sábado, 20 de agosto de 2016

El Pacífico: océano de gigantes


Llegamos ya a las 100 entradas en "La otra cara del pasado", coincidiendo también aproximadamente con los tres años de existencia de este cuaderno de viaje personal en blogger. Así pues, a modo de conmemoración, me he permitido un pequeño cambio de imagen y la inclusión de un artículo sobre el intrigante tema de los gigantes, que he tocado ampliamente en este blog y también en algunas conferencias y entrevistas. Espero que sea del agrado de todos, y una vez más gracias por estar ahí y seguir estos contenidos.

Las raíces mitológicas



Es bien sabido que en casi todos los rincones del mundo hallamos vívidas tradiciones y leyendas –que se remontan a tiempos ancestrales– sobre “gigantes”, entendidos como humanos o humanoides de enorme altura y corpulencia. Naturalmente, para el mundo académico estas leyendas no tienen la más mínima base histórica real. De hecho, cuando se habla de gigantes, la ciencia suele refugiarse en el folklore, las creencias o la épica. Así, estos seres fantásticos no serían más que la personificación de fuerzas de la naturaleza o bien la exaltación de antiguos héroes. Y, por supuesto, si alguien dice haber hallado huesos humanos de gran tamaño, se alega que o bien es un fraude o bien se trata de algún tipo de confusión, fruto de la simple ignorancia.
Pero lo cierto es que la mitología es tozuda e insiste en que tales seres convivieron con los hombres “normales” en un pasado indefinido. En este sentido, resulta asombroso observar cómo en el Pacífico, una zona del planeta que es básicamente una enorme extensión de agua con poca tierra firme en forma de islas, existe una amplísima y colorista tradición mitológica sobre los gigantes, que –por si fuera poco– parece estar vinculada a restos arqueológicos relacionados con estos seres, lo cual incomoda –y mucho– a la comunidad científica.

En efecto, entre la abundante mitología del Pacífico tenemos diversos relatos que nos hablan en detalle de los gigantes, identificándolos específicamente con tribus o personajes concretos, según ha constatado el investigador noruego Terje Dahl. Por ejemplo, en las islas Cook existía una leyenda acerca de un gigante llamado Moke, que era presuntamente el gigante más grande del Pacífico Sur. Este gigante, de unos 20 metros, vivía en la isla de Mangaia. Y en Rarotonga, la isla principal del mismo archipiélago, vivía otro gigante de nombre Teu, con una estatura de unos 10 metros. A su vez, en el pequeño atolón de Nukulaelae se tiene el recuerdo de un gigante llamado Tevalu, que raptaba niños y se los comía. En Samoa existe una tradición acerca de un gigante u ogro llamado Moso, que aún es invocado por los padres cuando quieren impresionar a sus hijos. Las leyendas locales hablan de que, en tiempos remotos, una tribu de gigantes, los Hiti, habitaba Samoa, pero que desaparecieron tras una gran inundación o cataclismo.
 
Lago Wakatipu (Nueva Zelanda)
Si nos trasladamos a Nueva Zelanda, los maoríes afirman que la isla estuvo poblada por gigantes, antes y después de que ellos mismos llegaran allá. Se habla de varios gigantes con nombres conocidos, como por ejemplo uno llamado Matu, que vivía junto a lago Wakatipu (“tipua” significa gigante) y que medía aproximadamente 2,70 metros. Y en la vecina Australia, las leyendas de los aborígenes también dicen que antes de que ellos poblaran aquellas tierras, los gigantes ya estaban allí. Estos nativos hablan de una época mítica primigenia o Dreamtime (“Tiempo de los sueños”) en que una raza ancestral de gigantes dio forma al continente y lo llenó de vida vegetal y animal. Incluso actualmente los aborígenes aún mencionan la existencia de una raza de gigantes llamados Jogungs, del doble de alto que los humanos, que habitaban la región de Nueva Gales del Sur.

En cuanto al destino de estos gigantes, algunas tradiciones apuntan a un brusco fin de su existencia. Así, las leyendas locales de Samoa hablan de que, en tiempos lejanos, unos gigantes llamados Hiti vivían en la isla, pero que desaparecieron tras una gran inundación o cataclismo, lo cual nos remite a varias tradiciones de otros puntos del planeta que coinciden en este mismo escenario catastrófico. Sin embargo, algunos de los gigantes podrían haber sobrevivido al desastre. Por ejemplo, las tradiciones de la isla de Pascua hablaban de pobladores venidos del oeste (el Pacífico) y del este (Sudamérica) y que tales individuos eran los supervivientes de una gran catástrofe natural; su altura oscilaría entre 2,30 y 2,60 metros. Lo cierto es que aún existe una gran controversia sobre el origen de los pobladores de la isla, así como acerca de la identidad racial de los distintos tipos representados en los moais, pero eso sería tema para otro artículo. 

Moais (sobre un ahu) de la Isla de Pascua

El rastro genético de los gigantes



Como ya hemos apuntado, más allá de todas estas mitologías, existe entre los indígenas la convicción de que estos seres gigantescos fueron reales, que habitaron las islas desde una época remotísima hasta hace no demasiados siglos y que tenían cierta condición divina o semidivina. Precisamente de aquí surge otro interesante elemento de estudio, pues los viejos relatos sugieren que los gigantes se cruzaron con los humanos y dieron lugar a las castas dirigentes de muchos pueblos o tribus, que de este modo tendrían ciertas características muy destacadas propias de esa genética ajena, bien diferentes del resto de la población.

Así pues, existe en el Pacífico una tradición de reyes-dioses, a veces representados en estatuas, que presentan algunos típicos rasgos de raza blanca, aparte de ser de gran altura (hasta unos 2,50 metros). Aquí, dejando a un lado los famosos moais de la isla de Pascua, son de destacar las estatuas halladas en las islas Marquesas y en Tahití. El famoso explorador noruego Thor Heyerdahl preguntó a un jefe de la isla de Fatu-Hiva sobre el origen de estas representaciones, y éste le contestó que dichos dioses –de piel blanca– habían venido de una lejana tierra en el este. Por otro lado, algunas de dichas estatuas muestran claramente que estos seres tenían seis dedos en manos y pies, una característica que se ha asociado a los gigantes no sólo a partir de relatos mitológicos sino incluso de pruebas arqueológicas, sobre todo en Norteamérica.

