jueves, 5 de diciembre de 2019

Dinosaurios y humanos: un encuentro problemático (1ª parte)


Casi todo el mundo conoce la famosa historia del monstruo del lago Ness en Escocia, según la cual el gran lago estaría habitado por una criatura acuática –o más de una– de enormes proporciones, pero que parece ser muy escurridiza, pues aparte de unos cuantos testimonios y unas dudosas imágenes, nadie sabe hasta qué punto existe realmente tal monstruo o si todo se reduce a una fantasiosa leyenda local. El caso es que, a pesar de las escasas pruebas en liza, se ha defendido la teoría de que el citado monstruo podría ser en verdad un dinosaurio acuático (una especie de plesiosaurio) superviviente de la gran extinción ocurrida hace millones de años. Este asunto se enmarcaría dentro de la llamada criptozoología, o estudio de los animales extraños o desconocidos –a veces supuestamente extinguidos– que son negados por la ciencia oficial. Al respecto, es posible que en este empeño se haya abusado de la fantasía y las leyendas, pero también es cierto que se daba por extinguido hace millones de años al arcaico pez celacanto hasta que en 1938 fue pescado un ejemplar vivo de esta especie en la costa de Sudáfrica.

Si ampliamos la perspectiva de este tema, tenemos sobre la mesa un antiguo debate que ha sido agitado muchas veces por ciertos sectores de la arqueología alternativa, especialmente los más ligados al fundamentalismo religioso o al creacionismo. Me refiero, obviamente, a la posibilidad de que los seres humanos no hayan evolucionado a partir de criaturas más simples y que hayan estado sobre el planeta con una anatomía moderna desde épocas remotísimas, incluso de muchos millones de años. Y en ese escenario es justo cuando se hubiera podido dar la coincidencia temporal entre hombres y dinosaurios, que –según el actual consenso del estamento académico– desaparecieron hace unos 65 millones de años a partir de un terrible evento natural o cósmico (la famosa teoría del meteorito[1]). Así, muchos recordarán los argumentos esgrimidos en su momento a partir de supuestos ooparts hallados principalmente en América, como unas huellas de pies humanos junto a huellas de (presuntos) dinosaurios. Ni que decir tiene que la ciencia oficial no ha hecho caso de estas pruebas o las ha desdeñado, aludiendo a confusiones o incluso fraudes.

Esqueleto de un dinosaurio (Tyranosaurus Rex)
Sin embargo, existe otra vía de enfocar esta cuestión que tendría algún viso de verosimilitud: la posibilidad de que los dinosaurios hayan sido mal datados y que sean mucho más modernos de lo que se acepta. En realidad, esta propuesta enlazaría mejor con la hipótesis de que los dinosaurios no se extinguieron completamente hace 65 millones de años, sino que algunos de ellos lograron sobrevivir de forma residual –aun en las condiciones más precarias– hasta fechas relativamente recientes, lo que les podría haber hecho coincidir con el hombre primitivo, o incluso con la Humanidad de épocas históricas. Estamos pues hablando de decenas o cientos de miles de años como mucho, o tal vez unos cuantos siglos en los casos más excepcionales. En fin, abordar seriamente este asunto parece un despropósito y una pérdida de tiempo, y yo mismo fui muy escéptico en su momento, pero debo reconocer que existe una base razonable para explorar lo aparentemente fantástico y tratar de sacar alguna conclusión. Vayamos por partes.

Una vez más, en primer lugar, tenemos la denostada mitología. Como ya es cansino repetir, para la ciencia oficial el mito en sí mismo no tiene fuerza probatoria y sólo corresponde al acervo cultural de cada comunidad. Por supuesto, se admite que en algunos casos pudo haber algún rastro de realidad que luego fue reciclado o distorsionado en forma de leyenda trasmitida oralmente de generación en generación. No obstante, como sé bien por mi propia formación académica, el mito no es tomado como un referente sólido para la investigación arqueológica o histórica. Antes bien, se lo suele aparcar cómodamente en el ámbito de la antropología, que está enfocada a explorar las costumbres, conductas y creencias de las diferentes culturas humanas. Por el contrario, la mitología parece un útil comodín para la historia alternativa, ya que permite argumentar casi cualquier cosa, empleándola como indicio respetable y tomando o interpretando lo que interesa en cada momento según la tesis a defender.

