miércoles, 22 de enero de 2020

¿Homo erectus en América?


En muchos artículos de este blog he sacado a la palestra el ya viejo debate sobre el poblamiento humano de América, que aún hoy sigue enfrentando a la ortodoxia académica con las visiones alternativas, si bien es justo reconocer que a estas alturas una minoría de profesionales se ha posicionado a favor de una revisión de las cronologías oficiales (que fueron fijadas a modo de dogma a inicios del siglo XX), a la vista de diversos hallazgos paleontológicos producidos en las últimas décadas. Así, he citado aquí casos tan conocidos y controvertidos como los de Hueyatlaco, Calico, Sheguiandah, Monte Verde, Caltrans, Toca da Esperança, etc. en los que a menudo se relacionaron restos óseos de megafauna del Pleistoceno con artefactos –obviamente de origen humano– en un marco cronológico que se remontaba a varias decenas de miles de años e incluso cientos de miles de años.

El problema de fondo es que en estos yacimientos no se hallaron restos de huesos humanos, aunque lógicamente debemos suponer que un homínido inteligente realizó los implementos de piedra. El caso es que la ortodoxia da por hecho que sólo el Homo sapiens penetró en América, en un momento que se podría remontar a unos 20.000-25.000 años de antigüedad como mucho, si bien la primera cultura conocida (la cultura Clovis) data de varios milenios más tarde. Sin embargo, como acabamos de citar, las cronologías obtenidas mediante métodos radiométricos en los yacimientos heréticos se alejan mucho de las comodidades del paradigma, pues al situarse algunos muy por encima de esos 25.000 años –incluso hasta diez veces más– ponen en entredicho no sólo la cuna africana del sapiens sino también las propias cronologías oficiales de la evolución humana (si es que hubo tal cosa). A este respecto, cabe señalar que los recientes hallazgos en el norte de África han impulsado a retrasar el origen del sapiens en al menos unos 100.000 años más, llevándolo hasta unos 300.000 años. Ahora mismo, de hecho, la comunidad académica parece haber aceptado ese salto e incluso ha llegado a insinuar una mayor antigüedad a partir de estudios paleogenéticos.

H. erectus de Cova de l'Aragó (Francia)
El escenario que nos queda finalmente es que –a menos que las dataciones absolutas hayan fallado ostensiblemente– existen serios indicios de que el ser humano ya poblaba América en unas fechas excepcionalmente remotas. Y aquí es cuando surge un importante tema colateral sobre la presencia humana en América: ¿Podría ser que esos primeros homínidos americanos no fueran Homo sapiens sino Homo erectus? Para aportar alguna pista relevante al respecto, debo citar un artículo de la veterana investigadora Virginia Steen-McIntyre en la publicación Pleistocene Coalition News (n.º 2). En este breve documento, Steen-McIntyre se hacía eco de un hallazgo realizado en Chapala (México) y analizado, entre otros, por el científico mexicano Federico Solorzano[1]. En concreto, se trata de un fragmento de arco supraorbital humano –el hueso de la ceja– de aspecto especialmente grueso y robusto, comparable a piezas similares como la de un Homo erectus europeo (Aragó, Francia) o la de un Homo ergaster (espécimen KMN3733-ER), que es la variedad de erectus africano. Incluso, por las medidas tomadas, se podría establecer un paralelo con el cráneo Zhoukoudian XI, que es un ejemplar típico de Homo erectus asiático.

En fin, con estos datos básicos se podría hablar directamente de un homínido arcaico que bien podría ser un Homo erectus, pues ni de lejos los “sapiens modernos” (los que supuestamente poblaron América por vez primera) tienen esos marcados arcos supraorbitales. El problema es que este espécimen se ha identificado en América y eso ya choca con los postulados oficiales. De hecho, como Steen-McIntyre remarca, los autores del artículo científico se abstuvieron de abrir ningún debate y afirmaron que –pese a las comparaciones realizadas– no se podía deducir que hubieran existido pre-sapiens en América. Esta actitud, empero, ya no nos debería sorprender, pues cuando aparecen piezas desconcertantes, siempre se suele recurrir al argumento de que se trata de casos muy excepcionales, o incluso errores, sesgos o interpretaciones subjetivas. Y desde luego es muy fácil decir que una sola prueba física –más bien aislada y discutible– no es motivo para cuestionar o desacreditar una sólida ortodoxia bien establecida.

