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jueves, 24 de enero de 2019

¿Existieron (o existen) los gnomos?


En varias ocasiones me he referido aquí al oscuro y confuso tema de los gigantes, que para el mundo académico no es más que un conjunto de antiguas leyendas y modernos fraudes. Y todo ello a pesar de que son mencionados en muchas tradiciones de pueblos de todo el mundo y de ciertos restos o indicios que empujan a pensar que pudo haber una realidad tangible detrás de tantos rumores y cortinas de humo. Pues bien, algo parecido ocurre con el otro extremo de la especie humana: se sigue negando la existencia de seres humanos muy diminutos, que también han sido referidos ampliamente por el folklore popular en muchas regiones de nuestro planeta. Así, por ejemplo, en las tradiciones occidentales, desde hace milenios, se habla  de gnomos, trasgos, duendes, leprechauns, etc., siempre en contextos mitológicos, legendarios o mágicos ubicados en un lejano pasado, casi siempre referido a la época medieval.

Por supuesto, yo también creí durante mucho tiempo en que todo ello formaba parte de la leyenda y la superstición, pero con el tiempo vi que la realidad es mucho más compleja e ignota de lo que creemos y que hemos despreciado el conocimiento antiguo para sustituirlo por el cientificismo moderno y sus dogmas. Lo cierto es que si uno se documenta y recoge informaciones aparentemente dispersas podrá comprobar que existen muchas piezas que no parecen encajar en el escenario propuesto por la ortodoxia académica y que deberían hacernos reflexionar sobre qué puede haber de verdad en las historias sobre esos seres diminutos, como parte del pasado e incluso del presente. Esto es lo que voy a intentar de clarificar en este artículo, dando por hecho que dejo aparte lo que convencionalmente conocemos como enanos, así como las tribus de pigmeos, pues en estos casos es obvio que simplemente tratamos de humanos muy cortos de estatura, ya sea por un trastorno genético (enanismo) o por una característica racial. 

Reconstrucción de un hobbit
En primer lugar, es obligado citar el hallazgo –en la isla de Flores (Indonesia) a inicios de este siglo– del llamado Homo floresiensis o hobbit, un homínido que medía escasamente un metro de altura, con una capacidad craneal cercana a la de un chimpancé y un aspecto humano arcaico con algunos rasgos simiescos. Según las dataciones por Carbono-14 de los huesos hallados, esta especie habría convivido con el Homo sapiens y habría desaparecido hace unos 12.500 años. Ahora bien, en la misma época se hallaron restos de cráneos similares al hobbit en las cercanas islas Palau, y allí las dataciones por C-14 dieron una antigüedad de apenas entre 940 y 2.900 años antes del presente. En cuanto a su origen, nadie sabe de dónde surgió, pese a que los expertos han propuesto varias vías evolutivas para tratar de explicar –hasta la fecha sin éxito– cuáles fueron sus ancestros y de dónde procedían. No me voy a extender en comentar este singular descubrimiento porque ya le dediqué un amplio artículo al que me remito para los que estén interesados en los detalles. Lo que es significativo es que quizá estos humanoides no fueran exclusivos de esa región del planeta, pues en Ohio (EE UU) el arqueólogo Neil Steede halló restos humanos (huesos y artefactos) muy parecidos a los de los hobbits de Flores.

Aparte, saltando del pasado al presente, existen testimonios locales que hablan de la pervivencia de estos hobbits en zonas selváticas y alejadas de la presencia humana moderna. Se trataría tal vez de poblaciones residuales que evitarían el contacto con el hombre y que vivirían en condiciones muy primitivas, subsistiendo básicamente de la recolección de frutos. En concreto, en el parque de Way Kambas de Lampung (Indonesia) los guardias forestales dicen haber visto ocasionalmente pequeños individuos desnudos de no más de 50 cm. de altura. No obstante, cuando los guardias se acercan, las criaturas desaparecen rápidamente por el bosque, pues corren muy deprisa y se esfuman en un momento. Con todo, parece ser que los guardias consiguieron tomar algunas fotos, que posteriormente fueron confiscadas por el gobierno indonesio.

Imagen tomada en 2004 de una presunta kakamora
Esta misma tradición la encontramos en las islas Salomón (no muy lejos de Flores), donde se habla de unos ciertos kakamora, unos hombres salvajes muy diminutos. Según un libro sobre leyendas nativas publicado en 1915, estos hombrecillos miden entre unos 15 cm. y alrededor de un metro de altura. Su piel puede oscilar entre oscura y bastante clara, van desnudos y vagabundean por el bosque en busca de alimento. No usan artefactos ni armas ni construyen casas (viven en cuevas o madrigueras). Suelen ser inofensivos, les gusta cantar y bailar, pero en alguna ocasión pueden atacar a personas aisladas o niños. Tienen capacidad para hablar, aunque su lenguaje es incomprensible y no se relaciona con el melanesio. Como vemos, todo ello nos recuerda bastante a la tópica imagen de duendes y gnomos. Sin embargo, para los nativos tales seres son completamente reales y aún existen hoy en día, e incluso existe una dudosa fotografía fechada en 2004 de una hembra kakamora, sorprendida junto a un fuego[1].

Similares leyendas –y testimonios modernos– se pueden hallar en otros puntos del Pacífico y Oceanía, pero también en diversos lugares del planeta, como África, Asia o América. Y lo que es más, existen noticias modernas e incluso fotografías de algunos seres diminutos que difícilmente podríamos asociar a una especie de “pigmeos” sino a seres humanoides con características propias. Tomando como referencia un artículo del investigador independiente Alex Putney[2], existe una historia-leyenda reciente del antiguo Congo belga, según la cual el 4 de enero de 1959 apareció en la capital Leopoldville (actual Kinshasa) un pequeño ejército de unos mil hombrecillos robustos que apoyaron a los independentistas del líder Simeón Toko frente a las fuerzas belgas coloniales. La “leyenda” afirma que los soldados belgas llegaron a disparar contra tales seres, sin ningún efecto, lo cual nos remite a la mitología sobre la invulnerabilidad de los seres mágicos o incluso de los pequeños seres “extraterrestres” tiroteados sin producir daño alguno, según la casuística recogida en el pasado siglo XX.