Escultura de dragón (según la tradición china)
Sea como fuere, volviendo al tema de los dinosaurios, es innegable que en muchas partes del mundo existieron –y existen todavía– abundantes mitologías relacionadas con grandes reptiles, los famosos dragones de los cuentos y leyendas, animales de gran tamaño y fuerza y en ocasiones con la capacidad de volar. Así, tenemos descripciones de criaturas fantásticas que –estudiadas en rigor– guardan no poco parecido con lo que podrían ser algunos tipos de dinosaurios descubiertos en los dos últimos siglos por las investigaciones paleontológicas. Desde luego, siempre se podrá decir que la imaginación es libre, pero la semejanza está ahí y nos podríamos preguntar de qué modelo de la realidad natural extrajeron los antiguos esas “visiones” de terribles monstruos de aspecto reptiloide.

Por otra parte, no todas esas referencias son estrictamente “mitología”, pues en algunos relatos históricos antiguos se han conservado descripciones cuando menos sospechosas. Por ejemplo, el mismo Heródoto –considerado como padre de la Historia– describió unas criaturas volantes reptiloides con cuerpo de serpiente y alas de murciélago que surcaban los cielos de Egipto y Arabia, y que podrían corresponder a un pequeño dinosaurio conocido como Ramphorhynchus. Asimismo, existen documentos más recientes –de la época medieval y renacentista– que hablan de avistamientos o encuentros con criaturas reptiloides, muchas de ellas volantes, en países europeos como Gran Bretaña, Italia o Francia, y que entrarían en la categoría de “dragones”. Con todo, aún existen noticias fechadas en el siglo XIX o incluso en el pasado siglo, y que a veces han sido relacionadas con el mundo paranormal… o con el sensacionalismo, por no decir fraude.

En fin, no hay que insistir en que para la ciencia oficial todo esto no es más que el bien conocido folclore popular –en el que deberíamos incluir la citada historia del lago Ness– y que tales relatos no merecen ninguna credibilidad desde el punto de vista científico, en una línea muy similar a lo que sucede con las llamadas leyendas urbanas. De todas maneras, y a modo de ejemplo representativo, expongo aquí uno de esos múltiples testimonios de encuentros con dragones que difícilmente pueden atribuirse a meros cuentos o leyendas. En este caso se trata de un registro escrito a mediados de siglo XV y conservado en la biblioteca de la catedral de Canterbury:

“En la tarde del viernes 26 de septiembre de 1449 dos reptiles gigantes fueron vistos luchando en las orillas del río Stour (cerca de la villa de Little Conard) que marca los límites fronterizos entre los condados ingleses de Suffolk y Essex. Uno era negro y el otro rojizo y moteado. Después de una lucha que se mantuvo durante una hora para la admiración de los muchos paisanos que los observaban, el monstruo negro cedió y se retiró a su guarida, y el escenario del conflicto fue conocido desde entonces como Sharpfight Meadow (el prado de la intensa lucha).”

Representación de un animal desconocido (Utah, EE UU)
Ahora bien, hay que reconocer que la mitología se ha plasmado a veces de forma física y es aquí cuando ya entramos en el campo de la arqueología, pues lo cierto es que existen muchas representaciones pictóricas o escultóricas de las criaturas fantásticas, siendo bastantes de ellas de comunidades primitivas, sin despreciar otras de culturas más desarrolladas. Así pues, tenemos desde pinturas rupestres muy antiguas hasta relieves en piedra de época histórica, con toda una serie de enormes monstruos que no pueden identificarse fácilmente con los animales más comunes –generalmente mamíferos– que pudieron haber visto los antiguos en su entorno natural. Evidentemente, podríamos objetar que ese arte no tenía por qué ser una copia exacta de la realidad, sino que podría existir un alto grado de distorsión o interpretación, incluyendo una cierta visión chamanística, lo que podría explicar la representación de figuras no realistas, más propias del reino onírico o de las alucinaciones.

No obstante, también hay que señalar que muchas pinturas rupestres del paleolítico superior, de una gran antigüedad, fueron bastante naturalistas y ajustadas a la anatomía real de los animales representados, por lo cual hay que admitir que nos estamos moviendo en un marco de cierta ambigüedad, sesgo o interpretación subjetiva ante lo que los hombres primitivos quisieron mostrar en sus pinturas. Si aceptamos pues figuras de bisontes, por ejemplo, hay que ser honestos y abrir la puerta a que los antiguos representasen también de forma más o menos naturalista algunos animales no identificados que pudieron convivir con ellos, ya se trate de “dinosaurios” u otras especies indeterminadas.

Pintura rupestre de Perú con animal indeterminado
Sea como fuere, existen numerosos ejemplos de arte primitivo –sobre todo en el continente americano– en que se intuyen formas de animales que difícilmente podemos comparar con grandes mamíferos, sino más bien con antiguos dinosaurios. Esas representaciones suelen incluir criaturas de abultados cuerpos, con cuellos largos, patas cortas y robustas y a menudo con extensas colas. Esta tipología encajaría bastante bien en grandes dinosaurios herbívoros, como el brontosaurio o el diplodocus. Eso sí, doy por hecho –a partir de las fuentes– de que se trata de representaciones auténticas, no de falsificaciones modernas, tema que tocaré más adelante.

