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miércoles, 12 de febrero de 2020

El turbio asunto de la ocultación de pruebas


Los lectores recordarán que hace poco expuse una esperpéntica situación vivida por el investigador norteamericano Michael Cremo, al cual se negó el acceso a unos antiguos artefactos almacenados en un museo alegando razones espurias. A raíz de casos como este podríamos hacernos la siguiente pregunta: ¿Es posible que el estudio del pasado esté restringido o controlado por la manipulación, ocultación o incluso destrucción de pruebas materiales? Debo confesar que durante mis estudios académicos de arqueología en ningún momento se me pasó por la cabeza tal posibilidad. Era consciente de que las personas se equivocan o cometen negligencias, que los métodos a veces fallan, que se pueden destruir o dañar pruebas por una mala praxis o simplemente que muchos restos del pasado se han perdido para siempre y no podemos contar con ellos. Con todo, la mala fe (o cualquier tipo de intervención dolosa) no entraba en mi concepto de arqueología profesional.

Sin embargo, al adentrarme en el estudio de la arqueología alternativa, empecé a vislumbrar un horizonte diferente. Así, no pocos autores –algunos de cierto prestigio y popularidad– insistían en que en muchos casos existía una ocultación intencionada de pruebas a fin de cerrar filas en torno a los dogmas del paradigma y evitar debates embarazosos ante la presencia de determinadas pruebas anómalas o controvertidas. En ese contexto, con el tiempo fui pasando del escepticismo y la duda a la grave sospecha –no me atrevo a decir convicción– de que, en efecto, la ocultación de pruebas por parte del estamento oficial (organismos e instituciones culturales, universidades, museos, etc.) es algo real y no precisamente esporádico. Esta “tradición” habría empezado ya en el siglo XIX, se habría consolidado en el siglo pasado y todavía tendría lugar en estos tiempos recientes.

Por supuesto, admito que este es un asunto muy turbio y complejo en que fácilmente se pueden ver fantasmas y conspiraciones donde no las hay, aparte de la dificultad de probar fehacientemente que alguien está procediendo a una ocultación deliberada de pruebas. No obstante, por todo lo que he leído en estos últimos años, cuando se dan unas determinadas circunstancias y un modus operandi muy similar, podemos empezar a dudar de la integridad profesional de las entidades que dicen estudiar y conservar los objetos para el avance de la ciencia y el conocimiento del pasado. Lo cierto es que repasando diversas investigaciones y relatos de autores alternativos he ido a parar a una amplia casuística de supuesta ocultación que podríamos resumir en estos puntos:
  • Objetos de los cuales se tiene noticia documental, pero no se sabe qué se hizo de ellos.
  • Objetos que fueron recogidos, registrados y almacenados, pero que –al ser solicitados– no aparecen por ninguna parte.
  • Objetos supuestamente dañados o destruidos por efecto de alguna catástrofe.
  • Objetos confiscados y guardados en almacenes de acceso muy restringido.
  • Objetos sí reconocidos como existentes y almacenados, pero que nunca han sido expuestos ni se permite su estudio por criterios museísticos o de otra índole.
  • Objetos expoliados en antiguas excavaciones que han ido a parar a un fondo no accesible (sin tener certeza del número de piezas ni de sus características). 
  • Lugares o yacimientos arqueológicos de acceso restringido o prohibido por diversas razones.
  • Informes o documentos manipulados, no accesibles o desaparecidos.
  • Cierre de excavaciones en curso por mandato de las autoridades.
Artefactos líticos (hoy desaparecidos) de Hueyatlaco
Lo habitual es que tengamos “rarezas” o “excepcionalidades” sobre algunos de los puntos citados, pero cabe destacar que el yacimiento arqueológico de Hueyatlaco (Valsequillo, México) concentra casi todos los supuestos mencionados, como ya fue denunciado por varios especialistas desde finales de los años 60, por no mencionar toda una serie de cortapisas legales y censuras académicas. Sin embargo, no todo es tan flagrante como este caso. De hecho, hay que hilar muy fino para separar lo que son prácticas normales, o incluso simples fatalidades, de lo que sería una ocultación deliberada de pruebas. Es un campo en que realmente se debe ir con pies de plomo para no caer en el descrédito, ante la falta de seguridades absolutas. A este respecto, se debe tener en cuenta que la mayoría de museos sólo expone al público una pequeña parte de sus extensas colecciones, que se guardan en almacenes o laboratorios. Yo mismo, en mi época de estudiante, trabajé ocasionalmente en la “trastienda” del Museo Arqueológico de Barcelona, y pude comprobar por mí mismo la gran cantidad de materiales almacenados, algunos esperando estudio o restauración, y otros simplemente acumulando polvo.

