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martes, 20 de marzo de 2018

La polémica cuestión de los eolitos




En los principios de la ciencia prehistórica, hace siglo y medio más o menos, casi todo estaba por hacer y se tuvieron que realizar grandes esfuerzos para identificar, datar y clasificar los muy diversos utensilios de piedra que aparecían en las excavaciones arqueológicas. La primera división principal que se hizo fue entre la piedra tallada, más antigua, y la pulimentada, más moderna. Esto dio origen a la clásica distinción entre Paleolítico y Neolítico, con una etapa intermedia llamada Eneolítico o Mesolítico. Posteriores investigaciones dieron lugar a la definición de las múltiples industrias líticas paleolíticas reconocidas en Europa y otras partes del mundo, que dejaré a un lado para no desviarme del argumento principal.

Lo que ahora me interesa destacar es que los primeros prehistoriadores lanzaron un nuevo término, eolito[1], para definir un tipo de herramientas de piedra muy arcaicas (del paleolítico inferior, la etapa más antigua de la Humanidad). Dichas herramientas eran unas simples piedras o guijarros modificados con unos pocos golpes para convertirse en raspadores, pulidores, picos, etc. Se trataba de unos objetos de aspecto muy basto o tosco, pero de indudable factura humana, empleados para las más básicas labores de supervivencia. En realidad, tales piedras ya de por sí tenían unos bordes, filos o formas propicias para determinadas tareas, y por tanto no precisarían de grandes modificaciones, apenas lo que técnicamente se denomina unos “retoques”. En la práctica, esto hacía que para un ojo no entrenado resultara muy difícil diferenciar entre un eolito y una piedra “natural”. 
Eolito hallado por B. Harrison en el siglo XIX

El primer prehistoriador que usó este término fue el británico J. Allen Browne en 1889, a partir de descubrimientos realizados en la costa este de Gran Bretaña y que fueron datados en la época geológica del Plioceno (entre 5,3 y 2,6 millones años aproximadamente), si bien algunos científicos de aquella época afirmaron haber hallado este tipo de artefactos en estratos geológicos aún más antiguos (del Mioceno) y más modernos (del Pleistoceno), en diversas localizaciones del Viejo Mundo.  

El inglés Benjamin Harrison ya había encontrado bastantes de estos objetos de pedernal en la costa de Kent a finales del siglo XIX, pero la “explosión” de los eolitos tuvo lugar a inicios del siglo XX, principalmente con los hallazgos de su compatriota James Reid Moir en la zona de East Anglia. Ya traté de la odisea de Moir en un artículo específico, pero a modo de resumen expondré el núcleo de la polémica a través de sus principales datos y argumentos.

Moir estuvo realizando excavaciones durante unos 20 años en la costa este de Inglaterra (sobre todo en una formación llamada Red Crag) y halló numerosos artefactos de factura tosca que encajarían en la categoría de eolitos y los dató, según las secuencias estratigráficas identificadas, en una antigüedad que oscilaba entre los 400.000 años y los 1,75 millones de años, si bien algunas piezas se podrían remontar hasta más de dos millones de años. Estas dataciones resultaron una herejía para muchos prehistoriadores pues situaban al hombre en una época excepcionalmente arcaica, y además en Europa, donde los especimenes humanos hallados hasta la fecha no eran ni remotamente tan antiguos[2]. Enseguida se produjo una encendida disputa sobre la cuestión geológica (por si la secuencia geológica había sido malinterpretada o estaba alterada), pero los geólogos no vieron error en este asunto, por lo que todas las miradas se volvieron hacia los utensilios de piedra. Así, varios expertos de renombre le dijeron a Moir que se había equivocado y que los supuestos artefactos no eran más que piedras naturales modificadas por agentes naturales. No obstante, otros prestigiosos sabios, como el abate francés Henri Breuil[3], defendieron las tesis de Moir, con más o menos reservas.

James Reid Moir
La controversia llegó a tal punto que fue necesaria la intervención de una comisión internacional de antropólogos, geólogos y arqueólogos para verificar las proclamas de Moir. Dicha comisión se formó en 1923 y, tras estudiar los restos sobre el terreno, estableció como ciertos estos dos puntos principales: 1) que los estratos geológicos –de la Era Terciaria– estaban inalterados y 2) que los objetos eran realmente artefactos hechos por la mano del hombre, con una antigüedad que se podía remontar a 2,5 millones de años. Incluso algunos escépticos contumaces, como el profesor alemán Hugo Obermaier, tuvieron que rendirse a la evidencia al examinar las piezas. 

Sin embargo, plantear la existencia del ser humano en Europa –y en todo el planeta– en una época tan remota seguía siendo un anatema y de este modo se llegó a la publicación en 1939 de un artículo a cargo de Alfred S. Barnes titulado The Differences between Natural and Human flaking on prehistoric flint collections. Este documento “sentó cátedra” en la profesión y envió al terreno del error todos los eolitos de Moir, que fueron calificados de piedras naturales afectadas por fracturas causadas por agentes naturales, lo que técnicamente se denominan geofactos. 

Este fue el fin de la reputación de Moir y también, en gran medida, el fin de los eolitos. Llegados ya a la segunda mitad del siglo XX, las discusiones sobre los eolitos se fueron apagando y hoy en día en el ámbito académico se da por hecho y probado que los polémicos eolitos no son artefactos sino piedras naturales. Veamos qué dice actualmente la inevitable Wikipedia sobre los eolitos: “Un eolito es un nódulo lascable de sílex. Durante algún tiempo se pensó que los eolitos fueron artefactos, las primeras herramientas de piedra, pero actualmente se cree que fueron producidos de forma natural por procesos geológicos como la glaciación.”

