miércoles, 14 de agosto de 2019

El legado prohibido de una raza caída (1ª parte)


Uno de los temas recurrentes de la arqueología alternativa desde hace décadas ha sido el origen del ser humano y de la civilización, desligándolo del actual relato darwinista para profundizar en otras vías, a menudo relacionadas con la mitología. En este contexto, varios autores han tratado de dar explicaciones sobre la posible traslación de la historia bíblica a un escenario “realista”. Así, se han preguntado si en verdad existió el Paraíso o Jardín del Edén, y de ser así, dónde se situaba. Tampoco han faltado las preguntas y las hipótesis sobre el origen de la civilización, que sacó a la Humanidad del primitivismo: ¿Fue un proceso histórico “natural” o bien existió una raza de “dioses civilizadores”, tal como citan muchas mitologías? ¿Quiénes fueron estas figuras legendarias? ¿De dónde surgieron? ¿Cómo actuaron?

Andrew Collins
El investigador todo-terreno Andrew Collins –que junto con Graham Hancock y Robert Bauval conforma la gran tríada de la arqueología alternativa británica– se dedicó hace unos años a investigar a fondo este tema tomando como base la tradición judeo-cristiana y algunos relatos bíblicos específicos, como el Libro de Enoc, aparte de otras antiguas mitologías asiáticas. Su meta no era otra que sonsacar lo que podía haber de histórico o arqueológico en un escenario típicamente ligado a la religión y el mito, con personajes aparentemente irreales como los ángeles caídos, también llamados Vigilantes o Nefilim. Collins acabó dedicando todo un libro a esta cuestión, pero a modo resumen de sus pesquisas escribió un extenso artículo que, por su interés, tradujimos y publicamos con su permiso en la revista Dogmacero en 2013.

Creo sinceramente que, pese a algunas dudas, especulaciones y controversias, este material de investigación es de lo mejor que ha publicado Collins y por ese motivo lo pongo a disposición de los lectores del blog para que saquen sus propias conclusiones sobre las cuestiones que se ponen a debate. Les dejo pues con este apasionante viaje por Oriente Medio hace miles de años y con la inesperada intervención de dioses, demonios y chamanes en los asuntos humanos. Eso sí, dada la gran extensión del material original, he preferido ofrecer el documento en tres partes, que iré editando y publicando en las próximas semanas. ¡Ruego un poco de paciencia!


El legado prohibido de una raza caída


Clásica representación de un ángel bíblico
Los ángeles son algo que asociamos a las bellas pinturas pre-Rafaelitas o del Renacimiento, a las estatuas de la arquitectura gótica o a los seres sobrenaturales que intervienen en nuestras vidas en tiempos de problemas. Durante los últimos 2.000 años ésta ha sido su imagen estereotipada, fomentada por la Iglesia cristiana. Pero, ¿qué son los ángeles? ¿De dónde vienen, y qué han significado para el desarrollo de la religión organizada?

Muchas personas ven el Pentateuco, los cinco primeros libros del Antiguo Testamento, como una plétora de relatos de ángeles que se aparecen a los honrados patriarcas y a los profetas visionarios. Sin embargo, esto no es tan simple. Hay tres ángeles que se acercan a Abraham para anunciarle el nacimiento de un hijo llamado Isaac a su esposa Sara, mientras él está sentado debajo de un árbol en la llanura de Mambré. Hay dos ángeles que visitan a Lot y a su esposa en Sodoma, antes de su destrucción. Está el ángel que lucha con Jacob toda la noche en un lugar llamado Peniel, o aquellos a quienes ve subir y bajar de una escalera que se extiende entre el cielo y la Tierra. Sin embargo, con excepción de estos relatos, hay muy pocos ejemplos. Generalmente, cuando aparecen los ángeles, la narración se presenta a menudo vaga y confusa sobre lo que está pasando exactamente. Por ejemplo, en el caso de Abraham y Lot, los ángeles en cuestión se describen simplemente como “hombres”, que se sientan a tomar alimentos como cualquier persona mortal.

Influencia de los Magi

No fue sino hasta los tiempos de post-exilio, es decir, después de que los judíos regresaran de su cautiverio en Babilonia (alrededor del 450 a. C.), en que los ángeles se convirtieron en parte integrante de la religión judía.  Fue incluso más tarde, alrededor de 200 a. C. que comenzaron a aparecer con frecuencia en la literatura judía religiosa. Obras como el Libro de Daniel y el apócrifo Libro de Tobías contienen relatos enigmáticos de los seres angélicos que tienen nombres propios, apariencias específicas y jerarquías establecidas. Estas figuras radiantes eran de un origen no-judío. Todo indica que eran extraños, importaciones de un reino extranjero, es decir, Persia.
 