En la práctica, resulta casi imposible demostrar que ha existido mala intención, pues las instituciones oficiales tienen un amplio argumentario de excusas y recursos perfectamente profesionales y legales para justificar ciertos hechos. Así pues, por lo general, cuando alguna institución es señalada como “manipuladora”, echa mano de ese argumentario y suele revertir las culpas contra el investigador alternativo de turno, como le ocurrió hace no muchos años al investigador independiente Jim Vieira, que fue censurado por haber sugerido abiertamente que cierta institución cultural se dedicaba a la ocultación sistemática de restos arqueológicos atribuidos a gigantes.

Para adentrarnos en esta polémica podría citar aquí varios casos muy curiosos, llenos de extrañas “casualidades”, pero para hacernos una idea general del tema considero que el ejemplo por excelencia de las presuntas prácticas de supresión u ocultación es el Smithsonian Institution, un organismo federal de los EE UU administrado y sufragado por el gobierno (aunque con participación privada), y que goza de amplias competencias y poderes en materias científicas y culturales. Como se pueden imaginar, ésta fue la organización criticada por Vieira… y algunos más. Vayamos por partes para poner las cosas en contexto.

Sede del Smithsonian Institution en Washington D.C.
El Smithsonian fue fundado en 1829 a partir de la generosa herencia del ciudadano británico James Smithson, un científico y millonario interesado en la difusión y conservación de la cultura de América… pese a no haber pisado nunca el continente americano. En muy pocos años esta organización cobró gran importancia, hasta el punto de ser todo un referente en las investigaciones antropológicas y arqueológicas en Estados Unidos y otros lugares de América, estableciendo su sede en Washington D. C. y creando una amplia red de centros de investigación y museos. Así pues, desde mediados del siglo XIX, el Smithsonian estuvo involucrado en multitud de expediciones y excavaciones científicas y fue acumulando una ingente cantidad de materiales en sus museos y almacenes.

El problema, según algunos autores alternativos, es que el Smithsonian ejerció de facto un rol controlador sobre gran parte de la actividad arqueológica y se dedicó a acopiar todos los materiales antiguos para reservarse el derecho de su estudio y conservación. En concreto, el autor estadounidense David H. Childress cree que en realidad lo que ha hecho el Smithsonian es preocuparse de que nada se le fuera de las manos y que todo resto que de algún modo pudiera ser anómalo o dudoso –sobre todo en lo referente a los llamados mound builders y a posibles culturas foráneas– fuese finalmente “almacenado” (o sea, ocultado). Childress tuvo la ocasión de conocer indirectamente el caso de un ex empleado del Smithsonian que fue despedido –presuntamente– por mantener ciertas opiniones heréticas. Pues bien, según esta persona, el Smithsonian habría llenado toda una barcaza con artefactos anómalos y la habría hundido en medio del Atlántico. Lamentablemente, como prueba no podía aportar más que su propia palabra, lo que no lleva a ninguna parte.

Sin embargo, Childress investigó otros casos en que el Smithsonian estaba de por medio y en uno de ellos se encontró con hechos más bien extraños. Así, partiendo de una carta fechada en 1950, supo que en 1892 se habían desenterrado unos grandes ataúdes de madera de unos 2,20 m. de largo en una cueva llamada Crumf Cave en Murphy's Valley, Blount (Alabama) y que al menos ocho de ellos habían sido trasladados al Smithsonian. Acto seguido, Childress escribió al Smithsonian preguntando por el paradero de esos objetos y recibió esta respuesta del conservador jefe del departamento de Antropología, el señor F. M. Seltzer: “No nos ha sido posible encontrar los especímenes en nuestra colección, si bien los registros muestran que fueron recibidos.” Pero lo más extraño es que en 1992 una entidad cultural del este del país[1] ya había preguntado por los mismos objetos y había recibido una respuesta bien distinta: los ataúdes no eran tales sino abrevaderos, y no podían exponerse porque estaban en un almacén contaminado de asbesto. Este almacén estaría cerrado durante los siguientes diez años y nadie podía acceder a él, excepto el personal del Smithsonian. A partir de aquí que cada uno piense lo que quiera…

Túmulo funerario en Norteamérica
Lo que varios autores han destacado es que el tema de los supuestos gigantes en América parece ser bastante sensible para el Smithsonian, que mantiene una postura de firme autoctonismo y de defensa del dogma sobre el poblamiento americano. Así, los constructores de túmulos funerarios (los citados mound builders) no serían más que los antepasados indígenas de las bien conocidas tribus indias locales. Sin embargo, como ya expuse en un largo artículo de 2014, existe un extenso corpus documental de cierta fiabilidad[2] que indica que durante los siglos XIX y XX se hallaron en Norteamérica multitud de esqueletos de individuos de alturas enormes, generalmente entre los 2,10 y los 3 metros, y con algunos casos excepcionales de mayor altura, hasta más de cinco metros. Pero eso no es todo: según los informes y noticias de la época algunos de esos individuos tenían cráneos alargados, seis dedos en pies y manos, doble hilera de dientes e incluso restos de cabellera rubia o rojiza. Y para acabar de rematar la herejía, en algunas tumbas había esqueletos con armadura de cobre, o tablillas con una escritura no identificada. ¿A dónde fue a parar todo esto?