Aparte de este extraño suceso, Putney también cita que en unos bosques de Namibia, en 2011, un gnomo humanoide de unos 84 cm. fue herido y capturado por unos cazadores. La criatura murió y su cuerpo fue incautado por la policía. Al parecer, le fueron realizados análisis forénsicos, cuyos resultados fueron ocultados por el gobierno. En su documento, Putney agrega una fotografía de tal ser, así como de otras dos criaturas muy pequeñas de aspecto humanoide halladas en Asia, concretamente en la India y el Nepal. Sobre la veracidad de tales imágenes y las circunstancias de estos casos no puedo pronunciarme, dado el sensacionalismo y las falsedades prefabricadas que corren por Internet actualmente, si bien podría tratarse también de malformaciones extraordinarias. 

Diversos microlitos de menos de 1 cm.
En cuanto al ámbito arqueológico, es oportuno citar que en excavaciones realizadas a finales del siglo XIX en Lancashire, Devon y Suffolk (Gran Bretaña) se identificaron muchos microlitos[3] de tamaño muy reducido (de entre 6 y 12,5 milímetros) que no parecían ser útiles para hombres normales, sino para humanos muy pequeños; incluso el filo de la talla era tan fino que sólo podía apreciarse con lupa. Este tipo de artefactos tan minúsculos también ha sido recuperado en otras regiones del planeta como la India, Egipto, Australia, Francia, etc. Por otra parte, en 1935 se halló en Vadnagar, en el estado de Baroda (India), el esqueleto fosilizado de un gnomo de unos 35 cm. en un depósito prehistórico, si bien posteriormente se atribuyó a una falsificación.

Si ahora saltamos a América, hay que reconocer que allí existe una rica tradición sobre estos seres y también una casuística importante de testimonios y hallazgos. En América del Norte, hay numerosas leyendas acerca de unos ágiles seres diminutos de entre 30 y 90 cm., de vida salvaje y en ocasiones muy hostiles a los humanos. En 1804 una expedición de hombres blancos que exploraba Dakota del Sur se adentró en la “montaña de la gente pequeña”, junto al río Missouri, y avistó a unos diablos de unos 46 cm. de altura, que defendían su territorio tenazmente, haciendo uso de arcos y flechas. Según el relato, los indios Sioux y otras tribus no osaban molestar a estos seres. Por otro lado, las tribus de los Shoshones y los Cheyennes, en Wyoming, mencionan a unas gentes pequeñas llamadas Nimerigar (o Nimmi), de entre medio metro y poco más de un metro, también muy hostiles hacia los indios. Estos seres vivían principalmente en el centro de Wyoming, en las montañas San Pedro.

Jefe Crow
Asimismo, el folklore de los indios Crow, en Montana, recoge la existencia en las montañas Pryor de una cierta “gente pequeña”, una especie de gnomos que no superaría el medio metro de estatura. Los Crow describían a estos gnomos como seres de redondos y abultados vientres, piernas y brazos cortos, y en general muy fuertes y belicosos, una imagen que nos recuerda mucho a los clásicos enanos de la mitología de Tolkien. Y por cierto, incluso en la actualidad los nativos Crow creen que todavía perviven muchos de estos seres, y de hecho cada año les hacen ofrendas en un paraje llamado Medicine Rocks.

Por otra parte, ya desde el siglo XIX tenemos noticias de hallazgos de esqueletos y momias de pequeños seres en varios lugares de EE UU. Por ejemplo, la publicación The Gentleman’s Magazine se hacía eco en agosto de 1837 del hallazgo en Coshocton (Ohio) de un cementerio de “pigmeos” de entre 90 y 137 cm., enterrados en ataúdes de madera, e incluso dado el número de tumbas se sugería que “vivían en una ciudad considerable”. También es destacable un artículo publicado por el Anthropological Institute Journal en 1876 que describía el descubrimiento de un gran cementerio de gnomos en el condado de Coffee (Tennessee). Al parecer, ya se tenía noticia de otros cementerios semejantes el condado de White, del mismo estado, con esqueletos de seres de una altura media de 90 cm.

Pero sin duda lo más notable fue el hallazgo de algunas momias a mediados del siglo XX, en particular dos de ellas, bautizadas “Chiquita” y “Pedro”, ambas procedentes de las montañas de Wyoming. La momia Chiquita se trataba de una hembra gnomo de corta edad, con un raro aspecto, caracterizado por no tener prácticamente cuello y por una pequeña boca arrugada. Según los Cheyennes, se trataría de un ejemplar de una raza subterránea, los citados Nimerigar, que vivía en aquellas tierras desde hacía milenios. A este respecto, cabe señalar que tanto en el estado de Idaho como en otros lugares muy distantes –como por ejemplo Irán y Hawai– se encontraron redes de diminutos túneles atribuidos también a pequeños gnomos, lo cual vendría a reforzar una vez más las antiguas leyendas sobre este tipo de criaturas y su hábitat natural.