El país que hoy conocemos como Irán no podría parecer a primera vista la fuente más probable de los ángeles, pero es un hecho que los judíos exiliados estuvieron muy expuestos a sus creencias religiosas después de que el rey persa Ciro el Grande tomara Babilonia el año 539 antes de Cristo. Estas creencias incluyen no sólo el zoroastrismo (del profeta Zoroastro o Zaratustra), sino también la religión mucho más antigua de los Magi (“Magos”), la élite de la casta sacerdotal de la región de Media, en el noroeste de Irán. Ellos creían en un todo un panteón de seres sobrenaturales llamados ahuras, o “los brillantes”, y daevas-ahuras que habían perdido de la gracia por haber corrompido a la humanidad.

Aunque finalmente acabaron fuera de la ley en Persia, la influencia de los Magi se imbricó muy profundamente en las creencias, costumbres y ritos del zoroastrismo. Por otra parte, no puede haber duda de que el magismo, del cual derivan los términos mago y magia, ayudó a establecer la creencia entre los judíos, no sólo de jerarquías completas de ángeles, sino también de legiones de ángeles caídos, un tema que alcanza su máxima inspiración en una sola obra: el Libro de Enoc.

El libro de Enoc

Edición inglesa del Libro de Enoc
Compilado por etapas en algún momento entre 165 a.C. y el comienzo de la era cristiana, este trabajo considerado pseudoepigráfico (es decir, falsamente atribuido) tiene como tema principal la historia que hay detrás de la caída de los ángeles. Sin embargo, no se refiere a la caída de los ángeles en general, sino de aquellos que fueron originalmente conocidos como Erin (Er en singular), “aquellos que vigilan”, o simplemente “vigilantes”.
 

El Libro de Enoc narra la historia de cómo 200 ángeles rebeldes, o Vigilantes, decidieron transgredir las leyes celestiales y “descender” a los llanos y tomar esposas de entre la especie mortal. El lugar atribuido para este acontecimiento es la cumbre del Hermón, un lugar mítico generalmente asociado con las cumbres nevadas del monte Hermón, en la cordillera del Ante-Líbano, al norte de la actual Palestina (sin embargo, veremos más adelante la cuna más probable de los Vigilantes).
 

Los 200 rebeldes eran conscientes de las consecuencias de sus transgresiones, porque acordaron bajo juramento que su líder Shemihaza asumiría las culpas si toda la fatal aventura acabase terriblemente mal. Después de su descenso a las tierras bajas, los Vigilantes disfrutan de las delicias terrenales con sus “esposas” elegidas, y así –por medio de estas uniones– nacieron unos descendientes gigantes llamados Nephilim, o Nefilim, una palabra hebrea que significa “aquellos que han caído”, los cuales aparecen en las traducciones al griego como “los gigantes”.

Secretos celestiales

Aparte de aprovecharse de nuestras mujeres, los 200 ángeles rebeldes se dedicaron a impartir secretos celestiales a los que tenían oídos para escuchar. De uno de ellos, un líder llamado Azazel, se dice que “enseñó a los hombres a fabricar espadas, cuchillos, y escudos y corazas, y les dieron a conocer los metales (de la tierra) y el arte de trabajarlos”, lo cual indica que los Vigilantes aportaron el uso del metal a la humanidad. También les instruyeron sobre cómo hacer pulseras y adornos y les mostraron cómo usar el antimonio, un frágil metal blanco empleado en las artes y en la medicina.
 

A las mujeres, Azazel les enseñó el arte de “embellecerse” los párpados y el uso de “todo tipo de piedras preciosas” y “tinturas colorantes”, presuponiendo que el uso del maquillaje y las joyas no se conocía antes de esta era. Además de estos crímenes, Azazel fue acusado de enseñar a las mujeres cómo disfrutar del placer sexual y entregarse a la promiscuidad, algo visto como una blasfemia “impía” a los ojos de los narradores hebreos.

