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jueves, 21 de febrero de 2019

Geopolímeros y pavimentos sospechosos



En la pasada entrada sobre la controversia de Yonaguni ya puse de manifiesto que uno de los puntos de mayor conflicto entre la arqueología ortodoxa y la alternativa es la interpretación de los restos observados desde la perspectiva de la geología. Y es que, como vimos, no se trata ya de que los alternativos vean cosas distintas o alteradas, sino de que la geología, en función de otros intereses y análisis científicos (relacionados con la arqueología, principalmente) resulta ser más flexible y opinable de lo que podríamos imaginar. En este sentido, ya cité –aparte del propio tema de Yonaguni– la aún más virulenta y confusa discusión sobre la edad de la Gran Esfinge, con tres propuestas bien alejadas entre sí: la oficialista-egiptológica de Gauri, la herética –pero moderada– de Schoch, y la extrema de los geólogos ucranianos Manichev y Parkhomenko, que remontaba la antigüedad de este monumento a los 800.000 años (¡Ahí es nada!). Y todo ello, cabe insistir, son valoraciones de geólogos profesionales que han observado exactamente la misma realidad material.

Charles Lyell
Bueno, esto no nos debería sorprender demasiado, pues en todas las ciencias hay debate, discusión y conocimiento abierto a nuevos avances y descubrimientos. En el caso de la geología, cabe decir que se asentó hace unos dos siglos –en los tiempos de Hutton y Lyell– y que consagró la teoría del uniformismo frente al catastrofismo como motor de la formación y evolución del paisaje. Por lo demás, y salvo contadas excepciones, la geología apenas se ha movido de sus planteamientos generales, si bien hay que destacar las aportaciones debidas a los modernos avances científicos y técnicos, sobre todo en cuestiones de datación. Así pues, ya en pleno siglo XXI la geología parece bastante firme a la hora de analizar cualquier formación natural y ofrecer las consabidas explicaciones sobre cómo, cuándo y por qué se dio tal formación, teniendo en cuenta que la propia naturaleza nos demuestra su regularidad en muchos rasgos (por ejemplo, los cristales minerales) y que no hay que confundir dicha regularidad con la mano del hombre.

Dicho todo esto, existe otra faceta no menos controvertida de la arqueología alternativa relacionada con la geología, y es el tema de la artificialidad de ciertas superficies líticas y, en un sentido más amplio, la posibilidad de que los antiguos –en un tiempo inmemorial– dispusieran de un conocimiento preciso para fabricar piedra artificial. Esto supondría la existencia de una tecnología que permitiría crear bloques de piedra a medida, ya fuera ablandando la roca y haciéndola plástica y moldeable, ya mediante la unión de varios elementos, en una especie de cemento, que sería fraguado en moldes. Varios investigadores alternativos han planteado esta cuestión a la vista de las pruebas disponibles y han formulado diversas hipótesis procedentes de la física y la química para tratar de explicar este fenómeno.

Sin duda, quien ha ido más lejos en este terreno ha sido el químico francés Joseph Davidovits, que en los años 80 presentó su concepto de geopolímeros, unos compuestos de aluminosilicatos que al compactarse por reacciones químicas adquieren la consistencia del cemento u hormigón. Así, Davidovits defendió la tesis de que los antiguos egipcios edificaron la Gran Pirámide a base de realizar y colocar in situ bloques moldeados con este material. De hecho, en sus experimentos prácticos, demostró que con la tecnología egipcia de aquella época se podrían haber fabricado unos bloques artificiales de piedra caliza prácticamente indistinguibles de la caliza “natural”. Ni que decir tiene que el estamento egiptológico ha desestimado tal propuesta, aunque lleva 200 años sin poder explicar con solvencia cómo se construyó ese grandioso monumento, aparte de las meras especulaciones.

Argamasa en Igueste
Volviendo al tema concreto de los pavimentos, ya tuve una experiencia personal en Igueste (Tenerife), pues allí vi una serie de conglomerados de un característico tono rojizo o blancuzco que parecían estar adosados o intercalados en el terreno natural de forma intencional. Por su disposición y composición, Manuel Fernández creía que en realidad estos conglomerados –que él llamaba “argamasa”– conformaban unas superficies o pavimentos para caminos o bien canalizaciones de agua. Una vez más, la falta de una opinión cualificada de un geólogo nos dejó con la incógnita, que aún sigue esperando respuestas.

Desde luego, es mucho más conocido el caso de los polémicos pavimentos del conjunto de pirámides de Visoko (Bosnia), pues su presunto descubridor, Semir “Sam” Osmanagic,  afirmó que los antiguos habían realizado pavimentos y recubrimientos de pirámide con una especie de conglomerado artificial, que se había podido identificar en algunos puntos de la llamada pirámide del Sol, así como en la pirámide de la Luna. Estas declaraciones ya despertaron gran polémica en su día, a inicios de este siglo, y mientras Osmanagic daba por hecho que las supuestas losas de recubrimiento de la pirámide estaban compuestas de un cemento artificial, la opinión de la gran mayoría de geólogos rechazaba esta afirmación. Nuestro incansable geólogo “medio-hereje” Robert Schoch también examinó las losas bajo sospecha y aseguró que eran lajas perfectamente naturales de arenisca o de breccia (una mezcla de grava, caliza y esquisto con un elemento aglutinante arenoso a base de partículas de cuarzo, feldespato y mica).

