martes, 1 de octubre de 2019

El manuscrito Voynich: el paradigma del libro secreto


Introducción 

Dentro de la historia alternativa existe un pequeño subgénero que está relacionado con el estudio de ciertos libros, mapas o documentos de carácter mítico, secreto o enigmático, y que suelen vincularse a saberes esotéricos, prohibidos, o –cuando menos– controvertidos, sin que falte a veces la sombra del fraude. Y entre todos ellos destaca poderosamente el llamado manuscrito Voynich, muy conocido a nivel popular gracias a libros, documentales, reportajes y noticias de prensa. 

Este antiguo libro, escrito en clave, viene siendo objeto de especial atención desde hace décadas y de vez en cuando salta a la primera plana de los periódicos porque algún sesudo investigador dice haberlo descifrado al fin. La última de estas grandes proclamas tuvo lugar recientemente, pero enseguida quedó claro que había sido un nuevo intento fallido, una conjetura más entre otras muchas. En fin, a estas alturas resulta fútil hacerse ilusiones. Ya son muchos los intentos de desciframiento acumulados, pero hasta el momento nadie ha podido dar con la solución… si es que la hay.

Doy por hecho que este tema es bastante conocido por los aficionados a la historia alternativa y a los enigmas históricos, pero creo que vale la pena realizar una breve exposición de hechos y luego pasaré a comentar las teorías más relevantes y los (escasos) resultados obtenidos hasta el momento tras un siglo de estudios. Acabaré añadiendo alguna conclusión final, con la humildad de admitir que prácticamente ya está casi todo dicho en lo referente a este documento singular. 

Origen y descripción del manuscrito

Wilfrid Voynich
El manuscrito Voynich recibe este nombre por uno de sus últimos propietarios, un anticuario bibliófilo neoyorquino de origen polaco llamado Wilfrid Voynich (1865-1931), que compraba y vendía libros antiguos muy selectos y para ello no dudaba en viajar lo que hiciera falta para hacerse con los mejores ejemplares y colecciones. Fue precisamente en uno de sus viajes por Italia a inicios del siglo XX cuando adquirió un lote de libros en la Villa Mondragone, un convento de jesuitas de la localidad de Frascati, cercana a Roma. Entre éstos se hallaba un extraño manuscrito de aspecto medieval de un tamaño modesto (22 x 16 cm.) y que no tenía título ni autor. Se trataba de un fascinante libro de 102 folios, con poco más de 200 páginas[1], profusamente ilustrado, y escrito a mano en un sistema de escritura completamente desconocido.

Aparte, el libro contenía adjunta una carta fechada en agosto de 1666 que permitió reconstruir un poco la historia del libro. Así, sabemos que a finales del siglo XVI había pertenecido al emperador de Bohemia Rodolfo II, gran amante de la astrología y las ciencias ocultas, que lo compró a un desconocido por 600 ducados de oro. Más adelante, ya en el siglo XVII, fue cambiando de manos hasta ir a parar a un gran sabio de la época, Athanasius Kircher, que tuvo el libro a su disposición durante varios años pero que se vio incapaz de descifrarlo. Al final de su vida Kircher se hizo jesuita y acabó cediendo el libro a un seminario jesuita al sur de Roma, y de ahí que el libro reapareciese en suelo italiano unos 250 años después. El caso es que Voynich dio con él en 1912 y, al morir éste, el documento pasó a su viuda, y más tarde a otro coleccionista llamado Kraus, y éste –al no poder venderlo– lo cedió en 1969 a la Universidad de Yale, que lo conserva desde entonces en la Biblioteca Beinecke de manuscritos y libros raros, bajo el código MS 408.

