viernes, 3 de agosto de 2018

Trépanos en el Antiguo Egipto: ¿indicios de una tecnología impensable?


El experto en maquinaria británico Chris Dunn lleva años estudiando el trabajo de la piedra en el Antiguo Egipto y ha quedado maravillado por el altísimo nivel de calidad y precisión del tallado, perforación o pulido de muchos monumentos arqueológicos, por no hablar de otros temas anexos como el transporte y colocación de grandes piezas, con un volumen y peso enorme. En su cualificada opinión, los egipcios disponían de una tecnología similar o superior a la nuestra y está convencido de que muchas obras fueron realizadas total o parcialmente con avanzadas máquinas y herramientas. Como era de esperar, para la arqueología ortodoxa esta propuesta no es más que pura fantasía y ganas de llamar la atención. No obstante, cabe recordar que a los arqueólogos no se nos instruye para que seamos técnicos o expertos en cuestiones de ingeniería, arquitectura, geología, etc., con lo cual el conflicto está servido cuando se trata de valorar aspectos específicos que van más allá del campo estrictamente antropológico o histórico.

En todo caso, lo que afirma Dunn no es nada nuevo. Desde hace bastantes décadas, varios investigadores alternativos han puesto el dedo en esa misma llaga, pues las pruebas están ahí sobre el terreno (o en museos) y siguen poniendo en aprietos a los egiptólogos, que –para salir del paso– se remiten a los argumentos de siempre, basados en la documentación histórica, los hallazgos arqueológicos y algunas escasas prácticas de arqueología experimental, como las que llevó a cabo Denys A. Stocks hace unos pocos años. Aunque a decir verdad, las primeras dudas, sorpresas y conjeturas surgieron a finales del siglo XIX nada menos que de la mano del considerado padre de la egiptología moderna: Sir William Flinders Petrie (1853-1942). Vayamos por partes.

Vaso de diorita (época predinástica)
Flinders Petrie ya había apreciado la sorprendente calidad de los vasos de diorita –una piedra extremadamente dura– que databan de los primeros tiempos de la civilización egipcia (desde incluso la época predinástica) y se preguntó cómo habían podido perforar y vaciar dichos vasos, si la tecnología atribuida a los egipcios de aquella época era relativamente modesta. Para realizar tales piezas se debería haber empleado un torno con una punta de enorme dureza, dadas las espaciadas marcas circulares y paralelas en el interior de estos objetos. Pero... ¿qué tenían los egipcios a su disposición hace 5.000 años? Lo que nos dice la arqueología es que en aquel momento los egipcios recurrieron básicamente a la madera, la piedra y a los primeros metales, esto es, el cobre y el bronce. Los utensilios empleados para el trabajo de la piedra eran cinceles o escoplos metálicos, martillos de madera o piedra (normalmente dolerita), serruchos de cobre con dientes de esmeril[1], taladros en forma de varilla con una cuerda enrollada, y unos arcos que se empleaban para mejorar la eficacia de los citados taladros. Todo ello fue desarrollado a inicios de la civilización egipcia y no se aprecia ninguna mejora técnica más allá de la dinastía IV.

El problema, pues, consistía en casar tal tecnología con lo que se podía observar en los propios vasos así como algunos bloques de piedra de la meseta de Guiza y otros lugares. Por ejemplo, el propio Petrie advirtió que en algunos bloques de granito se apreciaba una enorme presión ejercida por la sierra en el corte, lo cual resulta difícil de explicar con materiales como el bronce y el esmeril. Y esto mismo se podía trasladar a una buena colección de tarugos[2] y trépanos sobre piedras de gran dureza –como el granito, el basalto o la diorita– cuyo aspecto y acabado daban mucho que pensar. De hecho, el arqueólogo británico dedicó un capítulo de su magna obra The Pyramids and Temples of Gizeh (1883, 1ª edición) al tema de la maquinaria. En dicho capítulo, titulado “Los métodos mecánicos de los constructores de las pirámides”, Petrie exploraba los indicios de esos métodos más destacados a través de una serie de restos diversos que había hallado en Guiza.

Sir William M. Flinders Petrie
Para empezar, Petrie reconocía que los métodos empleados por los egipcios seguían estando en gran parte sin determinar, y que tampoco se habían hallado trazas de las herramientas ni de cómo se emplearon. En opinión de Petrie, el aspecto de las piezas trabajadas delataba la presencia de sierras rectas y circulares y también de taladros tubulares y tornos. Petrie aludía a que la forma de trabajar piedras duras habría pasado seguramente por el uso de herramientas de bronce con puntas cortantes de materiales muy duros, como el berilo, el topacio, el corindón, el zafiro, etc. pero excluyendo la presencia del diamante. Con todo, la clara evidencia de los vasos de diorita indicaba que los egipcios deberían haber tenido a su disposición una punta perforante o broca más dura que el cuarzo, e incluso los propios jeroglíficos inscritos sobre tales vasos no hubiesen podido ser grabados empleando las piedras preciosas recién citadas, dada la gran dureza de la diorita.

Aparte, Petrie daba por hecho que posiblemente se habrían empleado arenas abrasivas (polvo de esmeril principalmente) para facilitar la tarea, una técnica conocida desde antiguo. Básicamente el trabajo de perforación habría consistido en el giro constante –a cargo de artesanos especializados– de esos materiales abrasivos dentro de un tubo metálico colocado sobre una vara de madera que se apoyaba directamente sobre la roca o bloque a trepanar. Con las repetidas vueltas de este utensilio se iría formando el tarugo de piedra dentro del cilindro, que luego sería objeto de extracción. Todo este proceso comportaría sin duda mucha destreza por parte de los operarios, aparte de esfuerzo físico, paciencia y tiempo, según la interpretación convencional. 

Bloque de granito con dos perforaciones
Sea como fuere, lo más interesante para Petrie eran las muestras de taladro sobre piedra dura, tanto en los agujeros realizados como en los propios tarugos. El egiptólogo inglés destacaba la calidad de las perforaciones, con los surcos en perfecta circularidad, lo que sugería un avance regular y potente del taladro. Asimismo, era muy de destacar la cantidad de presión ejercida por el taladro empleado, dada la notable profundidad del avance de la herramienta en cada giro. Y por si fuera poco, no sólo se hacían perforaciones de unos escasos centímetros de diámetro (el mínimo hallado fue de un centímetro), sino que en un caso Flinders Petrie identificó un tarugo de nada menos que 70 cm. de diámetro, lo cual habla por sí solo del tremendo tamaño de la herramienta empleada.

Con estos precedentes, Petrie quedó tan impresionado que invitó a sus excavaciones a Benjamin Baker, un reconocido ingeniero y experto en maquinaria, inventor del torno moderno, que por entonces estaba trabajando en la presa de Aswan. Del trabajo de Baker y su equipo (más de 20 ingenieros) nació el famoso “informe Baker”, que fue incluido en la edición revisada de The Pyramids and Temples of Gizeh de 1901. Lo que Baker apreció sobre las piezas facilitadas por Petrie le dejó estupefacto, hasta el punto de afirmar sin tapujos lo siguiente: “Si un ingeniero moderno fuera capaz de reproducir la herramienta antigua no solamente se haría millonario, sino que revolucionaría la industria moderna.” Vamos pues a repasar sucintamente qué había de extraordinario en dichos trépanos.

Tarugo de granito hallado por Petrie [foto: (c) Annies / Dunn]
El examen de las piezas taladradas así como de los tarugos extraídos dejó bien patente un hecho: que la capacidad de la herramienta egipcia era realmente portentosa para el nivel de tecnología que se atribuía a esa época. Así, los tarugos examinados eran de una gran calidad, lisos, bien recortados y con la inequívoca huella de la herramienta empleada. Pero, como ya hemos citado, lo más asombroso era la constatación de la enorme capacidad perforadora del taladro. Por ejemplo, en un trépano realizado sobre un bloque de granito, con un diámetro de 5,6 cm., se apreciaba un perfecto surco en espiral de cinco vueltas, y en cada una de ellas la herramienta había avanzado 2,5 mm.  

Con la tecnología actual los trépanos mecánicos consiguen un avance por vuelta de alrededor de 0,04-0,05 mm., y ello con cilindros de acero y con puntas hechas de diamante o widia (carburo de tungsteno), los elementos más duros disponibles. De hecho, la widia está justo por encima del límite de la escala de dureza de Mohs (11 sobre 10). Entonces, ¿qué clase de material emplearon los antiguos egipcios?

