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miércoles, 12 de febrero de 2020

El turbio asunto de la ocultación de pruebas


Los lectores recordarán que hace poco expuse una esperpéntica situación vivida por el investigador norteamericano Michael Cremo, al cual se negó el acceso a unos antiguos artefactos almacenados en un museo alegando razones espurias. A raíz de casos como este podríamos hacernos la siguiente pregunta: ¿Es posible que el estudio del pasado esté restringido o controlado por la manipulación, ocultación o incluso destrucción de pruebas materiales? Debo confesar que durante mis estudios académicos de arqueología en ningún momento se me pasó por la cabeza tal posibilidad. Era consciente de que las personas se equivocan o cometen negligencias, que los métodos a veces fallan, que se pueden destruir o dañar pruebas por una mala praxis o simplemente que muchos restos del pasado se han perdido para siempre y no podemos contar con ellos. Con todo, la mala fe (o cualquier tipo de intervención dolosa) no entraba en mi concepto de arqueología profesional.

Sin embargo, al adentrarme en el estudio de la arqueología alternativa, empecé a vislumbrar un horizonte diferente. Así, no pocos autores –algunos de cierto prestigio y popularidad– insistían en que en muchos casos existía una ocultación intencionada de pruebas a fin de cerrar filas en torno a los dogmas del paradigma y evitar debates embarazosos ante la presencia de determinadas pruebas anómalas o controvertidas. En ese contexto, con el tiempo fui pasando del escepticismo y la duda a la grave sospecha –no me atrevo a decir convicción– de que, en efecto, la ocultación de pruebas por parte del estamento oficial (organismos e instituciones culturales, universidades, museos, etc.) es algo real y no precisamente esporádico. Esta “tradición” habría empezado ya en el siglo XIX, se habría consolidado en el siglo pasado y todavía tendría lugar en estos tiempos recientes.

Por supuesto, admito que este es un asunto muy turbio y complejo en que fácilmente se pueden ver fantasmas y conspiraciones donde no las hay, aparte de la dificultad de probar fehacientemente que alguien está procediendo a una ocultación deliberada de pruebas. No obstante, por todo lo que he leído en estos últimos años, cuando se dan unas determinadas circunstancias y un modus operandi muy similar, podemos empezar a dudar de la integridad profesional de las entidades que dicen estudiar y conservar los objetos para el avance de la ciencia y el conocimiento del pasado. Lo cierto es que repasando diversas investigaciones y relatos de autores alternativos he ido a parar a una amplia casuística de supuesta ocultación que podríamos resumir en estos puntos:
  • Objetos de los cuales se tiene noticia documental, pero no se sabe qué se hizo de ellos.
  • Objetos que fueron recogidos, registrados y almacenados, pero que –al ser solicitados– no aparecen por ninguna parte.
  • Objetos supuestamente dañados o destruidos por efecto de alguna catástrofe.
  • Objetos confiscados y guardados en almacenes de acceso muy restringido.
  • Objetos sí reconocidos como existentes y almacenados, pero que nunca han sido expuestos ni se permite su estudio por criterios museísticos o de otra índole.
  • Objetos expoliados en antiguas excavaciones que han ido a parar a un fondo no accesible (sin tener certeza del número de piezas ni de sus características). 
  • Lugares o yacimientos arqueológicos de acceso restringido o prohibido por diversas razones.
  • Informes o documentos manipulados, no accesibles o desaparecidos.
  • Cierre de excavaciones en curso por mandato de las autoridades.
Artefactos líticos (hoy desaparecidos) de Hueyatlaco
Lo habitual es que tengamos “rarezas” o “excepcionalidades” sobre algunos de los puntos citados, pero cabe destacar que el yacimiento arqueológico de Hueyatlaco (Valsequillo, México) concentra casi todos los supuestos mencionados, como ya fue denunciado por varios especialistas desde finales de los años 60, por no mencionar toda una serie de cortapisas legales y censuras académicas. Sin embargo, no todo es tan flagrante como este caso. De hecho, hay que hilar muy fino para separar lo que son prácticas normales, o incluso simples fatalidades, de lo que sería una ocultación deliberada de pruebas. Es un campo en que realmente se debe ir con pies de plomo para no caer en el descrédito, ante la falta de seguridades absolutas. A este respecto, se debe tener en cuenta que la mayoría de museos sólo expone al público una pequeña parte de sus extensas colecciones, que se guardan en almacenes o laboratorios. Yo mismo, en mi época de estudiante, trabajé ocasionalmente en la “trastienda” del Museo Arqueológico de Barcelona, y pude comprobar por mí mismo la gran cantidad de materiales almacenados, algunos esperando estudio o restauración, y otros simplemente acumulando polvo.

En la práctica, resulta casi imposible demostrar que ha existido mala intención, pues las instituciones oficiales tienen un amplio argumentario de excusas y recursos perfectamente profesionales y legales para justificar ciertos hechos. Así pues, por lo general, cuando alguna institución es señalada como “manipuladora”, echa mano de ese argumentario y suele revertir las culpas contra el investigador alternativo de turno, como le ocurrió hace no muchos años al investigador independiente Jim Vieira, que fue censurado por haber sugerido abiertamente que cierta institución cultural se dedicaba a la ocultación sistemática de restos arqueológicos atribuidos a gigantes.