En principio, todos los indicios apuntaban a que era una obra claramente medieval, y de hecho en la carta se mencionaba que el libro, según creía el emperador Rodolfo, podía haber sido escrito por el famoso filósofo inglés Roger Bacon, que vivió en el siglo XIII. Lo cierto es que una vez estudiado el manuscrito por varios expertos, algunas opiniones coincidían en que se podía datar en esa época por el estilo de las imágenes, pero otras voces lo situaban más bien hacia el siglo XVI o finales del XV. Hace pocos años se realizó un análisis de radiocarbono sobre el pergamino y se pudo confirmar que el manuscrito era ciertamente antiguo y que se podía descartar la falsificación moderna. No obstante, la fecha obtenida –aun siendo razonable– supuso una cierta sorpresa, como veremos más adelante.

Fragmento de texto del manuscrito Voynich
Pero, ¿qué hacía de este libro algo tan singular y enigmático? En lo referente al texto, actualmente se da por hecho que el extraño sistema de escritura empleado[2]es un alfabeto, pues los signos identificados –de aspecto sinuoso, elegante y con abundantes rúbricas– oscilan entre los 19 y los 28. Se trata de un caso único: no se conoce ningún otro documento con esta escritura. En total, el libro contiene unos 250.000 caracteres que forman palabras de diversa longitud (según las separaciones). Dichas palabras a veces están mezcladas o intercaladas con las imágenes, lo que ha hecho pensar que el texto fue añadido después o de forma casi simultánea. Precisamente, son las imágenes las que han permitido hacernos una idea aproximada de los contenidos, si hemos de suponer que texto e ilustraciones están íntimamente relacionados, lo cual es muy probable pero no seguro al 100%.

El caso es que gracias a las profusas ilustraciones –figurativas y coloristas– se ha podido dividir en libro en cuatro partes, más una sección final de texto que carece de imágenes, a excepción de unas pequeñas estrellas. La primera se ha bautizado como “Botánica” y contiene hasta 113 dibujos de plantas que, en su casi totalidad, no han podido ser identificadas. La segunda se ha llamado “Astronómica”, ya que muestra imágenes del Sol, la Luna y las estrellas, más unos 25 diagramas o gráficos circulares que parecen ser cartas astrales y representaciones del Zodíaco, lo que induce a incluir también la astrología[3]. La tercera, un tanto desconcertante, es la “Biológica”, con más de 200 ilustraciones de mujeres desnudas en un contexto de baño, con un complejo sistema de cañerías o fuentes. Finalmente, la cuarta parte es la “Farmacológica”, pues está ilustrada con raíces, hojas y unos frascos de supuestos fármacos (los típicos de las antiguas boticas).

Historia de las investigaciones

Una vez repasada la visión puramente descriptiva, surgen todas las preguntas fundamentales: ¿Quién fue el autor del libro? ¿Cuándo se escribió? ¿Cuál es su contenido y por qué fue objeto de codificación? ¿Estamos ante una obra secreta alquímica? ¿Qué lengua se esconde tras los enigmáticos signos? ¿Podría tratarse de un burdo engaño o fraude? Todo esto nos lleva a los múltiples estudios de desciframiento del texto y de análisis de las ilustraciones, que es lo que vamos a abordar seguidamente.

Athanasius Kircher (1602-1680)
De los tiempos pasados, sabemos que Rodolfo II encargó el desciframiento a varios sabios de su corte, que no llegaron a ninguna parte. Luego, Athanasius Kircher intentó –sin éxito– descifrar el texto. Kircher no era un cualquiera; era un gran intelectual y alquimista, versado en muchas materias, que entre otros temas estudió el mito de la Atlántida. Abordó también el desciframiento de los jeroglíficos egipcios y escribió un tratado sobre lenguajes artificiales. Con todo, tuvo que rendirse y ceder el libro, como ya hemos citado. Llegados al siglo XX, el propio Voynich fue lógicamente el primero en lanzarse a la tarea de descodificación, pero pronto se vio desbordado, por lo que solicitó ayuda a varios expertos, enviándoles copias del texto.

