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sábado, 12 de enero de 2019

Guía alternativa al antiguo Egipto


Tanto si hablamos de arqueología ortodoxa como de arqueología alternativa, el antiguo Egipto es sin duda uno de los temas estrella que más atraen a los investigadores y al público en general. El Egipto faraónico lleva siglos fascinando a los occidentales y ha dado pie a dos corrientes o enfoques de estudio. Por un lado, tenemos la Egiptología, que nació como ciencia hace unos 200 años y que pretende ser la vía científica rigurosa y objetiva para acceder al conocimiento del antiguo Egipto. Por otro lado, está la arqueología alternativa, que ha buscado otros caminos que van desde lo esotérico a lo especulativo o fantástico, pasando por múltiples visiones más o menos heterodoxas, o bien reinterpretaciones en claves científicas bastante distintas a las empleadas por los egiptólogos.

De todo ello he escrito ampliamente en este blog, pero he creído oportuno dar ahora una visión holística de la bibliografía alternativa sobre el antiguo Egipto, a fin de que los aficionados tengan referencias claras y directas de los autores más destacados y las teorías y cuestiones más debatidas, y dispongan de una guía de lectura completa sobre esta materia, teniendo en cuenta que la bibliografía alternativa sobre este tema es enorme y  muy diversa y que es muy difícil conocer y abarcar todas las obras más o menos específicas. Por ello, necesariamente me centraré en las obras que a mi juicio son las más representativas y que en la medida de lo posible estén disponibles en lengua castellana, si bien la gran mayoría de éstas han sido escritas originalmente en inglés (y algunas en francés).

Para empezar por los inicios de la arqueología alternativa en Egipto es obligado citar dos obras de mediados del siglo XIX que pusieron los cimientos de lo que luego se llamó piramidología, centrada básicamente en el estudio de la Gran Pirámide de Guiza desde perspectivas heterodoxas (o pseudocientíficas, según los académicos). Me refiero al libro del matemático británico John Taylor The Great Pyramid: Why was it built? & Who built it? (“La Gran Pirámide: ¿por qué se construyó? y ¿quién la construyó?”) y al del astrónomo escocés Charles Piazzi Smyth Our Inheritance in the Great Pyramid (“Nuestra herencia en la Gran Pirámide”). Para todos aquellos que deseen saber de dónde proceden las obsesiones por las medidas de la Gran Pirámide, sus relaciones matemáticas y geométricas y las referencias a una civilización distinta de la egipcia como constructora de este monumento, estas son las genuinas fuentes, de las que luego han bebido muchos autores del siglo XX y aún del XXI.

Ya entrados en el siglo XX hasta inicios del XXI, se han escrito numerosas obras alternativas de todo tipo, pero para introducirnos en el Egipto alternativo de forma genérica, podríamos citar algunos libros destacados:

BAUVAL, Robert. Código Egipto. Martínez Roca, 2007. El libro desarrolla la tesis arqueoastronómica del autor según la cual los egipcios dispusieron sus monumentos sobre la tierra a imagen del firmamento, por la máxima esotérica de “como es arriba, así es abajo”.

BAUVAL, Robert; GILBERT, Adrian. El misterio de Orión. Salamandra. Barcelona, 1996. Libro fundamental que plantea la ya famosa “teoría de la correlación de Orión”, y aunque está basada en las pirámides de Guiza, contiene toda una nueva lectura de la civilización egipcia en base a la astronomía, los Textos de las pirámides, la mitología y una cierta religión estelar.

HANCOCK, Graham. Las huellas de los dioses. Ediciones B. Barcelona, 1996. Obra general de referencia sobre arqueología alternativa que contiene varios capítulos de interés sobre la civilización egipcia, en particular sobre sus orígenes míticos. También destaca por sacar a la palestra el tema de la antigüedad de los monumentos y sus métodos de construcción.

SCHWALLER DE LUBICZ, René. El templo en el hombre: arquitectura sagrada y el hombre perfecto. Edaf. Madrid, 2007. Un clásico sobre la interpretación herética del antiguo Egipto –a partir del templo de Luxor– en función de un simbolismo sagrado y unos altos conocimientos científicos y esotéricos.

SLOSMAN, Albert. Y Dios resucitó en Dendera. Ed. Luciérnaga, 2002. Toda la obra de este investigador francés vale la pena por su visión heterodoxa sobre los orígenes de la civilización egipcia y sus conexiones con el mito de la Atlántida.

WEST, John Anthony. La serpiente celeste. Grijalbo, Barcelona, 2000. Obra esencial, continuación en parte de Schwaller, y que plantea una fuerte oposición a los principios aceptados por la Egiptología. Asimismo, introduce el polémico tema de la antigüedad de la Esfinge.

