jueves, 19 de octubre de 2017

El misterio de las vasijas megalíticas de Laos


En este blog he tratado ampliamente el tema del megalitismo, que todavía encierra muchas incógnitas sobre su origen y propósito, aparte de la discutible datación absoluta de los monumentos o la explicación técnica de cómo se erigieron (en una era supuestamente precaria en métodos y herramientas). Lamentablemente, la arqueología convencional ha despachado a veces los puntos más oscuros bien con el silencio bien con explicaciones demasiado fáciles o especulativas. En este sentido, una vez más debo insistir que no se trata de menospreciar el genio de las culturas del remoto pasado, sino de situar las cosas en su justa medida y de no sacar balones fuera cuando se ve que las explicaciones académicas son claramente insatisfactorias.

En este artículo me referiré a unos megalitos[1] relativamente poco conocidos que se encuentran dispersos en un amplio conjunto de yacimientos arqueológicos –hasta 400–en la llamada “Llanura de las Tinajas[2]”, en la provincia de Xiang Khoang (Laos). Aquí, frente a la tipología habitual de megalitos de otras partes del mundo, hallamos unos objetos de piedra de enormes proporciones, muy curiosos por su forma de vasija, ánfora o tinaja, normalmente cilíndrica (a veces ligeramente abombada) pero también cuadrangular. Todos ellos están semienterrados y diseminados al azar –algunos solos y otros agrupados– sobre el terreno. El yacimiento más famoso, cercano a la localidad de Phonsovan, tiene unas 25 hectáreas y cuenta con 334 tinajas de distintos tamaños, si bien hay otro emplazamiento mayor –llamado Sitio 52– con 392 tinajas. Por desgracia, bastantes de estos yacimientos son peligrosos e inaccesibles a los investigadores y al público porque están plagados de bombas no explotadas, lanzadas durante la guerra de Vietnam por los norteamericanos[3].

Ubicación de la Llanura de las Tinajas (Laos)
Las primeras referencias en el mundo occidental sobre estas tinajas de Laos proceden del arquitecto francés Henri Parmentier, que las visitó en 1923 y dijo haber recogido algunos objetos y huesos humanos en unas pocas de ellas. No obstante, los primeros estudios arqueológicos sistemáticos en la zona se remontan a 1931, cuando su compatriota la arqueóloga Madeleine Colani realizó una amplia documentación de estos monumentos, excavando hasta doce yacimientos de tinajas. Asimismo, excavó una cueva próxima donde encontró algunos huesos humanos, cenizas y artefactos de bronce. Colani publicó sus hallazgos en 1935 bajo el título “Los megalitos del Alto Laos” y a partir de aquí pocas investigaciones se han sucedido hasta la actualidad. Realmente no se ha avanzado apenas nada, con el gran problema ya mencionado de la peligrosidad del terreno.

Básicamente, la explicación académica nos habla de unos artefactos producidos hace unos 1.500 ó 2.000 años por la cultura local de aquella época, de la cual –por cierto– no se sabe prácticamente nada. Se trata de una especie de recipientes huecos hechos casi siempre de piedra arenisca[4] y con un peso variable entre una y seis toneladas, pero que pueden llegar hasta las 12 toneladas en algún caso excepcional. Una “tinaja-tipo” puede tener entre uno y tres metros de altura, con un diámetro variable que puede superar los dos metros. En cuanto a su función o propósito, tampoco hay demasiadas pistas; se especula con que fueran depósitos o silos para almacenar comida o bien unas grandes urnas funerarias de incineración. De todos modos, se reconoce oficialmente que los esfuerzos de investigación han sido escasos, a pesar de que “la Llanura de las Tinajas es uno de los mayores misterios arqueológicos del mundo”, en palabras del antropólogo australiano Dougald O’Reilly.

Hasta aquí hemos expuesto lo que podríamos denominar versión oficial, pero hay varias cosas que llaman la atención en este caso. En primer lugar, según reconoció hace unos años el arqueólogo alemán Andreas Reinecke (del Instituto Arqueológico de Bonn)[5], en realidad la datación concedida a estos objetos es puramente estimativa. No hay pruebas fehacientes que corroboren las fechas establecidas y las tinajas podrían ser muchísimo más antiguas, sin poder precisar una cronología concreta. De hecho, el propio aspecto de las tinajas nos muestra una erosión superficial que podría remontarse a varios miles de años. Esta incertidumbre no es nada nueva en el ámbito del megalitismo, pues independientemente de la discutida fiabilidad de las pruebas radiométricas está el problema de datar los restos a partir del contexto físico inmediato que tal vez no se corresponda con el momento en que se erigió el monumento.

Concentración de tinajas en el llamado Yacimiento 3.
En segundo lugar destaca un elemento muy significativo: la procedencia de las piedras. Como hemos dicho, las tinajas son de piedra arenisca, pero ésta no es propia del lugar. Así, según ya pudo apreciar M. Colani, las piedras tuvieron que ser traídas allí desde grandes distancias, incluso superando desniveles. Esto tampoco es nada nuevo en el megalitismo: lo vemos en Egipto y también en lugares concretos como Stonehenge, en que algunas piedras tuvieron que ser desplazadas varios cientos de kilómetros. Y dado el peso de las tinajas, nos encontramos otra vez con un gran problema logístico y de transporte a través del territorio, lo cual presupone una compleja organización y un notable esfuerzo colectivo.

Y luego están los problemas estrictamente técnicos: ¿Cómo transportaron esos enormes bloques? ¿Con qué medios? ¿Trineos, troncos...? Aparte, tampoco sabemos si los bloques fueron tallados en la cantera y luego movidos, o si el trabajo de talla se hizo en el lugar en que hoy yacen. Y por supuesto luego está el esfuerzo añadido de vaciar el interior del bloque para convertirlo en una tinaja. Esta tarea desde luego no sería nada fácil, pese a que la arenisca es una piedra relativamente blanda. Tenemos que suponer que esta labor se hizo a base de cinceles metálicos y martillos de piedra, pero no hay certezas al respecto[6]. El resultado que vemos es diverso: hay bastantes piezas relativamente toscas, pero otras muchas muestran un mejor acabado, con un reborde o labio bien tallado en la boca de la tinaja, lo que hace suponer que debió existir quizá algún tipo de cubierta o tapa realizado en materiales perecederos. Y para aumentar el desconcierto, se han hallado unos pocos discos de piedra –con alguna decoración zoomórfica tallada– que podrían haber sido tapas, pues estaban cerca de las tinajas, pero que no coinciden en ningún caso con el diámetro de las bocas.

Sin embargo, sin duda alguna, al final vamos a parar a la principal incógnita: ¿por qué tantas tinajas de ese tamaño, por qué aparecen desparramadas por la región y todo ello con qué fin? La hipótesis de las urnas de incineración parece bastante frágil, sobre todo por el enorme tamaño de la urna y la dificultad de la talla y el transporte. Otra posibilidad, incluso reconocida por el estamento académico, es que una vez abandonadas allí durante siglos, los pobladores de la zona utilizaran las tinajas puntualmente para fines funerarios, pero las evidencias son realmente muy escasas. En esta misma línea, un investigador japonés ha sugerido que tal vez las supuestas tinajas fueran monumentos funerarios conmemorativos, a modo de cenotafios, pero sin más apoyo que la pura especulación.

Dolium romano
A continuación podemos abordar la opción que parecería más razonable: depósitos o silos de almacenamiento. No obstante, aquí también surgen los problemas. En mi propia experiencia arqueológica, hace muchos años tuve la oportunidad de excavar los típicos silos de la Edad del Bronce o del Hierro, y lo habitual en aquella remota época era simplemente excavar una cavidad más o menos profunda en el suelo y luego recubrir sus paredes para impermeabilizarla y hacerla más duradera. Allí se podrían guardar alimentos de diverso tipo, pero principalmente grano. También conocí unas enormes tinajas esféricas de cerámica de la época romana llamadas dolia (dolium en singular) que se enterraban parcialmente en el suelo y luego se rellenaban de sólidos o líquidos. 

