sábado, 9 de diciembre de 2017

Los misterios de la isla de Pascua (1ª parte)


Introducción


Hasta la fecha se han escrito miles de libros y artículos en diferentes lenguas y desde diversos enfoques sobre la singular isla de Pascua. A decir verdad, después de décadas de investigación, parece que a estas alturas todo está dicho. Pero, habiendo dedicado este blog a la arqueología alternativa, me parecía obligado tocar el tema para fijar los puntos de vista y dejar patente que las interpretaciones académicas dejan mucho que desear a la hora de explicar las múltiples incógnitas planteadas, con el agravante de que suelen menospreciar la propia tradición nativa por considerarla “folclórica” o poco fiable. Así pues, en el presente artículo no pretendo añadir nada nuevo a las viejas controversias, pero sí al menos revisar ciertas cuestiones exploradas sin demasiado éxito y dar voz a algunas de las visiones alternativas que podrían abrir atrevidas vías de investigación, sin que ello implique que estén en el camino correcto.

En fin, como casi todo el mundo sabe, la isla de Pascua es mundialmente reconocida desde hace tiempo por su legado arqueológico en forma de moai (estatuas gigantescas), aparte de sus ahu (plataformas) y sus menos conocidos petroglifos. Asimismo, los antiguos habitantes de la isla dejaron unas tablillas escritas en un alfabeto local llamado rongo-rongo, que hasta la fecha no ha podido ser descifrado. Y como base de todas estas cuestiones está la vieja polémica antropológica sobre el origen de los habitantes de la isla; esto es, la posible convivencia o superposición de razas de distinta procedencia (del Pacífico y de América) y su relación con los restos arqueológicos. 

Mapa de la isla de Pascua, con la ubicación de los principales yacimientos arqueológicos

Ahora bien, la isla de Pascua ha sido víctima de cierto sensacionalismo por parte de ciertos apóstoles del misterio, porque –quedando aún tantas incógnitas por dilucidar–parece lícito lanzarse directamente al espectáculo y a la pura fantasía, pues ya sabemos que lo insólito y lo enigmático vende más de cara al público. En este sentido, dejaré a un lado las referencias que se han hecho a la relación entre la isla y los extraterrestres, dado que en este caso la teoría de los antiguos astronautas –en mi humilde opinión– está fuera de lugar y no merece abordarse seriamente. Sólo por hacerles una breve mención, basta decir que para Erich Von Däniken los enormes moai debían haber sido realizados por los inevitables dioses-astronautas, que estarían relacionados de algún modo con la deidad americana Viracocha, o que para Alan Alford “las estatuas de la isla de Pascua fueron erigidas por un grupo negroide exiliado [por los dioses] en castigo por la destrucción de las líneas de Nazca”. Ahí lo dejamos.

Pero antes de adentrarnos en el meollo del tema, vale la pena realizar un brevísimo apunte introductorio de lo que nos dicen la geografía y la antropología al respecto de la isla y sus habitantes.

La isla de Pascua está situada en la Polinesia, en el Pacífico Sudeste, en las coordenadas 27º 08’ de latitud sur y 109º 25’ 54’’ de longitud oeste, y constituye la porción de tierra más alejada de cualquier masa continental[1]. Tiene una marcada forma triangular, con una extensión aproximada de 163 km2. Es de origen volcánico, basáltico, y de hecho posee tres volcanes no activos, el Rano-Kao, el Rano-Raraku y el Paukatike. Desde hace al menos varios siglos su paisaje es desolado y posee escasos recursos para la supervivencia. Para los nativos, la isla se denomina Rapa-Nui (que significa “Gran Rapa” en lengua polinesia[2]), aunque también se usan las denominaciones autóctonas más antiguas de Te-pito-o-te-henua (“ombligo del mundo”) y Mata ki-te-rangi (“Ojos que miran al cielo”). Según la historia convencional, la isla tuvo su primera población humana hacia el año 400 d.C. 

Mapa de San Carlos (Pascua), de 1770
Para el mundo occidental, la isla entró en escena cuando un navegante holandés, Jacob Roggeveen, al mando de tres barcos, topó con ella el 6 de abril de 1722, el día de Pascua de ese año (de ahí el nombre que ha perdurado) cuando realizaba un viaje de exploración por el Pacífico. No obstante, para ser justos, es posible que Roggeveen estuviera buscando una isla ya identificada por el bucanero inglés Edward Davis en 1687, y llamada precisamente “Tierra de Davis”, si bien no hay total seguridad de que se tratara de Pascua. Posteriormente, el virrey del Perú, Manuel Amat y Junyent, envió en 1770 una expedición a cargo del marino Felipe González y Haedo, que tomó posesión de la isla, a la que llamó San Carlos, para la corona española[3]

Pocos años después recalarían en la isla otros famosos navegantes occidentales, como el inglés James Cook (1774) y el francés La Pérouse (1786). Estas expediciones y otros contactos esporádicos subsiguientes no supusieron ningún cambio importante en la isla, hasta que a mediados del siglo XIX los buscadores de esclavos procedentes de Perú esquilmaron la población nativa hasta dejarla bajo mínimos[4]. Desde 1888 la isla pertenece administrativamente a Chile, que “compró” el territorio a los isleños.

Historia de las investigaciones


Si bien es cierto que en Pascua se han llevado a cabo numerosas aproximaciones antropológicas y arqueológicas desde hace siglo y medio, nunca se ha emprendido un proyecto unificado, sistemático y constante por investigar a fondo la isla; más bien ha habido una serie de intervenciones deslavazadas, puntuales y sin continuidad, sin desmerecer por ello algunos trabajos rigurosos de hace décadas hasta llegar a las investigaciones más modernas, que han incluido dataciones por radiocarbono y análisis de ADN de los pascuenses.

Katherine Routledge
Los primeros estudios serios sobre la cultura de Rapa-Nui los podríamos remontar a finales del siglo XIX, con la visita en 1872 del escritor francés Pierre Loti (entonces cadete en un buque-escuela), que realizó numerosos dibujos del paisaje y las gentes de la isla. Más adelante, en 1886, cabe destacar la notable investigación del marino americano William Thomson, del buque Mohican, tanto en su parte gráfica como en la recogida de datos históricos y antropológicos. No obstante, el primer trabajo exhaustivo y sistemático de carácter arqueológico y antropológico data de 1914-1915, a cargo de Katherine Routledge, bajo el patrocinio de la Royal Society de Londres. Poco después, en 1918-1919, el neocelandés McMillan-Brown también realizó amplios estudios de tipo antropológico, si bien, para los críticos, se dejó llevar por la fantasía.

