos esta vasta región.

Vista de Pampa Aullagas junto al lago Poopó
En cuanto a la capital de los atlantes, situada en la misma llanura y conectada al mar por el gran canal, Platón habla de un terreno elevado rodeado por unos anillos concéntricos de canales de tierra y agua. Esta localización específica, según Allen, se correspondería con un terreno elevado llamado Pampa Aullagas, junto al lago de Poopó, que tendría cierta semejanza en algunas dimensiones y formas (incluyendo supuestos canales circulares) con lo narrado por Platón, si bien no hay allí ninguna estructura artificial reconocible.

Puerta del Sol (Tiahuanaco)
Por supuesto, Allen contempla el escenario de que el paisaje actual sudamericano ha sufrido fuertes cambios a lo largo de los milenios y que posiblemente hace varios miles de años las aguas llegaron hasta esta zona, ahora muy seca, y que progresivamente se fueron retirando hasta quedar concentradas en unas pocas áreas húmedas y lagos, como el famoso Titicaca, situado junto al imponente enclave de Tiahuanaco. Así pues, para Allen y otros autores, Tiahuanaco podría ser un legado de la Atlántida, uno de los diez reinos que existían en el continente, y que entonces tendría incluso un puerto que lo conectara al océano, pues en la zona próxima de Puma Punku se han apreciado grandes estructuras que parecen embarcaderos o muelles. Además, algunas prospecciones subacuáticas realizadas en el Titicaca han señalado la presencia de bloques de piedra y posibles estructuras artificiales, lo cual demostraría la gran antigüedad de esos restos, que un día estuvieron lógicamente en la superficie. Y todo ello estaría en la línea de las primeras investigaciones a cargo del arqueólogo Arthur Posnansky, que dató el conjunto de Tiahuanaco en nada menos que 15.000 a. C. (una era “antediluviana”) a partir de unas observaciones arqueoastronómicas llevadas a cabo en el Kalasasaya[6].

No obstante, en lo que atañe propiamente al mítico oricalco, la investigación de Allen nos ofrece una pista nada desdeñable, aunque sin salir aún del ámbito de las conjeturas. En efecto, el Altiplano (sobre todo en Bolivia) acoge una riqueza mineralógica más que notable, lo que incluye la presencia de aleaciones naturales muy poco frecuentes o inexistentes en otros lugares. Y en entre esta variedad, cabe destacar que en las minas de Urukilia se halla una rara aleación pura de oro y cobre –que no existe en ningún otro rincón del planeta– con la que las culturas nativas de la región realizaron numerosos objetos de un característico brillo dorado.

Por un lado, este dato podría recordarnos al oricalco por el hecho de combinar cobre y oro, lo que se traduce en un brillo muy destacado y porque de alguna manera cumple lo expresado en el Critias: “era el más preciado con excepción del oro”. Pero, por otro lado, el texto platónico afirma que el oricalco se podía encontrar en muchos lugares de la isla (se debe suponer toda Sudamérica), lo que no concuerda con una localización tan específica. Y desde luego, todo ello dando por buena la identificación del Altiplano con la Atlántida, propuesta que ha sido totalmente desestimada por el mundo académico pero también por muchos investigadores alternativos.

Recreación artística de la Atlántida
Así pues, en conclusión, si descartamos que el oricalco perviviese en el Mundo Antiguo y fuese básicamente lo mismo que el latón dorado, no tenemos prueba alguna de la existencia o la naturaleza de este metal legendario, que tal vez fuera una aleación de cobre (con oro u otros metales) pero tal vez no. En cualquier caso, situar avanzados conocimientos de metalurgia hace más de 11.000 años parece algo bastante alejado de lo que la ortodoxia académica sostiene sobre la Prehistoria y la Edad de los Metales, a menos que queramos ubicar cronológicamente la Atlántida en una época mucho más moderna, como han apuntado diversos autores. Sea como fuere, se mantiene la eterna incógnita de situar la Atlántida en un lugar y un tiempo claramente reconocibles en el registro arqueológico, pese a las múltiples teorías y propuestas emitidas desde hace siglos hasta hoy en día. Entretanto, el valioso oricalco seguirá en el mismo limbo de indefinición que muchos otros elementos que el filósofo Platón atribuyó al mítico continente.

© Xavier Bartlett 2017

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] Asimismo, muchos expertos consideran que no era más que una metáfora moralizante o filosófica acerca de un estado ideal que se echa a perder por la falta de virtud.
[2] Critias, 114 e
[3] Véase al respecto el artículo “La arqueología como espectáculo” de este blog.
[4] Cabe recordar que Platón situaba la desaparición de la Atlántida 9.000 años antes de su época, siempre a partir del relato de Solón, a su vez basado en el relato de los sacerdotes egipcios.
[5] Originalmente, un tipo de resina vegetal fosilizada, principalmente de coníferas. Existen dos grandes centros de extracción de ámbar: Centroamérica y la Europa Nórdica.
[6] Por otro lado, es oportuno citar que los restos de esta ciudad apenas han sido explorados; se calcula que sólo se ha excavado un 5% del total. Pero algunos datos han llamado la atención del arqueólogo Neil Steede, que se ha fijado en unas grapas metálicas que unían los grandes bloques de piedra, y que –tras ser analizadas– mostraron ser una aleación de cobre y níquel, operación que precisa de una temperatura de unos 3.500º. Sin embargo, esta tecnología sólo estuvo disponible desde los años 30 del siglo pasado...

jueves, 12 de mayo de 2016

El despropósito de los “vehículos modernos” de Abydos


En mi libro “La historia imperfecta” ya dediqué un extenso capítulo al polémico tema de los llamados ooparts[1], que ha sido unos de los principales arietes empleados por los investigadores alternativos para arremeter contra el actual paradigma en historia y arqueología. Y lo cierto, según apuntaba en mis reflexiones, es que, con el tiempo, el tema –en vez de esclarecerse– parece haber sucumbido al más puro maniqueísmo, con dos extremos muy marcados: por un lado, la negación y el rechazo completo por parte del estamento académico y, por otro, la aceptación prácticamente incondicional de los autores y seguidores de la arqueología alternativa. Pero la realidad no es ni blanca ni negra, pues en muchos casos no es posible emitir un veredicto claro y definitivo sobre la naturaleza del objeto, ello por no hablar de los errores, confusiones o los simples fraudes.

