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sábado, 20 de abril de 2019

Un respeto por el pasado


Todavía estamos impactados por el pavoroso incendio que devastó la catedral de Notre Dame de París y que –a decir de los expertos– puso en grave riesgo toda la estructura, con la amenaza del derrumbe completo. En fin, no quiero quitar hierro ni importancia al asunto, pero detrás de tanto dramatismo y declaraciones agónicas y altisonantes (sobre todo en el entorno mediático) me pareció que se estaba exagerando un poco con respecto a la solidez de un edificio de piedra de tales dimensiones. No niego que el desplome fuera un peligro real a tener en cuenta, pero una grandiosa catedral gótica construida con gran pericia hace 800 años no se viene abajo tan fácilmente, aun en las peores circunstancias. La historia nos muestra numerosos ejemplos de templos de origen medieval que han resistido los duros embates del tiempo, ya sea en forma de desastres naturales, accidentes o agresiones humanas. Así, las grandes catedrales han aguantado terremotos y tormentas, pero también bombardeos, así como incendios fortuitos o provocados, como los que en la Guerra Civil española sufrieron muchísimos templos de gran antigüedad.

Lo cierto es que estamos acostumbrados a venerar el progreso técnico de los últimos siglos, en particular desde la Revolución Industrial, pero sería prudente rebajar un poco esta admiración o fascinación por la ciencia y la tecnología actuales, a la vista de lo que se consiguió en el pasado, y no sólo me refiero al periodo medieval, sino a construcciones de gran antigüedad que podemos remontar a la Historia Antigua o la mismísima Prehistoria. Nuestros métodos de construcción están enfocados a la eficacia y la eficiencia, a utilizar materiales y técnicas que permiten grandes logros en un tiempo razonable –normalmente breve– para obtener un resultado práctico que satisfaga las necesidades de la sociedad actual. La pregunta ahora es: ¿pero están pensadas esas estructuras para sobrevivir durante siglos? Los propios expertos ya reconocen que no es así, e incluso han diseñado escenarios futuristas de catástrofe en que se admite que casi todas las edificaciones de nuestra civilización moderna quedarían barridas de la faz de la Tierra en unos pocos siglos en caso de grandes cataclismos o destrucciones, o bien por el simple abandono y falta de mantenimiento.

Las tres grandes pirámides de Guiza
Y frente a esto, ¿qué nos ofrece el pasado más remoto? La arqueología viene aquí en nuestro apoyo y nos ofrece un panorama diverso en que ha habido de todo, lo que incluye la pérdida de gran número de estructuras, pero también la conservación, más o menos precaria, de otras muchas. Me gustaría emprender una reflexión sobre este tema, partiendo de un conjunto de edificaciones muy famosas, como fueron las llamadas “siete maravillas del mundo”, de las cuales sólo una se mantiene íntegra en pie: las grandes pirámides de Guiza[1]. Así, según el poeta griego Antípatros de Sidón (s. II a. C.) existían en el mundo siete grandes obras (Ta hepta theamata: “Las siete cosas dignas de verse”) que destacaban por su grandeza, belleza o esplendor. Estas eran las pirámides de Egipto, el templo de Artemisa en Éfeso, el Mausoleo de Halicarnaso, el templo de Zeus en Olimpia, los jardines de Babilonia, el Coloso de Rodas y el faro de Alejandría.

Repasando sólo un poco por encima tales maravillas, podemos comprobar que hace más de dos mil años se hacían fantásticos monumentos, a un coste enorme y con una gran movilización de medios materiales y recursos humanos. Tales obras podían tardar muchos años en ser construidas, ciertamente, pero desde luego fueron hechas para ser tremendamente sólidas y estables, con una gran pericia, ingenio y dominio de la técnica propia de aquellas épocas, si bien todo ello podría ser considerado como bastante precario con relación a nuestra modernidad industrial. Sin embargo, las comparaciones entre esa era y la nuestra no pueden realizarse en los mismos términos. En el pasado, no sólo era cuestión de disponer de determinados materiales, técnicas de construcción o maquinaria especializada, sino que existía en la arquitectura monumental una inequívoca voluntad de crear algo grandioso e imperecedero. De este modo, la construcción no se regía estrictamente por criterios económicos, sino por un propósito de obtener firmeza, belleza y durabilidad, pues las obras eran el reflejo del poder y la majestad de un monarca, de una divinidad o de toda una comunidad, sin excluir lo que sería el ensalzamiento de la parte estrictamente artística u ornamental, esto es, el deseo de generar armonía a partir de la piedra u otros materiales.

