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jueves, 4 de abril de 2019

¿Geopolímeros en América del Sur?


Recientemente abordé en este blog la existencia de una serie de estructuras o pavimentos basados en una hipotética piedra artificial, situados en diversos lugares del planeta, tanto en Europa (sobre todo en las llamadas “pirámides de Bosnia”) como en África (las pirámides de Guiza). No obstante, el alcance de este tema es mucho más amplio y afecta realmente a una gran cantidad de monumentos arcaicos que podemos localizar en diferentes regiones y culturas –aparentemente inconexas entre sí– y que en gran medida son de carácter megalítico, con enormes bloques de piedra que encajan perfectamente, a veces con varios ángulos, sin necesidad de ningún mortero o argamasa.

Este tipo de arquitectura la tenemos también presente en varios puntos de América del Sur, en imponentes estructuras de gran antigüedad que en algunos casos han sido atribuidas erróneamente a la civilización inca, y eso que las diferencias entre los estilos de construcción son bastante notorias. Con todo, se admite que muchos de estos monumentos pertenecieron, en efecto, a un estadio de civilización pre-incaico, como es el caso del conjunto de Tiahuanaco (o Tiwanaku) y Puma Punku, en Bolivia. En este lugar podemos apreciar unos bloques de grandes dimensiones y peso, de formas angulares que quedan perfectamente ensambladas entre sí. Aparte, hallamos unas tremendas losas de entre 130 y 180 toneladas de peso y unos típicos bloques o módulos regulares (sobre todo en forma de “H”, de 1 metro de alto) que no parecen haber sido tallados sino moldeados, dada su gran perfección en las formas, decoraciones, ranuras e incluso en unos pequeños agujeros cuya utilidad se nos escapa. También cabe citar otros elementos extraños, como unas hendiduras en forma de grapas (¿metálicas?) situadas entre los bloques. Nada de esto es totalmente único, pues bastantes de estos rasgos los podemos encontrar en otros enclaves sudamericanos como Cuzco, Sacsayhuamán, Ollantaytambo, etc.

En cualquier caso, muchos investigadores alternativos se han preguntado cómo pudieron realizarse esas construcciones ciclópeas y han lanzado varias hipótesis al respecto, pero con el denominador común de que los bloques no fueron esculpidos. Básicamente, las opciones se reducen a que o bien la piedra fue ablandada de algún modo hasta hacerse plástica y luego recompuesta, o bien fue creada artificialmente a partir de varios componentes, como una especie de cemento, sin descartar una combinación de ambas técnicas. Esto es lo que proponía el químico francés Joseph Davidovits –con la teoría de los geopolímeros– con respecto a las grandes pirámides de Egipto, pero hasta hace poco no supe que también estaba investigando la presencia de dichos geopolímeros antiguos en América del Sur. Lo que viene a continuación es precisamente un comentario sobre sus investigaciones en Tiahuanaco, publicadas hace escasos meses[1] con el aval de su Geopolymer Institute y la Universidad Católica de San Pablo (Arequipa, Perú).

Puerta del Sol (Tiahuanaco)
Si nos remontamos a los antecedentes, hay que recordar que la construcción de Tiahuanaco ha sido datada convencionalmente hacia el 600-700 d. C., mientras que la fecha de abandono o destrucción se estima que tuvo lugar hacia el año 900, varios siglos antes del apogeo de la civilización inca. Lo cierto es que pese a los muchos años de intervenciones arqueológicas que empezaron en la época de Arthur Posnansky[2] (inicios del siglo XX), todavía queda una gran extensión del yacimiento por excavar. En lo referente a las citadas estructuras en piedra (fundamentalmente de arenisca y andesita), no hay demasiadas explicaciones, aparte de la admiración por un trabajo tan perfecto hecho –teóricamente– a golpe de cincel y martillo, con el dato no poco importante de que la piedra tuvo que ser traída de canteras más o menos lejanas. De hecho, la gran perfección y calidad en la realización de los bloques modulares –con ángulos exactos de 90º, superficies muy pulidas y precisos vaciados geométricos– supera las teorías convencionales sobre el tallado de estos bloques, y más aun teniendo en cuenta de que están hechos de andesita, una piedra de origen volcánico excepcionalmente dura.

El caso que expone Davidovits se sustenta en que a finales de 2017 se llevaron a cabo por primera vez análisis de muestras de piedra (arenisca y andesita) de Puma Punku bajo el microscopio electrónico. Estas pruebas indicaron, a su juicio, que el origen de los bloques no sería natural sino artificial (mediante geosíntesis), lo que podría aportar una respuesta razonable al complejo problema de localizar las canteras originales, explicar el método de transporte de los bloques y justificar el posterior trabajo tan perfecto de la piedra para darle su forma final. Así pues, a fin de llegar a conclusiones firmes, no sólo se implementaron tareas de laboratorio sino también trabajos de campo para obtener referencias y comparaciones con el contexto geológico de la zona.

Vista de Puma Punku
Para empezar, lo que se aprecia sobre la arenisca de Puma Punku es que las canteras de esta piedra más cercanas están a una distancia de entre 8 y 11 km., según se afirmaba en un estudio arqueológico fechado en 1971. El equipo de Davidovits fue a examinar tres de estas posibles canteras situadas en colinas cercanas, al sur de Puma Punku, y llegó a la conclusión que dado lo empinado de las rutas de transporte y el enorme peso de los bloques sería muy difícil aceptar que la arenisca procediera de tales lugares. Además, lo que se ve sobre el terreno es una serie de rocas de forma cuadrangular y tamaño medio (sin ningún bloque enorme), lo que no parecen ser los restos de una actividad de extracción de piedra en minas a cielo abierto, sino más bien el resultado de la fragmentación y erosión de las rocas por procesos naturales.