Por otra parte, Baker concluyó que el avance del antiguo trépano egipcio era unas 50 veces superior al de las modernas herramientas, con lo que la presión ejercida sobre la roca debió ser descomunal. Mientras que una herramienta moderna podía actuar con una presión máxima de unos 50 kilos, el taladro egipcio debió haber aplicado una presión de... ¡2.000 kilos! En su opinión, esta era la única manera de explicar los resultados observables sobre la piedra. Como comenta el físico argentino José Álvarez López, Petrie y los técnicos estudiaron otras posibilidades que explicaran el fenómeno y las fueron descartando una a una:
“Petrie analizó y descartó minuciosamente una por una las alternativas propuestas para explicar el funcionamiento de estos taladros. Por ejemplo, la idea de que pudieran operar por golpes y escoriaciones es rechazada pues no hay ninguna huella de semejante proceder en los tarugos y perforaciones que poseemos. La posibilidad del empleo de dos herramientas aplicadas alternativamente una de las cuales se limitaría ensanchar el surco dejado por la otra es descartada pues se conocen algunos taladrados con el tarugo todavía dentro y en donde el paralelismo entre las huellas internas y externas es perfectamente homogéneo. Otro procedimiento sugerido basado en la remoción alternativa de la herramienta no es viable en la práctica pues el polvo producido hace que la herramienta se deslice o se atranque. No queda, concluye Petrie, otra alternativa que aceptar que estos instrumentos trabajaban bajo una presión de 2.000 kgs. y éste fue el parecer unánime de todos los mecánicos consultados.”[3]
En resumidas cuentas, ya en los tiempos de Petrie se tuvo que admitir que no había buenas explicaciones para ese trabajo extraordinario de la piedra, que parecía sugerir el uso de una maquinaria avanzada y de materiales desconocidos. Esta perplejidad quedó más o menos aparcada durante muchos años hasta que la arqueología alternativa rescató esas observaciones de Petrie y empezó a preguntarse qué estaba pasando allí y por qué la egiptología no había investigado la cuestión a fondo y sin prejuicios. Vamos pues a realizar algunos comentarios sobre esta controversia y a exponer los argumentos de unos y otros para que el lector extraiga algún fundamento para opinar en consecuencia.

Herramientas de los antiguos egipcios
Como acabamos de mencionar, la egiptología corrió un discreto velo sobre esta cuestión, aceptando sin muchos problemas que el fabuloso trabajo de la piedra era perfectamente explicable a partir de los pocos utensilios hallados y de algunas pinturas que representaban ciertas labores técnicas. Sin embargo, cuando la polémica arreció a finales del siglo XX, el ingeniero y profesor de tecnología e historia Denys A. Stocks (Universidad de Manchester) se propuso reproducir los resultados obtenidos por los egipcios recurriendo a la tecnología propia de la época, a fin de demostrar a los críticos que no había ningún misterio (o sea, ninguna “maquinaria”), sino mucha habilidad y trabajo. Así pues, Stocks reprodujo las herramientas que utilizaron supuestamente los egipcios y con las pocas referencias pictóricas disponibles se lanzó a un proyecto de arqueología experimental que duró varios años. Su labor quedó reflejada en el libro Experiments in Egyptian Archaeology: Stoneworking technology in Ancient Egypt, publicado en 2003.

No se puede negar que el trabajo de Denys Stocks fue exhaustivo y bien fundamentado en el contexto arqueológico egipcio, y en su empeño trató de explicar todos los “problemas” de las perforaciones añadiendo ingenio y sentido común. Básicamente, su aportación consistió no sólo en replicar las herramientas sino también proponer métodos de trabajo eficaces que dieran los resultados esperados. En este sentido, Stocks dio importancia al uso del pedernal como material de gran dureza empleado en el trabajo de la piedra y probó un “novedoso” sistema de perforación con un trépano de doble arco. Así pues, en vez de producir un giro continuo con el trépano, experimentó con un doble arco que giraba alternativamente en uno y otro sentido (a izquierda y derecha), con lo cual se conseguía una buena capacidad de perforación.

Experimento sobre vaso de caliza (D. Stocks)
En su libro, Stocks detalla una prueba de perforación de una vasija de piedra caliza con las herramientas antiguas y con el citado sistema. Así, a partir de una forma exterior ya tallada con utensilios de cobre y pedernal, procedió a realizar una perforación central con un taladro cilíndrico de cobre (de 4 cm. de diámetro) y, una vez extraído el tarugo, pasó a ampliar la cavidad interior mediante un bastón alargado con la punta bifurcada, la cual sostenía una piedra de gran dureza que hacía las veces de barrena. Este proceso consistía en rotar la barrena –con el giro alternativo ya mencionado– sobre el interior de la vasija para que fuera desgastando el interior, con la ayuda de polvos abrasivos. Lógicamente, se irían cambiando las piedras-barrena según se iba trabajando el diámetro deseado y se desgastaba la propia piedra. Finalmente, se obtendría el vaciado deseado con la forma de la vasija y sólo faltaría realizar un trabajo de pulido.

Para la comunidad académica, los ensayos realizados por Denys Stocks resultaban más que satisfactorios y daban carpetazo a la polémica, pero para algunos críticos no fueron de ningún modo determinantes. Las pruebas se hicieron sobre alabastro y caliza, que son piedras relativamente fáciles de trabajar y que no resultarían un gran reto para los artesanos egipcios bien equipados. Desde esta perspectiva, se debe reconocer que los egipcios eran muy capaces y tenían los utensilios y métodos adecuados para trabajar y perforar la piedra, pero determinados logros –a la vista de las huellas dejadas en las propias piezas­– resultan muy complicados de explicar. En efecto, la experimentación de Stocks no acaba de demostrar cómo se pudo trabajar de forma tan expeditiva y precisa piedras mucho más duras como el granito y la diorita.

La Gran Pirámide de Guiza
En el fondo, es algo similar al tema de la orientación a los cuatro puntos cardinales de la Gran Pirámide. Los defensores de la ortodoxia alegan que los críticos alternativos no saben realmente de arqueología, pues parecen ignorar que las civilizaciones antiguas podían orientar perfectamente sus edificios a los cuatro puntos cardinales gracias a sus conocimientos astronómicos y a sus instrumentos de observación. Por supuesto, ahí está la trampa, ya que este punto no está en duda. En verdad, el quid de la cuestión radica en la extremada precisión de orientar al norte geográfico una mole de piedra de 230 metros de lado con un error de 3’ 6’’ de arco, lo cual es extraordinario teniendo en cuenta que su instrumento topográfico de observación era un simple bastón de madera (el merjet) y que esa precisión aplicada sobre el terreno apenas es accesible a nuestros más modernos aparatos y métodos[4]. En otras palabras, el estándar de calidad de los antiguos egipcios era igual o superior al de nuestra avanzada civilización tecnológica.

Ahora bien, desde las posiciones alternativas tampoco se han podido ofrecer mejores argumentos, ya que no existe la más mínima traza de esas máquinas de “ciencia-ficción” que supuestamente poseían los egipcios. Los cortes y las perforaciones de alta calidad están ahí, pero no hay forma de demostrar que se hicieron con una tecnología propia de nuestra época (o más bien superior). Lo único que se puede apreciar es que, a la vista de las piezas taladradas y los tarugos, las herramientas egipcias serían bastante similares en su funcionamiento a las actuales, pero con una excepcional potencia. El citado Chris Dunn llegó más lejos y se atrevió a sugerir que los egipcios habían empleado una increíble tecnología de ultrasonidos (basándose en las propuestas de John Reid, un ingeniero acústico), si bien más tarde se retractó ante las pruebas aportadas por otros investigadores.

Concluyendo: para la egiptología no hay ninguna cosa rara, ni alienígenas ni atlantes ni tecnologías prodigiosas. Según la ortodoxia, en los tiempos de Petrie los arqueólogos simplemente no estaban muy preparados en cuestiones técnicas y subestimaron las capacidades de los antiguos egipcios. Dicho de otro modo, interpretaron mal las pruebas y se dejaron llevar por un cierto sensacionalismo, cuando buena parte de la civilización egipcia estaba aún por descubrir y valorar en su justa medida. Es la vieja historia de que los “ignorantes” desconocen la grandeza de esas primeras culturas históricas y enseguida recurren a la imaginación y la exageración para desacreditar los logros de los humanos de hace miles de años. Ellos lo hacían de otro modo, con otras herramientas, quizás empleando más tiempo y esfuerzo, pero lo hacían de forma magistral. Y en cierto modo yo podría estar de acuerdo con esto, viendo –por ejemplo– el trabajo impecable de los ingenieros y constructores romanos, cuyas obras públicas fueron sin duda un prodigio de solidez, funcionalidad y durabilidad.