Reconstrucción del Mausoleo de Halicarnaso
Así, por ejemplo, en la tumba del príncipe Mausolo en Halicarnaso (Asia Menor), erigida en el siglo IV a. C., trabajaron los mejores arquitectos y artistas griegos de la época para realizar un grandioso monumento que, aparte de una excelsa obra escultórica, incluía una enorme base, una cámara sepulcral y una pirámide que coronaba el conjunto, que alcanzaba en total unos 45 metros de altura. El edificio se fue deteriorando con el paso de los siglos, pero en 1855 todavía quedaban restos del basamento, que fueron llevados al British Museum. En verdad, posiblemente el edificio se hubiese conservado bastante bien hasta la actualidad, pero en el siglo XIV los caballeros de San Juan de Rodas lo emplearon como cantera para construir una fortaleza y lo desmontaron en gran medida. Este es el mismo trágico destino que, desgraciadamente, sufrieron centenares de otras grandes obras de la Antigüedad.

En cuanto a los jardines colgantes de Babilonia, ya nada queda de ellos, pero las crónicas antiguas nos hablan de que fueron construidos en tiempos de Nabucodonosor (siglo VI a. C.) y que estaban situados junto a la famosa puerta de Ishtar, ocupando una gran parte del palacio real. Se trató de una obra colosal en que fueron erigidas varias terrazas sustentadas por catorce galerías o salas abovedadas. Las terrazas, unidas por bellas escalinatas, tenían varios metros de altura (hasta 13 metros) y estaban surtidas de agua mediante un sistema de complejas canalizaciones. Algunos muros de estas terrazas eran realmente imponentes, de hasta seis metros de espesor. Y en lo referente a su contenido, había múltiples especies vegetales exóticas, con muchos árboles y arbustos, todo ello traído de lejanas regiones, desde Asia Menor hasta la India. Este maravilloso espectáculo de exuberancia natural todavía pudo ser visto por cronistas de época romana como Estrabón y Diodoro Sículo pero las sucesivas destrucciones de la ciudad no dejaron rastro de estas magníficas construcciones.

Otro ejemplo de arquitectura monumental fue el famoso faro de Alejandría. Su fundación se debe al rey Ptolomeo Sóter, a principios del siglo III a. C. El diseño estuvo a cargo del arquitecto Sóstrato, que levantó esta obra en la pequeña isla de Pharos, que estaba comunicada con la ciudad mediante un puente o calzada llamada Heptastadion. La poderosa estructura del faro constaba de una base cuadrada construida en mármol blanco y luego de una plataforma superior octogonal, igualmente de mármol, de ocho pisos de altura. Culminando la obra, una pequeña estructura albergaba un gran espejo que reflejaba la luz durante el día, mientras que por la noche se encendía una gran fogata que era visible a mucha distancia de la costa. El conjunto en total tenía más de cien metros de altura. El faro soportó varias destrucciones e invasiones de la ciudad de Alejandría a lo largo de los siglos, pero finalmente un terremoto de formidables proporciones derribó la estructura en el año 1375, en plena Edad Media. Con todo, el edificio estuvo dando servicio durante la friolera de unos 1.600 años.

Representación clásica del Coloso de Rodas
También es digna de mención la maravilla del Coloso de Rodas, una pequeña isla situada en el mar Egeo. El origen de esta obra se sitúa cuando Rodas fue objeto de un ataque a finales del siglo IV a. C. Tras rechazar esta incursión, los rodios decidieron dedicar una gran estatua a su protector, el dios Helios, con la intención de que fuera la mayor imagen jamás dedicada a esta divinidad. La espectacular estatua fue diseñada por el artista griego Cares de Lindos y construida con placas de bronce sobre un armazón de hierro, con una altura un poco inferior a 40 metros y un peso de unas 70 toneladas. Debió ser en verdad algo digno de verse, pues el brillante Coloso portaba una corona radiada y una antorcha en la mano, y sus dos enormes piernas –que daban paso a los barcos– se apoyaban en los extremos del canal de acceso al puerto[2]. La estatua fue erigida a inicios del siglo III a. C. tras doce años de trabajos, pero ni siquiera cumplió un siglo, pues en el 226 a. C. fue derribada por un violento terremoto. De este modo, quedó semihundida en las aguas del puerto hasta que en el siglo VII los árabes, que habían conquistado la isla, la rescataron, la cortaron en pedazos y la vendieron como metal.

