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martes, 25 de febrero de 2020

Asombrosa teoría sobre las líneas de Nazca


Sobre las famosas líneas y geoglifos de Nazca (Perú), redescubiertas hace casi un siglo, se ha dicho ya prácticamente todo, habiendo sido objeto de múltiples propuestas y teorías (académicas y alternativas), incluyendo algunas bastante radicales o fantasiosas, como la inevitable intervención extraterrestre, según Erich Von Däniken. Para los interesados en repasar el tema, en este mismo blog pueden consultar dos artículos anteriores en los cuales ya desgrané los argumentos más debatidos.

Ahora quisiera referirme a una nueva y asombrosa teoría que ha sido recientemente difundida en el sitio web de Graham Hancock, a cargo de tres investigadores independientes: Frank Maglione Nicholson, Ken Phungrasamee y David Grimason. Estos investigadores, que configuran un equipo de trabajo llamado “The Nazca Group”, afirman haber dado por fin la clave definitiva de las líneas y los geoglifos, aunque –con buen criterio– han bautizado a su propuesta como una mera hipótesis: la hipótesis del gran mapa circular de Nazca... si bien el concepto de mapa debe tomarse aquí de forma bastante abierta. Vamos pues a exponerla y analizarla brevemente a partir del extenso documento original en inglés[1].

Toda la propuesta está basada en dar un nuevo sentido al enorme despliegue de líneas rectas y figuras geométricas que se pueden observar sobre el terreno, y que durante décadas han sugerido todo tipo de interpretaciones, siendo las más comunes las referidas a alineaciones de estrellas o constelaciones o bien a la indicación de una serie de rutas sagradas. Aparte queda, por supuesto, la presencia de numerosos geoglifos (la mayoría en forma de animales), cuyo sentido y relación con las líneas aún se muestra –cuando menos– confuso. Sin embargo, para el Nazca Group no hay duda de que existió una relación directa entre ambos elementos. En su opinión, todo el conjunto de líneas tiene una coherencia interna pues formaría nada menos que una proyección gnomónica con el centro de la Tierra como su punto de vista cartográfico. Dicho de otro modo, se trataría de un inmenso mapa global en 2D que proyectaría en 3D una serie de grandes círculos que recorrerían la superficie del planeta. 

Según los autores, existen hasta cinco centros radiales o focos de proyección de donde salen multitud de líneas, y cada uno de estos centros representa un lugar específico de la Tierra. En cuatro casos han podido reconocer concretamente las ubicaciones: el río Amazonas, la isla de Pascua, Tiwanaku y el cabo Agulhas (en el extremo sur de África). Quedaría un punto en el Pacífico sin un referente específico. Para situar u orientar el mapa completo, se han fijado en un punto concreto marcado por el geoglifo de unas llamas, que vendría a identificar la propia región andina de Nazca. De hecho, creen que todos los geoglifos ejercen una función de marcadores eco-geográficos, esto es, que cada figura tiene una vinculación natural con el entorno geográfico donde su ubica. Es, por decirlo así, como si un antiguo cartógrafo se hubiera dedicado a dibujar los animales propios de cada región descrita en el mapa.

Geoglifo del llamado perro
A partir de esta premisa, el Nazca Group se ha dedicado a situar e identificar cada geoglifo según patrones geográficos. Así, afirman que –de acuerdo con su posición y orientación– los animales en cuestión se ajustan a su contexto sobre el mapa. Por ejemplo, el famoso mono-araña se corresponde con una región muy concreta del Amazonas. O el llamado colibrí también encajaría con la región norte de Sudamérica y Centroamérica. En otros casos, empero, los autores entran en el terreno de la interpretación y sugieren que algunas identificaciones clásicas de ciertas figuras han errado en la diana. Así, consideran que el perro no es tal, sino un mamífero arborícola de nombre tamandúa, exclusivo de Sudamérica. Del mismo modo, no ven ningún cóndor, sino un pájaro costero llamado willet, de la fachada atlántica americana. Pero, puestos a sorprender, opinan que en la representación de África aparece claramente un cocodrilo, pero la figura adjunta (considerada como un árbol) no sería más que la forma aproximada del delta del río Okavango, una gran rareza natural, pues se trata de un río que “muere” en el interior del continente.