Miembros de la realeza de Tonga
Pero, más allá de estatuas y leyendas, en épocas históricas tenemos referencias claras a reyes o jefes de enorme estatura, a menudo con un aspecto anatómico similar a la raza blanca, y con la piel clara y el pelo rubio o rojizo, siendo todos estos rasgos anteriores a la llegada de los primeros exploradores europeos. Y lo que es más, incluso actualmente parecen quedar algunas trazas de esa fisonomía en algunas islas. Así por ejemplo, Tupou IV, uno de los últimos reyes de la isla de Tonga, fallecido en 1996, medía unos dos metros y su propia madre, la reina Salote, medía apenas diez centímetros menos. En efecto, toda la familia real de Tonga es de una estatura imponente. En cuanto al origen de estas características, se dice que estos monarcas enlazan su linaje con unos míticos dioses que vivieron en Tonga hace muchos siglos, y de hecho, existe una clara endogamia en el clan real para preservar esos genes divinos. 

Por lo demás, se han difundido varias especulaciones sobre la existencia aún hoy en día de comunidades de gigantes en determinadas zonas marginales de algunas islas del pacífico. En concreto, hay rumores sobre la existencia de unos gigantes que habitan ciertas áreas selváticas de las islas Salomón, y muy especialmente en Guadalcanal. Según estos rumores, los nativos normales llevan conviviendo desde hace milenios con una raza de homínidos gigantes, cuyos ejemplares más altos pueden rondar los 3 metros, si bien se acepta –a partir de ciertos relatos– que pueden haber individuos de mayor estatura.  Por desgracia, este asombroso escenario aparece bastante confuso, opaco y falto de pruebas fehacientes para que podamos otorgarle una mínima credibilidad.

Lo que sí resulta significativo es que todas estas tradiciones apuntan a que la supuesta convivencia entre humanos y gigantes duró miles de años y que se alargó hasta hace muy pocos siglos, con la desaparición de las últimas razas de gigantes. En este caso, sabemos por ejemplo que los maoríes tenían un hondo recuerdo de una tribu local llamada Te Kahui Tipua, que sería en realidad una comunidad de gigantes de enorme talla que desapareció hace muy pocos siglos. Más adelante, comprobaremos que el registro arqueológico podría darnos alguna pista sobre este asunto. 

Noticia del siglo XVIII sobre un supuesto gigante capturado en Australia


¿Restos arqueológicos de gigantes?



Llegados a este punto, debemos abordar la cuestión más comprometida: ¿podemos hablar de pruebas físicas, ya sean directas o indirectas, que sustenten de alguna manera la existencia real de estos gigantes del Pacífico? Este es, desde luego, el punto crucial, pues la arqueología se fundamenta en el estudio de las pruebas obtenidas en excavaciones, si bien en algunos casos los restos son bien visibles en superficie.

Y precisamente entre los indicios relacionados con los gigantes destacan con mucho los impresionantes restos de arquitectura megalítica del Pacífico, poco conocida en comparación con otros enclaves tan famosos como Stonehenge, Carnac o Malta. Con el peso de la lógica, la ciencia académica apunta a que el gran tamaño de los bloques no tiene nada que ver con seres de enorme talla, por mucho que las leyendas mencionen la intervención de gigantes. En estos casos se da por hecho que los nativos han atribuido esas estructuras a dioses o gigantes por pura ignorancia y superstición. Otro tema, desde luego, sería dilucidar quién y cómo, e incluso cuándo, hizo semejantes moles pétreas. Sea como fuere, es muy llamativo el hecho de que en el Pacífico, incluso en islas relativamente pequeñas, se hayan identificado notables restos megalíticos que no tienen nada que envidiar a otros monumentos de Europa o Sudamérica.

Ruinas de la ciudad de Nan Madol (Ponape)
Para empezar, es casi obligado referirse a Pohnpei (o Ponape), una isla del archipiélago de las Carolinas (Micronesia), en la cual se halla el conjunto monumental de Nan Madol. Se trata de una antigua ciudad –ya en ruinas– construida sobre unos 90 islotes artificiales, como una pequeña Venecia. Las estructuras se sustentan en unos grandes bloques de basalto horizontales de 50 ó más toneladas, aunque por debajo de la superficie habría otros enormes bloques verticales, de hasta unos 20 metros de largo. Las leyendas locales afirman que esta ciudad fue fundada por dos hermanos míticos, Olosipe y Olosaupa, que vinieron de allende los mares, que eran bastante más altos que los nativos y que tenían grandes poderes y capacidades; de hecho, se dice que las piedras fueron colocadas “por el aire” (¿mediante levitación?).

En la isla de Pascua tenemos los moais, que si bien no son construcciones, sí tienen un tamaño imponente (y recordemos que son bloques monolíticos). Las estatuas más altas sobrepasan los 20 metros y pesan más de 70 toneladas; además, hay que tener en cuenta que en algunos casos sólo asoma la cabeza, pero por debajo está todo el cuerpo, como se ha demostrado mediante excavación. De todas formas, sí podemos apreciar estructuras megalíticas en forma de muros y plataformas, especialmente las bases para los moais, llamadas “ahu”.

Arco de Ha'amonga, en la isla de Tongatapu
Finalmente, podemos citar otros restos menos conocidos como las dos columnas colosales con unos capiteles semiesféricos en la parte superior, que se pueden apreciar en Tianan (islas Marianas), o el tremendo arco de Ha’amonga, en la isla de Tongatapu (Polinesia), un trilito colosal de unas dimensiones aproximadas de 5 x 6 x 1,5 metros, que fue erigido –según la leyenda– en un tiempo muy remoto por un semidiós de nombre Maui.


