viernes, 13 de septiembre de 2013

Charles Hapgood: entre el catastrofismo y la Atlántida




Para estudiar el fenómeno del revival de la Atlántida en el siglo XX, hay que citar obligadamente los trabajos del profesor de antropología e historia de la ciencia Charles Hapgood (1904-1982), cuya influencia sobre autores posteriores ha sido muy notoria, como es el caso de Graham Hancock. Este investigador norteamericano escribió tres libros ampliamente citados dentro del campo alternativo, dos de ellos muy directamente relacionados con el catastrofismo y el otro más orientado a descubrir conocimientos perdidos en tiempos muy remotos.



En el primer ámbito, Hapgood escribió, The Earth's Shifting Crust (“El desplazamiento de la corteza terrestre”), prologado por Einstein, y Path of the Pole (“El camino del Polo”). En su primera obra, publicada en 1958, Hapgood propuso un escenario hipotético de desplazamiento de la corteza terrestre, supuestamente provocado por la gran masa de hielo ubicada en los polos, lo que pudo llegar a modificar la posición de los propios polos y de grandes masas continentales. En términos geológicos, esto supondría que la litosfera se habría desplazado sobre la astenosfera, una capa inferior fluida o semisólida, que estaría situada entre 100 y 240 kilómetros por debajo de la superficie terrestre. No obstante, el núcleo del planeta mantendría la misma orientación axial. Para hacer una simple comparación, sería como si la piel de una naranja estuviera suelta y se deslizara libremente sobre los gajos.



Según sus investigaciones, estas alteraciones tendrían lugar cada 20.000 o 30.000 años, con una duración media de unos 5.000 años, y la inclinación del eje no sería nunca superior a los 40º. Como resultado de estos movimientos, Hapgood determinó el polo norte habría cambiado de posición hasta tres veces en el hemisferio norte en los últimos 100.000 años. Por supuesto, tales desplazamientos tendrían tremendos efectos geológicos y climáticos a escala planetaria. No obstante, Hapgood rectificó en su segundo libro, de 1970, dado que la teoría del peso del hielo parecía insuficiente. En esta ocasión propuso que dichos cambios se deberían tal vez a fuerzas internas, pero no podía más que especular sobre ello.



Pero sin duda la obra de Hapgood que más impacto provocó en términos de desafío a la ciencia, fue su libro de 1966 Maps of the ancient sea kings (“Mapas de los antiguos reyes del mar”) que pondría las bases para posteriores tesis y especulaciones sobre el mito de la Atlántida. Quizá para muchas personas este libro resulte del todo desconocido, pero si mencionamos que uno de los temas estrella de su obra fue el archifamoso mapa del almirante turco Piri Reis, entonces todo puede resultar mucho más familiar. En efecto, este mapa es un objeto casi mítico, que ha sido estudiado, citado, y referido hasta la saciedad en la literatura alternativa como sinónimo de uno de los grandes misterios del pasado, hasta llegar incluso a la categoría de oopart. Sin embargo, hablar de mito no es lo más adecuado, pues el mapa existe, no es ninguna falsificación, y se guarda celosamente en el Museo Topkapi de Estambul.



Pues bien, lo que hizo Hapgood fue retomar varios estudios previos de otros cartógrafos norteamericanos de los años 50 del pasado siglo, entre los cuales destacan Mallery, Walters y Lineham. Estos expertos habían estado trabajando sobre una serie de mapas antiguos, y entre los cuales destacaba uno del navegante y cartógrafo turco Piri Reis, fechado en el año 919 de la era musulmana (1513 d. C.). El mapa mostraba la parte más occidental de Europa y de África, el océano Atlántico y las costas orientales americanas. En sus anotaciones Piri Reis afirmaba que todo su trabajo estaba basado en más de veinte mapas precedentes (incluyendo algunos de los más recientes, entre los cuales estaban los de Colón) y hasta en ocho mapamundis de la época de Alejandro Magno. Y también añadía: “Un mapa como éste no lo posee nadie hoy en día.”



Estos cartógrafos enseguida apreciaron varios hechos muy sorprendentes en el mapa de Piri Reis, como los siguientes:



  • Era extraño el recurso a mapas de una época tan antigua como el siglo IV a. C., cuando una buena parte del mapa se refería a tierras del Nuevo Mundo.
  • La distancia y proporciones establecidas entre Europa y América eran bastante correctas para su época. Asimismo, la localización de las Canarias y las Azores era extraordinariamente precisa.
  • Algunas descripciones de la geografía de América resultaban notablemente avanzadas, ya que el continente se acababa de descubrir hacía apenas 20 años. (Pero al mismo tiempo se apreciaban bastantes errores en otras partes del continente, en particular en la zona del Caribe).
  • Los contornos que aparecían al final de Sudámerica correspondían en realidad a la Antártida.

De todos estos hechos, lo que sin duda llenó de perplejidad a estos expertos fue la presencia de una descripción bastante aproximada de la Antártida, pero no tal como se halla en la actualidad, cubierta de hielo, sino del contorno real de las tierras que subyacen bajo el hielo (según estudios contemporáneos del subsuelo antártico). El mapa presentaba unidos el continente antártico y el extremo del cono sur de América por una lengua de tierra, es decir, tal como sucedía antes de la última glaciación, según se había descubierto al explorar el fondo marino mediante fotografía aérea de infrarrojos. El problema, obviamente, es que la Antártida no había sido descubierta hasta inicios del siglo XIX.