Si nos centramos exclusivamente en la bibliografía sobre la Gran Pirámide (o las tres grandes pirámides de Guiza, y en menor medida el resto de pirámides), tenemos un amplio abanico de autores y enfoques. Para tener una idea global de las diversas visiones, recomiendo los siguiente libros:

ÁLVAREZ, José. El enigma de las pirámides. Ed. Kier. Buenos Aires, 1965. Es una brillante aproximación científica heterodoxa del físico y químico argentino que aborda varios elementos de las pirámides y de la antigua tecnología egipcia que la ciencia oficial no ha abordado o lo ha hecho de forma errónea.

ARES, Nacho. El enigma de la gran pirámide: un viaje a la primera maravilla del mundo. Oberón. Madrid, 2004. Análisis histórico-arqueológico bien documentado de la Gran Pirámide, según un egiptólogo de carrera pero abierto a las teorías alternativas.

BRABIN, Stephen. The incomplete pyramids. Manchester, 2010. Estudio heterodoxo de las pirámides sobre todo con relación a los Textos de las Pirámides y ciertas peculiaridades estructurales y astronómicas.

Scott Creighton
CREIGHTON, Scott. The secret chamber of Osiris. Bear & Company, 2014. La propuesta del autor, a partir de ciertas fuentes árabes, es que las antiguas pirámides fueron construidas como enormes silos para almacenar bienes ante la eventualidad de un gran cataclismo natural[1].  

DAVIDOVITS, Joseph. The Pyramids: An Enigma Solved. Hippocrene Books, 1988. Obra de referencia sobre la posible artificialidad de los bloques que componen la Gran Pirámide, a partir de una especie de “cemento”, lo que explicaría una mayor facilidad para construir el monumento.

DELGADO, Manuel J. El secreto de la gran pirámide. Edaf. Madrid, 2002. Posiblemente Delgado es el más notable piramidólogo español y si bien su libro no aporta muchas novedades es una guía completa de las cuestiones más polémicas y ofrece algunas reflexiones interesantes a partir de su propia investigación.

DUNN, Christopher. Tecnologías del antiguo Egipto. Ed. Urano. Barcelona, 2000. El autor cree que los egipcios disponían de una alta tecnología con unos estándares superiores a los nuestros y su propuesta principal es que la Gran Pirámide era en realidad una compleja máquina para generar energía a partir de la propia vibración terrestre.  

MOREUX, T. La ciencia misteriosa de los faraones. Ed. Safián. Buenos Aires, 1956. Obra quizá poco conocida pero que realiza un buen compendio de toda la Piramidología más clásica hasta mediados del siglo XX.

POCHAN, André. El enigma de la gran pirámide. Plaza & Janés. Barcelona, 1976. Libro de gran interés que navega entre la ortodoxia y la herejía, con muchos datos, amplio contexto histórico de fuentes antiguas, hallazgos notables (el bloqueo del corredor ascendente o el efecto relámpago[2]) y otras propuestas más o menos audaces.

SCHMITZ, Eckhart. The Great Pyramid of Giza: decoding the measure of a monument. Friesens, 2012. Se trata de uno de los últimos estudios a fondo sobre la estructura, geometría y medidas de la Gran Pirámide.

Robert Schoch
SCHOCH, Robert. El misterio de la pirámide de Keops. Edaf. Madrid, 2007. Visión científica en clave alternativa sobre la construcción y el propósito de la Gran Pirámide y análisis de buena parte de las propuestas alternativas que se han hecho hasta la fecha.

TOMPKINS, Peter. Secretos de la Gran Pirámide. Diana, 1990. Un clásico que repasa todas las investigaciones e incógnitas que se han ido acumulando en el estudio de la Gran Pirámide.

TOTH, M.; NIELSEN, G. El poder mágico de las pirámides. Martínez Roca. Barcelona, 1977. Obra que se centra en el estudio de las propiedades energéticas de las pirámides en varios campos, negadas por el estamento académico.

En cuanto a la no menos famosa Gran Esfinge, también se han ha publicado bastantes libros, entre los cuales destacaría estos tres:

HANCOCK, G.; BAUVAL, R. Guardián del Génesis: la búsqueda del legado oculto de la humanidad. Seix Barral, Barcelona, 1997. Posiblemente la obra más completa sobre la Esfinge, su datación y su significado simbólico y astronómico.

SCHOCH, Robert; BAUVAL, Robert. Origins of the Sphinx: Celestial Guardian of Pre-Pharaonic Civilization. Inner Traditions, 2017. Colaboración entre Schoch y Bauval, dos investigadores que han aportado mucho en la visión alternativa de la Gran Esfinge desde diferentes enfoques, sobre todo el geológico y el astronómico.

TEMPLE, Robert. The Sphynx Mystery. Inner Traditions Bear and Company, 2009. Una visión alternativa sobre el origen y sentido de la Esfinge que se desmarca de la ortodoxia pero también de las tesis de West y Schoch.