El siguiente estudio relevante, de carácter casi exclusivamente etnológico, se sitúa a mediados de los años 30 con la expedición franco-belga dirigida por el eminente etnólogo Alfred Métraux. Este experto tuvo el mérito de recoger sistemáticamente las tradiciones orales locales para componer un retrato bastante fiel de la antigua cultura nativa. También de la misma época es el trabajo del padre Sebastián Englert, que durante años recopiló la tradición local, que luego plasmó en el libro La tierra de Hotu Matua. Y acto seguido, ya en los años 50, apareció en Pascua el famoso explorador Thor Heyerdhal, que realizó extensas excavaciones arqueológicas y trabajo de campo, aparte de haber protagonizado unos años antes la famosa gesta de la balsa Kon-Tiki. Para muchos, su aportación fue valiosa pero también discutible por su vertiente más bien literaria (fantasiosa) y por defender tesis heréticas que comentaremos en su momento.

Finalmente, en el último medio siglo se han dado algunas interesantes intervenciones puntuales de investigadores amateurs, como la del francés Francis Mazière o de científicos reconocidos, como el oceanógrafo Jacques Cousteau. Y cabe destacar que en los últimos años se han realizado numerosas labores de restauración arqueológica y acondicionamiento de los yacimientos, en gran parte por la inevitable faceta turística de la isla.

¿De dónde vinieron los antiguos pascuenses?


De acuerdo con las visiones convencionales, el poblamiento de la isla se debió al desplazamiento de comunidades polinesias hacia el este, un proceso que tuvo lugar en el primer milenio de nuestra era. Así, se calcula que entre el 300 d. C. y el 400 d. C. los polinesios arribaron a Pascua[5], tras un largo viaje marítimo, si bien no estaría claro el origen exacto de estos navegantes, aunque algunos investigadores apuntan a las islas Marquesas. Para los expertos, las pruebas antropológicas y arqueológicas, más las similitudes artísticas entre Pascua y otras islas del Pacífico, avalan perfectamente esta tesis, reforzada por recientes pruebas de ADN que demuestran el origen polinesio de la población local actual.

Situación de Pascua, en relación con Sudamérica
Sin embargo, otras voces han cuestionado esta visión, pues la colonización desde las lejanas islas polinesias plantea serios problemas, por la distancia y por los problemas de navegación. En otras palabras, que una comunidad polinesia llegase a Pascua hubiera sido más bien una cuestión de puro (e improbable) azar. Así, frente a la hipótesis tradicional, el explorador noruego Thor Heyerdhal se atrevió a sugerir a mediados del siglo XX que los antiguos pascuenses habían llegado de la costa oeste sudamericana. A través de su famosa expedición Kon-Tiki, Heyerdhal quiso demostrar que el viaje desde la costa americana en épocas muy remotas era perfectamente posible. Ahora bien, es preciso remarcar que Heyerdhal se tomó alguna licencia con su balsa y que fue remolcado un buen trecho para dejar atrás la costa americana, pues las fuertes corrientes empujan las embarcaciones sin motor hacia el norte (Panamá). Además, el marino noruego no fue a parar a Pascua sino a Tahití, y de hecho todas las expediciones posteriores que trataron de emularlo también fueron a parar a Tahití.

Pero, más allá del tema de la navegación, Heyerdhal apuntaba a que había en la isla determinados elementos ­–como ciertas estructuras o los famosos moai– que sugerían la inequívoca presencia de alguna cultura americana, aun sin negar la llegada de gentes polinesias. En este sentido, cabe citar por ejemplo la existencia en Pascua de unas pequeñas construcciones de piedra llamadas tupas, que podrían haber sido observatorios astronómicos. Se trata de unas torres, redondas o cuadrangulares, que no son propias de la Polinesia pero que se asemejan mucho a las típicas chulpas del Perú pre-incaico. Asimismo, algunos autores ven en los moai bastante más influencia de la estatuaria sudamericana –concretamente de la cultura de Tiwanaku– que de la polinesia, básicamente en la tipología y los rasgos. Esto mismo se podría aplicar a unas pequeñas figurillas de piedra o madera que recuerdan a conocidas formas sudamericanas.

Por último, cabe destacar en el ámbito antropológico que los Pascuenses celebraban anualmente una ceremonia relacionada con el culto al llamado hombre-pájaro –del cual hablaremos más adelante– y que no tiene ningún paralelo conocido en las culturas polinesias. Aparte, quedaría considerar algunos argumentos de tipo biológico, como la presencia en Pascua de plantas típicamente americanas como la calabaza, el camote (una especie de batata) o la totora, un tipo de caña empleada por los indígenas del lago Titicaca para realizar embarcaciones, y usada en Pascua para fabricar sencillas barcas de pesca.

Hipotética situación de Mu en el Pacífico
La rica mitología local, empero, es bastante clara en cuanto al origen de los primeros pobladores. Así, la tradición dice que la isla fue ocupada por el legendario rey Hotu Matua, que –viajando en dos grandes canoas con su pueblo– desembarcó en la isla, después de haber enviado previamente una expedición de exploración compuesta por siete de sus súbditos[6]. Y la misma leyenda nos asegura que el lugar de procedencia de estas gentes era la gran isla o continente de Hiva, una tierra situada al oeste, que desapareció engullida por el océano, por efecto de una tremenda catástrofe natural, y que algunos autores relacionan con el mítico continente perdido de Mu (o Lemuria).

Sobre este punto, el investigador escocés Graham Hancock –retomando las tradiciones locales– opina que la propia isla habría sido en origen mucho más extensa y que resultó afectada por el gigantesco cataclismo, que los pascuenses recordaban alegóricamente como la furia desatada de la deidad Uoke. Dicho de otro modo, quizá Pascua fuera una isla de gran tamaño que quedó en gran parte engullida por la crecida del nivel del mar, sobresaliendo apenas su cima sobre las aguas. En una línea similar, el  británico David Pratt sugiere que la propia isla formaría parte del gran continente de Hiva, que se hundió en casi su totalidad, quedando apenas unas pocas islas –entre ellas Pascua– como testimonio de sus terrenos más elevados.