Otros Vigilantes fueron acusados de revelar a la especie mortal el conocimiento de las artes más científicas, como la astronomía, el conocimiento de las nubes (la meteorología), las “señales de la Tierra” (probablemente la geodesia y la geografía), así como las “señales”, o el paso de los cuerpos celestes, como el sol y la luna. A su líder, Shemihaza, se le acredita haber enseñado “encantamientos y extracción de raíces", una referencia a las artes mágicas rechazadas por la mayoría de los judíos ortodoxos. Otro de ellos, Pênêmûe, enseñó “lo amargo y lo dulce”, seguramente una referencia al uso de hierbas y especias en los alimentos, a la vez que instruía a los hombres sobre el uso de “tinta y papel”, lo que implica que los Vigilantes introdujeron las primeras formas de escritura. Mucho más inquietante es Kâsdejâ, de quien se dice que enseñó a “los hijos de los hombres todos los malvados caprichos de los espíritus y demonios, y los secretos para eliminar el embrión en el útero”. En otras palabras, enseñó a las mujeres a abortar.
 

Figuración de Shemihaza
Estas líneas relativas a las ciencias prohibidas, cedidas a la humanidad por los Vigilantes rebeldes, plantean la pregunta fundamental de por qué los ángeles deberían haber poseído en primera instancia un conocimiento de estos asuntos. ¿Qué necesidad tenían de trabajar los metales, usar exquisiteces, encantamientos y escritura, embellecer el cuerpo, emplear especias, y saber cómo abortar? Ninguna de estas habilidades son lo que uno podría esperar que poseyeran los mensajeros celestiales de Dios, a menos que éstos fueran originalmente humanos.
 

En mi opinión, la revelación de este conocimiento y sabiduría previamente desconocidos parecen ser las acciones de una raza muy avanzada que transmitió algunos de sus secretos estrictamente reservados a una cultura menos desarrollada que estaba aún tratando de entender los principios básicos de la vida.

Más desconcertantes resultan los aparentes actos de los ahora completamente desarrollados Nefilim, pues se dice:

“Y cuando los hombres ya no pudieron mantenerlos, los gigantes se volvieron contra ellos y devoraron a la Humanidad. Y empezaron a pecar contra los pájaros y las bestias, y los reptiles y los peces, y a devorarse la carne unos a otros, y beberse la sangre. Luego la tierra estableció acusación contra los sin ley.”

Ya entonces, los gritos de desesperación de la humanidad fueron claramente escuchados por los ángeles, o Vigilantes que habían permanecido leales al cielo.

Uno por uno son escogidos por Dios para proceder contra los Vigilantes rebeldes y sus descendientes, los Nefilim, que son descritos como “bastardos y réprobos e hijos de la fornicación”. El primer líder, Shemihaza, es colgado y atado boca abajo y su alma desterrada para convertirse en las estrellas de la constelación de Orión. El segundo líder, Azazel, fue atado de pies y manos, y expulsado eternamente a la oscuridad de un desierto denominado Dûdâêl. Sobre él se colocaron “piedras irregulares y bastas” y aquí se mantendrá por siempre hasta el Día del Juicio, cuando será “arrojado al fuego” por sus pecados. Por su implicación en la corrupción de la humanidad, los Vigilantes rebeldes se ven obligados a presenciar la masacre de sus propios hijos antes de ser expulsados a una especie de prisión celestial, vista como un “abismo de fuego”.

Los siete cielos

Entonces el patriarca Enoc entra en escena y, por algún motivo inexplicable, se le pide que interceda en favor de los rebeldes encarcelados. Él intenta reconciliarlos con los ángeles del cielo, pero fracasa estrepitosamente. Después de esto, el Libro de Enoc relata cómo el patriarca es llevado por los ángeles sobre montañas y mares hasta los “siete cielos”. Aquí ve una multitud de seres angélicos que observan las estrellas y otros cuerpos celestes en lo que aparentan ser observatorios astronómicos. Otros cuidan de huertos y jardines que tienen más en común con un kibutz israelí que con un reino etéreo sobre las nubes. En otra parte del “cielo” está el Edén, donde Dios plantó un jardín para Adán y Eva antes de su caída, siendo Enoc el primer mortal en entrar en este dominio desde la expulsión de éstos. Por último, durante la vida del bisnieto de Enoc, Noé, el Gran Diluvio cubre la tierra y destruye todos los vestigios restantes de la raza gigante. Así termina la historia de los Vigilantes.
 

