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sábado, 11 de mayo de 2019

Nabta Playa: astronomía avanzada en el Egipto predinástico


Por allá en los años 70 del pasado siglo unos arqueólogos descubrieron casualmente varios fragmentos de cerámica y utensilios líticos en un árido e inhóspito lugar del suroeste de Egipto llamado Nabta Playa[1] (en Nubia, a unos 100 km. al oeste de Abu Simbel). Al poco tiempo, al explorar el paisaje circundante, observaron una serie de rocas o piedras dispuestas de forma particular. Al principio sólo se apreciaban las puntas de tales rocas, pero al limpiar y excavar la zona se pudo comprobar que se trataba en muchos casos de antiguos megalitos, llevados allí desde alguna cantera y colocados verticalmente sobre el terreno con un evidente propósito de marcar o delimitar algo.

Dado el interés de los restos identificados, este yacimiento arqueológico fue excavado por un equipo científico internacional denominado CPE (Combined Prehistoric Expedition), liderado por los antropólogos Fred Wendorf y Romuald Schild. Tras varios años de trabajo se pudieron identificar dos tipos principales de estructuras en superficie. Por un lado, monolitos o grandes piedras, la mayoría talladas, situadas sobre el sedimento de un antiguo lago desecado. Por otro, formaciones de rocas que afloraban a la superficie y que estaban relacionadas con los monolitos ya mencionados. Aparte, destacaba una pequeña estructura circular desconectada de las alineaciones de megalitos. En cuanto al sedimento excavado, se hallaron restos de poblamiento y enterramientos rituales de ganado, y se identificaron algunos grabados sobre el lecho de la roca madre. Todos estos hallazgos quedaron bien registrados mediante un detallado plano de la zona y más tarde se dieron coordenadas a los principales megalitos mediante GPS.

Lo cierto es que los científicos no acababan de ver la finalidad de las estructuras alineadas y las respuestas no llegaron hasta 1997, cuando un arqueoastrónomo norteamericano llamado John Malville inspeccionó el enclave y detectó un orden cósmico en las alineaciones de las piedras. Dicho de otro modo, parecía existir una correlación astronómica entre las piedras y el firmamento observable en aquella región del planeta, sobre todo visible en el pequeño círculo de piedras (de apenas unos 4 metros de diámetro), que vendría a ser un calendario solar. Según las investigaciones in situ, este círculo marcaría el solsticio de verano y la posición de las estrellas en los cielos nocturnos, a fin de orientarse en el terreno. Además, dicho círculo contenía seis piedras en su interior, agrupadas en dos hileras de tres, pero no se pudo ofrecer una interpretación satisfactoria sobre su función. Finalmente, se pudieron distinguir hasta seis alineamientos de megalitos principales que –a modo de radios– partían de un mismo centro (marcado por una gran piedra rodeada de otras piedras). Tres de ellos estaban orientados al norte-noreste y los otros tres al este-sureste, pero tampoco aquí se pudo asignar un significado concreto a tal disposición.

Situación de Nabta Playa al sur de Egipto
En cualquier caso, al constatar estos hechos, los investigadores catalogaron Nabta Playa como un complejo ritual o ceremonial de carácter astronómico. En cuanto a la cronología aproximada de este complejo, las dataciones de Carbono-14 fijaron un amplio espectro de ocupación del lugar en el periodo neolítico, entre el 9000 a. C. y el 3500 a. C., justo antes de que despegara la civilización egipcia, con una especial incidencia de dataciones hacia el 6000 a. C. Cabe tener en cuenta que durante la mayor parte de este lapso de tiempo el lugar que ahora ocupa el yacimiento no fue desértico, sino bastante húmedo, con abundantes recursos naturales.

Fue en este punto cuando entró en escena a finales del pasado siglo el astrofísico norteamericano Thomas G. Brophy, que había trabajado para la NASA. Brophy había quedado muy intrigado por un artículo publicado por la revista Nature en 1998 sobre el sentido arqueoastronómico de Nabta Playa y quiso ir más allá. A partir de aquí, emprendió su propia investigación –que incluyó el desarrollo de un software específico de astronomía– y en 2002 publicó sus primeros resultados en el libro The Origin Map (“El mapa del origen”), que dejaron bastante atrás los postulados académicos aceptados hasta la fecha y abrieron las puertas a audaces interpretaciones más propias de la arqueología alternativa. Lo que voy a exponer a continuación es un breve comentario de sus tesis, que Brophy ha ido ampliando hasta la actualidad con la colaboración del famoso autor alternativo anglo-egipcio Robert Bauval, reconocido experto en cuestiones del antiguo Egipto y de arqueoastronomía.

Brophy se centró primeramente en el análisis del “círculo-calendario” y confirmó que se trataba de un eficaz observatorio astronómico bastante fácil de usar. Pero además resultó que –según sus cálculos– tres de las seis piedras del interior del círculo marcaban con precisión las estrellas del cinturón de la constelación de Orión, que estarían justo de encima del observador en el periodo comprendido entre 6400 a. C y 4900 a. C., reflejando así el firmamento, lo cual conectaba directamente con la teoría de la correlación de Orión, formulada unos años antes por Bauval a propósito de las tres grandes pirámides de Guiza. Este hecho no podía ser una coincidencia, y en su opinión mostraría una arcaica tradición común astronómica centrada en la representación de Orión. En cuanto a las otras tres piedras, Brophy determinó que se correspondían con la posición de la cabeza y hombros de esa misma constelación, pero hacia el 16500 a. C., una cronología extraordinariamente remota. 

