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lunes, 7 de mayo de 2018

Civilizaciones desaparecidas y mensajes subliminales



Todos los aficionados a la arqueología alternativa saben que uno de los caballos de batalla más firmes de sus tesis heréticas es el tema de las civilizaciones desaparecidas (una o varias), argumento que tal vez permitiría entender algunas cosas que aún hoy en día resultan oscuras o confusas desde el punto de vista arqueológico. Para resumir, podríamos decir que hay dos enfoques principales sobre esta cuestión. Por un lado, están los que abogan por una civilización que data de hace unas decenas de miles de años –encarnada principalmente en el mito de la Atlántida– y que resultó destruida por un enorme cataclismo hace unos 12.000 años, como ya expuse en el artículo reciente sobre catastrofismo. Por otro lado, están los que adoptan una perspectiva de historia cíclica y que creen que ha habido varias humanidades que han nacido, prosperado y desaparecido en ciclos de tiempo muy extensos, llegando incluso a varios millones de años, tal como afirma la tradición védica hindú, y que ha tenido eco en autores occidentales tan conocidos como Michael Cremo.

Por lo demás, tampoco hay una idea muy definida de cómo podrían haber sido esas humanidades pasadas e ignotas. En algunos casos, recogidos por Cremo, se habla de presencia de restos de Homo sapiens (u homínidos anatómicamente modernos) con antigüedades de hace algunos millones de años, pero sin estar claramente asociados a una cultura material determinada. Más bien parece que esos hipotéticos hombres de eras remotas vivirían o bien en una supuesta Edad de Piedra o bien en un estadio de civilización primitivo. No obstante, algunos supuestos objetos sofisticados o avanzados de incierta datación –los famosos ooparts– empujarían a pensar que los humanos de esos tiempos tenían una civilización tecnológica similar a la nuestra o incluso más adelantada. En esta misma línea también cabe mencionar las visiones del psíquico americano Edgar Cayce en las que hablaba de tecnología de cristales y otros poderes que no estarían al alcance de la humanidad actual. Este tipo de especulaciones de algún modo enlazaría con el viejo debate sobre los prodigios de algunas obras megalíticas, asunto polémico que he abordado frecuentemente en este blog.

Los inicios de la civilización: Egipto
Asimismo, he dejado claro que el estamento académico se ha mostrado tradicionalmente reticente –por no decir hostil– ante esta clase de propuestas. La historia ortodoxa sólo contempla un único escenario evolucionista, fundamentado en datos geológicos, biológicos y paleontológicos, según el cual los homínidos aparecieron por obra y gracia de la evolución por selección natural hace unos cuantos millones de años y acabaron derivando en una serie de especies humanas (o humanoides), que condujeron a la aparición y posterior supervivencia de una especie humana más avanzada y adaptada: el Homo sapiens, o sea, nosotros. Las demás ramas humanas acabaron por desaparecer por los propios procesos de competencia natural y el sapiens se quedó solo hace unos 30.000 años, cuando perecieron los últimos neandertales. Y por supuesto, en este marco lineal no cabe hablar de ninguna civilización remota. Para la ortodoxia, sólo hubo una larguísima Edad de Piedra que finalizó con el Neolítico (etapa de salto hacia la producción de recursos en detrimento de la caza y la recolección), que a su vez dio paso a las primeras civilizaciones hace unos 5.000 años.

En este clásico contexto de negación de civilizaciones desaparecidas por parte de la ciencia académica, he quedado sorprendido por las recientes noticias que han aparecido en numerosos medios de comunicación acerca de una investigación de tipo físico, químico y geológico que pretende abrir una inesperada puerta a una civilización perdida no hace miles de años... sino millones. En efecto, en el artículo titulado Was There a Civilization On Earth Before Humans?[1] (“¿Hubo una civilización sobre la Tierra antes de los humanos?”) los científicos norteamericanos Adam Franck (astrofísico de la Universidad de Rochester) y Gavin Schmidt (director del GISS[2]) realizan una serie de planteamientos teóricos no muy habituales –y aparentemente muy audaces– sostenidos por determinadas observaciones de tipo geológico y medioambiental. Paso pues a comentar este documento, adjuntado al final unas breves reflexiones sobre su validez e intención.

En primer lugar, empero, cabe resaltar que resulta un poco desconcertante el título de artículo pues pretende suponer que hubo una civilización antes de los humanos, lo cual nos empuja a pensar que o bien tal civilización surgió a partir de otra clase de seres terrícolas o bien fue obra de alienígenas. Desde luego, esto es algo que podríamos considerar un patinazo o resbalón del lenguaje, pero me pregunto si no se hizo para no violentar el paradigma evolucionista sobre el origen del hombre. Lo que parece claro es que si dejamos a los extraterrestres en su limbo científico, lo lógico sería pensar que dicha civilización sería fruto de humanos al menos parecidos a nosotros. Así pues, creo que no hubiera sido ningún problema poner “una civilización (o humanidad) precedente” o algo similar, pero dejémoslo ahí.

¿Civilizaciones de hace millones de años?
Si nos centramos en el trabajo de estos científicos, afirman que su investigación, que ellos han bautizado como “hipótesis siluriana”[3], nació de la pregunta retórica acerca de si podían haber existido civilizaciones muy anteriores en el tiempo a la nuestra y –si así fuera– cómo podríamos llegar a saberlo, o al menos a tener algún tipo de indicio, teniendo en cuenta la probabilidad, por escasa que sea, de que en 4.500 millones de antigüedad del planeta podría haber tenido lugar un proceso de civilización del cual no fuéramos conscientes. No obstante, Franck y Schmidt inciden en el hecho de una civilización muy remota podría haber desaparecido sin dejar rastro material apreciable, aunque hubiera erigido grandes ciudades y obras, aparte de la muy difícil localización de restos orgánicos, pues la fosilización de dichos restos es en realidad un proceso bastante extraordinario en la naturaleza. Por la propia experiencia terrestre, se podría esperar encontrar tal vez algunos restos esporádicos de hace unos pocos miles de años, pero con toda seguridad no de millones de años. Eso implica que, aunque una civilización altamente desarrollada hubiera pervivido muchos miles de años, no necesariamente dejaría los rastros “habituales” que persiguen los arqueólogos.

En realidad, su estudio tiende más bien a plantear el descubrimiento en otros mundos de una exo-civilización esto es, una civilización originaria de algún planeta del Universo que en el futuro pudiera ser identificada por sus restos. En todo caso, el punto de partida o condición sine qua non es que tal civilización debería haber sido altamente desarrollada, semejante a nuestra modernidad industrial. Así pues, la hipótesis tiene como base metodológica la comparación de ese mundo perdido con la actual etapa de crecimiento industrial de la Humanidad llamada convencionalmente Antropoceno. Desde esta perspectiva, lo que los autores tratan de buscar es una serie de marcas o indicadores en el registro geológico –similares a los que dejaría sobre el terreno una sociedad industrial como la nuestra– que pudieran señalar la inequívoca presencia de una sociedad avanzada hace millones de años.

Ahora bien, ¿sería sencillo identificar las trazas de una civilización de hace millones de años? Los autores constatan que el registro geológico es bastante limitado, pues en la Tierra sólo se puede acceder a superficies terrestres del Cuaternario, siendo la más antigua conocida de hace 1,8 millones de años (situada en el desierto del Negev, al sur de Israel). Para estudiar restos más antiguos se ha de recurrir a acantilados o cortes en la roca. La solución a este problema de “detección” surge de la investigación climática, o dicho de otro modo, del impacto físico-químico sobre la naturaleza que ha dejado el desarrollo industrial en los siglos recientes.

Aquí llegamos al núcleo duro de la teoría. Los autores creen que, a falta de restos materiales convencionales, se podría explorar la hipotética huella industrial dejada sobre el paisaje en un amplio marco de tiempo que abarcara muchos millones de años. Para realizar este ejercicio teórico, se recurre a la extrapolación de la actual situación del planeta Tierra, con una civilización que ha ido dejando rastros derivados de su creciente actividad industrial. Así, cabe esperar que el actual recurso generalizado a determinados productos y a prácticas industriales deje en la naturaleza una impronta duradera, sobre todo en forma de sedimentos, en los cuales sería factible identificar unos indicadores de “extraños equilibrios químicos”.