Aparte de las obras citadas, otros autores alternativos han escrito sobre aspectos puntuales del antiguo Egipto y en algunas ocasiones sus propuestas han creado escuela o han generado nuevas controversias. Aquí podríamos citar al clásico El misterio de Sirio de Robert Temple u otras obras menores, como la de Collins y Ogilvie-Herald Tutankhamun: The Exodus Conspiracy (“Tutankhamon: la conspiración del Éxodo”), de 2002. Pero para grandes polémicas cabe mencionar el caso de Zecharia Sitchin con su libro Stairway to Heaven (“La escalera al cielo”), de 1980, en el cual el autor leía el Egipto faraónico en clave Anunnaki (extraterrestre) y consideraba que las pirámides habían sido construidas como grandes balizas aeroespaciales. Incluso llegó a interpretar los “viajes al más allá” de los faraones –narrados en los Textos de la Pirámides– como auténticos viajes espaciales. Pero sin duda el aspecto que más revuelo causó fue su argumentario sobre el hipotético fraude realizado por el egiptólogo Howard-Vyse en las cámaras de descarga de la Gran Pirámide. Dicha teoría hizo correr nuevos ríos de tinta, y en particular cabe citar la aportación reciente de Scott Creighton y su libro de 2016 The Great Pyramid Hoax  (“El fraude de la gran Pirámide”).

Otro autor que vale la pena leer es el ya fallecido científico norteamericano Clesson Harvey, cuya interpretación herética de los Textos de las Pirámides es toda una revolución, al presentar la evidencia de que los antiguos egipcios poseían altos conocimientos esotéricos y científicos que les permitían alcanzar estados superiores de conciencia, entre otras cosas. Su libro más destacado es Opening the door to immortality (Abriendo la puerta a la inmortalidad), publicado en 2012.

Para finalizar, una recomendación bibliográfica para los que prefieran experimentar la arqueología egipcia sobre el terreno. Así, para realizar un viaje real por las ruinas del antiguo Egipto, sugiero la lectura del muy ameno libro de Fernando Jiménez (hijo del mítico profesor Jiménez del Oso) titulado Un viaje mágico por Egipto, publicado en 2007, con una serie de rutas bien explicadas e ilustradas, y con muchos guiños a las propuestas alternativas.

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] No obstante, Creighton es más conocido por defender ardorosamente la tesis del fraude de los cartuchos de Khufu a cargo de Howard-Vyse.
[2] Dicho efecto lumínico tiene lugar gracias a que la Gran Pirámide, según descubrió Pochan, tiene en realidad ocho caras y no cuatro.

miércoles, 22 de abril de 2015

Las pirámides como “cámaras de salvación”



Scott Creighton
En este mismo blog publiqué hace año y medio un interesante artículo del investigador independiente escocés Scott Creighton sobre la posibilidad de que las grandes pirámides de las primeras dinastías egipcias nunca hubieran sido diseñadas para albergar las tumbas de los faraones. 

Creighton aportaba en su ensayo hasta diez argumentos basados en diferentes elementos (mitología, arqueología, religión, arquitectura, etc.) que le inclinaban a descartar como válida la clásica teoría de la pirámide-tumba, y todo ello sin recurrir a la tan manoseada ausencia de momias en el interior de estos monumentos.

Sólo a modo de breve recordatorio, incluyo un breve apunte de estos diez hechos:

1.    El incierto motivo de la evolución de la mastaba a la pirámide como monumento funerario.
2.   El cambio inexplicado en el ritual funerario de una base rectangular (mastaba) a una cuadrada (pirámide).
3.   La existencia reconocida de pirámides sin enterramiento: pirámides provinciales y cenotafios
4.  Las múltiples pirámides de Snefru: ¿hasta cuatro construcciones para una sola tumba?
5.  Las cámaras anónimas y los sarcófagos sin nombre (en el interior de las pirámides).
6.   La planificación unificada –en un solo momento– de las tres grandes pirámides de Guiza (que descarta la conjunción de tres monumentos funerarios aislados).
7.  El evidente fracaso de la seguridad de la pirámide para proteger la supuesta tumba (que se podía haber evitado con ciertas acciones que no se hicieron).
8.    La existencia de enterramientos no originales, sino intrusivos.
9.   La paradoja de que las reinas tuviesen también pirámides (pues no tenían acceso al Otro Mundo), y que el faraón necesitase barcos para alcanzar el Duat, si su alma ya salía –supuestamente– por los llamados conductos del alma de la pirámide. 
10.  El sarcófago que no sería tal, sino un “lecho de Osiris”[1].