Hasta ahí podríamos conceder cierto margen de validez al escepticismo (o rechazo) oficial. No obstante, la controversia no se puede ocultar, marginar o suprimir, puesto que en realidad sí existen más señales de la presencia de H. erectus en América. Naturalmente, hay que recalcar que se trata de pistas o indicios que en su mayoría nacen de comparaciones y extrapolaciones, porque pruebas directas –lo que serían huesos inequívocos de erectus– prácticamente no hay o son discutibles, por no hablar de algunos restos que se han perdido para siempre. De todos modos, vale la pena explorar este conjunto de indicios que se centra sobre todo en utensilios líticos, huellas y algunos restos óseos, sin renunciar por ello a otras fuentes más difusas como las tradiciones y leyendas nativas.

En primer lugar, tendríamos las herramientas de piedra. En realidad, aquí planea la sombra de la sospecha sobre yacimientos excepcionalmente antiguos como Hueyatlaco y Toca da Esperança (ambos por encima de los 250.000 años), lo cual implicaría que los sapiens no pudieron realizar los artefactos que se encontraron in situ… o bien que los sapiens son mucho más antiguos de lo comúnmente aceptado. Sólo por poner un ejemplo destacado, digamos que el yacimiento de Calico (California, EE UU) fue excavado hace poco más de medio siglo por profesionales de gran experiencia, con la colaboración del famosísimo paleontólogo Louis Leakey. Lo que allí ocurrió es que en los niveles arqueológicos datados en unos 200.000 años se identificaron diversos objetos de piedra que Leakey y otros catalogaron como típicas herramientas de factura humana, de aspecto más bien tosco y primitivo. No obstante, viendo la gran antigüedad de esos estratos, se acabó imponiendo la versión oficial de que en tales niveles no había artefactos sino geofactos, esto es, piedras modificadas por agentes naturales. Dicho de otro modo, de ninguna manera se iba aceptar presencia humana en América en esa época tan distante.

Similitud de artefactos entre Calico y África
Sea como fuere, tanto Leakey como otros expertos en Prehistoria siguieron asegurando que muchos de esos objetos líticos eran genuinos artefactos. A decir verdad, su aspecto se correspondía aproximadamente con la llamada industria achelense, una clase de herramientas de tipo bifacial (trabajadas por dos caras) con una terminación en punta a modo de pico. El caso es que tal industria es precisamente la que desarrolló el Homo erectus y que ya había sido identificada en otros puntos del planeta, con unas dataciones que se remontaban hasta los 1,5 millones de años en África. En tiempos más recientes, el arqueólogo disidente Chris Hardaker insistió en la autenticidad de las herramientas de Calico y en su enorme antigüedad y concluyó que lo único que impedía su reconocimiento era el dogma académico sobre el poblamiento de América. Desde luego, en rigor no podemos afirmar que tales artefactos fueran realizados por erectus, pero dada su cronología y el parecido ya mencionado, el Homo sapiens quedaría fuera de juego, siguiendo las propias pautas de la arqueología académica. Con todo, aceptar la presencia de erectus en América todavía resulta una herejía mayor…

Si hablamos ahora de restos óseos, ya hemos citado la existencia de un fragmento de cráneo (de la zona supraorbital) que podría relacionarse con un erectus. Sin embargo, este hallazgo no es una excepción. Podríamos empezar por citar el caso del llamado cráneo Dorenberg, una calavera de rasgos primitivos adquirida por el alemán Joseph Dorenberg, cónsul en Puebla (México), a finales del siglo XIX. Según parece, la calavera procedía de la zona de Valsequillo (embalse cercano a Puebla), aunque no se disponía de un contexto arqueológico útil para una datación, a excepción de unas incrustaciones de diatomeas (unas algas unicelulares) fosilizadas. Así, sabemos que en 1898 Dorenberg envió el cráneo a un especialista alemán en diatomeas llamado Hugo Reichelt, en la ciudad de Leipzig. Reichelt no pudo ir muy lejos, siendo entonces el conocimiento de las diatomeas muy superficial y se limitó a señalar que el cráneo era “antediluviano”.

