Dentro de la
múltiples tendencias de la arqueología actual existe una línea de investigación
muy específica que podríamos englobar en la llamada arqueoastronomía, que
podríamos definir como la disciplina que tiene por objeto la investigación de
los conocimientos astronómicos de las comunidades humanas en la Prehistoria y
en las primeras civilizaciones. Si bien esta especialidad es relativamente
moderna, ha alcanzado ya un alto nivel de madurez científica, y aunque en sus
inicios despertó algunas dudas y suspicacias por parte del estamento académico,
hoy en día se considera una vía de investigación del todo válida para la
comprensión de muchos restos y yacimientos arqueológicos en clave astronómica.
Ahora bien, durante mucho tiempo la arqueoastronomía ha estado bastante ligada
a la llamada “arqueología alternativa”, pues no han faltado teorías e
interpretaciones que han ido mucho más allá de lo que admite el consenso
científico académico.
Robert Temple |
Lo que
presentaremos a continuación es precisamente el desencuentro entre estas dos
visiones de la arqueoastronomía, a partir del famosísimo y polémico trabajo de
Robert Temple sobre el sistema de Sirio y su conocimiento por parte de la tribu
africana de los dogon. Robert K. Temple (nacido en 1945) es un investigador
norteamericano afincado en Gran Bretaña, que en 1976 publicó uno de los grandes
clásicos del género: The Sirius Mystery[1].
Por supuesto, hay que aclarar que la historia que recoge Temple en su libro
está basada en el trabajo previo de Marcel Griaule y Germaine Dieterlen, dos
antropólogos franceses que convivieron cierto tiempo con esta tribu de Mali a
mediados del siglo XX. La investigación antropológica de estos dos estudiosos
sobre la cosmología dogon se plasmó en la publicación en 1951 del artículo Un sistema de Sirio sudanés, en el cual
se ponían de manifiesto los grandes conocimientos de astronomía –y muy en
especial del sistema de la estrella Sirio– por parte de los dogon. Así pues,
Temple recogió el testigo de Griaule y Dieterlen y, tras nueve años de
investigación, se propuso dar un paso más allá y desentrañar lo que el denominó
“el misterio de Sirio”, que pasamos a exponer de forma resumida.
Según lo que
dedujeron Griaule y Dieterlen de las entrevistas a un hechicero a través de un
intérprete, los dogon tenían unos increíbles conocimientos astronómicos
—herencia de sus ancestros— para su primitivo contexto cultural. Por ejemplo,
sabían que Júpiter tiene cuatro satélites principales, que Saturno tiene
anillos o que los planetas giran alrededor del Sol en órbitas elípticas. Pero
sobre todo conocían desde tiempos remotos la existencia de una estrella no
visible hermana de Sigui Tolo (Sirio
A), que es la estrella más brillante de la constelación del Can Mayor. Los dogon
llamaban a esta estrella Po Tolo
(Sirio B) y la consideraban enormemente densa, ya que estaría compuesta de un
metal muy pesado que ellos denominaban sagala.
Además, los dogon sabían que realizaba una órbita completa alrededor de su
compañera Sigui Tolo cada 50 años, evento que conmemoraban con una fiesta
tradicional llamada Sigui. Sin
embargo, eso no era todo. Los dogon afirmaban que existía una tercera estrella
en el sistema (Sirio C) a la que llamaban Emme
Ya, una estrella más grande y más ligera que Po Tolo.
Hasta aquí el
relato meramente antropológico, pero ¿qué había de cierto en todo ello desde el
punto de vista científico? No había ningún misterio en la observación a simple
vista de Sirio A, pero lo demás ya no era tan fácilmente explicable. De hecho, hasta bien entrado el siglo XIX no se
descubrió la existencia de Sirio B, que era, en efecto, una pequeña estrella enana blanca, de gran densidad[2].
Además, los dibujos que realizaron los dogon sobre la órbita de Sirio B
alrededor de Sirio A eran muy parecidos al modelo astronómico que hoy conocemos
de este sistema. Por si esto fuera poco, en
la época en que los antropólogos franceses recogieron el relato no había
ninguna constancia de que existiese Emme
Ya, la tercera estrella. Es más,
incluso
en el momento en que Temple escribió su libro no se sabía nada concreto sobre
Sirio C. Hubo que esperar al año 1995 para tener alguna pista al respecto. Los astrónomos Daniel Benest y J.L. Duvent,
a partir de las anomalías observadas en las órbitas de Sirio A y Sirio B,
sugirieron la probable existencia de una tercera estrella, una enana marrón,
que giraría alrededor de las dos mayores en un periodo de poco más de seis
años.