Sea como fuere, tras el somero estudio de algunos de los ooparts más famosos (por lo menos en los libros del género y en Internet) llegué a la conclusión de que hay un cierto porcentaje de artefactos que podría tener una explicación razonable dentro del paradigma, otro significativo porcentaje que ofrece múltiples dudas y finalmente un grupo que parece eludir cualquier explicación lógica y que constituye genuinamente la categoría de ooparts auténticos: objetos que aparentemente están fuera de su contexto espacio-temporal, cultural, tecnológico... a falta de nuevas pruebas que puedan arrojar luz sobre su origen.

El controvertido fragmento con "vehículos modernos"
No obstante, por desgracia, y en aras del puro espectáculo o sensacionalismo, algunos autores han ido sacando a la palestra algunas “rarezas” del pasado y las han vendido al gran público como fantásticos ooparts. El resultado es que tales casos han corrido como la pólvora por el ciberespacio, donde suele haber poca crítica, contraste y ponderación, y sí mucho impacto, “humo” y difusión masiva. Entre estas rarezas que han hecho correr ríos de tinta y bytes destacaría sin duda los asombrosos vehículos o artefactos modernos que pueden verse en un friso de la primera sala hipóstila del templo de Seti I en Abydos (Egipto). Me estoy refiriendo, claro está, a la archiconocida imagen de unos objetos bautizados como “el helicóptero, el tanque y el submarino” (o avión, según otros)[2]. Y aunque el templo ya había sido descubierto y excavado a mediados del siglo XIX, nadie apreció nada raro hasta que en 1992 los autores europeos Peter Krassa y Reinhard Habeck[3] llamaron la atención sobre esas extrañas figuras, otorgándoles una  audaz interpretación totalmente ajena al contexto convencional del Antiguo Egipto.

Vamos pues a analizar este rimbombante y misterioso oopart, sobre el cual se han planteado varias hipótesis, a cuál más osada: ¿Disponían de tales vehículos los antiguos egipcios? ¿O simplemente estaban profetizando en piedra los adelantos tecnológicos del futuro? ¿O más bien estamos ante una muestra de tecnología extraterrestre dejada aquí por los dioses (léase astronautas de otros mundos)?

Vayamos por partes. Reconozco que la primera vez que contemplé tal imagen me quedé sorprendido por las aparentes formas “modernas” de los tres objetos, muy especialmente el “helicóptero”, que tenía una silueta muy similar a los helicópteros de combate[4]. Pero para ser sinceros, el llamado “tanque” es una aproximación mucho más libre a algo que recuerda vagamente a un carro de combate, con un cuerpo macizo y una breve plataforma superior o torre con cañón incluido. Por último, el tercer artefacto ya requiere de una gran dosis de imaginación para interpretarlo coherentemente. Se presenta como una forma más o menos ovoide con un timón o aleta posterior y con un claro perfil aerodinámico (o hidrodinámico), lo que ha sugerido que podría tratarse de un submarino o de una nave voladora, e incluso –rizando el rizo– podría relacionarse con algún tipo de ovni, según las clásicas tipologías de estos objetos[5].

Por lo tanto, el primer problema ya lo tenemos en la propia interpretación subjetiva que presentan estos objetos, ya que nuestros ojos contemporáneos nos hacen ver determinados artefactos modernos en unas formas difusas, lo que constituye un obvio prejuicio cognitivo. Si fuésemos realmente justos (y aún bastante generosos), sólo el perfil del helicóptero, con su cabina, rotor, palas, fuselaje y cola tendría un parecido razonable con un vehículo del mundo actual, mientras que los otros dos objetos son figuras más abiertas a otras lecturas de carácter más o menos técnico.

Templo de Seti I en Abydos
En cualquier caso, echando mano de una razonable dosis de escepticismo, me resistí a creer que los antiguos egipcios (estamos hablando de un templo del Imperio Nuevo, de la época de Seti I concretamente) se dedicaran a representar tales objetos en un templo, teniendo en cuenta que en ningún otra inscripción egipcia se había encontrado nada parecido. Uno está dispuesto a creer en un Egipto alternativo y oculto pero no a que le tomen el pelo con cosas que no cuadran por ningún sitio. Así, llegué rápidamente a la explicación dada por el arqueólogo y egiptólogo español Nacho Ares (nada sospechoso de estar cerrado a visiones heterodoxas), según la cual las extrañas formas observadas por Krassa y Habeck respondían al deterioro de unos jeroglíficos que tenían más de 3.000 años de antigüedad. Concretamente, Ares se refería a la superposición de dos textos de épocas distintas, que habían resultado mezclados al deteriorarse la capa superior, dando lugar a una peculiar distorsión de unos signos jeroglíficos bien conocidos por los egiptólogos.

Hasta ahí todo bien, y me resultó una explicación creíble y posible, sin necesidad incluso de aplicar la famosa “navaja de Occam”. Sin embargo, siempre me había quedado la duda del fundamento de esa argumentación técnica. Porque no sería la primera vez ni la segunda que el mundo académico recurre a una fácil y rápida exposición científica que desprestigia sin más la visión alternativa sin aportar datos concluyentes. De esto puedo dar fe tras haber estudiado  ciertos ooparts, que han sido despachados de mala manera por la ciencia ortodoxa con argumentos espurios, superficiales o que no vienen a cuento.

Afortunadamente, a efectos de cerrar cualquier atisbo de duda, he podido dar con una sólida explicación en clave egiptológica ofrecida por el atlantólogo hispano-cubano Georgeos Díaz-Montexano en un artículo titulado Los modernos artefactos de guerra del templo de Abydos: ¿profecías del futuro o un error de interpretación?, disponible en su sitio web (www.GeorgeosDiazMontexano.com). Este documento, ya publicado en 1995, deja bien a las claras que el resultado final que cualquier turista puede apreciar en el interior del templo no es más que un capricho del destino, al quedar expuestas partes de dos inscripciones distintas en un mismo espacio. Pero centrémonos ya en las razones expuestas por Díaz-Montexano.

