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sábado, 20 de abril de 2019

Un respeto por el pasado


Todavía estamos impactados por el pavoroso incendio que devastó la catedral de Notre Dame de París y que –a decir de los expertos– puso en grave riesgo toda la estructura, con la amenaza del derrumbe completo. En fin, no quiero quitar hierro ni importancia al asunto, pero detrás de tanto dramatismo y declaraciones agónicas y altisonantes (sobre todo en el entorno mediático) me pareció que se estaba exagerando un poco con respecto a la solidez de un edificio de piedra de tales dimensiones. No niego que el desplome fuera un peligro real a tener en cuenta, pero una grandiosa catedral gótica construida con gran pericia hace 800 años no se viene abajo tan fácilmente, aun en las peores circunstancias. La historia nos muestra numerosos ejemplos de templos de origen medieval que han resistido los duros embates del tiempo, ya sea en forma de desastres naturales, accidentes o agresiones humanas. Así, las grandes catedrales han aguantado terremotos y tormentas, pero también bombardeos, así como incendios fortuitos o provocados, como los que en la Guerra Civil española sufrieron muchísimos templos de gran antigüedad.

Lo cierto es que estamos acostumbrados a venerar el progreso técnico de los últimos siglos, en particular desde la Revolución Industrial, pero sería prudente rebajar un poco esta admiración o fascinación por la ciencia y la tecnología actuales, a la vista de lo que se consiguió en el pasado, y no sólo me refiero al periodo medieval, sino a construcciones de gran antigüedad que podemos remontar a la Historia Antigua o la mismísima Prehistoria. Nuestros métodos de construcción están enfocados a la eficacia y la eficiencia, a utilizar materiales y técnicas que permiten grandes logros en un tiempo razonable –normalmente breve– para obtener un resultado práctico que satisfaga las necesidades de la sociedad actual. La pregunta ahora es: ¿pero están pensadas esas estructuras para sobrevivir durante siglos? Los propios expertos ya reconocen que no es así, e incluso han diseñado escenarios futuristas de catástrofe en que se admite que casi todas las edificaciones de nuestra civilización moderna quedarían barridas de la faz de la Tierra en unos pocos siglos en caso de grandes cataclismos o destrucciones, o bien por el simple abandono y falta de mantenimiento.

Las tres grandes pirámides de Guiza
Y frente a esto, ¿qué nos ofrece el pasado más remoto? La arqueología viene aquí en nuestro apoyo y nos ofrece un panorama diverso en que ha habido de todo, lo que incluye la pérdida de gran número de estructuras, pero también la conservación, más o menos precaria, de otras muchas. Me gustaría emprender una reflexión sobre este tema, partiendo de un conjunto de edificaciones muy famosas, como fueron las llamadas “siete maravillas del mundo”, de las cuales sólo una se mantiene íntegra en pie: las grandes pirámides de Guiza[1]. Así, según el poeta griego Antípatros de Sidón (s. II a. C.) existían en el mundo siete grandes obras (Ta hepta theamata: “Las siete cosas dignas de verse”) que destacaban por su grandeza, belleza o esplendor. Estas eran las pirámides de Egipto, el templo de Artemisa en Éfeso, el Mausoleo de Halicarnaso, el templo de Zeus en Olimpia, los jardines de Babilonia, el Coloso de Rodas y el faro de Alejandría.

Repasando sólo un poco por encima tales maravillas, podemos comprobar que hace más de dos mil años se hacían fantásticos monumentos, a un coste enorme y con una gran movilización de medios materiales y recursos humanos. Tales obras podían tardar muchos años en ser construidas, ciertamente, pero desde luego fueron hechas para ser tremendamente sólidas y estables, con una gran pericia, ingenio y dominio de la técnica propia de aquellas épocas, si bien todo ello podría ser considerado como bastante precario con relación a nuestra modernidad industrial. Sin embargo, las comparaciones entre esa era y la nuestra no pueden realizarse en los mismos términos. En el pasado, no sólo era cuestión de disponer de determinados materiales, técnicas de construcción o maquinaria especializada, sino que existía en la arquitectura monumental una inequívoca voluntad de crear algo grandioso e imperecedero. De este modo, la construcción no se regía estrictamente por criterios económicos, sino por un propósito de obtener firmeza, belleza y durabilidad, pues las obras eran el reflejo del poder y la majestad de un monarca, de una divinidad o de toda una comunidad, sin excluir lo que sería el ensalzamiento de la parte estrictamente artística u ornamental, esto es, el deseo de generar armonía a partir de la piedra u otros materiales.

Reconstrucción del Mausoleo de Halicarnaso
Así, por ejemplo, en la tumba del príncipe Mausolo en Halicarnaso (Asia Menor), erigida en el siglo IV a. C., trabajaron los mejores arquitectos y artistas griegos de la época para realizar un grandioso monumento que, aparte de una excelsa obra escultórica, incluía una enorme base, una cámara sepulcral y una pirámide que coronaba el conjunto, que alcanzaba en total unos 45 metros de altura. El edificio se fue deteriorando con el paso de los siglos, pero en 1855 todavía quedaban restos del basamento, que fueron llevados al British Museum. En verdad, posiblemente el edificio se hubiese conservado bastante bien hasta la actualidad, pero en el siglo XIV los caballeros de San Juan de Rodas lo emplearon como cantera para construir una fortaleza y lo desmontaron en gran medida. Este es el mismo trágico destino que, desgraciadamente, sufrieron centenares de otras grandes obras de la Antigüedad.

En cuanto a los jardines colgantes de Babilonia, ya nada queda de ellos, pero las crónicas antiguas nos hablan de que fueron construidos en tiempos de Nabucodonosor (siglo VI a. C.) y que estaban situados junto a la famosa puerta de Ishtar, ocupando una gran parte del palacio real. Se trató de una obra colosal en que fueron erigidas varias terrazas sustentadas por catorce galerías o salas abovedadas. Las terrazas, unidas por bellas escalinatas, tenían varios metros de altura (hasta 13 metros) y estaban surtidas de agua mediante un sistema de complejas canalizaciones. Algunos muros de estas terrazas eran realmente imponentes, de hasta seis metros de espesor. Y en lo referente a su contenido, había múltiples especies vegetales exóticas, con muchos árboles y arbustos, todo ello traído de lejanas regiones, desde Asia Menor hasta la India. Este maravilloso espectáculo de exuberancia natural todavía pudo ser visto por cronistas de época romana como Estrabón y Diodoro Sículo pero las sucesivas destrucciones de la ciudad no dejaron rastro de estas magníficas construcciones.