En su momento, ya expresé mi opinión al respecto de este argumentario, concediendo cierta razón a Creighton en algunos puntos pero no en otros, y no voy a volver a incidir en esta controversia. Además, ya toqué ampliamente esta cuestión en  mi artículo previo ¿Dónde están las momias de los faraones? y me remito a él para los lectores interesados en profundizar en la polémica.

Lo que parece lógico ahora sería devolverle la pregunta a Creighton y discutir su planteamiento: si las pirámides (al menos las más antiguas) no fueron tumbas, entonces, ¿qué fueron? Lógicamente, el autor escocés ya había previsto esta cuestión y él mismo trató de darle respuesta en su libro “The Giza Prophecy” (2012) coescrito con Gary Osborn, en el cual desarrolló una teoría alternativa –­y muy poco común– para explicar el verdadero motivo, en su opinión, por el cual se construyeron esas grandes pirámides. Así pues, sin ánimo de ser exhaustivo, paso a comentar brevemente esta teoría, aportando al final algún razonamiento para valorar su viabilidad, dejando como siempre al lector la última palabra y el último juicio.

Básicamente, lo que Creighton admite es que las pirámides posteriores a la 4ª dinastía, más pequeñas y de factura más basta, probablemente sí fueron construidas como tumbas faraónicas. Sin embargo, considera que las pirámides anteriores no respondían a esa función, sino a una misión mucho más importante.

Para fundamentar su explicación, Creighton concede una vital importancia a dos conceptos trascendentales en la antigua religión egipcia. Por un lado, el ciclo eterno de nacimiento, muerte y renacimiento, plasmado en las simples observaciones de los ciclos naturales, como el día y la noche, el sol y la luna, las estrellas que se alzan y se ponen, el propio río Nilo, etc. Todo ello lo vemos recogido en el clásico mito de Osiris (el dios muerto) y Horus (el dios renacido). Por otro lado, era obvio que los faraones también vivían, morían y luego renacían. Esto sería el concepto de revivificación, esto es, el faraón –después de su muerte física– se transformaba para alcanzar un estado superior o perfecto que cerraba el círculo. En efecto, el rey muerto se convertía en un ente espiritual completo –el Akh– que gozaría de la vida eterna en el Más Allá. Desde este enfoque, la pirámide sería el instrumento que permitiría este acto de revivificación, o renacimiento en la Otra Vida.

Scott Creighton se preguntaba en este punto de dónde habían surgido tales ideas. En otras palabras, ¿qué había dado pie a los antiguos egipcios a desarrollar los conceptos de preservación y renacimiento? 

Las tres grandes pirámides de Guiza
A partir de aquí, Creighton sugiere que habría existido algún hecho o evento real –enterrado en el mito– que habría tenido lugar en un remotísimo pasado y que tuvo un fuerte impacto en los antepasados de los egipcios de la era dinástica. Este hecho no habría sido ni más ni menos que una gran catástrofe global, simbolizada por la construcción de los pilares sagrados djed (los cuatro pilares que sostenían el firmamento), y que habría amenazado totalmente la existencia de la primitiva civilización egipcia. En este contexto, los egipcios habrían sentido la necesidad de preservar el Ma’at (la Creación), mediante el acopio de semillas del renacimiento en unos contenedores enormes y fáciles de identificar a grandes distancias: las primeras grandes pirámides, que de algún modo vendrían a ser “cámaras de salvación”[2]. Esto lo habrían hecho con la esperanza de que los supervivientes de su civilización pudieran acceder fácilmente a ellas tras el desastre y obtener el sustento almacenado en su interior. De esta manera se aseguraría el renacimiento del Ma’at y el propio reino.

Para el autor británico, las conexiones entre el mito egipcio de la Creación y la arqueología no dejan lugar a dudas. Así, la llamada colina primigenia (el arquetipo de la pirámide), surgía de las aguas primigenias y desde ahí el dios creador podía vencer a las fuerzas del caos y –al abrir el promontorio o colina– provocar así el nacimiento del universo. Según este símil, las enormes pirámides no tendrían nada que ver con el renacimiento del monarca, sino que tratarían de imitar la colina primigenia de la Creación, lo que facilitaría el renacimiento del reino y la civilización o, en otros términos, de la propia Tierra.  

Al parecer, esta creencia en la muerte y renacimiento del mundo se habría mantenido durante milenios en la tradición religiosa egipcia, con un recuerdo muy explícito de la inmensa catástrofe natural provocada por los propios dioses. Veamos a tal efecto las palabras del dios de la sabiduría Toth:

"Voy a borrar todo lo que he hecho. Esta Tierra entrará en (es decir, será absorbida por) el abismo acuoso de Nu (o Nunu) por medio de una furiosa inundación, y será igual que lo fue en un tiempo primigenio. Yo mismo permaneceré junto a Osiris, pero me transformaré en una pequeña serpiente, que no puede ser ni vista ni comprendida... un día el Nilo se levantará y cubrirá todo Egipto con agua, y anegará el país entero; entonces, como en el principio, no habrá nada que ver excepto agua."