En primer lugar, hay que resaltar que el templo de Abydos fue obra del faraón Seti I (el que primero mandó grabar o pintar las inscripciones), pero que luego su propio hijo Rameses (o Ramsés) II se “apropió” de esta construcción e hizo escribir su nombre sobre otras inscripciones previas, y esto es lo que ocurre específicamente en este caso.

Díaz-Montexano observó con agudeza que las figuras en cuestión no habían sido objeto de una manipulación o fraude moderno[6], sino que estaban así desde los tiempos faraónicos, y al contemplar la totalidad del friso –¡no sólo aquel fragmento!–  pudo apreciar que en efecto se daba allí la conjunción de dos inscripciones perfectamente legibles. Así, en un examen detallado pudo reconocer que se había superpuesto una inscripción de Rameses II sobre otra de su padre Seti (porque normalmente lo más nuevo debe estar por encima de lo más viejo). Esta práctica fue una costumbre habitual en Egipto, y tenía como fin borrar u oscurecer el nombre de los gobernantes anteriores, ya fuera para apoderarse de sus logros o para eliminar completamente su memoria por motivos políticos o de otra índole[7].

Estatua colosal de Rameses II
Así pues, el gran faraón Rameses, célebre por sus hazañas bélicas y por su esplendor monumental, no tuvo demasiados escrúpulos en usurpar la autoría del templo a su padre (o compartirlo, en el mejor de los casos) y colocar toda su titulación oficial por encima de la inscripción paterna. La propia egiptología ya sabía de este proceder; en palabras del egregio egiptólogo Sir Wallis Bugde: “...Rameses se dedicó a reparar los templos de Egipto y se preocupó de que su nombre figurara en una posición prominente en cada edificio que tocaba, Usurpó los monumentos de manera vergonzosa, y como resultado de sus restauraciones, han desaparecido, en muchos casos, completamente los nombres de sus fundadores...”

De este modo, con sus conocimientos de la lengua jeroglífica, Díaz-Montexano pudo dar con la clave del enredo, o sea, lo que no se suele explicar porque puede parecer demasiado técnico o culto para el público no versado en egiptología. Pero precisamente considero que –a pesar de esa dificultad (yo mismo desconozco el lenguaje y la escritura jeroglífica, aparte de unas nociones muy elementales)– es de justicia explicar las cosas tal como son para arrojar luz en un sentido u otro. Creo que esta es la posición científica correcta, ya que sin investigación, ni razonamientos ni pruebas, nos movemos en la penumbra y la incertidumbre, y esto debe aplicarse a todas las partes por igual en la controversia de los ooparts.

Cito pues la exposición del autor hispano-cubano sobre la porción de texto en que se produce la superposición:

“La misma comienza con el último subtítulo o subnombre que suele suceder al tercer nombre del rey HORNEBU, “Horus dorado “, y termina con el inicio del cuarto nombre de rey NESUT BITY, “Rey del Alto y Bajo Egipto”, compuesto por un tallo de “caña” y una “abeja “, ambos sobre un “montículo de tierra” o “tarta”. Ambos textos (el de Seti I y el de Ramsés II) fueron escritos de derecha a izquierda. El texto original puede reconstruirse como MAK IEPET - WAFU JASUT, “Protector del Templo (¿Abydos?) y Opresor de las Naciones” (nueve naciones), y el texto superpuesto se corresponde con el subtítulo DER PESEDYET PEDYUT, “Opresor de los Nueve Arcos (nombre tradicional dado a los países vecinos de Egipto) o de las Naciones del Mundo”.

De esta manera, el “tanque de guerra” es producto del jeroglífico fonético de la mano d de la palabra der (“opresor”) que ha quedado superpuesto sobre el jeroglífico que reproduce los sonidos iem o m y que se asemeja a un “cincel” o “cepillo” de carpintero visto de perfil. Éste reproduce el primer sonido del vocablo mâk (protector).

El supuesto “avión” no es más que el resultado de la superposición del jeroglífico de la boca r de la misma palabra der sobre los jeroglíficos fonéticos del brazo con la palma de la mano extendida hacia arriba â y la vasija k de la palabra mâk.

Y el “helicóptero”, sin duda un sorprendente efecto producido por la superposición del jeroglífico del arco (Pedyet) sobre los jeroglíficos del brazo con una vara en la mano (determinativo o taxograma de “fuerza” o “esfuerzo”), parte del brazo con la palma extendida â y la parte correspondiente a la cabeza y el lomo del “polluelo” w, que juntos conforman el nexograma wa, iniciales de la palabra wafu, que al igual que der, significa “sojuzgar”, “dominar”.[8]
Para ilustrar y apreciar mejor esta secuencia mezclada, adjunto a continuación dos gráficos procedentes del citado artículo en los cuales se evidencia que se trata de dos textos distintos que se montaron posteriormente al deteriorarse la capa superior. En el primero de ellos (fig. 1) podemos ver a la derecha el texto original de Seti, con su titulación correspondiente: Protector del Templo y Sojuzgador de las Nueve Nacionesentretanto, a la izquierda, se representa la titulación de Rameses: Opresor de los Nueve Arcos (o Naciones). 

figura 1
En la segunda imagen (fig. 2), tenemos una representación del resultado de la fusión accidental de ambas inscripciones. A la izquierda se muestra cómo se pueden ver en la actualidad e in situ los signos jeroglíficos en aquella parte del friso y a la derecha cómo se verían íntegramente sin ningún tipo de mutilación o deterioro. 

figura 2
Dicho todo esto, entiendo que esta estéril polémica debería estar ya superada y que algunos furibundos alternativos deberían bajarse del burro y reconocer el peso de los argumentos y las pruebas. Por tanto, no tiene ningún sentido seguir incidiendo en este auténtico despropósito, que –al mostrar tan crudamente su ignorancia, salida de tono y falta de criterio– mancha la buena imagen de muchos otros esfuerzos heterodoxos que tratan de dignificar la investigación en el campo de la arqueología alternativa.

