miércoles, 7 de diciembre de 2016

Los insólitos hallazgos de los hermanos Ameghino en Argentina


Introducción


El pasado 2015 dediqué un extenso artículo a la figura de James Reid Moir, un brillante arqueólogo inglés que es totalmente desconocido para las recientes –y no tan recientes– generaciones de prehistoriadores. En dicho texto ya puse de manifiesto que el trabajo de Moir tenía sólidos fundamentos científicos pero acabó siendo desacreditado por la comunidad académica a inicios del siglo XX y posteriormente relegado al olvido. ¿Cuál fue su pecado? Simplemente, defender –a partir de pruebas geológicas y arqueológicas– la existencia de seres humanos en Europa en una época extraordinariamente remota. En otras palabras, cuestionar los modelos teóricos evolucionistas que se estaban empezando a consolidar e imponer en todo el mundo como paradigma científico en prehistoria y paleontología.

El caso de Moir nos podría parecer aislado, pero lo cierto es que, según revelaron los autores Cremo y Thompson en la polémica obra Forbidden Archaeology, entre finales del siglo XIX e inicios del XX unos cuantos prehistoriadores dieron a conocer una serie de hallazgos en diversas partes del mundo de restos presuntamente “anómalos”, que podrían retrasar el inicio de la Humanidad en muchos cientos de miles –o incluso millones– de años. Entre esta casuística, quisiera destacar ahora el esforzado trabajo de los hermanos Florentino y Carlos Ameghino, dos sabios argentinos de reconocido prestigio en su época, cuyos hallazgos más controvertidos han sido arrinconados por la ortodoxia académica, porque no en vano su aceptación pondría en entredicho las teorías sobre el poblamiento humano de América y la evolución humana en general. Pero vayamos a los hechos[1]

Los trabajos paleontológicos de Florentino Ameghino


Florentino Ameghino
Florentino Ameghino (1854-1911) fue un naturalista y paleontólogo argentino nacido en Luján, en la provincia de Buenos Aires. Desde joven mostró gran interés por las ciencias naturales y en su carrera profesional compaginó su trabajo de maestro y librero con extensas y fructíferas investigaciones en el ámbito de la geología, la zoología y la paleontología, lo que le llevó a dirigir el Museo Nacional de Buenos Aires al final de su vida.

En lo que aquí nos ocupa, cabe decir que Ameghino se dedicó a explorar especialmente las provincias costeras de Argentina en busca de fósiles u otros restos paleontológicos, así como de restos de presencia humana (Homo sapiens o sus antepasados evolutivos), pues estaba interesado en identificar indicios de la existencia de un cierto hombre-fósil, según su terminología. Así, en 1887 localizó en Monte Hermoso (a unos 60 km. al noreste de Bahía Blanca, en la provincia de Buenos Aires) un interesante yacimiento paleontológico caracterizado por la presencia de huesos de antigua fauna ya extinta, así como por indicios de actividad humana en la zona. Dichos indicios se componían de una vértebra humana, restos de hogueras, arcilla cocida, escoria, huesos rotos, trabajados y quemados, y bastantes utensilios líticos muy toscos. El problema es que todos estos materiales estaban juntos en unos mismos estratos y eran pues contemporáneos... pero de una época tremendamente antigua. Según la observación geológica efectuada por el propio Ameghino, dichos estratos debían datarse en el Plioceno[2] (entre 5,2 y 1,6 millones de años), que es el último periodo del Terciario. Estos primeros descubrimientos fueron publicados en el diario La Nación, de Buenos Aires.

Estas noticias fueron realmente impactantes, pues en aquella época –aunque el árbol genealógico del ser humano estaba todavía muy verde– se tenía el convencimiento de que el hombre era una criatura propia del Cuaternario, ya fuera del más antiguo Pleistoceno o del más próximo Holoceno (nuestro actual periodo geológico). Pero Ameghino, si bien estaba influido por tales concepciones, creía que las pruebas eran concluyentes y que por tanto había encontrado algún tipo de precursor del hombre extremadamente antiguo y que lógicamente debía ser el ancestro humano más antiguo del continente, e incluso del mundo entero[3]. Y lo que es más, esta antigüedad del ser humano en América podría ser mucho mayor, remontándose incluso al Mioceno (entre 24 y 5,2 millones de años). Para sustentar esta propuesta se refería a los artefactos de pedernal hallados, que tenían un claro paralelismo con otros semejantes descubiertos en Portugal y ubicados en el Mioceno.

Vista de la costa de Monte Hermoso
En 1889 publicó una descripción más detallada de sus hallazgos en Monte Hermoso y en ella hizo notar que había encontrado en medio de los restos de un esqueleto de un Macrauchenia antiqua (una especie de camello de inicios del Plioceno) un artefacto de cuarcita con inequívocas muestras de percusión. En cuanto a la presencia de fuegos y tierra cocida, Ameghino afirmó que no había huellas de actividad volcánica o de incendios accidentales sobre el terreno que justificasen un origen natural de tales restos. Además, la presencia en la zona de huesos quemados junto a las hogueras sería una casualidad demasiado forzada para pensar en el mero azar.

De todos modos, es de justicia apuntar que, en conjunto, los esfuerzos de Ameghino en el campo de la Prehistoria fueron más bien confusos y especulativos, en un intento de diseñar una compleja –y a la vez coherente– cadena evolutiva humana a partir de sus hallazgos. En este afán llegó a hablar de varios ancestros simiescos del hombre con curiosos nombres como Prothomo, Diprothomo, Tetraprothomo, Homo Pampeus[4], etc. Incluso, siguiendo una tendencia claramente darwinista, rozó el racismo al hablar de dos grandes especies humanas modernas, el Homo sapiens (los caucásicos) y el Homo áter (básicamente razas primitivas africanas, australianas, etc. incluyendo los “negritos”). 

La intervención de Ales Hrdlicka

 

Ales Hrdlicka
Lo cierto es que las investigaciones de Florentino Ameghino despertaron el interés de muchos expertos internacionales, y ello provocó el desembarco en Argentina de toda una celebridad de la época, el paleontólogo Ales Hrdlicka, del Smithsonian Institution, que ya había realizado en Norteamérica una intensa campaña de descrédito hacia cualquier propuesta de un poblamiento demasiado antiguo del continente. Así pues, Hrdlicka se presentó con un ánimo altamente crítico y escéptico, y de hecho sus conclusiones –publicadas tras la muerte de Ameghino– pusieron en total entredicho la validez de los hallazgos. Vale la pena que repasemos someramente la controversia creada sobre esta intervención.

En efecto, en 1910, poco antes de fallecer Ameghino, Hrdlicka se desplazó a Argentina para ver por sí mismo los restos y emitir un veredicto definitivo. Por de pronto, Hrdlicka examinó la vértebra hallada en Monte Hermoso (atlas, la primera vértebra, situada en la base del cráneo) y admitió que no era de tipo primitivo o simiesco –como creía su colega argentino– sino que pertenecía a un humano anatómicamente moderno. Pero más allá de esta apreciación, no estaba dispuesto a reconocer una gran antigüedad para los primeros americanos; en todo caso, unos pocos miles de años[5]. Así, tras una rigurosa inspección del yacimiento y de los restos, no puso en duda la artificialidad de los bastos implementos, pero sí de la interpretación geológica de la formación geológica (llamada Puelchense) donde se habían hallado los materiales, que consideraba errónea. En su libro Early Man in South America (1912), Hrdlicka rebatió las dataciones de los descubrimientos de Ameghino con el apoyo de la opinión cualificada del geólogo Bailey Willis, que apreció una “inconformidad” estratigráfica, y del prehistoriador del Smithsonian William H. Holmes, que –además de insistir en la supuesta modernidad de los estratos en cuestión–­ afirmó que Ameghino había confundido artefactos de los nativos con utensilios de unos improbables hombres de un remotísimo pasado.