Así pues, los eolitos ya han sido enviados oficialmente al baúl de los recuerdos y de los conceptos erróneos y obsoletos. La mayoría de opiniones contrarias insisten en que la ciencia geológica ya ha probado que se trata de piedras fracturadas naturalmente y que además no hay fósiles de homínidos datados en el Plioceno (época donde se situaban la mayoría de eolitos), ello por no mencionar las típicas disputas nacionalistas de aquella época a la hora de adjudicarse hitos arqueológicos. Pero frente a los que han querido dar un carpetazo al asunto, los eolitos se han mostrado algo reticentes a desaparecer del mapa. En efecto, las cosas no han resultado ser tan sencillas ni tan cómodas para el paradigma porque después de los trabajos de J. R. Moir han ido apareciendo este tipo de objetos en varias excavaciones, resucitando las viejas polémicas y proyectando la sombra de nuevas herejías. Seguidamente haré un repaso de los episodios más destacados en las últimas décadas, haciendo hincapié en que el estamento académico se ha mantenido en su negacionismo y persecución, rechazando la artificialidad de los eolitos, generalmente porque podrían apuntar a una presencia humana en unas épocas y unos lugares “no admisibles”.

Louis Leakey
El caso más destacable es el del insigne paleoantropólogo Louis Leakey, descubridor del llamado Homo habilis, que muchos años después de la muerte de Moir, admitió la autenticidad de sus hallazgos, cuando toda la comunidad arqueológica ya había pasado página. Pues bien, Leakey identificó en la garganta de Olduvai (Tanzania, África) una cultura lítica asociada a  homínidos primitivos que se caracterizaba por ser muy simple y tosca, basada en la mínima modificación de unos guijarros o cantos rodados (lo que en inglés se denomina Pebble Culture) y que en sus propias palabras era muy semejante al conjunto de artefactos hallados por Moir. Esta arcaica cultura se dató entre unos 2 y 3 millones de antigüedad y vendría a encajar con el concepto evolucionista ortodoxo, según el cual nuestros ancestros homínidos más antiguos surgieron en África y fueron los primeros en realizar herramientas.

Así las cosas, en los años 60 Leakey se desplazó a los Estados Unidos para participar en las excavaciones del yacimiento de Calico (desierto de Mojave, California) bajo la dirección de la arqueóloga Ruth Simpson. Allí se llevaron a cabo varias campañas que desenterraron más de 11.000 objetos de tipo eolito en diversos niveles estratigráficos, siendo los más antiguos de una datación –según el método de las series de uranio– de unos 200.000 años. Leakey identificó los toscos objetos como genuinos artefactos hechos por el hombre, pero la gran mayoría de la comunidad académica rechazó su propuesta alegando que “se había equivocado”; esto es, que había sucumbido al mismo error que medio siglo antes había cometido Moir. No es de extrañar que Leakey quedase bastante afectado y abatido por estas críticas, siendo una persona muy profesional y rigurosa en su trabajo, con el agravante de que ya de joven había sufrido fuertes críticas por proponer un poblamiento de América “demasiado antiguo”.

A todo esto, la propia Simpson afirmó que sería muy difícil imaginar que la naturaleza hubiese sido capaz de crear tantos objetos que se asemejaban inequívocamente a herramientas unifaciales[4] realizadas por humanos, con un típico retoque uniforme en el borde, y que además se parecían mucho a los ya conocidos eolitos europeos. Muchos años después, el arqueólogo disidente Chris Hardaker, recientemente fallecido, insistiría en la autenticidad de los eolitos de Calico basándose en criterios técnicos de talla y en factores geológicos, pero a día de hoy la comunidad académica sigue hablando de geofactos y de que no hubo presencia humana en América hace 200.000 años.

Aparte de Calico, podemos citar otros casos similares, como Texas Street (EE UU), Monte Verde (Chile), y Toca da Esperança (Brasil). En todos ellos aparecieron cantos toscamente modificados –al estilo de los eolitos europeos– y enmarcados en unas dataciones muy antiguas, que sobrepasan con mucho la teoría aceptada de que el ser humano empezó a poblar el continente americano hace unos 20.000 años[5]. En Brasil, por ejemplo, los artefactos se encontraron junto a restos de fauna del Pleistoceno que fue ubicada en unas fechas excepcionalmente lejanas, de hasta casi 300.000 años, según las dataciones realizadas en los años 80.

George Carter
Cabe reseñar, empero, que el caso de Texas Street (en la ciudad de San Diego) fue particularmente polémico porque el arqueólogo a cargo de las excavaciones, George Carter, sufrió una inusitada persecución cuando dio a conocer los resultados de sus investigaciones. Carter había encontrado en niveles muy antiguos del último periodo interglaciar (datados en 80-90.000 años) los típicos artefactos bastos de tipo eolito, pero al informar sobre estos hallazgos todos los académicos le replicaron que se trataba de piedras naturales. Y eso no fue todo. Carter vio cómo le rechazaban la publicación de sus artículos, e incluso cómo sus colegas rehusaban su invitación para visitar el yacimiento a fin de que vieran por sí mismos los restos. Y por si esto fuera poco, unos pocos profesionales se acercaron discretamente a él para reconocer que tenía razón sobre los artefactos pero confesando que no lo iban a decir en público por miedo a perder sus empleos. Sin comentarios.

Con todo, el tema de los eolitos sigue sin cerrarse del todo, por lo menos para la arqueología alternativa. Así, podemos mencionar otros yacimientos en diversas partes del mundo con piezas que pueden calificarse como eolitos. Por ejemplo, en Siberia se encontraron artefactos de tipo eolito en yacimientos cercanos a ríos. Así, en los años 60 se hallaron numerosos cantos toscamente trabajados cerca de la localidad de Gorno-Altaisk (próxima al río Ulalinka), que según una publicación posterior a cargo de los científicos Okladinov y  Ragozin corresponderían a niveles geológicos datados entre 1,5 y 2,5 millones de años. Otra investigación en Diring Yurlakh, junto al río Lena, reveló la presencia de eolitos muy parecidos a las piezas europeas. Los estratos en cuestión fueron datados por los métodos del potasio-argón y el paleomagnetismo, dando una antigüedad de 1,8 millones de años. 