Los autores citan, por ejemplo, el caso de los fertilizantes (necesarios para la producción agrícola a gran escala), que dejarían un rastro de grandes cantidades de nitrógeno, que se acabaría depositando en los sedimentos de nuestra era. Asimismo, está el caso de ciertos productos de uso muy extendido que datan del siglo pasado, como los plásticos, que según varios estudios se están depositando de forma masiva en el fondo de los mares, creando una capa geológica que podría perdurar durante enormes periodos de tiempo. En este mismo plano, también cabría citar otros productos químicos contaminantes e isótopos radioactivos que se depositan sobre la superficie terrestre y que tienen larguísimos periodos de degradación.

Uso de combustibles fósiles
Por otro lado, tenemos el asunto de la quema de combustibles fósiles (básicamente petróleo y carbón). Según la hipótesis siluriana, el carbono liberado a la atmósfera dejaría indicadores en forma de ciertos isótopos, de igual modo que los aumentos significativos de temperatura. Con este escenario, un científico del futuro se podría encontrar en sus análisis químicos determinados picos de nitrógeno, nanopartículas de plástico o incluso esteroides sintéticos. Y por lógica, si encontrásemos estas trazas en estratos geológicos de enorme antigüedad podríamos especular con la desaparición, hace millones de años, de una civilización industrial similar a la nuestra.

Sin embargo, no es conveniente ir tan deprisa. Los propios autores hacen referencia a un periodo llamado PETM (Paleocene-Eocene Thermal Maximum, “Máximo térmico del Paleoceno-Eoceno”) de hace unos 45 millones de años en los que la temperatura ascendió de forma notable y en que la Tierra estaba casi libre de hielos. En este caso del PETM, los análisis químicos también muestran picos de isótopos de carbono y oxígeno, que podrían ser muy similares a los de nuestro actual Antropoceno, sin que ello suponga forzosamente pensar en una civilización, pues la liberación del carbono y el oxígeno podría haberse dado en una escala temporal muchísimo mayor que los recientes 300 años. De hecho, es bien sabido que a concentración de CO2 en la atmósfera ha sido variable a través de las eras geológicas y que en otras épocas fue mucho mayor que en la actualidad[4]. Sobre el origen de estas alteraciones naturales, tampoco hay demasiadas certezas, si bien se apela frecuentemente a desastres naturales, erupciones volcánicas, eventos cósmicos, etc.

En suma, los autores vienen a concluir en la idea de que sería muy complicado detectar con plena fiabilidad la presencia de una civilización avanzada semejante a la nuestra y que podría darse el riesgo de confundir factores naturales con factores humanos. No obstante, la validez de esta hipótesis radicaría en la concienciación de lo que supone el impacto de una civilización industrial sobre el medio ambiente, en términos de cambio climático y autodestrucción o colapso de la propia civilización. Así pues, en términos de supervivencia de una civilización sería aconsejable renunciar a las energías que producen un fuerte impacto sobre la naturaleza y adoptar otras energías sostenibles, que sin duda dejarían una ínfima huella sobre el terreno... ¡y dificultarían pues la detección de carácter físico-químico! Franck y Schmidt lo expresan de forma muy clara en la siguiente afirmación:

“Una vez que te das cuenta, a través del cambio climático, de la necesidad de hallar fuentes de energía de bajo impacto, menos impacto dejarás. Por tanto, cuanto más sostenible se haga tu civilización, menor será la señal que dejarás para las futuras generaciones.”

Restos plásticos (foto: A. Whaddington)
Acabáramos. Esta propuesta no va realmente de arqueología especulativa, sino que constituye un sutil mensaje subliminal del alarmismo climático. En efecto, ahí tenemos el repetido mantra de la supuesta peligrosidad de los combustibles fósiles y la muy reciente cruzada contra los plásticos. El mensaje es claro: una civilización basada en un desarrollo industrial como el nuestro está condenada a la desaparición. Que podamos detectarla de aquí a miles o millones de años, eso ya es otra cosa... En fin, para no extendernos demasiado e irnos por otros derroteros, basta decir que la teoría del calentamiento global antropogénico carece totalmente de fundamento científico, como han demostrado con hechos y datos cientos de expertos reconocidos e imparciales[5]. Pero aun dejando a un lado la polémica sobre el cambio climático, podemos ver que la hipótesis siluriana aporta muy poco a los estudios serios sobre una hipotética civilización desaparecida, e incluso sobre el futuro de nuestra civilización.

Para empezar, como ya se ha recalcado, ni los proponentes de esta hipótesis tienen claro cómo se podría discriminar con precisión el sentido de los indicadores “irregulares” hallados en los análisis químicos. Al no haber seguridad sobre el origen de esos picos de determinados elementos ya mencionados, sería muy complicado determinar si hubo vida inteligente aquí o en otro planeta sin disponer de otros elementos de contraste. En cualquier caso, también cabe la posibilidad de que los indicadores que maneja esta hipótesis estén presentes hasta un determinado tiempo y luego desaparezcan del registro geológico o sean tan leves que no permitan aportar ninguna información fiable.

Asimismo, podemos apreciar un grave sesgo, reconocido por los propios autores, que es suponer que una civilización desarrollada tuvo que pasar por una etapa industrial similar a la nuestra, ya sea en nuestro planeta o en cualquier otro. Incluso si aceptamos que esa civilización alcanzó una fase industrial, no se puede saber qué tipo de industria iba a desarrollar ni con qué fuentes de energía, y si en caso de producir cierta contaminación no hubiera hallado un remedio eficaz contra ésta. Del mismo modo es imposible saber cómo evolucionará nuestra civilización, pues todos los presagios catastrofistas están plagados de sesgos, manipulaciones y mentiras, por no hablar del propio riesgo de hacer predicciones basándose en simples proyecciones estadísticas o matemáticas. Hay muchos escenarios posibles a partir de nuestra actual situación y que no necesariamente han de acabar en la deposición y consolidación de residuos –ya sean contaminantes o no– durante millones de años. Ahora es pertinente recordar que la geología contiene una buena parte de especulación, pues por ejemplo las propias dataciones radiométricas (sobre elementos radioactivos) están basadas en proyecciones matemáticas y suposiciones sobre la inalterabilidad de ciertos procesos, aparte de los importantes márgenes de error propios de la metodología[6].

Aún así, y aunque admitamos la bondad de los argumentos de estos científicos, también podríamos considerar que es un sesgo afirmar que una civilización fue destruida por su propia contaminación o por haber provocado un “cambio climático”. Podría haber sobrevivido a un gran desastre ecológico –debido a causas naturales o bien a causas antrópicas– o de cualquier otra clase y luego desaparecer por otros motivos completamente distintos. Las civilizaciones antiguas, por ejemplo, ya no están entre nosotros porque sucumbieron a procesos internos o externos de desintegración o evolución, y en ningún caso podemos hablar de un “desastre industrial”. A lo mejor nuestro mundo podría perecer a causa del impacto de un asteroide enorme, o de una guerra nuclear masiva, o de un virus maligno o de los efectos de la contaminación electromagnética (de la que casi nadie habla). Todas las hipótesis están abiertas. Nada es eterno ni seguro.

Otro concepto de civilización
Lo que sí me parece interesante para concluir esta reflexión es el común prejuicio que tenemos sobre el término “civilización”, en particular cuando lo identificamos con armonía, desarrollo o progreso. Esto es más evidente por cuanto nos quieren hacer creer que el problema de nuestra moderna civilización son las toneladas de residuos y contaminantes de todo tipo, mientras que nadie parece hacer caso a las invisibles toneladas de miedo y odio que se van acumulando de forma exponencial en todos los ámbitos de la sociedad humana.

