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jueves, 20 de junio de 2019

Los secretos del lago Titicaca


En varias ocasiones me he referido aquí al portentoso conjunto arqueológico que forman las ruinas de Tiahuanaco (o Tiwanaku) y Puma Punku, dos enclaves megalíticos que son muestra de una gran civilización andina que desapareció muchos siglos antes del arranque de la civilización inca. ¿Pero cuándo exactamente? De hecho, todavía existe la polémica acerca de la datación de tales restos. Para la arqueología académica, está claro que el gran conjunto monumental es posterior al cambio de era (si bien los precedentes se pueden remontar al 2º milenio a. C.), pero para la arqueología alternativa existen serias dudas al respecto, sobre todo a partir de los conocidos trabajos de Arthur Posnansky, que –mediante métodos arqueoastronómicos– envió la cronología de Tiahuanaco a una fecha aproximada de 15.000 a. C.

Este horizonte prehistórico y antediluviano resulta del todo inverosímil y disparatado para el mundo académico, pero desde el entorno alternativo se continúa defendiendo el concepto de una civilización perdida, con grandes capacidades (sobre todo en la arquitectura), que precedió a las civilizaciones históricas. Y, lo que es más, varios autores del siglo XX –entre los que se contaba el mismo Posnansky– sugirieron que el inicio del proceso de civilización debería trasladarse al Nuevo Mundo, abandonando la clásica visión centrada en Oriente Medio (el Creciente Fértil y Egipto, principalmente). Siguiendo esta propuesta, los alternativos han insistido en que esa civilización primigenia fue destruida por el gran cataclismo –o Diluvio Universal– de hace más de 12.000 años y que apenas quedaron unos pocos rastros o indicios, entre los cuales destacarían los colosales restos megalíticos.

Si nos referimos de nuevo a Tiahuanaco, hace ya un tiempo que vengo recopilando información sobre ese horizonte antediluviano imposible en aquella región, y me gustaría centrarme en este artículo en ciertos aspectos del inmenso lago Titicaca, muy cercano al conjunto arqueológico de Tiahuanaco, para exponer unos hechos poco conocidos y para establecer algunas hipótesis que tal vez nos ayuden a abrir nuevas puertas a la investigación. No obstante, a modo de introducción y contexto, es preciso aportar previamente algunos datos básicos para luego entrar en el análisis del ámbito estrictamente arqueológico.

Islote artificial de los urus (Foto: D. Álvarez)
El lago Titicaca está situado en el altiplano andino, en la frontera entre Perú y Bolivia, a más de 3.800 metros sobre el nivel del mar. Recibe aguas de más de 25 ríos de la zona y tiene un área de unos 8.500 Km.2, con una profundidad máxima de 281 metros y una media de 107 metros. Presenta dos marcadas extensiones de agua, una más grande al norte (el lago mayor o Chucuito), y otra pequeña al sur (el lago menor o Huiñamarca), separadas por el estrecho de Tiquina. 

Es uno de los lagos más grandes del mundo y es el navegable de mayor altura. En su interior podemos hallar diversas islas, siendo la de mayor tamaño la isla del Sol (con unos 14 Km.2), que pertenece a Bolivia. Algunas de estas islas fueron habitadas desde tiempos inmemoriales por la comunidad aymara, y cabe destacar también la existencia de pequeños islotes artificiales hechos de totora (un tipo de junco), habitados aún en la actualidad por la etnia de los urus.

Mapa del lago Titicaca
En cuanto a su formación, parece ser que se trató de una región que sufrió una fuerte elevación en tiempos remotos (hace unos 100 millones de años como poco), quedando aisladas o suspendidas en los Andes enormes masas de agua marina, como se puede comprobar en la fabulosa cantidad de fósiles que pueden hallarse[1]. Y ya en épocas más recientes, la orografía del terreno nos indica que el lago experimentó importantes fluctuaciones en su extensión debido a drásticos cambios en el medio ambiente. Así, parece que el lago tuvo una mayor extensión y nivel hace miles de años, dando a entender que el Altiplano andino se ha ido elevando gradualmente hasta el momento actual, o bien que las aguas se fueron retirando con el paso de los milenios. Asimismo, algunos expertos creen que el altiplano, en una época inmemorial, estuvo incluso al nivel del mar, y que la zona del lago habría sido entonces un golfo marino.

A partir de aquí, si dejamos la geografía y nos vamos a la arqueología, cabe señalar que varios investigadores han sugerido que el conjunto de Tiahuanaco –que está a unos pocos kilómetros al sur del lago y a mayor altura– pudo un día haber estado situado junto a la misma orilla del lago (o del “mar”), ejerciendo de puerto. El propio Posnansky creía que, en efecto, Tiahuanaco dispuso de ese puerto hacia el 15000 a. C. y por lo menos durante 5.000 años más, el tiempo en que el nivel y extensión del lago se mantuvo estable. En dicha época, la zona propiamente portuaria habría sido lo que hoy conocemos como Puma Punku (“La Puerta del puma”), acondicionada con dos grandes muelles o dársenas artificiales a base de enormes megalitos, y con capacidad para acoger cientos de naves.

Restos megalíticos de Puma Punku (Foto: D. Álvarez)

¿Pero cuál habría sido el origen de la ciudad? Tenemos noticia de una tradición local que conecta el lago con la más antigua mitología sudamericana, en que destacaba la presencia de una divinidad principal llamada Viracocha. Así, los indígenas de la región tenían el recuerdo de un gran diluvio que se llevó por delante la población humana de ese tiempo. Sin embargo, de las aguas surgió Viracocha, que repobló la Tierra con una nueva humanidad y se estableció en la ciudad de Tiahuanaco. Además, existe una vieja leyenda de los citados urus en la que se afirma que, cuando el lago era bastante más grande que en la actualidad, existía una escalera o plataforma que conducía directamente a los grandes templos de la ciudad. Los urus no saben quiénes erigieron las estructuras y estatuas de la Tiahuanaco, pero sin duda no fueron los incas, cosa que los cronistas españoles (Cieza de León, Garcilaso de la Vega) ya pudieron confirmar en el siglo XVI cuando preguntaron a los nativos por el origen de tan excelsas construcciones. Y eso no es todo: los urus también aseguran que bajo el lago yacen las ruinas de una antiquísima ciudad de oro.