La gran obra de F. Petrie
Dicho esto, debemos reconocer que Petrie no era un indocumentado, sino una persona bien versada en temas científicos y en mediciones (a él se deben los primeros estudios metrológicos modernos de la Gran Pirámide y de la meseta de Guiza). Además, todavía podríamos citar la opinión de B. Baker, que en calidad de experto ingeniero sabía bien de lo que hablaba. Y tampoco son de desmerecer las múltiples observaciones realizadas por el físico argentino Álvarez López hace medio siglo, que no se explicaba cómo casaban las huellas arqueológicas disponibles con las herramientas usadas por los egipcios. Asimismo, en tiempos más recientes varios investigadores independientes, que no acaban de creerse el “trabajo manual” de los egipcios, han incidido en la posible intervención de una maquinaria desconocida capaz de producir resultados de máxima precisión sobre la piedra[5].

Por otro lado, un asunto que resulta bastante paradójico es que ese magnífico trabajo de la piedra –trépanos incluidos– se llevó a cabo en las primeras dinastías y luego decayó hasta desaparecer[6], lo cual nos remite a una especie de involución o retroceso, algo semejante a lo que ocurre con la construcción de pirámides. Esto tampoco resulta ser nada nuevo, pues enlaza con las múltiples muestras de un trabajo colosal de la piedra en varios lugares del planeta, lo que podría indicar la huella del legado tecnológico de una civilización ignota, que tal vez perduró en los primeros tiempos dinásticos de Egipto y luego acabó por difuminarse con el paso de los siglos y la pérdida de los altos conocimientos o poderes para manejar la materia. Recordemos ahora que para algunos especialistas, como el académico Walter Emery o el alternativo John A. West, la civilización egipcia apareció en sus inicios ya plenamente formada o desarrollada y luego se fue marchitando durante unos 3.000 años en un lento proceso de decadencia. Esto es, no hubo realmente progreso o evolución, sino el mantenimiento de una herencia ancestral que se remontaba casi a épocas mitológicas.

Este concepto, desde luego, no es más que una conjetura o hipótesis de trabajo, pero ante este despliegue de tecnología antigua tan similar –o superior– a la nuestra cabría empezar a abrir a la mente y no refugiarse en los tópicos y salidas por la tangente que suele aplicar el mundo académico. Estamos, evidentemente, delante de un problema puramente técnico que se debe aclarar con argumentos y pruebas de ingeniería y en este campo Stocks tal vez se conformó con cumplir el expediente sin abordar las mayores incógnitas. Eso no implica que los autores alternativos estén en lo cierto, pues carecen de las pruebas necesarias, pero por lo menos ya existen suficientes indicios para enfocar la controversia sin prejuicios de ningún tipo. En este sentido, las ideas preconcebidas del ámbito arqueológico o histórico sobre las antiguas civilizaciones no acostumbran a ayudar.

© Xavier Bartlett 2018

Fuente imágenes: archivo del autor / Wikimedia Commons

Imagen de experimento: (c) Denys Stocks, de su libro Experiments in Egyptian Archaeology: Stoneworking technology in Ancient Egypt (pág. 164) 




[1] El esmeril es un mineral excepcionalmente duro que se ha utilizado desde antiguo en labores de cantería y pulido.

[2] El tarugo es la prueba o probeta que se extrae de la piedra perforada con el trépano cilíndrico.

[3] ÁLVAREZ LÓPEZ, J. El enigma de las pirámides. Ed. Kier. Buenos Aires, 1976. (10ª edición)

[4] En este campo puedo aportar mi experiencia personal, pues trabajé una época de mi vida con aparatos topográficos modernos de alta precisión (las “estaciones totales”) capaces de calcular ángulos y distancias con gran exactitud gracias a una óptica excepcional y a la medición electrónica. Un error de orientación de 3’ de arco en un edificio tan grande es un estándar actual aceptable, pero resulta sorprendente para la tecnología de hace 4.500 años, aunque siempre podemos decir que la precisión obtenida pudo ser fruto del azar.

[5] Por ejemplo, el investigador independiente español Manuel J. Delgado, que ha estudiado en particular el tema de la tecnología en el Antiguo Egipto, no tiene duda de que los egipcios emplearon maquinaria avanzada para cortar o perforar la piedra y afirma seriamente que muchos cortes “limpios” sobre piedra sólo pudieron haber sido realizados con radiales. 


[6] Flinders Petrie menciona al respecto que encontró tarugos de pórfido blanco y negro, de gran dureza, datados en la 1ª dinastía, y que ya no se volvieron a realizar en dinastías posteriores.

domingo, 15 de julio de 2018

Se sigue buscando el origen del hombre (sin mucho acierto)


Suelo estar atento a las últimas novedades de la arqueología y la paleoantropología, a ver si desde el mundo académico me sorprenden con un nuevo enfoque científico o con investigaciones reveladoras, pero visto lo visto me reafirmo en lo que escribí hace no mucho: que el paradigma –que sigue en sus trece evolucionistas– hace aguas, se hunde en el Pacífico (y otros lugares) y continúa dando tumbos en cuanto al controvertido origen del hombre. Ahora mismo, según una información difundida por muchos medios de comunicación, un equipo internacional de 22 científicos liderado por la arqueóloga Eleanor Scerri, de la Universidad de Oxford, después de poner en orden las piezas disponibles sobre el origen del hombre moderno, ha llegado a la conclusión de que la vieja teoría de un único lugar de origen del ser humano ya no se sostiene. Recordemos que durante un siglo el paradigma ha defendido una cierta evolución en los primates en regiones concretas de África que habría dado paso al proceso de hominización en el citado continente, y que de allí el hombre habría saltado al resto de masas continentales; esto es lo que popularmente se ha llamado la teoría “Out-of-Africa”.

Según Eleanor Scerri, hemos de empezar a cambiar el chip. A partir de las pruebas (fósiles, artefactos, genética), el equipo en cuestión considera que más bien estamos ante un mosaico de orígenes del ser humano moderno (esto es, el H. sapiens), si bien todos ellos estarían en África, con lo cual no se violenta del todo el sacrosanto axioma del “Out-of-Africa”. Eso sí, en un arrebato de humildad, Scerri admite que la idea de un único origen del ser humano había calado en la mente de las personas, pero que tal vez la manera en que se había planteado era “demasiado simplista”. En fin, Sra. Scerri, recuerde que casi todos los mortales realizan un acto de fe con los científicos y se creen todo lo que les digan, aunque luego se demuestre que era una total estupidez. Fueron los científicos quienes crearon y desarrollaron la teoría evolucionista y luego la visión Out-of-Africa, y vendieron –y siguen vendiendo– dichos postulados como verdades demostradas, mientras enviaban al creacionismo al indeseable cajón de las creencias.

Esquema espacial y cronológico de la teoría Out-of-Africa
Pero vayamos al grano. Dado que los últimos hallazgos arqueológicos han delatado la presencia de humanos anatómicamente modernos en regiones africanas tan dispares como Etiopía, Sudáfrica y Marruecos, no ha quedado otro remedio que decir: “Bueno, sí, había humanos en todos esos sitios, y además en épocas muy antiguas”[1]. Y para complicar un poco más cosas, muy recientemente se halló una mandíbula de sapiens en Israel, con una antigüedad de unos 200.000 años. Ahora bien, puestos a arreglar este entuerto, se nos dice que esas comunidades africanas “pre-sapiens” –por llamarlas de alguna manera– vivían, en efecto, por todo el continente y que pasaron largos periodos de hibridación e intercambios culturales entre ellas para dar forma finalmente al ser humano actual. Pero además se afirma que las características anatómicas más típicas del sapiens (cráneo globular, mentón, arco supraciliar suave, cara pequeña, etc.) aparecieron en distintas zonas y en distintas épocas. La cosa se complica; o sea, se propone que no hubo un único núcleo de “importantes cambios anatómicos”, sino que varios grupos experimentaron cambios paralelos y luego, con el paso de decenas o centenares de miles de años se fueron mezclando para crear un sapiens bien definido.

Para tratar de dar cobertura a esta tesis, el equipo de Scerri incide en la importancia de los cambios climáticos, que provocaron aislamientos y acercamientos entre las diversas comunidades, que a veces podían estar separadas por ríos, montañas, desiertos, selvas,  etc., pero que según se suavizaban las condiciones más duras, podían darse nuevamente las migraciones y los contactos. Esto, de algún modo, explicaría la innegable diversidad espacial y temporal que recoge el registro paleoantropológico, con ejemplares de sapiens separados por enormes distancias y muchísimos miles de años.

