martes, 9 de octubre de 2018

Desmontando (científicamente) a Darwin


En numerosas ocasiones me he referido aquí al evolucionismo, dejando patente que se trata más bien de un dogma de fe y no de una teoría científica demostrada. Lamentablemente, esta especie de verdad religiosa ha sido impuesta a la sociedad como algo incuestionable, pues no en vano representa uno de los núcleos duros del actual paradigma. A estas alturas, el darwinismo está sostenido por una mayoría de científicos que no osan revisar o desafiar sus principios teóricos. Antes bien, se han dedicado a construir en los últimos 150 años un complejo edificio para proteger el dogma, en el cual intervienen desde las matemáticas hasta la biología, pasando por la química o la física.

No obstante, cabe recordar que siempre ha existido una minoría de científicos que han puesto de manifiesto la falta de consistencia científica del darwinismo. Dicha minoría ya existía a mediados del siglo XIX y entre esos pocos críticos hubo científicos de gran talla y prestigio. Pero el darwinismo se fue blindando rápidamente y basó su defensa en que la oposición a sus tesis era puro creacionismo, religión o superstición. Cualquier cosa menos ciencia. En este punto ya sería hora de recordar que la crítica a la evolución por selección natural no se reduce a furibundos fundamentalistas sino que ha tenido entre sus filas a muchos científicos metódicos y rigurosos que han desestimado el darwinismo simplemente porque no se ajusta a los criterios reconocidos y aceptados del método científico moderno.

Como muestra de esta posición firme, me complace adjuntar seguidamente un artículo del biólogo español Emilio Cervantes, del CSIC (Centro Superior de Investigaciones Científicas), en el cual se deja bien claro que no hay forma de validar el darwinismo porque no admite experimentación ni es refutable, y lo que es peor, ha tratado de violentar el conocimiento del mundo natural, esperando que la biología se adapte dócilmente a los principios sagrados del evolucionismo, cuando en realidad eso es empezar la casa por el tejado. Como dice el propio Cervantes: “La biología no puede someterse a las teorías especulativas de la evolución, sino al contrario.”


El Traje Nuevo de Darwin: Una opinión personal y otros puntos de vista sobre la Teoría de Evolución por Selección Natural


“Son vanas y están plagadas de errores las ciencias que no han nacido del experimento, madre de toda certidumbre.” (Leonardo Da Vinci).

“El principio de la ciencia, casi la definición, es el siguiente: La prueba de todo conocimiento es el experimento. El experimento es el único juez de la "verdad" científica.” (Richard P. Feynman)

1. Un cuento chino


Hay un viejo cuento chino titulado en inglés “The emperor’s new clothes” y en español, “El traje nuevo del emperador”, que aun siendo bien conocido, no por ello deja de suscitar en quien lo escucha una sensación como de familiaridad o de “déjà vu”. Encontramos en el cuento algo que nos trae a la puerta de la memoria una situación familiar, pero a veces resulta difícil dar el último paso, definir cuál es esa situación y describirla; cerrar el círculo completamente y establecer la correspondencia exacta entre elementos de la ficción y sus correspondientes en la realidad. Para quien no recuerde el cuento, comenzaré por hacer un breve resumen.

El emperador desnudo
El emperador parte del palacio a un desfile con su séquito. Va desnudo, pero tanto entre su séquito como en la población de su imperio, se ha hecho correr la voz de que va vestido con un maravilloso traje nuevo. La voz ha corrido por las calles de tal manera que, aún viendo al emperador desnudo al paso de la comitiva, todo el mundo comenta cuán maravilloso es su nuevo traje. El desfile va transcurriendo con el emperador desnudo entre las multitudes que lo aclaman, admiradas, hasta que un niño rompe el encanto al exclamar: “El emperador está desnudo”. Entonces, todo el pueblo ve la realidad y reconoce que había sido víctima de un engaño.

El relato nos conmueve. Todos hemos sido víctimas, alguna que otra vez, de engaños, ora directos y malintencionadamente premeditados, ora más leves, parecidos a espejismos. Todos encontraríamos algún ejemplo. Pero, pienso yo, que la historia del emperador nos conmueve más que por el hecho de reconocernos víctimas de algún engaño en el pasado, por sugerir que el engaño es continuo; que, en cualquier momento, el niño que hay dentro de cada uno de nosotros puede saltar y advertirnos de “otro nuevo caso”, porque nuestra educación y, de alguna manera, nuestra civilización y cultura, podría consistir en alguna medida en respetar y guardar silencio ante, algunas de estas situaciones “engañosas”, sostenidas por consenso, por tradición, pero difícilmente defendibles.

A mi entender, la extensión, difusión y reafirmación de la Teoría de Evolución por Selección Natural constituye un magnífico ejemplo que ilustra este punto de vista. Se nos ha dicho: “He ahí una gran teoría científica”, “He ahí una genial idea que cambió la historia”... Lo admitimos y nadie se toma la molestia de analizar estas afirmaciones. Pero, tal vez, la hora llegada permite otro análisis...

He mencionado dos conceptos, ambos importantes, pero diferentes: “Gran teoría científica”, “Genial idea”. Para empezar, existen diferencias enormes entre ambos. ¿A cuál de ellos se aproxima más la teoría darwinista de Evolución por Selección Natural? ¿Es, en realidad, una genial idea? ¿Constituye una Teoría Científica? No me preocupa saber si es genial o no. En esto cada uno será libre de opinar, pero en cuestiones de ciencia, no, aquí no se trata de opinar. Por eso, como científico sólo estoy interesado en responder adecuadamente a la segunda pregunta.

Como tantas palabras, Teoría tiene hoy dos acepciones, dos significados bien diferentes. La primera es general, la segunda se aplica exclusivamente al ámbito científico en las modernas ciencias experimentales. En su acepción general, Teoría es todo conjunto de conocimientos o de ideas. En este sentido, diremos que “La Teoría” se refiere al conocimiento en sentido amplio y no tiene, necesariamente, que poseer aspectos que sean experimentalmente demostrables. En su segunda acepción, “Una Teoría” es la explicación científica de un fenómeno natural. Por el hecho de ser científica, esta teoría debe poder someterse a experimentación. Su veracidad podrá ser refutada, si la experimentación no confirma lo esperado (predicho). Si, por el contrario lo confirma, la teoría se mantendrá como la mejor explicación posible, pero en cualquier caso su veracidad no quedará nunca absolutamente demostrada y permanecerá como la mejor explicación posible en tanto en cuanto no surjan nuevas aproximaciones al problema, momento en el que llegará su refutación, destino final e inevitable de toda teoría (Popper, 1963).

Sólo en este sentido hablaremos de Teoría Científica y lo haremos teniendo en cuenta el Método Científico tal y como se aplica hoy en las ciencias experimentales. Si la teoría no implica a elementos bien conocidos o mesurables, entonces su comprobación será imposible y por lo tanto no será una Teoría Científica en el sentido estricto del término. Si, por el contrario, nuestra teoría pone en juego relaciones entre elementos bien descritos y cuantificables, entonces podrá terminar en forma de una ley expresable por un enunciado matemático en el que intervendrán las representaciones de dichos elementos. Por todo ello, antes de responder taxativamente a las preguntas arriba planteadas, conviene entrar en detalles acerca del Método Científico.

2. El Método Científico


Galileo Galilei
Aproximadamente desde Galileo, se propone un método nuevo para conocer los mecanismos que operan en la naturaleza y las leyes que los rigen. Como todo el conocimiento precedente, el Método Científico se basa en la observación de los fenómenos. Conociendo algo acerca de cómo ocurren las cosas, se identifican y aíslan elementos variables que operan en los hechos. Se tiende a identificar y definir nuevas relaciones entre dichos elementos que, a partir de ahora, puedan ser comprobadas mediante la experimentación. A diferencia de la Teología, que marcó en buena medida la pauta del conocimiento medieval, en Ciencia no se parte de verdades establecidas, sino de elementos, cuya existencia está demostrada por los sentidos y perfectamente consensuada (el sol, la tierra, el tiempo, la distancia). De la cuidadosa y repetida observación del comportamiento de dichos elementos se pueden deducir nuevas relaciones, surgiendo teorías que contradicen lo establecido.