A partir de este punto vemos una clara interrelación entre el lago y la ciudad megalítica en tiempos remotos, lo que dio forma a la cultura tiahuanacota. Pero, el asunto se complica cuando en vez de referirnos al entorno del lago, nos fijamos en el interior del propio lago. Así, hace no demasiado tiempo tuve conocimiento de que existían indicios de estructuras en sus zonas superficiales, e incluso en las zonas más profundas. Ello podría sugerir que en una época aún anterior a lo que actualmente vemos en Tiahuanaco y Puma Punku pudo existir otra población que quedó sepultada bajo las aguas del lago, quizá por efecto del gran cataclismo de finales de la última Edad de Hielo. Tras un somero estudio de esta cuestión, fui a parar a un artículo muy interesante y muy completo del investigador independiente Dave Truman, que en su día publicó en Internet[2] con el título The sunken cities of Titicaca: just gilded fables or the relics of an ancient history that is being suppressed? Así pues, toda la exposición –excepto algunos datos o ampliaciones por mi parte–que sigue a continuación se debe al trabajo de recopilación de Truman, que lleva años investigando la civilización ignota de los Andes. Para los interesados en profundizar en este tema, les invito a que visiten su sitio web (www.lostscienceoftheandes.com), donde podrán encontrar mucha y variada información del ámbito de la arqueología sudamericana desde una óptica alternativa.

Templo del Sol en la isla del Sol (lago Titicaca)
Truman pone contexto al tema aludiendo a las fuentes hispánicas, y cita que el propio Garcilaso había visto las ruinas de un templo solar en la isla del Sol, todavía con restos de oro y plata, y que podía rivalizar con el famoso gran templo de Coricancha, en Cuzco (Perú). Asimismo, los nativos hablaron a Pedro Cieza de León acerca de un líder local llamado Zapana, que había regido las ciudades que luego quedaron sepultadas en las profundidades del lago. Esta historia de algún modo fue corroborada en los años 50 cuando un pescador uru reconoció a la exploradora francesa Simone Waisbard que durante una época de fuerte sequía habían quedado al descubierto sobre la superficie las ruinas de una ciudad sumergida que había pertenecido a un tal “Gran Zapana”. Si hacemos ahora un repaso de las investigaciones modernas, Truman nos revela que los primeros estudios metódicos in situ del lago corrieron a cargo del norteamericano E. G. Squire, que en 1877 identificó restos artificiales (sobre todo un gran muro o rompeolas) en las aguas poco profundas del lago, junto a la península Sillustani. En su opinión, dichos restos quedaron sumergidos a causa de un terremoto.

Ya en el siglo XX, en los años 30, un oficial de la armada peruana llamado Antonio Rodríguez Ravitch exploró algunas partes del lago e informó de la presencia de ruinas megalíticas cerca de la isla de Kispinike. Años más tarde, su compatriota el doctor Waldemar Espinoza Soriano alegó haber visto bajo las aguas unos templos realizados con grandes monolitos y los atribuyó a una civilización pre-incaica. Con todo, la exploración integral de las aguas del lago no cobró fuerza hasta los años 50, con la aparición del buceador estadounidense William Mardoff, cuando ya habían empezado a correr historias sobre posibles tesoros sumergidos. Mardoff no halló ningún tesoro (se hablaba en particular de una gran cadena de oro con forma de serpiente), pero sí unos fragmentos de cerámica y –según explicó él mismo en una cena en su honor– las ruinas de una ciudad sumergida, a una profundidad de unos 30 metros. Posteriormente, otra expedición subacuática identificó otros restos de estructuras en el lago menor, cerca de la isla de Simillaque.

Bloques megalíticos de Sacsayhuaman
Con estos precedentes, en las siguientes décadas se intensificaron las exploraciones. El buceador argentino Ramón Avellaneda organizó una expedición en 1966 con el fin de seguir los pasos de Mardoff, pero no hallaron nada ahí donde Mardoff decía haber visto las ruinas. Tras recabar información de los nativos, el equipo de Avellaneda buceó en el otro extremo del lago y a tan sólo 8 metros de profundidad hallaron grandes bloques monolíticos, algunos encajados o interconectados a la manera de un puzle. Esto, según nos recuerda Dave Truman, es precisamente el estilo “poligonal” pre-incaico que podemos observar en Sacsayhuaman y en algunos puntos de Cuzco, y que los Gamarra[3] habían bautizado como estilo Uran Pacha. Pero, además, Avellanada hizo otros interesantes descubrimientos, como una calzada pavimentada que seguía la línea de la costa y un complejo de estructuras con nada menos que unos 30 muros que discurrían en paralelo, separados por unos 5 metros y de una altura aproximada a la de un ser humano. Eso sí, sobre su posible función o utilidad, sólo se podía especular. Lo que resulta sorprendente, a juicio de Truman, es que toda esa información no fue utilizada ni referida por otros investigadores y no están disponibles ni las fotografías ni las filmaciones que se hicieron bajo las aguas.

Acto seguido, a finales de los 60, entró en escena el famoso buceador y oceanógrafo francés Jacques-Yves Cousteau, que montó una ambiciosa expedición con muchos medios técnicos y un equipo de 17 personas, con la participación de un arqueólogo subacuático profesional. Su intención era la de realizar una exhaustiva investigación multidisciplinar, que incluía explorar y documentar las partes más profundas del lago[4]. En la práctica, este equipo topó con muchas dificultades, pues los medios de exploración oceánica (con dos mini-submarinos) no funcionaron bien en el lago, aparte de otros obstáculos que ya habían encontrado los investigadores precedentes: gran cantidad de algas y de totoras y también mucho lodo, con una baja visibilidad a mayores profundidades.

Bloques trabajados hallados por el equipo de Cousteau
Ahora bien, no todo fue frustración, pues el arqueólogo Frédéric Dumas halló diversos bloques de piedra en las aguas superficiales, destacando un bloque de andesita decorado con la figura de una serpiente, muy similar a una típica cobra asiática. Este hallazgo resultaba extraordinario, pues no hay prueba de la presencia de esta especie de serpiente en el continente americano. Aparte, las exploraciones en el lago menor confirmaron la existencia de estructuras con bloques encajados “al estilo Sacsayhuaman”. A este respecto, Truman nos indica que –según unos recientes estudios paleoclimáticos– este lago, Huiñamarca, pudo estar prácticamente seco en el periodo Dryas reciente, y de hecho todavía resulta muy “superficial” en comparación con el lago mayor. De ahí se podría especular con que estas estructuras fueron erigidas entre el 10500 a. C. y el 8000 a. C., en un tiempo en que no había agua en este lago menor[5].