Por tanto, los antiguos egipcios habrían tenido esa obsesión por construir  grandes monumentos que permitiesen la recuperación de la civilización –la Tierra misma– tras un cataclismo que podría regresar como parte del inevitable ciclo cósmico. Más adelante, las pirámides, antes reverenciadas por su labor preservadora, habrían evolucionado con el tiempo hasta convertirse en iconos religiosos. De esta manera, en vez de ser símbolo de renacimiento de la Tierra se habrían transformado en instrumentos de renacimiento del rey.

Así pues, Creighton argumenta que el Imperio Antiguo –la época en que se construyeron las pirámides de gran tamaño– sufrió un colapso que también afectó a otras culturas de la Edad del Bronce, como el Imperio Acadio, que desapareció abruptamente de la historia. Este colapso, identificado en el llamado Primer Periodo Intermedio,  podría haber tenido su origen en un duro período de sequías, a causa de un fuerte cambio climático, del cual Egipto pudo renacer y recuperarse. Para el investigador escocés, la razón de tal recuperación sería la previsora construcción de las cámaras de salvación (las grandes pirámides), que habrían cumplido la misión para la cual fueron alzadas. Así, no sería nada casual que uno de los símbolos más sagrados de los egipcios, la piedra Benben (con forma de pequeña pirámide) estuviera asociada al pájaro Bennu, que tendría aproximadamente las mismas características que la famosa ave fénix, que siempre renacía de sus cenizas.

Complejo funearario del faraón Djoser (3ª dinastía)
Pero, volviendo al terreno arqueológico, nos topamos finalmente con la tan controvertida polémica de la ausencia (o no) de momias en las pirámides. Para Creighton, los egiptólogos han explicado la falta de momias reales en las grandes pirámides –anteriores a la 5ª dinastía– por la acción de los saqueadores. No obstante, se muestran algo confusos por la presencia de grandes cantidades de trigo, cebada, uva y otras semillas encontradas en dos galerías bajo la pirámide escalonada de Djoser, así como en varios silos subterráneos situados en el perímetro de la pirámide. Los egiptólogos tampoco se acabarían de explicar la existencia de un alijo de unos 40.000 vasos, bandejas, cacerolas y otros artefactos hallados bajo esta pirámide. En este caso, los expertos atribuyen la presencia de estos bienes y objetos a las vituallas imprescindibles para la vida del faraón en el Más Allá.

Esto no es nada nuevo ni sorprendente pues sabemos que desde la época predinástica los enterramientos iban acompañados de cierta cantidad de ajuar y víveres para el difunto. De hecho, se pudo apreciar un claro ejemplo de esta costumbre en la célebre tumba de Tutankhamon, que fue descubierta prácticamente intacta y que contenía este tipo de objetos. Sin embargo, es justo decir que la cantidad de artefactos y víveres era relativamente escasa, meramente simbólica, mientras que la gran cantidad de bienes hallados en la pirámide de Djoser da que pensar. Teniendo en cuenta que se encontró un escondite de enormes proporciones, podemos deducir que los otros espacios de almacenamiento habían sido vaciados ya en época antigua. Precisamente el hecho de haber hallado intacto uno de estos espacios bajo la pirámide, reforzaría la idea de que todo el complejo piramidal era una estructura diseñada y construida para ser una cámara de salvación, que podía ser empleada después de producirse un gran desastre, lo que supondría el renacimiento de la Tierra.

Representación de Osiris
Y lo que es más, la meticulosa disposición de las tres grandes pirámides de Guiza, siguiendo el patrón estelar de la constelación de Orión (no por casualidad asociada al dios Osiris, divinidad de la muerte y resurrección), reflejaría un preciso código precesional que se repite con regularidad. En otras palabras, las pirámides  funcionarían como una especie de marcador temporal del momento en que sucedió la gran catástrofe del pasado. Ello permitiría a las generaciones venideras conocer el ciclo de vida y muerte de la Tierra, lo facilitaría que estuviesen preparados para tal evento, asegurando el renacimiento de la civilización una vez más.

Una vez expuesta esta teoría, cabría realizar algunos comentarios sobre su validez desde el punto de vista arqueológico. En este sentido, aunque valoro muy positivamente el empeño de Scott Creighton en desmontar algunos mitos de la egiptología (como el polémico tema de las inscripciones de Khufu en las cámaras de descarga de la Gran Pirámide), creo que en esta ocasión ha ido demasiado lejos en sus conclusiones, aunque ello no interfiera, desde luego, en el cuestionamiento mismo de la teoría de la pirámide-tumba a partir de otros datos y pruebas.