Asimismo, tenemos los eolitos hallados en la zona de Rawalpindi (Pakistán) por los científicos británicos Rendell (arqueólogo) y Dennell (geóloga), con una datación de unos 2 millones de años obtenida por análisis estratigráficos y paleomagnéticos. No muy lejos de allí, en las colinas Siwalik de la India, se desenterraron eolitos con una datación muy semejante, y cerca del Himalaya un equipo de geólogos halló un tosco pico de mano unifacial en una formación geológica del Mioceno (entre 23 y 5 millones de años). El geólogo que lideraba el equipo, K. N. Prasad, remarcaba que el objeto fue hallado in situ y que no había indicios de que procediera de estratos más modernos. A falta de mejores hipótesis para dilucidar quién fue el fabricante de tal eolito, Prasad especuló con que había sido realizado por un primate llamado Ramapithecus, a pesar de que los expertos descartan que este homínido estuviera en la línea evolutiva del género Homo. 

Una vez presentado este panorama, vemos que los propios arqueólogos no se ponen de acuerdo sobre la cuestión y que –pese a décadas de investigación– la controversia está lejos de una solución definitiva, a juicio de las voces heterodoxas. Dado que el asunto presenta muchas facetas, voy a realizar a continuación una serie de reflexiones, teniendo en consideración mi propia experiencia como arqueólogo y los principios que rigen la investigación científica. 

Herramientas líticas de diverso tipo
Para centrar la controversia, cabe decir que para un arqueólogo especializado en otra época que no sea la prehistoria ya resulta bastante complicado pronunciarse sobre la artificialidad de ciertas “piedras”. Esto lo he vivido yo en persona, pues al haber estudiado básicamente la protohistoria y las antiguas civilizaciones, mi conocimiento de las industrias líticas paleolíticas siempre fue limitado y se centró en reconocer los típicos artefactos que podemos ver en museos o en las láminas de los libros, y aún así sólo los objetos más fácilmente identificables. Por otro lado, si en el trabajo de campo apenas ves piedras trabajadas y sí en cambio muchas cerámicas, metales u otros restos (mi caso), identificar sobre el terreno artefactos líticos dudosos no resulta tarea fácil[6]. Pero ahora llegamos al meollo del asunto: como ya hemos expuesto, los mismos prehistoriadores expertos tenían serias dificultades para dilucidar si ciertas formas o “retoques” eran naturales o artificiales. Estamos hablando de gente que había excavado muchos yacimientos del Paleolítico y que había visto herramientas de piedra de todo tipo y de diversas formas. Además, para complicar más las cosas, salen a la palestra los argumentos geológicos, empleados por los arqueólogos con un conocimiento quizás incompleto y no sin cierto margen de sesgo.

A este respecto, siendo tan necesaria la geología para la arqueología, cabe pensar que –a fin de evitar las confusiones– se debería haber llegado a un acuerdo en este tema basado en principios técnicos absolutamente objetivos y experimentables, y menos “opinables”. Sin embargo, esto no ha ocurrido e incluso en muchas ocasiones las opiniones técnicas de los geólogos han desautorizado completamente a los arqueólogos, en casos tan flagrantes como el de Hal Malde en Hueyatlaco (México) o el de Robert Schoch en la Esfinge de Guiza (Egipto). Por tanto, partimos de la base de que no existe una total objetividad en el tema, que la geología y la arqueología resultan más “interpretables” de lo que sería deseable, y que ni siquiera una gran experiencia en este campo es garantía de estar exento de error y confusión.

Sea como fuere, tarde o temprano tenemos que abordar el propio dilema técnico; esto es, las interpretaciones que hacen geólogos o arqueólogos de las piezas en disputa. Como ya hemos citado, Barnes enterró con su artículo la artificialidad de los eolitos a través de estudios estadísticos sobre los ángulos de fractura observados en las piedras. Barnes quiso fijar los criterios por los cuales se podría distinguir los trabajos artificiales de los naturales, según estos cuatro factores: 1) las fuerzas naturales que operaban sobre la piedra; 2) las características típicas de las fracturas naturales; 3) la aplicación artificial de fuerzas naturales en el laboratorio; y 4) las características típicas de la talla humana. Además, puso mucho énfasis en el llamado “ángulo de la marca (o mella) de la superficie”, refiriéndose al ángulo y zona específica donde se había aplicado la presión natural que había hecho saltar una lasca del núcleo original, dejando una marca. 

Toscos picos hallados por James R. Moir
No me voy a extender ahora sobre la discusión técnica, pero sí al menos estimo relevante destacar algunos hechos. Para empezar, recordemos que muchos expertos en prehistoria vieron y tocaron las piezas halladas por Moir, y aceptaron su artificialidad, aunque algunos –como Breuil– mantuvieron ciertas reservas o dudas. 

Además, cabe remarcar que el propio Moir era consciente de este problema y él mismo realizó ensayos de laboratorio con piedras para verificar la diferencia entre las fracturas por presiones naturales y las claras muestras de percusión humana, lo que le acabó ratificando en la validez de su trabajo. En el caso de los eolitos hallados en Calico, otros expertos revisaron las piezas y reconocieron que algunas podían ser naturales, pero no otras muchas, lo que daría la razón a Leakey.