Ya en la última parte del siglo XX prosiguieron los estudios con la intervención del escritor y cineasta boliviano Hugo Buero Rojo, que en 1979 llevó a cabo una exploración del lago, que se plasmó en 1981 en una película titulada El lago sagrado. Buero tropezó con similares dificultades a las padecidas por Jacques Cousteau, pero pudo documentar en el lago mayor algunas vías pavimentadas y grandes muros ciclópeos que serían restos de templos ya destruidos y de un conjunto de estructuras. Y una vez más, a pesar del interés de estos hallazgos, el trabajo de Buero cayó en el olvido y sus materiales no están disponibles al público –al menos en Internet– para su revisión y análisis. Vale la pena destacar este fragmento de un artículo periodístico sobre el contenido de esta película:

“Se hallaron monumentales bloques de piedra que parecen ser muros de templos semidestruidos, caminos enlosados que se pierden en unas cavernas profundas, caminos que se internan en las profundidades del lago.”

Vista del lago desde la isla del Sol (Foto: Dave Truman)
Finalmente, a inicios de este siglo, una organización cultural italiana llamada Akakor Geographical Exploring se propuso explorar metódicamente el lago y aportar certezas desde el punto de vista arqueológico. Así, esta entidad emprendió una expedición científica denominada Atahualpa 2000, que buceó en las aguas próximas a la isla del Sol, hallando a unos 50 metros de profundidad restos de terrazas de cultivo, un muro de contención, una calzada de 700 metros de largo y restos de un posible centro ceremonial. Los arqueólogos al cargo de los estudios reconocieron la importancia del descubrimiento, al que dataron sobre el 2000 a. C. (como máxima antigüedad) y propusieron nuevas exploraciones a mayor profundidad. No obstante, cabe destacar que el experto en arqueología andina y gestor de la zona arqueológica de Tiahuanaco, el boliviano Carlos Ponce Sanguinés, rechazó por completo la artificialidad de estos hallazgos y apeló a una simple confusión.

Más adelante, se implementaron unas nuevas exploraciones en el lago, la Titicaca 2002 y la Akakor 2004. La primera de ellas encontró varios bloques trabajados enlazados entre sí, pero descartó sin demasiados argumentos la existencia de ciudades sumergidas. La expedición Akakor 2004 contó con el apoyo oficial de la armada boliviana y las autoridades culturales de ese país, con cierto despliegue de medios, incluyendo pequeños robots subacuáticos. Así, se pudieron documentar diversos restos a una profundidad de 80 metros, e incluso se pudo fotografiar un gran objeto de oro (¿una estatua o ídolo?) que –inexplicablemente– no fue rescatado por la expedición, alegando que el objeto en cuestión parecía demasiado pesado. Y, por si esto no fuera poco, en una entrevista concedida a un programa informativo italiano, los buceadores del equipo italo-brasileño reconocieron haber grabado un muro caído revestido en oro (y se emitió alguna imagen de tal hallazgo en el programa) y situaron algunos de los hallazgos en un horizonte de más de 5.000 años de antigüedad.

Sin embargo, casi nada de esto se hizo público en las noticias de Bolivia, donde pareció existir cierta incomodidad o discordancia ante los hallazgos. De hecho, en una nota de prensa aparecieron datos contradictorios acerca de la cronología y el significado de los descubrimientos. Por un lado, el arqueólogo boliviano Eduardo Parejo –portavoz del Ministerio de Cultura de su país en este asunto– afirmaba que los restos eran relativamente recientes y que la estatua dorada pudo haber estado alojada en el templo de la isla del Sol, omitiendo cualquier mención al muro recubierto de oro. Por otro lado, se hacía referencia a varias conclusiones del equipo Akakor 2004, según las cuales había claras pruebas de la existencia de una civilización antiquísima (de entre 5.000 y 10.000 años de antigüedad) a una profundidad de unos 100 metros. Además, se sugería que el lago había sufrido fuertes cambios debidos a factores naturales, sobre todo terremotos e inundaciones, que habrían afectado al nivel y extensión de las aguas.

Fragmento de la Fuente Magna con texto cuneiforme
Dave Truman acaba su documento poniendo el énfasis en esta incomodidad científica e incluso en la negación de la evidencia en algunos casos. En este sentido, señala que algunas significativas piezas recuperadas por las modernas expediciones al Titicaca y expuestas en el pequeño museo de la isla del Sol –abierto en 2010 al público– ya no estaban allí en 2016, como pudo comprobar personalmente. Y para remarcar el ambiente de conspiración o encubrimiento, Truman menciona los resultados de una reciente expedición belga-boliviana (2013), la cual –aparte de rescatar de las aguas unos 2.000 pequeños objetos– habría encontrado supuestamente unos relieves en piedra que mostrarían unas figuras humanas muy similares a los semidioses sumerios Anunnaki. Pues bien, pese a que esta información llegó a Internet, actualmente todos los enlaces relacionados con este hallazgo concreto se han desvanecido, según Truman. En fin, no sería la primera vez que los sumerios aparecen en escena en Sudamérica, si recordamos el turbio asunto de la Fuente Magna, un objeto que tiene la consideración de oopart[6].

Hasta aquí el relato de Truman, que nos muestra un panorama bastante claro en cuanto al historial de las exploraciones subacuáticas del lago. No se puede negar que a lo largo de las décadas se han ido encontrando restos artificiales o ruinas en varios lugares del lago y a diversas profundidades, desde prácticamente la superficie hasta los 100 metros por lo menos. Tampoco parecería razonable argumentar que todos esos bloques “fueron arrojados al lago”. Pese a ello, sigue sin organizarse una investigación exhaustiva, continuada y sistemática a cargo del estamento científico y sólo se van realizando intervenciones puntuales y no concluyentes, e incluso controvertidas, como hemos visto. Es obvio que la tarea es grande, compleja y costosa, pero con voluntad y recursos se podría avanzar mucho, aunque a lo mejor tampoco hay demasiado interés por la labor. Por de pronto, sabemos que en la superficie también queda mucho trabajo por hacer. Así, aunque el conjunto de Tiahuanaco y Puma Punku es imponente, en realidad la parte excavada o restaurada sólo representa un 5% de todo el yacimiento. Y si ya en tierra las cosas están como están, todo indica que bajo las aguas no se van a realizar mayores esfuerzos.

