sábado, 23 de junio de 2018

La imaginación se dispara en Nazca



En su día ya dediqué un amplio artículo al tema de los geoglifos (grandes dibujos o trazados realizados sobre el terreno), incluyendo un comentario sobre las famosas líneas de Nazca (al suroeste de Perú), pero ahora he creído oportuno realizar un contraste entre las visiones académicas y las alternativas sobre Nazca para poner de manifiesto que tanto desde una visión aparentemente racional y empírica como desde una más literaria o sensacionalista se acaba cayendo en meros ejercicios de imaginación. En efecto, desde que a inicios del siglo XX se redescubrieron las líneas gracias a los primeros vuelos realizados sobre la zona, Nazca ha sido objeto de mil y una teorías, a cuál más imaginativa y fantasiosa, y los propios arqueólogos no han podido evitar caer en la fácil trampa de que crear unos estupendos modelos teóricos para que las pruebas sobre el terreno “encajen” luego en dichos modelos.

Sólo a modo de breve recordatorio, mencionaré las características principales del paisaje arqueológico de Nazca. Se trata de un conjunto de líneas y de geoglifos que ocupa una extensión aproximada de unos 750 km2 en la llamada Pampa Colorada. Los trazados están hechos a base de despejar el duro terreno –de color blanco-amarillento– de las pequeñas piedras y la arena superficial de tono marrón-rojizo que lo recubre. Las líneas rectas, de anchura variable, se extienden por valles y colinas a lo largo de varios kilómetros y en algunos casos parten radialmente de un centro. Las figuras, alrededor de unas 300, se dividen en dibujos geométricos (rectángulos, trapezoides, triángulos...) y representaciones a gran escala de animales (mono, ballena, colibrí, araña, garza, perro, etc.) aunque también hay alguna forma humanoide, como el llamado “astronauta”. En cuanto a sus dimensiones, son realmente grandes y por ello sólo pueden verse desde cierta altura; el mono, por ejemplo, mide poco más de 130 metros. En lo que se refiere a su autoría y antigüedad, se atribuye el trazado de las líneas a cultura local nazca, con una datación estimada de entre el 200 a. C. y el 700 d. C. Claro que los indígenas locales, preguntados en el siglo XVI por los conquistadores españoles –que habían observado las líneas[1]– las atribuyeron a las divinidades viracochas... 

Erich Von Däniken
En fin, para mostrar ahora los dos extremos a la hora de interpretar los geoglifos, me voy a referir a las teorías del famoso escritor suizo Erich Von Däniken y a una de las más recientes investigaciones académicas, a cargo de científicos japoneses. Sobre Von Däniken no hay que hacer demasiadas presentaciones sobre su perfil y sus métodos. El autor suizo tomó las propuestas creadas por otros y popularizó mundialmente la teoría de los antiguos astronautas, hasta convertirse en un exitoso escritor de best-sellers que hacía de la arqueología alternativa su gran negocio literario. El sistema era simple: tomar todas las “anomalías” arqueológicas, removerlas un poco, y allá donde había dioses, sustituirlos automáticamente por astronautas extraterrestres.

Von Däniken ya se ocupó de Nazca en su primer libro publicado en 1968 Chariots of the Gods? (“Recuerdos del futuro” en versión española), y se maravilló de unas líneas tan largas y bien ejecutadas, sobre todo la pista situada sobre el valle de Palpa de varios kilómetros de largo. Aquello no podía ser una carretera de los incas, como decían los académicos, sino otra cosa. Porque, en su opinión, “¿qué sentido tenía para los incas realizar caminos paralelos, que se cruzaban, o que se acababan abruptamente?” Brillante argumento... Por lo demás, el investigador suizo reconocía que allí se habían encontrado cerámicas locales de la cultura nazca, pero que ello de ningún modo justificaba la simplificación de atribuir –sólo por ese motivo– las líneas a dicha cultura (luego veremos qué dicen los japoneses al respecto...). No obstante, Von Däniken sacaba a colación algunas teorías científicas sobre el propósito de las líneas, en concreto las relacionadas con alineaciones astronómicas, calendarios o rituales religiosos. Pero, más allá de estos tópicos, el autor suizo presentaba lo evidente: que la larga “carretera” era obviamente una pista de aterrizaje para naves aeroespaciales. ¡Cómo no lo había visto nadie antes!

En cuanto al conjunto completo de Nazca, reconocía que no forzosamente se debía tratar de un “aeropuerto”, pero señalaba lo siguiente (texto literal): “¿Qué hay de malo con la idea de que las líneas fueron trazadas para decir a los "dioses": ¡Aterrizad aquí! Todo ha sido dispuesto como ordenasteis?” Para Erich Von Däniken, todas las figuras de Nazca –y de otros lugares del Perú– no podían ser más que señales para un ser flotante en el cielo. Imaginación al poder.

Las largas pistas de aterrizaje... según Von Däniken
En su segundo libro, titulado en castellano Regreso a las estrellas, Von Däniken narra su experiencia sobre el terreno, así como su conversación con Maria Reiche[2] sobre las líneas. Y una vez más, vuelve a rebatir las interpretaciones convencionales y reincide en su teoría del aeropuerto. Según su visión, los extraterrestres aterrizaron sobre la llanura de Nazca y construyeron un improvisado aeropuerto con dos pistas para las naves “que hubiesen de operar en las cercanías de la Tierra”. El caso, es que los alienígenas realizaron su trabajo –el autor suizo no nos dice cuál– y luego regresaron a su planeta. Sin embargo, los nativos “deseaban ardientemente” el regreso de los imponentes dioses, y de este modo empezaron a trazar nuevas pistas sobre la llanura (que serían las líneas que cruzan las dos pistas principales). Luego, al ver que los dioses no volvían, los sacerdotes ordenarían trazar nuevas pistas orientadas según las estrellas (lugar de procedencia de los dioses), aunque nuevamente sin éxito. Con el paso del tiempo, los recuerdos de los dioses se convirtieron en tradiciones sagradas y los sacerdotes impulsaron el trazado de las figuras –algunas de ellas relacionadas con el vuelo– para estimular el regreso de los casi olvidados dioses. Y lógicamente todo debía ser realizado a gran tamaño, para que pudiera verse bien desde los cielos[3].

Como puede comprobarse, a Von Däniken no le faltaba imaginación para “escenificar” la creación de las líneas y geoglifos a partir de una supuesta inspiración extraterrestre, pasando por alto algún hecho incómodo dentro de su propia lógica, como la más que improbable necesidad de realizar largas pistas para naves alienígenas muy avanzadas (estilo platillo volante, para entendernos) que estarían a años-luz de la tecnología de las lanzaderas espaciales modernas que han de aterrizar como un avión. Por lo demás, y en honor a la verdad, Von Däniken exponía acertadamente los problemas de las visiones académicas y dejaba claro que para realizar las grandes figuras no se precisaba tecnología extraterrestre, sino un meticuloso trabajo a escala sobre el terreno.