No obstante, cabe señalar que Florentino Ameghino halló restos similares –sobre todo fuegos y arcillas cocidas y endurecidas– en otros lugares que exploró en la costa argentina y que igualmente los atribuyó a una población humana del Plioceno. Además, según Michael Cremo, Ameghino descubrió en la misma provincia de Buenos Aires la parte superior de un cráneo de un hombre anatómicamente moderno en un estrato de una formación geológica denominada Pre-Ensenadense, datada en 1,5 millones de años.
 

Los descubrimientos de Carlos Ameghino en Miramar


Carlos Ameghino
Tras el fallecimiento de Florentino Ameghino en 1911, su hermano Carlos (1865-1936) –que lo había acompañado en la mayoría de sus investigaciones[6]– prosiguió con los trabajos de paleontología iniciados y emprendió nuevas exploraciones en la costa sur de Buenos Aires, entre las cuales cabe destacar con mucho el yacimiento de Miramar.

Así, entre 1912 y 1914 Ameghino estuvo excavando en dicha zona bajo los auspicios del Museo de Historia Natural de Buenos Aires y del Museo de la Plata. Concretamente se centró en una barranca que se extendía frente a la costa, en la cual halló numerosas herramientas de piedra. Para determinar su datación recurrió a cuatro reconocidos expertos geólogos de la Dirección General de Geología y Minas de Buenos Aires y del Museo de la Plata. Tras examinar la zona, los geólogos establecieron que los artefactos se hallaban en sedimentos inalterados del Chapadmalenense, una formación típica del Plioceno, con una antigüedad de unos 2-3 millones de años (según estimaciones recientes de geólogos como Anderson y Marshall). Además, durante su visita pudieron ver la extracción in situ de restos de tierra quemada, escoria, un cuchillo de pedernal y una bola (pequeña piedra esférica con una estría central usada como proyectil).

Bolas halladas en Miramar
Animado por estos resultados, Carlos Ameghino continuó sus excavaciones en Miramar y así pudo desenterrar los restos de un toxodon, un mamífero del Plioceno parecido a un rinoceronte, con la particularidad de que el fémur de este animal tenía clavada una punta de piedra, una pieza bien trabajada[7], lo que mostraba que hacía 2-3 millones ya había humanos capaces de realizar tales artefactos en aquella parte del mundo. Algunos críticos adujeron entonces que el toxodon había sobrevivido hasta hacía unos pocos miles de años en Sudamérica, lo que es del todo cierto, pero Ameghino observó que el ejemplar hallado era un adulto de pequeño tamaño, una especie muy antigua llamada Toxodon chapalmalensis, antecesora de los toxodones de mayor tamaño de épocas posteriores. Finalmente, cabe destacar que en el mismo yacimiento de Miramar, en 1921, el investigador Milcíades Alejo Vignati descubrió una mandíbula humana de aspecto “moderno” en un estrato del citado Chapadmalenense, que también fue objeto de polémica. 

Reacciones escépticas a los hallazgos de Carlos Ameghino


Al igual que ya había sucedido con su hermano Florentino, Carlos Ameghino topó enseguida con una fuerte oposición académica a sus propuestas, tanto desde Argentina como desde el extranjero. Así, el geólogo argentino Antonio Romero, en un artículo de 1918, ya aludió a que las formaciones geológicas visibles en Miramar eran recientes y que la erosión por agua había provocado el desplazamiento y mezcla de los diversos fósiles y capas en la inconsistente estratigrafía de la barranca. Sin embargo, otros geólogos –incluyendo al crítico Willis– no habían apreciado tal dislocación de estratos, sino una secuencia estratigráfica horizontal que se mantenía intacta en casi toda la extensión de la barranca, a excepción de una zona afectada por una marcada hondonada.

Reconstrucción de un toxodon
A su vez, el paleontólogo francés Marcellin Boulle, afirmó que el fémur de toxodon con la punta incrustada se había desplazado de lechos superiores a otros inferiores, y que la pieza se debía asignar a un paradero, un antiguo asentamiento indígena. Asimismo, remarcaba que los artefactos hallados eran escasos y dispersos y muchos podrían ser fruto de fracturas naturales. También pensaba que algunos artefactos –en concreto las bolas– se correspondían con los mismos modelos usados por las tribus nativas locales, según había documentado el antropólogo de origen sueco Eric Boman. No obstante, esta observación eliminaba la posibilidad real de que los artefactos apenas hubieran evolucionado a lo largo de cientos de miles (o millones) de años, y por consiguiente no se puede considerar un argumento definitivo en contra de la antigüedad de las piezas halladas[8]. Por otro lado, Boman llegó a sugerir la sospecha de que uno de los colaboradores más cercanos de Ameghino, Lorenzo Parodi, hubiera cometido fraude en el hallazgo de las bolas, e incluso en el de la punta clavada en el fémur de toxodon, y ello a pesar de que el propio Ameghino le había dicho que Parodi era una persona de su entera confianza.

Así las cosas, Boman se desplazó a Miramar en noviembre de 1920 y pudo observar cómo el propio Parodi hallaba in situ y extraía cuidadosamente varias bolas (de origen inconfundiblemente humano) incrustadas en estratos inalterados del Plioceno. Así pues, Boman acabó por abandonar la tesis del fraude y dejó la puerta abierta a la hipotética existencia de población humana en Miramar durante el Plioceno. 

Reflexiones sobre las investigaciones de los Ameghino


A día de hoy, los hermanos Ameghino gozan sin duda de una buena reputación y reconocimiento popular y científico por su abnegada labor pionera en los estudios geológicos y paleontológicos en Argentina. Esto nadie lo discute y los méritos son los que son. Sin embargo, por lo que he podido comprobar en una somera aproximación a su trabajo, sus hallazgos más polémicos –referentes a la existencia de seres humanos en el Terciario– son muy poco citados en las fuentes modernas. En los escasos comentarios recientes sobre esta cuestión, he apreciado que se suele recurrir básicamente a tres argumentaciones:

  1. Se produjeron errores en la interpretación y datación de las formaciones geológicas observadas, lo que se trasladó a una incorrecta interpretación arqueológica de los restos. Para varios expertos, lo que los Ameghino interpretaron como Plioceno era en realidad Pleistoceno (en el Cuaternario).
  2.  Es muy posible que los hallazgos “anómalos” simplemente se debieran a intrusiones o desplazamientos de materiales modernos a estratos inferiores más antiguos, por la acción de los agentes naturales.
  3.  Los Ameghino estaban muy influenciados por el incipiente evolucionismo y por ciertos hallazgos prehistóricos, y seguramente estaban obsesionados por descubrir ancestros del hombre extremadamente antiguos, como el llamado hombre de Java o Pithecanthropus, identificado a finales del siglo XIX. Además, en aquella época la posibilidad de remontar el origen de la Humanidad al Terciario todavía era objeto de serios debates en los círculos de prehistoriadores.

