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sábado, 12 de enero de 2019

Guía alternativa al antiguo Egipto


Tanto si hablamos de arqueología ortodoxa como de arqueología alternativa, el antiguo Egipto es sin duda uno de los temas estrella que más atraen a los investigadores y al público en general. El Egipto faraónico lleva siglos fascinando a los occidentales y ha dado pie a dos corrientes o enfoques de estudio. Por un lado, tenemos la Egiptología, que nació como ciencia hace unos 200 años y que pretende ser la vía científica rigurosa y objetiva para acceder al conocimiento del antiguo Egipto. Por otro lado, está la arqueología alternativa, que ha buscado otros caminos que van desde lo esotérico a lo especulativo o fantástico, pasando por múltiples visiones más o menos heterodoxas, o bien reinterpretaciones en claves científicas bastante distintas a las empleadas por los egiptólogos.

De todo ello he escrito ampliamente en este blog, pero he creído oportuno dar ahora una visión holística de la bibliografía alternativa sobre el antiguo Egipto, a fin de que los aficionados tengan referencias claras y directas de los autores más destacados y las teorías y cuestiones más debatidas, y dispongan de una guía de lectura completa sobre esta materia, teniendo en cuenta que la bibliografía alternativa sobre este tema es enorme y  muy diversa y que es muy difícil conocer y abarcar todas las obras más o menos específicas. Por ello, necesariamente me centraré en las obras que a mi juicio son las más representativas y que en la medida de lo posible estén disponibles en lengua castellana, si bien la gran mayoría de éstas han sido escritas originalmente en inglés (y algunas en francés).

Para empezar por los inicios de la arqueología alternativa en Egipto es obligado citar dos obras de mediados del siglo XIX que pusieron los cimientos de lo que luego se llamó piramidología, centrada básicamente en el estudio de la Gran Pirámide de Guiza desde perspectivas heterodoxas (o pseudocientíficas, según los académicos). Me refiero al libro del matemático británico John Taylor The Great Pyramid: Why was it built? & Who built it? (“La Gran Pirámide: ¿por qué se construyó? y ¿quién la construyó?”) y al del astrónomo escocés Charles Piazzi Smyth Our Inheritance in the Great Pyramid (“Nuestra herencia en la Gran Pirámide”). Para todos aquellos que deseen saber de dónde proceden las obsesiones por las medidas de la Gran Pirámide, sus relaciones matemáticas y geométricas y las referencias a una civilización distinta de la egipcia como constructora de este monumento, estas son las genuinas fuentes, de las que luego han bebido muchos autores del siglo XX y aún del XXI.

Ya entrados en el siglo XX hasta inicios del XXI, se han escrito numerosas obras alternativas de todo tipo, pero para introducirnos en el Egipto alternativo de forma genérica, podríamos citar algunos libros destacados:

BAUVAL, Robert. Código Egipto. Martínez Roca, 2007. El libro desarrolla la tesis arqueoastronómica del autor según la cual los egipcios dispusieron sus monumentos sobre la tierra a imagen del firmamento, por la máxima esotérica de “como es arriba, así es abajo”.

BAUVAL, Robert; GILBERT, Adrian. El misterio de Orión. Salamandra. Barcelona, 1996. Libro fundamental que plantea la ya famosa “teoría de la correlación de Orión”, y aunque está basada en las pirámides de Guiza, contiene toda una nueva lectura de la civilización egipcia en base a la astronomía, los Textos de las pirámides, la mitología y una cierta religión estelar.

HANCOCK, Graham. Las huellas de los dioses. Ediciones B. Barcelona, 1996. Obra general de referencia sobre arqueología alternativa que contiene varios capítulos de interés sobre la civilización egipcia, en particular sobre sus orígenes míticos. También destaca por sacar a la palestra el tema de la antigüedad de los monumentos y sus métodos de construcción.

SCHWALLER DE LUBICZ, René. El templo en el hombre: arquitectura sagrada y el hombre perfecto. Edaf. Madrid, 2007. Un clásico sobre la interpretación herética del antiguo Egipto –a partir del templo de Luxor– en función de un simbolismo sagrado y unos altos conocimientos científicos y esotéricos.

SLOSMAN, Albert. Y Dios resucitó en Dendera. Ed. Luciérnaga, 2002. Toda la obra de este investigador francés vale la pena por su visión heterodoxa sobre los orígenes de la civilización egipcia y sus conexiones con el mito de la Atlántida.

WEST, John Anthony. La serpiente celeste. Grijalbo, Barcelona, 2000. Obra esencial, continuación en parte de Schwaller, y que plantea una fuerte oposición a los principios aceptados por la Egiptología. Asimismo, introduce el polémico tema de la antigüedad de la Esfinge.

Si nos centramos exclusivamente en la bibliografía sobre la Gran Pirámide (o las tres grandes pirámides de Guiza, y en menor medida el resto de pirámides), tenemos un amplio abanico de autores y enfoques. Para tener una idea global de las diversas visiones, recomiendo los siguiente libros:

ÁLVAREZ, José. El enigma de las pirámides. Ed. Kier. Buenos Aires, 1965. Es una brillante aproximación científica heterodoxa del físico y químico argentino que aborda varios elementos de las pirámides y de la antigua tecnología egipcia que la ciencia oficial no ha abordado o lo ha hecho de forma errónea.

ARES, Nacho. El enigma de la gran pirámide: un viaje a la primera maravilla del mundo. Oberón. Madrid, 2004. Análisis histórico-arqueológico bien documentado de la Gran Pirámide, según un egiptólogo de carrera pero abierto a las teorías alternativas.

BRABIN, Stephen. The incomplete pyramids. Manchester, 2010. Estudio heterodoxo de las pirámides sobre todo con relación a los Textos de las Pirámides y ciertas peculiaridades estructurales y astronómicas.

Scott Creighton
CREIGHTON, Scott. The secret chamber of Osiris. Bear & Company, 2014. La propuesta del autor, a partir de ciertas fuentes árabes, es que las antiguas pirámides fueron construidas como enormes silos para almacenar bienes ante la eventualidad de un gran cataclismo natural[1].  

DAVIDOVITS, Joseph. The Pyramids: An Enigma Solved. Hippocrene Books, 1988. Obra de referencia sobre la posible artificialidad de los bloques que componen la Gran Pirámide, a partir de una especie de “cemento”, lo que explicaría una mayor facilidad para construir el monumento.

DELGADO, Manuel J. El secreto de la gran pirámide. Edaf. Madrid, 2002. Posiblemente Delgado es el más notable piramidólogo español y si bien su libro no aporta muchas novedades es una guía completa de las cuestiones más polémicas y ofrece algunas reflexiones interesantes a partir de su propia investigación.