Al lector todo esto no le vendrá de sorpresa pues hace poco ya expuse el famoso caso de Yonaguni, que presenta también varios frentes abiertos. Al parecer, el tema de las ciudades sumergidas, ya sea bajo los mares o en este caso bajo un lago, es un asunto poco agradecido y que la arqueología académica prefiere negar, esquivar o minimizar en lo posible. Una vez más, aquí está el fantasma agitado por autores como Graham Hancock, que defienden que las estructuras de piedra sospechosas son en realidad los restos de las ciudades costeras de una civilización ignota que quedaron sepultadas con la crecida de las aguas y otros desastres naturales, como consecuencia del cataclismo global de hace 12.000 años. No voy a extenderme al respecto, pero recuerdo que los indicios de estas supuestas ruinas submarinas los podemos hallar en lugares tan diversos el Caribe, Malta, la India, Taiwán, Japón…

Muro del Kalasasaya (Tiahuanaco)
Si nos fijamos en Tiahuanaco, la situación es aún más confusa y desconcertante, pues si la datación arqueoastronómica de Posnansky fuese correcta, los restos bajo el lago deberían ser lógicamente más antiguos todavía. Así pues, ¿pudo ser Tiahaunaco una continuación de las ciudades que habían quedado bajo las aguas? ¿Daría esto una explicación al mito de Viracocha y su “recreación” de una nueva civilización? No deberíamos descartar esa hipótesis. Además, dado que se ha podido identificar el estilo de construcción Uran Pacha (“poligonal”) bajo las aguas, esto dataría indirectamente el resto de estructuras similares de tipo megalítico que podemos observar en superficie en otros puntos de Sudamérica (e incluso del planeta). Es cierto que no podríamos quizá asignar un horizonte cronológico ajustado, pero desde luego quedaría muy lejos de la civilización inca, a la que erróneamente se han asignado muchos de estos monumentos.

El problema de fondo en todo este asunto no es nuevo. Desde la ortodoxia se defiende una cronología bastante rígida para el poblamiento de América y para el proceso de civilización, en los dos subcontinentes americanos. Todo ello se ha basado en dogmas, tipologías y sobre todo dataciones de Carbono-14, cuya fiabilidad está más que bajo sospecha por diversos motivos de tipo técnico y metodológico, e incluso por las propias tergiversaciones conscientes o inconscientes de los investigadores. Frente a esto, la geología –más otras formas de datación– apunta a otros horizontes, y como mínimo pone en duda los axiomas hasta ahora intocables. Dejamos aparte los casos esporádicos en que han aparecido dataciones extremadamente antiguas, que he comentado ampliamente en este blog, y que han sido ignoradas o negadas por el mundo académico.

Ruinas de Tiahuanaco
En este contexto, el caso del lago Titicaca es otra molesta piedra en el zapato que resulta ya difícil de negar. En el mejor de los casos, aun sin irnos a una distante época antediluviana, los restos subacuáticos ya serían prueba de una civilización extremadamente antigua que obligaría a revisar toda la cronología de la arqueología americana, y ello no parece que sea un plato del gusto del estamento académico, como tampoco lo es admitir –aunque sea parcialmente– el papel del catastrofismo a gran escala en la historia de la Humanidad. Precisamente, es oportuno destacar que, según Posnansky, Tiahuanaco sufrió un gran desastre natural hacia el 11º milenio a. C. Así, la excavación mostró restos diversos entremezclados caóticamente a causa de la crecida súbita y desmesurada de las aguas del Titicaca, supuestamente provocada por movimientos sísmicos, que cubrió la ciudad y arrasó con todo[7]. Desde esta perspectiva, es posible que las ruinas identificadas bajo el lago sean el testimonio de un proceso similar ocurrido mucho tiempo antes.

Para resumir y concluir, tenemos una serie de hechos que, si bien necesitan ser consolidados con nuevas investigaciones, nos ofrecen un panorama inequívoco. Por un lado, los estudios geológicos y paleoclimáticos confirman los avances y retrocesos de las aguas del lago, que pudieron ocurrir de forma gradual pero también de forma brusca en tiempos muy remotos. Por otro lado, resulta evidente que se han identificado estructuras artificiales, aparte de gran cantidad de objetos, a diversas profundidades del lago. Por lo tanto, ya podemos decir el lago sagrado de los urus encierra algo más que leyendas y mitologías. Existen restos sumergidos que con toda probabilidad son más antiguos que la ciudad de Tiahuanaco y que merecen una investigación rigurosa, completa y sin prejuicios, y que sobre todo encare el tema cronológico con una total objetividad y precisión.

Llegados a este punto, se podría empezar a recuperar la herética hipótesis de que existió en América una civilización arcaica muy avanzada en diversos aspectos y que fue víctima de un cataclismo –o una serie de ellos– hasta perderse en el olvido y el mito. Más adelante, el legado de dicha civilización pudo reconstituirse, dando así forma a las varias civilizaciones precolombinas conocidas, muchos siglos o milenios después. Así pues, la comparación o contraste de los restos bajo las aguas del Titicaca con el conjunto de Tiahuanaco y otros yacimientos en superficie debería ofrecer pistas significativas para comprender el origen de la civilización en el continente americano. La verdad está ahí abajo, a unos cuantos metros de profundidad.

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons / David Álvarez / Dave Truman / archivo del autor



[1] Incluso hoy en día se puede encontrar en el lago cierta cantidad de fauna típicamente oceánica. Además, el agua todavía en la actualidad es ligeramente salina pese a haber trascurrido tantos millones de años.
[2] Fuente: https://grahamhancock.com/trumand2/
[3] Se trata de Alfredo y Jesús Gamarra, padre e hijo, investigadores peruanos que estudiaron especialmente los estilos arquitectónicos del Perú prehispánico.
[4] El documental realizado por Cousteau puede verse en youtube: https://www.youtube.com/watch?v=o3Cw9mGsea0
[5] Esta propuesta se basa en los estudios del ambientalista boliviano Conde Villareal, que afirma que Huiñamarca estaba del todo seco aproximadamente entre las fechas citadas, que coinciden más o menos con el Dryas reciente.
[6] Se trata de un bol de piedra hallado en 1960 por un indígena en las cercanías del Titicaca y que, aparte de ciertos motivos decorativos, presenta un texto escrito en caracteres cuneiformes arcaicos (proto-sumerio), y que pudo ser traducido como una fórmula ritual o religiosa. El estamento académico lo ignora o lo considera un fraude. 
[7] Posnansky justificó esta interpretación en base a los estratos aluviales que excavó en Tiahuanaco, los cuales presentaban una mezcla desordenada de huesos humanos, utensilios, cerámicas, conchas, flora y fauna acuáticas, etc. También se hallaron cenizas volcánicas, lo que podría indicar la influencia de erupciones volcánicas.

martes, 4 de agosto de 2015

Los descubrimientos de Alfredo Gamarra


Tengo el placer de presentar aquí un trabajo del autor holandés Jan Peter de Jong, que lleva años viviendo en el Perú e investigando los misterios arqueológicos de las antiguas civilizaciones precolombinas. El empeño de este investigador se ha centrado en particular en las técnicas de construcción de los antiguos incas (o, para ser más exactos, los que estaban antes  que ellos), destapando las inconsistencias del paradigma actual, que, a su juicio, no da respuesta satisfactoria a ciertas características muy visibles en el registro arqueológico. Cabe decir que de Jong ha fundamentado gran parte de su labor en los esfuerzos previos de los Gamarra, Alfredo (ya fallecido) y su hijo Jesús, que desafiaron con sus teorías y observaciones los cimientos de la arqueología convencional.