Conjunto monumental de Cahuachi
Si ahora saltamos a los inicios de este siglo XXI, un equipo de científicos japoneses de la Universidad de Yamagata propuso hace escasos años una nueva teoría que explicaría convincentemente lo que se puede ver en Nazca. En líneas generales, la teoría propone que los trazados son fruto de dos culturas diferentes en dos épocas también distantes. Los científicos, liderados por el profesor Masato Sakai, descubrieron hasta 100 nuevos geoglifos y observaron que en la intersección de varias líneas se acumulaban fragmentos de vasijas de cerámica rotas.

Luego analizaron la posición, el estilo y el método de elaboración de los geoglifos y llegaron a la conclusión de que había hasta cuatro tipos distintos de geoglifos que se insertaban en una serie de caminos que guiaban hasta un antiguo centro ceremonial de época pre-incaica llamado Cahuachi. Con estos datos dedujeron que las líneas marcaban una especie de ruta de peregrinaje de los nativos, que llevarían sus ofrendas desde la llanura de Nazca hasta el citado conjunto religioso.

Estudiando más a fondo el tipo de geoglifos y los animales representados, y sobre todo el punto de partida, los científicos japoneses reconocieron que los distintos estilos conducían al templo desde lugares separados en el espacio, pero también en el tiempo. De este modo, Sakai afirmaba que se veía una diferencia apreciable entre los geoglifos del periodo formativo (hasta el 200 d. C.) y los del periodo del nazca inicial (hasta el 450 d. C.). Los primeros, según Sakai, se situaron para ser vistos desde los caminos rituales mientras que los segundos se usaron como lugares de actividades rituales como las destrucciones intencionadas de las vasijas de cerámica (datadas precisamente en ese periodo).

Visto este panorama, no cabe duda de que la creación de sugestivos escenarios no es propia de los autores alternativos. Si sustituimos la épica de los dioses venidos en sus naves desde lejanos planetas por el tradicional y socorrido cajón de sastre de los académicos –religión, creencias, magia, rituales, cultos, etc.– cuando se enfrentan a culturas muy antiguas estamos más o menos en las mismas. Aquí, más que imaginación, vemos la habitual construcción de un modelo que más o menos encaja en los márgenes conceptuales de ese cajón de sastre, y en el cual las pruebas físicas (esto es, los propios geoglifos) no son explicadas, sino insertadas en el modelo.

En efecto, en el caso de esta novísima teoría, uno se podría preguntar si tanto esfuerzo para crear rutas de peregrinaje estaba justificado, cuando se podría haber ideado un sistema mucho más simple a base de hitos, por ejemplo, o de una calzada. Para los científicos, quizá la presencia cercana del centro ceremonial (está casi tocando a la llanura de las líneas y geoglifos, a unos pocos kilómetros) ofrecía una buena respuesta para el sentido religioso de los trazados, pero más parece una feliz explicación que no acaba de cuadrar: por un lado, no está claro que Cauhachi tuviese una función religiosa[4], y por otro lado, parece mucho trabajo –y muy complejo– para tan escasa distancia. Aparte, especular a partir de unas meras diferencias formales resulta bastante gratuito y no aporta más certezas. Realmente, no sabemos por qué las cerámicas están ahí, por qué las rompieron y si dicha actividad se podría calificar como “ritual”. En fin, me sorprende que con tan poca evidencia –y tan difusa– se haya podido construir una historia de peregrinaje tan elaborada, y tan distinta de otras teorías académicas como la representación de constelaciones, la figuración de dioses o animales chamánicos, la identificación de corrientes de agua subterráneas, la plasmación de un gran mapa sobre el terreno, ¡e incluso la de una forma de controlar a la población teniéndola ocupada en un trabajo comunal!

Lo cierto es que la realidad de Nazca es mucho más compleja y el intrincado batiburrillo de líneas y de figuras de enormes dimensiones parece algo que desborda el estricto marcado de una incierta ruta de peregrinaje religioso. Recordemos que los geoglifos son apreciables en superficie pero su limitada visibilidad (y por ende, significado) desde tierra no tendría sentido, a menos que alguien se elevara mucho sobre el suelo y pudiera apreciar la simbología grabada sobre el terreno, lo cual nos llevaría al consabido callejón sin salida: nadie volaba en aquella época, presuntamente, a menos que demos crédito a hipotéticos viajes astrales de los antiguos chamanes[5]. En definitiva, todo resulta demasiado opaco para nuestra moderna forma de pensamiento. O quizá nos estemos perdiendo algo... vaya usted a saber si al final tendremos que volver a sacar a escena a los dioses de Von Däniken a partir de la teoría del llamado cargo-cult[6].

La Panamericana corta muchas de las líneas y figuras. Aquí se aprecian el lagarto y el árbol.
En cualquier caso, nadie a día hoy –ni en el bando académico ni en el alternativo– tiene una explicación convincente sobre el propósito de las líneas de Nazca, lo que se podría extender a muchos otros geoglifos localizados en Sudamérica u otras partes del mundo. Tampoco hay completa seguridad sobre su datación, pues las cerámicas halladas podrían ser posteriores a la realización de las líneas o bien podríamos estar ante una fase de mera restauración. Siendo rigurosos, la presencia de esos objetos situaría la intervención más moderna alrededor del 700 d. C., si bien parece demostrado que los trazados fueron realizados a lo largo de extensos periodos de tiempo. En este sentido, algunos estudiosos especulan al menos con dos momentos: uno inicial en que se dibujaron las figuras de animales y otro tardío en que se trazaron las figuras geométricas y las líneas, que en muchos casos cortan a las anteriores. Poco más se puede decir del conjunto, aparte de una mera descripción y una aproximación al método de construcción de las líneas y las figuras. Lo que resulta claro es que dada la extrema sequedad de la zona –una de las más áridas del planeta– y la baja erosión del terreno[7], los autores escogieron una región óptima para la perdurabilidad (casi eternidad) de sus trazados.

La figura de la araña
Puestos a especular y agitar la imaginación, déjenme que añada mi modesta aportación, a partir de unas simples reflexiones y comentarios. En primer lugar, no descarto una función utilitaria de los geoglifos, en algún tipo de aplicación práctica relacionada con la agricultura, como calendario o marcador natural de las estaciones, pero las explicaciones que he leído al respecto no pasan del nivel de la conjetura y apenas  desarrollan los argumentos del ámbito de la astronomía. Lo que sí es cierto es que la repetida tesis de que las líneas marcaban posiciones de astros y constelaciones ya fue desechada por varios especialistas en el tema hace muchos años. Concretamente, el experto en arqueoastronomía británico Gerald Hawkins estudió casi 200 líneas in situ en 1973 y, tras analizar las posibles correlaciones mediante computadora, llegó a la conclusión que apenas un 20% de éstas casaban con alineaciones astronómicas, y tal vez por mera casualidad.