Lo cierto es que a día de hoy no existe una última palabra ni una verdad absoluta sobre esta controversia técnica. Ya en tiempos más modernos, los investigadores alternativos M. Cremo y R. Thompson se interesaron por el tema y recabaron la opinión del antropólogo canadiense Alan Lyle Bryan, que les dijo lo siguiente (literalmente): “La cuestión de cómo distinguir objetos naturales de artefactos está lejos de resolverse y requiere más investigación. La manera en que se resolvió el problema en Inglaterra por la aplicación del método estadístico de Barnes de medir los ángulos de la marca de la superficie no es aplicable en general a todos los problemas de diferenciación entre objetos naturales y artefactos.” La opinión cualificada de Bryan incidía también en que Barnes fue demasiado lejos al tratar de eliminar todas las industrias líticas anómalas europeas.

De aquí saltamos a la paradoja que gira en torno a Louis Leakey y sus hallazgos. Todo el mundo aceptó y aplaudió sus descubrimientos en Olduvai porque eran una piedra fundamental en el esquema evolutivo: unos homínidos muy primitivos, pero ya capaces de realizar bastas herramientas de piedra. Todo ello con una antigüedad que se contaba en millones de años. Ahora bien, unos artefactos muy similares de tipo eolito hallados en otras regiones del mundo ya despertaban muy serias sospechas de error o fraude. El propio Leakey, que desde luego algo sabía de identificar toscos artefactos líticos, se llevó una desagradable sorpresa cuando vio que sus colegas académicos rechazaban la autenticidad de los objetos hallados en Calico. Como siempre, o bien las dataciones debían ser erróneas, o bien los artefactos no eran tales, sino geofactos.

Esquema de la teoría "Out-of-Africa"
En otras palabras, la ortodoxia admite la presencia de estos primitivos artefactos en lugares y tiempos determinados pero no en otros, pues ello supondría alterar gravemente la teoría darwinista sobre la evolución humana, así como la largamente defendida teoría “Out-of-Africa”. Por lo tanto, para la ciencia ortodoxa todo debe encajar en un esquema predeterminado que ha costado muchas décadas en consolidarse: el “nacimiento” de los primeros homínidos en África y su progresiva expansión hacia otros lugares del planeta. Y lo mismo se aplica al continente americano: es impensable plantearse un poblamiento humano en unas fechas tan remotas, porque todo ello viola y contradice los principios generales ya aceptados. En resumidas cuentas, el prejuicio o filtro cognitivo que condenó a Moir y a Leakey sigue más o menos activo, pese a que hoy en día los arqueólogos y paleontólogos se hallan cada vez más perdidos antes las nuevas pruebas que van surgiendo en diversas partes del planeta. 

Desde luego, nos quedaría la cuestión más relevante y que se deriva de la aceptación de los eolitos como piedras modificadas –aunque sea muy levemente– de modo artificial. Si damos por buenos los hallazgos citados en este mismo artículo, desde los tiempos de Harrison hasta las investigaciones de finales del siglo XX, nos encontramos con una importante dispersión geográfica y temporal de difícil explicación. Además, el asunto se complica cuando constatamos que este tipo de talla simple y tosca pervivió desde los tiempos más remotos hasta llegar incluso a algunas tribus primitivas actuales que han recurrido a estas piedras apenas modificadas. Estamos pues ante un estadio básico de utilización de los recursos naturales en el cual los eolitos vendrían a ser el segundo paso, tras un primero en que se emplearon piedras sin ninguna modificación. Luego, como es bien conocido, los seres humanos serían capaces de realizar tallas más complejas que desembocarían en las bellas y elaboradas formas del paleolítico superior.

De todos modos, el problema principal que subsiste es la “adjudicación” de los eolitos. Si admitimos que las piezas halladas por Moir en Inglaterra y por Leakey en Tanzania eran muy semejantes, vemos que la distancia geográfica es enorme pero también la temporal, a menos que se acepten las fechas heréticas que propuso Moir y que vendrían a coincidir con las de África. El problema es que la cronología evolucionista puede admitir a un Homo habilis hace 2 millones de años en África, pero no a un ser humano o humanoide (póngase el calificativo que se desee) en Gran Bretaña por las mismas fechas. Y lo mismo podríamos decir de otros hallazgos en Europa u otras partes del mundo. Todo “demasiado antiguo” y “fuera de lugar” para el actual paradigma, como ya se indicó anteriormente, lo cual muestra a las claras que cualquier condena académica de los eolitos está marcada por un sesgo o prejuicio, al dar preeminencia a la teoría por encima de las pruebas.

Paisaje de la garganta de Olduvai (Tanzania)

Finalmente, quisiera completar este análisis con la opinión cualificada de Richard Dullum y Kevin Lynch, dos investigadores independientes miembros de la Pleistocene Coalition, que han seguido durante años los pasos de J. Reid Moir mediante exhaustivos estudios bibliográficos y de campo en la misma zona del este de Inglaterra que Moir exploró hace un siglo.

Richard Dullum me comentaba en un correo electrónico que no tiene duda de que los eolitos son artefactos realizados por el hombre y que los hallados por Moir exceden en calidad “artesanal” a los de Olduvai. En cuanto a los criterios técnicos que permiten distinguir la artificialidad de estos objetos, Dullum se refería a las cinco grandes reglas definidas por Leland Patterson: 1) superficies de golpeo claramente marcadas, 2) múltiples ejemplos de tipos de herramientas 3) medidas del ángulo de la superficie, 4) bulbos de percusión y líneas de ondulación asociadas, y 5) contexto geológico. Asimismo, se han de considerar otros factores como el retoque regular, los bordes afilados, o la extracción paralela de lascas. En cuanto a la cronología de los eolitos, Dullum cree que está bien definida por la estratigrafía y que los recientes hallazgos de restos humanos muy antiguos en Gran Bretaña[7] vienen a corroborar la validez de las tesis de Moir. Por último, opina que los eolitos pudieron ser realizados por humanos anatómicamente modernos, a partir de unos muy recientes hallazgos arqueológicos que indicarían la presencia de estos humanos hace más de un millón de años.

