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sábado, 3 de febrero de 2018

Los mapas imposibles de la Antártida


Introducción


Los buenos conocedores de la arqueología alternativa saben que uno de los argumentos más citados por los proponentes de una civilización perdida en tiempos remotos es la existencia de ciertos mapas anómalos que, por diversos motivos, no parecen cuadrar con los conocimientos de su época. Dicho de otro modo, estaríamos hablando de una especie de ooparts.  Ya traté de este tema específico de la cartografía en dos artículos sobre Charles Hapgood pero creo que vale la pena incidir en un aspecto concreto de dicha cartografía, porque en él la palabra “anomalía” adquiere una relevancia indiscutible: los mapas antiguos que representan el continente  antártico. Vamos a explorar pues esta cuestión en sus elementos esenciales.

A modo de introducción, para enmarcar toda la controversia, hemos de mencionar los hechos científicos reconocidos, que inciden en el muy reciente descubrimiento y exploración de las tierras antárticas. Así, a pesar de que en la era de las grandes exploraciones algunos navegantes occidentales habían estado cerca de las frías regiones próximas al círculo polar antártico, nadie había ido mucho más allá de los territorios continentales conocidos del hemisferio sur (Sudamérica, Sudáfrica, Australia, Nueva Zelanda, etc.). De hecho, si uno revisa los mapas de principios del siglo XIX verá que en el círculo polar antártico no hay nada, porque nadie había estado allí y se suponía que no había más que hielo y agua. No fue hasta 1820 en que una expedición rusa descubrió oficialmente la presencia de un continente más allá del paralelo 60 Sur. 

No obstante, la investigación “a pie” del continente se demoró mucho, y apenas empezó hacia finales del siglo XIX. A este respecto, cabe recordar que el polo sur geográfico no fue alcanzado –por el noruego Amundsen y el británico Scott– hasta una fecha tan reciente como 1911. Tras dos siglos de investigación hoy sabemos que la Antártida es un continente cubierto de hielo –con una capa media de casi 2 kilómetros de grosor– en su práctica totalidad[1], de unos 14 millones de Km2 (bastante más grande que Australia), con un perímetro de costa de casi 18.000 Km. y con un clima extremadamente frío que mantiene una escasa vida vegetal y animal. Los estudios de tipo geográfico, geológico y biológico tomaron fuerza a mediados del siglo pasado y todavía perduran en forma de varias misiones científicas estables de diversos países.

Paisaje helado de la región este de la Antártida (Bahía Moubray y Monte Herschel)
Sin embargo, es pertinente citar ahora que desde tiempos de la Grecia clásica, existía el concepto de una cierta Terra Australis. Esta idea –según defiende el paradigma científico imperante– se sustentaba en una propuesta dudosamente científica, que se podía remontar a Aristóteles y Eratóstenes, sobre la existencia de una gran porción de tierra en el Polo Sur del planeta para compensar o equilibrar el conjunto de masas terrestres, o sea, para conformar una especie de “simetría geográfica global”. A partir de esta mera suposición, el famoso geógrafo Claudio Ptolomeo (s. II d. C.) había incluido en sus mapas una gran masa continental de forma indeterminada –dibujada a gusto del cartógrafo– para representar esa Tierra Austral. Esta costumbre pervivió en el Mundo Antiguo y en algunos mapas posteriores de la Edad Media y la Edad Moderna[2], pero sin ningún atisbo de fiabilidad científica, pues se daba por hecho que ninguna civilización antigua había sido capaz de llegar a tales latitudes y comprobar “si había algo allí”. Por lo tanto, cualquier aparición sobre un mapa de la Tierra Austral, incluso en fechas tan tardías como el siglo XVIII, no tendría ninguna validez geográfica; sería una pura invención gráfica de los cartógrafos para representar algo que ellos sólo podían suponer que existía.

El mapa de Piri Reis


Y aquí es donde empieza la controversia propuesta por la historia alternativa para desafiar al dogma académico. Así, es obligado mencionar las investigaciones de los años 50 y 60 a cargo de un selecto grupo de expertos en cartografía que se fijó en las peculiaridades del famoso mapa del almirante turco Piri Reis hallado en el palacio de Topkapi en 1929. Dicho mapa, dibujado sobre piel de gacela en 1513, era en realidad una compilación de otros muchos mapas que Piri juntó y redujo a una misma escala y proyección. Por desgracia, el mapa está incompleto pues parece que se prolongaba por el norte y por el este, pero esas partes se perdieron. Sea como fuere, para estos cartógrafos el mapa era excepcional por varias razones, entre las cuales cabe destacar:

  • Que entre las más de 20 fuentes[3] citadas por Piri Reis se encontraban hasta ocho mapamundis de la época de Alejandro Magno (siglo IV a. C.), siendo una importante porción del mapa (la occidental) referida a las tierras del Nuevo Mundo.
  • Que la distancia fijada entre Europa y América fuese tan precisa para su época, y que los errores de posición fuesen pequeños, lo que en términos de latitud era bastante explicable, pero no así en la longitud, que sólo se pudo determinar con precisión a partir del siglo XVIII.
  • Que ciertas descripciones de la geografía americana resultaban notablemente avanzadas para aquellas fechas, puesto que el continente se había descubierto hacía apenas 20 años. No obstante, resultaba chocante la presencia de bastantes errores de bulto en algunas partes del continente, en particular en la zona del Caribe, que había sido la primera región explorada por Colón.
  • Que el sistema de proyección, incluidas las coordenadas geográficas, no parecía ser el habitual de su época, sino que más bien tenía el aspecto de una moderna proyección aérea a partir de un punto situado al norte de Egipto, alrededor del paralelo 30º N.
  • Que en la parte más al Sur de América, un territorio inexplorado por entonces, se veían representados unos inciertos contornos costeros que acababan torciendo hacia el este, y que eran de difícil correspondencia con la costa sudamericana. Esto es, a partir de cierto punto (Cabo Frío, Brasil) hacia el sur, el mapa perdía toda fidelidad con la costa real, hasta eliminar prácticamente todo el territorio hasta el extremo sur de Argentina[4]. Lo que parecía evidente es que ningún explorador de esa época había ido más allá del punto mencionado.

