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lunes, 1 de julio de 2019

James Churchward y el mito de Mu


Puestos a hablar de continentes hundidos y civilizaciones perdidas, a todos nos viene a la mente el nombre de la Atlántida, pero en el ámbito de la arqueología alternativa existen otras historias paralelas que han hecho fortuna, y quizá la más destacada es el mito de Mu, cuyas semejanzas con el relato platónico –y las múltiples variantes que hallamos en tradiciones de todo el mundo– son más que significativas. Así pues, vamos a realizar un breve tour por esa tierra desconocida llamada Mu, que aún hoy en día es objeto de interés por parte de algunos autores.

A diferencia de la Atlántida, que tenía un claro referente occidental en los diálogos de Platón, Mu aparece en escena en el siglo XIX en un contexto de mundos exóticos, civilizaciones perdidas y antiguas leyendas. Recordemos que en esa época la Atlántida se puso de moda gracias a la investigación –entre científica y mitológica– de Ignatius Donnelly, pero también en gran parte al esoterismo de Madame Blavatsky. Asimismo, otras propuestas de la geología y la biología proponían la existencia de continentes hundidos, como la famosa Lemuria (supuestamente situada en el océano Índico)[1], que tuvo férreos defensores a finales del siglo XIX. El caso es que también entonces las civilizaciones precolombinas –sobre todo en Centroamérica– estaban saliendo de la oscura noche del olvido gracias a unos pocos investigadores aficionados, y ahí estaba casi todo por hacer. Y, desde luego, la arqueología estaba en pleno auge, con descubrimientos asombrosos de grandes civilizaciones antiguas, algunos de los cuales entroncaban con las leyendas, como por ejemplo el hallazgo de Troya por Schliemann. De algún modo, todos esos factores entraron en conjunción para que Mu emergiera a la superficie.

Codex Troanus
Así, en la segunda mitad del siglo XIX el sacerdote francés Brasseur de Bourbourg (1814-1874), un investigador de las culturas indígenas prehispánicas, centró su interés en rescatar y descifrar las fuentes más antiguas de esos pueblos. Y en este empeño fue a dar con el llamado Codex Troanus (o Codex Tro-Cortesianus), un códice religioso maya en el que se hacía referencia a un gran cataclismo ocurrido en tiempos remotos. Según el texto, que pudo leer con la ayuda del alfabeto maya recopilado en el siglo XVI por el obispo Diego de Landa, esa catástrofe natural habría provocado la destrucción de todo un continente, cuyo nombre se expresaba mediante dos signos: “M” y “U”. Acababa de nacer, pues, el término Mu. Ahora bien, hay que reseñar que dicho alfabeto era en realidad incompleto e incorrecto, hasta el punto que actualmente las diversas traducciones que hizo Brasseur se dan por erróneas. Sea como fuere, Brasseur de Bourbourg siguió investigando y pudo recoger testimonios indígenas que incidían en la existencia de esa gran catástrofe que había hundido un continente entero, lo que de inmediato le llevó a relacionar este hecho con el mito de la Atlántida, y finalmente a proponer que tanto la civilización maya como la egipcia descendían directamente de ese mundo perdido de Mu.

Siguiendo los pasos de Brasseur, el investigador independiente y fotógrafo Augustus Le Plongeon (1825-1908), británico de origen francés, se adentró con su esposa en las tierras de América Central y buscó esas conexiones entre las civilizaciones mesoamericanas y las otras civilizaciones antiguas desde diversos enfoques. Así, a partir de diversas similitudes lingüísticas entre el maya y el antiguo egipcio, se atrevió a establecer un puente entre ambas culturas, pero poniendo como precedente a la civilización maya. En cualquier caso, él creía que Mu –o la Atlántida– había sido un continente real que se había hundido dejando como legado posterior las civilizaciones históricas. Todo esto, más otras herejías, le hizo caer en desgracia ante el mundo académico, que nunca lo llegó a tomar en serio. Sin embargo, su trabajo y su creencia en la existencia de Mu no caerían en saco roto, pues un amigo suyo, también británico, iba a recoger el testigo y de hecho iba a dedicar buena parte de su vida a defender Mu como una realidad. Ese hombre se llamaba James Churchward, a veces conocido como “el coronel Churchward”.

James Churchward
James Churchward (1851-1936) nació en Okehampton (Devon, Gran Bretaña), y de joven se instaló un tiempo en Ceilán –la actual Sri Lanka– para sacar adelante unas plantaciones de té. Posteriormente, en la década de 1880, se fue a vivir a los Estados Unidos, donde trabajó como ingeniero –su profesión principal– y registró varias patentes, con la ayuda del que fue su fiel amigo Percy Tate Griffith. Eso sí, hay que destacar que, si bien pasó por el ejército, nunca hizo carrera militar, aunque se hiciera llamar “coronel Churchward”. Para lo que nos ocupa, cabe decir que Churchward fue también un gran viajero –sobre todo por el sudeste asiático y el Pacífico– y que a finales del siglo XIX se hizo amigo del matrimonio Le Plongeon, que llevaba ya cierto tiempo documentando las antiguas ciudades mayas de Yucatán y tratando de traducir textos mayas con tan poco acierto como su predecesor Brasseur. De este modo, Churchward acabó hondamente fascinado por la mitología, la arqueología y la antropología, y se convirtió en erudito en algunas cuestiones referentes al mundo antiguo, si bien muy a menudo sucumbió a las influencias ocultas o esotéricas, tan en boga en aquella época.