DUNN, Christopher. Tecnologías del antiguo Egipto. Ed. Urano. Barcelona, 2000. El autor cree que los egipcios disponían de una alta tecnología con unos estándares superiores a los nuestros y su propuesta principal es que la Gran Pirámide era en realidad una compleja máquina para generar energía a partir de la propia vibración terrestre.  

MOREUX, T. La ciencia misteriosa de los faraones. Ed. Safián. Buenos Aires, 1956. Obra quizá poco conocida pero que realiza un buen compendio de toda la Piramidología más clásica hasta mediados del siglo XX.

POCHAN, André. El enigma de la gran pirámide. Plaza & Janés. Barcelona, 1976. Libro de gran interés que navega entre la ortodoxia y la herejía, con muchos datos, amplio contexto histórico de fuentes antiguas, hallazgos notables (el bloqueo del corredor ascendente o el efecto relámpago[2]) y otras propuestas más o menos audaces.

SCHMITZ, Eckhart. The Great Pyramid of Giza: decoding the measure of a monument. Friesens, 2012. Se trata de uno de los últimos estudios a fondo sobre la estructura, geometría y medidas de la Gran Pirámide.

Robert Schoch
SCHOCH, Robert. El misterio de la pirámide de Keops. Edaf. Madrid, 2007. Visión científica en clave alternativa sobre la construcción y el propósito de la Gran Pirámide y análisis de buena parte de las propuestas alternativas que se han hecho hasta la fecha.

TOMPKINS, Peter. Secretos de la Gran Pirámide. Diana, 1990. Un clásico que repasa todas las investigaciones e incógnitas que se han ido acumulando en el estudio de la Gran Pirámide.

TOTH, M.; NIELSEN, G. El poder mágico de las pirámides. Martínez Roca. Barcelona, 1977. Obra que se centra en el estudio de las propiedades energéticas de las pirámides en varios campos, negadas por el estamento académico.

En cuanto a la no menos famosa Gran Esfinge, también se han ha publicado bastantes libros, entre los cuales destacaría estos tres:

HANCOCK, G.; BAUVAL, R. Guardián del Génesis: la búsqueda del legado oculto de la humanidad. Seix Barral, Barcelona, 1997. Posiblemente la obra más completa sobre la Esfinge, su datación y su significado simbólico y astronómico.

SCHOCH, Robert; BAUVAL, Robert. Origins of the Sphinx: Celestial Guardian of Pre-Pharaonic Civilization. Inner Traditions, 2017. Colaboración entre Schoch y Bauval, dos investigadores que han aportado mucho en la visión alternativa de la Gran Esfinge desde diferentes enfoques, sobre todo el geológico y el astronómico.

TEMPLE, Robert. The Sphynx Mystery. Inner Traditions Bear and Company, 2009. Una visión alternativa sobre el origen y sentido de la Esfinge que se desmarca de la ortodoxia pero también de las tesis de West y Schoch.

Aparte de las obras citadas, otros autores alternativos han escrito sobre aspectos puntuales del antiguo Egipto y en algunas ocasiones sus propuestas han creado escuela o han generado nuevas controversias. Aquí podríamos citar al clásico El misterio de Sirio de Robert Temple u otras obras menores, como la de Collins y Ogilvie-Herald Tutankhamun: The Exodus Conspiracy (“Tutankhamon: la conspiración del Éxodo”), de 2002. Pero para grandes polémicas cabe mencionar el caso de Zecharia Sitchin con su libro Stairway to Heaven (“La escalera al cielo”), de 1980, en el cual el autor leía el Egipto faraónico en clave Anunnaki (extraterrestre) y consideraba que las pirámides habían sido construidas como grandes balizas aeroespaciales. Incluso llegó a interpretar los “viajes al más allá” de los faraones –narrados en los Textos de la Pirámides– como auténticos viajes espaciales. Pero sin duda el aspecto que más revuelo causó fue su argumentario sobre el hipotético fraude realizado por el egiptólogo Howard-Vyse en las cámaras de descarga de la Gran Pirámide. Dicha teoría hizo correr nuevos ríos de tinta, y en particular cabe citar la aportación reciente de Scott Creighton y su libro de 2016 The Great Pyramid Hoax  (“El fraude de la gran Pirámide”).

Otro autor que vale la pena leer es el ya fallecido científico norteamericano Clesson Harvey, cuya interpretación herética de los Textos de las Pirámides es toda una revolución, al presentar la evidencia de que los antiguos egipcios poseían altos conocimientos esotéricos y científicos que les permitían alcanzar estados superiores de conciencia, entre otras cosas. Su libro más destacado es Opening the door to immortality (“Abriendo la puerta a la inmortalidad”), publicado en 2012.

Para finalizar, una recomendación bibliográfica para los que prefieran experimentar la arqueología egipcia sobre el terreno. Así, para realizar un viaje real por las ruinas del antiguo Egipto, sugiero la lectura del muy ameno libro de Fernando Jiménez (hijo del mítico profesor Jiménez del Oso) titulado Un viaje mágico por Egipto, publicado en 2007, con una serie de rutas bien explicadas e ilustradas, y con muchos guiños a las propuestas alternativas.

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] No obstante, Creighton es más conocido por defender ardorosamente la tesis del fraude de los cartuchos de Khufu a cargo de Howard-Vyse.
[2] Dicho efecto lumínico tiene lugar gracias a que la Gran Pirámide, según descubrió Pochan, tiene en realidad ocho caras y no cuatro.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

Los reyes-dioses de Sumeria y Egipto



Como es bien sabido, una de las habituales fronteras entre la arqueología académica y la alternativa es la interpretación de la mitología. En efecto, lo que para el estamento académico es “fantasía” o “leyenda” sin ningún apoyo histórico, para la arqueología alternativa ofrece –como mínimo– el beneficio de la duda, en el sentido de que al menos algo de lo narrado en el mito tuvo una base perfectamente real que quedó distorsionada por el paso del tiempo y la propia trasmisión oral de los hechos a lo largo de muchas generaciones.

Uno de los campos de esta disensión conceptual entre ambas visiones que más me ha llamado la atención ha sido el de las mitologías de las antiguas civilizaciones en lo referente al origen de su realeza o casta dirigente, que hasta cierto punto vendría a ser lo mismo que decir que el inicio de su civilización. Y este asunto es no poco importante, pues para la historia y arqueología convencionales existe una marcada diferencia entre lo que se considera civilización –e inicio de la Historia– y lo que queda aparcado en el limbo mítico, a falta de pruebas documentales y arqueológicas. Así pues, hoy en día se acepta que la aparición de la escritura y de otros elementos diversos de civilización dieron inicio a la Historia Antigua, en varias regiones del planeta como Egipto, Mesopotamia, China, el valle del Indo, Mesoamérica, etc., si bien con cierto diferencial cronológico entre ellas.