No obstante, podría haber existido un poblamiento previo, pues algunos ancianos de Pascua aún sostenían la leyenda de que antes de la llegada de Hotu Matua, la isla estaba ya poblada por una raza de gentes de gran altura. Se trataría de los “supervivientes de la primera raza del mundo, hombres de color amarillo, muy altos, de brazos largos, tórax poderoso, enormes orejas pero sin lóbulo relajado, pelo rubio puro, cuerpo lampiño y brillante. No conocen el fuego. Esa raza existía antaño en otras dos islas de Polinesia. Vinieron en barco de una tierra situada detrás de América.”[7]

Ahu Akivi, el único en que los moai miran al mar
Lo cierto es que aún en la actualidad los pascuenses creen en dicha mitología como algo indudable o histórico, algo que sucedió en un tiempo remoto. En tal caso, deberíamos preguntarnos dónde estaba Hiva, si realmente era un continente y en qué época tuvo lugar la égida hacia Rapa-Nui, si es que descartamos la cronología del siglo IV de nuestra era por ser “demasiado moderna”. Según los propios nativos, Hiva estaría situada hacia en sureste, lo que invalidaría la hipótesis de las Marquesas, que están más al norte. Esta orientación estaría marcada por la posición y mirada de los únicos moai de toda la isla que están de cara al océano. Así, se dice que en honor de los primeros siete exploradores se levantó una plataforma (el Ahu Akivi) y sobre ella se erigieron las siete estatuas dedicadas a estos pioneros. El autor J. J. Benítez estableció para esa posición un rumbo exacto sobre el mapa y determinó que tal orientación (245º) nos llevaría a un amplia región oceánica donde sólo está Nueva Zelanda. No obstante, para los antropólogos académicos, las referencias nativas a Hiva –cualquiera que fuese su situación– es un mito que no tiene ninguna fiabilidad histórica y que debe ser desestimado como dato científico.

Sea como fuere, parece fuera de duda que la isla estuvo poblada por dos comunidades que llegaron en momentos históricos distintos, aunque quedaría por definir si las cronologías manejadas para las ocupaciones humanas hasta el momento son fiables o deberían revisarse. Así, podemos suponer que durante siglos ambas etnias convivieron y se relacionaron hasta que estalló una especie de guerra civil. Los nativos hablan concretamente de los Hanau-Eepe (“Orejas Largas”) y de los Hanau-Momoko (“Orejas Cortas”), siendo los primeros originarios del este –¿el Perú[8]?– y los segundos del oeste, la Polinesia. La tradición local afirma que los Orejas Largas, de supuesta ascendencia divina, eran más altos y corpulentos que los Orejas Cortas, y que habían construido los ahu y las grandes estatuas, que precisamente muestran unas orejas con largos lóbulos. Además podrían tener otros rasgos muy peculiares, como la piel más blanca y pelo rubio o rojizo. Esta raza tenía esclavizada a la comunidad de los Orejas Cortas, hasta que éstos se alzaron contra sus amos y en un épico combate que tuvo lugar junto a gran zanja les dieron muerte a todos, excepto a uno[9].  Se especula con que todo esto ocurrió hacia mediados del siglo XVIII, pues la expedición de Roggeveen distinguió perfectamente las dos comunidades citadas durante su breve estancia de 1722.

Lo cierto es que hasta la antropología académica admite que en un remoto pasado existieron contactos esporádicos entre la Polinesia y Sudamérica, a la vista de algunas pruebas en forma de plantas, artefactos e incluso restos humanos. Por otro lado, las características físicas de los pascuenses difieren en algunos aspectos de la típica etnia polinesia, lo que apoya la hipótesis de una mezcla racial. Lo que también es muy significativo es que, según la crónica de la expedición de González (1770), los nativos pascuenses, de no ir desnudos y pintarrajeados, parecerían europeos. Asimismo, en el ámbito filológico, algunos términos del idioma nativo de Pascua no son propiamente polinesios, mientras que el origen de la escritura rongo-rongo es indeterminado, teniendo en cuenta que los polinesios –que se sepa hasta ahora– nunca tuvieron un sistema de escritura.

¿Gigantes en Pascua?
Por otro lado nos quedaría como tema colateral la hipotética presencia de gigantes en la isla, teniendo en cuenta las referencias míticas antes citadas. Por lo pronto sabemos históricamente que la expedición de Roggeveen[10] se encontró con algunos individuos enormes, de una altura de unos 12 pies (3,60 metros), hasta el punto que los holandeses podían pasar entre las piernas de estos gigantes. Las mujeres eran un poco más bajas, sobre los 10 pies (3 metros) como máximo. Con todo, la historia oficial considera que este relato sobre posibles gigantes es fantasioso o, como mínimo, exagerado.

Sea como fuere, estas historias de gigantes en el Pacífico no son en modo alguno esporádicas, pues –como ya expuse en un artículo específico– son bastante comunes en muchas islas e incluso apuntan a una continuidad hasta tiempos históricos. Además, existen rumores de que los nativos han hallado alguna vez grandes huesos humanos que sólo podrían pertenecer a gigantes... como los propios moai[11].

Los petroglifos “cósmicos”


Quizá uno de los aspectos menos conocidos de la isla es el de los petroglifos, esto es, los grabados sobre piedra. Existen muchos de ellos y la gran mayoría están relacionados con el culto al hombre-pájaro, cuya principal manifestación ritual la encontramos en una competición tradicional que tenía lugar cada año y en la cual los jóvenes contendientes –denominados hopu manu– se dirigían en canoa a un islote próximo para recoger y traer de vuelta el primer huevo dejado por un ave migratoria procedente –supuestamente– de la mítica tierra madre Hiva. Este evento tenía tal importancia que el vencedor y su clan obtenían el prestigio y el poder hasta el siguiente año. Se sabe que la última de estas ceremonias fue celebrada en 1866.