No obstante, el argumento principal de la teoría se centra en la citada red de líneas radiales. ¿Qué sentido tendrían dichas líneas? ¿De qué modo podemos hablar de “mapa”? En este punto, los autores exponen un estudio basado en un extenso trabajo matemático-estadístico a base de repasar coordenadas, orientaciones y coincidencias. En primer lugar, asumen que determinadas formas geométricas representan áreas geográficas concretas, como ríos, corrientes de agua o mares. En cuanto a las líneas radiales, distinguen entre líneas primarias y secundarias en función de su relación directa con los cinco focos básicos. No quiero extenderme en detalles, pero lo que se quiere demostrar es que las líneas no fueron trazadas al azar sino con la intención de marcar o “capturar” en su proyección una serie de elementos característicos distribuidos sobre la superficie terrestre; a saber: antiguos monumentos (incluyendo algunos sumergidos), volcanes y cráteres de impacto de meteoritos.

Panorámica de una amplia porción de las líneas de Nazca visibles desde el aire
Para probar su teoría, el Nazca Group ha echado mano de ordenadores y de Google Maps para poner de manifiesto que las líneas de Nazca –al ser proyectadas sobre el globo terráqueo– pasan por una multitud de esos puntos. En su artículo, podemos observar toda una serie de imágenes de docenas de circunferencias que pasan inevitablemente por esos lugares señalados. Sólo por citar algunos de los monumentos arqueológicos, están el Osireon de Abydos, el complejo de Baalbek, las pirámides de Guiza, Stonehenge, los alineamientos de Carnac, la ciudad de Derinkuyu, Gobekli Tepe, Harappa, Knossos, Angkor Wat, Machu Picchu, Nabta Playa, Chitchén Itzá, Yonaguni, etc. Como vemos, se nos ofrece un amplio muestrario de arqueología mundial, de épocas y culturas muy diversas.

Sobre los volcanes y cráteres, hay también largos listados con muchos nombres conocidos, y también repartidos por todo el mundo. Cabe añadir que los autores, para demostrar que su enfoque es válido, han sometido a una sesuda prueba estadística su teoría de la proyección de líneas, y concluyen que tal agrupación de elementos en torno a las líneas por la acción del mero azar es prácticamente imposible. Ello implicaría un conocimiento e intencionalidad a la hora de trazar las líneas, con el propósito de crear un mapa sobre Nazca capaz de recoger una visión determinada de la Tierra hace miles de años. Dicho esto, los tres investigadores se quedan en este estudio meramente descriptivo –un punto de partida– y no ofrecen más pistas sobre quiénes realizaron las líneas, ni cómo ni cuándo.

Hasta aquí los datos, que nos presentan un panorama bastante impactante y espectacular, sugiriendo –aunque sin mencionarla– la existencia de una remota civilización situada en los Andes tenía altos conocimientos geográficos y cartográficos, que luego acabó plasmando en forma de líneas y geoglifos que sólo pueden ser observados correctamente desde una cierta altura, no lo olvidemos. Los autores eluden cualquier comentario sobre esta circunstancia, quizá para no meterse en viejos callejones sin salida. Por supuesto, todo esto se enmarca en las diversas conjeturas sobre esa visibilidad aérea de los trazados y las figuras, que ha dado mucho que hablar, pero sin llegar a conclusiones sólidas. Lo cierto es que, más allá de la acumulación de números, coordenadas y orientaciones, esta nueva propuesta no parece aportar nada realmente fiable o contrastable por otros medios, y se queda en un puro ejercicio teórico con bastantes cabos sueltos. Así pues, cabría realizar una serie de objeciones fundamentadas en el sentido común y la experiencia arqueológica.

El perro sería en realidad... ¿un tamandúa?
En primer lugar, los autores han tomado unos puntos básicos de referencia (los “focos radiales”) y les han dado una ubicación geográfica concreta, creando un mapa a partir de tales identificaciones, suponiendo que existe una relación directa “eco-geográfica” entre la posición de ciertos geoglifos y su entorno “lineal”. Las posiciones parecen cuadrar en algunos casos, pero los autores no explican otros muchos y además juegan con fuego al interpretar la “verdadera” identidad de algunos animales para que cuadren con su tesis. 

