Hace poco
más de 2.000 años, una nave mercante romana de gran tamaño partió de las costas
del Asia Menor griega (de Éfeso o Pérgamo, posiblemente) con un cargamento
variado que incluía obras de arte y objetos muy selectos, quizás destinados a
un alto personaje romano (¿Julio César?). La nave iba muy sobrecargada y, tras
hacer dos escalas, tomó la ruta habitual hacia Roma pasando por la costa norte
de Creta pero, al llegar a la altura de la isla de Antikythera, fue sorprendida
por un violento temporal que produjo su rápido hundimiento. De no haber sido
por este hecho, y por la feliz casualidad de que en el siglo XX unos pescadores
encontraron unos imponentes restos sobre el fondo marino, no sabríamos nada sobre
la portentosa ciencia griega que hizo posible un objeto único en el mundo, y
que, en palabras del matemático Tony Freeth, “nos debería impulsar a rescribir
la historia de la tecnología”.
En efecto, el artefacto de metal
llamado mecanismo de Antikythera (o Anticitera) es uno de los objetos
del pasado remoto que más admiraciones y especulaciones ha levantado en los
últimos 50 años. Además, su impacto ha sobrepasado con mucho el ámbito de la
ciencia ortodoxa, llegando a convertirse un objeto de culto para la arqueología
alternativa, que lo ha considerado como uno de los ooparts[1]
más importantes jamás hallados sobre el planeta. Por desgracia, ante tal
maravilla, algunos de los defensores de la teoría del Antiguo Astronauta se
apresuraron a ver la mano alienígena en un objeto “imposible para su época”. En
fin, lo que viene a continuación tal vez aclare un poco las cosas.
Pero
empecemos por el principio. Aunque este singular objeto es harto conocido por
los aficionados a la arqueología heterodoxa, me permitiré realizar un breve
resumen de la historia de su descubrimiento y sus características más notables
para luego comentar los últimos hallazgos.
Todo empezó hace más de un siglo, en abril de 1900, cuando
unos buscadores de esponjas encontraron en aguas próximas a la isla de
Antikythera (Grecia) diversos restos de estatuas y otros objetos (cerámica,
vidriería, joyas, monedas, etc.) que pertenecían a un pecio, un mercante romano
hundido a unos 42 metros de profundidad, que fue empezado a excavar al
siguiente año. Una vez estudiados y datados estos primeros restos se pudo
determinar que el barco se había hundido en el siglo I a. C. (alrededor del 80
a. C. más concretamente[2]).
Pero enseguida llamaron la atención una serie de fragmentos de bronce corroído
de diferentes tamaños, con tres piezas principales[3]
que presentaban una serie de “ruedas”. Además, se observaban unas difusas
marcas o escalas sobre las placas metálicas y ciertos restos de escritura
prácticamente ilegible. No obstante, los arqueólogos que examinaron las piezas
no supieron interpretar correctamente el artefacto[4],
que fue a parar al Museo Arqueológico Nacional de Atenas, donde estuvo expuesto
durante décadas como una rareza o curiosidad arqueológica.
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El fragmento A, el mayor conservado |
Hubo que esperar hasta 1955, momento en que el catedrático
de Historia de la Ciencia Derek de Solla Price, de la Universidad de Yale,
examinó a fondo el objeto y observó que el artefacto estaba compuesto de varios
engranajes que interactuaban entre sí, a modo de mecanismo de relojería. Estos
primeros descubrimientos fueron publicados en 1959 en la revista Scientific
American, si bien el científico estadounidense prosiguió con sus estudios
hasta bien entrados los años 70, en que se realizaron las primeras radiografías
con rayos X sobre el artefacto, las cuales le permitieron identificar hasta 27
engranajes[5]
en la pieza principal llamada fragmento A. Del mismo modo, Price trató
de contar con exactitud el número de dientes triangulares de los engranajes,
pero su mal estado de conservación le impidió alcanzar resultados seguros.
Con todo, gracias al trabajo de Price se pudo recomponer
la estructura general del objeto y se demostró que se trataba de un complejo
mecanismo que se utilizaba para determinar ciertos cálculos astronómicos, como
los ciclos solares y lunares, o el movimiento de los planetas[6].
Asimismo, calculaba la periodicidad de los principales Juegos del mundo
helénico y predecía con exactitud los eclipses lunares y solares. En suma,
estaríamos hablando de un computador analógico o de un sofisticado reloj
astronómico. Y habría que esperar hasta casi el final de la Edad Media para
encontrar mecanismos de relojería semejantes...
Ahora centrémonos en revisar los
últimos resultados que se han producido en la pasada década y que han llevado a
conclusiones inusitadas. Las más
modernas investigaciones realizadas sobre el mecanismo tuvieron lugar hace muy
pocos años y contaron con la aportación de un equipo multidisciplinar
internacional, el Antikythera
Mechanism Research Project, que
echó mano de la más moderna
tecnología de fotografía y de rayos X en 3D (TAC). Cabe señalar que todavía se
siguen excavando los restos del barco, que en las últimas campañas han ofrecido
más restos de estatuas, restos de muebles, joyas, etc. pero por desgracia no se
han localizado nuevos fragmentos del mecanismo.
Reconstrucción virtual |
El primer logro destacado es que, a partir de todos los
datos acumulados, se pudo formular una razonable propuesta de reconstrucción.