Pavimento de la pirámide de la Luna (Visoko)
Concretamente, Schoch argumentaba que la naturaleza está llena de regularidades y que ciertas formas atribuidas a la acción humana tenían una explicación geológica bien conocida (¡la misma historia que en Yonaguni!), como por ejemplo las capas regulares de arenisca, que son en realidad producto de una sedimentación cíclica. En cuanto al tema de los grandes bloques de “cemento”, Robert Schoch sólo veía losas de arenisca o conglomerados naturales que se habían roto en pedazos más o menos grandes a causa de las presiones tectónicas y de los desplomes. Su dictamen técnico fue el siguiente:

“Las fuerzas tectónicas deformaron plásticamente las arcillas y las lutitas pero las areniscas y los conglomerados, que su equipo había excavado en numerosos lugares, se rompieron en piezas de forma semi-regular, interpretándose como pavimentos, terrazas, bloques de cemento, piedras de cimentación, etc. Es interesante y revelador observar que los tamaños de los bloques de conglomerado y de arenisca hallados se corresponden con el grosor de los estratos de la roca original. Los finos estratos de arenisca, presionados tectónicamente, se rompieron en pequeños trozos mientras que las gruesas y firmes capas de conglomerado se rompieron en trozos enormes. Este es exactamente el patrón que se podría esperar en las formaciones rocosas naturales.” [1]

J. Davidovits y S. Osmanagic reunidos en 2008
Ahora bien, es oportuno mencionar que el geólogo egipcio Aly Barakat, tras examinar el paisaje de la colina de Visočica (la “pirámide del Sol”), no cerró la puerta a que alguna civilización remota hubiera modelado la colina a gran escala y que incluso hubiera aplicado un revestimiento de conglomerado. De todas formas, Barakat se mostró cauteloso y apeló a la necesidad de implementar investigaciones más profundas. Y como Semir Osmanagic no estaba por rendirse, contactó en 2008 precisamente con el padre de los geopolímeros, el propio Davidovits, y le llevó una muestra de su cemento. Al principio, Davidovits le escuchó con atención, analizó la muestra al microscopio electrónico y reconoció que podría ser un material artificial. Sobre su composición, estableció que se trataba de un cemento geopolímero basado en calcio y potasio, siendo el elemento aglutinador un tipo de arena muy fina de granito detrítico.

No obstante, ya en 2013, el científico francés se distanció públicamente de las tesis de Osmanagic –cada vez más desacreditado– y reveló que el material analizado procedía de una cisterna romana (nada extraño, pues los romanos usaban el opus caementicium) y no de la pirámide del Sol. A todo esto, es cierto que Osmanagic se ha sacado de la manga otros informes técnicos, si bien no han aportado mayor credibilidad a sus proclamas. Así, ha presentado un estudio realizado por instituciones bosnias que confirmaba que se trata de un material de gran dureza (pero que no decía nada sobre su hipotético origen artificial), u otro llevado a cabo por el Politécnico de Turín, cuyo texto original no está disponible en ningún sitio. En fin, ignoro los detalles y entresijos de toda esta controversia, pero ya vemos que los cambios de opinión, los desmentidos, y la falta de unanimidad y claridad parecen ser algo no excepcional en el campo de la geología... al igual que en la arqueología.

Para concluir, nada mejor que una serie de imágenes para que los lectores vean y juzguen por sí mismos. Se trata en este caso de unas formaciones –sitas en Australia y Reino Unido– que ha estudiado el investigador alternativo Alex Putney y que a su juicio no son suelos naturales sino pavimentos artificiales realizados en una época inmemorial. Putney no cree que sean “pavimentos teselados” naturales, que es la definición científica ortodoxa de estas formaciones, sino obras geométricas de ingeniería humana realizadas a modo de mosaico a partir de bloques de geopolímeros. Para Putney, no hay duda de la artificialidad de los pavimentos, que él atribuye  a civilizaciones desaparecidas como la Atlántida y Lemuria. 











Y una vez observado el paisaje, me vienen a la mente varias posibles cuestiones: ¿Cómo podríamos distinguir con certeza piedras naturales de artificiales (“geopolímeros”)? ¿Cómo se puede probar sin género de duda que esas superficies fueron hechas por la mano del hombre? ¿Y cómo puede demostrar la geología el proceso completo de formación de tales suelos a partir de la acción de factores naturales? ¿Y qué contexto o utilidad –nada claro según lo que se ve en las imágenes– tendrían dichos pavimentos, en caso de ser artificiales?

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons / Alex Putney




[1] Fragmento traducido del artículo: Schoch, R. “The Bosnian Pyramid Phenomenon”, en The New Archaeology Review. September 2006 issue (Volume 1, Issue 8).

jueves, 24 de enero de 2019

¿Existieron (o existen) los gnomos?


En varias ocasiones me he referido aquí al oscuro y confuso tema de los gigantes, que para el mundo académico no es más que un conjunto de antiguas leyendas y modernos fraudes. Y todo ello a pesar de que son mencionados en muchas tradiciones de pueblos de todo el mundo y de ciertos restos o indicios que empujan a pensar que pudo haber una realidad tangible detrás de tantos rumores y cortinas de humo. Pues bien, algo parecido ocurre con el otro extremo de la especie humana: se sigue negando la existencia de seres humanos muy diminutos, que también han sido referidos ampliamente por el folklore popular en muchas regiones de nuestro planeta. Así, por ejemplo, en las tradiciones occidentales, desde hace milenios, se habla  de gnomos, trasgos, duendes, leprechauns, etc., siempre en contextos mitológicos, legendarios o mágicos ubicados en un lejano pasado, casi siempre referido a la época medieval.

Por supuesto, yo también creí durante mucho tiempo en que todo ello formaba parte de la leyenda y la superstición, pero con el tiempo vi que la realidad es mucho más compleja e ignota de lo que creemos y que hemos despreciado el conocimiento antiguo para sustituirlo por el cientificismo moderno y sus dogmas. Lo cierto es que si uno se documenta y recoge informaciones aparentemente dispersas podrá comprobar que existen muchas piezas que no parecen encajar en el escenario propuesto por la ortodoxia académica y que deberían hacernos reflexionar sobre qué puede haber de verdad en las historias sobre esos seres diminutos, como parte del pasado e incluso del presente. Esto es lo que voy a intentar de clarificar en este artículo, dando por hecho que dejo aparte lo que convencionalmente conocemos como enanos, así como las tribus de pigmeos, pues en estos casos es obvio que simplemente tratamos de humanos muy cortos de estatura, ya sea por un trastorno genético (enanismo) o por una característica racial. 