Para adentrarnos en esta polémica podría citar aquí varios casos muy curiosos, llenos de extrañas “casualidades”, pero para hacernos una idea general del tema considero que el ejemplo por excelencia de las presuntas prácticas de supresión u ocultación es el Smithsonian Institution, un organismo federal de los EE UU administrado y sufragado por el gobierno (aunque con participación privada), y que goza de amplias competencias y poderes en materias científicas y culturales. Como se pueden imaginar, ésta fue la organización criticada por Vieira… y algunos más. Vayamos por partes para poner las cosas en contexto.

Sede del Smithsonian Institution en Washington D.C.
El Smithsonian fue fundado en 1829 a partir de la generosa herencia del ciudadano británico James Smithson, un científico y millonario interesado en la difusión y conservación de la cultura de América… pese a no haber pisado nunca el continente americano. En muy pocos años esta organización cobró gran importancia, hasta el punto de ser todo un referente en las investigaciones antropológicas y arqueológicas en Estados Unidos y otros lugares de América, estableciendo su sede en Washington D. C. y creando una amplia red de centros de investigación y museos. Así pues, desde mediados del siglo XIX, el Smithsonian estuvo involucrado en multitud de expediciones y excavaciones científicas y fue acumulando una ingente cantidad de materiales en sus museos y almacenes.

El problema, según algunos autores alternativos, es que el Smithsonian ejerció de facto un rol controlador sobre gran parte de la actividad arqueológica y se dedicó a acopiar todos los materiales antiguos para reservarse el derecho de su estudio y conservación. En concreto, el autor estadounidense David H. Childress cree que en realidad lo que ha hecho el Smithsonian es preocuparse de que nada se le fuera de las manos y que todo resto que de algún modo pudiera ser anómalo o dudoso –sobre todo en lo referente a los llamados mound builders y a posibles culturas foráneas– fuese finalmente “almacenado” (o sea, ocultado). Childress tuvo la ocasión de conocer indirectamente el caso de un ex empleado del Smithsonian que fue despedido –presuntamente– por mantener ciertas opiniones heréticas. Pues bien, según esta persona, el Smithsonian habría llenado toda una barcaza con artefactos anómalos y la habría hundido en medio del Atlántico. Lamentablemente, como prueba no podía aportar más que su propia palabra, lo que no lleva a ninguna parte.

Sin embargo, Childress investigó otros casos en que el Smithsonian estaba de por medio y en uno de ellos se encontró con hechos más bien extraños. Así, partiendo de una carta fechada en 1950, supo que en 1892 se habían desenterrado unos grandes ataúdes de madera de unos 2,20 m. de largo en una cueva llamada Crumf Cave en Murphy's Valley, Blount (Alabama) y que al menos ocho de ellos habían sido trasladados al Smithsonian. Acto seguido, Childress escribió al Smithsonian preguntando por el paradero de esos objetos y recibió esta respuesta del conservador jefe del departamento de Antropología, el señor F. M. Seltzer: “No nos ha sido posible encontrar los especímenes en nuestra colección, si bien los registros muestran que fueron recibidos.” Pero lo más extraño es que en 1992 una entidad cultural del este del país[1] ya había preguntado por los mismos objetos y había recibido una respuesta bien distinta: los ataúdes no eran tales sino abrevaderos, y no podían exponerse porque estaban en un almacén contaminado de asbesto. Este almacén estaría cerrado durante los siguientes diez años y nadie podía acceder a él, excepto el personal del Smithsonian. A partir de aquí que cada uno piense lo que quiera…

Túmulo funerario en Norteamérica
Lo que varios autores han destacado es que el tema de los supuestos gigantes en América parece ser bastante sensible para el Smithsonian, que mantiene una postura de firme autoctonismo y de defensa del dogma sobre el poblamiento americano. Así, los constructores de túmulos funerarios (los citados mound builders) no serían más que los antepasados indígenas de las bien conocidas tribus indias locales. Sin embargo, como ya expuse en un largo artículo de 2014, existe un extenso corpus documental de cierta fiabilidad[2] que indica que durante los siglos XIX y XX se hallaron en Norteamérica multitud de esqueletos de individuos de alturas enormes, generalmente entre los 2,10 y los 3 metros, y con algunos casos excepcionales de mayor altura, hasta más de cinco metros. Pero eso no es todo: según los informes y noticias de la época algunos de esos individuos tenían cráneos alargados, seis dedos en pies y manos, doble hilera de dientes e incluso restos de cabellera rubia o rojiza. Y para acabar de rematar la herejía, en algunas tumbas había esqueletos con armadura de cobre, o tablillas con una escritura no identificada. ¿A dónde fue a parar todo esto?

Podríamos pensar que ante estos hallazgos tan excepcionales se habría procurado llevar a cabo una investigación a fondo y que las pruebas habrían estado disponibles para todos los expertos. Pero nada de eso. De la gran mayoría de restos hallados se ha perdido el rastro o ha ido a parar a almacenes de museos y universidades, con alguna rarísima excepción, como el Humbolt Museum de Winnemucca, que expone una ínfima parte de los restos extraídos de la Cueva de Lovelock (Nevada). El Smithsonian, según la antigua documentación conservada, parece haber acaparado gran parte de los objetos en cuestión, aunque ahora afirme no tenerlos en su poder o simplemente los atribuya a las comunidades nativas. Este sería precisamente el motivo por el cual los mantiene bajo llave, apelando a la necesidad de una estricta protección –según criterios museísticos y culturales– del patrimonio y la memoria de dichas comunidades (lo que viene de perlas en esta época de corrección política y defensa del indigenismo).