En segundo lugar, me sorprende hasta cierto punto que los nativos de la zona hayan perdido completamente el sentido de esa tradición y que ya incluso en el lejano siglo XVI atribuyesen los trazados a los viracochas. Es una ruptura cultural que me recuerda a otras tantas disociaciones entre ciertos restos “anómalos” y las tradiciones de los nativos, que se refieren a otra época o cultura muy anterior, algo que no era propiamente “suyo”. A este respecto, algunos científicos –como Johan Reinhard– han atribuido gratuitamente creencias y rituales a los autores de las líneas para explicar la realización de los trazados y sobre todo su gran tamaño; concretamente se trataría de un culto o adoración a unos inciertos “dioses de las montañas”, los cuales –transmutados en aves o felinos voladores– podrían observar los geoglifos desde las alturas.

En tercer lugar, podemos comprobar que la mayoría de los animales representados –de forma esquemática pero con gran habilidad– no son propios de esa región desértica del Perú, quizá con la excepción del cóndor[8]. Asimismo, es curioso ver que algunas figuras presentan algunos rasgos fantásticos, como una garza (o alcatraz) con un larguísimo cuello en zig-zag. Hay también algunos rasgos extraños, como un ser no identificado con unas grandes manos o garras, una con cuatro de dedos y la otra con cinco. Incluso el mono aparece con diferente número de dedos en sus extremidades. Además, varios de los animales acaban “conectados” a una serie de líneas cuya explicación es toda una incógnita. Ello por no mencionar el misterioso humanoide (“el astronauta”) de unos 30 metros de largo, que tanto ha dado que hablar a los ufólogos: un individuo de aspecto robótico con una gran cabeza casi cuadrada, dos ojos circulares (pero sin nariz ni boca ni orejas), un cuerpo sin definir y un brazo en alto en posición de saludo. Para los arqueólogos se trata, como no podía ser de otro modo, de algún tipo de divinidad, a pesar de que no hay ninguna iconografía religiosa similar en la zona.

La figura del mono. Véanse las líneas asociadas y la elaborada cola en espiral.
El extraño aspecto del humanoide llamado "el astronauta"


Sea como fuere, si tratamos de dar una interpretación a las figuras, acabaremos por recurrir al mundo simbólico. Así, cada animal podría tener un simbolismo propio, y quizá tuviera alguna conexión con el mundo celestial, lo cual justificaría el gran tamaño, como si hubiera algún vínculo con la gran escala del firmamento. En conjunto, podríamos observar aquí una cosmovisión de tipo hermético (“Como es arriba, así es abajo”), plasmada en geoglifos para que tuviese lugar alguna forma de magia o interacción entre el firmamento (el macrocosmos) y la tierra (el microcosmos). En un contexto similar, me ha llamado mucho la atención una interpretación muy minoritaria, pero muy ingeniosa. Según la propuesta de Alan Sawyer, los geoglifos de Nazca podrían ser una especie de laberintos rituales, pues la mayoría de las figuras están realizadas con un solo trazo que nunca se cruza consigo mismo. De este modo, los nativos nazcas recorrerían la figura y absorberían simbólicamente la esencia del animal en cuestión[9]. Naturalmente, todo esto no es más que otro ejercicio de imaginación...

Pero... ¿y las formas geométricas y las líneas? ¿Estaban conectadas simbólicamente con las figuras de animales o tenían un contexto o propósito completamente distinto? ¿Tiene algún sentido realizar formas rectilíneas con cientos de ángulos y otras sin ninguno (por ejemplo, las espirales)? Tampoco veo fácil obtener una respuesta para esta cuestión, aunque Maria Reiche especuló con que se trataba de algún tipo de código o lenguaje, realizado con enormes signos sobre el terreno. Otros autores, como Paul Deveraux, han sugerido que podrían tratarse de líneas de fuerza o energía telúrica, las famosas ley-lines, pero sin abandonar el campo de la mera conjetura. Nuevamente estamos muy perdidos en este laberinto de formas, porque las teorías presentadas hasta el momento no han podido ser validadas con pruebas fehacientes. Es como si estuviéramos ante un mensaje cifrado y careciéramos de la clave o código para interpretarlo.

La figura de la garza con su largo cuello en forma de zig-zag
En todo caso, estoy seguro que tanto esfuerzo y precisión a lo largo de los siglos no se hizo ni para “pasar el rato” ni por motivos artísticos, políticos o económicos. Para los habitantes de aquella región, las líneas y geoglifos tendrían un significado muy profundo y concreto que se nos escapa completamente. Considero que esto es lo que sucede en Nazca y en otros tantos enclaves de un remoto y extraño pasado, donde el hombre moderno ha tratado de leer los restos desde su actual estado de conciencia, quedándose en la mera superficie porque es incapaz de ir más allá.

© Xavier Bartlett 2018

Fuente imágenes: David Álvarez Planas / Wikimedia Commons



[1] Lógicamente, no vieron las figuras, sólo las largas hendiduras o surcos sobre el terreno. Ya en 1540 el cronista Cieza de León observó unas señales sobre el desierto y más tarde, en 1586, el corregidor Luis de Monzón visitó Nazca y recogió esos testimonios.

[2] Matemática alemana que llegó al Perú en 1932 y se instaló en Nazca en 1946. Allí estuvo medio siglo estudiando y conservando las líneas y los geoglifos. Se la considera la experta de referencia en este tema.

[3] En la misma línea, el escritor suizo consideraba que el no menos famoso candelabro de Paracas era una especie de baliza aeroespacial.

[4] La interpretación de los restos es aún dudosa, pues también se ha sugerido que podría ser una fortaleza o una ciudadela. La función religiosa se ha atribuido principalmente por la presencia de una gran construcción escalonada de tipo piramidal.

[5] Otra opción más “realista” fue sugerida hace décadas, cuando se propuso que los primitivos nazcas pudieron haber construido unos sencillos globos aerostáticos para “vuelos ceremoniales” con los materiales que tenían a su disposición. De hecho, en 1975 Jim Woodman y Julian Knott construyeron un globo de prueba –que funcionó– a modo de arqueología experimental.

[6] El cargo-cult o “culto a la carga” se refiere a la experiencia vivida por los nativos de regiones inhóspitas del Pacífico que no habían interactuado nunca con hombres civilizados y que quedaron asombrados durante la Segunda Guerra Mundial por el transporte de carga militar mediante aviones. Luego intentaron reproducir o invocar mágicamente ese transporte –que les proporcionaba fabulosos recursos– construyendo falsas pistas, aviones, torres, etc. para que retornaran los “dioses”, sin que lógicamente tuvieran éxito. Los proponentes de la teoría del antiguo astronauta han utilizado mucho este fenómeno para explicar determinados objetos o rituales nativos.

[7] No obstante, en tiempos modernos muchas líneas se han ido deteriorando a causa de la actividad humana, en particular por las continuas olas de visitantes, y por el desarrollo industrial de esa zona del Perú, que ha provocado algunos cambios ambientales.

[8] Hay cierta controversia sobre este punto, según cómo se interpreten los dibujos, que no son completamente “realistas”. Por ejemplo, algunos autores han dicho que el tipo de araña no es autóctono de la zona, al tener una extremidad más larga que las otras (lo cual casa con una rara especie llamada Ricinulei, que es propia de remotas regiones de la selva amazónica), pero ese apéndice podría ser algo similar a las continuidades que aparecen en otras figuras.