momia "Pedro"
En lo referente a la momia Pedro, fue apodada así por haberse encontrado en las montañas San Pedro de Wyoming en 1932. El ejemplar, que parecía de mediana edad, estaba sentado con las piernas cruzadas, como en un enterramiento ceremonial. Su piel era oscura y estaba bastante arrugada, y tenía una frente baja, ojos saltones, nariz achatada, boca grande y labios finos. Su altura estimada era de 35 cm. Esta momia fue comprada por un tal Ivan T. Goodman, que para descartar que se tratase de una falsificación (un muñeco), la hizo pasar por pruebas radiológicas –a cargo del doctor Henry Shapiro– que confirmaron que era un ser natural real, aunque su esqueleto tenía algunas características propias, como las fuertes vértebras que soportaban un grueso cuello y una caja torácica distinta de la habitual en los humanos. Según el departamento de Antropología de la Universidad de Harvard, la momia podría corresponder a un individuo mayor, de unos 65 años. Al parecer, según los indicios de una herida, Pedro había sufrido una caída que le provocó una dislocación de la columna y la pelvis, si bien la muerte fue debida seguramente a un posterior impacto en la cabeza. Cabe destacar, empero, que en 1979 el doctor George Gill, antropólogo de la Universidad de Wyoming, vio las radiografías de Shapiro y afirmó que simplemente se trataba de un niño o un feto procedente de una tribu de indios prehistóricos. El caso es que Goodman murió en 1950 y la momia pasó a manos de otra persona, y su rastro se perdió con los años. Según A. Putney, tanto Pedro como Chiquita fueron finalmente adquiridos de forma discreta por agentes del gobierno de EE UU y ya no se ha sabido más de ellos.

Si nos trasladamos a América del Sur, se repiten las historias y leyendas sobre estos seres diminutos, así como los casos modernos, como el famoso Ser de Atacama. Este asunto lo viví de cerca al conocer de primera mano la investigación llevada a cabo por Ramón Navia, que a inicios de este siglo estudió afanosamente esta peculiar momia (que obra en su poder), y que luego ha hecho correr muchos ríos de tinta, siendo objeto de varios reportajes y documentales más o menos sensacionalistas. Toda esta investigación, con sus dudas, vericuetos y complejidades, la expuse en un artículo de mi otro blog, y a él me remito para los que quieran conocer a fondo este episodio. No obstante, creo que vale la pena resumir los puntos esenciales para ver los paralelismos con la casuística ya citada.

Fotografía del Ser de Atacama, tomada en la sede del IIEE
Según pudo recoger Navia en sus viajes por Sudamérica, las tradiciones orales aymaras hablaban de un cierto “pueblo gentil” de pequeños humanoides de cortísima estatura (de no más de 50 cm.). Dicho pueblo gentil había convivido durante siglos con ellos en una amplia región comprendida entre el sur de Perú, Bolivia y el norte de Argentina y Chile. No habría existido relación entre ambas etnias pero sí al menos un respeto mutuo. En cambio, la llegada de los españoles habría provocado la muerte de muchos de estos gentiles, dado que las autoridades religiosas consideraban a estos seres como criaturas del diablo.

En cuanto a su modo de vida, un erudito aymara le explicó a Ramón Navia que los gentiles “cultivaban la tierra, disponían de unos bancales chiquititos, como así de alto (unos 6 cm.) y no muy largos. Allí sembraban entre otras cosas un maíz muy pequeño”. En cualquier caso, los relatos indígenas apuntaban a la supervivencia de este pueblo en nuestros tiempos, ya que existiría una población muy marginal que se habría refugiado en zonas montañosas. A este respecto, según la investigadora colombiana Gilda Mora, existía una referencia muy directa y específica a un lugar concreto de difícil acceso llamado “cerro de los enanos” (en Colombia), en el que todavía se podría encontrar algunos de estos diminutos seres, cuya altura estaría alrededor de los 35-40 cm[4].

Además, tal pudo contrastar Navia, existían noticias históricas escritas acerca de estos “enanos”. Así, en diversas crónicas españolas de los siglos XVI, XVII y XVIII se menciona brevemente la presencia de unos pequeños seres en varios lugares de Sudamérica: “...se sabe haber pigmeos que habitan debajo de la tierra y salen abriendo los campos a sus empresas”, “...dos pigmeos, macho y hembra, no más altos que de un codo[5]”, “...sería gente de baja estatura, pero guerreros”, “Solían salir solo de noche para buscar su sustento, tenían miedo a salir de día desamparados de sus cuevas pues serían acometidos por los pájaros grandes.”  

El caso es que en el antiguo asentamiento de La Noria (desierto de Atacama, Chile) un lugareño encontró una pequeña arpillera con un lazo de color morado en el centro, y al abrirla descubrió la momia de un pequeño humanoide de unos 14 centímetros de altura. Este pequeño ser pasó luego a manos de un empresario local y finalmente fue adquirido por Navia, con el propósito de someterlo a un exhaustivo estudio científico. El primer examen riguroso fue llevado a cabo por el Dr. Raúl Antesana Sanabria, un médico boliviano, cuya labor principal fue descartar la posibilidad de que fuera un elaborado fraude. Este estudio preliminar confirmó, en efecto, que el Ser de Atacama no era un muñeco sino la momia de una criatura de origen incierto. El doctor Antesana pudo certificar pues que era un ser biológico real, que no se trataba de un feto y que de hecho difería de los humanos en determinados aspectos anatómicos.

Radiografías de feto humano y Ser de Atacama
Posteriormente, y durante varios años, Ramón Navia llevó el espécimen ante varias instituciones y especialistas de distintos países para que le ofrecieran un dictamen fiable sobre la naturaleza de la criatura. Así pues, el ser fue sometido a diversas exploraciones, incluidas radiografías –que mostraron claramente que la criatura había muerto de un golpe en la cabeza– y análisis de ADN. Tras estas pruebas, todo el mundo confirmó que era una entidad biológica, si bien casi todos los dictámenes fueron a coincidir en que se trataba de un feto humano de unas pocas semanas con algunas malformaciones peculiares, lo que vino a constituir una cierta versión oficial. En general, se dieron bastantes opiniones escépticas, reticentes o poco comprometidas, pero tampoco faltaron algunas voces que discretamente confesaron al investigador español que el Ser no era un feto, pero que no sabían lo que era aquello. Eso sí, le dejaron claro que no querían complicarse la vida ni ir más lejos porque tenían trabajos, reputaciones e hipotecas que pagar. En otros casos, el científico requerido por Navia para que examinara la momia no atendió a sus peticiones, como ocurrió con el muy reputado Svante Paabo, gran especialista mundial en momias y restos humanos arcaicos.