Petroglifos del hombre-pájaro situados en el acantilado de Orongo
Sin embargo, los petroglifos podrían esconder alguna sorpresa que va más allá de las figuras de aves o de la tradición recién citada. Según el geólogo Robert Schoch, existen en los petroglifos numerosas formas más abstractas y algunas muy similares a los signos de la escritura local rongo-rongo, y en estos casos hallamos paralelos en otras culturas muy antiguas de todo el mundo. Aquí Schoch va más lejos y sugiere que dichas formas se relacionarían con representaciones de plasma, el cuarto estado de la materia (formado básicamente por iones). Así, los fenómenos de plasma observables en la naturaleza, causados por la interacción entre los vientos solares y el campo magnético terrestre, se manifiestan a menudo en formas caprichosas –como serpientes entrelazadas, círculos y radios, espirales, etc.– pero también en formas esquemáticas humanas que en algunas ocasiones podrían relacionarse con una silueta de pájaro de perfil.

De hecho, hace pocos años Anthony L. Peratt, un especialista en plasma del Laboratorio Nacional de Los Alamos (EE UU), estudió cientos de antiguos petroglifos de todo el mundo y se quedó asombrado por su parecido con las configuraciones habituales de plasma. A este respecto, Peratt cree que esas representaciones podrían ser el testimonio distorsionado de un fenómeno celeste muy antiguo, concretamente una fuerte explosión de plasma solar hace miles de años que provocó vientos solares de una intensidad de entre diez y cien veces mayor que la de los vientos solares actuales. Y Peratt añade que la posición de los principales petroglifos de Pascua, que se orientan al campo sur del firmamento, coincidiría con la dirección en que podrían ser observados los citados vientos solares. 

La escritura rongo-rongo


Como hemos visto, los antiguos pascuenses dejaron sobre piedra algunos signos que podrían tener algún significado ritual o religioso. Precisamente aquí es oportuno abordar otro de los misterios sin resolver de la isla, que es la escritura llamada rongo-rongo (palabra que significa “recitaciones”). Esta escritura es única en el Pacífico y en el mundo, pues fue empleada exclusivamente por los nativos de la isla. Aparte de esos símbolos trazados en los ya mencionados petroglifos, el rongo-rongo se plasmó físicamente en unas tablillas de madera trabajadas con un punzón (tal vez dientes de tiburón, puntas de obsidiana o huesos de pájaro). En cuanto a su lectura, se da la peculiaridad de que los textos estaban escritos en el sistema bustrófedon inverso[12], muy típico en algunas culturas antiguas. Actualmente sólo se conservan poco más de 20 tablillas –a las que se les da como máximo una antigüedad de dos siglos– y están distribuidas por varios museos, pero ya no queda ninguna en la propia isla. La más extensa, ubicada en Santiago de Chile, contiene unos 2.300 caracteres.

Típica tablilla de madera con inscripción rongo-rongo

Sobre su significado, nadie hasta la fecha ha podido descifrar los símbolos y por tanto no sabemos qué dicen. Desde finales del siglo XIX se han realizado numerosos intentos de interpretación, al menos para completar un corpus de signos y para especular sobre algún significado a partir de ciertas secuencias que se repiten en varios textos. Con todo, aún no existe un consenso en clasificar los signos, que algunos estiman en torno a los 55-60 y otros en cientos de ellos (por combinación de los signos básicos). En lo que sí hay coincidencia general es en considerar que se trataría de ideogramas más que de letras (o fonemas), con muchos signos de carácter antropomórfico y zoomórfico, más otros de tipo abstracto.

Por desgracia, los últimos maestros de la escritura rongo-rongo, llamados ma’ori-ko-hau-rongorongo, que habían transmitido su saber de generación en generación, fueron víctimas de la gran captura de esclavos de 1862. Con todo, se sabe que a finales del siglo XIX quedaba en la isla un anciano que aún podía leer las tablillas, pero con su muerte se escapó el último conocedor de la extraña escritura y ningún occidental fue capaz de recoger ese legado[13]. Los filólogos están convencidos de que se trata de un dialecto de la Polinesia, si bien –como ya se ha dicho– los polinesios jamás emplearon un sistema de escritura. Dada esta circunstancia, también se ha lanzado la doble hipótesis de que el rongo-rongo fuera una invención propia de los nativos pascuenses o bien que hubiera surgido por efecto de los contactos con los occidentales a partir del siglo XVIII, pero no hay ninguna certeza al respecto.

Ahora bien, la tradición oral nativa afirma que el mítico rey Hotu Matua ya trajo consigo varias tablillas cuando desembarcó en la isla con los suyos, lo que conferiría un gran antigüedad a la escritura. De hecho, durante sus investigaciones en la isla, Francis Mazière llegó a la conclusión que el rongo-rongo no era, en efecto, originario de la isla, sino que fue llevado allí por los primeros pobladores. Además, el conocimiento de la escritura –que tendría un carácter sagrado o esotérico– estaría reservado a muy pocas personas: la familia real, los jefes de los seis distritos de la isla y los sabios ma’ori-ko-hau-rongorongo. Así, Mazière no era muy optimista en cuanto al desciframiento de los signos, que consideraba iniciáticos, y afirmaba que “los ideogramas de la isla de Pascua contienen una potencia de pensamiento, y por consiguiente de palabra, que nuestra forma de trascripción no puede imaginar.”

Comparativa entre el Indo y Pascua
No obstante, algunos expertos han buscado relacionar el rongo-rongo con escrituras muy lejanas, incluso de China o de Sudamérica, pero el dato más sorprendente lo aportó en 1932 Guillaume de Hevesy, que se fijó en la tremenda semejanza entre el rongo-rongo de Pascua y la escritura de la antigua civilización del valle del Indo[14] (en el actual Pakistán), que de igual modo permanece indescifrada en la actualidad. No cabe duda de que, dadas las grandes distancias en el espacio y el tiempo, el gran parecido entre ambos sistemas es toda una incógnita, y si  descartamos la mera coincidencia, deberíamos hablar de algún tipo de influencia o contacto, aunque fuera por vía indirecta. 