Lo que puso a James Churchward sobre la pista de Mu, según su propio testimonio, se debió a un suceso durante su estancia en la India, donde dijo haber entrado en contacto con un sabio o santón hindú –un rishi– que le proporcionó el acceso a una serie de antiquísimas tablillas de arcilla custodiadas en un templo (al que jamás identificó), y que estaban escritas en una extraña lengua, propia de una hermandad sagrada denominada naacal, de una civilización perdida (o sea, Mu). Acto seguido, estuvo dos años estudiando la lengua de las tablillas y descifrando su significado con la ayuda del iniciado hindú. Sin embargo, el término naacal debía su origen en realidad al ya citado Le Plongeon, que llamó así a los antiguos sacerdotes mayas que habrían extendido la civilización por todos los rincones de la Tierra. A partir de aquí, Churchward hizo las oportunas conexiones y estableció que las tablillas naacales mostraban que la génesis de la civilización maya estaba ligada a Mu como civilización madre de todas las demás.

Así pues, el peso principal de su teoría descansaba en el testimonio arqueológico de dichas tablillas secretas, aunque nadie las había visto por ninguna parte. No obstante, en un golpe de suerte, en 1921, un geólogo y arqueólogo escocés llamado William Niven descubrió unas tablillas similares en México, donde llevaba años trabajando. Concretamente, Niven llegó a desenterrar centenares de inscripciones en piedra (andesita), con unos raros signos o símbolos que no se pudieron interpretar en su momento, pese al intento de varios expertos en la materia. Pero para el incansable Churchward no había duda posible; los símbolos de dichas inscripciones vendrían a ser los mismos que los de sus tablillas naacales. Ahora bien, para complicar más las cosas, estos materiales se perdieron con el paso de los años y sólo se conservaron unos calcos de los originales, con lo cual las sospechas sobre el posible fraude en todo este asunto se dispararon[2].

Una vez llegados a este punto, Churchward ya había recopilado suficiente información sobre Mu y entre 1926 y 1934 escribió cinco libros[3] sobre el continente perdido, teniendo como base argumental el contenido de las mencionadas tablillas sagradas, más un cuerpo de pruebas documentales –antiguos manuscritos– y arqueológicas, principalmente en forma de ruinas dispersas por el Pacífico. Asimismo, Churchward se apoyó en la simbología comparada de las civilizaciones antiguas para demostrar que existía un origen único común para todas ellas. Para no extenderme en demasía ni desviarme en los detalles, resumiré seguidamente la información fundamental sobre Mu que vertió Churchward en sus obras, sobre todo en la primera.

Mapa de Mu, según Churchward
En lo geográfico, Churchward aseguró que Mu había sido una masa continental que ocupaba una enorme porción del Pacífico; sus límites estarían marcados aproximadamente por las actuales islas de Hawaii, Fiji, Marianas y Pascua. No se trataría, empero, de una masa única de tierra sino de tres grandes porciones separadas por canales o mares. Las dimensiones serían en total de unos 8.000 Km. de este a oeste y unos 4.800 de norte a sur.

En Mu, que era en realidad el mítico Jardín del Edén citado por la Biblia, tuvo lugar el origen de la especie humana hace unos 200 millones de años. Churchward describió Mu como un paisaje idílico y exuberante, lleno de vegetación y recursos naturales. Allí llegaron a vivir durante unos 200.000 años más de 60 millones de habitantes procedentes de diez tribus, de razas distintas (si bien la blanca sería la más común), en una civilización avanzada en todos los aspectos y con una tecnología superior a la actual. Los “hijos de Mu” gozaban de buena salud, vivían cientos de años y hasta tenían capacidades psíquicas o paranormales. Churchward afirmó que la ciencia de Mu era la ciencia verdadera y que las modernas visiones sobre nuestro mundo estaban equivocadas en gran medida, destacando su rechazo frontal a la teoría de la evolución de Darwin.

Existían sietes grandes ciudades, que eran centros de cultura, ciencia y religión. Las casas tenían tejados transparentes para recibir la energía de Ra (el Sol). De hecho, los habitantes eligieron a un rey que adoptó el título de “Ra-Mu” y el dominio de Mu se llamó “el Imperio del Sol”. Por lo demás, Mu tenía una gran actividad económica y comercial, y la población más opulenta tenía todos los lujos y placeres a su disposición. Sus barcos surcaban todos los mares del planeta; de hecho, el resto de territorios del mundo eran colonias de Mu, siendo América una de las principales.

Su religión monoteísta fue el fundamento de todas las religiones posteriores. Los habitantes de Mu creían en la inmortalidad del alma y adoraban a un Dios único cuyo nombre no podían pronunciar. Osiris (que según Churchward había vivido hacia el 20000 a. C.) y Jesús habrían predicado esa misma religión. Posteriormente, muchas civilizaciones adoptaron la simbología sagrada de Mu, con especial incidencia en algunos signos como la esvástica, la cruz simple (griega), la cruz de Malta y el disco alado.

Alegoría del cataclismo final
Tras muchos miles de años de civilización, el continente sufrió un primer gran golpe en forma de terremotos y erupciones volcánicas. Hubo una gran destrucción, pero se pudo volver a una cierta normalidad. Finalmente, hace unos 12.000 años, a finales de la última era glacial, el continente resultó completamente destruido y hundido en el océano a causa de un cataclismo de proporciones apocalípticas, debido –según Churchward– a una poderosísima explosión gaseosa subterránea de origen volcánico. Lo único que quedó del continente fue un puñado de islas dispersas por el Pacífico, las cumbres de las antiguas montañas. La mayor parte de la población pereció y los supervivientes de la catástrofe cayeron a un estado de salvajismo. No obstante, unos pocos lograron surcar los mares y colonizaron nuevas tierras, entre ellas Centroamérica, creando así las civilizaciones históricas conocidas.