Por ejemplo, pueden decir que el estilizado perro es un perro muy discutible, de acuerdo, pero el mamífero tamandúa no es que tenga precisamente un parecido mucho más claro con la figura del geoglifo en cuestión. En otros casos, los autores han ido bastante lejos, como afirmar que el raro delta africano del Okovango es en verdad el geoglifo en forma de “árbol”. Igualmente, aquí podemos decir que han arrimado el ascua a su sardina para que todo encaje (dejando a más de uno con la boca abierta…).

En segundo lugar, sobre el asunto de las líneas, estamos en la misma situación que otros muchos investigadores que han relacionado las líneas y las figuras con múltiples temas: estrellas, constelaciones, caminos rituales, vías de agua subterránea, mensajes en clave, pistas de aterrizaje, etc. El caso es que, al haber tantas líneas que se proyectan en forma de círculos (o circunferencias, para ser más exactos), al final resulta que tenemos una inmensa red o entramado terrestre que acaba pasando por cientos de lugares destacados, como antiguos yacimientos arqueológicos, volcanes y cráteres. Y uno se puede preguntar: ¿Por qué los autores escogieron tales elementos? Cabe suponer porque “lanzaron” sus proyecciones y vieron que pasaban por allí, y los consideraron “relevantes” por algún motivo. ¿Qué trataban pues de representar en tal mapa? Es obvio que las coincidencias son múltiples, pero no son significativas por sí mismas ni indican ninguna intencionalidad. Tal vez se podrían haber buscado –o encontrado– otros elementos que hubieran dado también numerosas coincidencias.

Dicho esto, y en honor a la verdad, se debe admitir que desde hace tiempo algunos autores alternativos han llamado la atención sobre la posición de muchos enclaves arqueológicos de cierta importancia y de las relaciones entre ellos, dando a entender que no estaban distribuidos al azar sobre el planeta, sino que se asentaban en puntos específicos sobre una trama o patrón global de coordenadas y distancias cuya finalidad se nos escapa. Esta especie de red global podría estar organizada a partir de ciertas líneas o corrientes de energía telúrica, tal y como defiende la teoría de las llamadas ley-lines, sobre las cuales se sitúan determinados lugares monumentales y sagrados, y las vías que las comunican entre ellas. Ahora bien, asegurar que las líneas de Nazca pretendían reflejar esa supuesta red de forma precisa sería, como poco, muy aventurado. 

En tercer y último lugar, podemos observar que el estudio cartográfico y estadístico basado en la proyección de las líneas es más bien pobre en términos arqueológicos, pues no nos dice nada de la sociedad que supuestamente construyó ese “mapa”. ¿Qué sentido o mensaje habría detrás de tal enorme esfuerzo? ¿Cómo podían conocer tan perfectamente la geografía global? Y si así fuera, ¿por qué lo hicieron de forma tan complicada y confusa? Evidentemente, si no fue la antigua cultura local nazca la que realizó tal proeza, los autores deberían ofrecer alguna explicación sobre quién, cuándo y cómo emprendió la tarea. Por desgracia, todo aparece fuera de la historia y de un contexto razonable. Más bien da la impresión de que se han tomado coincidencias y datos parciales y a partir de ahí se ha construido un enorme edificio basado en números y coordenadas, pero que realmente carece de solidez argumental.

Concluyendo, como hipótesis es un intento loable de ver las cosas de otro modo y de abrir la mente a todas las posibilidades, pero a la hora de conjuntar todas las piezas y darles un sentido creo que el Nazca Group se ha quedado en el limbo. Se pueden desplegar muchas tecnologías de la información, análisis estadísticos, diagramas y largos listados de datos, pero si se parte del sesgo o prejuicio y se tiende a cuadrar los datos a la tesis prestablecida, entonces no se está llevando a cabo ciencia rigurosa sino más bien juegos de manos o fuegos artificiales. Lo que parece evidente es que, en cierta medida, tanto la arqueología académica como la alternativa han sucumbido a esa fiebre hipertecnológica y se dedican a avasallar por la mera potencia del despliegue de datos, cuando en realidad lo que falla de principio es la carencia de una verdadera mentalidad científica.