En primer lugar, parece que Creighton se inspiró en antiguas leyendas árabes para su teoría, pero, de hecho, la tradición egipcia no recoge en ningún momento esa finalidad. Si bien la literatura egipcia sobre las propias pirámides es escasa, lo que se sabe con certeza es que la palabra utilizada para designar la pirámide era mr, que se traduce como “ascensión” o “lugar de ascensión”, siendo ésta una referencia directa a la ascensión del alma del faraón al reino del Más Allá, que es la interpretación convencional defendida por la egiptología[3].

En segundo lugar, Creighton sólo puede aportar los restos hallados en la pirámide de Djoser, que –aun siendo bastante impresionantes por su cantidad– no apuntan necesariamente a la finalidad indicada. Por cierto, resulta paradójico que un gran almacén o cámara supuestamente destinada a ser utilizada tras la catástrofe permaneciera oculta e intacta durante milenios. De todas formas, afirmar que no se han hallado otros restos porque precisamente los egipcios ya vaciaron estos espacios en su momento para recuperar su civilización no deja de ser una especulación más o menos gratuita.

Cámara en el interior de la Pirámide Roja (Dashur)
En tercer lugar, por lo que respecta al resto de pirámides, no hay prueba fehaciente de que se hubieran diseñado para albergar grandes cantidades de bienes y víveres. ¿Dónde exactamente? ¿En qué cámaras? ¿Tal vez en cámaras subterráneas por debajo de la propia pirámide o en sus alrededores? Desde luego, es muy difícil especular con lo que nunca se ha encontrado o comprobado. Además, si uno analiza las típicas estancias y corredores de las grandes pirámides le costará identificar grandes espacios destinados al almacenaje. Y por si fuera poco, las pirámides posteriores (de la 5ª dinastía en adelante) conservan una disposición similar en su estructura interna[4], cuando supuestamente ya no estarían ideadas para la función de “recuperación de la Tierra”.

En cuarto lugar, tenemos el problema de la propia conservación de los víveres. Si se supone que los monumentos debían servir para un tiempo futuro catastrófico, es muy improbable que pasado cierto tiempo, incluso siglos o milenios, el material orgánico llegase en buen estado de utilización. Aquí podríamos lanzar conjeturas sobre las supuestas cualidades de la pirámide para la preservación de dichos bienes perecederos[5], pero nuevamente nos movemos en el terreno especulativo, a falta de pruebas de restos de alimentos en el interior de las pirámides.

Textos de la Pirámides
En todo caso, tanto desde las visiones académicas como desde las alternativas, se reconoce que al final del Imperio Antiguo se produjo una época de fuerte crisis y de cambio que afectó a la sociedad egipcia en su conjunto. Es ese momento cuando habría tenido lugar cierta evolución de los conceptos religiosos e incluso políticos, sociales y económicos, lo que explicaría las diferencias en la construcción de las pirámides y en la aparición –por vez primera– de escritura jeroglífica en el interior de estos monumentos, los famosos Textos de las Pirámides. De todas formas, las interpretaciones sobre la naturaleza e impacto de estos cambios se mueven aún en el terreno especulativo, empezando por que nadie se explica muy bien la repentina aparición de unos textos religiosos que el propio mundo académico acepta que reflejaban un culto antiquísimo, que se remontaría a las primeras dinastías o incluso al mundo predinástico.

Finalmente, y aunque Creighton no lo menciona expresamente, nos queda la hipótesis defendida desde hace más de un siglo por la Piramidología, y es que las grandes pirámides, y muy particularmente la Gran Pirámide, sería en sí misma una especie de cápsula del tiempo (¿cámara de salvación?) construida en piedra con la misión de conservar no un mero sustento vital sino el legado de una civilización avanzada, en forma de conocimientos físicos, matemáticos, geométricos, geográficos, astronómicos, etc. Y aunque en este tema a veces se haya exagerado mucho y se hayan buscado los tres pies al gato, bien es cierto que muchas cualidades y datos contenidos en la pirámide de Khufu, nos invitan a pensar tal teoría quizá no esté tan desencaminada como sugiere la egiptología ortodoxa.

© Xavier Bartlett 2015


[1] Un objeto ritual que representaba simbólicamente el ciclo de nacimiento y renacimiento, ligado a la actividad agrícola. De hecho, este objeto era una especie de cajón con la forma del dios Osiris que se rellenaba con tierra y semillas que luego germinaban.
[2] Creighton usa la expresión recovery vaults, que también se podría traducir como “bóveda, cúpula, cripta...” de recuperación, regeneración o recobro.
[3] Algunos autores alternativos, como Clesson Harvey, sin negar este sentido de “ascensión”, creen que la interpretación ortodoxa es incorrecta. En su opinión, la pirámide no se enmarcaría en un contexto religioso-funerario, sino en un contexto metafísico, en que la pirámide sería un instrumento de elevación a un nivel de conciencia superior, sólo accesible a los iniciados.
[4] Sólo la Pirámide de Khufu tiene una estructura atípica y más compleja, y puede considerarse hasta cierto punto una anomalía en comparación con el resto de monumentos afines.
[5] Algunos científicos y varios investigadores alternativos han explorado tales propiedades y creen que son totalmente ciertas y demostrables.