Llegados a 2009, el famoso investigador Steven Greer, partidario de desclasificar y difundir toda la información sobre ovnis y extraterrestres[6], entró en contacto con Navia y le propuso implementar una serie de nuevos análisis con la colaboración de reconocidos expertos norteamericanos. La opinión de Greer, a bote pronto, fue que aquello no era humano, y que podría tratarse de un ente alienígena o al menos un híbrido. El tema quedó ahí congelado durante tres años y no fue hasta 2012 en que Greer se desplazó a Barcelona para realizar un examen más detallado y para grabar al Ser a fin de incluirlo en un documental titulado Sirius Disclosure. En esta ocasión, el Ser fue llevado a un centro de radiología donde se le practicaron varias pruebas, como radiografías y tomografías computerizadas (TAC), y además se le extrajo una muestra para análisis posterior de ADN.

La momia durante un examen
La iniciativa de Greer supuso la irrupción de la Universidad de Stanford (EE UU) en el asunto, y así pues un equipo de esta institución, dirigido por el Dr. Garry Nolan, llevó a cabo diversas pruebas científicas sobre el espécimen durante varios meses. Como resultado de dichas investigaciones, se confirmaron las observaciones y anomalías anatómicas ya apreciadas anteriormente y se dejó bien claro –y por escrito– que la momia no era un feto humano ni un nuevo tipo de primate, sino un individuo que habría vivido entre 6 y 8 años, y que tal vez era fruto de una mutación. A su vez, los análisis de ADN no aportaron hechos significativos y quedaron pendientes de ulteriores estudios. Más adelante, surgieron otras opiniones, como la del prestigioso doctor Ralph Lachman, pero que fueron más bien confusas y contradictorias, en opinión de Ramón Navia. En suma, a día de hoy, el Ser de Atacama –al igual que otros ejemplares anómalos similares– sigue aparcado en un limbo científico y en visiones dispares, en las que no ha faltado el dogmatismo, la cerrazón o el sensacionalismo.

Si tratamos ahora de recopilar todo lo expuesto y formular alguna conclusión, veremos que el asunto se asemeja bastante a la ya conocida polémica sobre los gigantes. El fenómeno se muestra elusivo, confuso, falto de pruebas fehacientes, inmerso en teorías conspiracionistas y marcado por el rechazo frontal del mundo académico. No obstante, se vuelven a dar parecidas coincidencias y circunstancias, sobre todo en la correlación entre las muchas mitologías y leyendas existentes con las supuestas pruebas modernas, ya sean de tipo antropológico o arqueológico. En este sentido, vemos que la casuística es diversa pero que apunta a un patrón común de criaturas antropomórficas que difieren de los humanos en algunos aspectos anatómicos importantes. De hecho, difícilmente se podrían considerar enanos o pigmeos, sino seres con rasgos propios únicos y de una estatura cortísima, que en pocas ocasiones supera el metro, y que más bien se mueven en una media alrededor de los 50 cm.

Comparación de cráneos de hobbit y H. sapiens
A partir de aquí, podemos usar los términos folklóricos hobbit, gnomo o cualquier otro, pero nos tendríamos que plantear seriamente la posibilidad de que no sean ni niños, ni fetos, ni personas con fuertes malformaciones, sino individuos con una genética notoriamente distinta de la del Homo sapiens. Hasta qué punto estos gnomos están conectados con los humanos o bien con criaturas simiescas –u otros seres– se nos escapa por completo, pues ninguna prueba ha resultado determinante o clarificadora hasta la fecha. Claro que siempre está el recurso a los consabidos defectos genéticos, que podrían ser excepcionales o hereditarios, lo que podría justificar –al menos en parte– el fenómeno observado. Y como ya hemos visto, el estamento académico no está por la labor de ir más allá de este planteamiento.

En este punto, cabe señalar que una corriente de la arqueología alternativa, en la que está el citado Putney, aboga porque tales seres no son propiamente humanos, sino criaturas híbridas, mezcla de humanos y otros seres sin identificar. Se trataría pues de experimentos genéticos realizados por alienígenas –a falta de mejores hipótesis– con fines insospechados. A este respecto, el propio Putney apunta a un caso ocurrido en 2011 en la localidad de La Romana (República Dominicana) en que una joven de 20 años de origen haitiano dio a luz a un diminuto bebé de extraño aspecto, sin cuello y con un rostro parecido al de una rana. Estas historias, en realidad, no son nuevas, y la ufología lleva décadas tratando del asunto de las abducciones (secuestros), relaciones entre humanos y alienígenas, y experimentos genéticos de todo tipo para crear seres híbridos, a veces monstruosos. Por desgracia, y a pesar de los muchos testimonios acumulados, es muy complicado aquí separar lo legendario de lo verídico, y más aún en ciertos escenarios anómalos en que los límites entre lo normal y lo paranormal parecen difuminarse por momentos, lo que de nuevo nos transporta –siguiendo las antiguas tradiciones– al mundo mágico de este tipo de seres, donde todo o casi todo es posible.

Detalle del cráneo del Ser de Atacama
En todo caso, seguimos muy perdidos antes estas realidades y la ciencia establecida ha optado directamente por la negación, la ocultación o por echar balones fuera, mientras que en el otro lado se ha optado a menudo por un  exceso de imaginación, especulación o sensacionalismo. Prueba de todo esto es que, por ejemplo, el Ser de Atacama, pese a todas las iniciativas llevadas a cabo por Ramón Navia, sigue siendo un misterio irresoluble y un foco de polémicas sin fin. Ante este panorama, sería bien posible que la propia naturaleza nos reserve aún muchas sorpresas, y –como decía el autor alternativo Peter Kolosimo– estemos aún en un “planeta desconocido” pese al gran avance de todas las ciencias. En este contexto, empero, el mundo académico persiste en sus pesquisas evolucionistas en el pasado, tratando de apuntalar de mala manera su teoría, mientras que ha decidido enviar al cajón de las rarezas el tema de los gnomos y los gigantes. 