Como vemos, cualquiera de estas dos soluciones (utilizar el terreno o recurrir a un material plástico) hubiera sido más fácil y práctica como medio de almacenamiento. Además, el hecho de observar tantas piezas dispersas sobre el terreno, sin aparente protección y no asociadas a ningún asentamiento nos aleja de esta posibilidad. También se ha mencionado la hipótesis de que se tratara de cisternas o depósitos de agua para las caravanas, pero tal propuesta no pasa de ser una conjetura, y realmente no se entiende para qué realizar tantas cisternas individuales y con esa forma.

Entonces, ¿qué eran estos extraños recipientes, que a veces podrían parecer simples “macetas” para plantas (de gran tamaño)? ¿Quién los hizo y cuándo? Es importante hacer notar que el fenómeno no es completamente exclusivo de Laos, pues en otros puntos de Asia, como India o Indonesia, hallamos algunos artefactos muy semejantes, lo que nos hace pensar en una antigua cultura capaz de realizar tales proezas y no en un hecho aislado. Ciertamente, la identidad de los autores de las tinajas es todo un misterio y apenas tenemos una pista en forma de relieve. Se trata de una única pieza, hallada en el Sitio 1, en que se aprecia el bajorrelieve de una forma humana esquemática que comúnmente se denomina “hombre rana” (un humano con los brazos alzados en ángulo recto y las rodillas dobladas), un motivo que aparece también en algunas pinturas prehistóricas y cuyo simbolismo último se nos escapa, aunque se lo ha relacionado con algún fenómeno o evento cosmológico. Además, en el enclave de Hintang (a poco más de 100 kilómetros de la Llanura de las Tinajas) se localizaron unos megalitos que más bien son unas finas lajas de piedra que nadie sabe cómo se realizaron sin que se fracturase la piedra[7]. Tampoco se sabe nada concreto sobre sus autores, su datación o su propósito, aunque se ha especulado sobre una función ritual-funeraria. ¿Quién disponía de esa tecnología hace miles de años? La arqueología se muestra impotente para aportar respuestas.

Véase el gran tamaño de las tinajas
Y bueno, si nos metemos de lleno en el ámbito de la arqueología alternativa, no faltan las propuestas que apuntan a uno de los temas tabú por excelencia: los gigantes. Si nos centramos en Laos, las leyendas locales remontan estos objetos a un tiempo mítico en que una raza de gigantes moraba en este territorio. Según estas historias, un rey gigante llamado Khun Cheung mandó construir estas tinajas para almacenar un típico licor de arroz llamado lao-lao, en celebración por una importante batalla ganada a un rival.  Asimismo, otras leyendas afirman que las tinajas fueron realizadas con un material plástico heterogéneo a modo de cemento, lo que nos podría sugerir la idea de que en realidad fueron moldeadas y no talladas, una grave sospecha que planea sobre muchos monumentos megalíticos de todo el mundo. A este respecto, las tradiciones del lugar insisten en que la cueva principal (conocida como N.º 1) sería en realidad un gran horno donde se habrían moldeado y fabricado las tinajas. Y en cuanto a las finas láminas de piedra mencionadas, aquí también tenemos leyendas que se refieren a gigantes, en concreto a un gigante llamado Ba Hat, que habría fabricado tales objetos líticos.

En cualquier caso, lo que considero de sentido común es que estos grandes recipientes nunca fueron objetos ornamentales. Se vaciaron expresamente para contener alguna materia sólida o líquida, y por aquí veo una función práctica y utilitaria original que poco o nada tendría que ver con rituales, creencias o prácticas funerarias. En este sentido, me pregunto si se podrían realizar análisis bioquímicos del interior de las tinajas para tratar de encontrar trazas microscópicas de alguna sustancia sólida o líquida; esto ya se ha realizado en otros ámbitos de la arqueología y no veo la razón por la cual no se pudiera aplicar aquí.

Sea como fuere, volvemos a los mismos problemas que ya hemos mencionado antes: ¿por qué recurrir a bloques de piedra (con la gran dificultad de tener que vaciar su interior) y por qué hacer unos recipientes de semejante tamaño y peso? La solución que vemos en Laos no parece práctica, ni cómoda ni económica, y tengamos en cuenta que realizar tales tinajas aún hoy en día comportaría un notable esfuerzo técnico y un alto coste. A partir de este punto me veo obligado a saltarme las fronteras del paradigma y empezar a imaginar otros escenarios, que se conectan de algún modo con las leyendas locales, a las que los arqueólogos suelen dar nula credibilidad histórica, al considerar que sólo son explicaciones pintorescas propias del folklore[8].

Vayamos por partes. No hay que ser muy avispado para apreciar que el tamaño de estas tinajas desborda la escala humana “normal”. Plantar estos artefactos –y sin un aparente orden o disposición lógica– sobre el terreno parece un despropósito o una falta de racionalidad y sentido práctico, pues no son manejables y son muy costosos de producir (incluyendo el transporte y tallado de los bloques). Por tanto, como se da en el caso de otros objetos de grandes dimensiones hallados por los arqueólogos, ya sería hora que se contemplase seriamente la posible existencia de humanos o humanoides de enorme talla, muy superior a la media del Homo sapiens y que podríamos llamar gigantes. Obviamente, sería una soberana tontería asignar a los gigantes cualquier obra de imponentes proporciones, pero cuando vemos artefactos de un claro perfil utilitario, entonces debemos contemplar todas las opciones, por fantásticas que puedan parecer.

Utensilios líticos de enorme tamaño
En este sentido, me remito aquí al extenso artículo que ya escribí al respecto y a la constatación histórica de que tales gigantes existieron y que estaban en algunos casos por encima de los tres metros. También me podría referir a hallazgos de herramientas que sólo unas manos colosales podrían asir, pero que para los académicos constituyen enigmas sin resolver. Así, hace no muchos años un equipo de investigadores de la Universidad de Oxford halló en un antiguo lago desecado del desierto de Kalahari (África) gran cantidad de herramientas de piedra datadas en un amplio periodo prehistórico de entre 150.000 y 10.000 años de antigüedad, y entre ellas unos enormes picos de mano, inútiles para un humano normal dado su tamaño y peso. Para David Thomas, director del proyecto, la finalidad de estos extraños objetos era la pregunta del millón de dólares, si bien consideraba que no eran propiamente “herramientas”, sino un recurso para extraer herramientas más pequeñas, sin descartar otras hipótesis, como objetos ceremoniales u ornamentales.

En el contexto de Laos, quizá la leyenda de que fueran contenedores de licor –u otra sustancia– para “gigantes” no fuera tan disparatada, en el supuesto de que dichos gigantes pudieran mover y asir estos envases gracias a su enorme altura y fuerza. En todo caso, si volvemos por un momento a la hipótesis de las urnas funerarias, tampoco sería descabellado pensar que hubiesen sido empleadas para almacenar huesos o cenizas de gigantes. Otra cosa es que dichos restos se hubiesen conservado in situ después de milenios, y tengamos presente que cuando Parmentier examinó las tinajas prácticamente todas ellas habían sido ya saqueadas. A este respecto, lo que me parece poco consistente es que los recipientes fueran urnas con función funeraria construidas ex profeso por hombres de nuestra talla. En este punto me vuelvo a remitir a mi experiencia arqueológica para citar que las urnas funerarias comunes en muchas culturas antiguas no eran remotamente tan grandes y solían estar hechas de cerámica. Por eso la teoría del reaprovechamiento funerario posterior me parece más razonable y se ajustaría a las escasas pruebas disponibles.