Gigante de San Diego (1895)
Para profundizar más en esta controversia, mencionaré al menos dos casos en que estuvo involucrada esta organización, uno del siglo XIX y otro del XX. En primer lugar, está el llamado gigante de San Diego, una momia hallada en 1895, con una estatura de alrededor de 2,50 metros. Este insólito hallazgo apareció en la prensa –con foto incluida– y llegó a instancias científicas. Precisamente, un experto del Smithsonian, el antropólogo Thomas Wilson, examinó la momia y no apreció que se tratara de un fraude. El caso es que el Smithsonian pagó 500 dólares de la época para quedarse con el espécimen. Sin embargo, 13 años después, el propio Smithsonian concluyó que se trataba de una burda falsificación y no le dio más importancia. Entonces, ¿por qué pagaron tanto dinero, habiendo podido examinar con calma los restos óseos? Según Jim Vieira, quien se ha hecho eco de este suceso, la intervención del influyente antropólogo Ales Hrdlicka, que ingresó en el Smithsonian en 1903, fue clave para acabar con cualquier especulación sobre la presencia de gigantes en América. De la momia nunca más se supo.

El segundo hallazgo se produjo en 1943, en la isla de Shemya (archipiélago de las Aleutianas), mientras se realizaban trabajos para construir una pista de aterrizaje. Allí, a cierta profundidad, empezaron a aparecer huesos de mamuts y mastodontes y también huesos humanos enormes. En particular, destacaban unos grandes cráneos trepanados, que medían de 56 a 61 cm. de la base a la coronilla, lo que en proporción suponía una altura de más de 3,50 metros. Un ingeniero a cargo de las obras escribió entonces al zoólogo y estudioso de hechos anómalos Ivan Sanderson para informarle de los descubrimientos. Sanderson respondió a la carta para requerir más datos y mostrar interés por visitar la isla, pero en la siguiente comunicación el ingeniero le contestó que no hacía falta que se desplazase: habían llegado unos expertos del Smithsonian y se habían llevado todos los restos. Resulta asombroso con qué rapidez reaccionaron a la noticia del hallazgo y cómo actuaron de forma presta y discreta para llevarse todo el material sin dar más explicaciones. Igualmente, ahora se desconoce el paradero de todos esos objetos.

Noticia sobre gigantes
Llegados a este punto, alguien podría decir que aquí hay muchos rumores y especulaciones y muy pocas pruebas. Y no le faltaría razón, pues por desgracia en muchos casos se ha tirado de fantasía, sensacionalismo e incluso fraude, por no mencionar los simples errores, exageraciones o confusiones. No obstante, este sería un enfoque muy simplista, dada la magnitud de la realidad arqueológica. A este respecto, Jim Vieira y Hugh Newman escribieron en 2015 un libro (Giants on Record: America’s Hidden History, Secrets in the Mounds and the Smithsonian Files) en que recogieron toda su investigación sobre el tema de los gigantes en Norteamérica. Así, los autores pudieron corroborar por los documentos conservados que desde finales del siglo XIX el Smithsonian había estado implicado en la exploración y excavación de más de 2.000 túmulos funerarios nativos y que había más de 1.000 registros escritos –incluyendo informes del Smithsonian– que mencionaban la presencia de esqueletos humanos de más de 2,10 metros. Vieira y Newman insisten en que en muchos casos la documentación confirma que dichos huesos de gigantes fueron enviados al Smithsonian Institution “para posteriores estudios”, y a partir de ese punto se pierde su rastro. En su opinión, tal desaparición masiva de restos sólo puede responder a una política sistemática de ocultación de pruebas.

Para concluir esta panorámica sobre el papel del Smithsonian, incluyo seguidamente una declaración de Vine Deloria, erudito nativo y experto en las antiguas tradiciones americanas:

“El gran intruso de los antiguos enclaves funerarios, la Institución Smithsoniana del siglo XIX, creó un portal de un solo sentido, a través del cual se han esfumado incontables huesos. Esta puerta y el contenido de su cripta están virtualmente sellados a cualquiera, excepto a los funcionarios del gobierno. Entre estos huesos pueden encontrarse respuestas, ni siquiera buscadas por estos funcionarios, acerca del pasado profundo.”[3]

No voy a extenderme más en esta controversia, pero a estas alturas sí creo justificadas y razonables las críticas vertidas por algunos autores alternativos ante la cerrazón del estamento académico. Sería en verdad muy grave que la obstinación y el dogmatismo hubieran conducido a prácticas tan indeseables y reprobables como la supresión de pruebas, ya sea ocultándolas o destruyéndolas. Ante tantos indicios y pistas que merecen al menos un estudio serio y riguroso no se puede aducir “que no se sabe nada”, “que esto o aquello se ha perdido” o “que no es posible mostrar determinados objetos”. Si todos los informes arqueológicos, a los que hay que sumar trazas históricas, antropológicas y mitológicas, nos empujan a pensar que esa realidad existió, resulta muy poco creíble que prácticamente todo se haya esfumado como por arte de magia. La cantidad tiene un peso que no se puede negar.

La ciencia debería ser honrada, neutral e imparcial, pero por desgracia eso sólo ocurre en un mundo perfecto. De verdad me gustaría creer que los autores alternativos han errado completamente el tiro, pero mucho me temo que el estamento académico no es trigo limpio y que las ocultaciones han existido y que, lamentablemente, todavía ocurren en mayor o menor grado.