Otro ejemplo de arquitectura monumental fue el famoso faro de Alejandría. Su fundación se debe al rey Ptolomeo Sóter, a principios del siglo III a. C. El diseño estuvo a cargo del arquitecto Sóstrato, que levantó esta obra en la pequeña isla de Pharos, que estaba comunicada con la ciudad mediante un puente o calzada llamada Heptastadion. La poderosa estructura del faro constaba de una base cuadrada construida en mármol blanco y luego de una plataforma superior octogonal, igualmente de mármol, de ocho pisos de altura. Culminando la obra, una pequeña estructura albergaba un gran espejo que reflejaba la luz durante el día, mientras que por la noche se encendía una gran fogata que era visible a mucha distancia de la costa. El conjunto en total tenía más de cien metros de altura. El faro soportó varias destrucciones e invasiones de la ciudad de Alejandría a lo largo de los siglos, pero finalmente un terremoto de formidables proporciones derribó la estructura en el año 1375, en plena Edad Media. Con todo, el edificio estuvo dando servicio durante la friolera de unos 1.600 años.

Representación clásica del Coloso de Rodas
También es digna de mención la maravilla del Coloso de Rodas, una pequeña isla situada en el mar Egeo. El origen de esta obra se sitúa cuando Rodas fue objeto de un ataque a finales del siglo IV a. C. Tras rechazar esta incursión, los rodios decidieron dedicar una gran estatua a su protector, el dios Helios, con la intención de que fuera la mayor imagen jamás dedicada a esta divinidad. La espectacular estatua fue diseñada por el artista griego Cares de Lindos y construida con placas de bronce sobre un armazón de hierro, con una altura un poco inferior a 40 metros y un peso de unas 70 toneladas. Debió ser en verdad algo digno de verse, pues el brillante Coloso portaba una corona radiada y una antorcha en la mano, y sus dos enormes piernas –que daban paso a los barcos– se apoyaban en los extremos del canal de acceso al puerto[2]. La estatua fue erigida a inicios del siglo III a. C. tras doce años de trabajos, pero ni siquiera cumplió un siglo, pues en el 226 a. C. fue derribada por un violento terremoto. De este modo, quedó semihundida en las aguas del puerto hasta que en el siglo VII los árabes, que habían conquistado la isla, la rescataron, la cortaron en pedazos y la vendieron como metal.

Y, en fin, no podíamos dejar de citar las grandes pirámides, datadas convencionalmente hacia el 2500 a. C., como única maravilla de la Antigüedad superviviente en nuestros días. Sobre ellas se ha dicho casi todo y se ha especulado aún más. Algunos no quieren dar demasiado mérito a lo que consideran un mero apilamiento de grandes piedras (lo que justificaría la solidez de la obra), pero dos hechos destacan poderosamente. En primer lugar, todo fue realizado con una alta precisión matemática y geométrica, digna de la relojería suiza; y en segundo lugar, todavía no se sabe cómo fueron erigidas estas moles de piedra, aparte de las clásicas –y más bien endebles– especulaciones que han formulado los egiptólogos durante dos siglos. Personalmente, creo que o bien no hemos interpretado correctamente la ciencia del Imperio Antiguo, o bien estos monumentos pertenecen a una civilización anterior, como han propuesto muchos autores alternativos (sin ninguna necesidad de “extraterrestres”). En todo caso, no hay duda que las tres grandes pirámides son auténticos centinelas de la eternidad, pues han resistido durante miles de años los desastres naturales más terribles y los saqueos para obtener piedra. Como dice el proverbio árabe, “El hombre teme al tiempo, pero el tiempo teme a las pirámides”.

El Osireion de Abydos: megalitismo en Egipto
Para finalizar esta reflexión, y dejando aparte estas maravillas, está claro que la fabulosa arquitectura megalítica (situada en la Prehistoria, según los propios criterios de la ortodoxia académica) es también un inmenso logro digno de admiración si tenemos en cuenta la tecnología de la época. Otra cosa es que consideremos que no fue realizada tal y como nos lo explican desde el estamento oficial, sino por otros medios, cuya naturaleza no está demasiada clara. Sobre este punto concreto ya me he explayado varias veces en este blog y no voy a repetir las polémicas y argumentos sobre la cronología, autoría y técnica de estas obras ciclópeas. 

Lo que es evidente es que muchos de estos monumentos de enorme antigüedad son un enigma técnico para los expertos modernos. Por de pronto, siguen ahí en pie y han resistido, pese al desgaste, todo tipo de cataclismos y agresiones, dando así una imagen de firmeza y perdurabilidad paralela al fenómeno de las pirámides.

No obstante, aun bajando a un nivel histórico más reciente y mundano, nos encontramos con obras que todavía gozan de relativa buena salud después de unos dos mil años. Me estoy refiriendo, por supuesto, a la civilización romana, que culminó los avances de la arquitectura griega y helenística y supo crear nuevas soluciones –en las que destacó el amplio uso del arco de medio punto– tanto para la arquitectura monumental como para la obra civil. Aquí no había nada de megalitos, pero sí todo tipo de paramentos, con ladrillos y piedras, aparte de morteros, argamasas e incluso cemento de gran calidad. No cabe duda de que los romanos fueron maestros en el arte de construir y urbanizar, a fin de proporcionar a sus pueblos y ciudades obras públicas de enorme solidez y gran funcionalidad. Así pues, no es de extrañar que hayan llegado hasta nosotros basílicas, teatros, anfiteatros, murallas, palacios, templos, termas, puentes, acueductos, etc.