Sección de tinaja-tipo (fuente: libro de L. Bürgin)
Ahora bien, la habitual falta de restos significativos de gigantes –básicamente restos óseos– impide ir más allá del ámbito de la especulación, aunque sí abre la puerta a otra propuesta que también se relaciona con las antiguas tradiciones. Existe pues la posibilidad de que no hablemos de gigantes físicos sino de gigantes “intelectuales”, o sea, una civilización perdida capaz de manejar la materia de una forma mucho más sencilla que la nuestra. Esto enlazaría con la leyenda de que los artífices de las tinajas no las tallaron sino que las moldearon y las cocieron en un horno. De hecho, en una cueva natural cercana, que poseía dos chimeneas, se identificaron notables residuos de humo, lo que indicaría un lugar de cremación o un horno. Esta propuesta es ya harto conocida dentro de la arqueología alternativa relacionada con el megalitismo e implica que de algún modo la piedra se podía moldear o ablandar mediante determinados procesos químicos, para luego endurecerse definitivamente, en lo que sería una especie de conglomerado o cemento. Esto eliminaría de golpe el grave problema del transporte y el vaciado de las piezas, ya que habrían sido creadas a modo de terracotas. Dejo aparte la capacidad de levitación de grandes pesos mediante una tecnología antigravitatoria, también citada en leyendas de otros lugares, pero que no sabemos si pudo haberse aplicado aquí.

Finalmente, debo confesar que me resulta muy desconcertante la distribución anárquica de las tinajas, muchas de ellas aisladas y otras agrupadas en racimos. ¿Fueron dejadas allí al azar al perder su utilidad? ¿Hubo algún gran desastre natural que las esparciera de ese modo por el terreno? ¿Fueron algún tipo de marcador del territorio? ¿Correspondían las tinajas a propietarios concretos y de ahí las agrupaciones dispares? ¿Por qué las tinajas no están relacionadas con centros de poblamiento por pequeños que fueran[9]? ¿Eran tal vez una especie de ánforas dedicadas al transporte de mercancías (y eso quizá explicaría la aparición de otras tinajas en la India y en Indonesia)? En esta vía de investigación realmente veo más a estos envases en el papel de ánforas para llevar  cargas importantes de un lugar a otro. El problema, por supuesto, vuelve a ser el tamaño y peso, a menos que el esfuerzo no hubiera sido sobrehumano para los “transportistas”...

Lo cierto es que no tengo respuestas para estas cuestiones y tampoco querría pensar mal sobre el bombardeo masivo de esa zona en los años 60 y 70. No obstante, me pregunto qué clase de objetivo militar sería la Llanura de las Tinajas, que recibió gran parte del castigo aéreo americano. Cuesta entender la violencia de estos ataques, con bombardeos de día y de noche, en un total de 580.000 vuelos de combate durante casi diez años. Algunos poblados de la zona fueron literalmente machacados y no quedó nada de ellos. Que se salvaran las tinajas es poco menos que un milagro, si bien es muy posible que decenas o cientos de otras tinajas resultaran destruidas, ya que se pudo comprobar que algunos yacimientos citados por Colani habían dejado de existir. En fin, no sería la primera ni la última vez que importantes reliquias arqueológicas son dañadas o desaparecen en medio de una situación de guerra o conflicto.

© Xavier Bartlett 2017

Fuente imágenes: Wikimedia Commons



[1] Aunque oficialmente no se los consideran como tales, creo que sí lo son por tratarse de enormes bloques monolíticos de gran tamaño y peso.
[2] En la mayoría de la información disponible (sobre todo en Internet) se usa la expresión “Jarras”, como traducción directa del inglés Jars, pero creo que es más apropiado “Tinajas”.
[3] Según las fuentes consultadas, los americanos lanzaron sobre Laos entre 1964 y 1973 nada menos que dos millones de toneladas de bombas de racimo, que no llegaron a explotar en un alto porcentaje. Aún hoy, casi cada día se producen muertes por el estallido de los artefactos, siendo muchas de ellas de niños.
[4] Existen algunas excepciones, como granito, caliza, conglomerado o coral calcificado.
[5] Fuente: BÜRGIN, L. Enigmas arqueológicos. Ed. CEAC. Barcelona, 1998.
[6] En alguna fuente consultada, empero, se menciona el posible uso de taladros.
[7] Se trata de esquisto, que es una piedra que se rompe con relativa facilidad.
[8] Para ser justos, cabe señalar que han habido investigaciones que han tenido en cuenta seriamente las leyendas y tradiciones locales y en algunas ocasiones se ha podido corroborar algo de historicidad en ellas.
[9] Con todo, no es descartable su existencia, dada la escasa intervención arqueológica en la zona.

jueves, 5 de octubre de 2017

El bipedalismo y el origen de humanos y simios


Introducción


“No es el hombre el que desciende del simio, sino que es el simio el que desciende del hombre”. Esta frase la escuché hace ya algunos años y me causó una cierta hilaridad, sobre todo como contraposición jocosa al bien establecido evolucionismo darwinista. Sin embargo, con el tiempo y las nuevas investigaciones, esta especie de broma ha empezado a cobrar cierto sentido desde el punto de vista científico, aunque todavía se mantiene dentro de la heterodoxia más radical.

Antes de proseguir, empero, hay que aclarar que no debemos tomar esta afirmación literalmente, sino que hay que enfocarla como un cuestionamiento de la evolución humana desde nuevos planteamientos teóricos y desde las pruebas físicas disponibles, con un punto central de debate: el bipedalismo de los homínidos. Precisamente, dicho debate nos lleva a una doble hipótesis: o bien que el ser humano anatómicamente moderno es muchísimo más antiguo de lo que nos han explicado hasta ahora o bien que los ancestros comunes tanto de humanos como de simios modernos no eran como nos los han pintado[1]. O quizá ambas cosas sean ciertas...

En todo caso, los nuevos hallazgos aportan complejos escenarios y más dolores de cabeza a los evolucionistas, que una vez más se esfuerzan por encajar las pruebas sobre el terreno en su intocable marco teórico (iba a poner “su religión”), lo que a menudo les deja desconcertados o les obliga a realizar complicados malabarismos para mantener  las verdades y los dogmas que el paradigma darwinista lleva imponiendo desde hace más de un siglo. Pero empecemos por el principio.

¿Una propuesta disparatada?


H. P. Blavatsky
Si retrocedemos al siglo XIX, la famosa ocultista Madame Blavatsky ya planteó un panorama totalmente distinto para el origen del hombre, que se desmarcaba tanto de las escrituras bíblicas como de la entonces reciente teoría de la evolución de Darwin[2], que se estaba consolidando entre la comunidad científica. Blavatsky, basándose en textos esotérico-mitológicos, hablaba de una humanidad que se remontaría a muchos millones de años y que habría involucionado a través de una serie de eras, desde unas razas prácticamente etéricas hasta el moderno hombre, “pequeño”, material y mortal. Pero la visión de Blavatsky incluía además un origen bien heterodoxo para los primates, los cuales habrían surgido de la hibridación de los humanos arcaicos con otras criaturas inferiores, con lo cual se daría un respaldo a la propuesta de que los primates no eran los ancestros del hombre sino que más bien constituirían una degeneración de éstos[3].

Así, según la teosofía, los primeros primates se parecían bastante a los humanos, aunque con el paso de los milenios se fueron haciendo más y más distintos. Ahora bien, los atlantes (una raza anterior a la nuestra), al ver la gran degeneración que ellos mismos habían creado, se habrían dedicado a exterminar a los simios más parecidos a los humanos, dejando sólo a los menos avanzados, que serían en definitiva los ancestros de los actuales simios. Asimismo, la mitología hindú recoge un escenario muy similar, pues en el poema épico Ramayana se muestra a los simios como muy próximos a los humanos, y se les atribuía incluso la capacidad de hablar y de tener leyes y gobiernos.