© Xavier Bartlett 2020

Fuente imágenes: Wikimedia Commons



[1] Se trataba de la Gungywamp Society, una institución cultural que investiga el fenómeno megalítico en Nueva Inglaterra (EE UU).
[2] La mayoría de los documentos son noticias de diarios o revistas locales (algunos de gran renombre, como The New York Times o The Washington Post), pero también existe abundante documentación procedente de publicaciones culturales o científicas locales o de ámbito nacional… ¡incluyendo también informes del propio Smithsonian!
[3] Deloria Jr., Vine. Red Earth, White Lies: Native Americans and the Myth of Scientific Fact. Fulcrum Publications, 1997.

jueves, 3 de abril de 2014

Mito y realidad de los gigantes (2ª parte)


Casuística de los hallazgos




Una vez vistos los precedentes arqueológicos, pasaremos a revisar algunos de estos hallazgos modernos, si bien hay que admitir que en muchas ocasiones nos falta información clave y que las fuentes originales son problemáticas o inexistentes (sobre todo en la Red). Empezaremos con una selección de ejemplos de todo el mundo excepto Estados Unidos, que merece una consideración aparte:


  • En Nueva Zelanda, un periódico local informaba en 1875 del descubrimiento de un esqueleto de unos 8 metros en la localidad de Timaru. Según las tradiciones nativas maorís, tal ser pertenecía a una raza de gigantes llamada Te Kahui Tipua, que habitó en las cercanías de Timaru hasta el siglo XVIII.
  • En 1890, en Castelnau-le-Lez (Francia), se descubrió en una necrópolis de la Edad del Bronce la calavera de un joven que mediría en total unos 2,13 metros y algunos huesos de un hombre cuya altura se estimó en 3,35 metros. Este hallazgo se publicó en la revista científica francesa La Nature y posteriormente apareció en el New York Times en 1892.
  •  Según un recorte de prensa de Nayarit (México), fechado en 14 de mayo de 1926, los capitanes D. W. Page y F. W. Devalda [¿militares?] descubrieron esqueletos de gigantes, con una media superior a los tres metros de altura. Las leyendas locales aseguraban que tales gigantes provenían de Ecuador.
  • A inicios de la década de 1930, en el gran cañón del Barranco del Cobre (al norte de México), el explorador Paxton Hayes encontró 34 momias, todas ellas de pelo rubio y con una altura de entre 2,13 y 2,44 metros. 
  • En 1936, el antropólogo alemán Ludwig Khol-Larsen halló a orillas del lago Elgasi (Tanganika) unos huesos pertenecientes a individuos enormes[1].
  • A finales de los 50 del siglo pasado, mientras se construía una carretera cerca de Homs (al sudeste de Turquía), se hallaron varias tumbas de gigantes. Se recuperó un fémur que medía unos 120 cm., lo que daría una altura total de unos 4,50 metros. Este hueso fue luego reproducido y exhibido en un famoso museo “creacionista” (Mount Blanco Fossil Museum, Texas, EE UU).
  • En 1960, en la localidad de Tura (en el estado de Assam, India), al realizar la cimentación de un edificio, los obreros hallaron un montículo de piedra, bajo el cual había un esqueleto de unos 3,35 metros. Los expertos que lo estudiaron afirmaron que se trataba de un gran simio, si bien algunos testigos se reafirmaron en que los huesos eran indiscutiblemente humanos, y además parece ser que había algunos artefactos junto a los huesos.
  • En 1969, en Terracina (Italia) en una excavación dirigida por el arqueólogo Luigi Cavallucci, se hallaron unos 50 sarcófagos con esqueletos de entre 1,83 y 2,44 metros aproximadamente, bastante bien conservados, todos masculinos y de unos 40 años en el momento de su muerte, según los estudios realizados. Se pensó que se podía tratar de un grupo de legionarios romanos, pero no se encontraron inscripciones ni objetos ni armaduras, e incluso la propia datación de los restos era muy dudosa.



Restos humanos hallados en Borjomi





Y ya en tiempos muy recientes tenemos noticia de un hallazgo de cierta solidez. Así, en 2008 se hallaron en Borjomi (Georgia) unos huesos humanos de gran tamaño, pertenecientes a un individuo que medía –según las estimaciones– entre 2,50 y 3 metros. Este descubrimiento fue objeto de investigación científica y llegó a difundirse en los noticieros de TV. Los restos fueron datados en una antigüedad de 25.000 años. Sobre este caso, existen varios precedentes de hallazgos insólitos en las montañas del Cáucaso, como un esqueleto de cuatro metros descubierto por dos arqueólogos aficionados en el año 2000, en la localidad de Udabno, o diversos esqueletos gigantes hallados en una cueva cercana al pueblo de Gora Kazbek, Georgia, en los años 20 del pasado siglo.