Para varios arqueólogos alternativos, entre los que podemos a destacar a John Anthony West o Graham Hancock, algunas de las civilizaciones más antiguas que nos precedieron no se parecían en casi nada a la nuestra porque no estaban orientadas al materialismo (nuestro caso) sino a la espiritualidad, como se aprecia especialmente en el caso de la civilización egipcia, tal vez heredera de una civilización ignota superior a nuestro mundo occidental en muchos aspectos. Me quedo con las siguientes palabras de J. A. West, tomadas de su imprescindible libro La serpiente celeste:

“Por civilización entiendo una sociedad organizada sobre la convicción de que la humanidad está en la Tierra con un propósito. En una civilización, los hombres están más preocupados por la vida interior que por las condiciones de la existencia cotidiana.”

© Xavier Bartlett 2018

Fuente imágenes: Wikimedia Commons



[2] Goddard Institute for Space Studies (organismo de la NASA orientado a estudios climáticos)

[3] Nombre inspirado en un episodio de la famosa serie de ciencia-ficción Doctor Who, según el cual la Tierra habría estado habitada por humanoides inteligentes de aspecto reptiloide o “siluriano” (¿a qué me recuerda esto?) en el contexto de una sociedad científicamente adelantada.

[4] Por ejemplo, los estudios paleoclimáticos asignan a la era de los dinosaurios un nivel de CO2 atmosférico de hasta 12 veces superior al actual.



[6] Básicamente, las tres grandes fuentes de error de la datación radiométrica son: 1) las imprecisiones sobre el conocimiento de los periodos de desintegración de los átomos, 2) el carácter estadístico del proceso, y 3) los errores propios de la metodología empleada.

jueves, 30 de marzo de 2017

Ni Von Däniken ni los académicos




Parece que actualmente se van acumulando más y más noticias sobre la posible existencia de vida inteligente fuera de nuestro planeta, avaladas incluso por instituciones tan oficiales como la propia NASA. Y mientras tanto, las viejas teorías sobre hipotéticas visitas extraterrestres en el pasado –lejos de ser olvidadas o marginadas– cobran nueva fuerza a través de los medios de comunicación y de Internet en particular. 

Así, desde fuera del fenómeno, da la impresión de nos quieren hacer creer en los alienígenas sí o sí, demostrando que están ahí fuera y que de hecho han estado con nosotros a lo largo de los milenios. Y a todo esto, el estamento científico oficial sigue instalado en su cómodo paradigma evolucionista y ha ido ignorando o despreciando cualquier asalto por parte de los proponentes de la teoría de los antiguos astronautas.

Podríamos considerar, en efecto, que a la hora de analizar el pasado más distante no puede haber dos posiciones más enfrentadas que la de los defensores de las paleovisitas y la del estamento académico arqueológico, pero... ¿es así realmente? ¿O son dos caras de una misma moneda? ¿O dos tendencias que se retroalimentan eficazmente la una a la otra? Propongo ahora una breve reflexión sobre este dilema en arqueología, que tiende a simplificar los debates y a escurrir el bulto de las verdaderas incógnitas sobre la historia más remota de la Humanidad.

E. Von Däniken
Por un lado, tenemos la citada teoría de los antiguos astronautas que fue popularizada por el investigador suizo Erich Von Däniken, que si bien no la ideó, sí le dio el empaque y la difusión necesaria para calar ente amplias capas sociales. La propuesta de Von Däniken partía, de hecho, de las observaciones realizadas por los autores del llamado realismo fantástico, que pusieron de manifiesto que el pasado estaba lleno de misterios e incongruencias que no tenían una explicación lógica, y que de algún modo la presencia de unos supuestos dioses que “civilizaron” (o incluso crearon) al ser humano era la que podía explicar tales incongruencias. Y como en aquella época la carrera espacial estaba en pleno auge y la ufología se instalaba como ciencia que trataba de relacionar los extraños fenómenos celestes con seres de otros planetas, no es de extrañar que Von Däniken llegase a una conclusión evidente: los dioses fueron en realidad astronautas venidos en sus naves de lejanos planetas. Así pues, todas las maravillas arquitectónicas o técnicas que no parecían encajar en un mundo antiguo y primitivo, debían ser –por fuerza– obra de unos seres avanzados no humanos.

Y detrás de este modelo de pensamiento, vemos que Von Däniken asume que el escenario histórico propuesto por el mundo académico es básicamente correcto, al aceptar que el ser humano de la Prehistoria –e incluso de las primeras civilizaciones–estaba en un estadio muy primitivo de conocimiento y que sus habilidades, medios y recursos para emprender según qué gestas eran simplemente insuficientes. Así pues, no se podía esperar gran cosa de los humanos de la Edad de Piedra, y en consecuencia se debería deducir que para llevar a cabo determinados logros necesitasen la ayuda o colaboración de unos seres humanoides mucho más avanzados, que lógicamente eran los alienígenas. Por lo tanto, las grandes pirámides, los enormes monumentos megalíticos, la ciudad de Tiwanaku o la de Teotihuacán, los artefactos como la pila de Bagdad, las bombillas de Dendera o el mecanismo de Antikythera, etc. serían el resultado de una intervención extraterrestre.

Naturalmente, si ahora nos vamos al ámbito académico de la arqueología, nos encontramos con una férrea oposición a la posibilidad de las visitas extraterrestres. Desde su visión darwinista, los académicos plantean una evolución biológica y cultural de la Humanidad, pasando a través de los siglos de lo más primitivo a lo más avanzado. No obstante, el escenario de Von Däniken podría suponer un dolor de cabeza para estas explicaciones evolutivas pues no pueden negar que hay unos restos, unos objetos y unos conocimientos muy notables en un contexto aparentemente demasiado antiguo. ¿Cómo solucionan pues este dilema?

La gigantesca Piedra del Sur (Baalbek)
La interpretación tradicional frente a las proclamas altisonantes de Von Däniken ha sido precisamente rebajar sus expectativas y diluir los supuestos misterios. Así, al hablar de conocimientos astronómicos, tallado y transporte de grandes bloques y otros asuntos polémicos, la ortodoxia afirma que no hay para tanto y que todo estaba al alcance de las antiguas culturas humanas de hace miles de años. Por tanto, consideran –por ejemplo–que el asunto del trabajo de la piedra no era especialmente complicado aunque sí muy lento y laborioso, pero que podía hacerse con herramientas simples, y mucha habilidad y esfuerzo. Todo ello se plasmaba en edificaciones propias de la época como templos, tumbas, pirámides, etc., que encajan perfectamente en el marco cronológico de hace unos pocos miles de años.

Otra cosa, desde luego, es que podamos ponerle muchos peros a tales interpretaciones, pues muchas veces los argumentos esgrimidos se salen por la tangente, acudiendo a axiomas mantenidos durante décadas o a simples suposiciones y conjeturas. Y ello por no citar los proyectos de arqueología experimental, que a veces ofrecen resultados inciertos o fracasan estrepitosamente. Esto no implica, claro está, que los antiguos no pudieran realizan obras enormes o alcanzar logros sobresalientes con los medios y metodologías que teóricamente estaban a su disposición, pero hay ciertos límites que no pueden ser sobrepasados. El problema es que la ortodoxia mete todo en el mismo saco y se desentiende de lo que no puede explicar de una manera convincente.

Civilización: ¿con o sin alienígenas?
En cualquier caso, si comparamos ambas visiones, vemos que ambas comparten un mismo sustrato conceptual, un evolucionismo rígido que pone al hombre del pasado remoto en un estadio de barbarie e ignorancia que fue progresivamente superado gracias al fenómeno de la civilización. La clave está en que los académicos ven la civilización como un proceso “natural” derivado de la evolución cultural de la Edad de Piedra[1], mientras que Von Däniken y todos sus seguidores (muy en especial Sitchin) no creen en el salto evolutivo espontáneo sino en la intervención directa de unos seres extraterrestres que crearon y tutelaron al ser humano en sus primeras fases de desarrollo.