Uno de estos fue el profesor William R. Newbold, de la Universidad de Pensilvania, que era un destacado filósofo y medievalista. Tras dos años de estudios, en 1921 anunció a la comunidad científica que había podido descifrar el texto, que atribuía a Roger Bacon. Su solución se basaba en que, al estudiar el texto bajo el microscopio, había identificado unas minúsculas letras que quedaban ocultas por el galimatías del texto principal y que conformaban una especie de taquigrafía. Con lo que poco que había descifrado, supuestamente en latín, Newbold aseguró que se trataba de un tratado de ciencias naturales. No obstante, nadie más pudo reproducir esas “visiones” de letras casi imperceptibles y su intento quedó desacreditado a los pocos años[4].

Más adelante, y prácticamente hasta la actualidad, muchos eruditos y especialistas en criptología y descodificación (incluyendo personal muy cualificado del ámbito civil y militar) se lanzaron a la tarea de romper la clave, pero sin llegar a convencer a nadie ni presentar resultados creíbles. Sólo por citar algunos de los más destacados:

  • Joseph Feely: abogado que, siguiendo la estela de Newbold, creía que el texto era de Bacon y que estaba escrito en latín codificado. En 1943 publicó un intento –parcial– de descodificación basado en la frecuencia de los signos más empleados y su relación con determinadas imágenes, pero nadie más apoyó sus propuestas.
  • Leonell Strong: reputado médico que en 1945 proclamó haber descifrado el manuscrito, que estaría escrito en inglés medieval y codificado con un sistema bien conocido en el siglo XVI. Su trabajo fue rechazado por otros expertos.
  • Theodore Petersen: religioso experto en lenguas antiguas e historia que también estudió a fondo obras de tipo astrológico, esotérico, mágico o botánico para tener un contexto del manuscrito, pero sus trabajos –durante los años 50– no fueron más allá de un detallado análisis formal del texto.
  • NSA: La Agencia de Seguridad Nacional de los EE UU emprendió el estudio del manuscrito mediante dos equipos de trabajo (el primero en los años 40 y el segundo en los 60), dirigidos por William Friedman. Se trataba de equipos multidisciplinares que abordaron el documento desde varios ángulos, pero no obtuvieron resultados concluyentes, si bien fueron los primeros en emplear computadoras como instrumento de trabajo. También citaron el probable empleo de algoritmos de sustitución en la encriptación, pero sin poder ir más allá.
  • John Tiltman: militar británico experto en criptología, desde 1951 hasta los años 70 realizó amplios estudios estadísticos sobre los signos y llegó a la conclusión de que tal vez no se trataba de una lengua codificada sino de una especie de lenguaje sintético. Estudió también posibles paralelos en libros de botánica y medicina antiguos, pero no halló conexiones significativas con el manuscrito Voynich.
  • Robert Brumbaugh: profesor de la Universidad de Yale que situó la redacción de texto en el siglo XVI. En 1974 ofreció una traducción muy discutida y desconcertante, que no parecía tener mucho sentido, incluidas repeticiones absurdas (si bien el propio original muestra muchas secuencias repetitivas). En cuanto al idioma, pensaba que era una lengua artificial basada en el latín, pero que realmente no había ningún contenido coherente, lo que le empujaba a creer que todo era un mero fraude.
  • Mary D’Imperio: especialista en criptología, publicó una interesante obra en 1978 por encargo del gobierno de EE UU que resumía todo lo investigado sobre el misterioso libro. La aportación personal de D’Imperio se centró en el análisis de la escritura y la búsqueda –infructuosa– de sistemas semejantes. Asimismo, sugirió que debían abrirse nuevos campos de estudio como el análisis físico del documento, la profundización en la historia o recorrido del libro, la investigación colateral de los temas presentados, y la elaboración de hipótesis que puedan ser sometidas a prueba (lo que es la base del método científico).
  • Leo Levitov: médico que en 1987 causó una pequeña revolución al proclamar que el manuscrito era un manual litúrgico cátaro –que incluía el culto a Isis– que por su contenido herético se había tenido que codificar con una escritura secreta. Levitov, trabajando sobre todo a partir de las ilustraciones, había deducido que las escenas de baño de las mujeres se correspondían con el sacramento cátaro de la endura, un suicidio ritual indoloro mediante la sección de las venas en un baño caliente. En cuanto al texto, creía que no había ninguna lengua conocida encriptada, sino una especie de lengua políglota, con altas dosis de flamenco, francés y alemán antiguos.
  • Gordon Rugg: científico escocés firme partidario de que el manuscrito es un fraude. En 2003 presentó su tesis –basada en estudios estadísticos y criptográficos– de que el documento había sido “fabricado” en el siglo XVI por los ocultistas John Dee y Edward Kelley mediante un sistema de encriptación llamado rejilla de Cardano, creada en esa época por un matemático italiano. Así pues, el texto en realidad no tendría ningún sentido, pues sería el resultado de crear una serie de secuencias repetitivas según los patrones derivados del sistema ya citado. Sin embargo, sus críticos creen que no ha podido demostrar fehacientemente que se trate de una falsificación.