Precisamente, hace pocos años Jan Peter de Jong escribió un artículo a modo de homenaje a Alfredo Gamarra, que la revista digital Dogmacero tuvo el honor de publicar en su número 2.  Y, dado que estos dos grandes investigadores peruanos fueron más bien poco mediáticos, sus propuestas no son demasiado conocidas, por lo cual quisiera ahora reproducir íntegramente este artículo en el que los lectores hallarán una completa síntesis de las aportaciones de este gran sabio peruano. Para todos aquellos que deseen ampliar la información sobre estos temas, les invito a que visiten los sitios web de Jan P. de Jong: http://www.ancient-mysteries-explained.com y  http://www.janpeterdejong.com




Alfredo Gamarra (1903-1999) fue un investigador peruano que dedicó buena parte de su vida a investigar los misterios de la historia de la Humanidad. Su trabajo, que tuvo carácter multidisciplinar, se basó especialmente en la información que le proporcionaron los numerosos vestigios arqueológicos de Cuzco, su ciudad natal y antigua capital inca del Perú. Estos esfuerzos, que afortunadamente tienen continuidad gracias al tesón de su hijo Jesús, le condujeron a conclusiones que van más allá del paradigma científico actual. Así, podríamos decir que nos hallamos frente a un trabajo no precisamente convencional, pero sí riguroso y exhaustivo, que sin duda merece una seria consideración, dado que presenta nuevas perspectivas y soluciones donde otros no han sido capaces de aportar nada.

Seguidamente exponemos un resumen de las principales teorías que desarrolló Alfredo Gamarra a partir de sus observaciones e investigaciones.


América no es el Nuevo Mundo, sino un mundo mucho más antiguo


Ruinas de Machu Picchu
Alfredo y Jesús Gamarra estudiaron muchos documentos antiguos y todos los vestigios que se hallan en la ciudad de Cuzco, Sacsayhuamán, el Valle Sagrado de los incas (incluyendo Machu Picchu) y muchos otros lugares poco conocidos por el público. A partir de estas pruebas, y con la aportación de su profundo conocimiento de los mitos locales, leyendas y restos de culturas pretéritas, como los incas, llegaron a la conclusión de que Cuzco y sus alrededores son mucho más antiguos de lo que se supone (de ningún modo construidos por los incas), y que el continente americano no era realmente un Nuevo Mundo, como sostiene el paradigma histórico dominante, sino un mundo mucho más arcaico de lo que se acepta comúnmente.


El origen de muchas culturas de todo el mundo se encuentra en Perú


Esta conclusión sobre América también se basaba en el descubrimiento de restos extraordinariamente antiguos dentro y cerca de lo que se supone que eran vestigios incas, así como en otros indicios procedentes de historias locales, topónimos, símbolos, archivos y crónicas del periodo colonial. Además, estudios posteriores centrados en libros antiguos  —como las obras de historiadores griegos y romanos, o informaciones extraídas del Vaticano y de la Biblia— y en la semejanza de las lenguas locales, como el quechua y el aymara, con otras lenguas de todo el mundo, les inclinaron a pensar que muchas culturas pudieron haber tenido su origen en esta parte del mundo. Asimismo, la memoria global que parece que existió sobre antiguas civilizaciones como la Atlántida o Mu pudo haber estado relacionada con este mismo lugar.

"Piedra de los 12 ángulos"  (Cuzco, Perú)
Cuzco podría haber sido el lugar sagrado de los orígenes de la humanidad. Para los Gamarra, la presencia de un estilo constructivo muy arcaico en Cuzco y sus alrededores significa algo especial, como si este lugar pudiera considerarse la cuna de Humanidad. Las construcciones en este estilo se encuentran en otras partes del mundo, también relacionadas con “El Origen”, pero no son tan abundantes como en la zona de Cuzco. Además, el estudio de la literatura, los topónimos y las antiguas lenguas, así como los indicios que Alfredo Gamarra percibió en sueños lúcidos, parecen confirmar esta sorprendente conclusión.

Los incas construyeron sobre vestigios ya existentes


Los Gamarra concluyeron que los incas fueron los responsables de las construcciones más simples de lugares como Sacsayhuamán o Machu Picchu, caracterizadas por el uso de  pequeñas piedras —con marcas de martillo y cincel— o bien de ladrillos de adobe. Sin embargo ellos no construyeron las estructuras más sofisticadas, dado que no poseían las herramientas adecuadas para producir tales resultados. Concretamente existirían dos estilos pre-incaicos:
  1. Del tiempo de Hanan Pacha, una época que según A. Gamarra coincidiría con el paraíso citado en la Biblia (según la mitología inca, el tiempo de la tierra con el cielo encima). Encontramos este estilo en la base de los vestigios, realizado sobre la roca viva, con el aspecto de haber sido tallado como mantequilla o queso. Las piedras presentan vitrificación y suelen hallarse en el centro o debajo de los muros de épocas posteriores.
  2. Del tiempo de Uran Pacha, que vendría a ser la época bíblica comprendida entre la expulsión del paraíso y la confusión de las lenguas. Se trataría del estilo típicamente megalítico con los bordes vitrificados y con un encaje perfecto de los bloques. Solemos encontrar estos muros encima o alrededor de las piedras del primer estilo.


Estilo Hanan Pacha (pre-incaico)

Estilo Uran Pacha (pre-incaico)

 
Estilo Ukun Pacha (incaico)


Los mismos estilos constructivos anteriores a los incas aparecen en todo el mundo


Alfredo Gamarra identificó el estilo Hanan Pacha en varios monumentos antiguos de todo el mundo, como Malta, Egipto, Gran Bretaña o Japón. En muchos casos parece ser que este estilo fue utilizado por culturas posteriores. Así, en Egipto apareció este estilo en la cámara subterránea –una estructura supuestamente inacabada– que muestra algunas típicas características Hanan Pacha, como las esquinas interiores redondeadas y un aspecto moldeado. En Japón, las estructuras sumergidas de Yonaguni aún son objeto de debate sobre su artificialidad, pero para A. Gamarra estaba claro que mostraban los mismos rasgos típicos del estilo Hanan Pacha.