Centrándonos ya en los descubrimientos realizados en los Estados Unidos, tenemos un gran número de noticias en diferentes partes del país, desde principios del siglo XIX. Buena parte de ellas proceden de la prensa local, pero también existen informes aparecidos en publicaciones científicas o históricas (muchas también de carácter local) como Nature, Ancient American, American Antiquarian, Memoirs of the Historical Society of Pennsylvania, Ohio Historical and Archaoelogical society, 12th Annual Report of the Bureau of Ethnology to the Secretary of the Smithsonian Institution (1890-91), The American Anthropologist, NEARA Journal, etc. Sólo a efectos ilustrativos vale la pena mencionar algunos casos destacados:



  • John Haywood, en su libro The Natural and Aboriginal History of Tennessee, describe dos hallazgos realizados en Tennessee en 1821: en Williamson County se encontraron huesos muy grandes en unas tumbas de piedra, y en White County se encontró una antigua fortificación que contenía esqueletos humanos de una media de 2,13 metros.
  •  Según el libro Forbidden Land (1971) de Robert Lyman, en 1833 unos soldados que estaban cavando un foso en el rancho Lompock (California) hallaron un sarcófago de piedra en cuyo interior había el esqueleto de un gigante de 3,60 metros con una doble hilera de dientes en ambas mandíbulas. En la tumba también se hallaron algunos artefactos, incluyendo unas tablillas de pórfido con un extraño tipo de escritura. Preguntado un chamán nativo por este hallazgo, dijo que se trataba de un alhegewi, una raza de titanes que vivió en aquellas tierras antes de la llegada de los indios.
  • En 1872, según la publicación Historical Collections of Noble County Ohio, se excavó un túmulo en el que se hallaron los restos de tres esqueletos de por lo menos 2,44 metros. Los tres tenían una doble hilera de dientes. Los huesos se deshicieron muy rápidamente al ser expuestos a la atmósfera.
  • En el condado de Bradford (Pennsylvania), en 1880, unos excavadores –entre los que se encontraban dos profesores y un historiador– hallaron en un túmulo sepulcral varios esqueletos humanos cuyos cráneos mostraban unos cuernos de cinco centímetros, por encima de los arcos ciliares. La altura media de los esqueletos era de aproximadamente 2,13 metros y su antigüedad se calculó en unos 800 años. Los huesos fueron llevados al American Investigating Museum de Philadelphia, y allí se perdió su pista.
  • La publicación local St Paul Pioneer Press del 29 de junio de 1888 informaba del hallazgo de seis enormes esqueletos humanos en unos túmulos situados al oeste de Chatfield (Minnesota), todos ellos entre 2,13 y 2,44 metros y con la frente huidiza. En Clearwater (también en Minnesota), se encontraron los esqueletos de siete gigantes con frentes huidizas y doble hilera de dientes.
  • La revista Nature, en su número de 17 de diciembre de 1891, informaba que a una profundidad de unos 4,30 metros bajo un túmulo funerario en Ohio se había encontrado el esqueleto de un hombre enorme envuelto en una armadura completa de cobre y un casco del mismo metal. A su lado yacía una mujer, posiblemente su esposa. 
  • En su edición del 14 de marzo de 1891, el Desert Weekly of Salt Lake City (Utah), informaba de que unos operarios que estaban trabajando en la cimentación de un edificio cerca de Crittenden (Arizona) habían desenterrado un enorme sarcófago de piedra a 2,4 metros bajo la superficie. Al abrirlo,  descubrieron una caja antropomórfica de granito, que contenía el cuerpo de un hombre de más de 3,7 metros, con una larga melena y un tocado en forma de pájaro. Lastimosamente, para cuando llegaron unos expertos a examinar el esqueleto, los huesos ya se habían reducido a polvo. La forma de esta caja estaba diseñada para una persona con seis dedos en los pies.
  • Según el Chicago Record (24 de Octubre de 1895), en un túmulo cerca de Toledo (Ohio) se descubrieron 20 esqueletos, sentados mirando hacia el este, cuyas mandíbulas y dientes eran el doble de grandes que los de la gente actual;  junto a cada esqueleto había un gran bol con “curiosas figuras jeroglíficas”.
  • En el Indiana History Bulletin (Vol. III, Oct. 1925 - Sept. 1926) se informa de que en 1925 unos arqueólogos aficionados excavaron un túmulo en Walkerton (Indiana) y encontraron ocho esqueletos de entre 2,44 y 2,74 metros, situados en círculo con el cráneo hacia el centro, y al menos uno de ellos con placas de armadura de cobre. Tanto los huesos como los artefactos se perdieron sin dejar rastro.
  • En 1940 el San Antonio Express daba la noticia del hallazgo de un cráneo de tamaño doble del normal por parte de antropólogos de la Universidad de Texas. El texto decía que podía ser la calavera “más grande del mundo” encontrada hasta la fecha. El cráneo se encontró en 1939 en el túmulo de Morhiss, pero al parecer no fue objeto de estudios posteriores (ni se mencionó en los informes de la excavación) y tampoco se expuso al público, siguiendo directrices museísticas.
  • Según Ivan T. Sanderson, en la isla de Shemya (Aleutianas) en 1943, se encontraron varios estratos de fósiles mientras se construía una pista de aterrizaje. Junto a restos de mamuts y mastodontes, se halló lo que parecía un cementerio, con algunos huesos humanos y varios cráneos de tamaño enorme. Los cráneos, que estaban trepanados, medían de 56 a 61 cm. de la base a la coronilla, lo que en proporción suponía una altura de más de 3,50 metros.
  • Según una noticia del San Diego Union (del 5 de agosto de 1947), se habían encontrado en el Death Valley los restos de varias momias de gigantes, extrañamente vestidos, de entre 2,44 y 2,74 metros. Los restos se dataron en una antigüedad de 80.000 años [sin referencia a cómo fue obtenido este dato].