Mapa de Piri Reis
Este último elemento fue el que abrió la Caja de Pandora, y el que acabó llamando la atención del profesor de historia de la ciencia Charles Hapgood[5]. Descartando que fuera una representación defectuosa o incluso imaginaria, los expertos vieron en ese tramo un perfil algo semejante al cercano continente de la Antártida, con la notable característica de que ambos estaban unidos por una lengua de tierra a modo de istmo, lo que sólo había podido ocurrir antes de la última Edad del Hielo. Desde esta premisa, Hapgood y los otros especialistas empezaron a examinar ese extraño tramo de Sudamérica para tratar de darle una explicación. Entonces recurrieron a los más modernos estudios geológicos de la Antártida[6] (de los años 40 y 50) para dilucidar cuál había sido el perfil costero de la Antártida cuando este continente aún no estaba cubierto por los hielos, para lo cual había que remontarse como mínimo hasta el 4000 a. C. según las estimaciones científicas. 

Y aquí es cuando llegaron las sorpresas al comprobar que el mapa de Piri Reis mostraba de forma aproximada no el contorno costero actual de la Antártida sino la topografía subglacial de una parte de la Antártida, en particular de la región llamada Tierra de la Reina Maud. Todo esto era una gran herejía científica básicamente por dos motivos: 1) porque en época de Piri Reis nadie sabía de la existencia de la Antártida; y 2) porque nadie habría podido cartografiar unas costas antárticas libres de hielo, teniendo en cuenta la datación de 4000 a. C.

Con todo, podríamos decir que la tesis sobre el mapa parcial de la Antártida de Piri Reis se aguanta con pinzas y contiene muchas incógnitas que pueden inducir a error o tergiversación. De todas formas, es bueno recordar que Piri Reis refirió sus fuentes en el mismo mapa, y si los navegantes y cartógrafos de su época (Colón incluido) no eran los responsables de ciertas porciones del mapa, por fuerza debían ser fuentes más antiguas, lo que deja el problema en el limbo al tratarse de América. Sin embargo, Hapgood halló muchos otros documentos –datados en el Renacimiento– que ya daban más que pensar y que reafirmaban la teoría de que hace miles de años una civilización desconocida tenía un amplio conocimiento de los mares y las tierras del planeta y que incluso pudo cartografiar la Antártida. Así pues, trataremos aquí de cinco de esos mapas, cuatro del siglo XVI y otro del XVIII.

Los otros mapas anómalos


Mapamundi de Franco Rosselli
Del siglo XVI empezamos destacando un trabajo anterior a Piri Reis. Se trata de un mapamundi a cargo del cartógrafo italiano Franco (o Francesco) Rosselli, que fue grabado en una plancha de plata coloreada a mano. Está datado en 1508 y se conserva actualmente en el National Maritime Museum de Greenwich (Reino Unido). Su aspecto es muy novedoso al presentar una visión oval del globo terráqueo, con unas masas continentales y océanos muy bien representados para su época. Pero lo que destaca en la parte inferior es la presencia de la consabida Terra Australis, una gran isla o continente cuya forma recuerda muy vagamente a la Antártida. Algunos investigadores han ido más allá y han afirmado que incluso se podrían identificar algunas regiones específicas como el mar de Ross o la Tierra de Wilkes.

Luego tenemos el mapamundi de otro cartógrafo turco, Hadji Ahmed, datado en 1559, que resulta admirable por lo avanzado de la representación de América, en particular de las costas del Pacífico, que no habían sido exploradas aún con detalle en aquella época. Además, la forma de Norteamérica es casi perfecta y muestra una precisión más propia del siglo XVIII que del XVI. En dicho mapa se muestra una Tierra Austral de grandes proporciones donde hoy está la Antártida, si bien completamente fuera de escala y con unas formas poco realistas. Aparte de esto, el mapa llama la atención por representar unidos el continente euroasiático y el americano por una franja de tierra donde hoy está el estrecho de Bering. De nuevo encontramos aquí una geografía propia de hace muchos miles de años, cuando dicho estrecho era practicable, al estar cubierto por hielos.

Atlas de Mercator
El siguiente mapa de ese siglo corresponde al geógrafo y cartógrafo de origen flamenco Mercator (Gerhard Kremer), y forma parte de sus Atlas de 1538 y 1569 (edición mejorada), fruto de una ardua recopilación de muchos trabajos de su época y del Mundo Antiguo. Cabe recordar que Mercator no fue un cualquiera; es considerado el padre de la cartografía moderna, por su riguroso y exhaustivo trabajo y por la creación de un sistema de proyección (cilíndrica tangente al Ecuador) que es la base de la cartografía moderna. Pues bien, en su Atlas Mercator empleaba unas longitudes bastantes precisas para su época y mostraba otra Tierra Austral –de nuevo desproporcionada– pero en este caso separada del extremo sur de América, bastante más perfilada y con algunas regiones que se podían identificar aproximadamente con puntos concretos de la geografía antártica, incluyendo ríos y montañas.

En efecto, según Hapgood, aceptando y adaptando las discrepancias observables en longitud y latitud, se reconocían sobre el mapa de Mercator varios cabos, islas, bahías, glaciares, mares y penínsulas. En su opinión, Mercator había dispuesto de un mapa completo de la Antártida, extraído de fuentes antiguas, aunque ciertamente había cometido graves errores en su representación sobre el mapamundi. ¿Y todo esto era fruto de la imaginación?

Así llegamos al mapamundi más significativo del siglo XVI en la cuestión de la Tierra Austral: se trata del mapa del francés Oronce Finé (en versión latina, Oronteus Finaeus), anterior al recién citado, pues está datado en 1531. De hecho, Mercator se había inspirado en gran medida en este mapa para confeccionar su particular Antártida. Lo cierto es que el mapa de Finé es asombroso, pues apenas 20 años después de la confusa y parcial representación que vemos en el trabajo de Piri Reis, nos muestra una Tierra Austral perfectamente formada y detallada. Este mapa sitúa en el Polo Sur una masa continental de gran tamaño, ilustrada con montañas y ríos y con el nombre de Terra Australis y –según texto en latín– “recientemente descubierta pero aún no plenamente conocida”. Lógicamente debemos pensar que esta frase era una mera licencia poética, pues nadie la había “descubierto” en el siglo XVI ni mucho menos la había explorado.

