Como es bien sabido,
una de las habituales fronteras entre la arqueología académica y la alternativa
es la interpretación de la mitología. En efecto, lo que para el estamento
académico es “fantasía” o “leyenda” sin ningún apoyo histórico, para la
arqueología alternativa ofrece –como mínimo– el beneficio de la duda, en el
sentido de que al menos algo de lo narrado en el mito tuvo una base
perfectamente real que quedó distorsionada por el paso del tiempo y la propia
trasmisión oral de los hechos a lo largo de muchas generaciones.
Uno de los campos de esta disensión conceptual
entre ambas visiones que más me ha llamado la atención ha sido el de las
mitologías de las antiguas civilizaciones en lo referente al origen de su realeza
o casta dirigente, que hasta cierto punto vendría a ser lo mismo que decir que
el inicio de su civilización. Y este asunto es no poco importante, pues para la
historia y arqueología convencionales existe una marcada diferencia entre lo
que se considera civilización –e inicio de la Historia– y lo que queda aparcado
en el limbo mítico, a falta de pruebas documentales y arqueológicas. Así pues,
hoy en día se acepta que la aparición de la escritura y de otros elementos
diversos de civilización dieron inicio a la Historia Antigua, en varias
regiones del planeta como Egipto, Mesopotamia, China, el valle del Indo,
Mesoamérica, etc., si bien con cierto diferencial cronológico entre ellas.
Así pues, cuando se da una coincidencia entre
los datos arqueológicos –con cronologías históricas comparadas o bien con el
apoyo de dataciones absolutas– y los relatos escritos conservados se avala esa
historia procedente de diversas fuentes. Sin embargo, lo que se escapa a dicha
comprobación y contraste –y además contradice supuestamente otras pruebas
arqueológicas– queda fuera de “lo histórico” y pasa al reino de lo mítico, que
para los historiadores y arqueólogos es un ámbito oscuro y proceloso. Bien es
cierto que muchos admiten que pudo haber algún lejano referente en algunos
mitos, pero que todo fue “novelado” o “decorado” por las propias creencias de
los antiguos, donde lo mágico, lo épico y lo histórico se podían mezclar con
cierta facilidad. En suma, donde no hay prueba empírica tangible se da un
carpetazo a la posible discusión en torno a la hipotética historicidad del
mito.
Dicho todo esto, existe una coincidencia en
varias culturas de todo el mundo que aluden a la presencia de unos primeros
reyes de origen divino o semidivino (llegados “de los cielos” o de lejanas
tierras), con poderes o rasgos sobrehumanos, y que en la mayoría de las
ocasiones se sitúan en un tiempo inmemorial. Todo ello muy propio de la
mitología, como es obvio. Pero de entre toda esta casuística destacan con mucho
dos grandes civilizaciones –Súmer (o Sumeria) y Egipto– en las que la mención
detallada y repetida a esos primeros reyes-dioses da mucho que pensar, y más
aún por cuanto se citan sucesiones o dinastías enteras de esos monarcas,
incluyendo cronologías absolutamente impensables para los historiadores
convencionales. Vamos pues a adentrarnos en esta cuestión para finalizar con
una serie de reflexiones.
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| Dioses Anunnaki |
En primer lugar, hemos de situarnos en la
antigua Sumeria, la primera cuna de la civilización según muchos reputados
investigadores ortodoxos –como el judío Samuel Noah Kramer– así como de famosos
autores alternativos, como en particular el polémico Zecharia Sitchin. En lo
que difieren crucialmente ambos enfoques es que mientras que para el mundo
académico la civilización sumeria aparece con fuerza en el 4º milenio antes de
Cristo como fruto de una cierta revolución neolítica y urbana precedente, para
los sitchinistas, la civilización sumeria fue la continuación residual o
el legado de una larguísima estancia en la región mesopotámica de unos
reyes-dioses de origen extraterrestre, los llamados Anunnaki.
Así, para Sitchin y sus seguidores no había
duda de que mucho antes de que apareciera “oficialmente” la civilización
sumeria, ya existía una civilización de origen foráneo que se remontaba
a muchos miles de años atrás y que había sido regida por una casta de soberanos
de enorme longevidad. Pero, ¿qué base documental permitía sostener tales
afirmaciones? Concretamente, existen al menos dos tablillas escritas en
cuneiforme (los textos W-B/144
y W-B/62) en los que se menciona explícitamente una lista de reyes arcaicos que
gobernaron antes del Diluvio:
“Cuando la realeza bajó del Cielo, A.lu.lim regía en Eridu. Reinó 8 shar. A.lal.gar reinó 10 shar. Dos reyes la gobernaron 18 shar. En Bad-Tibira, En.men.cu.an.na gobernó 12 shar; En.men.gal.an.na gobernó 8 shar. El divino Du.mu.zi, el Pastor, gobernó 10 shar. Tres reyes gobernaron 30 shar. En Larak En.zib.zi.an.na gobernó 8 shar. Un rey gobernó 8 shar. En.me.dur.an.na fue rey en Sippar. Gobernó 6 shar. Un rey gobernó 6 shar. En Shurupak Ubar.tutu fue rey. Gobernó 5 shar. Cinco ciudades, ocho reyes. Gobernaron 67 shar. Entonces vino el Diluvio.”