Noticia periodística sobre el hallazgo de huesos de gigantes (New York Times, 1916)
En lo que serían sólo hallazgos indirectos –esto es, objetos no asociados a huesos– tenemos varias referencias, algunas de las cuales tienen un alto grado de fiabilidad. Por ejemplo, en Australia (en un antiguo lecho de río cerca de Bathurst, NSW) se hallaron artefactos (hachas, cuchillos, azuelas, etc.) de gran tamaño y peso, de entre 3,6 kilos hasta más de 11 kilos, que difícilmente podrían haber sido manejados por humanos de complexión normal[2]. En la misma zona se encontraron huellas de pisadas humanas de gran tamaño, alrededor de 60 cm. lo que daría una altura estimada de 3 a 3,60 metros, así como un descomunal diente molar fosilizado, de 67 mm. de largo, lo que se correspondería con un ser de unos 7,60 metros.[3]



Hachas halladas en Makgadikgadi
En la década de 1990, en el ahora desecado lago de Makgadikgadi, en el desierto de Kalahari (África), unos investigadores de la Universidad de Oxford hallaron cuatro gigantescas hachas de mano, de más de 30 cm. y gran peso[4]. Para el director de la excavación, David Thomas, la supuesta finalidad de estos artefactos era  “la pregunta del millón de dólares”. Su explicación es que no eran realmente “herramientas”, sino un recurso para extraer herramientas más pequeñas, sin descartar otras hipótesis como objetos ceremoniales u ornamentales.



Y aunque no es información del todo clara, también cabe citar una referencia del libro “La Tierra sin tiempo” (1966) del escritor Peter Kolosimo, según la cual el capitán francés Lafenechère encontró en Agadir (Marruecos) un arsenal de armas prehistóricas, entre ellas unas 500 hachas de dos filos de unos 8 kilos de peso, con una datación extremadamente antigua de 300.000 años. 



Lovelock: ¿encuentro del mito con la arqueología?




Entre los muchos hallazgos de gigantes en Estados Unidos, vale la pena destacar el caso de Lovelock (Nevada), en el que se puede constatar la gran barrera que separa la visión alternativa de la académica. Mientras que para la primera existe aquí una correspondencia directa entre la mitología indígena y los restos físicos, para la segunda no ha habido más que falsedades y exageraciones sobre un yacimiento arqueológico que no encierra ninguna característica “especial”.



Este caso tiene su fundamento en las leyendas de los indios de la tribu paiute, establecidos entre los estados de Nevada, Utah y Arizona, en las que se narraba sus enfrentamientos con un pueblo de gigantes caníbales de pelo rojo que medirían alrededor de 3,60 metros. Estos gigantes vivían junto a un gran lago y eran conocidos por comer y utilizar profusamente una planta de agua, el tule, y de ahí el nombre por el que los conocían los paiute: Si-Te-Cah (“comedores de tule”). Sobre el fin de estos gigantes existe una referencia escrita, ya que a finales del siglo XIX una princesa paiute, Sarah Winnemucca, relató en un libro cómo sus antepasados habían acabado con los últimos de estos Si-Te-Cah, prendiendo fuego a la entrada de la cueva donde se habían refugiado.



Según diversas fuentes alternativas, y ya en el ámbito arqueológico, los hechos arrancan en 1911, momento en que se abrió la cueva de Lovelock para extraer guano de murciélago. Después de meses de trabajos mineros, se empezaron a encontrar muchos artefactos y, supuestamente, grandes huesos y momias de individuos de entre 2 y 2,74 metros y de pelo rojizo. El ingeniero John T. Reid, que era también arqueólogo aficionado, intentó que algunos profesores de la Universidad de California examinasen los extraños restos, pero sólo llegó el antropólogo Llewellyn L. Loud, acompañado de otro experto, procedente de Nueva York (del cual se afirma que ordenó volver a enterrar una momia que se había encontrado en la cueva). Estos investigadores recogieron vasijas y cestería, entre otros objetos, y publicaron sus resultados sobre estos hallazgos, pero no mencionaron el tema de los huesos gigantes.  Más tarde, en 1931, se hallaron más esqueletos de entre 2,44 y 3,05 metros en el lecho del lago Humbolt, cerca de la cueva de Lovelock. En este caso, los restos estaban recubiertos de unos vendajes engomados parecidos a los de las momias egipcias[5]. Finalmente, en 1939, se descubrió otro esqueleto, de unos 2,30 metros, en el rancho Friedman, también cercano a Lovelock.



Cráneos de Lovelock (Museo Winnemucca)
Sobre los restos recuperados, el investigador noruego Terje Dahl ha podido confirmar que, pese a que casi todos los huesos de Lovelock se perdieron en un incendio, todavía hoy el Humbolt Museum de Winnemucca conserva algunos de ellos, incluyendo una calavera de grandes proporciones. Como dato a tener en cuenta, un investigador local, Stan Nielsen, fue autorizado a examinar esta calavera. Cuando estuvo allí, pudo comparar un molde de una mandíbula inferior humana normal con la mandíbula inferior de la calavera de Lovelock, y en efecto su molde era mucho más pequeño, y los dientes eran por lo menos la mitad de grandes que los del ejemplar de Lovelock.