Podríamos pensar que ante estos hallazgos tan excepcionales se habría procurado llevar a cabo una investigación a fondo y que las pruebas habrían estado disponibles para todos los expertos. Pero nada de eso. De la gran mayoría de restos hallados se ha perdido el rastro o ha ido a parar a almacenes de museos y universidades, con alguna rarísima excepción, como el Humbolt Museum de Winnemucca, que expone una ínfima parte de los restos extraídos de la Cueva de Lovelock (Nevada). El Smithsonian, según la antigua documentación conservada, parece haber acaparado gran parte de los objetos en cuestión, aunque ahora afirme no tenerlos en su poder o simplemente los atribuya a las comunidades nativas. Este sería precisamente el motivo por el cual los mantiene bajo llave, apelando a la necesidad de una estricta protección –según criterios museísticos y culturales– del patrimonio y la memoria de dichas comunidades (lo que viene de perlas en esta época de corrección política y defensa del indigenismo).

Gigante de San Diego (1895)
Para profundizar más en esta controversia, mencionaré al menos dos casos en que estuvo involucrada esta organización, uno del siglo XIX y otro del XX. En primer lugar, está el llamado gigante de San Diego, una momia hallada en 1895, con una estatura de alrededor de 2,50 metros. Este insólito hallazgo apareció en la prensa –con foto incluida– y llegó a instancias científicas. Precisamente, un experto del Smithsonian, el antropólogo Thomas Wilson, examinó la momia y no apreció que se tratara de un fraude. El caso es que el Smithsonian pagó 500 dólares de la época para quedarse con el espécimen. Sin embargo, 13 años después, el propio Smithsonian concluyó que se trataba de una burda falsificación y no le dio más importancia. Entonces, ¿por qué pagaron tanto dinero, habiendo podido examinar con calma los restos óseos? Según Jim Vieira, quien se ha hecho eco de este suceso, la intervención del influyente antropólogo Ales Hrdlicka, que ingresó en el Smithsonian en 1903, fue clave para acabar con cualquier especulación sobre la presencia de gigantes en América. De la momia nunca más se supo.

El segundo hallazgo se produjo en 1943, en la isla de Shemya (archipiélago de las Aleutianas), mientras se realizaban trabajos para construir una pista de aterrizaje. Allí, a cierta profundidad, empezaron a aparecer huesos de mamuts y mastodontes y también huesos humanos enormes. En particular, destacaban unos grandes cráneos trepanados, que medían de 56 a 61 cm. de la base a la coronilla, lo que en proporción suponía una altura de más de 3,50 metros. Un ingeniero a cargo de las obras escribió entonces al zoólogo y estudioso de hechos anómalos Ivan Sanderson para informarle de los descubrimientos. Sanderson respondió a la carta para requerir más datos y mostrar interés por visitar la isla, pero en la siguiente comunicación el ingeniero le contestó que no hacía falta que se desplazase: habían llegado unos expertos del Smithsonian y se habían llevado todos los restos. Resulta asombroso con qué rapidez reaccionaron a la noticia del hallazgo y cómo actuaron de forma presta y discreta para llevarse todo el material sin dar más explicaciones. Igualmente, ahora se desconoce el paradero de todos esos objetos.

Noticia sobre gigantes
Llegados a este punto, alguien podría decir que aquí hay muchos rumores y especulaciones y muy pocas pruebas. Y no le faltaría razón, pues por desgracia en muchos casos se ha tirado de fantasía, sensacionalismo e incluso fraude, por no mencionar los simples errores, exageraciones o confusiones. No obstante, este sería un enfoque muy simplista, dada la magnitud de la realidad arqueológica. A este respecto, Jim Vieira y Hugh Newman escribieron en 2015 un libro (Giants on Record: America’s Hidden History, Secrets in the Mounds and the Smithsonian Files) en que recogieron toda su investigación sobre el tema de los gigantes en Norteamérica. Así, los autores pudieron corroborar por los documentos conservados que desde finales del siglo XIX el Smithsonian había estado implicado en la exploración y excavación de más de 2.000 túmulos funerarios nativos y que había más de 1.000 registros escritos –incluyendo informes del Smithsonian– que mencionaban la presencia de esqueletos humanos de más de 2,10 metros. Vieira y Newman insisten en que en muchos casos la documentación confirma que dichos huesos de gigantes fueron enviados al Smithsonian Institution “para posteriores estudios”, y a partir de ese punto se pierde su rastro. En su opinión, tal desaparición masiva de restos sólo puede responder a una política sistemática de ocultación de pruebas.