Un texto laberíntico

Página con texto e ilustración botánica
Una vez presentado este panorama de investigación, podemos encarar lo que sería “el estado de la cuestión”, tanto en lo referente a la interpretación del texto como de las imágenes. El intento de desciframiento del contenido ha sido un dolor de cabeza para todos los expertos, y no han sido pocos los que lo han abordado. Como ya comenté en una entrada reciente, estamos ante el peor escenario posible: escritura desconocida y lengua desconocida. En este caso no hay referentes claros, tan sólo lejanos parecidos. Se ha comparado el “voynichés” con varios sistemas alfabéticos, silábicos e incluso ideográficos sin resultados positivos. Da la impresión de ser un sistema de signos completamente inventado en el que tampoco se han podido individualizar perfectamente todas las letras, pues en bastantes casos los signos aparecen combinados o derivados, y por ese motivo no hay un consenso sobre la cantidad total de signos empleados.

Hoy sabemos que fueron dos los escribas, y que escribieron de izquierda a derecha, de forma fluida y sin cometer errores, lo que implica que estaban familiarizados con la escritura, que se muestra muy simple y a la vez elegante. El estilo caligráfico tampoco resulta fácil de datar y podría encajar en cualquiera de las suposiciones realizadas hasta la fecha. Por su fluidez y rasgos estilizados se ha sugerido que podría ser una especie de antigua taquigrafía o escritura abreviada. Ciertamente, en la Edad Media se utilizaron este tipo de recursos para redactar textos, pero de ningún modo pueden trasladarse a lo que vemos en el manuscrito Voynich. Dicho esto, y viendo la fluidez de la escritura, existe la posibilidad de que el libro fuera una copia fiel de un documento más antiguo, en que el copista sólo tuviera que “entrenarse” con los signos antes de proceder a escribir el texto definitivo, tanto si sabía el significado de lo que estaba escribiendo como si no, aunque ello es una mera especulación. Sea como fuere, y aunque Gordon Rugg opina que el manuscrito se pudo elaborar en unos pocos meses, la mayoría de expertos cree que escribir el texto y dibujar/pintar las ilustraciones implicó como mínimo un año de trabajo o probablemente varios más[5].

En todo caso, el inesperado gran obstáculo ha sido la resistencia del texto a las habituales técnicas de desciframiento que usan los criptólogos, y que fueron decisivas –por ejemplo– en la exitosa descodificación del sistema silábico Lineal B. Así, a partir de métodos estadísticos, se ha estudiado hasta la saciedad la posición, combinación y repetición de los signos y de las palabras, a fin de intentar identificar posibles vocales y consonantes. El resultado ha sido decepcionante, incluso en tiempos recientes, pese a contar con la ayuda de potentes ordenadores y programas informáticos. Lógicamente, se han buscado letras y estructuras que casasen con idiomas conocidos, pero los análisis han mostrado que la lengua subyacente no se corresponde –aparentemente– ni con el latín ni con ningún idioma europeo, lo que sería lo más razonable. Aparte, se aprecian estructuras, repeticiones y combinaciones absurdas que no hacen más que complicar el estudio global del texto.