La polémica obra de B. Kurtén
Pero si dejamos ahora el confuso terreno del ocultismo y saltamos a finales del siglo XX, algunos científicos –nada sospechosos de ser esotéricos– empezaron a descubrir numerosas pegas en los axiomas evolucionistas con respecto al origen del hombre y su supuesta procedencia de un cierto primate, antecesor común de humanos, chimpancés, gorilas, etc. Así, ya en 1971 el antropólogo finlandés Bjorn Kurtén en su obra Not from the apes (“No de los simios”) afirmaba que el origen de las grandes diferencias entre simios y humanos debía remontarse a una antigüedad enorme, por lo menos hasta unos 35 millones de años y que de hecho sería la rama de los simios modernos la que habría derivado de un tronco humano. Según su visión, a partir del estudio de los fósiles, el ser humano no podía descender de ninguna criatura simiesca, sino que más bien los actuales simios descendían de una línea humana muy arcaica. Para Kurtén, un pequeño simio de rasgos humanos llamado Propliopithecus (del Oligoceno) habría sido el antecesor del Ramapithecus y homínidos posteriores, como los australopitecinos. Por otra parte, el Dryopithecus, una criatura más simiesca, habría dado origen a la línea ancestral de los primates actuales

Años más tarde, en 1981, los investigadores John Gribbin y Jeremy Cherfas retomaron esta hipótesis y sugirieron un escenario distinto de la evolución humana, planteando la posibilidad de que los simios descendieran de los humanos y no al revés, si bien su propuesta no era tan radical como se podría esperar. Así, admitían que el ser humano podía descender de una línea de australopitecinos, pero que éstos no se habían extinguido en la línea evolutiva sino que habrían dado lugar a los actuales chimpancés y gorilas, cuyos antepasados nunca han sido hallados por los paleontólogos (¡mira por dónde!). Según Gribbin y Cherfas, las mutaciones podrían ir en un sentido u otro y revertir anteriores avances. De este modo, los australopitecos, en tanto que homínidos erguidos[4], fueron los antecesores del género Homo, pero luego algunos de ellos habrían revertido este paso y habrían vuelto a la vida arborícola.

La cuestión del bipedalismo


El estereotipo de la evolución del bipedalismo
Sea como fuere, prácticamente todos los especialistas en paleontología consideran el bipedalismo como una señal inequívoca del avance fisiológico hacia el ser humano (de ahí el famoso Homo erectus: “hombre erguido”). Así pues, se da por hecho que esta característica es propia de los humanos y que marcó importantes desarrollos tanto físicos como intelectuales en el transcurso de la evolución. No obstante, esta cuestión todavía no está cerrada y se mantiene sujeta a múltiples interpretaciones, que giran en torno a la controversia sobre cómo, cuándo y por qué se produjo el salto al bipedalismo, si bien la teoría East side story del francés Yves Coppens es la más aceptada y todavía mantiene su prestigio y validez entre muchos paleontólogos. En todo caso, para la gran mayoría del estamento académico, los australopitecinos ya caminaban erguidos, y este sería un rasgo propiamente humano que comportaría la posterior aparición del género Homo. Sin embargo, no todos los expertos comparten la idea de que los australopitecos estén en la línea directa evolutiva de los humanos e incluso ponen en duda que los australopitecinos caminaran habitualmente erguidos. Asimismo, algunos especialistas cuestionan el hecho de que el bipedalismo sea un rasgo relativamente moderno (en términos evolutivos), y proponen visiones heterodoxas que afectan tanto a la evolución de los humanos como a la del resto de los primates.

Y aquí es cuando aparecen varias teorías bien alejadas de la ortodoxia darwinista. Por ejemplo, el zoólogo franco-alemán François de Sarre opinaba a finales del pasado siglo  que en modo alguno la transición al bipedalismo fue un rasgo “reciente” que tuvo lugar en unas criaturas simiescas hace unos pocos millones de años. De Sarre cree que el escenario evolutivo humano ha sido fabricado a partir de observaciones erróneas y de muchos prejuicios. Desde su punto de vista, la estructura anatómica humana no indica una maduración desde simios “fetales”, sino todo lo contrario: los simios muestran un evidente avance anatómico allá donde la evolución de los humanos se detuvo.

Para sustentar este concepto, de Sarre se fija sobre todo en la embriología y la anatomía comparativa, dada la gran precariedad del registro paleontológico. Así, los embriones humanos comparten con los de otros mamíferos una posición bastante centrada del foramen mágnum[5] (en unos 90º grados con relación al plano de la cara). Ahora bien, en el resto de animales –según avanza el desarrollo del embrión– el foramen se va retrasando y el ángulo se va abriendo hasta 140º en los primates y hasta 180º en el caso de los animales totalmente cuadrúpedos. En cambio, en los humanos el ángulo se queda en unos 120º, que es lo que permite nuestra locomoción bípeda. Y si se analizan los pies de los humanos, que muestran diferencias bien apreciables respecto a los del resto de los primates, se puede deducir que nunca pertenecieron a un cuadrúpedo o a una criatura arborícola. Y una vez más, en los embriones de primates se aprecia que los pies tienen una estructura muy similar a los humanos, pero según progresa su desarrollo van tomando la típica forma prensil que les permite moverse con facilidad en los árboles. En cuanto a las manos de los primates, son semejantes a las humanas, pero ellos las utilizan para caminar sobre los nudillos.

Bigfoot: ¿criatura deshumanizada?
En suma, de Sarre asegura que los australopitecinos no fueron los ancestros de los humanos, sino más bien los precursores de los actuales simios, si bien los antepasados de los propios australopitecinos habrían sido bípedos, que fueron perdiendo esta característica, evolucionando hacia criaturas cuadrúpedas. Este proceso sería una especie de deshumanización, que habría dejado al margen a unas pocas criaturas en un estado intermedio, dando lugar a poblaciones de los llamados “hombres salvajes”, como el bigfoot, el yeti, el almas, etc. (todos ellos bípedos), que son negados por la ciencia actual, que los califica de simples invenciones, fraudes o confusiones[6].

En una línea semejante, la paleontóloga del CNRS Yvette Deloison ya expuso hace unos años que la primitiva estructura de la mano humana es la prueba inequívoca de la existencia –hace unos 15 millones de años– de un ancestro común de humanos, australopitecos y grandes simios actuales, que de ningún modo pudo ser una criatura arborícola o cuadrúpeda. Deloison sostiene que el pie humano está claramente adaptado al bipedalismo, y si damos por hecho que la evolución “no retrocede”, ese antepasado común bípedo no tenía manos o pies especializados. Dicho de otro modo, de un ser arborícola no puede derivarse un ser bípedo. En todo caso, fue más tarde cuando una rama de esas criaturas se adaptó plenamente a la vida arborícola y desarrolló esos característicos pies prensiles. Por lo tanto, en algún momento se produjo una bifurcación definitiva entre la criatura completamente bípeda (la raíz del género Homo) y el animal cuadrúpedo-arborícola.

Este mismo concepto ha sido retomado recientemente por Aaron Filler, biólogo evolucionista de la Universidad de Harvard y autor del libro The upright ape (“el simio erguido”), cuya investigación apunta a que los antepasados de los humanos arcaicos, así como los de los grandes simios, caminaron erguidos y no sobre nudillos, como los actuales simios. Para llegar a esta conclusión, Filler ha estudiado las columnas vertebrales de unos 250 mamíferos, algunos de ellos ya extinguidos y con antigüedades que se remontarían hasta los 220 millones de años. Filler alude a una serie de cambios fisiológicos –relacionados con la espina dorsal y un tejido llamado septum horizontal[7]– que surgieron posiblemente por un defecto genético de nacimiento, los cuales habrían creado a un primer ser “hominiforme”. Y dadas estas anomalías anatómicas, este mamífero sólo habría podido sentirse cómodo caminando erguido.