Puente de Alcántara (Cáceres, España)
A día de hoy, aún podemos visitar un buen número de estas notables obras en el territorio del antiguo imperio romano. Sólo por poner un ejemplo, a inicios del siglo II d. C., un artifex (esto es, un ingeniero) hispano-romano llamado Gaius Iulius Lacer emprendió una de las construcciones más importantes que aún se conservan en España: el famoso puente de Alcántara sobre el río Tajo, bajo el mandato del emperador Trajano. Actualmente, este monumento está considerado como una de las mejores muestras de la arquitectura y la ingeniería romana por sus grandes dimensiones y sus logros técnicos. De hecho, fue tal la calidad del trabajo que el ingeniero se atrevió a incluir una inscripción en un templete anexo al puente en la que afirmaba literalmente que “el puente, destinado a durar por siempre en los siglos del mundo, lo hizo Lacer, famoso por su divino arte”. Ahora podríamos decir que Lacer era un hombre con exceso de vanidad, pero lo cierto es que su puente sigue en pie después de 1.900 años de servicio, si bien es justo admitir que necesitó de algunas obras de mantenimiento y reparación en siglos posteriores, pues fue objeto de destrucciones parciales a causa de diversas guerras. Así pues, está claro que no sólo se han preservado las archifamosas pirámides de Guiza; otras construcciones de escala más modesta también nos han mostrado su vocación de perdurar hasta el fin de los tiempos.

Una vez hecho este repaso, podríamos extraer la conclusión final de que los antiguos tenían los conocimientos y medios para realizar logros prodigiosos con una tecnología más o menos limitada si la comparamos con la nuestra. Pero, además, la filosofía que subyace en esas obras ya nos enseña que la voluntad de perdurar era un valor de primer orden, por encima de los criterios sociales, políticos o económicos a los que estamos habituados actualmente. Ahora bien, pese a todos esos esfuerzos, el mundo evolucionó, avanzó y dejó atrás lo que ya no servía. De esta manera, muchos edificios se destruyeron o se abandonaron. Otros muchos se convirtieron en simples canteras para la realización de nuevas construcciones. Lo que antes era válido o deseable, dejó de serlo en un momento dado. 

Restos de Machu Picchu. Véase cómo la estructura ha resistido la fuerza de los terremotos. (Foto: D. Álvarez)

Como arqueólogo, me podría lamentar de lo muchísimo que se ha perdido o de lo que ha llegado hasta nosotros en un estado precario o ruinoso. Pero es inevitable, es un lastre con el que debemos convivir y debemos aceptarlo como algo natural, porque si el mundo se hubiera parado y fosilizado en los edificios romanos, no habría habido románico, ni gótico, ni barroco, ni neoclásico, ni… Es triste ver una gran catedral como Notre Dame en llamas, pero son muchas las catedrales que dan aún testimonio de la Edad Media en toda Europa. No podemos dramatizar toda pérdida de patrimonio, porque así ha sido la historia, nos guste o no. Casi nada es duradero por siempre (¡a excepción de las grandes pirámides!) y estamos reinventando la arquitectura a cada siglo. Hay muchos edificios que se han conservado, otros se han reconstruido o remodelado y otros tristemente han desaparecido… pero insisto en que debemos aceptar el deterioro y la pérdida como algo consustancial de nuestro mundo, porque nuestra propia existencia mortal no va a ser eterna.

Dicho todo esto, siempre es deseable la conservación y la restauración de ese pasado esplendoroso, mientras no se convierta en una obsesión o en un mero fetichismo por el objeto, por muy grande que sea. En ese sentido, el pasado nos aporta muchas lecciones sobre nuestra identidad y nuestro devenir. Respetemos y apreciemos en su justa medida lo que hicieron esos humanos de hace muchos siglos, porque tal vez nuestra idea de evolución o progreso esté algo equivocada. Y eso es una cuestión de valores, más que de piedras o máquinas.

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] Para ser precisos, existen aún algunos restos dispersos o ruinas de otros monumentos, como es el caso del templo de Zeus en Olimpia o el Mausoleo de Halicarnaso.
[2] Según algunos autores tal posición no sería realista y la estatua se hubiera hundido por su propio peso, aparte de las dificultades y peligros durante su construcción y colocación. Se especula con que pudo haber sido erigida en la acrópolis de Rodas.

miércoles, 6 de julio de 2016

Últimos hallazgos sobre el mecanismo de Antikythera



Hace poco más de 2.000 años, una nave mercante romana de gran tamaño partió de las costas del Asia Menor griega (de Éfeso o Pérgamo, posiblemente) con un cargamento variado que incluía obras de arte y objetos muy selectos, quizás destinados a un alto personaje romano (¿Julio César?). La nave iba muy sobrecargada y, tras hacer dos escalas, tomó la ruta habitual hacia Roma pasando por la costa norte de Creta pero, al llegar a la altura de la isla de Antikythera, fue sorprendida por un violento temporal que produjo su rápido hundimiento. De no haber sido por este hecho, y por la feliz casualidad de que en el siglo XX unos pescadores encontraron unos imponentes restos sobre el fondo marino, no sabríamos nada sobre la portentosa ciencia griega que hizo posible un objeto único en el mundo, y que, en palabras del matemático Tony Freeth, “nos debería impulsar a rescribir la historia de la tecnología”.

En efecto, el artefacto de metal llamado mecanismo de Antikythera (o Anticitera) es uno de los objetos del pasado remoto que más admiraciones y especulaciones ha levantado en los últimos 50 años. Además, su impacto ha sobrepasado con mucho el ámbito de la ciencia ortodoxa, llegando a convertirse un objeto de culto para la arqueología alternativa, que lo ha considerado como uno de los ooparts[1] más importantes jamás hallados sobre el planeta. Por desgracia, ante tal maravilla, algunos de los defensores de la teoría del Antiguo Astronauta se apresuraron a ver la mano alienígena en un objeto “imposible para su época”. En fin, lo que viene a continuación tal vez aclare un poco las cosas.

Pero empecemos por el principio. Aunque este singular objeto es harto conocido por los aficionados a la arqueología heterodoxa, me permitiré realizar un breve resumen de la historia de su descubrimiento y sus características más notables para luego comentar los últimos hallazgos.

Todo empezó hace más de un siglo, en abril de 1900, cuando unos buscadores de esponjas encontraron en aguas próximas a la isla de Antikythera (Grecia) diversos restos de estatuas y otros objetos (cerámica, vidriería, joyas, monedas, etc.) que pertenecían a un pecio, un mercante romano hundido a unos 42 metros de profundidad, que fue empezado a excavar al siguiente año. Una vez estudiados y datados estos primeros restos se pudo determinar que el barco se había hundido en el siglo I a. C. (alrededor del 80 a. C. más concretamente[2]). Pero enseguida llamaron la atención una serie de fragmentos de bronce corroído de diferentes tamaños, con tres piezas principales[3] que presentaban una serie de “ruedas”. Además, se observaban unas difusas marcas o escalas sobre las placas metálicas y ciertos restos de escritura prácticamente ilegible. No obstante, los arqueólogos que examinaron las piezas no supieron interpretar correctamente el artefacto[4], que fue a parar al Museo Arqueológico Nacional de Atenas, donde estuvo expuesto durante décadas como una rareza o curiosidad arqueológica.