domingo, 16 de noviembre de 2014

Los cartuchos de Khufu: Epílogo


Hemos presentado la teoría del fraude en la Gran Pirámide en el artículo anterior (en dos partes) de Scott Creighton, según el cual es muy posible que Howard-Vyse falsificara un documento histórico de tremenda importancia. Lo cierto es que a día de hoy sigue la polémica en torno a la autenticidad de estos cartuchos, lo que ha generado acalorados debates en Internet, especialmente en el foro de Graham Hancock. No es preciso señalar que para los defensores de la ortodoxia egiptológica, todas estas propuestas sobre el fraude de Vyse no tienen pies ni cabeza. No obstante, ya se han abierto nuevas grietas por las cuales sigue produciéndose un continuo goteo de datos y detalles sobre el caso que de alguna manera proyectan nuevas sombras sobre el proceder de Howard-Vyse. Así, los últimos argumentos de Creighton y de otros críticos se han centrado en determinados aspectos formales que antes se habían pasado por alto.

Facsímil del cartucho de Khufu, obra de J.R. Hill
El primero de ellos es la propia orientación de las inscripciones. En el diario de Vyse podemos apreciar que las reproducciones de los tres cartuchos hallados en la cámara de Campbell están en posición horizontal, mientras que los cartuchos reales están pintados en posición vertical. Esto podría ser una nimiedad, pero en el mismo diario de Vyse aparecen los dibujos de otros jeroglíficos tal y como están en su posición original en las diversas cámaras. Además, los dibujos facsímiles de las inscripciones realizados por J.R. Hill, colaborador de Vyse, reproducían exactamente la posición de los jeroglíficos desde el punto de vista de un observador de pie sobre la cámara. Sin embargo, en los facsímiles de los cartuchos de Khufu se producía el mismo error, esto es, la incorrecta representación horizontal. Para Creighton esto sería indicio de que Vyse vio el cartucho así representado (horizontalmente) en otra parte y lo copió tal cual en su diario, pero luego lo reprodujo en vertical en la mencionada cámara. Y como se desprende de ello, Hill tampoco habría dibujado sus facsímiles a partir de los cartuchos pintados en la cámara.

Posibles rastros de líneas de guía en el cartucho de Khufu



En segundo lugar, muy recientemente se ha reincidido en la falsificación de los cartuchos a través del estudio de determinadas fotografías a cierto nivel de detalle, en las cuales se apreciaría un posible patrón o cuadrícula previa pintada a lápiz sobre la cual se habría pintado el cartucho a fin de mantener las formas y proporciones correctas. Nuevamente aquí se ha discutido sobre la existencia de tales líneas y, en su caso, sobre el hecho crucial de si tales líneas están por debajo o no de la pintura ocre de los jeroglíficos.

En tercer lugar, algunas voces críticas siguen especulando con la posibilidad de que las marcas de cantera (o al menos algunas de ellas) no fueran realmente “de cantera” sino que hubieran sido realizadas in situ, lo que podría conducir a un escenario anómalo; esto es, a la posibilidad de que las marcas hubieran sido obra del equipo de Vyse y no de los antiguos egipcios. Los argumentos que sustentan esta visión, centrada en el cartucho de Khufu en la cámara de Campbell, se pueden resumir del siguiente modo:

  • El cartucho aparece en posición vertical, pero es plenamente visible en su totalidad, lo que es una feliz casualidad.
  • Parece haber un ligero efecto de compresión hacia el final, lo que vendría a ser obra de una mano poco experta en la escritura de signos.  
  • Cuando se gira 90º el cartucho y se ven los signos en posición horizontal se aprecia un ligero efecto de oblicuidad o inclinación. Esto no hubiera ocurrido de haberse realizado las marcas en la cantera, en posición horizontal (y luego, lógicamente, el bloque se habría dispuesto verticalmente en la cámara).
  • Las pinceladas de la escritura jeroglífica tienen alguna reminiscencia del estilo caligráfico victoriano (siglo XIX), circular y sinuoso.