John Tiltman (primero por la derecha)
A este respecto, algunos investigadores, como por ejemplo W. Friedman y J. Tiltman, consideraron que el idioma del manuscrito no podía ser una lengua “corriente”, sino algún tipo de lenguaje sintético o artificial, que funcionaba con otros parámetros. Y aquí podríamos tener desde una invención completa a una combinación de lenguas para crear una nueva (algo similar al esperanto), con su gramática y léxico propios[6]. Con este planteamiento, Tiltman llegó a la conclusión de que no era posible un desciframiento por la simple sustitución de letras por signos, sino que habría un sistema de múltiple sustitución muy difícil de desentrañar. De hecho, hoy en día la opinión de la mayor parte de los investigadores apunta a esa línea de imposibilidad de sustitución “uno por uno”.

Otra dificultad, que no es rara en el encriptamiento de mensajes, es que el texto contenga un parte real y otra de puro “ruido”, esto es, fragmentos que no tienen ninguna lógica y sentido y que están intercalados según determinadas reglas para confundir a los descodificadores. Existen, además, otras modificaciones o trampas que pudo haber introducido el autor para dificultar más las cosas, como –por ejemplo– eliminar las vocales, emplear abreviaturas arbitrarias, utilizar algunos signos falsos (sin ninguna correspondencia real), recurrir a anagramas (cambios de orden de las letras en una palabra), etc.

Sea como fuere, no tenemos una idea clara sobre qué sistema empleó el autor para la presunta codificación, si es hubo tal, ya que existe la posibilidad de que no haya ninguna encriptación, sino una antigua lengua genuina escrita con un alfabeto o sistema desconocido o perdido. Eso sí, la criptografía no era cosa precisamente nueva, pues ya la conocían varias civilizaciones antiguas, y en el siglo XVI se usaba ampliamente, sobre todo a partir de un tratado llamado Steganographia, escrito en 1499 por Johannes Trithemius, en el cual se compilaba todo lo referente a sistemas de encriptación de mensajes. Sin embargo, los expertos están desorientados en cuanto al origen y naturaleza del sistema empleado, pues no guarda relación con lo que se expone en dicho tratado.

El estudio de las ilustraciones

Como ya se ha dicho, las ilustraciones han permitido lanzar especulaciones fundadas sobre el contenido del libro y su división en cuatro materias principales. No obstante, aunque “una imagen vale más que mil palabras”, tampoco se ha podido extraer demasiada información de éstas y en muchos casos persiste el desconcierto y la confusión. Lo primero que se puede decir es que las imágenes –que están presentes en casi todo el libro– mantienen un mismo estilo y parecen ser obra de un solo autor (o de unos pocos), pero se hace difícil asociarlas a otros estilos de ilustración medievales conocidos, lo cual complica un intento de datación fiable.

Para los expertos, este tipo de ilustraciones no es comparable con el de otros manuscritos ilustrados medievales, que estaban ricamente decorados y enfocados a la belleza artística. Las ilustraciones del manuscrito Voynich tienen más bien un aire “científico”, aunque su calidad intrínseca ha sido objeto de debate. Así, algunos investigadores afirman que son de pobre calidad, sobre todo en la pintura, o que en algunos casos hasta parecen infantiles. Ciertamente, los dibujos son más o menos naturalistas y figurativos, pero su precisión o detalle –sobre todo apreciable en las plantas– dejaría bastante que desear, aparte de la inclusión de elementos más o menos desconcertantes o inexplicables, incluso fantásticos.