[9] Aquí podríamos referirnos a la antigua simbología de los laberintos, utilizados desde tiempos inmemoriales en varias culturas y tradiciones de tipo mistérico o iniciático. (Véase como ejemplo clásico el laberinto de la catedral de Chartres.)

lunes, 11 de junio de 2018

El auténtico Oskar Schindler


Si ya la propia historia científica –por no decir la historia oficial– está sujeta a todo tipo de carencias, sesgos, subjetividades o manipulaciones, realmente no se puede esperar una objetividad total cuando un hecho histórico es narrado desde el mundo de la ficción literaria o cinematográfica. Así, por ejemplo, muchos de los lectores conocerán la historia del famoso empresario alemán Oskar Schindler (1908-1974) a través de la premiada película del director Steven Spielberg La lista de Schindler de 1993, o bien en menor medida por el libro original (“El arca de Schindler”) a cargo de Thomas Keneally, aparecido en 1982. En fin, en su día vi la conmovedora y bien realizada película, y me pareció un relato duro y sangrante de las persecuciones nazis y del valor de un hombre que se opuso al sistema, pero sobre todo no dudé de la veracidad de los hechos, y supongo que la mayoría de la gente se llevó esta misma impresión.

Sin embargo, unos años después leí el libro de Keneally –una novela basada en hechos supuestamente reales– y ya pude apreciar notables diferencias con la película, sobre todo en el desarrollo de la historia y en el papel real de varios de los personajes. La película había tendido a destacar a ciertas personas y actitudes y había hechos cambios narrativos para montar un buen relato lleno de dramatismo sobre el martirio judío. Y cabe decir que ni aun así gustó del todo al lobby judío, pues el no menos judío Spielberg osó presentar la tétrica escena de las mujeres en Auschwitz como una ducha de desinfección y no como el deseado gaseamiento que hubieran preferido otros. Sea como fuere, a partir de este punto empecé a buscar información alternativa sobre Oskar Schindler y todos los episodios narrados en la película y acabé por descubrir que la realidad histórica –aun con todas los puntos oscuros que queden pendientes– no era precisamente como se dibuja en la película.

El resultado de este viaje a la realidad histórica, corroborado incluso por el testimonio de su viuda Emilie[1], es que Schindler no fue un potentado humanitario y preocupado por los judíos sino un vividor y arribista interesado básicamente por su éxito y por el dinero, sin excesivos escrúpulos, al igual que muchos otros empresarios que florecieron bajo el régimen nazi y las eventualidades de la guerra. Sólo a modo de muestra de esta visión desmitificadora, quisiera destacar los siguientes elementos:
  • Schindler fue miembro del partido nazi y oficial de las SS; colaboró con la GESTAPO en tareas de información y espionaje en la represión de personas opositoras al régimen.
  • La fábrica de Cracovia (la Deutsche Emaillewaren-Fabrik o DEF) no fue comprada por Schindler, sino expropiada a sus propietarios por las autoridades alemanas. Además, Schindler no sólo fabricó allí marmitas y ollas sino también armamento (proyectiles).
El aspecto actual de la antigua fábrica DEF de Schindler en Cracovia (crédito foto: Noa Cafri)
  • Cuando Schindler se dedicó a fabricar munición, ésta era efectiva, a diferencia de lo que se relata en la película, en que se muestra una fabricación intencionada de munición defectuosa. De haber saboteado permanentemente la producción, hubiera tenido muy serios problemas.
  • Schindler no tenía una preocupación especial por su personal. No tenía particulares contemplaciones con sus trabajadores y no dudó en explotarlos cuanto pudo, como hicieron otros muchos empresarios alemanes en idénticas circunstancias.
  • El traslado de su fábrica de Polonia a Checoslovaquia se debió a la presión del Ejército ruso. Así, para que no cayera en manos enemigas, sus instalaciones –junto con sus trabajadores– fueron desplazados para poder seguir con la producción de armamento.
  • Su famosa lista de más de 1.000 personas no tenía nada de particular, pues –según exigía la burocracia nazi– era común realizar dichas listas cada vez que se producía un traslado de trabajadores. Existieron, pues, miles de listas similares. La lista no se hizo pues para “salvar” a los trabajadores judíos sino para registrar y oficializar su traslado.
  • Tras la guerra, Schindler, como otros muchos nazis (presuntos culpables de graves crímenes), se refugió en Argentina. Su reivindicación o exculpación a cargo de las autoridades israelíes no llegó hasta 1955[2], lo que parece un poco extraño si su proceder personal y profesional había sido tan inequívoco en defensa de los judíos.

Tumba de Schindler en Jerusalén
Dicho todo esto, reconozco que Schindler pudo ser un personaje ambiguo y ambivalente hasta cierto punto, con buenos sentimientos incluso, y que quizás no fuera un fanático nazi, sino más bien un “hombre del régimen”, que hizo todo lo posible para trepar social y económicamente, obteniendo el máximo beneficio de su privilegiada posición, sin que el asunto del problema judío le afectase más allá de lo que concernía estrictamente a sus intereses personales.

En cualquier caso, para profundizar en esta controversia, me remito al excelente trabajo del investigador independiente argentino Marcelo García, autor de varios libros y artículos, y a su magnífico blog “Historias del lado B”, en el cual expone gran parte de sus investigaciones centradas sobre todo en la historia reciente de Argentina y la presencia de los nazis en su país. En el caso de Oskar Schindler, García ha realizado un buen trabajo de documentación y ha podido realizar un perfil bastante más exacto de lo que presentó la ficción, y que no resulta muy políticamente correcto, pero que es de agradecer para las personas que buscan el rigor y la veracidad. Incluyo pues un enlace a su destacado artículo y recomiendo encarecidamente su lectura, así como la de otros materiales disponibles en el citado blog.


© Xavier Bartlett 2018

Fuente imágenes: Wikipedia Commons


[1] De hecho, existen serias diferencias entre las Memorias de Schindler y las de su esposa, que dan a entender que el empresario maquilló o tergiversó ciertos episodios de su vida.
[2] Años más tarde, Schindler fue declarado “justo entre las naciones” por el Museo israelí Yad Vashem y obtuvo una pensión vitalicia por parte del gobierno de Israel.

sábado, 26 de mayo de 2018

El paradigma se hunde en el Pacífico


El pasado año publiqué aquí un artículo sobre la crisis que estaba experimentando el paradigma evolucionista a raíz de diversas investigaciones y hallazgos paleontológicos que habían tenido lugar en diversas partes del mundo. El problema se centraba, una vez más, en el origen del ser humano moderno, su relación con el resto de homínidos del género Homo y su difusión por todo el planeta. En cuanto a la cronología, cada vez se iban acumulando más dudas, pues la datación más antigua de Homo sapiens, que venía a situarse en unos 200.000 años[1], quedaba claramente en entredicho al hallarse unos inequívocos restos de humanos anatómicamente modernos en el norte de África con una antigüedad de poco más de 300.000 años.