Reconstrucción de un hobbit
En primer lugar, es obligado citar el hallazgo –en la isla de Flores (Indonesia) a inicios de este siglo– del llamado Homo floresiensis o hobbit, un homínido que medía escasamente un metro de altura, con una capacidad craneal cercana a la de un chimpancé y un aspecto humano arcaico con algunos rasgos simiescos. Según las dataciones por Carbono-14 de los huesos hallados, esta especie habría convivido con el Homo sapiens y habría desaparecido hace unos 12.500 años. Ahora bien, en la misma época se hallaron restos de cráneos similares al hobbit en las cercanas islas Palau, y allí las dataciones por C-14 dieron una antigüedad de apenas entre 940 y 2.900 años antes del presente. En cuanto a su origen, nadie sabe de dónde surgió, pese a que los expertos han propuesto varias vías evolutivas para tratar de explicar –hasta la fecha sin éxito– cuáles fueron sus ancestros y de dónde procedían. No me voy a extender en comentar este singular descubrimiento porque ya le dediqué un amplio artículo al que me remito para los que estén interesados en los detalles. Lo que es significativo es que quizá estos humanoides no fueran exclusivos de esa región del planeta, pues en Ohio (EE UU) el arqueólogo Neil Steede halló restos humanos (huesos y artefactos) muy parecidos a los de los hobbits de Flores.

Aparte, saltando del pasado al presente, existen testimonios locales que hablan de la pervivencia de estos hobbits en zonas selváticas y alejadas de la presencia humana moderna. Se trataría tal vez de poblaciones residuales que evitarían el contacto con el hombre y que vivirían en condiciones muy primitivas, subsistiendo básicamente de la recolección de frutos. En concreto, en el parque de Way Kambas de Lampung (Indonesia) los guardias forestales dicen haber visto ocasionalmente pequeños individuos desnudos de no más de 50 cm. de altura. No obstante, cuando los guardias se acercan, las criaturas desaparecen rápidamente por el bosque, pues corren muy deprisa y se esfuman en un momento. Con todo, parece ser que los guardias consiguieron tomar algunas fotos, que posteriormente fueron confiscadas por el gobierno indonesio.

Imagen tomada en 2004 de una presunta kakamora
Esta misma tradición la encontramos en las islas Salomón (no muy lejos de Flores), donde se habla de unos ciertos kakamora, unos hombres salvajes muy diminutos. Según un libro sobre leyendas nativas publicado en 1915, estos hombrecillos miden entre unos 15 cm. y alrededor de un metro de altura. Su piel puede oscilar entre oscura y bastante clara, van desnudos y vagabundean por el bosque en busca de alimento. No usan artefactos ni armas ni construyen casas (viven en cuevas o madrigueras). Suelen ser inofensivos, les gusta cantar y bailar, pero en alguna ocasión pueden atacar a personas aisladas o niños. Tienen capacidad para hablar, aunque su lenguaje es incomprensible y no se relaciona con el melanesio. Como vemos, todo ello nos recuerda bastante a la tópica imagen de duendes y gnomos. Sin embargo, para los nativos tales seres son completamente reales y aún existen hoy en día, e incluso existe una dudosa fotografía fechada en 2004 de una hembra kakamora, sorprendida junto a un fuego[1].

Similares leyendas –y testimonios modernos– se pueden hallar en otros puntos del Pacífico y Oceanía, pero también en diversos lugares del planeta, como África, Asia o América. Y lo que es más, existen noticias modernas e incluso fotografías de algunos seres diminutos que difícilmente podríamos asociar a una especie de “pigmeos” sino a seres humanoides con características propias. Tomando como referencia un artículo del investigador independiente Alex Putney[2], existe una historia-leyenda reciente del antiguo Congo belga, según la cual el 4 de enero de 1959 apareció en la capital Leopoldville (actual Kinshasa) un pequeño ejército de unos mil hombrecillos robustos que apoyaron a los independentistas del líder Simeón Toko frente a las fuerzas belgas coloniales. La “leyenda” afirma que los soldados belgas llegaron a disparar contra tales seres, sin ningún efecto, lo cual nos remite a la mitología sobre la invulnerabilidad de los seres mágicos o incluso de los pequeños seres “extraterrestres” tiroteados sin producir daño alguno, según la casuística recogida en el pasado siglo XX.

Aparte de este extraño suceso, Putney también cita que en unos bosques de Namibia, en 2011, un gnomo humanoide de unos 84 cm. fue herido y capturado por unos cazadores. La criatura murió y su cuerpo fue incautado por la policía. Al parecer, le fueron realizados análisis forénsicos, cuyos resultados fueron ocultados por el gobierno. En su documento, Putney agrega una fotografía de tal ser, así como de otras dos criaturas muy pequeñas de aspecto humanoide halladas en Asia, concretamente en la India y el Nepal. Sobre la veracidad de tales imágenes y las circunstancias de estos casos no puedo pronunciarme, dado el sensacionalismo y las falsedades prefabricadas que corren por Internet actualmente, si bien podría tratarse también de malformaciones extraordinarias. 

Diversos microlitos de menos de 1 cm.
En cuanto al ámbito arqueológico, es oportuno citar que en excavaciones realizadas a finales del siglo XIX en Lancashire, Devon y Suffolk (Gran Bretaña) se identificaron muchos microlitos[3] de tamaño muy reducido (de entre 6 y 12,5 milímetros) que no parecían ser útiles para hombres normales, sino para humanos muy pequeños; incluso el filo de la talla era tan fino que sólo podía apreciarse con lupa. Este tipo de artefactos tan minúsculos también ha sido recuperado en otras regiones del planeta como la India, Egipto, Australia, Francia, etc. Por otra parte, en 1935 se halló en Vadnagar, en el estado de Baroda (India), el esqueleto fosilizado de un gnomo de unos 35 cm. en un depósito prehistórico, si bien posteriormente se atribuyó a una falsificación.

