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miércoles, 28 de diciembre de 2016

Anécdotas y curiosidades del mundo de la arqueología


Llegamos a fin de año y cerramos ya la 4ª temporada de La otra cara del pasado. A modo de divertimento y regalo navideño me permito ofrecer a todos los lectores una serie de pequeñas historias o anécdotas del mundo de la arqueología oficial  que por uno u otro motivo tienen su punto curioso o insólito. Que ustedes lo disfruten.
 

Ante la duda... los romanos


Cromlech de Stonehenge
Hasta hace no muchas décadas el ahora emblemático y famoso yacimiento megalítico de Stonehenge (Gran Bretaña) era apenas un montón de notables ruinas que nadie comprendía bien. Para el pueblo llano, las piedras “siempre habían estado allí”, mientras que para los eruditos la identidad de los constructores de tal monumento constituía todo un misterio. Ya desde los inicios de la Edad Moderna se habían sugerido las más diversas hipótesis, con poco o ningún fundamento. Pero quien se llevó la palma en propuestas imaginativas fue el arquitecto real Iñigo Jones (siglo XVII), buen conocedor –en teoría– del arte clásico, que se despachó a gusto afirmando seriamente que se trataba de las ruinas de un templo romano, dedicado concretamente al dios Caelus (Urano) ¡y de orden toscano![1]

La cosa tiene su gracia, porque precisamente Jones era reconocido por realizar obras de estilo clásico (renacentista), y además debía conocer algunos restos romanos todavía en pie en diversos puntos del país. No obstante, Jones apreció en la disposición de los megalitos un determinado patrón geométrico, que atribuyó sin duda a arquitectos romanos.

Una colina muy sospechosa


Es bien sabido en arqueología que muchas colinas aparentemente naturales se han formado por la constante ocupación humana de un mismo espacio, esto es, la sucesiva superposición de asentamientos a lo largo de los siglos o milenios. Esto se traduce en una acumulación de estratos de origen artificial que finalmente, con el abandono y la erosión natural, se acaban transformando en suaves colinas.

Sin embargo, existe un caso muy curioso en que la colina en cuestión no estaba formaba por restos de estructuras y capas de sedimentos. El arqueólogo alemán Heinrich Dressel tuvo la fortuna de excavar por primera vez –a finales del siglo XIX– el llamado Monte Testaccio, en Roma, una colina de poco menos de 40 metros de altura, con una base de unos 20.000 metros cuadrados. Y allí pudo comprobar cómo el nombre tradicional dado a este monte (“de los tiestos”) tenía pleno sentido: toda la colina, recubierta de vegetación superficial, ocultaba un enorme vertedero de época romana, compuesto básicamente por millones de cascotes de ánforas romanas, principalmente procedentes de la Bética y de África, y que transportaban aceite o vino. En aquella época no existía el reciclaje de envases[2], y una vez vaciado el contenido, las ánforas se rompían y –tras recubrirse con capas de cal para evitar malos olores– se amontonaban a las afueras de la ciudad.

Así es como creó este gigantesco apilamiento de desechos entre los siglos I a. C. y III d. C. que progresivamente se fue abandonando hasta convertirse en una auténtica colina de aspecto “natural”. Sea como fuere, gracias a los restos de unos 26 millones de ánforas, Dressel pudo componer la primera tipología de estos artefactos, que todavía es vigente con pequeños cambios y que un servidor de ustedes estudió religiosamente en su día.

Entre la piratería y la arqueología


Aunque las películas del famoso Indiana Jones han distorsionado grandemente la imagen de la arqueología como ciencia, no van muy desencaminadas en cuanto a presentar cierto arquetipo de buscador de tesoros –y a la vez erudito– que hacía lo posible y lo imposible para conseguir sus objetivos, recurriendo a las males artes cuando procedía. Lo que ocurre es que esos personajes no vivieron a inicios o mediados del siglo XX (la época de Indiana) sino un siglo antes, cuando casi todo estaba por hacer y la arqueología era más bien cosa de anticuarios, viajeros y aventureros, sobre todo en el ámbito de la arqueología “exótica” de redescubrimiento de las antiguas civilizaciones.

Giovanni Batista Belzoni
Entre estos pioneros cabe destacar a Giovanni Batista Belzoni (1778-1823), un forzudo y pintoresco italiano que ejerció de “egiptólogo” a inicios del siglo XIX. En realidad, Belzoni fue un aventurero que se estableció en Egipto en 1815 y que enseguida apreció que el mercado de las antigüedades podía ser un negocio muy rentable. Así pues, se puso al servicio del cónsul británico en El Cairo y trabajó para él en calidad de “conseguidor de antigüedades”, con sus propios agentes y ayudantes. Esta actividad, en aquellos tiempos, era poco menos que una lucha sin reglas entre bandas mafiosas para obtener objetos a cualquier precio y sin el menor escrúpulo científico o legal[3].

En su libro Narrative of the Operations and Recent Discoveries within the Pyramids, Temples, Tombs and Excavations in Egypt and Nubia, Belzoni narró varios episodios tragicómicos de sus andanzas y negocios, entre los cuales cabe destacar, por ejemplo, su peculiar manera de “asaltar” las antiguas tumbas, sin rigor ni metodología pero sí con mucha torpeza y avidez por hacerse con las preciadas antigüedades:

“Tras el esfuerzo de entrar en semejante lugar, por un corredor de 50, 100, 300 o quizás 600 yardas, casi deshecho, busqué un lugar de descanso, y cuando lo encontré me senté en él; pero al caer mi peso[4] sobre el cuerpo de un egipcio lo aplastó como si se tratase de una sombrerera. Busqué con las manos algún apoyo, pero al no hallarlo me hundí por completo entre la momia rota, entre un crujir de huesos, andrajos y féretros de madera y levantando una polvareda que me mantuvo paralizado durante un cuarto de hora esperando a que desapareciese. No podía, sin embargo, levantarme de aquel lugar sin aumentarla y a cada paso espachurraba alguna de las momias. [...] La intención de mis investigaciones era robarle a los egipcios sus papiros, algunos de los cuales encontré escondidos en los pechos, bajo los brazos, entre las nalgas o en las piernas, y cubiertos de telas dobladas que envolvían a las momias.”[5] 

Una mica muy valiosa


Leopoldo Batres (1852-1926) fue un famoso antropólogo y arqueólogo mexicano de finales del siglo XIX e inicios del XX que tuvo el honor de excavar importantes yacimientos de las civilizaciones precolombinas de su país. Batres fue uno de los típicos sabios nacionales de aquellos tiempos que trabajó bajo la protección del régimen de Porfirio Díaz (el Porfiriato), y que gozó de grandes prerrogativas en sus labores. Además, se le reconoce haber dado un gran impulso a la arqueología del país y haber promovido instituciones y legislaciones en este ámbito.