Herramientas toscas de mínima modificación
Kevin Lynch también cree firmemente en la autenticidad de los eolitos como piedras que fueron modificadas por nuestros ancestros a fin de mejorar su utilidad. Además, Lynch establece como premisa un factor no poco importante: la presencia de una pátina de uso en las zonas donde la herramienta fue asida y empleada, lo que se traduce generalmente en un aspecto pulido. En su opinión, tras examinar miles de estos objetos, el investigador experto en prehistoria desarrolla un sentido especial para apreciar cómo y por dónde se sujetaba la herramienta y cómo se utilizaba. Aparte, también se pueden apreciar otros significativos detalles como el lustre o el desgaste, o la forma general de la piedra y su adaptación a la mano (y así se comprueba, por ejemplo, que había muchas herramientas creadas por y para zurdos). De todas formas, Kevin Lynch reconoce abiertamente que la identificación de eolitos no es una ciencia exacta.

En conclusión, parece claro que existe la posibilidad de confusión dado el tosco aspecto de las piedras en cuestión, pero también es cierto que en muchos casos, aplicando los criterios ya mencionados, se puede llegar a dilucidar con cierta seguridad la artificialidad de los eolitos. Otra cosa bien distinta es llegar a encajar los eolitos en épocas y lugares que fuerzan los límites del paradigma, y en estos casos el estamento académico ha preferido acudir a argumentos geológicos para invalidar la inequívoca presencia de humanos –cualquier variante del género Homo– en épocas muy remotas y fuera de África. Sin embargo, en los últimos años se están dando numerosos hallazgos que han complicado más el sostenimiento de las teorías tradicionales y han empujado a buscar nuevas explicaciones y escenarios para la génesis del hombre y su posterior desarrollo cultural. En este contexto, puede que el asunto de los eolitos sea rescatado en toda su dimensión y nos aporte más luz sobre nuestros orígenes más distantes.

© Xavier Bartlett 2018

Fuente principal: CREMO, M; THOMPSON, R. Forbidden Archaeology: The Hidden History of Human race. Torchlight Publications, 1994. 

Fuente imágenes: Wikimedia Commons 

Mi agradecimiento personal a Kevin Lynch y Rick Dullum por su aportación a este artículo.


[1] Palabra de etimología griega que significa piedra del alba, o piedra primigenia.

[2] Concretamente, en Gran Bretaña se creía entonces que la primera población humana de las islas se remontaba como mucho hacia el 10.000 a. C.

[3] Cabe destacar que Breuil, años antes de inspeccionar los eolitos de Moir, había desestimado que tales objetos fueran artificiales y en general mantuvo una actitud escéptica y política. Recordemos que Breuil también cambió radicalmente de opinión, esta vez hacia la negación, con respecto a los polémicos objetos hallados en Glozel.

[4] Trabajadas por una sola cara.

[5] La teoría oficial venía marcada por la presencia de la llamada cultura Clovis con una datación de 10.000 a. C. aproximadamente, pero ante la aparición de múltiples pruebas en los últimos años, el paradigma ya se ha visto “obligado” a aceptar un horizonte pre-Clovis, que se podría ir a 20.000 años o poco más de antigüedad.

[6] Esta situación la viví recientemente en mi exploración en la isla de Tenerife junto al investigador Manuel Fernández, el cual tuvo la gentileza de “descubrirme” que numerosas piedras que veíamos en el suelo o en paredes rocosas eran en realidad toscos artefactos trabajados específicamente para un determinado fin y con ciertas marcas de desgaste y uso, aparte de poseer la forma adecuada para adaptarse a la mano.


[7] Se refiere básicamente a las huellas descubiertas en Happisburgh (Norfolk), con una antigüedad de unos 950.000 años.

sábado, 14 de noviembre de 2015

La herejía olvidada: Los descubrimientos de James Reid Moir


 

Introducción



Al hablar de la historia de la arqueología, la que se enseña en las universidades, es casi obligado mencionar los grandes logros de los primeros prehistoriadores de finales del siglo XIX y principios del XX, los cuales sentaron las bases del conocimiento científico actual. Pero entre los muchos nombres que se suelen citar no aparecen algunos insignes investigadores que pasaron al mayor de los olvidos pese a haber gozado de cierto reconocimiento en su tiempo. De hecho, tuve que esperar a leer el controvertido libro de Cremo y Thompson Forbidden Archaeology (“Arqueología prohibida”) para descubrir la existencia de estos sabios, que protagonizaron incluso grandes descubrimientos, pero que a día de hoy constituyen una auténtica arqueología olvidada que ya no es citada en la literatura científica y que desde luego tampoco llega al gran público.

Examen de los restos del "hombre de Piltdown". Dawson es
el hombre en segunda fila que tapa parcialmente el cuadro.
Para enmarcar esta situación, cabe recordar que en aquella época la teoría de la evolución acababa de asentarse como modelo científico de referencia en varios campos de la ciencia, incluidas la arqueología, la prehistoria y la paleoantropología. Ese fue el punto de partida de una alocada carrera por descubrir especimenes antiguos de humanos y sobre todo de especies-puente (el famoso “eslabón perdido”) entre el humano moderno y el simio, lo que vendría a corroborar la cadena evolutiva enunciada por Darwin. Esta obsesión conllevó, en un caso extremo, a la falsificación de unos restos hallados en Piltdown (Gran Bretaña) por Charles Dawson, que presentó a la comunidad científica un ejemplo de tal eslabón perdido a partir de la fraudulenta asociación de un cráneo de Homo sapiens con una mandíbula de simio[1]. No obstante, aparte de este lamentable episodio, se fueron sucediendo hallazgos auténticos remarcables como el hombre de Neanderthal, el hombre de Cro-Magnon o el hombre de Java (o pitecántropo). Y ya en esa época se estableció que los humanos más antiguos situados en Europa apenas tenían unas pocas decenas de miles de años, y que debían enmarcarse en el periodo geológico del Holoceno o a finales del Pleistoceno.