Sin embargo, el problema cronológico centrado en África no es, ni de lejos, la mayor de las controversias. Desde hace tiempo, ya están apareciendo opiniones y propuestas basadas en restos materiales que cuestionan seriamente la teoría Out-of-Africa, según la cual el proceso de hominización tuvo lugar sólo en África –en concreto en la mitad este y también en el sur– a partir de a unos determinados homínidos (los australopitecinos). De acuerdo con la visión ortodoxa, de unos seres relativamente pequeños, cuadrúpedos y más simiescos que humanos, se fue evolucionando hacia el género Homo, siendo su primer representante el Homo habilis, que sería un ser completamente bípedo, con un cerebro más desarrollado y capaz de realizar unas toscas herramientas de piedra. La línea evolutiva seguiría con la expansión de estos homínidos hacia diversos lugares del planeta, con un progresivo aumento de la talla y sobre todo del cráneo, lo que supone un cerebro mayor y más complejo. Finalmente, el sapiens “surgiría” en África (¡otra vez África!) en una fecha aproximada a la antes citada y se iría expandiendo por toda la Tierra a partir de dos grandes oleadas, hace 130.000 y 70.000 años respectivamente.

Este clásico escenario se ha puesto en entredicho sobre todo en el área del Pacífico, pues los datos recientes apuntan a que el poblamiento de las islas de este gran océano pudo ser mucho más antiguo de lo que se creía hasta hace poco. De hecho, ya expuse en el citado artículo que el investigador independiente Bruce Fenton llegaba a apostar por un origen del hombre moderno en Australasia y no en África, con lo cual el proceso de difusión se habría producido exactamente al revés, de este a oeste. Lo que parece claro, a tenor de hallazgos tan antiguos como el famoso Hombre de Java (o Pitecántropo) y otros producidos durante el siglo XX, es que dentro del propio paradigma ya se insinúa la posibilidad de una especie de evolución regional de homínidos primitivos (Homo erectus o similares) en una vasta región asiática –hasta Extremo Oriente y el Pacífico– que desembocaría en una población de humanos anatómicamente modernos. Dicho de otro modo, tendríamos un hipotético panorama de varias evoluciones biológicas independientes y además en marcos temporales no coincidentes.

Representación de un hobbit
Así las cosas, el Pacífico ha ofrecido uno de los dolores de cabeza más grandes a la ortodoxia evolucionista con el descubrimiento a inicios de este siglo del llamado Homo floresiensis (apodado hobbit), un homínido datado entre unos 100.000 y 13.000 años de antigüedad, sólo identificado en la isla de Flores, cercana a Java. Como ya expuse en un amplio artículo, este pequeño humano de sólo 1 metro de estatura era una aberración para los esquemas establecidos, pues –pese a tener el cerebro poco más grande que el de un chimpancé– era capaz de fabricar herramientas similares a las que hacía el Homo sapiens en Europa y su aspecto general era bastante más humano que simiesco. Se sabe que estaba en Flores mucho antes de la llegada de los sapiens y que convivieron durante unas decenas de miles de años hasta desaparecer por causas desconocidas[2]. En cuanto a su origen y procedencia evolutiva nadie ha sido capaz de dar respuestas fundadas y todo han sido especulaciones, sobre todo para no violentar la teoría evolucionista que habla de homínidos cada vez más inteligentes, altos y de rasgos modernos según avanzaba el proceso evolutivo hasta culminar en el sapiens.

Con todo, el mayor enigma de Flores no son los restos de hobbits, sino otro hallazgo del cual apenas se habla: la cueva de Mata Menge. En dicha cueva se encontraron herramientas líticas similares a las que hacía el hobbit pero de una antigüedad de unos 800.000 años, según datación radiométrica. Lamentablemente, no se hallaron restos de huesos humanos que hubieran podido dar una respuesta sobre los autores de tales utensilios. Por puro prejuicio cronológico se asignaron al Homo erectus, pero no hay ningún resto de erectus en la isla y además no está nada claro que el hobbit fuese una “evolución” del erectus dada su evidente diferencia anatómica y de tamaño. Y por si fuera poco, había otro problema muy gordo en la trastienda: Flores había estado siempre incomunicada de otras islas o masas continentales; o sea, que “alguien” debía haber llegado ahí en una época impensable recurriendo a la navegación marítima, por muy arcaica y precaria que fuera. En su momento, un experto paleontólogo del Museo de Chicago quiso dar carpetazo a esta herejía y concluyó que la datación de Mata Menge debía ser errónea y que los restos se habían de asignar al H. sapiens, saltando de los 800.000 años a los 18.000 aproximadamente.

Isla de Luzón (Filipinas)
Y justamente hace escasas fechas he tenido noticia de otro hallazgo extraordinario muy reciente en el Pacífico, concretamente en la isla de Luzón (Filipinas), a 3.000 kilómetros al norte de Flores[3]. Se trata del descubrimiento de una serie de huesos fosilizados de rinoceronte y de herramientas líticas que lógicamente sólo pueden atribuirse a humanos. Según los restos observados, este yacimiento muestra que un grupo de humanos se dedicó a descuartizar, trocear y consumir un rinoceronte, separando la carne de los huesos e incluso machacando éstos para extraer la medula. No obstante, la sorpresa llegó al realizar las tareas de datación a partir del esmalte dental de los restos de rinoceronte. Según los métodos radiométricos empleados, el rinoceronte debía datarse en unos 709.000 años de antigüedad. Asimismo, las capas geológicas anterior y posterior al nivel de los huesos dieron fechas de 727.000 años y 701.000 años respectivamente, lo que daba un contexto fiable a la datación de los huesos fosilizados. A este respecto, hay que señalar que hasta la actualidad el primer poblamiento humano de las Filipinas se situaba alrededor de los 25.000 años, si bien se había hallado un hueso aislado datado en unos 67.000 años.

Sin embargo, una vez más, no aparecieron en el yacimiento huesos humanos que pudieran aclarar qué humanos moraban en Filipinas en aquellas remotísimas épocas. En todo caso, los expertos ya han descartado al H. sapiens (por razones cronológicas y manteniendo la teoría Out-of-Africa) y se quedan con un posible H. erectus, por la simple razón de que este espécimen ya estaba identificado en aquella región del planeta en esas fechas tan antiguas. Ahora bien, el arqueólogo que lideró las investigaciones en Luzón, Thomas Ingicco (del Museo Nacional de Historia Natural de Paris), no se atreve a saltar a la asignación automática al erectus y prefiere ser cauto en cuanto a la identidad de esos homínidos ignotos, teniendo en cuenta precisamente la inesperada aparición de los hobbits en Flores y sugiriendo que cada isla o región del Pacífico podría haber tenido sus propias singularidades evolutivas humanas.

En cualquier caso, el problema del poblamiento humano del Pacífico prosigue por dos vías. Por una parte, dicho poblamiento se hace cada vez más antiguo, sobrepasando con mucho los postulados clásicos sobre este tema, si dejamos de lado la presencia esporádica de algunos erectus, cuya gran antigüedad ya hace décadas que está bien reconocida. Por otra parte, existe un inmenso interrogante acerca de los autores de las herramientas de Flores y de Luzón, que nos sitúan en un horizonte de 700.000-800.000 años, y que para el paradigma no pueden ser sapiens de ninguna de las maneras, si bien no hay certeza de que fueran erectus.