Siendo todo esto relativamente revolucionario, los alineamientos de megalitos de Nabta Playa todavía depararían más sorpresas a Brophy. El científico estadounidense constató que los alineamientos radiales a partir de un centro marcaban la posición de determinadas estrellas, pero de un modo muy peculiar. Antes de seguir, empero, es preciso realizar una puntualización. Es sabido que desde hace décadas se han estudiado las estructuras megalíticas desde el punto de vista arqueoastronómico y se ha llegado a la conclusión de que en muchos casos la observación del firmamento a través de ciertas piedras y alineaciones remitía a la posición del Sol o de determinadas estrellas en momentos específicos del año. Siendo esto cierto y contrastable, existía el problema de identificar fiablemente la época y las estrellas en cuestión, pues el conocido fenómeno de la precesión[2] hace que las estrellas “se desplacen” por los cielos en un ciclo completo que dura cerca de 26.000 años. De este modo, es obvio que muchas estrellas salen por un mismo punto del horizonte a través de los tiempos y no se pueden identificar a ciencia cierta –con una traslación a una época concreta–  si no existe otra referencia clara.

Megalitos procedentes de Nabta Playa, actualmente expuestos en el Museo de Aswan (Egipto)

Justamente en el caso de Nabta Playa, Thomas Brophy apreció que las estrellas no estaban señaladas con una sola piedra, sino con dos. ¿Qué quería decir esto? En realidad, era un sistema de coordenadas. Una de las piedras marcaba la posición de propia estrella en su orto helíaco en el equinoccio primaveral, esto es, su salida por el horizonte en la fecha del equinoccio de primavera, que sólo tiene lugar una vez cada ciclo precesional. La otra piedra marcaba la posición de la estrella Vega (de la constelación de Lira), que es una de las cinco más brillantes del firmamento y que representaba una referencia estable en el hemisferio norte para los astrónomos de Nabta Playa durante aquel ciclo precesional. De este modo, quedaba despejada cualquier duda sobre la identidad de las estrellas, y Brophy pudo identificar en los megalitos alineados las seis estrellas más brillantes de la constelación de Orión (¡una vez más!) en su posición hacia el 6300 a. C.

Con todo, había otro hecho intrigante. Las piedras estaban colocadas a diferentes distancias con respecto del centro radial. ¿A qué se debía esta circunstancia? A simple vista no se veía una lógica en tal disposición, a menos que hubiera una intencionalidad oculta que justificase esa dispersión sobre el terreno. Brophy estuvo especulando con ese posible patrón de las distancias y entonces fue a dar con una explicación que cuando menos resulta impactante. Según su hipótesis, las distancias de los monolitos con respecto al centro reflejarían las distancias de las respectivas estrellas con respecto a la Tierra. Una vez consultados los estudios astronómicos más modernos sobre este tema[3], Brophy se quedó sorprendido, pues pudo apreciar una correlación o proporción entre las distancias sobre el terreno y las distancias en el espacio. Así, estableció que un metro de terreno vendría a ser aproximadamente 0,799 años-luz, aunque hay que ser muy cauteloso en este campo, pues ni siquiera en la actualidad –con todos los medios tecnológicos– se pueden dar por ajustadas y definitivas las distancias a las estrellas. A todo esto, Brophy afirmó que la posición de los megalitos podía contener otras informaciones como su velocidad relativa o su masa, sin descartar otros aspectos menores, como la posible presencia de estrellas compañeras o sistemas planetarios (en forma de pequeñas piedras al lado de los megalitos).

Pero este panorama, aun siendo bastante desconcertante, no era todo. La última sorpresa de Nabta Playa estaba en su subsuelo. Brophy se fijó en que, tras excavar dos túmulos de piedra, los arqueólogos habían llegado al firme suelo rocoso, que estaba decorado con formas esculpidas sin aparente sentido. Sin embargo, Brophy vio ahí la forma inconfundible de la Vía Láctea vista desde fuera, o sea, desde el polo norte galáctico. En otras palabras, se trataría de una especie de mapa a escala de nuestra galaxia, con sus brazos en espiral, que incluía de forma correcta la posición y orientación del Sol. Y lo que resultaba más chocante: también incluía la presencia de una pequeña galaxia enana (la de Sagitario), que no fue identificada ¡hasta 1994! Además, la posición de las piedras superiores –ya retiradas– marcaría aproximadamente el centro de la galaxia. Y para cerrar este delirante escenario, Thomas Brophy observó que una de las líneas de megalitos apuntaba directamente a ese centro galáctico; concretamente señalaba su orto helíaco primaveral hacia el 17770 a. C. En cuanto al otro túmulo excavado, las formas rocosas halladas se corresponderían con la galaxia de Andrómeda, lo que sería otro “mapa estelar”.

Teoría de la Correlación de Orión, según Bauval
En lo referente a la conexión de Nabta Playa con el antiguo Egipto, tanto Brophy como Bauval ven ahí la herencia o persistencia de unas observaciones y creencias de unas gentes “pre-civilizadas” que procedían del oeste y que se establecieron en tiempos prehistóricos en el actual Egipto, tal y como se defiende en libros como Black Genesis o Imhotep the African. Brophy fue más lejos y afirmó que –según su análisis arqueoastronómico de los “canales” de la Gran Pirámide– el conjunto de las tres grandes pirámides Guiza no fue diseñado y construido para marcar la culminación meridional de la constelación de Orión –lo que Bauval propuso en los 90– sino para reflejar sobre el terreno la culminación septentrional del centro galáctico hacia el 11000 a. C., a modo de un enorme reloj del ciclo precesional en piedra.