Ahora bien, Davidovits identificó en la cercana localidad de Callamarca una capa de arcilla caolinítica de arenisca erosionada, fácil de disgregar y apta para la elaboración de geopolímeros. A partir de este hallazgo, los investigadores tomaron una pequeña muestra del megalito n.º 2 de Puma Punku y la sometieron a diversos análisis con las más modernas tecnologías[3] para identificar con precisión el origen y la composición del material empleado. Estos análisis, una vez identificados los componentes, descartaron la procedencia de la arenisca de las hipotéticas canteras localizadas en 1971 y mostraron las similitudes con la arenisca de Callamarca, con el importante dato añadido de la presencia de una gran cantidad de material aglutinante.

Otro elemento muy significativo fue la alta cantidad de sodio detectada en la muestra del megalito, que contrastaba con las proporciones de sodio notablemente más bajas observadas en las muestras de las “canteras” e incluso en Callamarca (alrededor de un 50%). Con todo ello, Davidovits dedujo que el sodio debió ser añadido de alguna manera. Siguiendo esta pista, el químico francés buscó por la zona la fuente del carbonato de sodio (natrón) que daría el componente alcalino al geopolímero y encontró tal lugar al sur de Puma Punku, en la Laguna Cachi, de la cual todavía hoy se extrae el natrón. Cabe señalar que este enclave está a cientos de kilómetros de Puma Punku, pero Davidovits considera que hay pruebas suficientes de ya que existía en la antigüedad una consolidada ruta de caravanas de llamas que harían este trayecto con normalidad. En suma, sin entrar en más detalles técnicos, Davidovits concluye que la arenisca roja de Puma Punku es un geopolímero creado a partir de la arcilla caolinítica de Callamarca y el natrón de Laguna Cachi.

Bloques de andesita de Puma Punku
Por otro lado, quedaban los característicos bloques de andesita gris también localizados en Puma Punku. En este caso, la sospecha de una factura artificial era más alta, dada la perfección y regularidad de las formas y acabados sobre una piedra de enorme dureza (entre 6 y 7 en la escala de Mohs). Para Davidovits quedaba poca duda de que estos bloques podían haber sido realizados con relativa facilidad mediante el moldeado, esto es, a base de geopolímeros, lo que es muy visible en particular en el pulido de las superficies y la regularidad de los ángulos. Los análisis superficiales de la piedra detectaron además las típicas burbujas de aire que quedan atrapadas contra la estructura del molde.

No obstante, la verificación definitiva se llevó a cabo con los métodos similares a los ya citados anteriormente, y en esta ocasión las muestras extraídas revelaron la presencia de una sustancia amorfa de incierta naturaleza. Tras los análisis químicos se comprobó que esta sustancia era de origen orgánico (basada en carbono), lo que se contradice con la típica composición de las rocas volcánicas, como es el caso de la andesita, pues los materiales orgánicos quedan vaporizados debido a las altas temperaturas en que se forman las piedras volcánicas. Así pues, según Davidovits, los bloques de andesita fueron elaborados a partir de una base de toba volcánica no consolidada del tamaño de arena (obtenida del cercano Cerro Khapia) con la adición de este componente orgánico.

Eso sí, en este caso el geopolímero no fue fraguado en un medio alcalino, como sucedía con la arenisca, sino en un medio ácido. Para el científico francés este hecho vendría a corroborar las antiguas leyendas locales sobre ciertas sustancias de origen vegetal –ácidos extraídos de diversas plantas– que era capaces de ablandar (y moldear) las piedras, lo que se corresponde con los ácidos carboxílicos, detectados en los análisis. Quedaría pendiente el tema del aglutinante orgánico, que a juicio de Davidovits sería el guano, una sustancia fertilizante que se podía obtener de la costa sur del Perú y que sería llevada a Tiahuanaco también en caravanas de llamas. Sin embargo, la avanzada agricultura de Tiahuanaco no precisaría del guano como fertilizante. Antes bien, sería empleado como agente endurecedor del geopolímero, ya que contiene una notable cantidad de sales de ácido, como en particular sales de amonio, necesarias para la reacción química que permite la solidificación del material. En este sentido, la comparación del análisis espectrográfico químico del material orgánico de la andesita con el de las muestras de guano procedente de Ilo (Perú) sustentó la tesis de Davidovits, dada la gran similitud en sus componentes y proporciones.
 
Los típicos bloques en forma de H de andesita
Hasta aquí la parte más puramente técnica, por la cual Joseph Davidovits defiende que la cultura local tiahuanacota fue capaz de elaborar piedra artificial o geopolímero hace unos 1.400 años, descartando tanto las teorías oficiales –el tallado de la piedra– como las teorías alternativas, que suponen la intervención de alienígenas o la presencia de una supercivilización desaparecida. Davidovits concluye que la especial composición de las muestras tomadas no deja lugar a dudas sobre el origen artificial de los bloques, pues en la propia naturaleza no se pueden hallar los rasgos tan peculiares ya comentados. Además, añade que tales compuestos geopolímeros ya son conocidos en la ingeniería civil (caso de la arenisca) o han podido ser replicados satisfactoriamente en ensayos de laboratorio (caso de la andesita), lo que añade más peso a sus pruebas. Por otro lado, Davidovits afirma que esta investigación abre la puerta a una posible datación absoluta fiable de la construcción del conjunto monumental, dado que los elementos orgánicos identificados en la andesita se podrían analizar mediante el método del Carbono-14.

Expuesta ya toda la argumentación, personalmente me resulta complicado valorar en su justa medida los resultados ofrecidos, dados mis escasos conocimientos de geología y química, pero lo que he podido comprender me parece factible y razonable, a la espera de lo que diga el estamento arqueológico, que ya rechazó en firme las tesis de Davidovits con relación a las pirámides de Guiza, alegando que el origen de la piedra caliza de dichos monumentos había podido ser perfectamente identificado en una cantera próxima.

Vista de Kalasasaya (Tiahuanaco)
En todo caso, el trabajo de Davidovits –mediante el recurso a los datos empíricos– expone una vía de explicación para el fenómeno megalítico antiguo en diversos lugares del mundo, que ha sido objeto de polémica y discusión por parte de la arqueología alternativa, al rechazar las versiones convencionales sobre cómo se realizaron tales obras. Aparte, quedaría el tema no poco importante de situar ese megalitismo en el tiempo y un determinado contexto cultural. Veremos si finalmente se llevan a cabo los análisis de C-14 sobre las muestras de Puma-Punku, para comprobar si corrobora las fechas del primer milenio después de Cristo que la arqueología da por buenas o si las fechas son más antiguas. Todo ello, claro está, dando un voto de confianza al método, que ha sido puesto en entredicho en no pocas ocasiones.