Las teorías serán aceptables si su contenido se confirma mediante la experimentación. En este caso, Galileo, propone no entrar en el terreno teológico. En definitiva, indica Galileo que lo que muestra la experiencia es cierto, y las escrituras pueden bien tener motivos para expresar las cosas de otro modo. Se crea así un cisma, una división entre lo “Científico” y lo que no lo es (Teología, fe, adivinación, especulación…).

La ciencia, viene a proponer así, el método para ir más allá de los nombres e investigar en las relaciones comprobables entre las cosas. Galileo muestra su disconformidad, por ejemplo con que la gravedad sea la causa de la caída de los cuerpos:

Te equivocas, Simplicio; debías decir que todos saben que se llama gravedad. Pero yo no te pregunto por el nombre, sino por la esencia de la cosa. De ésta tu no conoces ni un ápice más de lo que conoces sobre la esencia del motor de los astros que giran. Excluyo el nombre que se le ha atribuido y que se ha hecho familiar y corriente por las malas experiencias que tenemos de él mil veces al día. Realmente no comprendo cuál poder o qué principio sea el que mueve una piedra hacia abajo, ni comprendemos lo que la mueve hacia arriba una vez que ha dejado al proyector o lo que hace girar a la luna...”

La gravedad es un nombre. Pero, ¿En qué consiste? Se tardó muchos años en llegar hasta el punto en que hoy nos encontramos en esta cuestión, ciertamente más avanzado que en tiempos de Galileo; pero, en el cual, la cuestión no ha quedado ni mucho menos zanjada, agotada. La ciencia no agota cuestiones, sino que aporta nuevas interpretaciones cada vez más acordes con la actualidad en una realidad cambiante. Los avances se basan en dos puntos: 1) Una correcta definición de los elementos que intervienen y 2) El establecimiento de las relaciones entre ellos, verificables mediante la observación y la experimentación. Finalmente, en el caso de la gravedad, las matemáticas han contribuido a dar una formulación adecuada. ¿Estimamos la cuestión resuelta hoy? No del todo. Para recorrer el camino fue necesario, en primer lugar, distinguir lo que es un nombre de lo que es una nueva relación entre elementos conocidos y definidos. A continuación, fue necesaria buscar esa relación, que se encontraría con Newton y la fórmula de la ley de atracción gravitatoria, pero hoy el camino sigue y pueden surgir nuevas interpretaciones. Vemos así, en éste y podríamos ver en otros ejemplos, cómo el Método Científico se fue aplicando a partir de Galileo a lo largo de los siglos XVII, XVIII, XIX y XX. Sus éxitos fueron notables en física y química y, sobre todo a partir del siglo XX, también en biología.

No existen muchos ejemplos de la aplicación del Método Científico en las Ciencias Naturales durante los siglo XVIII y XIX: Joseph Priestley, Claude Bernard, Gregor Mendel, y, muy a finales de siglo, Buchner. Existen más ejemplos, incluyendo tal vez algunos experimentos de Charles Darwin en relación con los movimientos de las plantas, pero ninguno de ellos en relación con el estudio de la evolución de las especies.

La Teoría de Evolución por Selección Natural no responde a los criterios básicos del método Científico. Varias razones sostienen esta afirmación:

1. Los elementos que intervienen en ella no están bien definidos. En particular, las especies. La biología moderna muestra lo difícil que es la definición de especie.
2. Es imposible someter a experimentación la evolución. Cualesquiera que sean los resultados de laboratorio no son extrapolables a los tiempos geológicos.

Por lo tanto, comparando el término Selección Natural con gravedad, decimos, con Galileo que la Selección Natural es una palabra, un nombre y que la teoría darwinista de Evolución por Selección Natural no aporta ninguna explicación, nada nuevo. Se trata de una tautología, una verdad de Perogrullo, una manera de ver las cosas, más próxima a una explicación de la naturaleza propia de la era pre-científica que del Método Científico.

Georges Cuvier
La idea de transformación en la naturaleza aparece en distintas formas muchos años antes de Darwin (Diderot, D’Alembert, Maupertuis, Goethe, Cuvier...) que no habían sido muy difundidas, probablemente por ser contrarias con el dogma religioso del relato bíblico de la creación. Quizás Darwin estuvo en el lugar apropiado y en el momento apropiado para que su visión de la naturaleza, de gran relevancia en la creciente concepción materialista del mundo, fuese ampliamente difundida. En este caso lo que triunfó no fue la teoría científica, de la cual Darwin hubiese sido responsable, sino la difusión de una teoría metafísica de la que Herbert Spencer, el filósofo de Darwin, fue también responsable (Hodge, 1874). Así, el nombre de evolución, cuyo uso fue promovido por Herbert Spencer, autor contemporáneo de Darwin y responsable del “darwinismo social y metafísico”, se asocia con progreso y también con descendencia lineal, de unas especies a partir de otras, como en una genealogía continua, conceptos ambos asociados en una interpretación muy limitada y de difícil comprobación experimental.

El paleontólogo alemán Karl von Zittel expresó: “La ciencia aspira ante todo a la verdad. Cuánto más convencidos estemos de la fragilidad de nuestro conocimiento teórico, más deberemos consolidarlo mediante hechos y observaciones nuevas.Y, en su obra “Les transformations du monde animal”, Charles Déperet comenta así esta frase:

“Sages conseils que feraient bien de méditer et de suivre les paleontologistes a l’esprit aventureux, enclins a construire, avec une hâte febrile, des arbres genealogiques sans nombre, donc les troncs pourris, suivant l’expression imaginée de Ruteimeyer, aussitôt demolis que dressés, jonchent le sol de la fôret et en rendent l’accés plus difficile pour les progrés de l’avenir.

[“Sabios consejos que harían bien de meditar y seguir los paleontólogos con el espíritu aventurero, inclinados a construir, con una prisa febril, innumerables árboles genealógicos, por lo que los troncos podridos, según la expresión imaginada de Ruteimeyer, tan pronto demolidos como erigidos, se esparcen por el suelo del bosque y hacen el acceso más difícil para el progreso del futuro.”]

Por circunstancias históricas y sociales, la teoría darwinista tuvo un importante éxito que fue potenciado todavía más en el siglo XX y hoy constituye la base del paradigma neo-darwinista en biología. Una teoría con una base dogmática más propia de la filosofía medieval que de la ciencia moderna, rige hoy, en buena medida, los experimentos que conciernen la sanidad, la herencia, la agricultura y la alimentación y en los que intervienen elementos genéticos que pueden ser transferidos entre especies diferentes. Curiosa, pero no excepcionalmente, la teoría tuvo críticas mucho más severas en el pasado que en la actualidad. Veamos algunas.

3. Comentaristas críticos de Darwin


Es de destacar que, entre los contemporáneos de Darwin, muchos de los críticos con su teoría lo fueron desde un ámbito religioso, lo cual dio pie a numerosas defensas que, en realidad, no defendían la Teoría de Evolución por Selección Natural que es la aportación original de Darwin, sino la evolución considerada en general, la transformación de los seres vivos con el tiempo o aspectos puntuales como la edad de la tierra. Muchos de los argumentos de Huxley en defensa de Darwin, en realidad defienden la evolución frente a argumentos dogmáticos y religiosos y no defienden la Selección Natural. Su réplica va dirigida frente a argumentaciones en contra de Darwin procedentes de puntos de vista teológicos y por eso Huxley cita a San Agustín, Santo Tomás o Suárez. Nada tiene que ver esto con la teoría propuesta por Darwin. Huxley, llamado el bulldog de Darwin, nunca se definió a si mismo ni se manifestó como defensor de la Teoría de Evolución por Selección Natural. Uno de los críticos más divertidos y menos citados de Darwin es Karl Marx. En una carta a Lasalle del 16 de Enero de 1861 hace un comentario que hemos reproducido del texto de Manuel Cruz citado abajo y que no es anecdótico:

Naturalmente, hay que dejar a un lado la tosca manera inglesa de exposición” (citado en Cruz, 1989, p. 160)

En una carta a Engels:
Thomas Malthus
“Me divierto con Darwin, al que he echado una nueva ojeada, cuando afirma aplicar la teoría de Malthus tambien a las plantas y a los animales, como si el jugo del señor Malthus no estuviera precisamente en el hecho de que esa teoría no se aplica a las plantas y a los animales, sino –con geométrica progresión– sólo a los hombres, en contraste con las plantas y animales. Es notable el hecho de que en las bestias y en las plantas, Darwin reconoce a su sociedad inglesa, con su división del trabajo, la competición, la apertura de nuevos mercados, los inventos y la maltusiana lucha por la existencia. Es el bellum omnium contra omnes de Hobbes y hace pensar en la Fenomenología de Hegel cuando se configura la sociedad burguesa como “reino animal ideal”, mientras que en Darwin el reino animal se configura como sociedad burguesa” (citado en Cruz, 1989, p. 162).