Ahora veamos la otra cara de la moneda. Así, según fuentes académicas, la cueva fue examinada por expertos por primera vez en 1912 y se realizaron varias campañas arqueológicas (1924, 1936, 1949, 1950 y 1965) que permitieron datar la ocupación más antigua de la cueva en unos 4.000 años de antigüedad (la llamada “cultura de Lovelock”). Durante estos trabajos se llegaron a desenterrar más de 10.000 artefactos antiguos, pero nunca se halló el más mínimo rastro de “gigantes” de pelo rojo. Para la autora Adrienne Mayor, las confusiones sobre estos grandes huesos tienen su origen en los restos de la megafauna de finales de la edad del hielo, que –dado su gran tamaño– fueron malinterpretados por las personas sin formación. Asimismo, se aporta como explicación adicional el hecho de que muchos cuerpos fueron enterrados desencajados, con los huesos separados de tal modo que para un neófito podrían parecer de una persona de 2,10 ó 2,40 metros.



En lo que concierne a la cuestión del pelo rojo, sólo se trataría de una simple reacción química, pues bajo ciertas condiciones de enterramiento la pigmentación oscura se vuelve rojiza, cosa común en todas las momias del mundo. Por otro lado, parece que se hallaron pruebas de un esporádico canibalismo, pero que se debería a circunstancias temporales de gran hambruna. Finalmente, sobre el relato de Sarah Winnemucca, se sugiere que se manipularon sus palabras, pues nunca se habría referido a “gigantes” sino a una tribu de “bárbaros”.[6]



La sombra del encubrimiento




Para los defensores a ultranza del actual paradigma histórico-arqueológico, todo el tema de los gigantes sobrevive en una esfera pseudocientífica, dado que, en su opinión, los creyentes en los gigantes –a los que se suele relacionar con posiciones creacionistas– recurren básicamente a la invención o manipulación de pruebas. Sin embargo, hablando de pruebas, no todo es tan simple como parece y hay muchos factores que invitan a una reflexión más profunda, aunque ello nos obligue a adentrarnos en terrenos ciertamente pantanosos.



Así, uno de los puntos que más llama la atención cuando se profundiza en esta materia es la recurrente apelación por parte de algunos autores alternativos a la pérdida intencionada de las pruebas. Es decir, se formulan acusaciones directas de prácticas ilícitas de ocultación y/o destrucción de pruebas. En otras palabras: se plantea un escenario conspirativo, según el cual la ciencia oficial impide que salgan a la luz determinados restos, ya que de un modo u otro podrían poner en entredicho ciertos axiomas o teorías del actual paradigma científico. Este no es un tema nuevo, pues la muy citada obra alternativa Forbidden Archaeology (de M. Cremo y R. Thompson) incide exactamente en el mismo punto: durante décadas se habrían ido tapando, eliminando o menospreciando las pruebas contrarias al paradigma oficial para dejarlas fuera del debate científico.



En esta misma línea, y en la cuestión específica de los gigantes, muchos dedos acusatorios han señalado a la misma institución: el Smithsonian Institute, que supuestamente se habría quedado con estos restos y se habría preocupado de que no apareciesen por ningún lado. Esta institución, fundada en 1829 gracias a la herencia del científico y millonario inglés James Smithson, se debía orientar “al aumento y difusión del conocimiento entre las personas” en el Nuevo Mundo. Así pues, el Smithsonian, que es un organismo federal independiente, se ha dedicado durante más de siglo y medio a patrocinar actividades arqueológicas y a acopiar los restos hallados para su grandiosa colección museística[7].



Frente a esta fachada oficial, algunos autores alternativos, como David Hatcher Childress, han denunciado que lo que ha hecho realmente el Smithsonian es ocultar o suprimir determinadas evidencias arqueológicas incómodas, y muy especialmente en lo referente a los mound builders y a posibles culturas foráneas. Así, para la arqueología oficial, los constructores de los túmulos no serían más que los antepasados de las tribus indias. No obstante, ya desde el siglo XIX, varios investigadores habían apuntado a la existencia dos culturas diferentes: una más civilizada y tal vez de origen foráneo, y otra local, que sería propiamente el sustrato nativo indio.



Túmulo funerario indio
Este debate no llegó a ninguna parte pues a finales del siglo XIX  el Smithsonian favoreció la idea del autoctonismo (o aislacionismo) frente al difusionismo, que estaba muy en boga en aquellos tiempos. Dicho de otro modo, en la antigua América no habría habido más población que las tribus indígenas, descartando todo posible contacto con cualquier cultura “exterior”. Así pues, los autores alternativos han visto aquí una mano negra que no tiene interés alguno en indagar sobre la extraña presencia de ciertas razas o civilizaciones en el continente americano en tiempos remotos, esto es, antes del descubrimiento “oficial” de América por parte de los europeos.



Ya a mediados del siglo pasado, algunos investigadores habían topado con la extraña política del  Smithsonian acerca de los restos hallados. En el caso que ya expusimos de la isla de Shemya, fue un ingeniero el que escribió una carta al zoólogo Ivan Sanderson para darle a conocer los pormenores del descubrimiento. Pero cuando éste quiso investigar el caso, se encontró con la falta de pruebas. Tanto este ingeniero, como después otro colega suyo, le confirmaron que el Smithsonian había recogido los restos, y ya nada más se supo.