Mapamundi de Oronteus Finaeus
Hapgood ya apreció que la forma general del continente se parecía a la que conocemos actualmente e incluso la posición del polo sur se acercaba bastante a la realidad, con un error de pocos grados. La plasmación del paisaje se reducía a la franja costera, dando a entender que el interior era aún desconocido (¿o cubierto por hielos?). En todo caso, la ubicación de las montañas se correspondía también aproximadamente con la orografía antártica. En cuanto a la presencia de ríos que desembocaban al océano, esto podría retrotraer a una época anterior a la actual, o sea pre-glacial. En este sentido, la representación del llamado mar de Ross apuntaba claramente a la transformación de un antiguo estuario en modernos glaciares[7]. Además, todo el contorno costero parecía confirmar lo ya visto parcialmente en el mapa de Piri Reis: no se trataba de la línea costera del continente actual, cubierto por los hielos, sino del perfil de la costa cuando no había tales hielos, esto es, hace varios miles de años.

No obstante, al igual que sucedía en los otros mapas ya citados, Oronce Finé se había equivocado bastante en la proyección y escala al mezclar –a juicio de Hapgood– diversas fuentes originales, y había presentado una Antártida mucho más grande que la real, al confundir posiblemente los paralelos más cercanos al Polo Sur. En suma, pese al error general en la proporción, Hapgood apreciaba que los aparentes fallos en la descripción del continente se corregían bastante al adaptar el trazado de Finé a una proyección moderna y al recurrir al entonces novedoso mapa de la Antártida subglacial, obtenido por las prospecciones científicas in situ, en particular las del Año Geofísico Internacional (1958). Nuevamente volvemos al punto clave: Si Finé simplemente quería representar una Tierra Austral ficticia, ¿por qué tantas semejanzas con la Antártida real (o mejor dicho, la que podía verse hace miles de años)?

La Antártida en el mapa de P. Buache
Finalmente, nos queda el mapa de otro francés, el geógrafo Phillipe Buache, del siglo XVIII. El mapamundi de Buache, fechado en 1739, es la culminación de todas las sospechas sobre el antiquísimo origen de la representación de la Antártida, pues su mapa presenta un continente antártico aparentemente libre de hielos, o sea, en la configuración subglacial que hoy en día se da por válida. Dicha configuración incluye la presencia de un amplio canal de agua que divide la masa continental en dos partes, bajo la aparente unidad que da la superficie helada, si bien podríamos hablar de un conjunto de islas de gran tamaño (un archipiélago) que resultaron “ensambladas” por la enorme capa de hielo depositada encima. Y tengamos en cuenta que esta característica no fue conocida hasta los trabajos ya comentados de 1958...

En este caso, Hapgood reconoce que este mapa también contenía errores, como la deficiente orientación de la Antártida con relación a las otras masas continentales, pero admite que las formas representadas se corresponden aproximadamente con la topografía subglacial del continente. Obviamente, podríamos especular una vez más con que Buache recurrió a fuentes antiguas y desconocidas que no han llegado hasta nosotros. Sea como fuere, no parece que ningún navegante de su época pudiera haberle facilitado tales datos para componer su Tierra Austral.

La respuesta de la ortodoxia


Hasta aquí hemos expuesto grosso modo lo que serían los argumentos de la arqueología alternativa –basados principalmente en el trabajo de Hapgood– sobre estos mapas, y reconozco que hace unos 10 años, cuando me familiaricé con estas teorías heterodoxas, me parecieron bastante convincentes y provocadores. Sin embargo, no sería riguroso ni justo quedarnos con esta visión sin tener un contrapeso crítico, pues el paradigma ejerce el derecho y el deber de defenderse y de oponerse a las supuestas anomalías. Así pues, como ya hice en mi libro La historia imperfecta, creo que es conveniente comparar y contrastar las propuestas y los datos de unos y otros, para fijar los puntos esenciales de la polémica y ofrecer a los lectores algunos elementos de juicio para poder extraer las oportunas conclusiones.

Así, en cuanto al tema específico de la Antártida y los mapas propuestos por Hapgood y sus seguidores (Hancock, Flem-Ath, etc.), los oficialistas suelen recurrir generalmente a unos mismos razonamientos técnicos –históricos, arqueológicos, cartográficos y geológicos– y hacen también hincapié en la falta de profesionalidad y rigor de los “alternativos”, así como en su relación con diversas teorías extravagantes (la Atlántida, los antiguos astronautas, etc.), que siempre es una buena manera de desacreditar a todo científico o autor heterodoxo.

Barco del Antiguo Egipto
En cualquier caso, como punto de partida, los defensores del paradigma admiten que, en efecto, el concepto de Terra Australis estaba ahí desde la Antigüedad, pero que era una mera entelequia casi filosófica, pues no se sostenía en ninguna observación real. Por tanto, como ya apuntamos anteriormente, todas las representaciones de dicho continente o isla no tendrían ninguna fiabilidad. Además, se insiste en que la navegación oceánica en los tiempos de las antiguas civilizaciones fue bastante precaria y básicamente de cabotaje (esto es, siguiendo la línea de la costa), dadas las limitadas capacidades marineras de los barcos y sobre todo la falta de conocimientos de navegación oceánica. De este modo, aunque los navegantes de esa época ya observaban los accidentes costeros y las posiciones del Sol y las estrellas como métodos de cálculo y orientación, carecían de instrumentos capaces como la brújula y el astrolabio (sólo disponibles a partir de la Edad Media), así como de matemáticas y astronomía avanzadas[8]. En consecuencia, no se podía esperar gran cosa de su cartografía.

En definitiva, la ciencia del Mundo Antiguo, sin ser despreciable, no tenía aún los rudimentos precisos para producir mapas de buena calidad. Asimismo, tampoco sería posible cartografiar el planeta entero dadas las limitaciones (“aislamiento”) de cada civilización, y por eso los mapamundis primitivos tendían a ser un compendio de observaciones parciales más bien pobres y de ejercicios de imaginación. Y por supuesto, para los académicos es impensable hablar de una civilización desconocida antediluviana y menos aún con capacidad de navegar por todos los océanos...