© Xavier Bartlett 2020

Fuente imágenes: Wikimedia Commons / archivo del autor




[1] Puede consultarse en: https://grahamhancock.com/maglionegrimason1/

sábado, 23 de junio de 2018

La imaginación se dispara en Nazca



En su día ya dediqué un amplio artículo al tema de los geoglifos (grandes dibujos o trazados realizados sobre el terreno), incluyendo un comentario sobre las famosas líneas de Nazca (al suroeste de Perú), pero ahora he creído oportuno realizar un contraste entre las visiones académicas y las alternativas sobre Nazca para poner de manifiesto que tanto desde una visión aparentemente racional y empírica como desde una más literaria o sensacionalista se acaba cayendo en meros ejercicios de imaginación. En efecto, desde que a inicios del siglo XX se redescubrieron las líneas gracias a los primeros vuelos realizados sobre la zona, Nazca ha sido objeto de mil y una teorías, a cuál más imaginativa y fantasiosa, y los propios arqueólogos no han podido evitar caer en la fácil trampa de que crear unos estupendos modelos teóricos para que las pruebas sobre el terreno “encajen” luego en dichos modelos.

Sólo a modo de breve recordatorio, mencionaré las características principales del paisaje arqueológico de Nazca. Se trata de un conjunto de líneas y de geoglifos que ocupa una extensión aproximada de unos 750 km2 en la llamada Pampa Colorada. Los trazados están hechos a base de despejar el duro terreno –de color blanco-amarillento– de las pequeñas piedras y la arena superficial de tono marrón-rojizo que lo recubre. Las líneas rectas, de anchura variable, se extienden por valles y colinas a lo largo de varios kilómetros y en algunos casos parten radialmente de un centro. Las figuras, alrededor de unas 300, se dividen en dibujos geométricos (rectángulos, trapezoides, triángulos...) y representaciones a gran escala de animales (mono, ballena, colibrí, araña, garza, perro, etc.) aunque también hay alguna forma humanoide, como el llamado “astronauta”. En cuanto a sus dimensiones, son realmente grandes y por ello sólo pueden verse desde cierta altura; el mono, por ejemplo, mide poco más de 130 metros. En lo que se refiere a su autoría y antigüedad, se atribuye el trazado de las líneas a cultura local nazca, con una datación estimada de entre el 200 a. C. y el 700 d. C. Claro que los indígenas locales, preguntados en el siglo XVI por los conquistadores españoles –que habían observado las líneas[1]– las atribuyeron a las divinidades viracochas... 

Erich Von Däniken
En fin, para mostrar ahora los dos extremos a la hora de interpretar los geoglifos, me voy a referir a las teorías del famoso escritor suizo Erich Von Däniken y a una de las más recientes investigaciones académicas, a cargo de científicos japoneses. Sobre Von Däniken no hay que hacer demasiadas presentaciones sobre su perfil y sus métodos. El autor suizo tomó las propuestas creadas por otros y popularizó mundialmente la teoría de los antiguos astronautas, hasta convertirse en un exitoso escritor de best-sellers que hacía de la arqueología alternativa su gran negocio literario. El sistema era simple: tomar todas las “anomalías” arqueológicas, removerlas un poco, y allá donde había dioses, sustituirlos automáticamente por astronautas extraterrestres.

Von Däniken ya se ocupó de Nazca en su primer libro publicado en 1968 Chariots of the Gods? (“Recuerdos del futuro” en versión española), y se maravilló de unas líneas tan largas y bien ejecutadas, sobre todo la pista situada sobre el valle de Palpa de varios kilómetros de largo. Aquello no podía ser una carretera de los incas, como decían los académicos, sino otra cosa. Porque, en su opinión, “¿qué sentido tenía para los incas realizar caminos paralelos, que se cruzaban, o que se acababan abruptamente?” Brillante argumento... Por lo demás, el investigador suizo reconocía que allí se habían encontrado cerámicas locales de la cultura nazca, pero que ello de ningún modo justificaba la simplificación de atribuir –sólo por ese motivo– las líneas a dicha cultura (luego veremos qué dicen los japoneses al respecto...). No obstante, Von Däniken sacaba a colación algunas teorías científicas sobre el propósito de las líneas, en concreto las relacionadas con alineaciones astronómicas, calendarios o rituales religiosos. Pero, más allá de estos tópicos, el autor suizo presentaba lo evidente: que la larga “carretera” era obviamente una pista de aterrizaje para naves aeroespaciales. ¡Cómo no lo había visto nadie antes!

