miércoles, 12 de diciembre de 2018

Los reyes-dioses de Sumeria y Egipto



Como es bien sabido, una de las habituales fronteras entre la arqueología académica y la alternativa es la interpretación de la mitología. En efecto, lo que para el estamento académico es “fantasía” o “leyenda” sin ningún apoyo histórico, para la arqueología alternativa ofrece –como mínimo– el beneficio de la duda, en el sentido de que al menos algo de lo narrado en el mito tuvo una base perfectamente real que quedó distorsionada por el paso del tiempo y la propia trasmisión oral de los hechos a lo largo de muchas generaciones.

Uno de los campos de esta disensión conceptual entre ambas visiones que más me ha llamado la atención ha sido el de las mitologías de las antiguas civilizaciones en lo referente al origen de su realeza o casta dirigente, que hasta cierto punto vendría a ser lo mismo que decir que el inicio de su civilización. Y este asunto es no poco importante, pues para la historia y arqueología convencionales existe una marcada diferencia entre lo que se considera civilización –e inicio de la Historia– y lo que queda aparcado en el limbo mítico, a falta de pruebas documentales y arqueológicas. Así pues, hoy en día se acepta que la aparición de la escritura y de otros elementos diversos de civilización dieron inicio a la Historia Antigua, en varias regiones del planeta como Egipto, Mesopotamia, China, el valle del Indo, Mesoamérica, etc., si bien con cierto diferencial cronológico entre ellas.

Así pues, cuando se da una coincidencia entre los datos arqueológicos –con cronologías históricas comparadas o bien con el apoyo de dataciones absolutas– y los relatos escritos conservados se avala esa historia procedente de diversas fuentes. Sin embargo, lo que se escapa a dicha comprobación y contraste –y además contradice supuestamente otras pruebas arqueológicas– queda fuera de “lo histórico” y pasa al reino de lo mítico, que para los historiadores y arqueólogos es un ámbito oscuro y proceloso. Bien es cierto que muchos admiten que pudo haber algún lejano referente en algunos mitos, pero que todo fue “novelado” o “decorado” por las propias creencias de los antiguos, donde lo mágico, lo épico y lo histórico se podían mezclar con cierta facilidad. En suma, donde no hay prueba empírica tangible se da un carpetazo a la posible discusión en torno a la hipotética historicidad del mito.

Dicho todo esto, existe una coincidencia en varias culturas de todo el mundo que aluden a la presencia de unos primeros reyes de origen divino o semidivino (llegados “de los cielos” o de lejanas tierras), con poderes o rasgos sobrehumanos, y que en la mayoría de las ocasiones se sitúan en un tiempo inmemorial. Todo ello muy propio de la mitología, como es obvio. Pero de entre toda esta casuística destacan con mucho dos grandes civilizaciones –Súmer (o Sumeria) y Egipto– en las que la mención detallada y repetida a esos primeros reyes-dioses da mucho que pensar, y más aún por cuanto se citan sucesiones o dinastías enteras de esos monarcas, incluyendo cronologías absolutamente impensables para los historiadores convencionales. Vamos pues a adentrarnos en esta cuestión para finalizar con una serie de reflexiones.

Dioses Anunnaki
En primer lugar, hemos de situarnos en la antigua Sumeria, la primera cuna de la civilización según muchos reputados investigadores ortodoxos –como el judío Samuel Noah Kramer– así como de famosos autores alternativos, como en particular el polémico Zecharia Sitchin. En lo que difieren crucialmente ambos enfoques es que mientras que para el mundo académico la civilización sumeria aparece con fuerza en el 4º milenio antes de Cristo como fruto de una cierta revolución neolítica y urbana precedente, para los sitchinistas, la civilización sumeria fue la continuación residual o el legado de una larguísima estancia en la región mesopotámica de unos reyes-dioses de origen extraterrestre, los llamados Anunnaki.

Así, para Sitchin y sus seguidores no había duda de que mucho antes de que apareciera “oficialmente” la civilización sumeria, ya existía una civilización de origen foráneo que se remontaba a muchos miles de años atrás y que había sido regida por una casta de soberanos de enorme longevidad. Pero, ¿qué base documental permitía sostener tales afirmaciones? Concretamente, existen al menos dos tablillas escritas en cuneiforme (los textos W-B/144 y W-B/62) en los que se menciona explícitamente una lista de reyes arcaicos que gobernaron antes del Diluvio:  

Cuando la realeza bajó del Cielo, A.lu.lim regía en Eridu. Reinó 8 shar. A.lal.gar reinó 10 shar. Dos reyes la gobernaron 18 shar. En Bad-Tibira, En.men.cu.an.na gobernó 12 shar; En.men.gal.an.na gobernó 8 shar. El divino Du.mu.zi, el Pastor, gobernó 10 shar. Tres reyes gobernaron 30 shar. En Larak En.zib.zi.an.na gobernó 8 shar. Un rey gobernó 8 shar. En.me.dur.an.na fue rey en Sippar. Gobernó 6 shar. Un rey gobernó 6 shar. En Shurupak Ubar.tutu fue rey. Gobernó 5 shar. Cinco ciudades, ocho reyes. Gobernaron 67 shar. Entonces vino el Diluvio.

Véase que el texto contiene varios datos altamente significativos. En primer lugar, se dice que la realeza “bajó del Cielo” (algo que apuntala la teoría del antiguo astronauta, según Sitchin). En segundo lugar, se mencionan varias ciudades sumerias bien conocidas por los arqueólogos, juntamente con los reyes que las gobernaron. Y para finalizar, se marca una fecha de referencia para esos reinados: todos ellos fueron anteriores a la catástrofe global del Diluvio.

Alegoría del Diluvio
Por supuesto, para la historia convencional, que la realeza bajara del Cielo no es más que un adorno mitológico para justificar el origen divino del poder real. Asimismo, el Diluvio no dejaría de ser otro mito sin ninguna validez histórica. No obstante, bajando al terreno de la geología, las cosas se ven de otro modo. Así, según han investigado varios autores independientes, como muy en particular Graham Hancock, existen pruebas geológicas más que suficientes –avaladas por estudios realizados por científicos convencionales– que indicarían que hacia el 10.000 a. C. tuvo lugar una catástrofe planetaria enorme en que se produjo una fusión masiva de los hielos y una elevación tremenda del nivel de los mares, aparte de otros fenómenos naturales devastadores. Si ello fuera cierto, las múltiples mitologías que en todo el mundo hablan de un mismo cataclismo cobrarían pleno sentido histórico y en consecuencia habría que admitir que el texto anterior se podría referir a un mundo civilizado que supuestamente fue arrasado por las fuerzas de la naturaleza.