Los Hijos de Dios

Los Nefilim y las hijas de los hombres
¿Qué vamos a hacer con el Libro de Enoc? ¿Están sus relatos sobre de la caída de los Vigilantes y las visitas al cielo del patriarca Enoc basados en algún tipo de verdad histórica? Los estudiosos dirían que no. Ellos creen que es una obra puramente de ficción, inspirada en el libro del Génesis, en particular, dos pasajes enigmáticos en el capítulo 6. En el primero, constituido por los versículos 1 y 2, se dice lo siguiente:

“Y aconteció que cuando los hombres comenzaron a multiplicarse sobre la faz de la tierra, y les nacieron hijas, los hijos de Dios vieron que las hijas de los hombres eran hermosas, y tomaron para sí todas las esposas que eligieron.”
Por hijos de Dios, el texto quiere decir ángeles celestiales, siendo el original hebreo bene-ha-Elohim. En el versículo 3 del capítulo 6, Dios declara de forma inesperada que su espíritu no puede permanecer en los hombres para siempre, y que, puesto que la humanidad es una creación de la carne, su vida útil en lo sucesivo se reduciría a “ciento veinte años”. Sin embargo, en el versículo 4, el tono vuelve de repente al tema original de este capítulo, ya que dice:

“Los Nefilim estaban en la tierra en aquellos días, y también después, cuando los hijos de Dios se juntaron con las hijas de los hombres, y les engendraron hijos: los mismos valientes que desde la antigüedad fueron los varones de renombre.”
 

Como se considera que el Pentateuco fue escrito por Moisés, el legislador de c. 1200 a.C., se supone que las líneas del Génesis 6 influyeron en la elaboración del Libro de Enoc, y no al revés. A pesar de esta obvia suposición por parte de los eruditos hebreos, existen pruebas que demuestran que gran parte de Génesis fue escrito después del regreso judío del cautiverio en Babilonia, a mediados del siglo V a.C. Si este fuera el caso, entonces no hay razón por la cual las líneas del Génesis 6 no podrían haber sido manipuladas en esta época. En un intento de enfatizar la enorme antigüedad del Libro de Enoc, el mito hebreo siempre ha afirmado que fue transmitido a Noé, nieto de Enoc, después del Diluvio, es decir, mucho antes de la compilación del Génesis. Esta reivindicación de anterioridad sobre el Pentateuco llevó finalmente al teólogo cristiano San Agustín (354-430 d.C.) a afirmar que el Libro de Enoc era demasiado antiguo (ob nimiam antiquitatem) para ser incluido en el Canon de las Escrituras.

Las raíces de los Nefilim

Las líneas del Génesis 6 contienen otro enigma, ya que parecen encarnar dos tradiciones totalmente diferentes. Revisemos de nuevo las palabras del versículo 2. Éstas hablan de los Hijos de Dios que fueron hacia las Hijas de los Hombres, mientras que, en contraste, el versículo 4 dice con firmeza:

“Los Nefilim estaban en la tierra en aquellos días y también después de eso, cuando los hijos de Dios vinieron donde las hijas de los hombres.”

Y también, después de eso…
 

El significado parece bastante claro: existen dos tradiciones muy distintas mezcladas aquí: una relativa a la raza caída conocida por los primeros israelitas como los Nefilim (que se mencionan en otras partes del Pentateuco como los progenitores de una raza de gigantes llamados Anakim), y otra relativa a los bene ha-elohim, los Hijos de Dios, que son equiparados directamente con los Vigilantes en la tradición enoquiana. Los teólogos son conscientes de este dilema, y evaden el problema sugiriendo que los ángeles cayeron en desgracia dos veces, una vez por el orgullo y luego nuevamente por la lujuria. Parece cierto que el término Nefilim era el nombre original hebreo de la raza caída, mientras que bene ha-elohim es un término muy posterior, plausiblemente procedente de Irán, que entró en el Génesis 6 mucho tiempo después de su compilación original. A pesar de las contradicciones en torno al Génesis 6, su importancia es manifiesta, ya que mantuvo la firme creencia entre los antepasados de la raza judía de que, en algún momento del lejano pasado, una raza gigante había gobernado la Tierra.
 

Así pues, si los Vigilantes y los Nefilim realmente habían habitado este mundo, entonces, ¿Quién o qué eran esos seres que parecían físicos? ¿De dónde vinieron? ¿Qué aspecto tenían? ¿Dónde vivieron y cuál fue su destino final?

El Libro de Enoc era una fuente vital de conocimiento con respecto a su antigua existencia, pero yo necesitaba más: otros relatos menos contaminados de esta aparente raza de seres humanos. Entonces ocurrió una ruptura importante.