En fin, una vez expuestos los datos, confieso que me veo incapaz de valorarlos en justa medida, dado mi escaso conocimiento en temas de astronomía, en los que debo realizar un acto de fe y suponer que la investigación se ha hecho de forma rigurosa y ajustada al método científico. A su vez, las fuentes académicas que he consultado se centran en los trabajos de Wendorf y Malville y prácticamente omiten cualquier referencia a Brophy, y cuando se cita su interpretación sólo es para cuestionarla. No alcanzo pues a sacar alguna conclusión sobre las propuestas de Brophy, aunque entiendo que puede haber un cierto margen de error debido a las propias mediciones y también a los posibles sesgos de querer encontrar “a la fuerza” coincidencias significativas entre un montón de datos disponibles e interpretables, si bien el propio Brophy en algún momento dice que las posibilidades de que las alineaciones de megalitos de Nabta Playa fueran aleatorias estarían alrededor de menos de dos entre un millón, lo que obligaría a pensar en un hecho científico y no en meros caprichos de azar.

El misterio de Sirio
Sea como fuere, todo este asunto me recuerda bastante a la famosa polémica destapada por Robert Temple sobre la astronomía de los Dogon (tribu de Mali), que supuestamente tenían unos increíbles conocimientos astronómicos del sistema de Sirio, y ello sin disponer –obviamente– de ningún telescopio para realizar observaciones. Recordemos que la ciencia oficial, con Carl Sagan a la cabeza, se tiró a degüello de los “herejes” y vio esta historia como un fraude o tergiversación de lo que de verdad sabían los Dogon. Cualquier otra cosa “no podía ser”. En el caso de Nabta Playa también vemos unos altos conocimientos de astronomía materializados sobre el terreno en el periodo neolítico, que deberían atribuirse a unas tribus de pastores supuestamente muy poco civilizadas y que tenían una existencia más bien simple y primitiva. Pero si Brophy tiene razón, ¿cómo explicamos que esas gentes de hace 8.000 años –como poco– tuvieran un conocimiento aproximado de la distancia a las estrellas desde la Tierra? ¿Cómo casa ese paisaje de unas cuantas piedras erosionadas con una intención científica tan desarrollada?

Algo similar podría decirse de muchos monumentos megalíticos en otras partes del mundo –de la misma datación en época neolítica– que muestran no sólo una tremenda labor constructiva (por el tamaño y peso de las piedras) sino también un afinado diseño sobre el terreno enfocado a dos posibles fines: realizar observaciones astronómicas precisas y facilitar un seguimiento de determinados fenómenos cósmicos a lo largo de los tiempos, y todo ello sin descartar la plasmación física del firmamento –en forma de estrellas y constelaciones– sobre la Tierra, de acuerdo a la máxima hermética de “Como es arriba, así es abajo”. De hecho, Robert Bauval está convencido de que el Egipto faraónico (y su posible antecesor prehistórico) siguió dicha pauta de construir un enorme mapa estelar sobre el territorio a partir de determinados monumentos.

En todo caso, esta avanzada astronomía nos empuja a pensar que los antiguos no eran tan primitivos como creíamos y que tenían una obsesión muy marcada por los fenómenos cósmicos y la posición de los astros. ¿De dónde surgió tal interés y tal ciencia? Según algunos arqueólogos alternativos, estas trazas de alto conocimiento astronómico corresponderían en verdad a la herencia de una civilización desaparecida que legó su saber en piedra para que conservase durante los milenios. Algo, por cierto, mucho más inteligente que nuestro modo actual de procesar y conservar el conocimiento. Me imagino un futuro, de aquí a 5.000 años o más, en que nuestra civilización haya desaparecido. No quedará nada –tal vez unas pocas ruinas de hormigón y acero– de lo que fueron los gigantescos radiotelescopios de nuestra moderna ciencia y tecnología. Se habrán perdido los libros y los registros en soporte electrónico. No habrá ningún conocimiento, ninguna pista, ningún rastro de astronomía avanzada. En cambio, podemos suponer, seguirán en pie la Gran Pirámide, el crómlech de Stonehenge y los megalitos de Nabta Playa para quien pueda descifrar sus secretos.

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] Playa, en el idioma local, significa “lago seco”.
[2] También llamado Gran Año o Año platónico, se refiere al movimiento de bamboleo de la Tierra sobre su eje de rotación, que tiene una duración completa de 25.776 años.
[3] Sobre todo a partir de las mediciones realizadas por el satélite Hipparcos Space Astronomy Satellite.

domingo, 17 de julio de 2016

El fascinante megalitismo de Irlanda


El fenómeno del megalitismo –antiguas construcciones realizadas con enormes piedras– lleva siendo estudiado sistemáticamente (o científicamente) desde hace más o menos siglo y medio, pero todavía encierra muchos más interrogantes que respuestas. Podemos afirmar que se ha hecho un gran trabajo en la identificación, excavación, conservación y estudio de los restos, pero más allá de las descripciones objetivas y del rescate de estructuras y artefactos, el fenómeno sigue sin ser comprendido en su totalidad. Lo cierto es que, aparte de las estructuras con finalidad funeraria[1], las interpretaciones sobre el sentido de estos monumentos han sido diversas, y en muchos casos especulativas. Con todo, con el paso del tiempo y gracias a la influencia de algunas visiones alternativas, se ha admitido que existe una cierta correlación entre los megalitos, el paisaje circundante y el firmamento y que se pueden observar claros alineamientos astronómicos en algunas estructuras.

Indudablemente, uno de los grandes focos de este fenómeno se sitúa en la mayor parte de la fachada atlántica europea, con numerosos monumentos de diversa tipología (menhires, trilitos, cromlechs, dólmenes, tumbas de corredor...) que se han datado convencionalmente entre el Neolítico y la Edad del Bronce. Así, son mundialmente conocidos algunos imponentes monumentos como las interminables hileras de menhires de Carnac (Francia) o el cromlech de Stonehenge (Inglaterra). Sin embargo, es muy destacable también el abundante megalitismo presente en la isla de Irlanda, que quizás es algo menos “mediático” pero muy sobresaliente por la gran antigüedad y complejidad de sus estructuras, destacando con mucho el notorio túmulo de Newgrange.