En su introducción a la dialéctica de la naturaleza, Engels tampoco se quedó corto con una frase que invita a la reflexión:

“Darwin no sabía qué áspera sátira de la humanidad y especialmente de sus conciudadanos escribía al demostrar que la competencia libre, la lucha por la vida, celebrada por los economistas como la conquista más alta de la historia, es el estado moral del reino animal.” (Tomado de “La comedie inhumaine” de André Wurmser)

Nietzsche fue también crítico con Darwin. En su libro El crepúsculo de los ídolos, en el capítulo titulado “Incursiones de un intempestivo” (pp. 122-123), Nietzsche opinaba así acerca del darwinismo:

“Anti-Darwin. En lo que respecta a la famosa “lucha por la vida”, me parece que de momento está más afirmada que demostrada. Se da, pero como excepción; el aspecto global de la vida no es el del estado de necesidad, el de la hambruna, sino más bien el de la riqueza, el de la exuberancia, incluso el del absurdo derroche: donde se lucha, se lucha por poder... no se debe confundir a Malthus con la naturaleza. Ahora bien, suponiendo que exista –y en verdad, se da– esa lucha transcurre, por desgracia, de modo inverso al deseado por la escuela de Darwin, al que quizá sería lícito desear con dicha escuela: a saber, en contra de los fuertes, de los privilegiados, de las excepciones felices. Las especies no crecen en perfección: Los débiles se enseñorean siempre de los fuertes, y esto es porque son el mayor número y también porque son más listos... Darwin se ha olvidado del espíritu (¡qué inglés es esto!), los débiles tienen más espíritu... Hay que necesitar espíritu para obtener espíritu, y se pierde cuando ya no se necesita. Quien tiene la fuerza se desprende del espíritu...”

Otros críticos de Darwin fueron reputados profesionales de la Ciencia, entre ellos naturalistas, como Karl Ernst von Baer y Louis Agassiz; paleontólogos como Richard Owen; geólogos como Charles Lyell y Adam Sedgwick. Von Baer (1792-1876) pasó sus últimos años dedicado a la crítica del darwinismo. Su crítica de Darwin está basada en principios morales, filosóficos y científicos. Entre estos últimos, destacó la complejidad de los procesos evolutivos. Louis Agassiz (1807-1873), un reputado naturalista y paleontólogo nunca admitió la evolución, sino que más bien fue creacionista. Escribió:

“The combination in time and space of all these thoughtful conceptions exhibits not only thought, it shows also premeditation, power, wisdom, greatness, prescience, omniscience, providence. In one word, all these facts in their natural connection proclaim aloud the One God, whom man may know, adore, and love; and Natural History must in good time become the analysis of the thoughts of the Creator of the Universe…”

[“La combinación en el tiempo y el espacio de todas estas concepciones reflexivas no solo muestra el pensamiento, sino que también muestra premeditación, poder, sabiduría, grandeza, presciencia, omnisciencia, providencia. En una palabra, todos estos hechos en su conexión natural proclaman en voz alta al Único Dios, a quien el hombre puede conocer, adorar y amar; y la Historia Natural debe convertirse a su debido tiempo en el análisis de los pensamientos del Creador del Universo...”]

Charles Lyell
Richard Owen (1804-1892) fue favorable al evolucionismo, pero se opuso firmemente a la teoría de la Selección Natural. Charles Lyell (1797-1875) era evolucionista, pero nunca aceptó la teoría de Evolución por Selección Natural. Adam Sedgwick (1785-1873), fue profesor y mentor de Darwin. Nunca apoyó la Teoría de Evolución por Selección Natural y escribió a Darwin en una carta el 24 de Noviembre de 1859:

“If I did not think you a good tempered & truth loving man I should not tell you that… I have read your book with more pain than pleasure. Parts of it I admired greatly; parts I laughed at till my sides were almost sore; other parts I read with absolute sorrow; because I think them utterly false & grievously mischievous. You have deserted –after a start in that tram-road of all solid physical truth– the true method of induction…”

[“Si no le considerara un hombre de buen temperamento y amante de la verdad, no debería decirle que... He leído su libro con más dolor que placer. Partes de él admiré grandemente; partes de las que me reí hasta que mis costados estaban casi adoloridos; Otras partes las leí con absoluta tristeza; porque las considero absolutamente falsas y gravemente dañinas. Ha abandonado –después de un comienzo en ese camino de toda verdad física sólida– el verdadero método de inducción...”]

No sorprende entonces, que, un año después de la publicación de su obra en una carta al respetado profesor Lyell, Darwin dijese:

I have heard by round about channel that Herschel says my book is the law of higgledy-pigglety” (Tomado de Peter Dear, 2006).

[“He oído por medios indirectos que Herschel dice que mi libro es la ley del sin ton ni son.”]

Finalmente, una opinión rotunda. El filósofo de la ciencia Karl Popper, en su libro titulado “Conjectures and Refutations: The Growth of Scientific Knowledge” dice:

No existe ninguna ley de la evolución, sino sólo el hecho histórico de que las plantas y los animales cambian, o, más precisamente, que han cambiado. La idea de una ley que determine la dirección y el carácter de la evolución es un típico error del siglo XIX que surge de la tendencia general a atribuir a la “Ley Natural” las funciones tradicionalmente atribuidas a Dios.” (p. 408)

4. Conclusión


Si se mira desde un punto de vista estrictamente científico, experimental, entonces la Teoría de Evolución por Selección Natural de Darwin no es una teoría científica, porque no es demostrable mediante experimentación y no es refutable (Popper, 1963). No pone de manifiesto nuevas relaciones entre elementos bien descritos de la naturaleza, sino que, por el contrario, en ella intervienen elementos que la biología actual ha demostrado que son muy complejos y difíciles de describir (las especies). La Evolución de las especies no es fácilmente reducible al método experimental. Sus mecanismos implican elementos que la bioquímica, la genética y la biología molecular intentan ahora describir. La definición de virus, transposones, multitud de ARN catalíticos, y la posible participación de éstos elementos en procesos de epigenética, poliploidización, reorganizaciones del genoma, silenciamiento génico, etc. son algunas de las tareas en que se ocupa la biología actual.

Cualquier teoría evolutiva deberá contar con la participación de estos elementos, porque la frase de Dobzhansky: “En biología nada tiene sentido si no se considera bajo el prisma de la evolución” debe hoy ser justamente convertida en: “En evolución nada tiene sentido si no se considera bajo el prisma de la biología”. La biología es la ciencia experimental poderosa y predominante en nuestro tiempo. Por lo tanto, la biología no puede someterse a las teorías especulativas de la evolución, sino al contrario.

5. Referencias


Cruz, M. 1989. Por un naturalismo dialéctico. Anthropos, Barcelona.

Dear, P. 2006. The Intelligibility of Nature: How Science Makes Sense of the World. The University of Chicago Press.

Depéret, Ch. 1929. Les transformations du monde animal. Eds Flammarion, Paris. 

Hodge. 1874. What is Darwinism? Scribner, Amstrong and co. New York. 

Huxley, TH. Collected essays. http://aleph0.clarku.edu/huxley/guide4.html
 
Nietzsche. 2002. El crepúsculo de los ídolos. Biblioteca EDAF. Madrid.

Popper, K. 1963. Conjectures and Refutations: The Growth of Scientific Knowledge.  

Wurmser, A. 1965. La comedie inhumaine. Gallimard. Paris.