Con todos estos antecedentes, no es de extrañar que en su época Churchward no fuese tenido en cuenta por el estamento académico, que le encasilló en el grupo de “iluminados” pseudocientíficos que defendían la existencia de la Atlántida –o cualquiera de sus variantes– y las civilizaciones perdidas. Además, los defensores de la ortodoxia no dieron ninguna credibilidad al hundimiento completo y súbito de un gigantesco continente situado en medio del Pacífico. A este respecto, los estudios oceanográficos de los últimos tiempos no avalan su teoría –a la que dan por geológicamente imposible– y atribuyen la auténtica génesis de las islas del Pacífico al fenómeno del vulcanismo. Por lo demás, aun reconociendo su mención a muchos datos mitológicos y arqueológicos, los detractores de Churchward consideraron que su discurso estaba plagado de especulaciones o fantasías y que Mu no tenía ninguna solidez documental, cuestionando en primer lugar el dudoso origen y paradero de las famosas tablillas naacales.

Símbolo del Cuatro Sagrado (principio cósmico) de Mu
En este punto, podríamos dar carpetazo a la aventura intelectual de Churchward, viendo lo poco fiable de sus fuentes y su indigesta mezcolanza de elementos arqueológicos con elementos más propios del esoterismo teosófico. En este sentido, la obra del supuesto coronel da la impresión de estar a medio camino entre Donnelly –que trató de ser riguroso dentro de su audaz propuesta multidisciplinar– y Madame Blavatsky, con su conocido mensaje místico-esotérico que incluía una completa reinterpretación del origen del hombre y de la civilización. (Dejo aparte otras posibles dudas razonables sobre sus experiencias y hallazgos, en los que pudo haber buena parte de ficción o tergiversación, por no hablar de fraude intencionado). En todo caso, es bien posible que Churchward se dejara llevar por las ideas de Le Plongeon y quisiera hacerse un lugar en la historia de la arqueología “a lo Schliemann”, rescatando del mito a una gran civilización perdida. Hasta qué punto él creía sinceramente en Mu o fue un autoengaño aceptado nunca lo sabremos.

Dicho todo esto, le podríamos conceder a Churchward el beneficio de la duda antes de considerarlo un farsante o un falso científico… o simplemente alguien que metió la pata hasta el fondo. Así pues, estimo que no todo lo que afirmó este pintoresco erudito deba ser tirado a la papelera ni mucho menos. Antes bien, creo que hay algunos elementos interesantes que debemos tener en cuenta y que deberían hacernos reflexionar más allá de que rechacemos la literalidad o integridad del mito de Mu, tal y como él lo presentó. Vayamos por partes.

En el campo estrictamente geológico no voy a entrar, pues es un terreno en el cual soy bastante lego y no tengo elementos de valoración para desacreditar a Churchward, pero tampoco para dar por buena su teoría. He leído algunas opiniones de personas más cualificadas que no estiman imposible un cataclismo gigantesco similar al que puso fin a la Atlántida (un suceso prácticamente idéntico a lo ocurrido con Mu)[4] en función de ciertos procesos geológicos y climáticos, pero insisto en que me resulta complicado evaluar técnicamente los pros y contras. Lo que sí cabe resaltar es que la ciencia oficial moderna es tremendamente reacia a admitir un catastrofismo global en épocas relativamente recientes, con presencia humana sobre el planeta.

Ahora bien, en el ámbito de la mitología y la antropología sí creo que vale la pena sacar a la luz algunos datos relevantes, aunque soy consciente que para el mundo académico mitología y realidad (desde un enfoque histórico-arqueológico) son conceptos opuestos o cuando menos conflictivos entre sí. Para empezar, debemos reconocer que existe una amplia mitología en casi todos los rincones del planeta sobre un cierto Diluvio universal o gran cataclismo en un tiempo inmemorial, que conllevó la destrucción de una Humanidad o una alta civilización. Esta es básicamente la historia que se ha centrado en la Atlántida –sea cual fuere su ubicación– y que ya comenté ampliamente en una antigua entrada. Sin embargo, también es cierto que existen leyendas específicas que podrían referirse a Mu y que hallamos en el propio Pacífico, en Asia y en América.

¿Los ancestros de Mu en forma de moais?
En el caso del Pacífico, para centrarnos en el quid de la cuestión, existen tradiciones y leyendas de muchas comunidades indígenas que nos hablan de que antes que llegaran ellos, las islas habían estado ocupadas por otros hombres o, para ser precisos, por dioses, semidioses o gigantes, descritos a veces como de gran estatura, piel clara y pelo rubio o rojizo, lo cual casa bien poco con las etnias conocidas en época histórica. Por ejemplo, las leyendas de los aborígenes australianos afirman que antes de que ellos poblaran aquellas tierras, los gigantes ya estaban allí. Los nativos hablan concretamente de una época mítica primigenia o Dreamtime (“Tiempo de los sueños”) en la que una raza ancestral de gigantes dio forma al continente y lo llenó de vida vegetal y animal. También en algunos casos se hace referencia a una gran hecatombe que habría acabado con esos seres primigenios y habría obligado a los supervivientes a buscar refugio en alguna isla o en tierras lejanas. Este es el conocido mito de Rapa Nui (o la isla de Pascua), según el cual en tiempos remotos el rey Hotu Matua y unos pocos de sus súbditos llegaron en canoas a la isla tras haber escapado del cataclismo que hundió el continente del que procedían, al oeste, llamado Hiva.