Mapa actual de la Antártida (cubierta de hielos)
En el caso concreto del mapa de Piri Reis, los escépticos y defensores del paradigma han alegado que –en efecto– dicho mapa es admirable y muy bueno para su época, pero que contiene errores, incoherencias e imprecisiones importantes propias de la cartografía del siglo XVI. En cuanto a la misteriosa región que se extiende de forma irregular al sur de Brasil y que se atribuye en parte a la Antártida, se aduce que los “herejes” han forzado el parecido entre los perfiles costeros y que en modo alguno se puede considerar una descripción parcial de la Antártida y menos aún libre de hielos. Posiblemente se trataría de territorios de Brasil y Argentina mal representados, pues resulta evidente que en 1513 la exploración costera de Sudamérica estaba en pañales, y los trazos de Piri Reis serían más bien el resultado de casar una cartografía todavía muy pobre de la zona con meras conjeturas, más el posible añadido de la mítica Terra Australis. Por lo demás, los escépticos han descartado que el mapa contenga rasgos muy avanzados como la aplicación de una proyección aérea con centro en Egipto.

En cambio, en los mapas de Finé y Buache, la Tierra Austral sí está perfectamente delimitada y situada sobre el Polo Sur, e incluso algún crítico reconoce que puede tener una muy vaga semejanza con la actual Antártida. No obstante, se vuelve a incidir en que son dibujos imaginarios, cuya fiabilidad es nula. Los críticos a Hapgood señalan que para hacer casar tales representaciones con la Antártida real se tuvieron que hacer tramposos juegos de manos con las orientaciones, proporciones y situaciones de la masa continental cartografiada. Aparte, se insiste en que –a pesar de los modernos estudios del subsuelo subglacial antártico– no hay forma de conocer con seguridad cómo era el perfil del continente hace miles de años, ya que los expertos afirman que el actual perfil subglacial no tiene porqué corresponderse con el perfil del continente cuando estaba libre de hielos[9], y por lo tanto Hapgood estaba trabajando con meras especulaciones.

Representaciones de la Antártida: 1. Mercator / 2. Finé / 3. Buache / 4. Mapa subglacial actual
El geólogo y militante escéptico Paul Heinrich realizó hace unos años un análisis de todos estos mapas y –tomando como referencia los trabajos del reputado geofísico David Drewry sobre la Antártida subglacial– llegó a la conclusión que Hapgood y sus acólitos habían tergiversado los datos geológicos y geográficos para mostrar algunas similitudes significativas, pero en su opinión los antiguos mapas de Finé y Buache no representan la Antártida ni en su configuración actual ni cuando estaba libre de hielos (parcial o totalmente). De todos modos, Heinrich recurre al trabajo de un científico llamado Paul Lunde para explicar –sólo como mera hipótesis– la presencia de ese extraño continente en el Polo Sur: sería una vaga representación de Australia realizada por un navegante portugués[10] a inicios del siglo XVI.

Otro escéptico frente a la pseudociencia y la “mala arqueología” en general es el arqueólogo británico Keith Fitzpatrick-Matthews, que alega que Hapgood –al abordar el mapa de Finé– se vio forzado a desplazar el Polo Sur, a rotar la representación unos 20º y a redimensionar el territorio dibujado, que aparecía un 230% más grande que su tamaño real, aparte de ignorar las claras discrepancias en varias regiones antárticas. Y sobre el mapa de Buache[11], Fitzpatrick-Matthews señala que el geógrafo francés no se basó en “mapas antiguos” sino en los viajes por los mares del Sur del holandés Abel Tasman (del siglo XVII) y de su compatriota Jean-Baptiste Charles Bouvet de Lozier (del s. XVIII), si bien su trabajo contenía claros elementos especulativos que iban más allá de las observaciones geográficas reales, tal y como se reconoce en el propio texto que acompaña a su famoso mapa de las tierras antárticas de 1739.

Ciertamente, Buache mencionó en su carta la presencia de grandes icebergs avistados por Bouvet en latitudes antárticas y a partir de aquí –según el científico británico– construyó su Tierra Austral helada en base a meras conjeturas, incluyendo un mar glacial entre las dos masas de tierra antártica, que sería el supuesto origen de los icebergs observados. Fitzpatrick-Matthews insiste pues en que Buache era en realidad un geógrafo teórico, que cometió errores por la falta de datos fidedignos (por ejemplo, en la representación de Nueva Zelanda) y que dibujó su particular Tierra Austral como una simple hipótesis de trabajo.

Consideraciones finales


Una vez vistas ambas posiciones, pasaremos a enunciar una serie de consideraciones sobre los argumentos expuestos, teniendo en cuenta que nadie puede aspirar a poseer una verdad total en este asunto, porque es mucha información la que falta, mientras que otra es opinable u objeto de polémica.

En primer lugar, no podemos ignorar el peso de la casuística anómala. Leyendo la obra de Charles Hapgood, que abarca más mapas y más regiones del planeta, se aprecia que existieron desde épocas antiguas algunos mapas que aparentemente estaban más avanzados a su época o mostraban cosas “que no deberían estar ahí”, como por ejemplo islas o tierras de una época glacial. Incluso se ven marcadas diferencias de calidad en la representación de latitudes y longitudes u otras características. Por ejemplo, el famoso portulano de Dulcert (1339) del Mediterráneo es todo un prodigio para los pobres antecedentes de su época, con unas longitudes casi perfectas en 4.800 kilómetros de territorio (de este a oeste), y por ello fue copiado y recopiado como modelo. Podríamos decir que la excepción no hace la regla, pero son bastantes las excepciones a tener en cuenta, y no siempre podemos recurrir a la excusa de que los cartógrafos se equivocaron o imaginaron cosas.

Ahora bien, resulta problemático referirse a unos supuestos mapas muy antiguos como origen de tales anomalías. Ya vimos que Piri Reis mencionaba como fuentes algunos mapas del tiempo de Alejandro Magno, pero dichos mapas desaparecieron en la noche de los tiempos. De hecho, podemos suponer que la gran mayoría de mapas originales de la Antigüedad no ha llegado hasta nosotros y no habrá forma de recuperarlos; tal vez muchos de ellos se perdieron en los incendios de famosas bibliotecas, como la de Alejandría o la de Cartago. Que los cartógrafos medievales o de la Edad Moderna recurrieran a mapas muy antiguos –y muy avanzados– no conocidos para completar sus propios mapas es una mera especulación sin base documental, y más aun si dichos mapas deben atribuirse a una civilización desaparecida. 