© Emilio Cervantes (IRNASA-CSIC)

Fuente original: Digital CSIC

Fuente imágenes: Wikimedia Commons

martes, 25 de septiembre de 2018

La Inquisición no fue lo que nos han contado



Después de algunos años de reflexión y lecturas, me cabe poca duda de que la llamada historia oficial y las diversas historias nacionales no sólo están lejos de presentar verdades objetivas (lo cual sería una quimera), sino que ni siquiera son capaces de construir un cuadro equilibrado y contrastado de lo que fueron los hechos acaecidos en el pasado. En parte esto se debe a la falta de documentos y pruebas, a lo que ha de sumarse la influencia de los inevitables sesgos y prejuicios. Sin embargo, todo ello es poco cuando descubrimos que la historia ha sido constante objeto de manipulación y tergiversación –realizadas por motivos ideológicos, políticos o religiosos– a lo largo de los siglos. En este sentido, existen varios episodios históricos que se han dado por verdaderos e indiscutibles durante siglos, pero que en los tiempos recientes algunos historiadores han empezado a desmontar gracias a un meritorio ejercicio de rigor y honestidad profesional.

Uno de ellos ha sido la famosísima leyenda negra sobre la España imperial y católica del tiempo de los Austrias, que fue construida hábilmente como una auténtica maniobra de propaganda política por parte de los países anglosajones y protestantes en general, si bien otras potencias, como Francia, se subieron a este carro por puro interés, dado el conflicto de intereses con España. Y como siempre suele ocurrir en estos casos, para que la mentira sea más creíble e impactante, debe contener una parte de verdad. Esto hace más perversa la maniobra, dándole un aire de credibilidad al explicar sólo un parte de los hechos o retorciendo y exagerando otros para consolidar un relato devastador.

Sólo para recordar los elementos básicos, diremos que según esta leyenda negra, tejida en Europa (particularmente en Holanda e Inglaterra) a partir del siglo XVI, los españoles –imbuidos en el oscurantismo y fanatismo de su fe católica– se habían dedicado a matar y esclavizar a los indígenas americanos y habían perseguido con saña a brujas, herejes y librepensadores, llevando a muchos de estos a la cárcel, la tortura y el patíbulo. Y desde luego, existe una parte de verdad en ello, pues en América existieron los asesinatos, brutalidades, abusos y explotaciones. Y por otro lado, la actuación implacable de los tribunales contra los herejes y sobre todo contra las brujas durante varios siglos es bien conocida. No obstante, aquí subyacen dos factores que distorsionan todo el relato. En primer lugar, los demás –las naciones civilizadas cristianas (también las protestantes)– no fueron mejores en su relación con indígenas, herejes y brujas. Y en segundo lugar, los abusos y crímenes supuestamente cometidos contra los “inocentes” no fueron tantos, o fueron convenientemente exagerados o falseados[1].

En el presente artículo me centraré en la desmitificación de una parte de esa leyenda negra, que fue el controvertido papel de la Inquisición, principalmente en España, pero también en otros países. Lo cierto es que nada más citar la palabra “Inquisición” a muchas personas les viene a la memoria un escenario de severos autos de fe, tétricos calabozos, instrumentos de tortura, hogueras donde se quemaban a las brujas, etc. Y esta imagen de crimen y brutalidad en nombre de la religión católica ha permanecido en la mente de generaciones como muestra de la intolerancia y la prepotencia de la Iglesia frente a cualquiera que osara retarla. Sin embargo, ¿realmente fueron así las cosas? Ya a finales del siglo XX algunos historiadores como Peters y Kamen habían profundizado en la cuestión y habían empezado a derribar algunos clichés y tópicos populares que no se ajustaban a los hechos contrastados. Pero hay más. Poca gente sabe que hacia la misma época, en los últimos años del papado de Juan Pablo II, el Vaticano –por deseo expreso del Papa Wojtyla– facilitó el acceso a los archivos del Santo Oficio[2] a un equipo de 30 investigadores para que dilucidaran qué había de verdad en esa visión tópica de una Inquisición que funcionaba como una máquina de ejecutar herejes.

El Papa Lucio III
El resultado de dicha investigación se publicó en 2004 en un grueso informe de casi 800 páginas editado por Agostino Borromeo y, para sorpresa de muchos, desveló a modo de conclusión que la Inquisición, tanto en España como en otros lugares, no había sido tan perversa y asesina como se había repetido durante siglos. Vayamos por partes. Como punto de partida, hay que señalar que la Inquisición no fue un invento español ni de la Edad Moderna, sino que fue promovida por el papado y se remonta a la Edad Media. Concretamente, fue creada por el Papa Lucio III en 1184 y el motivo de su implementación fue doble: por un lado, combatir la expansión de las doctrinas heréticas que campaban por Europa en aquella época; y por otro, ofrecer cobertura legal a los acusados de herejía, que llevaban siglos siendo objeto de persecución y ejecución por parte del poder secular; es decir, el poder político.

El propósito de esta institución era pues la de marcar claramente la línea de la doctrina ortodoxa católica frente las herejías y evitar que los juicios contra los herejes fueran del todo arbitrarios. Como se puede ver en la película “El nombre de la rosa”, el fraile Guillermo de Baskerville incidía en que la Inquisición se había creado para orientar y hacer que los desviados volviesen al redil del catolicismo, no para castigar y destruir enemigos político-religiosos. Para entender esto, hay que señalar que el poder político se había fusionado con el poder religioso como si fuesen una misma cosa, nada nuevo en la historia, por otra parte. De hecho, esta unión de intereses entre cristianismo y autoridad política se remontaba al primer concilio de Nicea (en el 325), convocado oportunamente por el emperador Constantino. En efecto, el emperador tuvo un papel muy destacado en la sombra, al fomentar una religión cristiana unificada –la que en adelante sería católica– como religión imperial, impuesta a todos los súbditos. De este modo, la autoridad del soberano derivaba directamente de la autoridad divina y no estaba sujeta a crítica ni oposición, al haber una equiparación entre ambos conceptos[3]. Por otra parte, apelar a Dios ya era suficiente para montar y justificar cualquier maniobra política, así como guerras y conquistas.

Ahora empezamos a tener un contexto histórico adecuado. En realidad, la herejía era perseguida por el estado, ya que religión y política eran inseparables. Así pues, la herejía –que a menudo iba más allá de la crítica religiosa y se adentraba en la denuncia social, política y económica– era un crimen contra la autoridad estatal y debía ser perseguida y castigada con dureza. Recordemos al respecto que ya en el código legal del emperador Justiniano (siglo VI) la herejía era considerada un delito capital contra el estado. Esto provocó que mucha gente desafecta, levantisca, conflictiva o con ideas propias fuera a parar ante un noble o señor local que impartía un simulacro de justicia que solía acabar muy mal para el acusado. Y cabe suponer que muchas personas fueron acusadas de herejía por motivos espurios o interesados, y que los señores no estaban por labor de enzarzarse en discusiones teológicas –para las cuales no estaba preparados– sino más bien de dictar sentencias condenatorias hacia la gente presuntamente hostil para la comunidad (y el poder).

Escarnio público de condenados por la Inquisición
Esta habría sido la causa que movió al Papa Lucio III a crear la Inquisición como instrumento de justicia, para distinguir a los verdaderos herejes de los que no lo eran y facilitar así sentencias apropiadas y justas al dogma católico. Así pues, la Inquisición debía disponer de jueces cualificados –sobre todo lo fueron los monjes dominicos– que debían proceder con arreglo a las pruebas presentadas. El objetivo en sí de esta práctica no era castigar sin más, sino corregir y mostrar el camino recto a las ovejas que se habían descarriado. 

Aquí, la información desplegada en el informe nos muestra que, en efecto, se produjeron muchas condenas a diversas penas o penitencias, pero que la tortura para obtener confesiones fue esporádicamente aplicada y que las ejecuciones (penas de muerte llevadas a cabo por el brazo secular), por lo menos en el caso español, rondaron apenas el 1% de los casos tratados, que se han cifrado en unos 125.000. Y, aparte, muchos acusados salieron del tribunal libres de culpa o con sus sentencias suspendidas. De aquí que podamos decir que la acción de la Inquisición salvó a muchos acusados de acabar linchados por las turbas o sentenciados por la autoridad secular.

Ahora bien, en los casos en que no había remedio (los herejes que no se retractaban), la Inquisición no se quedaba de brazos cruzados. Así, aunque no quemaba a nadie directamente, excomulgaba al reo y acto seguido lo entregaba a la autoridad secular para que ella procediera a aplicar la pena máxima. Lo que ocurrió es que según avanzaba la Edad Media, sobre todo a partir del siglo XIV, se consolidaron los poderes absolutos reales y el papado fue perdiendo autoridad y control sobre el Santo Oficio. De este modo, la Inquisición cayó en la órbita de las realezas de cada país y en cada reino se aplicó de forma distinta con más o menos dureza. En el caso de España, los documentos apuntan a que la Inquisición procedió con rigor pero con justicia y benevolencia.