Ahora bien, nos queda un elemento muy importante que no hemos abordado: ¿Cuánto tiempo (en años) vendría a ser cada uno de los periodos denominados shar (o sar)? Pues bien, el shar correspondería a un año de los dioses Anunnaki, que traducido a años terrestres sería nada menos que 3.600 años (véase aquí la constante influencia del sistema sexagesimal, originario de Mesopotamia). Para el sitchinista Alan Alford tal cifra sería exagerada y optaba por tomar como referencia un shar post-Diluvio, de “sólo” 2.160 años, si bien Sitchin siempre se mantuvo en la ortodoxia de los 3.600. En cualquier caso, las cifras son impresionantes porque sitúan el origen del reinado de esos reyes-dioses sumerios en épocas impensables. Según Alford, tal origen se iría hasta los 241.200 años, y según Sitchin y otros, hasta los 432.000 años. Sea como fuere, los periodos de reinado de esos monarcas se fijan en varios miles de años, lo que para el estamento académico es directamente imposible y se va por tanto al cesto de la mitología. Téngase en cuenta que un reinado de, por ejemplo, 12 shar implicaría una vida de ¡43.200 años!

Aparte de estas cifras desorbitadas, los especialistas admiten que para el periodo llamado Protodinástico II –datado entre los siglos XXIX a. C. y XXVI a. C.– existen listas de reyes procedentes de ciudades como Kish o Uruk con reinados de cientos de años, y que por tanto quedarían incluidos en la categoría de personajes míticos. Por poner un ejemplo, cabe señalar que la primera dinastía de Kish contiene una lista de 23 reyes con edades comprendidas entre los 140 y los 1.500 años, con una media de 781,74 años. En la segunda dinastía de dicha ciudad (ya en el Protodinástico III) siguen los reinados muy extensos, pero en una media inferior, de unos 253 años. Se debe esperar al final de la primera dinastía de Uruk (hacia el 2500 a. C.) para encontrar reyes con longevidades razonablemente humanas. Sólo a modo de comparación, digamos que algo muy similar ocurre en la mitología y tradición de los judíos –en gran parte heredada de los sumerios– pues  a Adán y los primeros hombres se les concede unas edades enormes. Lo mismo ocurriría con los personajes bíblicos anteriores al Diluvio y progresivamente, una vez pasado el cataclismo, la edad de los humanos se iría reduciendo drásticamente hasta alcanzar los baremos hoy en día reconocidos.

Paleta del faraón Narmer (dinastía I)
Si ahora nos trasladamos al antiguo Egipto, veremos que existe una situación semejante, en forma de discrepancia entre lo que los egiptólogos admiten como histórico y comprobado y lo que los propios egipcios recogieron en varios textos sobre el origen de su realeza. Para los aficionados a la Egiptología no les será difícil reconocer que el Egipto histórico nace con la primera dinastía, siendo su primer faraón Menes (o Narmer), unificador del Alto y del Bajo Egipto, cuya cronología se ha situado alrededor del 3100 a. C., si bien algunas dataciones absolutas mediante C-14 podrían hacer su reinado un poco más antiguo. Por otra parte, se acepta que antes de esta época –en el periodo predinástico– los egipcios mencionaron la existencia de otros faraones previos, como Horus Escorpión por ejemplo, pero que carecerían de toda fiabilidad histórica. Por lo demás, los egiptólogos encuadran la civilización egipcia entre el 3.100 a. C. y el 30 a. C. (cuando todo el país pasa a ser provincia romana) y consideran que todas las referencias anteriores no tienen consistencia histórica.

Sin embargo, la cuestión histórico-mitológica en Egipto es mucho más extensa y compleja. Lo cierto es que en el caso egipcio tenemos varias fuentes, documentales y arqueológicas, que vienen a coincidir en la existencia de una realeza divina o semidivina desde tiempos muy remotos. Por un lado, tenemos el famoso testimonio indirecto[1] del sacerdote Manetón –nacido en el siglo III a. C., en la era ptolemaica– que recogió en sus escritos toda una larga genealogía de reyes que él dividió en ciertos periodos o sucesiones llamados dinastías y que ha sido la base de las cronologías convencionales sobre el antiguo Egipto. Hasta aquí todo normal, pero es que Manetón mencionó explícitamente una serie de dinastías anteriores a las dinastías “históricas”, con una duración de varios miles de años, lo cual implicaría la existencia real de un poder unificado que de alguna manera sería el precedente del Egipto faraónico. Pero Manetón fue todavía más lejos y citó explícitamente que esas dinastías más antiguas estuvieron representadas por dioses o semidioses, a saber:

  • Dinastías de los Neteru (dioses): 13.900 años. (Entre ellos consta una parte destacada del panteón egipcio: Ptah, Ra, Geb, Osiris, Horus...)
  • Dinastías de héroes o semidioses: 1.255 años.
  • Primer linaje de reyes: 1.817 años.
  • 30 reyes de Menfis: 1.790 años.
  • 10 reyes de This: 350 años.
  • Reinado de los Espíritus de la Muerte: 5.813 años. 

El dios Osiris
Cabe señalar que ya en tiempos antiguos se puso en duda que Manetón se refiriera a años solares, y se planteó la posibilidad de que se tratase de periodos lunares, de mucha menos extensión, dando un total en años solares de poco más de 2.000. Por ejemplo, según Sincelo, el dios Hefestos, comparable a Ptah, (el primero de la dinastía I de dioses) habría reinado unos 727 años –que ya es una cifra imponente– y no los 9.000 citados literalmente por Manetón. Claro está que de no ser así, el origen de la realeza egipcia se remontaría a casi 25.000 años (solares) atrás. Lógicamente, para la egiptología tales fechas son disparatadas pues en dicha época Egipto todavía estaría en la fase de Paleolítico superior, en que no habría el más mínimo atisbo de civilización o de reino unificado de tribus locales.