Sea como fuere, y dado que los dogon no podían haber tenido acceso a
ninguna tecnología moderna que facilitase tal conocimiento de Sirio, debía
haber algún tipo de explicación para unas afirmaciones tan certeras y
detalladas. Lo que los propios dogon dijeron es que tal conocimiento fue
transmitido por un ser –o un grupo de seres– de naturaleza anfibia que
provenía del cielo (del sistema de Sirio) llamado nommo, que ejerció de maestro o instructor. Según la mitología de
los dogon, existía una deidad principal, Amma, que habría creado el
Universo y también a estos seres medio pez, medio humano. Los nommos habrían
bajado a la Tierra en una gran arca voladora y habrían dado la civilización a
los hombres.
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Danza ritual dogon |
Temple remarcaba
que esta mitología tenía varios referentes próximos en algunos pueblos de la
Antigüedad; entre otros, los relatos del historiador babilonio Beroso sobre
Oannes, el ser acuático portador de la civilización, o la notable influencia de
la estrella Sothis –esto es, Sirio– en la cosmología y en la astronomía egipcia
(recordemos que el calendario egipcio era sotíaco). Así, el origen de esta historia
se situaría posiblemente en Mesopotamia y habría llegado al centro de África
vía Egipto.
Después de exponer estos hechos, Robert Temple, al no encontrar otra
salida lógica u ortodoxa, terminaba por proponer que tal vez fuera cierto que
una civilización extraterrestre nos hubiera visitado hace miles de años. Y pese
a que aseguraba no ser un entusiasta de los platillos volantes, Temple hacía
una inequívoca declaración de principios sobre el origen de los extraordinarios
conocimientos de los dogon:
“Ahora, tanto si uno supone como no que hubo una
invasión de Egipto por parte de gente avanzada que llevaron con ellos su
cultura, queda el hecho de que si retrocedemos a ese periodo de la historia nos
enfrentamos con tantos imponderables que apenas podemos dar nada por cierto. Lo
que sabemos es que los pueblos primitivos se encontraron de repente viviendo en
una floreciente y opulenta civilización, y todo ocurrió muy súbitamente. A la
luz de las pruebas conectadas a la cuestión de Sirio, así como a otras pruebas
que, o bien han sido abordadas por otros autores o bien deben ser planteadas en
el futuro, se debe contemplar como una seria posibilidad que la civilización
sobre este planeta deba algo a una visita de avanzados seres extraterrestres.”
Sin embargo, la comunidad académica nunca dio crédito a tales
conocimientos prodigiosos y menos aún a la presencia de seres extraterrestres.
Otros investigadores lanzaron diversas hipótesis más o menos forzadas que
explicarían en parte estos supuestos misterios[3].
Por otro lado, los trabajos antropológicos de otros expertos —en especial
Walter Van Beek— con los propios dogon no confirmaron las afirmaciones de
Griaule, y ello dio pie a que se
especulara sobre una deficiente labor de traducción por parte del intérprete, lo
que habría conducido a conclusiones erróneas. En general, casi todos los
críticos de Temple consideraron que la información original había sido
malinterpretada o manipulada y que los conocimientos sobre ciertos detalles
astronómicos fueron importados de los
europeos y no de seres de otros mundos.
Carl Sagan |
Llegados a este punto, entra en escena Carl Sagan, uno de los más
famosos científicos de la segunda mitad del pasado siglo, mundialmente
reconocido por su gran labor de divulgación científica y, no en menor medida,
por su activo papel protagonista en la lucha contra todo tipo de
pseudociencias. La figura de Sagan como icono de la ciencia académica daría
mucho que hablar y merecería un extenso artículo por sí solo, pero aquí nos
limitaremos a analizar su particular intervención en el enigma de los dogon y
en el modo en que trató de desacreditar el trabajo de Robert Temple, según
explica el propio Temple en The Sirius Mystery. Answering the critics, un documento disponible en su sitio web.
Carl Sagan escribió en 1979 una crítica de la obra de Temple —publicada
como uno de los capítulos de su libro El
cerebro de Broca y también como artículo en la revista Omni[4]—
fundamentada en la teoría de la contaminación o intrusión cultural que
explicaría perfectamente el aparente misterio. Por su condición de experto
astrofísico, tal vez se podría haber esperado una crítica más centrada en el
campo astronómico, como ocurrió en otra famosa polémica que le enfrentó a
Immanuel Velikovsky, pero Sagan prefirió ceñirse a argumentos de tipo cultural.