Si hablamos ahora de otras pruebas indirectas que nos acercan más a la realidad física de los gigantes, hay que mencionar las huellas de pisadas y los artefactos de un tamaño descomunal. En este ámbito disponemos de unas pocas pruebas que en su mayoría no han merecido la atención científica, por los motivos que fuere. Sólo a modo de muestra, podemos citar los siguientes casos:

  • En el atolón de Tarawa (islas Kiribati), en la aldea de Banreaba, hay diversas pisadas de un gigante, acompañadas de otras un poco más pequeñas (¿mujer e hijos?), todas ellas con seis dedos. La pisada más grande tiene nada menos que metro y medio de longitud.
  • En Sawaii (Samoa) se aprecia una pisada humana de gran tamaño, relacionada con la leyenda del gigante Moso.
  • En el atolón de Nanumea (Tuvalu) se aprecian varias pisadas de gigante junto a la laguna interior.
  • En Australia, el investigador Rex Gilroy, del Museo de Historia Natural Mount York, ha identificado diversas huellas humanas de gran tamaño, de hasta unos 75 cm. Asimismo, cerca de Bathurst ha recogido múltiples artefactos (hachas de mano, azuelas, cuchillos, cachiporras, etc.) de gran tamaño y peso, oscilando entre 5,5 y 16,5 kilos, totalmente inútiles para una persona normal, pero no para un ser con una mano enorme.

Y para culminar el apartado de pruebas hemos de referirnos por fin al hallazgo de posibles restos físicos de gigantes (momias, esqueletos, huesos sueltos), a partir de noticias e informes que se remontan al siglo XIX. Así, tenemos constancia de que en 1875, en Nueva Zelanda, un periódico local informaba del sensacional descubrimiento de un esqueleto de unos 8 metros, a poco más de dos metros de profundidad en Saltwater Creek, cerca la localidad de Timaru. Como se ha citado anteriormente, esto coincide con las tradiciones nativas maoríes, que hablaban de una raza de gigantes llamada Te Kahui Tipua, que habitó en las cercanías de Timaru hasta el siglo XVIII. Asimismo, corren ciertos rumores sobre hallazgos de huesos de gigantes entre las ruinas y en los bosques adyacentes de Nan Madol (Ponape), pero no hay ningún dato fiable al respecto. Aparte de esto, se sabe que en 1907 Victor Berg, el gobernador alemán de la isla, mandó abrir una tumba de antiguos reyes locales, y los esqueletos hallados medían entre dos y tres metros de altura.

Enorme diente molar humano hallado por R. Gilroy
También hay noticias de que en Rotuma, islas Fiji, se halló durante la Segunda Guerra Mundial un hueso de pantorrilla de un metro de longitud, lo que se traduce en una altura total de unos 4,50 metros. Además, existe el rumor de que, en la búsqueda de refugios de soldados japoneses, se encontraron diversas cuevas llenas de huesos de gigantes. Y no menos impactante es lo que dice haber hallado Rex Gilroy en Bathurst (Australia): nada menos que un enorme diente molar humano fosilizado de unos 67 mm., lo que correspondería a un ser de unos 7,60 metros. Y, finalmente, ya en un terreno más bien conspirativo, cabe citar que, según el investigador Martin Doutré, hace no muchos años en Nueva Zelanda se encontraron huesos de gigantes en unas excavaciones, pero el equipo arqueológico que halló estos restos fue obligado por las autoridades militares a enterrarlos y la arqueóloga al cargo fue despedida.

Aparte de estas escasas noticias, se habla también de varias tumbas de gigantes que por diversas razones no han sido investigadas. Por ejemplo, en el ya citado atolón de Nukulaelae existe la “tumba del gigante Tevalu”, una estructura de unos 3,50 x 1,50 metros que estuvo a punto de ser excavada por un equipo arqueológico japonés, aunque al final los nativos se negaron a ello. Asimismo, en Kiribati se habla de una enorme tumba de unos 5,30 metros, en la cual estaría enterrado un gigante, según las leyendas locales. Finalmente, en Tonga existen unas grandes tumbas en forma piramidal atribuidas a los antiguos dioses-reyes del lugar; sin embargo, por razones culturales y religiosas, nadie está autorizado a tocarlas y aún menos a excavarlas.

Conclusiones



Como hemos visto, y al igual que ocurre en otras muchas zonas del planeta, en el Pacífico se mantiene una rica mitología e iconografía sobre gigantes que roza el recuerdo histórico en épocas no demasiado lejanas. Además, es innegable la existencia de una minoría de personas, generalmente de la casta dirigente, que todavía muestra una altura impresionante para lo que es la media de la población, y ello nos conduce a un hipotético escenario de hibridación entre la raza de gigantes (hombres de aspecto más o menos blanco y de enorme altura) y las élites nativas. No obstante, como hemos apuntado, algunas tradiciones insisten en que los gigantes “ya estaban allí”, antes de que llegaran las primeras comunidades de Homo sapiens a muchas islas del Pacífico, siendo este un proceso que –según la ortodoxia académica– se inició hace unos 50.000 años, lo cual nos coloca en un marco temporal muy antiguo.

Lamentablemente, en cuanto a las pruebas físicas, corren demasiados rumores pero no tenemos a día de hoy ningún hueso de gigante expuesto ni cualquier otro a disposición de los investigadores. Todo el material, si es que existió alguna vez realmente, se ha esfumado y nadie conoce su paradero. Nos quedan las pruebas indirectas, que siguen siendo ignoradas o ridiculizadas por el estamento académico, y con este panorama es obvio que aún queda un largo camino por recorrer en el reconocimiento de estos “gigantes del Pacífico”.
 
© Xavier Bartlett 2016

Fuente imágenes: Wikimedia Commons 

domingo, 7 de agosto de 2016

¿Halladas las ruinas de Camelot?




El nombre de Camelot nos evoca sin duda un fantástico palacio o castillo y un poderoso reino gobernado por el sabio, justo y valeroso rey Arturo y su esposa Ginebra. En efecto, muchas generaciones han oído hablar de Arturo, hijo del rey Uther Pendragon, de su mágica espada Excalibur, de la isla de Avalón, de los caballeros de la Mesa Redonda o del Santo Grial, una historia que se remonta a las profundidades de la Edad Media y que ha perdurado hasta nuestros días como una las piezas literarias más notables del medioevo europeo.