Sobre este punto concreto, bastantes autores alternativos, como muy destacadamente Graham Hancock, creen que determinadas estructuras megalíticas son de enorme antigüedad –anteriores a las civilizaciones reconocidas– y corresponden en realidad a una civilización desaparecida global capaz de logros impensables incluso en nuestro mundo moderno. Según esta visión, en América del Sur, a la vista de los restos arquitectónicos, la civilización inca no fue la responsable de los grandes monumentos megalíticos. En este particular, los investigadores peruanos Alfredo y Jesús Gamarra engloban ese megalitismo en los estilos Hanan Pacha y Uran Pacha, propios de una era muy remota pre-incaica y caracterizados por unos bloques formados como mantequilla cortada a cuchillo o cuchara, o bien por bloques encajados perfectamente y a veces vitrificados en su superficie. Además, ambos investigadores confirman que estas mismas características son apreciables en otros monumentos localizados en regiones muy separadas entre sí, como Malta, Egipto, Palestina, Isla de Pascua, Grecia, Gran Bretaña, Japón, etc.

Cito literalmente a Jan P. de Jong, seguidor de los Gamarra:

¿Estructuras moldeadas?
“Esta tecnología parece ser que se basaba en piedras moldeables. En todos los vestigios examinados se aprecia que los constructores de los estilos Hanan y Uran Pacha eran capaces de hacer cualquier forma que quisieran en la piedra. Así, hallamos bloques con la forma de esquina, juntas perfectas con superficies irregulares en todos los bordes de la piedra, formas caprichosas de la piedra –como si pudieran hacer movimientos rápidos– y diáfanos cambios en la superficie de la roca, como si ésta fuera blanda. El estilo Hanan Pacha se muestra como si hubiera sido moldeado con una cuchara, siempre con esquinas interiores cóncavas, redondeadas, lo que descarta que hubiera sido realizado con un rayo láser, como algunos indican. Una buena analogía de este estilo sería nuestro moderno material de protección de porexpan, hecho con moldes y calor, que tiene la misma apariencia de esquinas redondeadas. De nuevo encontramos esta misma manera de trabajar la piedra en otros yacimientos a nivel mundial.”[4]

Este escenario podría encajar –al menos parcialmente– con la propuesta de Davidovits de los geopolímeros, que indicaría que en un tiempo muy antiguo existían culturas o civilizaciones con una alta tecnología de construcción, igual o incluso superior a la que tenemos actualmente. Si esto es cierto y puede confirmarse de forma fehaciente, pondría en un aprieto a la versión oficial académica y a la clásica interpretación de que la civilización avanza de forma lineal (una especie de evolución cultural y tecnológica), pues quedaría claro que en una época muy distante se disponía de una tecnología superior que luego se perdió con el paso de los siglos. Recordemos que el cemento, como material constructivo, no fue utilizado hasta la época romana (el llamado opus caementicium), con lo cual esta piedra artificial –o cemento u hormigón– de calidad superior quedaría totalmente desubicada en el tiempo y el espacio, a menos que empecemos a abrir nuestra mente y planteemos la seria posibilidad de que pudo haber una involución o una pérdida de conocimiento en la Humanidad debido a causas que por ahora se nos escapan.

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons / David Álvarez / archivo del autor




[2] Posnansky fue un militar e ingeniero de origen austríaco instalado en Bolivia que estuvo varios años investigando la zona, defendiendo finalmente la tesis de que Tiahuanaco fue la cuna de la civilización en América. Su mayor “herejía” fue datar el yacimiento hacia el 15000 a. C., a partir de observaciones arqueoastronómicas del patio de Kalasasaya.

[3] Entre éstas, la sección fina, el análisis químico SEM/EDS, el microscopio electrónico de barrido, la difracción de rayos X, etc.


[4] Fragmento del artículo publicado en la revista Dogmacero n.º 2 y en este mismo blog (https://laotracaradelpasado.blogspot.com/2015/08/los-descubrimientos-de-alfredo-gamarra.html) sobre las propuestas de los Gamarra (Alfredo y Jesús), explicadas por el investigador Jan Peter de Jong.

jueves, 21 de febrero de 2019

Geopolímeros y pavimentos sospechosos



En la pasada entrada sobre la controversia de Yonaguni ya puse de manifiesto que uno de los puntos de mayor conflicto entre la arqueología ortodoxa y la alternativa es la interpretación de los restos observados desde la perspectiva de la geología. Y es que, como vimos, no se trata ya de que los alternativos vean cosas distintas o alteradas, sino de que la geología, en función de otros intereses y análisis científicos (relacionados con la arqueología, principalmente) resulta ser más flexible y opinable de lo que podríamos imaginar. En este sentido, ya cité –aparte del propio tema de Yonaguni– la aún más virulenta y confusa discusión sobre la edad de la Gran Esfinge, con tres propuestas bien alejadas entre sí: la oficialista-egiptológica de Gauri, la herética –pero moderada– de Schoch, y la extrema de los geólogos ucranianos Manichev y Parkhomenko, que remontaba la antigüedad de este monumento a los 800.000 años (¡Ahí es nada!). Y todo ello, cabe insistir, son valoraciones de geólogos profesionales que han observado exactamente la misma realidad material.