Naturalmente, todo esto es mito y no tiene valor probatorio, independientemente de que forme parte integral de la cultura y el acervo secular de los indígenas. Lo que sí es más tangible es el legado arqueológico de un tiempo muy distante y que podemos apreciar en varias áreas del Pacífico. Me refiero, obviamente, a una serie de monumentos y ruinas –la mayoría de carácter megalítico– que se han atribuido a los antecesores de los modernos indígenas y que ya fueron objeto de atención por parte de Churchward. En general, la ciencia no se ha ocupado demasiado de tales restos, pero la evidencia muestra en muchos casos un paralelismo claro con otros enclaves megalíticos de diversas partes del planeta. Lo que está claro es que resultan unos logros muy impresionantes si se acepta que fueron hechos por unos indígenas que vivían prácticamente en un estadio de salvajismo, con escasas capacidades técnicas y constructivas.

Sólo por mencionar algunos ejemplos:

  • En la isla de Ponape tenemos la ciudad megalítica de Nan Madol, que presenta un conjunto de grandes estructuras sostenidas por bloques de basalto de 50 toneladas o más. El propio Churchward ya se había fijado en este enclave y lo calificó de “santuario de Mu”.
  • En Tianan (islas Marianas) se pueden apreciar dos columnas colosales con unos capiteles semiesféricos en la parte superior. De hecho, se tiene noticia de estructuras semejantes en otras islas del Pacífico.
  • En la isla de Tongatapu (Polinesia) hallamos el arco de Ha’amonga, un trilito colosal de unas dimensiones aproximadas de 5 x 6 x 1,5 metros, que fue erigido –según la leyenda– en un tiempo muy remoto por un semidiós de nombre Maui.
Trilito de Ha'amonga

  • En las islas Palau se pueden observar unos grandes monolitos de basalto, e incluso una gran estructura en forma de terrazas.
  • En Pascua tenemos estructuras megalíticas y los imponentes moais, algunos de enorme peso y altura. Aparte, existen los vestigios de la extraña escritura rongo-rongo, que no se corresponde con nada similar en el Pacífico y sí con la antiquísima escritura del Valle del Indo.
  • En Gunung Padang (Java) podría existir una antigua pirámide escalonada sepultada por los sedimentos. Este lugar ha sido apenas explorado y es objeto de gran polémica, empezando por la datación, que –según el geólogo Danny Natawidjaja– se iría hasta los 26.000 años[5].
  • En Yonaguni (Japón) se hallaron estructuras de aspecto artificial sumergidas a varios metros de profundidad junto a la costa. (Véase el reciente artículo sobre este tema.)
Por tanto, parece evidente que tenemos un cierto vacío sobre una parte de la historia (o prehistoria) del Pacífico, y que algunas verdades o axiomas aceptados hasta la fecha deberían revisarse a fondo. Tal vez no se trate de reivindicar a Churchward y de sacar a Mu del trastero, pero sí de reconocer que algunas de sus observaciones tenían sentido y que se deberían implementar investigaciones geológicas y arqueológicas sin ningún prejuicio a fin de explorar la posibilidad de que en el Pacífico hubiese existido una civilización muy avanzada en una era remota que desapareció por motivos que desconocemos, tanto si aceptamos la hipótesis del gran cataclismo como si no.

Una de las obras de Churchward
Lo que sí sería recomendable es desligar en lo posible la hipótesis de Mu de elementos superfluos, esotéricos o de la New Age, que en vez de ayudar más bien entorpecen cualquier enfoque serio, sobre todo porque ponen en guardia al estamento académico más conservador y provocan rechazo entre los investigadores convencionales. Ahora bien, tampoco conviene enviar a la hoguera a los soñadores y pioneros, porque –con todos sus errores y sesgos– pueden aportarnos nuevas vías de investigación para comprender nuestro pasado y nuestros orígenes. Desde esta perspectiva, estimo que Churchward fue un hijo de su tiempo, de la fascinación por los mundos perdidos y olvidados, de la arqueología romántica y “especulativa”. No obstante, también quiso relacionar el mito con las pruebas y proponer un escenario de difusionismo –tan denostado desde hace décadas– que, como mínimo, merecería un poco más de atención científica.

Para finalizar, me quedo con una idea de Churchward que me llamó la atención por su referencia al mito de la caída del hombre, el eterno retorno y en definitiva la concepción de la historia humana como una serie de grandes ciclos, lo que vendría a ser la conocida teoría de la historia cíclica, defendida por algunos arqueólogos alternativos como Michael Cremo. Según esta visión, en un estadio superior el hombre alcanza un alto grado de conocimiento y conciencia, que le lleva a un paraíso de armonía y plenitud, para después caer al abismo del que debe recuperarse lenta y penosamente hasta volver al punto álgido. Pues bien, James Churchward dijo lo siguiente:

“Las civilizaciones han nacido y han acabado y luego han sido olvidadas una y otra vez. No hay nada nuevo bajo el sol. Lo que es, ha sido. Todo lo que aprendemos y descubrimos ha existido anteriormente. Nuestras invenciones y descubrimientos no son más que reinvenciones y redescubrimientos.”