Después tendríamos la amplia representación de dragones, que giran en torno a una imagen tópica de “lagarto gigante”, y que están presentes en varias civilizaciones a lo largo de los siglos y en culturas tan alejadas y distintas entre sí como China y el Occidente cristiano. Y entre todas estas figuras me gustaría destacar una que ha sido citada muchas veces hasta alcanzar la categoría de oopart por su rareza y aparente situación fuera de contexto. Me refiero al conocido caso de un supuesto estegosaurio de un templo sito en el conjunto de Angkor Wat (Camboya), construido por la civilización Khmer y que data del siglo XII de nuestra era. Pues bien, en un pilar a la entrada de un templo podemos apreciar, dentro de un disco, un relieve que representa a un extraño animal de voluminoso cuerpo y patas cortas, y que presenta una especie de cresta formada por grandes placas dorsales en su lomo que recuerdan mucho a las de un estegosaurio.

El estegosaurio de Angkor Wat
Cabe reseñar que la ciencia oficial se ha limitado a afirmar que en los templos podemos ver diversas figuras de animales, tanto reales como mitológicos, y ahí se zanja la cuestión, si bien algunos investigadores especialistas en Angkor, como Michael Freeman y Claude Jacques, han reconocido explícitamente que el parecido del animal en cuestión con un típico estegosaurio es asombroso. Ante esta insólita presencia de un supuesto “dinosaurio” en plena Edad Media, caben al menos tres hipótesis:

1)   Que el animal sea una creación fantástica, con rasgos de algún animal real conocido, y que el artista recompuso a partir de relatos mitológicos. Por tanto, aquí no habría oopart propiamente dicho.

2)   Que el animal sea algún tipo de mamífero o reptil desaparecido y que fue representado de manera bastante libre por el artista. Quizá se tratase de una especie de erizo, armadillo, o algo similar. Aquí tampoco sería lícito hablar de oopart.

3)  Que el animal sea en efecto un estegosaurio, una reliquia viva del pasado remoto y que fue representado de manera bastante aproximada por el artista. Este sería el contexto propio de un oopart. No debería estar ahí (en el siglo XII), según el saber científico aceptado, pero el caso es que está.

Si admitimos la tercera hipótesis como viable, ello nos fuerza a suponer que algunos dinosaurios pudieron sobrevivir durante millones de años en hábitats selváticos relativamente restringidos y que todavía pudieron ser vistos por seres humanos durante aquella época, lo que lógicamente se habría trasladado a la citada representación escultórica. Otra opción –a mi juicio más rebuscada– sería pensar que los habitantes de la región hubieran desenterrado los huesos de un estegosaurio y luego lo hubieran intentado representar a modo de reconstrucción ideal, como hacen los modernos investigadores. En cualquier caso, las consabidas referencias a la mitología o a la imaginación no ayudan a despejar incógnitas, y los regates del mundo académico resultan aquí tan torpes como los realizados a menudo por los autores alternativos.

En fin, todo lo citado hasta ahora podría ser un batiburrillo de casos esporádicos y polémicos, abiertos a la duda o la especulación, pero existen otras supuestas pruebas que podríamos denominar “demasiado bonitas para ser verdad”, por su cantidad y claridad. Y aquí es cuando deberíamos adentrarnos de lleno en el proceloso asunto de la manipulación y el fraude que flota sobre muchas propuestas de la arqueología alternativa. Por referirnos a dos casos próximos y bien conocidos del siglo XX, vale la pena citar las estatuillas de Acámbaro (México) y las famosas piedras de Ica (Perú), que a día de hoy siguen siendo objeto de polémica por su presunta condición de ooparts.

Estatuilla de Acámbaro
El primero de ellos es un conjunto de estatuillas de terracota halladas en 1945[2] por el arqueólogo amateur alemán Waldemar Julsrud en las montañas de Toro y Chivo, próximas a la localidad mexicana de Acámbaro. Lo más sorprendente es que no fueron pocas, sino unas 33.000, entre las cuales se podían distinguir muchas figuras de grandes animales muy semejantes a antiguos dinosaurios (sobre todo herbívoros), con abultados cuerpos, placas dorsales, patas cortas, largos cuellos y colas, etc. Incluso aparecieron algunas piezas realmente asombrosas, como la de un hombre montado en un típico triceratops (ver imagen) u otras que muestran a supuestos dinosaurios devorando a seres humanos. Estas estatuillas fueron asignadas en principio a la cultura local pre-clásica de Chupicuaro, descubierta por el propio Julsrud en 1923 y datada entre 800 a. C. y 200 d. C., pero en realidad no se asemejaban a los artefactos típicos de dicha cultura.