En cuanto al conjunto completo de Nazca, reconocía que no forzosamente se debía tratar de un “aeropuerto”, pero señalaba lo siguiente (texto literal): “¿Qué hay de malo con la idea de que las líneas fueron trazadas para decir a los "dioses": ¡Aterrizad aquí! Todo ha sido dispuesto como ordenasteis?” Para Erich Von Däniken, todas las figuras de Nazca –y de otros lugares del Perú– no podían ser más que señales para un ser flotante en el cielo. Imaginación al poder.

Las largas pistas de aterrizaje... según Von Däniken
En su segundo libro, titulado en castellano Regreso a las estrellas, Von Däniken narra su experiencia sobre el terreno, así como su conversación con Maria Reiche[2] sobre las líneas. Y una vez más, vuelve a rebatir las interpretaciones convencionales y reincide en su teoría del aeropuerto. Según su visión, los extraterrestres aterrizaron sobre la llanura de Nazca y construyeron un improvisado aeropuerto con dos pistas para las naves “que hubiesen de operar en las cercanías de la Tierra”. El caso, es que los alienígenas realizaron su trabajo –el autor suizo no nos dice cuál– y luego regresaron a su planeta. Sin embargo, los nativos “deseaban ardientemente” el regreso de los imponentes dioses, y de este modo empezaron a trazar nuevas pistas sobre la llanura (que serían las líneas que cruzan las dos pistas principales). Luego, al ver que los dioses no volvían, los sacerdotes ordenarían trazar nuevas pistas orientadas según las estrellas (lugar de procedencia de los dioses), aunque nuevamente sin éxito. Con el paso del tiempo, los recuerdos de los dioses se convirtieron en tradiciones sagradas y los sacerdotes impulsaron el trazado de las figuras –algunas de ellas relacionadas con el vuelo– para estimular el regreso de los casi olvidados dioses. Y lógicamente todo debía ser realizado a gran tamaño, para que pudiera verse bien desde los cielos[3].

Como puede comprobarse, a Von Däniken no le faltaba imaginación para “escenificar” la creación de las líneas y geoglifos a partir de una supuesta inspiración extraterrestre, pasando por alto algún hecho incómodo dentro de su propia lógica, como la más que improbable necesidad de realizar largas pistas para naves alienígenas muy avanzadas (estilo platillo volante, para entendernos) que estarían a años-luz de la tecnología de las lanzaderas espaciales modernas que han de aterrizar como un avión. Por lo demás, y en honor a la verdad, Von Däniken exponía acertadamente los problemas de las visiones académicas y dejaba claro que para realizar las grandes figuras no se precisaba tecnología extraterrestre, sino un meticuloso trabajo a escala sobre el terreno.

Conjunto monumental de Cahuachi
Si ahora saltamos a los inicios de este siglo XXI, un equipo de científicos japoneses de la Universidad de Yamagata propuso hace escasos años una nueva teoría que explicaría convincentemente lo que se puede ver en Nazca. En líneas generales, la teoría propone que los trazados son fruto de dos culturas diferentes en dos épocas también distantes. Los científicos, liderados por el profesor Masato Sakai, descubrieron hasta 100 nuevos geoglifos y observaron que en la intersección de varias líneas se acumulaban fragmentos de vasijas de cerámica rotas.

Luego analizaron la posición, el estilo y el método de elaboración de los geoglifos y llegaron a la conclusión de que había hasta cuatro tipos distintos de geoglifos que se insertaban en una serie de caminos que guiaban hasta un antiguo centro ceremonial de época pre-incaica llamado Cahuachi. Con estos datos dedujeron que las líneas marcaban una especie de ruta de peregrinaje de los nativos, que llevarían sus ofrendas desde la llanura de Nazca hasta el citado conjunto religioso.

Estudiando más a fondo el tipo de geoglifos y los animales representados, y sobre todo el punto de partida, los científicos japoneses reconocieron que los distintos estilos conducían al templo desde lugares separados en el espacio, pero también en el tiempo. De este modo, Sakai afirmaba que se veía una diferencia apreciable entre los geoglifos del periodo formativo (hasta el 200 d. C.) y los del periodo del nazca inicial (hasta el 450 d. C.). Los primeros, según Sakai, se situaron para ser vistos desde los caminos rituales mientras que los segundos se usaron como lugares de actividades rituales como las destrucciones intencionadas de las vasijas de cerámica (datadas precisamente en ese periodo).