No obstante, tenemos otras fuentes que refrendan la presencia de esos reyes-dioses predinásticos. Por un lado, disponemos de un documento escrito en tiempos de la dinastía XIX llamado Papiro (o Canon) de Turín, conservado en dicha ciudad italiana y que recoge un listado de dinastías históricas precedidas por las dinastías divinas, coincidiendo en gran parte con lo aportado por Manetón, lo cual indica que, pese al paso de los siglos, el sacerdote no había fabulado ni tergiversado nada sobre el pasado remoto de su país, sino que había recogido fielmente la tradición conservada. La diferencia más destacable con Manetón reside en el hecho de que esta lista concluye citando un periodo de 13.420 años para los Shemsu Hor (“Seguidores de Horus”, equivalentes a los Espíritus de la Muerte) precedido por una era de 23.300 años de otros reinados, lo cual arroja un total de 36.620 años antes de las dinastías históricas.

Y no es el único testimonio que confirma a Manetón: también cabe citar la Piedra de Palermo (de la dinastía V), que –aun estando incompleta– registra un listado de 120 reyes predinásticos, y la Lista Real del templo de Seti I (dinastía XIX) en Abydos. En este templo hallamos una larga galería grabada completamente con jeroglíficos, con los nombres de los faraones egipcios desde el principio de los tiempos. Así, a un lado se pueden leer los nombres de los 76 faraones desde Menes hasta Seti (unos 1.700 años). Y en la pared opuesta se pueden leer los nombres de los 120 reyes-dioses que precedieron la era de Menes. Por tanto, es evidente que la noción de continuidad o herencia política de la realeza estaba reflejada en un solo monumento. Y en todos estos casos citados, los nombres de los reyes divinos o semidivinos estaban enmarcados en el tradicional óvalo o cartucho, lo que indica que tenían la misma consideración de monarcas que los faraones “recientes”.

Fragmento de la Lista Real en templo de Seti I (Abydos)
Además, es oportuno remarcar que los antiguos egipcios creían firmemente en una remota época dorada, en la que se fundó su civilización, a la que llamaban Zep Tepi (literalmente “tiempo primero”). En dicho Zep Tepi, un tiempo de paz y prosperidad, los dioses –los Neteru– gobernaban Egipto con sabiduría y convivían con los semidioses y los hombres. Los Neteru solían tener forma humana –masculina o femenina– pero también podían tomar forma de animal o planta, y poseían facultades y habilidades sobrehumanas. Esta creencia fue recogida por el historiador griego Diodoro Sículo en el siglo I a. C. cuando visitó Egipto. Allí, los sacerdotes egipcios le dijeron que los reyes-dioses habían gobernado durante unos 18.000 años, siendo el último de ellos Horus, y luego habrían venido las dinastías de reyes mortales, con una duración de poco menos de 5.000 años.

Hasta aquí los hechos. Como es obvio, el quid de la cuestión radica básicamente en cómo los interpretamos. Para la ciencia histórica actual, no hay lugar para referencias a una Edad de Oro ni para dioses o semidioses, pues la visión que se tiene de esa época es que la religión y la mitología llenaban la vida de los pueblos antiguos hasta el punto de dar por reales cosas que de ningún modo pudieron haber ocurrido, o que al menos ocurrieron de forma muy diferente. En ese contexto, los antiguos eran incapaces de separar lo mítico de lo histórico y daban como indiscutible la existencia de unos dioses que en los tiempos más distantes reinaron sobre los humanos. Otra cosa más creíble es que los monarcas más destacados llegaran a ser divinizados por el mero hecho de ocupar una posición de absoluto poder y prestigio, como ocurrió en todo el Mundo Antiguo e incluso en épocas posteriores.

El principal problema, empero, es la cronología. Hablar de reyes y civilizaciones hace muchos miles de años se da como fuera de lugar, pues en esas fechas –según el registro arqueológico– sólo había comunidades de cazadores-recolectores que más tarde derivaron en comunidades agrícolas y ganaderas, al pasar del Paleolítico al Neolítico, que a su vez sería el germen de la civilización. Para hacernos una idea del desfase, digamos que la transición de una época a otra rondaría el 9º milenio antes de Cristo en Oriente Medio y poco después de Egipto. Esto es, entre el salvajismo y primitivismo del Paleolítico y el arranque de la civilización sólo mediaron unos 6.000 años de Neolítico. Nada de esto cuadra con las enormes cifras en años –sobre todo las de Sumeria– de los reinados míticos de reyes-dioses.

Así pues, para la arqueología, que existieran reinos más o menos unificados hace 10, 15 ó 20.000 años se considera algo propio de la mitología, y ya no digamos que esos reyes fueran dioses y que vivieran durante siglos (¡o milenios!). La arqueología se fundamenta en los hallazgos arqueológicos y no admite ningún vestigio de civilización anterior al 4º milenio antes de Cristo, quizá exceptuando los sorprendentes restos de Göbleki Tepe (en Turquía), datados cinco milenios antes.

Zecharia Sitchin
Si ahora nos referimos a la arqueología alternativa, el enfoque es bastante distinto. En un extremo tendríamos al citado Z. Sitchin, que tomó la conocida mitología sumeria y la leyó directamente como historia, tomando o retocando los elementos oportunos en función de una clave alienígena. Así pues, según él, los Anunnaki aterrizaron en la Tierra hace unos 450.000 años y ejercieron de monarcas de los humanos –creados por ellos mismos– desde el 300.000 a. C. en adelante. Sólo al marcharse (momento que Sitchin sitúa en el 3º milenio a. C.), dejarían su legado civilizador a los reyes plenamente humanos. Otros autores han seguido por esta línea y mezclan la mitología con el asunto extraterrestre y todos sus derivados, lo que complica más el asunto. A efectos científicos, sustituir dioses por alienígenas no aporta ni explica nada, por no mencionar las tremendas libertades que se tomó Sitchin para reinterpretar los antiguos textos sumerios, ajustando todo lo que hiciese falta a los parámetros de su teoría.

Ahora bien, existe otra línea de investigadores que apuesta por la existencia de una civilización primigenia humana que fue destruida en su casi totalidad por el Diluvio y que pudo renacer –pero ya de forma tenue– varios milenios más tarde. En general, estos autores consideran que los antiguos escribieron con precisión sobre el origen de su civilización y que los modernos arqueólogos han despreciado ese testimonio a causa de sus muchos prejuicios. Así por ejemplo, para el egiptólogo alternativo John Anthony West resulta ridículo que los egiptólogos afirmen conocer mejor la historia de Egipto que los propios egipcios y que descarten las pruebas escritas cuando no encajan con su esquema mental. En este sentido, existe un evidente sesgo académico en la concepción de la Historia que desde Darwin –e incluso antes– se ha visto como un proceso evolutivo lineal, de menos a más, por el cual la civilización de los antiguos debe proceder de un estadio cultural inferior.