El Osireion de Abydos
Quien esto escribe considera que ya es hora de situar la cuestión de los ooparts en un ámbito serio y riguroso, pero sin prejuicios ni fronteras. Lo cierto es que existen otros ooparts muy singulares en Egipto e incluso contemplo la posibilidad de que la propia escritura jeroglífica tal vez no haya sido correctamente interpretada. Pero nada de esto tiene que ver con supuestos helicópteros ni tanques. Y, por cierto, vale la pena mencionar que, puestos a ver ooparts, allá mismo, al lado del templo de Seti I, se erige el llamado Osireion, una obra atribuida a Seti por pura proximidad, pero que no contiene ningún jeroglífico, está construida en un estilo completamente distinto (con grandes bloques megalíticos de granito) y está varios metros por debajo del nivel del templo de Seti, lo que indica una mayor antigüedad.

A este respecto, es muy significativa la opinión del investigador alternativo Robert Bauval (de una entrevista concedida a la revista Dogmacero, en 2013):

“No hay duda de que es un monumento muy diferente a los que solemos encontrar en el Antiguo Egipto. [...] Por ejemplo, el templo de Seti I, justo al lado del Osireion, está repleto de relieves y jeroglíficos, mientras que el Osireion no tiene ni una sola inscripción, y además está construido con bloques gigantescos de granito, muy similares a los utilizados en Guiza, en especial en el Templo del Valle de Khafre. Se ha sugerido en los últimos tiempos que el Osireion podría pertenecer también a la IV dinastía, pero en mi opinión todos estos monumentos serían de una fase anterior a esta dinastía. Sabemos que en la IV Dinastía el uso de los jeroglíficos estaba extendido, como podemos ver en otros monumentos de Guiza (por ejemplo, en mastabas). ¿Por qué entonces estas construcciones carecen de jeroglíficos? [...] Además, existe un elemento curioso acerca del Templo del Osireion: el templo de Seti I, que está justo al lado, está mucho más elevado, al nivel del suelo actual. Esto se debe a la acumulación de sedimentos del río Nilo, que produjo una progresiva elevación del terreno. En cambio, el nivel del suelo original del Osireion se presenta varios metros por debajo, como también observamos en yacimientos como Nabta Playa. Por lo tanto estamos hablando de una fase muy anterior en la historia, de milenios o por lo menos siglos. Todas estas cuestiones deben ser abordadas sin el sesgo que los egiptólogos han vertido sobre estas construcciones, fijando una cronología basada en los monumentos cercanos, aun cuando no tienen nada que ver el uno con el otro. Cualquier ingeniero o arquitecto que vaya a este lugar, sin influencia alguna de la Egiptología, y vea estos dos monumentos, concluirá que corresponden a dos tipos de construcción, de ideología y de época muy diferentes.”
En fin, mucho me temo que tanto egiptólogos académicos como algunos fantasiosos autores alternativos están errando completamente el tiro a la diana. Más bien da la impresión de que los secretos o misterios aún no revelados del pasado más remoto tienen muy poco que ver con las versiones estereotipadas de la Antigüedad o con la visión distorsionada de nuestro mundo moderno, y así nuestros ojos nos seguirán engañando hasta que no aprendamos a percibir o imaginar otras realidades.

© Xavier Bartlett 2016 

Fuente imágenes: Wikimedia Commons y artículo de G. Díaz-Montexano


[1] Contracción de la expresión anglosajona “out of place artefacts”, o sea artefactos fuera de lugar (o de tiempo, para ser más precisos).

[2] Para añadir más confusión al asunto, en un libro sobre misterios del pasado (titulado “Enigmas de la humanidad”) se afirma que existe un cuarto objeto moderno, un “buque cañonero” (sic), pero pese a mis ímprobos esfuerzos no he podido identificar tal buque en el controvertido fragmento.

[3] Ambos investigadores son muy conocidos por haber popularizado como ooparts las famosas “bombillas de Dendera” (también en Egipto) o por haber estudiado las misteriosas pirámides chinas, sugiriendo que podrían ser de origen extraterrestre.

[4] Algunos expertos incluso se aventuraban a relacionar esta figura con los helicópteros de tipo Apache empleados por los norteamericanos.

[5] Para más detalle de las figuras, véase el breve vídeo de Nacho Ares realizado en templo de Abydos, disponible en: http://www.nachoares.com/dentro_piramide/el-templo-de-abydos/

[6] Al principio, muchos escépticos simplemente afirmaron que las imágenes presentadas habían sido retocadas o falsificadas, hasta que la final se tuvo que reconocer que no había existido ningún fraude físico, sino una interpretación fuera de lugar.

[7] Esta práctica se llama palimpsesto y también fue utilizada en otras civilizaciones antiguas. Incluso en nuestra época contemporánea se sigue borrando, rescribiendo o modificando inscripciones y monumentos por razones ideológicas.  


[8] Díaz-Montexano, G. Los modernos artefactos de guerra del templo de Abydos: ¿profecías del futuro o un error de interpretación. (páginas 2-3). 
Del sitio web: www.GeorgeosDiazMontexano.com.

lunes, 14 de septiembre de 2015

¿La Atlántida en la Península Ibérica?


Introducción



Aun en pleno siglo XXI, el mito de la Atlántida sigue despertando pasiones y preguntas sin respuesta, sobre todo en cuanto a su supuesta localización. Desde que Ignatius Donnelly, a partir de un exhaustivo trabajo documental, situara a este mítico continente en medio del Océano Atlántico, otros muchos autores –con argumentos y pruebas de todo tipo– han ubicado la Atlántida en diversos lugares del planeta, desde el Mediterráneo hasta Sudamérica, e incluso en el Lejano Oriente.