Trabajos en Teotihuacan a inicios del siglo XX
Sin embargo, su vasta actividad arqueológica no siempre resultó metódica ni honesta, y ciertamente se puede decir que estuvo rodeada de polémica, ya desatada en su época y que ha llegado prácticamente hasta nuestros días. En concreto, se habla mucho de su controvertida intervención en Teotihuacan entre finales del siglo XIX y principios XX, cuyo propósito era desbrozar, dejar a la vista y recuperar el gran complejo monumental –pirámides incluidas– de este famoso yacimiento arqueológico, tarea que le llevó varios años. Sobre este caso, se dice que llegó enfrentarse a los campesinos de la zona –que reclamaban el cese de las obras por el impago de las indemnizaciones– y que ante sus quejas llegó a echar mano de un rifle, disparando al aire, para hacer valer su posición. 

Entre otras críticas, también se le atribuye el uso generoso de dinamita para “acelerar” los trabajos[6] y el abuso de su cargo para hacerse con un terreno en el propio enclave de Teotihuacan, en el cual luego edificaría un hotel. Asimismo, se le acusó de apropiarse de objetos auténticos extraídos del lugar y de crear una fábrica de falsos artefactos antiguos, todo ello lógicamente con fines lucrativos. Pero entre sus correrías y malas prácticas cabe mencionar su lamentable excavación de la famosa “Pirámide del Sol”, la cual según muchos expertos, sufrió deterioros irreparables, especialmente en su capa de revestimiento. El monumento era entonces una colina “natural” que tuvo que ser desbrozada laboriosamente para poder acceder a su estructura de piedra. Y al llevar a cabo tal empresa, Batres apreció que la pirámide mostraba un grueso recubrimiento de mica en una de sus terrazas superiores. Y ni corto ni perezoso, Batres decidió extraer este material de su localización original, saltándose cualquier criterio de conservación y estudio científico, para venderlo en su beneficio, dada su alta cotización en el mercado. Sin comentarios...

El vino embotellado más antiguo del mundo


Como es bien reconocido, los romanos eran grandes productores y consumidores de vino. De hecho, ya desde épocas muy antiguas el comercio de vino fue una de las actividades económicas más importantes del área mediterránea y europea. Los romanos, concretamente, transportaban el vino a grandes distancias por vía marítima en los clásicos contenedores de cerámica que conocemos como ánforas. Y así es normal que en casi cualquier excavación de un asentamiento romano se encuentren muchos fragmentos de ánforas. Pero para los arqueólogos subacuáticos del siglo XX fue todo un evento encontrar bajo los aguas algunas ánforas intactas que aún tenían el tapón sellado. Me consta que al menos en un caso una ánfora intacta, extraída de un pecio hundido cerca de la costa de Marsella, fue abierta, pero los investigadores se quedaron con las ganas de catar el añejo vino romano, pues ya se había convertido en un brebaje totalmente imbebible.

Lo que es mucho menos conocido por la gente es la existencia de “vino embotellado romano”[7]. De hecho, en Alemania se conserva la botella de vino (intacta) más antigua conocida hasta la fecha, a la que se ha bautizado como Römerwein. Se trata de un hallazgo del siglo XIX; concretamente de la tumba de un noble romano descubierta en la localidad de Speyer (Renania-Palatinado) en 1867. Entre el ajuar funerario se encontraron hasta 16 botellas de cristal, y lamentablemente todas estaban rotas... menos una, que se conservaba en buen estado. En efecto, los arqueólogos pudieron comprobar que dentro de la botella todavía quedaba líquido, de un tono más bien blanquecino. Se rumorea que a inicios del siglo XX se analizó el líquido para comprobar que fuera vino, pero esto parece muy improbable pues la botella permanece aún sellada.

Los investigadores han concluido, por el contexto arqueológico, que la botella data del siglo IV d. C. y que muy probablemente se trata de auténtico vino, pero de momento no hay intención de abrirla para proceder a un análisis del líquido pues se teme que el contacto con el aire pueda estropear el contenido. La enóloga germana Monika Christmann considera que tal vez el vino no esté microbiológicamente estropeado, pero que resultaría repulsivo para el paladar. Además, es bien posible que este vino contenga aceite y hierbas aromáticas, según el gusto y los hábitos de la época. Y para los que no conozcan el dato, es procedente recordar que –por si fuera poco– los romanos solían mezclar el vino con agua, servirlo caliente... ¡y hasta endulzarlo con miel!

El dios egipcio que ayudó a Gaston Maspero


A finales del siglo XIX, en Egipto ya se habían explorado numerosas pirámides de diversas épocas y dinastías y el resultado había sido bastante frustrante. El célebre egiptólogo francés Auguste Mariette ya daba por hecho que las pirámides eran monumentos ruinosos, saqueados mayoritariamente en tiempos remotos, y que apenas ofrecían información al ser edificios mudos, pues prácticamente no se habían hallado inscripciones en su interior, a diferencia de los templos y tumbas, los cuales solían estar literalmente recubiertos de jeroglíficos.

Así las cosas, en 1880 Mariette –ya hacia el final de su vida– emprendió la exploración de varias pirámides en Saqqara a la búsqueda de esas escurridizas inscripciones, aparte de otros posibles restos. Pero Mariette falleció al año siguiente sin haber logrado reconocer los increíbles resultados de esas exploraciones. Fue su sucesor, Gaston Maspero, el que se llevó toda la fama de haber descubierto, junto con otros miembros de su equipo, el extenso conjunto de inscripciones egipcias que hoy conocemos como los Textos de la Pirámides, el texto religioso-funerario[8] de la Humanidad más antiguo hallado hasta la fecha. Así, se identificaron algunos fragmentos de estos textos en pirámides de faraones de la VI dinastía como Pepi I o Merenre.