Sin embargo, mientras se producían estos hallazgos que parecían mostrar una cierta cadena o sucesión evolutiva –tanto en lo físico como en lo cultural– dentro de un marco temporal concreto, otros descubrimientos de la misma época no se ajustaban a la teoría que se estaba construyendo, sobre todo al presentar pruebas de una antigüedad extrema para el hombre moderno (Homo sapiens), lo cual producía no poca controversia e incomodidad en los círculos científicos. De este modo, se generaron encendidas polémicas sobre estos hallazgos heterodoxos, que en algunos casos duraron muchos años. Pero ya bien entradas las primeras décadas del siglo pasado, la corriente darwinista oficial fue imponiendo sus postulados y con el paso del tiempo los elementos “conflictivos” fueron rebatidos y apartados de las líneas principales de investigación. Las obras y hallazgos heterodoxos se dejaron de citar y sus defensores fueron olvidados, hasta el punto de que hoy son prácticamente desconocidos, incluso para los profesionales de la paleontología y la arqueología. Este es el caso de las investigaciones de James Reid Moir (1879-1944), un arqueólogo inglés que a principios del siglo XX realizó unos asombrosos descubrimientos sobre la prehistoria de su país, proponiendo la presencia de seres humanos en una época impensable, según los patrones evolucionistas.

A la búsqueda de los eolitos


James R. Moir
A finales del siglo XIX, el joven James Reid Moir, que regentaba junto con su padre un negocio de sastrería en Ipswich, halló casualmente una punta de flecha de la Edad del Bronce que le dejó asombrado por su exquisita factura, pues apenas podía creer que el hombre del pasado pudiera realizar artefactos de tal calidad. A partir de este feliz hallazgo, Moir comenzó a interesarse por la Prehistoria y adquirió el libro de Sir John Evans The Ancient Stone Implements of the British Isles, un clásico en su época sobre antiguos útiles de piedra en Gran Bretaña. Esta experiencia acabó por cambiar su orientación profesional, de tal manera que decidió dedicarse apasionadamente a la arqueología, llevando a cabo numerosas prospecciones arqueológicas en diversas zonas del sudeste de Gran Bretaña, sobre todo en el área de Ipswich. Con el tiempo, llegó a ser  miembro del Instituto Real Antropológico y presidente  de la Sociedad Prehistórica de East Anglia.

Como resultado de esos primeros años de investigaciones, Moir razonó que el hombre primitivo debía haber usado como primeras herramientas las piedras que tenía en su entorno, sin ningún tipo de modificación. Más tarde, habría empezado a trabajar esas piedras para perfeccionarlas y sacar más partido de ellas como utensilios, y con el tiempo y la práctica –en un proceso que conllevaría muchos miles de años– habría obtenido las piezas relativamente sofisticadas ya bien conocidas por la arqueología de su tiempo. Así pues, Moir decidió centrarse en la búsqueda e identificación de esas herramientas transicionales, o sea, las piedras muy bastamente trabajadas, también conocidas como eolitos. 

Las investigaciones en Red Crag


El "retrato" hallado por Henry Stopes
Un cuarto de siglo antes de que James Reid Moir entrara en escena, el investigador Henry Stopes (de la Sociedad de Geología) había explorado ya profusamente la zona de Red Crag (“peñasco rojo”), una típica formación rocosa que se extiende por las costas de los condados de Suffolk y Essex, al sudeste de Inglaterra. Como fruto de sus trabajos, Stopes dio a conocer en 1881 un curioso hallazgo: una concha fosilizada grabada con un “retrato” –una tosca cara humana sonriente– que él dató por el contexto arqueológico en el Plioceno tardío, entre 2,5 y 2 millones de años de antigüedad. De inmediato, esta pieza fue rechazada y ridiculizada por el estamento académico, que lanzó también acusaciones de posible fraude[2]. No fue hasta 1913 (once años después de fallecer Stopes), en que un grupo de expertos ratificó que no había rastro de falsificación en este objeto, aunque otra cosa, por supuesto, era aceptar que las marcas pudiesen representar una cara o que pudiesen tener tanta antigüedad[3].

Llegados a 1909, Moir decidió proseguir los esfuerzos de Stopes e inició la exploración sistemática de Red Crag, así como del yacimiento adyacente de Coralline Crag, situado en un nivel inferior. De hecho, Moir ya no abandonó la zona hasta 1935, realizando allí varias campañas de excavación y publicando regularmente los resultados. Así pues, disponemos de una amplia documentación en forma de artículos y libros publicados a lo largo de muchos años; de ahí que podamos reconstruir bastante fielmente la actividad profesional de Moir, sus hallazgos y las controversias creadas a raíz de sus conclusiones.

Un acantilado en Red Crag
Sus primeros hallazgos en Red Crag fueron realmente impactantes y se tradujeron en la publicación en 1910 de una polémica carta en The Times, en la cual defendía la presencia de seres humanos en Gran Bretaña en una época muy remota de la Prehistoria (Pleistoceno Temprano-Medio, hace más de un millón de años), a partir de los eolitos identificados en el citado yacimiento, unos pedernales burdamente modificados. En aquel tiempo se creía que la primera población humana de la isla se remontaba a finales del último periodo glacial (hacia el 10.000 a. C.), con lo cual tales afirmaciones causaron cierto desasosiego y rechazo. No obstante, Moir no estaba solo, pues otro prehistoriador, Benjamin Harrison, decía haber encontrado artefactos similares en las terrazas fluviales de la zona de Kent.

