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jueves, 30 de marzo de 2017

Ni Von Däniken ni los académicos




Parece que actualmente se van acumulando más y más noticias sobre la posible existencia de vida inteligente fuera de nuestro planeta, avaladas incluso por instituciones tan oficiales como la propia NASA. Y mientras tanto, las viejas teorías sobre hipotéticas visitas extraterrestres en el pasado –lejos de ser olvidadas o marginadas– cobran nueva fuerza a través de los medios de comunicación y de Internet en particular. 

Así, desde fuera del fenómeno, da la impresión de nos quieren hacer creer en los alienígenas sí o sí, demostrando que están ahí fuera y que de hecho han estado con nosotros a lo largo de los milenios. Y a todo esto, el estamento científico oficial sigue instalado en su cómodo paradigma evolucionista y ha ido ignorando o despreciando cualquier asalto por parte de los proponentes de la teoría de los antiguos astronautas.

Podríamos considerar, en efecto, que a la hora de analizar el pasado más distante no puede haber dos posiciones más enfrentadas que la de los defensores de las paleovisitas y la del estamento académico arqueológico, pero... ¿es así realmente? ¿O son dos caras de una misma moneda? ¿O dos tendencias que se retroalimentan eficazmente la una a la otra? Propongo ahora una breve reflexión sobre este dilema en arqueología, que tiende a simplificar los debates y a escurrir el bulto de las verdaderas incógnitas sobre la historia más remota de la Humanidad.

E. Von Däniken
Por un lado, tenemos la citada teoría de los antiguos astronautas que fue popularizada por el investigador suizo Erich Von Däniken, que si bien no la ideó, sí le dio el empaque y la difusión necesaria para calar ente amplias capas sociales. La propuesta de Von Däniken partía, de hecho, de las observaciones realizadas por los autores del llamado realismo fantástico, que pusieron de manifiesto que el pasado estaba lleno de misterios e incongruencias que no tenían una explicación lógica, y que de algún modo la presencia de unos supuestos dioses que “civilizaron” (o incluso crearon) al ser humano era la que podía explicar tales incongruencias. Y como en aquella época la carrera espacial estaba en pleno auge y la ufología se instalaba como ciencia que trataba de relacionar los extraños fenómenos celestes con seres de otros planetas, no es de extrañar que Von Däniken llegase a una conclusión evidente: los dioses fueron en realidad astronautas venidos en sus naves de lejanos planetas. Así pues, todas las maravillas arquitectónicas o técnicas que no parecían encajar en un mundo antiguo y primitivo, debían ser –por fuerza– obra de unos seres avanzados no humanos.

Y detrás de este modelo de pensamiento, vemos que Von Däniken asume que el escenario histórico propuesto por el mundo académico es básicamente correcto, al aceptar que el ser humano de la Prehistoria –e incluso de las primeras civilizaciones–estaba en un estadio muy primitivo de conocimiento y que sus habilidades, medios y recursos para emprender según qué gestas eran simplemente insuficientes. Así pues, no se podía esperar gran cosa de los humanos de la Edad de Piedra, y en consecuencia se debería deducir que para llevar a cabo determinados logros necesitasen la ayuda o colaboración de unos seres humanoides mucho más avanzados, que lógicamente eran los alienígenas. Por lo tanto, las grandes pirámides, los enormes monumentos megalíticos, la ciudad de Tiwanaku o la de Teotihuacán, los artefactos como la pila de Bagdad, las bombillas de Dendera o el mecanismo de Antikythera, etc. serían el resultado de una intervención extraterrestre.

Naturalmente, si ahora nos vamos al ámbito académico de la arqueología, nos encontramos con una férrea oposición a la posibilidad de las visitas extraterrestres. Desde su visión darwinista, los académicos plantean una evolución biológica y cultural de la Humanidad, pasando a través de los siglos de lo más primitivo a lo más avanzado. No obstante, el escenario de Von Däniken podría suponer un dolor de cabeza para estas explicaciones evolutivas pues no pueden negar que hay unos restos, unos objetos y unos conocimientos muy notables en un contexto aparentemente demasiado antiguo. ¿Cómo solucionan pues este dilema?

La gigantesca Piedra del Sur (Baalbek)
La interpretación tradicional frente a las proclamas altisonantes de Von Däniken ha sido precisamente rebajar sus expectativas y diluir los supuestos misterios. Así, al hablar de conocimientos astronómicos, tallado y transporte de grandes bloques y otros asuntos polémicos, la ortodoxia afirma que no hay para tanto y que todo estaba al alcance de las antiguas culturas humanas de hace miles de años. Por tanto, consideran –por ejemplo–que el asunto del trabajo de la piedra no era especialmente complicado aunque sí muy lento y laborioso, pero que podía hacerse con herramientas simples, y mucha habilidad y esfuerzo. Todo ello se plasmaba en edificaciones propias de la época como templos, tumbas, pirámides, etc., que encajan perfectamente en el marco cronológico de hace unos pocos miles de años.

Otra cosa, desde luego, es que podamos ponerle muchos peros a tales interpretaciones, pues muchas veces los argumentos esgrimidos se salen por la tangente, acudiendo a axiomas mantenidos durante décadas o a simples suposiciones y conjeturas. Y ello por no citar los proyectos de arqueología experimental, que a veces ofrecen resultados inciertos o fracasan estrepitosamente. Esto no implica, claro está, que los antiguos no pudieran realizan obras enormes o alcanzar logros sobresalientes con los medios y metodologías que teóricamente estaban a su disposición, pero hay ciertos límites que no pueden ser sobrepasados. El problema es que la ortodoxia mete todo en el mismo saco y se desentiende de lo que no puede explicar de una manera convincente.

Civilización: ¿con o sin alienígenas?
En cualquier caso, si comparamos ambas visiones, vemos que ambas comparten un mismo sustrato conceptual, un evolucionismo rígido que pone al hombre del pasado remoto en un estadio de barbarie e ignorancia que fue progresivamente superado gracias al fenómeno de la civilización. La clave está en que los académicos ven la civilización como un proceso “natural” derivado de la evolución cultural de la Edad de Piedra[1], mientras que Von Däniken y todos sus seguidores (muy en especial Sitchin) no creen en el salto evolutivo espontáneo sino en la intervención directa de unos seres extraterrestres que crearon y tutelaron al ser humano en sus primeras fases de desarrollo.