El fragmento A, el mayor conservado
Hubo que esperar hasta 1955, momento en que el catedrático de Historia de la Ciencia Derek de Solla Price, de la Universidad de Yale, examinó a fondo el objeto y observó que el artefacto estaba compuesto de varios engranajes que interactuaban entre sí, a modo de mecanismo de relojería. Estos primeros descubrimientos fueron publicados en 1959 en la revista Scientific American, si bien el científico estadounidense prosiguió con sus estudios hasta bien entrados los años 70, en que se realizaron las primeras radiografías con rayos X sobre el artefacto, las cuales le permitieron identificar hasta 27 engranajes[5] en la pieza principal llamada fragmento A. Del mismo modo, Price trató de contar con exactitud el número de dientes triangulares de los engranajes, pero su mal estado de conservación le impidió alcanzar resultados seguros.

Con todo, gracias al trabajo de Price se pudo recomponer la estructura general del objeto y se demostró que se trataba de un complejo mecanismo que se utilizaba para determinar ciertos cálculos astronómicos, como los ciclos solares y lunares, o el movimiento de los planetas[6]. Asimismo, calculaba la periodicidad de los principales Juegos del mundo helénico y predecía con exactitud los eclipses lunares y solares. En suma, estaríamos hablando de un computador analógico o de un sofisticado reloj astronómico. Y habría que esperar hasta casi el final de la Edad Media para encontrar mecanismos de relojería semejantes...

Ahora centrémonos en revisar los últimos resultados que se han producido en la pasada década y que han llevado a conclusiones inusitadas. Las más modernas investigaciones realizadas sobre el mecanismo tuvieron lugar hace muy pocos años y contaron con la aportación de un equipo multidisciplinar internacional, el Antikythera Mechanism Research Project, que echó mano de la más moderna tecnología de fotografía y de rayos X en 3D (TAC). Cabe señalar que todavía se siguen excavando los restos del barco, que en las últimas campañas han ofrecido más restos de estatuas, restos de muebles, joyas, etc. pero por desgracia no se han localizado nuevos fragmentos del mecanismo.

Reconstrucción virtual


El primer logro destacado es que, a partir de todos los datos acumulados, se pudo formular una razonable propuesta de reconstrucción. Así, los expertos determinaron que el mecanismo iría montado en una caja rectangular de madera de unos 30 cm. de alto, con una base de 18 x 9 cm. aproximadamente. El mecanismo se accionaría mediante una manivela lateral (ahora desaparecida) que movería los engranajes internos. A su vez, los resultados de la computadora se obtendrían manipulando unas varillas o punteros que se desplazaban a través de unos diales localizados en la parte anterior y posterior de la caja. Asimismo, se comprobó que el mecanismo estaba literalmente cubierto de textos explicativos; esto es, que llevaba incorporado una especie de “manual de instrucciones”, tanto en la cara anterior como en la posterior. Según los expertos, los textos explicaban el funcionamiento de los diales y su significado. Aparte, estaban marcados los nombres de los meses egipcios y griegos, y unas letras que indicaban con exactitud los eclipses lunares (marcados con Σ de Selene = Luna) y solares (con Η, de Helios = Sol). Pero lo más interesante es que se pudo confirmar que el artefacto incorporaba en su maquinaria un engranaje epicicloidal, un sistema comparable a un moderno diferencial[7], esto es, un mecanismo que permite regular la velocidad de rotación de un eje según ciertas constantes.

Además, con estos últimos estudios se dio una curiosa combinación de enfoques científicos que resultaron muy útiles a la hora de testar las hipótesis planteadas. Así, por un lado, el Antikythera Mechanism Research Project utilizó el más moderno software informático para crear algunos modelos virtuales del mecanismo, pero, por otro lado, el ingeniero y antiguo conservador del Museo de la Ciencia de Londres Michael Wright recurrió a su conocimiento y habilidad técnica para construir una réplica física del objeto, completamente “artesanal”, con su caja de madera y sus complejos engranajes metálicos realizados manualmente.

En cuanto a su origen y datación, los expertos finalmente han concluido que posiblemente el mecanismo era obviamente un producto de la ciencia griega más avanzada y que –por los rasgos dialectales observados en las inscripciones– procedía de alguna colonia de Corinto, muy probablemente Siracusa. También se supone que fue construido en el siglo II a. C., posiblemente como evolución de un modelo previo más grande y quizá menos sofisticado, que tal vez podría haber sido ideado por el genio de Siracusa, el gran Arquímedes. De cualquier manera, es bien posible que no estemos hablando de un único artefacto porque el propio Cicerón (siglo I a. C.) menciona la existencia de al menos dos objetos de procedencia griega capaces de mostrar el movimiento del Sol, la Luna y los cinco planetas conocidos entonces.

Y, sobre todo, ¿para qué se construyó? A diferencia de algunas opiniones que aseguraban que fue un objeto empleado para la navegación, el profesor Alexander Jones, de la New York University, considera que más bien se trataba de un sofisticado artilugio creado con fines educativos, para mostrar a ciertas personas –obviamente cultas– los principios de la cosmología de aquella época, lógicamente aún en un sistema geocéntrico. Por tanto, ¿una especie de divertimento para ricos, sabios o poderosos? No es una idea tan descabellada...

Y para ir concluyendo, sería muy conveniente que dejáramos atrás el concepto de oopart referido a este objeto. No hay mentes superiores de otro planeta ni viajeros en el tiempo que valgan. Estamos ante una ciencia aplicada a un portentoso objeto diseñado por un genio. No es un objeto “fuera de su tiempo”; antes bien, el mecanismo parece ser la máxima expresión de la tecnología de una era, la culminación de un saber astronómico, matemático y mecánico acumulado por egipcios, babilonios y los propios griegos a lo largo de miles de años.