Así pues, cuando se da una coincidencia entre los datos arqueológicos –con cronologías históricas comparadas o bien con el apoyo de dataciones absolutas– y los relatos escritos conservados se avala esa historia procedente de diversas fuentes. Sin embargo, lo que se escapa a dicha comprobación y contraste –y además contradice supuestamente otras pruebas arqueológicas– queda fuera de “lo histórico” y pasa al reino de lo mítico, que para los historiadores y arqueólogos es un ámbito oscuro y proceloso. Bien es cierto que muchos admiten que pudo haber algún lejano referente en algunos mitos, pero que todo fue “novelado” o “decorado” por las propias creencias de los antiguos, donde lo mágico, lo épico y lo histórico se podían mezclar con cierta facilidad. En suma, donde no hay prueba empírica tangible se da un carpetazo a la posible discusión en torno a la hipotética historicidad del mito.

Dicho todo esto, existe una coincidencia en varias culturas de todo el mundo que aluden a la presencia de unos primeros reyes de origen divino o semidivino (llegados “de los cielos” o de lejanas tierras), con poderes o rasgos sobrehumanos, y que en la mayoría de las ocasiones se sitúan en un tiempo inmemorial. Todo ello muy propio de la mitología, como es obvio. Pero de entre toda esta casuística destacan con mucho dos grandes civilizaciones –Súmer (o Sumeria) y Egipto– en las que la mención detallada y repetida a esos primeros reyes-dioses da mucho que pensar, y más aún por cuanto se citan sucesiones o dinastías enteras de esos monarcas, incluyendo cronologías absolutamente impensables para los historiadores convencionales. Vamos pues a adentrarnos en esta cuestión para finalizar con una serie de reflexiones.

Dioses Anunnaki
En primer lugar, hemos de situarnos en la antigua Sumeria, la primera cuna de la civilización según muchos reputados investigadores ortodoxos –como el judío Samuel Noah Kramer– así como de famosos autores alternativos, como en particular el polémico Zecharia Sitchin. En lo que difieren crucialmente ambos enfoques es que mientras que para el mundo académico la civilización sumeria aparece con fuerza en el 4º milenio antes de Cristo como fruto de una cierta revolución neolítica y urbana precedente, para los sitchinistas, la civilización sumeria fue la continuación residual o el legado de una larguísima estancia en la región mesopotámica de unos reyes-dioses de origen extraterrestre, los llamados Anunnaki.

Así, para Sitchin y sus seguidores no había duda de que mucho antes de que apareciera “oficialmente” la civilización sumeria, ya existía una civilización de origen foráneo que se remontaba a muchos miles de años atrás y que había sido regida por una casta de soberanos de enorme longevidad. Pero, ¿qué base documental permitía sostener tales afirmaciones? Concretamente, existen al menos dos tablillas escritas en cuneiforme (los textos W-B/144 y W-B/62) en los que se menciona explícitamente una lista de reyes arcaicos que gobernaron antes del Diluvio:  

“Cuando la realeza bajó del Cielo, A.lu.lim regía en Eridu. Reinó 8 shar. A.lal.gar reinó 10 shar. Dos reyes la gobernaron 18 shar. En Bad-Tibira, En.men.cu.an.na gobernó 12 shar; En.men.gal.an.na gobernó 8 shar. El divino Du.mu.zi, el Pastor, gobernó 10 shar. Tres reyes gobernaron 30 shar. En Larak En.zib.zi.an.na gobernó 8 shar. Un rey gobernó 8 shar. En.me.dur.an.na fue rey en Sippar. Gobernó 6 shar. Un rey gobernó 6 shar. En Shurupak Ubar.tutu fue rey. Gobernó 5 shar. Cinco ciudades, ocho reyes. Gobernaron 67 shar. Entonces vino el Diluvio.”

Véase que el texto contiene varios datos altamente significativos. En primer lugar, se dice que la realeza “bajó del Cielo” (algo que apuntala la teoría del antiguo astronauta, según Sitchin). En segundo lugar, se mencionan varias ciudades sumerias bien conocidas por los arqueólogos, juntamente con los reyes que las gobernaron. Y para finalizar, se marca una fecha de referencia para esos reinados: todos ellos fueron anteriores a la catástrofe global del Diluvio.

Alegoría del Diluvio
Por supuesto, para la historia convencional, que la realeza bajara del Cielo no es más que un adorno mitológico para justificar el origen divino del poder real. Asimismo, el Diluvio no dejaría de ser otro mito sin ninguna validez histórica. No obstante, bajando al terreno de la geología, las cosas se ven de otro modo. Así, según han investigado varios autores independientes, como muy en particular Graham Hancock, existen pruebas geológicas más que suficientes –avaladas por estudios realizados por científicos convencionales– que indicarían que hacia el 10.000 a. C. tuvo lugar una catástrofe planetaria enorme en que se produjo una fusión masiva de los hielos y una elevación tremenda del nivel de los mares, aparte de otros fenómenos naturales devastadores. Si ello fuera cierto, las múltiples mitologías que en todo el mundo hablan de un mismo cataclismo cobrarían pleno sentido histórico y en consecuencia habría que admitir que el texto anterior se podría referir a un mundo civilizado que supuestamente fue arrasado por las fuerzas de la naturaleza.

Ahora bien, nos queda un elemento muy importante que no hemos abordado: ¿Cuánto tiempo (en años) vendría a ser cada uno de los periodos denominados shar (o sar)? Pues bien, el shar correspondería a un año de los dioses Anunnaki, que traducido a años terrestres sería nada menos que 3.600 años (véase aquí la constante influencia del sistema sexagesimal, originario de Mesopotamia). Para el sitchinista Alan Alford tal cifra sería exagerada y optaba por tomar como referencia un shar post-Diluvio, de “sólo” 2.160 años, si bien Sitchin siempre se mantuvo en la ortodoxia de los 3.600. En cualquier caso, las cifras son impresionantes porque sitúan el origen del reinado de esos reyes-dioses sumerios en épocas impensables. Según Alford, tal origen se iría hasta los 241.200 años, y según Sitchin y otros, hasta los 432.000 años. Sea como fuere, los periodos de reinado de esos monarcas se fijan en varios miles de años, lo que para el estamento académico es directamente imposible y se va por tanto al cesto de la mitología. Téngase en cuenta que un reinado de, por ejemplo, 12 shar implicaría una vida de ¡43.200 años!