Lo cierto es que, a día de hoy, no hay pruebas fehacientes e irrefutables de esas visitas alienígenas pese a los miles de libros y documentales que se han realizado al respecto. Personalmente, desde la discrepancia, creo que la labor de Erich Von Däniken merece un respeto y un reconocimiento porque durante décadas ha estado investigando numerosos temas espinosos y ha realizado cientos de preguntas incómodas al estamento académico desde su posición de investigador dominguero (tal como él mismo se definió). Sin embargo, su falta de erudición y su obstinada fijación en una tesis intocable le hizo cometer muchísimos errores y deslices, por no mencionar algunos intentos de manipulación y fraude y la siempre presente sombra del negocio literario por encima de cualquier consideración científica.

Ahora bien, para ser sinceros y justos, tampoco podemos negar al 100% que existan civilizaciones extraterrestres en lejanos planetas o que las famosas paleovisitas no hubieran tenido lugar. Este es el clásico problema de intentar demostrar que algo no existe, lo cual es absurdo, y de hecho no es el objetivo de la ciencia. Así pues, la teoría de los antiguos astronautas merece una consideración dentro del ámbito científico pero no deja de ser simplemente un escenario posibilista que algunos nos quieren vender como realidades irrefutables a partir de unas supuestas pruebas basadas en el paradigma que ya hemos comentado: “si es demasiado avanzado, debe venir de otro planeta”.

El dios Quetzalcoatl
A su vez, el mundo académico no ve nada de extraño en los logros del pasado y acusa a los paleoastronáuticos de menospreciar la grandeza de las antiguas civilizaciones. Y por supuesto, cualquier mención a dioses, semidioses, héroes, Edades de Oro, etc. es enviada al cómodo cajón de sastre de las mitologías, las creencias y la superstición propia de los antiguos. En cualquier caso, consideran que el ser humano nunca ha estado tan avanzado en conocimientos y tecnología como en el momento actual, siguiendo la ortodoxia evolucionista, y por tanto no se puede admitir que en algún momento nuestros antepasados estuviesen situados en un estadio superior de desarrollo.

De este modo, el mundo académico se siente muy cómodo al tener como oponente principal a esos lunáticos que hablan abiertamente de extraterrestres, tecnologías fantásticas y platillos volantes porque les resulta muy fácil ridiculizarlos o ignorarlos, como ya hizo en su día Carl Sagan, auténtico estandarte de la ciencia moderna frente a los creyentes en las pseudociencias. Basta citar, por ejemplo, esta declaración inequívoca de Sagan para ver por dónde van los tiros:
“El interés mostrado por los ovnis y los astronautas antiguos parece derivar, al menos en parte, de necesidades religiosas insatisfechas. Pon lo general, los extraterrestres son descritos como seres sabios, poderosos, llenos de bondad, con aspecto humano y frecuentemente arropados con largas túnicas blancas. Son, pues, muy parecidos a dioses o ángeles que, más que del cielo, vienen de otros planetas, y en lugar de alas usan vehículos espaciales. El barniz pseudocientífico de la descripción es muy escaso, pero sus antecedentes teológicos son obvios. En la mayoría de los casos los supuestos astronautas antiguos y tripulantes de ovnis son deidades escasamente disfrazadas y modernizadas, deidades fácilmente reconocibles. Un informe británico reciente sobre el tema llega incluso a señalar que es mayor el número de personas que creen en la existencia de visitantes extraterrestres que en la de Dios.”[2]
Pero no hace falta ser muy avispado para apreciar que esta polaridad centrada en la presencia o no de alienígenas es en realidad un debate distorsionado e incompleto, que trata de poner o quitar a los extraterrestres como recurso para explicar determinadas anomalías arqueológicas. Es evidente que ambos bandos no están demasiado interesados en explorar una vía alternativa que rompe completamente con la concepción evolucionista, y que no es otra que la historia cíclica. Así pues, según este escenario ya expuesto por muchas culturas antiguas en todos los continentes, el tiempo no es lineal sino cíclico... y tampoco son precisos los extraterrestres para explicar según que cosas. De alguna manera, esta línea es la que mantienen –con matices– algunos autores como Graham Hancock o John Anthony West, que creen en la existencia de una Edad de Oro o civilización desaparecida que precedió a las primeras civilizaciones conocidas y a las que transmitió muy tenuemente su legado, ya que se produjo una evidente caída o degeneración.

El "mundo perdido"
Desde este enfoque, los alienígenas no son en absoluto necesarios, porque esos dioses de Von Däniken seríamos nosotros mismos en un estadio superior de conciencia que posibilitaría la realización de esos grandes logros que la ciencia oficial atribuye a las antiguas civilizaciones. Dicho de otro modo, los “superhumanos” de esa remota época vivirían en un entorno de alta tecnología (pero no como la nuestra) y serían capaces de llevar a cabo obras que hoy nos parecen una barbaridad por sus dimensiones y complicaciones técnicas[3]. Y en este escenario podemos especular con la idea de que la Atlántida citada por Platón –y otras realidades similares mencionadas en otras tradiciones antiguas– podría simbolizar esa Edad de Oro, aunque lógicamente los antiguos no podían reconstruir la grandeza y complejidad de ese pasado mítico y tenían que referirse a él en términos comprensibles para ellos mismos.

En consecuencia, esta propuesta de un mundo anónimo desaparecido –pero humano–rompe con la idea de Von Däniken de que ciertas maravillas del pasado se debieron a la irrupción puntual de unos astronautas venidos de Dios sabe dónde. Asimismo, pone de manifiesto que la rígida visión de que no hay ninguna anomalía –según defienden los académicos– no es aceptable, pues tratar de encajar “con calzador” unas realidades que incluso hoy en día superan a nuestro saber más avanzado es un ejercicio de hipocresía y de falta de rigor científico.

Y ahí está el eterno mito de la caída del hombre. La pérdida de su poder, de su mayor nivel de conciencia. Quizá esa sea la clave para poder avanzar en el estudio de la historia más remota y extraer conclusiones. No avanzamos, sino que retrocedemos. Como repetidamente ha dicho Graham Hancock: somos víctimas de una enorme amnesia histórica.

© Xavier Bartlett 2017


[1] Representada básicamente por lo que el arqueólogo Gordon Childe llamó “revolución neolítica”, un cambio radical en las formas de vida, pasando de una mera subsistencia a partir de la caza y recolección a una sociedad compleja y diversificada, basada en la producción y acumulación de alimentos y bienes.
[2] SAGAN, C. El cerebro de Broca. Ed. Grijalbo, 1984.
[3] Esto implica, obviamente, que la arqueología oficial ha interpretado y datado incorrectamente muchos monumentos de la Antigüedad o ha querido pasar por alto ciertas anomalías que resultan mucho más significativas para arquitectos o ingenieros.

domingo, 26 de febrero de 2017

René Guénon y la historia cíclica



René Guénon (1886-1951) fue un matemático francés, miembro de la Masonería, que expandió su conocimiento hacia otras áreas como la espiritualidad, la filosofía y el esoterismo, llegando a escribir numerosos libros que se han vuelto obras de referencia para muchas personas que buscan la iniciación, el misticismo y la recuperación de la tradición, entendida como la sabiduría ancestral. Asimismo, Guénon trató de construir puentes de diálogo entre la tradición oriental (especialmente de la India y del Islam) y el pensamiento occidental.

Sobre la validez de sus aportaciones se ha escrito y debatido mucho, pero en lo que aquí nos ocupa –el campo de la arqueología y la historia– he creído interesante adjuntar un breve artículo de la autora norteamericana Susan Ferguson, estudiosa de la metafísica y de las antiguas escrituras védicas, que glosa la visión de Guénon acerca de la llamada “historia cíclica”. Este es precisamente un concepto muy arraigado en Oriente (así como en muchas culturas primitivas de todo el mundo), pero que es ignorado o rechazado por la ciencia occidental, probablemente a causa de la influencia ideológica judeo-cristiana.