Lo cierto es que, a día de hoy, no hay pruebas fehacientes e irrefutables de esas visitas alienígenas pese a los miles de libros y documentales que se han realizado al respecto. Personalmente, desde la discrepancia, creo que la labor de Erich Von Däniken merece un respeto y un reconocimiento porque durante décadas ha estado investigando numerosos temas espinosos y ha realizado cientos de preguntas incómodas al estamento académico desde su posición de investigador dominguero (tal como él mismo se definió). Sin embargo, su falta de erudición y su obstinada fijación en una tesis intocable le hizo cometer muchísimos errores y deslices, por no mencionar algunos intentos de manipulación y fraude y la siempre presente sombra del negocio literario por encima de cualquier consideración científica.

Ahora bien, para ser sinceros y justos, tampoco podemos negar al 100% que existan civilizaciones extraterrestres en lejanos planetas o que las famosas paleovisitas no hubieran tenido lugar. Este es el clásico problema de intentar demostrar que algo no existe, lo cual es absurdo, y de hecho no es el objetivo de la ciencia. Así pues, la teoría de los antiguos astronautas merece una consideración dentro del ámbito científico pero no deja de ser simplemente un escenario posibilista que algunos nos quieren vender como realidades irrefutables a partir de unas supuestas pruebas basadas en el paradigma que ya hemos comentado: “si es demasiado avanzado, debe venir de otro planeta”.

El dios Quetzalcoatl
A su vez, el mundo académico no ve nada de extraño en los logros del pasado y acusa a los paleoastronáuticos de menospreciar la grandeza de las antiguas civilizaciones. Y por supuesto, cualquier mención a dioses, semidioses, héroes, Edades de Oro, etc. es enviada al cómodo cajón de sastre de las mitologías, las creencias y la superstición propia de los antiguos. En cualquier caso, consideran que el ser humano nunca ha estado tan avanzado en conocimientos y tecnología como en el momento actual, siguiendo la ortodoxia evolucionista, y por tanto no se puede admitir que en algún momento nuestros antepasados estuviesen situados en un estadio superior de desarrollo.

De este modo, el mundo académico se siente muy cómodo al tener como oponente principal a esos lunáticos que hablan abiertamente de extraterrestres, tecnologías fantásticas y platillos volantes porque les resulta muy fácil ridiculizarlos o ignorarlos, como ya hizo en su día Carl Sagan, auténtico estandarte de la ciencia moderna frente a los creyentes en las pseudociencias. Basta citar, por ejemplo, esta declaración inequívoca de Sagan para ver por dónde van los tiros:
“El interés mostrado por los ovnis y los astronautas antiguos parece derivar, al menos en parte, de necesidades religiosas insatisfechas. Pon lo general, los extraterrestres son descritos como seres sabios, poderosos, llenos de bondad, con aspecto humano y frecuentemente arropados con largas túnicas blancas. Son, pues, muy parecidos a dioses o ángeles que, más que del cielo, vienen de otros planetas, y en lugar de alas usan vehículos espaciales. El barniz pseudocientífico de la descripción es muy escaso, pero sus antecedentes teológicos son obvios. En la mayoría de los casos los supuestos astronautas antiguos y tripulantes de ovnis son deidades escasamente disfrazadas y modernizadas, deidades fácilmente reconocibles. Un informe británico reciente sobre el tema llega incluso a señalar que es mayor el número de personas que creen en la existencia de visitantes extraterrestres que en la de Dios.”[2]
Pero no hace falta ser muy avispado para apreciar que esta polaridad centrada en la presencia o no de alienígenas es en realidad un debate distorsionado e incompleto, que trata de poner o quitar a los extraterrestres como recurso para explicar determinadas anomalías arqueológicas. Es evidente que ambos bandos no están demasiado interesados en explorar una vía alternativa que rompe completamente con la concepción evolucionista, y que no es otra que la historia cíclica. Así pues, según este escenario ya expuesto por muchas culturas antiguas en todos los continentes, el tiempo no es lineal sino cíclico... y tampoco son precisos los extraterrestres para explicar según que cosas. De alguna manera, esta línea es la que mantienen –con matices– algunos autores como Graham Hancock o John Anthony West, que creen en la existencia de una Edad de Oro o civilización desaparecida que precedió a las primeras civilizaciones conocidas y a las que transmitió muy tenuemente su legado, ya que se produjo una evidente caída o degeneración.

El "mundo perdido"
Desde este enfoque, los alienígenas no son en absoluto necesarios, porque esos dioses de Von Däniken seríamos nosotros mismos en un estadio superior de conciencia que posibilitaría la realización de esos grandes logros que la ciencia oficial atribuye a las antiguas civilizaciones. Dicho de otro modo, los “superhumanos” de esa remota época vivirían en un entorno de alta tecnología (pero no como la nuestra) y serían capaces de llevar a cabo obras que hoy nos parecen una barbaridad por sus dimensiones y complicaciones técnicas[3]. Y en este escenario podemos especular con la idea de que la Atlántida citada por Platón –y otras realidades similares mencionadas en otras tradiciones antiguas– podría simbolizar esa Edad de Oro, aunque lógicamente los antiguos no podían reconstruir la grandeza y complejidad de ese pasado mítico y tenían que referirse a él en términos comprensibles para ellos mismos.

En consecuencia, esta propuesta de un mundo anónimo desaparecido –pero humano–rompe con la idea de Von Däniken de que ciertas maravillas del pasado se debieron a la irrupción puntual de unos astronautas venidos de Dios sabe dónde. Asimismo, pone de manifiesto que la rígida visión de que no hay ninguna anomalía –según defienden los académicos– no es aceptable, pues tratar de encajar “con calzador” unas realidades que incluso hoy en día superan a nuestro saber más avanzado es un ejercicio de hipocresía y de falta de rigor científico.

Y ahí está el eterno mito de la caída del hombre. La pérdida de su poder, de su mayor nivel de conciencia. Quizá esa sea la clave para poder avanzar en el estudio de la historia más remota y extraer conclusiones. No avanzamos, sino que retrocedemos. Como repetidamente ha dicho Graham Hancock: somos víctimas de una enorme amnesia histórica.