Pese a lo espectacular del hallazgo, la comunidad científica no se interesó demasiado por el asunto y lo tachó de mero fraude, y más aun a la vista de los “imposibles” dinosaurios. De todos modos, en 1954 un equipo arqueológico mexicano excavó en el lugar y corroboró que era un yacimiento auténtico, aunque luego matizó que las figuras de dinosaurios debían ser falsas. Así las cosas, más adelante, la noticia llegó a oídos del famoso investigador Charles Hapgood, que se interesó por las estatuillas y promovió un estudio más fondo de éstas con las tecnologías más modernas. Así, las dataciones realizadas por el método del radiocarbono[3], tomando material orgánico adherido a las piezas, dieron una antigüedad de entre 4500 a. C. y 1100 a. C. Más adelante, en 1972, unas pruebas de termoluminiscencia de la Universidad de Pennsylvania descartaron igualmente que se tratara de una falsificación moderna, pues los resultados arrojaron una fecha de hacia 2500 a. C. Sin embargo, nuevas dataciones llevadas a cabo a finales de los años 70 contradijeron los estudios anteriores y negaron la gran antigüedad de las piezas. Y ya en 1990, el arqueólogo Neil Steede (profesional de carrera, aunque abierto a tesis alternativas) analizó una vez más los artefactos y confirmó su autenticidad ante el gobierno mexicano. Como vemos, hay opiniones para todos los gustos.

Situación de Acámbaro en México
Llegados a este punto, procede hacer un breve análisis crítico sobre este extraño caso. Desde la perspectiva académica, no hay duda de que se trata de un fraude en su práctica totalidad. Todo parecería indicar que los curiosos hallazgos fueron fruto del entusiasmo de Julsrud y del ánimo de los lugareños de tomarle el pelo con una burda falsificación de miles de estatuillas, las cuales presentaban en su mayoría un aspecto demasiado bueno (sin desgaste ni mellas o roturas) para ser tan antiguas[4]. Y también es oportuno mencionar que Julsrud pagaba una cierta cantidad de dinero (un peso) por cada pieza extraída[5]. Además, se remarca que la posterior datación probó que las figurillas eran modernas, achacando las primeras cronologías obtenidas a un error propio de la novedad del método. En todo caso, tampoco faltan las opiniones de que en realidad los animales representados no serían dinosaurios sino monstruos mitológicos o fieras reales más o menos distorsionadas, pues en bastantes ocasiones las formas y rasgos no serían biológicamente factibles. 

En fin, tras haber consultado algunos libros y la inevitable Internet, no puedo sacar conclusiones claras sobre este asunto, pues la información es escasa y repetitiva, con bastantes puntos oscuros, imprecisiones e incoherencias. Sin duda, sería de gran valor determinar qué piezas concretas fueron sometidas a los análisis de datación, por qué medios y cuál fue su fiabilidad, dado que una datación posterior pareció desestimar todo lo anterior. Hay que tener en cuenta que el radiocarbono no se emplea propiamente para datar cerámica y que existe la posibilidad de que el primer análisis por termoluminiscencia fallase. Lamentablemente, creo que sólo una investigación profunda que contrastase las fuentes originales de los hallazgos y las condiciones exactas de las dataciones podría arrojar alguna luz, pero aun así se hace difícil valorar seriamente un conjunto tan grande y tan extraño de estatuillas… que no aparece en ningún otro lugar de América –ni del mundo– en tal número.

En arqueología, todas las piezas encajan en un contexto y aquí todo parece demasiado excepcional y falto de conexiones. Desde luego, no siendo el lugar una necrópolis ni un poblado, parece que se hubieran enterrado esos miles de figuras con algún fin indeterminado (¿para ocultarlas o protegerlas?). Pero, por otro lado, las figuras aparecieron en diversos estratos, a diversas profundidades y mostrando tipologías de dinosaurios de casi todas las épocas. Todo demasiado opaco y abierto a las mayores suspicacias, aun siendo generosos. Así, sumando los pocos argumentos disponibles, podría aventurar la hipótesis de que en Acámbaro había en efecto algunos restos antiguos y que algunas piezas eran auténticas, pero que muchas de ellas (en particular las de aspecto más “rompedor”) fueron falsificadas por motivos económicos o por pura diversión. De todos modos, insisto en que con referencias escasas y confusas y sin una investigación detallada es muy complicado emitir un veredicto concluyente.