Aparte de estas cifras desorbitadas, los especialistas admiten que para el periodo llamado Protodinástico II –datado entre los siglos XXIX a. C. y XXVI a. C.– existen listas de reyes procedentes de ciudades como Kish o Uruk con reinados de cientos de años, y que por tanto quedarían incluidos en la categoría de personajes míticos. Por poner un ejemplo, cabe señalar que la primera dinastía de Kish contiene una lista de 23 reyes con edades comprendidas entre los 140 y los 1.500 años, con una media de 781,74 años. En la segunda dinastía de dicha ciudad (ya en el Protodinástico III) siguen los reinados muy extensos, pero en una media inferior, de unos 253 años. Se debe esperar al final de la primera dinastía de Uruk (hacia el 2500 a. C.) para encontrar reyes con longevidades razonablemente humanas. Sólo a modo de comparación, digamos que algo muy similar ocurre en la mitología y tradición de los judíos –en gran parte heredada de los sumerios– pues  a Adán y los primeros hombres se les concede unas edades enormes. Lo mismo ocurriría con los personajes bíblicos anteriores al Diluvio y progresivamente, una vez pasado el cataclismo, la edad de los humanos se iría reduciendo drásticamente hasta alcanzar los baremos hoy en día reconocidos.

Paleta del faraón Narmer (dinastía I)
Si ahora nos trasladamos al antiguo Egipto, veremos que existe una situación semejante, en forma de discrepancia entre lo que los egiptólogos admiten como histórico y comprobado y lo que los propios egipcios recogieron en varios textos sobre el origen de su realeza. Para los aficionados a la Egiptología no les será difícil reconocer que el Egipto histórico nace con la primera dinastía, siendo su primer faraón Menes (o Narmer), unificador del Alto y del Bajo Egipto, cuya cronología se ha situado alrededor del 3100 a. C., si bien algunas dataciones absolutas mediante C-14 podrían hacer su reinado un poco más antiguo. Por otra parte, se acepta que antes de esta época –en el periodo predinástico– los egipcios mencionaron la existencia de otros faraones previos, como Horus Escorpión por ejemplo, pero que carecerían de toda fiabilidad histórica. Por lo demás, los egiptólogos encuadran la civilización egipcia entre el 3.100 a. C. y el 30 a. C. (cuando todo el país pasa a ser provincia romana) y consideran que todas las referencias anteriores no tienen consistencia histórica.

Sin embargo, la cuestión histórico-mitológica en Egipto es mucho más extensa y compleja. Lo cierto es que en el caso egipcio tenemos varias fuentes, documentales y arqueológicas, que vienen a coincidir en la existencia de una realeza divina o semidivina desde tiempos muy remotos. Por un lado, tenemos el famoso testimonio indirecto[1] del sacerdote Manetón –nacido en el siglo III a. C., en la era ptolemaica– que recogió en sus escritos toda una larga genealogía de reyes que él dividió en ciertos periodos o sucesiones llamados dinastías y que ha sido la base de las cronologías convencionales sobre el antiguo Egipto. Hasta aquí todo normal, pero es que Manetón mencionó explícitamente una serie de dinastías anteriores a las dinastías “históricas”, con una duración de varios miles de años, lo cual implicaría la existencia real de un poder unificado que de alguna manera sería el precedente del Egipto faraónico. Pero Manetón fue todavía más lejos y citó explícitamente que esas dinastías más antiguas estuvieron representadas por dioses o semidioses, a saber:

  • Dinastías de los Neteru (dioses): 13.900 años. (Entre ellos consta una parte destacada del panteón egipcio: Ptah, Ra, Geb, Osiris, Horus...)
  • Dinastías de héroes o semidioses: 1.255 años.
  • Primer linaje de reyes: 1.817 años.
  • 30 reyes de Menfis: 1.790 años.
  • 10 reyes de This: 350 años.
  • Reinado de los Espíritus de la Muerte: 5.813 años. 

El dios Osiris
Cabe señalar que ya en tiempos antiguos se puso en duda que Manetón se refiriera a años solares, y se planteó la posibilidad de que se tratase de periodos lunares, de mucha menos extensión, dando un total en años solares de poco más de 2.000. Por ejemplo, según Sincelo, el dios Hefestos, comparable a Ptah, (el primero de la dinastía I de dioses) habría reinado unos 727 años –que ya es una cifra imponente– y no los 9.000 citados literalmente por Manetón. Claro está que de no ser así, el origen de la realeza egipcia se remontaría a casi 25.000 años (solares) atrás. Lógicamente, para la egiptología tales fechas son disparatadas pues en dicha época Egipto todavía estaría en la fase de Paleolítico superior, en que no habría el más mínimo atisbo de civilización o de reino unificado de tribus locales.

No obstante, tenemos otras fuentes que refrendan la presencia de esos reyes-dioses predinásticos. Por un lado, disponemos de un documento escrito en tiempos de la dinastía XIX llamado Papiro (o Canon) de Turín, conservado en dicha ciudad italiana y que recoge un listado de dinastías históricas precedidas por las dinastías divinas, coincidiendo en gran parte con lo aportado por Manetón, lo cual indica que, pese al paso de los siglos, el sacerdote no había fabulado ni tergiversado nada sobre el pasado remoto de su país, sino que había recogido fielmente la tradición conservada. La diferencia más destacable con Manetón reside en el hecho de que esta lista concluye citando un periodo de 13.420 años para los Shemsu Hor (“Seguidores de Horus”, equivalentes a los Espíritus de la Muerte) precedido por una era de 23.300 años de otros reinados, lo cual arroja un total de 36.620 años antes de las dinastías históricas.

Y no es el único testimonio que confirma a Manetón: también cabe citar la Piedra de Palermo (de la dinastía V), que –aun estando incompleta– registra un listado de 120 reyes predinásticos, y la Lista Real del templo de Seti I (dinastía XIX) en Abydos. En este templo hallamos una larga galería grabada completamente con jeroglíficos, con los nombres de los faraones egipcios desde el principio de los tiempos. Así, a un lado se pueden leer los nombres de los 76 faraones desde Menes hasta Seti (unos 1.700 años). Y en la pared opuesta se pueden leer los nombres de los 120 reyes-dioses que precedieron la era de Menes. Por tanto, es evidente que la noción de continuidad o herencia política de la realeza estaba reflejada en un solo monumento. Y en todos estos casos citados, los nombres de los reyes divinos o semidivinos estaban enmarcados en el tradicional óvalo o cartucho, lo que indica que tenían la misma consideración de monarcas que los faraones “recientes”.