Artefactos hallados por F. Ameghino
Así, los paleontólogos Eduardo Tonni y Laura Zampatti[9], consideran que esta obsesión por hallar el hombre-fósil fue la causa de la aceptación de unas pruebas en principio inconsistentes. Por otro lado, opinan que ya en su época los hallazgos de Miramar fueron objeto de debate y controversia, e incluso de sospecha de fraude o manipulación, como ya se ha apuntado previamente. En cuanto a la supuesta gran antigüedad de los hallazgos, estos autores afirman que incluso ya en aquella época era inadmisible suponer que los artefactos líticos no habían sufrido variación a lo largo de cientos de miles de años, cuando la propia prehistoria europea había mostrado a las claras tal evolución a través de las diversas industrias líticas, que incluso el propio Florentino Ameghino había reconocido en un viaje a Europa. Y en el caso concreto del “fémur flechado”, niegan que la punta estuviera engastada en el hueso. A su juicio, se trataba realmente de una raedera fragmentada, similar a otras que se han hallado en estratos superficiales de la región y que tienen una antigüedad máxima (obtenida por radiocarbono) de unos 5.700 años AP[10]. Finalmente, Tonni y Zampatti acaban lamentando que mientras en Gran Bretaña se investigó y se destapó la verdad sobre el caso del Hombre de Piltdown, en Argentina unos hechos similares fueron escondidos u olvidados durante décadas[11].

Obras completas de F. Ameghino
 
A su vez, el arqueólogo argentino Mariano Bonomo, en un artículo dedicado al Hombre fósil de Miramar[12], plantea cuatro escenarios para explicar el revuelo provocado por las propuestas de los Ameghino: 1) que se tratase de un hallazgo genuino; 2) que los estratos correspondiesen en realidad al Cuaternario temprano; 3) que los materiales en cuestión no estuviesen in situ (o sea, que fueran intrusivos); y 4) que todo fuese un burdo fraude perpetrado presuntamente por Lorenzo Parodi. 

En cualquier caso, en sus conclusiones, Bonomo destaca que la aparición de ese homínido tan antiguo se debería enmarcar en “la construcción artificial de una identidad nacional”, que ofrecía a la comunidad científica y al pueblo unos ilustres ancestros del mismo nivel (o superior) que otros notables descubrimientos prehistóricos en otros países, lo cual sería motivo de una especie de orgullo científico-patriótico.

En suma, para estos expertos modernos, los hermanos Ameghino estaban imbuidos por la ciencia positivista de la época y fueron sobrevalorados como sabios nacionales, una tendencia muy de moda en aquellos tiempos. Así pues, poca gente en su país se atrevió a alzar la voz contra sus errores y prácticas amateurs, al tiempo que se rechazaban mayoritariamente las críticas procedentes del extranjero. Lo que sí se aprecia, en retrospectiva, es que quizás sus grandes logros en el terreno geológico y paleontológico pudieron tapar de algún modo los supuestos “patinazos” cometidos en el ámbito de la Prehistoria.

En definitiva, se podría acusar a los Ameghino de cierta impericia o falta de rigor en determinadas prácticas o investigaciones, pero en su favor podemos decir lo siguiente:

a)   Aplicaron los métodos científicos disponibles en la época como mejor pudieron y supieron. Al respecto, cabe decir que –a pesar de ser autodidacta– Florentino Ameghino acumuló un notable conocimiento y experiencia a lo largo de los años y estuvo en Europa para aprender de los eruditos más destacados del momento en el ámbito de la Prehistoria.
b)  Nadie ha podido demostrar fehacientemente, ni entonces ni en la actualidad, que los Ameghino fueran responsables del más mínimo intento de fraude o tergiversación de las pruebas (a pesar de los múltiples ataques sobre el proceder de Parodi)[13].
c)     La geología de aquella época no estaba tan desarrollada como en la actualidad. Además, no había dataciones radiométricas y el terreno estaba por explorar en su casi totalidad. En cualquier caso, consultaron sus hallazgos paleontológicos con expertos geólogos de la época que corroboraron mayoritariamente sus conclusiones.
d)  Los Ameghino tenían como referencia otros múltiples hallazgos de restos humanos de extrema antigüedad en diversos puntos del planeta realizados a finales del siglo XIX e inicios del XX, por lo que disponían de un contexto relativamente coherente donde encajar sus descubrimientos.
e)   No se puede aplicar a rajatabla el criterio de que los trabajos de aquella época no eran metódicos ni fiables. Muchos defectos que se achacan a esas investigaciones no aceptadas recaerían también sobre muchos hallazgos prehistóricos y paleontológicos desde mediados del siglo XIX que aún se siguen dando por válidos. 

Conclusiones


Florentino Ameghino sin duda fue muy audaz al proponer un origen sudamericano para la población humana de todo el continente (y del planeta entero), y más aún al citar una antigüedad que se podía ir a los dos millones de años. Se le podría achacar cierto chauvinismo y ganas de protagonismo a la hora de marcar un hito en la investigación de la evolución humana, y parece claro que, a la hora de lanzar sus osadas propuestas, se dejó llevar por su estricta concepción darwinista y por las eventuales pruebas que había encontrado sobre el terreno. Por lo demás, de su trabajo –y el de su hermano Carlos– se deduce cierta honestidad y amplitud de miras, y en ese sentido no se le puede acusar más que de posibles errores y confusiones en unas ciencias que todavía se estaban construyendo a trompicones, no sólo en América, sino también en todo el mundo.

De todas formas, repasando el exhaustivo trabajo de Cremo y Thompson, vemos que el caso de los Ameghino no fue ni mucho menos único en aquellos tiempos. En varias partes del mundo, incluyendo la vieja Europa, diversos investigadores bien preparados y con sólidos conocimientos geológicos y paleontológicos hallaron restos atribuidos a humanos modernos (tipo sapiens) –ya fueran huesos o artefactos– en estratos de una enorme antigüedad, de cientos de miles o incluso millones de años. Tales hallazgos fueron aceptados entonces por gran parte de la comunidad académica, si bien también recibieron fuertes ataques, que acabaron por hacerlos desaparecer prácticamente de la literatura científica, al igual que los casos de Monte Hermoso y Miramar. Cabe la posibilidad, por supuesto, de que estos científicos se equivocasen, pero... ¿todos?

Artefactos de la cultura Clovis
Es evidente que en algún momento de inicios del siglo XX se produjo una ruptura con ciertos datos “anómalos” y desde ese punto la evolución humana se fue modelando a partir de determinados hallazgos con determinadas dataciones, conformando un cuadro en el cual todo (o casi todo) debía encajar. De esta manera, el estamento académico americano, ya desde la época de Hrdlicka, fue rechazando sistemáticamente una presencia humana muy antigua en el continente, a la vez que apostaba por un poblamiento reciente, de sólo unos pocos miles de años. Esta filosofía se afianzó con el hallazgo de la llamada cultura Clovis[14] (supuestamente la más antigua de América), datada en unos 12.000 años de antigüedad. Con el tiempo, el paradigma tuvo que doblegarse ante la realidad, al menos parcialmente, pues diversas excavaciones habían revelado la existencia de asentamientos humanos más antiguos, y eso provocó en los círculos arqueológicos la aceptación de un horizonte “Pre-Clovis”, con un límite que se ha fijado aproximadamente en unos 25.000 años de antigüedad[15]. Todo lo que va más allá es simplemente imposible, no existe.