Visto este panorama, no cabe duda de que la creación de sugestivos escenarios no es propia de los autores alternativos. Si sustituimos la épica de los dioses venidos en sus naves desde lejanos planetas por el tradicional y socorrido cajón de sastre de los académicos –religión, creencias, magia, rituales, cultos, etc.– cuando se enfrentan a culturas muy antiguas estamos más o menos en las mismas. Aquí, más que imaginación, vemos la habitual construcción de un modelo que más o menos encaja en los márgenes conceptuales de ese cajón de sastre, y en el cual las pruebas físicas (esto es, los propios geoglifos) no son explicadas, sino insertadas en el modelo.

En efecto, en el caso de esta novísima teoría, uno se podría preguntar si tanto esfuerzo para crear rutas de peregrinaje estaba justificado, cuando se podría haber ideado un sistema mucho más simple a base de hitos, por ejemplo, o de una calzada. Para los científicos, quizá la presencia cercana del centro ceremonial (está casi tocando a la llanura de las líneas y geoglifos, a unos pocos kilómetros) ofrecía una buena respuesta para el sentido religioso de los trazados, pero más parece una feliz explicación que no acaba de cuadrar: por un lado, no está claro que Cauhachi tuviese una función religiosa[4], y por otro lado, parece mucho trabajo –y muy complejo– para tan escasa distancia. Aparte, especular a partir de unas meras diferencias formales resulta bastante gratuito y no aporta más certezas. Realmente, no sabemos por qué las cerámicas están ahí, por qué las rompieron y si dicha actividad se podría calificar como “ritual”. En fin, me sorprende que con tan poca evidencia –y tan difusa– se haya podido construir una historia de peregrinaje tan elaborada, y tan distinta de otras teorías académicas como la representación de constelaciones, la figuración de dioses o animales chamánicos, la identificación de corrientes de agua subterráneas, la plasmación de un gran mapa sobre el terreno, ¡e incluso la de una forma de controlar a la población teniéndola ocupada en un trabajo comunal!

Lo cierto es que la realidad de Nazca es mucho más compleja y el intrincado batiburrillo de líneas y de figuras de enormes dimensiones parece algo que desborda el estricto marcado de una incierta ruta de peregrinaje religioso. Recordemos que los geoglifos son apreciables en superficie pero su limitada visibilidad (y por ende, significado) desde tierra no tendría sentido, a menos que alguien se elevara mucho sobre el suelo y pudiera apreciar la simbología grabada sobre el terreno, lo cual nos llevaría al consabido callejón sin salida: nadie volaba en aquella época, presuntamente, a menos que demos crédito a hipotéticos viajes astrales de los antiguos chamanes[5]. En definitiva, todo resulta demasiado opaco para nuestra moderna forma de pensamiento. O quizá nos estemos perdiendo algo... vaya usted a saber si al final tendremos que volver a sacar a escena a los dioses de Von Däniken a partir de la teoría del llamado cargo-cult[6].

La Panamericana corta muchas de las líneas y figuras. Aquí se aprecian el lagarto y el árbol.
En cualquier caso, nadie a día hoy –ni en el bando académico ni en el alternativo– tiene una explicación convincente sobre el propósito de las líneas de Nazca, lo que se podría extender a muchos otros geoglifos localizados en Sudamérica u otras partes del mundo. Tampoco hay completa seguridad sobre su datación, pues las cerámicas halladas podrían ser posteriores a la realización de las líneas o bien podríamos estar ante una fase de mera restauración. Siendo rigurosos, la presencia de esos objetos situaría la intervención más moderna alrededor del 700 d. C., si bien parece demostrado que los trazados fueron realizados a lo largo de extensos periodos de tiempo. En este sentido, algunos estudiosos especulan al menos con dos momentos: uno inicial en que se dibujaron las figuras de animales y otro tardío en que se trazaron las figuras geométricas y las líneas, que en muchos casos cortan a las anteriores. Poco más se puede decir del conjunto, aparte de una mera descripción y una aproximación al método de construcción de las líneas y las figuras. Lo que resulta claro es que dada la extrema sequedad de la zona –una de las más áridas del planeta– y la baja erosión del terreno[7], los autores escogieron una región óptima para la perdurabilidad (casi eternidad) de sus trazados.