Sin embargo, según los expertos en historia medieval, este relato contiene muchísimo más de leyenda que de realidad, aunque reconocen que –más allá del mito– pudo haber existido un sustrato de historicidad de los hechos, algo que la arqueología alternativa lleva defendiendo desde hace décadas y que se aplicaría a muchos otros episodios mitológicos de diversas culturas. En el caso de Arturo, los estudios históricos de varias fuentes antiguas británicas apuntan a que detrás del relato literario existió realmente una especie de rey o caudillo militar autóctono que se enfrentó a los invasores anglosajones, una vez los romanos se hubieron retirado de Britania a inicios del siglo V d. C.

Por ejemplo, tenemos referencias artúricas en el poema galés Gododdin[1] (del siglo VI) y en la Historia Brittonum[2] (del siglo IX) y en otros relatos franceses datados en los siglos XI y XII. Pero una de las fuentes más sólidas la encontramos en el clérigo galés Geoffrey de Monmouth, que vivió en siglo XII, y que recogió en su obra Historia Regum Britanniae (“Historia de los reyes de Britania”) uno de las primeras versiones detalladas de la vida de Arturo, recopilada a partir de antiguas tradiciones orales que habían pervivido hasta su tiempo. Según se narra en este libro, Arturo fue concebido en siglo V en una fortaleza en Tintagel, que ya estaba en ruinas en la época de Geoffrey. Asimismo, esta historia expone la vida de Arturo de forma completa, incluyendo su amistad con el no menos famoso mago Merlín. Posteriormente, la historia de Arturo fue reescrita a finales de la Edad Media y embellecida con la adición del mito del Grial, hasta llegar a la última revisión poética, que data del siglo XIX.

En lo que parecen coincidir todos los relatos es que Arturo consiguió unir a los britones –de origen celta– hacia el siglo V o VI a fin de rechazar a los invasores continentales de origen germánico, principalmente los anglos y los sajones, cosa que logró con no poco esfuerzo (se mencionan hasta 12 batallas). De este modo, Arturo anuló la amenaza germánica –al menos temporalmente– y el reino quedó unido y pacificado, dando lugar al mítico enclave de Camelot. Los historiadores opinan que estos sucesos bélicos fueron básicamente reales y que existió un líder local, pero en ningún caso se ha encontrado una mención directa y explícita a un tal Arturo en las escasas fuentes del periodo en que tuvieron lugar los hechos.

Para los expertos, lo que hizo Geoffrey de Monmouth fue poner por escrito unas historias que en su tiempo ya tenían 600 años de antigüedad y que seguramente ya estaban muy deformadas por la tradición popular. Todo ello induce a los historiadores a pensar a que el mito de Arturo tal vez fuera compuesto a partir de las vidas de varios antiguos gobernantes de aquella lejana época. Por lo tanto, podría haber varios hipotéticos candidatos históricos a ser “Arturo” pero ninguno de ellos –hasta el momento– tiene un mínimo de consistencia para encajar en el perfil del Arturo legendario.

Glastonbury Tor
No obstante, más allá de la investigación documental, siempre ha existido un afán por dar vida al mito artúrico a través de los restos arqueológicos. Así, una de las primeras pistas arqueológicas fue la infructuosa localización de la tumba de Arturo. Sobre este particular, las especulaciones apuntaban a Glastonbury Tor[3], un montículo rodeado por siete terrazas simétricas y coronado por un pequeño templo (la iglesia de San Miguel). Se trata de antiguo enclave sagrado con resonancias mágicas y druídicas, y que algunos autores han relacionado con la legendaria isla de Avalón, un lugar encantado, según la mitología céltica de las Islas[4]. Lo cierto es que en época anglosajona se edificó en el pueblo de Glastonbury una pequeña iglesia, que luego fue ampliada en época normanda hasta convertirse en una gran abadía. Y precisamente, según una crónica datada a finales del siglo XII, unos monjes dijeron haber hallado bajo la abadía la tumba de Arturo y Ginebra. En concreto, se habría encontrado un ataúd con esta inscripción: Hic iacet sepultus inclitus rex arturius in insula avalonia (“Aquí yace sepultado el famoso rey Arturo en la isla de Avalón”). Posteriormente, los restos mortales se habrían trasladado al altar mayor de la abadía, pero acabaron por desaparecer tras el incendio de la abadía, acaecido en 1536. Lamentablemente, esta historia carece de base histórica y arqueológica demostrable y apenas ha aportado nada a la resolución del mito artúrico.

Excavaciones en Tintagel (2016)
Sin embargo, una reciente noticia procedente de la arqueología “convencional”[5] podría acercar más el mito a la realidad. Así, las excavaciones arqueológicas implementadas este año en Tintagel –localidad del condado de Cornwall (o Cornualles) al extremo suroccidental de Gran Bretaña– han destapado unos interesantes datos que podrían conectarse de algún modo con las referencias geográficas e históricas de la leyenda de Arturo. Concretamente, las excavaciones realizadas allí por la Cornwall Archaeological Unit –bajo los auspicios de English Heritage– descubrieron unos imponentes restos correspondientes a unas doce estructuras con muros de un metro de espesor, acompañadas de escalones y pavimentos, y que podrían pertenecer al horizonte histórico del reino britano de Dumnonia (del siglo V al VII d. C.). Además, entre estas estructuras se hallaron más de 200 artefactos notables, como piezas de vidrio de origen francés, vajilla roja focea y restos de ánforas tardorromanas, lo cual indica que allí se recibían productos exóticos como aceite del norte de África y vino de Turquía. Todo ello ha hecho pensar a los arqueólogos que muy posiblemente los habitantes de la fortaleza pertenecían a la realeza o la más alta aristocracia; esto es, Tintagel no sería sólo un importante centro de intercambio comercial (básicamente, productos de lujo a cambio de estaño) sino un privilegiado lugar de uso y consumo de estos objetos y productos de primera clase.