Yacimiento de Hueyatlaco (México)
Ante esta posición, puede que las propuestas de los Ameghino nos parezcan fuera de lugar, al hablar de humanos –ya sean modernos o arcaicos– en el Terciario, pero lo que no se puede obviar es que durante el siglo XX se llevaron a cabo varias excavaciones en América que arrojaron datos contrastados[16] que invalidaban el modelo impuesto por el paradigma. Así, tenemos yacimientos medio olvidados o polémicos desde Alaska a la Patagonia que han dado indicios de presencia humana en unas épocas muy remotas. Por ejemplo, basta citar los casos de Monte Verde (Chile) con 33.000 años; Sheguiandah (Canadá), entre 65.000 y 125.000 años; Texas Street (EE UU), entre 80.000 y 90.000 años; Calico (EE UU), unos 200.000 años; Toca da Esperança (Brasil), entre 200.000 y 290.000 años; y Hueyatlaco (México), entre 250.000 y 400.000 años.

En la mayor parte de estos casos cabe señalar que los propios científicos a cargo de las excavaciones –o de las dataciones en particular– fueron ignorados, marginados, represaliados o defenestrados. Entre estas víctimas del dogmatismo estuvo nada menos que Louis Leakey, el gran paleontólogo de fama mundial, que apoyó las dataciones obtenidas en Calico –donde estuvo trabajando varios años–  frente a una gran mayoría de “expertos” que le dijeron que se había equivocado por completo: o los estratos donde se habían hallado los objetos no eran tan antiguos o bien los objetos no eran artefactos sino geofactos (piedras modificadas por agentes naturales, no por el hombre).

Así pues, tal vez las apreciaciones geológicas realizadas en la época de los Ameghino se hubieran excedido al apuntar a unas dataciones tan extremas, pero es bien posible que los hallazgos fueran genuinos y muy antiguos, coincidiendo con el resto de evidencias en todo el mundo y sobre todo con los datos posteriores obtenidos en el propio continente americano. Todo ello nos indica que tanto la teoría del poblamiento humano de América como el modelo establecido de la evolución humana podrían estar muy equivocados y que deberían replantearse a fondo.

© Xavier Bartlett 2016

Fuente imágenes: Wikimedia Commons y artículo de M. Bonomo


[1] La mayor parte del siguiente contenido está basado en la obra de Cremo y Thompson, que ciertamente puede ser considerada partidista o sesgada en el sentido que, como mínimo, otorga el beneficio de la duda a unas propuestas que actualmente o son directamente ignoradas o son consideradas un disparate por el estamento académico.
[2] En realidad, Ameghino identificó incorrectamente esos estratos, atribuyéndolos al Mioceno, pero hoy se cree que pertenecen al Plioceno temprano y medio.
[3] Al respecto, algunos han alegado que Ameghino hizo un ejercicio de “nacionalismo científico”, pero cabe recordar que a lo largo del siglo XX otros prehistoriadores de África, Rusia o China han realizado afirmaciones similares sobre el origen “único” (o como mínimo, compartido) de los humanos en sus respectivos territorios.
[4] Este sería, según Ameghino, el antecesor del Homo sapiens, que habría pasado de Sudamérica al norte del continente y luego a Asia y Europa.
[5] En cambio, los prehistoriadores europeos de esa época parecían más receptivos a la idea de una humanidad extremadamente antigua (también en América), a la vista de algunos descubrimientos.
[6] De hecho, Carlos realizó mucho más trabajo de campo que su hermano, viajando hasta la Patagonia y otras regiones en busca de fósiles para luego enviarlos a Florentino.
[7] Ameghino la describe como “una lasca de cuarcita obtenida por percusión, de un solo golpe, y retocada en sus bordes laterales, pero sólo en una superficie, y luego apuntada en sus dos extremos por el mismo proceso de retoque, dándole una forma aproximada de hoja de sauce, y por consiguiente semejante a las dobles puntas de tipo Solutrense.”
[8] A este respecto, los antropólogos han identificado en África algunas toscas piezas talladas por tribus actuales que tienen una gran semejanza con artefactos localizados en los mismos territorios con antigüedades de hasta dos millones de años.
[9] TONNI, E.; ZAMPATTI, L. El “Hombre Fósil” de Miramar. Comentarios sobre la correspondencia de Carlos Ameghino a Lorenzo Parodi. Revista de la Asociación Geológica Argentina. vol. 68 no.3 Buenos Aires, setiembre 2011.
[10] Antes del Presente, o sea, alrededor de 3700 a. C.
[11] Sin embargo, para ser justos, el fraude de Piltdown se aclaró ¡más de 30 años después de salir a luz pública!, y mientras tanto fue un exponente capital de la evolución humana, aunque ciertamente el caso fue motivo de controversia durante esos 30 años.
[12] BONOMO, M. El Hombre fósil de Miramar. Intersecciones en antropología, n.º 3. ene./dic. 2002
[13] Hay que remarcar que en muchos hallazgos notables y aceptados (sobre todo a lo largo del siglo XIX e inicios del XX), fueron los operarios o colaboradores del científico los que de hecho recuperaron o extrajeron los objetos y nunca se habló de malas prácticas o fraudes.
[14] Yacimiento arqueológico de Nuevo México (EE UU), excavado en los años 20 del pasado siglo.
[15] Fecha aportada por la National Science Foundation, ante la pregunta del arqueólogo disidente Chris Hardaker sobre qué máxima antigüedad se debía atribuir a los primeros americanos.
[16] Incluyendo dataciones radiométricas, a veces confirmadas con más de un método, como en Hueyatlaco.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

¿Llegaron los antiguos egipcios a Australia?


Introducción


Cuando los investigadores alternativos tratan de retar el conocimiento académico en arqueología suelen echar mano de ciertos objetos llamados ooparts, unos artefactos que supuestamente están fuera de lugar y de tiempo, esto es, que no deberían estar en el contexto en que fueron encontrados. En este sentido, el antiguo Egipto es toda una fuente de ooparts. Por una parte, muchos autores consideran que el Egipto faraónico está lleno de anomalías de diverso tipo, con numerosos objetos y monumentos supuestamente imposibles para los conocimientos y la tecnología de aquella época, empezando por las grandes pirámides o los sarcófagos del Serapeum y acabando por pequeños objetos como el disco de Sabu o el “planeador” de Saqqara. Por otra parte, tenemos noticias de descubrimientos de objetos egipcios en lugares excepcionalmente lejanos que podrían indicar que los antiguos egipcios navegaron por casi todos los mares del planeta.

Desde luego, en este segundo supuesto se debe ser muy prudente y conocedor de la arqueología convencional, pues no es ningún misterio que en toda la área mediterránea, y aun fuera de ella, podemos encontrar muchos objetos de origen egipcio debido a los contactos comerciales y culturales que se produjeron desde tiempos muy remotos, en los que no necesariamente estaban implicados los propios egipcios. Así pues, sabemos que los fenicios y otros pueblos mediterráneos difundieron ampliamente la cultura material egipcia, y los propios griegos y romanos fueron grandes amantes de la ciencia, la cultura y el arte de los egipcios. Ahora bien, todo tiene un límite, pues ya no es tan fácil admitir el hallazgo de genuinos objetos egipcios en tierras muy distantes, incluso separadas de Egipto por grandes océanos. Con todo, esto no cierra absolutamente la viabilidad de los contactos, pero sí los hace bastante improbables.