Para concluir esta panorámica sobre el papel del Smithsonian, incluyo seguidamente una declaración de Vine Deloria, erudito nativo y experto en las antiguas tradiciones americanas:

“El gran intruso de los antiguos enclaves funerarios, la Institución Smithsoniana del siglo XIX, creó un portal de un solo sentido, a través del cual se han esfumado incontables huesos. Esta puerta y el contenido de su cripta están virtualmente sellados a cualquiera, excepto a los funcionarios del gobierno. Entre estos huesos pueden encontrarse respuestas, ni siquiera buscadas por estos funcionarios, acerca del pasado profundo.”[3]

No voy a extenderme más en esta controversia, pero a estas alturas sí creo justificadas y razonables las críticas vertidas por algunos autores alternativos ante la cerrazón del estamento académico. Sería en verdad muy grave que la obstinación y el dogmatismo hubieran conducido a prácticas tan indeseables y reprobables como la supresión de pruebas, ya sea ocultándolas o destruyéndolas. Ante tantos indicios y pistas que merecen al menos un estudio serio y riguroso no se puede aducir “que no se sabe nada”, “que esto o aquello se ha perdido” o “que no es posible mostrar determinados objetos”. Si todos los informes arqueológicos, a los que hay que sumar trazas históricas, antropológicas y mitológicas, nos empujan a pensar que esa realidad existió, resulta muy poco creíble que prácticamente todo se haya esfumado como por arte de magia. La cantidad tiene un peso que no se puede negar.

La ciencia debería ser honrada, neutral e imparcial, pero por desgracia eso sólo ocurre en un mundo perfecto. De verdad me gustaría creer que los autores alternativos han errado completamente el tiro, pero mucho me temo que el estamento académico no es trigo limpio y que las ocultaciones han existido y que, lamentablemente, todavía ocurren en mayor o menor grado.

© Xavier Bartlett 2020

Fuente imágenes: Wikimedia Commons



[1] Se trataba de la Gungywamp Society, una institución cultural que investiga el fenómeno megalítico en Nueva Inglaterra (EE UU).
[2] La mayoría de los documentos son noticias de diarios o revistas locales (algunos de gran renombre, como The New York Times o The Washington Post), pero también existe abundante documentación procedente de publicaciones culturales o científicas locales o de ámbito nacional… ¡incluyendo también informes del propio Smithsonian!
[3] Deloria Jr., Vine. Red Earth, White Lies: Native Americans and the Myth of Scientific Fact. Fulcrum Publications, 1997.

sábado, 9 de noviembre de 2019

¿Guerras atómicas en la Antigüedad?

Cuando hace años me adentré en el ámbito de la arqueología alternativa me sorprendió mucho un tema específico que en principio podría parecer del todo fantástico: la posibilidad de que se hubieran producido guerras atómicas en tiempos muy remotos, por no decir míticos. La verdad es que, en comparación con otras osadas teorías alternativas, este asunto da la impresión de estar completamente fuera de lugar, a menos que diésemos un revolcón radical a la historia de la Humanidad. 

Así, está claro que desde una postura convencional académica no cabe hablar de armamento ni de tecnología nuclear en el Mundo Antiguo o la Prehistoria, pues los estudios históricos y arqueológicos han dejado muy claro que hace miles de años la tecnología más avanzada era la metalurgia y que cualquier mención a tecnologías modernas nos lleva a un callejón sin salida o a un total disparate. No obstante, ya sabemos que en la historia alternativa hay visiones muy audaces que ponen de por medio a civilizaciones desaparecidas o a extraterrestres… En fin, vamos a ver ahora de dónde han surgido estas propuestas y qué credibilidad nos podrían merecer.

En primer lugar, hay que hacer notar que no existe una única fuente para esta teoría, sino tres: 1) los relatos mitológicos de varios pueblos antiguos; 2) las pruebas o muestras de tipo geológico; y 3) ciertos restos arqueológicos, sobre todo arquitectónicos. Posiblemente tomando cada una de estas fuentes por separado no tendríamos más que piezas sueltas e inconexas, con explicaciones más o menos plausibles. Sin embargo, para los autores alternativos, la combinación de estos tres elementos ofrece un fundamento más que sólido para formular seriamente la hipótesis de guerras atómicas muy antiguas, pues consideran que, si bien ellos no pueden aportar pruebas fehacientes y definitivas, tampoco el estamento académico ha podido ofrecer soluciones satisfactorias a ciertas anomalías o hechos que se han pasado por alto.