Fragmento de la Lista Real en templo de Seti I (Abydos)
Además, es oportuno remarcar que los antiguos egipcios creían firmemente en una remota época dorada, en la que se fundó su civilización, a la que llamaban Zep Tepi (literalmente “tiempo primero”). En dicho Zep Tepi, un tiempo de paz y prosperidad, los dioses –los Neteru– gobernaban Egipto con sabiduría y convivían con los semidioses y los hombres. Los Neteru solían tener forma humana –masculina o femenina– pero también podían tomar forma de animal o planta, y poseían facultades y habilidades sobrehumanas. Esta creencia fue recogida por el historiador griego Diodoro Sículo en el siglo I a. C. cuando visitó Egipto. Allí, los sacerdotes egipcios le dijeron que los reyes-dioses habían gobernado durante unos 18.000 años, siendo el último de ellos Horus, y luego habrían venido las dinastías de reyes mortales, con una duración de poco menos de 5.000 años.

Hasta aquí los hechos. Como es obvio, el quid de la cuestión radica básicamente en cómo los interpretamos. Para la ciencia histórica actual, no hay lugar para referencias a una Edad de Oro ni para dioses o semidioses, pues la visión que se tiene de esa época es que la religión y la mitología llenaban la vida de los pueblos antiguos hasta el punto de dar por reales cosas que de ningún modo pudieron haber ocurrido, o que al menos ocurrieron de forma muy diferente. En ese contexto, los antiguos eran incapaces de separar lo mítico de lo histórico y daban como indiscutible la existencia de unos dioses que en los tiempos más distantes reinaron sobre los humanos. Otra cosa más creíble es que los monarcas más destacados llegaran a ser divinizados por el mero hecho de ocupar una posición de absoluto poder y prestigio, como ocurrió en todo el Mundo Antiguo e incluso en épocas posteriores.

El principal problema, empero, es la cronología. Hablar de reyes y civilizaciones hace muchos miles de años se da como fuera de lugar, pues en esas fechas –según el registro arqueológico– sólo había comunidades de cazadores-recolectores que más tarde derivaron en comunidades agrícolas y ganaderas, al pasar del Paleolítico al Neolítico, que a su vez sería el germen de la civilización. Para hacernos una idea del desfase, digamos que la transición de una época a otra rondaría el 9º milenio antes de Cristo en Oriente Medio y poco después de Egipto. Esto es, entre el salvajismo y primitivismo del Paleolítico y el arranque de la civilización sólo mediaron unos 6.000 años de Neolítico. Nada de esto cuadra con las enormes cifras en años –sobre todo las de Sumeria– de los reinados míticos de reyes-dioses.

Así pues, para la arqueología, que existieran reinos más o menos unificados hace 10, 15 ó 20.000 años se considera algo propio de la mitología, y ya no digamos que esos reyes fueran dioses y que vivieran durante siglos (¡o milenios!). La arqueología se fundamenta en los hallazgos arqueológicos y no admite ningún vestigio de civilización anterior al 4º milenio antes de Cristo, quizá exceptuando los sorprendentes restos de Göbleki Tepe (en Turquía), datados cinco milenios antes.

Zecharia Sitchin
Si ahora nos referimos a la arqueología alternativa, el enfoque es bastante distinto. En un extremo tendríamos al citado Z. Sitchin, que tomó la conocida mitología sumeria y la leyó directamente como historia, tomando o retocando los elementos oportunos en función de una clave alienígena. Así pues, según él, los Anunnaki aterrizaron en la Tierra hace unos 450.000 años y ejercieron de monarcas de los humanos –creados por ellos mismos– desde el 300.000 a. C. en adelante. Sólo al marcharse (momento que Sitchin sitúa en el 3º milenio a. C.), dejarían su legado civilizador a los reyes plenamente humanos. Otros autores han seguido por esta línea y mezclan la mitología con el asunto extraterrestre y todos sus derivados, lo que complica más el asunto. A efectos científicos, sustituir dioses por alienígenas no aporta ni explica nada, por no mencionar las tremendas libertades que se tomó Sitchin para reinterpretar los antiguos textos sumerios, ajustando todo lo que hiciese falta a los parámetros de su teoría.

Ahora bien, existe otra línea de investigadores que apuesta por la existencia de una civilización primigenia humana que fue destruida en su casi totalidad por el Diluvio y que pudo renacer –pero ya de forma tenue– varios milenios más tarde. En general, estos autores consideran que los antiguos escribieron con precisión sobre el origen de su civilización y que los modernos arqueólogos han despreciado ese testimonio a causa de sus muchos prejuicios. Así por ejemplo, para el egiptólogo alternativo John Anthony West resulta ridículo que los egiptólogos afirmen conocer mejor la historia de Egipto que los propios egipcios y que descarten las pruebas escritas cuando no encajan con su esquema mental. En este sentido, existe un evidente sesgo académico en la concepción de la Historia que desde Darwin –e incluso antes– se ha visto como un proceso evolutivo lineal, de menos a más, por el cual la civilización de los antiguos debe proceder de un estadio cultural inferior.

Oannes, el ser anfibio civilizador
Para algunos autores alternativos el proceso no funciona así y consideran que las civilizaciones antiguas fueron el renacer o el legado de una civilización desaparecida superior cuyo rastro puede encontrarse aún en determinados logros arquitectónicos erróneamente atribuidos a los antiguos. Así, no sería imposible plantear que esos reyes divinos fueran en realidad supervivientes de un mundo perdido y que realizaron una lenta labor de recuperación a lo largo de los siglos, como podemos ver en civilizaciones a uno y otro lado del Atlántico con personajes como Oannes o Viracocha. En una línea semejante están los que creen que la Humanidad está sometida a ciclos cósmicos –o sea, círculos– en los que la linealidad no tiene sentido. Así, a través de diversas eras, de lo más alto –la Edad de Oro– se va cayendo hasta el punto más bajo y desde ahí la Humanidad va recuperando la plenitud para volver a iniciar otro ciclo.