Stephen J. Gould
Para Filler, este paso sucedió hace mucho tiempo y de forma abrupta (algo que nos recordaría al equilibrio puntuado de Jay Gould) con unos pocos y rápidos cambios genéticos. De esta manera, se deberían revisar los orígenes del bipedalismo, que ahora se sitúan como muy pronto hace unos 6 millones de años, y se deberían retrasar por lo menos hasta los 21 millones de años, época en la que vivió el supuesto primer primate bípedo, el Morotopithecus bishopi, hallado en Uganda (África). En otras palabras, Filler pone a este desconocido primate bípedo como el verdadero primer ancestro humano (y de los grandes simios).

Aparte, Aaron Filler cita que se han hallado vértebras fósiles de otros tres posibles primates bípedos, lo que confirmaría ese inicio de locomoción bípeda que luego “degeneraría” hacia la vida arborícola y el desplazamiento a cuatro patas, apoyándose en los nudillos. En este sentido, Filler se refiere a los actuales siamangs, un simio arborícola de la familia de los gibones, cuyas crías son capaces de caminar erguidas de forma innata sobre las ramas de los árboles, sin usar para nada la locomoción con nudillos. Así, Filler complica un poco las cosas al sugerir que el bipedalismo no se desarrolló sobre el suelo sino sobre las ramas de los árboles, que debían ser muy numerosos hace 20 millones de años. A su vez, los ancestros de chimpancés y gorilas tal vez evolucionaron hacia la locomoción con nudillos porque este era un modo más rápido de desplazarse.

Huellas incómodas


Para añadir más leña al fuego en esta controversia, está la cuestión de las huellas de pisadas humanas realizadas hace cientos de miles o millones de años. Su importancia no es poca, pues por ejemplo gracias al descubrimiento de un conjunto de unas huellas en Happisburgh (Norfolk, Inglaterra), que se remontan al menos a 950.000 años, se ha podido demostrar que el ser humano ya estaba en las Islas Británicas hace casi un millón de años, lo que hasta hace poco era prácticamente un anatema. Pero en el asunto de locomoción bípeda las pisadas cobran un extraordinario interés, pues pueden ser el testimonio de que el ser humano, aún en sus versiones más arcaicas, es mucho más antiguo de lo que se ha venido defendiendo hasta hace escasos años. Sin embargo, hay que puntualizar que, a falta de más restos (huesos, herramientas, etc.), siempre puede quedar la duda de si tales criaturas bípedas eran humanas o pre-humanas, como ahora se califica a los australopitecinos y otros primates que figuran como ancestros del género Homo.

Huella humana de Laetoli
El caso más llamativo –que ya he citado varias veces en este blog– es el de las pisadas de Laetoli (Tanzania), descubiertas por Mary Leakey hace unos 40 años. No voy a extenderme pues en comentarios, pero sí recordaré los argumentos principales: las huellas, atribuidas a varios individuos de corta estatura, eran indistinguibles de las pisadas de los humanos modernos, y según la datación geológica de los estratos de lava en que se localizaron (si la podemos dar por fiable), se situarían en los 3,7 millones de años. Lo que ocurre es que tales pisadas se atribuyeron a unos australopitecos, pues en aquella remota época no había –supuestamente– más homínidos capaces de realizar tales huellas. Sin embargo, a partir de los huesos de un australopiteco hallado en Sterkfontein (Sudáfrica) a finales del siglo XX por Ron Clark y datado en los mismos 3,7 millones de años, se pudo apreciar que mostraba un pie más bien simiesco, incapaz de realizar tal huella sobre el suelo.

Y en efecto, la paleontología nos quiere hacer creer que los australopitecos tenían un pie muy similar al humano moderno y que caminaban erguidos, pero las pruebas son muy escasas y confusas, y algunos expertos han afirmado que –a partir de meros prejuicios– se han realizado reconstrucciones anatómicas incorrectas y deducciones demasiado atrevidas. Sin ir más lejos, el ejemplar de Australopithecus afarensis (la famosa “Lucy”) fue hallado incompleto, sin sus pies, y sin embargo en las reconstrucciones museísticas se le representa con unos pies sospechosamente humanos, e incluso en la configuración del rostro se han realzado los rasgos humanos (por ejemplo, los ojos) para rebajar el aspecto simiesco.

Sea como fuere, en Laetoli nos encontramos con una criatura humana o humanoide de gran antigüedad que ya caminaba erguida sobre sus extremidades inferiores, siendo ese su medio locomoción habitual. Después ya tendríamos que referirnos a unas pisadas atribuidas a un Homo ergaster (el erectus africano) descubiertas hace diez años en Ileret (Kenya), con una antigüedad de 1,5 millones de años. Dichas huellas serían prácticamente iguales a las que realizamos nosotros, el Homo sapiens. (Por supuesto, tal atribución se basa solamente en las convenciones cronólogicas de la paleontología, como en el caso de Laetoli.)

No obstante, un reciente hallazgo paleontológico podría hacer retroceder el bipedalismo hasta una época todavía más lejana. Me refiero a las 29 huellas que se han descubierto en Trachilos (Creta), que se han atribuido a criaturas humanoides y que se remontan a nada menos que ¡casi 6 millones de años![8], en el periodo geológico denominado Mioceno. En este caso ha ocurrido algo muy similar a lo que se pudo ver en Laetoli: las pisadas tienen un tamaño y aspecto anatómico humano moderno y no pueden ser atribuidas de ninguna manera a un simio. 

Dientes del Graecopithecus
De rebote, este descubrimiento, unido al de otro espécimen, localizado en los Balcanes y bautizado como Graecopithecus freybergi, ha permitido lanzar nuevas especulaciones y teorías sobre la cuna de la Humanidad, con la intención de destronar la clásica teoría “out-of-Africa”, que aún es defendida por la mayoría del  estamento académico. Cabe señalar que precisamente los pocos restos que se han hallado de este nuevo homínido se han datado en unos 7 millones de años, no muy lejos de la cronología de Creta, lo que le hace firme candidato a autor de las huellas cretenses. Además, el estudio de una pieza dental de El Graeco (como se le ha apodado) revela que posiblemente estaba más próximo a los humanos que a los simios. Naturalmente, este hallazgo y las altisonantes declaraciones posteriores han puesto en guardia a los científicos escépticos, que se muestran muy reacios a plantear la existencia de humanos en épocas tan remotas, sobre todo porque ellos necesitan sostener su idea de la transición evolutiva más o menos gradual de un simio cuadrúpedo a un humano (o pre-humano) plenamente bípedo. 

Así pues, algunos rechazan la idea de que El Graeco fuera una criatura humana y prefieren referirse a un simio desconocido hasta la fecha que caminaba erguido, e incluso unos pocos rechazan que se trate realmente de huellas de pisadas. Sea como fuere, los científicos que descubrieron las huellas no encontraron muchas facilidades para publicar sus resultados, sino más bien todo lo contrario, lo cual no me sorprende en absoluto. Y por cierto, muy recientemente se ha confirmado la sustracción in situ de algunas de estas pisadas...

Conclusiones


Cráneo de australopiteco
Por supuesto que el hombre no desciende del mono, y los propios evolucionistas han usado este argumento hasta la saciedad para acallar las mofas de los creacionistas y otros críticos contumaces. Lo correcto, según la teoría darwinista, es afirmar que los monos y los humanos tenemos un antepasado común que vivió hace millones de años. No obstante, aun dando por buena esta afirmación, está claro –como hemos visto a través de las opiniones de los expertos– que dicho antepasado nunca ha sido identificado con certeza, puesto que han ido apareciendo diversos restos de homínidos cuya forma de locomoción es objeto de polémica.

En este contexto, hasta las personas de trayectoria académica irreprochable y más próximas a la ortodoxia, como Yvette Deloison, ya ven la imposibilidad de que un cuadrúpedo “evolucionase” hacia un ser perfectamente bípedo como es el hombre. Además, los hallazgos paleontológicos nos empujan cada vez más a reconocer la existencia de criaturas bípedas en épocas extremadamente antiguas, lo que incomoda a los defensores de una evolución gradual del primate que caminaba sobre nudillos al humano que camina erguido. Claro que los evolucionistas suelen recurrir a sus mágicas mutaciones aleatorias como prueba y aquí cierran la discusión...