Texto e ilustración de la sección biológica
En cuanto a los temas básicos, resulta que la parte dedicada a las plantas –la Botánica– muestra especies extrañas, dudosas o de complicada identificación. Hay algunas posibles plantas europeas e incluso dos de dudoso origen americano, lo que podría darnos un claro indicativo cronológico[7], pero no hay un consenso total sobre las identificaciones. Sobre la mayoría de ejemplares, realmente no se sabe qué son. De hecho, algunas imágenes parecen tener características artificiales, mecánicas o no realistas, como si hubiera allí alguna clase de simbolismo que se nos escapa. El otro gran tema de interés es de la Biología, por lo insólito y extravagante de las imágenes, algo no visto anteriormente en libros medievales o renacentistas. En efecto, aquí vemos una serie de dibujos de pequeñas mujeres desnudas[8] –con aparentes embarazos en bastantes casos– situadas en un extraño contexto de baño, que llama la atención por su rareza, y que de hecho desencadenó la polémica interpretación del libro a cargo del doctor Levitov.

En verdad, estas escenas parecen tener un toque surrealista, mágico u onírico por los diversos elementos que acompañan a las figuras humanas: cañerías o tuberías, bañeras, estanques, plataformas, púlpitos (que asemejan “cuernos”), esferas, arcos, animales, vapores o nubes, etc. Si tuviéramos que recurrir al tópico, diríamos que estamos ante una atmósfera muy alquímica, en la que el simbolismo prevalece sobre la aparente realidad. No obstante, los expertos han querido ver aquí aspectos medicinales o terapéuticos, en que se podrían mezclar los baños medicinales con los remedios a base de hierbas. Asimismo, se han realizado otras interpretaciones más audaces, en las que se sugiere que en estos dibujos en realidad las figuras humanas representarían órganos del cuerpo, algo mucho más biológico, por decirlo así. Tampoco han faltado especulaciones sobre una posible representación de procesos químicos. En todo caso, hay una presencia bastante recurrente de mujeres desnudas, pues también las vemos con frecuencia en las ilustraciones de la parte astrológica-astronómica, y para varios investigadores más bien se trataría de ninfas.

En cualquier caso, tomando en conjunto todas las ilustraciones, vemos que las cuatro materias principales parecerían formar una unidad en torno al tema de la salud o la medicina, con un fuerte componente de herboristería y farmacopea, para conformar lo que sería una especie de manual práctico. Todo ello, por supuesto, teniendo en cuenta la doble suposición de que el texto tiene sentido y que está directamente relacionado con las ilustraciones.

Autoría y datación

John Dee (1527-1608)
En un principio, el filósofo, científico y alquimista Roger Bacon (1213?-1294) fue el primer candidato a autor, por la referencia en la carta, pero con el tiempo se ha ido desestimando esta teoría e incluso ya ni siquiera se contempla una copia posterior. Ahora bien, dejando a Bacon, no hay ninguna opción o pista sólida. Strong propuso el nombre de Anthony Askham, un médico inglés del siglo XVI, pero nadie le dio credibilidad. La única propuesta concreta que desde el siglo pasado ha generado un debate serio es la de John Dee y Edward Kelley, que hicieron una tournée por Europa Central a finales del siglo XVI. Esto podría tener cierto sentido por la coincidencia en el tiempo y el espacio de la aparición del libro en Bohemia. Asimismo, sería relevante el bagaje científico y ocultista que podían aportar ambos autores, así como su capacidad para encriptar ingeniosamente el escrito, ya fuera un texto real o una simple farsa; en todo caso el objetivo hubiera sido venderlo al emperador Rodolfo por una apreciable suma. El problema de esta propuesta nos lleva al segundo tema: la datación.

Durante mucho tiempo, las opiniones técnicas tendieron a situar el libro en el siglo XVI o finales del XV, y en menor medida en los siglos XIII o XIV. No obstante, la datación por Carbono-14 realizada sobre cuatro muestras (de cuatro folios distintos) por la Universidad de Arizona en 2009 dio una fecha que oscilaba entre los años 1404 y 1438, con una seguridad del 95%. Esta cronología es factible, pero desmonta no sólo la autoría directa de Bacon, sino también la de John Dee (y cualquier otra autoría del siglo XVI), lo cual no excluye que Dee hubiera poseído el manuscrito y lo hubiera vendido al emperador. En cualquier caso sabemos que el C-14 no es un método infalible, que está bajo sospecha y que incluso en arqueología ha provocado más de una polémica. Ahora no entraré a valorar los elementos de la controversia, que se pueden resumir en el problema de las contaminaciones y de la irregularidad de la cantidad de C-14 en el ambiente, pero a falta de otra metodología válida de datación absoluta es lo mejor que tenemos.