Con todo, a la vista de lo que aquí he expuesto, no se pueden despreciar las pruebas e indicios de todo tipo y alguien debería agarrar el toro por los cuernos para emprender una investigación a fondo, rigurosa y sin prejuicios, a fin de que las visiones establecidas, la ortodoxa y la alternativa, no contaminen los eventuales resultados. Así, no sólo se deberían buscar pistas en el pasado, sino también afrontar el fenómeno existente hoy en día, teniendo como premisa la posible supervivencia de otras ramas de homínidos inteligentes que han convivido durante milenios con el Homo sapiens, apartándose u ocultándose de él por las más diversas razones, entre las cuales no faltaría la más básica: la necesidad de mantenerse con vida.

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons / archivo del autor 

(imagen microlitos: http://nailos.org/wp-content/uploads/2015/02/Nailos_2_art3.pdf)


[1] Se trata de una imagen un poco borrosa captada por Victoria Ginn en la localidad de Makira (islas Salomón) en 2004.
[2] Este documento está disponible en su web (http://www.human-resonance.org/hobbits_&_gnomes.html), y en él se exponen varis casos sorprendentes y se adjuntan unas fotografías no menos impactantes (si son reales y no trucadas).
[3] Artefactos muy pequeños realizados en piedra (generalmente sílex), típicos del periodo Epipaleolítico, según la ortodoxia académica.
[4] Navia organizó una expedición en 2008 a otro lugar (en Pachica, Chile) donde se hablaba de la presencia de gentiles, pero no obtuvo ningún resultado. También se desplazó a Puerto Rico, donde recibió noticias sobre la muerte de dos seres de pequeñísima estatura localizados en un paraje llamado Las Tetas de Cayey. Tras un  laborioso trabajo de investigación, pudo descubrir que habían matado a uno, mientras que el otro, aún vivo, fue llevado a los Estados Unidos.
[5] Aproximadamente unos 42 centímetros.
[6] Iniciativa concretada en el llamado Disclosure Project.

domingo, 22 de mayo de 2016

La arqueología como espectáculo


Como es ya sobradamente sabido, la arqueología académica suele acusar a los investigadores alternativos de pervertir la arqueología y la historia con todo tipo de propuestas “atrevidas” y contenidos pseudocientíficos, con el inconfesado objetivo de crear expectación y hacer negocio mediante la venta de libros o la realización de documentales. En definitiva, los estamentos oficiales consideran que esa arqueología alternativa no se atiene a criterios de rigor y objetividad y que lo único que pretende es proporcionar un mero espectáculo o entretenimiento de cultura popular.

Sin embargo, si observamos imparcialmente cómo “se vende” muchas veces la arqueología científica a la sociedad, veremos que el factor espectáculo está bien presente en la difusión de numerosos hallazgos o investigaciones, y muy especialmente cuando se trata de grandes civilizaciones antiguas. Así, no es raro encontrar muchos productos culturales de elaborada factura que exponen un contenido más o menos realzado, pues de otro modo la arqueología real podría resultar quizás demasiado aburrida e ininteligible para el ciudadano medio. Del mismo modo, muchos medios de comunicación que transmiten información sobre arqueología han de recurrir a un planteamiento de grandes titulares y noticias impactantes, añadiendo toda clase de ingredientes estimulantes para despertar el interés del público. Y aun así, no nos engañemos, en la mayoría de casos son informaciones muy secundarias que no ocupan espacios preferentes ni tienen gran extensión.

Trabajo de campo no muy espectacular
Y, en efecto, hay que reconocer que la práctica arqueológica en general no es, ni de lejos, como en las películas del famoso Indiana Jones. Un servidor de ustedes participó en su día en varias excavaciones arqueológicas –básicamente de poblados ibéricos[1] y villas romanas– y ya les puedo adelantar que no había ostentosas estructuras, ni tesoros, ni piezas excepcionales, ni procelosas trampas, ni tumbas secretas ni otros tópicos al uso. La práctica arqueológica sobre el terreno suele ser una tarea polvorienta, dura y metódica, realizada principalmente a base de pico y pala, sacando tierra y cribándola para localizar pequeños objetos. Y luego está el apasionante trabajo de registro de los restos, dibujo de estructuras y artefactos, limpieza, marcado y restauración de objetos, etc. Y en cuanto a los hallazgos, lo que vi más habitualmente fue un montón de fragmentos de cerámica, huesos, unos pocos utensilios metálicos y muy excepcionalmente alguna moneda o artefacto destacable. Reconozco, en fin, que tales yacimientos estaban a menudo bastante deteriorados y tampoco presentaban muestras de una gran riqueza o esplendor, pero incluso en otros lugares más “llamativos” como yacimientos egipcios, mayas, mesopotámicos o chinos, la mayoría del trabajo arqueológico no constituye ningún espectáculo, porque no suelen aparecer cosas muy impactantes o novedosas, sino restos comunes que complementan un saber ya establecido y acumulado después de 200 años de ciencia arqueológica.