En fin, lo que parecía una locura quizá ya no lo sea tanto. Nuestros queridos chimpancés y gorilas actuales podrían ser una derivación (no me atrevo a escribir “involución”) de unos homínidos bípedos que vivieron hace muchos millones de años. Pero, ¿cómo eran tales homínidos? ¿Podemos creer en la fantástica historia de Blavatsky y la degeneración de una raza humana hasta convertirse en primates inferiores? Tal vez los tiros vayan por otro lado, pero da la impresión de que, a pesar de ir acumulando pruebas paleontológicas, los prejuicios y los sesgos –en uno u otro sentido– nos impiden ver el bosque.  

© Xavier Bartlett 2017

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] Por supuesto, dando por buena la teoría de la evolución humana dentro del marco general de la evolución de las especies, según el darwinismo ortodoxo, lo que ya es un acto de fe. En este sentido, gran parte de los argumentos expuestos en este artículo presuponen que hubo algún tipo de evolución.
[2] Blavatsky consideraba que la propuesta de que descendemos de primates era “la teoría más extravagante de todas las épocas”
[3] En concreto, Blavatsky afirmaba que los simios inferiores procedían de la hibridación de un grupo de humanos de la tercera raza, inconscientes y de aspecto simiesco. Por otro lado, los simios antropoides procederían de la unión de humanos poco avanzados de la cuarta raza y los descendientes de la anterior hibridación. Por tanto, los primates tendrían en mayor o menor medida sangre humana, pero no al revés.
[4] Cabe señalar que bastantes expertos ponen en duda que los australopitecos mantuvieran una postura erguida, dando a entender que caminarían principalmente a cuatro patas (sobre los nudillos de la mano) y que todavía tendrían una importante actividad arborícola.
[5] Punto de unión entre el cráneo y la espina dorsal.
[6] Precisamente, de Sarre fue amigo del creador de la criptozoología, el francés Bernard Heuvelmans (fallecido en 2001), que creía firmemente en la existencia de tales seres antropoides.
[7] Es un tejido que separa el cuerpo en dos mitades, la ventral y la dorsal.
[8] La datación se hizo combinando el estudio geológico de las rocas sedimentarias y el análisis de los fósiles de unos microorganismos microscópicos llamados foraminíferos.

sábado, 23 de septiembre de 2017

¿Se remonta la civilización maya a una era antediluviana?


La hipotética existencia de una ignota civilización desaparecida que dio origen a las grandes civilizaciones históricas es un tema harto recurrente en la arqueología alternativa. No vamos a descubrir nada diciendo que esta propuesta se fundamenta en el famoso mito de la Atlántida y otros muy similares que encontramos en casi todos los rincones del planeta. Como ya es de sobras conocido, la historia que se repite en todos estos relatos es que en un tiempo remotísimo una gran inundación o diluvio arrasó, anegó o hundió la tierra civilizada. Este evento dejó a la Humanidad a las puertas de la extinción, por lo que hubo de empezar de nuevo el proceso civilizador, tarea que corrió a cargo de unos pocos supervivientes de la catástrofe.

Y si nos trasladamos ahora al campo de la geología y la arqueología, durante décadas los investigadores han estado buscando trazas sobre el terreno de dicha catástrofe (¡sin olvidar el arca de Noé!), de tal manera que se pudiese pasar del mito a la historia mediante pruebas físicas objetivas. Ni que decir tiene que para el estamento académico tal cataclismo global, súbito y gigantesco no existió nunca, aunque se reconoce –no podía ser menos– que sí hubo fuertes alteraciones climatológicas y geológicas al final de la última era glacial, pero que fueron muy graduales y de impacto más bien local. Y por supuesto, no había ninguna civilización sobre la Tierra hace 12.000 años...

Estructuras de Yonaguni (Japón)
Sin embargo, los autores alternativos han ido más allá del debate geológico, y se han fijado en determinados restos arquitectónicos de gran antigüedad. Algunos de ellos están actualmente bajo el agua (como la ciudadela de Yonaguni, en Japón) y podrían constituir la prueba fehaciente de que el diluvio existió y que sumergió muchos enclaves costeros. No obstante, la visión ortodoxa rechaza estas propuestas alegando que se trata de simples formaciones naturales que han sido confundidas y malinterpretadas. Con todo, los alternativos no se rinden con facilidad y contraatacan afirmando que hay restos monumentales sobre la superficie que presentan una clara erosión (y muy antigua) por acción continuada del agua, como por ejemplo en la mismísima meseta de Guiza, lo que convertiría gran parte de sus monumentos –las tres grandes pirámides, la Esfinge, los templos– en reliquias antediluvianas de datación indeterminada[1].

Si nos desplazamos al continente americano, la polémica se mueve más o menos en los mismos términos y también se habla de restos sumergidos de una cierta “Atlántida”, como los que se hallaron hace casi 50 años en las islas Bimini (una especie de dique o camino) o un confuso conjunto de estructuras localizado cerca de la costa de Cuba. Asimismo, se habla de posibles ruinas sumergidas bajo el lago Titicaca, que podrían preceder incluso al gran complejo de Tiwanaku, cuya datación oficial tampoco es reconocida por el mundo alternativo. Además, en toda América, de norte a sur, se acumulan numerosas leyendas nativas –incluyendo las de grandes civilizaciones como la azteca o la maya– sobre la completa destrucción de una humanidad anterior por acción del agua.

Sin embargo, hasta ahora se había puesto poca atención en los posibles indicios de un gran diluvio sobre la superficie y más concretamente en estructuras artificiales. En este sentido, el investigador alternativo norteamericano Cliff Dunning lleva algunos años estudiando la civilización maya y recientemente ha sacado a la luz sus conclusiones sobre algunas huellas sobre el terreno que podrían apuntar a que la civilización maya fue víctima de una gran catástrofe por inundación y que posiblemente podría ser mucho más antigua en su origen de lo que la arqueología ortodoxa defiende. Vamos pues a exponer resumidamente cuál es el enfoque de Dunning y qué viabilidad nos ofrece.

El Castillo, la pirámide de Chichén Itzá, en 1892
De entrada, Dunning remarca el hecho de que la civilización maya, pese a haber sido estudiada durante más un siglo, nos es aún relativamente desconocida en muchos aspectos. Incluso cuando los conquistadores españoles llegaron a Centroamérica a inicios del siglo XVI encontraron esta rica cultura en plena decadencia, en realidad prácticamente desaparecida[2]. Sus fastuosas ciudades (Copan, Tikal, Chichén Itzá, etc.), que contenían grandes edificios, templos y pirámides, habían sido abandonadas hacía siglos y estaban en plena ruina; también yacían inermes sus estatuas y sus estelas, llenas de jeroglíficos. 

Y por si fuera poco, las autoridades españolas mandaron quemar los códices y otros documentos que nos podrían haber transmitido una información vital sobre el origen y el desarrollo cultural de los mayas. Apenas unos pocos se salvaron de la intolerancia cultural y religiosa –como el Códice Dresde– y dan muestra del altísimo grado de civilización que alcanzó este pueblo en cuestiones como la astronomía y las matemáticas.

Por lo demás, sabemos que la cultura maya es una de las más antiguas de América, que precedió en muchos siglos a la gran civilización azteca, sometida por Cortés. Ahora bien, no tenemos una idea exacta de cuáles fueron los orígenes de los mayas ni de cuándo se establecieron en Centroamérica. Al respecto, Cliff Dunning cita una reciente datación obtenida en el yacimiento de El Mirador (Guatemala) que se remonta al 2700 a. C. Lo que sí observa Dunning es que las estructuras más complejas y perfectas son las más antiguas, dando la impresión de que los mayas hubieran aparecido sobre el territorio ya con un alto nivel de desarrollo y conocimiento, como si fuera el legado de una cultura anterior. Por otra parte, Dunning cita al reputado arqueólogo Richard Hansen, que tras años de estudio de la civilización maya ha llegado a la conclusión de que los olmecas (una cultura todavía no muy definida, sobre todo antropológicamente) no fueron los antecesores o “padres culturales” de los mayas, sino que ambas culturas fueron contemporáneas, y que los mayas muy posiblemente fueron los responsables de la desaparición de las últimas ciudades propiamente olmecas. 