Charles Lyell
Bueno, esto no nos debería sorprender demasiado, pues en todas las ciencias hay debate, discusión y conocimiento abierto a nuevos avances y descubrimientos. En el caso de la geología, cabe decir que se asentó hace unos dos siglos –en los tiempos de Hutton y Lyell– y que consagró la teoría del uniformismo frente al catastrofismo como motor de la formación y evolución del paisaje. Por lo demás, y salvo contadas excepciones, la geología apenas se ha movido de sus planteamientos generales, si bien hay que destacar las aportaciones debidas a los modernos avances científicos y técnicos, sobre todo en cuestiones de datación. Así pues, ya en pleno siglo XXI la geología parece bastante firme a la hora de analizar cualquier formación natural y ofrecer las consabidas explicaciones sobre cómo, cuándo y por qué se dio tal formación, teniendo en cuenta que la propia naturaleza nos demuestra su regularidad en muchos rasgos (por ejemplo, los cristales minerales) y que no hay que confundir dicha regularidad con la mano del hombre.

Dicho todo esto, existe otra faceta no menos controvertida de la arqueología alternativa relacionada con la geología, y es el tema de la artificialidad de ciertas superficies líticas y, en un sentido más amplio, la posibilidad de que los antiguos –en un tiempo inmemorial– dispusieran de un conocimiento preciso para fabricar piedra artificial. Esto supondría la existencia de una tecnología que permitiría crear bloques de piedra a medida, ya fuera ablandando la roca y haciéndola plástica y moldeable, ya mediante la unión de varios elementos, en una especie de cemento, que sería fraguado en moldes. Varios investigadores alternativos han planteado esta cuestión a la vista de las pruebas disponibles y han formulado diversas hipótesis procedentes de la física y la química para tratar de explicar este fenómeno.

Sin duda, quien ha ido más lejos en este terreno ha sido el químico francés Joseph Davidovits, que en los años 80 presentó su concepto de geopolímeros, unos compuestos de aluminosilicatos que al compactarse por reacciones químicas adquieren la consistencia del cemento u hormigón. Así, Davidovits defendió la tesis de que los antiguos egipcios edificaron la Gran Pirámide a base de realizar y colocar in situ bloques moldeados con este material. De hecho, en sus experimentos prácticos, demostró que con la tecnología egipcia de aquella época se podrían haber fabricado unos bloques artificiales de piedra caliza prácticamente indistinguibles de la caliza “natural”. Ni que decir tiene que el estamento egiptológico ha desestimado tal propuesta, aunque lleva 200 años sin poder explicar con solvencia cómo se construyó ese grandioso monumento, aparte de las meras especulaciones.

Argamasa en Igueste
Volviendo al tema concreto de los pavimentos, ya tuve una experiencia personal en Igueste (Tenerife), pues allí vi una serie de conglomerados de un característico tono rojizo o blancuzco que parecían estar adosados o intercalados en el terreno natural de forma intencional. Por su disposición y composición, Manuel Fernández creía que en realidad estos conglomerados –que él llamaba “argamasa”– conformaban unas superficies o pavimentos para caminos o bien canalizaciones de agua. Una vez más, la falta de una opinión cualificada de un geólogo nos dejó con la incógnita, que aún sigue esperando respuestas.

Desde luego, es mucho más conocido el caso de los polémicos pavimentos del conjunto de pirámides de Visoko (Bosnia), pues su presunto descubridor, Semir “Sam” Osmanagic,  afirmó que los antiguos habían realizado pavimentos y recubrimientos de pirámide con una especie de conglomerado artificial, que se había podido identificar en algunos puntos de la llamada pirámide del Sol, así como en la pirámide de la Luna. Estas declaraciones ya despertaron gran polémica en su día, a inicios de este siglo, y mientras Osmanagic daba por hecho que las supuestas losas de recubrimiento de la pirámide estaban compuestas de un cemento artificial, la opinión de la gran mayoría de geólogos rechazaba esta afirmación. Nuestro incansable geólogo “medio-hereje” Robert Schoch también examinó las losas bajo sospecha y aseguró que eran lajas perfectamente naturales de arenisca o de breccia (una mezcla de grava, caliza y esquisto con un elemento aglutinante arenoso a base de partículas de cuarzo, feldespato y mica).

Pavimento de la pirámide de la Luna (Visoko)
Concretamente, Schoch argumentaba que la naturaleza está llena de regularidades y que ciertas formas atribuidas a la acción humana tenían una explicación geológica bien conocida (¡la misma historia que en Yonaguni!), como por ejemplo las capas regulares de arenisca, que son en realidad producto de una sedimentación cíclica. En cuanto al tema de los grandes bloques de “cemento”, Robert Schoch sólo veía losas de arenisca o conglomerados naturales que se habían roto en pedazos más o menos grandes a causa de las presiones tectónicas y de los desplomes. Su dictamen técnico fue el siguiente:

“Las fuerzas tectónicas deformaron plásticamente las arcillas y las lutitas pero las areniscas y los conglomerados, que su equipo había excavado en numerosos lugares, se rompieron en piezas de forma semi-regular, interpretándose como pavimentos, terrazas, bloques de cemento, piedras de cimentación, etc. Es interesante y revelador observar que los tamaños de los bloques de conglomerado y de arenisca hallados se corresponden con el grosor de los estratos de la roca original. Los finos estratos de arenisca, presionados tectónicamente, se rompieron en pequeños trozos mientras que las gruesas y firmes capas de conglomerado se rompieron en trozos enormes. Este es exactamente el patrón que se podría esperar en las formaciones rocosas naturales.” [1]

J. Davidovits y S. Osmanagic reunidos en 2008
Ahora bien, es oportuno mencionar que el geólogo egipcio Aly Barakat, tras examinar el paisaje de la colina de Visočica (la “pirámide del Sol”), no cerró la puerta a que alguna civilización remota hubiera modelado la colina a gran escala y que incluso hubiera aplicado un revestimiento de conglomerado. De todas formas, Barakat se mostró cauteloso y apeló a la necesidad de implementar investigaciones más profundas. Y como Semir Osmanagic no estaba por rendirse, contactó en 2008 precisamente con el padre de los geopolímeros, el propio Davidovits, y le llevó una muestra de su cemento. Al principio, Davidovits le escuchó con atención, analizó la muestra al microscopio electrónico y reconoció que podría ser un material artificial. Sobre su composición, estableció que se trataba de un cemento geopolímero basado en calcio y potasio, siendo el elemento aglutinador un tipo de arena muy fina de granito detrítico.