P. Coppens
Precisamente, para aportar una nueva visión del megalitismo de Irlanda (más allá de Newgrange) y su posible significado, me complace adjuntar aquí un artículo del investigador independiente belga Philip Coppens, un destacado referente para entender la arqueología alternativa en los últimos tiempos. Coppens, que falleció en 2012 a la temprana edad de 41 años, fue autor de varios libros y numerosos artículos sobre los más diversos aspectos de la arqueología alternativa, combinando a menudo un enfoque audaz y especulativo con un tono riguroso y escéptico[2]. Además, mantuvo un especial interés con todo lo relacionado con el megalitismo, especialmente en las Islas Británicas, y fruto de ese afán es este artículo en que nos sugiere posibles conexiones entre ciertos megalitos irlandeses y determinadas creencias o saberes que podríamos relacionar con lo sagrado o lo mágico, y siempre con el firmamento como telón de fondo. 

(Posdata: Dedico esta entrada a las gentes de Eire (Irlanda), país que visité dos veces siendo adolescente y que me fascinó por la belleza de su paisaje y la hospitalidad de sus habitantes.) 


Los gigantes estelares irlandeses


La región de Knocknarea y Carrowmore, al oeste de Irlanda, forma un enigmático pero increíblemente antiguo paisaje sagrado, que la arqueología sólo recientemente ha comenzado a comprender.

Knocknarea es la mágica montaña coronada por un túmulo[3] situada justo al oeste de la ciudad de Sligo, en el extremo de la península de Coolrea. La montaña, de 320 metros de altura, es una joroba de piedra caliza esculpida por los glaciares en retroceso al final de la última Edad de Hielo. El área alrededor de Knocknarea está cubierta de restos antiguos, entre ellos Carrowmore, que es uno de los yacimientos megalíticos más grandes de Europa occidental, y el más grande de Irlanda.

Subí la colina en una gris y húmeda mañana de julio. Esos eran los días que los antiguos egipcios habían marcado como “días de perros”, a finales de julio, cuando las temperaturas son normalmente las más calurosas del año; pero Irlanda estaba empapada de gris humedad.

Vista de la montaña de Knocknarea
La vista panorámica desde la cima de la montaña admite pocas comparaciones y cierto número de viajeros han grabado sus impresiones, pero ninguno más elocuentemente que William Bulfin en sus viajes por Eirinn. Obviamente haciendo su ascenso en condiciones más soleadas, escribió: “Knocknarea tiene una sugestión épica que no te puedes perder si  subes a la montaña. Mirando hacia abajo, está el amplio Tir Fiachra[4], donde moraban los paisanos amantes de la música de fieros combates. Lejos, hacia el norte, el este y el sur hay montañas y valles y ríos y lagos y bosques. Hacia el oeste, se mueve el océano estruendoso. La montaña no tiene par en su gloria. Se destaca con orgullo sobre la costa rocosa en solitaria grandeza. Los dolientes que erigieron el túmulo funerario en su cima majestuosa no podría haber elegido un trono más real para sus regios muertos.”

En un buen día, se pueden ver grandes cantidades de terreno (cinco condados) desde la parte superior. Originalmente, se creía que la colina y el terreno estaban bajo el “patronazgo” de la diosa Maebh. La colina se convirtió en el lugar central de culto de ésta, y como tal, la colina y el túmulo quedaron identificados con ella a lo largo de los siglos.

¿Quién era Maebh? Era la Reina Guerrera, que vivía en Crúachain, en Roscommon, con su marido Ailill. La reina forma parte de una de las sagas más famosas de Irlanda, el Saqueo del Ganado de Cooley o Táin Bó Cúailnge, que está vinculado con otro condado irlandés, Louth. Hay leyendas similares en Connacht que afirman que Maebh no está enterrada bajo el túmulo, sino que –en cambio– se mantiene erguida, esperando, lanza en mano, con sus mejores guerreros, dispuesta a atacar al Ulster, el condado que no permitió que ella tuviese su Toro Marrón, como se indica en las leyendas.

El vínculo entre la diosa y Knocknarea se debe a un gigantesco túmulo en su parte superior, conocido como la “Tumba de la reina Maebh”, un gran apilamiento de piedras de mediano a gran tamaño. Más de 40.000 piedras hacen que el monumento alcance los 35 pies (10,5 metros) de alto y mida 200 pies (60 metros) de ancho. “Tal inmenso trabajo aplicado a la realización de este monumento sólo se habría llevado a cabo para perpetuar la memoria de alguna persona o evento de la importancia más destacada”, escribió Richard Hayward. Así pues, tenía que ser una tumba, y tenía que haber una importante figura enterrada allí.

Aunque el túmulo es visible desde muchos kilómetros a la redonda, incluso en las grises condiciones en que lo encontré, no se ha producido ninguna investigación arqueológica en dicho apilamiento, si bien se han implementado algunas excavaciones de túmulos mucho más pequeños de los alrededores, próximos a la cima de la colina. La fecha más antigua registrada hasta ahora sugiere que el monumento se construyó aproximadamente hacia 3.000 a. C., lo que lo hace mucho más antiguo que, por ejemplo, Stonehenge.

La tradición dice que los restos de Maebh están enterrados en una cámara interna del túmulo, y por lo tanto los arqueólogos han afirmado que el túmulo probablemente cubre una tumba de corredor similar a las de Carrowkeel y el valle del Boyne. Pero, a falta de excavaciones, esto es una especulación.