Y, en fin, no podíamos dejar de citar las grandes pirámides, datadas convencionalmente hacia el 2500 a. C., como única maravilla de la Antigüedad superviviente en nuestros días. Sobre ellas se ha dicho casi todo y se ha especulado aún más. Algunos no quieren dar demasiado mérito a lo que consideran un mero apilamiento de grandes piedras (lo que justificaría la solidez de la obra), pero dos hechos destacan poderosamente. En primer lugar, todo fue realizado con una alta precisión matemática y geométrica, digna de la relojería suiza; y en segundo lugar, todavía no se sabe cómo fueron erigidas estas moles de piedra, aparte de las clásicas –y más bien endebles– especulaciones que han formulado los egiptólogos durante dos siglos. Personalmente, creo que o bien no hemos interpretado correctamente la ciencia del Imperio Antiguo, o bien estos monumentos pertenecen a una civilización anterior, como han propuesto muchos autores alternativos (sin ninguna necesidad de “extraterrestres”). En todo caso, no hay duda que las tres grandes pirámides son auténticos centinelas de la eternidad, pues han resistido durante miles de años los desastres naturales más terribles y los saqueos para obtener piedra. Como dice el proverbio árabe, “El hombre teme al tiempo, pero el tiempo teme a las pirámides”.

El Osireion de Abydos: megalitismo en Egipto
Para finalizar esta reflexión, y dejando aparte estas maravillas, está claro que la fabulosa arquitectura megalítica (situada en la Prehistoria, según los propios criterios de la ortodoxia académica) es también un inmenso logro digno de admiración si tenemos en cuenta la tecnología de la época. Otra cosa es que consideremos que no fue realizada tal y como nos lo explican desde el estamento oficial, sino por otros medios, cuya naturaleza no está demasiada clara. Sobre este punto concreto ya me he explayado varias veces en este blog y no voy a repetir las polémicas y argumentos sobre la cronología, autoría y técnica de estas obras ciclópeas. 

Lo que es evidente es que muchos de estos monumentos de enorme antigüedad son un enigma técnico para los expertos modernos. Por de pronto, siguen ahí en pie y han resistido, pese al desgaste, todo tipo de cataclismos y agresiones, dando así una imagen de firmeza y perdurabilidad paralela al fenómeno de las pirámides.

No obstante, aun bajando a un nivel histórico más reciente y mundano, nos encontramos con obras que todavía gozan de relativa buena salud después de unos dos mil años. Me estoy refiriendo, por supuesto, a la civilización romana, que culminó los avances de la arquitectura griega y helenística y supo crear nuevas soluciones –en las que destacó el amplio uso del arco de medio punto– tanto para la arquitectura monumental como para la obra civil. Aquí no había nada de megalitos, pero sí todo tipo de paramentos, con ladrillos y piedras, aparte de morteros, argamasas e incluso cemento de gran calidad. No cabe duda de que los romanos fueron maestros en el arte de construir y urbanizar, a fin de proporcionar a sus pueblos y ciudades obras públicas de enorme solidez y gran funcionalidad. Así pues, no es de extrañar que hayan llegado hasta nosotros basílicas, teatros, anfiteatros, murallas, palacios, templos, termas, puentes, acueductos, etc.

Puente de Alcántara (Cáceres, España)
A día de hoy, aún podemos visitar un buen número de estas notables obras en el territorio del antiguo imperio romano. Sólo por poner un ejemplo, a inicios del siglo II d. C., un artifex (esto es, un ingeniero) hispano-romano llamado Gaius Iulius Lacer emprendió una de las construcciones más importantes que aún se conservan en España: el famoso puente de Alcántara sobre el río Tajo, bajo el mandato del emperador Trajano. Actualmente, este monumento está considerado como una de las mejores muestras de la arquitectura y la ingeniería romana por sus grandes dimensiones y sus logros técnicos. De hecho, fue tal la calidad del trabajo que el ingeniero se atrevió a incluir una inscripción en un templete anexo al puente en la que afirmaba literalmente que “el puente, destinado a durar por siempre en los siglos del mundo, lo hizo Lacer, famoso por su divino arte”. Ahora podríamos decir que Lacer era un hombre con exceso de vanidad, pero lo cierto es que su puente sigue en pie después de 1.900 años de servicio, si bien es justo admitir que necesitó de algunas obras de mantenimiento y reparación en siglos posteriores, pues fue objeto de destrucciones parciales a causa de diversas guerras. Así pues, está claro que no sólo se han preservado las archifamosas pirámides de Guiza; otras construcciones de escala más modesta también nos han mostrado su vocación de perdurar hasta el fin de los tiempos.