© Xavier Bartlett 2017


[1] Representada básicamente por lo que el arqueólogo Gordon Childe llamó “revolución neolítica”, un cambio radical en las formas de vida, pasando de una mera subsistencia a partir de la caza y recolección a una sociedad compleja y diversificada, basada en la producción y acumulación de alimentos y bienes.
[2] SAGAN, C. El cerebro de Broca. Ed. Grijalbo, 1984.
[3] Esto implica, obviamente, que la arqueología oficial ha interpretado y datado incorrectamente muchos monumentos de la Antigüedad o ha querido pasar por alto ciertas anomalías que resultan mucho más significativas para arquitectos o ingenieros.

sábado, 24 de enero de 2015

Entrevista a Robert Temple


A continuación presento en exclusiva un amplio extracto de la entrevista que realicé el pasado otoño a Robert Temple, cuya publicación estaba programada para el n.º 9 de la revista Dogmacero, todavía inédito. Robert K. G. Temple es un prolífico investigador alternativo estadounidense afincado en Gran Bretaña, cuya formación académica es una licenciatura en Estudios Orientales. Ha sido miembro de la Royal Astronomical Society y profesor invitado de varias universidades. Es mundialmente conocido por su obra “El misterio de Sirio” (1976), todo  un referente de la arqueoastronomía alternativa, que analiza el enigma del sorprendente conocimiento del sistema de Sirio por parte de la tribu africana Dogon. Ha escrito diversos libros y artículos sobre temas de historia, arqueología y mitología, y en los últimos años se ha interesado muy especialmente en el Antiguo Egipto. Otras obras destacadas de Temple son “The Crystal Sun” (2000), “The Sphinx Mystery” (2009) y “The Egyptian Dawn” (2010). 




“Los defensores de la ortodoxia profesionales siempre han sido los enemigos de la humanidad”

 
Pregunta: Después de tantos años, ¿cree que el misterio de Sirio sigue sin resolverse? ¿Es la hipótesis de los Nommo, los seres que supuestamente provenían del sistema de Sirio, una explicación válida para justificar los conocimientos astronómicos avanzados de los Dogon?

Respuesta: El misterio de Sirio, sin duda, sigue sin resolverse. En cuanto a los Nommo, es una hipótesis válida, porque las pruebas de esta hipótesis son muy extensas y sorprendentes.

P: Las implicaciones del Misterio de Sirio sugieren que de alguna manera la llamada “teoría de los antiguos astronautas” podría ser cierta. Según los defensores de esta teoría, la civilización podría haber sido en verdad un don de los dioses (los alienígenas). ¿Cuál es su opinión al respecto?

R: Las palabras “teoría de los antiguos astronautas” no son mis palabras, y nunca las han aceptado. Se trata de una frase sensacionalista barata. Y también me opongo a la frase “don de los dioses / extraterrestres”. Nunca he aprobado la ridícula sugerencia de que los extraterrestres pudieran ser dioses. Fue Erich von Däniken el que escribió un libro con el título sensacionalista Chariots of the Gods (“Carros de los dioses”). Nunca he dicho que los alienígenas fueran o pudiesen ser dioses. En cuanto la frase “carros de los dioses” pasó a los medios de comunicación, se hizo fácil ridiculizar cualquier discusión sobre vida extraterrestre a causa del absurdo intento de vincular la discusión de los “alienígenas” con los “dioses”, lo cual suscita la aparición de preguntas y disputas altamente volátiles y controvertidas relativas a las creencias religiosas.



Tampoco la civilización es necesariamente un “don”, incluso si se tratara de algo derivado del contacto con extraterrestres. En cuanto se habla del “don de la civilización” se está poniendo a los alienígenas en el papel de seres divinos y se denigra a la humanidad,  por cuanto se está sugiriendo que los seres humanos eran unos salvajes inútiles a los que unos extraterrestres divinos salvaron de la ignorancia y la barbarie. Visto así, no sólo es poco científico, es un insulto a la humanidad. Si la más alta civilización en este planeta debe su origen al contacto extraterrestre, no podemos estar seguros de los motivos que hay detrás de ello. Estos son asuntos serios que requieren estudio y una investigación sobria y cuidadosa. En cuanto a mi actitud personal, yo ciertamente creo que los seres humanos han sido contactados por otras entidades que estaban en posesión de una tecnología superior.



Pero eso es sólo mi opinión personal, y es una hipótesis. Todas las teorías y las hipótesis deben ser sometidas a revisión continua. Cualquier cosa en la que “creemos” puede ser errónea. La certeza es inalcanzable.

P: Usted sostuvo una dura disputa con la revista Omni a principios de los 80 debido a un artículo acerca de su libro publicado por Carl Sagan en esa revista. Parece que los editores no querían iniciar un debate abierto sobre el Misterio de Sirio ni poner en peligro la reputación de Sagan. [Véase al respecto el artículo en este mismo blog: http://laotracaradelpasado.blogspot.com.es/2013/09/la-polemica-temple-sagan-sobre-los.html] ¿Cuál fue su conclusión sobre este oscuro episodio? ¿Y cuál es su punto de vista acerca de algunos defensores de la ortodoxia, (eruditos académicos, asociaciones escépticas, revistas científicas, etc.) que ni siquiera permiten el libre debate de nuevas ideas heterodoxas?

R: No tengo la más mínima opinión sobre lo que ocurrió entonces, ni sobre las personas a las que usted se refiere. Hay muchos asesinos de reputaciones que se cubren con un manto de rectitud llamado “escepticismo profesional”. Pero no son escépticos en absoluto, sino proveedores de la ignorancia y del mal. Carl Sagan era un hombre perverso, corrupto, deshonesto, parcial y ególatra. Los “defensores de la ortodoxia” profesionales siempre han sido los enemigos de la humanidad, dado que todas las ortodoxias han de ser cuestionadas y desafiadas en todo momento.

P: En su opinión, ¿por qué el entorno académico rechaza las llamadas teorías alternativas, incluso cuando muestran pruebas razonables y rigor científico en su enfoque?