Gracias al análisis comparativo de imágenes de algunos yacimientos de todo el mundo, se ha podido observar estructuras similares en todos los rincones del planeta, formando en muchas ocasiones la base de antiguos monumentos sagrados. En este sentido, cabe destacar el sensacional descubrimiento de que la estructura pétrea en el interior de la mezquita de la Cúpula de la Roca en Jerusalén, llamada la piedra fundacional, es una típica piedra Hanan Pacha.

El tipo de construcción del Hanan Pacha forma parte de la base de los vestigios. Los muros se erigen alrededor de esas estructuras, como si necesitaran ser protegidas o fueran consideradas de vital importancia, si bien todavía no hemos sido capaces de asignar una función conocida a tales estructuras, al menos desde nuestra lógica actual. También está claro que estas estructuras, hasta el día de hoy, son utilizadas por la población local para hacer ofrendas. En todo caso, hay que reseñar que no se han identificado canteras para estas construcciones, como algunos han propuesto.

Megalitismo en Egipto
Lo mismo ocurre con el estilo de construcción del Uran Pacha: muros compuestos de piedras perfectamente unidas, tan típico de Cuzco, y algunas veces con enormes bloques. Como ya comentamos, este estilo se detecta muchas veces encima o alrededor del estilo Hanan Pacha. Gracias a Internet podemos ver hoy en día que este estilo aparece en varios yacimientos en todo el mundo; así, otros ejemplos de esta construcción, aparte de Perú, los encontramos en la Isla de Pascua, Egipto, Malta y Grecia.

El tercer estilo pertenece sin duda a los incas, según los Gamarra, y es el más tardío, edificado siempre encima de los otros dos estilos. Algunos podrán argüir que los diferentes estilos  se superponen en fluida armonía, pero resulta obvio que cada estilo se corresponde con una tecnología diferente, y que el último de ellos presenta una tecnología muy simple. Asimismo, las piedras utilizadas en cada estilo son de diferentes tipos, lo que puede representar diferentes fases.  También hay que considerar que en los muros con piedras perfectamente encajadas, aun de gran tamaño, no vemos nunca piedras mal colocadas: siempre apreciamos juntas perfectas, lo cual hace más probable la afirmación de los Gamarra de que en aquel tiempo les era fácil hacerlo así, gracias a algún tipo de tecnología desconocida.

Esta tecnología parece ser que se basaba en piedras moldeables. En todos los vestigios examinados se aprecia que los constructores de los estilos Hanan y Uran Pacha eran capaces de hacer cualquier forma que quisieran en la piedra. Así, hallamos bloques con la forma de esquina, juntas perfectas con superficies irregulares en todos los bordes de la piedra, formas caprichosas de la piedra –como si pudieran hacer movimientos rápidos– y diáfanos cambios en la superficie de la roca, como si ésta fuera blanda. El estilo Hanan Pacha se muestra como si hubiera sido moldeado con una cuchara, siempre con esquinas interiores cóncavas, redondeadas, lo que descarta que hubiera sido realizado con un rayo láser, como algunos indican. Una buena analogía de este estilo sería nuestro moderno material de protección de porexpan, hecho con moldes y calor, que tiene la misma apariencia de esquinas redondeadas. De nuevo encontramos esta misma manera de trabajar la piedra en otros yacimientos a nivel mundial.

Las piedras moldeadas y vitrificadas fueron usadas antes de la época inca


La vitrificación es un fenómeno que aún es negado sistemáticamente por la ciencia ortodoxa. Los arqueólogos se refieren a esta característica como “piedras exquisitamente pulidas”. Sin embargo, Alfredo Gamarra identificó hace mucho tiempo esta técnica de la vitrificación en diversos vestigios de Cuzco y sus alrededores, en los dos estilos antes mencionados y en diferentes tipos de piedra. 

La última información, a partir del análisis de una muestra, confirma que Alfredo estaba en el camino correcto. Los resultados demuestran que la composición de la capa superior de la muestra es muy diferente del resto de la piedra, que es una típica piedra caliza. La capa superior contiene significativamente más silicio y la composición es muy similar a la de la pintura cerámica. Así pues queda justificado afirmar que esta piedra debió ser tratada con una tecnología basada en la aplicación de calor.

Sacsayhuamán
La existencia de piedras vitrificadas se confirma en los clásicos tipos de piedra de los estilos Hanan Pacha y Uran Pacha. Se puede observar muchas veces una capa suave, delgada y uniforme, especialmente en aquellas piedras que de alguna manera han estado mucho más protegidas de la erosión, por ejemplo las que se encuentran dentro de las cuevas. En el caso de los muros con las juntas perfectas del estilo Uran Pacha vemos este fenómeno particularmente en las esquinas, donde las piedras parecen haber estado selladas juntas, mientras que otras piedras de esos mismos muros parece como si hubieran sido planchadas en algunos puntos.  Cuando se analizó en Europa una muestra de un monumento del Hanan Pacha se pudo apreciar que la capa superficial delgada tiene otra composición química, con una alta concentración de silicio, al igual que la composición de la pintura cerámica, lo cual confirma prácticamente el uso de calor. Asimismo, el análisis visual confirmó el efecto de refracción, muchas veces presente en la vitrificación, según había indicado Jesús Gamarra. Analizando este fenómeno en otras partes del mundo, ejemplos claros son los encontrados en las piedras de lugares como Egipto y Malta.

El quechua y el aymara son las lenguas más antiguas del mundo


Alfredo Gamarra conocía la relevancia de las lenguas quechua y aymara. Recientemente se ha propuesto la especial estructura del aymara como técnica de traducción automática informatizada, dado que el aymara no está basado en una lógica dual (verdadero o falso), sino en una lógica de tres valores. De este modo, es capaz de expresar sutilezas modales donde otros lenguajes han de recurrir a complejos circunloquios. Así pues, el aymara facilitaría la traducción de idiomas, tal como ha confirmado el investigador boliviano Iván Guzmán de Rojas, inventor del programa informático Atamiri. El aymara es tan perfecto que se ha llegado a sugerir que se trataría de una lengua artificial.

Alfredo dijo que el aymara, junto con el quechua, desciende directamente del primer lenguaje existente sobre la Tierra, lo que tendría confirmación a través de las semejanzas regulares que se dan entre el quechua y el aymara y otras lenguas de todo el mundo. Siguiendo la lógica de un solo lenguaje originario común, Alfredo consideró que ese origen estaba en Cuzco y que el quechua y el aymara eran los restos de ese primer lenguaje, la  lengua que la Humanidad tuvo que aprender después de la “confusión de lenguas”. Antes de ese tiempo, según Alfredo, los hombres se podían comunicar telepáticamente.