A modo de síntesis de esta visión de Sagan, citamos el siguiente fragmento de El
cerebro de Broca:
“Veo con los ojos de mi imaginación un visitante
galo que a comienzos de este siglo llega a territorio dogon, en lo que por
entonces era el África Occidental francesa. Quizá fuese un diplomático, un
explorador, un aventurero o un pionero de los estudios antropológicos. Este
hipotético viajante –por ejemplo Richard Francis Burton– debía encontrarse en
tierras occidentales africanas desde varias décadas antes. La conversación
comenzó a girar en torno al tema astronómico. Sirio es la estrella más
brillante del cielo. El pueblo dogon obsequió al visitante con su mitología
sobre la estrella. Luego, con una educada sonrisa, llenos de expectación, tal
vez preguntasen al visitante por su mito sobre Sirio interesándose por la
leyenda de un pueblo extranjero sobre tan importante estrella. Y es también muy
posible que, antes de responder, el viajero consultase un raído libro que
llevaba en su equipaje personal. Dado que por entonces la oscura compañera de
Sirio era una sensación astronómica de moda, el viajero intercambió con los
dogones un espectacular mito por una explicación rutinaria. Una vez abandonada
la tribu, su explicación permaneció viva en el recuerdo, fue reelaborada y, muy
posiblemente, incorporada a su manera en el corpus mitológico dogon, o como
mínimo en una de sus ramas colaterales (tal vez registrada como 'mitos sobre
Sirio, relato de los pueblos de piel pálida'). Cuando Marcel Griaule llevó a
cabo sus investigaciones mitológicas en las décadas de los 30 y los 40, se
encontró anotando una versión reelaborada de su propio mito europeo sobre la
estrella Sirio.”
Sagan sustentaba
esta interpretación con otros ejemplos bien verificados en los que se ha
producido una evidente intrusión de las ideas occidentales en el corpus
mitológico o tradicional de los indígenas y concluía que resultaba mucho más
verosímil esta explicación que la versión alternativa sobre la presencia de
seres extraterrestres.
Robert Temple leyó
esta crítica en la revista Omni y lógicamente quiso defender su punto de
vista respondiendo a los argumentos de Sagan, lo que daría origen a lo que
propiamente podemos denominar la polémica Temple-Sagan sobre Sirio y los dogon.
Lo primero que hizo Temple fue dirigirse a los editores de esta publicación
científica para ejercer su derecho de réplica, pero a pesar de sus repetidos
intentos, que incluyeron la mediación del escritor Arthur C. Clarke, siempre
topó con la negativa de los editores a darle voz en las páginas de la revista.
A efectos ilustrativos, vale la pena comentar brevemente el triste via
crucis con que se encontró Temple cuando se propuso debatir con Sagan.
En una carta de los
editores (29 de enero de 1980) le emplazaron a que escribiese un breve artículo
sobre temática OVNI —siempre que fuera objetivo y que estuviera bien
documentado— pero en todo caso se especificaba claramente que “no queremos
vernos involucrados en un ataque personal a Carl Sagan”. Temple contestó a esta
carta a los pocos días dejando claro que no había ningún “ataque” a Sagan ni
tampoco ninguna relación directa con el tema OVNI[5].
Simplemente consideraba que el artículo de Sagan estaba lleno de errores y que
él sólo deseaba realizar las oportunas puntualizaciones. Las cartas de Temple
se sucedieron a lo largo de 1980 sin ningún fruto, hasta que al fin en
septiembre los editores parecieron interesados en publicar una versión resumida
de sus argumentos. Pero una vez más algo ocurrió. A los pocos días de este acuerdo,
el editor Harry Lebelson llamó a Temple y le dijo que “en modo alguno querían
ofender a Sagan” y que por tanto no iban a publicar la réplica. A pesar de
todo, Temple se mostró dispuesto a escribir un artículo corto sobre Sirio, sin
mencionar para nada la polémica con Carl Sagan, lo que en principio fue
aceptado. El 5 de enero de 1981 Robert Temple envió una carta a Omni,
con el artículo adjunto, pero no obtuvo respuesta de los editores. Del artículo
nunca más se supo; nunca fue publicado ni recibió ninguna compensación por él.
Finalmente, y ante
la imposibilidad de conseguir nada de Omni, Temple buscó otras tribunas
para difundir su réplica. Así, ya en julio 1981, el autor americano publicó su
respuesta –en forma de carta abierta– a la crítica de Sagan en una revista
científica de poco alcance llamada Zetetic Scholar[6],
sin obtener la menor reacción por parte del renombrado astrofísico. Los
argumentos principales de esta carta abierta se centran en la constatación de
que la información precisa sobre Sirio de ningún modo pudo llegar de fuentes
occidentales modernas. Entre otros, Temple hacía notar los siguientes puntos:
- Los misioneros occidentales no tuvieron contacto alguno con los dogon antes de 1949.
- Los soldados dogon que lucharon en las trincheras europeas en la Primera Guerra Mundial (hecho sin confirmar) no podían saber nada sobre la superdensidad de Sirio B, pues tal dato no se divulgó hasta finales de los años 20.