Con todo, se han buscado pistas alternativas en el propio manuscrito sobre el autor, lugar de procedencia y cronología, y en algunas imágenes aisladas se han podido hallar ciertas indicaciones. Por ejemplo, tenemos un pequeño castillo –dibujado en una hoja de rosetas– que se asemeja a construcciones típicas del norte de Italia, a partir del siglo XIV. Otra imagen es la de un hombre con una ballesta (representando a la constelación de Sagitario), que podría compararse con otros dibujos de arqueros o ballesteros alemanes del siglo XV. Asimismo, un especialista italiano en botánica, Sergio Toresella, afirma que las imágenes de plantas se asemejan al estilo de ilustración de la Italia de mediados del siglo XV.

Juntando estos datos gráficos y la datación de C-14 podríamos situar pues el manuscrito en el siglo XV, siempre que descartemos la mencionada identificación de dos plantas americanas. Sobre el origen geográfico del manuscrito, algunos expertos especulan con que tal vez fue realizado cerca de la zona alpina (al norte, Alemania, o al sur, Italia), aunque también se han propuesto otros lugares, como Europa Central, Francia, Polonia e incluso España. En cuanto al autor, no podemos decir mucho más; es posible que él mismo realizara el texto y las ilustraciones, pero no es seguro, y también se puede contemplar la hipotética intervención de un copista. Quizá el creador del texto fuera un médico, un botánico, un humanista o un alquimista; en todo caso una persona con mucha inteligencia e ingenio, si es que él mismo codificó el texto.

Conclusiones

Llegados a este punto, es evidente que el manuscrito Voynich nos ofrece múltiples caras, enfoques e hipótesis. Hay muchos frentes abiertos y casi ninguno cerrado, como en una complicada investigación detectivesca digna de Sherlock Holmes. Posiblemente la controversia principal gira en torno a la naturaleza del texto: ¿es realmente un contenido con sentido o se trata de una simple farsa, un fraude? Desde hace décadas, varios investigadores contemplan seriamente la posibilidad de que el manuscrito sea un elaborado fraude, un engaño realizado para obtener influencia, prestigio o simplemente dinero[9]. Si así fuese, se trataría de una mera fachada, un cúmulo de signos –detrás de los cuales no habría nada– apoyados por unas imágenes para dar un supuesto “contexto”. ¿O tal vez fuese una especie de reto o juego diabólico para que personas sabias e inteligentes intentasen dar con una solución (casi) imposible? En tal caso, el autor –desde su tumba– todavía se debe estar riendo de los esfuerzos de tantas personas en los tiempos recientes.

Los argumentos que apoyan esta hipótesis tienen cierto peso y sobre todo descansan en la increíble rareza del texto y en la imposibilidad de conectarlo con ninguna lengua reconocible, aparte de que no ha aparecido hasta la fecha ningún otro documento de esas mismas características. Todo es demasiado único y difícil de relacionar con otros manuscritos contemporáneos. Ciertamente, es muy significativo que personas de enorme cualificación en criptología se hayan estrellado contra el texto y que los avances durante un siglo hayan sido mínimos. Las soluciones propuestas han sido tantas y tan variadas que la impresión general es de desconcierto y de no saber ya por dónde tirar. Y todavía resulta más frustrante la impotencia de la investigación moderna, por cuanto los análisis por medios informáticos tampoco han podido conducir a ninguna explicación razonable.