Reconstrucción del Homo naledi
Las conclusiones científicas de este equipo no van mucho más allá y se reconoce que posiblemente hubo una gran diversidad de especies o poblaciones humanas –mayor que la actual– entre unos 400.000 y 200.000 años, y que todas ellas habrían convivido, sólo en África, con otros homínidos parientes nuestros como el Homo heilderbergensis o el Homo naledi. A ello cabría añadir, a modo de apostilla, que cada vez está más probado que el H. sapiens convivió en otros lugares del planeta con otros homínidos como los neandertales, los floresienses, los denisovanos e incluso con poblaciones marginales de erectus. Scerri admite en este contexto que hace medio millón de años, más o menos, los neandertales y los sapiens divergieron de un ancestro común (¿cuál?) y que los cambios se fueron acumulando con el tiempo, con lo que un sapiens arcaico no tendría que parecerse demasiado a un hombre actual. De hecho, cuando se hallaron los cráneos de Jebel Irhoud (Marruecos), con una datación de poco más de 300.000 años, al principio se los tomó por algún tipo de neandertales (que, por cierto, nunca han sido identificados como tales en África).

Por lo demás, Scerri apunta con acierto a que durante décadas ha existido un afán por protagonizar grandes descubrimientos y por llevarse el gato al agua a la hora de ajustar la teoría darwinista a los hallazgos de campo. Así, no esconde que ha existido cierto divismo e incluso guerra de trincheras entre equipos de Sudáfrica y de África oriental en una especie de competición por “encontrar lo mejor” y “tener la razón”. De esta manera, no ha sido nada extraño leer en las noticias que el paleontólogo X y su equipo declaraban –a bombo y platillo– haber descubierto un cierto cráneo muy singular, tras lo cual ya se ponían la medalla de haber dado con el origen de la humanidad, o el mítico eslabón perdido. El caso reciente del Homo naledi, que despertó expectativa, cautela y desdén a partes iguales, es buena muestra de ello.

Con todas estas explicaciones, se me ocurren algunas reflexiones finales que paso a enumerar:

1.   La propia teoría “Out-of-Africa” ya hace años que se está tambaleando, porque han ido apareciendo ejemplares de homínidos extraordinariamente antiguos en distintos puntos del planeta. Las dataciones caen por su propio peso y ya no se pueden negar. A este respecto, las supuestas migraciones desde África tendrían que haber ocurrido muchísimo antes de lo que se acepta. Además, incluso desde ámbitos científicos ortodoxos se ha empezado a insinuar la existencia de largos procesos evolutivos humanos fuera de África, y que ello implicaría también al H. sapiens. El último mazazo en este campo ha sido el hallazgo de un conjunto de toscas herramientas líticas en China con una datación de nada menos que 2,1 millones de años, que se han atribuido al Homo erectus o incluso al Homo habilis (por un mero prejuicio cronológico, como ya es costumbre[2]). En fin, puestos a hablar de chauvinismo científico, desde China –o Asia en general– hace tiempo que se están mostrando pruebas muy significativas y la comunidad científica occidental sigue mirando para otro lado.

Reproducción del cráneo del "Hombre de Pekín" (H. erectus asiático)
2.  Las nuevas propuestas sobre diversas poblaciones de pre-sapiens que conformaron al sapiens tal como lo conocemos constituyen un brillante ejercicio de fantasía e incluso un sutil varapalo al darwinismo más ortodoxo. Después de décadas hablando de sustitución (“mejora”) de unas especies por otras por selección natural, de la lucha por los recursos y de la supervivencia del más apto, del papel de las mutaciones genéticas aleatorias, etc. ahora resulta que los cambios anatómicos y conductuales que condujeron al humano moderno fueron fruto del cruce y del intercambio cultural[3], aunque bien es cierto que no se presentan sólidas pruebas que respalden este postulado. ¡Bravo!

3.    De todos modos, esta posición de “diversidad” no aclara en absoluto el origen del humano moderno en términos evolutivos, según los propios axiomas darwinistas. Si los sapiens proceden supuestamente de especies “inferiores”, como el H. erectus (en África, el llamado Homo ergaster), ¿hay que suponer que había también varios grupos de homínidos primitivos que evolucionaron a la vez en distintos lugares y épocas hacia formas “modernas”? Porque la visión que plantea Scerri es que hubo un intercambio genético entre poblaciones que reconocemos como sapiens (aunque fuesen muy arcaicos). Pero, ¿quién había antes allí? ¿Con qué clase de magia aparecen procesos evolutivos propios en tres zonas tan alejadas entre sí?

4.   El concepto de que el humano moderno ya habría salido bien definido de África, tras estas supuestas hibridaciones, es un relato especulativo. Cabe recordar que miles de años más tarde nos encontramos en Europa con el hombre de Cro-Magnon, que era un individuo robusto y con una altura media que rondaba los dos metros. Sin embargo, el humano moderno parece ser una versión un poco más ligera y reducida de dicho individuo. En cualquier caso, la diversidad racial del hombre moderno en tantos lugares del mundo sigue siendo un pequeño misterio que nadie ha desvelado aún y que se mantiene en el limbo de los cambios adaptativos al entorno natural, con la consabida aportación de las mutaciones aleatorias que se aprovechan en uno u otro sentido. 

5.   La interpretación del propio registro arqueológico podría estar contaminada por el sesgo de querer ver “evolución de especies” en vez de una simple diversidad racial o morfológica, que es lo que apreciamos hoy en día en las poblaciones humanas. Por ejemplo, una chica de raza blanca nórdica se podría juntar hoy en día con un aborigen australiano y tener descendencia, y nadie los considera individuos de “especies” diferentes. En este sentido, existen evidentes diferencias anatómicas entre un neandertal y un sapiens, pero bien que se unieron y se reprodujeron entre ellos. Y parece probado que otras “especies” se cruzaron con el sapiens o bien entre ellas. Lo que está claro es que no podemos tener hibridación con ningún simio. Eso sí que es una diferencia.

Una propuesta de árbol genealógico de la Humanidad
Concluyendo, la definición de “humano moderno” y de “cadena evolutiva” (aunque hoy en día ya se prefiere hablar de un “arbusto evolutivo”) sigue en un estadio de indefinición y especulación, a la espera de nuevas ideas brillantes o de hallazgos más o menos determinantes. Entretanto, parece que el darwinismo más rancio, con sus seres inferiores y superiores y la prevalencia y supervivencia del más apto, va a la baja. (Tales conceptos ya fueron ampliamente criticados por el profesor Máximo Sandín y en nada puedo mejorar sus argumentos[4]). Esta reformulación del clásico “Out-of-Africa” apenas aporta nada significativo, salvo la constatación de que la paleoantropología, en su búsqueda del origen del hombre, sigue perdida en sus axiomas y en la confusa interpretación de las pruebas, por otra parte bastante escasas y parciales. En realidad, la patata caliente de este asunto sigue siendo el paso milagroso de seres simiescos a humanos; esto es, cómo y por qué apareció el género Homo a partir de unos supuestos cambios evolutivos en los australopitecos. Y como en la actualidad no hay forma humana de experimentar, contrastar o reproducir los procesos evolutivos mediante mutaciones genéticas que duraron supuestamente millones de años, estamos en un callejón sin salida, y cualquier cosa que nos digan los científicos será una mera conjetura revestida de alta ciencia empírica.

Y ya puestos a criticar el oportunismo de la ciencia, veo en esta historia una propaganda multicultural y multiétnica proyectada sobre el pasado, que sin duda encaja de maravilla en la corrección política imperante, pero que como ya he señalado excluye cualquier factor no-africano, y no explica la tremenda diversidad de razas de sapiens en todo el planeta ni el propio origen del hombre moderno. En todo caso, si se reconoce que en los últimos 300.000 años los restos humanos muestran una cierta diversidad o mezcla de rasgos arcaicos y modernos, nos podríamos preguntar hasta qué punto es lícito poner fronteras bien delimitadas entre las especies de homínidos y buscar relaciones de evolución entre ellas.