A. Schulten
Y entre las varias hipótesis y propuestas, quisiera destacar ahora una de ellas, que cobró fuerza a inicios del siglo XX, gracias al trabajo del arqueólogo alemán Adolf Schulten (1870-1960), que ejerció su profesión durante muchos años en España. Schulten, como otros investigadores anteriores y posteriores a él, creía que el relato de Platón, pese a contener indudables adornos poéticos, no era una metáfora moralizante, sino que describía con cierta precisión un lugar concreto. De hecho, esta misma concepción había llevado medio siglo antes a su compatriota Heinrich Schliemann a seguir al pie de la letra las indicaciones geográficas proporcionadas por Homero en la Ilíada e identificar así el emplazamiento de la mítica Troya, aunque aún a día de hoy muchos expertos reconocen que es muy difícil atribuir con seguridad los restos hallados por Schliemann a dicha ciudad.

Por lo que se refiere a Schulten, su interés por la Atlántida vino precedido por otra cuestión a caballo entre la arqueología, la mitología y la historia. Así, cuando en los años 20 estaba realizando un estudio de la obra Ora Marítima, del autor clásico Avieno[1], se fijó especialmente en una ciudad o civilización llamada Tartessos[2], ubicada al sudoeste de la Península Ibérica, en Andalucía occidental. El sabio alemán quedó atrapado por esta historia y empezó a investigarla a fondo, llegando a la conclusión de que sería posible hallarla mediante excavaciones arqueológicas, siguiendo fielmente las descripciones de las fuentes clásicas.

Este fue el gran empeño –casi obsesión– de Adolf Schulten durante muchos años, y pese a que llevó a cabo numerosas intervenciones en la zona del actual Parque de Doñana, nunca llegó a descubrir unos restos que pudieran atribuirse con seguridad a la ciudad de Tartessos; lo más notable que sacó a la luz fue un conjunto de ruinas que probablemente pertenecieron a un asentamiento pesquero romano. De todos modos, sus investigaciones –plasmadas en el libro Tartessos (1924)– pusieron las bases para un estudio metódico de esta cultura. De hecho, gracias a los trabajos arqueológicos a lo largo del siglo XX[3], Tartessos fue rescatada de su limbo casi mítico, ya que se la pudo relacionar con una cultura material de la Edad del Bronce y Primera Edad del Hierro del sudoeste peninsular, posiblemente fruto de la unión de una cultura local con unas claras influencias orientales, en particular, fenicias. En todo caso, actualmente los expertos consideran que Tartessos sería más bien un territorio y no una ciudad concreta.

Localización aproximada de la cultura de Tartessos

 

Adolf  Schulten y su hipótesis Tartessos = Atlántida



Lo que aquí nos interesa es que Schulten vio enseguida que bastantes características atribuidas por las antiguas fuentes a Tartessos venían a coincidir con muchos elementos citados por Platón al respecto de la Atlántida, lo cual aumentó el afán del arqueólogo alemán por descubrir las huellas de esta cultura[4]. Para sostener su hipótesis, Schulten propuso más de veinte similitudes, si bien algunas de ellas son un poco forzadas o incluyen factores altamente especulativos, hasta el punto de que la mayoría de expertos de su época juzgaron que había entrado directamente en terrenos fantasiosos. Vamos a exponer ahora de forma resumida estos paralelismos para que el lector juzgue por sí mismo[5].

  • La Atlántida se situaría más allá de las columnas de Hércules (Gibraltar) y se extendería por lo menos hasta Gades, coincidiendo con la ubicación aproximada de Tartessos.
  • La capital de la Atlántida se situaba en una isla formada por un triple anillo de agua; esto es, no estaba directamente en la costa. A su vez, Tartessos estaría en una isla situada en la desembocadura del río Betis (Guadalquivir). En otras palabras, ambas ciudades se situarían en un canal o estuario que las comunicaría con el mar abierto[6]. Las naves más grandes arribarían a la ciudad navegando por dicho estuario, del mismo modo que los barcos actuales remontan el Guadalquivir. Además, la distancia dada desde el principio del estuario hasta la ciudad, unos 50 estadios (poco más de 9 kilómetros) sería sorprendentemente coincidente en ambos casos.
  • El foso alrededor de la capital atlante descrito por Platón sería en realidad un río, con su típica desembocadura fluvial, lo que se relaciona con la desembocadura del Guadalquivir. Schulten aporta nuevamente la semejanza de las medidas: el ancho del foso era de un estadio (185 metros) mientras que el ancho medio del río andaluz se calcula en unos 200 metros.
  • La descripción de la llanura atlante se parece mucho al territorio atribuido a Tartessos. Schulten recurre aquí a las dimensiones aportadas por Platón y a la descripción de que la llanura “estaba totalmente rodeada de montañas”.  Para el arqueólogo alemán, estaba claro que se estaba hablando de una buena parte de la Andalucía occidental, si bien aquí estaba especulando con el espacio ocupado realmente por el imperio tartessio. En su visión, todo cuadraba: “Los 3.000 estadios de la longitud del terreno coinciden respecto a la longitud (Este-Oeste) del imperio tartessio que se extendía desde el Guadiana hasta el Cabo Palos (costa oriental) [...] Los 2.000 estadios de anchura (Norte-Sur) medidos en el centro contando desde el mar, es decir, hacia el interior, coinciden para la latitud del imperio tartesio, midiendo desde el estrecho hacia el norte hasta el Guadiana.” Además, la llanura atlante estaría cruzada por multitud de canales, a la vez conectados por otros canales transversales, lo cual él relaciona con lo que el autor clásico Estrabón dijo acerca del valle del Betis, surcado por una red de canales, que deberían estar ya presentes en los tiempos de Tartessos.
  • La gran riqueza de la Atlántida también está reflejada en la riqueza y prosperidad de Tartessos. Según los antiguos relatos, Tartessos era sin duda la ciudad más rica de Occidente, en gran medida gracias a la extracción y comercialización de metales. Así, las fuentes nos hablan de abundancia de plata, oro, hierro, cobre... Todo ello vendría a coincidir con lo que Platón dijo sobre la Atlántida, cuyos mayores recursos serían precisamente los metales. En este sentido, Schulten cree que el metal llamado oricalco, considerado en la Atlántida tan valioso como el oro, sería en realidad el bronce, aleación muy usada en Tartessos. Por otro lado, la Atlántida también tendría otros recursos naturales, como frutos de la tierra, árboles (bosques) y animales. A este respecto, Schulten considera que esto es equiparable con el paisaje y la riqueza natural del valle del Betis, tomando como fuente a Estrabón. En particular, cita los toros sagrados de Poseidón y los compara con los toros del rey tartesio Geronte; todo ello tendría su explicación en el contexto mediterráneo, pues el culto taurino procedería de Creta y se habría extendido a Occidente. 
 