Si ahora saltamos a América, hay que reconocer que allí existe una rica tradición sobre estos seres y también una casuística importante de testimonios y hallazgos. En América del Norte, hay numerosas leyendas acerca de unos ágiles seres diminutos de entre 30 y 90 cm., de vida salvaje y en ocasiones muy hostiles a los humanos. En 1804 una expedición de hombres blancos que exploraba Dakota del Sur se adentró en la “montaña de la gente pequeña”, junto al río Missouri, y avistó a unos diablos de unos 46 cm. de altura, que defendían su territorio tenazmente, haciendo uso de arcos y flechas. Según el relato, los indios Sioux y otras tribus no osaban molestar a estos seres. Por otro lado, las tribus de los Shoshones y los Cheyennes, en Wyoming, mencionan a unas gentes pequeñas llamadas Nimerigar (o Nimmi), de entre medio metro y poco más de un metro, también muy hostiles hacia los indios. Estos seres vivían principalmente en el centro de Wyoming, en las montañas San Pedro.

Jefe Crow
Asimismo, el folklore de los indios Crow, en Montana, recoge la existencia en las montañas Pryor de una cierta “gente pequeña”, una especie de gnomos que no superaría el medio metro de estatura. Los Crow describían a estos gnomos como seres de redondos y abultados vientres, piernas y brazos cortos, y en general muy fuertes y belicosos, una imagen que nos recuerda mucho a los clásicos enanos de la mitología de Tolkien. Y por cierto, incluso en la actualidad los nativos Crow creen que todavía perviven muchos de estos seres, y de hecho cada año les hacen ofrendas en un paraje llamado Medicine Rocks.

Por otra parte, ya desde el siglo XIX tenemos noticias de hallazgos de esqueletos y momias de pequeños seres en varios lugares de EE UU. Por ejemplo, la publicación The Gentleman’s Magazine se hacía eco en agosto de 1837 del hallazgo en Coshocton (Ohio) de un cementerio de “pigmeos” de entre 90 y 137 cm., enterrados en ataúdes de madera, e incluso dado el número de tumbas se sugería que “vivían en una ciudad considerable”. También es destacable un artículo publicado por el Anthropological Institute Journal en 1876 que describía el descubrimiento de un gran cementerio de gnomos en el condado de Coffee (Tennessee). Al parecer, ya se tenía noticia de otros cementerios semejantes el condado de White, del mismo estado, con esqueletos de seres de una altura media de 90 cm.

Pero sin duda lo más notable fue el hallazgo de algunas momias a mediados del siglo XX, en particular dos de ellas, bautizadas “Chiquita” y “Pedro”, ambas procedentes de las montañas de Wyoming. La momia Chiquita se trataba de una hembra gnomo de corta edad, con un raro aspecto, caracterizado por no tener prácticamente cuello y por una pequeña boca arrugada. Según los Cheyennes, se trataría de un ejemplar de una raza subterránea, los citados Nimerigar, que vivía en aquellas tierras desde hacía milenios. A este respecto, cabe señalar que tanto en el estado de Idaho como en otros lugares muy distantes –como por ejemplo Irán y Hawai– se encontraron redes de diminutos túneles atribuidos también a pequeños gnomos, lo cual vendría a reforzar una vez más las antiguas leyendas sobre este tipo de criaturas y su hábitat natural.

momia "Pedro"
En lo referente a la momia Pedro, fue apodada así por haberse encontrado en las montañas San Pedro de Wyoming en 1932. El ejemplar, que parecía de mediana edad, estaba sentado con las piernas cruzadas, como en un enterramiento ceremonial. Su piel era oscura y estaba bastante arrugada, y tenía una frente baja, ojos saltones, nariz achatada, boca grande y labios finos. Su altura estimada era de 35 cm. Esta momia fue comprada por un tal Ivan T. Goodman, que para descartar que se tratase de una falsificación (un muñeco), la hizo pasar por pruebas radiológicas –a cargo del doctor Henry Shapiro– que confirmaron que era un ser natural real, aunque su esqueleto tenía algunas características propias, como las fuertes vértebras que soportaban un grueso cuello y una caja torácica distinta de la habitual en los humanos. Según el departamento de Antropología de la Universidad de Harvard, la momia podría corresponder a un individuo mayor, de unos 65 años. Al parecer, según los indicios de una herida, Pedro había sufrido una caída que le provocó una dislocación de la columna y la pelvis, si bien la muerte fue debida seguramente a un posterior impacto en la cabeza. Cabe destacar, empero, que en 1979 el doctor George Gill, antropólogo de la Universidad de Wyoming, vio las radiografías de Shapiro y afirmó que simplemente se trataba de un niño o un feto procedente de una tribu de indios prehistóricos. El caso es que Goodman murió en 1950 y la momia pasó a manos de otra persona, y su rastro se perdió con los años. Según A. Putney, tanto Pedro como Chiquita fueron finalmente adquiridos de forma discreta por agentes del gobierno de EE UU y ya no se ha sabido más de ellos.

Si nos trasladamos a América del Sur, se repiten las historias y leyendas sobre estos seres diminutos, así como los casos modernos, como el famoso Ser de Atacama. Este asunto lo viví de cerca al conocer de primera mano la investigación llevada a cabo por Ramón Navia, que a inicios de este siglo estudió afanosamente esta peculiar momia (que obra en su poder), y que luego ha hecho correr muchos ríos de tinta, siendo objeto de varios reportajes y documentales más o menos sensacionalistas. Toda esta investigación, con sus dudas, vericuetos y complejidades, la expuse en un artículo de mi otro blog, y a él me remito para los que quieran conocer a fondo este episodio. No obstante, creo que vale la pena resumir los puntos esenciales para ver los paralelismos con la casuística ya citada.

Fotografía del Ser de Atacama, tomada en la sede del IIEE
Según pudo recoger Navia en sus viajes por Sudamérica, las tradiciones orales aymaras hablaban de un cierto “pueblo gentil” de pequeños humanoides de cortísima estatura (de no más de 50 cm.). Dicho pueblo gentil había convivido durante siglos con ellos en una amplia región comprendida entre el sur de Perú, Bolivia y el norte de Argentina y Chile. No habría existido relación entre ambas etnias pero sí al menos un respeto mutuo. En cambio, la llegada de los españoles habría provocado la muerte de muchos de estos gentiles, dado que las autoridades religiosas consideraban a estos seres como criaturas del diablo.