En este sentido, el erudito polaco Benon Z. Szalek, de la Universidad de Szczecin, ha propuesto una conexión entre ambas culturas en tiempos remotos, y concretamente cree que fueron los Tamiles de la India los que colonizaron la isla, vistos algunos estudios antropológicos de restos óseos de antiguos nativos que muestran que sobre el 60% de la población isleña tendría un origen indoeuropeo. En cuanto al contenido de las tablillas, Szalek afirma que se trataría de fórmulas rituales o invocaciones a los avatares o reencarnaciones.

© Xavier Bartlett 2017

Nota: La 2ª parte de este artículo, que aparecerá en breve, estará dedicada casi exclusivamente a los moai y los ahu. También allí se adjuntará la bibliografía correspondiente.

Fuente imágenes: archivo del autor / Wikimedia Commons


[1] La isla se encuentra a unos 3.700 kilómetros al oeste de la costa de Chile, a poco más de 2.000 km. de las islas Pitcairn y a más de 4.000 de la Polinesia francesa, ambas al este. La tierra más próxima, también chilena, es la isla de Sala y Gómez, a 415 km. (al noreste), que está deshabitada.
[2] Según parece, esta denominación es tardía, del siglo XIX, y fue extendida por los polinesios que llegaron a la isla junto con misioneros occidentales.
[3] El virrey Amat organizó dos misiones más, en 1771 y 1772, para completar la primera cartografía de la isla.
[4] Roggeveen registró la presencia de unos 2.000 nativos, si bien –según los expertos– en su momento de auge la población pudo haber llegado a los 15.000 habitantes. Sin embargo, en 1877 la población aborigen había caído a poco más de 100 personas, debido a las penalidades de la esclavitud y las epidemias. Actualmente, la población se sitúa alrededor de los 5.000 habitantes.
[5] Esta cronología se sustenta en modernas dataciones por radiocarbono y viene a coincidir más o menos con la tradición local, que atribuye 57 generaciones de reyes desde el primer monarca, Hotu Matua, con una media de 25 años por generación.
[6] Este dato recuerda poderosamente al mito de los sietes sabios de Egipto, que –según los llamados Textos de Edfú– ejercieron de avanzadilla en el valle del Nilo para los refugiados de una tierra primigenia que también desapareció tras una gran catástrofe natural.
[7] Cita extraída de MEZIÈRE, F. Fantástica isla de Pascua.
[8] Esta característica de los lóbulos alargados artificialmente se daba por ejemplo en los individuos de la nobleza inca del Perú (a los que Pizarro llamaba “orejones”).
[9] Esta leyenda ha sido interpretada por muchos académicos de forma distinta, pues opinan que las confrontaciones se generaron a partir de cambios en el ecosistema, por la sobreexplotación de la madera (hasta acabar con todos los árboles), la sequía y la escasez de recursos de subsistencia. Así pues, la decadencia de la cultura pascuense habría sido fruto de una lucha por los recursos naturales.
[10] Según la crónica de C. F. Behrens, participante en la expedición.
[11] En un contexto mitológico-esotérico, H.P. Blavatsky decía que las estatuas correspondían a representaciones exactas de los gigantes de la cuarta raza, y que la isla formó parte de Lemuria, un continente desaparecido.
[12] Patrón de escritura que consiste en escribir una línea de izquierda a derecha y luego girar 180º como el buey cuando ara (ese es el significado original del término griego bustrófedon), con lo que al final de cada línea nos vemos forzados a dar la vuelta a la tablilla para seguir la lectura.
[13] Se dice que en 1886 William Thomson habló con dicho anciano (de 83 años) y consiguió que éste le recitara una de las tablillas, que sería una canción de fertilidad. Sin embargo no existe confirmación de esta anécdota y los expertos no la tienen en cuenta. Posteriormente, hubo otros intentos de lograr alguna interpretación fiable entrevistando a varios ancianos, como por ejemplo hizo Routledge, pero no se obtuvo ningún resultado.
[14] También conocida como civilización de Harappa, de la Edad del Bronce, y que floreció entre 3300 a. C. y 1300 a. C.

martes, 28 de noviembre de 2017

Centinelas de la eternidad


Esta entrada no es exactamente un artículo sino más bien una breve reflexión personal a partir de una fotografía que me ha llamado mucho la atención.



No es preciso añadir muchos comentarios. Se trata de una imagen de la ciudad de El Cairo al amanecer con las tres grandes pirámides de Guiza de fondo. Y al ver semejante contraste, no he podido evitar la sensación de asombro y desasosiego que han sentido miles de personas durante siglos al contemplar tal grandiosidad. ¿Cómo podemos tener la arrogancia de considerarnos la cúspide de la evolución, la cima de la civilización, el triunfo del progreso y la tecnología? Todo lo que hay delante de las moles de piedra del Antiguo Egipto no es más que un pobre paisaje abigarrado de modernos edificios de ladrillo y cemento que dentro de unos pocos cientos de años (siendo generosos) ya no estarán ahí. Y con toda probabilidad, si tuviera lugar una gran catástrofe que destruyera la civilización, dentro de 10.000 ó 20.000 años ya les aseguro que no quedaría prácticamente nada de lo que vemos en primer plano; ni siquiera unas míseras ruinas en superficie. Nuestro mundo es apenas un efímero espejismo material de una sociedad tan engreída como ignorante.

La majestuosidad de los centinelas de la eternidad
Pero justo detrás están los tres centinelas de la eternidad, las tres grandes pirámides atribuidas a Khufu, Khafre y Menkaure. “El hombre teme al tiempo, pero el tiempo teme a las Pirámides”, como asegura un proverbio árabe. Están ahí, según la egiptología desde hace unos 4.500 años, aunque no hay pruebas cronológicas directas que ratifiquen tal datación. Para muchos autores alternativos son probablemente mucho más antiguas. Según algunos, soportaron un enorme Diluvio Universal hace unos 12.000 años y tal vez ya llevaban allí otras decenas de miles de años[1]. Según el egiptólogo alternativo Clesson Harvey, podrían pertenecer a un ciclo precesional anterior o Gran Año; esto es, hace 26.000 años o tal vez incluso 52.000. A este respecto, se ha propuesto la teoría de que los faraones de la  IV dinastía sólo restauraron los monumentos y se apropiaron de ellos, pero respetando su austero silencio (por lo cual no hay jeroglíficos que canten la grandeza de los monarcas)[2]. Tales prodigios no necesitan ningún añadido, ningún nombre, ninguna alabanza.