Véase que el texto contiene varios datos altamente significativos. En
primer lugar, se dice que la realeza “bajó del Cielo” (algo que apuntala la teoría
del antiguo astronauta, según Sitchin). En segundo lugar, se mencionan
varias ciudades sumerias bien conocidas por los arqueólogos, juntamente con los
reyes que las gobernaron. Y para finalizar, se marca una fecha de referencia
para esos reinados: todos ellos fueron anteriores a la catástrofe global del
Diluvio.
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| Alegoría del Diluvio |
Ahora bien, nos
queda un elemento muy importante que no hemos abordado: ¿Cuánto tiempo (en
años) vendría a ser cada uno de los periodos denominados shar (o sar)?
Pues bien, el shar correspondería a un año de los dioses Anunnaki, que
traducido a años terrestres sería nada menos que 3.600 años (véase aquí la
constante influencia del sistema sexagesimal, originario de Mesopotamia). Para
el sitchinista Alan Alford tal cifra sería exagerada y optaba por tomar como
referencia un shar post-Diluvio, de “sólo” 2.160 años, si bien Sitchin
siempre se mantuvo en la ortodoxia de los 3.600. En cualquier caso, las cifras
son impresionantes porque sitúan el origen del reinado de esos reyes-dioses
sumerios en épocas impensables. Según Alford, tal origen se iría hasta los 241.200 años, y según Sitchin y otros, hasta
los 432.000 años. Sea como fuere, los periodos de reinado de esos
monarcas se fijan en varios miles de años, lo que para el estamento académico
es directamente imposible y se va por tanto al cesto de la mitología. Téngase
en cuenta que un reinado de, por ejemplo, 12 shar implicaría una vida de
¡43.200 años!
Aparte de estas
cifras desorbitadas, los especialistas admiten que para el periodo llamado Protodinástico II –datado
entre los siglos XXIX a. C. y XXVI a. C.– existen listas de reyes procedentes
de ciudades como Kish o Uruk con reinados de cientos de años, y que por tanto
quedarían incluidos en la categoría de personajes míticos. Por poner un
ejemplo, cabe señalar que la primera dinastía de Kish contiene una lista de 23
reyes con edades comprendidas entre los 140 y los 1.500 años, con una media de
781,74 años. En la segunda dinastía de dicha ciudad (ya en el Protodinástico
III) siguen los reinados muy extensos, pero en una media inferior, de unos 253
años. Se debe esperar al final de la primera dinastía de Uruk (hacia el 2500 a.
C.) para encontrar reyes con longevidades razonablemente humanas. Sólo a
modo de comparación, digamos que algo muy similar ocurre en la mitología y
tradición de los judíos –en gran parte heredada de los sumerios– pues a Adán y los primeros hombres se les concede
unas edades enormes. Lo mismo ocurriría con los personajes bíblicos anteriores
al Diluvio y progresivamente, una vez pasado el cataclismo, la edad de los
humanos se iría reduciendo drásticamente hasta alcanzar los baremos hoy en día
reconocidos.
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| Paleta del faraón Narmer (dinastía I) |
Sin embargo, la
cuestión histórico-mitológica en Egipto es mucho más extensa y compleja. Lo
cierto es que en el caso egipcio tenemos varias fuentes, documentales y
arqueológicas, que vienen a coincidir en la existencia de una realeza divina o
semidivina desde tiempos muy remotos. Por un lado, tenemos el famoso testimonio
indirecto[1]
del sacerdote Manetón –nacido en el siglo III a. C., en la era ptolemaica– que
recogió en sus escritos toda una larga genealogía de reyes que él dividió en ciertos
periodos o sucesiones llamados dinastías y que ha sido la base de las
cronologías convencionales sobre el antiguo Egipto. Hasta aquí todo normal,
pero es que Manetón mencionó explícitamente una serie de dinastías anteriores a
las dinastías “históricas”, con una duración de varios miles de años, lo cual
implicaría la existencia real de un poder unificado que de alguna manera sería
el precedente del Egipto faraónico. Pero Manetón fue todavía más lejos y citó
explícitamente que esas dinastías más antiguas estuvieron representadas por
dioses o semidioses, a saber:
- Dinastías de los Neteru (dioses): 13.900 años. (Entre ellos consta una parte destacada del panteón egipcio: Ptah, Ra, Geb, Osiris, Horus...)