En cuanto a su modo de vida, un erudito aymara le explicó a Ramón Navia que los gentiles “cultivaban la tierra, disponían de unos bancales chiquititos, como así de alto (unos 6 cm.) y no muy largos. Allí sembraban entre otras cosas un maíz muy pequeño”. En cualquier caso, los relatos indígenas apuntaban a la supervivencia de este pueblo en nuestros tiempos, ya que existiría una población muy marginal que se habría refugiado en zonas montañosas. A este respecto, según la investigadora colombiana Gilda Mora, existía una referencia muy directa y específica a un lugar concreto de difícil acceso llamado “cerro de los enanos” (en Colombia), en el que todavía se podría encontrar algunos de estos diminutos seres, cuya altura estaría alrededor de los 35-40 cm[4].

Además, tal pudo contrastar Navia, existían noticias históricas escritas acerca de estos “enanos”. Así, en diversas crónicas españolas de los siglos XVI, XVII y XVIII se menciona brevemente la presencia de unos pequeños seres en varios lugares de Sudamérica: “...se sabe haber pigmeos que habitan debajo de la tierra y salen abriendo los campos a sus empresas”, “...dos pigmeos, macho y hembra, no más altos que de un codo[5]”, “...sería gente de baja estatura, pero guerreros”, “Solían salir solo de noche para buscar su sustento, tenían miedo a salir de día desamparados de sus cuevas pues serían acometidos por los pájaros grandes.”  

El caso es que en el antiguo asentamiento de La Noria (desierto de Atacama, Chile) un lugareño encontró una pequeña arpillera con un lazo de color morado en el centro, y al abrirla descubrió la momia de un pequeño humanoide de unos 14 centímetros de altura. Este pequeño ser pasó luego a manos de un empresario local y finalmente fue adquirido por Navia, con el propósito de someterlo a un exhaustivo estudio científico. El primer examen riguroso fue llevado a cabo por el Dr. Raúl Antesana Sanabria, un médico boliviano, cuya labor principal fue descartar la posibilidad de que fuera un elaborado fraude. Este estudio preliminar confirmó, en efecto, que el Ser de Atacama no era un muñeco sino la momia de una criatura de origen incierto. El doctor Antesana pudo certificar pues que era un ser biológico real, que no se trataba de un feto y que de hecho difería de los humanos en determinados aspectos anatómicos.

Radiografías de feto humano y Ser de Atacama
Posteriormente, y durante varios años, Ramón Navia llevó el espécimen ante varias instituciones y especialistas de distintos países para que le ofrecieran un dictamen fiable sobre la naturaleza de la criatura. Así pues, el ser fue sometido a diversas exploraciones, incluidas radiografías –que mostraron claramente que la criatura había muerto de un golpe en la cabeza– y análisis de ADN. Tras estas pruebas, todo el mundo confirmó que era una entidad biológica, si bien casi todos los dictámenes fueron a coincidir en que se trataba de un feto humano de unas pocas semanas con algunas malformaciones peculiares, lo que vino a constituir una cierta versión oficial. En general, se dieron bastantes opiniones escépticas, reticentes o poco comprometidas, pero tampoco faltaron algunas voces que discretamente confesaron al investigador español que el Ser no era un feto, pero que no sabían lo que era aquello. Eso sí, le dejaron claro que no querían complicarse la vida ni ir más lejos porque tenían trabajos, reputaciones e hipotecas que pagar. En otros casos, el científico requerido por Navia para que examinara la momia no atendió a sus peticiones, como ocurrió con el muy reputado Svante Paabo, gran especialista mundial en momias y restos humanos arcaicos.

Llegados a 2009, el famoso investigador Steven Greer, partidario de desclasificar y difundir toda la información sobre ovnis y extraterrestres[6], entró en contacto con Navia y le propuso implementar una serie de nuevos análisis con la colaboración de reconocidos expertos norteamericanos. La opinión de Greer, a bote pronto, fue que aquello no era humano, y que podría tratarse de un ente alienígena o al menos un híbrido. El tema quedó ahí congelado durante tres años y no fue hasta 2012 en que Greer se desplazó a Barcelona para realizar un examen más detallado y para grabar al Ser a fin de incluirlo en un documental titulado Sirius Disclosure. En esta ocasión, el Ser fue llevado a un centro de radiología donde se le practicaron varias pruebas, como radiografías y tomografías computerizadas (TAC), y además se le extrajo una muestra para análisis posterior de ADN.

La momia durante un examen
La iniciativa de Greer supuso la irrupción de la Universidad de Stanford (EE UU) en el asunto, y así pues un equipo de esta institución, dirigido por el Dr. Garry Nolan, llevó a cabo diversas pruebas científicas sobre el espécimen durante varios meses. Como resultado de dichas investigaciones, se confirmaron las observaciones y anomalías anatómicas ya apreciadas anteriormente y se dejó bien claro –y por escrito– que la momia no era un feto humano ni un nuevo tipo de primate, sino un individuo que habría vivido entre 6 y 8 años, y que tal vez era fruto de una mutación. A su vez, los análisis de ADN no aportaron hechos significativos y quedaron pendientes de ulteriores estudios. Más adelante, surgieron otras opiniones, como la del prestigioso doctor Ralph Lachman, pero que fueron más bien confusas y contradictorias, en opinión de Ramón Navia. En suma, a día de hoy, el Ser de Atacama –al igual que otros ejemplares anómalos similares– sigue aparcado en un limbo científico y en visiones dispares, en las que no ha faltado el dogmatismo, la cerrazón o el sensacionalismo.