Recreación artística del Mahabharata
Si empezamos por el tema mitológico, sabemos que algunas culturas antiguas conservaron leyendas o historias de grandes devastaciones causadas por los “dioses”. No obstante, hay dos ejemplos bastante significativos que han sido sacados a colación en repetidas ocasiones. Primero podemos citar el conocido Mahabharata hindú, un compendio de 18 libros o parvasescritos en el primer milenio antes de Cristo, pero que se refieren a tiempos muy anteriores. Estos textos contienen narraciones de terribles confrontaciones entre dos clanes, los Pandavas y los Kauravas, en las cuales no faltan las referencias a máquinas voladoras (llamadas vimanas) y a varios tipos de armamento destructivo de increíble potencia. Así pues, algunos autores se han fijado en ciertos pasajes que parecen extrañamente modernos:
“(Fue) un solo proyectil, cargado con todo el poder del Universo. Se alzó en todo su esplendor una columna incandescente de humo y llamas, tan brillante como los mil soles [...] era un arma desconocida, un rayo de hierro, un enorme mensajero de la muerte que redujo a cenizas toda la raza de los Vrishnis y los Andhakas [...] Los cuerpos estaban tan quemados que eran irreconocibles. El pelo y las uñas se desprendieron, la cerámica se rompió sin causa aparente y los pájaros se volvieron blancos... después de unas horas todos los alimentos estaban infectados...”
Por otra parte, tenemos el relato bíblico de las destrucciones de las ciudades de Sodoma y Gomorra. Recordemos que Yahveh estaba dispuesto a castigar a los impíos habitantes de estas ciudades mediante un exterminio total. Eso sí, decidió al menos salvar a un hombre justo, Lot, junto con su familia. Tras advertirlo previamente, envió a sus emisarios para sacar a sus protegidos lejos de la ciudad, en dirección a las montañas, con instrucciones claras de no volver la vista atrás cuando se desatase su ira sobre los malvados. La familia de Lot actuó en consecuencia excepto su esposa, que –al girar su rostro hacia la ciudad– quedó convertida en estatua de sal.

Paisaje aéreo de la región del Mar Muerto (Israel)
Tomando como base esta historia, el famoso investigador judío Zecharia Sitchin sacó sus propias conclusiones a partir de la mezcla del relato bíblico y la mitología sumeria, en el marco de sus inevitables dioses Anunnaki. Así, Sitchin presentó una elaborada teoría de guerras entre facciones divinas en la Antigüedad, que habrían comportado ataques atómicos. En su opinión, el episodio de la destrucción de Sodoma y Gomorra fue real y tuvo lugar en unos asentamientos situados al sur del Mar Muerto, e incluso se atrevió a fijar una cronología para tal hecho: el 2024 a. C. Por supuesto, la destrucción de las ciudades habría sido el resultado de la explosión de un ingenio nuclear –lanzado por los dioses– que habría arrasado por completo cualquier rastro de vida. En cuanto a la muerte de la mujer de Lot, Sitchin creía que la historia bíblica fue tergiversada o, mejor dicho, mal traducida. De este modo, consideraba que se vertió mal al hebreo un término de origen sumerio. Para él, la palabra sumeria nimur se refería tanto a “sal” como a “vapor”; así, la traducción correcta indicaría que la mujer de Lot se convirtió en realidad en un pilar de vapor, y no de sal, lo que vendría a decir que se habría vaporizado por efecto de la explosión[1]. Dejémoslo ahí…

El caso es que, más allá del mito, algunos autores alternativos han tratado de buscar pruebas físicas que sustenten la tesis de las guerras atómicas antiguas. Como ya citamos, existiría un cierto rastro geológico que podría apuntar a explosiones nucleares hace miles de años. Siguiendo a Sitchin, éste reforzaba su teoría citando el hecho de que aún en la actualidad los manantiales próximos al Mar Muerto estaban afectados por la radiactividad. Aparte, Sitchin añadió más argumentos físicos a una tremenda guerra nuclear en Oriente Medio que culminó –a su juicio– con la desaparición súbita de la civilización sumeria. Así, puso como prueba geológica una especie de enorme cicatriz en la Península del Sinaí observable desde gran altura, y que de hecho ha sido fotografiada por satélites. En su opinión, esa gran mancha negra que se puede apreciar rodeada de terrenos blanquecinos sería la “prueba del delito” de una potente devastación nuclear. Y, en efecto, el suelo de la llanura del Sinaí aparece lleno de rocas ennegrecidas, sin que exista a día de hoy una explicación científica sólida sobre la formación natural de tales rocas en su contexto geológico[2]