R: Uno de los problemas es que muchas teorías alternativas son presentadas por personas incoherentes, chifladas y que desvarían. Y muchas teorías alternativas son simplemente una locura. Y estas locas teorías tienden a relacionarse con las teorías sensatas, con lo cual estas últimas son desacreditadas por simple asociación. Esto es injusto y absurdo, pero es la naturaleza humana. Las mentalidades ortodoxas odian cualquier desviación de la norma; es su inclinación psicológica. Recurren a cualquier excusa para ignorar todo lo que se encuentra en cualquier vía alternativa. Basta que un par de locos se pongan a despotricar en el fondo para que una persona ortodoxa se retire rápidamente a su caparazón, y el diálogo se ha terminado. Ellos no quieren diálogo de ninguna de las maneras. Sólo quieren que los dejen solos en su sueño de lo que ellos consideran como normal.

P: Algunos investigadores sostienen que hay una “conspiración” para ocultar ciertos hallazgos arqueológicos que, de ser conocidos, podrían cambiar la visión que tenemos de nuestro pasado remoto. ¿Qué piensa sobre esto? ¿Cree que es sólo una cuestión de rumores sin fundamento?

R: Una conspiración es simplemente un acuerdo entre dos o más personas para cometer acciones, generalmente perjudiciales, en secreto; según este criterio, todos los días tienen lugar millones de conspiraciones. Las personas que sospechan que hay algo que va mal en los grandes asuntos del mundo o en los gobiernos, o incluso en cosas tan simples como la arqueología, son tildadas de “teóricos de la conspiración”, un término que está siendo utilizado como un insulto –de la misma forma que la palabra “racista”– para tapar la boca a la gente.



Desde luego que hay conspiraciones en la arqueología, como en cualquier otro campo. La arqueología puede ser utilizada con fines políticos, tal como sucedió con los nazis. Asimismo, los hallazgos arqueológicos también se pueden ocultar, por ejemplo, con fines religiosos. ¿Por qué los Rollos del Mar Muerto y los textos gnósticos de Nag Hammadi han estado “de brazos cruzados” durante décadas, siendo a menudo inaccesibles, si no es porque han habido esfuerzos en ocultarlos por parte de ciertos intereses? Y luego hay personas peculiares que a veces llegan a altas posiciones en la arqueología, al igual que en otros campos, y que francamente son desequilibrados mentales. Todos tenemos en mente a un personaje egipcio que era así. Tales personas esconden, encubren o revelan lo que les place en función de sus locos caprichos y sus pretensiones megalómanas. Siempre habrá conspiraciones. Son parte de la vida diaria y son predecibles. Cualquiera que trate de hacernos creer que no existen las conspiraciones es que está implicado en una conspiración.

P: Algunos autores alternativos, como G. Hancock, J.A, West, A. Collins y otros, han planteado la posibilidad de que una civilización avanzada (¿la Atlántida?) pudo haber existido en un pasado lejano antes del nacimiento de las civilizaciones históricas bien conocidas. ¿Cuál es su opinión sobre este tema?

R: Yo no creo que existiera una civilización en una isla en el medio del Océano Atlántico. Eso es una completa tontería, en mi opinión. Sin embargo, una vez dicho esto, creo que hay algo tangible detrás de la leyenda de la Atlántida. Creo que existió una gran civilización avanzada situada en las costas del Atlántico, desde Marruecos a Suecia, y que tal civilización fue la de los constructores de megalitos. La mayor concentración de población de esta civilización parece haberse dado en la Península Ibérica, ahora conocida como España y Portugal. El círculo megalítico más grande del mundo se encuentra en Marruecos, y mi esposa Olivia y yo lo hemos visitado y fotografiado. Explico todo esto con gran detalle y con muchas ilustraciones en el capítulo ocho de mi libro Egyptian Dawn. Asimismo, he encontrado el mítico “Jardín de las Hespérides” en Marruecos. Cualquier persona interesada en estos temas puede leer en el libro lo que acabo de mencionar. También puede consultarse el sitio web dedicado al libro (www.egyptiandawn.com), con muchas pruebas e información adicional.



P: Tras la aparición de la notable obra de de Santillana y Von Dechend, Hamlet’s Mill, una serie de autores alternativos han estudiado la importancia de la observación y la transmisión de ciertos acontecimientos astronómicos (por ejemplo, el ciclo de precesión) en tiempos antiguos. ¿Cree usted que los antiguos trataron de codificar y transmitir una especie de “conocimiento cósmico” a través de los mitos y los monumentos de piedra a las futuras generaciones? ¿Qué aspectos específicos de la arqueoastronomía pueden ayudar a comprender la mentalidad de los antiguos?

R: Parece ser que en tiempos muy antiguos ya existía un conocimiento astronómico de gran precisión. Los egipcios parecen haber estado familiarizados con la precesión de los equinoccios y además fueron capaces de establecer la duración del año solar con cuatro cifras decimales (a pesar de que utilizaban fracciones, no decimales, en su aritmética). En este tipo de cosas, su conocimiento era más avanzado que el de los griegos que vinieron después. Asimismo, parece que incluyeron indicaciones precisas de sus conocimientos en algunos de sus monumentos. Así pues, la arqueoastronomía es absolutamente crucial y necesita de cada pequeño esfuerzo que nos sea posible darle. Ahora bien, que los antiguos incorporasen el conocimiento en estructuras para que fuese descodificado por generaciones futuras es una hipótesis, no una certeza. Pudieron haber tenido algunas otras motivaciones, como “honrar la sagrada estructura del Universo” y mostrar reverencia al cosmos.



En cuanto a la mentalidad de los antiguos, ¡ese sí que es tema importante! Sus actitudes eran sin duda muy diferentes de las nuestras. Por un lado, hoy en día vivimos en una sociedad profundamente secularizada en la que nunca se nos ocurriría mostrar reverencia hacia la naturaleza y el cosmos. Pero tampoco nos formemos falsas ideas de los egipcios. Tenemos que recordar que los antiguos egipcios no tenían ninguna palabra en su idioma ni para “religión” ni para “creencia”. Si queremos tratar de entenderlos, ¡tenemos que empezar con eso!

P: Por lo general, los historiadores y los arqueólogos no tienen en cuenta la mitología como fuente fiable de información, debido a que los mitos “no se pueden pesar, medir o datar mediante carbono-14” (en palabras de Graham Hancock). Sin embargo, algunos relatos históricos (Manetón o Beroso, por ejemplo) citan una larga lista de los reyes antiguos, incluyendo reyes-dioses antediluvianos que supuestamente gobernaron antes del comienzo de la civilización. Sin embargo, estos reyes son etiquetados como “mitos” o “fantasías”. Así que, ¿por qué los antiguos iban a registrar con precisión cosas o personas que en realidad no existieron?