- Dinastías de héroes o semidioses: 1.255 años.
- Primer linaje de reyes: 1.817 años.
- 30 reyes de Menfis: 1.790 años.
- 10 reyes de This: 350 años.
- Reinado de los Espíritus de la Muerte: 5.813 años.
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| El dios Osiris |
No obstante, tenemos otras fuentes que
refrendan la presencia de esos reyes-dioses predinásticos. Por un lado,
disponemos de un documento escrito en tiempos de la dinastía XIX llamado Papiro
(o Canon) de Turín, conservado en dicha ciudad italiana y que
recoge un listado de dinastías históricas precedidas por las dinastías divinas,
coincidiendo en gran parte con lo aportado por Manetón, lo cual indica que,
pese al paso de los siglos, el sacerdote no había fabulado ni tergiversado nada
sobre el pasado remoto de su país, sino que había recogido fielmente la
tradición conservada. La diferencia más destacable con Manetón reside en el
hecho de que esta lista concluye citando un periodo de 13.420 años para los Shemsu
Hor (“Seguidores de Horus”, equivalentes a los Espíritus de la Muerte)
precedido por una era de 23.300 años de otros reinados, lo cual arroja un total
de 36.620 años antes de las dinastías históricas.
Y no es el único testimonio que confirma a
Manetón: también cabe citar la Piedra de Palermo (de la dinastía V), que –aun
estando incompleta– registra un listado de 120 reyes predinásticos, y la Lista
Real del templo de Seti I (dinastía XIX) en Abydos. En este templo hallamos una
larga galería grabada completamente con jeroglíficos, con los nombres de los
faraones egipcios desde el principio de los tiempos. Así, a un lado se pueden
leer los nombres de los 76 faraones desde Menes hasta Seti (unos 1.700 años). Y
en la pared opuesta se pueden leer los nombres de los 120 reyes-dioses que
precedieron la era de Menes. Por tanto, es evidente que la noción de
continuidad o herencia política de la realeza estaba reflejada en un solo
monumento. Y en todos estos casos citados, los nombres de los reyes divinos o
semidivinos estaban enmarcados en el tradicional óvalo o cartucho, lo
que indica que tenían la misma consideración de monarcas que los faraones
“recientes”.
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| Fragmento de la Lista Real en templo de Seti I (Abydos) |
Además, es oportuno remarcar que los antiguos
egipcios creían firmemente en una remota época dorada, en la que se fundó su
civilización, a la que llamaban Zep Tepi (literalmente “tiempo
primero”). En dicho Zep Tepi, un tiempo de paz y prosperidad, los dioses
–los Neteru– gobernaban Egipto con sabiduría y convivían con los semidioses y
los hombres. Los Neteru solían tener forma humana –masculina o femenina– pero
también podían tomar forma de animal o planta, y poseían facultades y habilidades
sobrehumanas. Esta creencia fue recogida por el historiador griego Diodoro
Sículo en el siglo I a. C. cuando visitó Egipto. Allí, los sacerdotes egipcios
le dijeron que los reyes-dioses habían gobernado durante unos 18.000 años,
siendo el último de ellos Horus, y luego habrían venido las dinastías de reyes
mortales, con una duración de poco menos de 5.000 años.
Hasta aquí los hechos. Como es obvio, el quid
de la cuestión radica básicamente en cómo los interpretamos. Para la ciencia
histórica actual, no hay lugar para referencias a una Edad de Oro ni para
dioses o semidioses, pues la visión que se tiene de esa época es que la
religión y la mitología llenaban la vida de los pueblos antiguos hasta el punto
de dar por reales cosas que de ningún modo pudieron haber ocurrido, o que al
menos ocurrieron de forma muy diferente. En ese contexto, los antiguos eran incapaces
de separar lo mítico de lo histórico y daban como indiscutible la existencia de
unos dioses que en los tiempos más distantes reinaron sobre los humanos. Otra
cosa más creíble es que los monarcas más destacados llegaran a ser divinizados
por el mero hecho de ocupar una posición de absoluto poder y prestigio, como
ocurrió en todo el Mundo Antiguo e incluso en épocas posteriores.