Precisamente a partir del siglo XVI, cuando se desató en Europa una histeria colectiva por los casos de brujería, la Inquisición –en España e Italia– se mostró ecuánime y desestimó muchos casos que no tenían fundamento. Sin embargo, el tópico mantenido a lo largo de siglos es que la Inquisición española mató a miles de brujas, hecho que sucedió realmente en países protestantes, ya fuera por la acción de los tribunales civiles o los religiosos. En lo referente a la persecución de herejes y científicos audaces, bien es cierto que la Iglesia católica quemó a Giordano Bruno, pero los calvinistas habían quemado décadas antes a Miguel Servet. E incluso los puritanos protestantes ingleses que colonizaron América no dudaron en mantener la caza de brujas y los juicios a mujeres sospechosas, como sucedió en el conocido episodio de las brujas de Salem a finales del siglo XVII, en que la histeria religiosa desatada llevó a la horca a 19 personas. En suma, el llamado mundo civilizado de aquella época fue intolerante y justiciero en cualquier forma de religión, y la labor de la Inquisición no fue peor a lo que se hizo en muchas otras partes.

Batalla naval entre la Armada y la flota inglesa
En cuanto a lo que aconteció históricamente con la Inquisición española, cabe decir que el predominio del Imperio español en Europa y América en el siglo XVI se había hecho tan grande que sus enemigos, vencidos en el campo de batalla, recurrieron a la propaganda masiva en forma de libros y panfletos para desgastar políticamente a España y unir voluntades contra ella, llegando más allá de la crítica religiosa cuando era necesario. Así, como ya expuse en su momento en un artículo específico, el desastre naval de la mal llamada “Armada Invencible” fue tergiversado y magnificado por los ingleses de la época, que lo vendieron como una grandiosa victoria militar sobre un enemigo muy superior. Eso sí, los que pasaron a la historia como unos héroes se cuidaron muy mucho de airear el hecho de que en Irlanda asesinaron sin más a 2.000 náufragos de la Armada, indefensos y exhaustos. En todo caso, el mito de la Armada se mantuvo como algo indiscutible durante siglos hasta prácticamente nuestros días[4]. En fin, el resultado de esta campaña de propaganda fue que buena parte de Europa asumió que el imperio católico español y su ominosa Inquisición eran depravados y crueles, y que cometían terribles atrocidades con los indios de América y con los no-católicos.

Con todo, es innegable que la intolerancia y las persecuciones existieron, y que la Iglesia ya acumulaba un largo historial de ejecuciones de paganos o de herejes desde la época de Constantino, si bien sería más exacto decir que fue el poder secular el que llevó a cabo las peores purgas y matanzas con excusas teológicas o doctrinales. Lo que está claro es que en aquellos tiempos, al estar unidos el poder religioso y el político, se podía justificar todo tipo de maniobras para obtener los fines deseados, y más aún teniendo en cuenta que los disidentes religiosos eran considerados a la vez disidentes políticos. Esto se pudo ver en la tristemente célebre cruzada contra los albigenses (los cátaros) en el siglo XIII, que en realidad fue la toma de Occitania por parte del poder real francés. De igual modo, las diversas cruzadas en Tierra Santa, bajo la excusa de retomar los Santos Lugares, tenían como meta la conquista de territorios estratégicos en Oriente. Y en ambos casos la Iglesia, que actuaba como una gran potencia más, promovió, apoyó y bendijo las operaciones militares y todos los excesos cometidos, que no fueron pocos.

En conclusión, es posible que la Inquisición no fuera tan terrible como nos han pintado habitualmente, por lo menos a la vista de las pruebas recuperadas, y que buena parte de su pésima imagen –en especial en España– se debiera a la ya mencionada propaganda en forma de leyenda negra. Ahora bien, es evidente que la alta jerarquía eclesiástica estuvo metida de lleno en asuntos terrenales, en luchas por el poder y en influencias de todo tipo, por lo menos hasta el siglo XIX. Lo que la historia nos muestra es que la Iglesia institucionalizada surgió como un aliado del poder político y que incluso todos los cismas y separaciones fueron provocados por cuestiones meramente políticas. Ello no obsta a que la Iglesia tuviera su propia opinión o sus propios métodos, lo que llevó a no pocos choques con el poder secular o incluso entre los clérigos “de base” y la jerarquía católica, algo que se ha venido repitiendo prácticamente hasta la actualidad.

© Xavier Bartlett 2018

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[1] Sólo por ejemplificar este doble rasero, cabe citar que en América los anglosajones mataron indígenas a mansalva, los llevaron al borde de la extinción y apenas se mezclaron con ellos. Aparte, hicieron buen negocio con los esclavos en sus grandes plantaciones, donde no eran precisamente muy bien tratados. Frente a esto, las misiones españolas se mostraron más integradoras y humanitarias, y la propia Iglesia defendió los derechos de los indios. Y si bien es cierto que los españoles acabaron con muchos indígenas, la mayoría de muertes se debió a las enfermedades. Por lo demás, no hubo genocidio y sí bastante mestizaje. Y aunque es poco sabido, en las guerras de independencia de las colonias americanas a inicios del siglo XIX, la gran mayoría de indígenas tomó partido por los realistas, no por los criollos terratenientes americanos.

[2] Nombre dado al organismo continuador de la Inquisición desde 1904. En 1965 pasó a denominarse Congregación para la doctrina de la fe.

[3] Aún hoy, existe el formulismo de considerar a un rey o emperador como puesto en el cargo “por la gracia de Dios”, como si fuera una legitimación indiscutible. Véanse, por ejemplo, las monedas británicas en que junto a la efigie de la reina aparece la fórmula “D.G.” (Dei Gratia, por la gracia de Dios).
[4] Véase el artículo sobre dicho tema en este mismo blog.

viernes, 14 de septiembre de 2018

El Arca de la Alianza: entre el mito y la historia


Hace unos pocos años tuve el honor de entrevistar al afamado investigador escocés Graham Hancock para la revista Dogmacero y al preguntarle cómo se había introducido en el mundo de la arqueología alternativa me explicó esta asombrosa anécdota ocurrida en Etiopía en los años 80 del pasado siglo. Permítanme que trascriba este fragmento:

“Yo era el corresponsal de África Oriental para The Economist, por lo cual viajaba regularmente a Etiopía para realizar informes de actualidad (la guerra civil, la hambruna de 1984...). Y en uno de mis viajes regulares me encontré en la ciudad de Axum, al norte de Etiopía. Pasé unos días en la ciudad, y –a pesar de la situación de guerra civil– me pareció que tenía un ambiente extraordinario, con notables monumentos históricos, enormes estelas (tan altas como los obeliscos egipcios) y una catedral muy antigua. Y en los jardines de esa catedral, había una capilla y fuera de esa capilla, un monje, con el que finalmente llegué a conversar a través de mi traductor. Me dijo nada menos que era el guardián del Arca de la Alianza, y –como hacía poco que había visto la película En busca del Arca perdida­– tal afirmación me intrigó inmediatamente. Como periodista, siempre he tenido olfato para una buena historia y pensé: «Esto es increíble, en medio de las guerras de Etiopía, este monje me dice que tiene el Arca de la Alianza en la capilla detrás de él». Este encuentro, que relaté en mi libro The Sign and the Seal[1], fue el comienzo de un largo camino para mí, cuando comencé a indagar en este misterio de que los etíopes afirman poseer el Arca de la Alianza, y si bien los eruditos se habían mostrado muy desdeñosos al respecto, gradualmente comencé a pensar que había algo cierto en todo aquello.”

En fin, no cabe duda de que con el paso de los siglos el Arca de la Alianza se ha convertido en un artefacto fascinante que cabalga entre el mito y la historia, y cuyo influjo va mucho más allá del terreno puramente religioso. En efecto, la Biblia –aparte de su evidente condición de texto religioso– contiene elementos históricos y otros más bien legendarios o muy dudosos, cuya autenticidad o fiabilidad están bajo sospecha a falta de datos históricos o arqueológicos que puedan corroborarlos. Este es el escenario en que se mueve el Arca, que ha sido objeto de numerosas búsquedas y pesquisas desde que desapareció de Jerusalén en tiempo inmemorial, supuestamente llevada a un lugar seguro para no ser objeto de expolio. Sea como fuere, a día de hoy el enigma persiste: ¿Existió realmente el Arca? ¿Qué clase de objeto sagrado era? ¿Realmente se perdió para siempre o está custodiada en Etiopía, como nos apuntaba Hancock? ¿O tal vez permanece oculta en otro lugar? Vamos a hacer un poco de historia para situar la polémica y arrojar un poco de luz sobre estas cuestiones.