Sam VanLandingham
Ahora bien, décadas más tarde, gracias a las muestras conservadas en Alemania, el experto norteamericano en diatomeas Sam VanLandingham dató la calavera en el periodo interglaciar Sangamon, de entre 220.000 y 80.000 años de antigüedad. Lamentablemente, no disponemos de ningún estudio directo del cráneo, ya que éste –que estuvo depositado en un museo de Leipzig desde 1919– se perdió durante un bombardeo de la Segunda Guerra Mundial. No obstante, tanto la datación como la descripción que tenemos del cráneo, con la frente huidiza y unos fuertes arcos supraorbitales, empujan a pensar que el individuo en cuestión encajaría bien en el arquetipo de H. erectus.

Pero eso no es todo. Existe otro cráneo similar, llamado Ostrander (por su descubridor), que fue hallado presuntamente en la misma región en la década de los 70 del pasado siglo. Dicho cráneo estaba incompleto y –según la única fotografía disponible– sería más bien propia de un erectus o de un neandertal, aunque bien es cierto que no existe ningún estudio científico que lo corrobore. De hecho, este caso es bastante más opaco que el anterior, pues la propia Steen-McIntyre reconoció que la calavera no procedía de México sino de California y que prácticamente se carecía de datos sobre el hallazgo. Asimismo, este cráneo está actualmente en paradero desconocido y se cree que pudo ser reenterrado en una fecha indeterminada. Además, la escasa información se basa en rumores y fuentes confusas, con lo cual sería prudente aparcar esta posible evidencia y no lanzar las campanas al vuelo. También tengo noticia de otros dos cráneos sospechosos en Norteamérica –si bien más próximos a una tipología neandertal– hallados en Minnesota en 1968, pero igualmente la información es mínima y poco fiable, sin que sepamos qué se hizo de tales restos. En fin, nada hace más daño a una teoría que la falta de pruebas o la dudosa autenticidad de éstas.

Florentino Ameghino
En cuanto a Sudamérica, tenemos al menos otro cráneo de aspecto arcaico, con la típica frente huidiza y gruesas cejas, hallado en 1896 por unos obreros cerca de Buenos Aires, en un estrato de bastante profundidad. El paleontólogo argentino Florentino Ameghino lo estudió en 1909 y lo llamó Diprothomo platensis, considerándolo como uno de los ancestros de la humanidad moderna. Sin embargo, el estamento académico, liderado por Ales Hrdlicka, concluyó que se trababa del cráneo de un antiguo nativo de la zona. Actualmente se cree que la formación geológica donde se encontró el cráneo en cuestión podría remontarse a un millón de años, lo que nuevamente nos sitúa en el horizonte del H. erectus. Cabe recordar, por otra parte, que Ameghino dijo haber encontrado en Argentina restos de megafauna muy antigua relacionados con artefactos humanos, lo cual nos retrotrae a la polémica ya mencionada.

Otro frente abierto en la cuestión del erectus es una pisada humana en el Cerro Toluquilla, próximo al embalse de Valsequillo. Se trata de una huella sobre un lecho de ceniza volcánica que fue datada geológicamente en unos 38.000 años. No obstante, según las dataciones modernas (de 2005) de algunos geólogos[2], esa capa local de ceniza (llamada Xalnene) es muchísimo más antigua y se remontaría a los 1,3 millones de años. Si esa datación es correcta –y así se ha reiterado hace pocos años– llevaría el poblamiento de América a una fecha remotísima y pondría prácticamente como único candidato al H. erectus, por simple aplicación de las cronologías aceptadas para el género Homo. Eso sí, para los autores de este estudio, la posibilidad de que hubiera humanos en esa época en América es impensable y se deberían barajar otras hipótesis sobre la huella.

Para cerrar esta propuesta nos quedaría la tradición y la leyenda, que, si bien no pueden tomarse como una prueba científica, sí nos pueden aportar algunas pistas. Así, existen numerosas historias nativas –situadas entre el mito y el recuerdo histórico– que nos hablan de unos seres salvajes y robustos, considerados a veces como “ogros”. Estos seres humanoides, según las antiguas tradiciones, ya ocupaban el territorio en tiempo inmemorial y precedieron a las tribus indígenas. Estas historias en gran parte están conectadas a la hipótesis de la existencia de criaturas humanoides de aspecto simiesco, como el famoso sasquatch en Norteamérica, pero también podrían relacionarse con la supervivencia de humanos arcaicos, a veces considerados gigantes[3]. Lamentablemente, para el estamento académico todas estas historias no son más que leyendas nativas sin ningún valor científico, a pesar de la acumulación de pruebas sobre el terreno y de los testimonios modernos de encuentros con estas criaturas.