R: Es muy inteligente por parte de Graham decir que los mitos no se pueden pesar, medir o datar con carbono. Los mitos no son racionales o lógicos, son imaginativos y sugerentes. No esperamos obtener información precisa de los poemas, y sin embargo, nos transmiten cosas útiles; lo mismo se puede decir de los mitos. Sólo porque algo sea sugerido en vez de ser afirmado de manera rígida y racional no significa que podamos permitirnos descartarlo. Incluso nos puede transmitir una mayor verdad, una verdad más allá de las palabras.



En cuanto a los reyes míticos, como Gilgamesh, por ejemplo, estas figuras míticas o semi-míticas aparecen en los relatos de diferentes culturas por diversas razones. La pregunta no se puede responder de forma simple. A veces, estas figuras tienen una base en la historia real y otras veces no. Muchas figuras históricas adquieren dimensiones míticas con el paso del tiempo; incluso los césares romanos decretaron su divinidad en el transcurso de sus propias vidas.

P: En Egipto, así como en otras partes del mundo, podemos ver algunos monumentos construidos con enormes piedras y una gran precisión técnica. ¿Cree usted que los egipcios tenían una especie de ciencia o tecnología avanzada desconocida para nosotros y no reconocida por la ciencia ortodoxa?


R: En cuanto a la construcción de grandes estructuras como las tres grandes pirámides de Guiza, creo que los egipcios de antes de la quinta dinastía, efectivamente, tenían una tecnología especial. No es necesariamente correcto denominarla “avanzada”, porque ese es un término relativo; el hecho de que no sepamos nada sobre esta tecnología no quiere decir que sea “avanzada”.



Dicho esto, los antiguos egipcios no tenían grúas para levantar piedras pesadas. El reconocimiento de este hecho por sí solo debería habernos mostrado desde el inicio de la egiptología que las pirámides de Guiza no pudieron ser construidas con piedras talladas que pesan decenas de toneladas. Se estima que algunos de los bloques que forman el suelo cerca de la pirámide de Kefrén pesan 200 toneladas. Si uno no puede alzarlas, tampoco puede utilizarlas. En consecuencia, sólo hay una solución lógica: si las piedras no se tallaron, algo distinto se debió hacer. Y ahí es donde está la respuesta. De hecho, esa respuesta la ha proporcionado mi amigo el profesor Joseph Davidovits, un químico francés. Él no sólo ha sugerido, sino que ha demostrado y probado que los bloques de la pirámide no se tallaron y se izaron: fueron moldeados in situ. En otras palabras, que están hechos de un tipo especial de cemento. Él mismo ha fabricado dos grandes bloques de ese tipo, uno de tres toneladas y otro de cuatro toneladas; lo he visto con mis propios ojos.



Los bloques fueron realizados con escombros de piedra caliza mezclados con agua y una ceniza especial; después, esta mezcla se sometía a un proceso de polimerización, y finalmente se obtenía un bloque –de tamaño medio– ya endurecido en unos tres días. Los bloques habrían sido moldeados en estructuras de madera que luego fueron retiradas y vueltas a utilizar. Se podría verter la mezcla del siguiente bloque directamente encima del primer bloque, y así sucesivamente; esa es la razón por la cual a menudo no se puede insertar una hoja de afeitar entre los bloques. Además, al utilizar este proceso redescubierto por Davidovits se forma una capa muy fina de yeso entre los bloques que podría parecer un mortero, pero que no lo es.



Así pues, todo lo necesario para realizar los bloques de las pirámides era llevar los escombros de piedra caliza en sacos y el agua en pieles de cabra sobre las espaldas de unos pocos hombres. No había pues ninguna necesidad de ejércitos imaginarios de esclavos jadeando y gimiendo. Es todo una fantasía.

P: ¿Cree usted que las grandes pirámides de Guiza (supuestamente construidas durante el Imperio Antiguo) fueron diseñadas como tumbas para los faraones o cree usted que tenían un propósito original diferente? En otras palabras, ¿cree que los reyes de la cuarta dinastía simplemente las adoptaron y restauraron, como sugiere la Estela del Inventario? ¿Considera usted otro tipo de pruebas que apoyen una datación más antigua para las pirámides?

R: En mi libro Egyptian Dawn presento claras pruebas, con detalle, que demuestran que las principales pirámides de Guiza fueron construidas indiscutiblemente antes de las fechas convencionales de la cuarta dinastía. Mi colega, el profesor Ioannis Liritzis, y yo mismo, ayudados por mi esposa Olivia,  conseguimos tomar unas muestras en Guiza con el permiso del Gobierno de Egipto. Gracias al uso de una nueva técnica de datación por termoluminiscencia óptica implementada por Liritzis, obtuvimos unas fechas que muestran que las principales estructuras de Guiza son anteriores a lo que “deberían ser”. Así pues, los reyes de la cuarta dinastía adoptaron las pirámides y enterraron a sus amigos y familiares en sus alrededores. Al hacer esto, siguieron la tradicional costumbre egipcia conocida como “usurpación de un monumento”. Ellos no construyeron las grandes pirámides.



En cuanto a la cuestión de las pirámides como tumbas, es un tema complejo. Hay muchas pirámides que fueron utilizadas como tumbas, como las de las dinastías quinta y sexta, por ejemplo. Y también tenemos la maciza pirámide escalonada de Saqqara, que se asoció a la tumba del faraón Zoser o Djoser, el primer rey de la tercera dinastía. Pero de ninguna manera hemos resuelto todos los misterios relacionados con estos asuntos. En cuanto a las tres grandes pirámides de Guiza, las dos pirámides antiguas de Dashur, y también probablemente la pirámide de Meidum, no creo que nunca se destinasen a contener tumbas reales.

P: Por último, ¿en qué nuevos proyectos está trabajando actualmente? ¿Está planeando un nuevo libro?