Si tratamos ahora de recopilar todo lo expuesto y formular alguna conclusión, veremos que el asunto se asemeja bastante a la ya conocida polémica sobre los gigantes. El fenómeno se muestra elusivo, confuso, falto de pruebas fehacientes, inmerso en teorías conspiracionistas y marcado por el rechazo frontal del mundo académico. No obstante, se vuelven a dar parecidas coincidencias y circunstancias, sobre todo en la correlación entre las muchas mitologías y leyendas existentes con las supuestas pruebas modernas, ya sean de tipo antropológico o arqueológico. En este sentido, vemos que la casuística es diversa pero que apunta a un patrón común de criaturas antropomórficas que difieren de los humanos en algunos aspectos anatómicos importantes. De hecho, difícilmente se podrían considerar enanos o pigmeos, sino seres con rasgos propios únicos y de una estatura cortísima, que en pocas ocasiones supera el metro, y que más bien se mueven en una media alrededor de los 50 cm.

Comparación de cráneos de hobbit y H. sapiens
A partir de aquí, podemos usar los términos folklóricos hobbit, gnomo o cualquier otro, pero nos tendríamos que plantear seriamente la posibilidad de que no sean ni niños, ni fetos, ni personas con fuertes malformaciones, sino individuos con una genética notoriamente distinta de la del Homo sapiens. Hasta qué punto estos gnomos están conectados con los humanos o bien con criaturas simiescas –u otros seres– se nos escapa por completo, pues ninguna prueba ha resultado determinante o clarificadora hasta la fecha. Claro que siempre está el recurso a los consabidos defectos genéticos, que podrían ser excepcionales o hereditarios, lo que podría justificar –al menos en parte– el fenómeno observado. Y como ya hemos visto, el estamento académico no está por la labor de ir más allá de este planteamiento.

En este punto, cabe señalar que una corriente de la arqueología alternativa, en la que está el citado Putney, aboga porque tales seres no son propiamente humanos, sino criaturas híbridas, mezcla de humanos y otros seres sin identificar. Se trataría pues de experimentos genéticos realizados por alienígenas –a falta de mejores hipótesis– con fines insospechados. A este respecto, el propio Putney apunta a un caso ocurrido en 2011 en la localidad de La Romana (República Dominicana) en que una joven de 20 años de origen haitiano dio a luz a un diminuto bebé de extraño aspecto, sin cuello y con un rostro parecido al de una rana. Estas historias, en realidad, no son nuevas, y la ufología lleva décadas tratando del asunto de las abducciones (secuestros), relaciones entre humanos y alienígenas, y experimentos genéticos de todo tipo para crear seres híbridos, a veces monstruosos. Por desgracia, y a pesar de los muchos testimonios acumulados, es muy complicado aquí separar lo legendario de lo verídico, y más aún en ciertos escenarios anómalos en que los límites entre lo normal y lo paranormal parecen difuminarse por momentos, lo que de nuevo nos transporta –siguiendo las antiguas tradiciones– al mundo mágico de este tipo de seres, donde todo o casi todo es posible.

Detalle del cráneo del Ser de Atacama
En todo caso, seguimos muy perdidos antes estas realidades y la ciencia establecida ha optado directamente por la negación, la ocultación o por echar balones fuera, mientras que en el otro lado se ha optado a menudo por un  exceso de imaginación, especulación o sensacionalismo. Prueba de todo esto es que, por ejemplo, el Ser de Atacama, pese a todas las iniciativas llevadas a cabo por Ramón Navia, sigue siendo un misterio irresoluble y un foco de polémicas sin fin. Ante este panorama, sería bien posible que la propia naturaleza nos reserve aún muchas sorpresas, y –como decía el autor alternativo Peter Kolosimo– estemos aún en un “planeta desconocido” pese al gran avance de todas las ciencias. En este contexto, empero, el mundo académico persiste en sus pesquisas evolucionistas en el pasado, tratando de apuntalar de mala manera su teoría, mientras que ha decidido enviar al cajón de las rarezas el tema de los gnomos y los gigantes. 

Con todo, a la vista de lo que aquí he expuesto, no se pueden despreciar las pruebas e indicios de todo tipo y alguien debería agarrar el toro por los cuernos para emprender una investigación a fondo, rigurosa y sin prejuicios, a fin de que las visiones establecidas, la ortodoxa y la alternativa, no contaminen los eventuales resultados. Así, no sólo se deberían buscar pistas en el pasado, sino también afrontar el fenómeno existente hoy en día, teniendo como premisa la posible supervivencia de otras ramas de homínidos inteligentes que han convivido durante milenios con el Homo sapiens, apartándose u ocultándose de él por las más diversas razones, entre las cuales no faltaría la más básica: la necesidad de mantenerse con vida.

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons / archivo del autor 

(imagen microlitos: http://nailos.org/wp-content/uploads/2015/02/Nailos_2_art3.pdf)


[1] Se trata de una imagen un poco borrosa captada por Victoria Ginn en la localidad de Makira (islas Salomón) en 2004.
[2] Este documento está disponible en su web (http://www.human-resonance.org/hobbits_&_gnomes.html), y en él se exponen varis casos sorprendentes y se adjuntan unas fotografías no menos impactantes (si son reales y no trucadas).
[3] Artefactos muy pequeños realizados en piedra (generalmente sílex), típicos del periodo Epipaleolítico, según la ortodoxia académica.
[4] Navia organizó una expedición en 2008 a otro lugar (en Pachica, Chile) donde se hablaba de la presencia de gentiles, pero no obtuvo ningún resultado. También se desplazó a Puerto Rico, donde recibió noticias sobre la muerte de dos seres de pequeñísima estatura localizados en un paraje llamado Las Tetas de Cayey. Tras un  laborioso trabajo de investigación, pudo descubrir que habían matado a uno, mientras que el otro, aún vivo, fue llevado a los Estados Unidos.
[5] Aproximadamente unos 42 centímetros.
[6] Iniciativa concretada en el llamado Disclosure Project.

jueves, 5 de julio de 2018

¿La espada de un samurai gigante?