Una vez hecho este repaso, podríamos extraer la conclusión final de que los antiguos tenían los conocimientos y medios para realizar logros prodigiosos con una tecnología más o menos limitada si la comparamos con la nuestra. Pero, además, la filosofía que subyace en esas obras ya nos enseña que la voluntad de perdurar era un valor de primer orden, por encima de los criterios sociales, políticos o económicos a los que estamos habituados actualmente. Ahora bien, pese a todos esos esfuerzos, el mundo evolucionó, avanzó y dejó atrás lo que ya no servía. De esta manera, muchos edificios se destruyeron o se abandonaron. Otros muchos se convirtieron en simples canteras para la realización de nuevas construcciones. Lo que antes era válido o deseable, dejó de serlo en un momento dado. 

Restos de Machu Picchu. Véase cómo la estructura ha resistido la fuerza de los terremotos. (Foto: D. Álvarez)

Como arqueólogo, me podría lamentar de lo muchísimo que se ha perdido o de lo que ha llegado hasta nosotros en un estado precario o ruinoso. Pero es inevitable, es un lastre con el que debemos convivir y debemos aceptarlo como algo natural, porque si el mundo se hubiera parado y fosilizado en los edificios romanos, no habría habido románico, ni gótico, ni barroco, ni neoclásico, ni… Es triste ver una gran catedral como Notre Dame en llamas, pero son muchas las catedrales que dan aún testimonio de la Edad Media en toda Europa. No podemos dramatizar toda pérdida de patrimonio, porque así ha sido la historia, nos guste o no. Casi nada es duradero por siempre (¡a excepción de las grandes pirámides!) y estamos reinventando la arquitectura a cada siglo. Hay muchos edificios que se han conservado, otros se han reconstruido o remodelado y otros tristemente han desaparecido… pero insisto en que debemos aceptar el deterioro y la pérdida como algo consustancial de nuestro mundo, porque nuestra propia existencia mortal no va a ser eterna.

Dicho todo esto, siempre es deseable la conservación y la restauración de ese pasado esplendoroso, mientras no se convierta en una obsesión o en un mero fetichismo por el objeto, por muy grande que sea. En ese sentido, el pasado nos aporta muchas lecciones sobre nuestra identidad y nuestro devenir. Respetemos y apreciemos en su justa medida lo que hicieron esos humanos de hace muchos siglos, porque tal vez nuestra idea de evolución o progreso esté algo equivocada. Y eso es una cuestión de valores, más que de piedras o máquinas.

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] Para ser precisos, existen aún algunos restos dispersos o ruinas de otros monumentos, como es el caso del templo de Zeus en Olimpia o el Mausoleo de Halicarnaso.
[2] Según algunos autores tal posición no sería realista y la estatua se hubiera hundido por su propio peso, aparte de las dificultades y peligros durante su construcción y colocación. Se especula con que pudo haber sido erigida en la acrópolis de Rodas.

domingo, 17 de marzo de 2019

Las pirámides de Guiza y el huevo de la discordia


Una de las principales polémicas agitadas por la arqueología alternativa sobre el antiguo Egipto es la asignación y datación de las grandes pirámides de Guiza, que a juicio de varios autores no se corresponden con el Egipto faraónico “histórico” sino a una época anterior. En este punto, hay opiniones para todos los gustos que incluyen algunas teorías francamente muy extremas, en las que no falta la presencia de gigantes, extraterrestres (anunnakis incluidos) o atlantes. Toda esta parafernalia crítica sigue siendo para el estamento académico un motivo de molestia y hastío, aunque muchas veces se lo toman a broma. Desde su perspectiva, esta cuestión quedó ya más que zanjada en el siglo XIX al asignar con seguridad los monumentos a los faraones Khufu (Keops), Khafre (Kefrén) y Menkaure (Micerino) de la 4ª dinastía, con una cronología aproximada de 2500 a. C., según los estudios aceptados más recientes.

Cabe recordar ahora que en realidad la asignación y datación de las pirámides de Guiza se sustenta fundamentalmente en documentos históricos que no pueden corroborarse por sí mismos. La datación intrínseca de los monumentos debería partir del estudio de los restos físicos observables y aquí hay que señalar que estas pirámides se hallaron prácticamente vacías (aparte de algún sarcófago y otros pequeños objetos) desde tiempos antiguos y sin ningún artefacto o resto humano claramente atribuible a la época en cuestión. Además, como es sabido, las pirámides más antiguas no contenían jeroglíficos, lo que las hacía mudas a efectos históricos. Por lo tanto, es oportuno recalcar que a menos que los restos físicos –incluidas marcas o signos de escritura– estén en un contexto arqueológico estable e inalterado relacionado con la época de edificación del monumento, es bien posible que tales restos sean intrusivos (o sea, posteriores al momento de construcción de la pirámide), y de hecho sabemos positivamente que en varias pirámides se produjo este fenómeno de la intrusión.