Aun así, los propios científicos de nuestra época se quedaron asombrados al ir descubriendo la tremenda sofisticación y conocimiento que encerraba el artefacto, algo que realmente podemos equiparar a un computador u ordenador moderno... y que lamentablemente se perdió en la noche de los tiempos para no volver a resurgir hasta pasados muchos siglos después[8].  Como dijo Derek De Solla Price: “Da un poco de miedo saber que justo antes de la caída de su gran civilización, los antiguos griegos habían llegado tan cerca de nuestra era, no sólo en su pensamiento sino también en su tecnología científica.”

Finalmente, recomiendo el visionado de este magnífico documental (en castellano) que expone muy visualmente y con mucho detalle la historia del mecanismo y las últimas investigaciones protagonizadas principalmente por el equipo del Antikythera Mechanism Research Project y por Michael Wright.



© Xavier Bartlett 2016

Fuente imágenes: Wikimedia Commons y Scientific American (december 2009) 
 

[1] Oopart: contracción de “out-of-place-artefact”, o sea, un objeto supuestamente desplazado de su contexto espacio-temporal.
[2] Sin embargo, en la exploración del pecio realizada en los años 70 por el famoso submarinista francés Jacques Cousteau, se extrajeron nuevas monedas con una datación de 70-60 a. C., un poco más moderna de la aceptada hasta entonces.
[3] Hasta el momento se han catalogado 82 fragmentos, siendo sólo siete de ellos relativamente importantes.
[4] Los arqueólogos de aquel tiempo se quedaron muy sorprendidos porque creían que los antiguos sólo eran capaces de usar burdos engranajes para máquinas simples. De todos formas, al menos un estudioso, el alemán Albert Rhem, lanzó ya en 1905 la hipótesis de que se podía ser una computadora astronómica.
[5] Hoy se estima que el artefacto pudo tener alrededor de 60 engranajes.
[6] Toda esta información, empero, procedía de las observaciones realizadas por los astrónomos babilonios durante muchos siglos.
[7] El diferencial, tal como lo conocemos, es un invento relativamente reciente, patentado en 1828.
[8] Los investigadores creen que al menos parte del conocimiento del mecanismo fue a parar al mundo bizantino y luego al mundo islámico para retornar así a Occidente a finales de la Edad Media.

martes, 20 de mayo de 2014

El disco de Faistos: ¿otro gran fraude arqueológico?


Podríamos suponer, con la mejor de las intenciones, que la ciencia es una actividad protagonizada por personas sabias e íntegras que buscan de forma desinteresada las explicaciones y respuestas correctas sobre el mundo que nos rodea. Sin embargo, la propia experiencia sobre la condición humana nos muestra que los vicios y defectos de cualquier persona también se reproducen en el ambiente científico. Así pues, no es de extrañar que los científicos falten a la verdad unas veces de forma inconsciente (esto es, sin ánimo de engañar a los demás, si bien con un cierto autoengaño) y otras veces a sabiendas de que están actuando de forma ilícita, o sea, cometiendo un fraude.

En el caso de la arqueología, estas actuaciones dolosas tuvieron una especial incidencia en los gloriosos primeros tiempos de esta ciencia, cuando el arqueólogo era, más allá de su rol como científico, una especie de héroe romántico que rescataba valiosas reliquias del pasado. En efecto, la arqueología del siglo XIX y principios del XX constituía un escenario en el que casi todo estaba por hacer y en que cada nuevo descubrimiento abría nuevas puertas a la configuración de un pasado todavía ignoto. Y dada la gran fascinación que ejercía entre la gente esta nueva disciplina que maravillaba por sus continuos hallazgos, no es impensable que algunos de estos pioneros de la arqueología pudieran caer en la tentación de “crear” piezas excepcionales para obtener fama y reputación.

A este respecto, es oportuno señalar que en aquella época la carrera por ser los primeros o los mejores en alcanzar determinadas metas provocaba no pocas envidias, disputas y recelos de tipo profesional e incluso personal. Así, mientras que algunos arqueólogos se convertían en auténticas figuras o “divos”, otros, celosos de los éxitos ajenos, deseaban obtener a toda costa su cuota de prestigio, dinero y posición. Esto no implica, lógicamente, que todos estos profesionales recurriesen al engaño o al fraude para cumplir sus fines, pero sí a menudo a prácticas poco rigurosas –hasta podríamos decir agresivas– en la actividad arqueológica, por no hablar de la comisión de ciertas irregularidades en el uso o destino posterior de las piezas halladas.

El hallazgo de Piltdown
En este contexto de una arqueología todavía joven e inmadura, la falta de un estricto marco teórico y metodológico (incluso técnico) se presentaba como una oportunidad única para hacer pasar gato por liebre, siempre que la falsificación fuese mínimamente buena, por supuesto. El ejemplo paradigmático del fraude académico –citado hasta la saciedad– es el caso del llamado “Hombre de Piltdown”, un supuesto homínido descubierto por el arqueólogo amateur Charles Dawson a principios del siglo XX y que fue considerado en su momento como candidato a eslabón perdido entre el simio y el humano. Esta farsa catapultó a la fama a Dawson y sobrevivió como hecho científico durante casi medio siglo hasta que unas pruebas de tipo físico-químico sobre los huesos y la dentadura del espécimen desmontaron todo el pastel.

Tablilla de Glozel
Sin embargo, otros hallazgos (alguno de ellos de no poca importancia) han quedado en un cierto limbo, en el cual no hay certeza sobre la autenticidad del objeto en cuestión. Tenemos, por ejemplo, el caso de las famosas tablillas de Glozel[1], que a día de hoy no tiene un veredicto claro, pues la comunidad científica siempre se ha mostrado dividida a la hora de reconocer la autenticidad de los restos. Por otra parte, desde hace algunos años, y sobre todo con la irrupción del polémico autor Zecharia Sitchin en el tema, la autenticidad de los graffiti con el nombre del faraón Khufu hallados por Howard-Vyse en 1837 en las cámaras de descarga de la Gran Pirámide se ha puesto en tela de juicio. Las últimas investigaciones del autor británico Scott Creighton al respecto[2] despiertan aun más sospechas sobre la versión oficial de la Egiptología, que se mantiene inamovible desde hace más de siglo y medio.