La conexión del Mar Muerto
 

Los eruditos hebreos habían observado, desde hacía mucho tiempo, las semejanzas entre algunas de las enseñanzas reaccionarias en el Libro de Enoc y los evangelios según los esenios, una notable comunidad religiosa muy justa, que –según los eruditos clásicos– existió en la orilla occidental del Mar Muerto. Esta conexión quedó fortalecida después de 1947, cuando se supo que entre los Rollos del Mar Muerto, que ahora se consideran escritos por los esenios, había varios fragmentos de textos pertenecientes a diversos ejemplares del Libro de Enoc. Hasta ese momento, las únicas copias disponibles del manuscrito completo eran las diversas copias redactadas en el lenguaje escrito etíope de Ge'ez, la primera de las cuales llegó a Europa a través del explorador y masón escocés James Bruce of Kinnaird después de sus famosos viajes a Abisinia entre 1769 y 1772.

Rollos del Mar Muerto
Los Rollos del Mar Muerto no sólo confirmaron la autenticidad del Libro de Enoc, sino que también demostraron que se habían mantenido en gran estima por la comunidad esenia de Qumrán, y que incluso podría haber estado detrás de su elaboración original en algún momento después de 165 a. C. Más importante aún, los eruditos hebreos también comenzaron a identificar varios otros tratados previamente desconocidos, de estilo “enoquiano” entre el corpus del Mar Muerto, y éstos incluían más referencias a los Vigilantes y a sus descendientes, los Nefilim. Muchos de estos fragmentos específicos fueron finalmente identificados por el erudito del Mar Muerto J.T. Milik como extractos de un trabajo perdido llamado el Libro de los Gigantes.  Anteriormente, esta obra sólo había sido conocida por referencias aisladas en textos religiosos pertenecientes a los maniqueos, una fe gnóstica herética que se extendió por toda Europa y Asia, hasta China y el Tíbet, a partir del siglo III d.C.
 

El Libro de los Gigantes continúa la historia narrada en el Libro de Enoc, relatando cómo reaccionaron los Nefilim al saber que su inminente destrucción se debía a las incongruencias de sus padres Vigilantes. La lectura de esta antigua obra ofrece al lector una visión más compasiva de los Nefilim, que –como inocentes transeúntes– afrontan un dilema que está más allá de su control personal.

Rostro de víbora
 

Sin embargo, al margen de este tratado aún muy fragmentario, han surgido otros textos enoquianos entre los Rollos del Mar Muerto, que en mi opinión son igualmente importantes. Uno de ellos es el Testamento de Amram. Amram era el padre del legislador Moisés, si bien en esta historia cualquier marco temporal bíblico es irrelevante. Lo que es mucho más significativo es la aparición de los dos Vigilantes que se le aparecen en una visión como en sueños mientras él descansa en su cama, ya que el texto reconstruido dificultosamente dice lo siguiente:

“[Vi a los Vigilantes] en mi visión, el sueño-visión. Dos (hombres) se peleaban por mí, diciendo... y sosteniendo una gran contienda sobre mí. Yo les pregunté: '¿Quiénes sois, que tal poder tenéis sobre mí?' Ellos me respondieron: 'A nosotros [se nos ha dado el] poder y el gobierno sobre toda la humanidad.' Ellos me dijeron: '¿A quién de nosotros escoges [tú para que te gobierne?' Levanté los ojos y miré.] [Uno] de ellos era terrorífico en su apariencia, [como una] serpiente, [su] manto multicolor, pero muy oscuro... [Y miré de nuevo], y... en su apariencia, su rostro como una víbora, y [llevaba...] [en extremo, y todos sus ojos...].

El texto identifica a este último Vigilante como Belial, el Príncipe de las Tinieblas y Rey del Mal, mientras su compañero se revela como Miguel, el Príncipe de Luz, también llamado Melquisedec, Rey de la Justicia. Es, sin embargo, el aspecto terrible de Belial lo que me llamó la atención, porque es visto como aterrador de contemplar y como una “serpiente”, el sinónimo utilizado muy a menudo para describir tanto los Vigilantes como a los Nefilim.

¿Rostro como de víbora?
Si el fragmento textual hubiese terminado aquí, entonces yo no habría sabido por qué este sinónimo había sido utilizado por el escriba judío en cuestión. Sin embargo, afortunadamente, el texto continúa diciendo que el Vigilante tenía un rostro, o cara, “como una víbora”. Dado que también lleva una capa “de muchos colores, pero muy oscura”, también tuve que suponer que era antropomórfico, es decir, que poseía forma humana.