No obstante, ya en 2013, el científico francés se distanció públicamente de las tesis de Osmanagic –cada vez más desacreditado– y reveló que el material analizado procedía de una cisterna romana (nada extraño, pues los romanos usaban el opus caementicium) y no de la pirámide del Sol. A todo esto, es cierto que Osmanagic se ha sacado de la manga otros informes técnicos, si bien no han aportado mayor credibilidad a sus proclamas. Así, ha presentado un estudio realizado por instituciones bosnias que confirmaba que se trata de un material de gran dureza (pero que no decía nada sobre su hipotético origen artificial), u otro llevado a cabo por el Politécnico de Turín, cuyo texto original no está disponible en ningún sitio. En fin, ignoro los detalles y entresijos de toda esta controversia, pero ya vemos que los cambios de opinión, los desmentidos, y la falta de unanimidad y claridad parecen ser algo no excepcional en el campo de la geología... al igual que en la arqueología.

Para concluir, nada mejor que una serie de imágenes para que los lectores vean y juzguen por sí mismos. Se trata en este caso de unas formaciones –sitas en Australia y Reino Unido– que ha estudiado el investigador alternativo Alex Putney y que a su juicio no son suelos naturales sino pavimentos artificiales realizados en una época inmemorial. Putney no cree que sean “pavimentos teselados” naturales, que es la definición científica ortodoxa de estas formaciones, sino obras geométricas de ingeniería humana realizadas a modo de mosaico a partir de bloques de geopolímeros. Para Putney, no hay duda de la artificialidad de los pavimentos, que él atribuye  a civilizaciones desaparecidas como la Atlántida y Lemuria. 











Y una vez observado el paisaje, me vienen a la mente varias posibles cuestiones: ¿Cómo podríamos distinguir con certeza piedras naturales de artificiales (“geopolímeros”)? ¿Cómo se puede probar sin género de duda que esas superficies fueron hechas por la mano del hombre? ¿Y cómo puede demostrar la geología el proceso completo de formación de tales suelos a partir de la acción de factores naturales? ¿Y qué contexto o utilidad –nada claro según lo que se ve en las imágenes– tendrían dichos pavimentos, en caso de ser artificiales?

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons / Alex Putney




[1] Fragmento traducido del artículo: Schoch, R. “The Bosnian Pyramid Phenomenon”, en The New Archaeology Review. September 2006 issue (Volume 1, Issue 8).

martes, 3 de abril de 2018

¿Intrusos o pioneros?


Déjenme comenzar con una anécdota personal. Por allá a mediados de los años 80, un servidor de ustedes –siendo estudiante de arqueología en segundo año de carrera– pisó por primera vez una excavación arqueológica. Se trataba de la Penya del Moro, un importante poblado ibérico[1]cercano a Barcelona en el cual iba a realizar mis primeras prácticas de campo junto con otros compañeros novatos. Había por allí algunos estudiantes ya más veteranos, algunos jóvenes licenciados y alguna otra persona que ayudaba en las tareas de excavación. Pero entre todos los presentes destacaba la figura de un hombre mayor, canoso y con sonrisa afable, que parecía estar al mando de la situación. Los jóvenes arqueólogos le iban a consultar cosas, le mostraban piezas de cerámica, conversaban sobre cómo planear las excavaciones de ese día, etc.

Excavaciones en la Penya del Moro (1984)
Lógicamente deduje que ese era el “jefe”, el director de la excavación, y que a él debía dirigirme preferentemente para solucionar mis múltiples dudas de novato. Pero antes hablé con uno de jóvenes licenciados y le pregunté quién era exactamente el hombre mayor. La respuesta me sorprendió un poco entonces, pero rápidamente me hice a la idea de lo que significaba la expresión mundo académico, y su contexto político-cultural-administrativo. Básicamente me dijeron esto: “Aquel señor se llama Josep Barberà, pero no es el director de la excavación porque no puede ejercer de director de cara a la administración, ya que no tiene el título.” ¡Zasca! En un momento me puse al corriente de cómo funcionaban las cosas. Sólo la administración concede permisos para excavar, en unas condiciones y requisitos determinados, y los directores de excavación han de poseer el título universitario correspondiente. 

No era el caso de Josep Barberà i Farràs (1925-2003), profundo aficionado a la arqueología desde su juventud y fundador de la Societat Catalana d’Arqueologia. Ahora, ya cercano a la jubilación, seguía dedicando tiempo a las excavaciones, que eran su gran pasión desde hacía décadas. Pero el señor Barberà no era un cualquiera. Había trabajado codo con codo con los más notables arqueólogos del país en las ruinas de Emporion, había aprendido las técnicas y métodos de los arqueólogos, había leído muchos libros e incluso había co-escrito varios artículos científicos con los profesionales de carrera. He aquí el porqué los jóvenes licenciados –entre los cuales estaban los directores oficiales de la excavación– le consultaban repetidamente. Josep Barberà era el erudito, el que sabía de verdad y el que en su calidad de arqueólogo amateur podía dar algunas lecciones a los profesionales aún un poco verdes.

Tuve la oportunidad de excavar un par o tres de años en aquel yacimiento y siempre quedé admirado por el conocimiento técnico de aquel hombre, siempre dispuesto a ayudar a todo el mundo, en especial a los más inexpertos. Fue un placer y un honor trabajar a su lado, por todo lo que aprendí y especialmente por ser un ejemplo de humildad y dedicación. Con el tiempo fui conociendo a otras personas –aunque no del nivel de Barberà– que colaboraban con los arqueólogos por pura pasión hacia la investigación arqueológica. De todos modos, esas ayudas siempre estaban dentro de los cauces de lo marcaban los “profesionales al mando”, los cuales aplicaban el método científico, procedían a registrar y analizar los hallazgos, y finalmente redactaban sus memorias técnicas (¡imprescindibles para la administración!), quedando como último paso la publicación de sus resultados en alguna revista técnica.