Pieza del tesoro de El Carambolo, atribuido a Tartessos

  • Como secuela de lo anterior, Schulten aprecia que la cultura atlante tiene marcadas influencias del mediterráneo oriental (costumbres, monumentos, arte, objetos, etc.), en particular de Creta, y estas mismas influencias se pueden observar en la cultura tartessia.
  • Para Schulten, no hay duda de que el imperio de la Atlántida, de carácter marítimo, se corresponde con el imperio de Tartessos, cuya influencia llegó hasta Asia e incluso hasta Gran Bretaña. Así, Platón decía que la Atlántida traficaba “con otras islas del Océano y desde éstas con el continente de enfrente”[7]. El arqueólogo alemán interpreta que tales islas debían ser las Casitérides, islas estanníferas próximas a Gran Bretaña.
  • Según Platón, los atlantes tenían una gran columna de oricalco en la que habían grabado sus antiguas leyes, dictadas por Poseidón. Schulten retoma de nuevo a Estrabón y saca a relucir que los tartessios también tenían antiguas leyes escritas en forma métrica con una antigüedad de 6.000 años.
  • La Atlántida estaba regida por reyes, y siempre por el hijo mayor, exactamente igual que en el caso de Tartessos.
  • La Atlántida tenía una fortaleza o castillo real, lo que coincidiría con un cierto Arx Gerontis de los tartessios. Se trataría de una fortaleza situada en la desembocadura del Betis, según Avieno.
  • La Atlántida se hundió de forma repentina tras un terremoto. Schulten ve aquí el fin fulminante de Tartessos, destruida tras la invasión cartaginesa[8].

En definitiva, Schulten creía que lo que de verdad hizo Platón fue novelar o maquillar una realidad histórica conocida por los griegos, tomándose las licencias literarias oportunas pero describiendo con fidelidad lo que había sido el imperio de Tartessos, en especial en los detalles geográficos. No obstante, parece claro que Schulten también se tomó sus licencias y que muchos de sus razonamientos son conjeturas o comparaciones asentadas en la necesidad de encajar el relato de Platón con la cultura de Tartessos, escogiendo selectivamente los datos que más o menos cuadran y desechando todo aquello que no tiene encaje. Lo cierto es que, puestos a buscar datos anómalos, la extensión completa de la Atlántida sería realmente muy grande (como el norte de África y el Oriente Medio juntos) y de una antigüedad más que considerable, pues Platón dice que el fabuloso continente había desaparecido a causa de un gran cataclismo 9.000 años antes de su era[9], lo cual nos sitúa en una fecha aproximada de 9.500 a. C. Por tanto, ninguno de estos dos datos puede casar bien con lo que conocemos de Tartessos.

 

La aportación de Díaz-Montexano



Paisaje del Parque de Doñana
Sea como fuere, los esfuerzos de Schulten por equiparar la Atlántida con Tartessos no cayeron en saco roto. Así, en los primeros años de este siglo se ha producido un fuerte revival de esta polémica de la Atlántida en la Península, nuevamente en relación con Tartessos. Cabe decir que a nivel mediático se produjo un cierto revuelo en 2007 cuando apareció un tal Rainer W. Kühne, un joven investigador alemán, con una serie de fotografías cenitales de la zona de Doñana –más concretamente en la Marisma de los Hinojos– según las cuales se podrían apreciar estructuras cuadrangulares y circulares concéntricas, al estilo “atlante”, en línea con el relato platónico. Y a raíz de estos indicios, en 2009 la National Geographic Society patrocinó una expedición arqueológica dirigida por el profesor norteamericano Richard Freund, cuyas labores y conclusiones, reflejadas en un documental (“Finding Atlantis”: Descubriendo la Atlántida), tendieron más al espectáculo televisivo y al sensacionalismo que al rigor científico. Pero en realidad, toda esta polémica, iniciada por Kühne y seguida por Freund, se había basado en observaciones previas del  investigador independiente hispano-cubano Georgeos Díaz-Montexano, al cual sí vale la pena dedicarle cierta atención.

Díaz-Montexano[10], de hecho, lleva muchos años estudiando a fondo el mito de la Atlántida, tema que ya le interesaba desde la adolescencia. Su investigación, plasmada en varios libros y artículos, ha combinado la revisión de diversas fuentes antiguas, el trabajo de campo, el estudio filológico y la observación de fotografías aéreas y de satélite de la zona de Doñana. Este autor, que se autodefine como atlantólogo, planteó sus primeras hipótesis a partir de su propia traducción de los diálogos de Platón Timeo y Critias, dado que él cree que tales diálogos fueron tergiversados y mal traducidos por los copistas medievales.

Libro de Georgeos Díaz-Montexano
Así, afirma que la narración sobre la Atlántida no era ninguna alegoría, ya que el propio Platón la describe como “historia verdadera”, vinculada a una realidad geográfica específica. En cuanto a su naturaleza y localización, Díaz-Montexano considera que no que sería propiamente un continente sino una isla o territorio insular que estaría ubicado entre Iberia, el norte de África y las islas Madeira, justo después del estrecho de Gibraltar (“las columnas de Hércules”). A este respecto, el autor se basa en la literalidad de la expresión griega pro tou stomatos (“ante la boca”), que a su juicio ha sido mal interpretada como más allá (de las columnas de Hércules) cuando pro debe traducirse como “ante”, “delante” o “frente a”, lo cual indica exactamente que estaba a la vista, muy cerca de Gibraltar. Por tanto, si se quiere ser fiel a Platón, el único lugar donde podía estar la Atlántida sería esa porción de territorio adyacente al estrecho, antes de la conocida ciudad antigua de Gadir o Gades (Cádiz).