En este documento, Ferguson nos introduce en una interpretación del todo heterodoxa sobre la historia de la Humanidad, que –tal como la veía Guénon– sería fruto de una evolución de la conciencia, con características bien diferenciadas en cada etapa y que afectaría tanto a la materialización como a la desmaterialización de los restos físicos que observan los arqueólogos. Pero sin duda lo más destacado sería la constatación de que no hay realmente “evolución” sino “involución”, o sea, un retroceso de un estadio superior a otro inferior, más limitado o restringido, que se traduce en una visión errónea del pasado como una era primitiva y carente de altos conocimientos. En fin, una vez más estamos ante un texto que se debe leer con la mente abierta y sin prejuicios, pues de otro modo resultaría del todo absurdo o confuso. 


Arqueología y Percepción Cíclica


El tema de los Ciclos del Tiempo nos ofrece una amplia perspectiva de la variedad de teorías, a menudo desconcertantes, acerca de las civilizaciones antiguas y perdidas. ¿Cómo es posible que tantos investigadores lleguen a conclusiones tan diversas? ¿Por qué la mente “moderna” ha estado tan cerrada a la idea de que las civilizaciones anteriores eran más avanzadas que las nuestras? René Guénon, el genial autor metafísico francés, arroja luz sobre nuestra capacidad de comprender el pasado en su libro “El reino de la cantidad y los signos de los tiempos” (1945).

En “Los límites de la Historia y la Geografía” (capítulo 19), Guénon afirma que hay diferencias cualitativas en los cuatro ciclos del tiempo. Estas diferencias cualitativas son expresiones de un amplio espectro de frecuencias siempre cambiantes, que reflejan diferentes estados de conciencia. Incluso dentro de cada ciclo hay ciclos dentro de ciclos que producen variaciones cualitativas, tanto en las apariencias manifestadas como en la percepción. 

Según la teoría de los Ciclos del Tiempo hallada en los antiguos textos sánscritos, comenzamos en los estados superiores de la conciencia y luego involucionamos. Contrariamente a la opinión científica actual, no estamos evolucionando, sino que estamos experimentando procesos de aumento de la limitación en la percepción, a medida que descendemos a través de las etapas de la Solidificación de la Materia.
Los Ciclos del Tiempo en la tradición hindú
 

A partir del 3.606 a. C., hemos estado viviendo en el último y más denso ciclo, el Kali Yuga, la Era de Confusión y del Conflicto. Por lo tanto, nuestras percepciones están atrofiadas y son más limitadas que nunca. En los ciclos previos no estábamos atrapados y limitados a la percepción diferenciada de los cinco sentidos. En los yugas anteriores, la visión remota, la telepatía y otras capacidades paranormales, por así decirlo, eran “normales” y en sánscrito ya se conocían con el nombre de Siddhis.

Quizás nuestra más absurda limitación es imaginar que los antiguos poseían una mentalidad similar a la nuestra. Juzgamos al pasado y a la gente de la antigüedad a través de nuestro moderno condicionamiento occidental filtrado por la ciencia. Asumimos que nuestra mentalidad es superior, avanzada, y de esta falsa premisa juzgamos y descartamos lo que de hecho somos incapaces de entender. Puesto que existimos dentro de un ciclo de densidad y confusión, un período avanzado en la solidificación de la materia, conferimos a todas nuestras percepciones apariencias correspondientes “según conceptos cuantitativos, mecanicistas o materialistas”. Guénon señala que si bien esto permite que las aplicaciones prácticas de la ciencia moderna tengan éxito, tan estrecha visión da lugar, sin embargo, a conclusiones equivocadas y a un enajenamiento cegador.


El mundo es conciencia


En los ciclos temporales anteriores, el mundo antiguo no era tan “sólido” como ha llegado a ser hoy y nuestra percepción condicionada de la separación entre lo que es corpóreo y lo que es “sutil” (bajo el umbral de cada átomo) aún no se había atrofiado tan completamente. “No fue sólo que el hombre, cuyas facultades estaban entonces mucho menos limitadas, no viera el mundo con los mismos ojos de hoy y que percibiera cosas que desde entonces se le han escapado por completo, sino que también, y correlativamente, el mundo en sí mismo –como entidad cósmica– era de hecho cualitativamente diferente...”

¿Monumentos solidificados en nuestra era?
Guénon afirma que incluso los restos arqueológicos de las antiguas civilizaciones se vieron afectados por la solidificación de la materia cuando descendimos a través de los Ciclos del Tiempo. Si, como él mismo dice, estos “vestigios” no habían sido parte de la solidificación en curso, simplemente habrían desaparecido de manera completa. De hecho, muchas estructuras antiguas desaparecieron, pero sólo para nuestros defectuosos ojos modernos. Esta comprensión va más allá de la capacidad de la mayoría de los arqueólogos e investigadores, que no tienen una comprensión de la metafísica tradicional y por lo tanto no tienen la conciencia necesaria para percibir a través de los velos del tiempo y, como un maestro ha dicho, “¡los oídos para oír!”

Según Guénon, cuando nos remontamos al Mundo Antiguo, surgen las barreras. Los intentos de establecer una cronología antes del siglo VI a. C. divergen en una plétora de estimaciones, “hasta tal punto que las divergencias en la estimación de las fechas de los objetos y de los acontecimientos ascienden a siglos y a veces incluso a milenios enteros...” Abundan las teorías contradictorias y recientemente hasta las dataciones por radiocarbono han caído bajo sospecha.


Miasma y desengaño


La reacción típica del pensamiento científico moderno es negar todo lo que pueda estar más allá de ellos, y por consiguiente se acusa a los antiguos de ser primitivos y carentes de procedimientos y tecnologías científicas modernas. Sin embargo, sólo nuestras propias facultades de percepción, continuamente debilitadas, nos permiten “sostener los relatos de los antiguos con sarcasmo”. A medida que nuestro mundo ha profundizado en la solidificación, “nuestras facultades de concepción y percepción –que permitieron al hombre alcanzar algo más que el modo más basto e inferior de la realidad– quedaron totalmente atrofiadas...”

Guénon también aporta pruebas de conceptos equivocados similares en geografía y afirma que hay una geografía “sagrada”, que es la base para el establecimiento de centros sagrados tradicionales. Guénon concluye ese capítulo con el entendimiento de que no podemos esperar mucho si no se da un cambio en el pensamiento y la erudición modernos: “...naturalmente se mantendrán en esta actitud negativa hasta que algunos cambios en la cara del mundo vengan a destruir de una vez por todas su engañosa seguridad.”


En un reciente artículo on-line que describe el fracaso y la influencia destructiva de los “elaborados modelos econométricos” utilizados por la Reserva Federal para predecir los eventos y los comportamientos humanos, el autor D. Devine cita a F. A. Hayek, Premio Nobel. Hayek predijo que la gente en el futuro miraría hacia atrás y “descubriría que las ideas más extendidas que dominaron el siglo XX (como la planificación científica) se basaban en supersticiones... una estimación excesiva de lo que la ciencia ha logrado.”

Hayek fue bastante presciente y correcto, sólo que no llegó a concebir la visión más amplia de que este proceso ha estado en curso durante los últimos 6.000 años, a lo largo del actual Kali Yuga, la Era de la Confusión. El planeta Neptuno ha estado en Piscis desde 2012 y lo seguirá estando hasta 2025. Neptuno en Piscis puede llevar al mundo a una mayor conciencia expandida, o hacia un tsunami de engaño tanto religioso como escolástico.

© Susan Ferguson 2013

Fuente: http://metaphysicalmusing.com/articles/2013/archeology.htm

Fuente imágenes: Wikimedia Commons

domingo, 13 de noviembre de 2016

La precesión y los ciclos de la conciencia



Hay que reconocer que una de las grandes aportaciones de la arqueología alternativa ha sido el impulso de la arqueoastronomía, la ciencia que estudia los conocimientos astronómicos del pasado más remoto. Estos esfuerzos, a veces basados en la pura mitología y otras en las observaciones sobre el terreno, tienen como fin demostrar que los antiguos tenían altos conocimientos astronómicos, incluso muy superiores a los que tradicionalmente se les ha atribuido. Dichos conocimientos, además, no sólo se vieron reflejados en tradiciones, rituales o aplicaciones prácticas, sino también en observaciones propiamente científicas, y sobre todo en monumentos, ya fuera para observar los astros y los fenómenos celestes o para representar el firmamento sobre la tierra, según la máxima hermética (“así como es arriba, así es abajo”).