© Xavier Bartlett 2018


Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] También es procedente señalar que hace unas décadas, al H. sapiens no se le daba más de 100.000 años de antigüedad; luego se aceptó, por pruebas fósiles y genéticas, que los primeros humanos modernos podrían remontarse a unos 200.000 años, y recientemente los hallazgos de restos humanos en Jebel Irhoud (Marruecos) han sido datados en más de 300.000 años. Aparte, existen otras investigaciones genéticas que apuntan a que los rasgos modernos ya estaban presentes hace centenares de miles de años, antes de que se diera una cierta diversificación o bifurcación de homínidos.
[2] En todo caso, los especialistas aseguran con el mayor aplomo que los autores de esas herramientas “vinieron de África”.
[3] En un artículo de este mismo blog recojo la opinión herética de la antropóloga americana Susan Martínez, que defiende que la diversidad de especies humanas se debió a la sucesiva hibridación y no a la evolución.
[4] Véase en este blog el artículo de Sandín sobre el origen del hombre, en tres partes.

jueves, 5 de julio de 2018

¿La espada de un samurai gigante?



La cuestión de la hipotética existencia de gigantes en un pasado remoto sigue siendo una asignatura pendiente para la arqueología alternativa. Yo mismo he investigado este tema a partir de la documentación disponible, e incluso pude realizar una investigación de campo en Tenerife, pero reconozco que las pruebas siguen siendo ambiguas o débiles y todavía hay mucho trecho por recorrer. También es cierto que los prejuicios suelen rechazar esta hipótesis –sobre todo cuando se habla de gigantes de muchos metros de altura– porque nos parece algo estrambótico o exagerado que sólo existe en el campo de la leyenda. 

Y desde luego se echan en falta los restos físicos de gigantes, a pesar de que existe una amplia documentación (casi toda ella antigua) sobre el hallazgo de huellas, esqueletos y huesos humanos de gran tamaño en diversas partes del mundo. ¿Dónde están todos esos restos? En su día ya traté de esta polémica en los tres artículos sobre gigantes y no volveré a reincidir en los argumentos.

¿Tamaño desmesurado?
Sin embargo, no es menos cierto que –además de esa escurridiza evidencia directa– existe también un importante cuerpo de pruebas indirectas en forma de objetos de enormes dimensiones que difícilmente tienen una explicación o encaje en una escala de humanos de tamaño “normal”. Esto nos lleva a la hipótesis de que dichos objetos serían en verdad utensilios –generalmente de piedra– que usarían los gigantes, como lo que se intuye en Tenerife y otros lugares (por ejemplo los enormes picos de mano hallados en el desierto de Kalahari, en África, o las colosales vasijas de Laos que ya abordé en un artículo el pasado año). Dejo aparte otras hipotéticas pruebas como grandes edificios o monumentos, porque sería muy difícil demostrar que fueron hechos por y para gigantes, sólo atendiendo al tamaño en sí de la construcción o de los bloques empleados.

Con todo, de vez en cuando van apareciendo algunos objetos extraños que llaman la atención y que parecen encajar más en un escenario de gigantes que en uno de Homo sapiens convencionales. En esta línea me voy a referir ahora a un peculiar objeto conocido ya desde hace años, pero que ciertamente me ha asombrado a falta de una buena explicación ortodoxa. En este caso no estamos hablando de un confuso resto arqueológico de hace milenios, sino de un objeto histórico que bien podríamos calificar de mera antigüedad, pues se trata de una espada de una época relativamente próxima, concretamente finales de la Edad Media.

El objeto en cuestión es una tradicional espada de hoja curva que durante siglos usaron los guerreros samuráis del Japón. Esta espada, empero, no es la típica katana, conocida por muchos y empleada por los samuráis en el combate a pie, a corta distancia. En este caso hemos de hablar de una espada ôdachi, que se usaba para el combate a caballo y que tenía una larga empuñadura, pues se blandía con ambas manos. Las ôdachi eran relativamente largas; su longitud habitual estaba alrededor de 1,65-1,75 metros.

No obstante, esta particular espada ôdachi, llamada  Norimitsu Ôdachi, mide nada menos que 3,77 metros de largo (siendo 2,26 metros de filo), por 2,34 centímetros de grosor. Lógicamente, su peso también es muy notable: 14,5 kilos. A partir de este punto ya podemos entender la mención a los gigantes. El apelativo Norimitsu se debe a Bishu Osafune Norimitsu, el artesano que forjó la espada en 1447, durante el periodo Muromachi de la historia del Japón. Los Norimitsu fueron una famosa dinastía de herreros forjadores de espadas que surgió en la escuela Oei Bizen en 1394 y que perduró hasta el fin de dicha escuela.

La enorme espada Ôdachi expuesta en Okayama

En cuanto a las circunstancias concretas y localización del hallazgo, lamentablemente no ha trascendido ningún dato a la opinión pública (cosa que no es nada inusual cuando se habla de objetos anómalos). Tampoco se sabe con precisión cuándo se produjo el descubrimiento ni quién es el actual propietario de la espada. Lo que sabemos con certeza es que la espada se encontró insertada en su respectiva vaina o funda –igualmente conservada– y que la hoja estaba recubierta de una fina capa de óxido, por lo que precisó de una cuidadosa restauración, que fue llevada a cabo en 1992 por el experto Okisato Fujishiro. Actualmente la Norimitsu Ôdachi está en exposición en el santuario Kibitsu Jinja, en Okayama.

Y por cierto, este trabajo de recuperación confirmó la autenticidad y datación de la espada, que de ningún modo puede ser un fraude o réplica moderna. Lo que se pudo comprobar también en la restauración fue la gran calidad de la obra, una hoja formada de una sola pieza, que no debió ser fácil de templar y que exigió una perfecta gestión de las altas temperaturas y posteriormente una cuidadosa tarea de pulido. En cualquier caso, una típica muestra de la forja tradicional de espadas japonesas de la época, pero a un tamaño desmesurado, que habla mucho de la habilidad del artesano.

Dicho todo esto, es fácil lanzarse a la especulación de que este artefacto fuera realizado para un humano de enorme altura, pues sólo así se explicaría su extraordinario tamaño. Lógicamente, todas las versiones ortodoxas que he podido consultar sonríen ante esta hipótesis y se limitan a recordarnos que los gigantes nunca existieron y que la espada fue forjada con fines puramente ceremoniales u ornamentales. Posiblemente habría sido encargada por un personaje poderoso que habría querido impresionar a sus pares con una pieza de gran calidad y belleza, y desde luego fuera de lo común. En este sentido, la espada sería un símbolo de prestigio y fuerza para una figura gigantesca no en lo físico, pero sí en sus cualidades y capacidades. Asimismo, estas versiones convencionales suelen referirse a la existencia en otras culturas de espadas o armas de gran tamaño cuyo fin no sería el uso en combate real sino la mera exposición de poder. Lamentablemente, a la hora de poner ejemplos, no se citan casos concretos ni la medida de tales armas.

Vayamos ahora a una visión del todo heterodoxa, desde la perspectiva de la arqueología alternativa. El investigador independiente Alex Putney nos propone el siguiente escenario: Si tomamos como referencia una altura de 1,80 metros (ya más que apreciable para personas de etnia asiática) para un guerrero que pudiera manejar una espada de 1,70 metros, tenemos que la Norimitsu Ôdachi es 2,2 veces superior en longitud, y en proporción eso supone que el hombre que la empuñó debía medir más o menos sobre los 4 metros, lo que ya nos obligaría a emplear la expresión “gigante”. En su caso, Putney prefiere emplear el término bíblico Nefilim referido al supuesto guerrero samurai que empuñó la espada.

Armadura de un samurai
Lo que es evidente es que si alguien pretendía utilizar esta arma debería sujetarla bien (con ambas manos lógicamente) y moverla con agilidad para asestar golpes a un rival. En este sentido, el problema del peso quizá sería superable pero no así el de la longitud de la hoja. Un hombre alto, incluso cercano a los dos metros, apenas sería capaz de hacer nada con semejante objeto, que más bien le parecería una pica en vez de una espada. Asimismo, no resulta factible pensar que esta espada fuese utilizada por un caballero de enorme altura y peso sobre un caballo, por muy grande y robusto que fuera el animal. Para solucionar esta objeción, Putney alude a que el guerrero podría ir montando no en un caballo sino en un robusto elefante, y de hecho sabemos del uso de elefantes en las guerras asiáticas desde tiempos muy remotos que incluso se pierden en los límites de la mitología. Por lo demás, Putney se introduce en el confuso terreno de la Atlántida y las lecturas de Edgar Cayce y atribuye esta magnífica espada a la tradición atlante de trabajar con avanzadas aleaciones metálicas que producirían objetos cortantes de gran dureza, resistencia y afilado.