Bajorrelieve de un barco fenicio
En segundo lugar, tenemos el debate sobre las capacidades de los navegantes antiguos. El estamento académico considera que la navegación antigua era bastante limitada, si bien no se pueden negar algunos grandes logros de los navegantes mediterráneos (aunque no todos ellos admitidos, como la circunnavegación de África a cargo de los fenicios[12]). Sin embargo, ya desde hace décadas existe una corriente de opinión heterodoxa que sostiene que los viajes transoceánicos fueron posibles en épocas muy antiguas, e incluso en embarcaciones relativamente simples, como demostró en la práctica el investigador noruego Thor Heyerdahl con sus expediciones Kon Tiki y Ra. Esto podría incluir viajes comerciales y de exploración durante la Antigüedad y la Edad Media, con lo cual se abriría la posibilidad de disponer de una cartografía –por muy inexacta que fuese– de gran parte de los océanos y tierras del planeta. Claro que si eso no salió a la luz en el “conocimiento oficial”, podemos especular con que se perdieron los pocos documentos realizados o bien fueron reservados celosamente por motivos estratégicos.

En tercer lugar, dando por buena la propuesta anterior, podríamos llegar a admitir que las civilizaciones antiguas fueron capaces de cruzar los océanos y trazar algunos mapas de ámbito global, pero alcanzar las latitudes antárticas son palabras mayores, por las distancias a recorrer, por los problemas de navegación, y por las duras condiciones climáticas. No es imposible, pero sí muy forzado, y además una cosa sería un breve contacto esporádico o fortuito y otra una exploración en toda regla que permitiera realizar un mapa completo de la Antártida. Por supuesto, el asunto se complica más si ponemos por medio a una civilización perdida (por lo menos anterior a una fecha tan lejana como 4.000 a. C., si Hapgood tuviera razón en cuanto a la topografía subglacial antártica). ¿De dónde salió esa gente? ¿De qué naves e instrumentos disponían? ¿Pudieron navegar por todo el planeta y cartografiarlo con más precisión que las civilizaciones posteriores, cuando se supone que la Humanidad estaba aún en un estadio primitivo, en plena prehistoria?

Portulano medieval (Mediterráneo y Europa)
Finalmente, nos quedaría el confuso asunto de la topografía subglacial de la Antártida, que ha sido el principal punto de la disputa. Los parecidos generales y particulares que muestra Hapgood –sobre todo en los casos de Finé y Buache– no pueden ser despreciados, porque puestos a representar una fantasiosa Tierra Austral, no se explica cómo es que se parece a la Antártida real (tanto la actual como la pre-glacial), aunque sea vagamente. Además, tengamos en cuenta la baja calidad del detalle en los mapas de escala tan grande, pues incluso en los mejores mapas de finales de la Edad Media la precisión de los perfiles costeros de las tierras conocidas podía dejar bastante que desear. Así pues, no es de extrañar que unos y otros debatan acaloradamente en torno a unos perfiles costeros que podrían distar bastante de ser exactos, con el problema añadido de considerar la descripción de una incierta topografía subglacial, que a día de hoy sigue siendo objeto de investigación sobre el terreno. Por otro lado, hay que situar esa cartografía en su contexto, pues si los cartógrafos de hace siglos recurrieron realmente a documentos extremadamente antiguos (posiblemente copias de copias de originales muy antiguos), toda fiabilidad quedaría en entredicho. 

Concluyendo, la visión heterodoxa de Hapgood contiene sin duda muchas conjeturas y apreciaciones discutibles, pero se debe reconocer que las explicaciones ortodoxas se mueven en el mismo terreno especulativo. En todo caso, la propuesta de Hapgood suscita muchas preguntas incómodas o al menos no fáciles de responder. Así, podría ser que muchos mapas de hace siglos fueran fruto de una exhaustiva exploración y descripción geográfica, pero los estudios alternativos nos revelan que posiblemente hay “algo más”, tal vez la sombra de una ciencia muy avanzada observable en determinados rasgos. No obstante, ello nos empuja a un callejón sin salida, porque –como reconocía Hapgood– los navegantes medievales no eran capaces de realizar mapas precisos y los mapas del Mundo Clásico (de la época de Claudio Ptolomeo), pese a su inequívoca voluntad científica, tenían enormes lagunas[13]. En este sentido, la representación de la Antártida –aunque sea de forma grosera– es toda una incógnita y entiendo que el paradigma se resista a ceder un palmo en este tema, pues si en vez de una imaginaria Terra Australis, los antiguos tenían conocimiento de un gran continente real en el Polo Sur (y ya no digamos si fue descrito cuando estaba libre de hielos), entonces muchas cosas deberían replantearse en cuanto al origen de la civilización.

© Xavier Bartlett 2018

Nota: Intencionadamente, para no extenderme y desviarme del tema central, he dejado aparte la teoría defendida principalmente por Rand Flem-Ath sobre la identificación entre la mítica Atlántida y la Antártida. De hecho, Hapgood ya había sugerido que la Antártida pudo haber estado originalmente en latitudes más templadas, en medio del Atlántico, y que por efecto de un súbito desplazamiento de la corteza terrestre habría ido a parar al Polo Sur, quedando en su actual estado cubierta de hielos. Es una hipótesis interesante, y no exenta de polémica, pero merece otro artículo específico.