En lo referente al final de la Atlántida, Díaz-Montexano contempla la posibilidad de que la Atlántida-Tartessos hubiera sido arrasada por algún tsunami en época antigua. A este respecto, se apoya en ciertos estudios geológicos que apuntaban a un posible tsunami en aquella región, acaecido hacia 1.500 a. C., lo cual obligaría a reubicar cronológicamente la antiquísima fecha ofrecida por Platón, que muchos autores han considerado del todo equivocada o mal interpretada[11]. En este sentido, y a pesar de un primer escepticismo y rechazo ante esta propuesta, unos investigadores de la Universidad de Huelva y del CSIC confirmaron hace pocos años, a partir de unas muestras del subsuelo de las marismas de Doñana, que podrían haberse producido por lo menos dos tsunamis en aquella zona, uno en las fechas apuntadas por Díaz-Montexano y otro más tardío, en el siglo III después de Cristo.

En resumen, Díaz-Montexano, siguiendo fielmente el relato original de Platón, considera que muchos estudiosos han cometido serios errores y exageraciones que se han perpetuado hasta la fecha y que han desvirtuado la descripción real de la Atlántida. Así pues, él remarca los siguientes puntos “desmitificadores”:

  • Que Platón no es la única fuente de la Atlántida. Existen referencias más antiguas y autores que hablan de la Atlántida y que no parecen tener conexión con el filósofo griego[12].
  • Que la Atlántida no es una mera fábula o metáfora política de Platón, sino que existió realmente en un contexto histórico antiguo.
  • Que la Atlántida no fue una super-civilización muy avanzada con alta tecnología, con cristales como fuente de energía o máquinas volantes.
  • Que la Atlántida no era una gran masa continental, sino una isla o península.
  • Que la Atlántida no estaba “más allá” de las Columnas de Hércules (se interpreta en pleno Atlántico) sino delante de éstas, esto es, cerca de Gibraltar. Además, no se correspondería al tamaño de Asia y Libia juntas; sería simplemente la isla mayor.
  • Que la Atlántida no fue la cuna de la civilización egipcia.
  • Que la Atlántida no se hundió completamente a causa de una erupción volcánica[13]. La descripción de los hechos se ajusta más a lo que conocemos por un tsunami.

Con todo, más allá de los trabajos filológicos y los estudios geológicos, es de destacar una contribución concreta de Díaz-Montexano al referirse a unos restos arqueológicos tangibles (nada de indicios o supuestas formas apreciadas a través de fotografía aérea) que podrían asociarse a la Atlántida. Así, Díaz-Montexano ha apreciado un claro paralelismo entre las estructuras halladas en el yacimiento de Marroquíes Bajos (Jaén) y la forma de la acrópolis de los atlantes, según lo descrito por Platón. En efecto, este yacimiento andaluz –que se ha datado en un horizonte que va desde el Calcolítico (Edad del Cobre) hasta la Edad de Bronce– presenta una organización urbana en cinco fosos circulares concéntricos, a través de los cuales se canalizaban las aguas para ser distribuidas a las viviendas, siendo su núcleo una isla central o acrópolis, al estilo de la Atlántida. Por otra parte, por las características de la obra, no parece que tal estructura fuese un ensayo, sino la reproducción de un patrón ya conocido, quizá aplicado por vez primera en una ciudad de mayor tamaño, la que sería propiamente la urbe atlante (¿o Tartessos?).

Inscripción tartésica
Por supuesto, los críticos han objetado que tal poblado estaría muy lejos de mar aún en épocas antiguas y que es prácticamente imposible que fuera afectado por un tsunami. No obstante, Díaz-Montexano cree que este podría ser el modelo arquitectónico de las ciudades de una rica civilización occidental de la Edad del Cobre-Bronce, que Platón habría atribuido a los atlantes, o sea, los habitantes de la región atlántica. Además, el investigador hispano-cubano alude al descubrimiento de una pieza de cerámica, hallada en Jaén y datada a finales de la edad del Bronce, en la que se puede ver pintado el diseño de una ciudad estructurada en círculos concéntricos con un canal central, lo que reforzaría la semejanza con las descripciones de Platón. A este respecto, Díaz-Montexano señala que se tiene constancia de un motivo similar (anillos concéntricos) representado en muchos objetos de civilizaciones del área mediterránea (minoicos, micénicos, fenicios, griegos...), pero no con el canal central, lo cual indicaría que la cerámica de Jaén –y otros hallazgos afines en la Península Ibérica– sería la muestra de la relación directa entre la Atlántida e Iberia.

Conclusiones


Finalmente, queda en el aire la pregunta: ¿Fue Tartessos la Atlántida o simplemente un poderoso reino occidental tomado por Platón como inspiración? Vayamos por partes. Por un lado, tenemos las fuentes históricas que hablan de Tartessos, que –gracias a varios hallazgos arqueológicos– ha podido asociarse con cierto grado de certeza a una cultura de la Edad del Bronce en el sudeste de la Península Ibérica. En realidad, como ya hemos señalado, los expertos creen que más bien se trataría de un amplio territorio más que de un enclave específico (una ciudad al estilo de Gades[14]). Este reino podría haber sido la cultura ibérica más rica y avanzada de su tiempo, sobre todo por la potente influencia de los colonizadores mediterráneos, básicamente fenicios, y por sus recursos mineros y naturales.