Efectos devastadores de un tsunami moderno (Indonesia, 2004)
Si nos adentramos ahora en la antigüedad de los mayas y en la hipótesis de grandes catástrofes marinas, Dunning saca a colación algunos hechos relevantes comprobados científicamente. Así, existe constancia geológica de grandes tsunamis en unas fechas no muy lejanas, hace tan solo 1.500 años, que azotaron las costas de la península del Yucatán y que tal vez tuvieron precedentes en milenios anteriores. Tales tsunamis podrían haber devastado grandes porciones de territorio, pues la ola gigante –estimada entre los 6 y los 15 metros de altura– podía derribar edificios y ahogar a gran parte de la población. De hecho, Dunning asegura que en su primera visita al Yucatán en 1995 ya había observado notables huellas de daños en estructuras y estatuas a causa de la acción violenta del agua. Estas huellas son visibles, por ejemplo, en ciudades como Coba, Chichén Itzá y Uxmal, así como otros enclaves menores.

Asimismo, identificó ese mismo tipo de daños en fotografías antiguas de las primeras excavaciones de las ciudades mayas, antes de que fueran consolidadas, restauradas y reconstruidas en parte. Y sin duda la fuerza de esas inundaciones debió ser grande, pues los edificios mayas estaban bien diseñados y sólidamente construidos. Por otro lado, Dunning apreció que en museos locales se podían ver numerosos objetos (estatuas y utensilios, principalmente) que mostraban claras marcas de la erosión acuática, así como de la acción corrosiva de la sal marina y de la presión de las aguas sobre dichos objetos durante largos periodos de tiempo. Y como muestra de una gran destrucción, Dunning menciona el caso particular de la ciudad maya de Sayil (en el estado mexicano de Yucatán), cuyo gran palacio principal fue supuestamente azotado por un violento tsunami que arrancó muchas piedras de la estructura y las dispersó alrededor de ésta. Según el autor norteamericano, la tremenda erosión sufrida ha dificultado mucho las labores de reconstrucción del monumento por parte de los equipos arqueológicos.

El caracol (Chichén Itzá), antes de restaurarse (foto de 1932)
Pero lo más significativo como prueba es que en Sayil aún se puede ver el rastro dejado por los ríos de agua al retirarse. Las fotografías de las primeras intervenciones en el lugar ya permitían apreciar el antiguo curso de las aguas que fluían desde la parte alta del palacio. 

Además, también es destacable la presencia de varios edificios circundantes que están parcialmente sepultados en el terreno, muy posiblemente por la gran acumulación de sedimentos. En este sentido, en las imágenes antiguas tomadas en otros yacimientos mayas se apreciaban claramente grandes apilamientos de piedras y de escombros en torno a las acrópolis principales (como sucede en Chichén Itzá y Uxmal). Así, Dunning cree que cuando las aguas se retiraron, las piedras y los sedimentos más pesados ocuparon el interior y el exterior de los edificios, donde permanecieron inalterados hasta ser descubiertos por los arqueólogos.

A partir de este punto, Dunning se pregunta qué antigüedad real podrían tener estas ciudades mayas, desestimando obviamente las cronologías convencionales, y para averiguarlo recurre a otra vía de investigación: el seguimiento –gracias a la moderna tecnología de los satélites– de los caminos o carreteras blancas llamadas sacbés[3]. En realidad, los sacbés ya eran bien conocidos desde antiguo, pues eran los caminos principales bien pavimentados –a modo de “autovías”– que los mayas habían construido para unir las diferentes ciudades del territorio y facilitar así el comercio y las comunicaciones. Tenían una anchura que oscilaba entre los 4 y los 20 metros, y podían llegar a tener hasta centenares de kilómetros de longitud. En los años 20 del siglo pasado los sacbés fueron redescubiertos por los arqueólogos, que se quedaron impresionados por su diseño y calidad, con su base de piedra, capa de mortero y el típico recubrimiento blanco, realizado con estuco o cal de gran dureza –a modo de argamasa o cemento– que no requería un gran mantenimiento.

Pero, ¿cómo conecta esto con las grandes catástrofes acuáticas del pasado? Para Dunning ya existen pruebas indiscutibles de que al final de la última Edad de Hielo, concretamente en el periodo llamado Dryas reciente, se produjo una inundación masiva de América del norte a causa de la rápida fusión de la enorme capa de hielo que cubría buena parte de este territorio, debida al impacto súbito de un gran asteroide. El geólogo Harken Bretz ya había observado esto en los años 20 del pasado siglo, haciendo notar la presencia de grandes valles y antiguos cursos de agua excavados por la fuerza de las aguas en amplias zonas del norte de los Estados Unidos. En principio, sus propuestas fueron rechazadas sin más, pero ya en tiempos más recientes, nuevos datos geológicos y climatológicos han ido confirmando esta tesis. De este modo, hoy se sabe que en el periodo citado se dio un importante aumento de temperaturas tras el impacto del asteroide. Este evento condujo a un rápido deshielo de las masas de hielo polares, lo que provocó un notable ascenso del nivel de los mares y catastróficas inundaciones.[4] Este enorme desastre natural fue recordado por varios pueblos de Norteamérica, entre ellos los propios mayas, que se refieren a una tremenda devastación y a unas grandes dificultades para volver a recuperarse después de una situación crítica que les llevó al borde de la extinción.

Aspecto actual de un típico sacbé maya
Y aquí es cuando Dunning vuelve a los numerosos sacbés que recorrían el territorio maya en todas direcciones y que aún hoy son parcialmente visibles desde los aviones y especialmente desde los satélites. Según sus investigaciones, grandes porciones de la península de Yucatán quedaron sumergidas tras la catástrofe del Dryas reciente, pero además resulta que las rutas de los antiguos sacbés que acaban en la actual línea de la costa tienen continuidad bajo las aguas marinas. Esto lo ha podido corroborar gracias al estudio de la especialista en imagen por satélite Angela Micol, asociada a la Satellite Archeology Research Society, por el cual ha podido identificar cientos de imágenes de sacbés situados a cierta profundidad de la superficie y que están conectados a las antiguas ciudades mayas de tierra firme. Para Dunning, esto indicaría que la cronología de estas ciudades se debería retrasar mucho en el tiempo, por lo menos entre 9.000 y 12.000 años. A todo esto cabe recordar que los expertos académicos sitúan los inicios de la civilización maya hacia el 2000 a. C. (con el apoyo de dataciones absolutas por radiocarbono), precedido de una etapa de desarrollo neolítico. En todo caso, el autor estadounidense sostiene que esta gran catástrofe no acabó del todo con los mayas, pero sí que marcó un antes y un después y que, de hecho, los mayas históricos sólo fueron la sombra de lo que había sido su civilización primigenia antes del cataclismo global.

Este sería, en resumen, el escenario propuesto por Cliff Dunning que a más uno le puede parecer un cuento fantástico o una simple especulación sin sólidas pruebas científicas. A este respecto, cabe insistir una vez más que el mundo académico tiene una imagen bastante fija y estereotipada del poblamiento antiguo de América y de las civilizaciones precolombinas. Así, la historia oficial nos dice que la primera cultura identificada de cazadores-recolectores no aparece hasta el 11.000 a. C. o un poco antes[5], y luego las comunidades humanas se fueron extendiendo de norte a sur donde fueron progresando hasta llegar al estadio neolítico, o sea, de productores (agricultores y ganaderos). De aquí saltaron al estadio de la civilización, pero según los expertos no se puede hablar propiamente de civilización antes de 2.000-1.500 a. C., si bien la datación de algunas ciudades se va por encima del 2.500 a. C., como el caso ya citado de El Mirador (Guatemala) o de Caral (Perú). Con todo, en general se sitúa el esplendor de todas las civilizaciones americanas –los “periodos clásicos”– a partir del primer milenio después de Cristo hasta la llegada de los conquistadores.