Visto este panorama, más de uno podría decir que “hasta aquí hemos llegado” y que no hay por donde coger las elucubraciones alternativas, sobre todo si se invocan temas míticos como los Nefilim o la Atlántida. Sin embargo, antes de dar carpetazo a este asunto, me gustaría realizar un par de reflexiones.

En primer lugar, es bien cierto que en Japón no consta que se haya hallado un solo resto humano –ni reconocido ni “oculto”– que la arqueología alternativa haya podido atribuir a gigantes. Otra cosa es referirnos a la rica mitología asiática y del Pacífico que nos habla insistentemente de gigantes, semidioses o héroes de un pasado indefinido, al igual que en otras partes del planeta, si bien más allá de los relatos de leyenda no tenemos apenas nada realmente tangible. No obstante, vale la pena citar que los ancestros de los actuales japoneses explicaban en su tradición que ellos llegaron a las islas en tiempo inmemorial y que se toparon con una raza de gigantes de largas piernas llamados Ainu[1]. Los antiguos japoneses perdieron su primera batalla con tales seres, pero en el segundo encuentro los vencieron y sometieron. 

Si saltamos ahora de la mitología a la historia, podríamos citar algunas escasas noticias históricas sobre “avistamientos” de gigantes asiáticos. En el caso específico de Japón no hay tales testimonios, pero sí en la cercana China, aunque las referencias son más bien pobres o difusas. Así, disponemos de las cartas del siglo XVI de un español llamado Melchor Núñez que, aun viviendo en la India, hablaba de unos enormes guardianes de las Puertas de Pekín vistos por visitantes occidentales en aquella época, y que alcanzarían una altura de hasta cuatro metros y medio. (Por cierto, en 1627 un viajero inglés llamado George Hakewill incidía en el mismo tema). Asimismo, Núñez relataba que en 1555 el emperador de China mantenía en su guardia personal a 500 arqueros de tamaño gigantesco. Lamentablemente, no existen datos concretos –o más sólidos– que nos permitan corroborar estas historias.

El experto restaurador O. Fujishiro
En segundo lugar, tenemos el propio objeto como prueba, aunque sea indirecta. Dado que la visión ortodoxa sostiene que la espada era un artefacto decorativo, sería todo un reto intentar averiguar si hubo algo más que una pura “exhibición”. En este sentido, pienso que quizá sería posible estudiar la espada de forma muy minuciosa para observar tenues trazas o restos de mella o uso que fueran más allá de la corrosión metálica o el deterioro natural de otros componentes con el paso del tiempo. No soy experto en el tema, pero creo factible el estudio del filo de la hoja con técnicas avanzadas (incluyendo análisis microscópicos) para comprobar si hubo un uso o desgaste de la hoja, por pequeño que sea, lo cual podría indicar que pudo ser empleada por alguien como arma, a falta de una opción mejor. Con todo, es bien posible que el propio proceso de restauración acabara por borrar cualquier huella apreciable de ese hipotético desgaste. De cualquier modo, esto no deja de ser una mera especulación y tampoco vamos a entrar en terrenos conspirativos, sobre todo sin conocer el método específico de las técnicas de restauración implementadas.

Concluyendo, estamos ante otra de esas piezas que nos deja atónitos pero que no resulta ser una prueba determinante para justificar la existencia de gigantes. Sólo en un plano hipotético, y dando crédito a los testimonios históricos, podríamos especular con la supervivencia de un reducido grupo de gigantes en ciertas regiones de Asia hasta la Edad Moderna y que dado su enorme potencial físico podrían ejercer el rol de poderosos guerreros en su comunidad, empleando armas adecuadas a su peso y tamaño. De hecho, muchas leyendas de gigantes en todo el mundo se refieren a individuos de gran corpulencia, fuerza y habilidad con las armas, guerreros agresivos y hasta a veces salvajes y despiadados. Por supuesto, no sabemos nada sobre el supuesto samurai gigante –si es que existió– pero cabría esperar que quedara alguna crónica japonesa de esa época que mencionara la excepcionalidad de ese individuo, lo que no es el caso. Por lo tanto, sería prudente aparcar las conjeturas a la espera de que en el futuro puedan aparecer pruebas más convincentes.

© Xavier Bartlett 2018

Fuente imágenes: Wikimedia Commons






[1] No obstante, los Ainu actuales, una pequeña minoría de la población japonesa, son hombres perfectamente normales, sin rasgos de gigantismo.

sábado, 23 de junio de 2018

La imaginación se dispara en Nazca



En su día ya dediqué un amplio artículo al tema de los geoglifos (grandes dibujos o trazados realizados sobre el terreno), incluyendo un comentario sobre las famosas líneas de Nazca (al suroeste de Perú), pero ahora he creído oportuno realizar un contraste entre las visiones académicas y las alternativas sobre Nazca para poner de manifiesto que tanto desde una visión aparentemente racional y empírica como desde una más literaria o sensacionalista se acaba cayendo en meros ejercicios de imaginación. En efecto, desde que a inicios del siglo XX se redescubrieron las líneas gracias a los primeros vuelos realizados sobre la zona, Nazca ha sido objeto de mil y una teorías, a cuál más imaginativa y fantasiosa, y los propios arqueólogos no han podido evitar caer en la fácil trampa de que crear unos estupendos modelos teóricos para que las pruebas sobre el terreno “encajen” luego en dichos modelos.

Sólo a modo de breve recordatorio, mencionaré las características principales del paisaje arqueológico de Nazca. Se trata de un conjunto de líneas y de geoglifos que ocupa una extensión aproximada de unos 750 km2 en la llamada Pampa Colorada. Los trazados están hechos a base de despejar el duro terreno –de color blanco-amarillento– de las pequeñas piedras y la arena superficial de tono marrón-rojizo que lo recubre. Las líneas rectas, de anchura variable, se extienden por valles y colinas a lo largo de varios kilómetros y en algunos casos parten radialmente de un centro. Las figuras, alrededor de unas 300, se dividen en dibujos geométricos (rectángulos, trapezoides, triángulos...) y representaciones a gran escala de animales (mono, ballena, colibrí, araña, garza, perro, etc.) aunque también hay alguna forma humanoide, como el llamado “astronauta”. En cuanto a sus dimensiones, son realmente grandes y por ello sólo pueden verse desde cierta altura; el mono, por ejemplo, mide poco más de 130 metros. En lo que se refiere a su autoría y antigüedad, se atribuye el trazado de las líneas a cultura local nazca, con una datación estimada de entre el 200 a. C. y el 700 d. C. Claro que los indígenas locales, preguntados en el siglo XVI por los conquistadores españoles –que habían observado las líneas[1]– las atribuyeron a las divinidades viracochas... 

Erich Von Däniken
En fin, para mostrar ahora los dos extremos a la hora de interpretar los geoglifos, me voy a referir a las teorías del famoso escritor suizo Erich Von Däniken y a una de las más recientes investigaciones académicas, a cargo de científicos japoneses. Sobre Von Däniken no hay que hacer demasiadas presentaciones sobre su perfil y sus métodos. El autor suizo tomó las propuestas creadas por otros y popularizó mundialmente la teoría de los antiguos astronautas, hasta convertirse en un exitoso escritor de best-sellers que hacía de la arqueología alternativa su gran negocio literario. El sistema era simple: tomar todas las “anomalías” arqueológicas, removerlas un poco, y allá donde había dioses, sustituirlos automáticamente por astronautas extraterrestres.

Von Däniken ya se ocupó de Nazca en su primer libro publicado en 1968 Chariots of the Gods? (“Recuerdos del futuro” en versión española), y se maravilló de unas líneas tan largas y bien ejecutadas, sobre todo la pista situada sobre el valle de Palpa de varios kilómetros de largo. Aquello no podía ser una carretera de los incas, como decían los académicos, sino otra cosa. Porque, en su opinión, “¿qué sentido tenía para los incas realizar caminos paralelos, que se cruzaban, o que se acababan abruptamente?” Brillante argumento... Por lo demás, el investigador suizo reconocía que allí se habían encontrado cerámicas locales de la cultura nazca, pero que ello de ningún modo justificaba la simplificación de atribuir –sólo por ese motivo– las líneas a dicha cultura (luego veremos qué dicen los japoneses al respecto...). No obstante, Von Däniken sacaba a colación algunas teorías científicas sobre el propósito de las líneas, en concreto las relacionadas con alineaciones astronómicas, calendarios o rituales religiosos. Pero, más allá de estos tópicos, el autor suizo presentaba lo evidente: que la larga “carretera” era obviamente una pista de aterrizaje para naves aeroespaciales. ¡Cómo no lo había visto nadie antes!