En los años siguientes, Moir siguió explorando la zona y hallando diversos materiales de origen humano, principalmente pedernales y huesos trabajados. Las piezas líticas, herramientas y armas, eran generalmente pedernales trabajados sólo por una cara y con un borde afilado para raspar o cortar. Es de destacar que Moir halló en la localidad de Foxhall todo un taller de talla de piedra, con un amplio conjunto de piezas que incluía hachas, núcleos, lascas, utensilios ya acabados e incluso piedras calcinadas como prueba de que se habían encendido fuegos en aquel lugar. Y lo que es más, a mediados del siglo XIX se había descubierto en la misma zona un fragmento de mandíbula humana que no parecía ser muy distinta de la de los hombres modernos, si bien su datación resultó incierta[4]. En cuanto a los huesos, estos mostraban huellas de haber sido incisos o modificados, por ejemplo, para fabricar puntas de lanza.

Zona explorada por Moir
Las dataciones que Moir barajaba en ese momento se situaban en el Pleistoceno, pero los datos geológicos más actuales confirman que el Red Crag se remonta al Plioceno y se le ha asignado una antigüedad de entre 5,3 y 3,5 millones de años. E incluso, dado que ciertos materiales se habían descubierto en capas aún más inferiores (del periodo geológico Eoceno), las herramientas se podrían remontar hasta unos increíbles 55 millones de años. A raíz de estos hallazgos, Moir pudo decir: “se hace necesario reconocer una mayor antigüedad para la raza humana de la que hasta el momento se había supuesto”. Como se ve, no sólo se estaba cuestionando la antigüedad de la población humana de las Islas Británicas, sino la propia antigüedad del ser humano, es decir, todo el edificio teórico con respecto al origen y la evolución del hombre.

Polémica, resistencias y reconocimiento


Como era de esperar, tras los primeros hallazgos y publicaciones de Moir se desató una fuerte polémica, pues varios profesionales se negaron a aceptar que esos objetos hubiesen sido manufacturados, dado que –de ser así– ello comportaría asignar una datación extremadamente antigua para la presencia humana en Europa (y en el planeta entero), lo cual parecía sencillamente imposible. Así pues, aseguraron que Moir había confundido piedras “naturales” con artefactos. A este respecto, es significativo señalar el hecho de que poco antes del fin de siglo el holandés Eugène Dubois había encontrado en Java algunos huesos de un homínido –datados en el Pleistoceno Medio– al que bautizó como pitecántropo (literalmente “hombre-mono”), considerándolo un antepasado directo del hombre moderno. Y puesto que no se habían hallado artefactos asociados a este espécimen, la comunidad arqueológica descartó la posibilidad de que existieran artefactos genuinamente humanos datados en épocas geológicas anteriores.

Básicamente, lo que argumentaban los detractores de Moir, entre los que destacó el geólogo Samuel Hazzledine Warren, es que los objetos presentados eran “pseudoeolitos”, o sea, piedras que habían sido modificadas por la acción de diversos agentes naturales, como la presión de los glaciares, los movimientos de tierras, la fricción con otras rocas, la acción erosiva del agua, etc. ¡Y se llegó a decir que tales deformaciones podrían haberse producido a causa del impacto de los icebergs contra la costa!

Sir Edwin Ray Lankester
Sin embargo, ya desde el principio algunas destacadas personalidades del mundo de la arqueología y de la prehistoria se pusieron de lado de Moir. Por ejemplo, cabe señalar el apoyo de Archibald Geikie, presidente de la prestigiosa Royal Society, y reputado geólogo. Asimismo, Sir E. Ray Lankester, director del Museo Británico, examinó en 1914 los materiales de Red Crag y afirmó que nadie familiarizado con la talla de pedernales –así como con las fracturas no humanas de pedernal– podía negar que los ejemplares de pedernal hubieran sido producidos por la mano humana. En concreto, Lankester se fijó en unas toscas piezas denominadas técnicamente rostrocarenadas, en forma de pico con un borde afilado de tipo quilla, las cuales parecían ser las antecesoras directas de las típicas hachas de mano de una época posterior. Y por si fuera poco, hay que señalar que en 1922 el abate Henri Breuil, considerado como un “pope” de la prehistoria europea, fue invitado por Moir a inspeccionar el yacimiento y los objetos. Así, Breuil, tras su trabajo de campo y el estudio de los artefactos, también confirmó su inequívoco origen humano.

Artefactos líticos de tipo rostrocarenado
Pero el punto culminante de la controversia tuvo lugar en 1923, cuando una comisión internacional de antropólogos, geólogos y arqueólogos de Bélgica, Reino Unido, Francia y Estados Unidos se reunió con el objetivo de dilucidar de manera definitiva qué había de cierto en las afirmaciones de Moir, muy particularmente sobre los artefactos hallados en Foxhall. Finalmente esta comisión dictaminó que las conclusiones científicas de Moir eran correctas. Así, se reconoció que los pedernales de la base del Red Crag estaban en un estrato inalterado y que los objetos hallados eran sin duda de origen humano, con una antigüedad de al menos 2,5 millones de años. Concretamente, el presidente de esta comisión, Louis Capitan, dijo sobre los artefactos: “...no están realizados sino por un humano u homínido que existió en la Era Terciaria. Este hecho, como prehistoriadores, lo consideramos absolutamente probado.”[5] 

La caída en desgracia y el olvido



En todo este embrollo es justo resaltar que Moir no actuó de manera sesgada o torticera en su favor. De hecho, el propio Moir había sido el primero en preguntarse si los objetos hallados en Red Crag eran de origen humano o natural. Por este motivo había consultado esta cuestión fundamental con varios expertos y él mismo, según consta en su libro Pre-Palaeolithic Man (1919), había examinado con detalle algunas piezas y había hecho pruebas o simulacros de fractura mediante presiones naturales, cuyos resultados negativos venían a autentificar la artificialidad de dichas piezas.