Tectita esferoide
Otros autores, como Brad Steiger o David H. Childress, han centrado su atención en determinadas huellas sobre el terreno que podrían tener similitudes con las dejadas por las diversas explosiones nucleares del siglo XX. Así pues, Steiger, autor del audaz libro Worlds before our own (1978), tomó como referencia la capa de vidrio verde fundido que dejó sobre el terreno la primera prueba atómica y relacionó dichos restos con similares materiales hallados en diversas regiones del planeta. Las explosiones atómicas, en efecto, habían provocado un efecto de fusión del silicio de la arena, creando así una capa de pequeñas esférulas vitrificadas denominadas tectitas. Para los geólogos, empero, la presencia de estas tectitas en zonas “no nucleares” se debería al choque de meteoritos sobre la superficie terrestre, dada la enorme cantidad de energía y calor acumulada en el impacto. Steiger consideraba que esto pudo ser cierto en algunos casos, pero no en otros donde no hay ningún rastro de impactos de meteoritos. Según sus investigaciones, hay extensas zonas desérticas en varias partes del mundo que presentan esta anómala capa de tectitas, como por ejemplo el desierto del Sahara, el desierto de Gobi, el desierto de Mojave, etc.

David H. Childress ha seguido la teoría de Steiger sobre las tectitas y ha destacado la gran pureza en sílice (de hasta un 98%) de un vidrio verde amarillento procedente del desierto libio –llamado técnicamente LDG o Libyan Desert Glass– y que ya fue utilizado por los antiguos egipcios para elaborar joyas. Según los datos del científico John O’Keefe, citado por Childress, el origen de este vidrio tan puro difícilmente se encontraría en meteoritos procedentes de la Luna, sino más bien en la propia Tierra[3]. Por otro lado, Childress ha recuperado las alusiones mitológicas del Mahabharata y ha sacado a la palestra el tema del gran cráter de Lonar, en la India. Se trata de un cráter casi circular de más 2 km. de diámetro, cuya antigüedad se remonta a por lo menos 50.000 años. En este cráter relativamente reciente no se han encontrado restos de partículas de meteoritos, pero sí indicios de un gran impacto y de un enorme calor en forma de esférulas de vidrio de basalto, lo cual dejaría una puerta abierta a todo tipo de especulaciones sobre su origen. En opinión del autor, retomando la hipótesis del consultor de la NASA Pat Frank, los cráteres sin aparente rastro cósmico podrían ser cicatrices de antiguas explosiones nucleares.

Panorámica del cráter Lonar en la India

Y sin movernos de la India, el fallecido investigador belga Philip Coppens mencionó en un artículo de su página web que –según diversas fuentes– en el Rajasthan se habría encontrado un estrato de ceniza radiactiva que cubría un área de cerca de 5 km.2, al oeste de la población de Jodhpur. Dicha radiactividad parecía repercutir en una alta tasa de defectos de nacimientos y de cáncer entre la población, lo que provocó que el gobierno acordonara la zona. Posteriormente, se descubrieron allí los restos de una ciudad enterrada, con hipotéticas pruebas de una explosión nuclear que habría tenido lugar en época prehistórica. Sin embargo, Coppens fue cauteloso a la hora de dar credibilidad a esta historia, y de hecho comprobó que muchos datos carecían de fuente fidedigna. Además, en las mismas regiones donde se localizaba la supuesta evidencia nuclear del pasado se podían observar las trazas de la negligencia moderna, esto es, contaminación producida por una seguridad defectuosa en una central nuclear. Coppens acababa por sugerir que tal vez el tema de una presunta radiactividad antigua podría ser una especie de cortina de humo para tapar problemas recientes.

Finalmente, nos queda por revisar el tercer pilar de la teoría atómica antigua, que no es otro que la propia arqueología. Según el ya citado Brad Steiger, aparte de las tectitas, resulta muy intrigante la presencia de antiguos fuertes en diversas partes del mundo (Islas Británicas, Oriente Medio, la India, Norteamérica, Sudamérica…) cuyos muros de piedra están vitrificados total o parcialmente, cosa que podría indicar que estuvieron sometidos a altísimas temperaturas. Incluso en el conocido yacimiento neolítico de Çatal Huyuk (Turquía) se habían hallado ladrillos de arcilla fundidos ante la supuesta exposición a una enorme fuente de calor. David H. Childress recogía aquí también el guante, pero no creía que tal efecto de vitrificación se debiera a explosiones nucleares de origen alienígena, sino al resultado de ataques con armas muy avanzadas de naturaleza química –de tipo “cañones de plasma”– empleadas por civilizaciones humanas desaparecidas como la Atlántida. Bueno, por especular que no quede…

Aparte de esto, Childress –al igual que Sitchin– creía que las aniquilaciones de Sodoma y Gomorra fueron de naturaleza atómica y no geológica, pues las exploraciones geológicas modernas no apoyan una destrucción por vulcanismo o actividad sísmica hace unos miles de años, ni tampoco en la zona donde supuestamente se ubicaban ambas ciudades, lo cual deja anulado el contexto geográfico y temporal bíblico. Frente a esto, Childress ponía como prueba algunas exploraciones subacuáticas del Mar Muerto, que indicarían la posibilidad de que los restos de las dos ciudades estuviesen en el fondo de dicho mar, cubiertos bajo una gruesa capa de sal. De hecho, tomando como guía las explosiones de Hiroshima y Nagasaki, se pudo detectar allí la presencia de ciertas sustancias salinas derivadas de cambios químicos tras el impacto atómico. Childress citaba al experto L. M. Lewis para afirmar que la gran cantidad de sal del lugar, de haber sido sal común, debería haber sido eliminada por las lluvias a lo largo de los siglos, pero que no era el caso. Ello empujaba a pensar que más bien la sal, acumulada en formaciones a modo de pilares, habría sido un subproducto de una explosión atómica en tiempos remotos. Y aquí volveríamos a la historia de la mujer de Lot, convertida en un “pilar de sal”...