En cuanto al conjunto completo de Nazca, reconocía que no forzosamente se debía tratar de un “aeropuerto”, pero señalaba lo siguiente (texto literal): “¿Qué hay de malo con la idea de que las líneas fueron trazadas para decir a los "dioses": ¡Aterrizad aquí! Todo ha sido dispuesto como ordenasteis?” Para Erich Von Däniken, todas las figuras de Nazca –y de otros lugares del Perú– no podían ser más que señales para un ser flotante en el cielo. Imaginación al poder.

Las largas pistas de aterrizaje... según Von Däniken
En su segundo libro, titulado en castellano Regreso a las estrellas, Von Däniken narra su experiencia sobre el terreno, así como su conversación con Maria Reiche[2] sobre las líneas. Y una vez más, vuelve a rebatir las interpretaciones convencionales y reincide en su teoría del aeropuerto. Según su visión, los extraterrestres aterrizaron sobre la llanura de Nazca y construyeron un improvisado aeropuerto con dos pistas para las naves “que hubiesen de operar en las cercanías de la Tierra”. El caso, es que los alienígenas realizaron su trabajo –el autor suizo no nos dice cuál– y luego regresaron a su planeta. Sin embargo, los nativos “deseaban ardientemente” el regreso de los imponentes dioses, y de este modo empezaron a trazar nuevas pistas sobre la llanura (que serían las líneas que cruzan las dos pistas principales). Luego, al ver que los dioses no volvían, los sacerdotes ordenarían trazar nuevas pistas orientadas según las estrellas (lugar de procedencia de los dioses), aunque nuevamente sin éxito. Con el paso del tiempo, los recuerdos de los dioses se convirtieron en tradiciones sagradas y los sacerdotes impulsaron el trazado de las figuras –algunas de ellas relacionadas con el vuelo– para estimular el regreso de los casi olvidados dioses. Y lógicamente todo debía ser realizado a gran tamaño, para que pudiera verse bien desde los cielos[3].

Como puede comprobarse, a Von Däniken no le faltaba imaginación para “escenificar” la creación de las líneas y geoglifos a partir de una supuesta inspiración extraterrestre, pasando por alto algún hecho incómodo dentro de su propia lógica, como la más que improbable necesidad de realizar largas pistas para naves alienígenas muy avanzadas (estilo platillo volante, para entendernos) que estarían a años-luz de la tecnología de las lanzaderas espaciales modernas que han de aterrizar como un avión. Por lo demás, y en honor a la verdad, Von Däniken exponía acertadamente los problemas de las visiones académicas y dejaba claro que para realizar las grandes figuras no se precisaba tecnología extraterrestre, sino un meticuloso trabajo a escala sobre el terreno.

Conjunto monumental de Cahuachi
Si ahora saltamos a los inicios de este siglo XXI, un equipo de científicos japoneses de la Universidad de Yamagata propuso hace escasos años una nueva teoría que explicaría convincentemente lo que se puede ver en Nazca. En líneas generales, la teoría propone que los trazados son fruto de dos culturas diferentes en dos épocas también distantes. Los científicos, liderados por el profesor Masato Sakai, descubrieron hasta 100 nuevos geoglifos y observaron que en la intersección de varias líneas se acumulaban fragmentos de vasijas de cerámica rotas.

Luego analizaron la posición, el estilo y el método de elaboración de los geoglifos y llegaron a la conclusión de que había hasta cuatro tipos distintos de geoglifos que se insertaban en una serie de caminos que guiaban hasta un antiguo centro ceremonial de época pre-incaica llamado Cahuachi. Con estos datos dedujeron que las líneas marcaban una especie de ruta de peregrinaje de los nativos, que llevarían sus ofrendas desde la llanura de Nazca hasta el citado conjunto religioso.

Estudiando más a fondo el tipo de geoglifos y los animales representados, y sobre todo el punto de partida, los científicos japoneses reconocieron que los distintos estilos conducían al templo desde lugares separados en el espacio, pero también en el tiempo. De este modo, Sakai afirmaba que se veía una diferencia apreciable entre los geoglifos del periodo formativo (hasta el 200 d. C.) y los del periodo del nazca inicial (hasta el 450 d. C.). Los primeros, según Sakai, se situaron para ser vistos desde los caminos rituales mientras que los segundos se usaron como lugares de actividades rituales como las destrucciones intencionadas de las vasijas de cerámica (datadas precisamente en ese periodo).

Visto este panorama, no cabe duda de que la creación de sugestivos escenarios no es propia de los autores alternativos. Si sustituimos la épica de los dioses venidos en sus naves desde lejanos planetas por el tradicional y socorrido cajón de sastre de los académicos –religión, creencias, magia, rituales, cultos, etc.– cuando se enfrentan a culturas muy antiguas estamos más o menos en las mismas. Aquí, más que imaginación, vemos la habitual construcción de un modelo que más o menos encaja en los márgenes conceptuales de ese cajón de sastre, y en el cual las pruebas físicas (esto es, los propios geoglifos) no son explicadas, sino insertadas en el modelo.

En efecto, en el caso de esta novísima teoría, uno se podría preguntar si tanto esfuerzo para crear rutas de peregrinaje estaba justificado, cuando se podría haber ideado un sistema mucho más simple a base de hitos, por ejemplo, o de una calzada. Para los científicos, quizá la presencia cercana del centro ceremonial (está casi tocando a la llanura de las líneas y geoglifos, a unos pocos kilómetros) ofrecía una buena respuesta para el sentido religioso de los trazados, pero más parece una feliz explicación que no acaba de cuadrar: por un lado, no está claro que Cauhachi tuviese una función religiosa[4], y por otro lado, parece mucho trabajo –y muy complejo– para tan escasa distancia. Aparte, especular a partir de unas meras diferencias formales resulta bastante gratuito y no aporta más certezas. Realmente, no sabemos por qué las cerámicas están ahí, por qué las rompieron y si dicha actividad se podría calificar como “ritual”. En fin, me sorprende que con tan poca evidencia –y tan difusa– se haya podido construir una historia de peregrinaje tan elaborada, y tan distinta de otras teorías académicas como la representación de constelaciones, la figuración de dioses o animales chamánicos, la identificación de corrientes de agua subterráneas, la plasmación de un gran mapa sobre el terreno, ¡e incluso la de una forma de controlar a la población teniéndola ocupada en un trabajo comunal!

Lo cierto es que la realidad de Nazca es mucho más compleja y el intrincado batiburrillo de líneas y de figuras de enormes dimensiones parece algo que desborda el estricto marcado de una incierta ruta de peregrinaje religioso. Recordemos que los geoglifos son apreciables en superficie pero su limitada visibilidad (y por ende, significado) desde tierra no tendría sentido, a menos que alguien se elevara mucho sobre el suelo y pudiera apreciar la simbología grabada sobre el terreno, lo cual nos llevaría al consabido callejón sin salida: nadie volaba en aquella época, presuntamente, a menos que demos crédito a hipotéticos viajes astrales de los antiguos chamanes[5]. En definitiva, todo resulta demasiado opaco para nuestra moderna forma de pensamiento. O quizá nos estemos perdiendo algo... vaya usted a saber si al final tendremos que volver a sacar a escena a los dioses de Von Däniken a partir de la teoría del llamado cargo-cult[6].

La Panamericana corta muchas de las líneas y figuras. Aquí se aprecian el lagarto y el árbol.
En cualquier caso, nadie a día hoy –ni en el bando académico ni en el alternativo– tiene una explicación convincente sobre el propósito de las líneas de Nazca, lo que se podría extender a muchos otros geoglifos localizados en Sudamérica u otras partes del mundo. Tampoco hay completa seguridad sobre su datación, pues las cerámicas halladas podrían ser posteriores a la realización de las líneas o bien podríamos estar ante una fase de mera restauración. Siendo rigurosos, la presencia de esos objetos situaría la intervención más moderna alrededor del 700 d. C., si bien parece demostrado que los trazados fueron realizados a lo largo de extensos periodos de tiempo. En este sentido, algunos estudiosos especulan al menos con dos momentos: uno inicial en que se dibujaron las figuras de animales y otro tardío en que se trazaron las figuras geométricas y las líneas, que en muchos casos cortan a las anteriores. Poco más se puede decir del conjunto, aparte de una mera descripción y una aproximación al método de construcción de las líneas y las figuras. Lo que resulta claro es que dada la extrema sequedad de la zona –una de las más áridas del planeta– y la baja erosión del terreno[7], los autores escogieron una región óptima para la perdurabilidad (casi eternidad) de sus trazados.