- Se debe suponer que en apenas unos pocos años algunos astrónomos occidentales se esforzaron en difundir y consolidar estos conocimientos antes de la llegada de Griaule a Mali.
- Tampoco se explica cómo los dogon pudieron producir el gran número de objetos y símbolos relacionados con el misterio de Sirio en tan poco tiempo.
- La orbita elíptica de Sirio B alrededor de Sirio A no era una interpretación de Temple, como afirmaba Sagan, sino de los propios dogon.
- La idea de que los gemelos tenían un papel importante en la cultura dogon –y por ello Sirio debía tener un compañero– no explica por qué motivo los dogon insistían en la presencia de una tercera estrella en el sistema.
Hasta aquí una
somera visión del misterio dogon, analizada en su doble versión
alternativa y ortodoxa. De hecho, la polémica Temple-Sagan nunca llegó a ser
tal, pues este último nunca respondió a Temple y aquí se perdió para siempre la
oportunidad de experimentar una discusión abierta que hubiera podido arrojar
más luz sobre el asunto. Lo más deplorable de todo este episodio fue sin duda
la cerrazón al diálogo por parte de la revista Omni y las supuestas presiones
que pudo recibir por parte de Sagan o de altos estamentos científicos. Como
cierre casi esperpéntico a esta polémica, cabe mencionar una observación que
hizo el propio Temple sobre cómo fue utilizado su propio material de forma
tendenciosa:
“En 1990 Harry Lebelson, por entonces descrito como
escritor independiente... antiguo editor de la revista Omni, publicó un
extenso artículo en la revista Ancient Skies (de la Ancient Astronaut
Society). Se titulaba La búsqueda de antiguos acuanautas y
trataba de los Nommos. Me complació ver que 'Robert Temple, autor de El misterio de
Sirio, apoya la teoría'. Desdeñaría no apoyar la teoría que yo mismo había originado. Por lo
menos, tenía algunas cosas buenas que decir sobre mí y citaba extensamente mi
trabajo en apoyo de su visión. Tuvo el excelente sentido del humor de decir:
'El astrónomo Carl Sagan parece estar de acuerdo...' y también: 'Sagan y Temple
presentan su información prudentemente en una atmósfera de reservado escepticismo'.
Así pues, en 1990 Sagan y yo habíamos acabado por unirnos. Después de todo, ¿no
es esta la ironía más cómica?”[7]
Y hoy
en día, ya bien entrado en siglo XXI, seguimos sin tener respuestas definitivas
a este insólito caso. Una vez más nos encontramos en ese desconcertante terreno
en que la ciencia y la mitología se encuentran de forma sorprendente. No
obstante, el peso de los hechos aportados por Robert Temple nos deberían hacer
reflexionar y orientar quizá hacia nuevos puntos de vista, como los expresados por
Graham Hancock en su libro Supernatural, en el cual planteaba la
posibilidad de contactos con seres de altos conocimientos originarios de otras
dimensiones —no necesariamente alienígenas— a través de ciertas experiencias
chamanísticas.
(c) Xavier Bartlett 2013
[1] En honor a
la verdad, un investigador francés, Eric Guerrier, se había interesado por el
mismo tema y había publicado una extensa obra (L’arche du Nommo) justo un año antes de la aparición de The Sirius mystery. Lamentablemente, hoy
casi nadie recuerda a Guerrier.
[2] Fueron ciertas alteraciones de Sirio A las que
hicieron sospechar al astrónomo alemán Friedrich W. Bessel la presencia de un astro próximo.
Finalmente, en 1862 el astrónomo norteamericano Alvan Clarke, gracias a un potente
telescopio, pudo ver ese astro, Sirio B. Las investigaciones posteriores, ya en
el siglo XX, confirmaron que se trataba de una enana blanca, muy densa y
caliente.
[3] Por ejemplo, que en tiempos
pretéritos Sirio B habría sido visible a simple vista o que los antiguos
egipcios lo habrían detectado gracias a unos primitivos telescopios.
[4] Con el título White dwarfs and
Green Man. Did ancient astronauts visit the dogon? ( “Enanas blancas y hombrecillos
verdes. ¿Visitaron antiguos astronautas a los dogon?”).
[5] Temple se dio cuenta enseguida de que Sagan había fijado la cuestión en
el terreno de la ufología (al igual que los editores de la revista), cuando él
en ningún momento había sugerido en el libro que los extraterrestres hubiesen
visitado a los dogon.
[6] Temple, R. On the Sirius
Mystery: an open letter to Carl Sagan. Zetetic Scholar n.º 8 (1981)
1 comentario:
https://carlosagaton.blogspot.com/2010/06/los-dogon-y-el-misterio-de-sirio.html
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