Restos del Hombre de Java (H. erectus asiático)
En efecto, en este último punto todo se agrava al constatar que los dos territorios en cuestión son islas que no habían estado conectadas a masas continentales, lo cual ha obligado a los especialistas a plantear que de algún modo llegaron allí. Pero ¿cómo? La ciencia sigue poniendo al Homo erectus en un estadio de total primitivismo, aun disponiendo de la habilidad para realizar herramientas líticas elaboradas y de usar el fuego. Sin embargo, su capacidad intelectual sería más bien escasa y muy posiblemente no era capaz de tener un lenguaje articulado. De aquí que nadie le dé capacidades marineras a estos homínidos, pues ello implicaría fabricar botes o balsas y desplazarse a través de los mares, navegando (orientándose) mediante la observación del Sol y las estrellas. Desde luego, no es un escenario imposible pero en la opinión profesional de los expertos parece muy rebuscado. En suma, si bien al Homo sapiens se le adjudican capacidades náuticas en tiempos muy antiguos[4], ningún experto reconoce que homínidos más primitivos (como el erectus) pudieran navegar a ciertas distancias.

Precisamente sobre el caso reciente de Luzón, la paleoantropóloga de la Universidad de Nueva York Susan Antón ha afirmado que no entiende cómo pudo arribar el erectus a las Filipinas en esas fechas tan lejanas y descarta que pudiera navegar en botes. De ahí que, para explicar su presencia en Filipinas, Antón deba recurrir a especulaciones que casi caen en el campo de lo rocambolesco, como sugerir que los erectus fueron llevados allí por un gigantesco tsunami o que llegaron mediante “islas flotantes” de tierra y restos diversos juntados después de un tifón. Una vez más, tal hipótesis no es imposible, pero desde luego resulta extraordinariamente forzada, pensando también en la más que improbable supervivencia en las condiciones descritas. No se trata de unas pocas millas en el mar, sino de largos desplazamientos en un medio que para aquellos homínidos debía ser completamente hostil y desconocido.

El mítico continente de Mu (según J. Churchward)
En cualquier caso, el paradigma parece no querer explorar otras posibilidades, como por ejemplo que existiese una población humana autóctona en el Pacífico desde tiempos muy remotos, lo cual iría directamente en contra de la idea de la “expansión” antigua de los erectus o la más moderna de los sapiens. Este escenario autóctono podría entroncar con las tradiciones y leyendas nativas que hablan de un gran continente en el Pacífico (un concepto que podríamos entroncar con el mito de Mu) y que resultó destruido o hundido  por una catástrofe natural de origen incierto. Desde luego, estaríamos hablando de un escenario especulativo y actualmente falto de pruebas, pero también es cierto que el paradigma se ha limitado a plantear una ocupación humana del Pacífico en fechas tardías y como consecuencia de la famosa segunda oleada migratoria de sapiens, lo que no explica la presencia de unos humanos o humanoides desconocidos en las fechas tan remotas que hemos destacado y que la propia ciencia ha confirmado, a no ser que dejemos de confiar en los métodos radiométricos de datación. De algún modo, esto nos recuerda al marco teórico inamovible del poblamiento humano de las Américas, que el paradigma se empeña en atribuir a otra oleada migratoria de sapiens asiáticos de origen muy reciente, y todo ello a pesar de que existen varios yacimientos en que se percibe actividad humana con una antigüedad que se va a las decenas de miles de años e incluso en ciertos casos puntuales a los cientos de miles de años, como Hueyatlaco, Calico o Toca da Esperança.

Precisamente, para acabar de rematar las incógnitas del Pacífico –con relación a América– cabe señalar que en 1999 se hallaron en Brasil y Colombia más de 50 esqueletos y cráneos humanos de gran antigüedad (unos 12.000 años) que no se correspondían en absoluto con la típica raza mongoloide-asiática, la que supuestamente había atravesado el estrecho de Bering, sino a un tipo mucho más próximo a los aborígenes australianos. Además, dicha población habría precedido a la ocupación humana de Sudamérica, que se produjo unos 3.000 años después, según defiende el actual paradigma. A todo ello deberíamos añadir trazas dispersas y controvertidas de presencia asiática y polinesia en América desde tiempos prehistóricos hasta una gran expedición china del siglo XV, según la teoría del autor Gavin Menzies. En suma, aquí podríamos tener indicios de que el enorme Pacífico no fue una barrera insuperable en tiempos remotos, sino más bien una vía de comunicación, exploración y poblamiento.

Megalitismo en el Pacífico
Por otra parte, el paradigma tampoco ha sabido explicar la presencia de una indiscutible cultura común megalítica en amplias zonas del Pacífico y que llega hasta la propia isla de Pascua con sus imponentes moai. Todo ello se supone que fue obra de los antepasados de los actuales nativos, pero se da por hecho que tales comunidades eran muy primitivas y relativamente salvajes –tal como las descubrieron los navegantes occidentales desde el siglo XVI– y que en modo alguno podían constituir algo que podamos calificar como “civilización”, pues llevaban una vida simple, sin sistema de escritura y sin otros adelantos propios de una sociedad superior al nivel de la Edad de Piedra. No obstante, la construcción de tales monumentos megalíticos –algunos realmente extraordinarios– se hunde en la noche de los tiempos y de hecho los nativos los atribuyen en muchos casos a una raza de gigantes o semidioses[5] que ocuparon las islas mucho antes de que llegaran ellos.

Concluyendo, si los autores de las herramientas de Flores y Filipinas no fueron erectus, ya que presumiblemente no podían navegar, ¿podrían haber sido sapiens? ¿O tal vez algún tipo de hobbits? ¿O tal vez otra rama humana desconocida? Esto resulta una herejía para el paradigma, pero el poder del patrón mental evolucionista es tan grande que impide plantear cualquier escenario alternativo porque todo se ve en función de unos procesos de avance y sustitución de unos humanos más capaces por otros en unos rígidos –aunque cada vez menos– marcos temporales. Pero, ¿y si estuviéramos en el Pacífico ante un abanico de diversas razas humanas, de aspecto anatómico relativamente diverso (incluyendo un volumen craneal dispar), como existe hoy en día? Esto se podría extrapolar a otros escenarios en otras regiones del planeta donde los propios expertos ortodoxos han constatado la convivencia de varias especies de homínidos avanzados y que además se cruzaron entre ellos desde épocas muy distantes (según las estimaciones genéticas realizadas). Con todo, los darwinistas ortodoxos siguen en sus trece, aun a riesgo de acabar hundidos en el Pacífico, o en otros muchos puntos del planeta.

© Xavier Bartlett 2018

Fuente imágenes: Wikimedia Commons



[1] Esta fecha era el resultado coincidente de unos restos de huesos hallados en Etiopía con las cifras arrojadas por las más novedosas técnicas genéticas (del ADN mitocondrial y el llamado reloj molecular).