Yacimiento megalítico de Carrowmore
En los valles de los alrededores Knocknarea se sitúa el importante yacimiento neolítico de Carrowmore (del gaélico Ceathrú Mór, que significa gran trimestre), uno de los cementerios neolíticos más importantes, junto con Carrowkeel, más hacia el interior, en las montañas de Bricklieve. Carrowmore alberga los restos de una de las mayores y más antiguas colecciones de estructuras de la Edad de Piedra en Europa Occidental. Hoy en día restan en pie 27 monumentos, en diferentes estados de conservación, y se tiene noticia de restos de al menos 65 monumentos, si bien se cree que pudo haber habido originalmente hasta 120 monumentos en Carrowmore. Las tumbas eran construidas en un anillo que rodeaba el monumento más grande, llamado Listoghil, y sus entradas se orientaban al interior (hacia el monumento).

Carrowmore fue cartografiado por diversos anticuarios, incluyendo a Beranger, Petrie y Wood Martin. Un terrateniente local, el notorio R. C. Walker, saqueó muchos de los monumentos y vendió sus hallazgos a los coleccionistas. El yacimiento ha sido muy recientemente excavado por arqueólogos suecos que han hecho una serie de interesantes descubrimientos. La fecha más antigua recuperada hasta ahora de Carrowmore es de 5.400 a. C., una fecha muy temprana, que la mayoría de los arqueólogos irlandeses han rechazado. La opinión general hoy en día es que Carrowmore es un yacimiento temprano, del tiempo en que los cazadores-recolectores del Mesolítico se estaban convirtiendo en agricultores neolíticos.

En Carrowmore, las tumbas de corredor y las piedras verticales se alzan con la montaña y la Tumba de Maebh de fondo. Cuando ya había descendido de Knocknarea y emprendía el camino hacia Carrowmore, las nubes grises se habían disipado suavemente gracias a los vientos del océano, revelando así la relación única entre las piedras megalíticas del valle, la montaña sagrada de Knocknarea y la tumba en la cima.  

El centro de visitantes en Carrowmore señala cómo la interacción entre el paisaje y el lugar de enterramiento neolítico no fue casual. Las tumbas en el cementerio se han orientado hacia salidas y puestas solares clave, como los equinoccios de primavera y otoño y los solsticios de verano e invierno, los cuatro puntos del calendario que marcan las cuatro estaciones del año. Ello demostraba cómo los constructores de las tumbas rendían una reverencia específica al sol, y aparentemente trasladaban esa reverencia a las almas de los difuntos.

Al mismo tiempo, las observaciones de los científicos y de los arqueólogos aficionados habían revelado lo que posiblemente podría haber diferenciado a Knocknarea de todas las otras colinas del condado, es decir, lo que le dio la colina su carácter sagrado. En la documentación que se facilitaba en el centro de visitantes se afirmaba que “el espectador que se sitúa en el túmulo de Maeve en Knocknarea puede ver la salida del sol o la luna llena sobre Lough Gill, que se traduce como «El Lago del Resplandor», en el equinoccio. Luego, al atardecer, el observador puede pararse en Cairns Hill, otro yacimiento megalítico importante justo al sur de la ciudad de Sligo, y ver el alineamiento de Knocknarea.” Otras observaciones han demostrado que la cumbre del túmulo de Maebh estaba a la misma altura que el Túmulo K en Carrowkeel, el otro cementerio megalítico, que se orienta hacia túmulo de la reina Maebh. “Si se traza un círculo desde el Túmulo K que toque la cumbre de Maeve en Knocknarea, se verá que también toca el Palacio de Maeve, el montículo de Rathcroghan en Roscommon. ¿Coincidencia? Cualquiera que sea el caso, es uno de los monumentos neolíticos más importantes y visualmente dominantes que quedan en Irlanda.”

El autor Cary Meehan añade las observaciones de Martin Byrne a esta ya impresionante lista de interrelaciones entre los yacimientos megalíticos y el paisaje: “Él [Byrne] ha observado que la parada lunar es un momento importante en Knocknarea. El ciclo de la Luna tarda 18,6 años en completarse, al moverse desde su posición más al norte hasta la más al sur. En su posición ascendente más al sur, que tuvo lugar el pasado verano de 1987, la luna, vista desde el túmulo de Maebh, se alzaba sobre los yacimientos de Carrowkeel en las montañas Bricklieve. Si el corredor interno del túmulo de Maebh estaba abierto, tal vez la luna –estando en su punto más al sur– podría brillar en su interior.” La observación no se puede probar, dado que los arqueólogos no han excavado el túmulo de Maebh ni han verificado la existencia de un corredor.

Knocknarea está vinculada con Cairns Hill. El nombre de esta última, obviamente, se deriva de los túmulos neolíticos descubiertos en sus laderas. Es importante destacar que Cairn Hill está justamente al este de Knocknarea. La alineación este-oeste es importante, ya que la salida y la puesta de sol en los equinoccios son siempre hacia el este y el oeste, independientemente de dónde esté uno (en cualquier punto de la Tierra).

Knocknarea también está relacionada con la reina Maebh, pero se dice que el túmulo occidental de Cairn Hill, visible desde Knocknarea, es la tumba de Daghdha, marido de Maebh, jefe de los Tuatha de Danann y Dios padre de los celtas. Está claro cómo se transportó la interacción de los fenómenos solares y lunares al paisaje y se relacionó específicamente con las colinas sagradas, en cuyas cimas estaban los túmulos, que más tarde fueron identificados con las tumbas de los dioses, especialmente vinculados con la luna y el sol. Como tal, Knocknarea (Knock na Ré en irlandés) es conocida como la “Colina de la Luna” y Maebh debe ser vista como la diosa de la luna. 