Piedra de Ica con supuesto dinosaurio
Si ahora nos desplazamos a Perú, tenemos el célebre caso de las piedras de Ica, sobre el cual ya escribí un artículo específico hace unos años. No voy a repetirme en lo que ya expuse, pero a grandes rasgos podemos apreciar una situación muy similar: desde finales de los años 60 un arqueólogo amateur, el Dr. Javier Cabrera, acumuló una enorme colección de decenas de miles de piedras grabadas –que él llamó gliptolitos– también proporcionadas por los lugareños. Entre otros muchos temas heréticos, también se veían imágenes de diversos dinosaurios y de humanos interactuando con ellos. Sobre la datación de tales piedras, Cabrera las atribuía a una antiquísima era de hace millones de años, en el contexto de una Humanidad desconocida.

Por supuesto, el estamento académico declaró que todo aquello no tenía pies ni cabeza y que se debía enmarcar en una gran operación fraudulenta. A su vez, la arqueología alternativa explotó este asunto como un evidente oopart, pero con el paso del tiempo hasta los investigadores alternativos más creyentes le dieron la espalda a Cabrera a la vista de la falta de pruebas y la constatación de una práctica fraudulenta generalizada. Y de nuevo, por lo que puede recopilar en su día, creo que algunas piedras sí eran auténticas, pero que la gran mayoría –en la que se debe incluir a los dinosaurios– no eran más que una falsificación encargada por Cabrera. Aparentemente, no hubo aquí fines económicos, sino quizás ciertas ganas de notoriedad y una buena dosis de autoengaño. Y, por cierto, aunque no estaban expuestas al público en su museo, Cabrera también almacenó muchas estatuillas de terracota de supuestos dinosaurios. En este caso, el famoso Erich Von Däniken tuvo acceso a tales piezas y disimuladamente consiguió llevarse una de ellas que luego hizo analizar, con el resultado de que las estatuas tenían sólo unos pocos años.

Y todavía tenemos que explorar el tema de la hipotética convivencia de humanos y dinosaurios a partir de otros datos y pruebas –algunas realmente sorprendentes– que la ciencia oficial ha preferido dejar a un lado discretamente. Pero todo ello lo veremos en la segunda parte este artículo.

© Xavier Bartlett 2019



[1] Según esta teoría, un gigantesco meteorito de varios kilómetros de diámetro impactó contra la Tierra en la península del Yucatán (México) y causó una reacción en cadena que afectó a todo el planeta, destruyendo muchas formas de vida, incluyendo los dinosaurios, cuyos hábitats y recursos naturales quedaron fuertemente afectados por la devastación provocada.
[2] Según las fuentes consultadas, existe una insólita confusión sobre el año del hallazgo, que a veces se sitúa en 1944.
[3] Estas dataciones fueron implementadas por el Museum’s Applied Science Center for Archaeology (MASCA).
[4] Esta fue la concusión extraída por el arqueólogo Charles DiPeso, que visitó el lugar y examinó las piezas en 1952. Aparte, dijo haber contactado con una familia local que le habría reconocido el fraude.
[5] Sea como fuere, Julsrud nunca quiso hacer negocio con las piezas, que al final almacenó como pudo en su casa. Actualmente se exponen en el Museo Waldemar Julsrud, sito en Guanajuato.

miércoles, 20 de noviembre de 2019

En busca del arca perdida (¿o hallada?)


En el mundo de la arqueología alternativa existen sin duda dos “arcas” por excelencia: una de ellas es un cofre y la otra es un barco. La primera, obviamente, es la famosa arca de la Alianza, perseguida por muchos tanto en la realidad como en la ficción cinematográfica, y que en su momento ya abordé en este mismo blog, valorando su difusa situación entre el mito y la realidad. La otra es la no menos popular arca de Noé.

Ambas son de evidentes resonancias bíblicas y han hecho correr ríos de tinta durante décadas, dando lugar a todo tipo de investigaciones y especulaciones que han sido objeto de innumerables artículos, libros, documentales y películas. Dado que esta última contiene una insólita mezcla de mitología, arqueología y conspiracionismo, voy a dedicarle esta breve entrada para que los lectores se hagan una idea general del tema y luego extraigan sus conclusiones.

En primer término, nos centraremos en el contexto mitológico de esta cuestión. Así, es obligado recalcar que –si bien el personaje de Noé es muy conocido en Occidente por la tradición judeo-cristiana– la historia original se sitúa en la mitología sumeria, de cuyas fuentes bebió el Génesis bíblico. Recordemos a grandes trazos la narración: Dios decide castigar a la Humanidad por su mala conducta y planea eliminarla en su totalidad mediante un colosal diluvio. No obstante, se propone salvar al menos a un hombre justo (Noé) y a su familia. Acto seguido, le da instrucciones precisas para que construya una gran nave o arca de madera –de unos 135 metros de eslora, 22 metros de manga y 13 metros de alto[1]– y se aloje allí junto con los suyos y una pareja de cada especie animal, hasta que cese el diluvio. Según el relato, después de 40 días y noches de terrible diluvio, se acabó el castigo divino y el nivel de las aguas fue bajando. Por fin, con la retirada de las aguas, el Arca fue a parar a lo alto de un monte. Desde allí Noé dejó ir una paloma para comprobar si las aguas ya habían descendido lo suficiente, cosa que pudo comprobar cuando el ave volvió con una rama de olivo en su pico. Al abandonar el Arca, Noé realizó un sacrificio a Dios, el cual instó a los supervivientes a que se multiplicaran y repoblaran de nuevo el mundo.