Fuente imágenes: Wikimedia Commons / Fingerprints of the Gods


[1] Durante el verano queda una zona liberada de hielos de unos 280.000 km2.
[2] El fin de la creencia en la Terra Australis se situaría a mediados del siglo XVIII, cuando las exploraciones del capitán Cook por los mares del Sur descartaron la presencia de ningún continente en las latitudes donde se suponía que debía estar.
[3] La mayoría de ellas eran antiguos mapas disponibles en la Biblioteca imperial de Constantinopla, posiblemente copias de otros documentos más antiguos aún, y que no han llegado hasta nosotros. En cambio, otras fuentes eran bastante modernas, fruto de las exploraciones de españoles y portugueses, en África y América principalmente.
[4] Charles Hapgood estimó que en el mapa de Piri Reis se habían esfumado unos 1.440 kilómetros de costa “real”, y que en su lugar se habían colocado trozos de otros mapas parciales, a modo de compilación forzosa.
[5] Autor del imprescindible libro Maps of the ancient sea kings (“Los mapas de los antiguos reyes del mar”), de 1966.
[6] Se trataba básicamente de las investigaciones a cargo de un equipo anglo-sueco-noruego, que realizó un perfil sísmico de la Antártida.
[7] Los análisis geológicos y radiométricos llevados a cabo en esa zona determinaron que los ríos preexistentes depositaron sedimentos en el mar de Ross por lo menos hasta hace unos 6.000 años.
[8] A este respecto, todos los expertos coinciden en que fue imposible calcular con precisión las longitudes hasta el siglo XVIII, gracias al invento del cronómetro.
[9] Este hecho se basa en el efecto del llamado “rebote isostático”. Si desapareciera de golpe el hielo, el nivel de los mares ascendería súbitamente cubriendo la actual línea costera, pero el citado rebote isostático haría que el continente “rebotara” y parte de las tierras emergiesen hasta una gran altura.
[10] Con toda seguridad, se refiere al mapa de Jorge Reinel, también citado por Hapgood.
[11] Según Fitzpatrick-Matthews, en realidad deberíamos hablar de dos mapas o versiones de Buache, pues existe otra edición en la que la Tierra Austral aparece como una sola masa continental, no separada en dos grandes islas por un mar central.
[12] Expedición a cargo del faraón egipcio Necao II y que fue mencionada por Heródoto. Ahora bien, no hay confirmación histórica o arqueológica de que completaran todo el recorrido. Se supone que los primeros en realizar tal hazaña fueron los navegantes portugueses a finales del siglo XV.
[13] Basta comparar el portulano de Dulcert con el mapa del Mediterráneo de Ptolomeo para ver que el segundo está a años-luz del primero, y de ningún modo pudo ser la fuente o inspiración de éste.

miércoles, 12 de marzo de 2014

¿Charles Hapgood reivindicado?


Para los seguidores de la historia alternativa, el nombre de Charles Hapgood es todo un referente en la investigación de los misterios o anomalías del pasado, sobre todo a partir de su obra más conocida Maps of the ancient sea kings (“Los mapas de los antiguos reyes del mar”). En esta obra, Hapgood proponía la existencia de una civilización desaparecida muy antigua –anterior a las civilizaciones conocidas– que muchos autores han asociado a la Atlántida. Según Hapgood, tal civilización habría sido la responsable de cartografiar el planeta con mucha precisión en tiempos muy remotos con unos medios aparentemente modernos. Con el paso de los siglos y milenios estos documentos se habrían perdido, pero algunos restos de estos conocimientos habrían perdurado y habrían sido utilizados en la confección de algunos mapas muy posteriores, entre ellos el famosísimo mapa del almirante turco  Piri Reis.

No obstante, aparte de analizar detalladamente este conocido mapa, Hapgood estudió muchos otros mapas, situados en un marco temporal que abarcaba desde la Edad Media hasta el siglo XVIII, a la búsqueda de esas cartografías avanzadas. Así, al juntar todas las piezas pudo observar determinadas anomalías que no cuadraban con el paradigma científico moderno. Lo que en suma quería demostrar es que la historia convencional no podía explicar de ningún modo la aparición de ciertos rasgos muy avanzados en geografía y cartografía, pues teóricamente eran superiores al estado de la ciencia en su época, y todo ello podría indicar que en un tiempo inmemorial alguien había realizado tales mapas.

Uno de los temas que más llamó la atención de Hapgood fue una serie de mapas medievales llamados portulanos, nombre que procede de portus (“puerto”), pues estaban basados en la representación de puertos en las líneas costeras. Estos mapas, que cartografiaban el Mar Mediterráneo y el Mar Negro, tenían una notable exactitud para su época (como el conocido portulano de Dulcert, de 1339), y a juicio de Hapgood no podían estar basados en los mapas de la Antigüedad clásica ni en las observaciones náuticas medievales. Por supuesto, no hay que incidir en el hecho que la ciencia académica no dio crédito a las propuestas de Hapgood por considerarlas erróneas, especulativas y sacadas de contexto.

Pues bien, casi medio siglo después de la aparición de Maps of the ancient sea kings, Roel Nicolai, un ingeniero geodésico que trabaja para la firma Shell, ha presentado una tesis doctoral en la Universidad de Utrecht (Holanda) en la que defiende que la precisión de los portulanos no puede explicarse con los conocimientos disponibles en la Baja Edad Media y que su origen no parece estar en las cartas náuticas de la época.

Portulano medieval. Fuente: press.uu.nl
Los portulanos aparecen el siglo XIII y perduran hasta el siglo XVI. El primero de ellos data de finales del siglo XIII y según Nicolai no tiene un claro precedente, parece surgir de la nada. La investigación de Nicolai pone de manifiesto que hay una clara divergencia entre los conocimientos geográficos de la época (que incluyen la limitación de los instrumentos de medida medievales) y la exactitud de los portulanos.
Nicolai ha analizado estos mapas desde una perspectiva actual, utilizando los enfoques y métodos de la geodesia moderna y ha obtenido unas conclusiones sorprendentes, como reconoce el director de su tesis, el profesor Jan Hogendijk de la Universidad de Utrecht. Lo que se suponía hasta ahora es que los navegantes medievales efectuaban  medidas y cálculos en sus viajes comerciales y a partir de estos datos elaboraban los portulanos. Para Nicolai, tal suposición es muy improbable, dada la poca sofisticación de las brújulas y de los métodos de navegación en este periodo histórico, sobre todo a la hora de determinar las distancias con un alto grado de precisión. De hecho, los cálculos precisos de navegación no se generalizaron hasta el siglo XVIII.

Para Nicolai, los portulanos fueron dibujados sobre una proyección Mercator (o similar), o sea una conversión de la curvatura de la Tierra en una superficie plana. Lo que ocurre es que tal conocimiento no estuvo disponible al menos hasta mediados del siglo XVI, cuando el propio Mercator introdujo tal proyección para la confección de mapas.

Portulano de Dulcert. Fuente: press.uu.nl
Entonces, ¿cuál es el origen de los portulanos? Nicolai cree que cualquier hipótesis pasa por reconocer que en la Edad Media existían unos conocimientos mucho más avanzados de lo que se ha asumido hasta el momento, si bien otros mapas contemporáneos europeos no muestran tal avance en cartografía. Los árabes, una civilización muy desarrollada en aquel tiempo, podrían ser una posible explicación, pero Nicolai considera que nunca se ha probado fehacientemente que los árabes tuvieran capacidad de realizar mapas a partir de una proyección de la curvatura terrestre.