Oannes, el ser anfibio civilizador
Para algunos autores alternativos el proceso no funciona así y consideran que las civilizaciones antiguas fueron el renacer o el legado de una civilización desaparecida superior cuyo rastro puede encontrarse aún en determinados logros arquitectónicos erróneamente atribuidos a los antiguos. Así, no sería imposible plantear que esos reyes divinos fueran en realidad supervivientes de un mundo perdido y que realizaron una lenta labor de recuperación a lo largo de los siglos, como podemos ver en civilizaciones a uno y otro lado del Atlántico con personajes como Oannes o Viracocha. En una línea semejante están los que creen que la Humanidad está sometida a ciclos cósmicos –o sea, círculos– en los que la linealidad no tiene sentido. Así, a través de diversas eras, de lo más alto –la Edad de Oro– se va cayendo hasta el punto más bajo y desde ahí la Humanidad va recuperando la plenitud para volver a iniciar otro ciclo.

Desde esta perspectiva podríamos especular –sólo a modo de hipótesis– con la idea de que sumerios y egipcios registraron con rigor su pasado de oro, una era anterior en que los humanos disponían de capacidades muy superiores, lo que incluiría una gran longevidad. Este concepto nos permitiría hablar de dioses y semidioses no en un sentido extraterrestre ni sobrenatural, sino en el que propone la historia cíclica, en el cual la conciencia modifica la realidad y por tanto puede jugar con otras reglas en el campo de la física, la biología u otras ciencias. En cuanto a la posible imaginación a la hora de recuperar ese pasado, podemos conceder que la transmisión milenaria pudo distorsionar la realidad original –no sabemos cuánto– pero parece muy forzado pensar que los antiguos se dedicaron a “inventar” arbitrariamente reinados y dioses de una época remotísima. Las referencias claras a monarcas, ciudades, reinos y duraciones de reinado –aunque sean aproximadas– sugieren que tales datos fueron conservados con celo por la tradición oral a lo largo de milenios y que en su momento fueron puestos por escrito quizá por el miedo a perder el recuerdo.

En definitiva, colocar las series de reyes-dioses de los antiguos en el mero campo de la religión o de la superstición podría ser un grave error para una visión histórica y arqueológica abierta a todas las posibilidades. En mi opinión, siguiendo la línea de otros autores herejes como René Schwaller de Lubicz, Albert Slosman o Clesson Harvey, pienso que hemos malentendido en gran parte las antiguas civilizaciones, en especial Egipto, y que detrás de ese pasado mítico de reyes-dioses se esconde una realidad que de momento se escapa a nuestra plena percepción. De hecho, para Harvey los ya citados seguidores de Horus o Shemsu-Hor eran iniciados en altos saberes de la conciencia y se remontaban a la era predinástica. En realidad, ellos serían los responsables de la construcción de las pirámides. Así pues, según el investigador estadounidense, no se trataría de seres míticos –como afirma la egiptología– sino de personas reales de carne y hueso, una especie de minoría de elegidos que habrían vivido en un nivel de conciencia más alto que el nuestro. Sólo el tiempo y una investigación rigurosa y sin prejuicios nos podrán aportar alguna pista al respecto.

© Xavier Bartlett 2018

Fuente imágenes: Wikimedia Commons 


[1] Manetón escribió una Historia de Egipto, pero que se perdió en su versión original. Lo que ha llegado hasta nosotros ha sido un compendio de fragmentos a cargo de varios autores posteriores, sobre todo Flavio Josefo, Julio Africano, Eusebio y Sincelo.

miércoles, 28 de noviembre de 2018

Igueste en el recuerdo


Con motivo del reciente fallecimiento del investigador independiente Manuel Fernández Saavedra quisiera rendirle un modesto tributo publicando aquí un material que quedó olvidado en una remota carpeta de mi ordenador. Se trata de un artículo preliminar que debía ser ampliado a partir de las nuevas investigaciones de Manuel Fernández en Tenerife. En este documento básico traté de resumir la experiencia hasta el momento de Manuel en el yacimiento de Igueste y mis propias impresiones tras visitar dicho lugar en 2015. Lo cierto es que intenté publicar el artículo en publicaciones alternativas (en las académicas era una pérdida de tiempo, dado lo herético del tema) sin llegar a ningún resultado. Y para mi sorpresa ni siquiera apareció en una página web dedicada al tema de los gigantes, pese a que su editor se mostró en principio interesado.

En fin, ni a Manuel ni a mí nos guiaba la vanidad ni la pretensión, sino simplemente la voluntad de poner a disposición del público una información que considerábamos relevante. Ahora Manuel ya no está entre nosotros, pero he creído oportuno desempolvar el documento redactado en 2016 (tal como lo escribí entonces, aunque ahora corregiría algunos aspectos puntuales) para quien pueda estar interesado en herejías o simplemente en vislumbrar la otra cara del pasado, que a menudo se presenta distorsionada y difusa, con muchas incógnitas y muy pocas certezas. Gracias amigo Manuel.

El yacimiento arqueológico de Igueste

 

Introducción


Como es bien sabido, el tema de los gigantes ha sido aparcado por la ciencia en el campo de la mitología, donde aparecen múltiples referencias a estos seres fantásticos en casi todas las culturas del planeta. Para el mundo académico, los gigantes, entendidos como homínidos de enorme altura, nunca existieron de verdad; se trataría de meras exageraciones, personificaciones de fuerzas naturales o exaltaciones de antiguos héroes.

Momia de gigante (EEUU, s. XIX)
Así, cuando alguien dice haber encontrado esqueletos o huellas de gigantes, se suele apelar al fraude, al error o la confusión, sin descartar que en unos pocos casos se trate de personas afectadas de la enfermedad de gigantismo. Por otro lado, algunos autores alternativos afirman que hace tiempo que se han encontrado restos inequívocos de gigantes, pero que dichas pruebas han sido ignoradas, retenidas u ocultadas.

En el paraje natural de Igueste, en la isla de Tenerife, el investigador local y arqueólogo amateur Manuel Fernández Saavedra ha localizado un yacimiento prehistórico del todo desconocido o ignorado por la ciencia académica. Según sus investigaciones, dicho yacimiento contiene numerosas sorpresas que no sólo afectarían a los parámetros en que se mueve la arqueología canaria sobre la antigua cultura guanche sino a la arqueología y prehistoria en general, al aportar indicios y pruebas de una cultura “pre-guanche” capaz de modelar el paisaje a gran escala y que posiblemente es extremadamente antigua, con homínidos de talla descomunal que sin duda podríamos calificar de gigantes.