Uno de los cartuchos hallados por Vyse
Con todo, como es bien conocido, la egiptología alude al famoso descubrimiento de escritura jeroglífica en la Gran Pirámide a cargo del coronel Richard Howard-Vyse, que a efectos científicos supondría una prueba arqueológica indiscutible[1]. Me refiero, por supuesto, a los cartuchos[2] con el nombre del faraón Khufu hallados en 1837 en las cámaras de descarga y que se supone que son marcas pintadas de cantería, lo que implicaría que fueron realizadas en la cantera por los artesanos picapedreros y no durante (o después de) la colocación de los bloques. No obstante, en tiempos recientes la sombra del fraude se ha proyectado sobre este hallazgo y no pocas voces alternativas creen firmemente que Vyse falsificó los jeroglíficos para obtener fondos y prestigio, o por lo menos consideran que la sospecha de malas prácticas es razonable y que no se puede dar por buena esta prueba hasta que se practiquen in situ análisis científicos concluyentes que descarten por completo el supuesto fraude[3].

De momento, los egiptólogos han desestimado realizar tales análisis físico-químicos y dan por bueno el trabajo de Vyse sin más corroboración que la propia descripción de los signos hallados en las cámaras (y, curiosamente, en la única cámara que no descubrió Vyse no había ni un solo jeroglífico o marca). Además, Vyse también halló un sarcófago con el nombre de Menkaure escrito en la tapa, en su correspondiente pirámide, pero estudios más modernos revelaron que el sarcófago –y la momia que contenía– pertenecían a una era muy posterior (el periodo saíta), lo que vuelve a incidir en la cuestionada conducta profesional del egiptólogo británico. Sobre esta cuestión ya escribí un largo artículo en tres partes, basándome en particular en la investigación independiente del autor escocés Scott Creighton, y me remito a estos documentos para los que deseen tener todos los detalles de la controversia.

En cuanto a una datación relativa, no tiene sentido hablar de ella pues se trata de una estructura en superficie, sin estratigrafía, y con un contexto arqueológico próximo que no tiene porqué ser necesariamente contemporáneo, como los restos de las chozas de los supuestos operarios constructores de la pirámide. Así pues, nos quedaría como última solución acudir a la datación absoluta de las escasas muestras disponibles mediante los métodos radiométricos habituales. En este caso debemos hablar del recurso al consabido Carbono-14, que sólo puede emplearse con materiales de origen orgánico (esto es, que contienen trazas de carbono), hasta un tope de unos 50.000 años, si bien a partir de los 30.000 años el margen de error ya es considerable. Que yo sepa, sólo se han realizado dos dataciones de restos de estas pirámides mediante este método: un hueso humano y un fragmento de madera de la pirámide de Khafre y la argamasa de varias hiladas de piedra exteriores de las tres pirámides.

Pirámide de Khafre
Empezaremos por el análisis más reciente, que fue un encargo de los investigadores alternativos R. Bauval y J. Sierra en el año 2000 sobre una falange de mano humana y un pedazo de madera hallados por Herbert Cole a mediados del siglo XX en la pirámide de Khafre, cuando se realizaban labores de limpieza y fumigación del monumento. Esta prueba arrojó un resultado desalentador: el dedo pertenecía a un humano del siglo XIX y el fragmento de madera tenía “sólo” unos 2.200 años (la época ptolemaica). Lo más chocante, empero, es que ambos objetos fueron hallados en la junta entre dos bloques, lo que constituye una extraña coincidencia para unas cronologías tan dispares.

El otro análisis se practicó en los años 80 del pasado siglo en materiales de las tres grandes pirámides para corroborar la datación histórica, sobre la base de que la argamasa entre los bloques contenía algunos restos orgánicos. El resultado apuntó a que los tres grandes monumentos eran –de media– unos cuatro siglos más antiguos que lo establecido por la cronología convencional, si bien algunas muestras aisladas de la pirámide de Khufu dieron fechas mucho más antiguas, de hasta 3809 a. C. ± 160 años, lo cual ya es un desfase tremendo. En general, el abanico de fechas obtenidas resultó demasiado amplio y confuso como para poder extraer alguna conclusión válida. Visto este panorama, el estudio radiométrico no se tomó demasiado en serio y se hizo hincapié en los conocidos márgenes de error de este método.