G. Belzoni
El caso del señor Barberà podría ser el arquetipo del sabio sin título, del erudito que había hecho de la arqueología su vocación y que sin haber pasado necesariamente por las aulas académicas poseía un sólido bagaje de conocimiento y experiencia. Este perfil se remonta a los mismos inicios de la arqueología, cuando había en realidad más aficionados que expertos, porque los estudios académicos estaban aún en pañales. Más adelante, la arqueología se consolidó como ciencia, pero la figura del amateur estuvo muy presente durante décadas y en la mayoría de los casos constituyó un aporte muy valioso para la arqueología. En efecto, si somos estrictos, muchos investigadores del siglo XIX, entre los cuales podemos citar a Belzoni, Howard-Vyse o Heinrich Schliemann[2], eran en realidad amateurs que trabajaron voluntariosamente –si bien generalmente con escaso rigor– y que pese a sus errores y carencias pusieron su granito de arena en la construcción del edificio científico. Y en ese sentido fueron pioneros.

Claro que una vez establecido el dogma académico y la reputación profesional, las cosas empezaron a cambiar. La arqueología se asentó como disciplina universitaria y se creó un estamento internacional de sabios reconocidos. Esto hizo que se fueran marcando las diferencias entre los amateurs y los académicos, y que los primeros tuvieran que aceptar una cierta sumisión a los segundos. Sin embargo, no todos los arqueólogos aficionados o vocacionales de finales del siglo XIX y principios del XX se sumaron al carro de la ortodoxia o la visión predominante. De hecho, a menudo se posicionaron contra el estamento académico, como fueron los casos del doctor Morlet en el tristemente célebre caso de Glozel (Francia) o el de James Reid Moir en Red Crag (Inglaterra). Y décadas antes de éstos, el santanderino Marcelino Sanz de Sautuola había sufrido el menosprecio de los académicos franceses cuando descubrió las pinturas de Altamira.

Ahora bien, ya bien avanzado el siglo XX se fue consolidando otro perfil de intruso en el mundo de la arqueología. Se trataba de los proponentes o defensores de la llamada arqueología alternativa, que para los académicos no merece consideración seria, pues en su opinión no es más que un producto pseudocientífico, un simple negocio literario o cultural sin ninguna fiabilidad científica. Así, cuando empecé a adentrarme en la arqueología alternativa, no fue una gran sorpresa descubrir que prácticamente todos los autores heterodoxos no eran arqueólogos ni historiadores. Son personas con un bagaje diverso, a veces con una sólida formación científica o técnica, pero que nunca han pisado las aulas académicas donde se imparte la doctrina oficial de la arqueología.

El egiptólogo Z. Hawass con tres destacados autores alternativos: West, Bauval y Hancock
Obviamente, este fenómeno se parece bastante en la forma a lo que hemos comentado (gente que se implica en la arqueología sin tener el título) pero no así en el fondo. Los modernos autores de arqueología alternativa no participan en excavaciones arqueológicas, no comulgan con el paradigma y publican sus obras fuera de los cauces académicos. En este sentido, los márgenes de actuación están bastante claros en casi todos los países del mundo: o bien los aficionados –o cualquier clase de técnicos auxiliares– colaboran dentro del paradigma o bien no les dejan excavar ni meterse en exploraciones que vayan poco más allá de hacer unas fotos[3]

El problema es doble. Por un lado, los alternativos no tienen título, no tienen profesión, no tienen legitimidad para inmiscuirse en el aparato del mundo académico. Por otro lado, esos autores acostumbran a lanzar ideas y teorías que chocan directamente con los fundamentos del paradigma. Y evidentemente eso no está demasiado bien visto.

A partir de este punto, creo que vale la pena hacer una breve reflexión sobre el papel de las personas que se introducen en el estudio del pasado sin tener el sello oficial concedido por la administración y el mundo académico. Antes de proseguir, empero, es preciso situar las coordenadas del debate. En arqueología, como en cualquier otra disciplina de la ciencia, estamos hablando básicamente de un saber definido y acotado. Por tanto, eso es lo que nos ofrece una licenciatura en esta materia: un amplio conocimiento que es objeto de examen y certificación. Así pues, al cabo de cinco años de estudios, el licenciado obtiene un título reconocido administrativamente que le permite demostrar su capacidad profesional y le da a acceso a los trabajos que requieren de tal certificación. Ahora bien, hay que situar las cosas en su realidad y justa medida. Me explicaré.

Los estudios oficiales nos proporcionan una visión de la teoría y de la práctica científica y nos aportan una gran cantidad de datos y hechos que siempre son de gran utilidad. Los estudios académicos nos abren la puerta al conocimiento establecido, fruto de cierto consenso científico internacional, si bien nunca es completo ni “sagrado”[4]. Pero en la práctica, ocurren dos cosas. En primer lugar, todo el conocimiento arqueológico o histórico es realmente muy amplio y debe limitarse. De ahí que la licenciatura en Geografía e Historia (tal como existía en España hace 30 años) tuviera múltiples especialidades en diversos campos entre los que estaba la propia Geografía, la Antropología, la Historia del arte, o las diversas épocas de la Historia.

Aspecto habitual de una excavación arqueológica (Roma)

Pero yendo un poco más allá, la misma Prehistoria e Historia Antigua constituía un conjunto demasiado amplio para especializarse y así, dentro de esa rama, los alumnos tendían a escoger unas determinadas asignaturas para obtener un conocimiento todavía más especializado. De este modo, había alumnos que optaban por profundizar más en el Paleolítico, otros en el Neolítico, otros en la Edad de Bronce, otros en el mundo clásico, etc. El resultado es que tenías una idea general de todo, pero realmente sabías más de unas épocas o culturas determinadas. Por ejemplo, un servidor de ustedes jamás pisó una excavación de ámbito paleolítico, y sin embargo excavé bastante en varios poblados ibéricos y villas romanas. Y este es el gran drama de nuestra ciencia actual: muchos super-especialistas y casi nadie con una capacidad holística de relacionar o integrar conocimientos entre diversas materias.