R: He completado un nuevo libro titulado The Real Places of Legend (“Los lugares reales de leyenda”), que trata de Grecia y Egipto, pero que aún no se ha publicado. Contiene una descripción completa de mi descubrimiento del emplazamiento original de Delfos en Grecia, la antigua ciudad prehistórica llamada Lykoreia. Phyton, el enclave clásico al que todo el mundo va hoy en día, fue fundado alrededor del año 800 antes de Cristo, pero la ciudad original se remonta a entre 2200 y 2000 antes de Cristo, antes incluso de que los griegos existieran como pueblo. He financiado personalmente una excavación preliminar en el lugar, llevada a cabo por arqueólogos griegos, que ha confirmado lo que sugieren los indicios en superficie. Actualmente estoy a la espera de conseguir fondos para una excavación completa de este yacimiento, que debería ser declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, al estar tan íntimamente ligado a los orígenes de la civilización occidental.

© Xavier Bartlett 2015

jueves, 12 de septiembre de 2013

La polémica Temple-Sagan sobre los Dogon y Sirio


Dentro de la múltiples tendencias de la arqueología actual existe una línea de investigación muy específica que podríamos englobar en la llamada arqueoastronomía, que podríamos definir como la disciplina que tiene por objeto la investigación de los conocimientos astronómicos de las comunidades humanas en la Prehistoria y en las primeras civilizaciones. Si bien esta especialidad es relativamente moderna, ha alcanzado ya un alto nivel de madurez científica, y aunque en sus inicios despertó algunas dudas y suspicacias por parte del estamento académico, hoy en día se considera una vía de investigación del todo válida para la comprensión de muchos restos y yacimientos arqueológicos en clave astronómica. Ahora bien, durante mucho tiempo la arqueoastronomía ha estado bastante ligada a la llamada “arqueología alternativa”, pues no han faltado teorías e interpretaciones que han ido mucho más allá de lo que admite el consenso científico académico.
 
Robert Temple
Lo que presentaremos a continuación es precisamente el desencuentro entre estas dos visiones de la arqueoastronomía, a partir del famosísimo y polémico trabajo de Robert Temple sobre el sistema de Sirio y su conocimiento por parte de la tribu africana de los dogon. Robert K. Temple (nacido en 1945) es un investigador norteamericano afincado en Gran Bretaña, que en 1976 publicó uno de los grandes clásicos del género: The Sirius Mystery[1]. Por supuesto, hay que aclarar que la historia que recoge Temple en su libro está basada en el trabajo previo de Marcel Griaule y Germaine Dieterlen, dos antropólogos franceses que convivieron cierto tiempo con esta tribu de Mali a mediados del siglo XX. La investigación antropológica de estos dos estudiosos sobre la cosmología dogon se plasmó en la publicación en 1951 del artículo Un sistema de Sirio sudanés, en el cual se ponían de manifiesto los grandes conocimientos de astronomía –y muy en especial del sistema de la estrella Sirio– por parte de los dogon. Así pues, Temple recogió el testigo de Griaule y Dieterlen y, tras nueve años de investigación, se propuso dar un paso más allá y desentrañar lo que el denominó “el misterio de Sirio”, que pasamos a exponer de forma resumida.



Según lo que dedujeron Griaule y Dieterlen de las entrevistas a un hechicero a través de un intérprete, los dogon tenían unos increíbles conocimientos astronómicos —herencia de sus ancestros— para su primitivo contexto cultural. Por ejemplo, sabían que Júpiter tiene cuatro satélites principales, que Saturno tiene anillos o que los planetas giran alrededor del Sol en órbitas elípticas. Pero sobre todo conocían desde tiempos remotos la existencia de una estrella no visible hermana de Sigui Tolo (Sirio A), que es la estrella más brillante de la constelación del Can Mayor. Los dogon llamaban a esta estrella Po Tolo (Sirio B) y la consideraban enormemente densa, ya que estaría compuesta de un metal muy pesado que ellos denominaban sagala. Además, los dogon sabían que realizaba una órbita completa alrededor de su compañera Sigui Tolo cada 50 años, evento que conmemoraban con una fiesta tradicional llamada Sigui. Sin embargo, eso no era todo. Los dogon afirmaban que existía una tercera estrella en el sistema (Sirio C) a la que llamaban Emme Ya, una estrella más grande y más ligera que Po Tolo.


Hasta aquí el relato meramente antropológico, pero ¿qué había de cierto en todo ello desde el punto de vista científico? No había ningún misterio en la observación a simple vista de Sirio A, pero lo demás ya no era tan fácilmente explicable. De hecho, hasta bien entrado el siglo XIX no se descubrió la existencia de Sirio B, que era, en efecto, una pequeña estrella enana blanca, de gran densidad[2]. Además, los dibujos que realizaron los dogon sobre la órbita de Sirio B alrededor de Sirio A eran muy parecidos al modelo astronómico que hoy conocemos de este sistema. Por si esto fuera poco, en la época en que los antropólogos franceses recogieron el relato no había ninguna constancia de que existiese Emme Ya, la tercera estrella. Es más, incluso en el momento en que Temple escribió su libro no se sabía nada concreto sobre Sirio C. Hubo que esperar al año 1995 para tener alguna pista al respecto. Los astrónomos Daniel Benest y J.L. Duvent, a partir de las anomalías observadas en las órbitas de Sirio A y Sirio B, sugirieron la probable existencia de una tercera estrella, una enana marrón, que giraría alrededor de las dos mayores en un periodo de poco más de seis años.



Sea como fuere, y dado que los dogon no podían haber tenido acceso a ninguna tecnología moderna que facilitase tal conocimiento de Sirio, debía haber algún tipo de explicación para unas afirmaciones tan certeras y detalladas. Lo que los propios dogon dijeron es que tal conocimiento fue transmitido por un ser –o un grupo de seres­– de naturaleza anfibia que provenía del cielo (del sistema de Sirio) llamado nommo, que ejerció de maestro o instructor. Según la mitología de los dogon, existía una deidad principal, Amma, que habría creado el Universo y también a estos seres medio pez, medio humano. Los nommos habrían bajado a la Tierra en una gran arca voladora y habrían dado la civilización a los hombres. 

Danza ritual dogon
 Temple remarcaba que esta mitología tenía varios referentes próximos en algunos pueblos de la Antigüedad; entre otros, los relatos del historiador babilonio Beroso sobre Oannes, el ser acuático portador de la civilización, o la notable influencia de la estrella Sothis –esto es, Sirio– en la cosmología y en la astronomía egipcia (recordemos que el calendario egipcio era sotíaco). Así, el origen de esta historia se situaría posiblemente en Mesopotamia y habría llegado al centro de África vía Egipto.