El r
ostro como una víbora... ¿Qué podría significar esto? ¿Cuánta gente conoce usted con un “rostro como de víbora”? Durante más de un año no pude ofrecer ninguna solución adecuada a esta curiosa metáfora. Entonces, por casualidad, sucedió que escuché algo en una emisora de radio nacional que me proporcionó una respuesta sencilla, aunque totalmente inesperada. En Hollywood, Los Angeles, hay un club llamado Viper Room (“El Salón Víbora”). Es propiedad del actor y músico Johnny Depp, y en octubre de 1993 saltó a los titulares cuando el prometedor actor River Phoenix se derrumbó y murió trágicamente al salir del club, después de una noche de excesos.

Por la publicidad de los medios de comunicación que ineludiblemente rodeó este incidente relacionado con drogas, se descubrió que el Viper Room obtuvo su nombre muchos años antes, cuando había sido un refugio de jazz de cierto renombre. Se cuenta que los músicos se subían al escenario y tocaban durante largas horas, prolongando su creatividad y concentración fumando grandes cantidades de marihuana. Al parecer, los efectos a largo plazo de este uso indebido de drogas, junto con períodos muy largos sin comer y dormir, hacía que sus rostros se desfiguraran hasta parecer huecos y delgados, mientras que sus ojos se estrechaban hasta convertirse en sólo rendijas. A través de la niebla de humo, el efecto hacía parecer como si los músicos de jazz tenían cara como de víboras, de ahí el nombre del club.
 

Esta divertida anécdota hizo trabajar mi mente confundida y me permitió construir una imagen mental de cómo sería una persona con cara “como de víbora”: sus rostros se muestran largos y estrechos, con pómulos salientes, mandíbulas alargadas, labios delgados y ojos oblicuos como los de muchos tipos raciales de Asia Oriental. ¿Era ésta la solución en cuanto a por qué tanto los Vigilantes como los Nefilim fueron descritos como serpientes caminantes?
 

Parecía una posibilidad como otra cualquiera, aunque también era factible la conexión ofídica relacionada con sus acreditadas asociaciones y capacidades mágicas, e incluso quizás con sus movimientos corporales y su aspecto general.

La apariencia de plumas
 

Otra referencia importante sobre la apariencia de los Vigilantes proviene de Los Secretos del Libro de Enoc, también conocido como 2 Enoc, una especie de secuela de la obra original escrita en griego y datada en el siglo I d.C.  El pasaje se refiere a la inesperada llegada de dos Vigilantes cuando Enoc descansa en su cama:

“Y se me aparecieron dos hombres muy altos, como nunca he visto en la Tierra. Y sus rostros brillaban como el sol, y sus ojos eran como lámparas encendidas, y salía fuego de sus labios. Su vestido tenía la apariencia de plumas: ...[púrpura], sus alas eran más brillantes que el oro, sus manos más blancas que la nieve. Se quedaron en la cabecera de mi cama y me llamaron por mi nombre.”

Quetzalcoatl: ¿otro ángel alado?
La piel blanca (a menudo llamada “roja como una rosa”), estatura alta y faz radiante “como el sol”, todos estos rasgos se repiten con frecuencia en relación con la aparición de ángeles y Vigilantes en la literatura enoquiana y del Mar Muerto. Sin embargo, ¿cuál era esta referencia a esta vestimenta que tenía “la apariencia de plumas”? ¿Podría referirse de algún modo a la “capa” usada por el Vigilante llamado Belial, que aparece en la historia de Amram, de la cual se decía que era “de muchos colores, pero muy oscura”, precisamente el efecto que uno podría esperar de una capa de plumas negras, como las propias de cuervos o buitres, tal vez?

A pesar del hecho de que el arte cristiano siempre ha representado a los ángeles con alas, esta tradición no se remonta más allá del siglo tercero o cuarto después de Cristo. Antes de esta era, los verdaderos ángeles (los querubines y serafines tenían varios conjuntos de alas) aparecían con el aspecto de “hombres”, una situación que a menudo incitó a los traductores textuales agregar alas en las descripciones existentes de los ángeles. Este ha sido, sin duda alguna, el caso del relato anterior tomado de 2 Enoc, que fue re-copiado muchas veces durante los primeros años del cristianismo.
 

Con esta observación en mente, sentí que la expresión relativa a los Vigilantes vestidos con “la apariencia de plumas” era muy reveladora. También parecía una licencia excesiva por parte del escribano que transmitió esta historia en forma escrita, por haber agregado alas a la descripción de los dos “hombres”; ¿por qué molestarse en decir que llevaban prendas de plumas? Sin duda, esta confusión entre alas y capas de plumas podría haber sido editada para dar a los Vigilantes un aspecto angelical más apropiado.