El texto de este artículo es un compendio de mis observaciones personales durante la visita al yacimiento (noviembre-diciembre de 2015) y de las conclusiones de todo el trabajo de campo realizado por Manuel Fernández a lo largo de más de dos años, que incluye la exploración y reconocimiento del paisaje y la identificación de estructuras y objetos en piedra[1]. Cabe señalar que este documento no pretende ser un material científico “convencional”, sino una primera aproximación a un yacimiento arqueológico que requeriría de un estudio sistemático multidisciplinar (y sin prejuicios) sobre el terreno para poder corroborar o descartar las diversas hipótesis de trabajo planteadas.

Identificación del yacimiento


La Candelaria, en la isla de Tenerife
En 2013 Manuel Fernández realiza los primeros descubrimientos de toscas herramientas de piedra en sus paseos en la zona de Igueste, en La Candelaria, municipio situado en la costa este de la isla de Tenerife. Con el tiempo, se dio cuenta de que el yacimiento era grande, hasta el punto de considerarlo un gran asentamiento o “ciudad”, dada la extensión del área donde se encuentran los artefactos, de varios kilómetros cuadrados.

Según avanzaban sus prospecciones, siguieron apareciendo gran número de herramientas en superficie, y llegado el momento Fernández observó en el paisaje la colocación de grandes piedras de enorme peso, de entre 1.000 y 2.000 kilos, o tal vez más, y por primera vez intuyó que podrían ser herramientas de un tamaño descomunal. Más adelante, identificó una estructura a la que calificó de “presa”, no demasiado grande, pero que contenía una enorme piedra de 5 ó 6 toneladas. Fernández descartó que se tratase de un típico bancal de la época de la conquista española, por ser completamente distinto a esas construcciones agrarias ya bien conocidas. La confirmación de esa tesis vino dada por la observación de un muro en una barranquera –no llegaba ni a barranco– que obviamente no había sido construido para contener tierra de cultivo, pues la tierra sería arrastrada por el agua.

Paisaje de Igueste
A partir de este punto, Manuel Fernández empezó a identificar más presas localizadas en los barrancos. Posteriormente, emprendió la exploración de lo que es la base del yacimiento principal, que está constituido por montañas cortadas que se precipitan hacia el mar de forma brusca y que contienen muchas cuevas. Se trataría de unos asentamientos guanches, en un lugar privilegiado, orientado al este. En ese momento identificó con toda certeza, por el tacto y la forma, un artefacto o herramienta de enorme tamaño, atribuyéndola a gigantes. De este modo, su campo de visión se amplió y así se produjo una sucesión continua de hallazgos de herramientas de gigantes. Esta fue la constatación final de que el yacimiento arqueológico era prehistórico, con varias fases y que incluía un posible asentamiento de gigantes.

Lo que por desgracia también pudo corroborar Fernández es que la zona ya había sido “asaltada” desde hacía tiempo por excavadores clandestinos. Así, el expolio del lugar afectó a los abundantes restos guanches, muchos de ellos ubicados en cuevas. Esta acción se centró principalmente en los enterramientos, con la extracción de las momias y los materiales cerámicos adjuntos, así como toda herramienta prehistórica evidente ante los ojos de cualquier profano, llegando incluso al barrido y criba del suelo de las cuevas para extraer hasta la última cuenta de collar guanche, que son muy cotizadas.

Características y fases del yacimiento


Escalonamiento de terrazas
Geográficamente, el yacimiento lo podemos dividir en dos mitades, dejando el barranco de la localidad de Igueste en el centro. Es en la parte superior de las terrazas de una de estas zonas, la conocida como la mesa, donde aparece mayor cantidad de herramientas de gran tamaño, mientras que en la parte opuesta encontramos muchas de pequeño y mediano tamaño. Según Fernández, el yacimiento estuvo poblado durante mucho tiempo en la prehistoria, porque –tal y como ha observado por las pátinas de los cortes en grandes terrazas– se aprecia que hubo una continua ampliación. Esto es más visible en los escalonamientos de las terrazas, donde se ve una gran diferencia entre los más antiguos, con un basalto totalmente negro, y los más recientes. Puede que en un principio se escalonara una o dos zonas y luego la ciudad fuera prosperando y aumentando hasta tener una extensión de varios kilómetros cuadrados.

En lo referente a las fases de ocupación, Manuel Fernández dice haber identificado tres etapas:

1)    La fase más primitiva, en la que aparecen herramientas muy simples, típicas del paleolítico inferior, que no sabemos a qué época se remontan, pero que podrían tener al menos cientos de miles de años. Estas herramientas aparecen dentro de los muros y argamasas y presentan una pátina y un filo muy antiguos. Se puede suponer que tales artefactos ya estaban en desuso y que fueron empleados como material de relleno. En cuanto al hábitat, éste sería en refugios, cabañas, etc.
2)  La fase intermedia, que es cuando tienen lugar los grandes aterrazamientos del terreno, que son como unas terrazas escalonadas que adoptan una forma piramidal. Pero además se aprecian trépanos, argamasas, piedras que parecen “fabricadas”... Se puede intuir que no sólo hubo aquí una gran fuerza física para escalonar las montañas sino que también había una tecnología importante.
3)  En la fase final parece que hubo una involución o retroceso, pues se identifica el poblamiento guanche que conocemos, que muestra una diferencia abismal con lo anterior. Se observa un retroceso a un estadio neolítico, por llamarlo así, que es el estadio cultural de la población de las islas Canarias cuando llegaron los castellanos.

En cuanto a ofrecer una cronología de estas fases, hasta el momento sólo se pueden plantear meras conjeturas a partir de datos geológicos generales, los cuales podrían apuntar a un poblamiento extremadamente antiguo de las islas. Ahora bien, para poder determinar unos horizontes cronológicos fiables, lógicamente se deberían efectuar excavaciones estratigráficas, en forma de sondeos o catas, e implementar dataciones absolutas de objetos mediante los métodos radiométricos más habituales, aparte del recurso a la geología para obtener dataciones al menos aproximadas de las formaciones geológicas observables, así como de las pátinas de los artefactos hallados.