El mito del Diluvio también presente en Mesoamérica
Pues bien, este relato es casi calcado a lo que podemos leer en la Epopeya de Gilgamesh, cambiando a Noé por el héroe Utnapishtim (también conocido como Ziusudra). Hoy en día ya sabemos que, por puro orden cronólogico, fue la Biblia, escrita en el primer milenio antes de Cristo, la que tomó prestada esta historia de los antiguos sumerios. Y lo que es más sorprendente es que tenemos la misma historia reflejada en leyendas y mitos de casi todo el mundo que nos hablan de una gran destrucción global –debida a un diluvio– que acabó con la Humanidad, dejando a unos pocos supervivientes salvados en un barco, bote o arca, y que acabaron sus penalidades en lo alto de una montaña. Esto mismo lo podemos ver en el mito griego de Deucalión y Pirra, en la historia de los hermanos Fu Xi de China, en la leyenda azteca de Coxcoxtli y su esposa Xochiquetzal, o en la narración védica de Manu Vaisvasvata. Como ya he indicado en más de una ocasión, es precisamente esta coincidencia la que ha hecho pensar a diversos autores alternativos que el Diluvio existió en la realidad hace muchos miles de años y que tuvo un carácter global, ya que la difusión de la historia judeo-cristiana influyó ciertamente en unas pocas culturas, pero no en otras, muy separadas en el tiempo y el espacio.

Hasta aquí la parte estrictamente mitológica, que recordemos que es negada por la ciencia oficial. En concreto, no es que los académicos rechacen el tema del Arca en sí (que valoran como un mero episodio mítico propio del mundo de las creencias), sino que consideran como no probado que se diera un diluvio devastador de grandes proporciones en un tiempo limitado y que afectara a todo el planeta. No voy a centrarme ahora en esta compleja polémica, que ya he tratado en entradas anteriores, sino en los esfuerzos de los investigadores alternativos por validar la historia del Arca a partir de supuestos restos arqueológicos, dejando a un lado los múltiples esfuerzos dedicados a probar el desastre a partir de evidencias puramente geológicas, como ha hecho muy en particular el escocés Graham Hancock. 

Los estudiosos de la Biblia creían que el Arca se había posado en algún lugar del Kurdistán, al norte de Turquía o Irán, siendo el candidato más firme el monte Ararat, el pico más alto de Turquía, con unos 5.100 metros de altitud. Incluso el célebre viajero Marco Polo, al pasar por la región de Armenia en el siglo XIII, oyó la historia de este monte como sede de la famosa Arca. Lo cierto es que durante siglos la leyenda sobre esta montaña persistió, pero nadie se atrevió a subir a lo más alto de la cumbre a explorar el posible paradero del Arca. No fue hasta el siglo XIX en que se realizaron los primeros intentos de búsqueda en forma de expediciones más o menos “científicas”. En 1876 un lord inglés, llamado James Bryce, subió hasta los 4.000 metros y volvió a Inglaterra con un trozo de madera que atribuyó sin duda al Arca. Poco después, en 1880, un explorador armenio afirmó incluso haber estado dentro del Arca. Sin embargo, no sería hasta inicios del siglo XX cuando se desataría la fiebre por el Arca, a partir de un relato un tanto confuso sobre el descubrimiento de ésta.