Chamanes – pájaros

De algún modo supe que ésta era una clave para desentrañar este extraño misterio, porque sugería que, si bien los vigilantes habían sido realmente humanos, pudieran haberse adornado con prendas de este tipo como parte de su vestido ceremonial. El uso de formas totémicas, como animales y aves, ha sido siempre el dominio de los chamanes, los senderistas espirituales de las comunidades tribales. En muchas culturas primitivas, se decía que el alma tomaba la forma de un pájaro para hacer su vuelo de este mundo al otro, por lo que a menudo es representado como tal en el arte religioso antiguo.

Esta idea puede tener su origen en la creencia generalizada de que el vuelo astral sólo puede lograrse mediante el uso de las alas etéreas, como las de un ave, algo que sin duda ayudó a inspirar la idea de que los ángeles, como mensajeros de Dios, debían ser representados con alas en la iconografía cristiana.

Chamán del Amazonas
Para reforzar esta conexión mental con su ave elegida, los chamanes adornan sus cuerpos con una capa de plumas y pasan largos períodos de tiempo estudiando cada uno de sus movimientos. Así, los chamanes entrarían en su hábitat natural y observarían todas las facetas de su vida: su modo de vuelo, sus hábitos alimenticios, sus rituales de cortejo y sus acciones sobre el terreno. Al hacerlo, tendrían la esperanza de convertirse en pájaros, una alter-personalidad adoptada sobre una base semi-permanente. El chamanismo totémico es más o menos dependiente de los animales autóctonos o de las aves presentes en el lugar de la cultura o la tribu, aunque en principio el objetivo ha sido siempre el mismo: usar este manto para alcanzar el vuelo astral, la iluminación divina, la comunicación y la consecución del conocimiento y la sabiduría de otro mundo. Así pues, ¿los Vigilantes y los Nefilim podrían haber sido hombres-aves?

La respuesta es casi seguro que sí, pues en el texto del Mar Muerto titulado El Libro de los Gigantes, los hijos Nefilim del ángel caído Shemihaza, llamados Ahy y Ohy, experimentan visiones en sueños, en los cuales visitan un mundo-jardín y ven 200 árboles que están siendo talados por ángeles celestiales. Sin entender el propósito de esta alegoría, exponen el asunto al Consejo de los Nefilim, quienes nombran a uno de ellos, Mahawai, para consultar en su nombre a Enoc, quien ahora reside en un paraíso terrenal. Con este fin Mahawai, entonces:

“[...se levantó en el aire], como los remolinos, y voló con la ayuda de sus manos como [alas] de águila [...sobre] las tierras cultivadas y cruzó Soledad, el gran desierto, [...]. Y vio a Enoc y le llamó...”

Enoc explica que los 200 árboles representan los 200 Vigilantes, mientras que la tala de los troncos significa su destrucción en una próxima conflagración y diluvio. Más importante, sin embargo, es el medio por el cual Mahawai alcanza el vuelo astral, pues se dice que ha utilizado “las manos como (un) águila [alada]”. En otra parte del mismo texto enoquiano se dice que Mahawai ha adoptado la forma de un pájaro para hacer otro largo viaje. En esta ocasión, se escapa por poco de quemarse por el calor del sol, después de escuchar la voz celestial de Enoc, que lo convence de volver y no morir antes de tiempo, una historia que tiene un claro paralelo en la mitología griega con el vuelo fatal de Ícaro, demasiado cercano al sol.
 

Además de esta evidencia, una variación de este mismo texto equipara a los hijos de Shemihaza “no (con) el... águila, sino con sus alas”, mientras que al mismo tiempo los dos hermanos son descritos como “en su nido”, afirmaciones que llevaron al erudito hebreo J.T. Milik a la conclusión de que, al igual que Mahawai, ellos también “podrían haber sido hombres-pájaro”.

Esta era una confirmación convincente de que los ángeles fueron originalmente una cultura o tribu que practicaban una forma de chamanismo de aves, tal vez asociado a un ave de carroña oscura como el cuervo o buitre.