El modelado del paisaje y las estructuras


¿Paisaje modelado artificialmente?
Al reconocer a fondo el terreno –aparentemente natural– se puede ir descubriendo una cierta modificación o modelado del paisaje desde tiempos muy remotos. Por una parte, llama mucho la atención la presencia de escalonamientos en las montañas. No podemos hablar de que sean derrumbes, desprendimientos, etc.; son coladas de basalto, un material que no se derrumba. Aquí se aprecia que los escalonamientos están todos hechos en basalto, y luego complementados con muros de piedra. 

Por supuesto, hay que tener en cuenta que no estaríamos ante ruinas “normales”; se trata de una estructura en ruinas, que además fue reaprovechada por los guanches, dado que este basalto era para ellos un material lítico importante para hacer herramientas. Estaríamos hablando, pues, de una estructura no sólo ruinosa, sino además roída y corroída por el paso del tiempo y la actuación humana. Continuamente fueron arrancando y extrayendo piedra; para ellos sería una cantera, además de un lugar de vivienda.

En suma, tenemos una estructura en estado de ruina, complementada con muros que también se han ido derribando. Quedan muchas piedras grandes que posiblemente fueron respetadas por los guanches, o simplemente no pudieron moverlas. También vemos argamasa en las cúspides de las terrazas, y se intuyen zonas muy largas de caminos, que podrían ser estratos, pero que coinciden con las cúspides y partes superiores de estas terrazas.

Por otra parte, hay algo muy obvio, que son las pocetas (o cubetas), las cataratas y los muros en los barrancos. Está claro que utilizaban y encauzaban el agua, la canalizaban de una manera más que sofisticada; de hecho, en las terrazas hacían caer el agua por el lugar que ellos querían. Además, se aprecia que esas cataratas fueron talladas, porque el agua erosiona de una manera que todos conocemos (suave, redondeada...) y aquí encontramos cataratas cortadas a cuchillo. Y como es una sucesión continua, hallaremos otras que son muros de piedra para forzar esa caída, y siempre debajo de todo esto encontraremos pocetas, que presentan una típica forma circular, con un diámetro de unos 3 ó 4 metros. Y todavía vemos otras que no están cortadas o fabricadas con piedras sino que han sido construidas enteramente con un tipo de argamasa. Además, en algunos casos vemos que la disposición de las piedras obedece al propósito de conseguir firmeza y durabilidad, con la inclusión de grandes bloques que están obviamente falcados por piedras más pequeñas, lo que muy difícilmente se puede considerar como una obra de la naturaleza. Sea como fuere, todo esto se tendría que corroborar con la ayuda de geólogos expertos.

Una de las posibles pocetas o cubetas circulares, muy deteriorada

Así pues, vista la sucesión continua de estas estructuras, con las pocetas, fabricadas de una u otra manera, bien con piedras, bien con argamasa o excavadas directamente en el basalto, tendremos que reconocer que están construidas por el hombre[2]. Por otro lado, se observa que con esa canalización del agua las cataratas caerían por encima de las cuevas situadas en las terrazas. Luego frenaban esas caídas con las pocetas que, además de servirles como depósito de agua, podían ser fuente de alimento, ya que se han identificado varios arpones en superficie, lo cual –por la época de la que estamos hablando– indicaría que podría haber allí peces de agua dulce (para pescar). Y si había peces de agua dulce eso supondría que a lo mejor la extensión de la isla era más grande, si es que no apuntamos a una masa continental.

Muro de gran grosor con piedras enormes
También son de destacar una serie de muros en la parte más alta del yacimiento, la mesa, que no parecen ser bancales o terrazas de época relativamente reciente (por lo menos de tiempos de la conquista o posteriores), dada su factura y disposición. Encontramos estos muros en un estado semiderruido en algunos casos, de grosor notable (de hasta 2 metros) y de altura entre 1 y 2 metros. Están realizados con piedras de diferentes tamaños, con algunos bloques realmente grandes y pesados. Además, llama la atención el hecho de que estos gruesos muros –colocados en sucesión sobre la ladera– están separados por terrenos de apenas unos 4 metros de ancho, lo que no tiene mucha lógica si se tratase de bancales para el cultivo. Asimismo, dichas piedras no son del lugar sino que fueron subidas de más abajo, de las coladas de basalto, lo que supondría un esfuerzo enorme y poco práctico. Además, en algunas zonas entre estos muros se observa la aparición de la misma “argamasa” en forma de pavimento que se apreciaba en las estructuras anteriormente mencionadas. Desgraciadamente, no podemos afirmar gran cosa sobre estos restos, ni que fueran realizados por “gigantes”, pero sí parecen constituir una anomalía con el paisaje circundante, con una finalidad incierta y una datación indefinida.

Los artefactos y las pisadas


Como ya se ha comentado, en Igueste se pueden hallar en superficie muchos artefactos de piedra de diferentes tamaños y de factura generalmente tosca, con una tipología diversa. Los artefactos más fáciles de detectar son los picos de mano; hay muchos y son inconfundibles. Por otro lado, lo que apunta ya a una tecnología avanzada neolítica y que puede sugerir que podrían haber llegado incluso a la edad de los metales –sin entrar en otras tecnologías que podrían haber poseído los pobladores del lugar– es la presencia de unos pulidores que muestran un gran conocimiento de talla y confección de herramientas.

Asimismo, aparecen muchísimos útiles muy característicos que Manuel Fernández denomina “cubiertos” (a modo de cucharas o cuchillos) y que se usarían para sacar tuétano, para abrir huesos, para comer... De estos utensilios hay muchos ejemplares y de todos los tamaños. También tendríamos otras herramientas como percutores, machacadores, raspadores, etc., típicos implementos del paleolítico medio. En suma, hay herramientas desde un paleolítico inferior hasta el neolítico, siendo éstas últimas las más llamativas.

Posible artefacto de grandes dimensiones
Ahora bien, el punto clave de esta investigación es la identificación de herramientas de un tamaño descomunal, que se corresponden en su forma y talla a modelos ya conocidos del paleolítico más antiguo sólo que a una escala muy superior. Por otro lado, la variedad de estos artefactos es mucho más amplia de la que viene en los libros académicos. Así, en dichos libros se dan definiciones de las herramientas más notorias y de sus características, pero se debe tener en cuenta que cada individuo adapta la herramienta a su mano y que la diversidad de herramientas es mucha. 

A este respecto, mi experiencia personal sobre el terreno fue la de un lento y progresivo descubrimiento de estos artefactos en piezas de todos los tamaños pues la mente (incluso la de personas muy versadas en arqueología) no está preparada para apreciar la intervención humana sobre tales piedras, hasta que se empiezan a ver tallas, marcas, desgastes y pulimentos, por lo general en formas muy toscas, pero inconfundiblemente artificiales.