Ahora bien, no sabemos exactamente cómo desapareció o decayó esta gran cultura, si bien la mayoría de opiniones apuntan a la conquista cartaginesa, en el marco de la lucha de las potencias coloniales por el control del Occidente mediterráneo. Lo que sí parece claro, según las crónicas históricas, es que este final o decadencia se produjo a inicios de la Edad del Hierro y no en la época del supuesto tsunami (hacia 1500 a. C.) y muchos menos 9.000 años antes de Platón, si bien aquí volveríamos a tocar la controversia de la cronología. Además, desde el punto de vista histórico y arqueológico, vemos que tras la caída de Tartessos se aprecia una cierta continuidad cultural en la misma región, constatada por la presencia de dos pueblos ibéricos bien conocidos, los turdetanos y los túrdulos.

Recreación artística de la Atlántida
Por otro lado, tenemos las varias semejanzas ya mencionadas con el relato de Platón, que en su momento inspiraron a Schulten y después a otros autores modernos. De todos modos, hasta la fecha nadie ha sido capaz de aportar pruebas definitivas sobre la hipotética ubicación de Tartessos, entendida como la gran capital de la Atlántida. No obstante, los indicios hallados en Doñana a principios de este siglo son significativos, pues –aparte de las controvertidas fotografías– el CSIC ha realizado en la zona prospecciones con georradar y catas sedimentológicas que parecen apuntar a la existencia de ciertas formaciones regulares en el subsuelo, si bien no ha sido posible determinar que se trate de restos arqueológicos antiguos. Muy recientemente la polémica se ha avivado a raíz de las declaraciones del investigador local Manuel Cuevas, que dice haber localizado una gran ciudad de unos 8 km2 en la zona de la Algaida (cerca de Sanlúcar de Barrameda, Cádiz), con varias estructuras de gran tamaño y una distribución en anillos concéntricos.

Por supuesto, nada de esto tiene valor hasta que no se realicen las correspondientes excavaciones arqueológicas y se pueda identificar ante qué tipo de yacimiento estamos (si es que hay tal), sobre todo en términos culturales y cronológicos, para determinar si esa supuesta ciudad se puede datar en la época del Calcolítico o Bronce o si es más moderna. Recordemos que también Schulten estuvo excavando en Doñana durante varios años y no pudo encontrar nada propiamente tartésico (y por consiguiente, “atlante”, según su teoría). Por lo tanto, hemos de tomar todas estas noticias con cierta prudencia, a la espera de que podamos por fin hallar una gran ciudad tartésica en la zona en cuestión, que a su vez sea asimilable a la Atlántida narrada por Platón.

Por de pronto, siempre quedará como elemento polémico la cuestión del tamaño de la Atlántida y del desfase cronológico, que –visto lo visto– parece ser bastante moldeable, a gusto de las teorías de los autores. Sin embargo, creo que es razonable considerar una tercera vía, esto es, que ni la Atlántida fue una mera invención ni que fue una inequívoca realidad geográfica e histórica, sino una combinación de ambas. Así pues, no resultaría descabellado pensar que Platón –a fin de ilustrar su alegoría de tipo político– echara mano de una realidad histórica ya antigua en su época, bien conocida por los egipcios, griegos y otros pueblos mediterráneos: la existencia de Tartessos, un opulento y lejano reino atlántico, típico de la Edad del Bronce, que pudo haber servido de base para construir su narración. Después, habría maquillado o adaptado los hechos y detalles con las oportunas licencias literarias, magnificando quizá una exótica cultura ibérica para convertirla en una gran potencia de un remotísimo pasado.

© Xavier Bartlett 2015



[1] Se trataba de una descripción del litoral de la Península Ibérica basada en un antiguo periplo griego del siglo VI a. C.

[2] Según algunos investigadores, la ciudad llamada Tarshish o Tarsis en la Biblia también se referiría a Tartessos, pero no habido consenso al respecto, dado que otros autores la sitúan en regiones orientales o tropicales.

[3] Entre ellos cabría destacar el hallazgo del tesoro de El Carambolo.

[4] Aquí es de justicia señalar que la posible presencia de la Atlántida en la Península ya era una teoría antigua, propuesta desde la Edad Media y mantenida por algunos autores a lo largo de los siglos a partir de narraciones mitológicas. Con todo, hay que reconocer que nunca antes de Schulten se había hecho ningún estudio científico o sistemático sobre tal cuestión.

[5] Fuente: SCHULTEN, A. “Atlantis”. Revista Ampurias, nº 1. Barcelona, 1939.

[6] Schulten remarca en este punto que Platón, en vez de ceñirse a la costumbre griega de construir las ciudades en la costa, describió una situación distinta, lo que da tintes de mayor realismo.

[7] Algunos autores han sugerido que ese continente “al otro lado” era en realidad el continente americano, que ya sería pues conocido en el Mundo Antiguo

[8] Cabe reseñar que las noticias históricas sobre Tartessos acaban hacia el 500 a. C., con lo cual la historia de esta ciudad sería relativamente próxima a los tiempos de Platón.

[9] Para ser exactos, no lo dice así literalmente, pero sí enmarca esta destrucción en la guerra entre Atenas y la Atlántida, y por consiguiente éste debería ser el marco temporal de referencia.

[10] Véase su sitio web: http://www.GeorgeosDiazMontexano.com

[11] Bastantes investigadores atribuyen el error a asumir que la cifra dada se refiere a años solares, cuando en realidad se estaría hablando de meses, lo cual reduciría considerablemente la antigüedad de los supuestos hechos, hasta situarlos en el segundo milenio antes de Cristo.

[12] La mayoría de expertos, empero, insisten en que Platón es la única fuente original y que todo lo que se escribió después procede de algún modo de su relato. No obstante, en muchas civilizaciones y épocas se ha mencionado un mito muy parecido, por no decir idéntico, a la destrucción de la Atlántida.

[13] Díaz-Montexano descarta totalmente la extendida hipótesis de la erupción de la isla de Santorini como modelo para Platón. Ni su situación ni su tamaño concuerdan con el relato platónico, que además sólo habla de un desastre acuático (el posible tsunami), sin referencia alguna al fuego o erupción volcánica.


[14] Sin embargo, algunos investigadores propusieron que la propia Gades fenicia habría sido la urbe principal de Tartessos.