Pirámide del faraón Unis (Saqqara)
Pero quien se llevó el premio gordo fue el propio Maspero, que estaba tratando –sin éxito– de hallar la entrada al interior de la pirámide del faraón Unis (o Unas), último faraón de la V dinastía. No obstante, un día observó con gran asombro cómo un chacal se acercaba al pie de dicha pirámide y luego desaparecía entre las arenas del desierto. El egiptólogo francés pensó entonces que el chacal, de algún modo, había logrado introducirse en la pirámide por alguna obertura en la base del monumento. Y viendo que allí podía haber “algo”, Maspero envió a uno de sus ayudantes nativos para que explorara la zona por donde había desparecido el animal. El ayudante encontró entonces el inicio de un pequeño túnel que más adelante se hacía más grande hasta permitir el paso de una persona. De este modo, el egipcio se fue abriendo paso por el subsuelo de la pirámide hasta ir a parar a la cámara funeraria del monumento... que estaba llena –en sus paredes y techo– de miles de signos jeroglíficos con los Textos de las Pirámides. Maspero procedió de inmediato a su estudio y conservación, y ofreció al mundo la primera traducción de tales escritos en 1892.

Pero lo mejor de esta historia es la bella metáfora del descubrimiento, pues en el antiguo Egipto, el chacal era el animal que representaba al dios funerario Upuaut, que literalmente se traduce como “el abridor de caminos”[9]. Así pues, no sería exagerado afirmar que Upuaut echó una mano al bueno de Maspero para recuperar una importantísima porción del legado cultural del Egipto de los faraones.

© Xavier Bartlett 2016

Fuente imágenes: Wikimedia Commons e INAH



[1] El orden toscano es un estilo arquitectónico de origen etrusco adaptado por los romanos, y que básicamente consiste en una simplificación del estilo griego dórico. Tal vez Jones, al ver la simplicidad de los megalitos, pensó que el monumento original habría sido de ese estilo.
[2] Simplemente por razones logísticas y económicas; no salía rentable.
[3] A este respecto, Belzoni tenía como enemigo acérrimo a un tal Drovetti, que trabajaba en un cargo similar al suyo para el cónsul de Francia. Cada banda pugnaba por obtener los mejores tesoros y no dudaban en recurrir a las armas, a las amenazas o a todo tipo de artimañas para lograr sus propósitos.
[4] Belzoni era muy corpulento y medía unos dos metros.
[5] DANIEL, G. Historia de la arqueología. Alianza Editorial. Madrid, 1986. (pp. 50-51)
[6] En realidad, esta fue una práctica muy en boga durante todo el siglo XIX, llevada a cabo por insignes arqueólogos, que tenía como fin acelerar y economizar los trabajos más pesados para llegar a la meta deseada, aun a costa de causar una gran destrucción en el propio yacimiento arqueológico. De todas formas, otras fuentes consultadas afirman que Batres no empleó dinamita en Teotihuacan.
[7] Fuente: http://www.labrujulaverde.com/2016/12/la-botella-de-vino-sin-abrir-mas-antigua-que-se-conserva-tiene-mas-de-1-500-anos
[8] No obstante, algunos autores alternativos han rebatido esta interpretación y opinan que se trata en gran parte de un tratado de astronomía (Bauval) o bien un compendio de una especie de ciencia metafísica, relacionada con la conciencia y la física cuántica (Harvey) Véase al respecto mi artículo sobre visiones alternativas de los Textos de las Pirámides en este mismo blog.
[9] Precisamente un siglo después, el ingeniero alemán Rudolf Gantembrink bautizaría como “Upuaut” a los dos robots que empleó para explorar los conductos de la Gran Pirámide. 

domingo, 28 de agosto de 2016

Los túneles de América



El tema de los inframundos o de los mundos subterráneos es todo un clásico de la arqueología alternativa, que ha especulado mucho con la existencia de ciudades perdidas, civilizaciones intraterrenas y redes de túneles por todo el mundo. Se podría pensar que gran parte de estas propuestas son fruto de la imaginación o de la interpretación sesgada de la mitología, pero lo cierto es que algunos datos arqueológicos nos impulsan a considerar que “algo de eso hay”. En el campo concreto de las ciudades subterráneas tenemos muy claros ejemplos en Turquía, con la famosa Derinküyü al frente, que a pesar de haber sido objeto de investigación desde hace décadas todavía guardan  muchas incógnitas por desvelar. En cuanto a los túneles, hace tiempo que varios investigadores han señalado que existen numerosas pistas de inmensas redes de túneles que recorren amplios territorios en diversas partes del mundo: Asia, América, Europa, África... e incluso en una isla tan pequeña como Malta hallamos una amplia red de túneles que se extendían por el subsuelo de toda la isla[1].

En América también existen bastantes indicios de túneles y de espacios subterráneos inexplorados, principalmente en Sudamérica y en relación con la civilización inca (o una civilización desconocida aún anterior)[2]. Para introducirnos someramente en este contexto, adjunto aquí un interesante documento del fallecido autor germano-español Andreas Faber-Kaiser, gran investigador en el campo de la ufología y la arqueología alternativa. Este artículo contiene una inevitable influencia del llamado realismo fantástico –de cuyas fuentes bebió Faber-Kaiser– pero tiene la virtud de relacionar la mitología y la tradición con hallazgos del todo reales, si bien en la mayoría de  los casos no hubo profundización ni estudios científicos de ningún tipo.

En suma, la investigación rigurosa de esos túneles de épocas remotísimas y atribuidos a veces a civilizaciones perdidas constituye una asignatura pendiente para la arqueología, ya sea “convencional” o “alternativa”. Lo cierto es que los restos están ahí y sólo debería haber voluntad política y científica para emprender las acciones adecuadas, a fin de dilucidar si esos túneles existen realmente, y –en tal caso– si son o no artificiales y qué función pudieron cumplir. Por supuesto, otra cosa sería preguntarnos si hay verdadero interés en explorar estas rarezas.


Una civilización desconocida construyó un sistema habitable de subterráneos en el subsuelo americano



Los indios hopi, asentados en el estado norteamericano de Arizona, y que afirman proceder de un continente desaparecido en lo que hoy es el océano Pacífico, recuerdan que sus antepasados fueron instruidos y ayudados por unos seres que se desplazaban en escudos voladores, y que les enseñaron la técnica de la construcción de túneles y de instalaciones subterráneas.

Muchas otras leyendas y tradiciones indígenas del continente americano hablan de la existencia de redes de comunicación y de ciudades subterráneas. Existe una nutrida literatura y suficientes investigadores que mantienen la hipótesis de que debajo de la superficie de nuestro planeta habitan seres inteligentes desconocidos por nosotros.