Ruinas de Mohenjo-Daro (Pakistán)
Ahora bien, uno de los casos más citados y discutidos –y a la vez el más confuso– en la cuestión de las guerras atómicas del pasado es, sin duda, el yacimiento pakistaní de Mohenjo-Daro, que literalmente significa “montículo de la muerte”. Se trata de una avanzada ciudad de la civilización del Valle del Indo –que floreció aproximadamente entre el 2500 y el 1500 a. C.– y que fue descubierta en el siglo XIX, aunque no se empezó a excavar hasta 1922, a cargo del arqueólogo británico John Marshall. En su época de esplendor se calcula que tuvo más de 30.000 habitantes, con notables construcciones de diverso tipo. Estaba rodeada de una muralla de ladrillo y se dividía en dos zonas: una ciudadela superior y una ciudad baja. Sobre los motivos de su destrucción y abandono, que ocurrió hacia el 1700 a. C., no hay una teoría predominante. Se habla de sequías, terremotos, inundaciones, e incluso de ataques por parte de otras culturas, pero no existe una completa certeza al respecto. Una de las hipótesis más aceptadas es que el cambio del curso del río Indo propició el abandono de la ciudad.

El caso es que un investigador independiente inglés llamado David W. Davenport se interesó por este yacimiento y realizó allí una serie de estudios sobre el terreno durante doce años. Pues bien, según Davenport, la destrucción de la ciudad tuvo lugar hacia el 2000 a. C. y se debió a una súbita explosión atómica. Sus conclusiones se basaron en la identificación de un cierto epicentro de la explosión; en esa zona, de unos 45 metros de diámetro, todos los materiales estaban cristalizados, fundidos o derretidos, y las piedras ennegrecidas. Al alejarse progresivamente de dicho epicentro se apreciaba que los ladrillos estaban fundidos por un lado a causa de la supuesta onda expansiva. Además, a petición de David Davenport, unos investigadores italianos del CNR (Consiglio Nazionale delle Ricerche) confirmaron que una destrucción tan descomunal sólo se explicaría por una exposición a temperaturas del orden de los 1.500º C. A ese dato se debía añadir un estudio de unos científicos rusos según el cual el nivel de radiactividad de los escasos esqueletos hallados en la zona sería de hasta 50 veces superior al normal.

El libro de Davenport y Vincenti
Para explicar este episodio, Davenport echó mano de la mitología védica que ya hemos citado e incluso de los extraterrestres, mezclando arios, mongoles y alienígenas en una guerra sin cuartel que dio como resultado la ruina completa de la ciudad tras un desastre nuclear. Así, Davenport publicó en 1979 un libro junto con el periodista italiano Ettore Vincenti (2000 a.C.: Distruzione atomica, en italiano) en que exponía esta teoría, pero esta obra no tuvo ninguna repercusión en la esfera científica, lo que no es de extrañar, al estar enfocada desde la teoría de los antiguos astronautas. De hecho, los habituales escépticos más activos de Internet, como Jason Colavito, consideran que esta investigación es pura pseudociencia.

Dicho todo esto, y dejando a un lado la interpretación altamente herética del investigador inglés, lo cierto es que –al documentar mi libro La historia imperfecta– estuve cierto tiempo buscando información adicional para poder contrastar los datos aportados y prácticamente no encontré nada sobre Davenport que no fueran unas mismas y escasas fuentes en Internet, sin otras referencias externas o confirmaciones de otro tipo. Así pues, hasta qué punto estas observaciones tienen validez o pueden leerse de otra manera, soy incapaz de valorarlo. Todo resulta demasiado opaco y confuso como para poder abordarlo con rigor. Por lo demás, parece que algunas personas que han tratado de validar la historia de Davenport no han llegado a ninguna parte o la han desmentido. Entre éstas, cabe citar al periodista italiano Enrico Baccarini que en 2013 se desplazó a Mohenjo-Daro y se encontró con graves lagunas e incoherencias en el relato del investigador inglés. Además, tampoco pudo corroborar los datos de radioactividad alegados tras haber encargado analizar unas muestras extraídas del yacimiento.[4]