Si ahora volvemos al ya citado Geoffrey de Monmouth, vemos que el lugar –Tintagel– es el mismo que el indicado en su antigua crónica. Y por si fuera poco, en 1998 se encontró en el mismo yacimiento una inscripción sobre piedra datada en el siglo VI con el nombre Artognou (o Arthnou, en inglés). La inscripción completa, traducida por el profesor Charles Thomas, decía lo siguiente: “Artognou, padre de un descendiente de Coll, ha hecho construir (esto).” Ahora bien, el arqueólogo jefe de English Heritage, Geoffrey Wainwright, ya puntualizó en su momento que “a pesar de la obvia tentación de vincular la piedra de Arthnou con la figura histórica o legendaria de Arturo, debe remarcarse que no hay pruebas para realizar esta conexión.”[6] Por supuesto, la advertencia de Wainwright es del todo lícita, pues aunque el nombre Arturo es citado, no hay forma de relacionarlo –a falta de más pruebas arqueológicas– con el supuesto Arturo de la historia o la leyenda.

De todos modos, el proyecto arqueológico en la zona acaba de comenzar (estamos en la primera campaña de excavaciones de cinco previstas) y queda aún mucho trabajo de campo y de laboratorio antes de poder extraer conclusiones bien fundadas. Por el momento, están pendientes unas pruebas de radiocarbono sobre materiales de origen orgánico que pueden facilitar una datación más precisa de los restos, que según la tipología de los artefactos se ha ubicado en un abanico entre 450 d. C y 650 d. C.

Visión idealizada de Camelot (según G. Doré)
Con todo, juntando las piezas hasta ahora disponibles, los arqueólogos consideran que están ante un yacimiento sobresaliente que podría aportar mucha información sobre el escasamente conocido periodo comprendido entre el fin de la administración romana (410 d. C.) y las invasiones anglosajonas. Así, todo parece indicar que la fortaleza recién descubierta se corresponde con esa Época Oscura –a inicios de la Edad Media– en que también se ubica la leyenda artúrica. En este sentido, se podría afirmar que Tintagel fue la sede de un poderoso caudillo o rey local que hizo frente a los invasores y que pudo mantener una cierta prosperidad en sus dominios, lo cual ha permitido a los más audaces sugerir que estamos realmente ante las ruinas de la mítica Camelot.

Por supuesto, sólo el tiempo y el avance de las investigaciones nos permitirán confirmar o desmentir esta identificación, aunque –como pasa muchas veces en arqueología– es bien posible que nunca aparezcan las pruebas definitivas o concluyentes, como sucedió en Hissalrik (la supuesta Troya), otro famoso encuentro entre mito y arqueología.

© Xavier Bartlett 2016

Fuente imágenes: Wikimedia Commons
Fuente imagen de excavaciones:  English Heritage






[1] Atribuido al poeta Aneirin, narra las luchas de los galeses contra los anglos, y en una de sus estrofas cita a un cierto Arturo.

[2] Atribuida (con muchas dudas) al monje galés Nennius, es una crónica basada en textos más antiguos y que también se centra en las batallas contra los invasores sajones. Los expertos le conceden poca fiabilidad histórica. 

[3] El nombre antiguo céltico del Tor (colina) era Ynis-Wydryn que significa “isla de cristal”

[4] Esta identificación ya la encontramos en la citada historia de Geoffrey de Monmouth.

[5] Fuente: http://www.sciencealert.com/archaeologists-have-uncovered-a-massive-palace-at-the-legendary-birthplace-of-king-arthur


[6] Fuente: http://news.bbc.co.uk/2/hi/uk_news/146511.stm

miércoles, 27 de julio de 2016

El enigma de los cráneos alargados


Introducción



Desde hace ya tiempo la arqueología nos ha revelado la existencia en el pasado de ciertos individuos con cráneos que –como poco– podríamos calificar de muy inusuales. No se trata exactamente de la típica dolicocefalia, rasgo común en muchas personas aun en la actualidad, sino de cráneos extraordinariamente alargados (o abombados hacia atrás) que se salen de los parámetros habituales. La arqueología y la antropología convencionales han explicado la existencia de tales cráneos en el marco de una antigua costumbre de diversos pueblos primitivos de alargar artificialmente el cráneo mediante la aplicación de un entablillado[1] en los niños pequeños, de tal modo que según va creciendo la criatura, el cráneo –sometido a fuerte presión– se ve forzado a tomar una forma marcadamente achatada o alargada. Esta práctica estuvo extendida en diversos puntos del globo hasta épocas muy recientes, desde el Congo (África) hasta la Melanesia, en el Pacífico.

Hasta aquí podríamos decir que “todo normal”, pero lo que ocurre es que varios autores alternativos han señalado que, aun reconociendo que este fenómeno cultural existe desde hace siglos y no admite discusión, en muchos casos de cráneos hallados en antiguas tumbas, el volumen craneal es espectacularmente más grande que el del Homo sapiens normal, hasta el punto de poder hablar de cabezas cónicas. Dicho de otro modo, el entablillado puede modificar la forma original del cráneo pero no aumentar su tamaño, esto es, no justifica que éste tenga un volumen bastante superior al habitual.

En efecto, la arqueología alternativa lleva décadas viendo cosas raras en estos extraños individuos, que también han sido considerados como posibles casos de patologías o malformaciones genéticas específicas. No obstante, tal singularidad o excepcionalidad se vendría abajo ante la cantidad y concentración de estos ejemplares en determinadas comunidades, como por ejemplo en la región de Paracas (Perú) o en la isla de Malta. Lo cierto es que estos cráneos aparecen en varios lugares del mundo (Norteamérica, Sudamérica, Rusia, Malta, Egipto...) y han producido cierta perplejidad en los investigadores, dado que muestran unas  anormalidades similares que se repiten de forma constante y que suelen ir acompañadas de otros rasgos peculiares, lo que ha dado lugar a la especulación de que estamos ante una raza humana distinta, con algunas características genéticas bien diferentes de las del Homo sapiens.