Réplica moderna del Arca
Lo que la propia Biblia nos cuenta es que fue el dios Jehová o Yahvé el que ordenó a Moisés la construcción de este objeto, que sería el símbolo o representación física de la divinidad entre los israelitas. Y en este “encargo” sorprende la exactitud de las instrucciones dadas por Yahvé para la fabricación del Arca, que podemos leer en Éxodo 25:10. Básicamente se trataba de una caja de madera de acacia de unas dimensiones aproximadas de 1,14 x 0,68 x 0,68 metros[2]. Estaba completamente forrada de oro puro en su interior y exterior y tenía una tapa en forma de trono con una marcada moldura o cornisa y dos querubines –también de oro– en los extremos, cuyas alas se extendían hacia el centro y se unían a modo de protección. Aparte tenía cuatro anillos (dos a cada lado) por los cuales se introducían dos barras o bastones de madera de acacia recubierta de oro que eran empleados para izar y mover el arca. Con todo, en la Biblia se menciona que el Arca era a veces transportada en un carro tirado por bueyes debido a su peso. Y sobre lo que había en el interior de la caja, existen varias opiniones al respecto, pero se acepta generalmente que contenía reliquias sagradas, principalmente las Tablas de la Ley o la Alianza (los Diez Mandamientos) dadas por Yahvé a Moisés en el Monte Sinaí, durante el Éxodo. No obstante, otra versión apunta a que el Arca guardaba en su interior la misteriosa máquina del maná (conocida también como El ancestro de los días), que proporcionó alimento al pueblo de Yahvé en su larga travesía por el desierto. Y también hay algunos expertos que aseguran que el Arca estaba vacía, pues era simplemente la morada del Señor.

El dios de los israelitas había dado también órdenes de que el Arca debía acompañar siempre al pueblo de Israel y que tenía que ir por delante siempre que el pueblo se desplazase. En lo referente a su custodia en los momentos de acampada o asentamiento, el Arca debía morar en un espacio sagrado o santuario llamado tabernáculo, cuyo diseño y materiales también venían muy especificados por Yahvé. Los únicos hombres capacitados para manipular el Arca eran los sacerdotes levitas, los cuales debían vestir de un modo especial y cumplir unos rituales o medidas de seguridad. Al parecer, el Arca era un artilugio peligroso físicamente, pues quienes estaban cerca de ella durante cierto tiempo se exponían a enfermar y padecer vómitos, así como llagas, escamas y eczemas. Además, existe un relato inequívoco (II Samuel 6, 3-7) en el cual se narra que un hombre llamado Oza (o Uzza) tocó el arca imprudentemente cuando ésta se balanceaba sobre un carro y cayó fulminado al instante. Con todo, se sabe que incluso algunos sacerdotes también fueron víctimas de accidentes relacionados con el Arca.

En cuanto a su función, parece que tenía una doble misión. Por un lado, servía de aparato “trasmisor” entre la divinidad y los líderes israelitas, pues al parecer Yahvé se comunicaba en forma de nube justo por encima de la cubierta. Por otro lado, ejercía de artefacto milagroso para proteger al pueblo de Israel mediante su inmenso poder destructivo. De hecho, en el Antiguo Testamento tenemos relatos específicos del poder del Arca, utilizada para destruir a los ejércitos enemigos –en particular los filisteos– e incluso para derribar murallas (como el caso de Jericó). No obstante, en una ocasión los filisteos consiguieron capturarla y la llevaron a la ciudad de Asdod como trofeo de guerra. Sin embargo, al cabo de siete meses la devolvieron en un carro a los israelitas pues no sólo se habían visto incapaces de sacarle partido sino que habían sufrido varios desastres, como la destrucción de su ídolo Dagón, una plaga y una invasión de ratones, aparte de numerosas muertes y problemas físicos.

Representación antigua del Arca en un carro filisteo, lista para ser devuelta a los hebreos

El caso es que, una vez vencidos los filisteos e instalados en Canaán, los israelitas ya no tuvieron que hacer uso de su objeto sagrado por excelencia y lo depositaron en diversas ubicaciones temporales. Finalmente, el Arca fue rescatada por el rey David hacia el año 1000 a. C., que decidió alojarla en un espacio sagrado apropiado, en la capital del reino, Jerusalén, si bien la tarea fue finalmente emprendida por su hijo Salomón. De este modo, el Arca se instaló de forma definitiva en un recinto especialmente protegido (el sanctasanctorum) del templo de Salomón, de donde no salía a excepción de su uso en combate contra los enemigos de Israel. Existe una breve referencia del tiempo del rey Josías (siglo VII a. C.) en que se ordena que el Arca vuelva a alojarse en el templo, sin que sepamos con certeza cuándo ni por qué abandonó su recinto habitual. El caso es que en el 597 a. C.[3] el rey babilónico Nabucodonosor invadió Israel y saqueó Jerusalén. Y es a partir de este punto donde se pierde toda pista del Arca. Según Richard E. Friedman, profesor de hebreo y religión comparada de la Universidad de California, no hay constancia histórica ni arqueológica de que el Arca fuera ocultada, robada, destruida o llevada a otro lugar. Simplemente no hay ninguna información fiable sobre el destino del Arca desde tiempos del rey Salomón (970 a. C. – 931 a. C.), lo que deja las puertas abiertas a varios escenarios.

El Arca transportada por los sacerdotes levitas
En efecto, esta indefinición o niebla histórica ha sido el inicio de varias hipótesis o especulaciones sobre lo que pudo sucederle al Arca durante el primer milenio antes de Cristo y aún en épocas posteriores. Como ya hemos señalado, las fuentes no clarifican con detalle qué ocurrió en Jerusalén durante la conquista babilónica, si bien en la Biblia[4] se dice que los conquistadores se llevaron del templo todo lo que era de oro, de plata o de bronce, lo cual sugeriría que el Arca pudo ser llevada a Babilonia como un trofeo más. En cambio, otra versión apunta a que el profeta Jeremías –avisado por un ángel del Señor– habría puesto el Arca a buen recaudo antes de la toma de la capital de Israel, llevándola, junto con el tabernáculo, a una cueva del Monte Nebo, en la actual Jordania. Por otra parte, también corrieron historias de que el Arca había sido ocultada en el Monte Sinaí (donde Moisés recibió las Tablas) o incluso que consiguieron esconderla en un espacio recóndito bajo el templo de Salomón que no fue afectado por la destrucción y el pillaje.

De todos modos, existen otros episodios de conquista de Jerusalén que han puesto el Arca de por medio. Así, podemos citar la incursión en Canaán del faraón egipcio Shishak (o Sesonquis), que reinó entre el 945 a. C. y 924 a. C., y que según algunos autores podía haber arrebatado el Arca a los hebreos al entrar en Jerusalén. Un milenio después tuvo lugar la intervención romana en Judea para aplastar una rebelión contra el poder imperial. En este contexto, los romanos saquearon el segundo templo en época del emperador Vespasiano (70 d. C.) y se llevaron a Roma importantes objetos –tal como se aprecia en el arco de Tito– como por ejemplo el candelabro de siete brazos o Menorah. Ahora bien, según una teoría reciente, los romanos no se llevaron el Arca, ya que ésta habría sido puesta a salvo en la zona de Qumrán, si bien nos seguimos moviendo en el terreno de las conjeturas. Finalmente, cabe mencionar otra historia que roza la leyenda, que es la aparición en escena de los cruzados en Jerusalén durante la Edad Media. Según esta tradición, los caballeros templarios habrían buscado y encontrado el Arca en las ruinas del templo de Salomón y se la habrían llevado a Occidente a inicios del siglo XII, lo que viene a coincidir con la no menos famosa historia del Santo Grial[5]. Otras versiones colaterales afirman que la búsqueda no tuvo fruto o que el Arca fue a parar al final a las criptas del Vaticano.