Para cerrar este tema, quisiera aportar unas breves reflexiones. En primer lugar, es evidente que la mitología puede ser muy sugerente, incluso desconcertante, pero difícilmente puede aportarse como prueba a no ser que aparezcan datos históricos o arqueológicos fiables que apoyen de algún modo la literalidad de los relatos legendarios. Como casi siempre, detrás del mito suele haber un atisbo de realidad, pero en este caso se nos hace muy difícil convertirlo en “historia real”. Ciertamente es posible que hubieran existido grandes destrucciones en el Mundo Antiguo, pero muy posiblemente se debieron a factores naturales (terremotos, vulcanismo, inundaciones, impactos de meteoritos, catástrofes cósmicas, etc.) o a factores humanos (incendios o efectos de las guerras). Ello no obsta que los antiguos pudieran disponer de avanzadas tecnologías que hoy nos son desconocidas, como ya he apuntado a menudo en este blog, pero la tesis atómica me parece bastante floja en comparación con otros saberes o tecnologías perdidas.

En segundo lugar, el hecho de situar los supuestos conflictos atómicos en la Historia Antigua resulta muy forzado, pues tenemos un contexto histórico y arqueológico que no permite sospechar que en esa época existiera un mundo paralelo altamente tecnificado (a menos que estuviera muy oculto o que no perteneciera a este planeta). Así, si tuviera que hacer un esfuerzo especulativo por creer en guerras atómicas pasadas, no las situaría tan cerca en el tiempo, sino más bien hace cientos de miles o millones de años, en un contexto de humanidades anteriores a la nuestra. Por tanto, aplicando la navaja de Occam, hemos de tender a la explicación más simple para justificar las destrucciones de ciudades en la Antigüedad y no caer en la tentación de buscar lo más fantástico o sensacionalista. Si sabemos que en esas épocas los armamentos se reducían a espadas, lanzas, flechas, carros, caballos, elefantes, etc. sacar al primer plano destrucciones causadas por ingenios nucleares supone lanzar un órdago digno de la teoría de los antiguos astronautas más radical. Pero ya sabemos que especular es muy fácil; probar sólidamente es bastante más difícil.

Muestra de LDG (Libyan Desert Glass)
Finalmente, no soy un experto en cuestiones geológicas, pero creo que es aquí donde los defensores de las guerras nucleares antiguas podrían tener algún espacio por explorar. El tema de las tectitas –así como el de ciertos paisajes desolados– llama mucho la atención, pero se deberían hacer más esfuerzos para determinar su origen exacto y su cronología aproximada, a fin de establecer qué factores naturales están detrás de este fenómeno, sobre todo si se llegase a descartar el tema de los meteoritos. Y si, por el momento, las explicaciones “naturales” no resultan satisfactorias, se deben seguir buscando pistas y planteando hipótesis, como aún se hace a día de hoy para desentrañar lo que ocurrió exactamente en el evento de Tunguska hace poco más de un siglo.

Concluyendo, la historia alternativa está bajo el constante escrutinio de escépticos y académicos y cualquier salida de tono es aprovechada para desacreditar todas las investigaciones heterodoxas que retan al paradigma. En este sentido, considero que el asunto de guerras atómicas en un pasado remoto tiene todavía mucho camino por recorrer para ser creíble. Lanzarse a la piscina, falsear datos, apostar por el sensacionalismo o elucubrar con extraterrestres no ayuda precisamente a despejar incógnitas sino a desprestigiar cualquier intento de abordar seriamente este insólito tema. Ya saben los lectores que tengo la mente abierta a todas las posibilidades y teorías, pero hay que ser muy cautos en aquellas cuestiones que más frontalmente chocan con el paradigma, porque los académicos suelen aplicar aquella máxima tramposa de que “las afirmaciones extraordinarias requieren de pruebas extraordinarias”.

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons



[1] Para ser justo cabe decir que la hipótesis de una intervención (atómica) de los alienígenas en Sodoma y Gomorra ya había sido planteada por el científico ruso Matest Agrest en los años 50 y que luego fue retomada por otras figuras del realismo fantástico, como Pauwels y Bergier, Charroux, o el mismísimo Erich Von Däniken.
[2] A todo esto, Sitchin se remitía unos antiguos textos sumerios llamados Lamentaciones, que citaban “vientos malignos, calor sofocante, dificultades para respirar, bocas llenas de sangre...”, como efectos evidentes de las explosiones atómicas entre la población.
[3] Según los datos que he consultado, la opinión académica es que el LDG procede seguramente del impacto de un meteorito, pero no se ha podido localizar ningún cráter de tamaño apreciable en la zona entre Libia y Egipto.
[4] Fuente de la información: https://codigooculto.com/2019/10/mohenjo-daro-y-harappa-evidencias-de-una-guerra-atomica-en-la-antiguedad/