También se nos ha dicho por activa y por pasiva que las grandes pirámides fueron tumbas para esos faraones, pero tanta megalomanía sin una sola atribución directa cae por su propio peso, aparte de que no se ha encontrado allí ni rastro de un enterramiento original. Por el contrario, la Gran Pirámide se muestra más bien como una gigantesca enciclopedia de piedra, un edificio colosal construido con el mismo grado de precisión que una maquinaria de relojería suiza, que revela altos conocimientos de arquitectura, ingeniería, geografía, matemáticas, astronomía, física... 

Paisaje de Guiza con la Gran Pirámide (siglo XIX)
Ahora sería procedente recordar las palabras del denostado piramidólogo Piazzi Smyth, que hace 150 años afirmó: “La Gran Pirámide, aunque esté en Egipto, no es, ni fue nunca de Egipto, es decir perteneciente o construida por el Egipto faraónico idólatra”. Desde esta perspectiva, es posible que nunca sepamos quiénes fueron los constructores originales de las grandes pirámides y con qué fin las edificaron; sólo podemos especular con que fueran seres humanos de una civilización perdida, un mundo de conocimiento, armonía e iluminación muy anterior a nuestro mundo de limitación y egocentrismo. Ellos eran capaces de hacer cosas que hoy nos parecen monstruosas, aunque los arqueólogos académicos nos sigan hablando de miles de trabajadores con trineos, cuerdas, rampas, rodillos, herramientas de piedra y cobre, sencillos aparatos de topografía... hasta los arquitectos e ingenieros actuales tuercen el gesto al oír tales sandeces.

En definitiva, las tres grandes pirámides son el símbolo de la eternidad misma, y nuestro mundo, apenas un suspiro. Cuando nada quede de nosotros, cuando toda nuestra fatuidad se haya desvanecido, las pirámides seguirán ahí, como testimonio de un estado de conciencia y sabiduría más elevado que el nuestro, y que la ciencia se empeña en negar pese a los múltiples indicios que podemos observar en casi todo el mundo.

Y acabo con la opinión de un hombre que sabe mucho sobre las grandes pirámides, que las ha estudiado durante décadas y que en su día lanzó una de las interpretaciones más audaces de los últimos tiempos: la Teoría de la Correlación de Orión. Me estoy refiriendo obviamente a Robert Bauval, que sabe muy bien de lo que habla pues –aparte de ser egiptólogo amateur– es ingeniero de profesión:

“Yo estuve viviendo tres años en un apartamento frente a la Gran Pirámide, y créame, llega un momento en que dejas de mirar estos grandes monumentos, ya que te despiertan tantas preguntas que empiezas a volverte loco. Es como si estos monumentos no pertenecieran aquí, o no debieran estar ahí. Son tan grandes, tan perfectos, tan antiguos y tan desconocidos... Tener ahí un monumento de esta calidad, tamaño, precisión y escala tan abrumadora, que contiene alineaciones astronómicas y constantes matemáticas...  y seguimos sin poder explicarlo. Es un gran enigma que en mi opinión no ha sido bien abordado por los expertos. Considerar que estos monumentos se construyeron como tumbas ha sido un gran error de cálculo. Realmente no responden a la teoría de que fuesen tumbas; más bien se ajustan a la idea de que eran una especie de máquinas metafísicas más que otra cosa. Pienso que ya es hora de mirar estos monumentos bajo otra luz diferente, y esto es lo que estoy tratando de hacer.”[3]

© Xavier Bartlett 2017

Fuente imágenes: Wikimedia Commons



[1] Las crónicas árabes medievales hablan de que todavía se podía apreciar sobre las piedras de revestimiento el nivel al que habían llegado las aguas. Sin embargo, con el tiempo, casi todo el paramento exterior fue empleado como cantera para la construcción de El Cairo.

[2] Cabe recordar que según la inscripción de la llamada Estela del inventario, la Gran Pirámide ya estaba en Guiza en tiempos del faraón Khufu (Keops).


[3] Extracto de la entrevista concedida a la revista Dogmacero, n.º 2 (2013)

domingo, 12 de noviembre de 2017

¿A qué están jugando?



Hace escasas fechas saltó a las primeras páginas de la prensa la “sensacional” noticia de que se había detectado una gran cavidad desconocida en el interior de la Gran Pirámide de Guiza, de unos 30 metros de longitud y situada justo encima de la llamada Gran Galería. Este hallazgo ha sido posible gracias al trabajo de un equipo internacional que ha recurrido a una novedosa tecnología de rayos cósmicos, basada en unas partículas subatómicas llamadas muones, capaces de penetrar la inmensa mole pétrea de la propia pirámide. Este proyecto, conocido como ScanPyramids, consiguió publicar un artículo en la prestigiosa revista científica Nature y de ahí el subsiguiente eco en los grandes medios de casi todo el mundo.

No obstante, si uno lee bien la noticia verá enseguida que se pone mucho más énfasis en la vertiente de la ingeniería y la tecnología empleadas que en una genuina investigación arqueológica. Así, los propios responsables del proyecto, pese a haber publicitado su hallazgo a bombo y platillo, han reconocido que no saben exactamente en qué consiste esa cavidad o espacio vacío. En palabras de uno de los cofundadores del proyecto, Mehdi Tayoubi: “Se trata de una primicia. [La cavidad] podría estar compuesta de una o varias estructuras, tal vez podría ser otra Gran Galería. Podría ser una cámara, podría ser un montón de cosas.” En cambio, buena parte del mundo académico ha sido muy cauto al recibir tal noticia, como el egiptólogo británico Aidan Dodson (Universidad de Bristol), que descarta la existencia de un tesoro o una cámara sepulcral y más bien cree que se trataría de una estructura interna que podría aportarnos algún conocimiento sobre las técnicas de construcción (algo parecido, tal vez, a las bien conocidas cámaras de descarga).