En segundo lugar, de forma inevitable, lo que se recibe en la universidad es la visión oficial y aceptada del saber acumulado hasta la fecha por parte de los sabios, y eso incluye todas las normas y reglas de juego del paradigma científico, que en la práctica son axiomas teóricos y metodológicos que no están bajo discusión. No me atrevería a llamar a esto adoctrinamiento, pero es evidente que en todas las ciencias la trasmisión del conocimiento también supone la aceptación de una forma de pensamiento y una determinada concepción y aplicación del método científico. Esto significa que, una vez obtenido el título, si se quiere ejercer la profesión y prosperar, uno debe atenerse a las normas académicas y profesionales y no salirse del guión. Por tanto, todos mis antiguos compañeros de promoción que se acabaron dedicando profesionalmente a la arqueología repitieron los hábitos clásicos de la profesión, bajo las estrictas regulaciones y normas de la administración y el mundo académico, que en conjunto controlan toda la actividad arqueológica (en investigación, conservación y promoción del patrimonio).

No obstante, la arqueología parece atraer a muchos outsiders, que desde hace décadas vienen investigando por su cuenta y ofreciendo puntos de vista a veces bien distintos de los que presenta el paradigma, hasta el punto de caer en la auténtica herejía. Y aquí llegamos al quid de la cuestión: ¿debemos rechazar a esas personas por ser “intrusos” sólo interesados en vender libros o documentales, o al menos conseguir cierta cuota de notoriedad? ¿O hay que considerarlos “pioneros”, porque aportan una bocanada de aire fresco a la visión convencional de la arqueología? ¿Y si hubiera una posición intermedia, alejada de condenas de una u otra parte?  Vamos a profundizar en este dilema.

Obras alternativas
En principio, todo el mundo es libre de opinar acerca de cualquier tema sobre el cual se tenga una mínima noción. Otra cosa bien distinta es valorar lo que pueden aportar tales opiniones. Para opinar con criterio, obviamente, lo primero que se precisa es conocer el campo en que se emiten las críticas. Por ello, la mayoría de autores alternativos toma la precaución de informarse sobre lo que el paradigma dice y luego elaborar su discurso. Por mi conocimiento de la arqueología alternativa, he comprobado que el grado de ese conocimiento académico es muy variable, y va desde lo más superficial o parcial hasta un conocimiento profundo de la materia, hasta el punto de que varios intrusos adquieren un dominio más que notable de los asuntos a tratar, sobre todo a través de lecturas, y en menor medida a través de algún tipo de observación sobre el terreno.

Pero lo mejor de todo es que esa captación y procesado de información se produce desde su punto de vista, lo que hace que enfoquen la arqueología desde una óptica conceptual y práctica diferente de la clásica versión que recibimos los estudiantes académicos (“los de Letras”). De este modo, nos encontramos que el estudio de la realidad arqueológica es vista a través ojos bien distintos de los habituales, por ejemplo, a cargo de filósofos, antropólogos, astrónomos, filólogos, físicos, químicos, ingenieros, geólogos, arquitectos, periodistas, etc. Esta circunstancia es en realidad un arma de doble filo. Por una parte, se puede meter la pata hasta el fondo, al desconocer los parámetros en que se mueve la investigación arqueológica o al omitir muchos hechos relevantes que son objeto de constante revisión o renovación[5]. Por otra parte, estas personas que proceden de otros campos profesionales pueden interpretar los mismos restos o pruebas bajo otras muchas consideraciones –no menos científicas– que no son compartidas o entendidas por los profesionales académicos.

No obstante, lo más valioso de los intrusos es que no llevan en su bagaje todo el arsenal de sesgos, prejuicios y dogmas que caracteriza a los llamados especialistas. Los autores que examinan la realidad arqueológica desde otra perspectiva pueden ver lo que los arqueólogos de carrera no ven porque no han sido educados para ello. En realidad, éstos se han limitado a consolidar y repetir las concepciones adquiridas a lo largo de muchas décadas –y algunas se remontan todavía al siglo XIX– y les cuesta aceptar las visiones de otros científicos o estudiosos porque no cuadran con su sistema de creencias. Sólo a veces, los arqueólogos aceptan las aportaciones de otros científicos simplemente porque encajan en los márgenes del paradigma. Por ejemplo, las dataciones radiométricas que permiten obtener cronologías absolutas son un gran acto de fe por parte de los arqueólogos porque ninguno de nosotros está formado para comprender los entresijos de la ciencia físico-química que hay detrás de ellas. Como las primeras dataciones de C-14 coincidieron más o menos con las dataciones históricas que se tenían del Antiguo Egipto, se aceptó la validez de este método y luego los demás, pero en más de una ocasión se han producido serios choques e incomprensiones entre la visión arqueológica y los datos que ofrecían los laboratorios.

J. A. West
Y aquí llegamos al punto central de la discusión. ¿Cómo hemos de considerar a los alternativos: intrusos o pioneros? Desde el punto de vista estrictamente académico, son personas sin la pertinente cualificación, pero esto me parece un argumento de muy poca solidez. Lo primero que hay que decir al respecto es que hoy en día existe un amplio acceso a libros y artículos científicos, potenciado exponencialmente por la existencia de Internet. Por lo tanto, formarse e informarse adecuadamente en ciertos temas de arqueología no es tarea imposible, aunque sí ardua y meticulosa, pues requiere paciencia y trabajo durante meses o años. Esto incluye la posibilidad de contrastar opiniones directamente con arqueólogos profesionales, cosa que han hecho algunos investigadores como West, Alford, Cremo, Bauval o Hancock. En este aspecto cabe señalar que, si bien existen recelos o cierta resistencia a colaborar con los autores alternativos, muchos arqueólogos –u otros científicos– han accedido gustosamente a facilitar información, dialogar y compartir sus puntos de vista con  esos autores.