Existen diversas hipótesis acerca de la posibilidad de que inteligencias procedentes de fuera de nuestro planeta posean puntos de apoyo subterráneos o subacuáticos en el planeta Tierra. No voy a entrar aquí en el análisis de estas posibilidades, ya que forman parte de otro estudio que merece su propia dedicación. De forma que no voy a hablar de organizaciones como la Hollow Earth Society (Sociedad de la Tierra Hueca) o el SAMISDAT, que buscan establecer contacto con supuestos habitantes del interior del planeta, la primera, mientras que la segunda echa leña al fuego de la existencia de toda una organización de ideología nazi —naturalmente vinculada a los personajes dirigentes de la Alemania nazi— que sobrevive bajo la piel de nuestro planeta, con entradas a su mundo especialmente en el polo Norte y de la Amazonía brasileña. No voy a hablar de tales organizaciones ni de otras similares, ni voy a entrar en el tema de Shamballah ni de Agartha —supuestos conceptos de lo que serían unos centros de control subterráneos en los confines del Asia central— ni en el del supuesto «Rey del Mundo», porque no es el momento de negar ni de confirmar la validez de todos estos supuestos. El día en que crea oportuno hablar de ellos, lo haré de la forma más clara posible.

Voy a centrarme en este artículo en los lugares que, en el continente americano, tienen mayores posibilidades de conectar con este mundo inteligente subterráneo que aflora en muchas narraciones de los indios del Norte, del Centro y del Sur de este vasto continente, recogidas desde la época de la conquista hasta nuestros días. Para darle algún orden a la exposición de estos lugares —y dado que la datación cronológica de los supuestos túneles se pierde en la indefinición— voy a recorrer en las páginas que siguen América comenzando por el Norte para terminar, en trayecto descendente sobre el mapa, en el Norte de Chile.

Quede dicho, antes de descender, que hay más de un investigador que afirma que el polo Norte alberga tierras cálidas y la entrada hacia un mundo interior.

El monte Shasta



Antiguo poblado hopi
Los indios hopi afirman que sus antepasados proceden de unas tierras hundidas en un pasado remoto en lo que hoy es el océano Pacífico. Y que quienes les ayudaron en su éxodo hacia el continente Americano fueron unos seres de apariencia humana que dominaban la técnica del vuelo y la de la construcción de túneles e instalaciones subterráneas. Los hopi están asentados hoy en día en el estado de Arizona, cerca de la costa del Pacífico. Entre ellos y la costa, se halla el estado de California. Y en el extremo norte de este estado existe un volcán nevado, blanco, llamado Shasta. Las leyendas indias del lugar explican que en su interior se halla una inmensa ciudad que sirve de refugio a una raza de hombres blancos, dotados de poderes superiores, supervivientes de una antiquísima cultura desaparecida en lo que hoy es el océano Pacífico. El único supuesto testigo que accedió a la ciudad, el médico Dr. Doreal, afirmó en 1931 que la forma de construcción de sus edificios le recordó las construcciones mayas o aztecas.

El nombre Shasta no procede del inglés, ni de ninguno de los idiomas ni dialectos indios. En cambio, es un vocablo sánscrito, que significa «sabio», «venerable» y «juez». Sin tener noción del sánscrito, las tradiciones indias hablan de sus inquilinos como de seres venerables que moran en el interior de la montaña blanca por ser ésta una puerta de acceso a un mundo interior de antigüedad milenaria.

Notificaciones más recientes de los habitantes de la cercana colonia de leñadores de Weed refieren apariciones esporádicas de seres vestidos con túnicas blancas que entran y salen de la montaña, para volver a desaparecer al tiempo que se aprecia un fogonazo azulado.

Narraciones recogidas de los indios sioux y apaches confirman la convicción de los hopi y de los indígenas de la región del monte Shasta, de que en el subsuelo del continente americano mora una raza de seres de tez blanca, superviviente de una tierra hundida en el océano. Pero también mucho más al norte, en Alaska y en zonas más norteñas aún, esquimales e indios hablan una y otra vez de la raza de hombres blancos que habita en el subsuelo de sus territorios.

Una ciudad bajo la pirámide


Descendiendo hacia el Sur, recogí en la primavera de 1977 en México la creencia de que bajo la pirámide del Sol en Teotihuacán (la «ciudad de los dioses»), se esconde por el lado opuesto de la corteza terrestre —o sea en el interior del subsuelo— una ciudad en la cual se afirma que se halla el dios blanco.


400 edificios vírgenes



Pirámide de Chitchén Itzá (Yucatán)
Si de aquí nos trasladamos a la península del Yucatán, hallaremos en su extremo norte, oculta en la espesura de la selva, una ciudad descubierta en 1941 que se extiende sobre un área de 48 km2, y que guarda en el silencio del olvido más de 400 edificios que en alguna época remota conocieron esplendor. Fue hallada por un grupo de muchachos que, jugando en las inmediaciones de una laguna en la que solían bañarse, se toparon con un muro de piedras trabajadas, oculto por la vegetación. No teniendo los mexicanos recursos suficientes para acometer la exploración del lugar, requirieron ayuda norteamericana, acudiendo dos arqueólogos especializados en cultura maya, adscritos al Middle American Research Institute de la Universidad de New Orleans. También ellos determinaron que el proyecto de limpieza y estudio de la enorme ciudad sobrepasaba sus posibilidades, por lo que habría que crear una asociación con otras entidades. La guerra logró que el proyecto fuera momentáneamente archivado. Hasta que, en 1956, la Universidad de New Orleans, asociada esta vez con la National Geographic Society y con el Instituto Nacional de Antropología de México reemprendió las investigaciones. Andrews, el arqueólogo que dirigía la expedición, se dedicó —mientras el equipo de trabajadores comenzaba la desobstrucción de las edificaciones— a recoger informaciones entre los indios de la región. Un chamán le hizo saber que la ciudad se llamaba Dzibilchaltún, palabra que era desconocida en el idioma maya local, y que la laguna era llamada Xlacah, cuya traducción sería «ciudad vieja».