Panorámica del Monte Ararat con sus dos picos


Según esta historia, en 1916 un oficial de la fuerza aérea imperial rusa –en misión de observar los movimientos de las tropas turcas– divisó desde su aparato un lago helado sobre la cumbre del Ararat y muy cerca de él advirtió lo que parecían ser los restos del casco de un barco que sobresalían entre los hielos. Más adelante, se repitió el vuelo con un oficial superior, que corroboró la observación y remitió un informe al Zar Nicolás II de Rusia, el cual ordenó enviar dos cuerpos de ingenieros a realizar una detallada inspección sobre el terreno, dando por hecho de que se trataba del Arca de Noé. Al parecer, esta expedición logró hallar el Arca, la midió, realizó dibujos y tomó fotografías. Sin embargo, no se conserva ningún registro documental de tal intervención, pues todo el material enviado directamente al Zar o nunca llegó a su destino o se perdió tras la revolución bolchevique. Tampoco se llevó a cabo ningún informe o publicación de los resultados. Como se puede comprobar, todo muy opaco. En todo caso, desde entonces la era de la aviación abriría la puerta a nuevas observaciones.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la fuerza aérea turca realizó dos avistamientos –en 1959 y 1960– de la supuesta Arca sobre una ladera baja del Ararat. Se hicieron fotografías en que se intuía la forma de un gran barco con unas dimensiones un poco superiores (150 x 50 metros) a las medidas citadas en la Biblia. Según las fotos de 1959, aparecía en el terreno una especie de contorno firme de lo que podía ser el Arca, dato que desde entonces los creyentes en el Arca han tomado como prueba decisiva de la existencia del Arca. Ahora bien, para el estamento oficial, dicho contorno no es más que una caprichosa formación geológica de lava volcánica que recuerda vagamente a la forma de una nave, y que por su peculiaridad se ha llamado la “anomalía del Ararat”. Este lugar específico –situado a unos 20 kilómetros al sur de la montaña– se conoce también como Durupinar, en honor al aviador turco con este apellido que realizó el avistamiento. Además, en otra fotografía aérea de 1965 realizada sobre el Ararat se detectó una forma ovalada que podría parecer una nave.

Fragmento de madera hallado por Navarra
El caso es que fue en esa época cuando se retomaron los esfuerzos por hallar el Arca in situ, y el alpinista francés Fernand Navarra escaló el Ararat varias veces entre 1952 y 1969 y dijo haber encontrado trozos de madera a gran altura, que luego encargó datar mediante el método del radiocarbono, si bien los resultados ofrecidos fueron contradictorios. En todo caso, se apuntó el tanto de haber descubierto el Arca, pese a disponer de tan pocas pruebas. Y para echar más leña al fuego de los datos perdidos y el secretismo, en 1973 un satélite occidental denominado ERTS tomó una imagen del monte Ararat en la que se podía apreciar la forma de un barco de proporciones similares a las bíblicas. No obstante, cuando los investigadores independientes solicitaron una copia de esta imagen recibieron la respuesta oficial de que no había registros de tal documento.

Posteriormente, en los años 80 el ex astronauta de la NASA James B. Irwin –motivado por sus creencias religiosas– participó en unas expediciones para localizar el Arca, pero sin ningún resultado. Asimismo, el aventurero y explorador norteamericano Ron Wyatt –un auténtico Indiana Jones a la búsqueda de reliquias– se lanzó a una extensa exploración del Ararat y zonas cercanas entre los años 70 y 90 e incluso llegó a realizar una excavación en el ya citado sitio de Durupinar. Tras sus pesquisas, afirmó haber encontrado varios restos materiales, como un remache fosilizado, trozos de metal o incluso anclas de piedra. Cabe decir, empero, que la famosa anomalía ya había sido excavada en los años 60 y que no se había encontrado ningún resto arqueológico reconocible, concluyendo que la formación era completamente natural. Un colaborador de Wyatt, David Fasold, compró también la historia del Arca de Durupinar, pero tras años de investigaciones tuvo que reconocer que la hipótesis geológica era la más firme y creíble, si bien antes de morir todavía insistía en que no se podía descartar del todo la idea de que los restos pudieran corresponder al Arca fosilizada.

Representación pictórica del Arca (posada tras el Diluvio)
Como vemos, sobre todo este asunto flota el sesgo y el prejuicio de las creencias, y de hecho el Arca ha sido objeto de obsesión por parte de fundamentalistas cristianos y creacionistas, dispuestos a hallar –a cualquier precio– pruebas arqueológicas de la verdad revelada en la Biblia. Incluso en tiempos muy recientes todavía se organizan expediciones a la región y se hacen declaraciones altisonantes, que suelen acabar en graves sospechas de error, manipulación o fraude, cuando no de mero sensacionalismo y ganas de llamar la atención, como una misión evangélica turco-china que en 2010 dijo haber identificado el Arca a unos 4.000 metros de altura “con un 99,9% de seguridad”.

Cabe decir, no obstante, que esta postura no es propia de fanáticos o visionarios, pues el mismo estado de Israel lleva tiempo intentando corroborar la historia bíblica judía a través de investigaciones históricas y arqueológicas, y pese a los deseos de cuadrar el mito con la arqueología, los resultados han sido a menudo decepcionantes, como cuando el profesor Finkelstein afirmó –a partir de la evidente falta de pruebas sobre el terreno– que el episodio del Éxodo hebreo nunca había existido… a menos que en el futuro aparezcan restos que contradigan esta aseveración.