© Xavier Bartlett 2019 

Fuente imágenes: Wikimedia Commons

[1] Existe una cierta confusión sobre Lemuria, pues algunos autores la identifican con Mu, ubicándola en el Pacífico. Asimismo, se emplearon otros términos que también podrían identificarse con Mu. Por ejemplo, Blavatsky se refirió al continente de Rutas y Edgar Cayce usó indistintamente los términos Mu, Lemuria, Oz y Zu para mencionar una misma realidad.
[2] Que las tablillas de Niven existieron parece que nadie lo pone en duda, y según la información que he recopilado pudieron ser unas 2.600, lo cual nos recuerda al asunto de las piedras de Ica, con un enorme número de piezas que para muchos hace inverosímil la teoría del fraude, aunque no por más cantidad se debe descartar que se trate de un montaje de grandes proporciones. Lo que resulta un poco extraño es que no tengamos disponible ni una sola de las tablillas de piedra de Niven, muchas de las cuales fueran vendidas por éste.
[3] Estos son los títulos: The Lost continent of Mu, Children of Mu, Sacred Symbols of Mu, Cosmic forces of Mu y The second book of the Cosmic forces of Mu.
[4] En este punto, cabe aclarar que Churchward creía tanto en la Atlántida como en Mu, como dos continentes separados, cada uno en su océano, y consideraba que ambos desaparecieron por el mismo motivo ya explicado.
[5] Las dataciones se obtuvieron por carbono-14 a partir de muestras orgánicas de diversos sondeos. La fecha citada corresponde al estrato de más profundidad alcanzado en los sondeos.

jueves, 5 de octubre de 2017

El bipedalismo y el origen de humanos y simios


Introducción


“No es el hombre el que desciende del simio, sino que es el simio el que desciende del hombre”. Esta frase la escuché hace ya algunos años y me causó una cierta hilaridad, sobre todo como contraposición jocosa al bien establecido evolucionismo darwinista. Sin embargo, con el tiempo y las nuevas investigaciones, esta especie de broma ha empezado a cobrar cierto sentido desde el punto de vista científico, aunque todavía se mantiene dentro de la heterodoxia más radical.

Antes de proseguir, empero, hay que aclarar que no debemos tomar esta afirmación literalmente, sino que hay que enfocarla como un cuestionamiento de la evolución humana desde nuevos planteamientos teóricos y desde las pruebas físicas disponibles, con un punto central de debate: el bipedalismo de los homínidos. Precisamente, dicho debate nos lleva a una doble hipótesis: o bien que el ser humano anatómicamente moderno es muchísimo más antiguo de lo que nos han explicado hasta ahora o bien que los ancestros comunes tanto de humanos como de simios modernos no eran como nos los han pintado[1]. O quizá ambas cosas sean ciertas...

En todo caso, los nuevos hallazgos aportan complejos escenarios y más dolores de cabeza a los evolucionistas, que una vez más se esfuerzan por encajar las pruebas sobre el terreno en su intocable marco teórico (iba a poner “su religión”), lo que a menudo les deja desconcertados o les obliga a realizar complicados malabarismos para mantener  las verdades y los dogmas que el paradigma darwinista lleva imponiendo desde hace más de un siglo. Pero empecemos por el principio.

¿Una propuesta disparatada?


H. P. Blavatsky
Si retrocedemos al siglo XIX, la famosa ocultista Madame Blavatsky ya planteó un panorama totalmente distinto para el origen del hombre, que se desmarcaba tanto de las escrituras bíblicas como de la entonces reciente teoría de la evolución de Darwin[2], que se estaba consolidando entre la comunidad científica. Blavatsky, basándose en textos esotérico-mitológicos, hablaba de una humanidad que se remontaría a muchos millones de años y que habría involucionado a través de una serie de eras, desde unas razas prácticamente etéricas hasta el moderno hombre, “pequeño”, material y mortal. Pero la visión de Blavatsky incluía además un origen bien heterodoxo para los primates, los cuales habrían surgido de la hibridación de los humanos arcaicos con otras criaturas inferiores, con lo cual se daría un respaldo a la propuesta de que los primates no eran los ancestros del hombre sino que más bien constituirían una degeneración de éstos[3].

Así, según la teosofía, los primeros primates se parecían bastante a los humanos, aunque con el paso de los milenios se fueron haciendo más y más distintos. Ahora bien, los atlantes (una raza anterior a la nuestra), al ver la gran degeneración que ellos mismos habían creado, se habrían dedicado a exterminar a los simios más parecidos a los humanos, dejando sólo a los menos avanzados, que serían en definitiva los ancestros de los actuales simios. Asimismo, la mitología hindú recoge un escenario muy similar, pues en el poema épico Ramayana se muestra a los simios como muy próximos a los humanos, y se les atribuía incluso la capacidad de hablar y de tener leyes y gobiernos.

La polémica obra de B. Kurtén
Pero si dejamos ahora el confuso terreno del ocultismo y saltamos a finales del siglo XX, algunos científicos –nada sospechosos de ser esotéricos– empezaron a descubrir numerosas pegas en los axiomas evolucionistas con respecto al origen del hombre y su supuesta procedencia de un cierto primate, antecesor común de humanos, chimpancés, gorilas, etc. Así, ya en 1971 el antropólogo finlandés Bjorn Kurtén en su obra Not from the apes (“No de los simios”) afirmaba que el origen de las grandes diferencias entre simios y humanos debía remontarse a una antigüedad enorme, por lo menos hasta unos 35 millones de años y que de hecho sería la rama de los simios modernos la que habría derivado de un tronco humano. Según su visión, a partir del estudio de los fósiles, el ser humano no podía descender de ninguna criatura simiesca, sino que más bien los actuales simios descendían de una línea humana muy arcaica. Para Kurtén, un pequeño simio de rasgos humanos llamado Propliopithecus (del Oligoceno) habría sido el antecesor del Ramapithecus y homínidos posteriores, como los australopitecinos. Por otra parte, el Dryopithecus, una criatura más simiesca, habría dado origen a la línea ancestral de los primates actuales

Años más tarde, en 1981, los investigadores John Gribbin y Jeremy Cherfas retomaron esta hipótesis y sugirieron un escenario distinto de la evolución humana, planteando la posibilidad de que los simios descendieran de los humanos y no al revés, si bien su propuesta no era tan radical como se podría esperar. Así, admitían que el ser humano podía descender de una línea de australopitecinos, pero que éstos no se habían extinguido en la línea evolutiva sino que habrían dado lugar a los actuales chimpancés y gorilas, cuyos antepasados nunca han sido hallados por los paleontólogos (¡mira por dónde!). Según Gribbin y Cherfas, las mutaciones podrían ir en un sentido u otro y revertir anteriores avances. De este modo, los australopitecos, en tanto que homínidos erguidos[4], fueron los antecesores del género Homo, pero luego algunos de ellos habrían revertido este paso y habrían vuelto a la vida arborícola.