Todo esto correspondería a escenarios relacionados con invasiones extrajeras, pero en paralelo tenemos otra tradición o explicación para el destino del Arca, y que se remonta a los propios tiempos de Salomón. Esta nueva visión sería la pista etíope, que prácticamente ha pervivido hasta la actualidad y ha dado paso a la investigación a cargo de Graham Hancock, si bien ésta difiere ligeramente de la versión ortodoxa. Prácticamente toda la historia descansa en un relato etíope llamado Kebra Nagast, una especie de epopeya nacional de incierta datación medieval y que describe el nacimiento de la monarquía etíope. Concretamente, se dice que Salomón y la Reina de Saba tuvieron un hijo llamado Baina-lehkem, que luego cambió su nombre por Menelik, tal como sería conocido como primer rey de Etiopía. Pues bien, este Menelik, nacido en África, emprendió un viaje a Jerusalén a los 22 años para conocer a su padre Salomón. Allí, el espabilado Menelik aprovechó su estancia para pedir a Salomón el Arca, a lo que éste accedió siempre y cuando se simulase que el Arca era robada del templo y fuese sustituida por una falsa. Salomón, oficialmente, se dio cuenta de los hechos demasiado tarde y no pudo capturar a Menelik, y luego se esmeró en mantener el tema del robo en secreto, pues no le interesaba que los enemigos de Israel conocieran la pérdida del poderoso artefacto. De este modo, el Arca fue llevada discretamente a Etiopía, acompañada por nativos judíos que luego se convertirían en el pueblo falasha etíope. Más adelante, con la implantación del cristianismo en el país, el Arca habría sido custodiada durante siglos por la Iglesia etíope y estaría actualmente a resguardo en la ciudad de Axum.

La capilla de Sta. María de Sión, en Axum
La versión de Hancock se sitúa unos tres siglos más tarde y propone un escenario en que los propios sacerdotes del templo se llevaron el Arca a un lugar seguro ante la impiedad del rey Manasés (697 a. C. – 642 a. C.). Este lugar fue un templo construido a propósito en la isla Elefantina (Egipto). Allí habría pasado unos 200 años hasta que de nuevo fue trasladada a Etiopía. Concretamente, se habría ubicado el Arca en un tabernáculo situado en una islita del lago Tana, quedando bajo el cuidado de la comunidad judía etíope hasta que en el siglo V d. C. la Iglesia cristiana copta se hizo cargo de ella y la alojó en la capilla de la iglesia de Santa María de Sión en Axum, donde nadie estaba –ni está a día de hoy– autorizado a entrar, ni siquiera los antiguos emperadores del país. Sólo un sacerdote, hipotéticamente descendiente de los antiguos levitas, puede entrar en la capilla y ver la reliquia. Ese sacerdote guardián le dijo a Hancock que en ocasiones especiales el Arca sale de la capilla y es llevada en procesión pero nadie puede verla directamente pues él mismo se ocupa de envolverla con densas telas “para proteger a las personas de ella”. Por cierto, cabe citar que la crítica especializada y los eruditos expertos en el tema consideraron el trabajo de Hancock como un fantasioso relato sin ninguna fiabilidad histórica o arqueológica.

Existen otras teorías diversas sobre el paradero actual del Arca que no comentaré para no extenderme en demasía, pero que podríamos resumir en dos grandes ámbitos. Por un lado, algunos autores creen que el Arca habría salido de Israel para ir a parar a tierras muy lejanas, como Zimbabwe (siendo una antigua reliquia de una tribu llamada Lemba) o bien Oak Island en Escocia, con la intervención de los templarios. Por otro lado, los más puristas –siguiendo las antiguas tradiciones ya citadas– defienden que el Arca permanece aún oculta en algún lugar de Tierra Santa: el Monte Nebo, el Monte de la Calavera o en lo más profundo del templo de Jerusalén).

Llegados a este punto, podemos comprobar que toda la historia del Arca se fundamenta en antiguos relatos o tradiciones de muy difícil comprobación empírica. Incluso si aceptáramos que los etíopes disponen de algún tipo de “arca”, nada nos asegura que sea el Arca original, que debería tener bastante más de 3.000 años si nos remontamos a los tiempos de Moisés. Es bien posible que el objeto custodiado en Axum no sea más que una copia, réplica o simple representación de un objeto mucho más antiguo que, o bien se perdió en la noche de los tiempos o bien no existió nunca. Es oportuno mencionar ahora que en toda Etiopía el culto al Arca está muy extendido, hasta el punto de existir unas 20.000 réplicas del Arca en otros tantos templos. A este respecto, cabe resaltar que ya en la Edad Media aparecieron numerosas reliquias cuya autenticidad era más que dudosa[6], incluyendo piezas “duplicadas”. Por lo demás, la época del rey Salomón fue fructífera en toda clase de leyendas y objetos prodigiosos, como –por ejemplo– otro famoso artefacto llamado La mesa de Salomón, sobre cuya naturaleza y paradero se ha especulado mucho, sin que haya visos de sacar nada en claro más allá de las brumas del misterio.

Moisés en el Tabernáculo frente al Arca
En todo caso, para muchos científicos y eruditos el relato bíblico no puede tomarse de forma literal, ya que contiene una mezcla de elementos religiosos o legendarios junto con referencias históricas del pueblo hebreo no exentas de imprecisión. Asimismo, no hay que olvidar que los libros de la Biblia fueron redactados muchos siglos después de acontecieran los hechos narrados (hacia el siglo VII a. C.) y que más bien fueron un compendio de diversas tradiciones, sobre todo la sumeria, cuya influencia en el Génesis es del todo evidente. Incluso el arqueólogo Israel Finkelstein aseguró que, a la luz de las investigaciones arqueológicas, no se puede sostener la historicidad del Éxodo de Egipto, puesto que no hay prueba alguna de que los hebreos estuvieran esclavizados en Egipto, ni que viajaran por el Sinaí ni que ocuparan Palestina, por la simple razón de que “ya estaban allí”. Por tanto, prácticamente todo lo que en él se cita sería más bien producto de una ficción literaria. De todo ello podríamos deducir que el Arca de la Alianza carece de soporte histórico y arqueológico, y que en realidad habría sido un mito construido en el siglo VII a. C. por los escribas y que pervivió por la mera repetición de la tradición.

Ahora bien, si nos adentramos de pleno en el campo de la arqueología alternativa, hay un elemento del Arca que viene llamando la atención desde hace décadas, que no es otro que sus extraños poderes, tras los cuales algunos autores no han visto ninguna mano divina sino una ciencia y tecnología altamente avanzadas, propias de una civilización superior. No hay más que leer el texto bíblico para comprobar que del Arca salía una poderosa energía, rayos, fuego, descargas, etc[7]. De hecho, ya a finales del siglo XVIII un erudito judío alemán llamado Lazarus Bendavid insinuó que “el Arca de la Alianza de los tiempos mosaicos debió contener un grupo bastante completo de instrumentos eléctricos, cuyas influencias se hacían sentir en el exterior.” Esta idea fue retomada en el siglo XX en pleno auge del realismo fantástico y la Teoría de los Antiguos Astronautas, cuyo núcleo central consistía en plantear que los antiguos dioses no fueron más que astronautas de una civilización avanzada llegados de algún lejano planeta.

E. Von Däniken
En este sentido, destaca con mucho la aportación del suizo Erich Von Däniken, que prácticamente interpretó todo el Antiguo Testamento en clave alienígena, considerando a los ángeles como astronautas extraterrestres y al propio Yahvé como el autoritario jefe de la misión. En su libro Profeta del pasado (1979), Von Däniken tocó en profundidad el tema del Arca y planteó la hipótesis de que era un artefacto de origen extraterrestre que contenía la máquina del maná, esto es, un reactor nuclear capaz de producir un alimento albuminoide a partir de algas microscópicas y rocío, según la teoría de los autores G. Sassoon y R. Dale, que tomaron como base la descripción del libro místico judío Zohar[8]. Para realizar esta síntesis sería precisa una considerable dosis de radiación y de ahí la peligrosidad del aparato y la necesidad de tenerlo aislado en una caja perfectamente protegida (y recordemos que el oro es mejor protector que el plomo contra las radiaciones). Además, Von Däniken aludía al argumento de que un artefacto tan extraño y delicado debía estar bien protegido de los rigores del desierto y de los ojos curiosos del pueblo.