No obstante, si hay un artefacto que despierta aún todo tipo de dudas y conjeturas en el ámbito arqueológico ese es el célebre disco de Faistos (o Festo). Este objeto ha sido escrutado y analizado por docenas de expertos de diversa procedencia durante un siglo a fin de desvelar el significado de su contenido. Durante mucho tiempo los esfuerzos se centraron en estudios de tipo filológico para tratar de desentrañar la supuesta lengua que se escondía detrás de los signos estampillados en el disco de arcilla. Sin embargo, tales esfuerzos han caído siempre en saco roto y de hecho es bien posible que esa vía interpretación no conduzca a ninguna parte. Pero... ¿estamos ante una pieza genuina o ante una hábil falsificación? Lo mejor será  empezar por el principio.

Yacimiento arqueológico de Hagia Triada
El disco fue descubierto por el arqueólogo italiano Luigi Pernier en 1908 en el transcurso de las excavaciones llevadas a cabo en el palacio de Festo (Hagia Triada, Creta), de la cultura minoica. En cuanto a su localización concreta, se sabe que fue hallado en la habitación 8 del palacio, a unos 50 cm. por encima de la roca viva en un estrato de tierra oscura mezclada con ceniza, carbón y fragmentos de vasijas. Sin embargo, la tierra no aparecía compacta y contenía artefactos de diversa cronología, en un arco desde 2100 a. C hasta 1100 a. C, si bien la datación final se estableció en 1700 a. C.

El disco, que actualmente se exhibe en el Museo Arqueológico de Heraklion, es un objeto de terracota más o menos circular (de unos 15 cm. de diámetro), sobre el cual se imprimieron –en ambas caras– diversos símbolos o pictogramas (en total hay 45 signos diferentes). En la cara A se aprecian 123 signos y en la B, 119 y todos ellos están agrupados en una serie de compartimentos o casillas –31 en una cara y 30 en la otra– distribuidas en una banda en forma de espiral. Sobre cómo se realizó la cocción y el estampillado, no hay unanimidad en los estudios: Se ha sugerido que a partir de un fino disco central se añadieron después las dos capas ya impresas. Sobre la impresión, algunos dicen que se imprimieron ambas caras a partir de dos moldes únicos mientras que la opinión mayoritaria coincide en afirmar que se usaron estampillas individuales para cada signo.

Disco de Faistos
Lógicamente, en una época en la que estaba en pleno auge el desciframiento de antiguas escrituras, casi todo el mundo vio en esta secuencia de signos un tipo de escritura jeroglífica de una lengua desconocida. A partir de aquí, la mayoría de expertos coincidían en que se trataba de algún tipo de “texto”, cuyo contenido o mensaje resultaba del todo incomprensible. Sin embargo, hasta la actualidad todos los intentos por asignar significados (ideas) o sonidos a las imágenes estampilladas no han pasado de ser intentos fallidos o meras especulaciones. Así, se han llegado a sugerir hipótesis de lo más variopinto para explicar el sentido de los pictogramas: una narración de aventuras, un poema, una oración, un texto sagrado o mágico, un calendario, un documento administrativo, un registro de regalos realizados al templo, un tratado político, una llamada a las armas, una lista de soldados o incluso un texto para enseñar a leer. Además, nadie ha podido acercarse al supuesto idioma original del disco, sobre el cual también se han lanzado múltiples hipótesis: desde el antiguo griego, el minoico, el anatolio, el indoeuropeo o el semítico hasta opciones rebuscadas como el vasco, el estonio antiguo, el polinesio o el chino.

Por otro lado, algunos investigadores más o menos heterodoxos prefirieron abandonar la hipótesis lingüística y optaron por otro tipo de interpretación. Entre las diversas propuestas, la que ha ganado bastante adeptos en los últimos tiempos es la de tablero de juego. El fallecido autor alternativo Phillip Coppens defendía precisamente esta tesis en un artículo publicado en el n.º 4 de la revista Dogmacero. Básicamente, lo que Coppens y otros apuntan es que como sistema de escritura, el disco resulta poco creíble, pero como tablero de juego se ajusta más a otros objetos similares de la Antigüedad, y en concreto se pueden apreciar notables paralelismos con cierto juego egipcio llamado Senet. En su artículo Coppens hacía notar lo siguiente:
“Curiosamente, en algunos de los tableros de Senet (juego del antiguo Egipto) se imprimían ciertos signos sobre la blanda masa arcillosa antes de la cocción, y tal impresión se hacía con tampones. En otras palabras, mientras que habría sido del todo inusual recurrir al estampillado para imprimir un texto en el disco de Festos, en cambio no sería de ningún modo excepcional el uso del estampillado para grabar signos sobre un tablero de juego. Otro indicio que también apunta en la dirección del tablero de juego proviene de la roseta de ocho hojas, que aparece cuatro veces en el disco. Este signo se encuentra con frecuencia en tableros de juego antiguos, incluidos los que se hallaron en las tumbas reales de Ur en Sumeria, de alrededor de 2500 a. C., varios siglos antes del disco de Festos.”
Tablero y fichas del Senet
No obstante, el propio Coppens reconocía que existían algunas diferencias con el Senet original, como por ejemplo, la forma misma del tablero (el tablero egipcio era rectangular), y que posiblemente el disco era una adaptación “a la minoica” del juego egipcio. Con todo, se mostraba bastante convencido de la autenticidad de la pieza y no daba crédito a las voces críticas que aseguran que el disco no es más que un fraude perpetrado por el propio Pernier. Así pues, Coppens desdeñaba el trabajo del especialista en falsificaciones antiguas Jerome M. Eisenberg, considerando que sus argumentos no tenían ningún valor, ya que otros expertos habían validado la veracidad de los signos, vistas las semejanzas con otros objetos bien conocidos.

Llegados a este punto, considero que es de justicia dar voz a la visión de Eisenberg, valorando sus pros y contras, y teniendo muy en cuenta que seguimos moviéndonos en las aguas de las conjeturas y no de las certezas absolutas. En todo caso, hay que destacar que la tesis de Eisenberg[3], si bien contiene diversos factores especulativos o al menos opinables, se basa en la observación de ciertas anomalías objetivas de diverso tipo en el artefacto, que –a su juicio– son demasiadas como para considerarlo una pieza genuina. Vamos pues a repasarlas.