La cuestión del bipedalismo


El estereotipo de la evolución del bipedalismo
Sea como fuere, prácticamente todos los especialistas en paleontología consideran el bipedalismo como una señal inequívoca del avance fisiológico hacia el ser humano (de ahí el famoso Homo erectus: “hombre erguido”). Así pues, se da por hecho que esta característica es propia de los humanos y que marcó importantes desarrollos tanto físicos como intelectuales en el transcurso de la evolución. No obstante, esta cuestión todavía no está cerrada y se mantiene sujeta a múltiples interpretaciones, que giran en torno a la controversia sobre cómo, cuándo y por qué se produjo el salto al bipedalismo, si bien la teoría East side story del francés Yves Coppens es la más aceptada y todavía mantiene su prestigio y validez entre muchos paleontólogos. En todo caso, para la gran mayoría del estamento académico, los australopitecinos ya caminaban erguidos, y este sería un rasgo propiamente humano que comportaría la posterior aparición del género Homo. Sin embargo, no todos los expertos comparten la idea de que los australopitecos estén en la línea directa evolutiva de los humanos e incluso ponen en duda que los australopitecinos caminaran habitualmente erguidos. Asimismo, algunos especialistas cuestionan el hecho de que el bipedalismo sea un rasgo relativamente moderno (en términos evolutivos), y proponen visiones heterodoxas que afectan tanto a la evolución de los humanos como a la del resto de los primates.

Y aquí es cuando aparecen varias teorías bien alejadas de la ortodoxia darwinista. Por ejemplo, el zoólogo franco-alemán François de Sarre opinaba a finales del pasado siglo  que en modo alguno la transición al bipedalismo fue un rasgo “reciente” que tuvo lugar en unas criaturas simiescas hace unos pocos millones de años. De Sarre cree que el escenario evolutivo humano ha sido fabricado a partir de observaciones erróneas y de muchos prejuicios. Desde su punto de vista, la estructura anatómica humana no indica una maduración desde simios “fetales”, sino todo lo contrario: los simios muestran un evidente avance anatómico allá donde la evolución de los humanos se detuvo.

Para sustentar este concepto, de Sarre se fija sobre todo en la embriología y la anatomía comparativa, dada la gran precariedad del registro paleontológico. Así, los embriones humanos comparten con los de otros mamíferos una posición bastante centrada del foramen mágnum[5] (en unos 90º grados con relación al plano de la cara). Ahora bien, en el resto de animales –según avanza el desarrollo del embrión– el foramen se va retrasando y el ángulo se va abriendo hasta 140º en los primates y hasta 180º en el caso de los animales totalmente cuadrúpedos. En cambio, en los humanos el ángulo se queda en unos 120º, que es lo que permite nuestra locomoción bípeda. Y si se analizan los pies de los humanos, que muestran diferencias bien apreciables respecto a los del resto de los primates, se puede deducir que nunca pertenecieron a un cuadrúpedo o a una criatura arborícola. Y una vez más, en los embriones de primates se aprecia que los pies tienen una estructura muy similar a los humanos, pero según progresa su desarrollo van tomando la típica forma prensil que les permite moverse con facilidad en los árboles. En cuanto a las manos de los primates, son semejantes a las humanas, pero ellos las utilizan para caminar sobre los nudillos.

Bigfoot: ¿criatura deshumanizada?
En suma, de Sarre asegura que los australopitecinos no fueron los ancestros de los humanos, sino más bien los precursores de los actuales simios, si bien los antepasados de los propios australopitecinos habrían sido bípedos, que fueron perdiendo esta característica, evolucionando hacia criaturas cuadrúpedas. Este proceso sería una especie de deshumanización, que habría dejado al margen a unas pocas criaturas en un estado intermedio, dando lugar a poblaciones de los llamados “hombres salvajes”, como el bigfoot, el yeti, el almas, etc. (todos ellos bípedos), que son negados por la ciencia actual, que los califica de simples invenciones, fraudes o confusiones[6].

En una línea semejante, la paleontóloga del CNRS Yvette Deloison ya expuso hace unos años que la primitiva estructura de la mano humana es la prueba inequívoca de la existencia –hace unos 15 millones de años– de un ancestro común de humanos, australopitecos y grandes simios actuales, que de ningún modo pudo ser una criatura arborícola o cuadrúpeda. Deloison sostiene que el pie humano está claramente adaptado al bipedalismo, y si damos por hecho que la evolución “no retrocede”, ese antepasado común bípedo no tenía manos o pies especializados. Dicho de otro modo, de un ser arborícola no puede derivarse un ser bípedo. En todo caso, fue más tarde cuando una rama de esas criaturas se adaptó plenamente a la vida arborícola y desarrolló esos característicos pies prensiles. Por lo tanto, en algún momento se produjo una bifurcación definitiva entre la criatura completamente bípeda (la raíz del género Homo) y el animal cuadrúpedo-arborícola.