El escritor suizo creía que los extraterrestres descargaron la máquina en cuestión de su nave (¿la “Gloria de Yahvé”?) y que luego dieron completas instrucciones a Moisés y a su hermano Aarón para una correcta manipulación y mantenimiento. El caso es que, tal como nos muestra el relato bíblico, muchas personas perecieron o enfermaron al exponerse a la radiación o electricidad del Arca. Sea como fuere, la máquina milagrosa cumplió con su cometido durante 40 años en el desierto, pero una vez llegados los hebreos a la Tierra Prometida –llena de recursos naturales– cayó en desuso, por lo que fue postergada y luego alojada en el templo de Salomón. Von Däniken insiste, empero, en que el Arca seguía siendo un artefacto más o menos “activo” y que por ello tuvo que ser bien resguardado en un lugar especial (“blindado”) del templo. En cuanto al destino final del Arca, Von Däniken echa mano del Kebra Nagast y cree que, en efecto, el artefacto pudo ser llevado a Etiopía, y nada menos que mediante un carro volador facilitado por el propio Salomón. Ahí es nada.

Hasta aquí podríamos decir que todo esto no es más que una retahíla de las clásicas fantasías y especulaciones del investigador suizo, si no fuera porque el tema despertó el interés de algunos profesionales académicos con amplitud de miras. Me refiero en particular a dos expertos en Física, ya fallecidos, que además tenían un notable conocimiento de las civilizaciones antiguas (de Egipto en particular). Por una parte tenemos al profesor argentino José Álvarez López (1914-2007), doctorado en Física y Química, que abordó el tema del Arca y el templo de Salomón en su libro El hombre, un náufrago del Cosmos. En dicha obra, Álvarez, afirma seriamente que el Arca fue el primer condensador eléctrico de la historia, según los propios datos citados en el Éxodo. Así, el experto argentino estima que el Arca tenía una capacidad de un microfaradio y una tensión superior a 20.000 voltios. Álvarez, pese a observar ciertas lagunas en la descripción del artefacto, identifica unas claras carencias en términos de aislamiento, lo cual explicaría los muchos accidentes sufridos por los incautos a causa de la carga estática del Arca, como le sucedió a Uzza. En cualquier caso, Álvarez considera que, montada encima de un carro, el Arca se convertiría en un arma eléctrica infernal, lo que cuadra con las descripciones de su enorme poder en el campo de batalla.

Reconstrucción del Templo de Jerusalén, con las dos columnas
Finalmente, Álvarez también analiza la estructura, diseño y materiales del templo de Salomón y concluye que también se trataría de un condensador, a mayor escala, con un alto pórtico que era en verdad un acelerador electroestático y dos grandes columnas de bronce (Jachin y Boaz) rematadas con esferas cuya misión era proteger el templo de las descargas atmosféricas, puesto que en realidad eran electrodos de efluvios. El científico argentino, ante este despliegue de antigua tecnología, no pudo evitar el elogio: “La solución de Salomón es técnicamente perfecta y debe asombrarnos que modernamente no haya sido aplicada. Evidentemente Salomón sabía más de electroestática que nosotros los modernos.” En suma, la Biblia nos muestra algunos retazos de una ciencia y técnica muy avanzadas, del todo incomprensibles en su contexto antiguo, y que lamentablemente se perdieron en un pasado remoto, sin que podamos dilucidar de dónde salieron tales conocimientos.

Por otra parte, cabe citar al físico norteamericano Clesson Harvey (1925-2012), que estudió el antiguo idioma egipcio y sus jeroglíficos y ofreció una traducción alternativa de los Textos de las Pirámides. Pero para lo que nos interesa, Harvey aportó una interesante visión del Arca y su relación con el antiguo Egipto. Harvey, releyendo la descripción de las cuatro capillas que protegían el sarcófago del faraón Tutankhamon, llegó a la conclusión de que se trataba de modelos o réplicas del Arca de la Alianza de los israelitas y que tales capillas, de madera y recubiertas de oro puro, detuvieron a los ladrones o intrusos debido a su alto poder disuasorio. En concreto, Harvey señala que las proporciones en las dimensiones de ambos objetos son exactamente las mismas, así como sus elementos y materiales, y todo ello remitía a instrucciones que aparecen en los antiquísimos Textos de las Pirámides. Harvey, por ejemplo, destaca lo siguiente:

“La forma requerida de la caja rectangular de terrible poder para tal monstruoso instrumento tenía que ser construida en sus correctas dimensiones, para que el modelo de Arca pudiera activarse por y entre los dos arquetípicos querubines de Isis y Neftis, como se describe repetidamente en los Textos de la Gran Pirámide para activar el Ojo de Heru.”[9]

El faraón Akhenatón
En suma, para Clesson Harvey, las cuatro capillas protectoras de la momia del faraón eran prototipos del Arca de la Alianza y su poder residía no tanto en las fórmulas mágicas como en un conocimiento técnico preciso. A partir de aquí, podríamos especular con la idea de que si la historia del Arca fuese cierta, su origen debería fijarse en la antigua tradición egipcia, que traspasó su saber a los futuros “israelitas”. A este respecto, debemos mencionar la teoría de que el Éxodo ha sido malinterpretado y que en realidad no se trató de la huida de los hebreos, sino del exilio forzoso del faraón hereje Akhenatón (¿Moisés?) junto con sus partidarios atonianos, lo cual pondría todos los hechos en un contexto “egipcio”[10]. Sobre esto, no es ninguna novedad señalar que varios autores han puesto de manifiesto la gran deuda de la cultura y la religión judías con la tradición egipcia, con la que comparte demasiadas similitudes.

Concluyendo: no cabe duda de que el mito y el misterio son muy atractivos, tal y como nos mostraba la famosa película de Indiana Jones, pero por desgracia no disponemos de suficientes elementos objetivos para confirmar (pero tampoco desmentir) la existencia del Arca ni mucho menos su hipotético paradero actual, si es que resistió el paso de tantos siglos. Otra cosa sería preguntarse por qué motivo los escribas iban a fantasear sobre tal objeto e iban a poner en boca de la divinidad unas instrucciones tan precisas. Para el mundo académico no hay respuesta para esta cuestión, e insiste en que o bien no existió nunca el Arca o bien fue un simple objeto litúrgico con un simbolismo religioso y nada más.

Sin embargo, ya hemos visto que algunos científicos han interpretado esas descripciones “técnicas” y han dejado claro que el Arca pudo haber sido un artefacto tecnológico, en vez de un mero contenedor de reliquias. Y aquí volvemos una vez más a la conocida tesis de la arqueología alternativa según la cual existió una civilización superior, muy avanzada tecnológicamente, que desapareció en un pasado remoto, pero cuyo tenue legado fue aprovechado por las antiguas civilizaciones conocidas, tal y como se puede apreciar en múltiples objetos y construcciones en diversas partes del mundo. Ello por no mencionar a los inevitables extraterrestres de nuestro viejo amigo Von Däniken...

© Xavier Bartlett 2018

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] “Símbolo y señal: en busca del Arca de la Alianza”, en edición española.
[2] No obstante, existen otras versiones –según la interpretación de los eruditos– sobre las dimensiones, haciendo la caja un poco más grande: 1,75 x 1 x 1 metros, o bien 1,25 x 0,75 x 0,75 metros.
[3] Según otras fuentes, se cita la fecha de 587 a. C. para el mismo hecho histórico.
[4] La caída y saqueo de Jerusalén se narra en Cuarto Libro de los Reyes, capítulo XXV.
[5] G. Hancock es de la opinión de que ambas reliquias eran un mismo objeto, según dedujo del estudio comparado del Parsifal de Von Eschenbach, la iconografía de la catedral de Chartres y el relato épico etíope Kebra Nagast.
[6] No hay más que referirse a la famosa Sábana Santa de Turín, que ha sido analizada por expertos durante décadas y que sigue en el limbo de la indefinición, si bien la gran mayoría de científicos cree que se trata de una falsificación de origen medieval.
[7] También se le atribuye en la Biblia el poder para separar las aguas del río Jordán, lo cual más bien parece excesivo o fantasioso.
[8] Para más detalles, véase: http://www.antiguosastronautas.com/articulos/Sassoon01.html
[9] Artículo original en inglés (The Great Pyramid Texts) en: www.pyramidtexts.com
[10] Véase el artículo de este mismo blog sobre “El enigmático faraón Akhenatón”.