Pero lo cierto es que los rumores, indicios y supuestas pruebas sobre esta difusión lejana de la cultura egipcia se remontan al siglo XIX y prácticamente se han mantenido hasta la actualidad, sobre todo a raíz de las teorías difusionistas, que estuvieron muy en boga hasta mediados del siglo XX[1]. Así pues, desde hace décadas no han faltado fantásticas historias sobre hallazgos de restos egipcios en América y especialmente en los EE UU. El caso más sonado y que todavía trae cola es el de un presunto asentamiento o santuario egipcio subterráneo excavado en la roca del Gran Cañón del Colorado y que fue explorado a inicios del siglo XX por un tal G. E. Kinkaid, arqueólogo del Smithsonian Institution. Esta exploración mereció un artículo en la Arizona Gazzette, del 5 de abril de 1909, pero desde entonces las autoridades académicas no han dado ningún crédito a esta historia, o le han restado importancia, considerando que fue un cúmulo de errores o exageraciones[2]. Sea como fuere, esta historia es fascinante y recuerda en muchos aspectos a las oscuras pesquisas en otra legendaria cueva, la de los Tayos, en Sudamérica, con supuestos tesoros y objetos de una civilización perdida.

Lamentablemente, sin documentos fiables de primera mano ni restos físicos disponibles, todas estas proclamas se quedan en papel mojado hasta que no se realicen estudios serios y rigurosos que puedan aportar pruebas fehacientes. Ahora bien, en contrapartida, no deja de ser curioso que algunos investigadores hayan citado la presencia de cocaína y tabaco –plantas originarias de América– en algunas momias egipcias (de la época dinástica), lo cual tiene difícil explicación según el paradigma actual en arqueología, a menos que planteemos la posibilidad real de que efectivamente hubo contactos vía marítima entre ambos continentes en los tiempos faraónicos.

Sin embargo, lo que todavía puede ser más sorprendente para el lector es que varios autores, a partir de ciertos indicios arqueológicos, han considerado seriamente la posibilidad de que los antiguos egipcios hubieran llegado nada menos que a Australia, que es prácticamente el otro extremo del mundo. Vamos a explorar pues estas osadas propuestas, que en principio podrían parecer muy estrambóticas, y sin embargo...

Jeroglíficos y pirámides


Empecemos por el principio. En general, tenemos la idea de que el imperio de los antiguos egipcios se extendió por una pequeña parte de África y de Oriente Medio y que sus exploraciones fueron limitadas o modestas si las comparamos con las de otros pueblos como los fenicios y los griegos. No obstante, los egipcios fueron más allá del Nilo y del Levante Mediterráneo, si bien algunas de estas empresas fueron llevadas a cabo por fenicios al servicio de la corona egipcia. En este sentido, tenemos constancia histórica de que el faraón Necao II (siglo VII a. C.) organizó una expedición de circunvalación de África a cargo de navegantes fenicios. Por otro lado, no es impensable que los egipcios, a través del Mar Rojo, pudieran haber explorado lejanas tierras africanas, o incluso islas y territorios del Océano Índico. El problema es que Australia sigue quedando muy lejos y que la conexión entre Egipto y el Lejano Oriente carece de pruebas consistentes.

Y aquí llegamos al quid de la cuestión. ¿Tenemos indicios lo suficientemente sólidos para defender la hipótesis de la llegada de los egipcios a Australia, aunque fuera de manera accidental (o sea, por obra de las tempestades)? Veamos lo que se argumenta desde el campo alternativo.

Jeroglíficos de Gosford (Kariong, Hunter Valley)
Si nos referimos a la tradición literaria, sabemos que existe una vieja historia egipcia llamada El relato del náufrago, en la cual se narra la odisea de un marino egipcio que sobrevivió al naufragio de su nave cuando se dirigía a territorio nubio. Pues bien, resulta que en Australia se encontró una representación del dios Anubis y una serie de unos 300 jeroglíficos –conocidos hoy en día como los jeroglíficos de Gosford– en un lugar llamado Kariong, en el Parque Nacional de Hunter Valley (Nueva Gales del Sur), en los cuales se mencionan las calamidades de una expedición egipcia comandada por dos nobles llamados Nefer-Ti-Ru y Nefer-Djeseb, supuestos hijos del faraón Khufu (Keops), que fueron parar a aquellas lejanas tierras víctimas de un naufragio. Además, en el texto se cita el nombre de otro faraón, Djedefre, también de la IV dinastía.

Estos signos ­están esculpidos sobre dos paredes de arenisca de un barranco, y muestran un aspecto arcaico, de las primeras dinastías. En cuanto a su descubrimiento, al parecer ya habían sido reconocidos por varias personas desde inicios del siglo XX, pero los primeros estudios datan del redescubrimiento de estos jeroglíficos, en los años 70, y de la primera traducción a cargo del egiptólogo australiano Ray Johnson. Según este trabajo, el texto completo explica la aventura de un grupo de náufragos que arribó a unas costas desconocidas y que tras recorrer penosamente tierras áridas y hostiles vio como uno de sus líderes, Nefer-Ti-Ru, sucumbía al ataque de una serpiente. El texto tenía carácter funerario, pues se mencionaba el enterramiento de este personaje a cargo de su hermano Nefer-Djeseb, pero las pocas prospecciones que se hicieron en el lugar no revelaron la presencia de ninguna tumba ni tan siquiera de ningún objeto egipcio. No obstante, Steven y Evan Strong, investigadores alternativos locales, dicen haber identificado cerca de las inscripciones algunas cavidades y túneles que podrían constituir una estructura artificial.

Situación de Gympie en Australia
Pero, puestos a ver ooparts monumentales, los alternativos han llamado la atención sobre una presunta pirámide escalonada en la localidad de Gympie (Queensland), que sería un legado de los antiguos egipcios. Se trata de una estructura escalonada de unos 40 metros de altura que aprovecha la forma abrupta del terreno y que está formada por una serie de terrazas de 1,20 metros de alto cada una, sustentadas por grandes piedras colocadas más o menos bastamente. En las proximidades de esta estructura se hallaron algunos pequeños objetos de gran antigüedad incluyendo un presunto escarabeo (amuleto en forma de escarabajo, un animal sagrado para los egipcios)[3]. Lo cierto es que existen otras construcciones similares en Australia, de tipo megalítico, y que los aborígenes las atribuyen al tiempo de los gigantes, una tradición con mucho arraigo en la cultura local. En el caso concreto de Gympie, se sabe que por lo menos ya era conocida por el hombre blanco desde 1850.

Por otro lado, los partidarios de la presencia egipcia en el continente austral mencionan la estatua de un babuino hallada también en Gympie, cerca de la supuesta pirámide, y que tiene un parecido razonable con las representaciones del dios de la sabiduría Toth de los antiguos egipcios. Este objeto fue descubierto en 1966 y, aunque estaba muy erosionado por el paso del tiempo, presentaba unas formas simiescas inconfundibles. Asimismo, se habla de un conjunto de 17 piedras de granito grabadas con caracteres fenicios, las piedras de Toowoomba, con textos de tipo religioso que hacen referencia a dioses semíticos y egipcios. También cabe citar el hallazgo en un campo de Kyogle (Nueva Gales del Sur) en 1983 de un amuleto de ámbar en forma de obelisco de supuesto origen egipcio. Y rizando el rizo, otros investigadores han relacionado ciertas figuras solares presentes en los grabados aborígenes con la representación del disco solar y los rayos del dios Atón[4].