Dicho esto, es evidente que algunos autores han escrito sobre arqueología a partir de un conocimiento muy limitado y parcial, que les ha impedido tener una visión holística y científica, lo que les ha empujado a menudo al sesgo y al error. Sin embargo, he tenido la oportunidad de leer a otros autores de gran erudición y conocimiento profundo de la materia que han tratado de atenerse al rigor científico y a las pruebas disponibles para elaborar sus teorías y propuestas; eso sí, generalmente con planteamientos más arriesgados o que salen de los parámetros de la ciencia aceptada. Normalmente, el estamento académico ha ignorado esas propuestas, y sólo en algunos casos se ha molestado en ridiculizarlas o atacarlas frontalmente. Con todo, nos queda la posibilidad de que algunas ideas alternativas, formuladas con pleno conocimiento de causa, puedan apuntar a nuevas vías de investigación que por una razón u otra la ciencia ortodoxa no quiere explorar.

Así pues, si con el tiempo se llega a demostrar que esos autores tenían razón estaríamos hablando de auténticos pioneros. Personas que, gracias a su enfoque abierto e interdisciplinario, pudieron abrir insospechadas puertas del saber precisamente porque estaban fuera del sistema y podían aportar visiones innovadoras no contaminadas por el corporativismo, el conservadurismo y la inercia de los dogmas indiscutidos, por no hablar de la arrogancia, los méritos y el prestigio.

C. Dunn
Sólo por poner unos pocos ejemplos de estas intrusiones que han sido aparcadas o desdeñadas por el estamento académico, citaré a algunos investigadores de las últimas décadas, y más concretamente del ámbito de la egiptología. Así, el químico francés Joseph Davidovits afirmó que los antiguos egipcios pudieron levantar la Gran Pirámide de Guiza gracias al uso de una especie de piedra sintética (que él llama geopolímeros), un sistema que permitiría “elaborar” las piedras calizas en forma de bloques de cemento que se podían moldear y fraguar in situ.  A su vez, el físico y químico argentino José Álvarez López propuso –a partir de ciertos experimentos y observaciones– que la Gran Pirámide tenía propiedades energéticas que afectaban a procesos biológicos y químicos, y que la teoría de la tumba colosal tenía más bien poco fundamento. El experto en maquinaria inglés Christopher Dunn comprobó en Guiza y en el Serapeum de Sakkara que los egipcios trabajaban con una altísima tecnología de construcción, con unos estándares de calidad y unas herramientas iguales o superiores a las que disponemos hoy en día. El ingeniero anglo-belga Robert Bauval planteó que los principales monumentos egipcios –en especial las pirámides de Guiza– estaban situados sobre el terreno a partir de patrones astronómicos. Además, desde su conocimiento de la ingeniería, se ha maravillado sobre ciertos logros megalíticos de los egipcios, al reconocer, por ejemplo, que tallar, levantar y colocar el obelisco inacabado de Aswan (más de 1.000 toneladas) sería tarea casi imposible para nuestra moderna tecnología.

R. Schoch
Y finalmente, tenemos el conocido caso del geólogo de la Universidad de Boston Robert Schoch, que acudió a Guiza en los años 90 siendo un poco escéptico sobre las teorías que defendía John A. West sobre una Gran Esfinge mucho más antigua de lo aceptado. No obstante, Schoch pudo realizar un trabajo científico sobre la Esfinge y su recinto y llegó a la conclusión de que el monumento presentaba una marcada huella de erosión por agua (precipitación) y que ese patrón erosivo no había sido posible en la era faraónica, pues el clima de entonces era tan seco como el actual, lo cual retrasaba la datación de la Esfinge en varios miles de años. A partir de aquí saltó la polémica y el estamento egiptológico se le tiró a la yugular con los más diversos argumentos, entre los cuales no faltó: “Usted no es arqueólogo.” Pero viendo la fuerza de las pruebas esgrimidas por Schoch, algunos egiptólogos quisieron cortar por lo sano y le espetaron que “no se conocía ninguna civilización capaz de realizar ese monumento miles de años antes del periodo dinástico egipcio.” A lo cual Schoch repuso: “Ese no es mi problema. Yo me he limitado a hacer un veredicto geológico en función de lo que se observa sobre el terreno. El problema lo tienen ustedes.”

La ciencia, estoy convencido, debe ser siempre un acto y un camino de humildad, no de arrogancia o imposición dogmática. Por ese motivo, sería deseable no decretar condenas antes de tiempo y analizar con objetividad y una mente abierta todas las propuestas que puedan venir de otras personas y disciplinas. Lógicamente, algunas de éstas carecerán de base o serán demasiado forzadas o especulativas, pero... ¿acaso la ciencia establecida no se sostiene sobre cimientos que tal vez no sean tan sólidos como nos quieren vender? Por consiguiente, tanto si se tiene un título “especializado” como si no, es preciso que se establezcan puentes de franco diálogo entre unos y otros para poder avanzar. Porque todos podemos errar, rectificar y aprender, incluso los que tienen los más altos méritos.

© Xavier Bartlett 2018

Fuente imágenes: archivo del autor / Wikimedia Commons




[1] La “Penya del Moro” es una pequeña montaña sita en la localidad de Sant Just Desvern. La cultura ibérica se encuadra en la Edad del Hierro en el Levante peninsular, en el primer milenio antes de Cristo.

[2] Respectivamente, un aventurero, un político y militar, y un hombre de negocios.

[3] No obstante, existen excepciones a este proceder, como por ejemplo cuando el Servicio de Antigüedades egipcio autorizó unos estudios geológicos en la Gran Esfinge de Guiza a cargo del egiptólogo amateur John A. West junto con el geólogo profesional Robert Schoch.

[4] En la práctica, el consenso nunca suele ser total e incondicional; hay opiniones, matices, temas en disputa, lagunas, etc. Y por supuesto, el consenso en sí, no es más que acuerdo político en un tiempo determinado; o sea, un campo común en el cual trabajar, pero no una verdad científica irrefutable.


[5] Esto implica que, dados los nuevos hallazgos o propuestas, la ciencia avanza constantemente y que puede quedarse obsoleta en cuestión de pocos años. Los autores alternativos a veces pecan de “fijar” el conocimiento académico, cuando éste ya está bajo revisión o ha evolucionado hacia otras posiciones.