Después de exponer estos hechos, Robert Temple, al no encontrar otra salida lógica u ortodoxa, terminaba por proponer que tal vez fuera cierto que una civilización extraterrestre nos hubiera visitado hace miles de años. Y pese a que aseguraba no ser un entusiasta de los platillos volantes, Temple hacía una inequívoca declaración de principios sobre el origen de los extraordinarios conocimientos de los dogon:



“Ahora, tanto si uno supone como no que hubo una invasión de Egipto por parte de gente avanzada que llevaron con ellos su cultura, queda el hecho de que si retrocedemos a ese periodo de la historia nos enfrentamos con tantos imponderables que apenas podemos dar nada por cierto. Lo que sabemos es que los pueblos primitivos se encontraron de repente viviendo en una floreciente y opulenta civilización, y todo ocurrió muy súbitamente. A la luz de las pruebas conectadas a la cuestión de Sirio, así como a otras pruebas que, o bien han sido abordadas por otros autores o bien deben ser planteadas en el futuro, se debe contemplar como una seria posibilidad que la civilización sobre este planeta deba algo a una visita de avanzados seres extraterrestres.”



Sin embargo, la comunidad académica nunca dio crédito a tales conocimientos prodigiosos y menos aún a la presencia de seres extraterrestres. Otros investigadores lanzaron diversas hipótesis más o menos forzadas que explicarían en parte estos supuestos misterios[3]. Por otro lado, los trabajos antropológicos de otros expertos —en especial Walter Van Beek— con los propios dogon no confirmaron las afirmaciones de Griaule, y ello dio pie a que  se especulara sobre una deficiente labor de traducción por parte del intérprete, lo que habría conducido a conclusiones erróneas. En general, casi todos los críticos de Temple consideraron que la información original había sido malinterpretada o manipulada y que los conocimientos sobre ciertos detalles astronómicos fueron importados de los europeos y no de seres de otros mundos.



Carl Sagan
 Llegados a este punto, entra en escena Carl Sagan, uno de los más famosos científicos de la segunda mitad del pasado siglo, mundialmente reconocido por su gran labor de divulgación científica y, no en menor medida, por su activo papel protagonista en la lucha contra todo tipo de pseudociencias. La figura de Sagan como icono de la ciencia académica daría mucho que hablar y merecería un extenso artículo por sí solo, pero aquí nos limitaremos a analizar su particular intervención en el enigma de los dogon y en el modo en que trató de desacreditar el trabajo de Robert Temple, según explica el propio Temple en The Sirius Mystery. Answering the critics, un documento disponible en su sitio web.



Carl Sagan escribió en 1979 una crítica de la obra de Temple —publicada como uno de los capítulos de su libro El cerebro de Broca y también como artículo en la revista Omni[4]— fundamentada en la teoría de la contaminación o intrusión cultural que explicaría perfectamente el aparente misterio. Por su condición de experto astrofísico, tal vez se podría haber esperado una crítica más centrada en el campo astronómico, como ocurrió en otra famosa polémica que le enfrentó a Immanuel Velikovsky, pero Sagan prefirió ceñirse a argumentos de tipo cultural. A modo de síntesis de esta visión de Sagan, citamos el siguiente fragmento de El cerebro de Broca:



“Veo con los ojos de mi imaginación un visitante galo que a comienzos de este siglo llega a territorio dogon, en lo que por entonces era el África Occidental francesa. Quizá fuese un diplomático, un explorador, un aventurero o un pionero de los estudios antropológicos. Este hipotético viajante –por ejemplo Richard Francis Burton– debía encontrarse en tierras occidentales africanas desde varias décadas antes. La conversación comenzó a girar en torno al tema astronómico. Sirio es la estrella más brillante del cielo. El pueblo dogon obsequió al visitante con su mitología sobre la estrella. Luego, con una educada sonrisa, llenos de expectación, tal vez preguntasen al visitante por su mito sobre Sirio interesándose por la leyenda de un pueblo extranjero sobre tan importante estrella. Y es también muy posible que, antes de responder, el viajero consultase un raído libro que llevaba en su equipaje personal. Dado que por entonces la oscura compañera de Sirio era una sensación astronómica de moda, el viajero intercambió con los dogones un espectacular mito por una explicación rutinaria. Una vez abandonada la tribu, su explicación permaneció viva en el recuerdo, fue reelaborada y, muy posiblemente, incorporada a su manera en el corpus mitológico dogon, o como mínimo en una de sus ramas colaterales (tal vez registrada como 'mitos sobre Sirio, relato de los pueblos de piel pálida'). Cuando Marcel Griaule llevó a cabo sus investigaciones mitológicas en las décadas de los 30 y los 40, se encontró anotando una versión reelaborada de su propio mito europeo sobre la estrella Sirio.”



Sagan sustentaba esta interpretación con otros ejemplos bien verificados en los que se ha producido una evidente intrusión de las ideas occidentales en el corpus mitológico o tradicional de los indígenas y concluía que resultaba mucho más verosímil esta explicación que la versión alternativa sobre la presencia de seres extraterrestres.



Robert Temple leyó esta crítica en la revista Omni y lógicamente quiso defender su punto de vista respondiendo a los argumentos de Sagan, lo que daría origen a lo que propiamente podemos denominar la polémica Temple-Sagan sobre Sirio y los dogon. Lo primero que hizo Temple fue dirigirse a los editores de esta publicación científica para ejercer su derecho de réplica, pero a pesar de sus repetidos intentos, que incluyeron la mediación del escritor Arthur C. Clarke, siempre topó con la negativa de los editores a darle voz en las páginas de la revista. A efectos ilustrativos, vale la pena comentar brevemente el triste via crucis con que se encontró Temple cuando se propuso debatir con Sagan.