Desde esta perspectiva podríamos especular –sólo a modo de hipótesis– con la idea de que sumerios y egipcios registraron con rigor su pasado de oro, una era anterior en que los humanos disponían de capacidades muy superiores, lo que incluiría una gran longevidad. Este concepto nos permitiría hablar de dioses y semidioses no en un sentido extraterrestre ni sobrenatural, sino en el que propone la historia cíclica, en el cual la conciencia modifica la realidad y por tanto puede jugar con otras reglas en el campo de la física, la biología u otras ciencias. En cuanto a la posible imaginación a la hora de recuperar ese pasado, podemos conceder que la transmisión milenaria pudo distorsionar la realidad original –no sabemos cuánto– pero parece muy forzado pensar que los antiguos se dedicaron a “inventar” arbitrariamente reinados y dioses de una época remotísima. Las referencias claras a monarcas, ciudades, reinos y duraciones de reinado –aunque sean aproximadas– sugieren que tales datos fueron conservados con celo por la tradición oral a lo largo de milenios y que en su momento fueron puestos por escrito quizá por el miedo a perder el recuerdo.

En definitiva, colocar las series de reyes-dioses de los antiguos en el mero campo de la religión o de la superstición podría ser un grave error para una visión histórica y arqueológica abierta a todas las posibilidades. En mi opinión, siguiendo la línea de otros autores herejes como René Schwaller de Lubicz, Albert Slosman o Clesson Harvey, pienso que hemos malentendido en gran parte las antiguas civilizaciones, en especial Egipto, y que detrás de ese pasado mítico de reyes-dioses se esconde una realidad que de momento se escapa a nuestra plena percepción. De hecho, para Harvey los ya citados seguidores de Horus o Shemsu-Hor eran iniciados en altos saberes de la conciencia y se remontaban a la era predinástica. En realidad, ellos serían los responsables de la construcción de las pirámides. Así pues, según el investigador estadounidense, no se trataría de seres míticos –como afirma la egiptología– sino de personas reales de carne y hueso, una especie de minoría de elegidos que habrían vivido en un nivel de conciencia más alto que el nuestro. Sólo el tiempo y una investigación rigurosa y sin prejuicios nos podrán aportar alguna pista al respecto.

© Xavier Bartlett 2018

Fuente imágenes: Wikimedia Commons 


[1] Manetón escribió una Historia de Egipto, pero que se perdió en su versión original. Lo que ha llegado hasta nosotros ha sido un compendio de fragmentos a cargo de varios autores posteriores, sobre todo Flavio Josefo, Julio Africano, Eusebio y Sincelo.

lunes, 7 de mayo de 2018

Civilizaciones desaparecidas y mensajes subliminales



Todos los aficionados a la arqueología alternativa saben que uno de los caballos de batalla más firmes de sus tesis heréticas es el tema de las civilizaciones desaparecidas (una o varias), argumento que tal vez permitiría entender algunas cosas que aún hoy en día resultan oscuras o confusas desde el punto de vista arqueológico. Para resumir, podríamos decir que hay dos enfoques principales sobre esta cuestión. Por un lado, están los que abogan por una civilización que data de hace unas decenas de miles de años –encarnada principalmente en el mito de la Atlántida– y que resultó destruida por un enorme cataclismo hace unos 12.000 años, como ya expuse en el artículo reciente sobre catastrofismo. Por otro lado, están los que adoptan una perspectiva de historia cíclica y que creen que ha habido varias humanidades que han nacido, prosperado y desaparecido en ciclos de tiempo muy extensos, llegando incluso a varios millones de años, tal como afirma la tradición védica hindú, y que ha tenido eco en autores occidentales tan conocidos como Michael Cremo.

Por lo demás, tampoco hay una idea muy definida de cómo podrían haber sido esas humanidades pasadas e ignotas. En algunos casos, recogidos por Cremo, se habla de presencia de restos de Homo sapiens (u homínidos anatómicamente modernos) con antigüedades de hace algunos millones de años, pero sin estar claramente asociados a una cultura material determinada. Más bien parece que esos hipotéticos hombres de eras remotas vivirían o bien en una supuesta Edad de Piedra o bien en un estadio de civilización primitivo. No obstante, algunos supuestos objetos sofisticados o avanzados de incierta datación –los famosos ooparts– empujarían a pensar que los humanos de esos tiempos tenían una civilización tecnológica similar a la nuestra o incluso más adelantada. En esta misma línea también cabe mencionar las visiones del psíquico americano Edgar Cayce en las que hablaba de tecnología de cristales y otros poderes que no estarían al alcance de la humanidad actual. Este tipo de especulaciones de algún modo enlazaría con el viejo debate sobre los prodigios de algunas obras megalíticas, asunto polémico que he abordado frecuentemente en este blog.

Los inicios de la civilización: Egipto
Asimismo, he dejado claro que el estamento académico se ha mostrado tradicionalmente reticente –por no decir hostil– ante esta clase de propuestas. La historia ortodoxa sólo contempla un único escenario evolucionista, fundamentado en datos geológicos, biológicos y paleontológicos, según el cual los homínidos aparecieron por obra y gracia de la evolución por selección natural hace unos cuantos millones de años y acabaron derivando en una serie de especies humanas (o humanoides), que condujeron a la aparición y posterior supervivencia de una especie humana más avanzada y adaptada: el Homo sapiens, o sea, nosotros. Las demás ramas humanas acabaron por desaparecer por los propios procesos de competencia natural y el sapiens se quedó solo hace unos 30.000 años, cuando perecieron los últimos neandertales. Y por supuesto, en este marco lineal no cabe hablar de ninguna civilización remota. Para la ortodoxia, sólo hubo una larguísima Edad de Piedra que finalizó con el Neolítico (etapa de salto hacia la producción de recursos en detrimento de la caza y la recolección), que a su vez dio paso a las primeras civilizaciones hace unos 5.000 años.

En este clásico contexto de negación de civilizaciones desaparecidas por parte de la ciencia académica, he quedado sorprendido por las recientes noticias que han aparecido en numerosos medios de comunicación acerca de una investigación de tipo físico, químico y geológico que pretende abrir una inesperada puerta a una civilización perdida no hace miles de años... sino millones. En efecto, en el artículo titulado Was There a Civilization On Earth Before Humans?[1] (“¿Hubo una civilización sobre la Tierra antes de los humanos?”) los científicos norteamericanos Adam Franck (astrofísico de la Universidad de Rochester) y Gavin Schmidt (director del GISS[2]) realizan una serie de planteamientos teóricos no muy habituales –y aparentemente muy audaces– sostenidos por determinadas observaciones de tipo geológico y medioambiental. Paso pues a comentar este documento, adjuntado al final unas breves reflexiones sobre su validez e intención.