Cráneos de H. sapiens y H. neanderthalensis
Por de pronto sabemos que en la lejana prehistoria, los humanos tuvieron una gran capacidad craneal que fue decreciendo según avanzaba el Paleolítico (en sus etapas media y superior). Así, se sabe que el volumen  craneal medio de los neandertales y de los sapiens arcaicos –entre ellos, los Cro-Magnon– oscilaba entre los 1.500 y los 1.700 cm.3 aproximadamente, frente a la media del sapiens moderno de unos 1.400 cm.3. Sin embargo, los individuos con cráneos alargados presentan volúmenes enormes que se sitúan bien por encima de los 2.000 cm.3, hasta alcanzar incluso los 2.500. Pero, aparte del volumen, estos cráneos presentan características tan inusitadas como las órbitas oculares más grandes, la ausencia de sutura sagital[2], el marcado desplazamiento hacia atrás del foramen mágnum[3] o el arco zigomático[4] muy pronunciado. Finalmente, cabe destacar que estos cráneos a veces presentan restos de pelo rojo o rubio y que forman parte de esqueletos de gran altura. De hecho, se tiene noticia de la presencia de estos cráneos en tumbas de túmulo de Norteamérica (la llamada cultura de los Mound Builders) excavadas desde el siglo XIX, que algunos autores alternativos atribuyen a antiguos gigantes, individuos bien por encima de los dos metros y en ocasiones por encima de tres[5].  Por cierto, también existen rumores (no contrastados) de que el famoso rey Pakal de Palenque –cuya tumba se excavó hace más de medio siglo– era un gigante de 2,70 metros con seis dedos en manos y pies y con un pronunciado cráneo cónico.

Hipótesis sobre el origen de estos cráneos



La arqueología convencional ha pasado de puntillas sobre estos cráneos, no dándoles excesiva importancia y atribuyendo las anormalidades a los argumentos ya expuestos, sobre todo haciendo hincapié en la consabida deformación artificial. Sin embargo, algunos investigadores independientes no comparten esta visión, y creen que los cráneos alargados forman parte de una página aún no escrita de nuestra historia más remota, si bien difieren al interpretar la naturaleza de este fenómeno.

Lo que tienen en común estas opiniones heterodoxas es la convicción de que, por un lado, estamos ante unas pequeñas comunidades con rasgos genéticos propios, distintos a los de la población humana “normal” y, por otro, que las versiones oficiales del entablillado y las patologías no se sostienen. Ahora bien, a la hora de profundizar en los orígenes de estos cráneos anómalos, aquí ya hay valoraciones para todos los gustos. Mientras algunos autores apuestan por hablar de una antigua élite humana de origen desconocido, tal vez surgida de una hipotética serie de mutaciones, otros plantean abiertamente que tales individuos no eran humanos, o sea, que eran seres extraterrestres o –al menos– híbridos de humano y alienígena. Vayamos, pues, por partes y estudiemos ambas propuestas.

El libro de M. Pizzuti
Como ejemplo de la primera corriente, tenemos al investigador italiano Marco Pizzuti, que abordó este tema en su libro Descubrimientos arqueológicos no autorizados[6]. Pizzuti, al igual que otros autores anteriormente, presta atención a las imágenes de algunos faraones o miembros de la realeza egipcia con cabezas muy alargadas, como por ejemplo la famosa familia de Akenatón[7], representada según el típico canon estilístico de El-Amarna. Pero tales rasgos podrían ser mucho más antiguos, porque en las excavaciones realizadas por el egiptólogo inglés Walter Emery (sobre todo en Saqqara) ya habían aparecido tumbas de individuos con estos cráneos, datadas en la época predinástica. Pero hay más, según apunta Pizzuti. En Mesopotamia tenemos muchas antiguas estatuillas de ciertos individuos de carácter divino o semidivino, una especie de Diosas-Madre con cráneo muy alargado y rostro de serpiente. Además, Pizzuti se fija especialmente en los cráneos de Malta, en particular los del hipogeo de Hal Saflieni, un lugar de culto dedicado a la Diosa-Madre. Estas gentes de grandes cráneos estarían relacionadas con el espectacular periodo megalítico de la isla, que los expertos datan tradicionalmente en el Neolítico, pero que Pizzuti sitúa en una época bastante anterior, a partir de ciertos indicios arqueológicos y geológicos.

Cráneo de la familia de Akenatón (Egipto)
Para el autor italiano, todos estos individuos pertenecerían a una estirpe o casta dirigente de carácter político-religioso –a la que llama “sacerdotes-serpiente”– que mantenía su aspecto atípico mediante la celosa conservación de su genética, lo que se traducía en una estricta endogamia, algo bien distintivo de la antigua realeza egipcia pero en general de toda la realeza hasta prácticamente nuestros días. Dicha estirpe estaría extendida por diversos lugares del planeta y no tendría relación genética con la población súbdita. Así, Pizzuti –citando a Emery– concluye que la antigua estirpe pre-dinástica egipcia tenía rasgos nórdicos[8] y que por ello no sería oriunda de Egipto. En cuanto a su origen, podría estar relacionada con los míticos Shemsu Hor (“Seguidores de Horus”), gobernantes de Egipto durantes miles de años antes de la llegada de la primera dinastía “histórica”. En todo caso, según Pizzuti, esta casta se habría conservado pura y aislada durante milenios hasta que empezó a mezclarse con la aristocracia local, tanto en Malta como en Egipto, hacia el 2.500 a. C.

En cuanto a los defensores de la intervención de seres no humanos, su versión de los cráneos alargados pasa por la irrupción de una raza alienígena en los asuntos terrestres en algún momento de nuestra prehistoria. Para estos autores, las cabezas cónicas serían propias de una raza extraterrestre y los casos históricos de elongación artificial de cráneos serían precisamente un intento de las élites gobernantes de parecerse a los antiguos reyes-dioses venidos del espacio. En este sentido sabemos que ya en varias culturas y civilizaciones antiguas (el valle del Indo, Sumer, Egipto, los olmecas, los mayas, los incas, etc.) se practicó este tipo de deformación.

Sobre estas teorías no hay mucho que explicar, pero en pocas palabras podemos decir que la mayoría de ellas se inspiran en el trabajo de Zecharia Sitchin y otros autores afines, que consideran que los dioses sumerios Anunnaki eran los mismos Nefilim de la Biblia, ángeles caídos a la Tierra, que posteriormente dieron lugar a la mítica raza de gigantes. Por ejemplo, en esta línea tenemos al autor americano L. A. Marzulli, que insiste en la tesis de que los individuos de Paracas eran los híbridos Nefilim (resultado de la unión de las hijas de los hombres con los hijos de los dioses), a partir de la combinación de los datos científicos con los relatos bíblicos. Asimismo, hay incontables webs de ufología y de ciencias ocultas que de vez en cuando sacan a la luz noticias sin ton son, como el supuesto hallazgo de tres cráneos alargados ¡en la Antártida!, que indefectiblemente han de ser de alienígenas[9].