En una carta de los editores (29 de enero de 1980) le emplazaron a que escribiese un breve artículo sobre temática OVNI —siempre que fuera objetivo y que estuviera bien documentado— pero en todo caso se especificaba claramente que “no queremos vernos involucrados en un ataque personal a Carl Sagan”. Temple contestó a esta carta a los pocos días dejando claro que no había ningún “ataque” a Sagan ni tampoco ninguna relación directa con el tema OVNI[5]. Simplemente consideraba que el artículo de Sagan estaba lleno de errores y que él sólo deseaba realizar las oportunas puntualizaciones. Las cartas de Temple se sucedieron a lo largo de 1980 sin ningún fruto, hasta que al fin en septiembre los editores parecieron interesados en publicar una versión resumida de sus argumentos. Pero una vez más algo ocurrió. A los pocos días de este acuerdo, el editor Harry Lebelson llamó a Temple y le dijo que “en modo alguno querían ofender a Sagan” y que por tanto no iban a publicar la réplica. A pesar de todo, Temple se mostró dispuesto a escribir un artículo corto sobre Sirio, sin mencionar para nada la polémica con Carl Sagan, lo que en principio fue aceptado. El 5 de enero de 1981 Robert Temple envió una carta a Omni, con el artículo adjunto, pero no obtuvo respuesta de los editores. Del artículo nunca más se supo; nunca fue publicado ni recibió ninguna compensación por él.



Finalmente, y ante la imposibilidad de conseguir nada de Omni, Temple buscó otras tribunas para difundir su réplica. Así, ya en julio 1981, el autor americano publicó su respuesta –en forma de carta abierta– a la crítica de Sagan en una revista científica de poco alcance llamada Zetetic Scholar[6], sin obtener la menor reacción por parte del renombrado astrofísico. Los argumentos principales de esta carta abierta se centran en la constatación de que la información precisa sobre Sirio de ningún modo pudo llegar de fuentes occidentales modernas. Entre otros, Temple hacía notar los siguientes puntos:


  • Los misioneros occidentales no tuvieron contacto alguno con los dogon antes de 1949. 
  •  Los soldados dogon que lucharon en las trincheras europeas en la Primera Guerra Mundial (hecho sin confirmar) no podían saber nada sobre la superdensidad de Sirio B, pues tal dato no se divulgó hasta finales de los años 20.
  •  Se debe suponer que en apenas unos pocos años algunos astrónomos occidentales se esforzaron en difundir y consolidar estos conocimientos antes de la llegada de Griaule a Mali.
  • Tampoco se explica cómo los dogon pudieron producir el gran número de objetos y símbolos relacionados con el misterio de Sirio en tan poco tiempo.
  • La orbita elíptica de Sirio B alrededor de Sirio A no era una interpretación de Temple, como afirmaba Sagan, sino de los propios dogon.
  • La idea de que los gemelos tenían un papel importante en la cultura dogon –y por ello Sirio debía tener un compañero– no explica por qué motivo los dogon insistían en la presencia de una tercera estrella en el sistema.

Hasta aquí una somera visión del misterio dogon, analizada en su doble versión alternativa y ortodoxa. De hecho, la polémica Temple-Sagan nunca llegó a ser tal, pues este último nunca respondió a Temple y aquí se perdió para siempre la oportunidad de experimentar una discusión abierta que hubiera podido arrojar más luz sobre el asunto. Lo más deplorable de todo este episodio fue sin duda la cerrazón al diálogo por parte de la revista Omni y las supuestas presiones que pudo recibir por parte de Sagan o de altos estamentos científicos. Como cierre casi esperpéntico a esta polémica, cabe mencionar una observación que hizo el propio Temple sobre cómo fue utilizado su propio material de forma tendenciosa:



“En 1990 Harry Lebelson, por entonces descrito como escritor independiente... antiguo editor de la revista Omni, publicó un extenso artículo en la revista Ancient Skies (de la Ancient Astronaut Society). Se titulaba La búsqueda de antiguos acuanautas y trataba de los Nommos. Me complació ver que 'Robert Temple, autor de El misterio de Sirio, apoya la teoría'. Desdeñaría no apoyar la teoría que yo mismo había originado. Por lo menos, tenía algunas cosas buenas que decir sobre mí y citaba extensamente mi trabajo en apoyo de su visión. Tuvo el excelente sentido del humor de decir: 'El astrónomo Carl Sagan parece estar de acuerdo...' y también: 'Sagan y Temple presentan su información prudentemente en una atmósfera de reservado escepticismo'. Así pues, en 1990 Sagan y yo habíamos acabado por unirnos. Después de todo, ¿no es esta la ironía más cómica?”[7]



Y hoy en día, ya bien entrado en siglo XXI, seguimos sin tener respuestas definitivas a este insólito caso. Una vez más nos encontramos en ese desconcertante terreno en que la ciencia y la mitología se encuentran de forma sorprendente. No obstante, el peso de los hechos aportados por Robert Temple nos deberían hacer reflexionar y orientar quizá hacia nuevos puntos de vista, como los expresados por Graham Hancock en su libro Supernatural, en el cual planteaba la posibilidad de contactos con seres de altos conocimientos originarios de otras dimensiones —no necesariamente alienígenas— a través de ciertas experiencias chamanísticas.





(c) Xavier Bartlett 2013





[1] En honor a la verdad, un investigador francés, Eric Guerrier, se había interesado por el mismo tema y había publicado una extensa obra (L’arche du Nommo) justo un año antes de la aparición de The Sirius mystery. Lamentablemente, hoy casi nadie recuerda a Guerrier.

[2] Fueron ciertas alteraciones de Sirio A las que hicieron sospechar al astrónomo alemán Friedrich W. Bessel la presencia de un astro próximo. Finalmente, en 1862 el astrónomo norteamericano Alvan Clarke, gracias a un potente telescopio, pudo ver ese astro, Sirio B. Las investigaciones posteriores, ya en el siglo XX, confirmaron que se trataba de una enana blanca, muy densa y caliente.

[3] Por ejemplo, que en tiempos pretéritos Sirio B habría sido visible a simple vista o que los antiguos egipcios lo habrían detectado gracias a unos primitivos telescopios.

[4] Con el título White dwarfs and Green Man. Did ancient astronauts visit the dogon? ( “Enanas blancas y hombrecillos verdes. ¿Visitaron antiguos astronautas a los dogon?”).

[5] Temple se dio cuenta enseguida de que Sagan había fijado la cuestión en el terreno de la ufología (al igual que los editores de la revista), cuando él en ningún momento había sugerido en el libro que los extraterrestres hubiesen visitado a los dogon.

[6] Temple, R. On the Sirius Mystery: an open letter to Carl Sagan. Zetetic Scholar n.º 8 (1981)


[7] Del documento The Sirius Mystery. Answering the critics, de la web de Robert Temple.