En primer lugar, empero, cabe resaltar que resulta un poco desconcertante el título de artículo pues pretende suponer que hubo una civilización antes de los humanos, lo cual nos empuja a pensar que o bien tal civilización surgió a partir de otra clase de seres terrícolas o bien fue obra de alienígenas. Desde luego, esto es algo que podríamos considerar un patinazo o resbalón del lenguaje, pero me pregunto si no se hizo para no violentar el paradigma evolucionista sobre el origen del hombre. Lo que parece claro es que si dejamos a los extraterrestres en su limbo científico, lo lógico sería pensar que dicha civilización sería fruto de humanos al menos parecidos a nosotros. Así pues, creo que no hubiera sido ningún problema poner “una civilización (o humanidad) precedente” o algo similar, pero dejémoslo ahí.

¿Civilizaciones de hace millones de años?
Si nos centramos en el trabajo de estos científicos, afirman que su investigación, que ellos han bautizado como “hipótesis siluriana”[3], nació de la pregunta retórica acerca de si podían haber existido civilizaciones muy anteriores en el tiempo a la nuestra y –si así fuera– cómo podríamos llegar a saberlo, o al menos a tener algún tipo de indicio, teniendo en cuenta la probabilidad, por escasa que sea, de que en 4.500 millones de antigüedad del planeta podría haber tenido lugar un proceso de civilización del cual no fuéramos conscientes. No obstante, Franck y Schmidt inciden en el hecho de una civilización muy remota podría haber desaparecido sin dejar rastro material apreciable, aunque hubiera erigido grandes ciudades y obras, aparte de la muy difícil localización de restos orgánicos, pues la fosilización de dichos restos es en realidad un proceso bastante extraordinario en la naturaleza. Por la propia experiencia terrestre, se podría esperar encontrar tal vez algunos restos esporádicos de hace unos pocos miles de años, pero con toda seguridad no de millones de años. Eso implica que, aunque una civilización altamente desarrollada hubiera pervivido muchos miles de años, no necesariamente dejaría los rastros “habituales” que persiguen los arqueólogos.

En realidad, su estudio tiende más bien a plantear el descubrimiento en otros mundos de una exo-civilización esto es, una civilización originaria de algún planeta del Universo que en el futuro pudiera ser identificada por sus restos. En todo caso, el punto de partida o condición sine qua non es que tal civilización debería haber sido altamente desarrollada, semejante a nuestra modernidad industrial. Así pues, la hipótesis tiene como base metodológica la comparación de ese mundo perdido con la actual etapa de crecimiento industrial de la Humanidad llamada convencionalmente Antropoceno. Desde esta perspectiva, lo que los autores tratan de buscar es una serie de marcas o indicadores en el registro geológico –similares a los que dejaría sobre el terreno una sociedad industrial como la nuestra– que pudieran señalar la inequívoca presencia de una sociedad avanzada hace millones de años.

Ahora bien, ¿sería sencillo identificar las trazas de una civilización de hace millones de años? Los autores constatan que el registro geológico es bastante limitado, pues en la Tierra sólo se puede acceder a superficies terrestres del Cuaternario, siendo la más antigua conocida de hace 1,8 millones de años (situada en el desierto del Negev, al sur de Israel). Para estudiar restos más antiguos se ha de recurrir a acantilados o cortes en la roca. La solución a este problema de “detección” surge de la investigación climática, o dicho de otro modo, del impacto físico-químico sobre la naturaleza que ha dejado el desarrollo industrial en los siglos recientes.

Aquí llegamos al núcleo duro de la teoría. Los autores creen que, a falta de restos materiales convencionales, se podría explorar la hipotética huella industrial dejada sobre el paisaje en un amplio marco de tiempo que abarcara muchos millones de años. Para realizar este ejercicio teórico, se recurre a la extrapolación de la actual situación del planeta Tierra, con una civilización que ha ido dejando rastros derivados de su creciente actividad industrial. Así, cabe esperar que el actual recurso generalizado a determinados productos y a prácticas industriales deje en la naturaleza una impronta duradera, sobre todo en forma de sedimentos, en los cuales sería factible identificar unos indicadores de “extraños equilibrios químicos”.

Los autores citan, por ejemplo, el caso de los fertilizantes (necesarios para la producción agrícola a gran escala), que dejarían un rastro de grandes cantidades de nitrógeno, que se acabaría depositando en los sedimentos de nuestra era. Asimismo, está el caso de ciertos productos de uso muy extendido que datan del siglo pasado, como los plásticos, que según varios estudios se están depositando de forma masiva en el fondo de los mares, creando una capa geológica que podría perdurar durante enormes periodos de tiempo. En este mismo plano, también cabría citar otros productos químicos contaminantes e isótopos radioactivos que se depositan sobre la superficie terrestre y que tienen larguísimos periodos de degradación.

Uso de combustibles fósiles
Por otro lado, tenemos el asunto de la quema de combustibles fósiles (básicamente petróleo y carbón). Según la hipótesis siluriana, el carbono liberado a la atmósfera dejaría indicadores en forma de ciertos isótopos, de igual modo que los aumentos significativos de temperatura. Con este escenario, un científico del futuro se podría encontrar en sus análisis químicos determinados picos de nitrógeno, nanopartículas de plástico o incluso esteroides sintéticos. Y por lógica, si encontrásemos estas trazas en estratos geológicos de enorme antigüedad podríamos especular con la desaparición, hace millones de años, de una civilización industrial similar a la nuestra.

Sin embargo, no es conveniente ir tan deprisa. Los propios autores hacen referencia a un periodo llamado PETM (Paleocene-Eocene Thermal Maximum, “Máximo térmico del Paleoceno-Eoceno”) de hace unos 45 millones de años en los que la temperatura ascendió de forma notable y en que la Tierra estaba casi libre de hielos. En este caso del PETM, los análisis químicos también muestran picos de isótopos de carbono y oxígeno, que podrían ser muy similares a los de nuestro actual Antropoceno, sin que ello suponga forzosamente pensar en una civilización, pues la liberación del carbono y el oxígeno podría haberse dado en una escala temporal muchísimo mayor que los recientes 300 años. De hecho, es bien sabido que a concentración de CO2 en la atmósfera ha sido variable a través de las eras geológicas y que en otras épocas fue mucho mayor que en la actualidad[4]. Sobre el origen de estas alteraciones naturales, tampoco hay demasiadas certezas, si bien se apela frecuentemente a desastres naturales, erupciones volcánicas, eventos cósmicos, etc.