Portada de la obra de James R. Moir
Y precisamente en dicho libro, James Moir exponía el motivo real de tantas polémicas, que no era otro que la falta de profundización en el conocimiento técnico de tales artefactos, lo que hacía que –en vez de aplicar criterios propiamente científicos– se recurriese al puro prejuicio: “Un prehistoriador confesó estar a favor de aceptar o no aceptar los pedernales modificados por la simple razón de sus visiones preconcebidas y sus prejuicios personales, y muchos investigadores actuales, me temo, están dominados por tales influencias no científicas.”[6]

Además, es muy loable que Moir también recabara la opinión de algunos escépticos sobre el tema de los eolitos, como el paleontólogo alemán Hugo Obermaier, el cual creía que tales objetos eran piedras naturales. Sin embargo, cuando examinó los implementos de Foxhall, Obermaier tuvo que reconocer que estas piezas eran testimonio de la existencia del hombre del Terciario (es decir, con una antigüedad de  millones de años).

Con todo, y pese a que Moir había obtenido el aval de la comisión antes mencionada, sus opositores no arrojaron fácilmente la toalla y siguieron insistiendo en la condición natural de los objetos, puesto que las dataciones geológicas ya prácticamente nadie las ponía en duda. Y así llegamos al año 1939, cuando Alfred S. Barnes –un prehistoriador que había defendido previamente los trabajos de Moir– publicó un artículo titulado The Differences between Natural and Human flaking on prehistoric flint collections sobre el modo de distinguir objetos de inconfundible talla humana con objetos cuyas marcas o fracturas serían de origen natural, entre los cuales incluyó los eolitos hallados por James R. Moir. A partir de ese momento, y aunque algunos expertos cuestionaron las conclusiones de Barnes, la ciencia ha usado habitualmente su método para refutar el carácter artificial de diversos materiales líticos. Hoy en día, de hecho, el término eolito ha sido borrado de la ortodoxia académica como artefacto (o sea, piedra modificada toscamente por la mano humana). En su lugar, se habla de geofactos, esto es, piedras que muestran ciertas modificaciones debidas a factores geológicos[7].

Última fotografía de J. R. Moir
Con los años, los trabajos de Moir, una vez desacreditados por Barnes,  pasaron al mayor de los olvidos hasta desaparecer prácticamente de la literatura científica[8]. Y según avanzaba el siglo XX se fueron sucediendo nuevos hallazgos de homínidos y artefactos de enorme antigüedad, pero básicamente en África y otros lugares, no en Europa. De este modo, se desestimó la presencia humana en el Viejo Continente en épocas tan remotas y cualquier posible hallazgo al respecto era recibido con gran suspicacia y escepticismo.

Sin embargo, tal vez las cosas estén empezando a cambiar, dado que en los últimos tiempos han ido apareciendo esporádicas pruebas de restos humanos muy antiguos en Europa; por ejemplo, tenemos los hallazgos de Atapuerca (Burgos), que se pueden remontar a un millón de años o algo más. E incluso en la misma Gran Bretaña, el investigador Chris Stringer, del Museo de Historia Natural de Londres, encontró hace pocos años en el yacimiento de Happisburgh (Norfolk) huellas de presencia humana que se remontan al menos a 950.000 años. De este modo, Steven Plunkett, conservador del Museo de Ipswich, ha admitido recientemente que “tal vez ahora ha llegado el momento de que la reputación de Reid Moir en la comunidad científica sea reconsiderada”. Y así, quizá no falte mucho para que los hallazgos de James Reid Moir puedan ser justamente reivindicados y reconocidos, recuperando al fin el lugar que nunca debieron haber perdido en la historia de la arqueología.

 © Xavier Bartlett 2015


Agradecimiento

A los investigadores Richard Dullum y Kevin Lynch, miembros de la Pleistocene Coalition, por haber recuperado la memoria de Reid Moir a través de un exhaustivo trabajo bibliográfico y de campo.


[1] Cabe destacar que tal fraude tardó más de treinta años en ser detectado, gracias a la aplicación de los avances tecnológicos en los análisis de huesos y piezas dentales.
[2] Stopes también sufrió feroces ataques a finales del siglo XIX por haber proclamado la existencia de restos del hombre del Paleolítico en el Antiguo Egipto, lo que para los “expertos” de su época era un total disparate. Por supuesto, los hallazgos posteriores de Flinders Petrie y otros egiptólogos acallaron dichos comentarios.
[3] A falta de explicaciones razonables para esta pieza, hace unos pocos años el experto en Prehistoria Francis Wenban-Smith especuló con la posibilidad de que las marcas fuesen obra de un peregrino a Compostela de la Edad Media, que luego habría enterrado el objeto en el peñasco. Por cierto, hace tiempo que se perdió el rastro de este objeto, que actualmente está en paradero desconocido.
[4] Lamentablemente, en la actualidad esta pieza está desaparecida.
[5] CREMO, M.; THOMPSON, R. Forbidden Archaeology. Torchlight Publications, 1994.
[6] MOIR, J. R. Pre-Palaeolithic Man. W. E. Harrison, The Ancient House. Ipswich, 1919.
[7] Este argumento de los geofactos ha sido aplicado sistemáticamente a yacimientos con cierta polémica como el de Calico (California, EE UU) en el que los pedernales hallados por el equipo de arqueólogos fueron datados en 200.000 años. Estas piezas fueron identificadas por el prestigioso paleontólogo Louis Leakey como eolitos pero la mayoría de la comunidad científica desestimó esta identificación al considerar que las marcas de supuesta talla eran fruto de procesos naturales. (Por cierto, el propio Leakey era de los pocos que a mediados de siglo aún citaba los trabajos de Moir.)
[8] Este olvido se ha prolongado hasta nuestros días, y hasta la omnipresente Wikipedia ha ignorado olímpicamente la biografía de Moir.