Por otro lado, Nicolai también contempla la posibilidad de un origen mucho más antiguo, esto es, los mapas greco-latinos, pero no deja de ser una especulación. En todo caso, opina que tal vez el origen de los portulanos esté en una tradición completamente perdida y que se precisan investigaciones más profundas para intentar dar con una respuesta aceptable.

Y aunque el nombre de Hapgood no aparece por ninguna parte, está claro que sus observaciones y las de Nicolai están en una misma línea heterodoxa. Sin embargo, es bien posible que con la aceptación de esta tesis poco a poco se vayan abriendo puertas dentro del estamento académico al trabajo de Hapgood y que finalmente se reconozca la validez de sus teorías, aunque sin duda queda un largo camino por recorrer en la búsqueda de los autores de estos mapas tan prodigiosos.

(c) Xavier Bartlett 2014

Fuente original: http://press.uu.nl/origin-of-medieval-sea-charts-disproven/

viernes, 13 de septiembre de 2013

Charles Hapgood: entre el catastrofismo y la Atlántida



Para estudiar el fenómeno del revival de la Atlántida en el siglo XX, hay que citar obligadamente los trabajos del profesor de antropología e historia de la ciencia Charles Hapgood (1904-1982), cuya influencia sobre autores posteriores ha sido muy notoria, como es el caso de Graham Hancock. Este investigador norteamericano escribió tres libros ampliamente citados dentro del campo alternativo, dos de ellos muy directamente relacionados con el catastrofismo y el otro más orientado a descubrir conocimientos perdidos en tiempos muy remotos.

En el primer ámbito, Hapgood escribió, The Earth's Shifting Crust (“El desplazamiento de la corteza terrestre”), prologado por Einstein, y Path of the Pole (“El camino del Polo”). En su primera obra, publicada en 1958, Hapgood propuso un escenario hipotético de desplazamiento de la corteza terrestre, supuestamente provocado por la gran masa de hielo ubicada en los polos, lo que pudo llegar a modificar la posición de los propios polos y de grandes masas continentales. En términos geológicos, esto supondría que la litosfera se habría desplazado sobre la astenosfera, una capa inferior fluida o semisólida, que estaría situada entre 100 y 240 kilómetros por debajo de la superficie terrestre. No obstante, el núcleo del planeta mantendría la misma orientación axial. Para hacer una simple comparación, sería como si la piel de una naranja estuviera suelta y se deslizara libremente sobre los gajos.

Según sus investigaciones, estas alteraciones tendrían lugar cada 20.000 o 30.000 años, con una duración media de unos 5.000 años, y la inclinación del eje no sería nunca superior a los 40º. Como resultado de estos movimientos, Hapgood determinó el polo norte habría cambiado de posición hasta tres veces en el hemisferio norte en los últimos 100.000 años. Por supuesto, tales desplazamientos tendrían tremendos efectos geológicos y climáticos a escala planetaria. No obstante, Hapgood rectificó en su segundo libro, de 1970, dado que la teoría del peso del hielo parecía insuficiente. En esta ocasión propuso que dichos cambios se deberían tal vez a fuerzas internas, pero no podía más que especular sobre ello.

Pero sin duda la obra de Hapgood que más impacto provocó en términos de desafío a la ciencia, fue su libro de 1966 Maps of the ancient sea kings (“Mapas de los antiguos reyes del mar”) que pondría las bases para posteriores tesis y especulaciones sobre el mito de la Atlántida. Quizá para muchas personas este libro resulte del todo desconocido, pero si mencionamos que uno de los temas estrella de su obra fue el archifamoso mapa del almirante turco Piri Reis, entonces todo puede resultar mucho más familiar. En efecto, este mapa es un objeto casi mítico, que ha sido estudiado, citado, y referido hasta la saciedad en la literatura alternativa como sinónimo de uno de los grandes misterios del pasado, hasta llegar incluso a la categoría de oopart. Sin embargo, hablar de mito no es lo más adecuado, pues el mapa existe, no es ninguna falsificación, y se guarda celosamente en el Museo Topkapi de Estambul.

Pues bien, lo que hizo Hapgood fue retomar varios estudios previos de otros cartógrafos norteamericanos de los años 50 del pasado siglo, entre los cuales destacan Mallery, Walters y Lineham. Estos expertos habían estado trabajando sobre una serie de mapas antiguos, y entre los cuales destacaba uno del navegante y cartógrafo turco Piri Reis, fechado en el año 919 de la era musulmana (1513 d. C.). El mapa mostraba la parte más occidental de Europa y de África, el océano Atlántico y las costas orientales americanas. En sus anotaciones Piri Reis afirmaba que todo su trabajo estaba basado en más de veinte mapas precedentes (incluyendo algunos de los más recientes, entre los cuales estaban los de Colón) y hasta en ocho mapamundis de la época de Alejandro Magno. Y también añadía: “Un mapa como éste no lo posee nadie hoy en día.”

Estos cartógrafos enseguida apreciaron varios hechos muy sorprendentes en el mapa de Piri Reis, como los siguientes:
  • Era extraño el recurso a mapas de una época tan antigua como el siglo IV a. C., cuando una buena parte del mapa se refería a tierras del Nuevo Mundo.
  • La distancia y proporciones establecidas entre Europa y América eran bastante correctas para su época. Asimismo, la localización de las Canarias y las Azores era extraordinariamente precisa.
  • Algunas descripciones de la geografía de América resultaban notablemente avanzadas, ya que el continente se acababa de descubrir hacía apenas 20 años. (Pero al mismo tiempo se apreciaban bastantes errores en otras partes del continente, en particular en la zona del Caribe).
  • Los contornos que aparecían al final de Sudámerica correspondían en realidad a la Antártida.
De todos estos hechos, lo que sin duda llenó de perplejidad a estos expertos fue la presencia de una descripción bastante aproximada de la Antártida, pero no tal como se halla en la actualidad, cubierta de hielo, sino del contorno real de las tierras que subyacen bajo el hielo (según estudios contemporáneos del subsuelo antártico). El mapa presentaba unidos el continente antártico y el extremo del cono sur de América por una lengua de tierra, es decir, tal como sucedía antes de la última glaciación, según se había descubierto al explorar el fondo marino mediante fotografía aérea de infrarrojos. El problema, obviamente, es que la Antártida no había sido descubierta hasta inicios del siglo XIX.