Este mismo concepto ha sido retomado recientemente por Aaron Filler, biólogo evolucionista de la Universidad de Harvard y autor del libro The upright ape (“el simio erguido”), cuya investigación apunta a que los antepasados de los humanos arcaicos, así como los de los grandes simios, caminaron erguidos y no sobre nudillos, como los actuales simios. Para llegar a esta conclusión, Filler ha estudiado las columnas vertebrales de unos 250 mamíferos, algunos de ellos ya extinguidos y con antigüedades que se remontarían hasta los 220 millones de años. Filler alude a una serie de cambios fisiológicos –relacionados con la espina dorsal y un tejido llamado septum horizontal[7]– que surgieron posiblemente por un defecto genético de nacimiento, los cuales habrían creado a un primer ser “hominiforme”. Y dadas estas anomalías anatómicas, este mamífero sólo habría podido sentirse cómodo caminando erguido.

Stephen J. Gould
Para Filler, este paso sucedió hace mucho tiempo y de forma abrupta (algo que nos recordaría al equilibrio puntuado de Jay Gould) con unos pocos y rápidos cambios genéticos. De esta manera, se deberían revisar los orígenes del bipedalismo, que ahora se sitúan como muy pronto hace unos 6 millones de años, y se deberían retrasar por lo menos hasta los 21 millones de años, época en la que vivió el supuesto primer primate bípedo, el Morotopithecus bishopi, hallado en Uganda (África). En otras palabras, Filler pone a este desconocido primate bípedo como el verdadero primer ancestro humano (y de los grandes simios).

Aparte, Aaron Filler cita que se han hallado vértebras fósiles de otros tres posibles primates bípedos, lo que confirmaría ese inicio de locomoción bípeda que luego “degeneraría” hacia la vida arborícola y el desplazamiento a cuatro patas, apoyándose en los nudillos. En este sentido, Filler se refiere a los actuales siamangs, un simio arborícola de la familia de los gibones, cuyas crías son capaces de caminar erguidas de forma innata sobre las ramas de los árboles, sin usar para nada la locomoción con nudillos. Así, Filler complica un poco las cosas al sugerir que el bipedalismo no se desarrolló sobre el suelo sino sobre las ramas de los árboles, que debían ser muy numerosos hace 20 millones de años. A su vez, los ancestros de chimpancés y gorilas tal vez evolucionaron hacia la locomoción con nudillos porque este era un modo más rápido de desplazarse.

Huellas incómodas


Para añadir más leña al fuego en esta controversia, está la cuestión de las huellas de pisadas humanas realizadas hace cientos de miles o millones de años. Su importancia no es poca, pues por ejemplo gracias al descubrimiento de un conjunto de unas huellas en Happisburgh (Norfolk, Inglaterra), que se remontan al menos a 950.000 años, se ha podido demostrar que el ser humano ya estaba en las Islas Británicas hace casi un millón de años, lo que hasta hace poco era prácticamente un anatema. Pero en el asunto de locomoción bípeda las pisadas cobran un extraordinario interés, pues pueden ser el testimonio de que el ser humano, aún en sus versiones más arcaicas, es mucho más antiguo de lo que se ha venido defendiendo hasta hace escasos años. Sin embargo, hay que puntualizar que, a falta de más restos (huesos, herramientas, etc.), siempre puede quedar la duda de si tales criaturas bípedas eran humanas o pre-humanas, como ahora se califica a los australopitecinos y otros primates que figuran como ancestros del género Homo.

Huella humana de Laetoli
El caso más llamativo –que ya he citado varias veces en este blog– es el de las pisadas de Laetoli (Tanzania), descubiertas por Mary Leakey hace unos 40 años. No voy a extenderme pues en comentarios, pero sí recordaré los argumentos principales: las huellas, atribuidas a varios individuos de corta estatura, eran indistinguibles de las pisadas de los humanos modernos, y según la datación geológica de los estratos de lava en que se localizaron (si la podemos dar por fiable), se situarían en los 3,7 millones de años. Lo que ocurre es que tales pisadas se atribuyeron a unos australopitecos, pues en aquella remota época no había –supuestamente– más homínidos capaces de realizar tales huellas. Sin embargo, a partir de los huesos de un australopiteco hallado en Sterkfontein (Sudáfrica) a finales del siglo XX por Ron Clark y datado en los mismos 3,7 millones de años, se pudo apreciar que mostraba un pie más bien simiesco, incapaz de realizar tal huella sobre el suelo.

Y en efecto, la paleontología nos quiere hacer creer que los australopitecos tenían un pie muy similar al humano moderno y que caminaban erguidos, pero las pruebas son muy escasas y confusas, y algunos expertos han afirmado que –a partir de meros prejuicios– se han realizado reconstrucciones anatómicas incorrectas y deducciones demasiado atrevidas. Sin ir más lejos, el ejemplar de Australopithecus afarensis (la famosa “Lucy”) fue hallado incompleto, sin sus pies, y sin embargo en las reconstrucciones museísticas se le representa con unos pies sospechosamente humanos, e incluso en la configuración del rostro se han realzado los rasgos humanos (por ejemplo, los ojos) para rebajar el aspecto simiesco.

Sea como fuere, en Laetoli nos encontramos con una criatura humana o humanoide de gran antigüedad que ya caminaba erguida sobre sus extremidades inferiores, siendo ese su medio locomoción habitual. Después ya tendríamos que referirnos a unas pisadas atribuidas a un Homo ergaster (el erectus africano) descubiertas hace diez años en Ileret (Kenya), con una antigüedad de 1,5 millones de años. Dichas huellas serían prácticamente iguales a las que realizamos nosotros, el Homo sapiens. (Por supuesto, tal atribución se basa solamente en las convenciones cronólogicas de la paleontología, como en el caso de Laetoli.)