[2] Cabe reseñar que, según el investigador alternativo Robert Schoch, existen crónicas y tradiciones que hablan de unos humanos pequeños o pigmeos en esa región hasta hace pocos siglos, lo que podría indicar que durante milenios sobrevivió una pequeña población marginal, posiblemente alejada del hábitat de los humanos modernos.

[3] Fuente: www.sciencemag.org

[4] Según estudios recientes, se cree que los hombres de la Edad de Piedra ya pudieron desplazarse en botes en el ámbito del mediterráneo hace unos 130.000 años.


[5] Véase el artículo de este blog sobre la mitología de los gigantes en el Pacífico.

miércoles, 16 de mayo de 2018

Baalbek: reconocimiento de una colosal obra prerromana


Hace ya tiempo publiqué en este blog un extenso artículo que repasaba el conocido asunto del santuario de Baalbek (en el Líbano), que ha sido objeto de intensa polémica entre la arqueología alternativa y la ortodoxa. El motivo de tal controversia, que ya dura varias décadas, es la imponente arquitectura de una parte del santuario, más concretamente el podio o basamento del templo de Júpiter, de época romana, que contiene en su parte inferior unos monstruosos bloques megalíticos de cientos de toneladas de peso, siendo tres de ellos de 800 toneladas (el trilithon), a lo que hay que añadir otro gigantesco bloque –la Piedra del Sur– de un peso de unas 1.000 toneladas que quedó inacabado en la cantera próxima, si bien en un avanzado estado de tallado.

Para sintetizar la polémica, basta decir que los autores alternativos, desde los años 60, señalaron que los fundamentos del citado basamento –en parte megalíticos– no se correspondían con la conocida obra romana, en cualquiera de sus variantes y soluciones. De hecho, el conjunto de Baalbek tiene una larguísima historia, pues ya contenía restos prerromanos[1] y, tras la construcción principal llevada a cabo en época imperial, el santuario se convirtió en fortaleza y sufrió varias remodelaciones y reparaciones en época bizantina y luego árabe. Ahora bien, los bloques megalíticos, perfectamente tallados y colocados in situ sin ninguna argamasa parecían un reto fuera de lugar incluso para los expertos ingenieros y arquitectos romanos. Más bien se correspondían con otras construcciones megalíticas –presentes en varios lugares del mundo– de dudosa cronología[2], y con paralelos tan cercanos como ciertos monumentos egipcios o algunos restos observables en el antiguo Monte del Templo[3], atribuido a Salomón, en Jerusalén. En suma, desde el mundo alternativo se proponía que esa obra era mucho más antigua y más perfecta que cualquier cosa que hubieran podido hacer los romanos. 

Lo cierto es que la arqueología académica, en general, hizo oídos sordos a las críticas y observaciones alternativas, y más aún cuando estas opiniones sugerían que detrás de tal obra colosal estaban los extraterrestres, los gigantes, los Anunnaki, los atlantes o cualquier civilización desaparecida. No obstante, se hicieron algunos esfuerzos por parte académica para demostrar –sobre bases teóricas– que, si bien los romanos no tenían por costumbre recurrir a bloques ciclópeos, sí tenían la capacidad técnica de tallar los bloques, alzarlos, desplazarlos y colocarlos luego en el basamento o podium del templo, y sin la necesidad de emplear miles de esclavos o trabajadores. En su momento, en el citado artículo, ya expuse los problemas de estas argumentaciones y no me extenderé en más comentarios.

Vista parcial del santuario en la actualidad
Sin embargo, vale la pena señalar ahora que la arqueología académica, a la luz de las recientes investigaciones de los últimos años en el lugar, ya está empezando a reconocer abiertamente la existencia de una imponente obra prerromana de incierto origen. Básicamente, los trabajos realizados han demostrado que existió una vasta intervención anterior al proyecto romano, a lo cual cabe añadir la constatación de que la Piedra del Sur no está sola, sino que hay por lo menos otros dos bloques descomunales, de peso todavía superior a ésta. Por otra parte, también creo interesante mencionar las últimas observaciones realizadas en Baalbek por Graham Hancock, que desbaratan un poco más las teorías académicas e introducen más incógnitas en la ecuación, a la espera de nuevas interpretaciones.

Así pues, me gustaría referirme a un trabajo[4] publicado en 2010 por el arquitecto y arqueólogo alemán Daniel Lohmann, miembro de la misión arqueológica alemana en Baalbek. En su artículo Giant strides towards monumentality (“Grandes zancadas hacia la monumentalidad”), Lohmann se refiere a un proyecto monumental megalómano que precedió a la gran construcción romana iniciada en siglo I d. C. Según la moderna investigación arqueológica, quedaría probado que existió un plan anterior al romano, otro gran santuario o construcción que fue objeto de posterior reaprovechamiento por parte de los romanos. En palabras de Lohman: 

“En la época de los trabajos franceses y libaneses en Baalbek, se hallaron los restos de construcciones monumentales prerromanas en las excavaciones bajo el pavimento romano del Gran Patio. La prospección e interpretación actuales muestran que existía un piso prerromano a unos 5 m. bajo el piso del Gran Patio Romano tardío, por debajo del posterior patio oriental. Como rasgos, se incluyen un monumento de podio independiente y una escalera en voladizo precedente; ambos sugieren una anterior entrada al santuario. Además, se podría afirmar que el muro de cimentación situado debajo de la peristasis del templo pseudodipteral imperial inicial era de fecha prerromana. Esta antigua terraza en forma de T ya era una construcción gigantesca, al menos cinco metros más alta que el tell y que cualquier construcción de plataforma. Debido a la falta de restos arquitectónicos de un templo, se puede suponer que el templo para el que se construyó esta terraza nunca fue terminado o quedó completamente destruido antes de que comenzara una nueva construcción. [...]

La construcción inconclusa del santuario prerromano se incorporó a un plan maestro de monumentalización. Aparentemente desafiado por la enorme construcción prerromana, el antiguo santuario imperial de Júpiter muestra tanto una arquitectura de diseño megalómano como la técnica de construcción de la primera mitad del primer siglo después de Cristo. El ejemplo más famoso puede ser el trilithon que forma la hilada media del podio del templo occidental en tres bloques de 4 por 4 por 20 metros. El podio se puede considerar como un intento de esconder la terraza del templo –más antigua y de forma inconveniente– detrás de un podio de estilo romano, que consta únicamente de tres hiladas de mampostería, con una altura de doce metros.”[5]

Es decir, se reconoce explícitamente que existió en Baalbek una gran construcción previa –llamémosla megalómana– que tal vez pudo ser la base para un templo o un gran edificio y que quedó inacabado o que fue destruido. Y todo esto en un tiempo indeterminado, pues no hay datos de ninguna datación ni tampoco una posible adjudicación a una cultura concreta (¿fenicios, época helenística...?). Ya sabemos que la obra es “prerromana”, pero la falta de mayores referencias concretas resulta un poco desconcertante. ¿Qué cultura se dedicaba allí a la megalomanía arquitectónica en tiempos históricos? En todo caso, quedaría por aclarar el elemento esencial de la controversia, esto es, establecer qué parte de lo que podemos ver en Baalbek es genuinamente romana y qué parte es anterior (sin que sepamos por el momento quién la realizó, ni cómo, ni cuándo).