Lo más grave es que, como ya viene siendo costumbre, cuando las dataciones radiométricas de Carbono-14 u otros métodos no concuerdan con las propuestas iniciales de los arqueólogos, se descartan o relativizan los resultados por ser erróneos (sobre todo apelando a la contaminación de las muestras) o incluso se llega a poner en duda toda la metodología. De hecho, el antiguo mandamás del Servicio de Antigüedades egipcio, Zahi Hawass, rechazaba de pleno la validez del método del C-14.  Llegados a este punto, ya podemos apreciar las grandes dificultades de probar con absoluta seguridad que las tres grandes pirámides datan de la 4ª dinastía, con una cronología de alrededor de 2500 a. C., por no mencionar la agria polémica geológica sobre la antigüedad de la Gran Esfinge (presunta contemporánea de las pirámides), que también he abordado extensamente en este blog.

Tumba 96 con su ajuar funerario
Y en este nebuloso contexto, un curioso objeto ha venido a apuntalar las dudas de muchos autores alternativos sobre las supuestas firmezas de la egiptología. Se trata de un huevo de avestruz decorado hallado en Dakka (Nubia, al sur de Egipto) en 1907 por el egiptólogo británico Cecil Mallaby Firth. Este huevo se encontró concretamente en la tumba 96 del cementerio 102 de Dakka, en el contexto de la llamada cultura de Nagada I, la etapa neolítica previa al periodo histórico o dinástico egipcio, datada entre 4000 a. C. y 3500 a. C.[4] Actualmente está expuesto en el Museo Nubio de Asuán, fundado en 1913 por el propio Firth.

Cabe señalar que estos huevos decorados con diversos motivos eran típicos de esa época y esa zona –si bien tal costumbre se remontaba a los inicios del neolítico egipcio, hacia el 9000 a. C.– y solían formar parte de ajuares funerarios. Ahora bien, ¿qué tiene de particular dicho huevo? Este objeto muestra una decoración zoomórfica y también geométrica, hecho bastante corriente desde los tiempos más antiguos. Sin embargo, esa decoración geométrica llama la atención por su gran parecido con la efigie de las tres grandes pirámides. Así, en una cara tenemos tres triángulos isósceles rayados en su interior junto a una línea vertical en zigzag. Por la otra cara se repite el motivo de los tres triángulos prácticamente unidos junto a lo que parece la representación de un avestruz.

Para los egiptólogos esta decoración no tiene más interés que lo puramente artístico, pero para algunos investigadores alternativos[5] los tres triángulos no son simple motivos de decoración ni representación (en signo jeroglífico) de montañas, sino un dibujo estilizado de las tres pirámides de Guiza, idea reforzada por la presencia de líneas horizontales (“hiladas”) en su interior. Aparte, en esta visión se alega que la línea zigzagueante que pasa al lado de los triángulos se parece mucho al propio curso del río Nilo de sur a norte, y la posición de las pirámides queda bien fijada con respecto al Nilo, en su orilla izquierda (al oeste). Con todos estos elementos, no es de extrañar que se formulasen sólidas sospechas acerca de tanta coincidencia, pues si damos un significado geográfico a esos dibujos estaríamos hablando de algo parecido a un mapa que alguien (¿un viajero nubio?) trazó sobre un huevo de avestruz.

El huevo decorado de la tumba 96
Por supuesto, este es el punto donde saltan todas las alarmas. Si esa atrevida interpretación fuese correcta, estaríamos hablando de que existiría un testimonio arqueológico de la presencia de las pirámides de Guiza muchos siglos antes de la fecha convencional aceptada. En otras palabras, el dibujo sugeriría que dichas pirámides ya estaban allí antes de que arrancase la civilización egipcia. Este hecho convertiría automáticamente al controvertido huevo en un oopart (artefacto fuera de lugar), aunque en realidad las que quedarían desplazadas de su tiempo serían las pirámides, pues el objeto en cuestión fue localizado en un contexto arqueológico inalterado y datado en un periodo claramente predinástico. Y, desde luego, no se trata de una falsificación: el artefacto es real y no fue retocado o manipulado; eso nadie lo ha discutido.

No obstante, es preciso realizar una serie de reflexiones antes de corroborar o defenestrar sin más esta propuesta alternativa. Por de pronto, como no me sorprende, los comentarios al respecto por parte del estamento académico son prácticamente nulos, pues no suele rebajarse a ese tipo de polémicas. Sí he encontrado en Internet unas pocas opiniones de expertos y escépticos que insisten básicamente en que ese tipo de decoración con triángulos era bastante habitual y que las mentes calenturientas ven pirámides cuando en realidad se trata de montañas. Y si uno se pone a estudiar este tipo de objetos verá que, en efecto, la decoración geométrica a base de triángulos fue cosa corriente y no merece mayor comentario. Sin embargo, casi todas las fotos que he visto en estas páginas defensoras del oficialismo no muestran la cara en que aparece la línea vertical en zigzag, sino la de las “montañas” aisladas. Por lo demás, me he fijado en unas cuantas imágenes de esos huevos decorados, y no he apreciado un patrón similar de tres triángulos aislados. En resumen, me siguen llamando la atención los siguientes elementos:

  1. Sólo aparecen tres triángulos isósceles en ambas caras, en la parte superior (¿una indicación del norte?)
  2. Dichos triángulos están rayados con líneas que parecen hiladas de piedra.
  3. Los triángulos aparecen a la izquierda de una línea vertical en zigzag (¿el Nilo?), que recuerda mucho la posición de las pirámides de Guiza con respecto a un observador del extremo sur de Egipto (o sea, Nubia).
Pero antes de lanzar las campanas al vuelo, debemos ser muy cautos y rigurosos, y relativizar las “evidencias”. Contra estos argumentos podríamos también aportar algunas observaciones como éstas:

a)     La posición y forma de los triángulos podría deberse a factores arbitrarios.
b)     El rayado interior puede ser una simple decoración, como se aprecia en muchos otros motivos.
c)     El tamaño de los tres triángulos es prácticamente idéntico, lo que no se corresponde con la dimensión claramente inferior de la pirámide de Menkaure con respecto a las otras dos.
d)     La interpretación de la línea vertical en zigzag como el río Nilo puede ser sólo un lejano parecido con la realidad natural.

La lápida de la tumba del rey Pakal
En suma, es muy complicado objetivizar completamente esta decoración y darle una interpretación geográfica segura, independientemente de que en términos cronológicos sea herética o no. El sesgo de querer ver según qué cosas nos puede jugar una mala pasada, y este es un defecto típico de la arqueología alternativa más imaginativa, como pudo ser el caso de Von Däniken y su famosa lectura en clave de antiguos astronautas de la lápida del rey Pakal de Palenque. No obstante, el prejuicio también puede darse por el lado académico, en el caso de querer descartar esa visión heterodoxa sólo porque es “imposible”, aunque de cara a la galería se aleguen motivos puramente formales.

En realidad, el tema es más complejo, pues la controversia planteada no se va a los extremos, que serían, por un lado, la aceptación a pies juntillas de la cronología ortodoxa y, por otro, la propuesta de que las pirámides fueron construidas en una era antediluviana, muchos miles de años antes del Egipto histórico. Si nos movemos en el contexto de la cultura Naggada I, vemos que su cronología nos lleva a unas fechas que vienen a coincidir más o menos con las dataciones más extremas de C-14 de la pirámide de Khufu, esto es, cerca del 4000 a. C., como ya vimos. O sea, que el propio método de C-14 (¡tan cuestionado por tanta gente!) avalaría unas pirámides contemporáneas del periodo Naggada I, lo cual nos empujaría a diseñar un escenario en que una civilización (no le pongamos adjetivos) habría construido grandes pirámides mientras que en algunas partes remotas de Egipto la gente viviría aún en un estadio neolítico[6].

W. M. Flinders Petrie
A todo esto, he de señalar que desde mediados del siglo XIX hasta bien avanzado el pasado siglo XX –aun después de la introducción de las dataciones absolutas– no existió un consenso científico total en torno a la cronología del antiguo Egipto y, según los diversos eruditos, las cronologías podían diferir en muchos siglos e incluso milenios. Sólo por centrarnos en la cronología del reinado de Khufu (que supone por extensión la datación de la Gran Pirámide), veremos hasta qué punto los diversos criterios histórico-arqueológicos –e incluso astronómicos– han influido en la determinación de las cronologías. Por ejemplo, Piazzi Smyth, en 1877, databa la pirámide de Khufu hacia el 2170 a. C. Flinders Petrie, unos años más tarde, dató el reinado de Khufu entre 4748 a. C. y 4685 a. C. Proctor, ya en el siglo XX, propuso unas fechas para la construcción de la pirámide que oscilarían entre el 3440 a. C. y el 3350 a. C. A mediados del siglo XX, André Pochan situaba los inicios de la civilización egipcia (faraón Narmer) hacia el 5600 a. C. y al faraón Sufis (Khufu), hacia el 4800 a. C. Y ya en tiempos más próximos (1980), Baines y Malek establecían para el reinado de Khufu las fechas más aceptadas actualmente, entre 2551 a. C y 2528 a. C., si bien El Mahdy (2003) aún corregía un poco a la baja dichas cifras y calculaba la construcción de la Gran Pirámide hacia 2425 a. C.