No obstante, un reciente hallazgo paleontológico podría hacer retroceder el bipedalismo hasta una época todavía más lejana. Me refiero a las 29 huellas que se han descubierto en Trachilos (Creta), que se han atribuido a criaturas humanoides y que se remontan a nada menos que ¡casi 6 millones de años![8], en el periodo geológico denominado Mioceno. En este caso ha ocurrido algo muy similar a lo que se pudo ver en Laetoli: las pisadas tienen un tamaño y aspecto anatómico humano moderno y no pueden ser atribuidas de ninguna manera a un simio. 

Dientes del Graecopithecus
De rebote, este descubrimiento, unido al de otro espécimen, localizado en los Balcanes y bautizado como Graecopithecus freybergi, ha permitido lanzar nuevas especulaciones y teorías sobre la cuna de la Humanidad, con la intención de destronar la clásica teoría “out-of-Africa”, que aún es defendida por la mayoría del  estamento académico. Cabe señalar que precisamente los pocos restos que se han hallado de este nuevo homínido se han datado en unos 7 millones de años, no muy lejos de la cronología de Creta, lo que le hace firme candidato a autor de las huellas cretenses. Además, el estudio de una pieza dental de El Graeco (como se le ha apodado) revela que posiblemente estaba más próximo a los humanos que a los simios. Naturalmente, este hallazgo y las altisonantes declaraciones posteriores han puesto en guardia a los científicos escépticos, que se muestran muy reacios a plantear la existencia de humanos en épocas tan remotas, sobre todo porque ellos necesitan sostener su idea de la transición evolutiva más o menos gradual de un simio cuadrúpedo a un humano (o pre-humano) plenamente bípedo. 

Así pues, algunos rechazan la idea de que El Graeco fuera una criatura humana y prefieren referirse a un simio desconocido hasta la fecha que caminaba erguido, e incluso unos pocos rechazan que se trate realmente de huellas de pisadas. Sea como fuere, los científicos que descubrieron las huellas no encontraron muchas facilidades para publicar sus resultados, sino más bien todo lo contrario, lo cual no me sorprende en absoluto. Y por cierto, muy recientemente se ha confirmado la sustracción in situ de algunas de estas pisadas...

Conclusiones


Cráneo de australopiteco
Por supuesto que el hombre no desciende del mono, y los propios evolucionistas han usado este argumento hasta la saciedad para acallar las mofas de los creacionistas y otros críticos contumaces. Lo correcto, según la teoría darwinista, es afirmar que los monos y los humanos tenemos un antepasado común que vivió hace millones de años. No obstante, aun dando por buena esta afirmación, está claro –como hemos visto a través de las opiniones de los expertos– que dicho antepasado nunca ha sido identificado con certeza, puesto que han ido apareciendo diversos restos de homínidos cuya forma de locomoción es objeto de polémica.

En este contexto, hasta las personas de trayectoria académica irreprochable y más próximas a la ortodoxia, como Yvette Deloison, ya ven la imposibilidad de que un cuadrúpedo “evolucionase” hacia un ser perfectamente bípedo como es el hombre. Además, los hallazgos paleontológicos nos empujan cada vez más a reconocer la existencia de criaturas bípedas en épocas extremadamente antiguas, lo que incomoda a los defensores de una evolución gradual del primate que caminaba sobre nudillos al humano que camina erguido. Claro que los evolucionistas suelen recurrir a sus mágicas mutaciones aleatorias como prueba y aquí cierran la discusión...

En fin, lo que parecía una locura quizá ya no lo sea tanto. Nuestros queridos chimpancés y gorilas actuales podrían ser una derivación (no me atrevo a escribir “involución”) de unos homínidos bípedos que vivieron hace muchos millones de años. Pero, ¿cómo eran tales homínidos? ¿Podemos creer en la fantástica historia de Blavatsky y la degeneración de una raza humana hasta convertirse en primates inferiores? Tal vez los tiros vayan por otro lado, pero da la impresión de que, a pesar de ir acumulando pruebas paleontológicas, los prejuicios y los sesgos –en uno u otro sentido– nos impiden ver el bosque.  

© Xavier Bartlett 2017

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] Por supuesto, dando por buena la teoría de la evolución humana dentro del marco general de la evolución de las especies, según el darwinismo ortodoxo, lo que ya es un acto de fe. En este sentido, gran parte de los argumentos expuestos en este artículo presuponen que hubo algún tipo de evolución.
[2] Blavatsky consideraba que la propuesta de que descendemos de primates era “la teoría más extravagante de todas las épocas”
[3] En concreto, Blavatsky afirmaba que los simios inferiores procedían de la hibridación de un grupo de humanos de la tercera raza, inconscientes y de aspecto simiesco. Por otro lado, los simios antropoides procederían de la unión de humanos poco avanzados de la cuarta raza y los descendientes de la anterior hibridación. Por tanto, los primates tendrían en mayor o menor medida sangre humana, pero no al revés.
[4] Cabe señalar que bastantes expertos ponen en duda que los australopitecos mantuvieran una postura erguida, dando a entender que caminarían principalmente a cuatro patas (sobre los nudillos de la mano) y que todavía tendrían una importante actividad arborícola.
[5] Punto de unión entre el cráneo y la espina dorsal.
[6] Precisamente, de Sarre fue amigo del creador de la criptozoología, el francés Bernard Heuvelmans (fallecido en 2001), que creía firmemente en la existencia de tales seres antropoides.
[7] Es un tejido que separa el cuerpo en dos mitades, la ventral y la dorsal.
[8] La datación se hizo combinando el estudio geológico de las rocas sedimentarias y el análisis de los fósiles de unos microorganismos microscópicos llamados foraminíferos.