Finalmente, cabe reseñar otro posible rastro de la cultura egipcia en aquellas tierras, y es el hallazgo de diversas momias semejantes a las que se pueden encontrar en Egipto. El investigador independiente Paul White cita la práctica de este tipo de enterramiento en algunas tribus aborígenes, y se refiere en particular al método de momificación identificado en un cuerpo hallado en 1875 por la expedición Chevert[5] y procedente de los nativos de la isla de Darnley. Según el especialista que examinó dicha momia, el prestigioso médico Raphael Cilento, las incisiones y metodología del embalsamamiento se correspondían con las prácticas egipcias empleadas durante las dinastías XXI a XXIII. White también menciona otro examen de una momia hallada en Nueva Zelanda en 1931, a cargo del antropólogo Sir Grafton Elliot-Smith, que consideró que el cráneo de ésta pertenecía a un antiguo egipcio, con al menos 2.000 años de antigüedad. Pero además es de señalar que, más allá de los rituales, los aborígenes tenían unas creencias funerarias sobre el mundo de ultratumba muy similares a las antiguas egipcias. Aparte, en los dialectos de muchas tribus nativas hallamos vocablos idénticos o muy similares a los egipcios para designar conceptos como serpiente, sol y muerte.

¿Demasiado bueno para ser verdad?


Frente a toda esta parafernalia de datos, parecería que todo está bastante claro a favor de esa presencia egipcia en Australia, pero las cosas no son tan simples y cabe realizar algunas matizaciones, críticas y reflexiones. En este sentido, cabe señalar que los académicos y los llamados escépticos han arremetido contra todas estas proclamas desde su clásica mentalidad instalada en el paradigma imperante pero también desde un análisis riguroso de las pruebas disponibles,  y en este caso es de justicia reconocer que han destapado no pocas incongruencias, sesgos, especulaciones y sobre todo una notable falta de datos fiables o contrastables. De hecho, existen algunas fuentes de información alternativa (eso sí, muy presentes en Internet) y unos pocos libros y artículos, pero en general se trata de datos de complicada trazabilidad y con una gran escasez de documentación original.

Transcripción de los jeroglíficos de Gosford
Así, el buque insignia de las argumentaciones alternativas, el conjunto de jeroglíficos de Gosford, ha sido objeto de fuertes críticas, siendo calificado por todos los expertos que han examinado los signos como un burdo fraude cometido en el pasado siglo XX. Por de pronto, en primer lugar, está claro que por mucho que se quiera relacionar el Relato del náufrago con la historia de Nefer-Djeseb, estamos ante una simple comparación que sin más detalles no permite identificar el lugar a donde fue a parar el náufrago. En segundo lugar, Kariong, en Nueva Gales del Sur, está en la costa este australiana, y deberíamos suponer que la nave egipcia naufragó justo en la otra costa (la oeste, más próxima al Índico, por donde deberían haber venido los egipcios). Lo lógico hubiera sido encontrar algún resto en la otra costa y no en el otro extremo del continente, si bien el propio texto dice que los náufragos atravesaron duros territorios (¡casi toda Australia, que no es poca cosa!). Así, da la impresión de que el propio texto parece tratar de justificar la presencia de esos jeroglíficos en aquel remoto lugar tan al este...

En tercer lugar, está la opinión profesional de los expertos en escritura jeroglífica, que no apoyan la autenticidad de las inscripciones. El profesor Boyo Ockinga, del departamento de Historia Antigua de la Macquarie University, ha estudiado los jeroglíficos y ha concluido que son falsos por estos motivos:
  •  La manera en que están dispuestos los jeroglíficos no es propia de los egipcios; muestran un inusual desorden (algunas otras opiniones inciden en que en realidad el texto está muy deslavazado y no ofrece una historia coherente).
  •  Las formas de algunos signos no se corresponden con el estilo del Imperio Antiguo, sino con formas mucho más tardías, nada menos que 2.500 años posteriores. No hay manera de explicar este enorme desfase cronológico.
  • Es muy extraño, como ya se ha comentado, que estas inscripciones aparezcan en la costa este, cuando deberían estar al oeste del país.
Para Ockinga, estos jeroglíficos posiblemente daten de la década de 1920, cuando hubo una gran expectación mundial por el descubrimiento de la tumba de Tutankhamon, a lo que habría que sumar el hecho de que muchos soldados australianos habían estado estacionados durante la Primera Guerra Mundial en Egipto y se habían familiarizado con la escritura jeroglífica. Y en efecto, se tiene constancia de la existencia de otros grabados falsos pseudo-egipcios realizados por soldados que habían estado en Egipto, si bien corren rumores de que las inscripciones podrían ser mucho más “modernas”, realizadas por un emigrante yugoslavo aficionado a la egiptología en los años setenta, o por unos estudiantes de arqueología de la Universidad de Sydney, ya en los 80. A su vez, el egiptólogo australiano Naguib Kanawati ha afirmado que los signos grabados pertenecen a diferentes épocas y que incluso algunos de ellos fueron dibujados al revés.

Asimismo, diversos críticos han incidido también en otras graves anomalías como varios errores en la representación de los signos, la forma totalmente inusual de los cartuchos de los faraones (completamente rectangulares), la mención a dos hijos desconocidos de Khufu, la incorrecta forma Re-Heru para citar al dios Re-Horakhty[6], etc. Y para cerrar la polémica, en cuarto lugar, los geólogos locales han señalado que los petroglifos de los aborígenes realizados en la misma zona y sobre la misma arenisca muestran una erosión mucho más marcada... y apenas tienen unos 250 años de antigüedad. 

Petroglifos realizados por aborígenes australianos
De todas formas, se debería reconocer que el falsificador no podía ser un soldado iletrado o un mero aficionado a la egiptología. Seguramente debía tener cierta habilidad artística, así como unos buenos fundamentos de la antigua lengua egipcia, pues el contenido, aunque extraño, trata de explicar una historia con el lenguaje y escritura de los antiguos egipcios. Lo que cuesta de entender es quien se tomaría la molestia de realizar tanto trabajo, de forma anónima y con qué fines (¿sólo como una broma o para ganar una apuesta?). Lo que a todas luces sorprende un poco es que el traductor de los signos, el supuesto egiptólogo Johnson[7], diera el texto por bueno y afirmara que las inscripciones correspondían a la tumba del Señor Nefer-Ti-Ru, hermano de Nefer-Djeseb.

Y para complicar más el asunto, el investigador Steven Strong aduce que Aunty Beve, una anciana aborigen guardiana de las antiguas tradiciones, le había confesado que las inscripciones eran genuinas, de los antiguos egipcios, y que habían sido conservadas por los aborígenes a lo largo de las generaciones. Y para sorpresa de Strong, esta mujer le reveló que en aquella región había otras inscripciones similares aún más antiguas, y no egipcias sino locales, lo que permitía a Strong sugerir la osada hipótesis de que quizá habrían sido los egipcios los que habrían recibido el don de la escritura de los pobladores de la Australia prehistórica. En este sentido, se ha sugerido que la escritura empleada en Gosford sería una especie de “proto-jeroglífico” muy antiguo, antecesor de la escritura usada en época dinástica.