En primer lugar, Eisenberg recurre al ya mencionado tema de los celos profesionales, en este caso por parte de Pernier, un “segundón” que llevaba cierto tiempo excavando en Creta sin pena ni gloria, a la sombra de los grandes logros conseguidos por su compatriota Federico Halbherr y sobre todo por el británico Sir Arthur Evans. Para Eisenberg, Pernier deseaba hallar algo que superara los descubrimientos de Evans en Knossos y no se le ocurrió nada mejor que crear una reliquia única que dejara a todos con la boca abierta. Lo cierto es que fue el propio Evans el primer impresionado por el hallazgo del disco, al que dedicó un largo artículo en la publicación Scripta Minoa[4]. Además, Eisenberg cree que el fraude también estaría justificado por la necesidad de Pernier de obtener más fondos de los patrocinadores para proseguir las excavaciones, y un hallazgo espectacular ayudaría mucho en este sentido[5].

Claro está que Eisenberg está especulando aquí con el carácter tramposo de Pernier, pero aporta como posible inspiración para el fraude el hallazgo de un disco similar en Italia en 1884, el disco de Magliano, que Pernier conocía bien. Este disco contenía, por las dos caras, una inscripción etrusca dispuesta en forma de espiral, con lo que las similitudes con Faistos se hacen evidentes. En cuanto al material, el disco italiano era metálico, pero Eisenberg considera que Pernier juzgó más apropiado para su patraña recurrir a la arcilla, un material típicamente usado en Creta para grabar los textos. Aparte de esta fuente, podría ser que Pernier se hubiera inspirado en algunos signos sobre objetos cerámicos propiamente minoicos, como algunos motivos decorativos en espiral de Faistos o ciertos jeroglíficos hallados en Knossos. Adicionalmente, Jerome Eisenberg afirma haber identificado a un posible cómplice de Pernier, el falsificador de facto de la pieza. Se trata de un tal Emile Gilliéron, un gran artista y técnico en restauración que había trabajado con Evans y que tal vez realizó algunas falsificaciones para el mercado de antigüedades. Y por si fuera poco, Eisenberg (sin citar la fuente concreta) dice haber confirmado que Gilliéron estaba presente en el momento del hallazgo del disco. En fin, sobre toda esta argumentación poco más se puede decir, pues no se pueden aportar pruebas definitivas, sino más bien sospechas.

Los 45 signos del disco
En lo que concierne propiamente a los signos estampillados, Eisenberg opina que Pernier elaboró deliberada y concienzudamente una simbología completamente inédita para sorprender y confundir a los expertos. El objetivo final, según Eisenberg, sería producir una extraña escritura (pues todo el mundo asumiría que se trataría de algún tipo de escritura) imposible de descifrar. Para ello, Pernier habría recurrido no sólo a motivos de procedencia minoica (entre los que se incluían algunos signos semejantes al lineal A y al lineal B, escrituras conocidas de la isla) sino a otros signos o pictogramas de culturas foráneas del entorno mediterráneo, a fin de completar un complicado puzzle de apariencia jeroglífica. De hecho, todos los elementos tan particulares (o únicos) que se hallan en el disco hicieron desconfiar a muchos de la naturaleza inequívocamente lingüística de los signos, poniendo en duda que detrás de éstos se escondiera una lengua aún por desvelar. Sobre este punto, el mismo Eisenberg afirma que, aun siendo auténtico el disco, sería casi imposible descifrar la lengua empleada con una muestra tan escasa y excepcional, a menos que dispusiéramos de otros textos con el mismo tipo de escritura. Y, casualmente (o no), tales textos no han aparecido, ni antes ni después del hallazgo de 1908.

Siguiendo con los argumentos de Eisenberg, podemos clasificar el resto de las anomalías en dos grandes categorías: por un lado, las características físicas del objeto, y por otro, el contenido en sí mismo (los signos). En ambos casos, el autor quiere destacar por encima de todo que en este objeto se dan excesivas situaciones “raras” o completamente únicas, empezando por el hecho de que no se conoce ningún otro gran disco de arcilla estampillado en la Edad de Bronce. En otras palabras, todas las anomalías por sí solas tal vez podrían pasar por alto, pero sumadas ofrecen un escenario más que sospechoso.

Así, en lo que se refiere al aspecto de la pieza, Eisenberg hace notar que el disco tiene el borde perfectamente recto, bien cortado, cuando lo normal es que no apareciese así, sino más bien dañado por el desgaste de un uso continuado. Y por si fuera poco, el disco aparece cocido de forma uniforme, y se sabe que las tablillas de arcilla minoicas sólo resultaron cocidas por el efecto de los fuegos accidentales que destruyeron los palacios, no por una cocción a propósito. Asimismo, la disposición de los signos sobre las casillas –a juicio de Eisenberg– no parece planificada ni bien ejecutada, dado que los sellos no están todos orientados siempre en la misma dirección. En su opinión, la secuencia fue inventada sobre la marcha en el mismo momento de imprimir los signos. Por otro lado, se ha podido constatar que hay hasta 16 correcciones sobre el estampillado del disco; esto es, hasta en 16 ocasiones se borró un signo y se sustituyó por otro. Tales correcciones resultan excesivas para un trabajo tan bien elaborado, según Jerome Eisenberg.

Sea como fuere, la mayoría de las suspicacias sobre la autenticidad del disco recaen no en los aspectos formales sino en el significado del conjunto de signos estampillados. Eisenberg se hace eco de la gran confusión existente a la hora de interpretar estos signos tan excepcionales. Lo primero que le choca es que, a diferencia de otras escrituras de tipo jeroglífico, bastantes de los pictogramas del disco son notablemente naturalistas en vez de esquemáticos, y constituyen un sistema que parece que sólo fue usado una vez en este objeto. Dicho de otro modo, es una escritura única que aparece plenamente desarrollada, pero que no tiene precedente ni continuación. Y lo que también es desconcertante es la mezcla o síntesis de motivos iconográficos, algunos de origen cretense y otros procedentes de otras culturas, mientras que unos pocos simplemente parecen inventados.