Página con ilustración astrológica
Dicho esto, nadie ha podido demostrar que el manuscrito sea un fraude, y las posibilidades de que sea auténtico son –como mínimo– las mismas de que sea una farsa. Esto no implica que todo el texto tenga sentido, como ya se ha mencionado, pero al menos habría un núcleo de contenido válido, relacionado presuntamente con las ilustraciones. Además, hemos de tener en cuenta el trabajo que implicó la elaboración del manuscrito: parece mucho esfuerzo y coste para ser un material completamente falso, aunque se pudiera sacar buen dinero de él. Otra cosa, que ya sería objeto de una discusión aparte, sería especular sobre si ese contenido válido era realmente provechoso o avanzado en términos científicos o si era puramente trivial. Todas las opciones son posibles hasta que no que no haya un desciframiento aceptado por la gran mayoría de los expertos. Entretanto, el manuscrito se ha convertido ya en el paradigma del libro secreto por excelencia y seguirá dando que hablar y provocando estupor ante su aparente irracionalidad.

Personalmente, contemplo la posibilidad de que el libro pudiera contener un conocimiento elevado y que por ese motivo fuese objeto de una compleja encriptación que superaba todos los estándares conocidos de su época (¡y también de la nuestra!). Se trataría quizás de una obra de tipo iniciático o mistérico, cargada de simbolismos y relacionada con el entorno de los alquimistas o de las sociedades secretas. Por consiguiente, sería un material destinado sólo a iniciados que dispusiesen de la clave para leer la peculiar escritura creada por el autor o por otra persona desconocida. Así pues, podríamos estar ante una obra alquímica secreta que sólo debía moverse en círculos muy cerrados y que –por alguna jugada del destino– afloró al mundo de los profanos, yendo a parar a la corte de Rodolfo II. Por supuesto, todo esto no es más que una conjetura, como tantas otras.

Para concluir, adjunto un enlace para los que deseen echarle un vistazo al manuscrito. Se trata de una presentación escaneada del libro a doble página, con posibilidad de ampliación para fijarse en los detalles. Y, en fin, que cada cual juzgue por sí mismo.


© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons



[1] Los folios se corresponden con la doble página, pero hay algunos folios desplegables de 2, 3 y hasta 4 páginas. Lamentablemente, se pudo comprobar que habían sido arrancadas 24 páginas, que se perdieron para siempre. Las páginas están numeradas, pero los números no eran del original, sino que fueron añadidos a posteriori.

[2] Existen algunos pocos términos en latín, pero parecen ser claramente adiciones posteriores.

[3] Para algunos autores habría aquí una parte diferenciada, que califican de “cosmológica”.

[4] La confirmación oficial del fracaso la dio 10 años más tarde John Manly, colaborador de Newbold, que confirmó que la “taquigrafía” vista por Newbold no eran más que grietas o impurezas sobre el pergamino.

[5] Theodore Petersen replicó a mano todo el texto del manuscrito y tardó cuatro años, aunque no sabemos cuánto tiempo diario dedicaba a esta tarea.

[6] Y no podía faltar aquí alguna teoría más arriesgada, como la de nuestro amigo Von Däniken que en el libro La historia miente sugirió que el lenguaje en cuestión podría ser de origen extraterrestre.

[7] Si, en efecto, hubiera representadas plantas originarias de América obligaría a fechar el manuscrito en el siglo XVI, a menos que por alguna razón dichas plantas hubieran llegado a Europa antes, lo cual encajaría con la heterodoxa propuesta de que América ya era conocida –para unos pocos occidentales– antes del viaje de Colón. De todos modos, la identificación de dichas plantas, a cargo del experto Hugh O’Neill en los años 40, ha estado envuelta en cierta polémica.

[8] Cabe apuntar que existen unas pocas figuras masculinas, o al menos dudosas, pero la gran mayoría son indiscutiblemente femeninas.
  
[9] Esto sería más razonable si el manuscrito hubiera sido “fabricado” en el siglo XVI para venderlo a un gran personaje, como fue el caso del emperador Rodolfo, pero si admitimos que el manuscrito es del siglo XV, entonces no sabemos qué paso con él durante unos 150 años, si fue objeto de alguna compraventa o si tuvo otros propósitos.