Por otro lado, realizando una conversión del mapa a una proyección actual, las longitudes parecían ser enormemente exactas. A este respecto, Mallery y Walters, del Instituto Hidrográfico de la Marina de los EE UU, vieron que Piri Reis no había utilizado las coordenadas convencionales de su época. Sobre el método de proyección utilizado –que tenía en cuenta la esfericidad terrestre— sólo hallaron un paralelismo moderno para tal precisión: la técnica de la fotografía aérea, lo cual lógicamente era del todo impensable para la ciencia del siglo XVI. Además, según concluyeron los investigadores, el centro de esta proyección, a vista de satélite, debía estar a unos 30º de latitud, próximo a la ciudad de El Cairo, en Egipto. Asimismo, la trigonometría esferoide que se necesitaba para realizar los cálculos de la longitud no se conocía en aquel tiempo; esta capacidad científica no se obtuvo hasta mediados del siglo XVIII.



Hapgood retomó toda esta información y se planteó ir un paso más allá. Estudió detalladamente el mapa de Piri Reis así como otros mapas de la época: el de Oronce Finé (también conocido como Oronteus Finaeus), el de Hadji Ahmed y el de Mercator. Sobre el mapa de Piri Reis llegó a la conclusión de que estaba basado en seis fuentes diferentes y que la porción final de Sudamérica se correspondía, en efecto, con la parte noroeste de la Antártida, llamada Tierra de la Reina Maud, por supuesto cuando este territorio estaba libre de hielo, para lo cual nos tendríamos que remontar forzosamente a varios miles de años atrás. Asimismo, el mapa mostraría unos terrenos prácticamente desconocidos en la época, como la cadena monstañosa de los Andes.



Con todos estos datos sobre la mesa, Charles Hapgood llegó a la conclusión de que en tiempos inmemoriales, en la última era glacial, una avanzada civilización marítima fue capaz de cartografiar con gran precisión todo el planeta tal como era en esa época. Combinando la teoría del desplazamiento de la corteza terrestre con la geografía expuesta en aquellos antiguos mapas, Hapgood ya pudo entrever una posible solución al enigma. Lo que es actualmente la Antártida habría sido un continente atlántico que originalmente estaba situado bastante más al norte (unos 30º) y que habría disfrutado, por tanto, de un clima relativamente templado. Al producirse la última oscilación de la corteza terrestre, el continente se habría movido hasta su posición actual, en el polo sur. Lógicamente, este territorio se habría enfriando progresivamente y habría quedado al fin cubierto completamente por los hielos. Así pues, los mapas empujaban a pensar que debió existir una civilización con los conocimientos y medios necesarios para realizar una cartografía tan precisa de una Antártida tan diferente de la actual.



La comunidad científica no dio crédito a las teorías de Hapgood y las rebatió con diversos argumentos. Para resumir, diremos que las críticas se centraron en la falta de pruebas (o en la tergiversación de éstas) de las afirmaciones de Hapgood. Sobre el mapa de Piri Reis se ha puesto en duda que la porción de tierra que se aprecia al Sur de América sea realmente la Antártida libre de hielos, a pesar de algunas vagas similitudes. Los expertos consideran que en realidad se trataba de una continuación de las costas sudamericanas a partir de Brasil. Aquí tenemos una extensa zona que sorprendentemente tuerce hacia el este, bastante indefinida e imprecisa, tal vez fruto de primeras exploraciones (Piri Reis acredita aquí el uso de fuentes europeas), pero en ningún caso sería la Antártida. Sobre la cadena de montañas sudamericanas que aparece en el el mapa (los Andes, según Hapgood), no habría nada de particular en ello pues al menos dos mapas de inicios del siglo XVI, que probablemente fueron la fuente de Piri Reis, ya mostraban esquemáticamente esa misma cadena montañosa, si bien difícilmente podrían tener fiabilidad geográfica. También se ha rebatido la idea de que el mapa refleje una proyección con el Cairo como centro y que se tratase de una cartografía aérea, dado que tal proyección no coincide con la posición y contornos de las tierras mostradas en el mapa.



Finalmente, sobre el tema del desplazamiento de la corteza terrestre, muchos científicos han mencionado un problema de tipo técnico llamado rebote isostático, que es el equilibrio entre los bloques adyacentes de la corteza, que descansan sobre una capa plástica. Este fenómeno afectaría al crecimiento o decrecimiento del nivel de las aguas. En la práctica, si se produjera el deshielo de la Antártida, el rebote isostático provocaría una elevación del terreno y compensaría a su vez el aumento de nivel de las aguas. Además, el hielo no se podría acumular indefinidamente, sino que al alcanzar un grosor determinado se acabaría por fundir, sublimar o separar en trozos que flotarían sobre el agua (los icebergs). Por consiguiente, un desequilibrio en la corteza causado por la acumulación de hielo en los polos se considera prácticamente imposible.



Sin embargo, el profesor norteamericano ya había sembrado una semilla que no tardaría en dar sus frutos. Uno de sus jóvenes seguidores, el bibliotecario canadiense Randy Flemming, recogió el testigo y prosiguió sus estudios hasta convertirse en la actualidad en el mayor impulsor –junto con Graham Hancock– de la teoría de que la actual Antártida un día fue... la Atlántida.

Nota final: aunque en el mundo anglosajón se hace referencia al trabajo de los Flemm-Ath como pioneros de la teoría de la Antártida como posible ubicación de la Atlántida, el propio Graham Hancock me reveló que ya antes un investigador italiano, Flavio Barbiero, había lanzado esta propuesta en 1974, en un libro titulado Una civiltà sotto ghiaccio ("Una civilización bajo el hielo"). Como Hapgood, Barbiero veía el origen de los cataclismos en un desplazamiento de la corteza terrestre, pero consideraba que el detonador de este proceso habría sido el impacto tangencial de un gran cometa o meteorito sobre la superficie del planeta.



© Xavier Bartlett 2013

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