David H. Childress ha seguido la pista de algunos casos y ha encontrado indicios de que las consabidas acusaciones de encubrimiento podrían tener algún fundamento. Por ejemplo, un investigador histórico muy conocido (que desea mantenerse en el anonimato) le explicó a Childress en una conversación privada que un antiguo empleado del Smithsonian –que fue despedido por defender el difusionismo en América– le había confesado que una vez el Smithsonian había llenado una barcaza con artefactos anómalos y la había hundido en el Atlántico.



Otro caso se refiere a una carta escrita en 1950 por el investigador americano Frederick J. Pohl al arqueólogo inglés Tom Lethbridge, acerca de un antiguo hallazgo, datado en 1892 y citado en una publicación oficial (el informe anual del U.S. National Museum). En dicha carta se mencionaban unos grandes ataúdes de madera –de unos 2,20 metros de largo– hallados en una cueva (Crumf cave) en Murphy's Valley, Blount (Alabama). Ocho de estos ataúdes fueron llevados al Smithsonian. Childress escribió al Smithsonian preguntando por el paradero de dichos objetos y recibió esta respuesta del conservador jefe del departamento de Antropología, el señor F. M. Seltzer: “No nos ha sido posible encontrar los especímenes en nuestra colección, si bien los registros muestran que fueron recibidos.” Sin embargo, en 1992 David Barron, presidente de la Gungywamp Society,[8] recibió otra información al respecto: los ataúdes no eran tales sino abrevaderos, y no podían exponerse porque estaban en un almacén contaminado de asbesto. Este almacén estaría cerrado durante los siguientes diez años y nadie podía acceder a él, excepto el personal del Smithsonian.
 
Igualmente, Jim Vieira, investigador especializado en los túmulos funerarios norteamericanos, ha denunciado que el Smithsonian está detrás de la desaparición de pruebas relevantes sobre la existencia de gigantes. En su opinión, tras un extenso trabajo de campo y de documentación sobre el tema, existen miles de relatos o informes sobre hallazgos de enormes esqueletos con doble hilera de dientes, a veces acompañados de armaduras, armas o ricos ajuares. Cuando en 2012 Vieira expuso su visión en un evento TED, fue criticado por estamentos oficiales científicos y su vídeo fue retirado de la página de esta institución por no ajustarse a los patrones científicos aceptados. En una carta que contenía ocho argumentos que justificaban este proceder (incluido el inevitable recurso a los conocidos fraudes), una responsable de TED tocaba el tema del Smithsonian y negaba cualquier tipo de encubrimiento. En su alegato exponía que esta entidad también exhibe artefactos raros y que por política museística, al igual que la mayoría de museos,  “sólo mostraba al público menos de un 1% de sus colecciones en un momento dado, lo cual implica que mucho material pasa décadas (o tristemente siglos) [la cursiva es mía] en sus almacenes esperando ser exhibido.”[9]



Como colofón de estas graves sospechas, vale la pena citar las palabras de un experto en el tema de los túmulos funerarios, Vine Deloria, autor y erudito nativo americano:



 «El gran intruso de los antiguos enclaves funerarios, la Institución Smithsoniana del siglo XIX, creó un portal de un solo sentido, a través del cual se han esfumado incontables huesos. Esta puerta y el contenido de su cripta están virtualmente sellados a cualquiera, excepto a los funcionarios del gobierno. Entre estos huesos pueden encontrarse respuestas, ni siquiera buscadas por estos funcionarios, acerca del pasado profundo.» (Deloria Jr., Vine. Red Earth, White Lies: Native Americans and the Myth of Scientific Fact. Fulcrum Publications, 1997)



Llegados a este punto, con dos versiones claramente enfrentadas, poco más se puede añadir. A falta de pruebas decisivas, los autores alternativos no pueden aportar más que rumorología conspirativa. Además, como hemos visto, el tema de grandes esqueletos aparecía en los propios informes del Smithsonian de finales del siglo XIX. En todo caso, haya habido o no intención dolosa, casi todos los supuestos restos de gigantes se han perdido o no son accesibles por diversas razones, lo cual –como es lógico– dificulta grandemente la labor de los investigadores desde el punto de vista arqueológico. 






[1] La presumible fuente de esta información es el libro The Nazi Occult, de Kenneth Hite. De hecho, este antropólogo formó parte de expediciones en busca de pruebas que afirmaran los ideales racistas nazis. Sólo por este motivo ya está desprestigiado ante la comunidad científica, si bien es cierto que no hay más datos específicos sobre el hallazgo.

[2] De hecho en Australia los antropólogos reconocieron la existencia de una raza de homínidos de gran tamaño, a los que se bautizó como meganthropus, que medirían entre 2,13 y 3,60 metros.

[3] Según Rex Gilroy, del Mount York Natural History Museum, en Mount Victoria (Australia)

[4] El informe del hallazgo se puede leer en: www.sciencedaily.com/releases/2009/09/090911134624.htm

[5] Esta información apareció en la publicación Nevada Review-Miner (19 de junio de 1931).

[6] DUNNING, Brian. The Red Haired Giants of Lovelock Cave, artículo de la página web: http://skeptoid.com/episodes/4390

[7] En ámbitos alternativos se suele afirmar que el gigantesco almacén que aparece en las películas de Indiana Jones no es una ficción, sino un fiel reflejo de la realidad del Smithsonian.

[8] Institución cultural que investiga el fenómeno megalítico en Nueva Inglaterra (EE UU).


[9] El texto completo de la carta (en inglés) puede leerse en: http://tedxshelburnefalls.wordpress.com/2012/12/14/jim-vieiras-talk-removed-from-internet/