Cráneo de Homo erectus asiático
Visto todo este panorama, podríamos concluir con un intento de hipótesis de trabajo, que merecería al menos un poco de atención científica. Por un lado, es harto conocida la expansión del Homo erectus por buena parte del planeta, lo que incluye grandes desplazamientos terrestres, pero también marítimos, pues a algunas islas del Pacífico sólo pudo llegar mediante canoas o balsas, y todo ello hace cientos de miles de años. Aun descartando que el erectus pudiera haber llegado navegando a las costas americanas (lo que realmente parece muy forzado), nos queda una opción más factible: habría entrado por el mismo estrecho de Bering que cruzaron los sapiens asiáticos, sólo que en una era glacial muy anterior, cuando el estrecho estaba practicable por la presencia de hielos permanentes. De ahí podría haber pasado a ocupar el continente de norte a sur, sin más competencia que la de otros grandes depredadores y con una gran cantidad de recursos naturales a su alcance. Así, es bien posible que prosperasen bastantes poblaciones de erectus en diversas regiones americanas.

En cuanto a su declive y desaparición, sólo podríamos especular con cambios en el entorno y la aparición masiva del Homo sapiens, que lo habría relegado a la pura marginalidad hasta tiempos históricos. Asimismo, no se podría descartar la posibilidad de la hibridación, a la vista de algunos rasgos anatómicos propios de erectus –sobre todo visibles en el cráneo– en algunas tribus nativas americanas. Con todo, su presencia en América habría sido casi testimonial en términos cuantitativos, lo que explicaría la escasez de restos, a menos que entremos en la onda conspirativa y sospechemos que muchos restos han sido ocultados o destruidos (sobre todo por parte del Smithsonian), como se ha sugerido en el oscuro tema de los gigantes.

No voy a seguir por este camino, porque creo que no conduce a ninguna parte y preferiría ceñirme a lo poco que tenemos para abordar este asunto en serio y plantear vías de investigación factibles. Eso sí, ahí tenemos la inevitable cerrazón académica, que a veces me resulta incomprensible porque la actitud del científico honrado y riguroso debería ser la de explorar todas las posibilidades y estar predispuesto a cambiar y a reconocer los errores y sesgos. La verdadera ciencia es humildad y rectificación, pero parece que algunos todavía no lo han entendido.

© Xavier Bartlett 2020

Fuente imágenes: Pleistocene Coalition / Wikimedia Commons

Dedicatoria

V. Steen-McIntyre
En esta entrada he citado tanto a Virginia Steen-McIntyre como a Chris Hardaker, miembros fundadores de la Pleistocene Coalition. Al respecto, me complace comunicar que su publicación bimensual gratuita, Pleistocene Coalition News, acaba de cumplir recientemente diez años de compromiso con la comunidad científica heterodoxa que trata de aportar una nueva visión a los estudios prehistóricos. Como muchos lectores sabrán, la Pleistocene Coalition es una agrupación de científicos e investigadores independientes que desde hace ya bastantes años han unido esfuerzos para poner en jaque muchos dogmas establecidos y para reivindicar que otra prehistoria es posible, a la luz de numerosos hallazgos e indicios localizados en todo el planeta.

Así pues, dedico este artículo a los fundadores y editores de esta publicación, empezando por la veterana geóloga Virginia Steen-McIntyre –ahora algo delicada de salud– y siguiendo por John Feliks y Tom Baldwin, con un recuerdo especial también para el ya fallecido Chris Hardaker. Asimismo, deseo expresar mi reconocimiento particular a Kevin Lynch y Richard Dullum, por su buen trabajo y su inspiración para algunos artículos que he publicado en este blog. Congratulations!

 


[1] Fuente científica: Irish, JD, SD Davis, JE Lobdell, and FA Solórzano. 2000. Prehistoric Human Remains from Jalisco, Mexico. Current Research in the Pleistocene 17: 95–96.
[2] Fuente científica: Renne, P., Feinberg, J.M. Waters, M.R., Arroyo-Cabrales, J., Ochoa-Castillo, P., Perez-Campa, M. and Knight, K.B., (2005). Age of Mexican ash with alleged ‘footprints’. Nature, 438, doi:10.1038/nature04425.
[3] No obstante, según los restos conocidos de erectus, su talla media sería un poco inferior a la de los sapiens, y por tanto no guardarían ninguna relación con los citados gigantes, cuyo origen étnico se desconoce.