Uno de los aspectos más llamativos de la arqueoastronomía ha sido sin duda el reconocimiento de una antigua obsesión por la observación del movimiento de balanceo de la Tierra sobre su eje, lo que técnicamente se llama precesión de los equinoccios, y que representa el paso de la Tierra por todas las constelaciones del Zodíaco, con una duración completa de más 25.000 años[1]. La historia convencional nos dice que la precesión no fue descubierta hasta el siglo II a. C. por el griego Hiparco de Nicea. Sin embargo, muchos autores alternativos han aportado indicios de que la precesión ya era conocida por las primeras civilizaciones e incluso por los constructores de los megalitos. ¿Pero por qué era tan importante para los antiguos determinar la precesión?

En el artículo que presento seguidamente, el astrónomo amateur e investigador independiente Walter Cruttenden nos introduce en el fenómeno de la precesión, no sólo ofreciendo una teoría astronómica para su razón de ser sino también interpretando el sentido último de este movimiento, que –según consideraban los antiguos– estaba relacionado con grandes ciclos de la conciencia que afectaban directamente al desarrollo y evolución de la Humanidad. De este modo, la precesión sería como un marcador de las sucesivas etapas alternas de oscuridad (materialismo) e iluminación (espiritualidad), lo cual ha dado pie a las teorías que afirman que la historia no es lineal sino cíclica. 

 

Un antiguo mensaje para el futuro



Todos conocemos los dos movimientos celestes que tienen un profundo efecto sobre la vida y la conciencia. El diurno, la rotación de la Tierra sobre su eje, hace que los seres humanos se desplacen de un estado de vigilia a un estado subconsciente o de sueño cada veinticuatro horas. Nuestros cuerpos se han adaptado tan bien a la rotación de la Tierra que apenas consideramos este proceso de cambios regulares en la conciencia como algo notable. La revolución de la Tierra alrededor del Sol –el segundo movimiento celeste, identificado por Copérnico– tiene un efecto igualmente significativo, que hace que miles de millones de formas de vida broten del suelo, florezcan, fructifiquen y luego se descompongan mientras miles de millones de otras especies hibernan, engendran o migran en masa. Nuestro mundo visible brota literalmente a la vida, cambia completamente de color y de ritmo, y luego se invierte con cada crecimiento y descenso del segundo movimiento celeste.


El tercer movimiento celeste, la precesión de los equinoccios, es menos entendido que los dos primeros, pero si hemos de creer el mensaje de las culturas antiguas de todo el mundo, su efecto es igualmente transformador. Lo que disimula el impacto de este movimiento es su escala de tiempo. Al igual que la efímera[2], que vive sólo un día al año y no sabe nada de las estaciones, el ser humano tiene una vida promedio que comprende sólo 1/360 del ciclo de precesional de aproximadamente 24.000 años. Y así como la efímera nacida en un día nublado y sin viento no tiene idea de que hay algo tan espléndido como el sol o la brisa, también nosotros, nacidos en una era de racionalidad materialista, tenemos poca conciencia de una Edad de Oro o de estados más altos de conciencia, pues ese es el mensaje ancestral.


El clásico de Santillana y Dechend
Giorgio de Santillana, ex profesor de historia de la ciencia en el MIT, nos dice que la mayoría de las antiguas culturas creían que la conciencia y la historia no eran lineales sino cíclicas, esto es, ascendían y decaían durante largos períodos de tiempo. En su obra emblemática, Hamlet’s Mill (“El molino de Hamlet”), Santillana y su coautora Hertha von Dechend muestran que el mito y el folklore de más de treinta antiguas culturas hablaban de un vasto ciclo de tiempo que abarcaba épocas oscuras y doradas alternativamente,  las cuales se movían con la precesión de los equinoccios. Platón llamó a este vasto ciclo el Gran Año.


Aunque la idea de un gran ciclo, visto en el cielo como la lenta precesión de los equinoccios, era común a numerosas culturas anteriores a la era cristiana, a la mayoría de nosotros no se nos enseñó nada sobre ésta, o –si era mencionada– se describía como un cuento de hadas de culturas primitivas. Bajo este paradigma del siglo XX no podía existir una Edad de Oro. Sin embargo, un creciente número de nuevas pruebas astronómicas y arqueológicas sugiere que este ciclo, de hecho, puede tener una base. Más importante aún, la comprensión de este ciclo podría proporcionarnos una visión de la dirección de la civilización en este momento y dar crédito a la opinión de que la conciencia puede expandirse a una tasa exponencial en un futuro no muy lejano. Comprender la causa de la precesión es clave.


La precesión observada


La observación de los tres movimientos de la Tierra es bastante simple. En la primera, la rotación, vemos el Sol levantarse en el este y ponerse en el oeste cada veinticuatro horas. Y si tuviéramos que mirar las estrellas sólo una vez al día, veríamos un patrón similar durante un año: las estrellas se elevan en el este y se ponen en el oeste. Las doce constelaciones del Zodíaco –los antiguos marcadores del tiempo que se encuentran a lo largo de la eclíptica, el sendero del Sol– pasan sobre nosotros a razón de una al mes y regresan al punto de partida de nuestra observación celestial al final del año. Y si nos fijáramos una vez al año, digamos en el equinoccio de otoño, notaríamos que las estrellas se mueven de forma retrógrada (frente a los dos primeros movimientos) a razón de aproximadamente un grado cada setenta años. A este ritmo, el equinoccio cae sobre una constelación diferente aproximadamente una vez cada 2.000 años, lo que lleva alrededor de 24.000 años para completar su ciclo a través de las doce constelaciones. A esto se llama la precesión (el movimiento hacia atrás) de los equinoccios en relación con las estrellas fijas.

Movimiento de precesión
La teoría convencional sobre la precesión afirma que la causa principal de la orientación cambiante de la Tierra hacia el espacio inercial –o sea, la “precesión”– debe ser la acción de la gravedad de la Luna sobre la Tierra oblata. Sin embargo, esta teoría fue desarrollada antes de que los astrónomos aceptaran que el sistema solar se podía mover; así pues, esta teoría ha sido considerada por la Unión Astronómica Internacional como “inconsistente con la teoría dinámica”. La antigua astronomía oriental, tal como la describe el sabio indio Yukteswar en su libro La Ciencia Sagrada (1894), enseña que un equinoccio que se mueve lentamente o “precediendo” a través de las doce constelaciones del Zodíaco es simplemente debido al movimiento del Sol curvándose a través del espacio alrededor de otra estrella, que cambia nuestro punto de vista de las estrellas de la Tierra. En el Binary Research Institute (Instituto de Investigación Binaria), hemos modelado un sistema solar en movimiento y encontramos que de hecho tal modelo reproduce mejor la precesión observable, al tiempo que resuelve una serie de anomalías del sistema solar. Esto sugiere fuertemente que la explicación antigua puede ser la más plausible, si bien los astrónomos todavía no han descubierto una estrella compañera al Sol de la Tierra.

Más allá de las consideraciones técnicas, un sistema solar en movimiento parece proporcionar una razón lógica para que podamos tener un Gran Año –usando el término de Platón– que alterna las edades oscuras y doradas. Es decir, si el sistema solar que transporta la Tierra se mueve realmente en una enorme órbita, sometiendo a la Tierra al espectro electromagnético (EM) de otra estrella o fuente de EM a lo largo del camino, podríamos esperar que esto afectase a nuestra magnetosfera, a la ionosfera y muy probablemente a toda la vida en un patrón proporcional a esa órbita. Así como los movimientos diurnos y anuales más pequeños de la Tierra producen los ciclos de día y de noche y las estaciones del año (ambos debido a la posición cambiante de la Tierra en relación con el espectro electromagnético del Sol), también se podría esperar que el movimiento celeste produjese un ciclo que afectase a la vida y a la conciencia a gran escala. 