Zahi Hawass (segundo por la derecha)
En cualquier caso, los que sabemos algo de arqueología y seguimos las investigaciones egiptológicas nos hemos quedado prácticamente igual, pues –como los egiptólogos expertos admiten– no hay realmente ninguna primicia o novedad en este proyecto. De hecho, el propio Servicio de Antigüedades egipcio ha visto cierta precipitación en esas declaraciones, no exentas de un cierto rebombo propagandístico. En efecto, como ha afirmado Zahi Hawass, el otrora mandamás del Servicio de Antigüedades, hace muchos años que se vienen llevando a cabo en la Gran Pirámide múltiples proyectos de prospección con tecnologías parecidas y ya se tenía constancia de varias cavidades inexploradas[1]. Asimismo, Hawass recalca que no hay ni un solo egiptólogo profesional en el equipo de ScanPyramids, y que hay que ser muy cuidadoso con los resultados que se transmiten al público.

En fin, todo esto me recuerda mucho a lo que ya expliqué en el artículo La arqueología como espectáculo, haciendo hincapié en que –sobre la base de cierta parafernalia tecnológica– se pretende reinventar la arqueología y presentar descubrimientos espectaculares al conjunto de la población, algo parecido a lo que se hace en otras ciencias “duras”, como la medicina, la biología, la física, la astronomía, etc., con el agravante de que a menudo esos grandes descubrimientos no son tales, porque más bien se trata de especulaciones o exageraciones, por no hablar directamente de errores[2]. Y también en dicho artículo sugerí que tal fenómeno podría estar provocado por el progresivo distanciamiento entre el ciudadano medio y la realidad científica de la arqueología, que se ha hecho tan técnica e incomprensible en algunos aspectos que ha acabado por alejarse de la visión romántica de esta ciencia. Y todo ello sin olvidar que, en contraposición, la arqueología alternativa se presenta como una materia mucho más atractiva para grandes capas de público, básicamente porque se vende como algo más insinuante y misterioso y hasta incluso se permite arremeter muchas veces contra las grandes verdades del paradigma.

Sea como fuere, hay muchos hechos que pasan absolutamente desapercibidos para el gran público y que creo que merecen una profunda reflexión sobre un cierto “doble rasero” que emplea el estamento académico, tanto en la propia investigación –de campo o de laboratorio– como en la difusión posterior de los resultados científicos. Así, resulta que para determinadas investigaciones, las que confirman sólidamente el paradigma, se gastan grandes cantidades de dinero y se emplean numerosos recursos humanos y materiales (sin escatimar esas tecnologías de vanguardia), sobre todo en yacimientos emblemáticos y bien conocidos. En cambio, cuando ciertos indicios, hallazgos o pruebas se perfilan como algo incómodo para el paradigma imperante, entonces se cancelan o posponen las investigaciones, se ponen trabas a las publicaciones, se deniegan los permisos de prospección o excavación, o simplemente se mira para otra parte.

Puerta en un conducto de la Cámara de la Reina
Y para referirme a hechos concretos, citaré algunos casos que en su momento causaron polémica en el ámbito académico, y que –si bien llegaron a ser conocidos por el gran público– luego pasaron al limbo o al olvido: ninguna investigación, ningún seguimiento, ninguna noticia. Por ejemplo, en 1993, en la propia pirámide de Keops, se inició una prospección con sofisticados robots en los mal llamados “conductos de ventilación” de la cámara de la Reina, pero el ingeniero a cargo de los robots, Rudolf Gantembrink, fue apartado del equipo arqueológico por tener ideas propias. Cabe recordar que en esa primera investigación se encontró un tapón o puerta, que luego fue perforada en una segunda exploración por otro robot, para encontrar detrás... otra puerta. Y allí se paró la investigación por órdenes superiores. Y eso por no hablar de la polémica sobre los cartuchos del faraón Khufu (Keops) hallados hace 180 años por el coronel Richard Howard-Vyse en algunas de las cámaras de descarga, cuya autenticidad se ha puesto en duda repetidamente, pero que no parece ser un asunto del más mínimo interés para la egiptología[3].

Y sin salir de la meseta de Guiza, cabe mencionar las exploraciones realizadas en 1991 por los geólogos Robert Schoch y Thomas Dobecki en la Gran Esfinge (el monumento y su recinto). Allí pudieron aplicar diversos métodos y tecnologías –como el georadar– y como resultado detectaron bajo la Esfinge varias cavidades de incierto origen natural o artificial, incluyendo un espacio de formas regulares situado justo debajo de una de las patas de la Esfinge, lo que lanzó la especulación de que se tratara de la famosa “Sala de los Archivos” de los últimos supervivientes de la Atlántida, según había profetizado el vidente Edgar Cayce. Sin embargo, ni entonces ni después (hasta la actualidad) las autoridades egipcias concedieron los oportunos permisos para explorar el subsuelo de esa zona. Por otro lado, hace unos pocos años se comentó en algunos foros de Internet que en determinados puntos de la meseta de Guiza se estaban realizando excavaciones supuestamente oficiales, pero clandestinas, con recintos cerrados y vallados y actividad nocturna (con maquinaria incluida).

Excavaciones en Hueyatlaco (Valsequillo, México)
En fin, no cabe duda de que llevamos dos largos siglos de egiptología y de muchas exploraciones y excavaciones, pero las propias autoridades culturales egipcias admiten que el porcentaje de lo que queda por excavar es muy superior a lo que se ha excavado hasta la fecha y que no hay medios para llegar a todo. Pero lo cierto es que son las propias autoridades las que determinan los criterios que regulan lo que se va a excavar, cómo y cuándo. Los mismos criterios que, por ejemplo, se han aplicado en Valsequillo (México) para dar carpetazo –al menos momentáneo– al que podría ser sin duda el yacimiento arqueológico más importante del continente americano, Hueyatlaco, al cual ya me he referido varias veces en este blog. Allí, en su momento (años 60 y 70) se pusieron muchos medios y recursos científicos, con la ayuda de las más modernas técnicas de datación, hasta que los resultados obtenidos desmontaron –aparentemente– la teoría académica del poblamiento de América.