Lo que sí es cierto es que en los inicios de la arqueología se creó un aura de romanticismo y fascinación ante el descubrimiento de unos restos más o menos imponentes de unas culturas y civilizaciones que eran prácticamente desconocidas para las sociedades occidentales y que empezaban a ser recuperadas del olvido milenario a golpe de pico y –a veces– de explosivos. A este respecto, permítanme la inmodestia de que me cite a mí mismo:

“A lo largo del siglo XIX fue apareciendo una raza de arqueólogos, medio eruditos medio aventureros, que buscaron estos mundos del pasado con una innegable inclinación por la ruinas monumentales. En sus expediciones existía un fuerte componente romántico que empujaba a los arqueólogos entre el fetichismo por el objeto y el rescate de una historia perdida. [...] Es la época de Mariette, de Schliemann, de Petrie, de Evans y tantos otros. Son en parte herederos de Lord Elgin, el expoliador de la Acrópolis de Atenas en 1812, y en parte herederos de la tradición científica que inició la Description de l’Egypte. [...] Ciertamente, y a pesar de las corrientes racionalistas y positivistas del siglo, la arqueología continuó siendo considerada la ciencia romántica por excelencia hasta bien entrado el siglo XX.”[2]


Howard Carter examinando el sarcófago del faraón
De este modo, se consolidó el clásico estereotipo de la actividad arqueológica, repleta de palacios, tesoros, poderosos reyes, extrañas inscripciones, tumbas selladas, momias, maldiciones, etc. que llenó la imaginación del público y que tuvo su culminación con el hallazgo de la tumba de Tutankhamon en 1922 a cargo de Howard Carter. La espectacularidad de esta tumba real –la única prácticamente intacta excavada hasta la fecha– provocó ríos de tinta en la prensa mundial, que se vieron aumentados ante la sucesiva muerte de muchos protagonistas de la investigación, lo que hizo aflorar historias de antiguas maldiciones faraónicas, hecho que lógicamente atrajo todavía más la atención de los lectores[3]. Obviamente, la arqueología siguió su curso y se fueron acumulando nuevos conocimientos y resultados, pero para la mayoría de las personas lo que quedó grabado en el subconsciente fue la imagen de una arqueología fantástica y espectacular, que fue reforzada apenas hace unas pocas décadas por la saga cinematográfica de Indiana Jones, que volvió a incidir en los mismos y viejos tópicos de aventura y misterio.

Y así llegamos a finales del siglo XX y principios de este XXI, una época sin descubrimientos realmente impactantes, aparte de algunos hallazgos paleontológicos sobre la evolución humana que tienden a ser muy sobredimensionados. Así pues, cualquier detalle sobresaliente en la investigación arqueológica que pueda atraer la atención del público es aprovechado para presentar un atractivo producto cultural o una noticia llamativa que combine la divulgación científica con cierto grado de entretenimiento. Lo que ya sería objeto de discusión es dilucidar si esa difusión pública no sucumbe a veces al mero espectáculo y al sensacionalismo en perjuicio del rigor científico, de una forma no muy diferente de lo que supuestamente hace la llamada arqueología alternativa. Recordemos, por ejemplo, cuando el otrora mandamás de la arqueología egipcia, Zahi Hawass, patrocinó la exclusiva de un espacio televisivo de una cadena temática para descubrir –en riguroso directo mundial– qué había detrás de las puertas halladas por Rudolf Gantembrink en los conductos de la Gran Pirámide, en los años 90 del pasado siglo[4]. ¿Qué parte había en todo ello de ciencia y qué parte de simple venta de misterio e intriga?

Z. Hawass charlando con tres famosos autores alternativos: West, Bauval y Hancock

Sin duda, estas son las noticias que movilizan masivamente a la prensa generalista y que crean una gran expectación, la cual a menudo tiene su origen en el propio ego del descubridor, pues es lógico que los arqueólogos no quieran quedarse atrás con respecto de los colegas de otras disciplinas que anuncian espectaculares adelantos en medicina, biología, física, etc. En consecuencia, se crea una dinámica de “investigación orientada a grandes resultados”, que es la que en definitiva proporciona fama, reconocimiento, recursos, subvenciones, etc., pero que también bordea peligrosamente el riesgo de la precipitación y el error. Y en este contexto, y aun aceptando que los medios no desean tergiversar o exagerar el contenido conscientemente, siempre está presente la necesidad de vender grandes (y vistosas) novedades que susciten el interés del público. De este modo, en más de una ocasión se lanzan noticias espectaculares que se sitúan en las fronteras del paradigma imperante[5], con el ánimo de romper moldes y revolucionar un poco el panorama científico.

Ahora bien, dado que los medios no suelen tener elementos de criterio para sopesar adecuadamente la validez de lo que están transmitiendo, es factible que caigan en la trampa del espectáculo y de los grandes titulares, debido a la propia dinámica de inmediatez en la que viven, y más aún teniendo en cuenta que la mesura y la contención venden más bien poco. Lo que acaba ocurriendo en bastantes ocasiones es que, pasado un cierto tiempo, las expectativas creadas se reducen considerablemente o incluso se llega a desmontar completamente la propuesta inicial, y en tales circunstancias la honestidad científica queda retratada, si bien esto ya no suele ser objeto de noticia en los medios. Dicho de otro modo, el impacto mediático queda claramente por encima del rigor teórico y metodológico o el debate científico en curso. Por poner tres ejemplos de esto ocurridos en los últimos tiempos, podríamos citar el descubrimiento de la tumba de Alejandro Magno, la localización de la mítica Atlántida y la identificación de un nuevo homínido con características plenamente humanas.

El primer caso, de apenas hace unos pocos años, se centra en el descubrimiento de una majestuosa tumba en Amfípolis, al norte de Grecia, que enseguida fue candidata a ser la tumba de Alejandro (cuyo emplazamiento exacto es objeto de polémica desde hace siglos). Acto seguido, los medios promocionaron este enclave y le concedieron la máxima atención, aun cuando no había confirmación de que realmente fuera la tumba del gran gobernante macedonio. Más recientemente se ha comprobado que, en efecto, no se trata de la tumba de Alejandro, sino muy probablemente de Hefestión, uno de sus generales e íntimo amigo[6]. Pero entretanto, la expectación y difusión han sido máximas, con el beneplácito de las autoridades griegas, e incluso se ha llegado a crear para el yacimiento una web oficial y una página de Facebook. Por cierto, en los años 90, la arqueóloga griega Liana Souvaltzi, anunció a bombo y platillo que había localizado al fin la tumba de Alejandro en el oasis de Siwa (Egipto) pero luego resultó ser un monumento de época romana...