Asimismo, existe una larga lista de libros que tratan esta cuestión y que establecen una similitud entre estas lenguas y otras de Europa y Asia. Durante mi primera visita a Cuzco, antes incluso de conocer las investigaciones de los Gamarra, conocí a un hombre que hablaba ocho lenguas, y según él esto se debía a que tenía el conocimiento del quechua, lo que le facilitaba hablar las otras siete lenguas restantes. También argumentaba que el quechua debió de haber sido una especie de lengua raíz, lo que parece confirmarse por otras fuentes. Jesús Gamarra escribió un pasaje interesante sobre esto, llamado “La Primera Lengua”.

En tiempos arcaicos existían otras condiciones físicas en el planeta


Para mucha gente puede resultar increíble el hecho de que existiese una menor gravedad en el pasado, pero ello podría explicar muchos misterios del pasado. Después de oír esta propuesta de Jesús Gamarra, la investigué más a fondo y llegué a la conclusión de que existen varias indicaciones y pruebas que confirman una menor gravedad en tiempos remotos.

Cráneo alargado (Malta)
Alfredo Gamarra sostenía que, a causa de una menor gravedad y una menor presión atmosférica, las formas de vida en el pasado pudieron haber sido más grandes, como por ejemplo durante la era de los dinosaurios. Asimismo, estableció una relación entre el tamaño de los seres humanos y una gravedad menor, tomando como base las numerosas referencias a los gigantes en el pasado y a algunos hallazgos de huesos gigantes. Otro rasgo peculiar serían los cráneos alargados —que no deben confundirse con las deformaciones artificiales—, que aparecen el Perú (Cuzco, Nazca, Paracas...), así como en otros lugares como Malta o Rusia.

La población de la era Hanan Pacha pudo haber tenido cartílagos en vez de huesos (insinuado también en los trabajos de Madame Blavatsky), lo que haría muy improbable encontrar ningún tipo de resto. Estas gentes de los periodos Hanan Pacha y Uran Pacha pudieron haber sido los dioses y gigantes de los que nos hablan los mitos, leyendas y religiones. En esos tiempos sería más fácil para los humanos materializar el pensamiento, dado que toda la materia sería menos densa. En este sentido, los humanos tendrían más poder sobre la materia y los animales, y la comunicación sería por vía telepática.

Además, una gravedad menor supondría un menor consumo de energía para superar los efectos de ésta. Así, según Alfredo, un proceso de regeneración celular más lento y un bajo consumo de energía serían factores que facilitarían una vida más larga en tiempos arcaicos. De este modo, en la era Hanan Pacha la duración de la vida podría haber sido casi eterna, y de más de mil años en la era Uran Pacha, lo que no haría preciso corregir la extensa duración de las vidas mencionadas en la Biblia.

Este fenómeno podría explicar la gran longevidad de los personajes de la Biblia y de Egipto. La gravedad es la fuerza que a lo largo de nuestra vida nos tira hacia abajo, una fuerza contra la que tenemos que luchar las 24 horas al día. Si esta fuera menor, consumiríamos menos energía y ello comportaría un proceso de envejecimiento más lento de nuestro cuerpo. Asimismo, podría explicar también la diferencia de escala que vemos en ciertos vestigios antiguos comparados con otros más modernos. La diferencia de escala entre los estilos Hanan Pacha, Uran Pacha y el Ukun Pacha es obvio. Primero, se edificaba sobre las laderas de montaña o sobre enormes bloques de piedra. Más tarde, se construía sobre el estilo anterior con bloques perfectos, a veces gigantes, del estilo Uran Pacha. Y finalmente encontramos el estilo inca de piedras pequeñas o adobe. Y, una vez más, hallamos estas características en otras partes del mundo.

Otro de los elementos a destacar es la diferencia de escala de los seres vivos en el pasado. Existe una importante literatura que confirma la idea de un decrecimiento del tamaño de los seres vivos con el paso del tiempo, desde las formas gigantes (dinosaurios) a las más pequeñas; de hecho, de todas las criaturas de la Tierra existen ejemplares más grandes en el pasado. Esto también se aplicaría al ser humano, a partir de supuestas evidencias. Obviamente, este hecho está muy presente en todo tipo de leyendas, mitos y religiones de todo el mundo.

Representación de Pangea
En el ámbito geológico, la teoría de la Tierra en expansión –como por ejemplo constata el científico alemán Konstantin Meyl– muestra que todos los continentes encajan perfectamente en un globo terráqueo mucho más pequeño, que comprendería toda la extensión de la Tierra. Esto no puede ser una coincidencia. El encaje de los continentes del globo terráqueo en su tamaño de hoy no es tan perfecto; de hecho, Pangea, el supercontinente primigenio, pudo haber estado realmente en un globo terráqueo mucho más pequeño. A pesar de que la física no puede demostrar con argumentos cómo pudo haber sucedido semejante evento —lo que constituye la principal razón por la que no se acepta esta teoría— tampoco podemos rechazar o negar la evidencia arguyendo que no sabemos como sucedió.

Una gravedad menor también podría explicar por qué los humanos podrían haber tenido más poder cerebral y capacidades especiales como la telepatía, ya que estas circunstancias diferentes parecen haber tenido gran influencia en el ser humano a nivel espiritual y mental. Mi interpretación, basada en la manera de pensar de Alfredo Gamarra, es la siguiente: en el presente, debido a un mundo con más gravedad y más densidad de todos los materiales, nos es más difícil tener acceso al Campo (término utilizado por la autora Lynn McTaggart en su libro del mismo nombre). Según McTaggart: “…la conciencia humana era una sustancia fuera de los confines del cuerpo. Una energía ordenada elevada capaz de cambiar el mundo físico.” El Campo, en este sentido, es el Universo Interconectado, donde todo y todos están conectados. La razón y causa de menos interconexión y de la vida de separación y aislamiento del hombre moderno se debe especialmente a las circunstancias de mayor gravedad y densidad. Así pues, en un pasado remoto, con menos gravedad, sería mucho mas fácil tener contacto con el Campo, lo que se traduciría en mayores capacidades telepáticas, acceso más fácil a un conocimiento común, y resultados de intención más inmediatos. Lynn McTaggart intenta probar el efecto de la intención humana con sus experimentos sobre la intención, ya que está convencida de que tenemos la capacidad de fabricar nuestro propio futuro e influenciar en la materia con nuestros pensamientos. En mi opinión, la situación actual de la densidad/gravedad es la que impide ver un efecto inmediato en nuestras intenciones, pero en el pasado, con otras condiciones, sería mucho mas fácil hacer cosas de este tipo.