La ciudad engullida



Queriendo averiguar el motivo de este nombre, le fue narrada al arqueólogo norteamericano una leyenda transmitida por los indios de generación en generación, y que afirmaba que, en el fondo de la laguna, existía una parte de la ciudad que se alzaba arriba, en la jungla. De acuerdo con la narración del viejo chamán, muchos siglos antes había en la ciudad de Dzibilchaltún un gran palacio, residencia del cacique. Cierta tarde llegó al lugar un anciano desconocido que le solicitó hospedaje al gobernante. Si bien demostraba una evidente mala voluntad, ordenó sin embargo a sus esclavos que preparasen un aposento para el viajero. Mientras tanto, el anciano abrió su bolsa de viaje y de ella extrajo una enorme piedra preciosa de color verde, que entregó al soberano como prueba de gratitud por el hospedaje. Sorprendido con el inesperado presente, el cacique interrogó al huésped acerca del lugar del que procedía la piedra. Como el anciano rehusaba responder, su anfitrión le preguntó si llevaba en la bolsa otras piedras preciosas. Y dado que el interrogado continuó manteniéndose en silencio, el soberano montó en cólera y ordenó a sus servidores que ejecutasen inmediatamente al extranjero.

Después del crimen, que violaba las normas sagradas del hospedaje, el propio cacique revisó la bolsa de su víctima, suponiendo que encontraría en ella más objetos valiosos. Mas, para su desespero, solamente halló unas ropas viejas y una piedra negra sin mayor atractivo. Lleno de rabia, el soberano arrojó la piedra fuera del palacio. En cuanto cayó a tierra, se originó una formidable explosión, e inmediatamente la tierra se abrió engullendo el edificio, que desapareció bajo las aguas del pozo, surgido éste en el punto exacto en el que cayó a tierra la piedra. El cacique, sus servidores y su familia fueron a parar al fondo de la laguna, y nunca más fueron vistos. Hasta aquí la leyenda.

Representación de la divinidad mesopotámica Oannes
Pero continuemos con estas ruinas del Yucatán septentrional. La expedición acabó por desobstruir una pirámide que albergaba ídolos diferentes de las representaciones habituales de las divinidades mayas. Otro edificio cercano se revelaría como mucho más importante. Se trataba de una construcción que difería totalmente de los estilos tradicionales mayas, ofreciendo características arquitectónicas jamás vistas en ninguna de las ciudades mayas conocidas. En el interior del templo —adornado todo él con representaciones de animales marinos— Andrews descubrió un santuario secreto, tapiado con una pared, en el que se encontraba un altar con siete ídolos que representaban a seres deformes, híbridos entre peces y hombres. Seres similares por lo tanto a aquellos que en tiempos remotos revelaron inconcebibles conocimientos astronómicos a los dogones, en el Africa central, y a aquellos otros que nos refieren las tradiciones asirias cuando hablan de su divinidad Oannes.

En 1961, Andrews regresó a Dzibilchaltún, acompañado en esta ocasión de dos experimentados submarinistas, que debían completar con un mejor equipamiento la tentativa de inmersión efectuada en 1956 por David Conkle y W. Robbinet, que alcanzaron una profundidad de 45 metros, a la cual desistieron en su empeño debido a la total falta de luz reinante. En esta segunda tentativa, los submarinistas fueron el experimentado arqueólogo Marden, famoso por haber hallado en 1956 los restos de la H.M.S Bounty, la nave del gran motín, y B. Littlehales. Después de los primeros sondeos, vieron claro que la laguna se desarrollaba en una forma parecida a una bota, prosiguiendo bajo tierra hasta un punto que a los arqueólogos submarinistas les fue imposible determinar. Al llegar al fondo de la vertical, advirtieron que existía allí un declive bastante pronunciado, que se encaminaba hacia el tramo subterráneo del pozo. Y allí se encontraron con varios restos de columnas labradas y con restos de otras construcciones. Con lo cual parecía confirmarse que la leyenda del palacio sumergido se fundamentaba en un suceso real.

Este enclave del Yucatán presenta certeras similitudes con las ruinas de Nan Matol, la ciudad muerta del océano Pacífico del que afirman proceder los indios americanos. También allí se conserva una enigmática ciudad abandonada y devorada por la jungla, a cuyos pies, en las profundidades del mar, los submarinistas descubrieron igualmente columnas y construcciones engullidas por el agua.


El emperador del Universo



Nos vamos a la otra costa de México, ligeramente más al Sur. En Jalisco, y a unos 120 km. tierra adentro del cabo Corrientes, cuentan los indígenas que se oculta un templo subterráneo en el que antaño fue venerado el emperador del Universo. Y que, cuando finalice el actual ciclo evolutivo, volverá a gobernar la Tierra con esplendor el antiguo pueblo desplazado. Tal afirmación guarda relación con el legado que encierran los pasadizos de Tayu Wari, en la selva del Ecuador.


Las láminas de oro de los lacandones



Paisaje del estado de Chiapas (México)
De aquí hacia el Sur, al estado mexicano de Chiapas, junto a la frontera con Guatemala. Allí moran unos indios diferentes, de tez blanca, por cuyos secretos subterráneos ya se había interesado en marzo de 1942 el mismo presidente Roosevelt. Pues cuentan los lacandones que saben de sus antepasados que en la extensa red de subterráneos que surcan su territorio, se hallan en algún lugar secreto unas láminas de oro, sobre las que alguien dejó escrita la historia de los pueblos antiguos del mundo, amén de describir con precisión lo que sería la Segunda Guerra Mundial, que implicaría a todas las naciones más poderosas de la Tierra. Este relato llega a oídos de Roosevelt a los pocos meses de sufrir los Estados Unidos el ataque japonés a Pearl Harbor. Semejantes planchas de oro guardan estrecha relación, igualmente, con las que luego veremos se esconden en los citados túneles de Tayu Wari, en el Oriente ecuatoriano.


50 km. de túnel



Prosigamos hacia el Sur. El paso siguiente que se da desde Chiapas pisa tierra guatemalteca. En el año 1689 el misionero Francisco Antonio Fuentes y Guzmán no tuvo inconveniente en dejar descrita la «maravillosa estructura de los túneles del pueblo de Puchuta», que recorre el interior de la tierra hasta el pueblo de Tecpan, en Guatemala, situado a unos 50 km. del inicio de la estructura subterránea.