Escritura Lineal B
Entretanto, los expertos nunca han podido ponerse de acuerdo acerca de la naturaleza intrínseca de los signos: ¿eran palabras, ideogramas, sílabas o letras? A este respecto, Eisenberg recoge una interesante aportación de Louis Godart (profesor de filología micénica en la Universidad de Nápoles), que cree que 45 signos son demasiados para un alfabeto y demasiado pocos para ser una pictografía[6]. La hipótesis de una pictografía resulta además poco consistente por las diversas repeticiones que se observan en el disco y porque se precisarían centenares o miles de signos para representar el lenguaje y un sistema de escritura a partir de estampillas sería impensable en tal caso. Con estos precedentes queda abierta la posibilidad de un silabario (como era el Lineal B, la única escritura descifrada de las tres halladas en Creta), pero sin ningún otro argumento que permita avanzar en esta línea.

Finalmente, Eisenberg realiza un análisis de los posibles paralelos a esta escritura que se han hallado en otros artefactos. Así pues hace mención del hacha doble de Arkalochori, el anillo de oro de Mavro Spilio, la piedra del altar de Malia y el disco de Vladikavkaz. En estos casos, y según la opinión de varios expertos, estas piezas sólo contienen algunos signos similares a los del disco de Faistos o ni siquiera resultan comparables y, lo que es peor, en el caso de Mavro Spilio y de Vladikavkaz existen serias sospechas de que se trate de obras falsificadas.

Para concluir, vemos que a lo largo de un siglo docenas de expertos –por no hablar de algunos iluminados que han querido ver cosas del todo estrambóticas en el disco– no han podido dar con la clave que permitiese descifrar los signos, y ello ya debería ser un dato significativo. ¿Qué clase de lengua era aquella que estaba representada por unos signos únicos en muchos aspectos y que además estaban estampillados, frente a la conocida costumbre local de escribir textos mediante incisiones sobre la arcilla? ¿Y por qué que sólo había aparecido tal escritura en Hagia Triada? Unos pocos se empezaron a preguntar si el disco realmente contenía un texto o bien era “otra cosa”.

De ahí que Coppens rechazara la visión convencional y apostara por la hipótesis del juego, que no carece de base, aunque sea más bien frágil. De todos modos, nunca se han hallado las fichas que deberían acompañar a este juego, ni sabemos cómo se pudo jugar (si es que era una variante del Senet). Tampoco se han encontrado los sellos que sirvieron para estampillar las figuras ni se han encontrado otros discos semejantes.

Con todo, examinando los argumentos aportados por Eisenberg, vemos que no sólo la interpretación centrada en la escritura es muy forzada sino que cualquier otra interpretación situada en un contexto antiguo resulta muy problemática, y todo ello nos conduce a una fundada sospecha de fraude. Eisenberg acaba su alegato refiriéndose a lo que sería la prueba definitiva para despejar todas las dudas: realizar un análisis de termoluminiscencia[7] a la pieza para datar con cierta precisión el momento en que fue cocida. Yo personalmente comparto este punto de vista, pues no creo que haya otro camino más directo para acercarnos a la verdad, acudiendo a una prueba procedente de la ciencia empírica en vez de seguir dando vueltas a las hipótesis filológicas. Sin embargo, las peticiones de Eisenberg de efectuar tal prueba han obtenido la negativa de las autoridades museísticas que custodian el disco, supuestamente para no dañar una pieza única.

Y, en fin, estamos muy posiblemente ante otro gran fraude cometido dentro de la comunidad académica, que lamentablemente se ha perpetuado hasta nuestros días por diversas razones. Y, paradojas de la arqueología, mientras que un simple disco de arcilla se quiso hacer pasar por un documento excepcional de la Antigüedad, otra pieza notablemente extraña y única, el mecanismo de Antikhytera, nunca despertó sospechas pese a ser un objeto infinitamente más complejo y avanzado (hasta el punto de ser considerado un oopart) por la simple razón que las circunstancias del hallazgo y los estudios posteriores encajaban en un contexto histórico-arqueológico fiable. Y es que en ciencia pueden quedar muchas incógnitas por despejar, pero cuando se trabaja con seriedad, método, rigor y honestidad la verdad acaba por salir a la superficie.

© Xavier Bartlett 2014

Fuente imágenes: Wikimedia Commons




[1] Se trata de un conjunto de tablillas de arcilla halladas en 1924 por un campesino en la localidad de Glozel (cerca de Vichy, Francia). Estas tablillas presentaban unos signos a modo de escritura que nunca han podido ser descifrados. En cuanto a su antigüedad, las dataciones absolutas realizadas en los años 70 mostraron que las tablillas se remontarían aproximadamente al 600 a. C.
[2] Véase el artículo de S. Creighton (“Howard Vyse: ¿héroe o villano?”) publicado en la revista Dogmacero n.º 5. Próximamente Dogmacero publicará las nuevas pruebas aportadas por Creighton, todavía inéditas, que podrían reforzar la tesis del fraude.
[3] Véase el artículo de Eisenberg “The Phaistos disk: a one hundred-year-old hoax?” en la revista Minerva, volumen 19, número 4, julio-agosto 2008, páginas 9-24. (Esta publicación está disponible en Internet). En el siguiente número (vol. 19-05), Eisenberg añadió algunos datos y comentarios adicionales.
[4] Cabe señalar, empero, que la primera publicación sobre el disco fue, por supuesto, del propio Pernier, en italiano, un artículo de nada menos que 48 páginas (“Il disco di Phaestos con caratteri pittografici”, en la revista Ausonia, n.º 3, 1908). En este trabajo Pernier apostaba por el origen local del objeto y por la naturaleza ritual de su contenido. 
[5] No debe ser casual que Sitchin y otros hayan acusado a Richard Howard-Vyse exactamente de lo mismo: ante la urgencia de conseguir financiación, Vyse habría falsificado el supuesto sarcófago de Menkaure (cosa que está demostrada) y los cartuchos de Khufu en las cámaras de descarga.
[6] Según el dictamen de Godart, la escritura del disco no se correspondería con el entorno cultural minoico, ni tendría relación directa con las escrituras jeroglífica, lineal A y lineal B, propias de la isla; en suma, se trataría de un producto completamente foráneo.

[7] Técnica de datación absoluta empleada en arqueología para datar los objetos sometidos a calor, como la cerámica, y que permite datar objetos de hasta unos 200.000 años como máximo. Por cierto, es un método que se ha usado habitualmente en los museos para verificar la autenticidad (o sea, antigüedad) de las piezas cerámicas expuestas.