Así, los expertos determinaron que el mecanismo iría montado en una caja
rectangular de madera de unos 30 cm. de alto, con una base de 18 x 9 cm.
aproximadamente. El mecanismo se accionaría mediante una manivela lateral
(ahora desaparecida) que movería los engranajes internos. A su vez, los
resultados de la computadora se obtendrían manipulando unas varillas o punteros
que se desplazaban a través de unos diales localizados en la parte anterior y
posterior de la caja. Asimismo, se comprobó que el mecanismo estaba
literalmente cubierto de textos explicativos; esto es, que llevaba incorporado
una especie de “manual de instrucciones”, tanto en la cara anterior como en la
posterior. Según los expertos, los textos explicaban el funcionamiento de los
diales y su significado. Aparte, estaban marcados los nombres de los meses egipcios
y griegos, y unas letras que indicaban con exactitud los eclipses lunares (marcados con
Σ de Selene = Luna)
y solares (con Η,
de Helios = Sol). Pero lo más interesante es que se pudo confirmar que el
artefacto incorporaba en su maquinaria un engranaje epicicloidal, un sistema
comparable a un moderno diferencial[7],
esto es, un mecanismo que permite regular la velocidad de rotación de un eje
según ciertas constantes.
Además, con estos últimos estudios se dio una curiosa
combinación de enfoques científicos que resultaron muy útiles a la hora de testar
las hipótesis planteadas. Así, por un lado, el Antikythera Mechanism Research Project utilizó el más moderno software informático para crear algunos
modelos virtuales del mecanismo, pero, por otro lado, el ingeniero y antiguo
conservador del Museo de la Ciencia de Londres Michael Wright recurrió a su conocimiento
y habilidad técnica para construir una réplica física del objeto, completamente
“artesanal”, con su caja de madera y sus complejos engranajes metálicos
realizados manualmente.
En cuanto a su origen y datación, los expertos finalmente han concluido
que posiblemente el mecanismo era obviamente un producto de la ciencia griega
más avanzada y que –por los rasgos dialectales observados en las inscripciones–
procedía de alguna colonia de Corinto, muy probablemente Siracusa. También se
supone que fue construido en el siglo II a. C., posiblemente como evolución de
un modelo previo más grande y quizá menos sofisticado, que tal vez podría haber
sido ideado por el genio de Siracusa, el gran Arquímedes. De cualquier manera,
es bien posible que no estemos hablando de un único artefacto porque el propio
Cicerón (siglo I a. C.) menciona la existencia de al menos dos objetos de
procedencia griega capaces de mostrar el movimiento del Sol, la Luna y los
cinco planetas conocidos entonces.
Y, sobre todo, ¿para qué se construyó? A diferencia de algunas opiniones
que aseguraban que fue un objeto empleado para la navegación, el profesor Alexander
Jones, de la New York University, considera que más bien se trataba de un
sofisticado artilugio creado con fines educativos, para mostrar a ciertas personas
–obviamente cultas– los principios de la cosmología de aquella época, lógicamente
aún en un sistema geocéntrico. Por tanto, ¿una especie de divertimento para
ricos, sabios o poderosos? No es una idea tan descabellada...
Y para ir concluyendo, sería muy conveniente que dejáramos atrás el
concepto de oopart referido a este objeto. No hay mentes superiores de
otro planeta ni viajeros en el tiempo que valgan. Estamos ante una ciencia
aplicada a un portentoso objeto diseñado por un genio. No es un objeto “fuera
de su tiempo”; antes bien, el mecanismo parece ser la máxima expresión de la
tecnología de una era, la culminación de un saber astronómico, matemático y mecánico
acumulado por egipcios, babilonios y los propios griegos a lo largo de miles de
años.
Aun así, los propios científicos de nuestra época se quedaron asombrados
al ir descubriendo la tremenda sofisticación y conocimiento que encerraba el
artefacto, algo que realmente podemos equiparar a un computador u ordenador
moderno... y que lamentablemente se perdió en la noche de los tiempos para no
volver a resurgir hasta pasados muchos siglos después[8].
Como dijo Derek De Solla Price: “Da un
poco de miedo saber que justo antes de la caída de su gran civilización, los
antiguos griegos habían llegado tan cerca de nuestra era, no sólo en su
pensamiento sino también en su tecnología científica.”
Finalmente, recomiendo el visionado de este magnífico documental
(en castellano) que expone muy visualmente y con mucho detalle la historia del
mecanismo y las últimas investigaciones protagonizadas principalmente por el
equipo del Antikythera Mechanism Research
Project y por Michael Wright.
© Xavier Bartlett 2016
Fuente imágenes: Wikimedia Commons y Scientific American (december 2009)
[1] Oopart:
contracción de “out-of-place-artefact”, o sea, un objeto supuestamente
desplazado de su contexto espacio-temporal.
[2]
Sin embargo, en la exploración del pecio
realizada en los años 70 por el famoso submarinista francés Jacques Cousteau,
se extrajeron nuevas monedas con una datación de 70-60 a. C., un poco más
moderna de la aceptada hasta entonces.
[3] Hasta el
momento se han catalogado 82 fragmentos, siendo sólo siete de ellos relativamente
importantes.
[4] Los
arqueólogos de aquel tiempo se quedaron muy sorprendidos porque creían que los
antiguos sólo eran capaces de usar burdos engranajes para máquinas simples. De
todos formas, al menos un estudioso, el alemán Albert Rhem, lanzó ya en 1905 la
hipótesis de que se podía ser una computadora astronómica.
[5] Hoy se
estima que el artefacto pudo tener alrededor de 60 engranajes.
[6] Toda esta
información, empero, procedía de las observaciones realizadas por los
astrónomos babilonios durante muchos siglos.
[7] El
diferencial, tal como lo conocemos, es un invento relativamente reciente,
patentado en 1828.
[8] Los
investigadores creen que al menos parte del conocimiento del mecanismo fue a
parar al mundo bizantino y luego al mundo islámico para retornar así a Occidente
a finales de la Edad Media.