El gran túmulo de Newgrange
Si efectivamente fueron construidos alrededor del 5.400 a. C., serían más antiguos que los yacimientos prehistóricos irlandeses más famosos, como Knowth y Newgrange. Además, las recientes dataciones por radiocarbono han apoyado el horizonte mesolítico para el inicio de Carrowmore, pero siendo la arqueología tan conservadora, se sitúa el núcleo de la construcción megalítica entre el 4.300 y el 3.500 antes de Cristo, más acorde con la datación neolítica, pero aun así inusualmente antigua. La excavación de otras tumbas en la zona ha indicado que, a pesar de que (los constructores) emplearon diferentes estilos arquitectónicos, todos eran contemporáneos de Carrowmore, lo que muestra la extensa presencia de una cultura megalítica en la zona.

Casi todos los enterramientos en Carrowmore fueron cremaciones, habiéndose hallado inhumaciones solamente en Listoghil. Incluso a partir de los restos cremados, se hace evidente que los muertos fueron sometidos a una compleja secuencia de tratamientos, incluyendo la descarnación[5] y el segundo entierro. Los ajuares funerarios incluyen broches de asta con cabeza en forma de seta y bolas de piedra o arcilla, si bien otras tumbas fuera de Carrowmore presentan conjuntos de elementos completamente diferentes. La disposición del cementerio sugiere una cuidadosa selección, en la cual los muertos parecían estar durmiendo a la sombra de la diosa, la cual, a su vez, estaba situada dentro de un intrincado paisaje sagrado. Esto demuestra cómo, hace muchos años, las gentes de la isla occidental ya parecían ser capaces de basarse en las observaciones aún más antiguas de los fenómenos estelares, y cómo interactuaron con su entorno. Pero casi siete mil años después, la arqueología de estos lugares está por desgracia todavía en su infancia...

© Philip Coppens


Fuente imágenes: artículo original y Wikimedia Commons


[1] Se han excavado muchos megalitos con tumbas o restos humanos en su interior, lo cual, empero, no implica que fueran diseñados originalmente para ser tumbas, o bien es posible que tuvieran otras funciones aparte de la meramente funeraria.
[2] Para más detalle sobre su obra, recomiendo visitar su sitio web que sigue activo tras su deceso: http://philipcoppens.com
[3] En el original, cairn: túmulo, mojón, hito o simple apilamiento de piedras.
[4] El territorio de los Fiachra (un clan irlandés).
[5] En arqueología, la descarnación se refiere a la antigua costumbre de extraer la carne y las vísceras del difunto, enterrando sólo los huesos.

lunes, 20 de junio de 2016

Piezas de cerámica de hace más de 15.000 años: no son ooparts, sino realidades


Nuestro bien instalado paradigma en arqueología nos lleva diciendo desde hace muchas décadas que la cerámica es un producto típico de la fase cultural prehistórica llamada Neolítico, que es la época en la que el hombre fue dejando la práctica habitual de la caza y la recolección –actividades que no desaparecieron pero sí quedaron relegadas a la categoría de recurso secundario– y emprendió el camino de la producción de alimentos, mediante la domesticación de plantas y animales. De este modo, abandonó su modo de vida nómada y optó por el sedentarismo en un territorio determinado, haciéndose agricultor y pastor.

Este proceso hacia una nueva forma de subsistencia tuvo lugar una vez superada la última era glacial (alrededor del 10.000 a. C.), si bien se ha identificado algún experimento de cultivo en fechas anteriores, hacia el 11.000 a. C.[1] Sin embargo, los datos disponibles apuntan a que el inicio de la agricultura como práctica normal se sitúa hacia el 9.000 a. C., principalmente con el cultivo del trigo y la cebada. Por supuesto, esta transición no ocurrió de la noche a la mañana y tardó siglos e incluso milenios en consolidarse, primero en el valle del Jordán y en el creciente fértil de Oriente Medio (Mesopotamia) y luego en otros focos como Egipto, el valle del Indo, China, América, etc. hasta irse extendiendo paulatinamente por otras regiones del planeta[2]. En este desarrollo, los hombres ampliaron y mejoraron ostensiblemente su cultura material, pasando a pulimentar la piedra y a usar una gran variedad de artefactos, cada vez más adaptados a las distintas labores productivas.

Vasija de cerámica (Neolítico cretense)
Así, uno de los progresos que suele asociarse directamente al Neolítico es la producción de cerámica, que fue la lógica consecuencia de manipular arcilla plástica –dándole una determinada forma– y comprobar que podía adquirir solidez mediante la cocción al fuego. Por supuesto las primeras cerámicas eran relativamente toscas, se moldeaban a mano, y se cocían en hogueras. Hubo que esperar más o menos hasta el 5.000 a. C. para ver los primeros hornos de cocción a altas temperaturas, mientras que la tecnología del torno –que facilitó la producción “en masa”– no apareció hasta alrededor del 3.500 a. C.

En cuanto a la razón de ser de la cerámica, siempre se le ha concedido una función básicamente utilitaria. Así, este avance habría respondido a la necesidad de tener objetos sólidos y duraderos para almacenar, cocinar y servir los alimentos, cosa que encaja en el contexto de una economía productiva y unos asentamientos estables. De todas maneras, se acepta que el uso generalizado de la cerámica fue posterior a la domesticación de las plantas y animales, y así los arqueólogos hablan de un Neolítico pre-cerámico (más conocido por sus siglas en ingles, PPN[3]), con una cronología que arranca hacia 8.500 a. C., si bien muchos investigadores le conceden aún más antigüedad. Lo que sí es cierto es que esta fase neolítica “sin cerámica” perdura en muchos lugares hasta 5.500 a. C. aproximadamente.