A México en una hora



A finales de los 40 del siglo pasado apareció un libro titulado Incidentes de un viaje a América Central, Chiapas y el Yucatán, escrito por el abogado norteamericano John Lloyd Stephens, que en misión diplomática visitó Guatemala en compañía de su amigo el artista Frederick Catherwood. Allí, en Santa Cruz del Quiché, un anciano sacerdote español le narró su visita, años atrás, a una zona situada al otro lado de la sierra y a cuatro días de camino en dirección a la frontera mexicana, que estaba habitada por una tribu de indios que permanecían aún en el estado original en que se hallaban antes de la conquista. En conferencia de prensa celebrada en New York tiempo después de la publicación del libro, añadió que, recabando más información por la zona, averiguó que dichos indios habían podido sobrevivir en su estado original gracias a que —siempre que aparecían tropas extrañas— se escondían bajo tierra, en un mundo subterráneo dotado de luz, cuyo secreto les fue legado en tiempos antiguos por los dioses que habitan bajo tierra. Y aportó su propio testimonio de haber comenzado a desandar un túnel debajo de uno de los edificios de Santa Cruz del Quiché, por el que en opinión de los indios antiguamente se llegaba en una hora a México.


El templo de la luna



En octubre de 1985 tuve ocasión de acceder junto con Juan José Benítez, con los hermanos Vilchez y con mi buena amiga Gretchen Andersen —que, dicho sea de paso, nació al pie del monte Shasta en el que inicié este artículo— a un túnel excavado en el subsuelo de una finca situada en los montes de Costa Rica. Nos internamos en una gran cavidad que daba paso a un túnel artificial que descendía casi en vertical hacia las profundidades de aquel terreno. Los lugareños —que estaban desde hace años limpiando aquel túnel de la tierra y las piedras que lo taponaban— nos narraron su historia, afirmando que al final del mismo se halla el «templo de la Luna», un edificio sagrado, uno de los varios edificios expresamente construidos bajo tierra hace milenios por una raza desconocida, que de acuerdo con sus registros había construido una ciudad subterránea de más de 500 edificios.


La biblioteca secreta



Interior de la cueva de Los Tayos (Ecuador)
Y ya bastante más al Sur, me interné en 1986 en solitario en la intrincada selva que, en el Oriente amazónico ecuatoriano, me llevaría hasta la boca del sistema de túneles conocidos por Los Tayos —Tayu Wari en el idioma de los jívaros que los custodian—, en los que el etnólogo, buscador, aventurero y minero húngaro Janos Moricz había hallado años atrás, y después de buscarla por todo el subcontinente sudamericano, una auténtica biblioteca de planchas de metal. En ellas, estaba grabada con signos y escritura ideográfica la relación cronológica de la historia de la Humanidad, el origen del hombre sobre la Tierra y los conocimientos científicos de una civilización extinguida.


Las ciudades subterráneas de los dioses



Por los testimonios recogidos, a partir de allí partían dos sendas subterráneas principales: una se dirigía al Este hacia la cuenca amazónica en territorio brasileño, y la otra se dirigía hacia el Sur, para discurrir por el subsuelo peruano hasta el Cuzco, el lago Titicaca en la frontera con Bolivia, y finalmente alcanzar la zona lindante a Arica, en el extremo norte de Chile.

De acuerdo por otra parte con las informaciones minuciosamente recogidas en Brasil por el periodista alemán Karl Brugger, con cuyo asesinato en la década de los 80 desaparecieron los documentos de su investigación, se hallarían en la cuenca alta del Amazonas diversas ciudades ocultas en la espesura, construidas por seres procedentes del espacio exterior en épocas remotas, y que conectarían con un sistema de trece ciudades ocultas en el interior de la cordillera de los Andes.

Los refugios de los incas



Enlazando con estos conocimientos, sabemos desde la época de la conquista que los nativos ocultaron sus enormes riquezas bajo el subsuelo, para evitar el saqueo de las tropas españolas. Todo parece indicar que utilizaron para ello los sistemas de subterráneos ya existentes desde muchísimo antes, construidos por una raza muy anterior a la inca, y a los que algunos de ellos tenían acceso gracias al legado de sus antepasados. Posiblemente, el desierto de Atacama en Chile sea el final del trayecto, en el extremo Sur.

Estamos hablando pues, al final del trayecto, de la zona que las tradiciones de los indios hopi citados al inicio de este artículo —allá arriba en la Arizona norteamericana—, señalan como punto de arribada de sus antepasados cuando —ayudados por unos seres que dominaban tanto el secreto del vuelo como el de la construcción de túneles y de instalaciones subterráneas—, se vieron obligados a abandonar precipitadamente las tierras que ocupaban en lo que hoy es el océano Pacífico.

Pero la localización de las señales concretas —que existen—, el desciframiento adecuado de sus claves correctoras —que las hay—, así como la decisión de dar el paso comprometido al interior, es —como siempre sucede en todo buscador sincero— una labor tan comprometida como intransferible.

© Andreas FABER-KAISER, 1992.



Fuente imágenes: Wikimedia Commons





[1] Esta red estaba en contacto con los hipogeos megalíticos y resultaba un auténtico laberinto que a día de hoy aún está por explorar completamente. Al respecto, se dice (rumor no confirmado) que un grupo de escolares y un profesor desparecieron para siempre al internarse en lo más profundo de los túneles.

[2] Para tener una idea de las pesquisas “amateurs” en este campo, véase el libro de Javier Sierra “En busca de la Edad de Oro, capítulos 15 al 18.

lunes, 11 de mayo de 2015

Pirámides, tumbas y mercurio



Hace cierto tiempo publiqué aquí un artículo sobre las poco conocidas pirámides de China (que son consideradas propiamente “mausoleos” por las autoridades locales), y entre la información que recogí me llamó mucho la atención un dato que todavía estaba pendiente de nuevas investigaciones: la presencia de mercurio en el interior de dichas pirámides. Así, hace pocos años el buscador de pirámides bosnio Sam Osmanagic se hacía eco de un texto más de tipo turístico que científico según el cual “la tumba del emperador Qin[1] está a unos nueve metros de profundidad, donde fluyen ríos artificiales de mercurio”. El texto precisaba luego lo siguiente:

«Las últimas investigaciones muestran que el palacio subterráneo está a unos 30 metros de profundidad y que existe una fuerte contaminación de mercurio en un área de 1.200 metros cuadrados alrededor del palacio. Por tanto, se puede concluir que lo que se describe en los archivos históricos como “ríos y mares de mercurio” es de hecho verdadero y fiable. Esto indica que el interior del mausoleo es un palacio grande y magnífico, lleno de tesoros y protegido por ingeniosas medidas de seguridad.»