Amit Goswami
El trabajo de la Dra. Valerie Hunt, ex profesora de fisiología en la UCLA (Universidad de California-Los Ángeles), nos ofrece una hipótesis sobre cómo podría verse afectada la conciencia por tal ciclo celestial. En varios estudios ha descubierto que los cambios en el campo EM ambiental –que nos rodea todo el tiempo– pueden afectar drásticamente a la cognición y el comportamiento humanos. En resumen, la conciencia parece estar afectada por campos sutiles de luz, o como dice el físico cuántico, el Dr. Amit Goswami: “La conciencia parece preferir la luz”. De acuerdo con el mito y el folclore, el concepto detrás del Gran Año o el modelo cíclico de la historia está basado en el movimiento del Sol a través del espacio, sometiendo a la Tierra al aumento y disminución de los campos estelares (todas las estrellas son enormes generadores de espectros EM), resultando en el legendario ascenso y caída de edades durante grandes periodos de tiempo.

Una perspectiva histórica


Las teorías actuales de la historia ignoran por lo general los mitos y el folclore y no consideran que exista ninguna gran influencia externa sobre la conciencia. En su mayor parte, la teoría de la historia moderna defiende que la conciencia (o la historia) se mueve en un patrón lineal desde lo primitivo a lo moderno, con pocas excepciones, e incluye los siguientes principios:
  • La humanidad evolucionó desde África [hacia el resto del planeta].
  • Los humanos fueron cazadores-recolectores hasta hace unos 5.000 años.
  • Las tribus se unieron primeramente para protegerse de otras comunidades agresoras.
  • La comunicación escrita precedió a las grandes estructuras de ingeniería o a las  populosas civilizaciones.

Pirámides de Caral
El problema con este paradigma ampliamente aceptado es que no es consistente con la evolución de la interpretación de antiguas culturas y artefactos anómalos recientemente descubiertos. En los últimos cien años, se han realizado importantes descubrimientos en Mesopotamia, en el Valle del Indo, en América del Sur y en muchas otras regiones que rompen las reglas de la teoría de la historia y hacen retroceder en el tiempo el desarrollo humano avanzado. 


Específicamente, muestran que los pueblos antiguos eran, en muchos sentidos, mucho más competentes y civilizados hace casi cinco mil años que durante las más recientes edades oscuras de hace sólo quinientos a mil años. En Caral, un antiguo complejo de origen desconocido en la costa oeste del Perú, encontramos seis pirámides que datan del 2700 a. C., una fecha contemporánea con las pirámides egipcias y que rivaliza con el tiempo de las primeras grandes estructuras encontradas en la llamada Cuna de la civilización en Mesopotamia. Caral está a un océano de distancia de esa Cuna. Allí no encontramos restos de escritura o de armamento, dos de los llamados requisitos de la civilización, pero sí encontramos hermosos instrumentos musicales, estructuras alineadas astronómicamente y pruebas de comercio con tierras lejanas, todo ello signo de una cultura pacífica y próspera.

Göbekli Tepe presenta un desafío aún mayor a los discursos convencionales de la historia. Datado aproximadamente hacia el 9000 a. C., este yacimiento en Turquía contiene una arquitectura impresionante, incluyendo muchos pilares tallados de grandes proporciones, y eso que sólo se ha excavado cerca del 10% (de todo el complejo). Descubrir que algo tan grande y complejo existió mucho antes de las fechas aceptadas para la invención de la agricultura y la cerámica es un enigma arqueológico. Estos yacimientos desafían el paradigma histórico convencional. Y lo que es más extraño es que muchas de estas civilizaciones parecieron decaer masivamente. En la antigua Mesopotamia, Pakistán, Jiroft[3] y las tierras adyacentes, encontramos conocimientos de astronomía, geometría, técnicas avanzadas de construcción, sofisticados sistemas de conducción de agua, un arte increíble, tintes y tejidos, cirugía, medicina y muchos otros refinamientos de una cultura civilizada que parecen haber surgido de la nada y que se perdieron por completo en los siguientes miles de años.

El antiguo Egipto en ruinas
En el tiempo de las edades oscuras mundiales, todas estas civilizaciones, incluyendo las grandes como Egipto y el Valle del Indo, se habían convertido en polvo o en formas de vida nómadas. Casi en las profundidades de la recesión cíclica, había ruinas y poco más, y la población local no sabía nada de los constructores, a excepción de lo que contaban las leyendas. En algunas zonas donde aún quedaban grandes poblaciones, como en algunas partes de Europa, la pobreza, la peste y la enfermedad campaban a sus anchas, y la capacidad de leer, escribir o replicar cualquiera de las hazañas anteriores en ingeniería o ciencia básicamente había desaparecido. ¿Qué ocurrió?

Si bien los registros de este período siguen siendo irregulares, la evidencia arqueológica indica que la conciencia, reflejada en el ingenio humano y su capacidad, se redujo considerablemente. La Humanidad parecía haber perdido la capacidad de hacer las cosas que solía hacer. Curiosamente, esto es lo que predijeron muchas culturas antiguas. Stefan Maul, el más destacado asiriólogo del mundo, arrojó luz sobre este fenómeno en su serie de Conferencias Presidenciales de Stanford de 1997. Maul dijo que los acadios sabían que estaban viviendo en una era en declive. Veneraban el pasado como un tiempo más alto y trataban de aferrarse a él, pero al mismo tiempo, predijeron y lamentaron las edades oscuras que iban a suceder. Sus estudios etimológicos de las tablillas cuneiformes muestran que las antiguas palabras para designar el “pasado” se han convertido en nuestras palabras para el “futuro” y que las antiguas palabras para el “futuro” se han convertido en nuestras palabras para el “pasado”, dependiendo de si nos acercamos a una Edad de Oro o nos alejamos de ésta.

Este principio de las épocas de aumento y disminución también se representa en numerosos bajorrelieves encontrados en templos antiguos de las “escuelas mistéricas” mitraicas. La famosa Tauroctonía, o escena de dar muerte a un toro, suele estar rodeada por dos muchachos, Cautes y Cautópates. Uno sostiene una antorcha en el lado ascendente del Zodíaco, indicando un tiempo de luz, y el otro sostiene una antorcha en el lado descendente del Zodíaco, indicando un tiempo de oscuridad. Estos períodos de tiempo se corresponden con la descripción de los griegos del movimiento de la Tierra a través de períodos de conciencia ascendente y descendente.

Mitra sacrificando al toro; véase a los lados a Cautes y Cautópates con sus antorchas invertidas

Jarred Diamond, célebre historiador y antropólogo y autor de Guns, Germs and Steel, nos demuestra que son principalmente las ventajas locales –geográficas y ambientales– las que determinan que un grupo de seres humanos tenga éxito o fracase frente a otro. Aquellos que tienen el acero, las armas y los gérmenes nocivos ganan. Aunque esto ayuda a explicar muchas diferencias regionales de los últimos miles de años, no aborda las grandes tendencias que parecen haber afectado a todas las culturas, incluyendo China y las Américas, que se sumergieron conjuntamente en la última edad oscura mundial. El modelo cíclico del Gran Año supera y amplía las observaciones de Diamond, ofreciendo una explicación para la recesión generalizada. Esto implica que no sólo la geografía y el ambiente de la Tierra determinan el éxito relativo de un pueblo, sino que también la geografía y el medio ambiente de la Tierra en el espacio afectan a la humanidad a una escala macroscópica. Así como los pequeños movimientos celestiales afectan decisivamente a la vida a corto plazo, igualmente parece que los grandes movimientos celestes modifican la vida a largo plazo, lo que resulta en las estaciones de un Gran Año.

La pila de Bagdad
Entender que la conciencia, de hecho, puede subir y bajar con los movimientos de los cielos da sentido a los antiguos mitos y al folclore y sitúa a las culturas y artefactos anómalos, como el dispositivo de Antikythera y la pila de Babilonia[4], en un contexto histórico que tiene sentido. Ello también explica por qué tantas culturas antiguas parecen haber estado fascinadas con las estrellas y nos proporciona un paradigma viable para entender la historia. También podría ayudarnos a identificar las fuerzas que propulsaron el Renacimiento y que pueden acelerar la conciencia en nuestra era actual. El mito y el folclore, el lenguaje científico de antaño, proporcionan una mirada más profunda a la conciencia a través de las edades.