Hasta aquí todo encaja en unos patrones tecnológico-culturales más o menos lógicos. El Paleolítico había sido una época de primitivismo o salvajismo, en la que las comunidades humanas procuraban subsistir en duras condiciones, viviendo en cuevas, cazando y recolectando y con una cultura material relativamente basta y limitada. Frente a esto, el Neolítico ha sido visto como una etapa de desarrollo enorme[4], marcada por la aparición de una economía productiva, el proto-urbanismo, la especialización de trabajo, la progresiva jerarquización social, etc. que acabaría desembocando en la Edad de los Metales (según la clásica división cultural propuesta por Thompsen), que sería el germen mismo de la civilización[5].

Lo que ocurre es que el propio registro arqueológico nos ha deparado más de una  sorpresa, provocando que los modelos que intentan encuadrar las fases de desarrollo cultural –siempre desde un modo de pensamiento evolucionista lineal– se vean ampliamente superados, dejando a los arqueólogos con la boca abierta y con muchas incógnitas por resolver. El caso más paradigmático es sin duda el famoso yacimiento de Göbekli Tepe (Turquía), un espectacular enclave megalítico que ha sido bien datado por Carbono-14 en una época “imposible” (entre 9.500 y 8.000 a. C.), en la cual el hombre estaba saliendo de su estadio de cazador-recolector o como mucho estaba en una etapa de Neolítico incipiente (el mencionado pre-cerámico).

Exterior de la cueva de Vela Spila (Korcula, Croacia)
En referencia a este tipo de hallazgos que cuestionan la visión primitiva que se tiene del Paleolítico, me ha llegado un interesante artículo de la arqueóloga croata Vesna Tenodi, publicado recientemente en el boletín de la Pleistocene Coalition[6]. Tenodi nos habla de un yacimiento llamado Vela Spila, situado en la isla de Korcula, frente a la costa de Croacia. Se trata de una cueva con una gran cámara de unos 50 metros de longitud por 30 de anchura, que ya fue identificada en 1835, pero que no empezó a ser investigada hasta mediados del siglo XX. Desde entonces los trabajos en este yacimiento se han ido sucediendo regularmente y, dada la importancia de los hallazgos, en los últimos años han sido llevados a cabo por cualificados expertos multidisciplinares de varias universidades europeas (Zagreb, Pisa y Cambridge).

Tras los primeros estudios, se comprobó que la cueva había servido como estación de caza, almacén de productos del mar e incluso como lugar de enterramiento, y se dató el yacimiento en un horizonte temporal mesolítico[7]-neolítico, concretamente en un marco comprendido entre 7.380 a. C. y 5.920 a. C. No obstante, la cueva tiene una gran potencia estratigráfica (más de 10 metros) y al ir excavando los estratos más profundos se siguieron hallando artefactos, lo que probaba que la cueva había tenido una ocupación muy extensa en el tiempo, con dataciones bastante más antiguas, de entre 13.500 y 12.600 a. C., si bien las últimas fechas obtenidas por Carbono-14 se remontan incluso a 20.000 años de antigüedad. Así, parecía del todo confirmado que los moradores más antiguos de Vela Spila habían sido cazadores-recolectores del Paleolítico Superior.

Los 36 objetos cerámicos del Paleolítico hallados en Vela Spila
Pero las excavaciones realizadas hace unos pocos años iban a procurar datos aún más notables. Así, en las campañas arqueológicas del periodo 2001-2006 se encontraron en esos estratos más profundos unos objetos bastante inesperados. En efecto, lo que llamó poderosamente la atención de los arqueólogos fue la presencia de 36 piezas de cerámica, en unos estratos datados en una horquilla ¡de entre 17.500 y 15.000 años de antigüedad! Se trataba de diversos fragmentos de cerámica figurativa de tipo ornamental o simbólico (representaciones de animales) y que estaba decorada finamente con punciones, incisiones e impresiones. Los arqueólogos comprobaron además –por el color marrón anaranjado de las piezas y por la suave textura de la pasta– que habían sido cocidas a una temperatura bastante alta, lo que constituye una característica de cerámicas relativamente “avanzadas”.

Ante este hallazgo, alguien podría decir que estamos ante unos auténticos ooparts, o sea, objetos que “no deberían estar ahí”, pues estarían teóricamente desplazados de su contexto natural, dado que la tecnología empleada no se ajusta a lo que sabemos sobre el Paleolítico superior. Por otra parte, también se podría objetar que quizás se  cometieron errores metodológicos o de interpretación en la excavación,  que habrían llevado a una confusión. Sin embargo, los datos aportados por Tenodi dejan poca duda de que el trabajo arqueológico fue correcto y que las dataciones realizadas no están bajo sospecha, si bien el Carbono-14 –así como otros metros de datación radiométrica– no están ni mucho menos exentos de error o contaminación, como se ha comprobado en numerosas ocasiones.

De todas formas, es oportuno recordar que ya anteriormente se habían encontrado restos de artefactos cerámicos en otras partes de mundo con dataciones excepcionalmente antiguas. Por ejemplo, tenemos 46 fragmentos de una vasija hallada en Japón, que se dató indirectamente mediante C-14  (por unos restos de carbón contiguos) en una increíble fecha de 14.000 a. C. En este mismo país tenemos además otros yacimientos, correspondientes a la llamada cultura Jomon, que presentan fragmentos de cerámica con dataciones alrededor de 10.500 a. C.[8] Y ya en el continente euroasiático, se identificaron restos esporádicos de cerámica en yacimientos  de la Rusia oriental, con cronologías que oscilan entre 13.000 y 9.000 a. C. Asimismo, tenemos otros restos de cerámica en China fechados entre 11.000 y 8.800 a. C.