Desde luego, demostrar la existencia de gigantes sólo a partir de artefactos de gran tamaño parece una misión imposible, pues el prejuicio hace ver los objetos desde otras ópticas e interpretaciones[3]. No obstante, sabemos que a lo largo de la Prehistoria y en prácticamente todos los rincones del planeta, los humanos primitivos realizaron herramientas relativamente similares para cumplir unas mismas funciones. Del mismo modo, se puede colegir que estos supuestos gigantes tenían una inteligencia equiparable a la nuestra y serían capaces de elaborar el mismo tipo de herramientas. En todo caso, lo que resulta altamente revelador es que se puede observar que estas herramientas fueron utilizadas para un propósito práctico, ya sea percusión, fricción, etc., según se aprecia por la talla y el desgaste por uso de la parte destinada a la acción deseada. Pero además se observan las huellas evidentes del desgaste provocado por la mano (de gran tamaño) en la zona por donde se asía el utensilio, lo que por fuerza se debe corresponder con individuos de enorme estatura. La escala que baraja Manuel Fernández se ha realizado mediante una extrapolación proporcional de la medida de las manos capaces de asir los diversos artefactos a la altura total del individuo. Esta operación es la que ha dado lugar a los datos más asombrosos, pues apuntan a la existencia de individuos desde nuestra altura media (Homo sapiens) hasta otros de casi 20 metros de estatura, pasando por varias estaturas intermedias.

Una tosca herramienta de tamaño normal
No se ha hecho ningún estudio estadístico de la cantidad, tipología y tamaño de las piezas, pero se puede afirmar que en la superficie del yacimiento aparecen miles de herramientas de nuestro tamaño, al haber sido un lugar habitado durante un tiempo muy prolongado, si bien no siempre son fáciles de distinguir, pues –como ya se ha señalado– no son las típicas herramientas “de museo”. Luego, en varios puntos hallamos herramientas de todos los tamaños, formas y tipos, aptas para seres de nuestra medida hasta otras para esos seres de cerca de 20 metros. Sería muy significativo determinar si algunas de estas piezas de diferente tamaño son contemporáneas, lo que podría indicar que seres humanos de diverso tamaño coexistieron en el tiempo, pero es imposible pronunciarse al respecto sólo con un mero estudio superficial de los restos.

Todo esto nos podría parecer fuera de lugar, pero de todos modos vale la pena citar el relativamente reciente descubrimiento de varias huellas de pisadas humanas que apuntalarían la hipótesis de la presencia de humanos de enorme estatura, aunque no fuera tan desorbitada. En este sentido, llama la atención no sólo su presencia sino el cómo se hicieron. Hemos de tener en cuenta que están sobre basalto y que las islas Canarias son volcánicas, por lo que no se pudieron formar por solidificación de un terreno pantanoso –por ejemplo, barro– con el paso del tiempo. Las coladas de basalto, efectivamente, un día estuvieron blandas, pero por tener miles de grados, es muy poco creíble que nadie pudiera meter el pie ahí en ese momento.

Huella de pisada de gran tamaño
Con respecto a sus características, la primera en aparecer correspondería al pie izquierdo de un individuo de entre 2,5 y 3 metros de estatura, posiblemente con algún calzado de tipo sandalia. La segunda en aparecer está superpuesta; es una huella de adulto al que se le puede estimar al menos en 2 metros de altura, descalzo y con seis dedos. En la misma dirección y con la misma forma aparece otra infantil superpuesta en el centro de la anterior; tal vez se trataría de su hijo que lo seguía. Y por último, tenemos la de un individuo infantil con sandalias, que igualmente se halla superpuesta (cruzada) por otra también infantil, pero descalzo y con seis dedos. Es importante este detalle de los seis dedos, pues en mucha bibliografía antigua sobre hallazgos de momias o esqueletos de individuos de enorme altura –generalmente de entre 2 y 4 metros– se hacía referencia a la peculiar característica de tener seis dedos en pies y manos. (Lamentablemente, los pocos huesos correspondientes a esos anómalos individuos no están disponibles para los investigadores, ya que se han perdido o se mantienen guardados en almacenes de museos y no se exponen, bien sea a causa de su mal estado, bien en cumplimiento de directrices museísticas).

Los trépanos y las “piedras moldeadas”


Aparte del hallazgo de las estructuras y de los artefactos, destaca bastante la presencia de unos elementos relativamente avanzados que nos recuerdan más bien a las obras de antiguas civilizaciones capaces de grandes logros arquitectónicos y técnicos en vez de a una primitiva cultura prehistórica.

Perforación tosca sobre roca de gran tamaño
Por un lado, tenemos una serie de trépanos situados en varios puntos concretos y que no pueden haber sido realizados por maquinaria moderna, porque están en lugares no muy accesibles y porque deberían haber dejado huellas en el suelo debidas a la fijación de las máquinas capaces de realizar las perforaciones, de unos 3-4 cm. de diámetro, sobre una piedra tan dura como el basalto. Entre ellos hay unos pocos de gran calidad y precisión[4], que parecen hechos con una herramienta de tecnología actual o aún mejor que ésta, pues las marcas muestran un avance por vuelta de unos dos milímetros, superior al de las máquinas que se utilizan actualmente. Asimismo, se han hallado algunos grandes bloques de piedra (¿artefactos?) perforados más o menos en su centro, y de lado a lado en algunos de ellos, si bien en este caso las perforaciones parecen bastante más toscas. Sobre el motivo o finalidad de tales perforaciones no podemos más que especular, porque su disposición sobre el terreno (o en el centro de una gran piedra) no parece tener un sentido práctico definido.

Por otro lado, Manuel Fernández considera que esta cultura local era capaz de modelar el basalto por medio de un sistema de ablandamiento de la piedra en frío, según se puede ver en cortes imposibles, como a cuchillo, así como en angulaciones. También son muy notables y muy abundantes unos conglomerados o argamasas muy duras con herramientas en su interior. Desde luego, para profundizar en este campo sería del todo deseable contar con el criterio de un geólogo experto que pudiera confirmar estas hipótesis. En el caso del basalto puede resultar más complicado de demostrar, pero en cambio el aspecto y la disposición sobre el terreno de la supuesta “argamasa”, como complemento de las estructuras en piedra o incluso como pavimento, impulsa a considerar muy seriamente la artificialidad de este material.