Una mirada antigua hacia el futuro


El historiador griego Hesíodo habló de la maravillosa naturaleza de la última Edad de Oro, cuando abundó la “paz y la opulencia”, y los mitos Hopi nos hablan de las ciudades en el fondo del mar. Los pueblos antiguos suelen partir el gran ciclo en una fase ascendente y otra descendente, cada una con cuatro períodos. De acuerdo con las escrituras védicas, cuando el equinoccio otoñal se desplaza de Virgo a Aries, la humanidad se mueve a través de los yugas ascendentes, Kali, Dwapara, Treta y Satya, antes de declinar lentamente en orden inverso a medida que el equinoccio completa su viaje (el Satya Yuga marca una Era Dorada). Los griegos y otras civilizaciones mediterráneas tempranas describieron períodos similares y los llamaron Era del Hierro, del Bronce, de la Plata, y del Oro. A su vez, los antiguos mayas y los hopi usaron términos como “mundos” y “soles” y los numeraron para identificar épocas específicas. 


El paso cíclico de los yugas a través de los tiempos
Cualquiera que sea el lenguaje utilizado, el concepto es el mismo. En su libro, Sri Yukteswar explica que cuando nuestro sistema solar está en un punto más alejado de su estrella compañera, la conciencia de la humanidad está en su punto más bajo (lo que ocurrió alrededor del 500 d. C.) y cuando el Sol está en su punto más cercano (lo que tendrá lugar en el 12500 d. C.), la conciencia alcanza su punto más alto en este ciclo. Estos puntos celestes están situados en la intersección del Sol del equinoccio otoñal y en una de las doce constelaciones del Zodíaco, y así pues el equinoccio y las constelaciones conforman un reloj celestial, del mismo modo que nuestra hora y doce números conforman un reloj mecánico. Cuando el Sol del equinoccio otoñal está en Aries, que casi siempre se coloca en la posición de las doce en punto del Zodíaco, la Tierra está en el mejor ambiente estelar posible, facilitando que mucha gente experimente un estado de conciencia despierto. Cuando el Sol del equinoccio otoñal está en la constelación de Libra, las condiciones están en su peor momento, y entonces prevalece una edad oscura, un período de conciencia ilusoria.

En la actualidad, estamos sólo en unos cientos de años de la edad ascendente, cruzando lo que los griegos llamarían la Edad del Hombre (Hierro) hacia la Edad del Héroe (Bronce), aún muy lejos de la Edad de los Semidioses (Plata) y la Edad de los Dioses (Oro), que son totalmente inconcebibles para nosotros en este momento. Esto significa que ahora estamos despertando de una época en que la conciencia individual se percibía como una forma puramente física, viviendo en un universo estrictamente físico, a un tiempo en que comenzamos a vernos a nosotros mismos y al universo como más transparentes y mayormente compuestos de energía sutil. Esto comenzó con los descubrimientos del Renacimiento (principios de la electricidad, leyes de la gravitación, microscopios, telescopios, y otras invenciones que ampliaron nuestra conciencia) y se ha acelerado desde entonces con la aparición de la física cuántica, que nos muestra que la materia y la energía son intercambiables y que confirma los conceptos de Einstein acerca de la relatividad del tiempo y el espacio. En resumen, estamos de vuelta en el ascenso, apenas comenzando a recordarnos a nosotros mismos como conciencia pura que vive en un mundo de posibilidades no soñadas.

Según Paramahansa Yogananda, autor de la Autobiografía de un yogui, para el año 4100 d. C. (cuando crucemos el Treta Yuga propiamente dicho), “la telepatía y la clarividencia volverán a ser de conocimiento común”. Puede parecer estrambótico, pero según los mitos y el folclore, tal vez ya se dio antes en la Tierra tal época, alrededor del 3100 a. C., el último Treta Yuga. El Génesis designaría al Treta Yuga como la era pre-Babel, cuando la humanidad se comunicaba libremente con la naturaleza antes de que Dios “confundiera las lenguas”.

Las personas a menudo olvidan lo que era el mundo hace apenas quinientos años, cuando todas las naciones estaban en guerra, las plagas y la pobreza diezmaban grandes poblaciones, la vida era la mitad de lo que es hoy, los derechos individuales eran inexistentes y la justicia se impartía mediante la tortura, la inquisición, o la quema en la hoguera. Sí, el mundo todavía tiene problemas, pero la conciencia se está expandiendo rápidamente, manifestándose de muchas maneras; En los Estados Unidos, millones de personas están meditando, haciendo yoga y empleando prácticas de curación “no tradicionales” para mantener su bienestar. Desde la perspectiva de la tecnología, muchos creen que ahora estamos acercándonos al “punto de singularidad” que exploró Ray Kurzweil en su libro The Singularity Is Near, una aceleración de la inteligencia que borrará la distinción entre el hombre y la máquina. Pero es mucho más. ¿Puede haber alguna duda de que las mejoras en todas las áreas de la sociedad durante los próximos quinientos años serán indescriptibles en comparación con las de los últimos quinientos?

El Codex Dresden, famoso documento astronómico maya
Algunos investigadores y astrónomos utilizan el equinoccio vernal (EV), que ahora está en Piscis, en el “amanecer de la era de Acuario”, para contar el tiempo precesional. Por lo tanto, hay un núcleo de verdad en la popular canción de los años 60 “Aquarius”. Otras culturas utilizaron los solsticios, que sería una línea dibujada en perpendicular a la de los equinoccios. En la actualidad, el solsticio de invierno cruza el Centro Galáctico en Sagitario. Dado que esto ocurre en el ciclo precesional en apenas una década antes y después del 2012 (la fecha de finalización del calendario maya), el académico en cultura mesoamericana John Major Jenkins cree que esta cultura lo usó para delinear un “nuevo tiempo”, como un despertar o una primavera en un Gran Año. Cualquiera que sea el marcador solar (equinoccio o solsticio), el reloj celestial es una forma sencilla de dar la hora dentro de un Gran Año. Su importancia se puede ver en el sistema de tiempo que utilizamos hasta hoy: 24 horas en un día, con 12 horas de luz ascendente (a. m.), y 12 horas de luz descendente (p. m.), Es un microcosmos perfecto de un Gran Año, con sus 24.000 años, 12.000 ascendentes y 12.000 descendientes.


Los primeros días de la primavera


Hay un mensaje más profundo que dar la hora en un Gran Año, y es reconocer que existe un gran ciclo a la vida que nos afecta a todos. Habiendo perdido este conocimiento, somos una sociedad que ha perdido la comprensión de su lugar en la historia cósmica. Como un individuo con amnesia, tenemos una angustia profunda sobre el futuro. Pero cuando recordamos nuestra rica y hermosa historia, redescubrimos nuestro increíble potencial y empezamos a ver y actuar con claridad. La hora actual es similar a los últimos días del invierno: ¡las cosas se están descongelando y algo maravilloso está por suceder! No todas las flores florecen el primer día de la primavera; sin embargo, comprender nuestro lugar en el Gran Año nos asegura que pronto será más brillante y más bello de lo que nos hemos atrevido a imaginar. Nuestros antepasados ​​nos lo dicen.

© Walter Cruttenden 2012

Para aquellos que deseen profundizar en el trabajo de W. Cruttenden sobre la precesión, les remito a los siguientes enlaces (en inglés): www.BinaryResearchInstitute.org  y  www.The GreatYear.com


Fuente original (en inglés): https://grahamhancock.com/cruttendenw2/

Fuente imágenes: Wikimedia Commons





[1] La cifra exacta es 25.776 años, lo que se conoce como el “Gran Año” (n. del t.).

[2] Insecto parecido a la libélula (n. del t.)

[3] Civilización de Jiroft: antigua cultura de la Edad del Bronce, situada entre Irán y Afganistán. (n del t.) 

[4] Más conocida como “pila de Bagdad” (n. del t.)