Paisaje del Parque de Doñana (Andalucía)
El segundo caso es un documental realizado por la popular y prestigiosa National Geographic Society, en el que el arqueólogo judeo-norteamericano Richard Freund (especialista en historia judía pero no clásica) argumentaba que había encontrado claros indicios de que la Atlántida estaba situada al suroeste de la Península Ibérica, más concretamente en el Parque de Doñana. Lo que ocurre es que el documental, presentado en 2011 bajo el sugestivo título de Finding Atlantis (“Hallando la Atlántida”), estaba plagado de especulaciones, medias verdades y algunos errores históricos y metodológicos. No obstante, el contendido venía acompañado de vistosas recreaciones y mediciones sobre el terreno, todo ello con la intención de dar una pátina científica a un mero entretenimiento televisivo sustentado en la fascinación por el mito atlántico. Por otra parte, como detalle de malas prácticas, cabe reseñar que Freund había tomado casi todo el material del documental de las investigaciones previas del autor Georgeos Díaz-Montexano, el cual ni siquiera fue citado en los créditos.

El último caso es el reciente hallazgo de unos huesos de homínidos en Sudáfrica a cargo del equipo del profesor Lee Berger, que se apresuró a proclamar a los cuatro vientos que había encontrado un nuevo homínido, extremadamente antiguo (2,5-2,8 millones de años) y que parecía tener un comportamiento funerario. Este es el famoso Homo naledi, al cual dediqué ya un artículo. Lo que sucedió después del revuelo y del espectáculo mediático es que surgieron muchos expertos que dijeron que no había prueba de que se tratara de un nuevo homínido, sino que podía ser un Homo erectus o una variante de éste, y lo que es más significativo, que no había forma de datar los esqueletos hallados, lo cual hacía que la antiquísima datación aportada por Berger –elaborada a partir de meras comparaciones anatómicas– fuera poco menos que humo. De hecho, este punto no es poco importante, pues las revistas científicas normalmente descartan la publicación de un artículo de paleontología que no contenga una datación de los restos basada en sólidas pruebas.

Sin embargo, estas no serían más que meras anécdotas en comparación con otros episodios más lamentables, en los que –en aras de vender una buena historia– se traspasan ciertos límites de la práctica profesional y de las responsabilidades culturales y políticas. En este sentido, me gustaría exponer como colofón otro caso acaecido en Egipto, en el cual se pueden apreciar ciertas formas de proceder que dejan bastante que desear desde el punto de vista científico, político e incluso periodístico[7]. Así, volviendo al entorno icónico de Tutankhamon, recientemente se ha desatado una polémica en el mundo académico que parecería más propia de guionistas de ficciones de enredo.

Busto de la reina Nefertiti
La historia arrancó a mediados del pasado año 2015 cuando el arqueólogo británico Nicholas Reeves proclamó, después de haber efectuado ciertas prospecciones en la tumba de Tutankhamon, que estaba convencido de que debían existir cámaras ocultas tras las paredes ya conocidas y estudiadas hasta la saciedad desde hace casi un siglo, y que muy posiblemente la estancia mayor podría ser nada menos que la tumba de la famosísima reina Nefertiti, madrastra de Tutankhamon e inmortalizada en un no menos famoso busto expuesto en el Museo de Berlín. Además, había otro aliciente: los egiptólogos mantenían la especulación de que la misma Nefertiti habría sido antecesora en el trono del joven Tutankhamon, pues las antiguas fuentes egipcias mencionaban a un oscuro personaje llamado Neferneferuatón, que habría sido –junto a Smenkhare– el sucesor efímero de Akhenatón, pero que nunca había sido propiamente identificado[8].

Sea como fuere, al Dr. Mamdouh Eldamaty, ministro de Antigüedades egipcio, le faltó tiempo para amplificar la noticia en una rueda de prensa realizada el mes de noviembre. Allí anunció que “había un 90% de posibilidades de que realmente hubiera tal cámara escondida”, si bien no quería especular aún sobre la validez de la teoría de Reeves, no al menos hasta que hubiera una certeza del 100% y se procediera a investigar la zona en cuestión, teniendo además en cuenta que podría tratarse de otros personajes reales femeninos como Kiya o Ankhsenamon[9]. Con todo, Eldamaty, ante los medios de comunicación, no pudo eludir la épica del descubrimiento de la tumba de Tutankhamon, haciendo inevitables comparaciones sobre la tremenda importancia de lo que podría haber en esos espacios aún desconocidos, augurando el “descubrimiento del siglo”. Y finalmente, para avanzar en la investigación, ese mismo mes de noviembre el japonés Hirokatsu Watanabe, reconocido especialista en prospección por radar, concluyó que sus escáneres confirmaban la presencia de unas claras anomalías, lo que podría traducirse en una cámara tras las paredes pintadas de jeroglíficos.

Pero, a pesar de que se habían despertado ya unas altísimas expectativas, no todo el mundo estaba tan seguro de que excavar allí fuese lo más adecuado para la conservación de los restos... suponiendo que los hubiera. Así, se dio una cierta controversia entre la Dra. Salima Ikram (de la Universidad Americana de el Cairo) y el arqueólogo Michael Jones (del Centro de Investigación Americano en Egipto). La primera demostraba un gran entusiasmo por los posibles hallazgos y declaraba en palabras textuales: “¡Todos los egiptólogos actualmente vivos nos perdimos lo de Tutankhamon, así pues nosotros queremos nuestro propio Tutankhamon! Queremos estar ahí, experimentarlo, estamos tremendamente emocionados y esperando que [la tumba] contenga tanto como sea posible.” Por otro lado, Ikram alegaba que era preciso excavar la cámara lo antes posible en previsión de pudieran producirse expolios, lo que supondría la pérdida de unos valiosos objetos que irían a parar al mercado ilegal de antigüedades. Jones, en cambio, no tenía tan claro cómo se debía proceder en este caso y apostaba por la prudencia, dado el riesgo de deteriorar materiales orgánicos y metálicos.