En cualquier caso, las argumentaciones para intentar demostrar que los cráneos no son propios de este mundo reinciden en la gran extrañeza o excepcionalidad de los casos y en la improbabilidad de que sean deformaciones artificiales o mutaciones aleatorias. Pero, por supuesto, para tratar de sustentar estas hipótesis y despejar las incógnitas, los partidarios del origen extraterrestre de los cráneos debían recurrir a pruebas aportadas por una ciencia más dura o empírica, y esto es lo que ha sucedido –a su parecer– con unos recientes análisis de ADN, obtenidos a partir de muestras de los cráneos de Paracas, que pasamos a comentar en el siguiente apartado.

Los recientes (y polémicos) análisis de ADN



Cráneos alargados del Museo de Paracas
El investigador norteamericano Brien Foerster se ha interesado especialmente por los cráneos de la península de Paracas (Perú), y su enfoque se sitúa en las hipótesis extraterrestres; de hecho, él es colaborador asiduo de la serie Ancient Aliens. Pues bien, estos cráneos –e individuos– fueron hallados en tumbas de una gran antigüedad excavadas a finales de los años 20 del pasado siglo por el arqueólogo peruano Julio Tello (1880-1947). Este reputado experto creía que dichos restos humanos pertenecían a la antigua cultura megalítica de Chavín de Huantar, a partir de ciertas semejanzas en los artefactos e iconografías, y que no había que atribuirles una antigüedad superior a los 3.000 años, pero Foerster señala que nunca se han identificado tales cráneos en la zona de Chavín y que se han hallado en Paracas útiles de piedra de hasta 8.000 años de antigüedad. Al parecer, los habitantes de Paracas eran básicamente pescadores, pero –a juicio de Foerster– podrían haber sido navegantes en épocas muy antiguas. En todo caso, los estudios sobre esta cultura apenas han avanzado desde la intervención de Tello, y gran parte de la zona arqueológica –el llamado Cerro Colorado, donde estaba enterrada la clase dirigente y sacerdotal– no es accesible al público para prevenir, según las autoridades, el saqueo sistemático de este lugar.

Así las cosas, en 2013 Foerster se planteó ir más lejos y para ello pidió al propietario del Museo de Paracas, don Juan Navarro, que le permitiera extraer unas  muestras de los cráneos alargados[10] para ser analizadas con la más moderna tecnología bioquímica. Esta empresa fue impulsada gracias a la financiación conseguida por el ya mencionado Marzulli, e implementada por unos laboratorios de EE UU y Canadá, los mismos que habían realizado las pruebas sobre otro controvertido cráneo, el llamado Starchild[11]. Los resultados de los análisis se dieron a conocer en 2014 y levantaron –como era de esperar– una gran polémica. Según Foerster, las pruebas preliminares llevadas a cabo sobre la muestra 3A, de la cual se extrajo el ADN mitocondrial (sólo procedente de la madre), revelaron la presencia de mutaciones desconocidas hasta ahora en humanos, primates o cualquier otro animal. Esto sería prueba fehaciente de la existencia de unas criaturas diferentes de los conocidos sapiens, neandertales o los recientes Denisovanos, y que –dadas las fuertes disimilitudes– no podrían cruzarse con los humanos “normales”, lo que les habría llevado a una cerrada endogamia y posterior degeneración.

Naturalmente, ante estas proclamas, los “escépticos oficiales” y los académicos saltaron a la yugular de Foerster, poniendo de manifiesto su falta de profesionalidad, su relación con Pye (otro creyente en intervenciones alienígenas) y el sospechoso anonimato del técnico genetista que realizó las pruebas. Además, le recordaron que la deformación artificial de los cráneos en varias culturas es un hecho antropológico harto conocido y que también se debía contemplar la enfermedad de la craneosinostosis, una anomalía bien estudiada por la comunidad científica. Y finalmente, los críticos aducían que la no explicación de determinados rasgos genéticos (y eso aceptando que las pruebas de ADN se hubiesen efectuado correctamente[12]) no implicaba de ningún modo la presencia de una raza alienígena en nuestro planeta.

¿Una pista sobre el origen de los cráneos?



Si aparcamos por un momento las tópicas menciones a extraterrestres, Nefilim o dioses de cualquier tipo, veremos que sin embargo los análisis de ADN arrojaron otros datos que sí podrían tener un notable significado arqueológico, bastante menos “etéreo” que el recurso a los alienígenas, y siempre dando –obviamente– un mínimo voto de confianza a la calidad científica de los análisis realizados.

Cráneo de Paracas con restos de cabellera
Así, Foerster afirma que por otras pruebas (se supone que por C-14) se habían datado dos cráneos empleados en las muestras, uno en unos 2.000 años de antigüedad y otro en unos 800. Y lo mejor viene ahora, porque en las muestras de pelo se detectó la presencia de un haplogrupo (grupo de población genética) de tipo H2A, muy típico de Europa Oriental y algo menos de la Occidental. Asimismo, otra muestra de polvo de hueso reveló la presencia del haplogrupo T2B, originario de Mesopotamia. Ello implica, lógicamente, que el origen de las gentes de Paracas podría vincularse a poblaciones de Oriente Medio y de Europa, echando por tierra la teoría académica sobre el poblamiento de América, que insiste en que la población nativa de América era de origen asiático y que entró por el estrecho de Bering hace unos 20.000 años, sin que hubiera ninguna nueva aportación hasta la llegada de los europeos a finales del siglo XV.

Por otro lado, Foerster insiste en que la presencia de pelo rojo o rubio en la población nativa americana es del todo inusual, porque se sabe que los indios son de pelo oscuro, en todo el continente. Esta característica identificada en los cráneos alargados sería prueba de la intrusión de gentes venidas de tierras lejanas; para ello solicitó los servicios de dos expertos en temas de cabello, que confirmaron que no había habido decoloración y que el pelo analizado era un 30% más fino que el de la población nativa americana, lo cual es propio del pelo rojo o rubio.