El trilithon (véase la diversidad de paramentos)
A este respecto, Graham Hancock hace notar que el gran podio erigido sobre enormes bloques –incluyendo el trilithon– en realidad no es un podio para el majestuoso templo de Júpiter sino un recinto formado por muro megalítico en forma de U. En efecto, lo que Lohmann llama Podio 2 no sustenta el templo, no forma parte de su fundamento o base, sino que lo rodea en tres de sus lados (norte, sur y oeste). Como hemos visto, Daniel Lohmann asegura que tal construcción es contemporánea del templo de Júpiter y del resto de templos y que se erigió meramente para tapar la terraza o plataforma “poco vistosa” que conformaba la base real del templo (el Podio 1, en denominación de Lohmann, de época herodiana). O sea, hemos de creernos que tan magna construcción aparentemente sólo tuvo una función decorativa o cosmética.

Lo que Hancock opina, y yo comparto, es que el llamado Podio 2, la obra megalítica, podría haber estado allí desde hacía muchos siglos –tal vez milenios– y que los romanos lo aprovecharon como muro de contención o para otra finalidad similar. Obviamente, disponer de alguna datación absoluta de esta estructura podría despejar muchas dudas, pero cuando Graham Hancock preguntó a Lohmann si se había realizado alguna datación del Podio 2 mediante Carbono-14, éste le contestó que lamentablemente no se disponía de ninguna, ya que el paso del tiempo y las modificaciones sufridas por las estructuras habían borrado cualquier traza de material orgánico. En todo caso, desde mi conocimiento de la arqueología romana, me parecen claros los siguientes hechos:

  • No tiene sentido, ni tampoco ningún precedente en el mundo romano, realizar ese recinto monumental en torno al podio del templo sólo por motivos “estéticos”. Y todavía es más extraño ver que para tal muro se emplearon bloques de distinta medida, siendo algunos de ellos de tamaño y peso enorme (incluido el trilithon), lo que carece de lógica ya que –como hemos visto– no debían soportar ninguna gran estructura. Ese es un argumento demoledor contra la hipótesis romana.
  • Los romanos, a lo largo de varios siglos, no recurrieron en su arquitectura o ingeniería a tales bloques megalíticos gigantescos. Para grandes obras solían emplear sillares de piedra de tamaño medio (opus quadratum) o bien cemento (opus caementicium), u otro tipo de paramentos en piedra o en ladrillo.
  • Los romanos, aparentemente, no tenían capacidad técnica para mover y colocar bloques de más de 300 toneladas, según sabemos por el complicadísimo transporte de obeliscos procedentes de Egipto. Y aunque hubieran ideado algún sistema con máquinas, lo más probable es que fuera tremendamente complejo, lento y muy costoso, nada operativo para los eficientes romanos. (Es exactamente lo mismo que ocurre en el mundo actual, aun disponiendo de maquinaria motorizada.)
  • No hay ningún dato sobre el terreno que permita asociar fiablemente el Podio 2 con el resto de monumentos romanos. Antes bien, la fuerte erosión que presentan algunos bloques de este muro apunta a una evidente diferencia cronológica con la obra propiamente romana. Por tanto, la pretensión del estamento académico de que este muro es romano al 100% es una mera suposición que no está basada en pruebas objetivas e indiscutibles.

La Piedra del Sur
Por otra parte, las modernas excavaciones llevadas a cabo en la cantera que abasteció de piedra a los constructores de Baalbek han sacado a la luz dos nuevos monstruosos bloques paralelepípedos que quedaron inconclusos, ambos muy cerca de la ya conocida Piedra del Sur. El primero, de unas 1.200 toneladas, ya había sido excavado en los años 90, mientras que el último fue localizado y excavado en 2014, y según las estimaciones de los expertos podría tener un peso de unas 1.650 toneladas. Evidentemente, todo empuja a pensar que estos inmensos bloques estarían destinados a completar la estructura Podio 2, en conjunción con los ya conocidos bloques del trilithon. Y nuevamente, las explicaciones académicas caen por su propio peso (nunca mejor dicho en este caso). Como se ve, la Piedra del Sur no fue una excepción o un error de cálculo, pues ahí tenemos varios bloques similares esperando ser finalizados. Los romanos no hubieran dejado un trabajo tan ingente inacabado; no tiene ningún sentido lógico, ello por no volver a incidir en la muy improbable capacidad técnica de mover y colocar esos bloques en su lugar.

Puestos a especular, más bien parece que los constructores originales del Podio 2, quienes quiera que fuesen, vieron interrumpido su trabajo de forma brusca por alguna poderosa razón que desconocemos (¿un desastre natural, una crisis económica, un problema político, una guerra...?). Asimismo, fueron incapaces de retomar el trabajo abandonado, quedando los enormes bloques en su emplazamiento actual, sin que tampoco tengamos la menor pista de lo que sucedió (¿el fin de una civilización?). Lo que es obvio es que dada la enorme solidez de la estructura, allí se mantuvo durante un tiempo indefinido hasta que pasó a formar parte del conjunto romano.

En cualquier caso, una vez más estamos ante ese vacío, explicaciones fáciles o despeje de balones por parte académica cuando se habla de megalitismo a esta escala tan enorme y con tal perfección técnica. Y al igual que, por ejemplo, los muros ciclópeos de Sacsayhuamán (Perú) fueron asignados a los incas, los muros con bloques gigantescos de Baalbek fueron asignados a los romanos con escasa discusión. Detrás de ello sólo veo el miedo a reconocer que las antiguas civilizaciones conocidas no tenían los medios para emprender tales hazañas arquitectónicas. Esto nos lleva por fuerza a la hipótesis de la civilización desaparecida, para la cual no debía ser un esfuerzo titánico manejar tales bloques, pues posiblemente disponían de una tecnología desconocida para nosotros. Y aun admitiendo que ésta es una explicación situada en un escenario hipotético y un limbo de pruebas, me parece más razonable que las propuestas convencionales, o al menos más consistente como punto de partida.

© Xavier Bartlett 2018

Fuente imágenes: Wikimedia Commons



[1] Según los arqueólogos, el yacimiento es un típico “tell”, una colina que fue aumentando en altura según se producían las sucesivas ocupaciones humanas y abandonos a lo largo de miles de años. Los restos más antiguos se han datado en el Neolítico, hacia el 8000 a. C.

[2] Recordemos que el megalitismo, en sus diferentes manifestaciones, ha sido datado por la arqueología ortodoxa desde el Neolítico hasta la Edad de Bronce, con algunas apariciones esporádicas en época histórica, si bien no se suele emplear el término “megalítico” para describirlas.

[3] También denominado “Explanada de las mezquitas”.

[4] Fuente: www.archeologia.beniculturali.it/pages/pubblicazioni.html


[5] LOHMANN, D. Giant strides towards monumentality. The Architecture of the Jupiter Sanctuary in Baalbek / Heliopolis. Bollettino di Archeologia on line 2010/ Volume speciale/ Poster Session 2 (Texto traducido del inglés)