La cuestión de la hipotética existencia de gigantes en un pasado remoto sigue siendo una asignatura pendiente para la arqueología alternativa. Yo mismo he investigado este tema a partir de la documentación disponible, e incluso pude realizar una investigación de campo en Tenerife, pero reconozco que las pruebas siguen siendo ambiguas o débiles y todavía hay mucho trecho por recorrer. También es cierto que los prejuicios suelen rechazar esta hipótesis –sobre todo cuando se habla de gigantes de muchos metros de altura– porque nos parece algo estrambótico o exagerado que sólo existe en el campo de la leyenda. 

Y desde luego se echan en falta los restos físicos de gigantes, a pesar de que existe una amplia documentación (casi toda ella antigua) sobre el hallazgo de huellas, esqueletos y huesos humanos de gran tamaño en diversas partes del mundo. ¿Dónde están todos esos restos? En su día ya traté de esta polémica en los tres artículos sobre gigantes y no volveré a reincidir en los argumentos.

¿Tamaño desmesurado?
Sin embargo, no es menos cierto que –además de esa escurridiza evidencia directa– existe también un importante cuerpo de pruebas indirectas en forma de objetos de enormes dimensiones que difícilmente tienen una explicación o encaje en una escala de humanos de tamaño “normal”. Esto nos lleva a la hipótesis de que dichos objetos serían en verdad utensilios –generalmente de piedra– que usarían los gigantes, como lo que se intuye en Tenerife y otros lugares (por ejemplo los enormes picos de mano hallados en el desierto de Kalahari, en África, o las colosales vasijas de Laos que ya abordé en un artículo el pasado año). Dejo aparte otras hipotéticas pruebas como grandes edificios o monumentos, porque sería muy difícil demostrar que fueron hechos por y para gigantes, sólo atendiendo al tamaño en sí de la construcción o de los bloques empleados.

Con todo, de vez en cuando van apareciendo algunos objetos extraños que llaman la atención y que parecen encajar más en un escenario de gigantes que en uno de Homo sapiens convencionales. En esta línea me voy a referir ahora a un peculiar objeto conocido ya desde hace años, pero que ciertamente me ha asombrado a falta de una buena explicación ortodoxa. En este caso no estamos hablando de un confuso resto arqueológico de hace milenios, sino de un objeto histórico que bien podríamos calificar de mera antigüedad, pues se trata de una espada de una época relativamente próxima, concretamente finales de la Edad Media.

El objeto en cuestión es una tradicional espada de hoja curva que durante siglos usaron los guerreros samuráis del Japón. Esta espada, empero, no es la típica katana, conocida por muchos y empleada por los samuráis en el combate a pie, a corta distancia. En este caso hemos de hablar de una espada ôdachi, que se usaba para el combate a caballo y que tenía una larga empuñadura, pues se blandía con ambas manos. Las ôdachi eran relativamente largas; su longitud habitual estaba alrededor de 1,65-1,75 metros.

No obstante, esta particular espada ôdachi, llamada  Norimitsu Ôdachi, mide nada menos que 3,77 metros de largo (siendo 2,26 metros de filo), por 2,34 centímetros de grosor. Lógicamente, su peso también es muy notable: 14,5 kilos. A partir de este punto ya podemos entender la mención a los gigantes. El apelativo Norimitsu se debe a Bishu Osafune Norimitsu, el artesano que forjó la espada en 1447, durante el periodo Muromachi de la historia del Japón. Los Norimitsu fueron una famosa dinastía de herreros forjadores de espadas que surgió en la escuela Oei Bizen en 1394 y que perduró hasta el fin de dicha escuela.

La enorme espada Ôdachi expuesta en Okayama

En cuanto a las circunstancias concretas y localización del hallazgo, lamentablemente no ha trascendido ningún dato a la opinión pública (cosa que no es nada inusual cuando se habla de objetos anómalos). Tampoco se sabe con precisión cuándo se produjo el descubrimiento ni quién es el actual propietario de la espada. Lo que sabemos con certeza es que la espada se encontró insertada en su respectiva vaina o funda –igualmente conservada– y que la hoja estaba recubierta de una fina capa de óxido, por lo que precisó de una cuidadosa restauración, que fue llevada a cabo en 1992 por el experto Okisato Fujishiro. Actualmente la Norimitsu Ôdachi está en exposición en el santuario Kibitsu Jinja, en Okayama.

Y por cierto, este trabajo de recuperación confirmó la autenticidad y datación de la espada, que de ningún modo puede ser un fraude o réplica moderna. Lo que se pudo comprobar también en la restauración fue la gran calidad de la obra, una hoja formada de una sola pieza, que no debió ser fácil de templar y que exigió una perfecta gestión de las altas temperaturas y posteriormente una cuidadosa tarea de pulido. En cualquier caso, una típica muestra de la forja tradicional de espadas japonesas de la época, pero a un tamaño desmesurado, que habla mucho de la habilidad del artesano.

Dicho todo esto, es fácil lanzarse a la especulación de que este artefacto fuera realizado para un humano de enorme altura, pues sólo así se explicaría su extraordinario tamaño. Lógicamente, todas las versiones ortodoxas que he podido consultar sonríen ante esta hipótesis y se limitan a recordarnos que los gigantes nunca existieron y que la espada fue forjada con fines puramente ceremoniales u ornamentales. Posiblemente habría sido encargada por un personaje poderoso que habría querido impresionar a sus pares con una pieza de gran calidad y belleza, y desde luego fuera de lo común. En este sentido, la espada sería un símbolo de prestigio y fuerza para una figura gigantesca no en lo físico, pero sí en sus cualidades y capacidades. Asimismo, estas versiones convencionales suelen referirse a la existencia en otras culturas de espadas o armas de gran tamaño cuyo fin no sería el uso en combate real sino la mera exposición de poder. Lamentablemente, a la hora de poner ejemplos, no se citan casos concretos ni la medida de tales armas.