Mi opinión personal al respecto es que las afirmaciones de la anciana aborigen carecen de toda base científica, haya o no intención de fraude por su parte, y que Strong y otros no han tenido en cuenta que existen en Egipto unos restos de un sistema de escritura muy simple anterior a la época dinástica[8], y que no se parece a lo que se puede ver en Kariong. Además, en un texto que cita personajes del Imperio Antiguo no es de esperar que se usase un “proto-jeroglífico” sino la escritura propia de la época, que nos es totalmente conocida[9].

Pirámide de Java, en el Pacífico
En cuanto al tema de la pirámide de Gympie, el estamento académico tampoco reconoce que se trate de una pirámide egipcia, ni siquiera un monumento antiguo, sino una estructura reciente, del siglo XIX, cuando los colonos blancos trataron de construir unas terrazas para el cultivo pero que acabaron por abandonar por la mala calidad del terreno[10]. De todos modos, aunque pudiéramos reconocer que es una pirámide, hay que señalar que dichas estructuras en terrazas o plataformas tienen otros claros paralelos en varias islas del Pacífico y nunca han sido relacionadas con los egipcios, sino con los antepasados de las tribus actuales, que algunos autores han querido agrupar bajo la etiqueta de una “civilización perdida” que habría edificado esas pirámides, así como ciertas estructuras megalíticas muy notables. En cualquier caso, no se ha realizado en la zona ningún estudio arqueológico serio, por lo cual nos movemos aún en el terreno de las conjeturas.

Y en lo que se refiere a otros posibles restos egipcios, apenas he hallado comentarios críticos o académicos sobre tales objetos. Hemos de tener en cuenta la posibilidad de fraude o de una simple confusión sin mala intención. Incluso, aun en el caso de ser auténticos, esos objetos podrían haber llegado a Australia “de rebote” a través de intercambios comerciales o culturales, sin necesidad de que los egipcios hubieran pisado tierra austral. En cuanto a las momias, siendo rigurosos, es de justicia reconocer que la momificación fue practicada en la Antigüedad en diversos puntos del planeta, y en este sentido se sabe que la momificación no era una costumbre extraña para los antiguos habitantes de Australia. En cualquier caso, habría que determinar hasta qué punto es comparable con la práctica egipcia, aunque ello tampoco sería prueba irrefutable de la presencia egipcia. Pero, una vez más, sin estudios sistemáticos ni datos procedentes de excavaciones arqueológicas, es muy difícil validar la información disponible.

Recapitulando, la posibilidad de fraude en los jeroglíficos de Gosford es muy alta (aunque el tema es ciertamente confuso y hay opiniones muy recientes que dan validez a los textos[11]), mientras que el resto de pruebas no resultan suficientemente consistentes, ni tan siquiera la supuesta pirámide de Gympie, pues entonces estaríamos relacionando todas las pirámides del mundo con los egipcios, cosa que no hace prácticamente nadie, ni siquiera en el campo alternativo. Lo que tenemos es un panorama muy fragmentado en el cual se mezclan a veces elementos arqueológicos aborígenes con otros no bien definidos. Por lo demás, algunos esfuerzos como los de los Strong, padre e hijo, han contaminado más la investigación alternativa al incluir en sus propuestas a los alienígenas –concretamente pleyadianos– como creadores del Homo sapiens (el aborigen australiano), lo cual situaría a Australia como cuna de la Humanidad. Además, según Steve Strong, los aborígenes se habrían desplazado a otros continentes hace unos 50.000 años, visitando América, Egipto, Japón, India...

¿Huellas australianas en Egipto?


Sin embargo, antes de dar carpetazo al asunto, resulta obligado sacar a la palestra otros datos que resultan más bien desconcertantes, y que sugieren que tal vez no sólo los egipcios llegaron a Australia... sino que volvieron a su tierra natal, llevando consigo “trofeos” de tan lejano país. Este es el momento de revisar algunos elementos arqueológicos bastante inusuales que podrían sustentar la conexión Egipto-Australia en tiempos de los faraones.

Barco egipcio del Mar Rojo, hacia el 1250 a. C.
Así pues, hemos de aplicar nuevamente el beneficio de la duda y considerar que si algunas antiguas civilizaciones partieron del Mediterráneo y llegaron a América –cosa que parece ya suficientemente demostrada pese a la negación oficial– es igualmente factible que alguna expedición egipcia llegara a Australia navegando por el mar Índico hasta arribar al Pacífico. Es oportuno recordar aquí que el navegante e investigador noruego Thor Heyerdhal ya demostró con su expedición “Ra” que un barco de papiro construido a la manera antigua egipcia podía haber cruzado el Atlántico sin mayores problemas. Y ya no digamos si se hubiera tratado de naves mercantes de madera de mayores dimensiones y capacidades marineras, según consta en el registro arqueológico. De hecho, si nos fijamos en los relieves que muestran los barcos que realizaron la famosa expedición al país del Punt (quizá Somalia), en época de la reina Hapshepsut, podemos ver que los egipcios usaban grandes barcos, con una gran capacidad de almacenaje.

En este caso, no estaríamos hablando necesariamente de la llegada accidental de un barco, a causa de una tempestad, sino de unos cuantos barcos de exploración. En este supuesto, sería viable un escenario de exploración de la costa oeste australiana (y quizá mas allá) e incluso de un asentamiento temporal, que habría desaparecido con el paso de los siglos. Luego de pasar un tiempo allí, la expedición habría regresado a Egipto portando algunas riquezas o curiosidades de un mundo muy remoto y bastante exótico. Y todo ello sin ninguna necesidad de dejar pruebas en forma de jeroglíficos ni mucho menos pirámides.

Este podría ser el hipotético marco que explicara la presencia de inequívocos bumeranes de tipo aborigen australiano en el Antiguo Egipto, tanto en representaciones artísticas como en objetos reales como, por ejemplo, los doce que se hallaron en la tumba del faraón Tutankhamon. Un examen de estos artefactos nos permite ver su obvia similitud con los modelos australianos, si bien la ciencia académica afirma que, de hecho, los bumeranes están presentes en todos los continentes, incluso desde tiempos prehistóricos muy remotos, indicando que hubo un desarrollo autóctono de estos objetos en cada región del planeta, sin ningún contacto cultural que explique su difusión.

Bumeranes hallados en la tumba de Tutankhamon
Pero las sorpresas no acaban aquí, pues en algunos relieves con escenas de caza se habían identificado unos extraños animales que podían ser canguros, como se puede apreciar en el complejo funerario del faraón Unis (V dinastía) en Saqqara. Para añadir más leña al fuego, en 1984 el Cairo Times publicaba la noticia de que se habían encontrado fósiles de canguros en Fayum, cerca del oasis de Siwa (al extremo oeste del país, casi tocando a Libia). Ahora bien, sólo realizando una pequeña investigación sobre la noticia original, se llega a la conclusión que esta información se sacó de contexto, pues los restos fósiles hallados eran excepcionalmente antiguos (del periodo Oligoceno, unos 20-30 millones de años atrás), y se trataría de los primeros marsupiales de África, y por lo tanto nada tendrían que ver con una supuesta “importación” de canguros australianos en época dinástica.