No obstante, los científicos chinos a cargo de las investigaciones contradecían estas afirmaciones y señalaban que todavía no se había podido localizar exactamente la cámara funeraria ni se habían detectado trampas ni antiguas medidas de seguridad. Asimismo, aseguraban que no existía impedimento alguno para proceder con las excavaciones a causa de la supuesta presencia del mercurio, una sustancia altamente tóxica.

Lo cierto es que, con toda probabilidad, esta historia del mercurio en tumba real estaría basada en antiguas crónicas chinas, tal como nos expone la autora española Clara Tahoces en su artículo “El misterioso imperio subterráneo del emperador Qin Shihuang”[2]:

« [...] los antiguos textos chinos como los del historiador Sima Qian describen con todo lujo de detalles no sólo las “hazañas” del emperador, sino todo aquello que puede estar bajo el túmulo funerario, que antiguamente estaba rodeado de una muralla de seis kilómetros de largo.

Coincidiendo con los cuatro puntos cardinales se abrían cuatro enormes puertas que conducían a una segunda muralla encargada de proteger la ciudad secreta. Según los textos, bajo una cúpula de cobre repujado, que simbolizaría las constelaciones, se halla una estatua del tirano, y a sus pies una reproducción de su reino, atravesado por ríos artificiales de mercurio que gracias a un sofisticado mecanismo permanecerían en eterno movimiento... Hay que explicar que para los antiguos chinos, el mercurio se asocia con la inmortalidad, dándosele un carácter de principio pasivo y húmedo. Es un emblema del yin. Este detalle al menos sí ha podido ser contrastado, puesto que las prospecciones geológicas han detectado una fuerte y extraña reacción justo en el centro de la pirámide que bien pudieran ser los “míticos” ríos de mercurio descritos en los textos clásicos.»

Por supuesto, a falta de datos concretos y contrastados, resulta prematuro extraer conclusiones. Lógicamente, para poder casar la mitología con la arqueología, se debería acceder al interior de este gran mausoleo, pero a día de hoy este monumento sigue sin ser excavado por razones técnicas, políticas o de otro tipo y por tanto nos seguimos moviendo en terrenos especulativos.

Sitio arqueológico de Teotihuacán (México)
De todas formas, cerrando el círculo, quisiera destacar otra valiosa información bastante reciente que también tiene por protagonista el mercurio en el interior de una pirámide. En este caso, la noticia arqueológica[3] nos traslada muy lejos de China: al conjunto monumental de Teotihuacan, cerca de México D.F. Las últimas excavaciones efectuadas allí, concretamente en la pirámide o templo de Quetzalcóatl, a cargo del arqueólogo Sergio Gómez, están ofreciendo resultados sorprendentes. El equipo de Gómez lleva seis años excavando un túnel (localizado por primera vez en 2003) situado a unos 18 metros bajo la pirámide, al final del cual parecen haberse identificado tres cámaras junto con grandes cantidades de mercurio líquido[4], lo cual ha inducido a los expertos a considerar que podrían estar a las puertas de descubrir una tumba real. Esta posibilidad ha entusiasmado a los arqueólogos, pues hasta la fecha se tiene muy poca información acerca de los gobernantes de esta gran ciudad, cuyo periodo de esplendor se ha fijado en los primeros siglos de nuestra era.

En efecto, al final de este túnel, de unos 90 metros de largo, se ha encontrado gran número de objetos, algunos ellos ciertamente extraños: estatuas de jade, restos de jaguar, o una caja llena de conchas grabadas y bolas de goma. Sin embargo, la presencia del mercurio ha sido bastante inesperada y molesta, pues ha obligado a los técnicos a llevar equipos de protección para combatir la toxicidad de este elemento.

Y esto no es todo: el dato que yo no conocía –y que encuentro altamente significativo– es que el mercurio ya ha sido identificado previamente en otros tres yacimientos antiguos de Mesoamérica, dos de ellos mayas y uno olmeca. Pero... ¿de dónde extraían el mercurio y con qué fines? Lo que sabemos con cierta seguridad es que las culturas precolombinas obtenían el mercurio líquido calentando un mineral llamado cinabrio, que de hecho era más empleado para otra función: proporcionar un pigmento de color rojo intenso que utilizaban para decorar artefactos de jade y como pintura corporal de la realeza.

Pirámide o templo de Quetzalcoatl (Teotihuacán)
Dado que el mercurio no tenía, presuntamente, finalidades prácticas para las culturas precolombinas, tendríamos que preguntarnos cuál es el motivo de su presencia en cámaras subterráneas. Para los arqueólogos, el mercurio podría tener una finalidad simbólica relacionada con tumbas reales (y aquí se daría un obvio paralelismo con el caso chino recién comentado). Así, según Gómez, el mercurio podría simbolizar concretamente un río o lago del inframundo. Al parecer, las cualidades relucientes y reflectantes de este elemento en estado líquido serían perfectas para representar un río del inframundo, o sea, un signo de la entrada al mundo sobrenatural o eterno.

De hecho, en el mundo antiguo se consideraba que los espejos eran una vía para entrar y ver el otro mundo e incluso para tratar de adivinar el futuro. De esta manera, los ríos de mercurio, con su peculiar brillo, podrían haber encandilado a los antiguos, que lo habrían utilizado con propósitos mágicos y rituales, y muy especialmente para los enterramientos. (Por cierto, y aunque parezca una conexión extraña, es procedente recordar que el famoso doctor Raymond Moody relata en uno de sus libros ciertos experimentos de tipo paranormal con salas oscuras y espejos, en los que se propiciaba el contacto entre personas vivas y seres del Más Allá.) En todo caso, esta coincidencia en el ritual del mercurio por parte de culturas separadas por un gran océano no hace más que reforzar ciertas teorías sobre contactos en tiempos muy remotos entre la Antigua China y las civilizaciones precolombinas americanas, mucho antes del horizonte propuesto por el investigador británico Gavin Menzies en su polémico libro 1421.

Y volviendo al túnel situado debajo de la pirámide, también resulta sorprendente otro hallazgo relacionado con “espejos” o “reflejos”. En esta ocasión se trata de una prospección realizada en 2013 con un robot en una parte del túnel aún por excavar en la cual se identificaron cientos de esferas metálicas de pequeño tamaño que recibieron el apodo de “bolas de discoteca”, por su aspecto reflectante (supuestamente a causa de un material amarillento llamado jarosita). Por supuesto, los arqueólogos no tienen la menor idea sobre el significado de tales objetos.