Se podría objetar aquí que los datos de Foerster son erróneos o sesgados, pero lo cierto es que tenemos otros datos que apuntan en una dirección parecida. Así, cabe reseñar que un estudio genético sobre el ADN de la comunidad india norteamericana realizado en 1997 reveló la existencia de un pequeño porcentaje de individuos que poseen un grupo muy extraño de ADN mitocondrial (“haplogrupo X”) que sólo existe en unas pocas zonas de Europa y Oriente Medio. ¿Coincidencia? Además, pruebas posteriores demostraron que este ADN atípico no provenía de la época de la conquista europea, sino de una población foránea que llegó a América hace 36.000-12.000 años[13]. En suma, estaríamos apuntalando la tesis de que determinadas gentes venidas de allende los mares se instalaron en América hace muchos miles de años, desmontando la clásica versión del “descubrimiento” a cargo de Colón, que aún persiste como teoría científica válida en el mundo académico.

Conclusiones


Al estudiar el tema de estos cráneos me he encontrado con muchas conexiones con otro asunto polémico, el de los gigantes, que ya traté extensamente en este mismo blog. Las pruebas e indicios apuntan en direcciones semejantes, si bien la falta de estudios sistemáticos y la reticencia del mundo académico a adentrarse en ciertas vías heterodoxas dificulta bastante cualquier investigación seria. Lo que parece que podemos afirmar con seguridad es que existe un cierto porcentaje de antiguos cráneos alargados que no es fruto de deformaciones artificiales, sino que constituye un rasgo genético propio, y por lo tanto estaríamos hablando de dos fenómenos diferentes, siendo la deformación una consecuencia del contacto con las gentes de los cráneos alargados “originales”. Por otro lado, la existencia de niños muy pequeños, incluso fetos[14], con cráneos alargados demostraría que estamos ante una característica natural en ciertos individuos.

En cuanto al hipotético conjunto de mutaciones que pudo haber dado lugar a esta raza, es poco menos que vender humo, pues hoy por hoy no hay pruebas científicas que puedan sustentar esta tesis. A su vez, las malformaciones genéticas excepcionales –ya lo sabemos– pueden existir, pero cuando van todas en la misma dirección y en tantos individuos y en lugares tan distantes entre sí tenemos que reconocer que la hipótesis patológica tiene una base más bien endeble.

Sin embargo, la pregunta fundamental sigue siendo su origen y su relación con el resto de la población. La hipótesis de que fueran realmente una élite gobernante –y además relacionada con el fenómeno del megalitismo[15]– parece tener sentido vistos los ejemplos presentados, y el caso de Egipto es bastante significativo al respecto. Ahora bien, ¿de dónde salieron? ¿Por qué vía evolutiva (si es que creemos en la evolución humana)? ¿Cuál fue su origen geográfico? ¿Cómo llegaron a extenderse por varios continentes? No tenemos realmente respuestas a estas preguntas, a excepción de los indicios aportados por las pruebas genéticas, que señalan a la Europa Oriental y a Oriente Medio como una posible localización original de este pueblo[16].

Por último, cualquier mención a alienígenas o a Nefilim puede parecernos una fácil salida de tono, y por desgracia hay que reconocer que se ha hecho mucho espectáculo y negocio sobre esta cuestión, sobre todo a base de falacias y especulaciones. Pero, sea como fuere, lo que tenemos entre manos es una raza desconocida presente en nuestro mundo hace miles de años, que desapareció o degeneró, y que no sabemos cómo conectarla con los humanos modernos. Con todo, no podemos despachar la cuestión con el dogma y la negación; está claro que esta raza tuvo que venir de algún lugar; de este planeta, de otro, o de otra dimensión, y aquí no deberíamos cerrar ninguna puerta antes de tiempo. La buena arqueología alternativa requiere rigor y prudencia, pero también precisa de apertura de miras porque si no nos quedaremos estancados en las “tranquilas aguas” del paradigma imperante.

© Xavier Bartlett 2016 




[1] Normalmente consiste en presionar el cráneo con dos tablas de madera y una pieza de tela bien apretada. La duración de esta práctica se sitúa entre los seis meses y los tres años de edad.
[2] Esta característica es considerada por la medicina como casi imposible y es compartida por los cráneos de Paracas, Malta y Egipto
[3] Punto de unión o articulación entre el cráneo y la columna vertebral.
[4] El hueso de la mejilla.
[5] La arqueología académica no reconoce la existencia de tales gigantes, pero la gran mayoría de restos humanos de estas tumbas ha desaparecido o no está disponible para su estudio o exposición, lo que ha levantado graves sospechas de ocultación entre los investigadores independientes.
[6] PIZZUTI, M. Descubrimientos arqueológicos no autorizados. Ed. Obelisco. Barcelona, 2013.
[7] Por otro lado, en bastantes casos, los restos de momias reales egipcias no son de cráneos enormes, pero sí muy marcadamente dolicocéfalos.
[8] Por ejemplo, una altura media muy superior a la de los nativos, constitución robusta y pelo claro.
[9] Véase: http://www.ufosightingsdaily.com/2016/07/alien-remains-in-antarctica-three-new.html
[10] Las muestras incluían fragmentos de hueso, dientes, pelo y piel.
[11] Cráneo anómalo hallado en el siglo XX en México e investigado a fondo por el autor alternativo Lloyd Pye. Para más detalles, véase: https://somniumdei.wordpress.com/2016/03/16/el-extrano-starchild-rareza-biologica-o-ser-hibrido/
[12] Muchos escépticos derriban directamente todas las afirmaciones heterodoxas al considerar que los análisis presentados por Foerster no tienen ninguna validez o credibilidad científica, dando por hecho que se cometieron errores o que las muestras estaban contaminadas.
[14] Por ejemplo, recientemente se dio el hallazgo en Bolivia de dos esqueletos: una joven madre y un feto de entre 7 y 9 meses, ambos con marcado cráneo alargado.
[15] No debe ser casual que exista una más que notable casuística megalítica en Perú, Malta y Egipto, coincidiendo con la aparición de estos cráneos extraordinarios.
[16] Ello podría presuponer que su dispersión por diversos rincones del planeta desde épocas muy antiguas se debería a una difusión a partir de un hipotético centro, más que a núcleos autóctonos independientes.