El principal problema, empero, es la
cronología. Hablar de reyes y civilizaciones hace muchos miles de años se da
como fuera de lugar, pues en esas fechas –según el registro arqueológico– sólo
había comunidades de cazadores-recolectores que más tarde derivaron en
comunidades agrícolas y ganaderas, al pasar del Paleolítico al Neolítico, que
a su vez sería el germen de la civilización. Para hacernos una idea del
desfase, digamos que la transición de una época a otra rondaría el 9º milenio antes de
Cristo en Oriente Medio y poco después de Egipto. Esto es, entre el salvajismo
y primitivismo del Paleolítico y el arranque de la civilización sólo mediaron
unos 6.000 años de Neolítico. Nada de esto cuadra con las enormes cifras en
años –sobre todo las de Sumeria– de los reinados míticos de reyes-dioses.
Así pues, para la arqueología, que existieran
reinos más o menos unificados hace 10, 15 ó 20.000 años se considera algo
propio de la mitología, y ya no digamos que esos reyes fueran dioses y que
vivieran durante siglos (¡o milenios!). La arqueología se fundamenta en los
hallazgos arqueológicos y no admite ningún vestigio de civilización anterior al
4º milenio antes de Cristo, quizá exceptuando los sorprendentes restos de
Göbleki Tepe (en Turquía), datados cinco milenios antes.
| Zecharia Sitchin |
Ahora bien, existe otra línea de investigadores
que apuesta por la existencia de una civilización primigenia humana que fue
destruida en su casi totalidad por el Diluvio y que pudo renacer –pero ya de
forma tenue– varios milenios más tarde. En general, estos autores consideran
que los antiguos escribieron con precisión sobre el origen de su civilización y
que los modernos arqueólogos han despreciado ese testimonio a causa de sus
muchos prejuicios. Así por ejemplo, para el egiptólogo alternativo John
Anthony West resulta ridículo que los egiptólogos afirmen conocer mejor la
historia de Egipto que los propios egipcios y que descarten las pruebas
escritas cuando no encajan con su esquema mental. En este sentido, existe un
evidente sesgo académico en la concepción de la Historia que desde Darwin –e
incluso antes– se ha visto como un proceso evolutivo lineal, de menos a más,
por el cual la civilización de los antiguos debe proceder de un estadio
cultural inferior.
| Oannes, el ser anfibio civilizador |
Desde esta perspectiva podríamos
especular –sólo a modo de hipótesis– con la idea de que sumerios y egipcios
registraron con rigor su pasado de oro, una era anterior en que los humanos
disponían de capacidades muy superiores, lo que incluiría una gran longevidad. Este
concepto nos permitiría hablar de dioses y semidioses no en un sentido
extraterrestre ni sobrenatural, sino en el que propone la historia cíclica, en
el cual la conciencia modifica la realidad y por tanto puede jugar con otras
reglas en el campo de la física, la biología u otras ciencias. En cuanto a la
posible imaginación a la hora de recuperar ese pasado, podemos conceder que la
transmisión milenaria pudo distorsionar la realidad original –no sabemos cuánto–
pero parece muy forzado pensar
que los antiguos se dedicaron a “inventar” arbitrariamente reinados y dioses de
una época remotísima. Las referencias claras a monarcas, ciudades, reinos y
duraciones de reinado –aunque sean aproximadas– sugieren que tales datos fueron
conservados con celo por la tradición oral a lo largo de milenios y que en su
momento fueron puestos por escrito quizá por el miedo a perder el recuerdo.
En definitiva, colocar las series de
reyes-dioses de los antiguos en el mero campo de la religión o de la superstición
podría ser un grave error para una visión histórica y arqueológica abierta a
todas las posibilidades. En mi opinión, siguiendo la línea de otros autores
herejes como René Schwaller de Lubicz, Albert Slosman o Clesson Harvey, pienso
que hemos malentendido en gran parte las antiguas civilizaciones, en especial Egipto,
y que detrás de ese pasado mítico de reyes-dioses se esconde una realidad que
de momento se escapa a nuestra plena percepción. De hecho, para Harvey los
ya citados seguidores de Horus o Shemsu-Hor eran iniciados en altos
saberes de la conciencia y se remontaban a la era predinástica. En realidad,
ellos serían los responsables de la construcción de las pirámides. Así pues, según
el investigador estadounidense, no se trataría de seres míticos –como afirma la
egiptología– sino de personas reales de carne y hueso, una especie de minoría
de elegidos que habrían vivido en un nivel de conciencia más alto que el
nuestro. Sólo el tiempo y una investigación
rigurosa y sin prejuicios nos podrán aportar alguna pista al respecto.
© Xavier Bartlett 2018
Fuente imágenes: Wikimedia Commons
[1] Manetón
escribió una Historia de Egipto, pero que se perdió en su versión
original. Lo que ha llegado hasta nosotros ha sido un compendio de fragmentos a
cargo de varios autores posteriores, sobre todo Flavio Josefo, Julio Africano,
Eusebio y Sincelo.