La figura de la araña
Puestos a especular y agitar la imaginación, déjenme que añada mi modesta aportación, a partir de unas simples reflexiones y comentarios. En primer lugar, no descarto una función utilitaria de los geoglifos, en algún tipo de aplicación práctica relacionada con la agricultura, como calendario o marcador natural de las estaciones, pero las explicaciones que he leído al respecto no pasan del nivel de la conjetura y apenas  desarrollan los argumentos del ámbito de la astronomía. Lo que sí es cierto es que la repetida tesis de que las líneas marcaban posiciones de astros y constelaciones ya fue desechada por varios especialistas en el tema hace muchos años. Concretamente, el experto en arqueoastronomía británico Gerald Hawkins estudió casi 200 líneas in situ en 1973 y, tras analizar las posibles correlaciones mediante computadora, llegó a la conclusión que apenas un 20% de éstas casaban con alineaciones astronómicas, y tal vez por mera casualidad.

En segundo lugar, me sorprende hasta cierto punto que los nativos de la zona hayan perdido completamente el sentido de esa tradición y que ya incluso en el lejano siglo XVI atribuyesen los trazados a los viracochas. Es una ruptura cultural que me recuerda a otras tantas disociaciones entre ciertos restos “anómalos” y las tradiciones de los nativos, que se refieren a otra época o cultura muy anterior, algo que no era propiamente “suyo”. A este respecto, algunos científicos –como Johan Reinhard– han atribuido gratuitamente creencias y rituales a los autores de las líneas para explicar la realización de los trazados y sobre todo su gran tamaño; concretamente se trataría de un culto o adoración a unos inciertos “dioses de las montañas”, los cuales –transmutados en aves o felinos voladores– podrían observar los geoglifos desde las alturas.

En tercer lugar, podemos comprobar que la mayoría de los animales representados –de forma esquemática pero con gran habilidad– no son propios de esa región desértica del Perú, quizá con la excepción del cóndor[8]. Asimismo, es curioso ver que algunas figuras presentan algunos rasgos fantásticos, como una garza (o alcatraz) con un larguísimo cuello en zig-zag. Hay también algunos rasgos extraños, como un ser no identificado con unas grandes manos o garras, una con cuatro de dedos y la otra con cinco. Incluso el mono aparece con diferente número de dedos en sus extremidades. Además, varios de los animales acaban “conectados” a una serie de líneas cuya explicación es toda una incógnita. Ello por no mencionar el misterioso humanoide (“el astronauta”) de unos 30 metros de largo, que tanto ha dado que hablar a los ufólogos: un individuo de aspecto robótico con una gran cabeza casi cuadrada, dos ojos circulares (pero sin nariz ni boca ni orejas), un cuerpo sin definir y un brazo en alto en posición de saludo. Para los arqueólogos se trata, como no podía ser de otro modo, de algún tipo de divinidad, a pesar de que no hay ninguna iconografía religiosa similar en la zona.

La figura del mono. Véanse las líneas asociadas y la elaborada cola en espiral.
El extraño aspecto del humanoide llamado "el astronauta"


Sea como fuere, si tratamos de dar una interpretación a las figuras, acabaremos por recurrir al mundo simbólico. Así, cada animal podría tener un simbolismo propio, y quizá tuviera alguna conexión con el mundo celestial, lo cual justificaría el gran tamaño, como si hubiera algún vínculo con la gran escala del firmamento. En conjunto, podríamos observar aquí una cosmovisión de tipo hermético (“Como es arriba, así es abajo”), plasmada en geoglifos para que tuviese lugar alguna forma de magia o interacción entre el firmamento (el macrocosmos) y la tierra (el microcosmos). En un contexto similar, me ha llamado mucho la atención una interpretación muy minoritaria, pero muy ingeniosa. Según la propuesta de Alan Sawyer, los geoglifos de Nazca podrían ser una especie de laberintos rituales, pues la mayoría de las figuras están realizadas con un solo trazo que nunca se cruza consigo mismo. De este modo, los nativos nazcas recorrerían la figura y absorberían simbólicamente la esencia del animal en cuestión[9]. Naturalmente, todo esto no es más que otro ejercicio de imaginación...