Asimismo, aunque sea un asunto menor, en Internet se puede hallar el dato de que en los años 60 unos expertos del Museo Británico habrían identificado en algunas momias egipcias posteriores al 1.000 a. C. restos de resina de eucalipto –originaria de Australia– utilizada para el embalsamamiento. Sin embargo, nuevamente, una búsqueda minuciosa de las fuentes originales no permite validar esa información desde el punto de vista científico[12].

Conclusiones


¿La figura de un canguro en Egipto?
Siendo rigurosos, la prueba más firme para sustentar la hipotética relación entre Australia y Egipto se reduce a los bumeranes. Al respecto, podemos afirmar con toda seguridad que los egipcios emplearon los bumeranes con los mismos fines que los aborígenes, esto es, como arma arrojadiza[13]. Podríamos especular con las hipótesis de que fueron los egipcios los que “inventaron” el bumerán y lo llevaron después a Australia o que en realidad se trató de desarrollos totalmente autóctonos (lo que defiende la ciencia oficial), lo cual echaría por tierra toda posible conexión entre ambos territorios. En lo referente a los canguros, cuesta explicar su presencia en Egipto a menos que fueran llevados allí desde el continente austral, dando por hecho que pudieran sobrevivir al viaje y luego reproducirse en el país africano, aunque fuese limitadamente. Por supuesto, tal presencia sólo se sustenta por las representaciones  artísticas, pues no se han encontrado huesos de estos animales en las excavaciones arqueológicas de época faraónica. Por tanto, dado que aquí se proyecta la larga sombra de la duda, sería preciso reexaminar bien esos relieves y pinturas y determinar si se ha producido o no una confusión, cosa que entra dentro de lo posible.

Todo este escenario, aun con mucha cautela y siendo generosos, podría apuntar a una relación directa transoceánica –más o menos excepcional o esporádica– producida en un tiempo indeterminado, si bien podría datarse como mínimo en la época del faraón Unis (2342 a. C. - 2322 a. C.), del Imperio Antiguo, según los relieves hallados en Saqqara[14]. En cualquier caso, los académicos australianos no han dicho ni media palabra sobre los canguros y los bumeranes hallados en Egipto, hecho cuya aceptación abriría sin duda nuevos horizontes al estudio de la historia más antigua de Australia.

En definitiva, una vez expuestos estos argumentos, se ve que la presencia de los antiguos egipcios en Australia no es un tema cerrado, ni por uno ni por otro lado, pero los restos hallados en Egipto parecen dar fuerza (aunque no mucha) a esta hipótesis, por encima de las confusas pruebas de Australia, que no deben despreciarse, pero sí ser examinadas en conjunto con mayor rigor y profundidad para dilucidar qué es genuino y qué es fruto de la confusión o el fraude. Otra cosa es que el estamento académico esté por la labor de investigar estos hechos o se mantenga instalado en el negacionismo y en el paradigma autoctonista, y más bien parece lo segundo. Y desgraciadamente, gran parte de la investigación alternativa parece estar falta de método y rigor, por no mencionar la intrusión en este asunto de otros temas más etéreos como los antiguos astronautas.

Mapa de Piri Reis
Sea como fuere, estas propuestas de contactos marítimos a enormes distancias vienen a reforzar la tesis de que en el Mundo Antiguo la navegación estaba posiblemente mucho más desarrollada de lo que se ha considerado hasta la fecha, y la llegada de varias civilizaciones y culturas a América en tiempos muy remotos, mucho antes que Colón, sería buena prueba de ello. También eso explicaría una antiquísima cartografía insólita y muy avanzada que permanecía reservada a unos pocos y que aparecería en destellos puntuales como en el famoso mapa del almirante Piri Reis. Y si nos vamos un poco más allá, estas teorías vendrían a enlazar con lo que Charles Hapgood afirmó hace 50 años acerca de la existencia de una gran civilización marítima, desconocida y muy antigua, capaz de recorrer todos los mares del planeta y realizar cartografías de bastante precisión, algo impensable para esos tiempos.

© Xavier Bartlett 2016 

Fuente imágenes: Wikimedia Commons, crystalinks.com y bibliotecapleyades.com


[1] Así, por ejemplo, se llegó a especular con un origen egipcio de las pirámides mesoamericanas, dado su parecido con las egipcias y su datación relativamente tardía en la mayoría de los casos. Actualmente, empero, la ciencia considera que fueron un desarrollo autóctono y que la presencia egipcia en América es una entelequia.
[2] Para quien desee profundizar en esta polémica le remito a estos documentos disponibles en Internet: http://www.bibliotecapleyades.net/egipto/esp_egipto_grandcanyon_sp.htm#La_Importancia_del_Descubrimiento_en_1909
[3] Respecto a estos hallazgos, parece que la fuente de la información procede de un libro alternativo llamado The Gypie Pyramid Story publicado en 2005.
[4] Curiosamente, en una de estas figuras solares aborígenes llamadas Tjuringa, los rayos acaban en una especie de pequeñas manos, al igual que se puede ver en las representaciones de los rayos de Atón. No obstante, la gran mayoría de estas figuras no se asemeja a la típica iconografía egipcia.
[5] Esta expedición también observó que los isleños de Torres Straits (entre Australia y Nueva Guinea) usaban unos barcos bastante similares a los antiguos barcos funerarios egipcios para dejar a los fallecidos en los arrecifes de coral.
[6] La síntesis de los dioses Ra o Re (la divinidad solar) y Horus, hijo de Osiris e Isis.
[7] Según he investigado en Internet, existe un profesor Ray Johnson, egiptólogo estadounidense de la Universidad de Chicago, pero este Ray Johnson australiano no sería un académico, sino un simple erudito, con conocimientos limitados de la antigua lengua egipcia y los jeroglíficos.
[8] Se trata de unos signos impresos en arcilla hallados en Abydos con una antigüedad de 3400-3200 a. C.
[9] De todas formas, en muchos casos los expertos han topado con inscripciones “toscas” que fueron tomadas por falsificaciones y luego se vio que no lo eran, debido a que el escriba o artesano no era muy diestro o no tenía suficientes conocimientos de la lengua escrita.
[10] Es muy curioso que este mismo argumento se aplique a las pirámides de Güímar (Tenerife, España), unas estructuras formadas por varias plataformas que son consideradas por la mayoría de científicos como “majanos”, unos apilamientos de piedras en forma de terrazas realizadas en el siglo XIX para cultivar una planta local.
[11] Un estudio in situ realizado en 2014 a cargo de un equipo egipcio experto en jeroglíficos (el Khemit School of Ancient Mysticism, entidad no académica) avala la autenticidad de las inscripciones de Gosford.
[12] Al parecer, hasta donde he podido llegar, se trata de un dato citado en un artículo de un autor llamado Michael Terry pero que no tiene soporte en la literatura científica. Además, se habla de una única momia ubicada en el Valle del Jordán, no en Egipto.
[13] Contrariamente a lo que cree mucha gente, los primeros bumeranes no estaban diseñados para regresar al punto de lanzamiento; los bumeranes que retornan serían muy posteriores y probablemente fueron utilizados solo como un mero pasatiempo, no como arma.
[14] Por supuesto, sin tener en cuenta los polémicos jeroglíficos hallados en Australia, que nos retrotraerían a los faraones de la IV dinastía (alrededor de 2500 a. C.)