Aparte de estos indicios –que hasta cierto punto podrían considerarse como algo rebuscado o especulativo– existen determinadas anomalías muy evidentes en los propios signos y que ponen seriamente en duda la teoría de la autoría en cantera: concretamente, la forma en que se pintaron el propio óvalo del cartucho y el jeroglífico con forma de tamiz (disco con rayas en su interior). Por un lado, vemos que el óvalo se pintó en sentido contrario a las agujas del reloj, empezando con línea gruesa desde la parte inferior derecha, hasta la parte inferior izquierda, en línea más fina, y no parece que se trate de un óvalo completo. Los dos extremos parecen acabar justo antes de la junta entre bloques, lo que resulta bastante raro si el cartucho se hubiera pintado en la cantera. En otras palabras, ¿qué sentido tendría comenzar y acabar el trazo del óvalo en el extremo distal y no en la base? Por otro lado, la parte inferior del tamiz está trazada con una línea muy fina, a diferencia de la línea del resto del círculo, que es apreciablemente más gruesa. Esto se debería a que sería muy complicado rematar el disco o círculo con una pincelada gruesa dado el espacio tan reducido y en ángulo en la juntura de los bloques, lo que impediría completar la pincelada adecuadamente.

Finalmente, cabe citar un episodio también relacionado con la famosa pintura ocre y que no ha hecho más que avivar la polémica. Este hecho, que sobrevive entre el rumor y el escándalo, se refiere a tres investigadores alemanes que supuestamente en 2013 habrían extraído sin permiso unas muestras de esta pintura para ser analizadas mediante moderna tecnología de datación. Robert Bauval desmintió esta historia[1], pero al mismo tiempo aseguró firmemente que alguien indeterminado había extraído esas muestras –dañando el propio cartucho– en algún momento entre julio de 2004 y diciembre de 2006. El autor anglo-egipcio sospechaba de un investigador alemán llamado Stefan Erdmann que habría visitado las cámaras en las fechas antes citadas y habría tomado estas muestras como elemento estrella para un documental televisivo. Sin embargo, Bauval no pudo ir más allá de las simples conjeturas.  

Cámaras de descarga sobre la Cámara del Rey
Y a modo de conclusión, Scott Creighton me reconocía en un correo electrónico que cada pieza por separado no probaba concluyentemente la perpetración del fraude pero que la suma de todas las partes sí permitía crear un escenario bastante sólido. En todo caso, decía, la prueba definitiva debe venir de los análisis científicos (químicos) de las propias inscripciones. En su opinión, tales pruebas han de realizarse de forma abierta y transparente para despejar todas las dudas. Con todo, enlazando con el último rumor antes mencionado, añadía lo siguiente (cita literal): “Personalmente, creo que [las muestras] ya han sido analizadas entre 2004 y 2006, dado que los fragmentos de pintura del cartucho de Khufu desaparecieron durante ese tiempo y nadie parece saber cómo y porqué sucedió.” A partir de aquí, él contempla la posibilidad real de que los resultados obtenidos tal vez no encajaran en la historia oficial y de ahí que no salieran a la luz.

Pero... ¿qué dicen los egiptólogos de todo esto? Aparte de las declaraciones oficiales, Creighton sugiere que quizás muchos de ellos no creen de verdad en la autenticidad de los cartuchos. De hecho, un amigo suyo egiptólogo (cuyo nombre ha quedado en el anonimato), después de leer su trabajo sobre Vyse, le hacía este comentario:

"…Tengo que mencionarte un problema, y es tu creencia de que los egiptólogos emplean el descubrimiento del cartucho por parte de Vyse como prueba de que la Gran Pirámide fue construida por Khufu. No sé con quién has estado hablando en este campo, pero nadie que yo conozca cree que el susodicho cartucho sea verdadero. ¡De hecho, la gran mayoría de egiptólogos saben bien que es una falsificación! […] (El fraude de Vyse) es un secreto a voces."

Por supuesto, habría que ver quién es esta persona y cuáles son sus credenciales, pues más bien parece que estamos ante la táctica de “tirar la piedra y esconder la mano” y lo cierto es que nadie más del mundo académico parece apoyar estas afirmaciones. No obstante, si existiera realmente esta convicción generalizada entre los académicos y se comentara sólo en privado a fin de mantener el statu quo, hablaría bien poco a favor de la honestidad científica de los egiptólogos.

En definitiva: ¿Tendremos algún día todas las claves y datos científicos sobre este asunto? Si es así, y las pruebas son contrarias a la versión académica, ¿se llegará a cuestionar seriamente la autoría de la Gran Pirámide e incluso su antigüedad? ¿De qué modo afectaría a la Egiptología el reconocimiento oficial de fraude por parte de Howard-Vyse? De momento todo sigue actual, al menos en apariencia. Veremos si las voces alternativas tienen la suficiente fuerza argumental para desafiar (y desacreditar) al paradigma actual en este tema.

(c) Xavier Bartlett 2014 

Crédito de imágenes: 1. Scott Creighton 2. Robert Schoch 3. Biblioteca Pléyades


[1] Véase http://www.grahamhancock.com/phorum/read.php?f=1&i=334576&t=334576