La figura de la araña
Puestos a especular y agitar la imaginación, déjenme que añada mi modesta aportación, a partir de unas simples reflexiones y comentarios. En primer lugar, no descarto una función utilitaria de los geoglifos, en algún tipo de aplicación práctica relacionada con la agricultura, como calendario o marcador natural de las estaciones, pero las explicaciones que he leído al respecto no pasan del nivel de la conjetura y apenas  desarrollan los argumentos del ámbito de la astronomía. Lo que sí es cierto es que la repetida tesis de que las líneas marcaban posiciones de astros y constelaciones ya fue desechada por varios especialistas en el tema hace muchos años. Concretamente, el experto en arqueoastronomía británico Gerald Hawkins estudió casi 200 líneas in situ en 1973 y, tras analizar las posibles correlaciones mediante computadora, llegó a la conclusión que apenas un 20% de éstas casaban con alineaciones astronómicas, y tal vez por mera casualidad.

En segundo lugar, me sorprende hasta cierto punto que los nativos de la zona hayan perdido completamente el sentido de esa tradición y que ya incluso en el lejano siglo XVI atribuyesen los trazados a los viracochas. Es una ruptura cultural que me recuerda a otras tantas disociaciones entre ciertos restos “anómalos” y las tradiciones de los nativos, que se refieren a otra época o cultura muy anterior, algo que no era propiamente “suyo”. A este respecto, algunos científicos –como Johan Reinhard– han atribuido gratuitamente creencias y rituales a los autores de las líneas para explicar la realización de los trazados y sobre todo su gran tamaño; concretamente se trataría de un culto o adoración a unos inciertos “dioses de las montañas”, los cuales –transmutados en aves o felinos voladores– podrían observar los geoglifos desde las alturas.

En tercer lugar, podemos comprobar que la mayoría de los animales representados –de forma esquemática pero con gran habilidad– no son propios de esa región desértica del Perú, quizá con la excepción del cóndor[8]. Asimismo, es curioso ver que algunas figuras presentan algunos rasgos fantásticos, como una garza (o alcatraz) con un larguísimo cuello en zig-zag. Hay también algunos rasgos extraños, como un ser no identificado con unas grandes manos o garras, una con cuatro de dedos y la otra con cinco. Incluso el mono aparece con diferente número de dedos en sus extremidades. Además, varios de los animales acaban “conectados” a una serie de líneas cuya explicación es toda una incógnita. Ello por no mencionar el misterioso humanoide (“el astronauta”) de unos 30 metros de largo, que tanto ha dado que hablar a los ufólogos: un individuo de aspecto robótico con una gran cabeza casi cuadrada, dos ojos circulares (pero sin nariz ni boca ni orejas), un cuerpo sin definir y un brazo en alto en posición de saludo. Para los arqueólogos se trata, como no podía ser de otro modo, de algún tipo de divinidad, a pesar de que no hay ninguna iconografía religiosa similar en la zona.

La figura del mono. Véanse las líneas asociadas y la elaborada cola en espiral.
El extraño aspecto del humanoide llamado "el astronauta"


Sea como fuere, si tratamos de dar una interpretación a las figuras, acabaremos por recurrir al mundo simbólico. Así, cada animal podría tener un simbolismo propio, y quizá tuviera alguna conexión con el mundo celestial, lo cual justificaría el gran tamaño, como si hubiera algún vínculo con la gran escala del firmamento. En conjunto, podríamos observar aquí una cosmovisión de tipo hermético (“Como es arriba, así es abajo”), plasmada en geoglifos para que tuviese lugar alguna forma de magia o interacción entre el firmamento (el macrocosmos) y la tierra (el microcosmos). En un contexto similar, me ha llamado mucho la atención una interpretación muy minoritaria, pero muy ingeniosa. Según la propuesta de Alan Sawyer, los geoglifos de Nazca podrían ser una especie de laberintos rituales, pues la mayoría de las figuras están realizadas con un solo trazo que nunca se cruza consigo mismo. De este modo, los nativos nazcas recorrerían la figura y absorberían simbólicamente la esencia del animal en cuestión[9]. Naturalmente, todo esto no es más que otro ejercicio de imaginación...

Pero... ¿y las formas geométricas y las líneas? ¿Estaban conectadas simbólicamente con las figuras de animales o tenían un contexto o propósito completamente distinto? ¿Tiene algún sentido realizar formas rectilíneas con cientos de ángulos y otras sin ninguno (por ejemplo, las espirales)? Tampoco veo fácil obtener una respuesta para esta cuestión, aunque Maria Reiche especuló con que se trataba de algún tipo de código o lenguaje, realizado con enormes signos sobre el terreno. Otros autores, como Paul Deveraux, han sugerido que podrían tratarse de líneas de fuerza o energía telúrica, las famosas ley-lines, pero sin abandonar el campo de la mera conjetura. Nuevamente estamos muy perdidos en este laberinto de formas, porque las teorías presentadas hasta el momento no han podido ser validadas con pruebas fehacientes. Es como si estuviéramos ante un mensaje cifrado y careciéramos de la clave o código para interpretarlo.

La figura de la garza con su largo cuello en forma de zig-zag
En todo caso, estoy seguro que tanto esfuerzo y precisión a lo largo de los siglos no se hizo ni para “pasar el rato” ni por motivos artísticos, políticos o económicos. Para los habitantes de aquella región, las líneas y geoglifos tendrían un significado muy profundo y concreto que se nos escapa completamente. Considero que esto es lo que sucede en Nazca y en otros tantos enclaves de un remoto y extraño pasado, donde el hombre moderno ha tratado de leer los restos desde su actual estado de conciencia, quedándose en la mera superficie porque es incapaz de ir más allá.

© Xavier Bartlett 2018

Fuente imágenes: David Álvarez Planas / Wikimedia Commons



[1] Lógicamente, no vieron las figuras, sólo las largas hendiduras o surcos sobre el terreno. Ya en 1540 el cronista Cieza de León observó unas señales sobre el desierto y más tarde, en 1586, el corregidor Luis de Monzón visitó Nazca y recogió esos testimonios.

[2] Matemática alemana que llegó al Perú en 1932 y se instaló en Nazca en 1946. Allí estuvo medio siglo estudiando y conservando las líneas y los geoglifos. Se la considera la experta de referencia en este tema.

[3] En la misma línea, el escritor suizo consideraba que el no menos famoso candelabro de Paracas era una especie de baliza aeroespacial.

[4] La interpretación de los restos es aún dudosa, pues también se ha sugerido que podría ser una fortaleza o una ciudadela. La función religiosa se ha atribuido principalmente por la presencia de una gran construcción escalonada de tipo piramidal.

[5] Otra opción más “realista” fue sugerida hace décadas, cuando se propuso que los primitivos nazcas pudieron haber construido unos sencillos globos aerostáticos para “vuelos ceremoniales” con los materiales que tenían a su disposición. De hecho, en 1975 Jim Woodman y Julian Knott construyeron un globo de prueba –que funcionó– a modo de arqueología experimental.

[6] El cargo-cult o “culto a la carga” se refiere a la experiencia vivida por los nativos de regiones inhóspitas del Pacífico que no habían interactuado nunca con hombres civilizados y que quedaron asombrados durante la Segunda Guerra Mundial por el transporte de carga militar mediante aviones. Luego intentaron reproducir o invocar mágicamente ese transporte –que les proporcionaba fabulosos recursos– construyendo falsas pistas, aviones, torres, etc. para que retornaran los “dioses”, sin que lógicamente tuvieran éxito. Los proponentes de la teoría del antiguo astronauta han utilizado mucho este fenómeno para explicar determinados objetos o rituales nativos.

[7] No obstante, en tiempos modernos muchas líneas se han ido deteriorando a causa de la actividad humana, en particular por las continuas olas de visitantes, y por el desarrollo industrial de esa zona del Perú, que ha provocado algunos cambios ambientales.

[8] Hay cierta controversia sobre este punto, según cómo se interpreten los dibujos, que no son completamente “realistas”. Por ejemplo, algunos autores han dicho que el tipo de araña no es autóctono de la zona, al tener una extremidad más larga que las otras (lo cual casa con una rara especie llamada Ricinulei, que es propia de remotas regiones de la selva amazónica), pero ese apéndice podría ser algo similar a las continuidades que aparecen en otras figuras.


[9] Aquí podríamos referirnos a la antigua simbología de los laberintos, utilizados desde tiempos inmemoriales en varias culturas y tradiciones de tipo mistérico o iniciático. (Véase como ejemplo clásico el laberinto de la catedral de Chartres.)