Del mismo modo, y a pesar de las múltiples opiniones cualificadas de arquitectos, ingenieros y otros técnicos, la arqueología ortodoxa no ha querido analizar a fondo el insólito fenómeno del megalitismo, presente en casi todo el planeta, despachándolo con explicaciones habituales y suposiciones. Así, el estamento académico se ha limitado a situar esta prodigiosa arquitectura en el primitivo neolítico o en el calcolítico, y a negar la evidente tecnología de alto nivel que se desprende de la simple observación científica de muchos de los restos. Aquí también se podrían emplear novedosos enfoques y modernas tecnologías para intentar descubrir las claves del fenómeno, pero se sigue recurriendo a los mismos tópicos, aunque sean prácticamente insostenibles en la práctica. Y es de reconocer que la arqueología alternativa, aunque muchas veces ha patinado o fantaseado en este terreno, al menos ha realizado los esfuerzos precisos para enfocar la cuestión desde una perspectiva genuinamente tecnológica, como podría ser el caso de Chris Dunn, Joseph Davidovits, Jan Peter de Jong, David Childress, etc. 


Bloques de piedra de Puma Punku (Tiahuanaco), con aspecto de haber sido trabajados con maquinaria
Y por desgracia hemos de admitir que existe un largo suma y sigue con otros posibles hallazgos muy prometedores que han quedado totalmente apartados de cualquier intento científico de investigación. En este sentido, es bastante significativo lo que ha ocurrido con la arqueología submarina o subacuática, cuyo alcance todavía hoy es bastante limitado. A este respecto, se puede argumentar que es una actividad compleja, costosa y que requiere de bastantes recursos y de tecnología específica. Sin embargo, la arqueología alternativa ha destapado ya desde hace muchos años la importancia de la investigación de posibles restos de estructuras artificiales situadas en las profundidades marinas, sin que la arqueología académica se haya dado por enterada.

Underworld
Así, como ya describió profusamente Graham Hancock en su libro Underworld (2002), existen en varios puntos del planeta serios indicios de estructuras sumergidas y que podrían corresponder a ciudades costeras que quedaron anegadas bajo las aguas tras una gran catástrofe global sucedida hace unos 12.000 años. Nos estaríamos refiriendo a restos situados en el Caribe (Bimini y Cuba), la costa occidental de la India (en particular el golfo de Cambay), Malta, Taiwán, Japón, etc. Asimismo, se ha constatado la existencia de posibles estructuras en el fondo del lago Titicaca, que serían hipotéticamente aún más antiguas que la ciudad de Tiahuanaco, situada a las orillas del lago. En todos estos casos existen sospechas más que razonables de que los restos observables puedan ser artificiales. Para despejar las dudas, es obvio que se haría necesaria una exploración científica rigurosa y sistemática a cargo de profesionales, pero el estamento académico ha lanzado balones fuera y ha preferido instalarse en la negación, no fuera que al menos uno –sino varios– de estos yacimientos submarinos fueran realmente artificiales y constituyesen la prueba física de la existencia de una civilización perdida antediluviana que se ha venido negando por activa y por pasiva durante décadas.

No vamos a discutir ahora que un proyecto de investigación en este campo sería lento y complicado, y no precisamente barato. Con todo, si existiese la voluntad de montar equipos internacionales multidisciplinares con la financiación y los medios adecuados, tales iniciativas se podrían llevar a cabo con las debidas garantías de profesionalidad y metodología científica. Pero como ocurre con todas las disciplinas, la arqueología está lejos de ser “neutral” y se acomoda a los mandatos y prejuicios del paradigma bien establecido que determinan un cierto modelo de pasado, marcando lo que deben ser los márgenes de la investigación sobre el origen de la Humanidad y de la civilización. Todo lo que violente dicho modelo es considerado simplemente una herejía o un engaño, quedando incluso excluido del beneficio de la duda.

Homo naledi: ¿nueva especie?
Por lo tanto, el factor realmente decisivo para poder implementar auténticos proyectos atrevidos y desafiantes es la inequívoca voluntad política y científica de los que tienen la capacidad y autoridad para ello. Otra cosa es que quieran aceptar el envite. Mientras tanto, se siguen realizando numerosas investigaciones genéticas para desvelar las confusas relaciones entre denisovianos, neandertales y humanos modernos. O se reivindica con vehemencia el hallazgo de un nuevo homínido “que rompe los esquemas paleontológicos establecidos” (como el polémico Homo naledi). O se localizan grandes e inesperados yacimientos neolíticos al lado mismo de Stonehenge. O se excavan y restauran los miles de guerreros de terracota de un complejo funerario chino. O se explora el interior de la Gran Pirámide por enésima vez con las más modernas tecnologías (para quedarnos donde estábamos).

Pero no nos engañemos. Toda esta gran actividad de investigación se corresponde al concepto de arqueología y prehistoria nacido y consolidado en el siglo XIX. En este tiempo, los métodos y las técnicas han evolucionado en gran medida; la visión científica sobre el origen del hombre y de la civilización, no. En suma, mucho bombo y noticias supuestamente sensacionales para el gran público, pero la realidad es que la moderna ciencia arqueológica sigue mareando la perdiz, dando vueltas alrededor de los mismos patrones de pensamiento de hace un siglo o más. ¿A qué están jugando?

© Xavier Bartlett 2017

Fuente imágenes: Wikimedia Commons





[1] A pesar de ello, todavía he podido leer en la prensa española que es la primera vez que se realiza tal tipo de hallazgo (una nueva estructura arquitectónica en el interior de la Gran Pirámide) desde la Edad Media. Esto es simple y llanamente mentira, o tal vez el redactor no se ha preocupado de informarse bien, ya que –dejando aparte las otras investigaciones modernas– las cámaras de descarga no fueron descubiertas hasta los siglos XVIII-XIX.

[2] Justamente, las autoridades egipcias ya están bien escarmentadas con el turbio asunto de la hipotética tumba de Nefertiti y seguramente no quieren incurrir en nuevos ridículos y fiascos. (Véase el artículo recién mencionado.)


[3] Por ejemplo, el investigador independiente Scott Creighton ha hallado numerosos indicios de un posible fraude cometido por Vyse en 1837, pero reconoce que sólo un análisis químico de la pintura empleada y de los restos de pólvora en las paredes podría arrojar luz definitiva sobre el tema. La ciencia oficial, empero, se ha negado a realizar tales pruebas. Cabe recordar que estos cartuchos son la principal, por no decir la única, prueba física in situ que permite asignar la Gran Pirámide al faraón Khufu.