En todo caso, me ha sorprendido que el asunto del Arca se haya visto envuelto en un halo conspirativo en que está involucrada hasta la CIA. Según el investigador Brad Steiger, un explorador llamado Charles P. Aaron pidió ayuda a la CIA en 1992, solicitando unas imágenes de alta tecnología que permitían reconocer objetos bajo gruesas capas de hielo. Para conseguir su propósito, Aaron venía avalado por la Tsirah Corporation[2], así como por James Irwin y varios congresistas y senadores estadounidenses. La CIA le respondió a inicios de 1993 sólo para alegar que las imágenes tomadas en la zona del Ararat no habían revelado la presencia de nada en particular. No obstante, los conspiranoicos interpretaron que la CIA sí había detectado algo y tras un cierto revuelo, un responsable del departamento científico de la CIA admitió finalmente en febrero de 1994 que se había identificado algo bajo el hielo y la nieve, pero que no podía tratarse del Arca de Noé, y que de hecho no había ninguna intención de realizar investigaciones adicionales. Para los más suspicaces, sin embargo, dicha declaración daba a entender que anteriormente la CIA sí había llevado a cabo investigaciones en la zona, supuestamente con la mayor discreción. De aquí se pasó a especular con que la CIA había estado en la región y había hallado el Arca, e incluso que había sido capaz de llevársela del monte Ararat, trasladando los restos a una base militar norteamericana. (¡Cómo nos recuerda esto a Indiana Jones!)

Reconstrucción moderna del Arca
Aparte, quien esto escribe también leyó en su día una teoría que afirmaba que un equipo especial estadounidense había aterrizado en la montaña y en un tiempo récord había extraído de allí todos los objetos o restos que podían ser considerados de máximo interés por razones indefinidas. Sea como fuere, planea la sombra de que el gobierno de EE UU mantiene en su poder material y documentación clasificada sobre el Arca que no tiene intención de poner a disposición de público, al menos de momento. Nuevamente, todo resulta muy turbio y sugerente, digno de una película de intriga o de aventuras, pero difícilmente algo parecido a arqueología seria. Eso sí, con todo este circo de sensacionalismo y ocultación, la arqueología académica se ha desentendido del tema o se ha dedicado a negar y ridiculizar a los investigadores alternativos.

En definitiva, deberíamos aplicar aquí el clásico refrán de mucho ruido y pocas nueces, porque realmente las pruebas aportadas son muy pobres y no disponemos de nada realmente sólido. Es bien posible que los restos apreciables en Durupinar sean en efecto sólo una formación natural, pero sobre lo que hay –o deja de haber– en lo alto de la montaña, bajo la nieve y el hielo, todavía estamos in albis, pues faltan imágenes o restos reconocibles que permitan ir más allá de las simples conjeturas. Por desgracia, parece que en los tiempos modernos se ha perpetuado la leyenda del Arca en el Ararat, con muchas historias oscuras o sensacionalistas. Si en verdad la expedición rusa descubrió y exploró a fondo el Arca en 1916, resulta bastante frustrante –o más bien sospechoso– que se perdiera toda la documentación. En realidad, estamos en una situación muy similar a lo que ocurre con el arca de la Alianza, en que hay muchas teorías y rumores, pero muy pocas certezas, por no decir ninguna.

La estructura de Durupinar que ha dado tanto que hablar sobre su posible asignación a los restos del Arca

Personalmente, creo posible que el Diluvio tuviera lugar (en las fechas dadas por Hancock y otros), pero que se hubiera construido una gran arca para que unos pocos se salvasen del desastre ya lo veo como mucho más especulativo y desde luego propio de una civilización avanzada, no de primitivas comunidades paleolíticas. Así pues, con respecto a este tema opino que apenas hemos salido del mito, pero al mismo tiempo reconozco que es asombroso que exista una mitología muy similar en varias partes del mundo. En todo caso, admito que es bien posible que el cataclismo de hace más de 12.000 años fuera tan descomunal como para devastar el planeta y privarlo de muchísimas especies animales, dejando a la población humana reducida a mínimos. Puestos a lanzar conjeturas, tal vez la historia del Arca fuese una respuesta común de muchos pueblos para explicar una tremenda catástrofe natural que –en una era no-científica– escapaba a su comprensión, por lo cual la atribuyeron a la ira de los dioses. Entretanto, veremos si en lo alto del monte Ararat acaba por aparecer algo digno de crédito.

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons



[1] Estas medidas pueden variar según cómo se valore la magnitud del codo en el texto original hebreo, pues no hay unanimidad en la asignación de un valor fijo (al haber varios “codos” en el Mundo Antiguo).
[2] Una compañía norteamericana del sector aeronáutico.