Pero... ¿y las formas geométricas y las líneas? ¿Estaban conectadas simbólicamente con las figuras de animales o tenían un contexto o propósito completamente distinto? ¿Tiene algún sentido realizar formas rectilíneas con cientos de ángulos y otras sin ninguno (por ejemplo, las espirales)? Tampoco veo fácil obtener una respuesta para esta cuestión, aunque Maria Reiche especuló con que se trataba de algún tipo de código o lenguaje, realizado con enormes signos sobre el terreno. Otros autores, como Paul Deveraux, han sugerido que podrían tratarse de líneas de fuerza o energía telúrica, las famosas ley-lines, pero sin abandonar el campo de la mera conjetura. Nuevamente estamos muy perdidos en este laberinto de formas, porque las teorías presentadas hasta el momento no han podido ser validadas con pruebas fehacientes. Es como si estuviéramos ante un mensaje cifrado y careciéramos de la clave o código para interpretarlo.

La figura de la garza con su largo cuello en forma de zig-zag
En todo caso, estoy seguro que tanto esfuerzo y precisión a lo largo de los siglos no se hizo ni para “pasar el rato” ni por motivos artísticos, políticos o económicos. Para los habitantes de aquella región, las líneas y geoglifos tendrían un significado muy profundo y concreto que se nos escapa completamente. Considero que esto es lo que sucede en Nazca y en otros tantos enclaves de un remoto y extraño pasado, donde el hombre moderno ha tratado de leer los restos desde su actual estado de conciencia, quedándose en la mera superficie porque es incapaz de ir más allá.

© Xavier Bartlett 2018

Fuente imágenes: David Álvarez Planas / Wikimedia Commons



[1] Lógicamente, no vieron las figuras, sólo las largas hendiduras o surcos sobre el terreno. Ya en 1540 el cronista Cieza de León observó unas señales sobre el desierto y más tarde, en 1586, el corregidor Luis de Monzón visitó Nazca y recogió esos testimonios.

[2] Matemática alemana que llegó al Perú en 1932 y se instaló en Nazca en 1946. Allí estuvo medio siglo estudiando y conservando las líneas y los geoglifos. Se la considera la experta de referencia en este tema.

[3] En la misma línea, el escritor suizo consideraba que el no menos famoso candelabro de Paracas era una especie de baliza aeroespacial.

[4] La interpretación de los restos es aún dudosa, pues también se ha sugerido que podría ser una fortaleza o una ciudadela. La función religiosa se ha atribuido principalmente por la presencia de una gran construcción escalonada de tipo piramidal.

[5] Otra opción más “realista” fue sugerida hace décadas, cuando se propuso que los primitivos nazcas pudieron haber construido unos sencillos globos aerostáticos para “vuelos ceremoniales” con los materiales que tenían a su disposición. De hecho, en 1975 Jim Woodman y Julian Knott construyeron un globo de prueba –que funcionó– a modo de arqueología experimental.

[6] El cargo-cult o “culto a la carga” se refiere a la experiencia vivida por los nativos de regiones inhóspitas del Pacífico que no habían interactuado nunca con hombres civilizados y que quedaron asombrados durante la Segunda Guerra Mundial por el transporte de carga militar mediante aviones. Luego intentaron reproducir o invocar mágicamente ese transporte –que les proporcionaba fabulosos recursos– construyendo falsas pistas, aviones, torres, etc. para que retornaran los “dioses”, sin que lógicamente tuvieran éxito. Los proponentes de la teoría del antiguo astronauta han utilizado mucho este fenómeno para explicar determinados objetos o rituales nativos.

[7] No obstante, en tiempos modernos muchas líneas se han ido deteriorando a causa de la actividad humana, en particular por las continuas olas de visitantes, y por el desarrollo industrial de esa zona del Perú, que ha provocado algunos cambios ambientales.

[8] Hay cierta controversia sobre este punto, según cómo se interpreten los dibujos, que no son completamente “realistas”. Por ejemplo, algunos autores han dicho que el tipo de araña no es autóctono de la zona, al tener una extremidad más larga que las otras (lo cual casa con una rara especie llamada Ricinulei, que es propia de remotas regiones de la selva amazónica), pero ese apéndice podría ser algo similar a las continuidades que aparecen en otras figuras.


[9] Aquí podríamos referirnos a la antigua simbología de los laberintos, utilizados desde tiempos inmemoriales en varias culturas y tradiciones de tipo mistérico o iniciático. (Véase como ejemplo clásico el laberinto de la catedral de Chartres.)