Asimismo, esta fascinación por lo brillante podría explicar el hallazgo de grandes cantidades de mica en Teotihuacan ya desde los tiempos de las primeras excavaciones, a inicios del siglo XX, hasta el punto que una de las estructuras excavadas ha sido bautizada como el “Templo de la mica”, precisamente por la abundante presencia de este mineral. Además, es oportuno señalar que la mica (o cierto tipo de mica) debía ser muy apreciada, y  en este caso se sabe fue importada –según la composición de los restos hallados– y que tendría su origen nada menos que en Brasil.

Por otro lado, el tema de la mica en Teotihuacán ha sido visto como una especie de anomalía por parte de la arqueología alternativa, que más bien no querido creer en las cualidades estéticas o rituales en este material, sino en otras de tipo más práctico o técnico, lo que inmediatamente choca con la ortodoxia académica, sobre todo al sugerir más o menos explícitamente la intervención de seres extraterrestres o bien de civilizaciones desaparecidas.

Pirámide del Sol (Teotihuacán)
Sin ir más lejos, Graham Hancock, basándose parcialmente en el trabajo de Zecharia Sitchin, señala que ya en tiempos de la primera excavación (1906), a cargo de Leopoldo Bartres, se dañó la integridad de la Pirámide del Sol, extrayendo la gruesa capa de mica que recubría el monumento ¡para su posterior venta! Pero aparte de esta anécdota, lo que le resulta desconcertante a Hancock es que la mica descubierta –en forma de dos gruesas capas– en el mencionado templo no estaba a la vista, sino debajo del pavimento. Ello sorprende porque dicha característica no se ha encontrado en ningún otro monumento de la Antigüedad y porque desbarata de alguna manera la hipótesis de que la mica tenía una función artística o estética (por el brillo), ya que no podía ser observada de ninguna de las maneras. Naturalmente, Hancock se pregunta por la finalidad real de unas capas de un material traído de bastante lejos[5] y que no eran visibles y, en este punto, especula con la posibilidad de que tuviesen una función práctica insospechada, recordando que la mica tiene hoy en día unos claros usos tecnológicos, como por ejemplo en la fabricación de condensadores o en aislamientos térmicos y eléctricos, aparte de actuar como moderador en las reacciones nucleares.

Y por si fuera poco, algunos investigadores de la Gran Pirámide de Guiza han resaltado el hallazgo de extraños objetos o sustancias en su interior, desde artefactos de hierro –en plena Edad del Bronce– o arenas (¿con trazas de  radioactividad?) en unas cámaras secretas contiguas a la Cámara de la Reina[6]. Esta visión encaja en ya clásica interpretación que hacen ciertos investigadores independientes, como Christopher Dunn, según la cual las pirámides no serían monumentos con una finalidad religiosa, ritual o funeraria sino que se trataría de algún tipo de máquinas con una funcionalidad práctica, posiblemente relacionada con la generación de energía. Por ejemplo, el propio Dunn interpretó la estructura de la Gran Pirámide como un conjunto de cámaras y canales en cuyo interior se producirían determinados procesos físicos y químicos que, aprovechando la vibración de la Tierra, darían como resultado final la producción de energía eléctrica.

Por último, cabe citar que varios investigadores alternativos se han fijado en la presencia habitual de túneles por debajo de muchos complejos piramidales de diversas partes del mundo (Egipto, Centroamérica, China...), lo cual ha disparado todo tipo de especulaciones sobre su razón de ser. A este respecto, se ha remarcado la habitual presencia de corrientes de agua subterráneas bajo las pirámides, o al menos localizadas en sus proximidades (ríos, lagunas, etc.), hecho que se puede constatar en Guiza o en la misma Teotihuacan, que contaba con varios manantiales, si bien ya están secos en la actualidad.

Pirámide de Khufu
Esta observación tendría que ver con teorías audaces sobre la relación entre el agua y la propia estructura piramidal. Así, por ejemplo, el conocido físico alternativo Nassin Haramein especulaba con la existencia de una cierta tecnología hidrodinámica a partir de las pirámides. En su opinión, las pirámides podrían emplearse para estructurar las moléculas de agua, con fines prácticos relacionados con la salud y el bienestar de la comunidad. Y por cierto, sería interesante recordar ahora que, según el historiador Herodoto, la tumba del rey Sufis (o sea, el faraón Khufu) no estaría en el interior de la Gran Pirámide, sino en una cámara subterránea rodeada por una corriente de agua, lo que presenta algunas similitudes evidentes con los casos de China y México antes citados, cambiando el mercurio por agua.

Bueno, lo cierto es llevamos unos dos siglos de investigación sobre las pirámides en todo el mundo, y parece ser que todavía quedan muchos interrogantes por despejar. Por de pronto, tenemos el típico escenario presentado por la ciencia ortodoxa, en que todo tiene un sentido religioso, funerario, mágico, etc. Sin embargo, han empezado a surgir preguntas acerca de otros posibles fines cuyo significado último no está nada claro. Ríos de mercurio, túneles, revestimientos de mica, corrientes de agua, materiales reflectantes... ¿no será tal vez que en todo esto hay algo mucho menos “ritual” de lo que en principio parece? Por supuesto, nos estamos moviendo una vez más en el terreno de las conjeturas.

© Xavier Bartlett 2015


[1] Se refiere la pirámide-mausoleo del emperador Qin (s. III a. C.), monarca especialmente conocido porque cerca de su monumento se hallaron las famosas estatuas de miles de guerreros de terracota.
[2] Fuente: http://www.antiguosastronautas.com/articulos/Tahoces01.html
[4] Sin más datos concretos, habría que cuantificar esas “grandes cantidades” para hacernos una imagen más precisa sobre la presencia del mercurio, y su posible origen y propósito.
[5] Hancock afirma que existían variantes locales de mica que los teotihuacanos podrían haber empleado, pero prefirieron usar cierta mica por su composición específica, y ésta sólo estaba disponible a miles de kilómetros.
[6] Estos datos proceden de prospecciones con aparatos de alta tecnología efectuadas en los años 80 por un equipo francés y otro japonés, según relatan Graham Hancock y Robert Bauval en su libro “Guardián del Génesis”.