Por otro lado, realizando una conversión del mapa a una proyección actual, las longitudes parecían ser enormemente exactas. A este respecto, Mallery y Walters, del Instituto Hidrográfico de la Marina de los EE UU, vieron que Piri Reis no había utilizado las coordenadas convencionales de su época. Sobre el método de proyección utilizado –que tenía en cuenta la esfericidad terrestre— sólo hallaron un paralelismo moderno para tal precisión: la técnica de la fotografía aérea, lo cual lógicamente era del todo impensable para la ciencia del siglo XVI. Además, según concluyeron los investigadores, el centro de esta proyección, a vista de satélite, debía estar a unos 30º de latitud, próximo a la ciudad de El Cairo, en Egipto. Asimismo, la trigonometría esferoide que se necesitaba para realizar los cálculos de la longitud no se conocía en aquel tiempo; esta capacidad científica no se obtuvo hasta mediados del siglo XVIII.

Hapgood retomó toda esta información y se planteó ir un paso más allá. Estudió detalladamente el mapa de Piri Reis así como otros mapas de la época: el de Oronce Finé (también conocido como Oronteus Finaeus), el de Hadji Ahmed y el de Mercator. Sobre el mapa de Piri Reis llegó a la conclusión de que estaba basado en seis fuentes diferentes y que la porción final de Sudamérica se correspondía, en efecto, con la parte noroeste de la Antártida, llamada Tierra de la Reina Maud, por supuesto cuando este territorio estaba libre de hielo, para lo cual nos tendríamos que remontar forzosamente a varios miles de años atrás. Asimismo, el mapa mostraría unos terrenos prácticamente desconocidos en la época, como la cadena monstañosa de los Andes.

Con todos estos datos sobre la mesa, Charles Hapgood llegó a la conclusión de que en tiempos inmemoriales, en la última era glacial, una avanzada civilización marítima fue capaz de cartografiar con gran precisión todo el planeta tal como era en esa época. Combinando la teoría del desplazamiento de la corteza terrestre con la geografía expuesta en aquellos antiguos mapas, Hapgood ya pudo entrever una posible solución al enigma. Lo que es actualmente la Antártida habría sido un continente atlántico que originalmente estaba situado bastante más al norte (unos 30º) y que habría disfrutado, por tanto, de un clima relativamente templado. Al producirse la última oscilación de la corteza terrestre, el continente se habría movido hasta su posición actual, en el polo sur. Lógicamente, este territorio se habría enfriando progresivamente y habría quedado al fin cubierto completamente por los hielos. Así pues, los mapas empujaban a pensar que debió existir una civilización con los conocimientos y medios necesarios para realizar una cartografía tan precisa de una Antártida tan diferente de la actual.

La comunidad científica no dio crédito a las teorías de Hapgood y las rebatió con diversos argumentos. Para resumir, diremos que las críticas se centraron en la falta de pruebas (o en la tergiversación de éstas) de las afirmaciones de Hapgood. Sobre el mapa de Piri Reis se ha puesto en duda que la porción de tierra que se aprecia al Sur de América sea realmente la Antártida libre de hielos, a pesar de algunas vagas similitudes. Los expertos consideran que en realidad se trataba de una continuación de las costas sudamericanas a partir de Brasil. Aquí tenemos una extensa zona que sorprendentemente tuerce hacia el este, bastante indefinida e imprecisa, tal vez fruto de primeras exploraciones (Piri Reis acredita aquí el uso de fuentes europeas), pero en ningún caso sería la Antártida. Sobre la cadena de montañas sudamericanas que aparece en el el mapa (los Andes, según Hapgood), no habría nada de particular en ello pues al menos dos mapas de inicios del siglo XVI, que probablemente fueron la fuente de Piri Reis, ya mostraban esquemáticamente esa misma cadena montañosa, si bien difícilmente podrían tener fiabilidad geográfica. También se ha rebatido la idea de que el mapa refleje una proyección con el Cairo como centro y que se tratase de una cartografía aérea, dado que tal proyección no coincide con la posición y contornos de las tierras mostradas en el mapa.

Finalmente, sobre el tema del desplazamiento de la corteza terrestre, muchos científicos han mencionado un problema de tipo técnico llamado rebote isostático, que es el equilibrio entre los bloques adyacentes de la corteza, que descansan sobre una capa plástica. Este fenómeno afectaría al crecimiento o decrecimiento del nivel de las aguas. En la práctica, si se produjera el deshielo de la Antártida, el rebote isostático provocaría una elevación del terreno y compensaría a su vez el aumento de nivel de las aguas. Además, el hielo no se podría acumular indefinidamente, sino que al alcanzar un grosor determinado se acabaría por fundir, sublimar o separar en trozos que flotarían sobre el agua (los icebergs). Por consiguiente, un desequilibrio en la corteza causado por la acumulación de hielo en los polos se considera prácticamente imposible.

Sin embargo, el profesor norteamericano ya había sembrado una semilla que no tardaría en dar sus frutos. Uno de sus jóvenes seguidores, el bibliotecario canadiense Randy Flemming, recogió el testigo y prosiguió sus estudios hasta convertirse en la actualidad en el mayor impulsor –junto con Graham Hancock– de la teoría de que la actual Antártida un día fue... la Atlántida.

© Xavier Bartlett 2013


Nota final: aunque en el mundo anglosajón se hace referencia al trabajo de los Flemm-Ath como pioneros de la teoría de la Antártida como posible ubicación de la Atlántida, el propio Graham Hancock me reveló que ya antes un investigador italiano, Flavio Barbiero, había lanzado esta propuesta en 1974, en un libro titulado Una civiltà sotto ghiaccio ("Una civilización bajo el hielo"). Como Hapgood, Barbiero veía el origen de los cataclismos en un desplazamiento de la corteza terrestre, pero consideraba que el detonador de este proceso habría sido el impacto tangencial de un gran cometa o meteorito sobre la superficie del planeta.