Vayamos ahora a una visión del todo heterodoxa, desde la perspectiva de la arqueología alternativa. El investigador independiente Alex Putney nos propone el siguiente escenario: Si tomamos como referencia una altura de 1,80 metros (ya más que apreciable para personas de etnia asiática) para un guerrero que pudiera manejar una espada de 1,70 metros, tenemos que la Norimitsu Ôdachi es 2,2 veces superior en longitud, y en proporción eso supone que el hombre que la empuñó debía medir más o menos sobre los 4 metros, lo que ya nos obligaría a emplear la expresión “gigante”. En su caso, Putney prefiere emplear el término bíblico Nefilim referido al supuesto guerrero samurai que empuñó la espada.

Armadura de un samurai
Lo que es evidente es que si alguien pretendía utilizar esta arma debería sujetarla bien (con ambas manos lógicamente) y moverla con agilidad para asestar golpes a un rival. En este sentido, el problema del peso quizá sería superable pero no así el de la longitud de la hoja. Un hombre alto, incluso cercano a los dos metros, apenas sería capaz de hacer nada con semejante objeto, que más bien le parecería una pica en vez de una espada. Asimismo, no resulta factible pensar que esta espada fuese utilizada por un caballero de enorme altura y peso sobre un caballo, por muy grande y robusto que fuera el animal. Para solucionar esta objeción, Putney alude a que el guerrero podría ir montando no en un caballo sino en un robusto elefante, y de hecho sabemos del uso de elefantes en las guerras asiáticas desde tiempos muy remotos que incluso se pierden en los límites de la mitología. Por lo demás, Putney se introduce en el confuso terreno de la Atlántida y las lecturas de Edgar Cayce y atribuye esta magnífica espada a la tradición atlante de trabajar con avanzadas aleaciones metálicas que producirían objetos cortantes de gran dureza, resistencia y afilado.

Visto este panorama, más de uno podría decir que “hasta aquí hemos llegado” y que no hay por donde coger las elucubraciones alternativas, sobre todo si se invocan temas míticos como los Nefilim o la Atlántida. Sin embargo, antes de dar carpetazo a este asunto, me gustaría realizar un par de reflexiones.

En primer lugar, es bien cierto que en Japón no consta que se haya hallado un solo resto humano –ni reconocido ni “oculto”– que la arqueología alternativa haya podido atribuir a gigantes. Otra cosa es referirnos a la rica mitología asiática y del Pacífico que nos habla insistentemente de gigantes, semidioses o héroes de un pasado indefinido, al igual que en otras partes del planeta, si bien más allá de los relatos de leyenda no tenemos apenas nada realmente tangible. No obstante, vale la pena citar que los ancestros de los actuales japoneses explicaban en su tradición que ellos llegaron a las islas en tiempo inmemorial y que se toparon con una raza de gigantes de largas piernas llamados Ainu[1]. Los antiguos japoneses perdieron su primera batalla con tales seres, pero en el segundo encuentro los vencieron y sometieron. 

Si saltamos ahora de la mitología a la historia, podríamos citar algunas escasas noticias históricas sobre “avistamientos” de gigantes asiáticos. En el caso específico de Japón no hay tales testimonios, pero sí en la cercana China, aunque las referencias son más bien pobres o difusas. Así, disponemos de las cartas del siglo XVI de un español llamado Melchor Núñez que, aun viviendo en la India, hablaba de unos enormes guardianes de las Puertas de Pekín vistos por visitantes occidentales en aquella época, y que alcanzarían una altura de hasta cuatro metros y medio. (Por cierto, en 1627 un viajero inglés llamado George Hakewill incidía en el mismo tema). Asimismo, Núñez relataba que en 1555 el emperador de China mantenía en su guardia personal a 500 arqueros de tamaño gigantesco. Lamentablemente, no existen datos concretos –o más sólidos– que nos permitan corroborar estas historias.

El experto restaurador O. Fujishiro
En segundo lugar, tenemos el propio objeto como prueba, aunque sea indirecta. Dado que la visión ortodoxa sostiene que la espada era un artefacto decorativo, sería todo un reto intentar averiguar si hubo algo más que una pura “exhibición”. En este sentido, pienso que quizá sería posible estudiar la espada de forma muy minuciosa para observar tenues trazas o restos de mella o uso que fueran más allá de la corrosión metálica o el deterioro natural de otros componentes con el paso del tiempo. No soy experto en el tema, pero creo factible el estudio del filo de la hoja con técnicas avanzadas (incluyendo análisis microscópicos) para comprobar si hubo un uso o desgaste de la hoja, por pequeño que sea, lo cual podría indicar que pudo ser empleada por alguien como arma, a falta de una opción mejor. Con todo, es bien posible que el propio proceso de restauración acabara por borrar cualquier huella apreciable de ese hipotético desgaste. De cualquier modo, esto no deja de ser una mera especulación y tampoco vamos a entrar en terrenos conspirativos, sobre todo sin conocer el método específico de las técnicas de restauración implementadas.

Concluyendo, estamos ante otra de esas piezas que nos deja atónitos pero que no resulta ser una prueba determinante para justificar la existencia de gigantes. Sólo en un plano hipotético, y dando crédito a los testimonios históricos, podríamos especular con la supervivencia de un reducido grupo de gigantes en ciertas regiones de Asia hasta la Edad Moderna y que dado su enorme potencial físico podrían ejercer el rol de poderosos guerreros en su comunidad, empleando armas adecuadas a su peso y tamaño. De hecho, muchas leyendas de gigantes en todo el mundo se refieren a individuos de gran corpulencia, fuerza y habilidad con las armas, guerreros agresivos y hasta a veces salvajes y despiadados. Por supuesto, no sabemos nada sobre el supuesto samurai gigante –si es que existió– pero cabría esperar que quedara alguna crónica japonesa de esa época que mencionara la excepcionalidad de ese individuo, lo que no es el caso. Por lo tanto, sería prudente aparcar las conjeturas a la espera de que en el futuro puedan aparecer pruebas más convincentes.

© Xavier Bartlett 2018

Fuente imágenes: Wikimedia Commons






[1] No obstante, los Ainu actuales, una pequeña minoría de la población japonesa, son hombres perfectamente normales, sin rasgos de gigantismo.