En suma, los autores vienen a concluir en la idea de que sería muy complicado detectar con plena fiabilidad la presencia de una civilización avanzada semejante a la nuestra y que podría darse el riesgo de confundir factores naturales con factores humanos. No obstante, la validez de esta hipótesis radicaría en la concienciación de lo que supone el impacto de una civilización industrial sobre el medio ambiente, en términos de cambio climático y autodestrucción o colapso de la propia civilización. Así pues, en términos de supervivencia de una civilización sería aconsejable renunciar a las energías que producen un fuerte impacto sobre la naturaleza y adoptar otras energías sostenibles, que sin duda dejarían una ínfima huella sobre el terreno... ¡y dificultarían pues la detección de carácter físico-químico! Franck y Schmidt lo expresan de forma muy clara en la siguiente afirmación:

“Una vez que te das cuenta, a través del cambio climático, de la necesidad de hallar fuentes de energía de bajo impacto, menos impacto dejarás. Por tanto, cuanto más sostenible se haga tu civilización, menor será la señal que dejarás para las futuras generaciones.”

Restos plásticos (foto: A. Whaddington)
Acabáramos. Esta propuesta no va realmente de arqueología especulativa, sino que constituye un sutil mensaje subliminal del alarmismo climático. En efecto, ahí tenemos el repetido mantra de la supuesta peligrosidad de los combustibles fósiles y la muy reciente cruzada contra los plásticos. El mensaje es claro: una civilización basada en un desarrollo industrial como el nuestro está condenada a la desaparición. Que podamos detectarla de aquí a miles o millones de años, eso ya es otra cosa... En fin, para no extendernos demasiado e irnos por otros derroteros, basta decir que la teoría del calentamiento global antropogénico carece totalmente de fundamento científico, como han demostrado con hechos y datos cientos de expertos reconocidos e imparciales[5]. Pero aun dejando a un lado la polémica sobre el cambio climático, podemos ver que la hipótesis siluriana aporta muy poco a los estudios serios sobre una hipotética civilización desaparecida, e incluso sobre el futuro de nuestra civilización.

Para empezar, como ya se ha recalcado, ni los proponentes de esta hipótesis tienen claro cómo se podría discriminar con precisión el sentido de los indicadores “irregulares” hallados en los análisis químicos. Al no haber seguridad sobre el origen de esos picos de determinados elementos ya mencionados, sería muy complicado determinar si hubo vida inteligente aquí o en otro planeta sin disponer de otros elementos de contraste. En cualquier caso, también cabe la posibilidad de que los indicadores que maneja esta hipótesis estén presentes hasta un determinado tiempo y luego desaparezcan del registro geológico o sean tan leves que no permitan aportar ninguna información fiable.

Asimismo, podemos apreciar un grave sesgo, reconocido por los propios autores, que es suponer que una civilización desarrollada tuvo que pasar por una etapa industrial similar a la nuestra, ya sea en nuestro planeta o en cualquier otro. Incluso si aceptamos que esa civilización alcanzó una fase industrial, no se puede saber qué tipo de industria iba a desarrollar ni con qué fuentes de energía, y si en caso de producir cierta contaminación no hubiera hallado un remedio eficaz contra ésta. Del mismo modo es imposible saber cómo evolucionará nuestra civilización, pues todos los presagios catastrofistas están plagados de sesgos, manipulaciones y mentiras, por no hablar del propio riesgo de hacer predicciones basándose en simples proyecciones estadísticas o matemáticas. Hay muchos escenarios posibles a partir de nuestra actual situación y que no necesariamente han de acabar en la deposición y consolidación de residuos –ya sean contaminantes o no– durante millones de años. Ahora es pertinente recordar que la geología contiene una buena parte de especulación, pues por ejemplo las propias dataciones radiométricas (sobre elementos radioactivos) están basadas en proyecciones matemáticas y suposiciones sobre la inalterabilidad de ciertos procesos, aparte de los importantes márgenes de error propios de la metodología[6].

Aún así, y aunque admitamos la bondad de los argumentos de estos científicos, también podríamos considerar que es un sesgo afirmar que una civilización fue destruida por su propia contaminación o por haber provocado un “cambio climático”. Podría haber sobrevivido a un gran desastre ecológico –debido a causas naturales o bien a causas antrópicas– o de cualquier otra clase y luego desaparecer por otros motivos completamente distintos. Las civilizaciones antiguas, por ejemplo, ya no están entre nosotros porque sucumbieron a procesos internos o externos de desintegración o evolución, y en ningún caso podemos hablar de un “desastre industrial”. A lo mejor nuestro mundo podría perecer a causa del impacto de un asteroide enorme, o de una guerra nuclear masiva, o de un virus maligno o de los efectos de la contaminación electromagnética (de la que casi nadie habla). Todas las hipótesis están abiertas. Nada es eterno ni seguro.

Otro concepto de civilización
Lo que sí me parece interesante para concluir esta reflexión es el común prejuicio que tenemos sobre el término “civilización”, en particular cuando lo identificamos con armonía, desarrollo o progreso. Esto es más evidente por cuanto nos quieren hacer creer que el problema de nuestra moderna civilización son las toneladas de residuos y contaminantes de todo tipo, mientras que nadie parece hacer caso a las invisibles toneladas de miedo y odio que se van acumulando de forma exponencial en todos los ámbitos de la sociedad humana.

Para varios arqueólogos alternativos, entre los que podemos a destacar a John Anthony West o Graham Hancock, algunas de las civilizaciones más antiguas que nos precedieron no se parecían en casi nada a la nuestra porque no estaban orientadas al materialismo (nuestro caso) sino a la espiritualidad, como se aprecia especialmente en el caso de la civilización egipcia, tal vez heredera de una civilización ignota superior a nuestro mundo occidental en muchos aspectos. Me quedo con las siguientes palabras de J. A. West, tomadas de su imprescindible libro La serpiente celeste:

“Por civilización entiendo una sociedad organizada sobre la convicción de que la humanidad está en la Tierra con un propósito. En una civilización, los hombres están más preocupados por la vida interior que por las condiciones de la existencia cotidiana.”

© Xavier Bartlett 2018

Fuente imágenes: Wikimedia Commons



[2] Goddard Institute for Space Studies (organismo de la NASA orientado a estudios climáticos)

[3] Nombre inspirado en un episodio de la famosa serie de ciencia-ficción Doctor Who, según el cual la Tierra habría estado habitada por humanoides inteligentes de aspecto reptiloide o “siluriano” (¿a qué me recuerda esto?) en el contexto de una sociedad científicamente adelantada.

[4] Por ejemplo, los estudios paleoclimáticos asignan a la era de los dinosaurios un nivel de CO2 atmosférico de hasta 12 veces superior al actual.



[6] Básicamente, las tres grandes fuentes de error de la datación radiométrica son: 1) las imprecisiones sobre el conocimiento de los periodos de desintegración de los átomos, 2) el carácter estadístico del proceso, y 3) los errores propios de la metodología empleada.