Vista tridimensional de la tumba de Tutankhamon
No obstante, a inicios de este año, el espectáculo sobre la volátil tumba de Nefertiti dio un giro inesperado cuando algunos expertos denunciaron que todo el asunto no era más que un bluff sin fundamento científico y que las autoridades egipcias estaban haciendo lo imposible para tapar o negar la verdadera realidad científica de este asunto (o sea, para evitar el ridículo). La causa de este coup de théâtre fue la intervención de la National Geographic Society, que se presentó allí para realizar unas pruebas con radar de alta penetración en el terreno (GPR) de la más avanzada tecnología, posiblemente con la intención de explotar un magnífico material para un documental. Pero, una vez efectuados los nuevos escáneres, y para disgusto de muchos, los resultados fueron completamente negativos. Así, el ingeniero Eric Berkenpas tomó in situ los datos, que luego fueron analizados en EE UU por el geofísico Dean Goodman, el cual no comentó los resultados –por un acuerdo de confidencialidad con la NGS– pero sí confirmó que no se habían localizado estancias (espacios huecos) tras las paredes[10]. Además, para concluir el sainete, también surgieron opiniones críticas acerca de la intervención técnica de Watanabe, que –pese a ser un veterano investigador– mantiene una conducta científica bastante atípica, pues nunca comparte con nadie los datos básicos de sus mediciones. Por otro lado, el propio Watanabe reconoce que él ha personalizado sus equipos de tal modo que sólo él puede interpretar los resultados... algo que contradice directamente los criterios más elementales de la experimentación científica.

Y a todo esto, Eldamaty fue apartado de su cargo en marzo... con rumores de agrias disputas políticas sobre la postura del ministerio de Antigüedades en todo el embrollo. En cualquier caso, el ministerio no dio más explicaciones ni tampoco las dio N. Reeves, el investigador que había lanzado las campanas al vuelo. (Aun así, se especula con la posibilidad de que en próximas fechas el ministerio encargue la realización de nuevos escáneres para “cerrar” la controversia.)

En suma, en cuestión de pocos meses se han dado noticias altisonantes, ruedas de prensa, expectativas enormes, ansias por excavar a toda costa, ganas de colgarse una medalla científica o política... y al final, claras intenciones de echar tierra sobre el asunto. En otras palabras, un perfecto ejemplo de globo desinflado que venía de la mano del “fenómeno Tutankhamon”, que aún hoy en día sigue causando admiración.

Tsoukalos, el paladín de los aliens
Y visto lo visto, uno se podría preguntar si todos estos espectáculos montados alrededor de la arqueología convencional, con la participación –voluntaria o involuntaria– de científicos, políticos y periodistas, no son una manera de contrarrestar la creciente moda de la arqueología alternativa, tan omnipresente en Internet pero también en la televisión con documentales del tipo “Ancient Aliens” y similares en los que aparecen los máximos exponentes de la investigación alternativa pero también ocasionalmente algún arqueólogo de carrera... aunque sólo sea para refutar a los herejes.

De todos modos, según he comprobado, todavía existe un importante porcentaje de profesionales académicos a los que no les gusta este tipo de espectáculos porque creen que perjudica la imagen de la arqueología científica que se hace sobre el terreno y se enseña en la aulas. Por ese motivo más bien reniegan de las actitudes de ciertos divos de la arqueología, al estilo del defenestrado Hawass, porque a la larga acaban por crear perplejidad o desconfianza entre el público aficionado a la arqueología. Y dicho sea de paso, una notable figura alternativa de corte más bien austero y riguroso como Robert Bauval también ha renunciado a participar en según qué documentales al darse cuenta de que lo que se trataba era de montar un circo y atraer a la audiencia con propuestas delirantes sin pies ni cabeza... pero muy sugerentes.

© Xavier Bartlett 2016






[1] Pertenecientes a la Edad del Hierro en la Península ibérica, especialmente en el litoral mediterráneo y la actual Andalucía, con una cronología aproximada de entre los siglos VII a. C. y II a. C.

[2] BARTLETT, X. “L’arqueologia romàntica: ciència i fascinació”. Universitas n.º 2-3. Barcelona, 1988. (traducido del catalán)

[3] Véase mi artículo al respecto en este mismo blog.

[4] Por cierto, la exploración de las puertas con minirobots y microcámaras se transformó en un sonoro chasco, pues tras los primeros bloques había otros bloques que taponaban el conducto de idéntica forma.

[5] Téngase en cuenta, no obstante, que aquello que va más allá o contradice los postulados del paradigma no es objeto de espectáculo ni de simple noticia. Sencillamente es ignorado, ocultado o minimizado.

[6] De todos modos, los huesos hallados en la cámara sepulcral no han arrojado ninguna certeza, pues se encontraron restos óseos de una mujer madura, de dos hombres, de un bebé e incluso de animales.

[7] El lector puede hallar la información original (en inglés) en: http://www.newhistorian.com/latest-scan-tuts-tomb-totally-contradicts-previous-one/6483/

[8] Según otras fuentes consultadas, tanto Smenkhare como Neferneferuatón habrían sido en realidad corregentes del faraón al final del reinado de Akhenatón, sin que esté claro el orden en que se habría producido esa corregencia.

[9] Madre y hermanastra, respectivamente, del joven faraón.


[10] Lawrence Conyers, profesor de Antropología de la Universidad de Denver y reputado especialista en el uso de esta moderna técnica de radar, sustentó la validez, correcta metodología y exhaustividad de las pruebas realizadas y corroboró que no había ninguna indicación de un espacio vacío tras las paredes.