El hábitat de los pobladores de Igueste


Sólo recurriendo a las prospecciones superficiales, resulta complicado aventurar qué tipo de yacimiento es Igueste. Se aprecia que existen unas determinadas estructuras en forma de muros y un sistema de presas, aparte de las terrazas y posibles caminos. Aparte tenemos una gran cantidad de artefactos de diversa tipología dispersos por la superficie, pero no hay ningún rastro de espacios que pudiéramos llamar “viviendas”, obviando lógicamente las cuevas. Manuel Fernández habla de una “ciudad de gigantes”, pero la pregunta que ahora surge es: ¿Dónde vivía esta comunidad de gigantes?

Un hábitat para gigantes... pequeños
Parece razonable plantear que los guanches habitaron bastantes de las numerosas cuevas del entorno, y se podría suponer que tal vez fueron usadas anteriormente por gentes de mayor estatura como vivienda o refugio, pero Fernández ha calculado que no podrían albergar a individuos de más de 10 metros. Por otra parte, tampoco las terrazas parecen constituir un hábitat adecuado para los gigantes de mayor altura. 

Con los escasos datos disponibles se podría sugerir la hipótesis de que el yacimiento de Igueste, en su mayor parte, podría haber sido un lugar de recolección, caza o pesca (u otras actividades de subsistencia), aparte de servir obviamente como cantera, y con la presencia adicional de diversos talleres de fabricación de utensilios. Esta última propuesta ofrece al menos alguna prueba sobre el terreno, ya que en algunas zonas concretas se han hallado hasta diez o doce percutores de similares características, lo que nos impulsaría a considerar que se trataba de un área de talla o taller de distintos usos específicos.

Sobre la localización de las viviendas de los gigantes sólo podemos especular; si no ocupaban cuevas, tendrían que refugiarse en estructuras al aire libre, de las cuales no quedaría ningún resto reconocible. Otra opción es que, dado que la isla es grande y que en un remoto pasado lo fue aún más, es posible que esas viviendas estén en otra parte o incluso bajo las aguas. De hecho, es sabido que al final de la era glacial el nivel del mar subió unos 120 metros y que dicha subida afectó también al archipiélago canario, cubriendo una notable porción de terreno. Así pues, existe la posibilidad de que las viviendas estén ahora sumergidas. En cualquier caso, quedaría pendiente un trabajo de prospección de otras zonas de Tenerife (y de las Canarias en general) para poder identificar otros hábitats similares al de Igueste, pues se hace raro pensar que fuese un caso totalmente aislado en el conjunto de las islas.

Conclusiones


A la vista de los estudios realizados in situ, está claro que podemos calificar al paraje de Igueste como “yacimiento arqueológico”, con restos diversos, tanto de artefactos como de estructuras, que puede abarcar una amplia cronología y que se sitúa desde un estadio prehistórico de la Edad de Piedra de antigüedad no definida hasta el horizonte conocido de la cultura guanche.

Manuel junto a artefacto de gran tamaño
Es patente que el lugar fue ocupado por individuos de nuestra talla (Homo sapiens), que podríamos ubicar en la época guanche o aún anterior. Pero los indicios aportados principalmente por el tamaño de los objetos de piedra identificados como herramientas nos empujan a creer que hubo humanos de tamaño muy superior. De hecho, dejando a un lado la mitología local canaria (más bien escasa), disponemos de algunos relatos de los primeros castellanos que llegaron a las islas y que dejaron constancia de la presencia de nativos de grandísima estatura, con un caso particular muy destacado en el cual se habla explícitamente de un gigante de 22 pies, aproximadamente unos 7 metros. No obstante, si nos vamos al terreno de la arqueología (lo que implica pruebas físicas, no simples referencias históricas), es bien conocido que algunas momias guanches conservadas superan los dos metros, llegando incluso hasta los tres metros, lo que nos habla de una raza realmente imponente desde el punto de vista físico, aunque no queramos usar el término gigante. A esta evidencia habría que sumar la ya citada presencia de huellas humanas de gran tamaño y con seis dedos.

Por supuesto, sería determinante –como prueba directa– encontrar restos físicos de esos hipotéticos gigantes de 5, 10, 15 ó 20 metros, pero no es de esperar que tales restos sean accesibles en superficie. Lo más lógico es que los esqueletos o momias de esos gigantes se encuentren bajo tierra (¿o bajo el mar?), en tumbas aún no descubiertas, y siempre con la premisa de que sus restos óseos se hayan conservado. En cuanto a su origen y ocaso, nos seguimos moviendo en el terreno de las meras conjeturas. Así, podríamos proponer que los guanches fueron tal vez descendientes de una estirpe de gigantes que habitó las islas en tiempo inmemorial y que desapareció o degeneró progresivamente por cruce genético, enfermedades, falta de recursos, una catástrofe natural u otros motivos. Lamentablemente, en este campo estamos ante las mismas dificultades que el resto de la casuística sobre supuestos gigantes hallados en otras partes del mundo: apenas hay datos fehacientes con los que trabajar.

Sea como fuere, las estructuras y los objetos están ahí y muestran que existió una antiquísima cultura en Tenerife (y probablemente en el resto de las islas Canarias) que merecería un extenso estudio arqueológico sin ningún tipo de prejuicio o sesgo, porque las teorías y las verdades científicas no pueden sobrevivir al margen de los datos objetivos que las contradicen.

© Xavier Bartlett 2016

Imágenes: archivo del autor


[1] Muchos de los datos aquí ofrecidos proceden de los comentarios directos de M. Fernández, realizados sobre el mismo terreno y en una entrevista posterior.
[2] Cabría esperar que los arqueólogos reconociesen la artificialidad de tales estructuras, pero primero debería determinarse la imposibilidad de que las fuerzas naturales fuesen capaces de “modelar” tan perfectamente estos sistemas de canalización de agua.
[3] Por ejemplo, en la década de 1990, en el ahora desecado lago de Makgadikgadi, en el desierto de Kalahari (África), un equipo de la Universidad de Oxford halló cuatro gigantescas hachas de mano, de más de 30 cm. y de gran peso. Para el director de la excavación, David Thomas, la supuesta finalidad de estos artefactos era “la pregunta del millón de dólares”. Su explicación es que no eran realmente “herramientas”, sino un recurso para extraer útiles más pequeños, sin descartar otras hipótesis como objetos ceremoniales u ornamentales.
[4] En cierto modo, bastante similares a los que ya identificó y documentó Flinders Petrie en Egipto, también sobre piedras muy duras como el granito.