En el pasado existieron diferentes calendarios, según las órbitas de la Tierra


Alfredo Gamarra relacionó las épocas Hanan Pacha y Uran Pacha con calendarios inferiores a 365 días por año, cuando la Tierra estaría más ceca del Sol. Así, Alfredo pensaba que la Tierra habría formado parte del Sol y que poco a poco habría incrementado su órbita, alejándose cada vez más. Las tres últimas, incluyendo la actual, serían las que permitirían la vida humana sobre el planeta.

Puerta del Sol (Tiahuanaco)
La primera órbita con presencia humana habría sido en el Hanan Pacha, con un año de 225 días, un calendario que Alfredo identificó en la Puerta del Sol de Tiahuanaco (Bolivia). Esta época, caracterizada por un clima tropical en todo el globo, habría permitido la vida casi eterna (el paraíso terrenal) en una Tierra más pequeña, con los continentes más juntos y con menos gravedad. La segunda órbita, la del tiempo Uran Pacha, habría tenido un año de 260 días, lo que sería el calendario maya Tzolkin.

Las dos veces en que la Tierra cambió de órbita en la historia humana se corresponderían a la expulsión del paraíso y luego a la confusión de lenguas. Ambos momentos representaron un cambio en la gravedad, así como cambios físicos y mentales para la humanidad. Según Alfredo, el motivo decorativo de los tres lados escalonados, un símbolo que se encuentra en toda la cultura inca, sería un reflejo de este concepto de tres periodos/órbitas/mundos. Lo mismo se aplicaría al concepto de los tres círculos hallado en vestigios de todo el mundo como los tres círculos de Stonehenge, los tres círculos en la cima del Borobudur y los tres círculos del Moyuc Marka, en la parte alta de Sacsayhuamán.

Con respecto a otros calendarios en el pasado, resulta interesante retomar las investigaciones de Alfredo Gamarra en lo referente a que mucha información del pasado se podría interpretar literalmente. Así, al igual que la longevidad de las persona en el pasado, los gigantes, las personas con capacidades espirituales y mentales mucho mayores que las de ahora, también sería factible la existencia de calendarios más cortos en el pasado, como el Calendario Tzolkin y el Calendario de la Puerta del Sol de Tihuanaco. Normalmente se considera el Calendario Tzolkin  como un calendario lunar, que habría sido modificado artificialmente a 365 días para hacerlo encajar con nuestro mundo moderno. A su vez, el Calendario de Tiahuanaco ha sido interpretado por Erich von Däniken como un calendario de Venus, de 225 días. Pero en el pasado, estos ciclos más cortos tal vez reflejaban la órbita real de la Tierra, lo cual encajaría en la teoría general de una Tierra que se va alejando del Sol y que se expande mientras orbita. De este modo, la extinción de especies –especialmente las criaturas gigantes– pudo haberse debido a este proceso y no a las inversiones de los polos u otros desastres naturales. Asimismo, tomando la historia humana relatada en la Biblia, tendríamos aquí una explicación para la reducción de la longevidad del hombre, ya que con cada cambio de órbita la Tierra habría incrementado su masa y su gravedad. Alfredo tenía una explicación interesante de cómo los seis días de la Creación están reflejados en los monolitos de Ollantaytambo; concretamente dijo que fueron seis órbitas diferentes, antes de que empezara la historia humana.


La Gran Torre de Babel, en Sacsayhuamán



Monolitos de Ollantaytambo
En cuanto a los lugares sagrados del origen en el Perú, Alfredo Gamarra tuvo una experiencia de tipo paranormal cuando estaba en frente de los monolitos de Ollantaytambo. Parece ser que  recibió un mensaje, como una voz de su interior, con estas palabras: “Esta es la primera edición del génesis de las sagradas escrituras.” Sus investigaciones posteriores, tras esta experiencia, le inclinaron a pensar que muchos de los escenarios de las sagradas escrituras judeo-cristianas sucedieron en Perú, especialmente cerca de Cuzco. De hecho, hay muchas indicaciones que coinciden con las antiguas descripciones, tal y como confirmé con Jesús Gamarra.

Mi propia visión coincide con la reivindicación de Alfredo Gamarra de que Cuzco fue la Gran Babilonia, la ciudad que gobernaba todo el mundo, y que Sacsayhuamán, encima de Cuzco, podría haber sido la Gran Torre de Babel. Y aunque esta afirmación sea más bien atrevida, existen bastantes razones para pensar y creer así. Babilonia en Irak es una ciudad relativamente moderna, mientras que Cuzco, originalmente entre dos ríos, tal y como afirman los mapas antiguos de la ciudad, podría ser mucho mas antigua siguiendo la lógica de Alfredo Gamarra, con sus dos estilos de construcción extraordinariamente arcaicos.

Además, las descripciones de Babilonia y de la Torre de Babel (Etemenanki) de los historiadores griegos y los romanos coinciden con las características de Sacsayhuamán. Y recordemos que nunca se ha encontrado en Mesopotamia nada parecido a la Torre de Babel, donde se supone que debería estar. Aparte de estas referencias, existen en la Biblia otros  escenarios que bien podrían haber tenido lugar en el continente americano. Por ejemplo, según el explorador Gene Savoy, Ophir debía de haber estado en Perú. El documental Etemenanki y el libro Parawayso de Jesús Gamarra dan más detalles de este tema en concreto.

Conclusiones



Mis experiencias personales, que arrancan del rodaje del documental La Cosmogonía de los Tres Mundos, un trabajo que produje junto a Jesús Gamarra sobre la obra de su padre, son de alguna manera la confirmación de las conclusiones de Alfredo, que aunque puedan sonar un poco desubicadas, están mayormente respaldadas por pruebas objetivas, como hemos expuesto. Y ante todo, cabe destacar que los descubrimientos de Alfredo permiten explicar muchos misterios del pasado, gracias a que conectan muchos elementos concretos. Así pues, no hay necesidad, por ejemplo, de caer en la hipótesis alienígena por falta de explicaciones sobre fenomenología extraña o sobre determinados objetos o tecnologías.

Todas estas investigaciones, teorías y afirmaciones de los descubrimientos de Alfredo Gamarra deben ser evaluadas, desarrolladas y elaboradas con mayor profundidad, un trabajo que está llevando a cabo su hijo Jesús Gamarra. Las afirmaciones de Alfredo Gamarra son como poco atrevidas, pero podrían servir para atar los cabos sueltos de algunas teorías oficiales que todavía están por demostrar. Sea como fuere, el trabajo de Alfredo Gamarra es de gran valor, y esperemos que dentro de un tiempo se convierta en la base de futuras investigaciones que nos hagan entender mucho mejor el pasado remoto de la historia del ser humano.

© Jan Peter de Jong 2013