© Andrew Collins

Fuente imágenes: Wikimedia Commons

domingo, 4 de agosto de 2019

Si las rocas hablaran…


Hace unos pocos años tuve conocimiento del trabajo del investigador independiente español Eliseo López Benito, cuya propuesta principal es la hipótesis de una civilización fantasma (o civilización-madre), de carácter global, que ha pasado desapercibida a los ojos de los académicos y que –en principio– no tiene ninguna relación con el clásico mito de la Atlántida y el resto de mitologías paralelas. Este mundo desconocido, según su apreciación, precedió a las civilizaciones de nuestra historia conocida y se caracteriza por su gigantesca obra megalítica en el paisaje (a modo de “arte”), que más bien debería calificarse como un modelado de la naturaleza, realizado sobre piedra con una tecnología superior que se nos escapa y a menudo con un evidente sentido astronómico. En su momento ya publiqué una entrada sobre Eliseo y su exhaustiva labor sobre el terreno; en particular, su primer documental, que dejó con la boca abierta a mucha gente (incluido yo).

Esta visión resulta muy sorprendente y casi fantástica, pero no está exenta de argumentos, una vez vistas las imágenes y abierta la mente a todas las posibilidades. Además, aproximadamente en la misma época conocí a Manuel Fernández Saavedra, tristemente fallecido el pasado año, que abogaba también por una civilización ignota en las islas Canarias, capaz de remodelar el entorno natural a gran escala y que –a su juicio– era una civilización de gigantes, a la vista del tamaño de ciertos artefactos. En realidad, se trataba de una casuística semejante, con una serie de rasgos sobre el paisaje que en una inspección superficial podrían pasar por accidentes o caprichos geológicos. El problema era determinar cuándo, para qué y cómo se realizaron dichas estructuras, que en muchos casos representarían un trabajo desmesurado –según nuestro patrón de pensamiento– y al mismo tiempo preciso, y todo ello en una época prehistórica indeterminada.

¿Es esto un fenómeno aislado? Parece que no. La verdad es que diversos investigadores en otros lugares del planeta ya han comenzado a detectar ciertas estructuras megalíticas que dan la impresión de ser perfectamente naturales, pero que estudiadas con rigor indicarían la intervención de una mano inteligente. Por ejemplo, ya comenté en su día los gigantescos bloques de Shornaya Goria en Siberia (Rusia), y en fechas recientes, en Nueva Zelanda, el investigador Martin Doutré se ha fijado en una enorme roca esferoide de unas 240 toneladas partida en dos (conocida popularmente como split-apple rock), colocada sobre un lecho o basamento de piedras a modo de calzo estable, y que pudo haber servido como marcador y calendario astronómico. Asimismo, Doutré ha observado unas rocas horadadas con una especie de cazoletas e incisiones que también tendrían fines astronómicos. Este tipo de formaciones, por cierto, me recordaban mucho a algunas estructuras que Eliseo ya había identificado y grabado en España.

La split-apple rock, en la costa norte de Nueva Zelanda

Las recientes investigaciones de Eliseo se han centrado en la montaña mágica –o mística– de Montserrat (Cataluña), que presenta toda una serie de formaciones rocosas muy peculiares que no serían naturales sino artificiales, incluyendo lo que él llama un templo. Con este último trabajo, Eliseo ha salido reforzado de sus ideas y cree que el paradigma actual está totalmente equivocado tanto en geología como en arqueología e historia. A todo esto, debo decir que estoy abierto a esta tesis tan herética, pero todavía tengo que madurarla y criticarla, pues aún veo bastantes cosas difusas y discutibles. En fin, es la vieja historia de que para derribar un paradigma establecido y sustituirlo por otro no basta con criticar o defenestrar las viejas creencias; hay que aportar unas bases conceptuales y metodológicas muy sólidas para afianzar el nuevo paradigma. A este respecto, aunque he intercambiado llamadas y correos con Eliseo, tengo pendiente hablar con él largo y tendido para que me explique precisamente cuáles son esas bases, que a veces quedan un poco deslavazadas en su discurso.

Así pues, posiblemente en un futuro próximo pueda publicar aquí una entrevista a Eliseo para fijar su posición y despejar dudas. Entretanto, adjunto seguidamente un breve vídeo de Eliseo, grabado justamente en Montserrat, donde –en formato de entrevista– da un duro “repaso” a la ciencia oficial y muy en particular a los dogmas de la geología, en una línea que me recuerda mucho a lo que se propugnaba en el documental sobre “La teoría fantástica”, alabado y criticado a partes iguales. Insisto, no comparto completamente su enfoque, pero creo que debe tenerse en cuenta y que puede servir de estímulo para abrir nuevas vías de investigación sobre nuestro pasado más remoto.


© Xavier Bartlett 2019

Crédito de las imágenes: Eliseo L. Benito / Martin Doutré