Restos arquitectónicos mayas
Por tanto, la propuesta de Dunning constituye un verdadero anatema que difícilmente puede ser compatible con la versión oficial. A mi parecer, esta teoría presenta una serie de problemas o incógnitas: ¿qué hacemos con todas las cronologías ortodoxas basadas en las series de artefactos y en las dataciones absolutas? ¿Si las ciudades mayas eran tan antiguas, por qué no han aparecido las dataciones correspondientes al horizonte propuesto por Dunning?

Todo esto parece un poco forzado a no ser que consideremos que las cosas se han hecho rematadamente mal desde el punto de vista metodológico, o bien que hay un complot para ocultar la extrema antigüedad de los restos. Recordemos que el carbono-14 permite datar hasta unos 50.000 años, por lo cual teóricamente sería posible datar ese supuesto periodo antediluviano.

No obstante, por un lado, hay que decir en favor de Dunning que en la región del Yucatán se podría dar una superposición de restos, algo parecido a lo que ocurre en Egipto, en que tenemos monumentos sospechosos de ser extremadamente antiguos y que han sido asignados a la época dinástica por una serie de razones circunstanciales[6]. Dicho de otro modo, todavía quedarían restos de la época antediluviana que han sido mal datados y mal interpretados, confundiéndolos en el contexto de la civilización histórica, la cual sólo sería un tenue legado de la civilización primigenia. Por otro lado, la evidencia de la acción devastadora de las aguas parece bastante convincente, sobre todo con el nuevo argumento de los sacbés que se aprecian bajo el agua y que recuerdan mucho a los famosos cart-ruts (surcos de carro), que partiendo del interior de la isla de Malta se dirigen hacia la línea costera y prosiguen claramente bajo las aguas del Mediterráneo, conectando esta isla con la cercana isla de Gozo. Ahora bien, Dunning no aborda el tema de las conocidas pirámides mayas, que en teoría también deberían mostrar algún rastro de destrucción, desgaste o erosión causada por los tsunamis, al haber estado sumergidas –supuestamente– bajo las aguas durante siglos o milenios. 

El gran palacio de Sayil (Yucatán) en la actualidad. Véase el aspecto ruinoso de parte de la estructura

Con todo, habría que determinar –aun admitiendo que las ciudades sufrieron una gran destrucción por agua– si esos tsunamis se produjeron como resultado del deshielo del Dryas reciente o si tuvieron lugar mucho más tarde, en una época que denominaríamos “histórica”. Así, tenemos la famosa teoría de Immanuel Velikovsy, enunciada hace ya más de medio siglo, según la cual la Tierra habría sufrido tremendos cataclismos y desastres en fechas relativamente modernas (entre los siglos XVI a. C. y VIII a. C.) como consecuencia de la peligrosa aproximación a la Tierra del cometa Venus –antes de estabilizarse como planeta– y del errático paso de Marte cerca de la órbita terrestre. Con referencia a este punto, hay que señalar que las civilizaciones mesoamericanas habían considerado a Venus como un astro errante y peligroso, y le habían puesto el nombre de estrella humeante. De cualquier modo, todo esto entra en el terreno de las conjeturas, pues la visión de Velikovsky sigue sin ser aceptada ni por astrofísicos ni por arqueólogos. En definitiva, este fenómeno debería ser analizado más a fondo y revisado por geólogos competentes para establecer si las destrucciones observadas se debieron a colosales inundaciones o bien a otros factores (como fuertes seísmos, que no son extraños en dicha región), sin olvidar el crucial aspecto de aportar una datación fiable.

Los muros megalíticos de Sacsayhuamán (Perú)
Además, habría que resolver el posible vacío o salto temporal entre el horizonte “atlante” y la cultura maya reconocida por la arqueología oficial. En este sentido surgen una serie de preguntas de complicada respuesta: ¿Cómo se produjo la continuidad cultural? Dicho de otro modo, ¿qué sucedió en los 8.000 años posteriores a la debacle? Si, como afirma Dunning, las destrucciones acabaron con buena parte de las ciudades y sus estructuras, ¿qué porción de lo que podemos observar actualmente correspondería a los mayas “modernos”? ¿Y por qué la arquitectura original maya no se corresponde con cierta arquitectura “atlante”, de tipo claramente megalítico (y extremadamente resistente), que podemos observar por ejemplo en Tiwanaku o Sacsayhuamán, cuya antigüedad podríamos remontar hipotéticamente a un periodo antediluviano[7]? ¿Podríamos llamar “maya” a esa supuesta civilización que desapareció al menos parcialmente hace 12.000 años o era otra cosa?

Concluyendo, siempre es interesante sopesar nuevas visiones y teorías, y más aún cuando vienen acompañadas de perspicaces observaciones sobre el terreno. El problema de fondo es que Dunning señala con pruebas un posible hecho catastrófico de gran magnitud y gran antigüedad pero a la hora de la verdad no resuelve el encaje de las piezas geológicas con las de carácter arqueológico o histórico. Así pues, estimo que todavía queda mucho terreno por recorrer para poder construir un sólido edificio histórico-arqueológico alternativo sobre el origen de los mayas. De todas formas, vaya por delante que creo posible y factible que la población y civilización en América sean muchísimo más antiguas de lo que reconoce el estamento académico. Y quién sabe, a lo mejor los viejos soñadores como Churchward y Le Plongeon tenían parte de razón al hablar sobre Mu, las tablillas naacales y otras alocadas propuestas...

© Xavier Bartlett 2017

Fuente: www.ancient-origins.net

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] Según el investigador egipcio Sherif el-Morsi, la Gran Pirámide estuvo cubierta por agua hasta la hilada 20 por lo menos, durante siglos. Véase el artículo sobre la datación extrema de la gran Esfinge de Guiza en este blog.
[2] Esta etapa, denominada periodo posclásico, está datada aproximadamente entre 950 d. C. y la llegada de los españoles al Yucatán en el siglo XVI, que progresivamente fueron ocupando todo el territorio maya. De todos modos, cabe destacar que la última ciudad maya independiente, Nojpetén, no cayó en manos españolas hasta una fecha tan tardía como 1697.
[3] De los términos mayas sac (“blanco”) y be (“camino”). En realidad, el plural correcto en lengua maya es sacbeob, pero a efectos prácticos empleo aquí el plural castellano con “s”.
[4] Esta argumentación geológica constituye precisamente el núcleo de las últimas investigaciones llevadas a cabo por Graham Hancock, tal y como refleja en su reciente libro Magician of the Gods (2015).
[5] Esta es la llamada cultura Clovis, localizada en Nuevo México (EE UU) a inicios del siglo XX. Pese a los hallazgos posteriores de restos humanos mucho más antiguos, el estamento académico no acepta de ningún modo población humana en América anterior a 25000 a. C.
[6] El ejemplo más claro de esto lo tenemos en Abydos, donde conviven uno al lado del otro el templo de Seti I (del Imperio Nuevo) con el Osireion (templo de Osiris). Los egiptólogos despacharon el tema asignando el Osireion a la misma época de Seti I, a pesar de que: 1) el estilo arquitectónico de ambas construcciones es totalmente distinto, 2) no hay inscripciones jeroglíficas en el Osireion, y 3) ambos edificios están separados por un importante desnivel (y desfase estratigráfico) que indica una diferencia importante de cronología.
[7] Recordemos que, según la datación arqueoastronómica realizada por Arthur Posnansky en el Kalasasaya de Tiwanaku, esta ciudad se remontaría al 15.000 a. C.