Detalle de un fragmento cerámico decorado de Vela Spila
Si ahora recapitulamos, se nos presenta una curiosa paradoja. Así, vemos por un lado que el “desarrollado” Neolítico no conoció la cerámica en muchos lugares durante milenios, cuando la agricultura y la ganadería ya llevaban practicándose durante mucho tiempo. Por otro lado, parece que algunas comunidades de cazadores-recolectores sí conocían la tecnología precisa para fabricar cerámica –y con cierta calidad– ya en épocas muy remotas. Se podría argüir al respecto que lógicamente debieron existir experimentos y primeras pruebas con la cerámica durante los últimos coletazos del Paleolítico o durante el Mesolítico (todo ello alrededor del 10.000 a. C. o poco después), pero las fechas de 17.500 a. C. de Vela Spila son realmente impresionantes. Y para complicar más este escenario, Vesna Tenodi recalca que los estratos atribuidos al Mesolítico en este yacimiento no presentan ni una sola pieza de cerámica. En otras palabras, la tecnología cerámica se perdió en cuestión de unos dos o tres mil años y ya no volvió a reaparecer hasta el Neolítico típico de la zona, lo que constituye un desfase temporal enorme y una fuente de preguntas: ¿De dónde salió este conocimiento? ¿Dónde están los supuestos antecedentes más primitivos de esta cerámica? ¿Por qué se abandonó esta tecnología y no se volvió a recuperar hasta muchos milenios después?

Y para cerrar esta reflexión, deberíamos referirnos al trabajo de algunos investigadores como Alexander Marshack o Richard Rudgley[9] que propusieron –con escaso éxito entre el mundo académico– la existencia de claros indicios de un estadio de pre-civilización en el Paleolítico superior, a partir de ciertos elementos de la cultura material. Según esta visión avanzada del Paleolítico, los seres humanos que vivían en cuevas, incluidos los neandertales, habrían tenido una vida simple pero no exenta de un alto conocimiento y dominio de su medio natural. Así, a estos primitivos cazadores-recolectores se les atribuyen ciertos conocimientos matemáticos, prácticas médicas que incluyen cirugía, actividades mineras, fabricación de instrumentos musicales[10], una notable joyería, ropaje de piel y cuero (bien cosido con finas agujas de hueso), incipientes métodos de escritura y sobre todo conocimientos astronómicos basados en la atenta observación del firmamento. Y todo ello por no hablar de sus sofisticadas industrias líticas y de su arte plasmado en las famosas pinturas rupestres[11] o en los bellos artefactos tallados sobre piedra o hueso. 

Dicho todo esto, el estamento académico ya reconoce gran parte de lo que se acaba de exponer, pero no quiere oír hablar de un estadio de pre-civilización ni nada parecido pues la civilización, a su juicio, procede directamente de la herencia neolítica[12]. A ello responden algunos autores alternativos afirmando que la civilización fue un tenue legado de un mundo muy desarrollado que desapareció en tiempos remotos, y que ello explicaría la existencia de Göbekli Tepe en una época tan temprana, sin descartar que otros múltiples monumentos datados en el Neolítico o en la Edad de los Metales –entre ellos la Gran Esfinge de Guiza y muchos enclaves megalíticos– hayan sido mal datados y sean en realidad mucho más antiguos. Pero adentrarnos por este camino ya sería tema para otro artículo.

© Xavier Bartlett 2016

Fuente imágenes: Wikimedia Commons y Pleistocene Coalition News vol. 8 issue 3


[1] Se trata de indicios de centeno cultivado localizados en el yacimiento de Abu Hureyra (Siria)
[2] Por ejemplo, la agricultura no llegó a la Península Ibérica hasta el 6.000 a. C., aproximadamente.
[3] Pre-Pottery Neolithic (dividido en dos fases, A y B). Cabe señalar que en los últimos tiempos la denominación PPN viene siendo sustituida por el término de Neolítico acerámico.
[4] El ilustre arqueólogo Vere Gordon Childe llegó a hablar de “revolución neolítica” para calificar este salto evolutivo cultural de la Humanidad.
[5] Otro tema, objeto de cierta polémica que no vamos a tratar aquí, sería dilucidar cómo se produce el gran salto de las sociedades neolíticas hasta las civilizaciones plenamente formadas con todos sus rasgos típicos, como es el caso de Sumeria o Egipto.
[6] La Pleistocene Coalition es una asociación que agrupa a profesionales estudiosos de la Prehistoria de varios países que se muestran críticos o disidentes con respecto al paradigma científico actual, sobre todo en cuestiones relacionadas con el Paleolítico y el evolucionismo. El artículo, titulado From Stone Age to Space Age, se ha publicado en el n.º 3, volumen 8 (mayo-junio 2016) del Pleistocene Coalition News.
[7] Etapa de transición entre Paleolítico y Neolítico.
[8] Cabe reseñar que estas dataciones de Japón tan antiguas ya despertaron en su momento la reticencia y el escepticismo de muchos arqueólogos, que las creían equivocadas.
[9] Es muy recomendable la lectura del libro de Rudgley titulado The lost civilizations of Stone Age (1998), que tiene versión castellana: Los pasos lejanos, publicado por la editorial Grijalbo.
[10] Por ejemplo, el instrumento musical más antiguo reconocido es una flauta tallada en hueso que se atribuye a neandertales, con una gran antigüedad que oscila entre 67.000 y 43.000 años.
[11] De hecho, cuando en el siglo XIX fueron halladas las primeras pinturas rupestres paleolíticas en el norte de la Península Ibérica y el sur de Francia los prehistoriadores se negaron a creer –a la vista de su perfección y naturalismo– que hubieran sido realizadas por hombres “salvajes” y consideraron que se trataba de meros fraudes.
[12] Aquí es oportuno citar que para la arqueóloga Marija Gimbutas el Neolítico fue de algún modo la verdadera civilización, una sociedad matriarcal, avanzada, creativa, próspera y pacífica, en clara contraposición a lo que vino después.