Como vemos, tras dos siglos de investigación egiptológica, aún tenemos un amplio abanico de cronologías con grandes diferencias (de hasta más de dos milenios) que podrían estar sometidas a nuevas comprobaciones, pues ya hemos constatado que nunca se han acabado de cerrar las dudas y los vacíos de conocimiento. Aparte, quedarían las dataciones heréticas de los autores alternativos que en su mayor parte se van a una era antediluviana, con muchos milenios de desfase con respecto a la cronología convencional. Sólo como ejemplo cabe citar que el vidente norteamericano Edgar Cayce, a partir de sus trances lúcidos, situaba la edificación de la Gran Pirámide hacia el 10490 a. C., mientras que otros autores se remontaban a ciclos precesionales anteriores, lo que supone docenas de miles de años antes. Otros investigadores, empero, son menos esotéricos y aluden a factores erosivos observables para alejar las pirámides de sus dataciones convencionales. Vamos a dejarlo ahí.

Vista aérea de la pirámides de Guiza
Para cerrar el tema, podríamos conceder el beneficio de la duda al famoso huevo de Nubia y admitir –al menos como hipótesis– que en efecto representaba las tres pirámides de Guiza. En este contexto, podemos imaginar que algún viajero de la cultura Naggada las debió ver en la meseta de Guiza y luego las situó en un tosco mapa dibujado sobre un huevo de avestruz, que se convirtió en ofrenda funeraria. Esto implicaría que hacia el 4000 a. C. (o, para simplificar, en la era predinástica) ya estaban allí los tres grandes monumentos, cuando la egiptología ortodoxa nos dice que aún no había despegado la civilización egipcia. Pero… ¿desde cuándo? ¿Unas pocas décadas, siglos, milenios tal vez? Es imposible saberlo.

Finalmente, los escenarios históricos que se derivan de esta hipótesis son múltiples. Puede que las cronologías del antiguo Egipto estén equivocadas y que deban revisarse (hacia épocas más antiguas). Asimismo, cabe la posibilidad de que las pirámides fuesen obra de una civilización anterior y que los faraones de la 4ª dinastía simplemente “adoptasen” los monumentos existentes y los restaurasen. Aunque también es factible, como ya expuse en una entrada reciente, que el Egipto mítico –que se remontaba muchos miles de años atrás– fuese mucho más real e histórico de lo que el estamento académico quiere admitir. En cualquier caso, y a pesar de todo lo que nos diga la ciencia oficial, no hay pruebas definitivas ni concluyentes de la edad de las pirámides de Guiza ni mucho menos claro resulta que fueran construidas como tumbas para los faraones.

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons / archivo del autor


[1] Dejo aparte el llamado tetragramatón, cuatro símbolos situados en la antigua entrada de la pirámide que nadie ha podido descifrar, y que no se sabe cuándo fueron grabados.

[2] Los cartuchos eran unos óvalos que rodeaban y destacaban el nombre oficial de un faraón, tanto si el jeroglífico era pintado –como este caso– como grabado sobre piedra.

[3] Incluyo aquí una cita atribuida a Scott Creighton tomada de mi libro “La historia imperfecta” para aclarar en qué consistirían dichas pruebas, a partir del hecho de que Vyse entró en las cámaras a golpe de explosiones de pólvora. Dice Creighton: “Lo que sucede con la pólvora es que deja un finísimo residuo sobre las superficies que se encuentran en las proximidades de la explosión y también puede dejar trazas de explosión específicas (salpicaduras). El residuo resultante puede ser microscópico, pero se podría someter a pruebas forenses para hallar proporciones específicas de nitratos y plomo en las superficies afectadas por la explosión (el suelo, las paredes y el techo de estas cámaras). Si el patrón de los residuos es significativamente más bajo –o nulo– en las inscripciones, esto sugeriría en consecuencia que dichas inscripciones fueron escritas después de la explosión de la pólvora y no antes, reivindicando así la palabra de Humphries Brewer. Si el residuo sobre la superficie de las marcas es el mismo que en otras partes de la cámara, entonces, creo yo, esto reivindicaría a Howard-Vyse.”

[4] En otras fuentes he encontrado cronologías distintas, que remontan el inicio de Naggada I a 4400 a. C. o incluso a 5.000 a. C., pero he optado por los datos más modernos reconocidos por la egiptología.

[5] La primera noticia que tuve al respecto proviene de un documental de la serie “El planeta encantado” del investigador J.J. Benítez, pero no puedo asegurar que se tratase de la primera persona que se fijase en lo anómalo del objeto en cuestión.
[6] De hecho, esta especie de mezcla cultural con constructores de pirámides y comunidades primitivas aparece en la película “10.000” como eje del argumento, si bien en tal caso la sociedad primitiva era de cazadores-recolectores.